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NOTAS EN ESTA SECCION
Pedro Orgambide (1929-2003), por Guillermo Saccomanno
El racismo en Argentina, Pedro Orgambide, 1967
El mapa dado vuelta, Pedro Orgambide, 2002
La intrusa, Pedro Orgambide (cuento)
La señorita Wilson, Pedro Orgambide (cuento)
Berto, Pedro Oregambide (cuento)

LECTURAS RECOMENDADAS
La bella Otero, reina del varieté, Pedro Orgambide (doc zip)

Pedro Orgambide (1929-2003)

Por Guillermo Saccomanno

No había género en que Orgambide no se midiera. Del cuento a la novela, desde el ensayo hasta el teatro, el suyo es uno de esos trayectos que apuntan más que a la construcción de una pieza en particular, al proyecto totalizador de eso que se da en llamar obra. Se ha dicho que Orgambide escribía, al menos, tres libros por año, entre los que predominaba, fija, la ficción. Esta actitud prolífica le valió, en ocasiones, la acusación de un cierto desaliño estilístico basado en su escritura compulsiva y aluvional. Si se analiza su producción más reciente, peleada contra los años y el cáncer que lo arrinconó en el último tiempo, se comprobará que esta observación proviene, como ocurre tan a menudo, del divorcio que existe entre la actitud de los creadores y la crítica. Orgambide, en su práctica, como modelo autoral, corresponde a una generación que, en su urgencia por cambiar el mundo –volverlo más justo, más solidario, más inventivo–, no vacilaba en abordar toda manifestación artística confiando, además de su potencial expresivo, en su capacidad para reflejar las contradicciones sociales, contrapunteando la historia íntima con la colectiva.

Debo admitirlo: al escribir un obituario, la prosa tiende, bajo el imperio de la emoción, a una retórica encendida, entre la bajada de línea crispada y el póstumo ajuste de cuentas. Nada más distante, este gesto, de la visión de Orgambide, de los postulados de su literatura. Sus bajadas de línea y sus ajustes estuvieron, están, siempre filtrados por un humor reflexivo. Si algo lo definía eran sus actitudes de porteñazo observador, siempre más próximo a la ironía que al resentimiento. La persecución, el exilio, en lugar de enquistarlo, lo volvieron no sólo más inspirado sino también más agudo en la percepción de mezquindades y vilezas, contrastándolas con heroísmos secretos, lo que se traduce en su literatura, memoria y balance de nuestra historia como epopeya violenta y, a la vez, como fatalidad. Los premios y reconocimientos que recibió, lejos de engrupirlo, le calentaron el motor.


Lastima bandoneón, cuento en la voz de Pedro Orgambide
 

Entre sus ficciones más recientes hay una que resume todas sus obsesiones: Buenos Aires, la novela. Como en sus ensayos biográficos (el de Quiroga, el de Martínez Estrada) y en sus novelas históricas (la de Alem, la de Ugarte, la de Rodríguez, el médico de Bolívar) surge nítida una preocupación constante por descifrar, como en una saga de aventuras, las encrucijadas sangrientas de la historia nacional. En Buenos Aires, la novela, la historia pertenece al dominio de los seres anónimos que, con pena y sin gloria, de alguna manera, participaron en los acontecimientos más sonados. Buenos Aires, la novela es además una apuesta estilística donde Orgambide buscó una entonación narrativa, el contrapunto entre la payada y el tango, entre la crónica y lo sainetesco, entre lo culto y lo popular. Como antes en Historias fantásticas de la Argentina, se apartó del facilismo de la novela histórica persiguiendo una alquimia de voces. En sus textos, Orgambide proyectaba una idea de Martínez Estrada: "Lo que Sarmiento vio es que la civilización y barbarie eran una misma cosa, como fuerzas centrífugas y centrípetas de un sistema en equilibrio. No vio que la ciudad era como el campo y que dentro de los cuerpos nuevos reencarnaban las almas de los muertos".

En El escriba, una de sus novelas clave, Orgambide se enfrenta al fantasma de Arlt. Conrado Nalé Roxlo le cuenta al narrador una novela que el autor de Los siete locos tenía planeada. Iba a llamarse El ladrón en la selva de ladrillos y tendría como protagonista a Botana, el director de Crítica. Transcribo un fragmento del capítulo "El camaleón literario", donde Nalé le habla a un joven Orgambide:
"Por esos días, Georgie acuñó una manera de decir que todos, también usted, han imitado con vergüenza o fervor. Sospecho que en algunos textos, él mismo se imita. Nadie puede escribir como él, después de él, la biografía imaginaria del incendiario de la biblioteca de Alejandría.Nadie, sospecho, puede transformar en literatura una simple película de gangsters. Un consejo: cuando escriba acerca de Georgie, no caiga en la tentación de imitarlo. Cuídese. Y tampoco oiga a los detractores, que afirman sin el menor pudor que si hubieran leído la Enciclopedia Británica también escribirían como él. Trate de hacer una crónica y de novelar esa crónica, que no es poco. Y, si puede, escriba de manera periodística, justo al revés de lo que se hace ahora, que los periodistas escriben como literatos. Cuente los hechos y deje que el lector saque sus conclusiones".

Que el portavoz de esta arte poética sea Nalé, el escritor de "A la manera de...", un hábil parodiante de cuanto estilo literario se le antojara, no es casual. Orgambide, con su virtuosismo, no vaciló, cuando un relato se lo imponía, en apelar a la parodia. (Al respecto, es propicio recordar que, según Leonidas Lamborghini, la parodia es nuestra tragedia.) El fragmento de "El escriba" expone con transparencia una lección que Orgambide hizo propia y que no descartaba los riesgos de la política. En el pasaje que va de la izquierda al peronismo revolucionario, Orgambide buscó superar el antagonismo Borges/Arlt. Contra lo que pueda afirmarse sobre su facilidad y su oficio –marcas de la redacción publicitaria, del cine, del periodismo–, Orgambide, en su ambicioso proyecto de contar la Argentina como Comedia Humana, tuvo en claro, de modo notable, que su trabajo específico consistía en narrar y que su materia era el lenguaje. Sus destellos no fueron pocos. Ahí están sus libros. Como ocurre con Borges y Arlt, sus obras completas, innumerables y dispersas, están al alcance en las mesas de saldos, en las librerías de usados. Formidable justicia poética para el escritor veterano que murió, a los setenta y tres años, el domingo 19 de enero, a las once de la mañana, mientras se afeitaba.

El racismo en Argentina

Por Pedro Orgambide

Estamos enfermos de prejuicio. Juzgamos a priori. Hace pocos días se publicó una noticia INMENSA, dando cuenta que dirigentes de la Asociación Bancaria, habrían practicado una malversación de fondos del valor de los 3.000 millones de pesos. No era así. Nunca se movieron del Banco de la Nación. Los imputados tuvieron que recurrir a una costosa solicitada para la aclaración. Aclaración que seguramente no leyeron los mismos que sí leyeron la acusación. Y con el prejuicio encima de la frase archisabida: "Cómo no iban a robar: son dirigentes gremiales..." O "cómo no iban a robar: son políticos". Pedro Orgambide, que vive y siente la Argentina prejuiciada e incomunicada -todos hablan, nadie escucha- nos describe en esta investigación, un siglo y medio de racismo: peronistas-antiperonistas; federales-unitarios; gringos, turcos, judíos... Somos racistas...

