El ambiguo lugar social de la niñez

Por Jorge Garaventa*

[Carlos Alonso "Niños colgados"]

La foto de Ricardo Mollo y la niña llorando en sus brazos estalló en las redes. El músico denunció que la niña fue abandonada por su padre, dormida en el automóvil, para poder ir al recital. Por eso arremetió con ella en brazos, contra todos los presentes. ¿Quién es el animal…? refiriéndose al progenitor. Por más sensiblera y repetitiva que parezca la referencia, vamos a plantearla igual: si hay algo en lo que el mundo animal descuella, es en el celoso cuidado de sus crías. Pero se entiende, que Mollo, en su indignación extrema, haya vomitado lo primero que se le cruzó por la boca. La aparición del padre de la niña, el sermón público y los insultos masivos del grueso de los asistentes completaron el cuadro. La disputa posterior, a través de los medios entre la madre y el padre de la niña acerca de quién de los dos la había abandonado menos, fue el fileteado perverso con el que se cerró el capítulo. Nunca supimos, y probablemente tampoco sabremos, cómo terminó el asunto ya que, si no hay una importante dosis de espectacularidad y perversión, el tema ya carece de interés para los medios masivos y sus lectores.

La imagen emocionó hasta las lágrimas a las almas sensibles y bien intencionadas, y sin embargo la forma en que se fue resolviendo el imprevisto está lejos de ser la más adecuada ya que se terminó sobreexponiendo a la niña. Esta referencia está lejos de ser una crítica destructiva ya que, instalada la sorpresa, cada quién reacciona de acuerdo a lo que su espontaneidad le responde.

Desde la derogación formal de la llamada ley de patronato, en el año 2005, que obligaba al “cuidado” del niño y en virtud de lo cual se establecían políticas de “protección” extrema, rige la de “Protección Integral de la Niñez”, nacida de la proclama que caracteriza al niño como “Sujeto de Derechos”. El cumplimiento a rajatabla de dicha legislación pondría en el eje de acciones y decisiones “el interés superior del niño”, pero el recorrido de las políticas de niñez nos muestra que, como decimos a menudo, si no hay un cambio en la cabeza de quienes tienen que velar por crear las condiciones de su aplicabilidad, cualquier legislación, por moderna que sea, es letra muerta.

Seríamos injustos si dijéramos que nada cambió, pero más injustos aún si no planteáramos en su verdadera magnitud la situación de gran parte de la niñez. Lo que desde hace años venimos denominando “educación golpeadora” ha cambiado de status. Ya no es la ostentación pública del maltrato sino la vergonzante, la que se realiza intramuros pero que cuando se filtra se la justifica rápidamente en función del ya convocado “interés superior del niño”, a partir de lo cual, un logro social y legislativo es finalmente banalizado para ser expresión de “más de lo mismo”.

La más moderna legislación sobre el tema enfatiza la necesidad de darle valor y espacio a la palabra del niño, lo cual implica, ni más ni menos, que credibilidad. Muchos jueces y juezas que basan sus fallos en la necesidad de entender que las leyes son letra viva sujetas a revisión desde la conciencia judicial, no vacilan en ponerse literales a la hora de establecer que pasa alrededor de un niño y deciden audiencias revictimizantes con el fin de “escuchar su palabra, como marca la ley”. Cuesta muchas veces mantener la paciencia frente a esos grandulones; jueces, fiscales, abogados, dispuestos a lanzarse en bravías desmentidas contra el testimonio infantil.

Aguardamos desesperanzados que se adopte y se cumpla en todo el país la llamada “Ley Rozanski”, así bautizada en alusión a su redactor, el honorable presidente de la Cámara del Crimen de la provincia de Buenos Aires. Dicho instrumento establece que el niño sea entrevistado una sola vez por un psicólogo destinado a tal efecto, y que dicha declaración sea la que recorra todo el trayecto del juicio.

Aún nos dura el asombro por la actuación de un fiscal que llamó a declarar a un niño de 5 años que había robado un juguete a otro de su misma edad en la escuela y fue denunciado por el padre de la “víctima”. Ante el repudio generalizado, incluso en el Poder Judicial, el funcionario adujo que no se trataba de otra cosa que escuchar la palabra del niño, tal como lo obligaba la letra de la ley.

Si bien el ejemplo es grosero, tropezamos cada día sin sutilezas de la mas variada inventiva al servicio del ninguneo de la palabra de los más pequeños. No viene al caso en este escrito pero hasta cuadros psicológicos psiquiátricos se han inventado tratando de obturar el decir y la escucha.

Algunas palabras en referencia al comienzo para que no parezca descontextuado. La escena en cuestión es paradigmática. Mollo enarbola en el escenario a una niña en llanto desesperado. Un acto innecesario de sobreexposición. La niña fue abandonada en un automóvil, aparentemente por el padre, pero luego del duelo mediático entre ambos ya no importa por quién. No pudieron bajarle el tono a sus disputas ni a la diversión que cada uno se planteaba. Ergo, la niña fue depositada como un paquete mientras el papá se iba a una fiesta y la mamá a otra. La disputa era por ver quien era más fuerte y no se quedaba con ella.

