Todavia esperamos

Por Luis Gerardo Del Giovannino*

(Juicio y Castigo por Carlos Labolita. Crónica de un testigo)

Cuando en la primera de las crónicas de este juicio afirmé que estaba ante un hecho inédito no me equivocaba. Lo vivido en el transcurso de las audiencias orales y publicas por la aplicación de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita, delitos de lesa humanidad que forman parte de un genocidio sucedido en Argentina entre los años 1976 y 1983 por los que fueron juzgados el general retirado Pedro Pablo Mansilla y el coronel Alejandro Guillermo Duret, serán inolvidables por muchos motivos. Pero lo sucedido el 7 de agosto de 2009 superó todas mis expectativas.

El ambiente de desazón y desesperanza que rondaba las miradas de los familiares de Carlos y de los integrantes de los organismos de derechos humanos, provocados por la sentencia ya conocida, que condenaba a Masilla a cumplir su condena en su domicilio y absolvía a Duret de culpa y cargo; fue cambiando y esa sensación de impotencia que los abatía se fue convirtiendo en otra renovada esperanza al cabo de cada cuarto intermedio de aquella extensa jornada jurídicamente inolvidable. La cita tenía por objeto dar a conocer los fundamentos de la sentencia que por mayoría de dos votos contra uno, decidió favorecer a los represores, haciendo valer la falta de pruebas directas de los hechos que se les endilgaban. Quiso la fortuna o quien sabe que, el sorteo en el orden de los magistrados que debían expresar sus fundamentos recayera en primera instancia en el Dr. Carlos Alberto Rozanski, voto en disidencia por la minoría.

Las dos primeras horas de lectura del fallo estuvieron a cargo de la voz monocorde y aséptica del presidente del Tribunal Dr. Nelson Javier Jarazo, quien por momentos parecía rememorar una clase de lengua de la secundaria, en una prueba sorpresa de lectura, en la que evidentemente no era bueno a juzgar, por sus deletreos, furcios y dislexias propias de una lectura a primera vista de un texto escrito quien sabe por quien. Además no había alma en su relato, solo técnica jurídica, un hombre cumpliendo a duras penas con su trabajo. Al reanudarse la sesión tomó la palabra el autor de la letra del primer voto y allí sí, la audiencia se fue transformando en una clase magistral de vida y de derecho. Por más de tres horas conocimos una pieza jurídica soberbia, sin fisuras, escrita con algo más que dos manos en un teclado.

En mi vida como abogado jamás había visto a semejante monstruo del derecho en plena acción, un animal jurídico en todo su despliegue, un verdadero depredador de normas, citas y fundamentaciones, combinadas con frases propias, parábolas y simbolismos que ilustraban cada apreciación de los hechos, de forma llana y accesible, buscando esa verdad tan necesaria para la reconstrucción de la memoria. Un ilustre vengador de esa justicia, tan profunda como esquiva, que muchos a simple vista no se atreven a ver. Un Tyson que no dejó de darle su merecido a cada uno de los operadores de este sistema acomodaticio y perpetuador de aquella impunidad en su máxima expresión. Todos se llevaron su merecido, pero los golpes mas precisos y certeros fueron para los acusados, sus defensores y de manera elíptica con una presión casi quirúrgica que no permitía dudas, para los otros dos integrantes del tribunal.

Se permitió hablar del "derecho penal del amigo" una figura creada especialmente para contraponerla al conocido "derecho penal del enemigo" en el que se había escudado tanto Duret en su extensa indagatoria, como su abogado defensor al momento de los alegatos. El derecho penal del enemigo es aquel que permite condenar aunque no haya pruebas, viene de aquella frece que alega "al enemigo nada, ni derecho" en cambio el derecho penal del amigo según los dichos del sentenciante, seria aquel que absuelve aunque haya suficientes pruebas que demuestran la culpabilidad.

Por otra parte el Dr Rozanski especialista en violencia sexual contra menores, describió un paralelismo con lo que se conoce como "teoría del complot" muy utilizada por los acusados de aquellos deleznables delitos, que alegan su inocencia en un cúmulo de antecedentes y de causalidades que no tienen limites, el mundo esta contra ellos. En su "indagatoria, cátedra, alegatoria" el ex coronel Duret había mencionado al mismísimo Carlos Marx como culpable de lo sucedido durante la dictadura militar por haber escrito en el año 1840 "El Capital" luego vendrían también, por supuesto, Fidel Casto, el Che Guevara, Los uturuncos, Santucho, el ERP, los montoneros y cuanto grupo guerrillero actua ra en el país por aquellos tiempos, todos complotados contra el pobre "cornalito militar" que sufría injustamente las consecuencias de una venganza institucional, por su valiente accionar contra la subversión, "los enemigos del alma argentina".

