Capítulo 8 


Turbación del gobierno militar y nuevos ensayos




ERP y Montoneros

La Argentina se había convertido en un gigantesco laboratorio de ensayos, tanto para el gobierno militar como para todos los sectores de la sociedad. En el seno del pueblo, brotaban como hongos las propuestas revolucionarias y actividades políticamente novedosas. También el arte en todos sus campos -cine, música, literatura-, atravesaba por el momento más brillante de su historia. Por su parte, el gobierno de las Fuerzas Armadas no acertaba una solución a la grave inestabilidad interna que le creara el Cordobazo, y luego de intensos cabildeos apeló a un recambio en el gobierno de la Argentina. El nombramiento del general Roberto Marcelo Levingston tomó por sorpresa al mismo agraciado por el dedo militar. Este, un burócrata castrense de alto nivel, estaba ya radicado en Washington. Hasta por ese detalle, hubo quienes vieron esto como un símbolo de hasta qué punto el país imperialista gravitaba sobre las decisiones argentinas. Pese a ello y sorpresivamente, el nuevo presidente intentaría aplicar medidas nacionalistas. Pronto sin embargo, y debido a una serie de equivocaciones, a su falta de definición con respecto a una salida electoral y a su evidente ambición de prolongar la Revolución Argentina, bajo su brevísima presidencia aumentaron las acciones guerrilleras y se granjeó una cerrada oposición, hasta en las mismas filas de sus camaradas de armas.
Los Montoneros, alentados abiertamente por Perón, iban ganando las simpatías de un vasto sector de la sociedad. Así también las otras organizaciones peronistas, bajo la tutela del líder exiliado, quien los recibía frecuentemente en su residencia de Guardia de Hierro (España) aunque menos estruendosas que Montoneros, actuaban constantemente en un hostigamiento armado desde diferentes áreas hacia el gobierno militar.
Montoneros, con el secuestro y ejecución de Aramburu, había conseguido tomar la delantera en el movimiento guerrillero. Ello en un primer momento creó cierto debate entre las organizaciones que ya preparaban sus movimientos armados, respecto del camino a seguir de allí en adelante. Crónicas de la época nos muestran a un Santucho dubitativo: "(el caso Aramburu) le provocó sentimientos contradictorios... Si por un lado deseaba unirse a ellos para hacer más fuerte el proyecto revolucionario, por el otro, durante el resto de sus días mantuvo una persistente sospecha política sobre los guerrilleros peronistas, a los que consideraba aliados por su nacionalismo revolucionario armado, pero opositores a su proyecto de construir el verdadero socialismo. Esto era así para Santucho porque, primero, confiaban en una dirección burguesa: Perón; segundo, se inclinaban por el policlasismo que diluía el carácter proletario de la revolución y, tercero, por su origen clerical" (42)
Por su parte el PRT-ERP, el cual se mostraba ya como la guerrilla marxista de mayor poder e influencia, no consideraba la posibilidad de una alianza estratégica con Perón, a quien denunciaba desde el principio como un lider del capitalismo, que sólo tenía como objetivo engañar a la clase trabajadora desviándola de sus verdaderos objetivos. Si bien mantenía relaciones de colaboración militar con las organizaciones armadas peronistas, se negaba a cualquier tipo de conversación con los sindicalistas (a quienes llamaba burócratas) y los políticos peronistas. A través de un volante repartido masivamente, el PRT daba a conocer su programa de acción. Algunos de sus párrafos más significativos sostenían lo siguiente:
"En lo político:
"Ruptura de los pactos que nos comprometen con EE.UU. y otros países.
"Establecimiento de un sistema de gobierno de Democracia Social.
"Gobierno Revolucionario del Pueblo dirigido por la clase obrera. "
"Nacionalización de la Banca y el Crédito.
"Nacionalización del Comercio Exterior.
"En lo Social:
"Solución del problema de la vivienda.
"Alfabetización de todo el pueblo.
