La economía es reaccionaria, José Pablo Feinmann | La guerra y los rostros de la globalización, Naomí Klei NOTA RELACIONADA La benevolencia del carnicero | Despertares ideológicos
Por José Pablo Feinmann En algún punto me irrita
tener que "rendir cuentas" por utilizar la palabra "reaccionario". Creo
que el lector al que me dirijo no merece que pierda el tiempo en eso.
Luego conjeturo que cualquier "post" medianamente informado creerá destruir
los argumentos que me importan diciendo que "reaccionario" es una palabra
vieja, o, más elegantemente, que implica una visión "lineal" de la historia.
Para entendernos: yo no tengo una visión "lineal" de la historia, me
sé de memoria las Tesis de Benjamin y hasta las enseño (creo) con eficacia,
admito el estallido de las continuidades sustanciales hegelianas y hasta
las de Marx –menos evidentes–, pero no tomo en serio a gente como Gianni
Vattimo (un filósofo italiano que no pasa de ser un comentador posmoderno
de Nietzsche y Heidegger, los padres de ese gesto acabado, la posmodernidad)
cuando dice –a comienzos de los noventa– "en italiano y en otras muchas
lenguas, según creo, es todavía una ofensa llamarle a uno reaccionario"
("Posmodernidad, una sociedad transparente"). Desdeñoso, se burla de
esa "ofensa". Quienes la hacen son –en verdad– ellos los reaccionarios,
pues adhieren a una visión lineal de la historia, cosa que no existe.
Eso dice. Bien, yo –insisto– no creo en una visión "lineal" de la historia,
pero si antes del golpe militar de 1976 había una "desocupación" (léase:
gente sin trabajo, algo que es, entendamos bien esto, peor que la esclavitud,
ya que el esclavo trabaja y de aquí surgen sus posibilidades, y si no
pregúntenle a Hegel, Kojéve, Lacan y Sartre, por decir algo) menor al
5 por ciento y a fines de los noventa, en medio del auge del neoliberalismo
alla argentina, de la sociedad transparente del sur, del modelo mimado
del Fondo Monetario, esa desocupación (léase, sin más, hambre) supera
el 20 por ciento, yo digo, con absoluto convencimiento, que hay aquí,
señalado por esas cifras que denuncian una realidad brutal, un proceso
reaccionario. Reaccionario en la distribución del ingreso. Reaccionario
porque una sociedad que –a fines del siglo XX– no da trabajo, no genera
trabajo ni inclusión social, ha regresado, reaccionando, al siglo XII
o antes, ya que un siervo de la gleba era un siervo, pero trabajaba.
Por Naomi Klein,
La Jornada, 7-10-01
Tan impresionante como les pueda parecer a los neoyorquinos, en Toronto, la ciudad donde vivo, los postes de luz y los buzones están tapizados de carteles que anuncian la intención de los activistas contra la pobreza de "cerrar" el distrito comercial el 16 de octubre. Algunos de los carteles, pegados antes del 11 de septiembre, hasta tienen una foto de unos rascacielos delineados en rojo -los perímetros de la designada zona de acción directa-. Muchos han argumentado que se debe cancelar O16 (la protesta del 16 de octubre) como ha sucedido con otras, en deferencia al ambiente de duelo -y por miedo a un incremento en la violencia policiaca-. Pero el cierre sigue en pie. Al fin y al cabo, los sucesos del 11 de septiembre no cambian el hecho de que las noches se vuelven cada vez más frías y la recesión nos amenaza. No cambian el hecho de que en la ciudad que solía ser descrita como "segura" y... bueno, "quizá un poco aburrida", muchos morirán en las calles este invierno, así como el invierno pasado, y el anterior, a menos de que se encuentren más camas urgentemente. Y sin embargo no se puede discutir el hecho de que el evento, con su tono militante y la elección de su blanco, provocará terribles recuerdos y asociaciones. Muchas campañas políticas se enfrentan a un cambio repentino muy similar.
La transformación del paisaje semiótico Tras el 11 de septiembre, las tácticas que se basan en atacar -aun pacíficamente- símbolos poderosos del capitalismo se encuentran en un paisaje semiótico totalmente transformado. Después de todo, los ataques fueron actos de terror horribles y muy reales, pero también fueron actos guerreros simbólicos, e inmediatamente fueron entendidos así. Como Tom Brokaw y muchos otros lo explican, las torres no eran cualquier edificio, eran los "símbolos del capitalismo estadunidense". Como alguien cuya vida está completamente ligada a lo que algunos llaman "el movimiento antiglobalización", y que otros llaman "anticapitalismo" (y al que yo suelo referirme de manera descuidada como "el movimiento"), es difícil evitar las discusiones sobre simbolismo estos días. Especialmente sobre los signos anticorporativos y los significantes -los logotipos "alterados culturalmente" (culture jammed), los estilos guerra de guerrillas, la elección de nombres de marcas como blancos- que componen las metáforas dominantes del movimiento. Muchos oponentes políticos del activismo anticorporativo usan el simbolismo de los ataques al World Trade Center y al Pentágono para argumentar que los jóvenes activistas, jugando a la guerra de guerrillas, ahora están atrapados en una guerra real. Ya comienzan a aparecer los obituarios en los periódicos en todo el mundo: "La antiglobalización es tan de ayer", se lee en un típico titular. Está, según el Boston Globe, "en trizas". ¿Es esto cierto? Nuestro activismo ha sido declarado muerto antes. Es más, se le declara muerto con una ritual regularidad antes y después de cada manifestación masiva: nuestras estrategias son aparentemente desacreditadas, nuestras coaliciones divididas, nuestros argumentos descarriados. Y sin embargo, aquellas manifestaciones parecen crecer cada vez más, de 50 mil en Seattle a 300 mil en Génova. La guerra de los símbolos Pero sería tonto pretender que nada ha cambiado desde el 11 de septiembre. Me cayó el veinte de esto recientemente mientras miraba una serie de trasparencias que había armado antes de los ataques. Se trata sobre cómo las imágenes anticorporativas son absorbidas cada vez más por la mercadotecnia corporativa. Una transparencia muestra un grupo de activistas pintando con un spray la ventana de un aparador de The Gap durante las protestas contra la OMC en Seattle. La siguiente muestra recientes aparadores de The Gap con sus propios graffiti prefabricados -palabras como "Independencia" pintadas en negro-. La siguiente imagen proviene del juego de Playstation de Sony "Estado de emergencia", que caracteriza a unos anarquistas aventando rocas contra los malvados policías antimotines que protegen una ficticia Organización Estadunidense del Comercio. La primera vez que miré estas imágenes, una tras la otra, me sorprendió la rapidez de la cooptación corporativa. Ahora lo único que veo es cómo estas fotos de la guerra de imágenes entre lo corporativo y lo anticorporativo fueron instantáneamente oscurecidas, sopladas por el 11 de septiembre como los carros de juguete y las figurillas de acción en una maqueta de una película de desastres. A pesar del paisaje trastornado -o debido a él- vale la pena recordar por qué este movimiento escogió librar luchas simbólicas en primer lugar. La decisión de la Coalición contra la Pobreza en Ontario de "cerrar" el distrito comercial vino de una serie de circunstancias muy específicas y aun relevantes. Al igual que muchos otros que tratan de meter en la agenda política los temas sobre desigualdad económica, el grupo sintió que fue desechado, dejado fuera del paradigma, desaparecido y reconstituido como un problema de mendicidad que requería de una nueva y dura legislación. Se dieron cuenta de que lo que tenían que enfrentar no era un enemigo político local o una legislación comercial específica, sino un sistema económico; la promesa rota del capitalismo no regulado y de goteo. Así que se enfrentaban a un reto estratégico: ¿cómo te organizas contra una ideología tan vasta que no tiene límites; tan en todos lados que parece no estar en ninguno? ¿Dónde está el sitio de resistencia para aquellos sin un lugar de trabajo que cerrar, cuyas comunidades son constantemente desarraigadas? ¿A qué nos agarramos cuando tanto de lo que es tan poderoso es virtual: las transacciones monetarias, los