Carlos Mugica

Carlos Mugica por Rubén Dri, Fortunato Mallimaci, Eduardo De la Serna y Felipe Pigna.

Militante de la vida

Por Rubén Dri

En ardua discusión con los fariseos, según narra el evangelio de Juan, Jesús exclamó: "Vine para que tengan vida y la tengan en abundancia", expresando con ello el meollo de su proyecto. No se trata meramente una vida "sobrenatural", sino de la vida real, la de los pobres y humillados a los que no se les permitía vivir en la entera dignidad humana. Jesús de Nazaret fue un extraordinario militante de la vida. La muerte, el asesinato, fue la respuesta del imperio.

Tales militantes de la vida no mueren, o en todo caso, la muerte es un momento de su trascendencia. Vuelven a resucitar interminablemente en las generaciones siguientes. Nuevos militantes retoman sus banderas, su amor a la vida, a la propia y sobre todo a la de los demás, de los otros, de los pobres, de los humillados, y el estandarte de la vida vuelve a levantarse para dar nuevas batallas y dar sentido a nuevas vidas.

Uno de esos militantes de la vida fue el compañero y querido Carlitos Mugica. Nadie como él vivió tan intensamente, amó con tanto ardor la vida, la propia y sobre todo la de los pobres, la de los villeros, sus hermanos queridos. Perteneciente al estrato de los dominadores, se pasó al de los dominados. Pudiendo ser rico se hizo pobre.

Perteneció Carlos a la generación de sacerdotes latinoamericanos que, en la época del Concilio Vaticano II recuperaron las raíces liberadoras del cristianismo, aquellas que se encuentran en la práctica del campesino Jesús de Nazaret y en la fe de los primeros discípulos de Cristo que después del desbande que provocara la crucifixión del Maestro se recuperaron y transmitieron el mensaje de liberación en todo el ámbito del imperio romano.

Comprendió Carlos que el proyecto liberador del cristianismo no significaba la salvación del alma, sino la salvación del ser humano en su ser íntegro, que implicaba la liberación en todos los ámbitos en los que se desarrolla la vida humana, en lo personal, lo económico, lo social, lo político y lo cultural.

Ello lo llevó a la villa, haciéndose pobre con los pobres; lo llevó al Movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo y de allí al peronismo, arriesgándose en compromisos en los que sabía que se jugaba la vida. Todos esos compromisos siempre los contrajo como la manera más fiel de ser a su fe cristiana y sacerdotal.

Militante de la vida, vital él por todos sus poros, su vida no fue fácil. Tomó rumbos desconocidos, se arriesgó en senderos no transitados. Formó militantes que asumieron compromisos en los que se les fue la vida, asumió el peronismo como movimiento popular, sabiendo que allí las certezas desaparecían.

Seguro en su compromiso de fe, fiel a su sacerdocio, vital como era, nunca rehuyó el debate acalorado con sus hermanos en el sacerdocio sobre los caminos concretos que era necesario tomar para acompañar al pueblo en su lucha liberadora.

Seguimos recordando a Carlos Mugica no como un compañero muerto, sino como un compañero que hoy vive en las luchas de los villeros, de los militantes cristianos que vuelven a encontrar esas raíces liberadoras del cristianismo. Hoy es una bandera de lucha, de fe, de compromiso, de militancia.

11/05/13 Infonews


Por qué no podría ser santo el padre Mugica

Por Fortunato Mallimaci

Hacer santos siempre tiene la importancia en la Iglesia Católica de hacer memoria, no sólo mirando atrás sino al futuro; mostrar hacia dónde uno quiere ir. En el caso de Juan Pablo II, eligió casi siempre asesinados por el comunismo; y en el caso de Ratzinger, los asesinados por la República Española.