"Eliminación de la desocupación y reapertura de las fábricas cerradas.
"Jornales, pensiones y jubilaciones dignas que eliminen la miseria popular.
"En lo Militar:
"Supresión del Ejército burgués, la policía y todo organismo represivo y su reemplazo por el ERP y las milicias armadas populares, es decir, el pueblo en armas" (41)
Una corriente de simpatía y afecto hacia los guerrilleros del PRT-ERP recorría los claustros universitarios, las organizaciones villeras y los grupos de base en los sindicatos más numerosos de la Argentina. Su actitud de escrupuloso respeto hacia la vida de los civiles en todas sus acciones, los numerosos repartos de alimentos, luego de expropiárselos a las grandes empresas capitalistas, unidas a la austera seriedad que trasuntaban sus planteos políticos, los había transformado en una especie de "Robin Hoods criollos" para gran parte de la población. Pese a que jamás daban a conocer sus identidades, ya habían trascendido y eran famosos los nombres de sus dirigentes más destacados: Mario Roberto Santucho, su esposa Ana María Villarreal, Luis Pujals, Osvaldo Debenedetti, Rubén Pedro Bonet, Enrique Gorriarán Merlo, Juan Manuel Carrizo, Domingo Menna, Antonio del Carmen Fernández, Arnold Kremer, Ramón Rosa Jiménez, Benito Urteaga...
Es importante recordar que la vieja izquierda argentina siempre desconfió del peronismo puesto que Perón, allá por la década del '40, se había mostrado con claras tendencias fascistoides, tomando además resoluciones anticomunistas que llegaron hasta la persecución policial de sus militantes. "Si el peronismo ya no podía ser descartado por fascista, era bonapartista o reformista burgués y, como tal, carecía de auténtico potencial revolucionario" (43) según creían las nuevas generaciones revolucionarias, que no estaban dispuestas a estirar una mano hacia astuto líder que por esos tiempos lograba concitar el apoyo de los jóvenes guerrilleros y lo peor de la derecha sindical y policial dentro de su movimiento Justicialista.
El 1º de Julio de 1970, Montoneros provocó una extraordinaria conmoción nacional, cuando tomó por asalto la localidad cordobesa de La Calera. El grupo estaba dirigido por Emilio Maza. La operación fue en principio un éxito, ya que lograron el completo control de esta ciudad cordobesa de cierta importancia, y dominaron su guarnición militar. Fue otro golpe letal asestado en la moral del enemigo. De allí los Montoneros se llevaron 26 mil dólares del banco más armas.
Pero en la fuga, dos integrantes de la organización fueron capturados por la policía, lo que produjo un quiebre en uno de ellos y pasó información clave. El resultado posterior fue el allanamiento de una casa en el barrio Los Naranjos de Córdoba, en dónde se produjo un tiroteo y cayó muerto Maza. Las pérdidas que padeció la organización fueron tremendas.
"Los Montoneros perdieron armamentos, bases, una lista de contactos de 167 hombres y buena parte de su seguridad organizativa. Llegaron a estar al borde de ser aniquilados, los salvó de la extinción, la ayuda y protección que les prestó la organización guerrillera urbana FAP, creada años antes." (45)
En Septiembre de 1970, el ERP hace también su espectacular presentación oficial en sociedad. Luego de un intenso enfrentamiento, con un saldo de dos muertos y varios policías heridos, la Comisaría 24 de Rosario vio izar en su mástil la bandera del ERP. A partir de éste episodio, el ERP se convertiría en la organización guerrillera que más actividad militar iba a tener en la Argentina.
En este agitado 1970 también los partidos políticos trajinaban constantemente en busca de fogonear al máximo los tiempos de lo que ya se presentaba -incluso admitida por los mismos militares- una inevitable salida electoral. Ya hacia fin de año, todos los sectores, incluido el peronismo, sacaron a la luz un documento importante que se tituló: La Hora de los Pueblos. En éste se solicitaba el inmediato restablecimiento de un gobierno civil.