precios en la bolsa, la propiedad intelectual y los acuerdos comerciales arcanos? La respuesta corta, al menos antes del 11 de septiembre, era que agarrabas cualquier cosa que pudieras: la imagen de la marca de alguna famosa trasnacional, una bolsa de valores, una reunión de líderes mundiales, un acuerdo comercial específico o, en el caso del grupo de Toronto, los bancos y las oficinas corporativas que son los motores que echan a andar esta agenda. Cualquier cosa que, aunque sea de forma pasajera, haga de lo intangible algo, de lo vasto algo que de alguna manera tenga una escala humana. En pocas palabras, encuentras símbolos y esperas que se vuelvan metáforas para el cambio. Por ejemplo, cuando Estados Unidos lanzó una guerra comercial contra Francia por atreverse a prohibir la res con hormonas, José Bové y la Confederación de Campesinos Franceses no obtuvieron la atención mundial gritando sobre los impuestos a la importación del queso roquefort. La obtuvieron al "desmantelar estratégicamente" un McDonald's. Nike, Exxon Mobil, Monsanto, Shell, Chevron, Pfizer, Sodexho-Marriott, Kellogg's, Starbucks, The Gap, Rio Tinto, British Petroleum, General Electric, Wal-Mart, Home Depot, CitiGroup, Taco Bell, todas han visto cómo sus relucientes marcas son utilizadas para exhibir a la luz pública todo, desde las hormonas de crecimiento bovinas en la leche hasta los derechos humanos en el delta nigeriano; desde los abusos laborales contra los jornaleros mexicanos en los ranchos en Florida hasta el financiamiento a las guerras con el producto de los oleoductos en Chad y Camerún; desde el calentamiento global a los talleres de sudor (las maquiladoras). Victorias políticas en riesgo Pero estas tácticas también han demostrado ser, a su vez, un blanco fácil. Después del 11 de septiembre, los políticos y los expertos en el mundo inmediatamente comenzaron a incluir los ataques terroristas como parte de un continuo de la violencia antiestadunidense y anticorporativa: primero la ventana a Starbucks, después, supuestamente, el WTC. El editor de New Republic, Peter Beinart, se agarró de un oscuro mensaje en un chat anticorporativo en Internet que preguntaba si los ataques habían sido cometidos por "uno de nosotros". Beinart concluyó que "el movimiento antiglobalización está, en parte, motivado por el odio a Estados Unidos", algo inmoral con Estados Unidos bajo ataque. En un mundo sano, en vez de alimentar tal reacción, los ataques terroristas provocarían interrogantes sobre cómo es que las agencias de inteligencia estadunidenses estaban gastando tanto tiempo espiando a los ambientalistas y a los centros de medios independientes en vez de a las redes terroristas que planean asesinatos masivos. Desafortunadamente, parece estar claro que la represión contra el activismo anterior al 11 de septiembre se profundizará, con un incremento en la vigilancia, en la infiltración y en la violencia policiaca. También es probable que el anonimato que ha caracterizado al anticapitalismo -las máscaras, los paliacates y los seudónimos- se vuelva más sospechoso en una cultura que busca operadores clandestinos. Pero los ataques nos costarán más que nuestras libertades civiles. Me temo que bien podrían costarnos nuestras pocas victorias políticas. Los fondos destinados a la crisis del sida en Africa están desapareciendo, y los compromisos de ampliar la cancelación de la deuda seguramente les seguirán el paso. La defensa de los derechos de los inmigrantes y los refugiados se estaba volviendo uno de los focos principales de los activistas de acción directa en Australia, Europa y, poco a poco, en Estados Unidos. Esto también está amenazado por la creciente ola de racismo y xenofobia. Y el libre comercio, que desde hace tiempo enfrenta una crisis de relaciones públicas, rápidamente es reetiquetado, como ir de compras y el basquetbol, como un deber patriótico. Según el representante de comercio estadunidense, Robert Zoellick (quien frenéticamente trata de que se apruebe el poder de negociación de vía rápida -fast track-en estos momentos de pensamiento colectivo patriotero), el comercio "promueve los valores que están en el corazón de esta prolongada lucha". Michael Lewis hace una fusión similar entre la lucha por la libertad y el libre comercio cuando explica, en un ensayo en The New York Times Magazine, que los comerciantes que murieron fueron un blanco por ser "no sólo símbolos sino también practicantes de la libertad. Trabajan duro, aunque sea no intencionalmente, para liberar a otros de ataduras. Esto los hace, casi por default, la antítesis espiritual del fundamentalismo religioso, cuyo negocio se basa en negar la libertad individual en nombre de algún poder putativo más elevado". Las líneas de batalla para las negociaciones de la OMC el mes que entra en Qatar son: el comercio equivale a la libertad, el anticomercio equivale al fascismo. No importa que Osama Bin Laden sea un multimillonario con una impresionante red de exportación que va desde los cultivos comerciales hasta los oleoductos. Y no importa que esta lucha tendrá lugar en Qatar, ese bastión de la libertad que ha dejado de expedir visas extranjeras pero donde Bin Laden prácticamente tiene su propio programa de televisión en Al-Jazeera, una red subsidiada por el Estado. Nuestras libertades civiles, nuestras modestas victorias, nuestras estrategias habituales, todas están ahora en duda. "Algunos de la izquierda han dado a entender que la efusión de compasión y sufrimiento post 11 de septiembre es desproporcionada, incluso ligeramente racista, comparada con las respuestas a mayores atrocidades. Seguramente la tarea de aquellos que dicen aborrecer la injusticia y el sufrimiento no es administrar de manera tacaña la compasión como si fuera un bien finito... ¿Acaso el desbordamiento de ayuda y apoyo mutuo que ha inspirado esta tragedia es tan diferente de las metas humanitarias a las cuales este movimiento aspira?" No a la etiqueta "antiglobalización" Pero esta crisis también abre nuevas posibilidades. Como muchos han dicho, el reto para los movimientos por la justicia social es vincular la inequidad económica con el tema de la seguridad, que ahora nos concierne a todos; insistir en que la justicia y la equidad son las estrategias más sostenibles contra la violencia y el fundamentalismo. Pero no podemos ser ingenuos, como si la muy real y persistente amenaza de masacre de más inocentes fuera a desaparecer con sólo una reforma política. Necesita haber justicia social, pero también necesita haber justicia para las víctimas de estos ataques e inmediata prevención práctica de futuros ataques. El terrorismo es, sin duda, una amenaza internacional, y no comenzó con los ataques a Estados Unidos. Mientras George W. Bush invita al mundo a unirse a la guerra de Estados Unidos, y margina a las Naciones Unidas y a las cortes internacionales, nosotros necesitamos convertirnos en defensores apasionados del verdadero multilateralismo, y rechazar de una vez por todas la etiqueta de "antiglobalización". La "coalición" de Bush no representa una respuesta global genuina al terrorismo sino la internacionalización de los objetivos de la política exterior de un país -el sello de las relaciones internacionales estadunidenses-, desde la mesa de negociación de la OMC hasta Kioto: eres libre de jugar bajo nuestras reglas o de ser aislado por completo. Podemos hacer estas conexiones no como "antiestadunidenses" sino como verdaderos internacionalistas. La izquierda tacaña También podemos rechazar engancharnos en un cálculo del sufrimiento. Algunos de la izquierda han dado a entender que la efusión de compasión y sufrimiento post 11 de septiembre es desproporcionada, incluso ligeramente racista, comparada con las respuestas a mayores atrocidades. Seguramente la tarea de aquellos que dicen aborrecer la injusticia y el sufrimiento no es administrar de manera tacaña la compasión como si fuera un bien finito. Seguramente el reto consiste en tratar de incrementar las reservas globales de compasión, en vez de parsimoniosamente controlarlas. Además, ¿acaso el desbordamiento de ayuda y apoyo