¿Por qué se fue Perón en 1955?

Por Enrique Manson

El 20, de septiembre de 1955, Perón llamó a Atilio Renzi, el mayordomo de la Residencia Presidencial y le dijo: ‘Mire, Renzi, me voy’. Ordenó algunos papeles, tomó el dinero que éste le había reunido, se entregó unas horas al descanso y, alrededor de las 8, partió rumbo a la Embajada del Paraguay. Desde ahí sería llevado, por seguridad, a una cañonera de esa bandera que estaba en reparaciones en el puerto, para partir luego en avión a Asunción.

Desde entonces, ha sido tema de discusión el hecho de que el General no aprovechara su superioridad militar y su inmensa popularidad, para aplastar a los rebeldes. Sus enemigos se llenaron la boca con su presunta cobardía. A esto contestó a Félix Luna: “¿Cobarde? ¡Si los generales nunca mueren en las batallas, nunca mueren con las botas puestas! Ellos no pelean; mandan que peleen los soldados!”

Milcíades Peña va más allá que la cobardía, aunque no la excluye: “En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor (…) La caída ingloriosa del régimen peronista dio lugar, pues, a gérmenes de una insurrección obrera. Diez años de educación política peronista y el ejemplo de la dirección peronista se encargaron de que esos gérmenes no prosperaran.”

Más personalizada es la interpretación de José Pablo Feimann, que muchas veces hace pensar que opina desde antiguas facturas contra el Líder: “Que quede claro: Perón se va con un Ejército que le sigue siendo leal y es superior al enemigo. Con una CGT decidida a la lucha. Y con los obreros que se habían olvidado de los amparos del Estado de Bienestar y se la jugaban por él. Lo que falla es la conducción. … La conducción huye. … ¿Perón quiso evitar una guerra civil? ¿Fue víctima de sus condicionamientos de clase? … Si fue un líder combativo, ¿no tenía esa combatividad los límites de la coalición militar, empresarial, burguesa y proletaria que le dio textura? Todo eso es posible. Una cosa fue real: en septiembre de 1955, a todos los que salieron a pelear, el conductor los dejó solos… Todos querían pelear, pero el jefe los abandonó.”

¿Todos querían pelear? Perón estaba desgastado, por diez años de gobierno personal. Con más razón, tras la muerte de Evita, que no era una revolucionaria enfrentada al general facho, sino su interlocutora desde la más estricta lealtad. Pero eran muchos los que estaban cansados de por diez años de combate permanente. Porque si la Justicialista no era revolución para ciertas categorías académicas, lo era para sus enemigos que la combatieron con saña.

El conflicto con la Iglesia debilitó lealtades militares. El general Alberto Morello jefe de la guarnición Córdoba, no creyó en la importancia de los informes del 15 de septiembre y se fue a dormir. Durante su sueño, los revolucionarios ocuparon la Escuela de Artillería, con lo que provocaron un desagradable despertar su jefe, coronel Juan B. Turroni, quien fue herido al resistirse.

Las tropas que debían reprimir la rebelión estaban al mando del general José María Epifanio Sosa Molina. Su disposición para la lucha parece expresarse con comentarios como este: “Nadie hablaba de revolución, porque con la frustrada intentona de Videla Balaguer en Río Cuarto pensamos que habría paz por largo tiempo.”

Quedaba la CGT y las posibles milicias obreras. Pero sus dirigentes aconsejaron a los trabajadores mantenerse en calma. Al día siguiente de la derrota insistieron sosteniendo “la necesidad de mantener la más absoluta calma y continuar las tareas”. Recién ante el golpe interno que desplazó a Lonardi se manifestarían como no lo habían hecho al caer Perón.

Norberto Galasso, a quien Feinmann acusa de juzgar desde un punto de vista demasiado peronista dice: “La miopía de los analistas políticos liberales (que) los llevará a juzgar que la renuncia se origina en la supuesta cobardía del General. No observan los movimientos profundos de las aguas que son los que explican las olas y la espuma: ese frente policlasista que sostenía a Perón –Iglesia, empresarios, Ejército, trabajadores- se ha desintegrado, y su conductor, ya sin sustento, no tiene otra alternativa que abandonar el escenario de la política argentina.” Joseph Page se acerca a las verdaderas causas cuando dice: “¿Por qué abandonó Perón su puesto sin luchar? La victoria militar parecía estar al alcance de la mano, especialmente considerando la inminente derrota de Lonardi en Córdoba. Sin embargo, el levantamiento de la marina en su totalidad, el control de un sector del territorio por parte de los rebeldes en Cuyo y el compromiso asumido por muchos civiles de combatir el gobierno hasta su derrumbe hacen pensar que la caída de Córdoba no hubiera significado la terminación de la guerra civil. Por todo ello, Perón debe haber llegado a la conclusión de que si el conflicto se prolongaba indefinidamente le hubiera sido imposible triunfar.

…Aun en el caso en que él hubiera efectivamente pensado que podía aplastar la rebelión, Perón pudo haber optado por alejarse. A menudo se refería a la terrible tragedia de España –cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos- como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la argentina. El sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea; él no iba a poder hacer el papel de moderador, de arquitecto de la unidad nacional, de conductor de una ‘comunidad organizada’. No valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria: por eso abdicó.”

