La lenta muerte de monseñor Angelelli

Un encubrimiento que duró 30 años. Una carta al entonces nuncio Pío Laghi advertía que estaba amenazado, otra incluía el relato del asesinato de otros dos curas.

“Todos quisimos ser quien no pudimos. Todos quisimos algo. No era gran cosa. Pero lo quisimos a toda costa, por todos los medios, de todas las maneras posibles y a pesar de todo”: Vera Fogwill, Buenos, limpios & lindos.

Fiel a la tradición romana, la Iglesia Católica siempre integra los dos bandos. Uno aporta las víctimas, el otro encubre los victimarios. El 6 de agosto de 1976 Enrique Angelelli fue cruelmente asesinado, en un "accidente" fraguado por las fuerzas represivas; así, lo que nadie dispuesto a saber ignoraba, quedó definitivamente esclarecido en sede judicial; la sentencia del Tribunal Oral Federal de La Rioja, mediante la parte dispositiva del fallo, condenó a Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella a "prisión perpetua en cárcel común e inhabilitación absoluta perpetua", por ese aleve asesinato.

José Alfredo Martínez de Hoz no sólo había sido militante Demócrata Cristiano en su mocedad, sino en tanto integrante nato del establishment era tratado con toda la deferencia del caso.

Conviene recordar que durante 30 años el encubrimiento funcionó, con fisuras pero funcionó. No sólo la Comisión Episcopal Argentina no protegió a uno de sus integrantes sabiendo que estaba amenazado por el propio Menéndez, sino que aceptaron la "versión oficial" sobre el "accidente automovilístico" aportado por el gobierno de la dictadura burguesa terrorista. Hoy la Iglesia formó parte del juicio contra el jefe del Tercer Cuerpo de Ejército del '76, por ese entonces lo acompañaba.

Una carta de Angelelli, al entonces nuncio apostólico Pío Laghi, advertía que estaba amenazado, mientras la otra incluía el relato detallado del asesinato de dos curas de su proximidad, Gabriel Longueville y Carlos Murias, y ambas fueron conocidas por el tribunal antes del dictamen. La primera, firmada de puño y letra por el obispo, un mes antes de su asesinato, rompe el mito de la ignorancia vaticana. La fuente que desarchivó el texto, Jorge Bergoglio, nos exime de cualquier comentario. Es el propio Papa quien, con los documentos en la mano, señala inequívocas responsabilidades pastorales y políticas. La segunda, precisa hasta donde sabían.

La vieja y larga polémica sobre el comportamiento de monseñor Laghi, en su carácter de representante diplomático del Estado Vaticano ante el gobierno militar, frente a la violación sistemática de los Derechos Humanos, ha concluido. Las Madres de Plaza de Mayo tenían razón, y Jacobo Timerman estaba equivocado. De buena fe, pero equivocado. Para el periodista, Laghi había hecho todo lo posible para salvar vidas, en tan difíciles circunstancias; para las Madres el diplomático no sólo jugaba al tenis con Emilio Massera, además le era perfectamente funcional. Entonces, el Vaticano sabía, los obispos sabían, y sobre todo, 250 capellanes no sólo sabían sino que alentaban el sádico comportamiento de los cruzados católicos. Y si bien todavía saben guardan discreto silencio, sin que el "discurso papal" los obligue a nada. ¿Seguirá siendo así?

Estaba claro que durante la dictadura había dos categorías de "obispos". Adolfo Tortollo, Raúl Primatesta y Juan Carlos Aramburu, integraban el pelotón de los "comprensivos". En cambio, Angelelli formaba parte de los "subversivos". De los que se tomaron las enseñanzas de Concilio Vaticano II en serio, de los sacerdotes del Tercer Mundo. Desde el asesinato de Carlos Mugica, a manos de la Triple A en 1974, era obvio que los blasones sociales, sin cobertura institucional, no eran suficientes. Hacía mucho que "el Pelado molestaba". Molestaba a los poderosos de La Rioja; los terratenientes lo detestaban, sólo los hombres y mujeres de a pie lo seguían. El '76 marcó la raya; Angelelli no lo ignoraba; había tenido que soportar una "investigación vaticana" anterior y aunque Monseñor Zaspe ratificó su comportamiento pastoral, su creciente aislamiento dentro de la jerarquía resultaba inocultable.

No era para menos. Una dirección católica comprometida con el golpe no podía ni quería actuar de otro modo. Emilio Fermín Mignone, en su documentado trabajo sobre Iglesia y dictadura, nos hace saber que Jorge Rafael Videla y el propio Massera, se reunieron con la cúpula católica en Paraguay 1867, sede de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), la noche del 23 de marzo. Dice más, el mismo día en que el gobierno constitucional fue derribado, la Junta Militar en pleno se reunió con monseñor Tortollo, arzobispo de Paraná, vicario castrense, y presidente del CEA. Sostener que se trataba de encuentros "protocolares" es un poco mucho. El vicario castrense era un hombre de consulta.