mutuo que ha inspirado esta tragedia es tan diferente de las metas humanitarias a las cuales este movimiento aspira? Las proclamas callejeras -"La gente antes de las ganancias", "El mundo no está a la venta"- se han vuelto verdades evidentes visceralmente sentidas por muchos tras los ataques. Hay enojo ante la búsqueda de ganancias. Surgen interrogantes sobre si es aconsejable dejar en manos de compañías privadas servicios tan cruciales como la seguridad en los aeropuertos, o sobre por qué los rescates financieros se destinan a las aerolíneas y no a los trabajadores que están perdiendo sus empleos. Hay un enorme reconocimiento a los trabajadores del sector público. En pocas palabras, "lo común" -la esfera pública, los bienes públicos, lo no corporativo, lo que hemos estado defendiendo, lo que está en la mesa de negociaciones en Qatar- está en una especie de proceso de redescubrimiento en Estados Unidos. En vez de asumir que los estadunidenses pueden cuidarse unos a los otros sólo cuando se preparan para matar al enemigo común, aquellos interesados en cambiar mentes (y no simplemente ganar discusiones) deberían de aprovechar este momento para vincular estas muy humanas reacciones a los muchos campos en los que las necesidades humanas deben preceder a las ganancias corporativas, desde el tratamiento del sida a los sin hogar. Como explica Paul Loeb, autor de El alma de un ciudadano, a pesar del guerrerismo y coexistiendo con la xenofobia, "la gente parece cuidadosa, vulnerable y extraordinariamente amable. Puede ser que estos sucesos nos libren de nuestras comunidades cercadas del corazón". Sólo símbolos y fachadas Esto requeriría de un cambio dramático en la estrategia activista, basado mucho más en la sustancia que en los símbolos. Es más, por más de un año, el activismo altamente simbólico fuera de las cumbres y contra las corporaciones individuales ya era retado por círculos del movimiento. Hay mucho de insatisfactorio en luchar en una guerra de símbolos: se estrella el vidrio de una ventana de McDonald's, las reuniones son enviadas a lugares cada vez más remotos, pero ¿y qué? Siguen siendo sólo símbolos, fachadas y representaciones. Antes del 11 de septiembre, un nuevo ambiente de impaciencia ya comenzaba a surgir, una insistencia en poner por delante las alternativas sociales y económicas que atiendan tanto las raíces de la injusticia como sus síntomas, desde la reforma agraria hasta las compensaciones por la esclavitud. Ahora parece ser un buen momento para retar a las fuerzas del nihilismo y de la nostalgia en nuestras filas, mientras abrimos más espacio para las voces que llegan de Chiapas, Porto Alegre, Kerala, y mostramos que es posible retar al imperialismo mientras defendemos la pluralidad, el progreso y una democracia profunda. Nuestra tarea, nunca tan importante, consiste en señalar que hay más de dos mundos, exhibir a la luz pública todos los mundos invisibles entre el fundamentalismo económico del McMundo y el fundamentalismo religioso de la jihad. Quizá las guerras de imágenes están llegando a su fin. Hace un año visité la Universidad de Oregon para hacer una historia sobre el activismo contra los talleres de sudor en un campus apodado Nike U. Ahí conocí a la estudiante activista Sarah Jacobson. Nike, me dijo, no era el blanco de su activismo, sino una herramienta, una vía de acceso al vasto y muchas veces amorfo sistema económico. "Es una droga que funciona como puerta de acceso", me dijo alegremente. Durante años, en este movimiento nos hemos nutrido con los símbolos de nuestros oponentes -sus marcas, sus torres corporativas, sus cumbres para la foto-. Los hemos usado como proclamas en las manifestaciones, como puntos focales, como herramientas de educación popular. Pero estos símbolos nunca fueron los blancos reales; eran las palancas, las manijas. Fueron lo que nos permitió, como lo dijo hace poco la escritora inglesa Katharine Ainger, "abrir una rendija en la historia". Los símbolos sólo fueron puertas de entrada. Es hora de transitar a través de ellas. ![]() ![]()
"La nada que yo soy, ¿es algo para vos?" Un equipo de psicólogas
que desde hace siete años trabaja con grupos de desocupados y familiares
actualiza los resultados de su experiencia, tomando como eje las diversas
maneras como la violencia social puede convalidarse y reproducirse en el
interior de las familias. ![]() ![]() ![]() A pesar de la crisis, de la miseria y de que "las condiciones están dadas", la mayor parte de la gente, y no sólo la llamada clase media, siguen pensando en términos liberales y los excluidos, lejos de constituirse en críticos, reclaman una reinserción al sistema que los segregó. Este trabajo analiza las muchas contradicciones de una situación que sólo la acción política puede resolver, y tal vez no sin violencia.
Del lado de los bidetes
Más allá de la anécdota, aquí se pone en evidencia lo que sucede cada vez que alguien se propone darle un contenido a una forma o, si se prefiere, darle una definición a un nombre. En principio, no cabe duda de que la mucama es un miembro de esta nación, puesto que su documento de "identidad" así lo acredita. Esta pertenencia puramente formal, sin embargo, no deja de ser tautológica, ya que consistiría en decir que "argentinos" son, simplemente, los argentinos. Pero cuando la patrona pretende atribuirle a esos argentinos una cualidad específica ("los que usan bidet"), o cuando le da un contenido particular al conjunto de todos los argentinos, excluye a su mucama de esa definición, como si ésta, a pesar de ser un miembro de aquel conjunto, no cumpliera del todo con las condiciones para integrarlo. Señalemos dos cosas al pasar: no es casual que la definición del argentino esté aquí a cargo de la patrona, y no de la mucama, ni que ese atributo supuestamente esencial de la "argentinidad" obedezca a un criterio de "higiene": por un lado, la supuesta regla universal es siempre un particular hegemónico y por ese motivo proviene del lenguaje de los patrones encargados de establecer cuáles son las condiciones para formar parte de un conjunto; por el otro, lo que se excluye es siempre eso que, aun cuando su presencia en el interior del conjunto resulte inevitable, se percibe como un sobrante, un resto inasimilable, un residuo excremencial o una secreción inmunda. Habría así individuos que responden al nombre de "argentinos" pero no a su significación, ciertos elementos que pertenecen a un conjunto y sin embargo no son tomados en cuenta por aquella definición. Los excluidos tienen entonces un estatuto problemático, paradójico, anómalo: no están simplemente afuera sino adentro y afuera al mismo tiempo, habitan una sociedad pero no forman parte de ella, están presentes pero no la representan, están ahí pero no se los reconoce como miembros legítimos porque ya no son "gente como uno". Son, dentro del conjunto social, una población excedentaria. Frente a esto, pueden asumirse dos actitudes que podemos caracterizar con dos términos provenientes –y no es casual– de la tradición filosófica: una dogmática, la otra crítica. La posición dogmática consiste en defender la definición dominante y en execrar, o excomulgar, a quienes no se adecuen a ella, considerándolos miembros "falsos" o "ilegítimos" del conjunto en cuestión, dado que, a pesar de darse ese nombre, no obedecen a las condiciones requeridas para portarlo. Los elementos excluidos adquieren en este caso las características escatológicas a las cuales nos referimos: son lo in-definido, la masa informe e inasimilable que se resiste a ser determinada o significada por el lenguaje de quien establece las condiciones de inclusión, características todas que cierta tradición platonizante le atribuía a la materia por oposición a la idea, a la pura multiplicidad por oposición a la unidad. La posición crítica realizaría, en cambio, la operación inversa: si aquella definición no toma en cuenta a algunos miembros de ese conjunto, se debe a que existe una falla o una incompletud en la propia definición, o en la propia idea, y de ningún modo una falsedad en los elementos repudiados por ella. Y a esto se