CRÓNICA DEL PREJUICIO

Tanto en los enfrentamientos políticos como en nuestra vida diaria de relación, suelen aparecer viejos prejuicios que tienen larga historia en el repertorio humano. Esto nos alivia de desmesuradas culpas. Por eso, tal vez, parezca exagerado hablar de prejuicios de los argentinos, una pretensión totalizadora que puede, por momentos, ser injusta. Sin embargo, bien vale la pena el riesgo si logramos, como propone Bertrand Russell, hacer de nuestra inarticulada certidumbre una articulada incertidumbre que nos acerque a la verdad. A más de diez años de la caída de Perón, a más de cien años de Caseros, los malentendidos continúan y se mantienen, más o menos rígidas, las posturas peronistas y antiperonistas, federales y unitarias, provincianas y porteñas. Al mismo tiempo, arraigados prejuicios frente al gringo, descubren, de tanto en tanto, síntomas de racismo y antisemitismo que, en este contexto, tienen características propias.
Tal vez en la pequeña historia, en la crónica de costumbres -a las que fueron tan aficionados los escritores del siglo XIX- encontremos algunas pistas de nuestro actual desencuentro.

PROHIBIDO CASARSE CON ESPAÑOLES

-¡Gallego! ¡Sarraceno! ¡Maturrango! En cada calificativo, el rebelde de 1810, el hijo del país, el criollo, volcaba un odio contenido, latente durante varios siglos de sometimiento. Emergía así, como en cada momento de crisis de la historia, como en toda mutación política, con su fuerte carga irracional, generadora de prejuicios. Gallego, sarraceno y maturrango era todo español dedicado al comercio. actividad que más tarde el hijo del país debía heredar, por derecho propio, por justicia revolucionaria. Indio, salvaje, plebeyo, eran las réplicas de los españoles fieles a la monarquía. El intercambio de injurias, ocultaba, sin duda, los verdaderos móviles del enfrentamiento, trataba de resolver mágicamente el conflicto de fondo. El hijo del país debía asumirse como autoridad, debía abolir, definitivamente, la política paternalista de España. Alentado por otras potencias colonialistas, sobre todo por Inglaterra, -que veía en el Río de la Plata la posibilidad de un importante emporio- el criollo, el rebelde de 1810, ejecutaba (no sin tensiones, dudas y dramáticas alternativas), su parricidio político. El hijo del gallego, sarraceno y maturrango cortaba su cordón umbilical y, como sus antepasados, quemaba las naves. Esta era su tierra, su vida, su límite. Para él, la historia comenzaba ahora. Y el 11 de abril de 1817 el Gobierno prohibía el matrimonio de españoles con hijas del país.
Es evidente que este decreto poco importaba a las criollas que parían en los ranchos, a la india de la toldería o a la negra y mulata de la servidumbre. Para ellas no tenía sentido la sutileza de la letra escrita, los negocios -de dinero o amor- de los señores. Estaban fuera del juego. Sus hombres luchaban ahora como soldados de la Independencia, o habían muerto en las Invasiones Inglesas, eran carne de fortín y malón. El decreto se refería a otras hijas del país, a las señoras y señoritas que en nada se diferenciaban de sus abuelas españolas. Fue en esas hijas del país, obedientes a la autoridad de la Iglesia, educadas en la tradición española, donde, paradójicamente, prendió el prejuicio antiespañol. En las memorias de María Rosa Oliver, encontramos uno de sus rastros. Cuenta la escritora que, al enterarse de que su abuela estaba emparentada con Remedios de Escalada, la mujer del General José de San Martín, le preguntó a la abuela si ella había conocido al prócer.
-El tío Pepe era un ordinario -le contestó.
-¿Cómo?
-Sí, un ordinario... un grosero.
-¿Porqué?
-Hablaba como gallego... Se casó con una Escalada para hacerse conocer...

EXTRANJERO, PERO MUY CIVILIZADO

Otro memorioso, José A. Wilde, nos informa sobre pintorescos prejuicios de los hijos del país. Corre el año 1828. Un paisano comenta con Wilde (que entonces tiene doce años) las habilidades de un gringo que anda a caballo a lo criollo con pasadores y argollas de plata, que usa espuelas y toma mate como un gaucho.
-Niño... ¿conoce a don Ricardo?... ¡Cómo no lo ha de conocer!... ¡Qué mozo tan güeno, mejorando lo presente!... ¡ Qué caballero!... El es extranjero, es verdad.. ¡pero muy civilizado!
"Por lo que se ve -agrega Wilde- la civilización para él consistía en lo que dejamos enumerado; usar espuela grande y sentarse bien a caballo." Una pauta cultural como cualquier otra, de todos modos. Como tomar mate. De esas costumbres, hábitos, pequeños detalles de la vida cotidiana, el hijo del país haría un culto, crearía su mitología, sus diferencias con el gringo. El grupo comunitario debía integrarse y, al menos por un tiempo, cerrarse en lo suyo, defenderse. Las amenazas reales -luchas en el exterior, guerras civiles- se unían a las amenazas imaginarias de toda comunidad incipiente. En ella se generaron toda clase de malentendidos, de prejuicios que aún sobreviven con distintas máscaras. El extranjero era lo distinto, lo hostil. A un hijo de gringo se lo menoscaba diciéndole: Tu madre toma café. O, como lo testifican las coplas, cantando a su paso:

"Toma mate, che
toma mate y avívate,
que en el Río de la Plata
no se toma chocolate."

Tal vez como una reacción a las clases altas, sometidas material y espiritualmente a Europa, el pueblo expresó, con gracia y picardía, los aspectos ridículos de otras comunidades en las que proyectaba su resentimiento. Creo que el despectivo Don Guillermo para referirse a todo inglés, tiene una connotación más amplia que la mera burla a un súbdito del Imperio Británico, que se refiere, en todo caso, a personas que por su rango y dinero pueden ostentar el don que los separa de la mayoría. Franchute, para el hombre del pueblo, no era cualquier francés sino un señor, un doctor, un cajetilla. Pero aún así -admitiendo su necesidad revulsiva y rencorosa- burla. epíteto, apodo, injuria, sirven como alimento básico para nuevos prejuicios. Ellos son manejados, con indudable astucia, por los que detentan el poder. E! paternalismo hispánico, su espíritu feudal, se transforma entonces en el gobierno patriarcal y gaucho de don Juan Manuel de Rosas.

