Perros y sapos en el sillón presidencial

Hey Bulldog

Argañaraz y Cecchini conversan, Glenlivet mediante, sobre perros y sapos que sentaron en el sillón y ahora nos lo tenemos que tragar todos.

Por Daniel Cecchini*

Argañaraz exhibe la botella que tiene firmemente asegurada en su mano derecha y me dice: Dígame, Cecchini, ¿tiene un ratito para conversar conmigo?

La botella es de Glenlivet y dada la calidad del contenido es imposible decirle que no.

Bueno, le digo.

Es una malta de la buena, me dice como si yo no supiera, y de contrabandistas.

Mire, Argañaraz (he dicho más de una vez, pero vale repetirlo, que a Argañaraz siempre lo trato de usted para guardar las distancias, porque tiende a confundirse conmigo o, lo que es lo mismo, tiendo a confundirme con él).

Mire Argañaraz, repito, acá en la Argentina el whisky de los contrabandistas, mal que le pese a la acidez de estómago que le agarra a uno, es el Smuggler.

No se me haga el patriota, Cecchini, me dice, que usted Old Smuggler no toma desde los quince años, cuando se lo afanaba de la peor botella de su viejo. Para contrabandistas, mejor los buenos y no los berretas. Es un signo de los tiempos.

Mi departamento de La Boca está casi a oscuras y así seguirá, aunque eso no impida que me saquen con la próxima boleta de la luz, pero a Argañaraz no le importa. El tipo podría seguirla a la luz de una vela, o con oscuridad total.

Saco los vasos y la botella de agua helada (meterle cubitos a un single malt es como ser hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, no tiene perdón) y dejo que sirva.

Recién entonces le digo, preguntando:

¿Y de qué quiere conversar, Argañaraz?

Del perro, de los Perros, de Macri y de Durán Barba, me dice. Le va a gustar…

¿Del Perro Verbitski?, le pregunto aunque sé que no.

No se me haga el boludo, Cecchini, le hablo del perrito que Durán Barba sentó en el sillón de Rivadavia.

¿Y qué hay con eso?, le pregunto. No me venga conque sentar un perrito ahí es una afrenta a las instituciones, que ahí se sentó cada mierda que mejor no enumerar, le agrego. Y además Horacio González escribió todo lo que había que escribir sobre eso en una contratapa de Página 12.

Siempre tan lineal, Cecchini, me interrumpe. En realidad venía a hablarle de los Beatles.

No me joda, Argañaraz, le digo y me voy calentando, no sé si por el segundo vaso de Gelnlivet o porque no lo tolero a él. Me dijo que venía a hablarme de perros.

A ver si la pesca, Cecchini, me dice: perro, Beatles… Hey bulldog…

No le contesto y Argañaraz agrega uno de esos suspensos que tanto le gustan sirviendo sendas (vaya puta palabra para no repetir el número dos) medidas del single malt en los dos vasos y agregándoles agua helada.

Dele, Cecchini, que hay más, me dice, insistiendo con esa sonrisa de mierda que tiene y en la que me reconozco en mi peor lugar.

A ver, Argañaraz, le digo, en un intento de centrar la cosa. Usted quiere hablarme de la transferencia de ingresos, de los despidos indiscriminados, de los aumentos de tarifas, de las paritarias casi cero, le enumero. ¿Usted quiere hablarme del miedo que están instalando, para inmovilizar?, insisto, ahora con tono preguntador. O quiere hablarme de los dirigentes políticos y gremiales que siguen de vacaciones esperando negociar mientras echan gente de los laburos…, le digo y ya no se distingue si pregunto o afirmo.

No, Cecchini, no, me dice riéndose como se ríe Argañaraz, de esa manera tan desagradable que me pesca en la identificación. Yo le hablo del perro (no de los Perros, aclara, porque sabe que con tres o cuatro whiskys encima se nos escapa de control la sensibilidad y hay temas con los que no se jode), del perro que Durán Barba sentó en el sillón de Rivadavia y que no debería ofender a nadie porque, insiste, ahí se sentaron tantos hijos de puta que el pobre perro no merece la comparación.

¿Y entonces?, le pregunto y me sirvo lo poco que queda en la botella.

Argañaraz no me contesta. Se manda al buche lo que le queda en el vaso y saca un vinilo muy viejo de mi anárquica discoteca.

Alcanzo a ver que es Submarino Amarillo, la primera edición que llegó a la Argentina. Lo pone en la bandeja, enciende el equipo – que afortunadamente todavía funciona -, pero alza el pick up para ponerlo en la banda correspondiente, la cuarta del disco.

Recién entonces me dice:

Quería que escuchara de nuevo esta canción, y mejor ahora, que nos mandamos la botella de single malt… nos va a llegar mejor.

Ajá, le digo cuando la música empieza a sonar. Los primeros compases de Hey Bulldog tienen la potencia de siempre, esa potencia de Los Beatles cuando se salían del pop para hacer rock’n’roll, pero la letra, esa letra tan cantada y escuchada durante tantos años, de pronto dice otra cosa… como un mensaje, y me cago en Argañaraz.

Me cago en Argañaraz porque la canta en ese inglés tan Instituto Británico que aprendimos desde la más tierna infancia pero desentonado, así que aquí prefiero traducirla a mi manera mientras desafina:

"Perro vigilante parado bajo la lluvia

Rana mugidora haciéndolo de nuevo

Cierto tipo de felicidad se mide en millas

¿Qué te hace pensar que sos algo especial cuando sonreís?

Como un niño, nadie lo entiende

Navaja en tus manos sudadas

Cierto tipo de inocencia se mide en años

No sabés cómo es escuchar tus miedos

Podés hablarme

Podés Hablarme

Podés hablarme

Si estás solo, podés hablarme.

Gran tipo que se pasea por el parque

Tipito asustado por la oscuridad

En vos se mide cierto tipo de soledad

Creés que me conocés, pero no tenés ni idea

Podés hablarme

Podés hablarme

Podés hablarme

Si estás solo, podés hablarme

¡Guau!

¡Hey bulldog!

¡Hey bulldog!

¡Hey bulldog!

¡Guau!

¿Qué dijiste?

Dije: ¡Guau!

¿Sabés algo más?

¡Guau!

¡Hey Bulldog!”

Después de Hey Bulldog en el disco viene It’s all too much (“Todo esto es demasiado”, que también aplicaría), pero Argarañaz levanta el pick up y no me deja escucharla. Tampoco dice nada.

Entonces le digo:

¿Sabe que bulldog era bullfrog? La canción no se trataba de un perro, sino de un sapo.

Claro, Cecchini, me dice. Lo sabemos.

Qué es claro, le pregunto. Qué es lo usted cree que sabemos.

Que sentaron un sapo en el sillón. Y ahora nos lo tenemos que tragar todos…

Mire Argañaraz que los sapos se convierten en príncipes si los besan, le digo, sólo para provocarlo y porque se acabó el whisky.

Eso, Cecchini, pasa nomás en los cuentos de hadas, me dice. Y éste es un cuento de terror.


Buenos Aires, 31 de enero de 2016

*Periodista


La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
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