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Por Guillermo Saccomanno
No había género en que Orgambide no se midiera. Del cuento a la novela,
desde el ensayo hasta el teatro, el suyo es uno de esos trayectos que apuntan
más que a la construcción de una pieza en particular, al proyecto totalizador
de eso que se da en llamar obra. Se ha dicho que Orgambide escribía, al
menos, tres libros por año, entre los que predominaba, fija, la ficción.
Esta actitud prolífica le valió, en ocasiones, la acusación de un cierto
desaliño estilístico basado en su escritura compulsiva y aluvional. Si se
analiza su producción más reciente, peleada contra los años y el cáncer
que lo arrinconó en el último tiempo, se comprobará que esta observación
proviene, como ocurre tan a menudo, del divorcio que existe entre la actitud
de los creadores y la crítica. Orgambide, en su práctica, como modelo autoral,
corresponde a una generación que, en su urgencia por cambiar el mundo –volverlo
más justo, más solidario, más inventivo–, no vacilaba en abordar toda manifestación
artística confiando, además de su potencial expresivo, en su capacidad para
reflejar las contradicciones sociales, contrapunteando la historia íntima
con la colectiva.
Debo admitirlo: al escribir un obituario, la prosa tiende, bajo el imperio de la emoción, a una retórica encendida, entre la bajada de línea crispada y el póstumo ajuste de cuentas. Nada más distante, este gesto, de la visión de Orgambide, de los postulados de su literatura. Sus bajadas de línea y sus ajustes estuvieron, están, siempre filtrados por un humor reflexivo. Si algo lo definía eran sus actitudes de porteñazo observador, siempre más próximo a la ironía que al resentimiento. La persecución, el exilio, en lugar de enquistarlo, lo volvieron no sólo más inspirado sino también más agudo en la percepción de mezquindades y vilezas, contrastándolas con heroísmos secretos, lo que se traduce en su literatura, memoria y balance de nuestra historia como epopeya violenta y, a la vez, como fatalidad. Los premios y reconocimientos que recibió, lejos de engrupirlo, le calentaron el motor.
Entre sus ficciones más recientes
hay una que resume todas sus obsesiones: Buenos Aires, la novela. Como en
sus ensayos biográficos (el de Quiroga, el de Martínez Estrada) y en sus
novelas históricas (la de Alem, la de Ugarte, la de Rodríguez, el médico
de Bolívar) surge nítida una preocupación constante por descifrar, como
en una saga de aventuras, las encrucijadas sangrientas de la historia nacional.
En Buenos Aires, la novela, la historia pertenece al dominio de los seres
anónimos que, con pena y sin gloria, de alguna manera, participaron en los
acontecimientos más sonados. Buenos Aires, la novela es además una apuesta
estilística donde Orgambide buscó una entonación narrativa, el contrapunto
entre la payada y el tango, entre la crónica y lo sainetesco, entre lo culto
y lo popular. Como antes en Historias fantásticas de la Argentina, se apartó
del facilismo de la novela histórica persiguiendo una alquimia de voces.
En sus textos, Orgambide proyectaba una idea de Martínez Estrada: "Lo que
Sarmiento vio es que la civilización y barbarie eran una misma cosa, como
fuerzas centrífugas y centrípetas de un sistema en equilibrio. No vio que
la ciudad era como el campo y que dentro de los cuerpos nuevos reencarnaban
las almas de los muertos".
En El escriba, una de sus novelas clave, Orgambide se enfrenta al fantasma
de Arlt. Conrado Nalé Roxlo le cuenta al narrador
una novela que el autor de Los siete locos tenía planeada. Iba a llamarse
El ladrón en la selva de ladrillos y tendría como protagonista a Botana,
el director de Crítica. Transcribo un fragmento del capítulo "El camaleón
literario", donde Nalé le habla a un joven Orgambide:
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"Por esos días, Georgie acuñó una manera de decir que todos, también usted, han imitado con vergüenza o fervor. Sospecho que en algunos textos, él mismo se imita. Nadie puede escribir como él, después de él, la biografía imaginaria del incendiario de la biblioteca de Alejandría.Nadie, sospecho, puede transformar en literatura una simple película de gangsters. Un consejo: cuando escriba acerca de Georgie, no caiga en la tentación de imitarlo. Cuídese. Y tampoco oiga a los detractores, que afirman sin el menor pudor que si hubieran leído la Enciclopedia Británica también escribirían como él. Trate de hacer una crónica y de novelar esa crónica, que no es poco. Y, si puede, escriba de manera periodística, justo al revés de lo que se hace ahora, que los periodistas escriben como literatos. Cuente los hechos y deje que el lector saque sus conclusiones".
Que el portavoz de esta arte poética sea Nalé, el escritor de "A la manera de...", un hábil parodiante de cuanto estilo literario se le antojara, no es casual. Orgambide, con su virtuosismo, no vaciló, cuando un relato se lo imponía, en apelar a la parodia. (Al respecto, es propicio recordar que, según Leonidas Lamborghini, la parodia es nuestra tragedia.) El fragmento de "El escriba" expone con transparencia una lección que Orgambide hizo propia y que no descartaba los riesgos de la política. En el pasaje que va de la izquierda al peronismo revolucionario, Orgambide buscó superar el antagonismo Borges/Arlt. Contra lo que pueda afirmarse sobre su facilidad y su oficio –marcas de la redacción publicitaria, del cine, del periodismo–, Orgambide, en su ambicioso proyecto de contar la Argentina como Comedia Humana, tuvo en claro, de modo notable, que su trabajo específico consistía en narrar y que su materia era el lenguaje. Sus destellos no fueron pocos. Ahí están sus libros. Como ocurre con Borges y Arlt, sus obras completas, innumerables y dispersas, están al alcance en las mesas de saldos, en las librerías de usados. Formidable justicia poética para el escritor veterano que murió, a los setenta y tres años, el domingo 19 de enero, a las once de la mañana, mientras se afeitaba.
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Cronología
1929
Nace el 9 de agosto, en Buenos Aires.
1936
Mientras cursa el último año de la escuela primaria, funda un club llamado
"Álvaro Yunque".
1942
Publica sus primeros textos (casi todos poemas) en el periódico Orientación,
dirigido por Raúl González Tuñón.
Por esos años, se dedica fugazmente a bailar tango de manera profesional
y dicta clases de Estética en la Escuela de Danza Contemporánea de Ana Itelman.
1948
La editorial Monteagudo, de Buenos Aires, publica su primer libro de poemas
"Mitología de la adolescencia".
1949
Estrena su primera obra teatral, "La vida prestada".
1954
Trabaja como cronista en el diario Noticias Gráficas. Además de ocuparse
de las noticias deportivas, cubre en 1955 el bombardeo a Plaza de Mayo del
20 de junio.
La editorial Stilcograf publica, en Buenos Aires, su ensayo "Horacio Quiroga:
el hombre y su obra".
1957
Se edita su primera novela, "El encuentro" (Stilcograf).
1959
Se publica su novela "Las hermanas" (Editorial Goyanarte), que recibe la
Faja de Honor otorgada por la Sociedad Argentina de Escritores.
1961
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En Buenos Aires, se estrena
su obra de teatro "La buena familia".
1962
Eudeba publica, en Buenos Aires, su libro "Crónica de la Argentina".
1963
La editorial Stilcograf publica, en Buenos Aires, su obra de teatro "Concierto
para caballero solo".
1964
La editorial Falbo publica, en Buenos Aires, su novela "Memorias de un hombre
de bien".
1965
Se publican sus libro "Historias cotidianas y fantásticas" (Jorge Álvarez
Editor) y "El páramo" (G. Dávalos / D. C. Hernández).
Recibe el Segundo Premio Municipal de Literatura.
1966
Obtiene el Segundo Premio Internacional de Novela Primera Plana.
1967
La editorial Sudamericana publica, en Buenos Aires, su libro "Los inquisidores".
Se estrena su obra de teatro "Un tren o cualquier cosa".
1968
Aparece su libro de ensayo "Yo, argentino", publicado por Jorge Álvarez
Editor.
1970
Se publica, en Buenos Aires, su ensayo "Radiografía de Ezequiel Martínez
Estrada" (Centro Editor de América Latina).
La editorial Sudamericana publica sus libros "La buena gente" e "Enciclopedia
de la literatura argentina", dirigida en colaboración con Roberto Yahni.
1972
Escribe la comedia musical "Juan Moreira Supershow", que se estrena en Buenos
Aires con dirección de Hugo Maggi.
Ediciones De la Flor publica, en Buenos Aires, su libro de novelas breves
"Hotel familias. Confesiones de un poeta de provincia".
1974
Se exilia en México, donde permanecerá nueve años.
Se estrena su obra de teatro "Se armó la murga".
El 20 de junio se estrena el film de Osías Wilenski "Dale nomás", según
los cuentos "En la recova" (Héctor Lastra), "El olvido" (Mario Benedetti),
"Un hilo de oro" (Rodolfo Walsh), y "Falta una hora para la sesión" (Pedro
Orgambide).
1975
En México, funda la revista Cambio, junto con los escritores Juan Rulfo,
José Revueltas, Heraclio Zepeda, Miguel Donoso Pareja y Julio Cortázar.
1976
Recibe el Premio Casa de las Américas por su libro de cuentos "Historias
con tangos y corridos".
Obtiene también, la mención del Premio Nacional de Novela de México por
"Aventuras de Edmund Ziller en tierras del Nuevo Mundo" (Grijalbo, Barcelona,
España).
Es jurado del premio Casa de las Américas.
Coordina el taller de escritores del Instituto Nacional de Bellas Artes
de México.
1977
Recibe el Premio Nacional de Novela (México).
1978
Hasta 1979, trabajará como Profesor de Literatura en la Universidad Nacional
Autónoma de México (UNAM).
Se publica su libro ensayo "Borges y su pensamiento político" (Cuadernos
de la Realidad Latinoamericana, Bogotá).
1980
Hasta 1981 coordinará el Taller Literario del Instituto Nacional de Bellas
Artes de México.
1983
La editorial Bruguera publica la primer parte de la trilogía de novelas
de la memoria, "El arrabal del mundo".
En México, aparece "Cantares de las madres de Plaza de Mayo", con portada
e ilustraciones de Jorge Sposari (Editorial Tierra del Fuego).
Regresa a la Argentina.
1984
Aparece la segunda parte de la trilogía de novelas de la memoria, "Hacer
la América" (Bruguera).
1985
La edición de "Pura memoria", completa su trilogía de novelas de la memoria
(Bruguera).
La Editorial Pomaire publica la autobiografía "Todos teníamos veinte años".
Se editan también sus libros de ensayos "Genio y figura de Martínez Estrada"
(EUDEBA) y "Gardel y la patria del mito" (Legasa).
1986
Se estrena su obra de teatro "Eva", protagonizada por la actriz Nacha Guevara.
Se publican "Historias imaginarias de la Argentina" (Legasa) y el libro
de cuentos "La mulata y el guerrero" (Ediciones del Sol).
