De patriotas, gurkas y militantes

La editorial Punto de Encuentro acaba de publicar De patriotas, gurkas y militantes, de Roberto Bardini, que recoge veintitrés artículos publicados en el blog Bambú Press entre 2001 y 2011, que en la mayoría de los casos fueron ampliados y actualizados para esta edición. Aunque la historia nunca se repite como calco o fotocopia, a veces reitera como farsa lo que en el pasado fue tragedia. Hay hechos y figuras que parecen retornar al presente, como fantasmas reciclados o clones con defectos de fábrica. Son réplicas de viejos tiempos que conviene no olvidar.

En sus páginas desfilan Dorrego, Alzogaray, Florencio Varela, Rivera Indarte, Neustadt, Grondona, Morales Solá, Elisa Carrió, Darwin Passaponti, el general Valle, Vallese, Dardo Cabo, Alejandro Olmos, Joe Baxter… No están todos; faltan unos cuantos de un bando y de otro. Pero eso será motivo de un próximo título de la editorial Punto de Encuentro sobre el mismo tema.


A continuación, se transcribe el prólogo.

Cipayos eran los de antes

Por Roberto Bardini *

Desde 1810, la historia de Argentina ha sido la historia del enfrentamiento de dos bandos: monárquicos e independentistas, unitarios y federales, conservadores y liberales, anglófilos y nacionalistas, pro republicanos y pro nacionales durante la Guerra Civil de España, aliadófilos y neutrales cuando la Segunda Guerra Mundial, peronistas y antiperonistas… y se podría seguir.

Hoy se han instaurado nuevas dicotomías: democracia versus autoritarismo, oficialismo versus oposición, periodismo “independiente” versus prensa “militante”… y también se podría continuar.

En agosto de 2013, un reportero mexicano de visita en Buenos Aires me comentó que en su primera semana de estadía se dedicó a leer Clarín y Página 12 por la mañana, además de ver Todo Noticias y Canal Siete por la tarde o la noche. Creía que así lograría tener una visión objetiva, imparcial y equilibrada de la situación política argentina. Pobre iluso. Tras ese ejercicio –dijo– quedó con la ubicua sensación de que estaba, al mismo tiempo, en dos países diferentes.

El periodista ignoraba que la década 2003-2013 se caracterizó por atravesar una situación similar a la de 1945, el año en que –según el historiador Félix Luna– más se odiaron los argentinos. Y que en ese antagonismo da la impresión de que escasean patriotas, abundan militantes y sobran cipayos.

Fue Arturo Jauretche quien resignificó en la palabra “cipayo” desde el semanario Señales, que se publicó entre 1935 y 1936­. Don Arturo, además, creó o adaptó en aquella revista expresiones como “vendepatria” y “oligarca”, a las que más tarde, en otras publicaciones, agregó “tilingo”, “mediopelo”, “intelligentzia” y “zoncera”.

Los actuales destinatarios de aquellos epítetos se disgustan con esos términos. Dicen que esas palabras pertenecen a otra época, están “pasadas de moda”, no significan nada. Y en el caso de “cipayo” –que ellos suponen erróneamente que es un término creado en las décadas del sesenta y setenta– en cierta forma tienen razón, pero no por esos argumentos sino por otras razones.

El uso del vocablo se remonta al siglo dieciocho, según el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano de Literatura, Ciencias y Artes, veintinueve tomos que se publicaron entre 1887 y 1910. El quinto tomo explica que el general y lord Robert Clive (1725-1774), considerado fundador del imperio británico en la India, ante “la imposibilidad de transportar y mantener el número de soldados europeos que le eran indispensables para la defensa de los vastos dominios que entonces comenzaba a adquirir Inglaterra”, decidió crear un cuerpo militar nativo. Y como la palabra persa que designaba a un soldado de caballería era shipahi, se dio el nombre de “cipayos” a los indígenas que servían a las órdenes de la Corona.

