A 40 años de la muerte de Pablo Neruda

Textos de Federico García Lorca, Sara Facio, Sara Vial, Volodia Teitelboim.

Nació en Parral el 12 de julio de 1904, hijo de un ferroviario. Se crió en Temuco.

A los 13 años publicó su primer poema.

Adoptó como seudónimo el apellido de un desconocido poeta checo.

A partir de los 23 años fue cónsul de Chile en Rangún, Colombo, Calcuta, Batavia y Singapur. También en Buenos Aires, Barcelona y México.

Fue expulsado de Madrid por ayudar activamente a los republicanos en la Guerra Civil Española.

Se casó tres veces: María Antonieta Haagenar Vogelzanz, Delia del Carril y Matilde Urrutia. Tuvo una hija, Malva Marina, que murió a los 8 años.

Recibió el Premio Municipal de Poesía y el Nacional de Literatura en su patria. En 1971 obtuvo el Premio Nobel.

Viajó por todo el mundo.

En 1945 se afilió al Partido Comunista y fue nombrado senador provincial. Desde su cargo, criticó duramente las medidas impopulares del gobierno chileno de entonces.

Se ordenó su captura. Cruzó, clandestino, la cordillera de los Andes.

A los 65 años fue postulado a presidente de Chile por su partido. Declinó la candidatura a favor de la Unidad Popular de su amigo Salvador Allende.

Fue embajador en Francia por el gobierno de la UP.

Murió doce días después del violento golpe de Estado contra su patria.

Fue amado y odiado. Citado y requerido. Vituperado, plagiado y censurado.

Celebró todas las cosas de este mundo. A todo le cantó, de todo disfrutó. Tenía cierta melancolía cuando se paraba a observar el mar.

Su poesía, su vida, fue una fiesta de memorias, olores, sabores y sucesos.

No pudo cumplir los 70 años. Las dictaduras no perdonan la sonrisa.

Fue el gran nombrador de este siglo. Tanto, que hasta inventó su propio nombre.

Fue Pablo. Fue Neruda. Lo sigue siendo.


Discurso al alimón

El 20 de noviembre de 1933, Pablo Neruda y Federico García Lorca, en la cena del Pen Club de Buenos Aires, realizaron un homenaje a Rubén Darío en un discurso de sobremesa hecho a dos voces y sin red ni ensayo previo.

Neruda: Señoras...

Lorca: ...y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada “toreo alimón” en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.

Neruda: Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.

Lorca: Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.

Neruda: Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.

Lorca: Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...

Neruda: ...Darío. Porque, señoras...

Lorca: ...y señores...

Neruda: ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?

Lorca: ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?


Pablo Neruda en su propia voz. Recita los poemas 15 y 20 de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada"

Neruda: Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?

Lorca: ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?

Neruda: ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?

Lorca: ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?

Neruda: ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?

Lorca: Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal” bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.

Neruda: Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

Lorca: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.

Neruda: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.

Lorca: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodríguez Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.

Neruda: Lo trajo a Chile, una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.

Lorca: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos bajos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas que queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.

Neruda: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.

Lorca: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense,
argentino, chileno y español, Rubén Darío.

Neruda y Lorca: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.


Presentación de Pablo

Por Federico García Lorca

Esto que yo hago se llama una presentación en el protocolo convencional de conferencias y lecturas, pero yo no presento, porque a un poeta de la calidad del chileno Pablo Neruda no se lo puede presentar, sino que con toda sencillez, y cobijado por mi pequeña historia del poeta, señalo, doy un suave, pero profundo, toque de atención.

Y digo que os dispongáis para oír a un auténtico poeta de los que tienen sus sentidos amaestrados en un mundo que no es el nuestro y que poca gente percibe. Un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía, más cerca del dolor que de la inteligencia, más cerca de la sangre que de la tinta. Un poeta lleno de voces misteriosas que afortunadamente él mismo no sabe descifrar; de un hombre verdadero que ya sabe que el junco y la golondrina son más eternos que la mejilla dura de la estatua.

La América española nos envía constantemente poetas de diferente numen, de variadas capacidades y técnicas. Suaves poetas de trópico, de meseta, de montaña: ritmos y tonos distintos, que dan al idioma español una riqueza única. Idioma ya familiar para la serpiente borracha y el delicioso pingüino almidonado. Pero no todos estos poetas tienen el tono de América. Muchos parecen peninsulares y otros acentúan en su voz ráfagas extrañas, sobre todo francesas. Pero en los grandes, no. En los grandes cruje la luz ancha, romántica, cruel, desorbitada, misteriosa, de América. Bloques a punto de hundirse, poemas sostenidos sobre el abismo por un hilo de araña, sonrisa con un leve matiz de jaguar, gran mano cubierta de vello que juega delicadamente con un pañuelito de encaje. Estos poetas dan el tono descarnado del gran idioma español de los americanos, tan ligado con las fuentes de nuestros clásicos: poesía que no tiene vergüenza de romper moldes, que no teme el ridículo y que se pone a llorar de pronto en mitad de la calle.

Al lado de la prodigiosa voz del siempre nuestro Rubén Darío y de la extravagante, adorable, arrebatadoramente cursi y fosforescente voz de Herrera y Reissig y del gemido del uruguayo y nunca francés conde Lautréamont, cuyo canto llena de horror la madrugada del adolescente, la poesía de Pablo Neruda se levanta con un tono nunca igualado en América de pasión, de ternura y sinceridad.

Se mantiene frente al mundo lleno de sincero asombro y le fallan los dos elementos con los que han vivido tantos falsos poetas, el odio y la ironía. Cuando va a castigar y levanta la espada, se encuentra de pronto con una paloma herida entre los dedos.

Yo os aconsejo oír con atención a este gran poeta y tratar de conmoveros con él cada uno a su manera.
La poesía requiere una larga iniciación como cualquier deporte, pero hay en la verdadera poesía un perfume, un acento, un rasgo luminoso que todas las criaturas pueden percibir. Y ojalá os sirva para nutrir ese grano de locura que todos llevamos dentro, que muchos matan para colocarse el odioso monóculo de la pedantería libresca, y sin el cual es imprudente vivir.

(de Obras completas, Aguilar, 1969)


El delirante Club de la Bota

El 3 de junio de 1961, en el Bar Alemán situado en la esquina de las calles O’Higgins y Melgarejo, en Valparaíso, Pablo Neruda, junto con un animado grupo de amigos, fundó el Club de la Bota. La poeta Sara Vial lo recuerda así: “Bajo una suave llovizna, llegamos al Bar Alemán, cerca de las siete de la tarde, portando Pablo en sus brazos el símbolo de la cofradía: una gran bota de cerámica alemana, acompañada de media docena de jarras que sosteníamos unos y otros, en un abigarrado desfile por la calle. (...) Decoraban la bota escudos heráldicos, monjes y caballeros. Contrastando con ello, lucía una inscripción en castellano en el espacioso gollete: Beba cerveza Julia. Pablo la había comprado en México, donde le habían grabado el extemporáneo rótulo. (...) La mitad de los parroquianos eran alemanes y no escaseaban otros extranjeros aficionados al buen kassler auf mit, chancho ahumado, uno de los platos más solicitados de la casa. (...) Por lo que atañe a los miembros de la Bota, éramos más bien frugales y nos conformábamos con sándwiches, ya que el rito consistía en hacer llenar la voluminosa bota hasta los bordes, de una espumante cerveza.