ROSAS Y EL ESPÍA INGLES

William Mac Cann, hombre de negocios inglés (más tarde acusado de espía) ha dejado un vivido retrato de Rosas, en el que elogia su capacidad política, su manera franca y campechana de tratar asuntos tan delicados como el bloqueo francés o la penetración inglesa en el Río de la Plata. El comerciante (o el espía) británico cuenta cómo Rosas manejaba hábilmente los prejuicios, odios y temores de su pueblo. El había creado el lema que llevaban todos los ciudadanos: "¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!", adoptado contra el parecer de los hombres de alta posición social. Para él era necesario conmover al pueblo en todos sus estratos, crear, como más tarde hizo Perón, slogans de impacto directo y popular. Gaucho entre los gauchos, amo y protector de los negros. Rosas surge como un padre a la vez cruel y justo, alabado y escarnecido con igual pasión durante los últimos cien años. "En la casa del general Rosas se conservaban algunos resabios de usos y costumbres medievales -cuenta Mac Cann-. La comida se servía diariamente para todos los que quisiesen participar de ella, fueran visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano) divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas". En este contexto feudal, que otros han narrado de manera parecida -entre ellos, el talentoso sobrino del Restaurador; Eduardo Mansilla- era natural que se desconfiara del gringo, del posible invasor, el aliado de los proscriptos de Montevideo. Más aún: gringo era no sólo aquel que había nacido, en otra tierra, sino el hijo del país en el exilio, el intelectual, el político, el poeta disconforme que se transformaba, a los ojos de un buen federal, en un traidor, en un apátrida, en un perro y salvaje unitario. En la otra orilla, como reacción, federal sólo era el mazorquero, el gaucho malo, el alzado chusmaje. Entretanto, hacia 1845, llega a la Argentina la primera inmigración gallega, que provee de sirvientes a la ciudad y peones al campo. Se producen algunos casos de fiebre tifoidea, que la gente atribuye a las barcadas de los inmigrantes. La "fiebre de los gallegos" trae un nuevo brote prejuicioso: ahora el chivo emisario de los odios y temores de la comunidad es el recién llegado. Para curarlo, Rosas lo destina al servicio de las armas; si tiene buena letra -¡eso sí!- le da un puesto de escribiente.

LA INVASIÓN DE LOS GRINGOS

Los vascos tienen mejor suerte; hechan fama de sanos y honrados. No obstante, uno de los primeros en llegar, un vasco-francés, asesina brutalmente a un, comerciante llamado Achinelli por cuestiones de dinero. En 1845 los anglo-argentinos sirven en la Guardia Nacional, un verdadero paso adelante, ya que hasta entonces se consideraban súbditos de la corona británica. A la caída de Rosas, y siguiendo el lema alberdiano de gobernar es poblar, llegan los italianos, la inmigración más fuerte, la que se ha enraizado profundamente con las virtudes y vicios de los hijos del país, agregándoles generosamente los suyos. De 1874 al 80, llegan a la Argentina 268.504 inmigrantes. Colonos, peones, comerciantes, aventureros y hambrientos de toda, índole. Entretanto el general Roca avanza hacia el desierto, la civilización se extiende sobre un tendal de harapos, de cadáveres indios y milicos. Sola, la voz de Martín Fierro, canta, altiva, el destino del hombre perseguido. Un gallego pecoso y retacón, -según las malas lenguas-, un cuchillero llamado Juan Moreyra entra en la fama del folletín, del circo, de la historia. El gaucho cimarrón se asoma a la orilla de la ciudad, entra al suburbio, canta su rencor en la milonga del prostíbulo. El trabajo no es para él, es cosa de grávanos, de tanos. Y él, que ahora es el guapo y más tarde el malevo, anda todavía buscando el padre que lo ampare. Lo encuentra en el oligarca que antes lo mandó al fortín y que ahora lo toma de sirviente en la parroquia.
Entre los grévanos, los tanos, los ganapanes, vienen los primeros agitadores obreros, socialistas y anarquistas que concilian su pensamiento mesiánico, evangélico, con el más depurado terrorismo de la época. Llegan los tipógrafos alemanes que conocieron a Marx, algún francés que estuvo en la Comuna de París, judíos polacos y rusos del pogrom, libaneses, sirios y turcos, buhoneros, tocadores de organito, sederos de las calles del sur. Y cuando la crisis económica que estallaría en el 90, necesita de chivos emisarios, no falta el argentino que en nombre del sentimiento nacional acuse a los gringos. Es mejor apalear a un turco, o a un ruso que cuestionar las finanzas de los procrees. Hay que buscar la roña afuera. El antisemitismo de Martel, que ni siquiera es militante, empequeñece su percepción de La Bolsa. El anti-inmigracionismo de tradicionales y buenos criollos, impide una justa apreciación de la política nacional. La incipiente pequeña burguesía carece de ideólogos. Aristóbulo del Valle, el "turco" Alem, pueden ser excepciones. Entre la crisis del 90 y los festejos del Centenario, se entibian las aguas de la revuelta. El privilegio está intacto; el gringo en el boliche y el guapo en el comité.

EL PREJUICIO ANTISEMITA

Entre los discursos patrióticos del Centenario, los cantos a los ganados y las mieses, Alberto Gerchunoff sueña la égloga de los gauchos judíos. Aquí están, como en la nueva Tierra Prometida, los hijos de Israel, los sobrevivientes de la inquisición y de la diáspora. Son los colonos de Entre Ríos, buenos jinetes, gauchos que leen el Antiguo Testamento y guardan los sábados. Menos poética transcurre la vida de otros inmigrantes de Polonia y de Rusia, en los conventillos de la ciudad, en los ghettos abiertos -que comparten con sirios e italianos- en el Once, Villa Crespo y La Paternal. Sobrios ucranianos, movedizos y fantasiosos galitzianos, judíos marroquíes y turcos, se asoman a la. vida de la ciudad, a los zaguanes donde cuelgan sus telas. Ejercen el pequeño comercio -condena de la diáspora- y también los humildes oficios; hay carpinteros, marroquineros, caldereros, chapistas, changadores, carniceros y tejedores. Y no falta el intelectual que funda una revista, y que le pide una colaboración a Juan B. Justo. El líder socialista manifiesta su aversión a las colectividades cerradas y propone una sociedad donde el hombre se reconozca en otro hombre más allá de sus remotos orígenes, sean éstos quechuas, celtas o hebreos. Tal es, por otra parte, el pensamiento de Marx sobre la cuestión judía. Sin embargo, Trotsky ha demostrado que el prejuicio antisemita sobrevive en las sociedades socialistas, porque es, en última instancia, un remanente de siglos. En todo caso, en la Argentina burguesa y liberal de aquel entonces, el llamado de Juan B. Justo estaba destinado al fracaso. Por otra parte, los jóvenes nacionalistas se ofuscaban ante el malestar político del país y buscaban en los extranjeros las causas de sus males. Es cierto que entre los obreros que exigían mejores salarios y condiciones más humanas de trabajo se encontraban no pocos extranjeros, los que chocaban, durante las huelgas o las celebraciones del 1° de Mayo, con la policía brava, con los cosacos que bañaron en sangre la plaza Lorea. También es cierto que los obreros -argentinos o gringos- respondieron con violencia a la violencia. Lo que es difícil explicar es por qué esa violencia se canalizó en forma de pogrom, por qué la Semana Trágica, derivó de lucha clasista en persecución, racial. Para comprenderlo tenemos que recurrir a otros ejemplos de la historia donde el judío sirve de pretexto para descargar diferentes tensiones de tipo político, económico y religioso. En este aspecto, la Argentina no fue una excepción. El prejuicio antisemita se mantuvo vivo durante varias décadas y se transformó en bandera de algunas agrupaciones extremistas que, al lema de "Mate a un judío.., ¡haga patria!", nuclearon a no pocos muchachos de nuestras familias patricias. Eran los años de la Segunda Guerra Mundial. Nuevos odios, nuevos prejuicios, nos deparaban otra encrucijada. .