refería Marx cuando hablaba de aquella "clase cuya existencia misma es la negación de la racionalidad del orden existente". De manera que los excluidos no son tanto quienes se resisten a las condiciones dominantes de integración como quienes fueron expulsados o des-calificados por esa misma definición para que ésta pudiera establecerse como tal sin contradecirse a sí misma, y para que pudiera erigirse en norma legítima e infalible, es decir, "racional". O si se prefiere: para disimular el hecho de que una parte de ese conjunto se ha convertido en la norma para definir el todo. Cada conjunto tiene entonces sus excluidos o, para ser más precisos, sus elementos sintomáticos, paradójicos, anómalos o excedentarios. Un caso paradigmático fue siempre el de la mujer, "síntoma del hombre", como la llaman algunos psicoanalistas, vale decir: síntoma de que la definición patriarcal del conjunto "hombre" es incompleta desde el momento en que excluye, o no incluye del todo, a una multitud de personas que sin embargo pertenecen al mismo. De modo que el feminismo se convirtió en una crítica política del lenguaje hegemónico, patriarcal o falocéntrico, para el cual la esencia universal del hombre se confunde con los atributos de su parte dominante. También aquí podría decirse, glosando a Marx: "la existencia misma de las mujeres es la negación de la racionalidad del orden machista". Sólo que en este caso, Mabel y su mucama se encontrarían en una situación semejante. Y en este artículo nos referimos más bien a la frontera entre Mabel y su mucama o, más precisamente, entre Mabel y alguien que, aunque lo quisiera, ni siquiera podría ser su mucama. De sociales y asociales Formar parte de una sociedad siempre supuso cumplir con ciertas obligaciones en función del papel que allí se interpreta, pero también participar de las ventajas del intercambio de bienes y servicios como el alimento, la vestimenta, la salud, la educación, el agua, etc. En sociedades capitalistas como las nuestras, sin embargo, la condición para que cualquier individuo pueda participar en esta circulación se reduce casi exclusivamente a la posesión de dinero, y esto se debe a que todos aquellos bienes y servicios, materialización del trabajo de nuestros conciudadanos, adquieren la forma de mercancías. Marx había aludido a este fenómeno, desde luego, cuando se refería al hecho de que en las sociedades capitalistas el "cruel pago contado" había sustituido a todos los "vínculos multicolores" y supuestamente "sagrados" de las formaciones precedentes. Y de algún modo también Mabel invocaba indirectamente esta condición cuando evocaba la posesión de un bidet. Pero cualquiera puede comprobar que esta lógica encontró su consumación más acabada en la Argentina de la última década, a tal punto que podríamos hablar de una utopía liberal realizada donde se conjugan la privatización de todos los bienes y servicios sociales, el Estado reducido a una oficina gerencial de los grandes capitales, la competencia despiadada, la proliferación de la dichosa "iniciativa privada" –o, en criollo, el "rebusque"– y, para coronar el todo, la "mano invisible" del mercado hilando el destino, la vida y la muerte de millones de personas. Sólo que en lugar del bienestar creciente soñado por los liberales, la más perfecta realización de esta utopía que jamás se haya visto en el mundo coincide con la pesadilla económica y social que se vive hoy en día. Hasta el punto que si en 1989 la caída del Muro le sirvió a la derecha para confirmar el fracaso del sistema comunista, hoy la izquierda de todo el mundo erigió a la Argentina como paradigma del fracaso estrepitoso del neo-liberalismo. Pero volviendo al problema que nos ocupa, podemos decir que la desigualdad característica de las sociedades capitalistas puede concebirse como una escala gradual de participación en aquellos bienes y servicios, escala que va desde la perfecta inclusión hasta la perfecta exclusión en función del dinero disponible para pagarlos. Y desde luego, ambos extremos son estrictamente interdependientes, ya que la acumulación de riquezas en los sectores de más ingresos va a generar necesariamente la acumulación de pobreza en los de menos. Ahora bien, si la desigualdad sigue profundizándose, o la pobreza acrecentándose, se llega ineluctablemente a un punto crítico que corresponde al momento en que una porción de la población ya no consigue sobrevivir con un "trabajo honesto", ya sea porque carece de empleo, debido a la desocupación, ya sea porque, aun ocupado, sus ingresos son miserables. Este momento crítico, según Hegel, correspondía a la formación de lo que él llamaba el "populacho", cuando el individuo "llega a perder el sentimiento del derecho, de la legalidad y del honor que consiste en subsistir gracias a su actividad", o sea, gracias al puesto que ocupaba o al papel que desempeñaba en la división social del trabajo. La relativa exclusión económica, la propia desigualdad, se convierte entonces en pura y simple exclusión social, ya que estos individuos ni siquiera son reconocidos como miembros de una de las "partes" de la sociedad (obreros, campesinos, mucamas, docentes, empleados estatales, etc.), a través de la cual cada uno suele convertirse en miembro –o formar "parte"– de una comunidad. La formación del "populacho" hegeliano corresponde pues al momento en que el propio lazo o la ob-ligación social se desintegran y, con éstos, cualquier idea de participación en una sociedad, aun cuando se trate de una participación profundamente desigual como sucede en las sociedades capitalistas. Y Marx se refería justamente a este mismo "populacho" cuando hablaba de aquella "clase de la sociedad que no es una clase de la sociedad". "Población chatarra" la llamarán algunos sociólogos latinoamericanos, resumiendo con esa expresión tanto su carácter residual, o excremencial, como su des-funcionalización social. La propia sociedad desecha entonces a una porción de la población, la expulsa del "contrato social" o la separa de ese espacio simbólico en donde cada uno se encuentra investido con un rol social preciso, y al mismo tiempo la estigmatiza, perversamente, como población a-social, por considerar que ha perdido aquel sentimiento del derecho, de la legalidad, de la obligación o del honor profesional al cual se refería Hegel, de manera que los adjetivos "vagos", "roñosos", "raros", "extraños", "rateros", surgen de la boca de los integrados –y deberíamos comenzar a usar esta palabra en lugar de seguir hablando de "clase media"– como una metralla de desprecio. La población chatarra queda socialmente desinvestida y, por eso mismo, se vuelve indeseable. Y su criminalización se convierte entonces en una consecuencia inevitable de la misma exclusión de la cual fueron víctimas. La población excedentaria se convierte así en una clase "peligrosa". Si una nación se provee de un ejército para protegerse de las agresiones externas, se provee de una policía para protegerse de esta agresión interna. Y desde luego, como suele suceder, la propia sociedad no cesa de confirmar este temor, ya que desprovistos de la posibilidad de "subsistir gracias a su actividad y su trabajo", esa parte de la población se ve forzada, en muchos casos, a consagrarse a las actividades ilegales (lo sorprendente, en el caso de la Argentina, no es que la "criminalidad" haya aumentado sino que no haya aumentado más todavía, lo que revela la inercia de las normas morales aun entre quienes ya no tienen ninguna razón para respetarlas). De modo que la propia sociedad verifica retrospectivamente su prejuicio: no se convirtieron en asociales porque fueron excluidos sino que fueron excluidos porque se convirtieron en asociales. Y es por este motivo que esta misma criminalización de los excluidos no recae sobre alguna de las partes de la sociedad por más que se les compruebe una tendencia creciente a la transgresión de la ley, como sucede con algunas categorías de funcionarios estatales o también con algunos "hombres de negocios". Y esta criminalización, desde luego, no es de ningún modo azarosa: si esa población excedentaria es el "síntoma" de