1987
La editorial Legasa publica su novela "La convaleciente".
1989
Se publica, en Buenos Aires, "El negro Tubua y la Tomasa" (Colihue).
Se estrena su obra de teatro "Discepolín", con música de Atilio Stampone.
1990
La editorial Colihue publica "Estaba la paloma blanca", con ilustraciones
Myriam Holgado.
1991
Con ilustraciones de Juan Carlos Marchesi, aparece "Che amigos" (Colihue).
1993
En Buenos Aires, aparece el libro de cuentos "Mujer con violoncello" (Beas).
1994
Se publican su novela "Un amor imprudente" (Norma) y la biografía "Horacio
Quiroga, una biografía" (Planeta).
Recibe el Premio Konex Diploma al Mérito, en la categoría Cuento: quinquenio
1989-1993.
1995
Recibe el Premio Municipal Gregorio de Laferrére, por su obra de teatro
"Don Fausto" (Asociación Amigos del Complejo Teatral Enrique Santos Discépolo,
Secretaría de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires).
El Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos publica, en Buenos Aires,
"Crónicas del nuevo mundo".
1996
La editorial Norma publica, en Bogotá, la novela "El escriba".
Aparece, en Buenos Aires, su volumen de ensayo "Ser argentino" (Temas).
1997
Obtiene el Premio a la Trayectoria Artística del Fondo Nacional de las Artes.
Publica la novela "Un caballero en las tierras del sur" (Atlántida) y el
ensayo "Un puritano en el burdel. Ezequiel Martínez Estrada o el sueño de
una Argentina Moral" (Ameghino editora).
El Instituto de Movilizador de Fondos Cooperativos publica, en Buenos Aires,
"Recordando a Tuñón: testimonios, ensayos y poemas", con prólogo, selección
y notas de Pedro Orgambide.
1998
Se publican "Cuentos con tangos" y "El hombre de la rosa blindada: vida
y poesía de Raúl González Tuñón" (Ameghino), la novela histórica "Una chaqueta
para morir" (Temas), "Antología personal" (Instituto Movilizador de Fondos
Cooperativos), "Las botas de Anselmo Soria" y "Poética de la política" (Colihue);
y "Memorias de un hombre de bien" (El francotirador).
1999
La Universidad Nacional de Quilmes publica "Los desocupados: una tipología
de la pobreza en la literatura argentina" con prólogo, selección y notas
de Pedro Orgambide.
2000
La editorial Atlántida publica, en Buenos Aires y en México, su libro "Leandro
N. Alem o la noche es buena para el adiós".
2001
Se publican "Buenos Aires: la novela" (Alfaguara) y "La Bella Otero: reina
del varieté" (Sudamericana).
El 4 de julio se estrena el film "Temporal", dirigido por su hermano Carlos
Orgambide y con guión propio, sobre una novela de Ricardo Cordero.
En el mes de septiembre, es nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos
Aires, Empeora su estado de salud.
2002
En Buenos Aires, aparecen "Diario de la crisis" (Aguilar) y "El maestro
de Bolívar: Simón Rodríguez, el utopista" (Sudamericana).
2003
El 19 de enero muere como consecuencia de un ataque cardíaco, en su casa
en la ciudad de Buenos Aires.
Fuente: www.buenosaires.gob.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/orgambide_bio2_es.php
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Palabras de un contador de historias
- “Creo que somos aristócratas
del espíritu en obligado traje de mendigos. La Argentina me recuerda esas
películas de Chaplin donde un pordiosero se saca los guantes con gesto aristocrático.”
- “Lo que siempre hubiera deseado ser, y no fui, es un gran poeta. Es mi
gran fracaso. Aunque para equilibrar, la mirada poética está en otro lado.
Busco la exaltación lírica, el estado de canto, la inspiración, trato de
inducir el placer. Y si voy a hacer un mandado por la calle imagino un cuento,
aunque luego no lo escriba. He sido letrista de tango, bailarín, pero sólo
soy un escritor que baila tango. A través de la literatura uno llega a hacer
todo lo que quiso y nunca pudo.”
- “En la propia escuela solía aprender a golpes de regla. Es que era muy
rebelde y peleador: desafiaba a pelear hasta a los maestros. Fui el típico
niño-problema de Piaget.”
- “Mi mayor virtud literaria es poder llevar al papel la oralidad y lo coloquial
poder decirlo de diferentes maneras. Y más aún, crear este ardid: lo que
no es coloquial transformarlo en coloquial. Y en los momentos en que llevo
un pensamiento abstracto como el ser, la nada o la muerte, a un lenguaje
sencillo, siento una exaltación, una especie de orgasmo.”
- “Soy un escritor realista heterodoxo. Yo me doy cuenta que a veces empiezo
a escribir como un buen escritor realista de los años veinte, y después
me voy por cualquier lado, se me pianta la fantasía. Prefiero considerarme
un contador de historias.”
- “El éxito es un impostor, y el fracaso también. Un escritor escribe lo
que quiere, y tiene cuentas pendientes con él mismo, con su historia, con
su vida, con su país. La literatura debe hacerse cargo de la vida, por más
que la historia, como decía Marx, a veces avance por el lado malo.”
- “No tengo agente literario. Negocio mis libros como un jugador de truco.”
- “La globalización trae un carácter reductor de las nacionalidades. Ya
los comunistas de antes, como mi papá, se proclamaban ciudadanos del mundo.
Y él me enseñaba que soy hermano de los etíopes y de los republicanos españoles.
¿Por qué tengo que ser hermano de los que pierden siempre? Creo que hoy
la idea de lo nacional se parcializa y se reduce a los elementos negativos
que tiene el nacionalismo, que es el chauvinismo, la desconfianza del otro,
al encerrarse.”
Opiniones autorizadas
- Vicente Battista: “La literatura de Pedro era esencialmente argentina,
incluso durante su exilio en México, cuando con Rulfo y Cortázar, fundó
la revista literaria Cambio. Otro elemento importante es la vastedad de
los géneros que frecuentó, porque no se achicaba frente a ninguno. Novelas
como Hacer la América, Buenos Aires, la novela y un texto más intimista
como Un amor imprudente, entre cerca de los 40 libros que llevaba publicados,
quedarán en el futuro como el patrimonio de un escritor que no está reconocido
por la Academia. Hay un texto teatral suyo, que se representó en los 70,
Juan Moreira, supershow, con Enrique Pinti, una parodia sobre lo gauchesco,
que me quedó grabado para siempre. Pero también era un placer estar en una
reunión con él, oírlo narrar historias durante minutos, incluso horas, en
las que nos envolvía con su manera de interpretar los personajes de esos
relatos”.
- Isidoro Blaisten: “Pierdo a un amigo muy querido. Pedrito era un ser humano
distinto, una personalidad compleja. Un porteño de los de antes, que valoraba
el valor de la palabra empeñada. Era un notable narrador oral, con una memoria
prodigiosa; hubiera sido un excelente actor. Recuerdo que una vez fotocopió
un cuento mío y lo presentó a una persona, para ayudarme a conseguir trabajo.
Aunque era un porteño enchapado a la antigua, no era un chanta. Tenía la
convicción, como excelente lector que era, de que no había que abrumar a
los lectores. Su literatura aparece emparentada, por un estilo de narración
muy directo, con la línea tradicional de un Fray Mocho. Su preocupación
fue siempre ser un escritor popular; no era proclive a los circunloquios
elitistas o intelectuales.
- Carlos Gorostiza: “Aunque no éramos amigos, porque la velocidad en esta
ciudad interrumpe, lamentablemente, la frecuencia de los encuentros, tengo
un recuerdo entrañable de su presencia en la literatura argentina. Era un
trabajador constante, que desplegaba en la mayoría de sus obras de teatro
y novelas la presencia de un porteño ineludible. Su literatura era combativa
a pesar de que no era una literatura de militancia política”.
- Abelardo Castillo: “Pedro está profundamente vinculado con mi juventud.
En la revista que él dirigía, Gaceta literaria, gané un premio con El otro
Judas, mi primera obra de teatro, cuando tenía 24 años. Pedro forma parte
de mi familia espiritual. Aunque siempre hemos discutido públicamente por
cuestiones ideológicas propias de nuestra etapa de juventud, nuestra amistad
estaba por encima de todas las discusiones. Además, él escribió una de las
primeras críticas sobre mi libro Las otras puertas. Por todo esto, por el
amigo que se fue, digo que Pedro, al igual que Humberto Costantini, Armando
Tejada Gómez y Mario Dellelis, forman parte de mi panteón personal. Para
mí, Pedro era, sin ánimo de exagerar, una especie de hermano literario.
La novela de Roberto Arlt
Se dice que El escriba, novela publicada por Orgambide en 1996, es la obra
que Roberto Arlt hubiese querido crear, impulsado por el desprecio y la
fascinación que le provocaba Natalio Botana, director y dueño de Crítica.
“Una noche, en un café de la calle Rivadavia, el poeta Conrado Nalé Roxlo
me reveló el origen de esta historia. Me dijo que Arlt había pensado escribir
una novela que se llamaría El ladrón en la selva de ladrillos y que tendría
como principal personaje al director del diario Crítica, en el que ambos
trabajaron. No había manuscrito alguno. A Nalé se le ocurrió que yo podía
escribirlo a partir de la parodia, usando la imaginación. Decidí cumplir
el mandato de Nalé: contaría la novela de su amigo o su novela; sería el
escriba. Pero, a la vez, relataría no sólo su versión, sino la de otros
sobrevivientes de la época”, explicaba Orgambide.
[Subnotas del artículo de Silvina Friera en
Página|12 el 20/01/03, con motivo de la muerte del escritor]
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El
racismo en Argentina
Por Pedro Orgambide
Estamos enfermos de prejuicio. Juzgamos a priori. Hace pocos días se publicó
una noticia INMENSA, dando cuenta que dirigentes de la Asociación Bancaria,
habrían practicado una malversación de fondos del valor de los 3.000 millones
de pesos. No era así. Nunca se movieron del Banco de la Nación. Los imputados
tuvieron que recurrir a una costosa solicitada para la aclaración. Aclaración
que seguramente no leyeron los mismos que sí leyeron la acusación. Y con
el prejuicio encima de la frase archisabida: "Cómo no iban a robar: son
dirigentes gremiales..." O "cómo no iban a robar: son políticos". Pedro
Orgambide, que vive y siente la Argentina prejuiciada e incomunicada -todos
hablan, nadie escucha- nos describe en esta investigación, un siglo y medio
de racismo: peronistas-antiperonistas; federales-unitarios; gringos, turcos,
judíos... Somos racistas...
CRÓNICA DEL PREJUICIO
Tanto en los enfrentamientos políticos como en nuestra vida diaria de relación,
suelen aparecer viejos prejuicios que tienen larga historia en el repertorio
humano. Esto nos alivia de desmesuradas culpas. Por eso, tal vez, parezca
exagerado hablar de prejuicios de los argentinos, una pretensión totalizadora
que puede, por momentos, ser injusta. Sin embargo, bien vale la pena el
riesgo si logramos, como propone Bertrand Russell, hacer de nuestra inarticulada
certidumbre una articulada incertidumbre que nos acerque a la verdad. A
más de diez años de la caída de Perón, a más de cien años de Caseros, los
malentendidos continúan y se mantienen, más o menos rígidas, las posturas
peronistas y antiperonistas, federales y unitarias, provincianas y porteñas.