EL ALUVIÓN ZOOLÓGICO

El 17 de octubre de 1945, irrumpen, en las calles de Buenos Aires, legiones de trabajadores, de mujeres, de chicos, que vivan el nombre de Perón. El suburbio altanero, el frigorífico, la fábrica, están presentes en esa marcha sobre Buenos Aires; también está presente el campo, la peonada indócil, que salta, metafóricamente, el alambrado de las buenas costumbres y refresca sus pies en las fuentes de la Plaza de Mayo. Un ardoroso exhibicionismo preside la fiesta y el descamisado transforma en símbolo su irreverencia, su corte de manga al patrón, que hace extensivo a los proletarios de cuello blanco, socialistas y comunistas de la Unión Democrática. Una forma civil de montonera en busca del caudillo recorre las calles y despierta, como es natural, el rechazo o el violento repudio de los adversarios. Un político los califica de aluvión zoológico. El aluvión humano recibe, desde su nacimiento, el calificativo ominoso que -más allá de la significación política- entra en el campo generalizado del prejuicio. El fenómeno no es nuevo. Los criollos calificaron de "chanchos" a los españoles y éstos de "asnos" a los hijos del país. Una buena parte de la caricatura política xenófoba adjudica nariz de loro y oreja de burro a los judíos y será lobo el inglés y zorros los franceses. Desplazar el objeto de nuestra aversión a una característica no humana, siempre nos tranquiliza. ¿Pero qué hacer cuando lo que desplazamos con la fantasía permanece en la realidad-? ¿Qué hacer, en este caso concreto, con millones de nuestros semejantes que, sin pedir permiso, entran en nuestro barrio, en nuestro Café, en nuestro cine? Al triunfo peronista siguió una inmigración dentro del país, un traslado masivo del campo a la ciudad. El recién llegado, el intruso, no sólo sufrió el rechazo, el menosprecio de la clase media, liberal y democrática, sino también el de sus hermanos de clase, el de sus compañeros de taller o de fábrica. Su pañuelo ostentoso, su lapicera en el bolsillo superior del saco, fueron motivo de burla, como un siglo y medio atrás las levitas, galeras y bastones de los esclavos negros orgullosos de su libertad. "Monos vestidos", se les dijo a aquéllos, "Cabecitas negras", se los llamó a éstos, a los nuevos e inoportunos conquistadores de la ciudad.

EL CABECITA

El desprecio por el cabecita negra, su rechazo por parte de la pequeña burguesía liberal y democrática, muestra hasta qué extremos el prejuicio impregna nuestras racionalizaciones. Reconocer en él, en el provinciano, al hijo del país, a una de nuestras partes, significa lisa y llanamente aceptar el viejo conflicto entre capital y provincia, entre unitarios y federales, entre ejército regular y montonera, entre gobierno patriarcal y gran puerto fenicio. Es algo que está más allá de las racionalizaciones del pequeño burgués, liberal y democrático, presionado por su realidad económica, por su desmesurado sueño de grandeza, por su deseo de ingresar, económica y espiritualmente, a la clase alta. Obsesionado por su status, por su apellido gringo, por su falta de tradición, se siente, en su rechazo al cabecita negra, aliado a los que mandan. Ellos y él, por fin, tienen algo en común. Sin embargo, esto no deja de ser una ilusión. Ser diferente, ser gente, ser bien, significa no tener nada en común con ese intruso, que nos recuerda un origen humilde, de trabajo, de pequeñas humillaciones cotidianas. En. esta fantasía, el pequeño burgués transfiere sus propias carencias al cabecita negra: el otro es el indolente, el ignorante, el poca cosa, el advenedizo. "Ahora tendrán que trabajar", dice en 1955, a la caída de Perón. "Los negros volverán a la cocina" hubiera dicho cien años antes, después de Caseros. .

MODA Y PREJUICIO

Pero mandar al intruso a la cocina o a la cárcel, no da tranquilidad a nuestras capas medias; ellas sufren, como el resto del país, los embates de la inflación, de la inestabilidad política y económica, que les impide, como suelen decir, vivir con decoro. No obstante, como ya es tradición (bastan leer las crónicas de Alberdi o los cuadros costumbristas del 80) el argentino medio puede aparentar un desahogado vivir, y aspirar, como premio, al señorío de las clases altas. Si algo le preocupa verdaderamente es ser confundido con los de abajo, delatarse -en un ademán, en un gesto, una palabra, en un vestido- como mersa. Los humoristas, sociólogos empíricos, ya han señalado esta situación. Cabe agregar que el vulgar temor a la vulgaridad lo lleva a copiar servilmente gustos, usos y costumbres, que la publicidad y las formas masivas de comunicación se encargan de imponerle. El estilo sofisticado de las revistas, el culto por las relaciones públicas y privadas a nivel de ejecutivos, las modas, lugares de diversión o jergas para iniciados, están indicando que nuestro depurado mersa se ha transformado en un obediente imitador. No es raro que, a sus prejuicios sociales, agregue algunos preconceptos sobre la importancia de pertenecer a un país de raza blanca u otras ambigüedades que alimentan su orgullo.

Fuente: Revista Extra, abril de 1967

El mapa dado vuelta

Por Pedro Orgambide

"Nuestro norte es el Sur", declaraba en 1936 el pintor uruguayo Joaquín Torres García. Un punto de vista compartido por otros artistas latinoamericanos, que hicieron suyas las reformas estéticas del siglo XX.

[Para la revista TodaVÍA, diciembre de 2002]

América Latina siempre ha sido una fiel receptora de los cambios que se operaban en el mundo, en los centros políticos y económicos de Europa. Esta característica, que algunos con sentido peyorativo llamaron eurocentrismo, se reflejó en las reformas estéticas que desde fines del siglo XIX tuvieron gran resonancia en los países de la región.

Cuando el escritor uruguayo José Enrique Rodó publicó en 1900 su conocido ensayo Ariel, alertaba a la juventud sobre la necesidad de acercar las nuevas estéticas, con un sentido humanista, a los valores espirituales de esta parte del mundo. Continuaba así la prédica iniciada en el siglo XIX por los cultores del modernismo (el nicaragüense Rubén Darío, el cubano José Martí, el argentino Leopoldo Lugones) que afirmaban, a partir de una nueva estética, la voluntad de cambio y de autodeterminación de numerosos escritores y artistas de América Latina.