una sociedad, el mecanismo de poder puesto en marcha consiste en suprimir ese excedente sintomático para no ir a las raíces del problema, a saber: las condiciones requeridas para formar parte de la sociedad en cuestión. Invirtiendo la fórmula de Marx: hay que suprimir la existencia misma de esa clase para conservar la racionalidad del orden existente. Ahora bien, ya Hegel constataba al menos tres "soluciones" para suprimir o atenuar el síntoma: la regulación, la emigración y la represión. Hoy se practica la primera en muchos de los llamados "países desarrollados" y consiste en controlar y morigerar la acumulación de capital por parte de la clase dominante a través de una redistribución de esa riqueza: impuestos, cargas sociales, mutualización de los servicios –vale decir, diferencia en el pago de los sistemas de educación o de salud pública en función de los ingresos–, etc. Así en algunos países europeos la patronal debe pagar hasta un 100% de cargas sociales sobre el salario neto de sus empleados para financiar las cajas de desocupación, lo que le permite al Estado pagar una retribución digna a cambio de una capacitación laboral de estos mismos desocupados que les facilitará el acceso a un puesto laboral en el futuro: aunque los índices de desempleo se mantengan constantes, esta falencia del sistema no recae siempre sobre los mismos, ya que se genera una circulación de los trabajadores entre períodos de formación y de trabajo. La segunda fue practicada por muchos países europeos en el pasado y en estos últimos años la pusieron en marcha, pero en dirección inversa, algunos países del tercer mundo: se trata de enviar aquel excedente poblacional a los países que puedan ofrecerle un empleo. La tercera, la vía represiva, es sin duda la que se prefiere hoy en nuestro país: tener a raya a esa población criminalizada, vigilarla, perseguirla e incluso suprimirla. Y ya Martínez de Hoz había anunciado las cifras del brutal malthusianismo iniciado durante la dictadura: éste es un país, dijo, para diez millones de habitantes. De estas tres "biopolíticas", como las llamaba Foucault, la primera es, a pesar de todo, preferible. Se dirá que su aplicación resulta imposible en nuestro país, y en parte es cierto: la condición para que los países desarrollados no exporten su población excedentaria es que exporten sus mercancías. Pero no hay que subestimar la salvaje acumulación de riquezas en nuestro país, con el del 9% más rico de la población acaparando el 50% del PBI y con su consecuente acumulación de "indigencia" en el 10% más pobre que apenas si se reparte el 1,5%. Ni tampoco los efectos que una redistribución de la riqueza podría tener sobre el crecimiento del mercado interno con su consecuente mejora en los ingresos de los trabajadores y su relativo aumento del empleo. Y en este sentido, yo no subestimaría (más bien apoyaría) esfuerzos como el del Frenapo, pero me pregunto si esta "lucha contra la pobreza" podría llevarse a cabo sin una "lucha contra la riqueza", es decir, sin eso que, a mi entender, fue y sigue siendo la única definición válida de la política: la lucha de clases.
Del lado de los piquetes
Digo: incluso todas aquellas tibias medidas de administración de los bienes sociales no podrían llevarse a cabo en nuestro país –como tampoco pudieron llevarse a cabo en algunos países europeos– sin la constitución de un contra-poder o de un movimiento político contra-hegemónico capaz de amenazar la hegemonía de la clase dominante y forzarla a tomar medidas en contra de sus intereses o a desprenderse de una parte de su participación en la riqueza nacional. Y cuando de política se trata, como lo sabía Karl Schmitt, nos encontramos siempre con un enfrentamiento entre un "nosotros" y un "ellos" o, como añadía este autor, entre "amigos" y "enemigos". Y esto no es privativo de una tendencia política en particular: cualquier político, en sus discursos, habla desde un "nosotros", un sujeto colectivo, y anatemiza a un "ellos", no menos plural: "nosotros, los argentinos" y "ellos, los extranjeros" o incluso "nosotros, la gente decente" y "ellos, la escoria", en el discurso fascista; "nosotros, los proletarios" y "ellos, los capitalistas", en el discurso de izquierda. O como decía aquella canción de Daniel Viglietti, en respuesta al fascismo de la Doctrina de Seguridad Nacional que identificaba al comunista con un agente extranjero: "No somos los extranjeros, los extranjeros son otros / son ellos los mercaderes y los esclavos nosotros". ¿Y qué le permitía a Viglietti hablar de un "nosotros" si él mismo no ocupaba, desde un punto de vista estrictamente económico y social, la posición del obrero o el campesino latinoamericano? Se sabe: una posición política. "Proletario", "comunista", "socialista", "revolucionario" fueron, entre otros, los nombres políticos de una posición o un sujeto colectivo que no se confundía con ninguna de las posiciones económicas y sociales existentes, aun cuando apuntara a denunciar la situación a la cual algunas de ellas se veían reducidas. Los nombres de un "nosotros" que se enfrentaba a un "ellos", los mercaderes, la burguesía, los vencedores. Los nombres de un "nosotros", en fin, que criticaba la definición hegemónica o las condiciones requeridas para formar parte del "nosotros" de las sociedades capitalistas.Sin embargo, sólo una vergonzosa falta de pudor le permitiría hoy a un cantante como Viglietti hablar de "nosotros, los excluidos", y sonaría abusivo que un escritor, un artista o un intelectual, por más que su situación no sea muy brillante económicamente, se atreviera a incluirse entre los excluidos, y comenzara su discurso diciendo: "nosotros, los excluidos, vamos a luchar contra ellos, los poderosos de este país". Así que nos encontramos hablando –como yo mismo vengo haciéndolo hasta aquí– de "ellos", de los que ya no tienen nada, de la "población chatarra", de los marginados o incluso de las "víctimas del sistema". Pero la reducción de esa población excedentaria al estatuto de objeto de "nuestro" discurso, ¿no es el correlato pudoroso del impudor de quienes no la consideran "gente como uno"? O para decirlo en términos más precisos: ¿nuestro lugar de enunciación no presupone esa misma frontera que pretende criticar? ¿No disimula, aunque hablemos en primera persona, ese lugar de enunciación colectiva, el de los incluidos, que deseamos cuestionar? ¿No da por descontado que mi interlocutor o mi lector no puede ser un excluido? El problema no es entonces que nos sobre pudor, es que nos falta política. Nos falta ese lenguaje contra-hegemónico capaz de criticar y oponerse al lenguaje hegemónico que regula la comunicación, el consenso establecido y nuestra propia sujeción a la perspectiva de los vencedores; nos falta ese lugar de enunciación colectiva que ya no nos identifique, explícita o implícitamente, con los patéticos "argentinos" de Mabel. Porque un lenguaje político contra-hegemónico supone una comunidad política, un "nosotros" insurgente que ya no se confunda con las identidades económicas y sociales del orden establecido. Un "nosotros" constituyente en antagonismo con el "nosotros" constituido. Porque en ese sentido el sujeto político colectivo aparece, en el presente, como el anuncio de una ciudad futura. Un nombre como "piqueteros" alude a una modalidad de protesta colectiva y ya no a la identidad social de los desocupados y los excluidos que lo integran. Y por eso comienza a delinearse como uno de los nombres de la política en Argentina. Y el sólo hecho de que yo pueda referirme aquí a los "compañeros" piqueteros, que podamos comenzar a dialogar, e incluso a discrepar, ya es un indicio de que comenzamos a darnos un espacio de interlocución común donde pueda discutirse el proyecto de una constitución futura acerca de la cual "ellos" –los gerentes de la utopía liberal realizada– ni quieren oír hablar. Porque, como sucedió siempre, un pasaje de la protesta a la insurgencia, de la simple demanda social al deseo político colectivo, del reclamo de ayuda a la exigencia de justicia, es el único camino para que algo pueda comenzar a cambiar en Argentina.