“Sólo podía ser miembro del Club de la Bota y merecer el honor de ser llamado botarate quien dibujara, con los ojos vendados con una servilleta, un chanchito, sin que fuera indispensable que estuviese ahumado. La primera sesión estuvo concentrada en el cumplimiento de este requisito, que se cumplió en medio de la hilaridad general. (...) Neruda dictó para que yo escribiera en el libro de actas: ‘Hoy, un grupo de insensatos, reunidos pero no revueltos, decidieron fundar este Club sin más objetivo que el de beberse la Bota numerosas veces y con fruición necesaria. Nómbrase Presidente al Soldado Desconocido. Vicepresidente, al Bombero Misterioso (Pablo Neruda); Secretaria de Actas o Actista, a la Pantera del Cerro Alegre (Sara Vial). Pro-Secretario, al Navegante Solitario. Tesorero, al Fidel de las Finanzas. Directores: Mary Corazón de Piedra, Carlos Tigre, Lorenzo el Magnífico, Elena de Troya, Armando Boche, Pascua Patricia, Patoja Urrutia (su mujer, Matilde) y otros delirantes’.

“Impuso saludables normas. Nadie debía presumir de inteligente. Estaba prohibido hacer alardes intelectuales o mostrarse culto en exceso. (...) Todo debía ser espontáneo, natural y, en lo posible, risueño. El que no tenía sentido del humor debía presentar su renuncia. (...) Pobre el que se crea poeta, decía el Bombero Misterioso. (...) El único poema que se podía recitar eran los versos de Osnofla, con los acentos cambiados de lugar. Neruda lo recitaba de memoria: Fue una tarde triste y pálida / de su trabajo a la sálida / pues esa mujer neurótica / trabajaba en una botica. / Me acerqué y le dije histérico: / –Señorita, soy Fedérico, / ¿y usted? –Respondió la chica–: / Yo me llamo Veronica. Quien más disfrutaba con esos versos era el propio recitador. Lágrimas corrían por sus mejillas y, aunque se lo escuché en ocasiones distintas, ante diversos auditorios, siempre le provocaba la misma alegría. En otras ocasiones, irrumpía con los dos únicos versos compuestos por su hermano Rodolfo Reyes.‘Él me hizo inclinarme ante la poesía’, me dijo la primera vez, con seriedad. ‘Suculento poroto, / alimento eficaz del pobre roto’. Para quien no conociese a Neruda en este grado de confianza y ánimo juguetón puede parecer singular lo que aquí se relata, pero no para quienes lo conocieron a fondo y que en estas escenas reconocerían al amigo llano y festivo, capaz de regocijarse con los más pueriles acontecimientos. Olvidado de la gravedad académica que, en otras ocasiones, debía asumir sin entusiasmo.”

Entre los miembros del Club de la Bota, los principales botarates, se encontraban Gonzalo Losada (director de la editorial que publicaba los libros de Neruda), Pascual Brandi, Alejo Carpentier, Matilde Urrutia, Sara Vial, Pablo y Camilo Mori y, por supuesto, Pablo Neruda.


Esa canción desconocida

Un texto inhallable que muestra a un Pablo Neruda alejado de los compromisos académicos.

Sara Vial. De Neruda en Valparaíso

El autor de la idea fue el doctor Jaime Barros Pérez-Cotapos. Alegre, generoso y extravertido médico de los pobres.

A nadie cobraba por sus servicios. Regalaba remedios y amor a los chiquillos descalzos de los cerros; y la pediatría, más que la política, parecía ser su verdadera vocación.

Aún no lo expulsaban por pekinista de su partido, cuando llegó muy de mañana a mi casa, acelerado y sonriente como de costumbre.

–Te traigo una proposición, una sorpresa para Pablo. El partido le ha organizado un acto en el Teatro Avenida, de homenaje a su regreso de Venezuela. Tú sabes el éxito que ha tenido en ese país.

Queremos que Valparaíso lo reciba como se merece y vamos a llenar el teatro de bote en bote. Pensamos en ti, que el saludo de bienvenida se lo dé un poeta, un poeta nacido aquí, que pueda representar a la ciudad. No tienes que decidirlo ahora mismo. Lo piensas y me contestas. Él no sabe nada. Tú sabes como le gustan las sorpresas, pero no nos perdonaría que para convencerte usáramos su nombre. No debes sentirte tampoco presionada por tu amistad con él. Estás en entera libertad para decidir, pero ojalá aceptes, para que el acto tenga un carácter más amplio, más abierto. No es gracia que lo presente un militante. Todos sabemos lo importante que es para él la poesía, además. Piénsalo. No significa tampoco un compromiso político para ti. Te presentaremos como escritora independiente.

Después que se fue corriendo a su consultorio, quedé meditando en el honor literario. Desde la infancia, mis cuadernos de colegio se llenaban con poemas de Neruda. Los copiaba incansablemente. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Quién no cumplió quince años en la melancolía estrellada de esas estrofas que no se desgastan.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Ese tal vez que le daba un vuelco a todo, al amor, a la poesía.

Ese año, además, había sido especialmente significativo. Y lo seguiría siendo para mí.

Consulté a mi padre, filatélico, que había soñado ser sacerdote salesiano en su juventud. No levantó la cabeza de su álbum de estampillas, cuando me preguntó:

–¿Y crees que lo puedes hacer bien?

Di la respuesta afirmativa a Jaime Barros y posteriormente me llamó Neruda. Como se esperaba, su sorpresa fue grande. Estaba contento, pero...

–¿Es verdad que has aceptado hacerlo de buen grado? ¿No te has sentido obligada a ser mi presentadora oficial? Jaime me dice que será la primera vez que hablarás en público. ¿Crees que lo podrás hacer?

–Mi padre me preguntó lo mismo. Creo que puedo –le dije.

–Oh, muy bien, muy bien. Te estoy muy agradecido. No creas que no me doy cuenta de lo que haces por mí.

Escribí un discurso en una carilla a máquina, que aún conservo. Y me puse a ensayar la voz.

El día de la función, me llamaron por teléfono:

–Pablo quiere leer tu discurso. Dice que te vengas más temprano, para irnos todos juntos.

Cuando llegué, él se paseaba con sus largos pasos en el living.

–¿Crees oportuno que yo lo conozca antes? –me preguntó. Yo lo noté muy nervioso.

–No sé, aquí lo traigo.

Siguió paseándose.

–A ver, déjame pensarlo.

Se fue al segundo piso. Regresó.

–No, voy a escucharlo en el teatro. Sé que lo harás bien. Pero ¿estás segura que esto no es un compromiso molesto para ti?

Yo me sentía honradísima, orgullosa a más no poder.

–Bueno, bueno, ahora lo que tienes que hacer es tranquilizarte, sentirte absolutamente tranquila, tener plena confianza.

No estaba intranquila y el único que parecía asustado era él.

–Usted cree que voy a meter la pata.

–No, no es eso. Es que, como no has hablado nunca en público...

–Me he tomado unas pastillas sedantes –le aseguré–. Es usted el que tiene que estar calmado. El homenaje es para usted.

–Ya lo sé. Ahora guárdate el discurso. No es necesario que te lo revise.

Cuando llegamos al teatro Avenida, el lugar desbordaba de gente. Una multitud compacta, ordenada, casi silenciosa.

–Qué disciplinados son –pensé.

En el proscenio se había dispuesto una hilera de sillas frente al público, delante de una enorme bandera roja que flameaba arriba, con la hoz y el martillo.

Pablo quedó sentado al centro y yo a su lado. Alguien dijo que había cuatro mil personas. Yo miraba esa muchedumbre espesa, donde no cabía nadie más, y me pareció irreal estar sentada allí, tan serena, mientras el homenajeado cruzaba y descruzaba las piernas y todos los de la fila me sonreían amablemente.

Escuchamos de pie la Canción Nacional y, a continuación, se escucharon los acordes de una melodía desconocida.

–Qué hermosa canción –le dije en voz baja–. ¿Cómo se llama?