Basta mirar los antecedentes de Tortollo para comprender. No sólo era un exponente del clero más conservador, un enemigo jurado del progresismo católico, sino que por serlo era vicario castrense. Amigo personal de Videla, si esto quisiera decir algo, próximo al lefebvrismo, este integrista de pelo en pecho, esperaba que el giro conservador retomara impulso, que Roma girara definitivamente en esa dirección. A su cargo estuvo el acompañamiento de la política de la masacre; por eso la presidencia del CEA, sumado a sus funciones en el vicariato, expresaban los términos de la nueva teología católica. No era la opción por los pobres la que había primado; las banderas de Medellín fueron arriadas, y sus defensores arrojados al Río de la Plata, dado que se trataba de "una muerte cristiana".

Solo cuatro obispos, a juicio de Mignone, adoptaron una posición de protesta pública frente a la política de desapariciones sistemáticas de la dictadura terrorista: Angelelli, Jaime de Nevares, Miguel Hesayne y Jorge Novak. Todos los demás, en mayor o en menor medida, con detalles que apuntan a sus respectivas biografías, acompañaron a la dictadura. Basta recordar los distendidos diálogos entre los obispos y el entonces ministro de Economía de la Junta Militar. José Alfredo Martínez de Hoz no sólo había sido militante Demócrata Cristiano en su mocedad, sino en tanto integrante nato del establishment era tratado con toda la deferencia del caso.

Para las FF AA la responsabilidad de la Santa Madre en la irrupción de la izquierda cristiana dentro y fuera del peronismo, no era un asunto debatible. A su juicio los jesuitas, con Arrupe a la cabeza, formaban parte de las huestes del castrismo. El diálogo entre católicos y marxistas había ido demasiado lejos. Por tanto, no sólo exigían "comprensión" culposa de sus interlocutores, sino el reconocimiento de que se batían por la nación cristiana contra el enemigo apátrida.

Como en la interna de la Iglesia el progresismo había ganado posiciones, para el segmento conservador que había tenido que soportar la inhabitual insolencia de los curitas jóvenes, sacárselos definitivamente de encima era la consigna. De modo que por sus propias razones apoyaron con entusiasmo el exterminio de una militancia socialista y cristiana, que no cesaba de cuestionarlos.

BALANCE FINAL. Una pregunta quema: ¿tiene sentido que un oficial superior reiteradamente condenado a perpetuidad, de 87 años, vuelva a serlo una vez más? ¿Qué cambia con la sentencia?

En términos puramente materiales todo sigue igual. El mismo anciano crapuloso, con los mismos gestos descompuestos, recibe otra sentencia casi idéntica a las anteriores. Pero en el bosque de los signos que la sociedad produce y consume, que el otrora dueño de la vida y la muerte de sus prisioneros tenga que rendir cuenta de sus actos, no es un asunto menor. Sobre todo para las víctimas que sobrevivieron. Los que tuvieron que soportar cruzarse con Menéndez por las calles de Córdoba, los que ni siquiera se cruzaron porque se sentían tan amenazados por su libertad que ni iban a Córdoba, los que fueron destratados mientras intentaban que los jueces dejaran de mirar para otro lado, los amigos y parientes de las víctimas, y muchos más sienten que la reparación humana – con todas sus limitaciones– les ha tocado.

Sólo los que tuvieron que rumiar su dolor en soledad entienden el valor de este gesto tenue. Por fin, los oficiales que ordenaron el asesinato de un obispo, con la complicidad manifiesta de la jerarquía católica, recibieron la condena de un tribunal por delitos cometidos contra la especie humana. Más no nos ha sido dado, y debemos admitir que no es poco.

Infonews


CONDENARON A LOS REPRESORES LUCIANO BENJAMIN MENENDEZY LUIS ESTRELLA POR EL ASESINATO DE ENRIQUE ANGELELLI

38 años después, la verdadera historia

El fallo sobre el asesinato de
Enrique Angelelli dejó la puerta abierta para investigar la complicidad civil.

El tribunal consideró delito de lesa humanidad la muerte del entonces obispo de La Rioja y dictó dos penas de prisión perpetua. Los militares habían querido hacer pasar el homicidio como un “accidente automovilístico”.