Tucumán en marcha

La industria azucarera concentra el mayor número de sindicatos de la provincia, seguidos por más de cincuenta de menor tamaño, pertenecientes en su mayoría al sector servicios. Reconocida como un fortín peronista, a pesar de las enconadas luchas de los 50 contra las medidas del segundo Perón, fue el lugar de convocatoria para el Plan de Lucha de la CGT lanzado por la conducción del textil José Alonso, de buenos Aires, quien en 1964 convoca en el Club Luján a las 62 de Pie junto a Perón, un enroque destinado a tomar distancia y alimentar su propia influencia respecto de Vandor. Estos son los sindicalistas que reciben masivamente y con algarabía al general Juan Carlos Onganía el 9 de Julio y, días después, en el mismo mes, la decisión de Salimei de cerrar l6 ingenios azucareros, dejando en la intemperie a doscientas mil familias que dependían.
Pero desde las bases, las luchas callejeras se expanden y consolidan, uniendo a obreros desocupados, estudiantes de la intervenida Universidad Tecnológica Nacional y, poco después, la franja de obreros temporarios que inventa el onganiato en el llamado Operativo Tucumán.
El cuadro de inactividad económica no se modifica con el arribo de nuevas industrias que gozaban de prerrogativas fiscales y bancarias (textiles, electrónicos, embotelladoras, procesadoras citrícolas). El sindicalismo se renueva en condiciones ahora críticas, siempre nucleados en torno a la FOTIA, que estaba prácticamente el comando de la CGT local. Ocupan el primer plano los dirigentes que se habían fogueado en la lucha de surco, talleres y sindicatos pobres. Benito Romano, Raúl Zelarayán, Isauro Arancibia, Leandro Fote, reemplazan a los Aguirre o Aparicio, burócratas colaboracionistas, ocupando lugares centrales en los gremios de azucareros, docentes, gráficos, ferroviarios y lucifuercistas. Por su parte la lucha estudiantil de los sectores reformistas y humanistas, teñida por la oposición laicos-libres, es absorbida por corrientes cuyo centro de interés se desplaza del campo universitario a la condición obrera y de los sectores populares. La FUA y su expresión local, la FUN, son casi borrados por el empuje y el afianzamiento de centros independientes, que propugnaban un socialismo de signo nuevo. En ello se basa la confluencia, a fines de los 60, en la CGT de los Argentinos, de obreros y estudiantes que funcionan física y simbólicamente en el local de la FOTIA.
Las localidades del interior agrario acompañan la protesta sindical por las fuentes de trabajo perdidas y por la casi nula compensación del Operativo Tucumán, desplazándose sobre las vías de acceso a la capital provincial. Estas luchas tienen, también, formas cada vez más violentas, pues son reprimidas incluso con armas de fuego. La muerte en las calles de Bella Vista de Hilda Guerrero de Molina constituye el paradigma de los sacrificios a los que se expone el nuevo Tucumán.
Paralelamente, los sectores medios y chicos de cañeros independientes, nucleados en la UCIT -dato de importancia para comprender su comportamiento en relación al sector industrial concentrado en la CAR- son arrojados a la crisis, produciéndose una confluencia con obreros y estudiantes jamás conocida. Los dos "tucumanazos", que cubrieron gran parte de la capital provincial de barricadas estudiantiles con apoyo popular -incluído los aledaños universitarios-, no obstante la muerte del estudiante Víctor Villalba, de origen salteño, ocurrida en la Quinta Agronómica, marcan la inserción de los luchadores revolucionarios tucumanos en la gran gesta que se afirma con llamas, hacia el principio de la década de los 70.