Esta voluntad de cambio se había originado en las reformas educativas del siglo XIX, que llevaron adelante hombres ilustres como Domingo F. Sarmiento, José María Hostos, Andrés Bello, quienes impulsaron una renovación total de la pedagogía y llegaron incluso a modificar la gramática del idioma común de esta "América que habla en español". A ese cambio cultural siguió el cambio estético que dejó atrás la retórica neoclásica heredada de España y los énfasis del romanticismo de Inglaterra y Francia. Pero sólo a comienzos del siglo XX se hizo muy clara esta correspondencia entre educación, literatura y arte.

El nacimiento del siglo inauguró, en el ámbito artístico, un extenso período conocido como la modernidad. Lo nuevo estaba en la arquitectura (art nouveau), en diversas escuelas pictóricas derivadas del impresionismo, en la exaltación de los adelantos técnicos del nuevo siglo (el automóvil y el avión cantado por los primeros futuristas), en los movimientos estéticos que respondían a los cambios sociales y políticos que se sucedían en el mundo: el fin de algunas monarquías, el crecimiento de la vida democrática en los países de América Latina, el ocaso del mundo colonial. Los latinoamericanos dejaban de ser sólo receptores de esos cambios, para transformarse en emisores de un mundo nuevo.

Así, en 1910, con la Revolución Mexicana se produce una de las reformas más profundas en la vida política de ese país, que conlleva, a la vez, una renovación estética: la que se expresa en el nacionalismo cultural de José Vasconcelos y en el ciclo narrativo de la revolución, con emergentes como Mariano Azuela, quien publica su novela Los de abajo en 1915. Con todo, la reforma estética más significativa (al menos, la que más se conoce en el mundo) es la que protagonizan los pintores del muralismo mexicano: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros.

¿Hasta qué punto estos artistas asimilan las transformaciones estéticas del siglo XX y las adaptan y condicionan a su realidad? Diego Rivera, por ejemplo, residente en Europa desde 1907 hasta 1921, asimila la experiencia cubista "a la mexicana" (el español Ramón Gómez de la Serna define esta experiencia como riverismo). Por su parte, David Alfaro Siqueiros incursionó en el futurismo para traducir el movimiento y la dinámica del siglo XX, a la vez que exploraba la monumentalidad a partir de la escultura azteca. Lo nuevo, en todo caso, consistía en vincular las reformas estéticas a la propia tradición latinoamericana. Este criterio recorrió nuestro territorio, sumando diferentes lenguajes. La osadía y el inconformismo del arte coincidían con otros movimientos culturales; en la Argentina, por ejemplo, con la Reforma Universitaria de 1918, que se expandió de sur a norte por su carácter renovador.

Cubismo y futurismo fueron las dos vertientes sobre las que construyó su obra el argentino Emilio Pettoruti, el pintor arquetípico de la vanguardia en la década de 1920. La misma época en que Jorge Luis Borges aparecía como epígono del ultraísmo, la estética que valorizaba la metáfora como parte esencial del discurso poético. Entretanto, en 1922, en México, Manuel Maples Arce proclamaba: "El estridentismo es una razón de estrategia. Un gesto, una irrupción". Un ademán irreverente que compartía en aquel tiempo el joven Borges, cuyo criollismo suburbano se expresaba en el idioma de los argentinos, "el de nuestra confianza, el de la conversada amistad", según decía.

Cuando el pintor uruguayo Joaquín Torres García dibujaba el mapa de América del Sur invertido, con el extremo sur apuntando hacia arriba, señalaba un nuevo camino estético: el del constructivismo universal. Ese mapa dado vuelta, contralectura de los modelos estéticos europeos, puede leerse desde diferentes puntos de vista en América Latina: desde los morros de la pobreza con las ondulantes mulatas de Di Cavalcanti en Brasil, hasta los desocupados de Antonio Berni en la Argentina. En ese mapa puede coincidir el lenguaje piccasiano con los ritos yorubas del artista cubano Wifredo Lam, hijo de un chino y una mulata.

América Latina reformulaba de este modo, desde su realidad particular, el movimiento de renovación artística que se producía en Europa, influenciado a la vez (globalización avant la lettre) por la pintura oriental y la escultura africana. Porque "todos aprendemos de todos", como decía el maestro Alfonso Reyes. Así, durante las dos primeras décadas del siglo XX, junto a la oleada inmigratoria que llega a la Argentina, se afianzan dos géneros teatrales de origen europeo: el sainete y el grotesco. El primero, derivado del sainete español y la zarzuela; el segundo, del grotesco italiano. Nadie duda hoy de que se trata de dos vertientes fundamentales del teatro criollo, del llamado "género chico", cuya vigencia se prolongó hasta los años treinta.

Un nuevo tipo de intelectual aparecía entonces en la Argentina: ya no era el hijo de la familia patricia, dueño de la riqueza material y la cultura, sino un descendiente de la oleada inmigratoria. Dos hermanos pueden servir de ejemplo: Enrique Santos Discépolo, el famoso autor de tangos, además de actor de cine y teatro, y Armando Discépolo, considerado el padre del grotesco argentino. En ambos se funde lo culto y lo popular. Eran hijos de don Santo, un músico italiano que llegó a la Argentina con una medalla del Conservatorio Real de Nápoles y que trabajó en Buenos Aires en la banda de bomberos. Los hermanos Discépolo pertenecen a esa oleada de hijos de inmigrantes, a la "chusma bravía", como la llamaba Evaristo Carriego, que simpatizó a comienzos del siglo XX con el anarquismo, que acompañó después el ascenso del radicalismo al poder, que denunció el golpe de Estado de 1930 y los años de crisis, fraude y ollas populares. Otro de esos hombres fue el poeta Homero Manzi, animador de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) en 1935, quien diez años más tarde propició el acercamiento de un grupo de intelectuales al incipiente peronismo. Ajeno a todo elitismo, Manzi, autor de memorables tangos y milongas, prefirió ser –como él decía– "antes que un hombre de letras, un hombre que hacía letras para los hombres".

Vanguardia y política estaban presentes en la obra de los pintores argentinos de los años treinta y cuarenta, como Lino Enea Spilimbergo, quien había estudiado en Francia con André Lothe y quien, influenciado por el cubismo, buscaba un acercamiento a lo social, lo mismo que Raúl H. Castagnino. Otros pintores trabajaban como escenógrafos del teatro y el cine nacional, donde se reflejaban problemas sociales de la Argentina. Películas como Prisioneros de la tierra (1939), dirigida por Mario Soffici, o Los afincaos (1941), dirigida por el novelista y fundador del Teatro del Pueblo, Leónidas Barletta, muestran el alto grado de madurez alcanzado en el cruce de lo político y lo estético.

Otro tanto ocurría con la novelística de Brasil en aquel entonces (representada por Manuel Antonio de Almeida, Machado de Asís, Lima Barreto), que había incorporado elementos del habla y la tipología popular que encontrarán luego su resonancia en la estética de Guimaraes Rosa y en la épica y la picaresca de Jorge Amado. Coincide este movimiento literario con la pintura de Cándido Portinari, un muralismo que logra el feliz sincretismo entre la experiencia estética de las vanguardias y la preocupación social y política.