Él sacó un papelito del bolsillo, sin mirarme, y escribió unas palabras. Luego se lo guardó.
Por el micrófono sentí que me anunciaban. Pablo quedó sentado en el borde de la silla, con el cuello extendido, para no perder una palabra. Así lo describieron después.

Los parlantes me devolvieron una voz amplificada que apenas reconocí.

Aunque el nombre de un poeta como Pablo Neruda no necesita de mayor presentación... admiradora de su universal poesía... Hija de un cerro de Valparaíso... etc.

No he visto público como ése. No se oía una tos, una carraspera, el vuelo de una mosca. Parecía que hablaba ante un teatro vacío. Levantaba la vista. Allí estaban todos. Y Pablo, en la punta de la silla. Y Jaime, con su cara de sorpresa, su sonrisa y su cámara fotográfica.

Terminó la lectura. Bajé de la tarima y me encaminé a mi silla. Estalló un cañonazo. Eran los aplausos.
Cierto es que había finalizado pidiendo un aplauso para el poeta, pero la respuesta fue desmesurada.

Pablo se puso de pie, me estrechó en un abrazo, que en vez de aplacar el aplauso lo hizo más persistente y estruendoso. Consciente de estar reproduciendo una escena en la que me tocó participar en forma muy activa, no caigo en falsos pudores o modestias. La cosa fue como la cuento.

Al tomar asiento de nuevo, el aplauso que había decrecido, empezó a subir, como la pleamar y de nuevo se hizo compacto y eléctrico, casi angustioso.

–Te están aplaudiendo a ti, debes saludar –me susurró Pablo, aliviado de que hubiera salido airosa del trance.

Me puse de pie, levanté la mano, no el puño, claro, la mano, y envidié la gracia de las japonesas para hacer reverencias.

Neruda se levantó y ocupó la tribuna, donde debía ofrecer un recital de su poesía. En vez de eso, sacó un papelito del bolsillo. El mismo papelito.

Fue muy hermoso lo que dijo, al empezar. Y todo lo que dijo fue imprevisto y hermosísimo. Se refirió a mis sencillas palabras, con la altura y bondad que, conociéndolo, debía, sin embargo, esperar de él, en la ocasión. No puedo repetirlas, justamente porque fueron demasiado bellas y conmovedoras al dirigirse a mí.

Ellas hicieron inolvidable esa mañana, que no me arrepentí de haber vivido.

Y luego, empezó a referirse a la canción desconocida.

“Hace un momento, me ha preguntado el nombre, ‘cómo se llama esta canción tan bella’. No sabía, nunca la escuchó antes ... Entonces, ahí, en la primera fila, no podía contestarle... Ahora se lo voy a contestar...

Es la canción de los pobres del mundo... (ovación)... se llama La Internacional...”

Supongo que en la vida se viven estos momentos de tarde en tarde. ¿Cómo podría, en este libro de recuerdos, olvidar aquella mañana de hace veinticinco años? ¿Y por qué no la iba a recordar?

Más tarde Pablo sacó un manojo de poemas y los recitó con su voz de Temuco, largos poemas cadenciosos que rezumaban araucarias, trenes húmedos en la niebla verde del Sur, esperanzas de un mundo mejor.

Había un almuerzo de carácter oficial en el Rancho Criollo de Viña del Mar. Hablo de tantas cosas desaparecidas.

De improviso, al caer el telón, me dijo con voz misteriosa:

–Mantente alerta. Nos vamos a escapar.

Lo había sorprendido en algunos signos faciales intercambiados con el doctor Barros.

Después de salir por una puerta trasera, partimos, un pequeño grupo, en el auto de Jaime, el artífice de todo.

–Almorzaremos en mi casa, a la suerte de la olla –dijo, enfilando hacia el soleado camino a Reñaca.

Fue una sorpresa para su esposa muy bella, distinguida, ver aparecer a estos comensales fuera de horario y programa. Recuerdo esa singular escena. Nosotros sentados a la mesa, y ella, de espaldas a todos, mirando por la ventana. Todos alegres, haciendo bromas, y ella, glacial, sin mirar a nadie.

Pero hay algo imborrable, que vuelvo a ver como si estuviera ocurriendo.

Al despedirnos, Pablo se acercó a esa figura distante, y como si lo comprendiera todo, la abrazó en silencio y la besó en la mejilla.

El que tenía en ese instante el mayor derecho a sentirse ofendido, ponía fin a una situación que habría parecido incomprensible, o cuando menos, inexcusable, a cualquiera menos a él.

Pablo Neruda estaba más allá de las ideas y esa era su grandeza esencial.

Ella volvió unos ojos muy grandes, atónitos, un rostro turbado.

Es lo último que recuerdo de ese día.

Ese beso sereno y esos ojos abiertos, desarmados, interrogantes.


Poética y política

Estos fragmentos de Confieso que he vivido muestran a un hombre que, dedicado a sus tareas políticas, no olvida su poesía. La candidatura presidencial por el comunismo, la declinación del ofrecimiento a favor de la Unidad Popular y los días posteriores al golpe y asesinato de Allende.

Una mañana de 1970 llegaron a mi escondite marinero, a mi casa de Isla Negra, el secretario general de mi partido y otros compañeros. Venían a ofrecerme la candidatura parcial a la presidencia de la república, candidatura que propondrían a los seis o siete partidos de la Unidad Popular. Tenían todo listo: programa, carácter del gobierno, futuras medidas de emergencia, etc. Hasta ese momento todos aquellos partidos tenían su candidato y cada uno quería mantenerlo. Sólo los comunistas no lo teníamos. Nuestra posición era apoyar al candidato único que los partidos de izquierda designaran y que sería el de la Unidad Popular. Pero no había decisión y las cosas no podían seguir así. Los candidatos de la derecha estaban lanzados y hacían propaganda. Si no nos uníamos en una aspiración electoral común, seríamos abrumados por una derrota espectacular.

La única manera de precipitar la unidad estaba en que los comunistas designaran su propio candidato. Cuando acepté la candidatura postulada por mi partido, hicimos ostensible la posición comunista. Nuestro apoyo sería para el candidato que contara con la voluntad de los otros. Sí no se lograba tal consenso, mi postulación se mantendría hasta el final.

Era un medio heroico de obligar a los otros a ponerse de acuerdo. Cuando le dije al camarada Corvalán que aceptaba, lo hice en el entendimiento de que igualmente se aceptaría mi futura renuncia, en la convicción de que mi renuncia sería inevitable. Era harto improbable que la unidad pudiera lograrse alrededor de un comunista. En buenas palabras, todos nos necesitaban para que los apoyáramos a ellos (incluso algunos candidatos de la Democracia Cristiana), pero ninguno nos necesitaba para apoyarnos a nosotros.

Pero mi candidatura, salida de aquella mañana marina de Isla Negra, agarró fuego. No había sitio de donde no me solicitaran. Llegué a enternecerme ante aquellos centenares o miles de hombres y mujeres del pueblo que me estrujaban, me besaban y lloraban. Pobladores de los suburbios de Santiago, mineros de Coquimbo, hombres del cobre y del desierto, campesinas que me esperaban por horas con sus chiquillos en brazos, gente que vivía su desamparo desde el río Bío-Bío hasta más allá del Estrecho de Magallanes, a todos ellos les hablaba o les leía mis poemas a plena lluvia, en el barro de calles y caminos, bajo el viento austral que hace tiritar a la gente.

Me estaba entusiasmando. Cada vez asistía más gente a mis concentraciones, cada vez acudían más mujeres. Con fascinación y terror comencé a pensar qué iba a hacer yo si salía elegido presidente de la república más chúcara, más dramáticamente insoluble, la más endeudada y, posiblemente, la más ingrata. Los presidentes eran aclamados durante el primer mes y martirizados, con o sin justicia, los cinco años y los once meses restantes.