Al mismo tiempo, arraigados prejuicios frente al gringo, descubren, de tanto
en tanto, síntomas de racismo y antisemitismo que, en este contexto, tienen
características propias.
Tal vez en la pequeña historia, en la crónica de costumbres -a las que fueron
tan aficionados los escritores del siglo XIX- encontremos algunas pistas
de nuestro actual desencuentro.
PROHIBIDO CASARSE CON ESPAÑOLES
-¡Gallego! ¡Sarraceno! ¡Maturrango! En cada calificativo, el rebelde de
1810, el hijo del país, el criollo, volcaba un odio contenido, latente durante
varios siglos de sometimiento. Emergía así, como en cada momento de crisis
de la historia, como en toda mutación política, con su fuerte carga irracional,
generadora de prejuicios. Gallego, sarraceno y maturrango era todo español
dedicado al comercio. actividad que más tarde el hijo del país debía heredar,
por derecho propio, por justicia revolucionaria. Indio, salvaje, plebeyo,
eran las réplicas de los españoles fieles a la monarquía. El intercambio
de injurias, ocultaba, sin duda, los verdaderos móviles del enfrentamiento,
trataba de resolver mágicamente el conflicto de fondo. El hijo del país
debía asumirse como autoridad, debía abolir, definitivamente, la política
paternalista de España. Alentado por otras potencias colonialistas, sobre
todo por Inglaterra, -que veía en el Río de la Plata la posibilidad de un
importante emporio- el criollo, el rebelde de 1810, ejecutaba (no sin tensiones,
dudas y dramáticas alternativas), su parricidio político. El hijo del gallego,
sarraceno y maturrango cortaba su cordón umbilical y, como sus antepasados,
quemaba las naves. Esta era su tierra, su vida, su límite. Para él, la historia
comenzaba ahora. Y el 11 de abril de 1817 el Gobierno prohibía el matrimonio
de españoles con hijas del país.
Es evidente que este decreto poco importaba a las criollas que parían en
los ranchos, a la india de la toldería o a la negra y mulata de la servidumbre.
Para ellas no tenía sentido la sutileza de la letra escrita, los negocios
-de dinero o amor- de los señores. Estaban fuera del juego. Sus hombres
luchaban ahora como soldados de la Independencia, o habían muerto en las
Invasiones Inglesas, eran carne de fortín y malón. El decreto se refería
a otras hijas del país, a las señoras y señoritas que en nada se diferenciaban
de sus abuelas españolas. Fue en esas hijas del país, obedientes a la autoridad
de la Iglesia, educadas en la tradición española, donde, paradójicamente,
prendió el prejuicio antiespañol. En las memorias de María Rosa Oliver,
encontramos uno de sus rastros. Cuenta la escritora que, al enterarse de
que su abuela estaba emparentada con Remedios de Escalada, la mujer del
General José de San Martín, le preguntó a la abuela si ella había conocido
al prócer.
-El tío Pepe era un ordinario -le contestó.
-¿Cómo?
-Sí, un ordinario... un grosero.
-¿Porqué?
-Hablaba como gallego... Se casó con una Escalada para hacerse conocer...
EXTRANJERO, PERO MUY CIVILIZADO
Otro memorioso, José A. Wilde,
nos informa sobre pintorescos prejuicios de los hijos del país. Corre el
año 1828. Un paisano comenta con Wilde (que entonces tiene doce años) las
habilidades de un gringo que anda a caballo a lo criollo con pasadores y
argollas de plata, que usa espuelas y toma mate como un gaucho.
-Niño... ¿conoce a don Ricardo?... ¡Cómo no lo ha de conocer!... ¡Qué mozo
tan güeno, mejorando lo presente!... ¡ Qué caballero!... El es extranjero,
es verdad.. ¡pero muy civilizado!
"Por lo que se ve -agrega Wilde- la civilización para él consistía en lo
que dejamos enumerado; usar espuela grande y sentarse bien a caballo." Una
pauta cultural como cualquier otra, de todos modos. Como tomar mate. De
esas costumbres, hábitos, pequeños detalles de la vida cotidiana, el hijo
del país haría un culto, crearía su mitología, sus diferencias con el gringo.
El grupo comunitario debía integrarse y, al menos por un tiempo, cerrarse
en lo suyo, defenderse. Las amenazas reales -luchas en el exterior, guerras
civiles- se unían a las amenazas imaginarias de toda comunidad incipiente.
En ella se generaron toda clase de malentendidos, de prejuicios que aún
sobreviven con distintas máscaras. El extranjero era lo distinto, lo hostil.
A un hijo de gringo se lo menoscaba diciéndole: Tu madre toma café. O, como
lo testifican las coplas, cantando a su paso:
"Toma mate, che
toma mate y avívate,
que en el Río de la Plata
no se toma chocolate."
Tal vez como una reacción a las clases altas, sometidas material y espiritualmente
a Europa, el pueblo expresó, con gracia y picardía, los aspectos ridículos
de otras comunidades en las que proyectaba su resentimiento. Creo que el
despectivo Don Guillermo para referirse a todo inglés, tiene una connotación
más amplia que la mera burla a un súbdito del Imperio Británico, que se
refiere, en todo caso, a personas que por su rango y dinero pueden ostentar
el don que los separa de la mayoría. Franchute, para el hombre del pueblo,
no era cualquier francés sino un señor, un doctor, un cajetilla. Pero aún
así -admitiendo su necesidad revulsiva y rencorosa- burla. epíteto, apodo,
injuria, sirven como alimento básico para nuevos prejuicios. Ellos son manejados,
con indudable astucia, por los que detentan el poder. E! paternalismo hispánico,
su espíritu feudal, se transforma entonces en el gobierno patriarcal y gaucho
de don Juan Manuel de Rosas.
ROSAS Y EL ESPÍA INGLES
William Mac Cann, hombre de negocios inglés (más tarde acusado de espía)
ha dejado un vivido retrato de Rosas, en el que elogia su capacidad política,
su manera franca y campechana de tratar asuntos tan delicados como el bloqueo
francés o la penetración inglesa en el Río de la Plata. El comerciante (o
el espía) británico cuenta cómo Rosas manejaba hábilmente los prejuicios,
odios y temores de su pueblo. El había creado el lema que llevaban todos
los ciudadanos: "¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes
unitarios!", adoptado contra el parecer de los hombres de alta posición
social. Para él era necesario conmover al pueblo en todos sus estratos,
crear, como más tarde hizo Perón, slogans de impacto directo y popular.
Gaucho entre los gauchos, amo y protector de los negros. Rosas surge como
un padre a la vez cruel y justo, alabado y escarnecido con igual pasión
durante los últimos cien años. "En la casa del general Rosas se conservaban
algunos resabios de usos y costumbres medievales -cuenta Mac Cann-. La comida
se servía diariamente para todos los que quisiesen participar de ella, fueran
visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos. La hija de Rosas
presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano) divertían
a los huéspedes con sus chistes y agudezas". En este contexto feudal, que
otros han narrado de manera parecida -entre ellos, el talentoso sobrino
del Restaurador; Eduardo Mansilla- era natural que se desconfiara del gringo,
del posible invasor, el aliado de los proscriptos de Montevideo. Más aún:
gringo era no sólo aquel que había nacido, en otra tierra, sino el hijo
del país en el exilio, el intelectual, el político, el poeta disconforme
que se transformaba, a los ojos de un buen federal, en un traidor, en un
apátrida, en un perro y salvaje unitario. En la otra orilla, como reacción,
federal sólo era el mazorquero, el gaucho malo, el alzado chusmaje. Entretanto,
hacia 1845, llega a la Argentina la primera inmigración gallega, que provee
de sirvientes a la ciudad y peones al campo. Se producen algunos casos de
fiebre tifoidea, que la gente atribuye a las barcadas de los inmigrantes.
La "fiebre de los gallegos" trae un nuevo brote prejuicioso: ahora el chivo
emisario de los odios y temores de la comunidad es el recién llegado. Para
curarlo, Rosas lo destina al servicio de las armas; si tiene buena letra
-¡eso sí!- le da un puesto de escribiente.
LA INVASIÓN DE LOS GRINGOS
Los vascos tienen mejor suerte; hechan fama de sanos y honrados. No obstante,
uno de los primeros en llegar, un vasco-francés, asesina brutalmente a un,
comerciante llamado Achinelli por cuestiones de dinero. En 1845 los anglo-argentinos
sirven en la Guardia Nacional, un verdadero paso adelante, ya que hasta
entonces se consideraban súbditos de la corona británica. A la caída de
Rosas, y siguiendo el lema alberdiano de gobernar es poblar, llegan los
italianos, la inmigración más fuerte, la que se ha enraizado profundamente
con las virtudes y vicios de los hijos del país, agregándoles generosamente
los suyos. De 1874 al 80, llegan a la Argentina 268.504 inmigrantes. Colonos,
peones, comerciantes, aventureros y hambrientos de toda, índole. Entretanto
el general Roca avanza hacia el desierto, la civilización se extiende sobre
un tendal de harapos, de cadáveres indios y milicos. Sola, la voz de Martín
Fierro, canta, altiva, el destino del hombre perseguido. Un gallego pecoso
y retacón, -según las malas lenguas-, un cuchillero llamado Juan Moreyra
entra en la fama del folletín, del circo, de la historia. El gaucho cimarrón
se asoma a la orilla de la ciudad, entra al suburbio, canta su rencor en
la milonga del prostíbulo. El trabajo no es para él, es cosa de grávanos,
de tanos. Y él, que ahora es el guapo y más tarde el malevo, anda todavía
buscando el padre que lo ampare. Lo encuentra en el oligarca que antes lo
mandó al fortín y que ahora lo toma de sirviente en la parroquia.
Entre los grévanos, los tanos, los ganapanes, vienen los primeros agitadores
obreros, socialistas y anarquistas que concilian su pensamiento mesiánico,
evangélico, con el más depurado terrorismo de la época. Llegan los tipógrafos
alemanes que conocieron a Marx, algún francés que estuvo en la Comuna de
París, judíos polacos y rusos del pogrom, libaneses, sirios y turcos, buhoneros,
tocadores de organito, sederos de las calles del sur. Y cuando la crisis
económica que estallaría en el 90, necesita de chivos emisarios, no falta
el argentino que en nombre del sentimiento nacional acuse a los gringos.
Es mejor apalear a un turco, o a un ruso que cuestionar las finanzas de
los procrees. Hay que buscar la roña afuera. El antisemitismo de Martel,
que ni siquiera es militante, empequeñece su percepción de La Bolsa. El
anti-inmigracionismo de tradicionales y buenos criollos, impide una justa
apreciación de la política nacional. La incipiente pequeña burguesía carece
de ideólogos. Aristóbulo del Valle, el "turco" Alem, pueden ser excepciones.