Así como en la música brasileña no hay límites rígidos entre lo culto y lo popular (Villalobos es un exponente de este rasgo), tampoco lo hay entre las artes plásticas y las fiestas populares. En San Pablo, Flavio de Carvalho realiza exposiciones de arte cerca de donde transcurren las fiestas de carnaval, y se lo considera un precursor de la perfomance en América Latina desde que irrumpió, irreverente, en una procesión de Corpus Christi.

En Chile, el artista y arquitecto Roberto Matta, quien trabajó en París con Le Corbusier y fue amigo de García Lorca y Salvador Dalí y militante del surrealismo liderado por André Breton, hacía suyas las palabras de su compatriota, el poeta Vicente Huidobro: "El poeta, conciencia de su pasado y de su futuro, lanza al mundo la declaración de su independencia frente a la Naturaleza. Y no quiere servirla más en calidad de esclavo". La obra de Roberto Matta, quien murió a fines de 2002, abarca varias décadas del siglo XX, de sus vanguardias estéticas y de sus peripecias políticas.

Así como en las primeras décadas del siglo XX la literatura registra las voces del indigenismo (por ejemplo, en la obra de José María Arguedas), en la segunda mitad del siglo esas voces se complementan con el realismo trascendente de Juan Rulfo, con la experimentación formal de los escritores del boom latinoamericano (Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar) y con lo real maravilloso de Alejo Carpentier.

Un proceso parecido tiene lugar en la plástica latinoamericana, con el ecuatoriano Osvaldo Guayasamín, el peruano José Sabogal, el mexicano Luis Cuevas y el argentino Carlos Alonso, quienes retoman, a veces de manera paródica, temas y personajes utilizados por los europeos. Así, Carlos Alonso traduce La Divina Comedia en imágenes contemporáneas que representan un infierno castrense, ámbitos de tortura, un cielo de cosmonautas. Su visión expresa las vicisitudes de nuestro tiempo, tanto como el Dante expresa las del suyo. Habría que sumar a estas experiencias el gesto paródico-histórico que realizaron en los años sesenta los integrantes argentinos de la Nueva Figuración (Rómulo Macció, Luis Felipe Noé, Carlos de la Vega y Ernesto Deira), quienes compartieron ese tiempo de cambios con el informalismo, el arte óptico y conceptual o el pop, originado en los Estados Unidos y con fuertes resonancias en los centros urbanos de América Latina. La tarea de analizar este complejo sistema de influencias aún está en sus comienzos y seguramente abrirá nuevas perspectivas a la exploración crítica.

El mapa dado vuelta de América Latina no significa ruptura con las estéticas del siglo XX, sino su adecuación a los nuevos puntos de vista que surgieron en esta zona, como signos vitales de su libertad creativa. Su aventura, su necesidad de cambio, su alejamiento del eurocentrismo, tal vez sean una señal de madurez, la afirmación de su identidad en relación con el mundo que le ha tocado en suerte.

Fuente: www.revistatodavia.com.ar

La Intrusa

Por Pedro Orgambide

"Un pueblo que lee
es un pueblo culto."

Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó, nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico.

El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a ésa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. "González - me dijo el Gerente - lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios". Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera , la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.

["La intrusa" pertenece al libro de relatos La Buena gente (1970), Buenos Aires, Sudamericana]

La Señorita Wilson

Por Pedro Orgambide

Los vecinos dicen que es una vergüenza. No es posible, dicen, tener esa pieza de madera en la terraza, sobre todo ahora que vamos a comprar los departamentos en propiedad horizontal. Es como tener una mancha de grasa en el smoking. Así piensa Luchini, el importador de géneros, aunque es poco probable que haya usado smoking alguna vez. Pero lo dice y los vecinos asienten. Sí, es una verdadera vergüenza, opina la señora de Guzmán, y también Magda (no lo hubiera creído) esa chica que pasa avisos por televisión. Estamos reunidos en el departamento del arquitecto y hablamos de una pieza de madera. Estamos todos o casi todos los vecinos de la casa. Todos menos la señorita Wilson. No la hemos invitado. Ella no va a comprar su departamento. Y además,¿se puede llamar departamento a esa pieza de madera? La señorita Wilson vive allí desde hace quince años. "Es inconcebible- dice el arquitecto- que en una casa como esta se haya permitido edificar una covacha solo para beneficiar a esa mujer" Pero parece que el dueño tenía buen corazón o quería ganar un poco más. Vaya uno a saber. Lo cierto es que la señorita Wilson vive allí, entre nosotros y el cielo.
"¡Oh, no, es imposible tener ese adefesio allí!", o0pina Ruiz, el muchacho del cuarto piso. Se acaba de casar y escucha hermosos conciertos en su tocadiscos. ¿Cómo? ¿También él? Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía. No con la sonrisa de sus sesenta años, sino-¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven, la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe sin entenderlo o cuando veía cruzar, por la pradera inglesa, a uno de esos jinetes como los que tiene en los cuadritos. Pero Ruiz dice que es un adefesio (ella o su casa, ya es lo mismo) y apenas si oigo lo que dice Magda.
Ah, sí, las medias. La señorita Wilson no respeta la ordenanza municipal. Tiene un perrito. Y el perro, dice Magda, un día le destrozó las medias que había colgado en la terraza. Luchini la mira. Magda tiene hermosas piernas. Cada vez que pasa un aviso por televisión la cámara las enfoca. Deben estar aseguradas en un millón de pesos, por lo menos. Claro, ahora no cuelga más sus ropas en la terraza. Las manda al lavadero.¡Hay tanto trabajo en la TV! Y, según dice, muy poca gente de confianza para el servicio doméstico. Las mujeres asienten. Se han olvidado del perro de la señorita Wilson.¿Qué importancia tiene un perro comparado con la TV?
Pero para la señorita Wilson tal vez el perro sea una de las pocas cosas que importan en su vida. La señorita Wilson le dice:"¡Tony! ¡Tony! ¡Come here, Tony!" Y el perro va hacia ella, deja de jugar y de mover la cola y siente la caricia de unos dedos demasiado finos, una caricia que pareciera volver sobre sí misma.
"Podríamos comprar el departamento entre todos y buscarle una comodidad a la inglesa".¿Quién dice eso? No lo sé. Alguien opina que en una pensión estaría mejor que en esta casa. Hay una señora que habla de pensiones para señoritas. Son lugares "correctos".Pero también son "correctos" los asilos y son tristes. Lo digo y los demás me miran como a un loco.
"No nos trate de desalmados", se defiende el arquitecto y se acerca para despejar el malentendido. "Vamos, vamos, somos vecinos, nunca hubo una palabra más alta que otra entre nosotros. ¿Es así o no? Nadie quiere mal a esa mujer. Pero a usted mismo, a usted que le gustan las cosas buenas de la vida, le tiene que molestar esa covacha encima de su departamento. Porque no puede negar que la señorita Wilson tiene costumbres raras. Es espiritista o algo parecido. Y hay días en que viene gente muy rara a visitarla, gente que canta salmos o cosas por el estilo; en fin, gente que no es como nosotros.". Le explico que la señorita Wilson es evangelista. Y que la oí predicar en una plaza. Los vecinos callan, divertidos. ¡Eso sí que no lo sabían!. La inglesa predicando en una plaza. Nunca lo hubieran imaginado. Sí: un grupo de hombres y mujeres canta, y de pronto uno dice que la hermana Wilson (no sé si la llaman por su apellido o le dicen simplemente hermana) hablará para todos.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- pregunta Magda, curiosa. Porque al fin es casi colega suya. También la señorita Wilson tiene su público: conscriptos aburridos que no encuentran muchachas en el parque, un matrimonio "haciendo tiempo" antes de entrar en el cine, algún ocioso como yo, y unos cuantos viejos, más preocupados que nosotros por las cosas del cielo.
¿Y qué dice la señorita Wilson? Habla de la bondad, de Jesús, de los pescadores, del pan, de la sal y del vino, habla con los ojos fijos en el cielo. Y dice: "Yo he sido pecadora."
-¿Dice eso?- interrumpe Magda-
- Dice eso.
Es imposible imaginar a la señorita Wilson pecadora. Y menos en los pecados de la carne, que son los primeros en los que pensamos. Quizá la señorita Wilson se refiera a sus años de mujer joven, cuando trabajaba como institutriz en casas de familias importantes, en algún vago amor con el padre de un alumno. O en la avaricia. En un tiempo ganaba su dinero con placer. O en la gula. Hubo una época en que comía dulces y bombones hasta el hartazgo. Es cómico. Después tuvo diabetes y el médico la condenó a un régimen frugal. Ahora es delgada, ascética y, como dicen las mujeres, nada femenina. Me parece verla en el parque: lata, con el cabello recogido sobre la nuca, el cuello emergiendo de una blusa monacal, la pollera lisa contra las piernas. Unos ridículos botines. Y esa voz, esa voz de pájaro que hace reír a Magda.
-¿Y qué dice? ¿Qué dice?- preguntan los vecinos.
La señorita Wilson, con toda su voz y ante las risas sofocadas de algún intruso, dice:
Los que confían en sus haciendas, y de sus riquezas se jactan.
Ninguno de ellos podrá de manera alguna redimir al hermano y dar a Dios su rescate.
- No entendí nada- comenta Magda. -¿Pero qué hora es?
Es tarde, sí, y tiene que ir al estudio. Es una lástima que no pueda quedarse. ¡Se ha divertido tanto con el cuento de la inglesa! Me lo agradece como si yo hubiera inventado a la señorita Wilson.
-¿Miren que ponerse a hablar en la plaza! ¡Es rarísima!
"Habría que ayudar de alguna forma a esa pobre mujer", comenta alguien. Y todos estamos de acuerdo. Hay que ayudar a la señorita Wilson. Los buenos vecinos proponemos una indemnización si ella se va. Una parte el dueño y ora nosotros. Tal vez la señorita pueda vivir en un templo evangelista. Pero algún entendido explica que no hay que confundir esos templos con los albergues del Ejército de Salvación. Allí sí tienen camas. No, no vamos a discutir eso. La señorita Wilson ya va a encontrar un lugar. Lo importante es que acepte. ¿De acuerdo? La generosidad, como la risa, es contagiosa. No, yo no estoy de acuerdo.¿Pero cómo explicarles? ¿Cómo decirles que la señorita Wilson no puede llevar a cualquier parte sus muebles viejos, las mantelerías que no usa, la caja de los remedios, las manías, los hábitos, los cuadritos con los jinetes que corren por la pradera inglesa? Y Tony ¿O no han pensado en Tony?