***

En un momento afortunado llegó la noticia: Allende surgía como candidato posible de la entera Unidad Popular. Previa la aceptación de mi partido, presenté rápidamente la renuncia a mi candidatura. Ante una inmensa y alegre multitud hablé yo para renunciar y Allende para postularse. El gran mitin era en un parque. La gente llenaba todo el espacio visible y también los árboles. De los ramajes sobresalían piernas y cabezas. No hay nada como estos chilenos aguerridos.

Conocía al candidato. Lo había acompañado tres veces anteriores, echando versos y discursos por todo el brusco e interminable territorio de Chile. Tres veces consecutivas, cada seis años, había sido aspirante presidencial mi porfiadísimo compañero. Ésta sena la cuarta y la vencida.

Cuenta Arnold Bennet o Somerset Maugham (no recuerdo quién de los dos) que una vez le tocó dormir (al que lo cuenta) en el mismo cuarto de Winston Churchill. Lo primero que hizo al despertar aquel político tremendo, junto con abrir los ojos, fue estirar la mano, coger un inmenso cigarro habano del velador y, sin más ni más, comenzar a fumárselo. Esto lo puede hacer solamente un saludable hombre de las cavernas, con esa salud mineral de la edad de piedra.

La resistencia de Allende dejaba atrás a la de todos sus acompañantes. Tenía un arte digno del mismísimo Churchill: se dormía cuando le daba la gana. A veces íbamos por las infinitas tierras áridas del norte de Chile. Allende dormía profundamente en los rincones del automóvil. De pronto surgía un pequeño punto rojo en el camino: al acercarnos se convertía en un grupo de quince o veinte hombres con sus mujeres, sus niños y sus banderas. Se detenía el coche. Allende se restregaba los ojos para enfrentarse al sol vertical y al pequeño grupo que cantaba. Se les unía y entonaba con ellos el himno nacional. Después les hablaba, vivo, rápido y elocuente. Regresaba al coche y continuábamos recorriendo los larguísimos caminos de Chile. Allende volvía a sumergirse en el sueño sin el menor esfuerzo. Cada veinticinco minutos se repetía la escena: grupo, banderas, canto, discurso y regreso al sueño.

Enfrentándose a inmensas manifestaciones de miles y miles de chilenos; cambiando de automóvil a tren, de tren a avión, de avión a barco, de barco a caballo; Allende cumplió sin vacilar las jornadas de aquellos meses agotadores. Atrás se quedaban fatigados casi todos los miembros de su comitiva. Más tarde, ya presidente hecho y derecho de Chile, su implacable eficiencia causó entre sus colaboradores cuatro o cinco infartos.

***

Cuando llegué a hacerme cargo de nuestra embajada en París, me di cuenta de que tenía que pagar un pesado tributo a mi vanidad. Había aceptado este puesto sin pensarlo mucho, dejándome ir una vez más por el vaivén de la vida. Me agradaba la idea de representar a un victorioso gobierno popular, alcanzado después de tantos años de gobiernos mediocres y mentirosos. Quizás en el fondo lo que me cautivaba más era entrar con una nueva dignidad a la casa de la embajada chilena, en la que me tragué tantas humillaciones cuando organicé la inmigración de los republicanos españoles hacia mi país. Cada uno de los embajadores anteriores había colaborado en mi persecución; había contribuido a denigrarme y a herirme. El perseguido tomaría asiento en la silla del perseguidor, comería en su mesa, dormiría en su cama y abriría las ventanas para que el aire nuevo del mundo entrara a una vieja embajada.

Lo más difícil era hacer entrar el aire. El asfixiante estilo salonesco se me metió por las narices y los ojos cuando, en esa noche de marzo de 1971, llegué con Matilde a nuestro dormitorio y nos acostamos en las egregias camas donde murieron, plácidos o atormentados, algunos embajadores.

Es un dormitorio adecuado para alojar a un guerrero y su caballo; hay espacio suficiente para que se nutra el caballo y duerma el caballero. Los techos son altísimos y suavemente decorados. Los muebles son cosas felpudas, de color vagamente hoja seca, ataviados con espantosos flecos; una parafernalia de estilo que muestra al mismo tiempo signos de riqueza y huellas de la decadencia. Los tapices pueden haber sido bellos hace sesenta años. Ahora han tomado un invencible color de pisada y un olor apolillado a conversaciones convencionales y difuntas.

Para complemento, el personal nervioso que nos esperaba había pensado en todo, menos en la calefacción del gigantesco dormitorio. Matilde y yo pasamos entumecidos nuestra primera noche diplomática en París. A la segunda noche la calefacción marchó. Tenía sesenta años de uso y ya se habían inutilizado los filtros. El aire caliente del antiguo sistema sólo dejaba pasar el anhídrido carbónico. No teníamos derecho a quejarnos del frío, como la noche anterior, pero sentíamos las palpitaciones y las angustias del envenenamiento. Tuvimos que abrir las ventanas para que entrara el frío invernal. Tal vez los viejos embajadores se estaban vengando de un arribista que llegaba a suplantarlos sin méritos burocráticos ni timbres genealógicos.

Pensamos: debemos buscarnos una casa donde respirar con las hojas, con el agua, con los pájaros, con el aire. Este pensamiento se convertiría con el tiempo en obsesión. Como prisioneros desvelados por su libertad, buscábamos y buscábamos el aire puro fuera de París.

***

Eso de ser embajador era algo nuevo e incómodo para mí. Pero entrañaba un desafío. En Chile había sobrevenido una revolución. Una revolución a la chilena, muy analizada y discutida. Los enemigos de adentro y de afuera se afilaban los dientes para destruirla. Por ciento ochenta años se sucedieron en mi país los mismos gobernantes con diferentes etiquetas. Todos hicieron lo mismo. Continuaron los harapos, las viviendas indignas, los niños sin escuelas ni zapatos, las prisiones y los garrotazos contra mi pobre pueblo.

Ahora podíamos respirar y cantar. Eso era lo que me gustaba de mi nueva situación.

Los nombramientos diplomáticos requieren en Chile la aprobación del Senado. La derecha chilena me había halagado continuamente como poeta; hasta hizo discursos en mi honor. Está claro que estos discursos los habrían pronunciado con más regocijo en mis funerales. En la votación del Senado para ratificar mi cargo de embajador, me libré por tres votos de mayoría. Los de la derecha y algunos hipócrita-cristianos votaron en mi contra, bajo el secreto de las bolitas blancas y negras.

El anterior embajador tenía las paredes tapizadas con las fotografías de sus predecesores en el cargo, sin excepción, además de su propio retrato. Era una impresionante colección de personajes vacíos, salvo dos o tres, entre los cuales estaba el ilustre Blest Gana, nuestro pequeño Balzac chileno. Ordené el descendimiento de los espectrales retratos y los sustituí con figuras más sólidas: cinco efigies grabadas de los héroes que dieron bandera, nacionalidad e independencia a Chile; y tres fotografías contemporáneas: la de Aguirre Cerda, progresista presidente de la república; la de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Comunista, y la de Salvador Allende. Las paredes quedaron infinitamente mejor.

No sé lo que pensarían los secretarios de la embajada, derechistas en su casi totalidad. Los partidos reaccionarios habían copado la administración del país durante cien años. No se nombraba ni a un portero que no fuera conservador o monárquico. Los demócrata-cristianos, a su vez, autodenominándose “revolución en libertad”, mostraban una voracidad paralela a la de los antiguos reaccionarios, más tarde las paralelas convergerían hasta volverse casi una misma línea.

La burocracia, los archipiélagos de los edificios públicos, todo quedó lleno de empleados, inspectores y asesores de la derecha, como si nunca en Chile hubieran triunfado Allende y la Unidad Popular, como si los ministros de gobierno no fueran ahora socialista y comunistas.

