Yo, Cerdo

Por Horacio Fontova

Nacimos para ser comidos, nosotros, los puercos, los que descendemos de aquel antiguo, bravo jabalí,

a los que a nuestra hembra llaman la marrana, a los que siendo jóvenes nos llaman lechones.

Y aunque algunos chanchos privilegiados se deleiten saboreando deliciosas bellotas,

la mayoría de nosotros nos alimentamos con residuos del hombre.

Probablemente todo empezó cuando en tiempos lejanos y salvajes nos habremos acercado a comer

los desperdicios de los primeros agricultores y éstos terminaron por domesticarnos,

de la misma forma en que ellos fueron domesticados tiempo después.

Y sabemos que también hubo una época mágica, cuando se nos sacrificaba,

se nos ofrecía a los dioses, y a los más apetitosos se nos engullía.

Esta última, costumbre inalterable.

Gripe va, gripe viene, al parecer seguimos siendo el alimento más preciado en todo el mundo,

y tal vez, orgullosamente, nuestra carne sea realmente la más sabrosa,

aunque el tan mentado pollo, esa pretenciosa, inútil ave de corral,

siga queriéndose hacer pasar por el favorito.


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