Entre la crisis del 90 y los festejos del Centenario, se entibian las aguas
de la revuelta. El privilegio está intacto; el gringo en el boliche y el
guapo en el comité.
EL PREJUICIO ANTISEMITA
Entre los discursos patrióticos del Centenario, los cantos a los ganados
y las mieses, Alberto Gerchunoff sueña la égloga de los gauchos judíos.
Aquí están, como en la nueva Tierra Prometida, los hijos de Israel, los
sobrevivientes de la inquisición y de la diáspora. Son los colonos de Entre
Ríos, buenos jinetes, gauchos que leen el Antiguo Testamento y guardan los
sábados. Menos poética transcurre la vida de otros inmigrantes de Polonia
y de Rusia, en los conventillos de la ciudad, en los ghettos abiertos -que
comparten con sirios e italianos- en el Once, Villa Crespo y La Paternal.
Sobrios ucranianos, movedizos y fantasiosos galitzianos, judíos marroquíes
y turcos, se asoman a la. vida de la ciudad, a los zaguanes donde cuelgan
sus telas. Ejercen el pequeño comercio -condena de la diáspora- y también
los humildes oficios; hay carpinteros, marroquineros, caldereros, chapistas,
changadores, carniceros y tejedores. Y no falta el intelectual que funda
una revista, y que le pide una colaboración a Juan B. Justo. El líder socialista
manifiesta su aversión a las colectividades cerradas y propone una sociedad
donde el hombre se reconozca en otro hombre más allá de sus remotos orígenes,
sean éstos quechuas, celtas o hebreos. Tal es, por otra parte, el pensamiento
de Marx sobre la cuestión judía. Sin embargo, Trotsky ha demostrado que
el prejuicio antisemita sobrevive en las sociedades socialistas, porque
es, en última instancia, un remanente de siglos. En todo caso, en la Argentina
burguesa y liberal de aquel entonces, el llamado de Juan B. Justo estaba
destinado al fracaso. Por otra parte, los jóvenes nacionalistas se ofuscaban
ante el malestar político del país y buscaban en los extranjeros las causas
de sus males. Es cierto que entre los obreros que exigían mejores salarios
y condiciones más humanas de trabajo se encontraban no pocos extranjeros,
los que chocaban, durante las huelgas o las celebraciones del 1° de Mayo,
con la policía brava, con los cosacos que bañaron en sangre la plaza Lorea.
También es cierto que los obreros -argentinos o gringos- respondieron con
violencia a la violencia. Lo que es difícil explicar es por qué esa violencia
se canalizó en forma de pogrom, por qué la Semana Trágica, derivó de lucha
clasista en persecución, racial. Para comprenderlo tenemos que recurrir
a otros ejemplos de la historia donde el judío sirve de pretexto para descargar
diferentes tensiones de tipo político, económico y religioso. En este aspecto,
la Argentina no fue una excepción. El prejuicio antisemita se mantuvo vivo
durante varias décadas y se transformó en bandera de algunas agrupaciones
extremistas que, al lema de "Mate a un judío.., ¡haga patria!", nuclearon
a no pocos muchachos de nuestras familias patricias. Eran los años de la
Segunda Guerra Mundial. Nuevos odios, nuevos prejuicios, nos deparaban otra
encrucijada. .
EL ALUVIÓN ZOOLÓGICO
El 17 de octubre de 1945, irrumpen, en las calles de Buenos Aires, legiones
de trabajadores, de mujeres, de chicos, que vivan el nombre de Perón. El
suburbio altanero, el frigorífico, la fábrica, están presentes en esa marcha
sobre Buenos Aires; también está presente el campo, la peonada indócil,
que salta, metafóricamente, el alambrado de las buenas costumbres y refresca
sus pies en las fuentes de la Plaza de Mayo. Un ardoroso exhibicionismo
preside la fiesta y el descamisado transforma en símbolo su irreverencia,
su corte de manga al patrón, que hace extensivo a los proletarios de cuello
blanco, socialistas y comunistas de la Unión Democrática. Una forma civil
de montonera en busca del caudillo recorre las calles y despierta, como
es natural, el rechazo o el violento repudio de los adversarios. Un político
los califica de aluvión zoológico. El aluvión humano recibe, desde su nacimiento,
el calificativo ominoso que -más allá de la significación política- entra
en el campo generalizado del prejuicio. El fenómeno no es nuevo. Los criollos
calificaron de "chanchos" a los españoles y éstos de "asnos" a los hijos
del país. Una buena parte de la caricatura política xenófoba adjudica nariz
de loro y oreja de burro a los judíos y será lobo el inglés y zorros los
franceses. Desplazar el objeto de nuestra aversión a una característica
no humana, siempre nos tranquiliza. ¿Pero qué hacer cuando lo que desplazamos
con la fantasía permanece en la realidad-? ¿Qué hacer, en este caso concreto,
con millones de nuestros semejantes que, sin pedir permiso, entran en nuestro
barrio, en nuestro Café, en nuestro cine? Al triunfo peronista siguió una
inmigración dentro del país, un traslado masivo del campo a la ciudad. El
recién llegado, el intruso, no sólo sufrió el rechazo, el menosprecio de
la clase media, liberal y democrática, sino también el de sus hermanos de
clase, el de sus compañeros de taller o de fábrica. Su pañuelo ostentoso,
su lapicera en el bolsillo superior del saco, fueron motivo de burla, como
un siglo y medio atrás las levitas, galeras y bastones de los esclavos negros
orgullosos de su libertad. "Monos vestidos", se les dijo a aquéllos, "Cabecitas
negras", se los llamó a éstos, a los nuevos e inoportunos conquistadores
de la ciudad.
EL CABECITA
El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía
liberal y democrática, muestra hasta qué extremos el prejuicio impregna
nuestras racionalizaciones. Reconocer en él, en el provinciano, al hijo
del país, a una de nuestras partes, significa lisa y llanamente aceptar
el viejo conflicto entre capital y provincia, entre unitarios y federales,
entre ejército regular y montonera, entre gobierno patriarcal y gran puerto
fenicio. Es algo que está más allá de las racionalizaciones del pequeño
burgués, liberal y democrático, presionado por su realidad económica, por
su desmesurado sueño de grandeza, por su deseo de ingresar, económica y
espiritualmente, a la clase alta. Obsesionado por su status, por su apellido
gringo, por su falta de tradición, se siente, en su rechazo al cabecita
negra, aliado a los que mandan. Ellos y él, por fin, tienen algo en común.
Sin embargo, esto no deja de ser una ilusión. Ser diferente, ser gente,
ser bien, significa no tener nada en común con ese intruso, que nos recuerda
un origen humilde, de trabajo, de pequeñas humillaciones cotidianas. En.
esta fantasía, el pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita
negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo.
"Ahora tendrán que trabajar", dice en 1955, a la caída de Perón. "Los negros
volverán a la cocina" hubiera dicho cien años antes, después de Caseros.
.
MODA Y PREJUICIO
Pero mandar al intruso a la cocina o a la cárcel, no da tranquilidad a nuestras
capas medias; ellas sufren, como el resto del país, los embates de la inflación,
de la inestabilidad política y económica, que les impide, como suelen decir,
vivir con decoro. No obstante, como ya es tradición (bastan leer las crónicas
de Alberdi o los cuadros costumbristas del 80) el argentino medio puede
aparentar un desahogado vivir, y aspirar, como premio, al señorío de las
clases altas. Si algo le preocupa verdaderamente es ser confundido con los
de abajo, delatarse -en un ademán, en un gesto, una palabra, en un vestido-
como mersa. Los humoristas, sociólogos empíricos, ya han señalado esta situación.
Cabe agregar que el vulgar temor a la vulgaridad lo lleva a copiar servilmente
gustos, usos y costumbres, que la publicidad y las formas masivas de comunicación
se encargan de imponerle. El estilo sofisticado de las revistas, el culto
por las relaciones públicas y privadas a nivel de ejecutivos, las modas,
lugares de diversión o jergas para iniciados, están indicando que nuestro
depurado mersa se ha transformado en un obediente imitador. No es raro que,
a sus prejuicios sociales, agregue algunos preconceptos sobre la importancia
de pertenecer a un país de raza blanca u otras ambigüedades que alimentan
su orgullo.
Fuente: Revista Extra, abril de 1967, tomado de:
www.magicasruinas.com.ar/revdesto033.htm
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El
mapa dado vuelta
Por Pedro Orgambide
"Nuestro norte es el Sur", declaraba en 1936 el pintor uruguayo Joaquín
Torres García. Un punto de vista compartido por otros artistas latinoamericanos,
que hicieron suyas las reformas estéticas del siglo XX.
[Para la revista TodaVÍA, diciembre de 2002]
América Latina siempre ha sido una fiel receptora de los cambios que se
operaban en el mundo, en los centros políticos y económicos de Europa. Esta
característica, que algunos con sentido peyorativo llamaron eurocentrismo,
se reflejó en las reformas estéticas que desde fines del siglo XIX tuvieron
gran resonancia en los países de la región.
Cuando el escritor uruguayo José Enrique Rodó publicó en 1900 su conocido
ensayo Ariel, alertaba a la juventud sobre la necesidad de acercar las nuevas
estéticas, con un sentido humanista, a los valores espirituales de esta
parte del mundo. Continuaba así la prédica iniciada en el siglo XIX por
los cultores del modernismo (el nicaragüense Rubén Darío, el cubano José
Martí, el argentino Leopoldo Lugones) que afirmaban, a partir de una nueva
estética, la voluntad de cambio y de autodeterminación de numerosos escritores
y artistas de América Latina.
Esta voluntad de cambio se había originado en las reformas educativas del
siglo XIX, que llevaron adelante hombres ilustres como Domingo F. Sarmiento,
José María Hostos, Andrés Bello, quienes impulsaron una renovación total
de la pedagogía y llegaron incluso a modificar la gramática del idioma común
de esta "América que habla en español". A ese cambio cultural siguió el
cambio estético que dejó atrás la retórica neoclásica heredada de España
y los énfasis del romanticismo de Inglaterra y Francia. Pero sólo a comienzos
del siglo XX se hizo muy clara esta correspondencia entre educación, literatura
y arte.
El nacimiento del siglo inauguró, en el ámbito artístico, un extenso período
conocido como la modernidad. Lo nuevo estaba en la arquitectura (art nouveau),
en diversas escuelas pictóricas derivadas del impresionismo, en la exaltación
de los adelantos técnicos del nuevo siglo (el automóvil y el avión cantado
por los primeros futuristas), en los movimientos estéticos que respondían
a los cambios sociales y políticos que se sucedían en el mundo: el fin de
algunas monarquías, el crecimiento de la vida democrática en los países
de América Latina, el ocaso del mundo colonial. Los latinoamericanos dejaban
de ser sólo receptores de esos cambios, para transformarse en emisores de
un mundo nuevo.