Por tales circunstancias pedí que se llenara el cargo de consejero de la embajada en París con uno de mis amigos, diplomático de carrera y escritor de relieve. Se trataba de Jorge Edwards. Aunque pertenecía a la familia más oligárquica y reaccionaria de mi país, é1 era un hombre de izquierda, sin filiación partidista. Lo que yo necesitaba sobre todo era un funcionario inteligente que conociera su oficio y fuera digno de mi confianza. Edwards había sido hasta ese momento encargado de negocios en La Habana.
Me habían llegado vagos rumores de algunas dificultades que había tenido en Cuba. Como yo lo conocía por años como un hombre de izquierda, no le di mayor importancia al asunto.

Mi flamante consejero llegó de Cuba muy nervioso y me refirió su historia. Tuve la impresión de que la razón la tenían los dos lados, y ninguno de ellos, como a veces pasa en la vida. Poco a poco Jorge Edwards repuso sus nervios destrozados, dejó de comerse las uñas y trabajó conmigo con evidente capacidad, inteligencia y lealtad. Durante aquellos dos años de arduo trabajo en la embajada, mi consejero fue mi mejor compañero y un funcionario, tal vez el único en esa gran oficina, políticamente impecable.

***

Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.

Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron de jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.

En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos “aristócratas”. Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores.

Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más y más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vio rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como un iluminado, como un soñador: su sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros la propiedad y las concesiones; para los criollos las coimas. Recibidos los treinta dineros, todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la City de Londres.

Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los menores detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era un dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra que realizó Allende en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aún, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica. Y la destrucción de los monopolios, y la profunda reforma agraria, y muchos objetivos más que se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.

Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la blitzkrieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país.

Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la república de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas.

Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.

Pablo Neruda


Pablo Neruda, año por año

1904: Nace el 12 de julio en Parral, Chile, hijo de Rosa Basoalto y José del Carmen Reyes Morales. Su nombre: Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. En agosto muere su madre.
1906: Se traslada a Temuco junto con su padre, que se casa en segundas nupcias con Trinidad Candia Marverde.
1910: Ingresa en el liceo de hombres de Temuco.
1917: El 18 de julio publica en el diario La Mañana su primer texto, un artículo titulado “Entusiasmo y perseverancia”.
1918: El 30 de noviembre, en la revista Corre-Vuela, de Santiago, aparece su primer poema: “Mis ojos”.
1919: Participa en los Juegos Florales de Maule con su poema “Nocturno ideal”. Obtiene el tercer premio.
1920: En octubre adopta definitivamente el seudónimo de Pablo Neruda. Obtiene con sus poemas el primer premio en la Fiesta de la Primavera de Temuco. Egresa del liceo como bachiller en Humanidades.
1921: Viaja a Santiago para seguir la carrera de profesor de francés en el Instituto Pedagógico.
1922: Colabora con la revista Claridad, órgano oficial de la Federación de Estudiantes.
1923: Crepusculario. Cuarenta y dos colaboraciones en diversas revistas. Las críticas literarias las firma con otro seudónimo: Sachka.
1924: Veinte poemas de amor y una canción desesperada.
1925: Funda y dirige la revista Caballo de Bastos.
1927: Cónsul ad honórem en Rangún, Birmania. Visita Lisboa, Madrid y Marsella.
1928: Cónsul en Colombo, Ceilán.
1929: Asiste en Calcuta al Congreso Pan-Hindú.
1930: Cónsul en Batavia, Java. El 6 de diciembre se casa con María Antonieta Haagenar Vogelzanz.
1931: Cónsul en Singapur.
1932: Regresa a Chile.
1933: El hondero entusiasta. Edición de lujo, de sólo 100 ejemplares, de Residencia en la tierra. El 28 de agosto llega a Buenos Aires, donde fue nombrado cónsul. El 13 de octubre conoce a Federico García Lorca.
1934: Cónsul en Barcelona. El 4 de octubre nace su hija Malva Marina. Conoce a Delia del Carril, quien será su segunda esposa.
1935: El 3 de febrero se traslada a Madrid, donde fue nombrado cónsul. Funda y dirige la revista Caballo Verde para la Poesía. Publica Residencia en la tierra.
1936: Comienza la Guerra Civil Española. Es destituido de su cargo consular por su ayuda a los republicanos. Se separa de su primera esposa.
1937: Funda con César Vallejo el Grupo Hispanoamericano de Ayuda a España. Regresa a Chile. España en el corazón.
1938: Mueren su padre y su madrastra en Temuco.
1939: Viaja a Francia.
1940: Vuelve a Chile. El 16 de agosto es nombrado cónsul en México.
1942: Visita Cuba. En Europa muere su hija Malva Marina.
1944: Premio Municipal de Poesía.
1945: Senador de la República por las provincias de Tarapacá y Antofagasta. Premio Nacional de Literatura. El 8 de julio se afilia al Partido Comunista.
1946: El 28 de diciembre se dicta sentencia judicial declarando que su nombre legal será Pablo Neruda. Conoce a Matilde Urrutia.
1948: El 5 de febrero los Tribunales de Justicia ordenan su detención por el discurso contra el presidente pronunciado el 6 de enero.
1949: Cruza clandestinamente la cordillera hacia la Argentina. Viaja a Moscú, Polonia, Hungría.
1950: Canto General.
1951: Gira por Italia, Francia, Alemania y la Unión Soviética. Conoce Pekín, donde se le entrega el Premio Internacional de la Paz.
1952: Edición privada y anónima de Los versos del capitán, inspirados en su mayor amor: Matilde Urrutia.
1955: Se separa de Delia del Carril y se va a vivir con Matilde.
1957: El 30 de enero, la editorial Losada publica sus Obras completas. El 11 de abril es detenido en Buenos Aires.
1959: Visita Venezuela. Navegaciones y regresos y Cien sonetos de amor.
1961: Canción de gesta. Las piedras de Chile. Cantos ceremoniales.
1962: Plenos poderes.
1964: Memorial de Isla Negra.
1968: Las manos del día.
1969: Fin de mundo. Aún. El 30 de septiembre es designado candidato a presidente de la república por el Partido Comunista de Chile. Recorre todo el país. Se retira de las elecciones para dar lugar a la designación de Salvador Allende por la Unidad Popular como candidato presidencial único.
1970: Participa activamente de la campaña de Allende. La espada encendida. Cuando triunfa Allende, es designado embajador en Francia.
1971: El 21 de octubre recibe el Premio Nobel de Literatura.
1972: Denuncia en los Estados Unidos el bloqueo contra Chile. Renuncia a su cargo de embajador y vuelve a Chile.
1973: A mediados de año dirige un mensaje a los intelectuales latinoamericanos y europeos para evitar la guerra civil en Chile. El 11 de septiembre un golpe militar derriba al gobierno de la Unidad Popular. Muerte del presidente Salvador Allende. El 23 de septiembre muere en un hospital de Santiago, Chile. Los militares saquean y destruyen sus casas. Durante el velatorio, una multitud repudia a la dictadura y lanza el nombre de Pablo Neruda como proclama de la libertad.


El Gran Orinador

¿Qué iba a pasar en el mundo?
El Gran Orinador desde su altura
callaba y orinaba.

¿Qué quiere decir esto?

Soy un simple poeta,
no tengo empeño en descifrar enigmas,
ni en proponer paraguas especiales.

¡Hasta luego! Saludo y me retiro
a un país donde no me hagan preguntas.

Defectos escogidos, 1973.


