ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

“Ojalá al menos sobreviva uno de nuestros hijos...”

Por Svetlana Alexiévich

Sasha Kavrus, diez años
Actualmente es doctor en Filología


Yo iba a la escuela...
Salimos al patio, jugamos como de costumbre. En ese instante aparecieron los aviones nazis y empezaron a lanzar bombas sobre nuestro pueblo. Ya nos habían hablado de los combates en España, del destino de los niños españoles. Ahora las bombas llovían sobre nosotros. Las ancianas se tiraban al suelo y rezaban... Bueno... La voz de Levitán,[7] anunciando el inicio de la guerra, se me quedó grabada para el resto de mi vida. No recuerdo el discurso de Stalin. La gente pasaba días enteros de pie al lado del altavoz comunitario, esperando algo. Yo también, con mi padre...
En nuestro pueblo, Brusi, en el distrito de Miadelski, los primeros en aparecer fueron los soldados de un destacamento punitivo. Abrieron fuego y mataron a todos los perros y gatos, luego anduvieron indagando para averiguar dónde vivían los militantes del partido. Antes de la guerra, en nuestra casa se alojaba el comité rural del partido, pero nadie delató a mi padre. Bueno... Nadie lo señaló... Aquella noche tuve un sueño. Me fusilaban, me quedaba tumbado y no entendía por qué no me moría...
Se me quedó grabado un episodio de unos alemanes persiguiendo gallinas. El soldado agarraba una gallina del pescuezo, levantaba el brazo bien arriba y hacía girar la gallina hasta que se quedaba solo con la cabeza en la mano. Se reían a carcajadas. A mí me parecía que nuestras gallinas gritaban... como si fuesen humanas... Con voces humanas... Igual que los gatos y los perros cuando les disparaban... Yo nunca antes había visto la muerte. Ni humana ni ninguna otra. Una vez, en el bosque, encontré unas crías de pájaro muertas. No había visto otra muerte...
Nuestra aldea la quemaron en 1943... Aquel día estábamos cavando las patatas. Vasili, nuestro vecino, que había participado en la Primera Guerra Mundial y chapurreaba un poco de alemán, dijo: «Iré a suplicar a los alemanes que no quemen nuestra aldea. Que hay niños». Fue, y a él también lo quemaron. Incendiaron la escuela. Todos los libros. Redujeron a cenizas nuestros huertos. Nuestros jardines.
¿Adónde podíamos ir? Mi padre nos llevó al lugar donde estaban los partisanos, en los bosques de Kósinskie. Por el camino nos encontramos con la gente de otra aldea que también habían incendiado; nos avisaron de que los alemanes andaban muy cerca... Nos metimos en una zanja: mi hermano Volodia, mi madre con mi hermana pequeña, mi padre y yo. Mi padre llevaba una granada de mano; acordamos que si los alemanes nos veían, le quitaría el seguro. Nos dimos el último adiós. Mi hermano y yo nos quitamos los cinturones y los preparamos como dogales para ahorcarnos, nos los colocamos al cuello. Mamá nos dio un beso a cada uno. La oí decir a nuestro padre: «Ojalá al menos sobreviva uno de nuestros hijos...». Entonces mi padre le contestó: «Que se vayan corriendo. Son jóvenes, a lo mejor se salvan». A mí me dio tanta pena mi madre que decidí quedarme. Bueno... Me quedé...
Oímos a los perros ladrando, oímos voces de mando ajenas, oímos disparos. Nuestro bosque estaba lleno de árboles derribados, de abetos caídos; a diez metros no se veía nada. Los sonidos venían de muy cerca, pero de repente los oímos alejarse más y más. Cuando por fin todo quedó en calma, mi madre no podía levantarse: tenía las piernas paralizadas. Mi padre la llevaba en brazos.
Unos días después encontramos a los partisanos; ellos conocían a mi padre. Casi no podíamos ni caminar, estábamos hambrientos. Teníamos los pies destrozados. Un guerrillero me preguntó: «¿Qué te gustaría encontrar debajo de ese árbol: golosinas, galletas...?». Le contesté: «Un puñado de cartuchos». Los partisanos recordaron aquella anécdota mucho tiempo. Así era mi odio hacia los alemanes, por todo... Por mi madre...
Pasamos frente a una aldea quemada... La cosecha estaba sin recoger, las patatas crecían en los huertos. Había manzanas tiradas por el suelo. Peras... Pero no había gente. Se veían gatos y perros. Solitarios. Bueno... No había gente. Ni una sola alma. Los gatos estaban hambrientos...
Recuerdo que después de la guerra en nuestro pueblo solo teníamos un libro del abecedario, y el primer librito de texto que encontré y que leí fue una colección de problemas de aritmética.
Lo leí como si fueran poemas... Bueno...

(De Ultimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial. Traducción de Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González)


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