Así, en 1910, con la Revolución Mexicana se produce una de las reformas
más profundas en la vida política de ese país, que conlleva, a la vez, una
renovación estética: la que se expresa en el nacionalismo cultural de José
Vasconcelos y en el ciclo narrativo de la revolución, con emergentes como
Mariano Azuela, quien publica su novela Los de abajo en 1915. Con todo,
la reforma estética más significativa (al menos, la que más se conoce en
el mundo) es la que protagonizan los pintores del muralismo mexicano: Diego
Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros.
¿Hasta qué punto estos artistas asimilan las transformaciones estéticas
del siglo XX y las adaptan y condicionan a su realidad? Diego Rivera, por
ejemplo, residente en Europa desde 1907 hasta 1921, asimila la experiencia
cubista "a la mexicana" (el español Ramón Gómez de la Serna define esta
experiencia como riverismo). Por su parte, David Alfaro Siqueiros incursionó
en el futurismo para traducir el movimiento y la dinámica del siglo XX,
a la vez que exploraba la monumentalidad a partir de la escultura azteca.
Lo nuevo, en todo caso, consistía en vincular las reformas estéticas a la
propia tradición latinoamericana. Este criterio recorrió nuestro territorio,
sumando diferentes lenguajes. La osadía y el inconformismo del arte coincidían
con otros movimientos culturales; en la Argentina, por ejemplo, con la Reforma
Universitaria de 1918, que se expandió de sur a norte por su carácter renovador.
Cubismo y futurismo fueron las dos vertientes sobre las que construyó su
obra el argentino Emilio Pettoruti, el pintor arquetípico de la vanguardia
en la década de 1920. La misma época en que Jorge Luis Borges aparecía como
epígono del ultraísmo, la estética que valorizaba la metáfora como parte
esencial del discurso poético. Entretanto, en 1922, en México, Manuel Maples
Arce proclamaba: "El estridentismo es una razón de estrategia. Un gesto,
una irrupción". Un ademán irreverente que compartía en aquel tiempo el joven
Borges, cuyo criollismo suburbano se expresaba en el idioma de los argentinos,
"el de nuestra confianza, el de la conversada amistad", según decía.
Cuando el pintor uruguayo Joaquín Torres García dibujaba el mapa de América
del Sur invertido, con el extremo sur apuntando hacia arriba, señalaba un
nuevo camino estético: el del constructivismo universal. Ese mapa dado vuelta,
contralectura de los modelos estéticos europeos, puede leerse desde diferentes
puntos de vista en América Latina: desde los morros de la pobreza con las
ondulantes mulatas de Di Cavalcanti en Brasil, hasta los desocupados de
Antonio Berni en la Argentina. En ese mapa puede coincidir el lenguaje piccasiano
con los ritos yorubas del artista cubano Wifredo Lam, hijo de un chino y
una mulata.
América Latina reformulaba de este modo, desde su realidad particular, el
movimiento de renovación artística que se producía en Europa, influenciado
a la vez (globalización avant la lettre) por la pintura oriental y la escultura
africana. Porque "todos aprendemos de todos", como decía el maestro Alfonso
Reyes. Así, durante las dos primeras décadas del siglo XX, junto a la oleada
inmigratoria que llega a la Argentina, se afianzan dos géneros teatrales
de origen europeo: el sainete y el grotesco. El primero, derivado del sainete
español y la zarzuela; el segundo, del grotesco italiano. Nadie duda hoy
de que se trata de dos vertientes fundamentales del teatro criollo, del
llamado "género chico", cuya vigencia se prolongó hasta los años treinta.
Un nuevo tipo de intelectual aparecía entonces en la Argentina: ya no era
el hijo de la familia patricia, dueño de la riqueza material y la cultura,
sino un descendiente de la oleada inmigratoria. Dos hermanos pueden servir
de ejemplo: Enrique Santos Discépolo, el famoso autor de tangos, además
de actor de cine y teatro, y Armando Discépolo, considerado el padre del
grotesco argentino. En ambos se funde lo culto y lo popular. Eran hijos
de don Santo, un músico italiano que llegó a la Argentina con una medalla
del Conservatorio Real de Nápoles y que trabajó en Buenos Aires en la banda
de bomberos. Los hermanos Discépolo pertenecen a esa oleada de hijos de
inmigrantes, a la "chusma bravía", como la llamaba Evaristo Carriego, que
simpatizó a comienzos del siglo XX con el anarquismo, que acompañó después
el ascenso del radicalismo al poder, que denunció el golpe de Estado de
1930 y los años de crisis, fraude y ollas populares. Otro de esos hombres
fue el poeta Homero Manzi, animador de FORJA (Fuerza de Orientación Radical
de la Joven Argentina) en 1935, quien diez años más tarde propició el acercamiento
de un grupo de intelectuales al incipiente peronismo. Ajeno a todo elitismo,
Manzi, autor de memorables tangos y milongas, prefirió ser –como él decía–
"antes que un hombre de letras, un hombre que hacía letras para los hombres".
Vanguardia y política estaban presentes en la obra de los pintores argentinos
de los años treinta y cuarenta, como Lino Enea Spilimbergo, quien había
estudiado en Francia con André Lothe y quien, influenciado por el cubismo,
buscaba un acercamiento a lo social, lo mismo que Raúl H. Castagnino. Otros
pintores trabajaban como escenógrafos del teatro y el cine nacional, donde
se reflejaban problemas sociales de la Argentina. Películas como Prisioneros
de la tierra (1939), dirigida por Mario Soffici, o Los afincaos (1941),
dirigida por el novelista y fundador del Teatro del Pueblo, Leónidas Barletta,
muestran el alto grado de madurez alcanzado en el cruce de lo político y
lo estético.
Otro tanto ocurría con la novelística de Brasil en aquel entonces (representada
por Manuel Antonio de Almeida, Machado de Asís, Lima Barreto), que había
incorporado elementos del habla y la tipología popular que encontrarán luego
su resonancia en la estética de Guimaraes Rosa y en la épica y la picaresca
de Jorge Amado. Coincide este movimiento literario con la pintura de Cándido
Portinari, un muralismo que logra el feliz sincretismo entre la experiencia
estética de las vanguardias y la preocupación social y política.
Así como en la música brasileña no hay límites rígidos entre lo culto y
lo popular (Villalobos es un exponente de este rasgo), tampoco lo hay entre
las artes plásticas y las fiestas populares. En San Pablo, Flavio de Carvalho
realiza exposiciones de arte cerca de donde transcurren las fiestas de carnaval,
y se lo considera un precursor de la perfomance en América Latina desde
que irrumpió, irreverente, en una procesión de Corpus Christi.
En Chile, el artista y arquitecto Roberto Matta, quien trabajó en París
con Le Corbusier y fue amigo de García Lorca y Salvador Dalí y militante
del surrealismo liderado por André Breton, hacía suyas las palabras de su
compatriota, el poeta Vicente Huidobro: "El poeta, conciencia de su pasado
y de su futuro, lanza al mundo la declaración de su independencia frente
a la Naturaleza. Y no quiere servirla más en calidad de esclavo". La obra
de Roberto Matta, quien murió a fines de 2002, abarca varias décadas del
siglo XX, de sus vanguardias estéticas y de sus peripecias políticas.
Así como en las primeras décadas del siglo XX la literatura registra las
voces del indigenismo (por ejemplo, en la obra de José María Arguedas),
en la segunda mitad del siglo esas voces se complementan con el realismo
trascendente de Juan Rulfo, con la experimentación formal de los escritores
del boom latinoamericano (Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos
Fuentes, Julio Cortázar) y con lo real maravilloso de Alejo Carpentier.
Un proceso parecido tiene lugar en la plástica latinoamericana, con el ecuatoriano
Osvaldo Guayasamín, el peruano José Sabogal, el mexicano Luis Cuevas y el
argentino Carlos Alonso, quienes retoman, a veces de manera paródica, temas
y personajes utilizados por los europeos. Así, Carlos Alonso traduce La
Divina Comedia en imágenes contemporáneas que representan un infierno castrense,
ámbitos de tortura, un cielo de cosmonautas. Su visión expresa las vicisitudes
de nuestro tiempo, tanto como el Dante expresa las del suyo. Habría que
sumar a estas experiencias el gesto paródico-histórico que realizaron en
los años sesenta los integrantes argentinos de la Nueva Figuración (Rómulo
Macció, Luis Felipe Noé, Carlos de la Vega y Ernesto Deira), quienes compartieron
ese tiempo de cambios con el informalismo, el arte óptico y conceptual o
el pop, originado en los Estados Unidos y con fuertes resonancias en los
centros urbanos de América Latina. La tarea de analizar este complejo sistema
de influencias aún está en sus comienzos y seguramente abrirá nuevas perspectivas
a la exploración crítica.
El mapa dado vuelta de América Latina no significa ruptura con las estéticas
del siglo XX, sino su adecuación a los nuevos puntos de vista que surgieron
en esta zona, como signos vitales de su libertad creativa. Su aventura,
su necesidad de cambio, su alejamiento del eurocentrismo, tal vez sean una
señal de madurez, la afirmación de su identidad en relación con el mundo
que le ha tocado en suerte.
Fuente: www.revistatodavia.com.ar
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La
Intrusa
Por Pedro Orgambide
"Un pueblo que lee
es un pueblo culto."
Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó,
nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo
era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio
era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular,
por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico.
El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En
cuanto a ésa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas
ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso,
como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los
otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla
con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo
mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas
que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé
a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si
hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo.
Menos lo de ayer. "González - me dijo el Gerente - lamento decirle que la
empresa ha decidido prescindir de sus servicios". Veinte años, Señor Juez,
veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería.
Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté,
señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con
el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi
carrera , la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera,
por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.
["La intrusa" pertenece al libro de relatos La Buena gente (1970), Buenos
Aires, Sudamericana]
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La
Señorita Wilson
Por Pedro Orgambide
Los vecinos dicen que es una vergüenza. No es posible, dicen, tener esa
pieza de madera en la terraza, sobre todo ahora que vamos a comprar los
departamentos en propiedad horizontal. Es como tener una mancha de grasa
en el smoking. Así piensa Luchini, el importador de géneros, aunque es poco
probable que haya usado smoking alguna vez. Pero lo dice y los vecinos asienten.
Sí, es una verdadera vergüenza, opina la señora de Guzmán, y también Magda
(no lo hubiera creído) esa chica que pasa avisos por televisión. Estamos
reunidos en el departamento del arquitecto y hablamos de una pieza de madera.
Estamos todos o casi todos los vecinos de la casa. Todos menos la señorita
Wilson. No la hemos invitado. Ella no va a comprar su departamento. Y además,¿se
puede llamar departamento a esa pieza de madera? La señorita Wilson vive
allí desde hace quince años. "Es inconcebible- dice el arquitecto- que en
una casa como esta se haya permitido edificar una covacha solo para beneficiar
a esa mujer" Pero parece que el dueño tenía buen corazón o quería ganar
un poco más. Vaya uno a saber. Lo cierto es que la señorita Wilson vive
allí, entre nosotros y el cielo.