Entrevista a Sara Facio. Diciembre 1969, Isla Negra

Por Miguel Russo
mrusso@miradasalsur.com

La fotógrafa argentina Sara Facio logró, durante un mes y medio a fines de 1969 en Isla Negra, lo que parecía imposible: mostrar en toda su plenitud el fantástico universo de Pablo Neruda. Mascarones de proa, botellones, caracolas y una infinidad de objetos con historia propia, del mismo modo que la relación del poeta con el paisaje.

¿Cómo se le ocurrió esta idea de hacer la vida de Pablo Neruda a través de sus fotografías?
–En ese momento yo trabajaba con Alicia D’Amico y la idea principal era mostrar la grandeza y la riqueza de nuestra América latina. Así como otros fotógrafos mostraban los paisajes, nosotras pensábamos que lo maravilloso para mostrar era la inteligencia. Hoy, inclusive, luego de veinticinco años de aquel trabajo, todavía no se ha logrado poner a nuestros artistas en el grado de excelencia que merecen. En literatura, por suerte, después que empezamos a elaborar el proyecto de la galería de escritores a los cuales incluimos, hubo cuatro Premios Nobel. Obviamente, Neruda, allá en los años ’60, tanto para Alicia como para mí era el Poeta con mayúsculas. Ni de lejos había alguien que lo superara. Aprovechamos la gran amistad que teníamos con María Elena Walsh, quien a su vez era íntima amiga de Neruda. Entre ella y la que era secretaria de Pablo, Margarita Aguirre, hicieron de contacto. Lo gracioso fue que Neruda no contestaba ninguna carta a periodistas. Le mandamos un telegrama –por entonces no existía el fax y él no tenía teléfono en Isla Negra– que decía: “Llegamos el viernes. Si no nos recibe, conteste”. Por supuesto, no contestó. Y nos fuimos hacia allá. Llegamos con una carta de María Elena, y cuando entramos pudimos notar que en su agenda tenía anotado “Fotógrafas argentinas”, con un enorme signo de interrogación. Así lo conocimos. Era para tomarle sólo algunas fotos que pensábamos incluir en el libro Escritores de América latina. Ahora bien, cuando vimos ese mundo que lo rodeaba –ese universo de objetos magníficos que él había creado en Isla Negra– le dijimos que se merecía un libro propio. No sólo por su figura, por su aspecto imponente, por su gestualidad mayúscula, sino por esa casa, ese paisaje, sus visitantes. Juan Rulfo, Leopoldo Marechal, Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Juan Carlos Onetti, Jorge Amado, obispos chilenos, embajadores de todo el mundo, todos llegaban hasta su casa. Tomamos las fotos y cuando se las mandamos, ya que Pablo tenía que escribir un autorretrato para aquel libro, nos mandó una carta donde contaba que siempre había pensado mucho sobre nuestra idea de hacer un libro sobre su mundo privado. Decía que las fotos que le habíamos sacado lo entusiasmaron para dar el sí y que fuéramos rápido, antes de arrepentimos. Yo no lo podía creer, era la realización del sueño que había tenido en esos pocos días en que lo visitamos.

–¿Cuándo volvió a Chile para comenzar ese trabajo?
–Para diciembre de 1969. Nos quedamos con él más de un mes, tanto en su casa como en una hostería que quedaba cerca de Isla Negra. Nosotras no queríamos molestarlo, pero era él el que nos llamaba a cada rato porque no estábamos. Una mañana nos vino a buscar y nos dijo que había preparado algo fantástico para que tomáramos fotos: una manifestación. Fue cuando Pablo renunció a su candidatura a presidente por el Partido Comunista a favor de la Unión Popular y su candidato Salvador Allende.

–¿Cómo logró hacer triunfar la curiosidad de su cámara por sobre la de Neruda?
–Él mismo me iba contando la historia fascinante de cada objeto. No había nada puesto al azar. Todo lo que estaba en la casa había sido detalladamente seleccionado y querido por él. Yo miraba una botella o un caracol y Pablo se acercaba y me contaba qué quería decir cada curva, cada brillo, cada centímetro del objeto, por menor que fuera. Era imposible ver a cualquiera de sus objetos como algo inanimado. Por el contrario, todo tenía su historia, su anécdota, su razón de ser y estar en ese sitio. Todo lo que lo rodeaba tenía un maravilloso viaje desde sus orígenes hasta su lado, donde por fin descansaba.

–¿Era distinto Neruda fuera de la compañía de sus objetos y sus seres queridos, fuera de Isla Negra?
–No. Pablo era terriblemente burlón e irónico, dentro o fuera de su casa. Tenía un humor impresionante. Se mofaba, y se divertía mucho haciéndolo, de la solemnidad. Lo llamativo es que él era solemne, pero jugaba a serlo. Íbamos caminando por la calle y era como hacerlo al lado de un artista famoso de la televisión: se acercaban, le hablaban, querían tocarlo, le preguntaban cosas, le agradecían algún poema que les había cambiado la vida. Aún la frase no había caído como lo hizo en los últimos años, pero recuerdo que mucha gente le decía “gracias por existir”, sinceramente. Yo no podría afirmarlo, pero creo que, ante esas muestras de afecto, Pablo se ponía una coraza. Hay que tener en cuenta que era una época diferente, donde la gente tenía un trato distinto entre sí. Yo me tuteaba con todo el mundo, Sabato, Mujica Lainez, Silvina Ocampo, Bioy Casares. Menos con Borges, con quien jamás pude hacerlo. A Pablo le causaba mucha gracia que yo lo llamara, al principio, “señor Neruda”. Se burlaba de aquella formalidad y poco a poco me fue obligando a que lo llamara Pablo. Él adoptaba alguna pose solemne cuando iba a un acto público o en reportajes –esta última, una tarea que lo molestaba bastante–, o cuando le hacían fotos.

–¿Y cómo resolvió esa solemnidad ante la fotografía?
–Bueno, ni Alicia ni yo seguíamos la línea de nuestros colegas: no usábamos flash, ni lámparas, no movíamos muebles ni tocábamos nada de su lugar. Preferíamos la luz ambiente, natural. Y tan inadvertidas pasábamos que varias veces Pablo le preguntaba a Matilde dónde estábamos nosotras. “Sé que están en algún lado, observándome, pero no las veo”, le decía. Además, con la Leika que yo usaba, ni siquiera se escuchaba el click del obturador.

–¿Vio a ese Pablo, fuera de su casa, sin la coraza protectora?
–Muchas veces. Pablo era tan afable, cordial, cariñoso con todo el mundo, que era imposible que, en algún momento, la máscara que usaba para protegerse del afecto del mundo no se cayera. Lo mismo ocurría con Matilde. Tengamos en cuenta que para esa época, y para la edad que terna Pablo, para el personaje que era, no era muy común que se mostrara la intimidad de una pareja. Pablo abrazaba a Matilde en cualquier lado y allí estábamos nosotras para fotografiarlo. Por supuesto él vio todas las fotos reveladas que iban a salir en el libro y las permitió a todas. No impidió ninguna.

–¿En algún momento hubo un enojo por una foto indiscreta?
–Jamás. Hay fotografías que sacamos de noche, a la luz de unas velas, cenando. En ese momento me dijo que ésa no iba a salir. Y allí está, en el libro. Esa foto es una exclusiva muestra de mi eterno romance con la Leika. Ahora que lo pienso, sí hubo un foto que prefirió no saliera. Cuando vio por primera vez la maqueta del libro, había una foto de una señorita que Neruda me preguntó si no podía sacar. Yo le pregunté el motivo de esa decisión, y Pablo me contestó que Matilde era muy celosa. Nada más. Después supe que esa joven, a quien él hacía pasar por su sobrina, era una amante suya. Esa fue la única foto que pidió que no estuviera en el libro. No por él, sino porque le iba a molestar a Matilde. Ocurre que, además de que Pablo era un gran seductor, todas las mujeres estaban locas por él. El problema con las fotos lo tuve en España cuando se iba a publicar el libro. En la primera edición, en 1973, la editorial Aymá de Barcelona censuró todas las fotos en las que Neruda estaba con Salvador Allende. Quedó, entonces, el espacio en blanco como una muestra palpable de ese salvajismo. Y hasta el mes pasado tuve propuestas de editoriales chilenas para reeditar su biografía en fotos, donde la condición era que no apareciera el costado político de Pablo. Por supuesto, dije y seguiré diciendo que no. Y estoy segura de que Pablo estaría totalmente de acuerdo con mi determinación.