Por Ailín Bullentini

Desde La Rioja

Un clima alegre rodeaba ayer a familiares, amigos, compañeros y seguidores fieles de Enrique Angelelli a pesar de la distancia irreductible que imponen la muerte y el paso del tiempo. Había ansiedad, claro, pero el miedo y las dudas habían sido vencidas por la esperanza, que los inundaba y no permitía espacio en sus cuerpos donde ubicar la posibilidad de un fallo adverso. No lo necesitaron. Después de ocho meses de debate oral y 38 años de impunidad, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de La Rioja consideró delitos de lesa humanidad el homicidio del obispo y el intento de asesinato del ex sacerdote Arturo Pinto y condenó por ellos a los represores Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella. “Prisión perpetua y cárcel común” leyó el presidente del TOF, José Quiroga Uriburu, y la sala estalló en aplausos. “Monseñor Enrique Angelelli ¡presente! ¡Ahora y siempre!” se oyó multiplicado. Además de la emoción, la enorme conformidad con el fallo, que fue unánime, unificó a las querellas que participaron del juicio. “Hoy es un día feliz, por fin”, resumió Pinto con la simpleza de quien se siente satisfecho. La sobrina de Angelelli, María Elena Coseano, y referentes de la organización Tiempo Latinoamericano y el Obispado de La Rioja, los otros acusadores, también celebraron la decisión de la Justicia.

La lectura del veredicto fue breve e intentó mantener las formas, aunque, por momentos, los aplausos y los gritos de festejo de la sala no lo permitieron. La consideración del hecho sucedido el 4 de agosto de 1976 en los que “se terminó con la vida del obispo de La Rioja Enrique Angelelli y se intentó terminar con la vida sacerdote Arturo Pinto” como “consecuencia de una acción premeditada, provocada y ejecutada en el marco del terrorismo de Estado” despertó los primeros aplausos. Por primera vez desde que aquel auto se cruzó en el camino de la camioneta en la que viajaban Angelelli y Pinto y provocó su vuelco, la Justicia desechó la idea de “accidente” y determinó que se trató de un delito de lesa humanidad. “Imprescriptible e inamnistiable”, concluyó el primer apartado Quiroga Uriburu. Más aplausos.

El primer grito de “Angelelli presente” precedió a las calificaciones de las responsabilidades de Menéndez y Estrella: “Autores mediatos del homicidio doblemente calificado y del homicidio en calidad de tentativa doblemente calificado, en concurso premeditado entre dos o más personas para procurar la impunidad”, leyó el presidente del tribunal. Llegaron los abrazos y los primeros llantos, que se generalizaron cuando se supo la sentencia: “Prisión perpetua e inhabilitación absoluta”. Estrella, además, fue acusado de organizador de una asociación ilícita cuyo objetivo fue el encubrimiento de lo ocurrido. Ambos fueron enviados a la cárcel cordobesa de Bower, en donde la Justicia deberá realizarles chequeos médicos para “determinar que estén en condiciones de seguir allí alojados”. “Hemos llegado a un día feliz: se ha dicho la verdad, se ha hecho justicia. Tal como lo dijo el pueblo, a Angelelli lo mataron”, resumió Pinto.

Más temprano, el cuchicheo, los saludos cruzados y las sonrisas habían gobernado la sala que fue llenándose de familiares de desaparecidos, querellantes, militantes por los derechos humanos locales, amigos y compañeros de camino de Angelelli –en su mayoría, ex presos políticos–, desde la primera tarde. Mientras la hora esperada llegaba, recibieron cálidamente al secretario nacional de Derechos Humanos, Martín Fresneda, con quien compartieron el día anterior algunas actividades de homenaje al cura asesinado –el obispo de La Rioja ofreció una misa en la catedral, luego marcharon con antorchas hasta el edificio judicial y allí instalaron una vigilia– y a las Madres de Plaza de Mayo. A excepción del secretario de Derechos Humanos provincial, Delfor “Pocho” Brizuela, ex sacerdote y testigo durante el juicio, el público notó con bastante más sorpresa que cariño la visita de algunos funcionarios locales.

La evaluación que realizó Luis Miguel “Vitín” Baronetto, referente de la agrupación Tiempo Latinoamericano, querellante en el juicio, fue similar a la de Pinto: “La Justicia le ha puesto el sello a la verdad que la gente pobre de La Rioja, la comunidad que conoció y acompañó el pastoreo de monseñor Angelelli decía desde el mismo 4 de agosto de 1976. El veredicto no podía ser otro”. El biógrafo del obispo riojano valoró también el juicio en su totalidad en cuanto al rol que tuvo la Iglesia: “Es importante porque el proceso ha contribuido al cambio de actitudes en la jerarquía eclesiástica. Los aportes del Vaticano en la causa son, en ese sentido, un mensaje a la jerarquía católica en general para que abra los archivos para todas las causas de los derechos humanos”, confió. El “punto de inflexión” en la estructura católica nacional también fue destacado por Fresneda, quien valoró que “la Iglesia pidió justicia, cuando antes pedía olvido y reconciliación”.