Post Scriptum
Este artículo fue escrito antes de las jornadas de saqueos y protestas que terminaron con el gobierno de Fernando De la Rúa. En esos días, el "populacho" salió a la calle a reapropiarse aquellos bienes de cuya circulación habían sido excluidos. Es probable que algunos grupos los hayan incitado, pero es evidente que nadie hace eso simplemente porque alguien se lo diga. Lo curioso es cómo se trata de establecer una distinción entre quienes lo hicieron por hambre y los otros, los que robaban electrodométicos. Esta distinción pone en evidencia varias cosas. En primer lugar, la visión animalizada que algunos tienen de los excluidos, como si éstos debieran limitarse al puro instinto de conservación para ser "buenos" excluidos. En segundo lugar, el moralismo de quienes pretenden que los expulsados de la sociedad, los "asocializados", no se comporten como tales, como si esta expulsión se limitara a la disyuntiva comer o no comer y no supusiera también una expulsión de la "honestidad" social (se distingue así a la "gente con hambre" de las "bandas"). En tercer lugar, la falta de imaginación práctica de quienes no precisan vender un televisor o una heladera para comprar comida u otro producto de primera necesidad cuando los saqueos se terminen (con lo cual no sólo animalizan a los saqueadores sino que además los toman por boludos). Así pues, tanto quienes justificaron los saqueos en el "hambre del pueblo", y se preocuparon por eludir la cuestión de los robos de electrodomésticos u otros productos de "lujo", como quienes hicieron hincapié en este aspecto para mostrar que no se saqueaba solamente "por hambre", eluden lo esencial: y sí, señores, esta sociedad no sólo genera hambre sino también hordas. Y es por este motivo que es preciso cambiarla. A ver si se creen que hay un problema que se resuelve con la asistencia social y otro con la policía. Por mi parte, me imagino a la mucama de Mabel afanándose un bidet. Y espero que lo disfrute. Pero me gustaría también que discutamos cómo podemos hacer para que su hija o su vecina no tengan que afanarse otro mañana. Y por ahora me parece que la mucama de Mabel sigue sin querer meterse en política. Con lo cual es probable que su hija o su vecina tengan que volver a saquear un negocio de sanitarios dentro de poco.
ADITAL:
Evo, usted apareció en la escena política con 70% de votos para diputado.
Pero como nada sucede de repente le pregunto ¿En qué consistió su formación
y actividad política para llegar a ese 70%? EVO MORALES.
Que siga adelante, que conserve la fuerza, y que gane. Ellos serán nuestros
mejores aliados. Con seguridad este triunfo va a influir acá en Bolivia,
en toda Latinoamérica, donde los pobres también podemos gobernarnos, porque
¿hasta cuándo van a seguir hablando por nosotros, hasta cuándo van a seguir
decidiendo por nosotros? Ya llegó la hora de que los pobres también decidan
por si mismo, y por eso en Bolivia es importante convocar a una Asamblea
Constituyente Popular de las naciones originarias e indígenas.
![]() Muchos hemos recordado en estos
últimos días, que parecen años, aquella célebre frase de Marx sobre el hiato
histórico en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.
Es lógico que una frase así se preste tan bien a estas situaciones de crisis
y transformación como la que atraviesa la Argentina. El problema que enfrentamos,
de todos modos, es que todavía no hemos hecho bien las cuentas con aquello
que muere y ya tenemos la casi absoluta certeza de que lo que nace no augura
nada bueno. Esto último no es secundario en la definición de la coyuntura,
ya que es muy difícil imaginar la construcción de lo nuevo sin esperanzas.
Es ese vacío, de representaciones hacia atrás y de esperanzas hacia adelante,
lo que sobrevuela la crispación social de estos días como un aura sobre
el hastío, la desesperación y la miseria que, en Buenos Aires o en Jujuy
de modos diferentes, hacen su aparición cotidiana en la calle y los medios.
La década de los 90 fue el período más espectacular en todo el siglo XX en lo relacionado a la transferencia de riqueza de América Latina a los Estados Unidos y Europa. Fueron los años durante los cuales una importante cantidad de presidentes surgidos de elecciones sufrieron distintas suertes: algunos fueron juzgados y condenados por fraude y enriquecimiento ilícito (Collor de Mello en el Brasil, Pérez en Venezuela y Bucaram en el Ecuador); otros fueron públicamente identificados con asesinatos y narcotráfico (Salinas en Méjico), drogas y contrabando (Jaime Paz en Bolivia), y venta fraudulenta de empresas públicas (Cardoso en el Brasil). La presidencia de Menem tuvo la particularidad de combinar todos los vicios de sus colegas presidentes, con una diferencia: mantuvo el apoyo de Wall Street, la Comunidad Económica Europea y las más importancias instituciones financieras (FMI, Banco Mundial, BID). Menem es parte de la corte de presidentes latinoamericanos responsable de haber vendido a precio vil los recursos públicos más lucrativos en la historia de la región. De esta manera, el menemismo es parte de un fenómeno más genérico, el "peonismo (servilismo) político": la utilización de la presidencia al servicio de las demandas y el espíritu adquisitivo de las corporaciones multinacionales. Comprender al menemismo es enfocarlo como un fenómeno relacionado con un patrón general de comportamiento en América Latina. Los presidentes de Méjico, Brasil, Chile, Venezuela, Ecuador, etc. sirvieron de instrumentos para hacer que la década del 90 haya sido la más lucrativa para los bancos y multinacionales de los Estados Unidos y Europa: cerca de un trillón de dólares en ganancias, pagos de intereses de la deuda, excedentes comerciales y pagos en concepto de regalías, sumados a la venta de la mayor parte de los activos de las empresas más valiosas, y la transferencia del control del grueso de los mercados internos. El peonismo político presidencial ha enriquecido a las clases capitalistas de los Estados Unidos, Europa y el Japón hasta un grado sin precedentes, al tiempo que redujo de forma sistemática el estándar de vida de las tres cuartas partes de la población. La política de Menem al servicio de las multinacionales fue representativa de todo el período en la región, ya que éste, al igual que Fujimori y Cardoso, pudo obtener durante una década un poderoso apoyo externo a su personal mando autoritario. Dentro de este subgrupo de presidentes autoritarios, el dominio de Menem se basó en una mezcla de intimidación política a través de agencias de inteligencia policial, control del Estado a través del partido peronista y utilización del paternalismo estatal para controlar la pobreza urbana. Menem, como Cardoso en el Brasil y Salinas en Méjico, representa una ruptura radical con las instituciones "nacionalistas y populares" de su país: el completo desmantelamiento de los programas de bienestar social y la venta de empresas públicas. La personal idiosincrasia de Menem, su extravagante pillaje del tesoro público para sacar fondos para sus placeres personales, los nexos de su familia con el tráfico de drogas y el contrabando, y su imagen estrafalaria de playboy, no nos debería distraer de su más consecuente conducta en lo atinente a la transformación de la Argentina en una sociedad altamente polarizada y totalmente dependiente del capital financiero de los Estados Unidos. Menem, como sus pares en América Latina, fue responsable de la más impresionante era de depredación extranjera y ganancias hechas por inversores extranjeros en el siglo pasado; igualmente importante es el hecho de que fortaleció una corte poderosa de inversores argentinos, financistas y especuladores que establecieron los parámetros económico-políticos que todo futuro político capitalista se verá obligado a seguir. Su legado, es decir, la economía altamente dependiente y vulnerable, significa que cualquier desvío en política podría provocar un colapso del edificio financiero y la huida del capital especulativo. El menemismo hizo que cualquier reforma capitalista resulte inviable: este legado ha polarizado las opciones económicas entre el capitalismo neoliberal o el socialismo. Si, como creemos, al "menemismo"
se lo encuentra en la mayoría de los países latinoamericanos, la explicación
no puede atribuirse a la idiosincrasia del presidente argentino, sino a
una serie de factores generales que afectan a América Latina en su conjunto.