–¿Qué sentía en el instante de sacar cada foto, de captar un costado íntimo del Poeta con mayúsculas, como lo definió?
–Me escudaba en la Leika y, aunque parezca una locura, en la ausencia de flashes y aparatos estrafalarios. El motivo Neruda me resultaba fascinante. Por eso traté de hacer lo que llamaba el reportaje total, una técnica que siempre me gustó en fotografía. Dejar de lado la noticia para mostrar al personaje en todas sus facetas. Como anduvimos más de un mes juntos, y yo estaba con la cámara de la mañana a la noche, las fotos que no saqué fueron porque me parecía un momento inadecuado para hacerlas, no porque él me lo prohibiera. Un día lo fue a visitar Salvador Allende en secreto. Nadie debía saber que el futuro presidente de Chile estaba hablando con Pablo. Yo hice una foto cuando Matilde lo recibe en Isla Negra y, aunque participamos de la charla, no sacamos ni una sola placa de aquel encuentro. Otra vez, llegó a Isla Negra un obispo para pedirle a Pablo un poema sobre Violeta Parra. Neruda no pudo atenderlo, pero sí lo hizo su mujer. Cuando se fue, Matilde, que era un encanto de seducción, le dijo: “Pablito, ¿por qué no hacer algo por la Violeta, a quien usted quería tanto?”. Neruda se encaprichó y dijo que no. En ese momento debíamos hacer un viaje a Santiago. Neruda no manejaba y mientras lo hacía Matilde, él estaba con un anotador, sentado en el asiento delantero, y escribía como un poseso. Cuando llegamos a Santiago me preguntó si sabía escribir a máquina y me entregó el papel con el poema a Violeta Parra. Era un hombre con berrinches que cedían ante las sugerencias cálidas de Matilde. Así escribía él, y en ese momento le saqué una foto en la que aparece de espaldas, encorvado sobre el block de hojas, escribiendo su poesía.

–Se podría decir que usted fue la fundadora de la fotografía del escritor en su tarea específica...
–Es cierto. Pero es que el escritor, por entonces, no era un personaje fotografiable. Ese trabajo fue un desafío a nosotras mismas, a nuestra imaginación. Hasta ese momento las fotos de artistas eran sólo para pintores, sus ateliers, lugares con una escenografía rica. Sacar fotos de un escritor era, siempre, la biblioteca y su escritorio, nada más. Y las casas de Neruda, las tres que tenía por entonces, eran a cual más loca. Cuando llegué, al mes de que comenzara a habitar la embajada de Chile en París, aquel lugar había dejado de ser una casa burguesa para transformarse en esos laberintos de objetos, de camarotes de barco que a Neruda tanto lo apasionaban: tarjetas postales, mascarones de proa, pósters.

–¿Cambiaba el trato con Neruda cuando él observaba que usted estaba sin una cámara fotográfica?
–No, para nada. Primero, casi nunca dejaba mi Leika. Y segundo, él ya nos había incorporado. Nos llamaba “las ardillitas”; estábamos siempre alrededor de é1. Llegó, en aquel mes, una periodista norteamericana que pensaba hacerle un reportaje para un libro. Nos hicimos muy amigas. Ella andaba de un lado para el otro con su grabador y su micrófono. Neruda estaba muy fastidiado con aquel aparato y nos decía: “Bueno mis ardillas, hemos perdido la paz, allí viene otra vez la cornetita”. Las cámaras, por el contrario, no lo molestaban en absoluto. Varias veces me llamaba también “mariposa”, por la forma en que movía las manos sobre la cámara, sin ruido.

–¿Estuvo en Buenos Aires con Pablo?
–Sí. Él estuvo en mi casa. Antes de llegar a la Argentina le ofrecí, para que viviera, un departamentito que tenía cerca de la galería Pacífico. Pero, como lo nombraron embajador, su editor argentino lo invitó a hospedarse en el Hotel Plaza. Como quedaba muy cerca de mi casa venía todos los días a visitarme.

–¿Cómo era el poeta fuera de Chile?
–Chileno a muerte, a perpetuidad. Muy enamorado de su país, de sus comidas, sus vinos. Era un gran propagandista de Chile. Inclusive de sus escritores, aun los que no le gustaban. Respetuoso con todos los países que visitaba, pero muy defensor del suyo.

–¿Y el Neruda anfitrión durante ese mes y medio de estadía en Isla Negra?
–Fantástico. Él no cocinaba, pero hacía una fiesta de cada almuerzo o cena. Le encantaban las comidas sencillas pero buenas. Tenía hasta un horno chino para hacer un pescado ahumado exquisito, que jamás pude volver a encontrar. Yo le hacía el mimo de no tomar whisky. En aquel momento no se conseguía tan fácil en Chile y Pablo era un gran bebedor de whisky. Cada persona que llegaba a su casa y tomaba un vaso, lo ponía de muy mal humor, ya que si se acababa la botella, había que esperar mucho tiempo para poder reponerla. Como a mí me gustaba mucho el vino chileno, le hacía un doble honor: no tomaba su whisky y le alababa el vino de su patria. Todas las comidas eran amistosas, salvo cuando venía algún embajador. De aquellas reuniones Pablo trataba de escapar lo más rápido posible.

–En las reuniones con sus amigos –usted habló de Rulfo, Marechal, Onetti, Vargas Llosa, Edwards–, ¿cómo lo veía a Neruda?
–Contento, generoso con todo y con todos. No existía ningún tipo de polémicas en tomo de la literatura. Sencillamente no se hablaba de literatura. Quería que sus amistades conocieran todo lo que él amaba. Una vez nos llevó a Valparaíso, a su casa espectacular llena de escaleras y terraplenes. Otra vez al lugar que preparaba, cerca de Isla Negra, como la casa de los poetas. Siempre pleno: sea en su living, en un palco, en una manifestación o en una cena.

–¿Alguna vez lo vio preocupado por la imposibilidad de escribir?
–No. Tenía por momentos cierta melancolía, pero siempre ante el paisaje. A la caída del sol se quedaba muy silencioso, observando. Pero no triste, ni enojado.

–¿Cuál era la rutina de Pablo?
–Total en su vida cotidiana. Por la mañana escribía; antes del almuerzo, tomaba una copa en el bar. Luego de comer dormía unas siestas fenomenales. Jamás se bañaba en el mar ni caminaba por la arena de la playa. A la tardecita, el rito de la copa, cuando comenzaban a llegar los amigos y luego la cena. Un poco de música después y se acostaba temprano. Pero creo que sus grandes momentos eran la mañana, cuando escribía, y la siesta.

–Usted era admiradora de la poesía de Pablo Neruda, ¿cómo fue después de conocerlo?
–Fanática. Si no hubiera tenido esa experiencia creo que me hubiese faltado algo importantísimo en mi vida: el aprecio, el cariño, la amistad de una persona tan singular, tan fuera de serie como Pablo Neruda.


