Treinta años de democracia

Una historia de cajitas chinas

Por Conrado Yasenza*

El próximo diez de Diciembre se cumplirán 30 años ininterrumpidos de democracia. Quizá, sólo una cifra redonda, una abstracción numérica despojada de épicas, terrores, luchas, ausencias, desapariciones, para quienes nacieron al amparo y desamparo de la democracia. Ella, la imperfecta; durante un largo tiempo de su corta vida, la prisionera. Para quienes despuntamos a la adolescencia hacia el final de la noche más larga, la ansiedad por ensanchar todo lo posible el plexo para respirar el aroma de la esperanza abierta a la vida y a la historia. Para quienes vivieron y sobrevivieron al tormentoso eclipse que se devoró las ilusiones y vidas de los 30.000 compañeros detenidos-desaparecidos, el regreso a la vida acompañada de memorias y nuevos modos de existir en ellas para desde allí lanzarse a, también, distintas, novedosas, maneras de combatir el verbo (y su estructura) que siempre acecha la existencia, el que cambia de ropajes y rostros.

De aquí en adelante, partiendo desde estos tres puntos cardinales, hay celebración pero hay también una necesidad de reponer esa conversación de la que alguna vez hablamos, esa que parte de aquellos pensamientos colectivos que merecen mejor suerte que la de un castillo de naipes frente a una tenue brizna primaveral en Noviembre. Esa conversación que restituye sentidos, identidades, memorias; esa conversación que erizada en su dialéctica de marchas y contramarchas busca una forma de ser, de existir en un lenguaje nuevo. Allí el desafío: Arribar a ese lenguaje y sus potencias para mantener la esperanzada lucidez en medio de vastas tormentas de arenas comunicacionales y angostas carreteras por donde transitan las lógicas del marketing y la consigna sin otro destello que el que emana de su imantada repetición. Es que en esta vida (en la que sólo “la muerte es pasajera”, gracias Szpumberg) las palabras tienen filo y allí el valor de ellas porque es en el lenguaje donde el combate se desarrolla y en él la existencia. Tiempos en los que es necesario la urgencia de la lentitud (¿Nietzsche?) para lograr esa lengua que nos habite y cobije mientras la angustia y la luminosidad (aquella que en pretéritas oraciones encendieron a los santos oradores y de la que sólo deseamos la lucidez y no el fuego) otorga valor al pensar. Pensar, hablar, conversar sobre ese lenguaje que nos reúna en la franca tarea de crearlo para discutirlo; de construirlo para reconocernos e iniciar una nueva conversación. ¡Políticas! Tarea difícil, pero siempre urgente para el vivir (y como dice Perla Sneh en su nota para este número: “… La lengua, la ética, la política. Es decir, la vida. Y vivir, lo dice Mastronardi y yo le creo, es un vocablo que nunca se usa en sentido figurado. “)

Conversaciones, diálogos reiniciados al ritmo de un recitado de preámbulo y luego de la fractura y el silencio. La necesidad de comer, educarse y curarse en y con democracia. Un intento que sucumbió bajo el peso de los Centauros pero del que quedaron marcas, huellas. Juicios iniciales a la Junta Muerte con su doctrina demoníaca y luego obediencias debidas y puntos finales arrancados por el betún del oprobioso partido militar, fantasmales fariseos adornados con medallones de feria y fajinas de rancio cotillón. R.A y brazos cruzados que entrelazaban manos (supongo que levemente giradas hacia la izquierda; no lo recuerdo bien) Quizá un anuncio de la videopolítica aunque todavía con férreo anclaje al partido y la calle. Luego la retórica política se trasladaría a los sets televisivos para abandonar casi definitivamente la calle. Una imagen del inicio del fin: Magnetto junto a Neustad anunciando la primera privatización, la de un canal de televisión: El 13. Obra de aquel riojano parecido a Facundo, una suerte de nuevo tigre sin galera y con promesas de revolución productiva. Simulador de la generosidad, el que invitó a un pueblo necesitado de ilusión a seguirlo asegurándole que esta vez sí, que esta vez nadie lo defraudaría. Taimado y chúcaro, el que nos metió de lleno en los andurriales del primer mundo y sus miserias de libre mercado y convertibilidad modelo “linterna verde”. El final previsible de un pueblo y el porvenir de una ilusión.

Lo demás, lo demás, ahhh, como cantaba el gran Miguel Abuelo: Nos fuimos todos, como Marilú, al abismo buscando el amor tras un marinero bengalí. Historia conocida y este escrito no pretende ser un texto de revisionismo histórico.

Cabe consignar que regresamos de los mares de Aqueronte luego del estallido de nuestra precaria embarcación guiada por Caronte, que súbitamente se “tomó el raje” para que un ser anómalo y estrábico viniese a proponernos un sueño.

Y aquí estamos, en la Argentina de la épica estrábica – recuerdo y plagio del título de tapa de uno de los números de la revista Crisis, “La épica estrabiada” - y las materializaciones políticas concretas, objetivas, que desde ya, no voy a enumerar (se hizo y hace ya bastante como para que lo reitere aquí) pero que resumo en el deseo y la convicción de los gobiernos Kirchneristas de recuperar el tiempo perdido intentando dejar establecido como piso y no techo, un capitalismo keynesiano que puja por dotar al Estado de herramientas sólidas para distribuir algo más que riqueza. Otra vez, tarea difícil y enorme desafío para estos dos años que restan.

CODA

Y un 20 de Noviembre, el día de la Soberanía Nacional, volvió plena, entera, bella, firme y serena, la Presidente de la República. Y el Ministro de Economía, Axel Kicillof, juró, con gesto adusto pero emoción visible. Y luego, por más de media hora y en dos tramos, la Presidenta le habló al país, a la juventud, a la militancia. Y habló de Economía, de trabajo, de empleo, de desocupación. Y se refirió a la soberanía industrial, a la necesidad de consolidar una industria nacional, a avanzar en el auto-abastecimiento energético y la sustitución de importaciones. Y en el segundo discurso hubo una mención especial para Aerolíneas Argentinas; expresó la voluntad política de multiplicar esfuerzos e inversión para el mejoramiento de los ferrocarriles de carga y para darle relevancia a las vías de navegación.

Volvió la Presidenta que lidera un proyecto político colectivo. Entera, luminosa, el día en que se conmemoraba la Batalla de la Vuelta de Obligado, batalla por la soberanía y contra el imperialismo anglo-francés junto al centralismo unitario de los porteños.

Allí estuvo, entera; allí está, laboriosa, para ahuyentar los malos presagios de las mismas entidades innobles que reencarnan en tristes y pequeños seres con “títulos” en consultorías en opinión pública y otros menesteres. Algo que trata de emular la esencia de las plebeyas magias ancestrales para, en tiempos de encuestas, análisis de imagen y marketing político, transformar el farfulleo y la pelafustanería, en técnica y ciencia comunicacional.

A desafiar entonces esa conversación que parece haberse amesetado en un lenguaje de cristales fríos. Estos diez años, los dos por recorrer y la necesidad de honrar ese sueño ofrecido, lo merece.


* Periodista-Editor/Director La Tecl@ Eñe
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