La muerte vino en ayuda de la señorita Wilson. Magda se llevó a Tony. Le rompe las medias pero la divierte. Los demás vivimos sin zozobras. El mundo está lleno de pequeños e inocentes asesinos como nosotros. La señorita Wilson fue la elegida. Por eso su corazón, al enterarse de nuestros proyectos, tuvo la delicadeza de dejarse morir.

["La señorita Wilson" pertenece al libro de relatos La Buena gente (1970), Buenos Aires, Sudamericana]

Berto

Por Pedro Orgambide

"Cuando tengas que elegir entre varios caminos, elige siempre el camino del corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca". Proverbio sufí

Solo cuando estaba muy borracho, Berto recordaba las colinas de Italia.
Entonces sí hablaba en su idioma y maldecía su suerte.
Porca miseria...etc...etc...

Pero eso ocurría rara vez.
Los otros días, con sus correspondientes noches y madrugadas, Berto podría vivir aliviado de recuerdos.
Bastante tenía con su trabajo. Que lo dejaran de joder con Italia....
Eso es lo que decía Berto, cuando una o dos veces por año, recibía carta de sus familiares a lo que no veía hacía medio siglo.
Ni falta que hace, decía Berto, cuando su mujer le pedía que escribiese.
A Berto no le gustaba escribir.
El lápiz le hacía doler los callos de los dedos.


¡Merda, me duele!, decía y tiraba el lápiz por la ventana de la cocina de madera.
Su mujer no insistía. Traía el pan, el vino y la polenta.
Después, cuando su marido se dormía, trataba de descifrar las palabras.
Cansada, apagaba el velador.
Quería imaginar otro país, otro olor que no fuera el de la cocina y la pieza y el cuerpo de Berto.
No podía.
A las tres, Berto se levantaba de un salto, llenaba la habitación con sus resoplidos y puteadas y salía al patio para lavarse en la pileta.
Un rato después estaba en el corralón y a la hora en su carro de feriante, metiendo ruido con sus fierros.

Berto, Berto, Berto, ahí viene Berto, decían, porque Berto era el rey de la feria, un espectáculo que crecía a medida que el sol iluminaba la calle rebosante de carnes y de frutas y de chicos ladrones y mujeres.
Porque a Berto le gustaba la feria.
Le gustaba gritar de puesto a puesto, hacerse el payaso con su delantal, ponerse el gorrito sobre los ojos, colocarse una flor en la oreja.


Cuando no trabajaba, Berto perdía la alegría.

Los domingos visitaba a sus hijas y a sus yernos, devoraba en silencio sus tallarines, eructaba y se iba al boliche a jugar a la murra...
¡E uno, e due...e tre! Gritaba Berto y extendía su mano buscando la suerte o la alegría ...o la vida que se le escapaba de las manos.
Entonces bebía...un vaso...otro y otro...
y cuando estaba muy borracho, entonces sí recordaba las colinas de Italia.
Fue un día así cuando llegó la carta.
La leyó una vez, luego otra...y una vez más todavía.
A pesar de la borrachera no podía dormirse.

¿Malas noticias?, preguntó la mujer.

Berto no contestó.
La mujer se tapó la cabeza con la almohada y él seguía leyendo: las mismas palabras, cada letra, hasta que la carta quedó en algún lugar del cerebro de Berto...y permaneció allí durante un día y otro y un mes y otro.
Un domingo, después de los tallarines, mientras se pasaba minuciosamente escarbadientes, Berto anunció a su familia:

Me ne vado Italia.