Volodia Teitelboim: “No quise ser miembro de la corte nerudiana, era su amigo”

Por Miguel Russo
mrusso@mirasalsur.com

¿Cómo nació la idea de una biografía sobre Pablo Neruda?
–De una manera muy irregular e inesperada. Yo había sido amigo de Pablo durante muchos años y curiosamente él se quejaba de la poca preocupación que demostraban los medios periodísticos para con sus libros. “La poesía les importa un alpiste. Para ellos, no existo”, me decía. Como periodista, yo entendía esto y escribía puntualmente ante cada aparición de algún libro suyo en el periódico El Siglo, pero nunca pensé escribir una biografía sobre nadie. En 1983, estando en el exilio en Moscú, me llamaron de una editorial española. Era octubre o noviembre, y me propusieron que escribiera un libro sobre Neruda con motivo de los ochenta años de su nacimiento, que se iban a cumplir el 12 de julio de 1984. Me dieron como plazo hasta fines de febrero del ’84. Yo dije que no tenía tiempo para escribirlo, ya que por entonces trabajaba para la radio chilena. Para elaborar ese programa tenía varios métodos: primero improvisaba, pero luego descubrí que repetía varias cosas que ya había dicho puesto que no tenía constancia escrita de lo que decía. Entonces me puse a escribir los libretos, pero eso me llevaba mucho tiempo. Allí empleé el recurso de dictarle a mi secretario. Una tarde él escuchó la conversación telefónica que yo mantenía con la gente de la editorial y me propuso intentarlo, siguiendo el mismo método que teníamos para el programa radial.

–¿Qué material de apoyo tenía para dictar esa biografía?
–Casi ninguno, salvo las obras completas de Pablo y mis recuerdos. Pero igual comenzamos el trabajo sin detenernos, sin mirar hacia atrás nunca. Estuvimos así, dictando y escribiendo desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde durante ocho meses. Logramos de esa manera abrir la llave de la memoria, respetando el orden cronológico de los sucesos.

–¿Ni siquiera le sirvieron las autobiografías de Neruda: Confieso que he vivido y Para nacer he nacido?
–No. Decidí darles la espalda porque corría el riesgo de comentar cosas que él ya hubiera dicho, es decir, refutar informaciones. Había leído los libros, pero traté de ignorarlos, ya que eran una tentación y un peligro muy grande. Un hombre que se pone a escribir su autobiografía, inevitablemente dice sólo las cosas que puede decir. Y calla las cosas que cree no puede decir. Pablo Neruda no escapaba de esa ley.

–Sin embargo, usted cuenta en la segunda edición algunas historias que no estaban en la primera. ¿También le pasó eso de callar cosas sobre Neruda?
–Yo tuve cierta autocensura en la primera edición. Hubo cosas que no dije porque podían dañar o herir a su mujer, Matilde Urrutia. Por ejemplo, las infidelidades. No eran simples aventuras amorosas sino hechos literarios, y de mucha sinceridad, que formaban parte de su vida como capítulos importantes que no debían ser suprimidos. La primera escritura no contenía varias historias que sí contuvo la segunda. No las conté en función de infidencias, sino que lo hice por entender que ayudaban a la comprensión del hombre Neruda.

–Se dijo en varias oportunidades que los siete libros editados póstumamente no habían sido escritos por Neruda, sino por un grupo de poetas-alumnos reunidos alrededor de su figura tutelar...
–Y fue una mentira absoluta. En los últimos tiempos de Pablo, ya en su cama frente al ventanal de Isla Negra que daba al Pacífico, él instaló allí su cuarto de trabajo y escribía como un condenado a muerte. Sabía que iba a morir y que tenía que terminar una obra, pero no imaginaba que eso iba a suceder tan rápido. Una tarde llegó Gonzalo Losada desde la Argentina con un regalo: un chaquetón para que Neruda no pasase frío en el crudo invierno chileno. Pablo agradeció y le dijo que también tenía un regalo para él. Entonces le pidió a Matilde que trajera los cuadernos. Eran siete libros. Losada le preguntó si eran para publicar inmediatamente y Neruda le contestó que eran para editar con motivo de su setenta cumpleaños. Un libro por cada década para dejar testimonio de su trabajo. Esos poemas son muy transidos, acongojados, donde un Neruda cercano a la muerte hace una revisión del mundo como en 2000, ejerce su autocrítica en Defectos escogidos, la contemplación en El mar y las campanas y El corazón amarillo. Esos libros aún deben ser profundizados y tenidos en cuenta en su verdadera importancia.

–Usted admiraba a Vicente Huidobro cuando se desató la polémica entre ese autor, Pablo de Rokha y Neruda, ¿qué provocó el cambio por el cual pasó a formar parte del grupo nerudiano?
–Exactamente, yo era huidobriano. Vicente era una persona que llegaba de Europa dispuesta a formar un movimiento. Fui uno de los primeros reclutas de ese mundo fantástico y representativo de la revolución estética francesa: Apollinaire, Rimbaud, Baudelaire, Aragón. Éramos apasionados de todo lo francés en contra de las actitudes chilenas. Sin embargo, no era antinerudiano. Yo sabía de memoria los Veinte poemas..., aunque estimaba anticuada a Gabriela Mistral (la gran poeta para Neruda). Ella era una especie de epígono modernista y yo tenía todo el extremismo propio de los diecisiete años. Huidobro sí era antinerudiano, no admitía competidores. Él decía ser el primer poeta del mundo y opinaba que Neruda era un autor de tangos. “No has leído el Tango del viudo”, decía. Cometí la insolencia de hacer una antología de nuevos poetas chilenos. Era imposible eliminar de ella a Neruda, ya que hubiera parecido una estafa a la vista. Le pedimos trabajos para incluirlos y él nos envió, desde España, materiales nuevos: eran los originales de los primeros poemas de Residencia en la tierra. Esa antología desató la más sonada polémica del siglo en Chile. Neruda volvió a Chile en 1937 y publicó España en el corazón. Yo trabajaba en una revista y me enviaron a hacerle una entrevista. A partir de ese reportaje comenzó una amistad entrañable, pero jamás quise ser miembro de la corte nerudiana, que tanto bien y mal le hizo al poeta.

–Después de la desaparición de Pablo Neruda, ¿hace falta un nuevo nombrador para las cosas del mundo?
–Creo que sí, ya que los nombres contemporáneos, tanto de hechos como de cosas, son apócrifos. Hay una nomenclatura falsa y equivocada que designa con su contrario a un hecho o a un fenómeno. Se habla de posmodernidad y en el fondo, junto con los avances técnicos, los cambios formales y los materiales, hay en muchos aspectos, desde el punto de vista de mentalidad y de concepción del mundo, un retroceso. Sobre todo en Chile se ha retrogradado enormemente, y, en algunos casos, la mentalidad parece colonial. En Chile el gran debate de hoy es con respecto al divorcio y se dicen sobre el tema las cosas más fundamentalistas. Con sutiles diferencias, esto ocurre en todo el mundo. Se corre el riesgo de que Pablo Neruda sea tildado de poeta amoroso al tratar de eliminar de todos los registros el compromiso político y social que siempre tuvo. Hay un peligro de secuestro del Neruda comprometido con su pueblo y su gente. En Chile se habla, varias veces hasta oficialmente, del poeta como un artículo de marketing. Las casas de Neruda han sido remozadas y están brillosas y lustrosas, muy bien mantenidas, pero el espíritu de Neruda no está allí. Su nombre está en las guías turísticas más distinguidas. Entonces se organiza el programa de la visita del rey de España y lo llevan a Isla Negra. Después vienen las infantas y también las llevan allí. Luego el hermano del emperador del Japón, y una nueva visita a Isla Negra. La pregunta es: si Neruda viviera ahora, ¿qué sería? Efectivamente hace falta un nuevo nombrador que destruya los alias falsos de las cosas y de las instituciones y que restablezca las verdades. Pero esos nombradores no se fabrican, surgen determinados por un misterioso código genético que producen el genio poético, su época y sus circunstancias.

22/09/13 Miradas al Sur