Una sentencia suele sobre abundar en artículos, fallos anteriores y conceptos jurídicos que no estuvieron ausentes, pero cuando es clara, sensible y humana como esta, aparecen detalles, a veces pequeños e insignificantes, como el olor a "pomada Cobra" que sentía el padre de Carlitos, cuando encapuchado era llevado por un grupo que calzaba borceguíes, o la magistral inclusión de una frase escrita en la contratapa de una publicación estudiantil llamada "El Polizón" impresa en mimiógrafo por el mismo Labolita y otros compañeros de quinto año de la Escuela Normal de Las Flores en 1970, donde manifestaban su hartazgo ante tanta mentira y corrupción, casi como una declaración de principios anárquicos de un grupo de adolescentes y cuyo ejemplar fue censurado y quitado a los estudiantes por contener "posible desviación ideológica", o el concepto que de él tenían en el colegio, "muy buen alumno, muy inteligente, pero ateo de conducta difícil y rebelde" y por último de su amistad con un sacerdote tercermundista que había sido trasladado la ciudad de Olavarría.

Tampoco ahorró frases el juez, para referirse al sufrimiento de las victimas y esta nueva victimización que sufrieron por parte de los defensores de los imputados, al momento de dar sus testimonios, al extremo de tener que recordar, si se abrazaron o no, madre hermanas y cuñada después de la fatídica madrugada del 1º de mayo de 1976 o si cuando fue allanada la casa por una patota militar fueron puestas en el piso de frente o de espaldas, entre otras, y siempre la figura fantasmal de ese militar joven, alto y rubio que fuera reconocido como Duret por la misma madre de Carlos hoy lamentablemente fallecida; sumado a ello el trauma y el estigma que marcó a toda la familia durante más de 30 años tanto por la detención de Carlos Orlando su padre, por más de cuatro años, sin causa judicial conocida, como la fatal desaparición de Carlitos hasta nuestro días.

Un párrafo aparte merece su alusión a la "sana critica" con la que obligatoriamente deben valorar los magistrados sus resoluciones y como juega la subjetividad del sentenciante en la percepción que tiene de los hechos y sus circunstancias, al momento de interpretarlos y hacer valer las responsabilidades que le caben a sus autores y por supuesto la indispensable herramienta del derecho como productor de la verdad, al referenciar a Michel Foucaut y no como garantía de impunidad. En varios tramos se encargó de repetir que pocos juicios llegan a esta instancia con la cantidad de pruebas y referencias que tiene éste y que resultaría un disparate pretender probar una sesión de torturas con la presencia de un escribano que certifique su existencia, o la muerte por desaparición forzada de persona, solo con la aparición del cuerpo, cuestiones imposibles de probar de esa manera en este caso, por lo que lo dicho por los testigos resultaba la única prueba posible y necesaria.

Su viaje didáctico tanto por lo escrito, como por la forma en que su voz lo hacía público, subiendo la vista al final de cada párrafo, para mirar a los defensores como a la fiscalía según quien resultaba objeto de sus dichos, explicando la necesidad ética de contribuir con su voto a la construcción de una memoria colectiva, terminó con la decisión de condenar a reclusión perpetua y no solo a prisión como solicitara la fiscalía, cuestión simbólica que también mereció una oportuna aclaración, "lo simbólico tiene su significación en casos como este," para los dos acusados, con su convicción de que deben cumplirla en cárceles comunes y nunca en sus domicilios particulares.

El final de su alocución fue aplaudido de pie por casi toda la concurrencia, los otros dos magistrados miraban azorados, perplejos, sus rostros desencajados, como quien recibe un golpe que le provoca un "nock out".Asistían al mayor repudio de sus carreras y esperaban afanosamente recibir un embrujo que los convirtiera en cucarachones de tribunal, para salir de allí sin ser vistos, para volver a vivir entre expedientes y pasar desapercibidos ante la gente que requiere comprensión y justicia de verdad. Habían llegado demasiado alto y las cucarachas solo andan entre las sombras, en el anonimato, igual que los discutidos "grupos de tareas", pero como siempre, alguien debe hacer el trabajo sucio y esta vez les había tocado a ellos.

Ante el aplauso y la indignación de los presentes, el presidente del tribunal solo atino a anunciar un cuarto intermedio. Me fui escuchando un abucheo que no parecía tener fin, y la voz de una mujer que gritaba "no luchamos treinta años para que estos represores cumplan su condena jugando con sus nietos en un departamento de un "piso 21", en la Capital Federal"… Cuando volví no había nadie, los dos votos absolutorios no se leyeron, ya nadie quería escucharlos, los familiares de Carlos Labolita y los militantes de los organismos de derechos humanos, que pacientemente concurrieron a la totalidad de las audiencias, se habían ido; se quisieron ir con la voz del Dr. Rozanski, que les devolvió la fé, que jamás perdieron, ni perderán, ellos en el fondo saben que ésta solo fue una batalla más por la memoria, la verdad y la justicia, aunque sea un solo voto en minoría, su claridad y contundencia, apacigua el alma de los que todavía esperan.

*Abogado de Derechos Humanos
Mar del Plata

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