El desafío es poder pensar la niñez desde su realidad extensa.

Los medios masivos pivotean, como formadores de opinión, en torno a dos cuestiones: la falta de límites por un lado, y el crecimiento del delito infanto-juvenil, por otro. Solo temporalmente retratan a la niñez victimizada: cuando es “sujeto” de tapa, y mientras dure la sensibilidad social. Será tema a retomar en otro momento, pero recalquemos: los medios, más que informar, forman, y mas que formar, uniforman, o al menos intentan, que el pensamiento social dominante y hegemónico sea el de los grupos de poder a los que representan. Es lógico que así sea, y por eso es aún más lógico entonces que se establezcan desde el Estado, políticas y legislaciones que apunten a garantizar la voz de los silenciados.

Volvamos a lo nuestro. Aún en los años más felices se puede descubrir un poco de polvo debajo de la alfombra. Nos maravillamos con aquel slogan que martillaba que “los únicos privilegiados son los niños”, un decir que en ese caso casi excepcional, iba acompañado de políticas públicas que aún hoy rinden dividendos. Pero hoy, que ya iniciamos el camino de retorno podemos mirar entre los pliegues. Y aunque nada le quita méritos a las acciones justicialistas de la década del cincuenta, acordemos que no estamos hablando de privilegios sino de dar a los niños lo necesario para el ejercicio pleno de sus derechos.

Si volvemos a nuestros días no nos queda más que preguntarnos ¿Cómo fue? ¿Cuándo? ¿Cómo es que la sociedad necesita leyes de protección integral de la niñez? Volvemos a la pregunta de Mollo y el animal. Es que si pensamos en términos de slogans, podemos proclamar la felicidad de los niños, en la marquesina, y por detrás del cortinado armarles el más cruel de los calvarios.

Hemos padecido el horror de la sustracción y matanza de niños para castigar al otro en el marco de conflictos de pareja, pero lo que agrega un plus de preocupación es cuando la Justicia, que debe señalar el camino de la prudencia, en el fuero familiar, imita y agrava los métodos de la selva civil, ordenando operativos reñidos con lo mas justo, pero sobre todo con los tratados internacionales que nuestro país ha suscripto y que tienen, por ende, status constitucional.

Tal vez, no estamos seguros, han quedado atrás las épocas en que se ordenaba a las administraciones provinciales esconder la data de las desnutriciones infantiles, pero el maltrato es tan amplio y generalizado que lo que sirve para tapar el cuello destapa las piernas desnudas.

Solemos jactarnos en foros internacionales de tener las leyes más avanzadas en términos de educación y niñez. Entonces nos encontramos con que proclamamos que garantizamos la educación integral desde la niñez hasta la adolescencia, hasta que tropezamos con la escandalosa falta de vacantes que nos hace estallar el orgullo en pedazos y los encierra en containers y aulas de cartón.

Cuando la niñez ha sido castigada hallamos una adultez con rencores y venganzas pendientes, u hombres y mujeres con la felicidad astillada.

Alguna vez Jean Piaget se dio cuenta que para entender al adulto debía primero estudiar sistemáticamente la psiquis del niño. Nunca volvió. Su larga vida no le alcanzó para cerrar la tarea pero sí para sellar la importancia de una infancia feliz, o al menos atendida, escuchada y respetada. Freud y tantos otros enfatizaron lo mismo.

Los niños y las niñas no son hombres y mujeres en pequeña escala. Son niños que merecen vivir la vida de niños. No podemos todo, pero seguramente mucho. No nos gusta, lo decimos a cada rato, la sociedad que nos toca vivir. Tal vez, atendiendo a la niñez como corresponde es la forma más efectiva de cerrar el círculo de la condena.

Dice el cantante que la niña se aferró a él y no lo quería soltar…es lógico…de donde vino no era bueno, hacia donde iba tampoco, aunque ambos, origen y destino, fueran lo mismo. Pasado el show y no habiendo intervención institucional alguna, la niña ha vuelto a su hábitat cotidiano a seguir jugando su destino de desecho entre dos adultos que no saben que hacer con “eso” que engendraron.

Esa es la vida de mucha infancia que, apenas en años comenzará a vomitar hacia la sociedad los efectos del abandono y el destrato con que la criaron…o no, pero la probabilidad es alta y el poder punitivo está siempre atento a proteger al sistema social de sus propios productos. Decíamos que tal vez no, porque los hay quienes transcurren sus vidas en el contexto del sinsentido, la anomia y la autoagresión. Los menos, transitan una “normalidad” costosa.

*Psicólogo

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
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