Los civiles

Para Marialé, como conocen todos a la sobrina del obispo, el fallo es histórico. Sin quitar de su rostro la sonrisa que la acompañó durante toda la jornada, agradeció “la política de derechos humanos que tiene el país después de Néstor (Kirchner)” e hizo más memoria: “Es muy fuerte escuchar esto después de 38 años de lucha. Les prometí a mis abuelos que no iba a parar hasta lograr el castigo a los responsables”, recordó entre abrazos de los amigos de su tío, que hoy son los suyos. La mujer destacó que el fallo es importante para su familia, “pero también para la provincia. La historia de La Rioja puede cambiar si no bajamos los brazos y vamos por los civiles que persiguieron a mi tío y a toda su pastoral”, advirtió.

Además de rechazar las recusaciones, los pedidos de nulidad y denuncias por falsos testimonios a querellantes y testigos de las acusaciones, los jueces Quiroga Uriburu, Carlos Cascano y Juan Carlos Reynaga dieron “vía libre” a las secretarías de Derechos Humanos provincial y de la Nación para que avancen en la investigación judicial que determine las responsabilidades de quienes se hicieron llamar durante aquella época los Cruzados de la Fe, un grupo de terratenientes conservadores entre los figuran varios integrantes del clan Menem, que persiguieron a la pastoral del obispo y la atacaron incluso desde los medios de comunicación.

“Se cumplieron dos objetivos fundamentales: hubo juicio, hubo castigo y se logró el triunfo de la verdad”, consideró uno de los representantes de la querella estatal, Guillermo Díaz Martínez, quien también destacó la puerta hacia la investigación civil: “Es imprescindible que se profundice en esta vía, en esta causa y en todas las investigaciones por violaciones a los derechos humanos del país”, concluyó.


MARCELO COLOMBO, OBISPO DE LA RIOJA Y QUERELLANTE

“Respaldamos a la Justicia”

El sacerdote señaló que “estar en la acusación de esta causa era reconocer la herida que abrió en la Iglesia el hecho de que le mataran a su pastor”. Dijo que el Episcopado “está muy al tanto” de lo que hizo y lo respalda.

Por Ailín Bullentini

El obispo de La Rioja, Marcelo Colombo, escuchó la sentencia que recibieron los represores Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella desde la primera fila de asientos destinados al público en la sala del Tribunal Oral en lo Criminal Federal de La Rioja. Tras el “prisión perpetua e inhabilitación absoluta” sonrió a los abogados que representaron a la querella del obispado en la causa, un detalle que la destaca por el resto de los expedientes de delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar.

–¿Por qué es importante esta sentencia?

–En primer lugar, porque como sociedad necesitábamos que la Justicia dijera en los términos que lo hizo la conclusión sobre lo que sucedió el 4 de agosto de 1976. En segundo lugar, este fallo permite la acción de la Justicia en una dimensión pedagógica para nuestra sociedad y para la Iglesia que tiene que ver con el modo de convivir: la necesidad de disentir, el valor de hacerlo en democracia, en libertad y con respeto a los derechos humanos. Por eso creo que esta sentencia que hace justicia a un hombre de Iglesia limpio y transparente como lo fue monseñor Angelelli nos deja además la posibilidad de seguir presentándolo como hasta ahora, como ese pastor bueno que dio la vida por su pueblo.

–¿Qué implicó la presencia del Obispado de la Rioja en la querella de este juicio?

–Estar en la acusación de esta causa era reconocer la herida que abrió en la Iglesia el hecho que le mataran a su pastor. Además, querellar en este juicio nos unió a tantos pobres y sencillos de La Rioja, que como Angelelli y otros, Carlos, Gabriel, Wenceslao (de Dios Murias, Longueville y Pedernera, respectivamente. N. de R.: sacerdotes de El Chamical los dos primeros, laico, el tercero, asesinados los tres durante julio de 1976), habían sufrido la ignominia de los prepotentes. La Iglesia no puede sino estar del lado de los pobres, de los débiles, de los excluidos.

–¿Cómo entiende el comportamiento de la institución eclesiástica en esta causa, a partir del aporte de documentos archivados durante casi cuarenta años?

–La iglesia de La Rioja fue siempre muy unida a monseñor Angelelli. En mi caso, yo hace menos de un año que asumí. De entrada me sumé a todo lo que fuera presentar elementos probatorios y también con mi presencia respaldar la acción de la Justicia. La misma actitud mantuvo siempre el obispo anterior, monseñor Roberto Rodríguez, que al presentar a la diócesis como querellante, le dio a esta característica tan saliente de hacernos protagonistas en la búsqueda de justicia. Como Iglesia, en La Rioja siempre hemos estado al lado del pueblo, al lado de los pobres y la memoria de monseñor Angelelli ha sido importantísima para el caminar de nosotros.

–A nivel nacional y teniendo en cuenta que Angelelli denunció ante la jerarquía eclesiástica la persecución que sufría y no recibió respaldo: ¿considera que existe un cambio de actitud de la institución?