Renace el sindicalismo clasista

Una tendencia que tuvo sus antecedentes en las luchas obreras de principios del siglo veinte, renacería en la Argentina ante la represión militar a los sindicatos, a partir de 1955. En efecto, esta tendencia que había sido diluida por Perón desde el poder, al sustituir a los dirigentes sindicales tradicionalmente comunistas o anarquistas por dirigentes bendecidos por el Estado, tuvo su resurgimiento principalmente en Córdoba, al calor de las movilizaciones. La consolidación de las diversas organizaciones armadas de la izquierda argentina FAP, FAR, Montoneros, ERP y FAL para esa época, así como el de un sinnúmero de organizaciones de izquierda marxistas no puede explicarse sino es al calor y alimentadas por los nuevos aires que inspiraba el movimiento sindical surgido en las fabricas automotrices que Fiat poseía en Córdoba.
Ubicadas en el complejo de Ferreyra, las fábricas de Fiat se convirtieron en el segundo centro de poder económico en Córdoba y constituyeron la segunda mayor concentración de capacidad manufacturera y mano de obra industrial de todo el interior argentino sólo superada por IKA. Envalentonada por su experiencia en Turín -donde había ganado una larga lucha contra la central de trabajadores italianos la CGIL- Fiat prohibió la actividad sindical en las plantas hasta
1958 (se había instalado en 1954). Sólo se avino a reconocerla cuando el gobierno de Frondizi aceptó la conformación de sindicatos por fábrica, verdadera excepción en la vida de los sindicatos nacionales. Así nacieron el Sitrac (Sindicato de Trabajadores de Concord), Sitram (Sindicato de Trabajadores de Materfer) y SITRAGMD (Sindicato de Trabajadores de Grandes Motores Diesel), con personería gremial recién desde 1964.
Desde un comienzo Fiat articuló una política hostil hacia los trabajadores, procurando evitar toda influencia del sindicalismo nacional mientras implementaba un férreo ajuste de la disciplina fabril. No sería sino hasta comienzos de los 70 que Fiat habría de encarar los planes de modernización productiva y de racionalización que IKA primero y luego Renault habían iniciado varios años atrás, ante la amenaza que significaban las nuevas fábricas automotrices instaladas en buenos Aires. En realidad, Fiat había transplantado al país la política laboral que desarrollaba en Italia. No sólo había descentralizado la producción en el país mudando las operaciones de montaje a El Palomar (Pcia. de Buenos Aires) y de producción de camiones y tractores a Sauce Viejo (Santa Fe), sino que mantuvo un sistema de producción cuyo ritmo se encontraba abrumadoramente atado a la velocidad de la máquina. Así estaba en operación el llamado acople de máquina mediante el cual se buscaba la máxima productividad laboral, sin importar las consecuencias físicas y psíquicas que se imponían. Este método productivo suponía que las responsabilidades del operario en la línea no estaban referidas sólo a una máquina sino que se extendían, durante los tiempos muertos, a máquinas vecinas, intensificando de esa manera el trabajo.
Paralelamente la empresa establecía los incentivos salariales como base de su sistema de remuneraciones. Esta modalidad, que otorgaba a todo un departamento y no a los trabajadores individuales un pago extra sobre la base del rendimiento, era toda una anomalía salarial en la década de los 60. A diferencia de Renault, que asentó los aumentos de productividad en la racionalización de planta, Fiat procuró maximizar las ganancias sobre la reducción de los costos laborales. Las prácticas de remuneración -como el premio a la producción que asociaba los salarios a la productividad obrera, en una industria donde las formas standard de pago eran los salarios por hora o mensuales, dependiendo de la categoría- eran solamente explicables por el carácter de sindicato único. El premio a la producción establecía metas revisadas mensual y a veces semanalmente, alcanzables sólo a ritmos de trabajo acelerados, mientras incentivaba las disputas y tensiones entre los obreros. Pero este sistema permitía a Fiat ajustar los costos de producción y laborales de acuerdo a las necesidades del mercado evitando con ello las rígidas escalas salariales.
Durante los primeros tiempos la empresa despidió con asombrosa rutina a los activistas de base sin importarle las tensiones que esta política generaba. Tal era su férreo control sobre los ritmos de producción y la asignación de las tareas. La dificultad de la dirigencia sindical para alcanzar continuidad en su tarea explica en parte la ausencia de los sindicatos de Ferreyra durante el Cordobazo considerados para esa época sindicatos "amarillos. Pero la descomposición sindical interna y la efervescencia social posterior al Cordobazo alentaron a los trabajadores a la construcción de un movimiento de recuperación sindical de características nunca vistas hasta ese momento que daría lugar al sindicalismo clasista.
En efecto, en marzo de 1970, los obreros de Fiat se rebelaron contra la conducción sindical "amarilla", y en asamblea abierta en fábrica eligieron su nueva dirección. Pero no sería sino después de largas negociaciones con el Ministerio de Trabajo -tomas de fábrica con rehenes mediante que alcanzarían el reconocimiento de su personería gremial. Este proceso de construcción de una nueva dirección sindical -obtenida mediante métodos de acción directa- no podría haberse alcanzado sin las condiciones político sociales específicas heredadas del Cordobazo. Los gobiernos provincial y nacional, atentos al desarrollo de las conversaciones con la empresa, temían por un rebrote insurreccional popular. De ahí que -a pesar suyo y de sucesivos embates contra la nueva dirigencia sindical- presionaran a la empresa para alcanzar rápidos acuerdos.