No dijo por qué, a Berto no le gustaba dar explicaciones.
Otro domingo, agregó:
Ha morto el tío Nicola. Me dejó una casa frente al mare...frente al mar.

Berto no es el de antes, decían en la feria.
Pero a Berto le importaban poco las opiniones de la gente. Sólo pensaba en su casa frente al mar.
Soñaba con ella y también con las colinas y también con su madre.
Y ya no hacía falta que estuviese borracho para que hablara en italiano.

Las viejas palabras volvían a su memoria.
¿Qué me decís, Berto?, le preguntaba su mujer sin entenderlo y pensaba que su Berto se había vuelto loco.

Pensaba que los viejos son así, que hablan solos, como los locos, sobre todo cuando reciben una carta que los aleja de su familia.
Por eso no se entristeció cuando Berto subió al barco.
Y no se sorprendió mucho cuando llegó la carta en la que le comunicaban que Berto había muerto un día después de su llegada, y a unos pasos de la casa frente al mar.



¿TODO CUENTO ES UN CUENTO CHINO?
Gabriel García Márquez

Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía. Hay otra comparación que es pariente pobre de la anterior: el cuento es una flecha en el centro del blanco y la novela es cazar conejos. En todo caso esta pregunta del lector ofrece una buena ocasión para dar vueltas una vez más, como siempre, sobre las diferencias de dos géneros literarios distintos y sin embargo confundibles. Una razón de eso puede ser el despiste de atribuirle las diferencias a la longitud del texto, con distinciones de géneros entre cuento corto y cuento largo. La diferencia es válida entre un cuento y otro, pero no entre cuento y novela.

El cuento más corto que conozco es del guatemalteco Augusto Monterroso, reciente premio Príncipe de Asturias. Dice así: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".

Nada más. Hay otro de Las Mil y una Noches, cuyo texto no tengo a la mano, y que me produce retortijones de envidia. Es el cuento de un pescador que le pide prestado un plomo para su red a la mujer de otro pescador, con la promesa de regalarle a cambio el primer pescado que saque, y cuando ella lo recibe y lo abre para freírlo le encuentra en el estómago un diamante del tamaño de una almendra.

Más que el cuento mismo alucinante por su sencillez, éste me interesa ahora porque plantea otro de los misterios del género: si la que presta el plomo no fuera una mujer sino otro hombre, el cuento perdería su encanto: no existiría. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Un misterio más de un género misterioso por excelencia.

Las Novelas Ejemplares de Cervantes son de veras ejemplares, pero algunas no son novelas. En cambio Joseph Conrad escribió Los Duelistas, un cuento también ejemplar con más de ciento veinte páginas, que suele confundirse con una novela por su longitud. El director Ridley Scott lo convirtió en una película excelente sin alterar su identidad de cuento. Lo tonto a estas alturas sería preguntarnos si a Conrad le habría importado un pito que lo confundieran.

La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real.

Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género: La Pata de Mono, de W.W. Jacobs, y El Hombre en la Calle, de Georges Simenon. El cuento policiaco, en su mundo aparte, sobrevive sin ser invitado porque la mayoría de sus adictos se interesan más en la trama que en el misterio. Salvo en el muy antiguo y nunca superado Edipo Rey, de Sófocles, un drama griego que tiene la unidad y la tensión de un cuento, en el cual el detective descubre que él mismo es el asesino de su padre.

El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga del siglo de piedra.

No sé qué decir sobre la suposición de que el cuento sea una pausa de refresco entre dos novelas, pero podría ser una especulación teórica que nada tiene que ver con mis experiencias de escritor. Tanteando en las tinieblas me atrevería a pensar que no son pocos los escritores que han intentado los dos géneros al mismo tiempo y no muchas veces con la misma fortuna en ambos. Es el caso de William Somerset Maugham, cuyas obras -como las de Hemingway- son más conocidas por el cine. Entre sus cuentos numerosos no se puede olvidar P&O -siglas de la compañía de navegación Pacific and Orient- que es el drama terrible y patético de un rico colono inglés que muere de un hipo implacable en mitad del océano Índico.

Ernest Hemingway es un caso similar. Tan conocido por el cine como por sus libros, podría quedarse en la historia de la literatura sólo por algunos cuentos magistrales. Estudiando su vida se piensa que su vocación y su talento verdaderos fueron para el cuento corto. Los mejores, para mi gusto, no son los más apreciados ni los más largos. Al contrario, dos de ellos son de los más cortos - Un canario para regalo y Un gato bajo la lluvia -, y el tercero, largo y consagratorio, La breve vida feliz de Francis Macomber.

Sobre la otra suposición de que el cuento puede ser un género de práctica para emprender una novela, confieso que lo hice y no me fue mal para aprender a escribir El Otoño del Patriarca. Tenía la mente atascada en la fórmula tradicional de Cien Años de Soledad, en la que había trabajado sin levantar cabeza durante dos años. Todo lo que trataba de escribir me salía igual y no lograba evolucionar para un libro distinto. Sin embargo, el mundo del dictador eterno, resuelto y escrito con el estilo juicioso de los libros anteriores, habrían sido no menos de dos mil páginas de rollos indigestos e inútiles. Así que decidí buscar a cualquier riesgo una prosa comprimida que me sacara de la trampa académica para invitar al lector a una aventura nueva.

Creí haber encontrado la solución a través de una serie de apuntes e ideas de cuentos aplazados, que sometí sin el menor pudor a toda clase de arbitrariedades formales hasta encontrar la que buscaba para el nuevo libro. Son cuentos experimentales que trabajé más de un año y se publicaron después con vida propia en el libro de La Cándida Eréndira: Blacamán el bueno vendedor de milagros, El último viaje del buque fantasma, que es una sola frase sin más puntuación que las mínimas comas para respirar, y otros que no pasaron el examen y duermen el sueño de los justos en el cajón de la basura. Así encontré el embrión de El Otoño, que es una ensalada rusa de experimentos copiados de otros escritores malos o buenos del siglo pasado. Frases que habrían exigido decenas de páginas están resueltas en dos o tres para decir lo mismo, saltando matones, mediante la violación consciente de los códigos parsimoniosos y la gramática dictatorial de las academias.

El libro, de salida, fue un desastre comercial. Muchos lectores fieles de Cien Años se sintieron defraudados y pretendían que el librero les devolviera la plata. Para colmo de peras en el olmo la edición española se desbarataba en las manos por un defecto de fábrica, y un amigo me consoló con un buen chiste: "Leí el otoño hoja por hoja". Muchos persistieron en la lectura, otros la lograron a medias y con el tiempo quedaron suficientes cautivos para que no me diera pena seguir en el oficio. Hoy es mi libro más escudriñado en universidades de diversos países, y las nuevas generaciones pueden leerlo como si fuera el crepúsculo de un Tarzán de doscientos años. Si alguien protesta y lo tira por la ventana es porque no le gusta pero no porque no lo entienda. Y a veces, por fortuna, no ha faltado alguien que lo recoja del suelo.

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