Churrinche, el trashumante de Quilmes

Por Pedro Patzer

Como el campo tiene sus leyendas, sus bandoleros, sus santos, el conurbano bonaerense posee sus personajes folklóricos, artistas de las horas secretas de las ciudades, pájaros urbanos que los ornitólogos no consiguen clasificar pero que anidan en los corazones de los transeúntes. Estos personajes son las verdaderas postales de estas ciudades, próceres que libran las batallas cotidianas por la existencia, ellos nos enseñan a romper los manuales del vivir y a desplegar los mapas de las ciudades escondidas en nosotros. Así hallamos en Turdera a un hombre que dice ser dueño de los trenes , y en Berisso a una mujer que asegura ser la viuda del río de la Plata, en Tigre a un muchacho que se presenta como el novio de la sudestada , en Temperley a una señora que tiene un gato por cada desamparo, en Morón una esquina se ha transformado en imperio ya que un noble personaje la ha declarado su reinado, cantores de cuadra en Lanús , magos de domingo en Avellaneda, milagreros de kermés en Lomas de Zamora. Entre estos ciudadanos ilustres del alma del conurbano, encontramos a uno que se ha transformado en el embajador universal de Quilmes: Churrinche, el trashumante del sur bonaerense

Nadie sabe con certeza en qué barrio quilmeño vive el errante Churrinche, aunque todos saben que Quilmes comienza donde anida Churrinche. Como su apodo lo señala, este hombrecito es una especie de pájaro que con su vuelo suburbano corrige el chiquitaje del cielo cotidiano. Dicen que tiene cincuenta y pico, dicen que nació en una de las villas que rodean al centro de Quilmes, dicen que su verdadero nombre es Gustavo, dicen que su tapado debiera ser la bandera de Quilmes, dicen que se tiñe el pelo de rubio (porque se ha dorado con los soles clandestino que se desatan en la noche del conurbano), dicen que en las muchas bolsas que arrastra, de un lado a otro, guarda los juguetes envejecidos de la ciudad, las sortijas de las desaparecidas calesitas, los olores de las viejas confiterías de Quilmes; dicen que es un encantador de perros, que cual flautista de Hamelin , lo siguen al escuchar su singular sonrisa; dicen que Churrinche es el eco de los Kilmes caminando más allá de la historia; dicen que dicen que dicen, y todo esto que dicen es lo que hace de Churrinche el personaje más folklórico de Quilmes, porque Churrinche sabe todo lo que se desnuda cuando la luna del conurbano se quita su ropaje. Churrinche conoce cuán irremediables son los recuerdos a la intemperie. Churrinche intuye las calladas conversaciones con las estatuas de la madrugada, los monólogos de orfandad del San Martín de bronce. Churrinche advierte que los fantasmas andan de traje y corbata. Churrinche sospecha qué hombres y mujeres son el bostezo de Dios. Churrinche comprende quién es el esclavo de la noche y quién el dueño del día. Churrinche descifra cuántos silencios descarrilan en la noche de la estación. Churrinche presiente que todos somos huérfanos ante la sudestada. Churrinche entiende que la mayoría ignora el amanecer. Churrinche sabe cuántos desiertos se desatan en la noche de la ciudad. Churrinche aprende, cada vez que duerme en el atrio de la Iglesia, dónde se alcanzan los auténticos milagros humanos. Churrinche intuye que la mirada de ciertas personas dicen más que muchos manuales de historia. Churrinche entiende que entre el pan y el arroz, hay una especie de redención. Churrinche advierte que se puede ser San Francisco de Asís en San Francisco Solano. Churrinche sabe reírse de los que se creen dueños de algo. Churrinche conoce de qué patria son los himnos que los perros ladran al atardecer. Churrinche sabe de planos y de arquitecturas del desamparo. Churrinche comprende que en realidad los trenes nunca nos llevan a otra parte. Churrinche presiente que la historia funda la ciudades pero los hombres le dan vida. Y así, cual principito del conurbano, Churrinche, va de planeta en planeta, de mirada en mirada, tratando de hallar los tesoros secretos de Quilmes, golpeando las puertas de los corazones de sus habitantes para que imiten su ejemplo y se asuman peregrinos que siguen las huellas de los Kilmes en su caminata de siglos hacia un horizonte más justo.

Pan y Cielo, el blog de Pedro Patzer
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