Los sindicatos de planta Sitrac y Sitram llevaron así, desde su surgimiento, una impronta profundamente democrática, esencialmente antiburocrática y una particular aversión a la empresa y al gobierno. El carácter antiburocrático, anticapitalista y antiestatal que asumiera es constitutivo al propio clasismo. Este espíritu democrático se vio igualmente fortalecido por el hecho de que todos sus dirigentes conservaron su empleo en la fábrica.
El desafío mayor del nuevo sindicato se condensaba en la modalidad de organización y nuevas condiciones de trabajo en las plantas. De allí que al igual que ocurriera con el Smata posteriormente, bajo la influencia de los delegados clasistas, los conflictos en el lugar de trabajo alcanzaran particular relevancia.
Sin embargo el surgimiento del clasismo no puede pensarse sin incorporar el descrédito de la vieja dirigencia sindical peronista: desde el participacionismo con Onganía y el "golpear para negociar" del vandorismo, que fogonearon la crisis de una modalidad de liderazgo sindical que había inficionado los sindicatos con posterioridad a las luchas de fines de los 50.
Pero los sindicatos de planta no se reivindicaron desde sus orígenes "clasistas" ni contaban
para esa época con el programa político que asumirían más adelante. Esas posiciones fueron alcanzadas como producto de una dinámica sindical política y social de creciente enfrentamiento con la patronal -que no cejó en su política de hostilización permanente hacia el sindicato-, con el ministerio de Trabajo que amenazaba constantemente con la intervención, y tras el distanciamiento de la dirigencia sindical peronista del Smata que siempre vio a los sindicatos de Fiat como una amenaza y cuyo silencio, ante las amenazas oficiales de pérdida de personería gremial, fomentó una mutua desconfianza. Este proceso fue portador de un cambio sustantivo en la relación capital-trabajo al interior de la fábrica.
Mientras los capataces y encargados de turno modificaban su trato autoritario para con los obreros, estos iban adquiriendo seguridad en las respuestas y fuerza interna en sus reclamos.
A su vez las fuerzas de izquierda cordobesa constituyeron un factor de primer orden en el surgimiento y consolidación del clasismo. Su apropiación y reivindicación permanente del Cordobazo, a tono con los métodos de acción directa ejercidos por Sitrac y Sitram abría un canal natural de comunicación y penetración de las ideas socialistas y revolucionarias. Por lo demás la dirección del Smata había sido particularmente exitosa en el manejo de los conflictos laborales siempre que estos estuvieran focalizados en las condiciones salariales. Pero cuando el conflicto superaba esas disputas, sus limitaciones para cuestionar la autoridad empresarial al interior de la planta eran marcadas. En realidad como dirigencia siempre manifestó una posición vacilante ante la racionalización e intensificación del trabajo en la producción, mientras suprimía en la práctica toda reivindicación sobre la cogestión obrera. Este panorama permitió que la izquierda pudiera construir -junto con las bases obreras de Fiat- el programa sindical clasista a partir de los problemas que los trabajadores experimentaban en la planta.
De esta manera el clasismo modeló una nueva composición política. Reemplazó aquella noción extraída de la experiencia peronista que veía en el estado al motor del desarrollo nacional y el lugar donde los trabajadores demandaban sus deseos de justicia social, por el de la máquina represora y opresora representante del interés más general de la clase capitalista. Este carácter profundamente anti-estatal confluía con su acentuada oposición antipatronal, dinámica anticapitalista que suponía explícita o implícitamente una natural incompatibilidad con los intereses de la clase dominante. Era el sindicalismo el que se redefinía y con ello la composición política de la vanguardia obrera cordobesa. La batalla política trascendía la dirigencia sindical corrupta, a la cual denunciaban como "traidora" y "burocrática", para incorporar al Estado y la clase capitalista como contendientes particulares.
En este emprendimiento el sindicato debía ampliar su rol de organizador y formar la conciencia de la clase trabajadora en tal perspectiva. El sindicato del calzado y la fábrica Perdriel en Córdoba primero; la dirigencia de PASA en buenos Aires luego, habrían de continuar el camino iniciado por los sindicatos de Fiat. Más tarde, en 1972, le tocaría el turno al propio Smata cordobés.
El paro activo, la ocupación de planta y la toma de rehenes formaron parte no sólo de una apelación a la acción directa sino que expresaron igualmente el carácter anticapitalista de su actividad sindical. Las formas y métodos de lucha desarrollados por el clasismo fueron francamente transgresores: sea bordeando la ilegalidad y provocando al "orden" instituido, sea colocándose abiertamente fuera de la ley. Por lo demás, la tendencia a la movilización callejera significaba una clara tentativa para extender el conflicto fuera de la fábrica. La forma particular que adoptó la oposición obrero masa-capitalista prolongó la dinámica del enfrentamiento más allá las fronteras fabriles. El antagonismo obrero-capital trasladaba su enfrentamiento desde el proceso de producción al de la reproducción; de la fábrica a la sociedad. Un salto político cualitativo que alentaba la idea de que la vanguardia obrera surgida era capaz de avanzar en la disputa con el propio capitalismo.
La experiencia recorrida, por lo demás lo demostraba: si el Cordobazo había desplazado a Onganía del poder, el Viborazo había mandado al traste a su sucesor, Levingston. La afirmación y confianza en sus propias fuerzas modelará igualmente la respuesta que el sindicalismo clasista daría con posterioridad al GAN de Lanusse: "ni golpe ni elección: revolución".