La lectura equivocada del General

Nos atrevemos a decir que, aunque no sabemos qué hubiera ocurrido si Perón procedía de otra manera, creemos que equivocó el diagnóstico.

“Estallada la revolución, el día 18 de septiembre la escuadra sublevada amenazaba con el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de Eva Perón (La Plata, EM), después del bombardeo de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Lo primero, de una monstruosidad semejante a la masacre de la Alianza (Libertadora Nacionalista EM); lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cientos de millones de dólares. Con este motivo llamé al Ministro de Ejército, General Lucero, y le dije: `Estos bárbaros no sentirán escrúpulos en hacerlo, yo no deseo ser causa para un salvajismo semejante.´ Inmediatamente me senté al escritorio y redacté una nota que es de conocimiento público y en la que sugería la necesidad de evitar la masacre de gente indefensa e inocente, y el desastre de la destrucción, ofreciendo, si era necesario, mi retiro del gobierno.”

“Yo no me arrepiento de haber desistido de una lucha que habría ensangrentado y destruido al país. Amo demasiado al Pueblo y hemos construido mucho en la Patria para no pensar en ambas cosas.”

En declaraciones periodísticas realizadas años después, Perón sostuvo que había preferido evitar una guerra civil y por eso había abandonado la lucha cuando tenía las mayores posibilidades de ganarla. La exaltación de los odios se centraba, creía, en su persona. Dejando la presidencia, y más allá de los abusos inevitables y las pequeñas venganzas que seguirían al establecimiento del poder revolucionario, lo fundamental de la obra de su gobierno habría de mantenerse. Tal vez más adelante, cuando las pasiones se acallaran y cuando los errores de los gobiernos sucesivos pusieran en evidencia las virtudes del derrocado, seguramente regresaría para ser reconocido y gobernar sin la oposición exaltada del ´55.

Perón se equivocaba. Seguramente el agotamiento psíquico y físico por su gobierno en soledad, que había aumentado hasta el vacío con la muerte de Eva, había disminuido su espíritu de lucha. Pero no parece injusto concederle el beneficio de la duda cuando explicaba que fue el temor a que la Argentina sufriera las consecuencias de una guerra civil como la que él había visto en España, lo que lo llevó a ofrecer su retiro del poder

No era la primera vez que buscaba una salida de ese tipo. El 31 de agosto del mismo año, al comprobar que su llamado a la pacificación no había tenido éxito, se había hecho eco del reclamo de los dirigentes opositores y había ofrecido su renuncia a la presidencia. Por la tarde, ante la multitud reunida en Plaza de Mayo para exigirle que la retirara, lo hizo. Se pensó que era una maniobra, y así lo creyeron sus enemigos, que se decidieron a actuar.

También lo creyeron muchos peronistas que se sintieron dolidos por el manejo de sus sentimientos que parecía hacer el presidente. Sin embargo, presunta maniobra se parecía mucho a la conducta que Perón había tenido en 1945 cuando, estando también en superioridad militar sobre los rebeldes de Campo de Mayo que pedían su renuncia no hizo lo que le aconsejaban sus colaboradores uniformados y dejó el poder para no mantenerlo por la fuerza.

En 1945 y en agosto y septiembre de 1955 actuó con coherencia. No quiso seguir el poder, o mantenerse en él, por la fuerza militar. Siempre sostuvo que ésta es frágil y termina por quebrarse, y en todos los casos –el 17 de octubre, sus tres presidencias- su sustento político fue la voluntad popular. Además, debiéndoles el poder a los militares, se convertía en un prisionero de las fuerzas armadas. Algo de eso había ocurrido después del 16 de junio, cuando se rompió el equilibrio interno que siempre había existido entre militares, sindicalistas y otros sectores que integraban el movimiento peronista. Arturo Jauretche dijo años después: “Perón creyó que el golpe militar era contra su persona y entonces, era correcta su posición de no combatir y derramar sangre argentina, pero el golpe era contra el pueblo”

No sólo Perón creyó que la Revolución Libertadora no significaría una vuelta a 1943. El mismo Lonardi, con su proyecto de peronismo sin Perón intentó que su cruzada embanderada con la consigna Cristo Vence se limitara a terminar con lo que consideraba los excesos del régimen depuesto. Había que meter presos a los ladrones y a expulsar al tirano, que en su megalomanía se dedicaba a pasear en motoneta con adolescentes y se había lanzado contra la Iglesia, pero había que mantener en pie todo lo demás. El 13 de noviembre, los ultra gorilas que lo destituyeron pusieron en evidencia que se trataba de terminar hasta con el recuerdo del peronismo. No terminó ahí. Hubo Resistencia Peronista, Perón regresó y murió en la presidencia. Fueron necesarios una tiranía criminal y un gobierno que se tildaba de peronista para lograr los objetivos de septiembre.

Si una enseñanza nos queda, esta es que muchas veces las conquistas logradas no están consolidadas, y no suele ser veraz la palabra de quienes anuncian que serán renovadores manteniendo lo bueno de la etapa que quieren renovar. Sobre todo si, como los libertadores de 1955, son sólo la piel de cordero de los intereses económicos disgustados con el Estatuto del Peón en esos años o con las paritarias, los aumentos semestrales de las jubilaciones, o la Asignación por hijo en nuestros tiempos.