El surgimiento del "menemismo continental" se explica por dos factores,
uno externo y otro interno: el primero se relaciona con el resurgimiento
del imperialismo de los Estados Unidos y Europa, después del retroceso temporal
durante los años 70. Este retroceso se da a partir de su derrota en Indochina,
el resurgimiento del radicalismo islámico en Irán, los El segundo factor, interno, que influenció en el surgimiento del "menemismo continental" es la aparición en América Latina de una nueva clase capitalista transnacional (NCCT), que no mira más al mercado interno como su principal fuente de ganancias, ni tampoco busca protección del Estado: está ligada al capital exterior a través de joint ventures, invierte la mayor parte de su capital en el exterior y obtiene principalmente sus préstamos de bancos extranjeros. En pocas palabras, la NCCT opera en los mismos circuitos financieros del capital extranjero, moviendo sus fondos dentro y fuera de América Latina al igual que los especuladores extranjeros. Esta nueva clase capitalista transnacional de América Latina comparte los mismos intereses económicos y perspectivas políticas que el capital extranjero, con la única y principal diferencia que está enraizada en la estructura político-económica del subcontinente, es decir, tiene un pie en éste y otro en los Estados Unidos o Europa. Ocupando posiciones estratégicas en las finanzas, la industria y el comercio, la NCCT no es simplemente el "comprador" capitalista del pasado, ya que está en condiciones de influenciar los flujos de inversión y comercio dentro del subcontinente y, de esa manera, en posición como para precipitar una "crisis"-hiperinflación, salida de capitales, etc.-, para minar cualquier régimen capitalista que pretenda imponer el viejo modelo nacional-populista. El "menemismo continental" es la expresión de la ascendente NCCT en América Latina y de la disolución de la vieja "burguesía nacional". La ruptura de Menem, Cardoso y Salinas con el anterior modelo nacional-popular y su adaptación al modelo neoliberal corresponde al ascenso de la clase capitalista transnacional latinoamericana como nueva referencia sociopolítica, determinante de cualquier desarrollo capitalista. En síntesis, la aparición del "menemismo continental" en década pasada, coincide con la transformación interna de la clase capitalista y la radicalización del resurgido imperialismo euro-norteamericano. La "coincidencia de intereses" entre estos dos fenómenos refuerza el ascenso del menemismo continental. El argumento de que no hay alternativa al neoliberalismo se basa en el hecho de que no existe un poder capitalista viable capaz de sostener un modelo de desarrollo alternativo con el ascenso de la NCCT. Su corolario es que el resurgimiento del imperialismo internacional ha eliminado la alternativa socialista en dicho ámbito. En este caso, se identifica al "socialismo" con los regímenes de la ex Unión Soviética. El ascenso de la NCCT en América Latina es consonante con los intereses del capital multinacional y sirve de orientación a cualquier político capitalista que sea elegido para gobernar. La convergencia de estas fuerzas internas y externas explica por qué líderes políticos de distintos orígenes o adscripciones partidarias -ya sean socialcristianos, socialdemócratas, nacional-populares, etc.-, terminaron convergiendo en su totalidad en el neoliberalismo. En el contexto de la Argentina posdictatorial, el régimen de Alfonsín fue una muestra palpable de las demandas de poder de la nueva configuración capitalista: allí se juntaron la falta de habilidad de expresidente argentino para acelerar las propuestas neoliberales, su breve flirteo vía Grinspun con una moderada dosis de políticas reformistas y su debilidad para acabar con la dirigencia sindical propulsora de huelgas que ocasionaban perjuicios económicos -la huida de capitales, las crisis y la "falta de confianza". El eje de la "estabilización" de Menem apuntó a un objetivo político -romper la resistencia popular, con vistas a cumplir con todas las propuestas de la NCCT y las del capital imperialista: privatización, recorte social drástico, flexibilidad laboral, etc. El nombramiento de un gabinete ultraliberal, una vez alcanzada la primera victoria electoral menemista, fue la señal de que la NCCT era el único punto de referencia para su política económica. Situaciones políticas similares a las Menem se dieron en el Perú con Fujimori y en el Brasil con Cardoso. El capital precipitó una crisis contra los débiles regímenes "nacionalistas" de Alan García en el Perú y de Itamar Franco, en el Brasil. Consiguientemente, los nuevos presidentes electos, que habían desarrollado su campaña en base a programas populistas, procedieron a implementar programas de estabilización orientados a crear el clima para laprivatización drástica. Menem fue el líder de la segunda ola de neoliberalismo: estableció la conexión explícita con el capital extranjero e introdujo las nuevas políticas autoritarias a fin de asegurar la implementación de sus políticas. En primer lugar, eludió al Congreso, privatizando por decreto; en segundo lugar, intervino en el ámbito judicial para asegurarse jueces complacientes; en tercero, impulsó la reforma constitucional para asegurar su reelección. Este patrón de ejercicio autoritario del poder fue seguido subsecuentemente en el Perú y el Brasil. De esta manera, al tiempo que las fuerzas imperialistas externas y la NCCT interna intervenían para darle forma a los parámetros de acción política de la segunda ola de neoliberalismo menemista, el régimen político de Menem conformaba una configuración institucional político-económica que permitía la implementación de las políticas neoliberales sin ninguna oposición popular o democrática. El neoliberalismo ha avanzado en dos olas en América Latina: la primera, llevada a cabo por Pinochet en Chile y más tarde retomada por Martínez de Hoz en la Argentina, estableció las bases para el surgimiento y la hegemonía de la NCCT latinoamericana, en alianza con las corporaciones multinacionales de los Estados Unidos y Europa. Esta primera ola creó una "cabeza de playa" o un nuevo punto de referencia en las postrimerías de los `70 para la ofensiva imperialista, que coincidió con el resurgimiento de los políticos electoralistas tradicionales. El menemismo representa el arquetipo de la segunda ola de neoliberalismo: totalmente servil con los poderes de arriba -corporaciones multinacionales y NCCT-, y represivo frente a las fuerzas populares de abajo, un ejemplo de la clásica personalidad autoritaria analizada por Theodore Adorno. Menem fue pionero del peonismo presidencial en el supuesto de que su servilismo incondicional al imperialismo le aseguraría una posición "privilegiada", como socio menor, en el imperio en expansión. La competencia entre los "peones presidentes" de América Latina en otorgar concesiones y "negocios especiales" socavó toda posibilidad de una política latinoamericana conjunta en la renegociación de la deuda externa, en la regulación del flujo especulativo de capitales, etc. En este contexto, la constitución del Mercosur debería ser vista, no como una estrategia regional, sino como un marco institucional a través del cual las multinacionales extranjeras, ahora propietarias, podrán expandir sus mercados, reducir pagos de tarifas aduaneras e integrar procesos productivos más allá de las fronteras nacionales. Lejos de ser una alternativa "latinoamericana" a la dominación imperialista, el Mercosur es una herramienta importante para profundizar la expansión euro-norteamericana dentro de la región. El Mercosur se hizo posible a causa de la diseminación del menemismo desde la Argentina al Brasil, el Uruguay y el Paraguay. La convergencia de las políticas neoliberales entre Menem y Cardoso estableció las bases para una nueva ola de expansión entre las fronteras por parte de las industrias automotrices norteamericanas y europeas y el control extranjero de las empresas manufactureras en el Brasil y agropecuarias en la Argentina (de las que Soros es sólo un ejemplo). En una retrospectiva histórica, el nuevo y más radical programa de privatización iniciado por Menem, como líder de la segunda ola de neoliberalismo, desempeñó la