Más desgaste para el militarismo cursillista

El 27 de junio de 1969 había sido asesinado en buenos Aires Emilio Mariano Jáuregui, militante comunista. Detenido por la Policía Federal, se le aplicaron torturas hasta provocar su muerte. Venía de participar de una marcha de repudio a la visita del banquero Rockefeller a nuestro país cuando fue detenido. Emilio era uno de los tantos miembros jóvenes del Partido Comunista, que había roto con la dirección que llamaban "traicionera" de Victorio Codovilla, para integrarse a las nuevas camadas de jóvenes que procuraban otros caminos más revolucionarios para su militancia.
Como sindicalista se había desempeñado como secretario general del sindicato de Prensa, de Capital, el primer gremio intervenido por la dictadura militar del general Juan C. Onganía. El joven periodista había actuado como corresponsal en Vietnam durante la agresión del imperialismo yanqui a ese pueblo. Luego, consolidado en sus posiciones revolucionarias, había estado en Cuba, donde recibió formación militar. Con un punto de vista crítico al foquismo y a la dirección de los soviéticos, Emilio se incorporó a Vanguardia Comunista para tratar de fusionar una estrategia revolucionaria con la lucha de masas de la clase obrera. Pronto se convertiría en otro de los involuntarios símbolos -en este caso de los Trabajadores de Prensa- de los cuales la dictadura militar iba abonando el camino de la revolución con su política represiva.
Con la caída de Juan Carlos Onganía se afianzó el liderazgo del general Alejandro Agustín Lanusse en el seno de las fuerzas armadas. Su proyección hacia la presidencia se consideraba una cuestión natural y por había sorprendido la designación en ese cargo del agregado militar de la embajada argentina en los Estados Unidos, Levingston, absolutamente desconocido para la sociedad y hasta para sus camaradas de armas.
El ascenso de Levingston se debió a que los militares no terminaban de asimilar el fracaso de la Revolución Argentina. La salida electoral como alternativa era difícil de digerir para quienes, desde el golpe de José Uriburu, en 1930, habían determinado la vida nacional y, de la mano de Onganía, soñaron con sepultar a los partidos políticos tradicionales y superar con su liderazgo la antinomia peronismo-antiperonismo. Tal vez por eso el nuevo mandatario de facto se presentó en sociedad con la flamante banda presidencial agradeciéndole a Onganía "los importantes y
patrióticos servicios prestados". Luego, su presidencia se mostró como una continuidad natural del proceso abierto en 1966.
Sin embargo, Levingston pretendía imprimirle un sesgo nacionalista a la política económica y buscar algún tipo de apoyatura política. Uno de los primeros en brindársela fue Oscar Alende, del Partido Intransigente, en tanto que Aldo Ferrer -caracterizado economista que proponía una acumulación capitalista nacional y autónoma- fue designado como ministro de Obras Públicas, y asumió poco tiempo después la cartera de Economía.
Pero esta propuesta sólo logró la adhesión de unos pocos oficiales superiores. Hasta que el Viborazo de los obreros cordobeses de marzo de 1971, como acontecimiento más saliente de la movilización popular, se encargó de demostrar su inviabilidad.

 

INDICE