–Al menos puedo decir del Episcopado que hoy está en la Iglesia en la Argentina que está muy al tanto de todo lo hecho y me respalda. Esto es muy valioso.


La arenga final de los dos represores

Por Ailín Bullentini

Con un hilo de voz, el represor Luciano Benjamín Menéndez le respondió al presidente del Tribunal Oral Federal de La Rioja que sí tenía algo para decir. “Soy inocente. No tuve nada que ver con la muerte de Angelelli”, inauguró sus últimas palabras en el juicio en el que finalmente fue condenado a prisión perpetua por el asesinato del obispo y el intento de asesinato del ex sacerdote Arturo Pinto. El sobreviviente fue el más atacado por el otro acusado, el también represor Luis Fernando Estrella, que en tono de arenga castrense lo acusó durante su última exposición de ofrecer un falso testimonio para encubrir su propia responsabilidad. El público perdió la paciencia en más de una ocasión frente a las provocaciones de los dos acusados, quienes negaron culpas a través de la descalificación de las partes acusadoras. “Asesinos”, “justicia”, les gritaron.

Vía teleconferencia desde la cámara federal de Córdoba, desde donde presenció todo el juicio, Menéndez insistió en que no tuvo responsabilidad en la muerte del obispo de La Rioja. El ex titular del Tercer Cuerpo del Ejército basó su inocencia en los informes policiales elaborados no bien sucedió el atentado. Para Menéndez, los testigos que contaron frente al tribunal la persecución que sufría la diócesis del obispo, sus cartas denunciando aquello e incluso el testimonio de Pinto, no tienen valor. Negó, además, haber conocido a Angelelli, aunque en los documentos aportados por la Iglesia en el juicio aparece descripta la reunión que mantuvieron.

Estrella fue todavía más provocador. “No vengo a defenderme, sino a desenmascarar mentiras y falsos testimonios”, comenzó su acartonada lectura de lo que él llamó su “alegato personal”. Incluyó descalificaciones a querellantes, abogados acusadores y fiscales, confundió “escena del accidente” con “escena del crimen”, lo que le valió respuestas del público, y culminó con un análisis de por qué la doctrina de la Iglesia Católica “no acepta en su interior a las banderas nazi, liberal ni comunista” y la oración de San Francisco.


Satisfacción y alegría

- Martín Fresneda, secretario de Derechos Humanos: “Esperamos treinta y ocho años para que la verdad triunfe por sobre la impunidad y finalmente llegó el día en que la Justicia sentenció a los asesinos de un hombre que militaba por la esperanza y la dignidad de miles de personas. Es un hecho histórico, porque la misma Iglesia es querellante junto al Estado nacional y provincial. Los que antes asistían a la iglesia, comulgaban y después cometían delitos de lesa humanidad, hoy son juzgados y condenados acabando así con la impunidad con la que algunos intentaron silenciar y conciliar. Lo que pasó es muy positivo para la sociedad y la comunidad en general, porque éstos son crímenes de lesa humanidad, que vienen siendo condenados por el pueblo argentino y, desde el año 2003, mediante las políticas de Memoria, Verdad y Justicia que inició Néstor Kirchner y continúa la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Primero con la anulación de la obediencia debida y el punto final y luego con la inconstitucionalidad declarada por la Corte Suprema, se comenzó a hacer justicia y a poner fin a la impunidad”.

- Grupo de Curas en la Opción por los Pobres: “Después de años de silencio, la Justicia sentenció finalmente por unanimidad que Angelelli fue asesinado y condenó a prisión perpetua por el crimen a Menéndez y a Estrella, sentencia a cumplirse en cárcel común, en ambos casos. Angelelli fue obispo de una Iglesia profética que molestaba por su cercanía a los pobres, por la búsqueda de justicia y liberación. Su muerte cobarde fue simulada, aparentando un accidente automovilístico en el que nunca creímos. Solamente creyeron los cómplices de la dictadura cívico-militar, entre los que lamentablemente hemos de contar obispos que entonces se llamaban ‘hermanos suyos’ y hasta un nuncio. Celebramos la justicia que sigue su curso a pesar del intervalo de las infames e inconstitucionales leyes de obediencia debida y punto final, porque sabemos que hacer memoria y conocer la verdad son los únicos modos que tenemos para que la muerte no vuelva a adueñarse de nuestra Patria. Nos alegramos por la actitud del papa Francisco, al responder solícito al obispo Marcelo Colombo que pidió conocer la verdad guardada durante años en el Vaticano. Abrir los archivos sirvió para probar que Angelelli estaba amenazado de muerte –algo que ya era sabido en Roma–; fue un gesto de honestidad que necesitaríamos ver más seguido. Esperamos –quizás ingenuamente– que el Episcopado argentino lo reconozca como mártir y a la vez exprese públicamente su arrepentimiento por haber callado frente a su asesinato, que clamaba justicia”.