De ahí que Jauretche tomara la denominación para aplicarla a quienes eligieron colocarse del lado de las apetencias extranjeras contra los intereses del propio país. A los que ayer estuvieron al servicio de Londres y después a favor de Washington. Los que todavía se lamentan por la derrota de las invasiones inglesas porque creen que, de haber triunfado, hoy Argentina sería como Australia o Nueva Zelanda. Los que a mediados del siglo diecinueve impulsaron la intervención anglofrancesa en el Río de la Plata y a mediados del veinte se encolumnaron tras el embajador estadounidense Spruille Braden al ritmo de La Marsellesa.

No obstante, a la luz de la historia, hay que reconocer un hecho que desvirtúa la carga despectiva del epíteto: los cipayos de la India terminaron rebelándose contra el imperio británico y se convirtieron en patriotas.

Sucedió en 1857, cuando el ejército inglés “quiso dotar a sus soldados de la India de las nuevas carabinas que tan buen resultado habían dado en la guerra de Crimea”, narra el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano. En realidad, se trataba del rifle Enfield, que utilizaba un nuevo cartucho envuelto en papel engrasado para preservarlo de la humedad. Al cargar el arma, los soldados debían romper el papel con los dientes. El problema fue que circuló el rumor entre los cipayos –que eran más de doscientos cincuenta mil efectivos– de que la grasa era de cerdo o de res. Y fue un problema por partida doble: el cerdo está considerado por el Corán como un animal impuro y la vaca es un animal sagrado en la India.

“Difícilmente podría haberse inventado una mezcla más ofensiva para un ejército que constaba por entero de musulmanes y de hindúes”, reconoce F. W. Rawding en La rebelión de la India en 1857. Según el mismo historiador, “los británicos, confiando en su superioridad racial y cultural, no se dieron tampoco cuenta de que beber alcohol, comer carne de cerdo y de ternera, así como muchos otros de sus hábitos, horrorizaban y repugnaban a los hindúes y musulmanes por igual”. El último emperador mongol de Delhi, Bahadur Shah (1775-1862), que también era poeta y músico, escribió: “Ni la guerra persa ni el Zar de Rusia hicieron tanto para derrotar a los ingleses como sus propios cartuchos”.

Fue entonces cuando estalló el motín de los cipayos. Duró un año, dejó una enorme cantidad de víctimas en ambos bandos –que cometieron atrocidades por igual– y fue sofocado a sangre y fuego. El Reino Unido, además de sus propias tropas, incorporó a gurkas de Nepal, enemigos a muerte de los hindúes mongoles.

Por eso es que, en cierta forma, hay que darles la razón a los actuales herederos de los viejos cipayos argentinos. Esa denominación hoy ya no les calza. Concluyó el siglo veinte y ellos nunca se rebelaron. Y, por lo que se ve, tampoco se convertirán en patriotas. Aún no se ha inventado el cartucho o la grasa animal que conmueva a estos nativos fashion.

Entonces hay que considerar esa tenacidad y reconocerles la persistencia. Quizás sea más adecuado considerarlos gurkas, denominación que posiblemente les infle el pecho de satisfacción por la obediencia civil debida. A fin de cuentas tienen mucho más en común con los mercenarios de Nepal que en 1982 estuvieron al servicio del Reino Unido en la guerra de las Islas Malvinas y que son descendientes de los que en 1857-58 ayudaron a sofocar la rebelión de los cipayos en la India.

[De patriotas, gurkas y militantes recoge veintitrés artículos publicados en el blog Bambú Press entre 2001 y 2011, que en la mayoría de los casos fueron ampliados y actualizados para esta edición. Aunque la historia nunca se repite como calco o fotocopia, a veces reitera como farsa lo que en el pasado fue tragedia. Hay hechos y figuras que parecen retornar al presente, como fantasmas reciclados o clones con defectos de fábrica. Son réplicas de viejos tiempos que conviene no olvidar.

En sus páginas desfilan Dorrego, Alzogaray, Florencio Varela, Rivera Indarte, Neustadt, Grondona, Morales Solá, Elisa Carrió, Darwin Passaponti, el general Valle, Vallese, Dardo Cabo, Alejandro Olmos, Joe Baxter… No están todos; faltan unos cuantos de un bando y de otro. Pero eso será motivo de un próximo título de la editorial Punto de Encuentro sobre el mismo tema]


* Periodista, escritor y docente. Ha escrito doce libros de historia y periodismo de investigación
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