"¡Oh, no, es imposible tener ese adefesio allí!", o0pina Ruiz, el muchacho
del cuarto piso. Se acaba de casar y escucha hermosos conciertos en su tocadiscos.
¿Cómo? ¿También él? Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando
una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta
los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer
en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía. No con la
sonrisa de sus sesenta años, sino-¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven,
la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe sin entenderlo o
cuando veía cruzar, por la pradera inglesa, a uno de esos jinetes como los
que tiene en los cuadritos. Pero Ruiz dice que es un adefesio (ella o su
casa, ya es lo mismo) y apenas si oigo lo que dice Magda.
Ah, sí, las medias. La señorita Wilson no respeta la ordenanza municipal.
Tiene un perrito. Y el perro, dice Magda, un día le destrozó las medias
que había colgado en la terraza. Luchini la mira. Magda tiene hermosas piernas.
Cada vez que pasa un aviso por televisión la cámara las enfoca. Deben estar
aseguradas en un millón de pesos, por lo menos. Claro, ahora no cuelga más
sus ropas en la terraza. Las manda al lavadero.¡Hay tanto trabajo en la
TV! Y, según dice, muy poca gente de confianza para el servicio doméstico.
Las mujeres asienten. Se han olvidado del perro de la señorita Wilson.¿Qué
importancia tiene un perro comparado con la TV?
Pero para la señorita Wilson tal vez el perro sea una de las pocas cosas
que importan en su vida. La señorita Wilson le dice:"¡Tony! ¡Tony! ¡Come
here, Tony!" Y el perro va hacia ella, deja de jugar y de mover la cola
y siente la caricia de unos dedos demasiado finos, una caricia que pareciera
volver sobre sí misma.
"Podríamos comprar el departamento entre todos y buscarle una comodidad
a la inglesa".¿Quién dice eso? No lo sé. Alguien opina que en una pensión
estaría mejor que en esta casa. Hay una señora que habla de pensiones para
señoritas. Son lugares "correctos".Pero también son "correctos" los asilos
y son tristes. Lo digo y los demás me miran como a un loco.
"No nos trate de desalmados", se defiende el arquitecto y se acerca para
despejar el malentendido. "Vamos, vamos, somos vecinos, nunca hubo una palabra
más alta que otra entre nosotros. ¿Es así o no? Nadie quiere mal a esa mujer.
Pero a usted mismo, a usted que le gustan las cosas buenas de la vida, le
tiene que molestar esa covacha encima de su departamento. Porque no puede
negar que la señorita Wilson tiene costumbres raras. Es espiritista o algo
parecido. Y hay días en que viene gente muy rara a visitarla, gente que
canta salmos o cosas por el estilo; en fin, gente que no es como nosotros.".
Le explico que la señorita Wilson es evangelista. Y que la oí predicar en
una plaza. Los vecinos callan, divertidos. ¡Eso sí que no lo sabían!. La
inglesa predicando en una plaza. Nunca lo hubieran imaginado. Sí: un grupo
de hombres y mujeres canta, y de pronto uno dice que la hermana Wilson (no
sé si la llaman por su apellido o le dicen simplemente hermana) hablará
para todos.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- pregunta Magda, curiosa. Porque al fin es casi
colega suya. También la señorita Wilson tiene su público: conscriptos aburridos
que no encuentran muchachas en el parque, un matrimonio "haciendo tiempo"
antes de entrar en el cine, algún ocioso como yo, y unos cuantos viejos,
más preocupados que nosotros por las cosas del cielo.
¿Y qué dice la señorita Wilson? Habla de la bondad, de Jesús, de los pescadores,
del pan, de la sal y del vino, habla con los ojos fijos en el cielo. Y dice:
"Yo he sido pecadora."
-¿Dice eso?- interrumpe Magda-
- Dice eso.
Es imposible imaginar a la señorita Wilson pecadora. Y menos en los pecados
de la carne, que son los primeros en los que pensamos. Quizá la señorita
Wilson se refiera a sus años de mujer joven, cuando trabajaba como institutriz
en casas de familias importantes, en algún vago amor con el padre de un
alumno. O en la avaricia. En un tiempo ganaba su dinero con placer. O en
la gula. Hubo una época en que comía dulces y bombones hasta el hartazgo.
Es cómico. Después tuvo diabetes y el médico la condenó a un régimen frugal.
Ahora es delgada, ascética y, como dicen las mujeres, nada femenina. Me
parece verla en el parque: lata, con el cabello recogido sobre la nuca,
el cuello emergiendo de una blusa monacal, la pollera lisa contra las piernas.
Unos ridículos botines. Y esa voz, esa voz de pájaro que hace reír a Magda.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- preguntan los vecinos.
La señorita Wilson, con toda su voz y ante las risas sofocadas de algún
intruso, dice:
Los que confían en sus haciendas, y de sus riquezas se jactan.
Ninguno de ellos podrá de manera alguna redimir al hermano y dar a Dios
su rescate.
- No entendí nada- comenta Magda. -¿Pero qué hora es?
Es tarde, sí, y tiene que ir al estudio. Es una lástima que no pueda quedarse.
¡Se ha divertido tanto con el cuento de la inglesa! Me lo agradece como
si yo hubiera inventado a la señorita Wilson.
-¿Miren que ponerse a hablar en la plaza! ¡Es rarísima!
"Habría que ayudar de alguna forma a esa pobre mujer", comenta alguien.
Y todos estamos de acuerdo. Hay que ayudar a la señorita Wilson. Los buenos
vecinos proponemos una indemnización si ella se va. Una parte el dueño y
ora nosotros. Tal vez la señorita pueda vivir en un templo evangelista.
Pero algún entendido explica que no hay que confundir esos templos con los
albergues del Ejército de Salvación. Allí sí tienen camas. No, no vamos
a discutir eso. La señorita Wilson ya va a encontrar un lugar. Lo importante
es que acepte. ¿De acuerdo? La generosidad, como la risa, es contagiosa.
No, yo no estoy de acuerdo.¿Pero cómo explicarles? ¿Cómo decirles que la
señorita Wilson no puede llevar a cualquier parte sus muebles viejos, las
mantelerías que no usa, la caja de los remedios, las manías, los hábitos,
los cuadritos con los jinetes que corren por la pradera inglesa? Y Tony
¿O no han pensado en Tony?
La muerte vino en ayuda de la señorita Wilson. Magda se llevó a Tony. Le
rompe las medias pero la divierte. Los demás vivimos sin zozobras. El mundo
está lleno de pequeños e inocentes asesinos como nosotros. La señorita Wilson
fue la elegida. Por eso su corazón, al enterarse de nuestros proyectos,
tuvo la delicadeza de dejarse morir.
["La señorita Wilson" pertenece al libro de relatos La Buena gente (1970),
Buenos Aires, Sudamericana]
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Berto
Por Pedro Orgambide
"Cuando tengas que elegir entre varios caminos, elige siempre el camino
del corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca". Proverbio
sufí
Solo cuando estaba muy borracho, Berto recordaba las colinas de Italia.
Entonces sí hablaba en su idioma y maldecía su suerte.
Porca miseria...etc...etc...
Pero eso ocurría rara vez.
Los otros días, con sus correspondientes noches y madrugadas, Berto podría
vivir aliviado de recuerdos.
Bastante tenía con su trabajo. Que lo dejaran de joder con Italia....
Eso es lo que decía Berto, cuando una o dos veces por año, recibía carta
de sus familiares a lo que no veía hacía medio siglo.
Ni falta que hace, decía Berto, cuando su mujer le pedía que escribiese.
A Berto no le gustaba escribir.
El lápiz le hacía doler los callos de los dedos.
¡Merda, me duele!, decía y tiraba el lápiz por la ventana de la cocina de
madera.
Su mujer no insistía. Traía el pan, el vino y la polenta.
Después, cuando su marido se dormía, trataba de descifrar las palabras.
Cansada, apagaba el velador.
Quería imaginar otro país, otro olor que no fuera el de la cocina y la pieza
y el cuerpo de Berto.
No podía.
A las tres, Berto se levantaba de un salto, llenaba la habitación con sus
resoplidos y puteadas y salía al patio para lavarse en la pileta.
Un rato después estaba en el corralón y a la hora en su carro de feriante,
metiendo ruido con sus fierros.
Berto, Berto, Berto, ahí viene Berto, decían, porque Berto era el rey de
la feria, un espectáculo que crecía a medida que el sol iluminaba la calle
rebosante de carnes y de frutas y de chicos ladrones y mujeres.
Porque a Berto le gustaba la feria.
Le gustaba gritar de puesto a puesto, hacerse el payaso con su delantal,
ponerse el gorrito sobre los ojos, colocarse una flor en la oreja.
Cuando no trabajaba, Berto perdía la alegría.
Los domingos visitaba a sus hijas y a sus yernos, devoraba en silencio sus
tallarines, eructaba y se iba al boliche a jugar a la murra...
¡E uno, e due...e tre! Gritaba Berto y extendía su mano buscando la suerte
o la alegría ...o la vida que se le escapaba de las manos.
Entonces bebía...un vaso...otro y otro...
y cuando estaba muy borracho, entonces sí recordaba las colinas de Italia.
Fue un día así cuando llegó la carta.
La leyó una vez, luego otra...y una vez más todavía.
A pesar de la borrachera no podía dormirse.
¿Malas noticias?, preguntó la mujer.
Berto no contestó.
La mujer se tapó la cabeza con la almohada y él seguía leyendo: las mismas
palabras, cada letra, hasta que la carta quedó en algún lugar del cerebro
de Berto...y permaneció allí durante un día y otro y un mes y otro.
Un domingo, después de los tallarines, mientras se pasaba minuciosamente
escarbadientes, Berto anunció a su familia:
Me ne vado Italia.
No dijo por qué, a Berto no le gustaba dar explicaciones.
Otro domingo, agregó:
Ha morto el tío Nicola. Me dejó una casa frente al mare...frente al mar.
Berto no es el de antes, decían en la feria.
Pero a Berto le importaban poco las opiniones de la gente. Sólo pensaba
en su casa frente al mar.
Soñaba con ella y también con las colinas y también con su madre.
Y ya no hacía falta que estuviese borracho para que hablara en italiano.
Las viejas palabras volvían a su memoria.
¿Qué me decís, Berto?, le preguntaba su mujer sin entenderlo y pensaba que
su Berto se había vuelto loco.
Pensaba que los viejos son así, que hablan solos, como los locos, sobre
todo cuando reciben una carta que los aleja de su familia.
Por eso no se entristeció cuando Berto subió al barco.
Y no se sorprendió mucho cuando llegó la carta en la que le comunicaban
que Berto había muerto un día después de su llegada, y a unos pasos de la
casa frente al mar.
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El
largo viaje de Manuel Ugarte por America latina
El pasado domingo murió Pedro Orgambide. Poco antes había escrito para
Zona esta nota que refleja algunas de sus múltiples preocupaciones.
Publicarla hoy es despedir de la mejor manera a un hombre intenso y
entrañable.