- Hilda Moreno de Rigacci, colaboradora de Enrique Angelelli: “Hoy es un día de gloria, felicidad y alegría para todos los riojanos y los que han venido a esta provincia. Hubo testimonios importantísimos que se escucharon durante la causa. De parte de la querella, todos testimoniaron sin miedo; nos sentimos libres y tranquilos, a pesar de que hay resabios de gente que quiere apretar. Conocimos a Angelelli cuando llegó como obispo en el año 1968. Ya sus primeras palabras nos impactaron, era la primera vez que escuchábamos a un obispo bajar a la comunidad y hablar de pueblo”.

- Gabriel Mariotto, vicegobernador de la provincia de Buenos Aires: “Es un fallo ejemplar que recupera el trabajo y el martirio de Angelelli. La memoria está más viva que nunca después de treinta y ocho años. El crimen que sufrió Angelelli merecía un fallo con una condena como la que tuvo. Estamos celebrando que la justicia, aún con tardanza, ha llegado para dictar una sentencia ejemplar”.

05/07/14 Página|12


TRAS LA CONDENA A LOS ASESINOS DE ANGELELLI, ARTURO PINTO LE APUNTO A LA PROPIA IGLESIA

“Las complicidades siguen existiendo”

El ex sacerdote que acompañaba al obispo de La Rioja en el momento de su homicidio celebró la condena de Luciano Menéndez y Luis Fernando Estrella a prisión perpetua. También recordó su tarea pastoral junto a Angelelli y la actitud de la jerarquía católica en aquel tiempo.

Por Ailín Bullentini

Aquel vuelco en la ruta riojana 38, a la altura de Punta de los Llanos, donde murió el obispo Enrique Angelelli, significó un punto de inflexión en la vida de Arturo Pinto: hacía siete años que era sacerdote, varios más que había decidido dedicar su vida a la religión, y aquella tarde del 4 de agosto de 1976 todo cambió: dejó los hábitos, se casó, nunca más quiso volver a La Rioja y empezó a amasar un camino de resistencia con horizonte de Justicia. “Llegamos a esta sentencia por mucha lucha que desarrollamos todos juntos, todos los que conocimos a Angelelli, los que trabajamos con él, los que supimos siempre la verdad”, remarcó en diálogo con Página/12 un día después de que el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de la provincia condenara a Luciano Menéndez y Luis Fernando Estrella a prisión perpetua. También advirtió que pertenece “a una Iglesia que tiene lastimaduras que todavía existen” y que “las complicidades que fueron más graves siguen existiendo”.

–¿Qué significa para usted que la Justicia haya condenado a Menéndez y a Estrella?

–Apareció la verdad, es un fallo muy importante, muy importante. Tuvimos algunas dudas de cuál iba a ser el final de esta película, porque aún hay complicidades que no desaparecieron, que persisten. Pero gracias a la lucha y al testimonio de toda la gente que declaró, quienes conocieron a Angelelli, que trabajaron con él, que supieron lo que sufrió, se pudo armar el rompecabezas que por momentos vimos tan difícil de armar.

Pinto fue querellante en el juicio y el primer testigo en declarar ante el tribunal. Le costó imaginarse aquel día de noviembre del año pasado que ésa sería la última vez que tendría que remover dolorosos recuerdos, desnudarse frente a quienes quisieron convertirlo en culpable de la muerte de su gran amigo.

–¿Cómo lo trató la Justicia durante los últimos 40 años?

–Declaré recién en 1984 y en Buenos Aires. Entonces pude evitar venir a La Rioja, donde a pesar de estar ya en período democrático no se habían terminado los peligros y temía que me pasara algo. Recién lo hice mucho tiempo después, luego del cambio de carátula de la causa, que impulsaba la investigación por el asesinato del obispo y el intento de matarme a mí, y muchas veces sentí que no estaban dadas las condiciones, que no podía sentirme seguro. En la mayoría de las veces la Justicia no fue comprensiva conmigo, con mi sensación de inseguridad. Hubo declaraciones en las que la pasé muy mal, me vapuleaban muy feo. En lugar de ser testigo, el principal testigo de los hechos, me interrogaban como responsable, me trataban como forajido. Creo que era una cuestión ideológica. Y sobreponerme a eso fue lo más difícil de toda esta resistencia. Me pasó no sólo a mí, sino a la mayoría de las personas que declararon como testigos en el juicio. Soy un sobreviviente, no soy el culpable, como quedó demostrado en la sentencia de ayer.
Buenos tiempos

–¿Cómo conoció a Angelelli?

–Fue él quien me ordenó en la parroquia de Villa Unión, donde yo siempre fui. Me convirtió en sacerdote en 1969 y me propuso ser vicario de la zona norte de la provincia. Debí mudarme a Aimogasta.