función de profundizar y extender la explotación y adquisición de riqueza por parte de los Estados Unidos y Europa. Lo que también es claro, de todos modos, es que el imperialismo euro-norteamericano no ha retribuido a sus sátrapas locales con ninguna prebenda económica. El servilismo de Menem garantizó, como máximo, la tolerancia política euro-norteamericana y el apoyo a su régimen hasta el momento en que su corrupción flagrante y su rufianería política se transformaron en un estorbo... entonces, buscaron un sustituto que continuara sus políticas económicas sin los "excesos" de aquél: de esta forma se explica el apoyo a De la Rúa. La internacionalización del menemismo, ya sea bajo la forma de peonismo presidencial o de electoralismo autoritario, ha provocado una serie de confrontaciones sociales importantes en varios países de América Latina, donde las fuerzas de la izquierda nacionalista son más fuertes que en la Argentina. Los regímenes políticos en Venezuela, el Brasil y el Ecuador, que intentaron seguir el modelo de Menem han sido derribados, derrotados o enfrentados severamente. Este modelo funciona mejor allí donde las masas puedan ser controladas por un partido de gobierno, donde la izquierda esté fragmentada y los movimientos sociales sean de alcance local, y donde la oposición esté ampliamente ligada a los mismos intereses euro-norteamericanos y de la NCCT. En Venezuela, el menemismo bajo la forma de los regímenes de Pérez y de Caldera, colapsó y fue reemplazado por un régimen bastante parecido al nacional-populista, como el de Chávez. En el Ecuador el régimen de Bucaram fue desplazado del poder por medio de huelgas generales prolongadas que paralizaron el país. En el Brasil, el régimen de Cardoso está aislado y desacreditado ya que encuentra una resistencia nacional diseminada ampliamente a partir del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), los sindicatos (CUT) y el Partido de los Trabajadores (PT). Sólo en el Perú, donde Fujimori se enfrenta a una izquierda débil y fragmentada y donde maneja un aparato estatal clientelista fuertemente represivo, encontramos un menemismo con una fuerza formidable. Mientras el rasgo general del menemismo crea una profunda contradicción al nivel de las relaciones nacionales y de clase, las expresiones políticas de estas contradicciones se manifiestan de acuerdo a la estructura interna de las fuerzas sociales nacionales y populares. Los resultados políticos y sociales desiguales y diferenciados de la creciente polarización socioeconómica apunta a la centralidad de las políticas internas de clase y la lucha de clases como los determinantes principales que conforman una perspectiva de largo alcance en el desarrollo progresivo de alternativas al menemismo en América Latina. Neoliberalismo y cleptocracia En la Argentina se generalizó el rechazo a la endémica corrupción del régimen menemista. Es necesario analizar la corrupción general que acompaña a los procesos de privatización en América Latina, y particularmente cómo la nueva configuración de poder, basada en el predominio del capital extranjero y la dominación imperial, induce a la corrupción. Una de las principales fuentes de corrupción es el proceso de privatización: cuánto más amplio y generalizado es el proceso de privatización, es más factible que se implemente mediante decretos ejecutivos, menos probable que se sujeten a un control contable público, y hay más oportunidades de que la elite política se involucre en prácticas corruptas. Hay varias formas a través de las que el proceso de privatización se presta, en sí mismo, a la corrupción. Primero, en el avalúo de la empresa pública: se asegura un bajo precio de venta y el favoritismo a un comprador mediante coimas a autoridades gubernamentales del entorno presidencial. La transferencia de propiedades públicas a manos privadas frecuentemente involucra el pago de sumas de dinero a miembros de la familia y "amigos" del presidente. Estos pagos pueden aparecer bajo la forma de "comisiones" a consultores u otros mecanismos. La falta de transparencia es resultado del estilo autoritario de toma de decisiones propio de la elite y de la naturaleza antipopular del proceso de privatización. De esta forma, los altos niveles de corrupción en el régimen de Menem son en gran parte una función de su papel de presidente peón del imperialismo euro-norteamericano, que incluye la privatización masiva y su consecuente corrupción. La corrupción masiva y endémica también es el resultado de la concentración de la propiedad. La ruta tradicional hacia la movilidad social para la clase media se daba, por ejemplo, a través de la apertura de un negocio, el incremento de la producción y las ventas, que le permitía acumular riqueza en forma gradual. Con la privatización y la concentración de la propiedad de la tierra, las finanzas y la industria, el "costo de ingreso" para involucrarse en negocios exceden de lejos la capacidad económica de cualquier persona de clase media en América Latina. Imposibilitados de ascender socialmente a través de la competencia en el mercado, los individuos de clase media con ambición de ascenso social, ingresan a la política y transforman su cargo político en un mecanismo para servir al capital extranjero a cambio de comisiones económicas (coimas, acciones bursátiles, etc.). Ya que los canales de ascenso social están cerrados, el cargo político se transforma en la única arena donde la clase media puede competir, obtener una oficina y subir la escalera económica a través de mecanismos ilegales. El presidente Menem es el arquetipo de clase media baja provinciana que fue capaz de convertir su retórica populista en cargo gubernamental y política económica en medio de una transferencia masiva de riqueza a los bancos extranjeros y a las multinacionales a cambio de beneficios económicos. En este sentido, la corrupción política es el principal vehículo de la movilidad social en la era de la monopolización imperial del mercado. No es simplemente una transgresión de la moral por parte de individuos imperfectos, sino una condición estructural endémica del modelo neoliberal. En el contexto internacional de los `90, la corrupción menemista es la norma de conducta de todos los políticos que promueven la dominación imperial de las economías. Conclusión. Este contexto internacional de la última década del siglo revela una realidad dual: la profundización de la crisis capitalista para las masas de América Latina, una mayor concentración de poder de la NCCT nativa y un período de prosperidad sin precedentes del imperialismo euro-norteamericano. Menem fue un pionero en la introducción y consolidación de las políticas económicas y las relaciones entre Estados que promovieron este modelo. Su modelo de peonismo presidencial estableció un punto de referencia importante a seguir por los otros presidentes latinoamericanos. Menem fue igualmente importante en establecer un modelo híbrido electoral y autoritario, en el que las formas electorales democráticas se saturaron de prácticas políticas autoritarias, permitiendo, de esta manera, a los presidentes electos imponer las preferencias imperiales antipopulares. En conclusión, mientras que la correlación internacional de fuerzas favorecían la expansión imperial y la extensión de la doctrina neoliberal, los desarrollos económicos internos (es decir, el ascenso de la NCCT) y los cambios políticos (surgimiento de figuras políticas innovadoras, serviles y autoritarias a la vez, al estilo de Menem), resultaban instrumentales a la imposición del modelo neoliberal. Sin lugar a dudas, están apareciendo
cambios significativos en la correlación interna de fuerzas de clase nacionales,
que están confrontando al menemismo en América Latina... en el Brasil con
el MST, en Colombia con las FARC y el ELN, en Venezuela con el movimiento
de masas chavista, y en la Argentina con los sindicatos disidentes y los
movimientos populares. De cualquier forma, queda claro que, dada la ausencia
de una burguesía progresista, sólo un movimiento socialista basado en las
clases populares puede crear un modelo económico alternativo y viable, y
una base duradera con vistas a un nuevo orden internacional.
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