El largo viaje de Manuel Ugarte por América
Latina
Por Pedro Orgambide
No fue profeta en su tierra. Es, aún, el gran olvidado del pensamiento
político argentino. En cambio, sus ideas impulsaron la acción de hombres
como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o el nicaragüense Augusto
César Sandino. Su nombre es citado con frecuencia en otros países de
América latina; pocas veces en la Argentina.
Manuel Ugarte pertenecía a una familia tradicional. Había nacido en
Buenos Aires en 1878. En los primeros años del 900 vivía en París, como
correspondía a un rico, joven y culto caballero argentino, aficionado
a las mujeres, al teatro y la poesía galante; fue el autor de unas Crónicas
parisienses, que prologara Miguel de Unamuno y de las Crónicas de bulevar,
que llevan prólogo de su amigo Rubén Darío.
Nada hacía sospechar a los parientes de Buenos Aires y amigos de Manuel,
el giro que tomaría su vida apenas se iniciara en la política. Nada
hacía prever el cambio brusco que se produciría con su participación
en los congresos socialistas internacionales, junto a Jean Jaurés. Sin
abandonar del todo la parte lúdica de su pensamiento, que lo impulsa
a escribir poemas, cuentos o ensayos de intención literaria, sus intereses
se desplazan hacia la reflexión política.
El colonialismo europeo por un lado y la política del garrote de los
Estados Unidos por otro, son los referentes de esa reflexión. Manuel
Ugarte toma partido por los movimientos nacionales que se oponen a esos
poderes monopólicos. Al igual que José Martí, instrumenta la crítica
como ejercicio del criterio y apunta a la descolonización del pensamiento
dependiente de América latina. Desde esa perspectiva —antiimperialista
y boliviana— escribe El provenir de la América Española, en 1910.
Como en las novelas de aprendizaje, hay un viaje iniciático en el cual
el protagonista acumula experiencia y prueba sus fuerzas. El bon viveur
de París viaja por América latina. No es un turista. El Departamento
de Estados de los Estados Unidos se interesa por su itinerario y considera
que Ugarte es un sujeto peligroso, un agitador. ¿Lo era en realidad?
En 1911, desembarca en Cuba y se reúne con estudiantes y campesinos
que simpatizan con la causa nacional. Se lo ve en La Habana y en Santiago.
Como orador, manifiesta su solidaridad con el pueblo dominado bajo "la
enmienda Platt".
Un agente lo ve desembarcar en Santo Domingo, a finales de 1911; lo
observa deambular en actitud sospechosa por el puerto donde "se levantaban
inmóviles las torres de los acorazados norteamericanos". Poco después
se produce un atentado, que se atribuyen los independentistas. Antes
de partir, Ugarte se manifiesta públicamente contra el invasor.
Ugarte llega a México el 3 de enero de 1912. Hay música y banderas y
disparos al aire, como corresponde a una buena fiesta mexicana, con
revolucionarios que exigen "Pan y Libertad". El gobierno de Madero se
inquieta. La embajada de EE.UU. presiona para que lo expulsen del país.
"Dos gobiernos contra un solo hombre", titula un diario en la ciudad
de México.
Ugarte no desmiente el mote de agitador: participa en actos relámpagos,
en manifestaciones callejeras, ejerce su arte de orador de barricada.
Llena un teatro y en un mitín en el bosque de Chapultepec congrega a
una multitud.
Algunas de estas noticias llegan a Buenos Aires. Para no pocos de sus
amigos, Manolo o Manucho se ha vuelto loco. Esperaban otra cosa de él.
Una travesura, sí, pero no esto. En Guatemala, donde gobierna el dictador
Estrada Cabrera, Ugarte es citado por el ministro de Relaciones Exteriores.
Le explica de buenos modos que llega alguien importante de Washington
y que una de las condiciones que pone el Departamento de Estado es que
Ugarte abandone Guatemala. El ministro es gentil, no quiere emplear
la fuerza. Ugarte hace sus valijas e intenta viajar a Honduras y El
Salvador. Pero ahí también se lo considera una persona peligrosa y se
le niega la entrada. Opta, entonces, por entrar en forma clandestina.
Llega a Tegucigalpa el 27 de marzo de 1912. Pocos días más tarde, el
3 de abril, Ugarte expresa su particular visión del socialismo, opuesta
a la posición eurocentrista de sus contemporáneos. En la Federación
Obrera, dice que "el socialismo tiene que ser nacional". Y agrega: "seamos
avanzados, pero seamos hijos de nuestro continente y nuestro siglo".
Ugarte viaja a la Nicaragua ocupada en ese entonces por las tropas norteamericanas.
Aunque su palabra está prohibida se las ingenia para difundir sus ideas
que coincidirán luego con las de Augusto César Sandino. Continúa su
viaje predicador por Costa Rica, Venezuela, Colombia. En 1913 está en
Ecuador, desde donde viaja a Perú y Bolivia. Se reúne con los sindicalistas,
políticos y estudiantes que adoptaron el credo de la Patria Grande y
de un camino propio hacia el socialismo.
En 1914 llega a Buenos Aires. Se entera del asesinato, en Francia, de
su amigo Jean Jaurés, con quien compartía un militante pacifismo. Su
heterodoxia estorba: los aliadófilos y germanófilos de la Argentina
desconfían de él. Además, Ugarte no disimula sus contradicciones. Así,
un día se lo ve en la redacción de La Vanguardia, dialogando con Juan
B. Justo y otros socialistas, y al otro, practicando esgrima con un
representante de la oligarquía, en el Jockey Club. Contradictorio, sí,
pero coherente en sus convicciones: el "niño bien" renuncia a una candidatura
en el Congreso porque aduce que ese cargo lo debería ocupar un obrero.
No gana plata con la política. Al contrario: por ella, pierde su fortuna.
Y por su heterodoxia, se le cierran las puertas de la cultura oficial.
Ugarte defiende los principios de la revolución mexicana y el derecho
de Colombia frente a la política de usurpación de los EE.UU. en Panamá.
En ese momento su prédica parece exótica. Los admiradores del progreso
indefinido usan la vieja antinomia civilización o barbarie para rebatirlo.
Se lo acusa de ser espía del kaiser por defender la política de neutralidad
de Hipólito Yrigoyen.
En 1919 marcha hacia el exilio europeo donde integra el Comité Mundial
de la Paz junto a Romain Rolland, Albert Einstein y Henri Barbusse.
Colabora con el peruano José Carlos Mariátegui en la revista "Amauta".
La chilena Gabriela Mistral lo llama "el maestro de América latina".
Pero aquí se lo ignora. Regresa a Buenos Aires en 1935. Está muy pobre
y sobrevive como puede hasta 1939 en que vuelve a partir y se radica
en Chile.
Después de muchos años de oscuridad y extrema pobreza, Ugarte regresa
a la Argentina en tiempos del incipiente peronismo. Se lo reconoce,
por fin. Lo nombran embajador y ejerce la diplomacia en México, Nicaragua
y Cuba, entre 1946 y 1950. Pero su figura disgusta a algunos sectores
clericales y políticos por lo que cansado de pelear renuncia. Muere
en Niza, en 1951.
Lo sobrevive su obra, que encontró eco en América Latina. Movimientos
políticos como el APRA peruano o el sandinismo nicaragüense, reconocen
en Manuel Ugarte a un precursor.
Más retaceada es su influencia aquí, en el llamado "pensamiento nacional",
y poco reconocida su incidencia en el origen de la "tercera posición"
de nuestro país, en tiempos de la "guerra fría".
No fue profeta en su tierra. En cambio, vio cómo se agrandaba la patria
mientras recorría el territorio de esta América que, como él vaticinó
en sus textos, sigue siendo una arriesgada apuesta al porvenir.
Clarín, 26 de enero de 2003
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No
hagas tango
Por Pedro Orgambide
Lo encontró en un bar de la Zona Rosa, entre unos cabrones multinacionales
que festejaban a la Diosa, la bailarina mulata que venía de un festival
de Cali. Lo presentaron como a un escritor argentino en el exilio, un
che al que lo habían fregado ¿sabes?, un pinche periodista político
que cantaba tangos. Canta, canta para mí, dijo la bailarina que además
era antropóloga y hablaba de la magia y cosas así. ¿Cantas o no?, preguntó
un canadiense que buscaba datos en el Colegio de México y whisky. No,
dijo el argentino, no tengo ganas. Un periodista político, eso debe
ser muy aburrido, lo provocó la Diosa. Ella empezó a hablar del cine
underground, del Kitsch, de todas las pendejadas latinoamericanas de
Norte a Sur, desde La Tecla (México, D. F.) al Bar-Bar-o (Buenos Aires)
una vasta geografía de bares, cine-clubs, galerías de arte, donde los
intelectuales se cagan en el boom porque la onda está en otra parte,
en París o New York. ¡Ni modo!, dijo ella pero abandonó la mano en la
mano del argentino y él comenzó a acariciarla con tristeza, sólo para
demostrar cómo un macho argentino se levanta a una mina, a una vieja
entre machos mexicanos. Pero tal vez no fue así, quizás en ese momento
necesitaba realmente una mujer. Oye, oye, dijo ella ¿porqué no escribes
un libro acerca de Perón? Todos tus compatriotas escriben libros así.
Ven, ven, no te enfades, era una broma, era una broma, cariño. Él le
miró los pechos, los altos pechos de sierva concebida que venían hacia
él dando saltos como en el verso de Miguel Hernández, dos hermosas toronjas
para apagar la sed. Déjate de mirarme con esa cara de tango ¿quieres?
Don’t be vulgar, please. Déjate de pensar cochinadas. Entonces la mulata
comenzó a cantar una cumbia de los cincuenta, muévete, muévete, decía
y se movía en su silla y él recordó a las Mulatas de Fuego y los mambos
de Pérez Prado y la erección de muchachito que había sido, la erección
solitaria, en un cine de barrio, en Buenos Aires, mirando una película
de Carmen Miranda. Los amigos de la Diosa abominaban ahora del cine
del Tercer Mundo, se burlaban de esos cuates que iban por América con
sus cámaras al hombro, dichosos con la miseria, decía uno, merde, dijo
otro, pinches oportunistas. Esto está muy aburrido, Cara de Tango -dijo
la Diosa- vámonos juntos ¿quieres? Oye, político: a esta hora la casa
de Trotsky está cerrada. Pero podemos ir a otra parte. Él se dejó llevar.
Se despidieron de los amigos y subieron al auto y ella manejó como si
se despidiera del mundo. Ahora me cantas el tango que me debes, cabrón.
Sí, dijo él y comenzó a cantarle el tango y a acariciarle las piernas.
Ella frenó en una cerrada de Coyoacán. Cuando lo besaba, deslizó su
mano hasta el sexo del hombre, lo apretó con fuerza, con furia, como
vengándose de algo. Después fueron al café que había sido un convento
virreinal y hablaron de la vida. A mí también me caen gordos mis amigos,
pero no tengo otros, dijo la mujer. El hombre recordó un verso de López
Velarde, dijo que sentía una íntima tristeza reaccionaria. Yo te voy
a curar, prometió la Diosa. En la cerrada volvieron a besarse. En el
auto, ella abrió la blusa y le ofreció los pechos.