–¿Notó un cambio en la religión en la provincia antes de la llegada de Angelelli y después?

–Hubo un replanteo. El llegó en 1968 y su primer mensaje fue: “Acaba de llegar un hombre de tierra adentro que quiere identificarse con el pueblo”. Su intención desde un comienzo fue poner en práctica inmediatamente las conclusiones del Concilio Vaticano II, las consideraba como resoluciones a cumplirse en relación con el pueblo. Todas las actividades de la Iglesia desde la llegada de Angelelli a La Rioja tuvieron como luz, como meta, esas conclusiones. La gente aceptó mucho las propuestas del obispo. Eso, también, creó dificultades en otros sectores, que en poco tiempo empezaron a reaccionar.

–¿Cuáles fueron esas dificultades?

–Angelelli puso en estado de asamblea a todas las instituciones eclesiásticas bajo un gran interrogante: “Iglesia riojana, ¿qué dices de ti misma, cuál es tu misión?” y eso no gustó. El trabajo pastoral al lado del hombre concreto que nos propuso a los integrantes de su diócesis tampoco. Todo apuntaba a que accionemos frente a las injusticias: la propiedad latifundista de la tierra, la distribución inequitativa del agua y de los bienes de producción que estaban en pocas manos. Angelelli promovió la creación de cooperativas con entrega de tierras a quienes no tenían nada, quería repartir entre muchos las tierras indivisas que atesoraban unos pocos. Y esos pocos, acostumbrados a manejar y tener todo, se empezaron a molestar.

–¿Trabajaba con las autoridades gubernamentales en la redistribución de las tierras?

–Había diálogo con las autoridades. Lo hubo mientras hubo democracia, aunque no duró demasiado. El vicario general, el padre Esteban Inestal, hacía de puente entre la Iglesia riojana y el gobierno, al principio había muy buena relación, pero luego se fue cortando. Para el ‘73, ya era demasiado difícil. Algunos de los integrantes de los Cruzados de la Fe, el grupo de resistencia conservadora, eran familiares del gobernador, de Carlos Menem. Uno de ellos, su hermano César Menem, comisario de Anillaco, estaba muy rebelde contra la pastoral.

–Los primeros ataques no llegaron desde las Fuerzas Armadas, sino desde las clases dominantes.

–Sí, aunque con el tiempo empezaron a tomar cada vez más protagonismo, los primeros ataques fueron de los terratenientes. No era del gusto de estas personas, no era de su placer, la manera de trabajar de la pastoral de Angelelli. Así que empezaron a desnaturalizarla. Lo que hicieron con la cooperativa Codetral, en Aminga, lo continuaron con las otras: nos trataron de subversivos por querer mejorar la vida de los desposeídos. Nos trataron de subversivos, de marxistas, de querer desvirturar la fe original en la provincia. Nos acusaban de pretender imponer una idea marxista de distribución de la tierra de la provincia, el problema apareció allí, con la tierra. Le empezaron a decir a la gente que nuestra manera de trabajar con los hombres llevaba a una depresión religiosa con desviaciones ideológicas y que se trataba todo de una imposición del obispo rojo. Así lo llamaban a Angelelli.

–¿Conocían a Estrella, a Menéndez?

–Sabíamos de su existencia, pero no nos preocupábamos por ver qué hacían. Ellos sí, ellos se molestaban mucho por nuestra actividad. La persecución recrudeció mucho cuando llegaron los militares al poder, pero no es que las fuerzas militares estaban inmóviles. Sobre todo después de 1973, de a poco fueron tomando más atribuciones. Llegó un momento en que no había dudas de que eran ellas las que mandaban. Después de aquel año, las cosas se fueron poniendo cada vez más duras hasta que ya no se pudo más. Sabíamos qué estaba pasando en todo el país, sabíamos de la presencia de las tres A. Acá, las fuerzas conjuntas recorrían la provincia, nos controlaban, nos vigilaban. La empezamos a pasar mal, a pesar del aún estado democrático en el que vivíamos. Yo creo que siempre estuvimos en la mira. La cuestión se volvió definitivamente cruda después de 1976: prohibieron la transmisión de la misa radial, fueron ganando terreno los capellanes castrenses, nos acorralaron. Fue cuando Angelelli fue a entrevistarse con Menéndez que recibió más amenazas.

–¿Cómo reaccionaba Angelelli frente a los ataques y la persecución?

–Era un hombre de mucha firmeza, de mucha claridad. No era un tipo que descalificara a quienes lo perseguían, pero se defendía y nos defendía con firmeza. La imagen más fuerte que recuerdo de él es la que lo mostraba ataviado con todos sus atuendos de obispo, presidiendo misas y allí mismo defendiendo la postura de su pastoral abiertamente, con valentía. Nos daba ánimo permanentemente. nunca se amilanó, nunca se achicó por la persecución. De cada ataque sacaba fuerzas y nos animaba a no bajar los brazos.

