La polítca: ¿un arte?

Por Horacio Fontova

Tal vez la política haya sido considerada un arte en algún momento de la historia, pero, a mi humilde parecer (soy músico, no politólogo) en los días que corren, la política simplemente se reduce a prácticas de conveniencias partidarias, a ciertas técnicas, y no sé si tiene todavía algo de ciencia, pues la ciencia se refiere al exacto orden de las cosas, colocadas en el lugar que les corresponde, en forma neutral, imparcial y objetiva.

Y la política, en estos momentos, de neutral, imparcial y objetiva tiene muy poco.

En cambio, el arte es la gracia de poder transmitir todo lo inconcebible, lo invisible, lo imaginario, a través de la realidad, expresado en una pintura, una escultura, un poema, una canción, o en un delicioso locro, porqué no?

Y seguramente me estoy olvidando de tantas otras formas de expresar el arte.

Pero no creo que la política se base en conceptos por el estilo, aunque a veces en ella se recurra a la fantasía, a lo irreal, pero no como parte del arte al servicio de la política sino como parte del artilugio al servicio del engaño.

De cualquier manera, la política hace uso de algún arte como para seguir su curso, del arte de seducir para lograr la mayor cantidad de admiradores, del de convencer con el arte de la oratoria (¡Ay, Demóstenes!), hasta del arte de la construcción del propio carisma, cuando se es un candidato sin encanto alguno, como ocurre la mayoría de las veces.

Y tal vez, en algunos casos, hace uso del arte de plasmar en hechos las promesas.

De eso se trataría la prestada tarea del arte en la política.

En cambio, la historia de la política en el arte es un terreno de lo más vasto, desde las faraónicas pinturas del antiguo Egipto hasta los fusilamientos de Goya, siguiendo por los contemporáneos, que van desde el desgarrador Guernica de Pablo Picasso, los horrores de Abu Ghraib pintados por el colombiano Fernando Botero, el arte militante de Ricardo Carpani, el del escandalizador y pagano León Ferrari, el de los inmortales Jorge Cafrune, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Violeta Parra, Nicolás Guillén, Federico García Lorca, José Martí, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Paco Urondo y Héctor Oesterheld. Sin olvidarnos de Daniel Viglietti, Joan Manuel Serrat y tantos otros. Afortunadamente, en este caso la lista es interminable.

En el inverso, en el del arte dentro de la política, sólo se podría hablar de propaganda, de arte publicitario, de centenares de cabezas para idear un simple “slogan”, de la embustera cobertura periodística, de las engañosas estadísticas económico-políticas, del arte de inventar aspectos negativos de la competencia o el de infundir el pánico promocionando en forma exagerada una supuesta nueva inseguridad.

Sin olvidarnos del flamante exponente de la “ciber-política”: el nuevo, inagotable arte “blogger”, al servicio de lo que sea.

Aunque todo esto me suena más a artilugio que a arte.

Tal vez figuras de la historia como Stalin, Hitler o Mussolini se hayan sentido grandes artistas, y habrían estado en lo cierto de haberse confirmado el arte del totalitarismo.

Personalmente, sigo prefiriendo el arte culinario, el de la pizza de muzzarella con fainá, acompañada de un pingüino de tinto y soda, de la milanesa napolitana con papas fritas, del popular puchero y el amado guiso de lentejas, o el de la inimitable belleza de los huevos fritos hechos por mi querida vieja.

[Suplemento de las Madres ECuNHi de bolsillo Número 20]

 

     Todos los libros están en Librería Santa Fe