Triste, reaccionario, niño, amor, basta, déjame, glotón, vamos a casa.
En la casa del cerro (herencia de mi padre, era muy rico ¿sabes? déjame,
loco) el hombre cayó abrazado a la mujer que jugaba a resistirse, a
ceder, al juego de la señora y el doctor, cayó sobre la cama inmensa
de kilómetros de exilio, cayeron vestidos todavía, desnudándose, mordiéndose,
besándose, la mulata de Baudelaire, mi negra, mi Cara de Tango, macho
sombrío, triste, reaccionario, ella cerrando los ojos, concentrándose
en el puro goce de ese orgasmo imprevisto, fugaz, perdóname, Tango,
perdóname, Macho, ahora te toca a ti. Se abrió la cueva húmeda. Pase
mi rey, pase mi huésped, entra mi negro, mátame. Él estaba acostado
en la blanca cama de espuma, con la mulata que había nacido en Pekín
porque su padre era embajador -espérame tantito ¿quieres?- y ella seguía
hablando desde el baño, orinando su dulce miel como un verso de Neruda,
volvía bamboleándose, mira a tu novia ¿te agrada tu novia? hablando
como una popi, paseándose desnuda por la recámara, excitándolo, contándole
sus viajes por el mundo, las brujerías de su madre negra que su padre
se robó en Jamaica. Era muy racista el güero, nunca me pudo querer.
Mi padre, el padre, el Padre de los pobres: ella quería que le contara
historias de Perón. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando
y tomando agua mineral, para que la segunda vez fuera mejor, más amistosa,
no ese relámpago de destrucción al que se habían entregado en la casa
del cerro. Dos veces, dos muertes. La primera vez, dijo el hombre, yo
no entendía, era un pendejo, un estudiante muy humanista, muy antifascista,
claro, muy pequeño burgués, una buena conciencia; la segunda no quise
equivocarme, quise creer en el Padre ¿entiendes? Ser como todos, fundirme
en ese Todo como tú en el Zen. Mi padre era un viejo, dijo ella, un
podrido viejo cargado de medallas. Cuando dejó a mi madre, ella se ahogó
en el mar. ¿Por qué te cuento esto? No me gusta hacer tango. Cántame
un tango, cántale un tango a tu novia fea, fea, fea, pidió y se echó
a llorar porque ahora era una niñita sola en el mundo, no era la Diosa
ni la mulata de Baudelaire, sino una pobre muchacha pidiendo que le
cantaran un tango. ¿Quieres? Sí, dijo él y le cantó el tango de la casita
de mis viejos y otros tangos con patios y mujeres enfermas y jazmines.
Todo eso está muerto, pensó. Pero él no estaba muerto, estaba acariciando
los hermosos pechos de su amiga, las caderas inmensas, el sudor de los
muslos, trepando por ella como por el Árbol de la Vida que tenía en
su cuarto, bebiéndosela, emborrachándose de su boca, del suave pulque
de su vagina. Mi rey, gimió ella y se quemaron juntos otra vez y se
durmieron y despertaron abrazados y con frío. Sí, es lo que vi, dijo
el hombre, vi a la gente calentándose con las fogatas, toda la noche,
esperando a su padre, al General, al Macho. Yo estaba con ellos, pero
no era uno de ellos ¿entiendes? El Espía de Dios. El poeta es el Espía
de Dios, dijo ella. No soy poeta. Sí, lo eres dijo la mujer lamiéndole
el vello del pecho, succionando las tetillas del hombre porque ahora
soy tu niña ¿quieres? bajando hasta el sexo de su amigo, su hermano
de la noche. Él miró la cabeza de la mujer allá abajo, la boca, la mata
del pelo oscilando en un movimiento loco de polea, en una frenética
negación, su propio pene como un péndulo de delirio. Mi rey. Mi negro.
Y otra vez cabalgaron los dos. El caballo, la yegua negra en un campo
de incendio. Mi rey. Mi negra. Ven. Claro que voy, espérame. Los cuerpos
quedaron extenuados. La madrugada empezaba a filtrarse por las ventanas,
el día, la certidumbre de despertar. El hombre miró a su amiga que dormía.
Oyó tangos de Buenos Aires, tangos de la memoria, tangos, tangos, tangos
de cuando era demasiado joven, cuando la revolución era una palabra,
un improbable porvenir y no esos militantes entre los que no estaba,
sabiendo que esa sería su condena, su muerte, el equívoco síntoma de
su vejez en el momento de escribir su análisis político de la situación,
mañana, dentro de unas horas, cuando brillara el sol. Ella despertó.
Le dijo: duérmete; esta tarde seré tu compañera en La Siesta del Fauno,
pero ahora duérmete, por favor. Pienso en mis muertos, dijo él. Duérmete.
Están matando a mi gente. Duérmete, te digo. Si al menos supiera que
lo que escribo sirve para algo. No hagas tango, mi amor. Atan los cuerpos
con alambres de púa, los hacen volar con dinamita... Duérmete, ordenó
la mujer. El hombre se cubrió con la sábana, se acercó a su amiga y
prometió no hacer tango. Mientras la acariciaba pensó en Hansel y Gretel
abandonados en el vasto mundo. Entonces se durmió. Pobre amor -dijo
la mujer mientras acariciaba la cabeza del hombre dormido- estás lleno
de sueños, de la podredumbre de los sueños. Creo que te mereces un descanso.
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¿Todo cuento es un cuento chino?
Por Gabriel García Márquez
Escribir una novela es pegar
ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién
es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo
sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía.
Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento
es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos.
En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para
dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos
géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de
eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud
del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo.
La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento
y novela.
El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso,
reciente premio Príncipe de Asturias. Dice así: "Cuando despertó, el
dinosaurio todavía estaba allí".
Nada más. Hay otro de Las Mil y una Noches, cuyo texto no tengo a la
mano, y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador
que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador,
con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y
cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago
un diamante del tamaño de una almendra.
Más que el cuento mismo alucinante por su sencillez, éste me interesa
ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta
el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su
encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un
género misterioso por excelencia.
Las Novelas Ejemplares de Cervantes son de veras ejemplares, pero algunas
no son novelas. En cambio Joseph Conrad escribió Los Duelistas, un cuento
también ejemplar con más de ciento veinte páginas, que suele confundirse
con una novela por su longitud. El director Ridley Scott lo convirtió
en una película excelente sin alterar su identidad de cuento. Lo tonto
a estas alturas sería preguntarnos si a Conrad le habría importado un
pito que lo confundieran.
La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto
en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por
lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que
se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte
de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe
llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia
en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de
la vida real.
Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género:
La Pata de Mono, de W.W. Jacobs, y El Hombre en la Calle, de Georges
Simenon. El cuento policiaco, en su mundo aparte, sobrevive sin ser
invitado porque la mayoría de sus adictos se interesan más en la trama
que en el misterio. Salvo en el muy antiguo y nunca superado Edipo Rey,
de Sófocles, un drama griego que tiene la unidad y la tensión de un
cuento, en el cual el detective descubre que él mismo es el asesino
de su padre.
El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación
espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer
hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta
el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte
con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer
cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que
un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del
siglo de piedra.
No sé qué decir sobre la suposición de que el cuento sea una pausa de
refresco entre dos novelas, pero podría ser una especulación teórica
que nada tiene que ver con mis experiencias de escritor. Tanteando en
las tinieblas me atrevería a pensar que no son pocos los escritores
que han intentado los dos géneros al mismo tiempo y no muchas veces
con la misma fortuna en ambos. Es el caso de William Somerset Maugham,
cuyas obras -como las de Hemingway- son más conocidas por el cine. Entre
sus cuentos numerosos no se puede olvidar P&O -siglas de la compañía
de navegación Pacific and Orient- que es el drama terrible y patético
de un rico colono inglés que muere de un hipo implacable en mitad del
océano Índico.
Ernest Hemingway es un caso similar. Tan conocido por el cine como por
sus libros, podría quedarse en la historia de la literatura sólo por
algunos cuentos magistrales. Estudiando su vida se piensa que su vocación
y su talento verdaderos fueron para el cuento corto. Los mejores, para
mi gusto, no son los más apreciados ni los más largos. Al contrario,
dos de ellos son de los más cortos - Un canario para regalo y Un gato
bajo la lluvia -, y el tercero, largo y consagratorio, La breve vida
feliz de Francis Macomber.
Sobre la otra suposición de que el cuento puede ser un género de práctica
para emprender una novela, confieso que lo hice y no me fue mal para
aprender a escribir El Otoño del Patriarca. Tenía la mente atascada
en la fórmula tradicional de Cien Años de Soledad, en la que había trabajado
sin levantar cabeza durante dos años. Todo lo que trataba de escribir
me salía igual y no lograba evolucionar para un libro distinto. Sin
embargo, el mundo del dictador eterno, resuelto y escrito con el estilo
juicioso de los libros anteriores, habrían sido no menos de dos mil
páginas de rollos indigestos e inútiles. Así que decidí buscar a cualquier
riesgo una prosa comprimida que me sacara de la trampa académica para
invitar al lector a una aventura nueva.
Creí haber encontrado la solución a través de una serie de apuntes e
ideas de cuentos aplazados, que sometí sin el menor pudor a toda clase
de arbitrariedades formales hasta encontrar la que buscaba para el nuevo
libro. Son cuentos experimentales que trabajé más de un año y se publicaron
después con vida propia en el libro de La Cándida Eréndira: Blacamán
el bueno vendedor de milagros, El último viaje del buque fantasma, que
es una sola frase sin más puntuación que las mínimas comas para respirar,
y otros que no pasaron el examen y duermen el sueño de los justos en
el cajón de la basura. Así encontré el embrión de El Otoño, que es una
ensalada rusa de experimentos copiados de otros escritores malos o buenos
del siglo pasado. Frases que habrían exigido decenas de páginas están
resueltas en dos o tres para decir lo mismo, saltando matones, mediante
la violación consciente de los códigos parsimoniosos y la gramática
dictatorial de las academias.
El libro, de salida, fue un desastre comercial. Muchos lectores fieles
de Cien Años se sintieron defraudados y pretendían que el librero les
devolviera la plata. Para colmo de peras en el olmo la edición española
se desbarataba en las manos por un defecto de fábrica, y un amigo me
consoló con un buen chiste: "Leí el otoño hoja por hoja". Muchos persistieron
en la lectura, otros la lograron a medias y con el tiempo quedaron suficientes
cautivos para que no me diera pena seguir en el oficio. Hoy es mi libro
más escudriñado en universidades de diversos países, y las nuevas generaciones
pueden leerlo como si fuera el crepúsculo de un Tarzán de doscientos
años. Si alguien protesta y lo tira por la ventana es porque no le gusta
pero no porque no lo entienda. Y a veces, por fortuna, no ha faltado
alguien que lo recoja del suelo.
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