–¿Presentaba una disputa a la jerarquía eclesiástica?

–En forma permanente. A nosotros nos informaba de los resultados de cada reunión que tenía con la Conferencia Episcopal. Y siempre nos advertía que las cosas estaban duras. Nosotros lo notábamos a veces muy triste. Se sentía solo dentro de la Conferencia, allí eran contados con los dedos de una mano aquellos obispos que coincidían con Angelelli. El obispo tenía muchas dificultades a ese nivel jerárquico, donde incluso lo trataban de rarito.
El fin

El lunes 18 de julio de 1976, Angelelli y los sacerdotes de la provincia esperaban la llegada de sus pares de Chamical, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, que estaban atrasados. Debían reunirse todos para participar de uno de los tantos encuentros que compartían desde la llegada del obispo. Las monjas del pueblo contaron que la noche anterior se los habían llevado. Tras hacer algunas averiguaciones, Angelelli trajo la noticia: “Los mataron”.

“Nunca dudó de que las muertes se trataban de lo mismo: querían ahogarnos, frenarnos –rememoró Pinto–. Fuimos a Chamical a organizar cómo seguiría todo allí sin Carlos y Gabriel y a consolar a la comunidad, que estaba muy asustada. El 3 de agosto estábamos allí reunidos los vicarios de la zona. Nos dijo que la cosa andaba fulera, andaba mal, que veía clarita una persecución sin retorno, orquestada y programada. Agarró un papel y dibujó un espiral, señaló un punto en su centro y nos dijo que ahí estaba él. ‘El que quiera irse puede hacerlo, a mí me buscan, pero no me voy a apartar’, nos aseguró. Le sugerimos la posibilidad de irse, pero se negó.”

–Al otro día por la tarde fue el choque. ¿Qué hizo usted después?

–A mí me trasladaron a Chamical, y de ahí a Córdoba. En ese segundo traslado recuperé la conciencia. Estuve internado un mes y medio y luego hice la recuperación en Villa María, donde vivía un hermano mío. Regresé a La Rioja para Semana Santa, con certificado de tratamiento psicológico que me permitió no ir a la comisaría a declarar. No bien puse un pie en la provincia me llamaron. Al cumplirse un año de la muerte de Angelelli pedí licencia a monseñor Vite, a quien los militares habían puesto en lugar de Angelelli. Cuando se cumplió el primer aniversario de la muerte de Angelelli, solicito licencia a monseñor Vite. Yo se lo dije a él: “Me voy porque sé que las cosas serán muy diferentes. Volveré dentro de un año para pedirle la dispensa definitiva”. Me fui a Río Negro, donde tengo familia y conseguí trabajo en una tercerizada de YPF. Al año volví para irme definitivamente.

Pinto vivió en la Patagonia, luego en el oeste del conurbano, donde se casó con quien hoy sigue siendo su compañera, y finalmente se estableció en Formosa. Allí sigue en contacto con la Iglesia, pero desde su condición de civil, en la pastoral indígena. “Si Angelelli viviera, seguro trabajaría con los pueblos originarios”, aseguró.

–El obispado de la provincia fue querellante en la causa, pero Angelelli denunció, quedó probado en documentos aportados por la propia Iglesia, que la jerarquía eclesiástica no lo apoyaba. ¿Qué efecto considera que tendrá la sentencia en la institución?

–Existieron complicidades serias. Hay sectores dentro de la Iglesia que han negado, guardado documentación, que hubiera sido muy útil para esclarecer hechos como el de la muerte de Angelelli. Si esos archivos que aparecieron ahora hubieran aparecido antes, tal vez habríamos ganado tiempo. La carta que aportó el Vaticano, ¿por qué no apareció antes? Pero las complicidades no fueron en este caso solamente. Hubo personas de la Iglesia, como los capellanes de los distintos lugares de detención, que fueron partícipes directos de detenciones y que colaboraron con la desaparición, la muerte y la tortura de mucha gente. No hay que lavarse las manos de eso. Yo no me siento responsable, pero sé que pertenezco a una Iglesia que tiene lastimaduras que todavía existen. Las complicidades que fueron más graves siguen existiendo y hay que reconocerlo. Angelelli decía que “somos de la Iglesia santa y pecadora”. El camino de reconocimiento es muy duro, pero sí es posible. La Iglesia es pecadora, pero si tiene ganas de conversión, lo va a hacer.

–¿Considera que la sentencia afecta la historia de la provincia?

–Esperamos que tenga una influencia política. Debería tenerla. Hubo presencia estatal durante la lectura del veredicto, los funcionarios llegaron sobre el final del juicio, pero tuvieron que aparecer. Creo que la decisión de la Justicia marca un momento, ojalá sea así.

06/07/14 Página|12