En este caso, sin hacer futurología, lo de ayer muestra la continuidad con sus predecesores a la hora de encuadrar los principales centros de interés que tiene el Vaticano: los santos italianos que enfrentaron al Islam, llevándolo a la actualidad con las comunidades cristianas que se sienten amenazadas en esos países. En cuanto a América Latina, no son los asesinados por la dictadura, por el terrorismo de Estado de gobiernos autoritarios católicos, sino que siguen siendo personajes no muy conocidos para estas tierras.

Por ejemplo, antes de canonizar a alguien que evangelizó indígenas sería mejor primero reconocer los crímenes cometidos durante la la conquista. Reconocer lo que significó la colonización como conquista, el exterminio, los asesinatos de miles de originarios, algo que señala al cristianismo con una responsabilidad histórica.

Esto sigue mostrando una continuidad de larga data. Juan Pablo II hizo miles de santos, más que en toda la historia previa del cristianismo. Ahora, estos 802 es un modo de decir a quién seguir, quiénes son los referentes. Cabe esperar otros santos de América Latina, mientras se sigue postergando la promesa latente de canonizar a los asesinados por dictaduras católicas. Eso sí sería una gran transformación, un reconocimiento a los sacerdotes, dirigentes católicos o religiosos asesinados por haber tenido compromiso social y político no con los pobres, sino con el objetivo de terminar con la pobreza en la que están, organizándolos, empoderándolos. Esa sigue siendo una asignatura pendiente. Hace pocas horas se celebró un nuevo asesinato del Padre Mugica. Qué bueno sería que él fuera elegido santo.

13/05/13 Tiempo Argentino
 

Carlos Mugica o el espíritu que vuelve y perdura

Por Eduardo De la Serna

No hace falta demasiada investigación para descubrir cuánto le importó a Carlos Mugica la situación de su país y de toda la Patria Grande. Su claro compromiso político, su vehemente lucha por la liberación, son signo suficientemente claro de su humanidad.

Con palabras que parecen tan válidas para ayer como para hoy afirmaba: "El problema hoy, en la Argentina, está en convalidar o no el sistema capitalista liberal vigente, inevitablemente subordinado al imperialismo. Y aquí no cabe el apoliticismo del sacerdote"(...) "Solamente los que ignoran por conveniencia, para mantener sus privilegios, el sufrimiento del pueblo argentino, pueden negar el estado de violencia institucionalizada en que vivimos", "Vivimos en un evidente estado de violencia institucionalizada, solamente no perceptible para algún funcionario con mentalidad proscriptiva, e insensible al dolor del pueblo argentino".

CARLOS CARGADO DE HUMANIDAD. Carlos sabía que cuando Dios se hace hombre, el signo de la humanidad de Jesús es que 'pasó haciendo el bien'. Jesús no fue un turista por la historia sino alguien que 'tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades'. Mugica se negó a ser un pasajero ante el dolor. Sea el de la pobreza, el de la violencia, el de la injusticia, todo dolor supo vivirlo como propio. Su amado Pablo VI lo había dicho: "No podemos permanecer silenciosos frente a regímenes vigentes en algunos países, que constituyen sin duda una especie de 'violencia institucionalizada'. Tenemos que denunciar con sabiduría, pero clara y abiertamente, las políticas que contradicen 'la visión global del hombre y de la humanidad' que la Iglesia 'tiene como propia'" (Populorum Progressio 13).

La defensa de la dignidad humana, especialmente de la pisoteada por los poderosos, es un imperativo ético en todo aquel que sabe sentirse hermano de los hombres. Para Mugica eso es fundamentalmente evangelizador. Así se expresaba: "Nosotros, los hombres de Iglesia que hemos contraído la enorme responsabilidad de ser los portavoces del mensaje de Cristo hasta las últimas consecuencias, debemos ser fieles al llamado del Señor: hoy más que nunca nos exigen asumir la defensa de todos los seres humanos pisoteados en su dignidad; pero, sobre todo, como lo recalca el Documento de Justicia del sínodo de Obispos, de los más pobres y oprimidos. Se trata, una vez más, de ser la voz de los que no tienen voz. La verdad os hará libres."

CARLOS HOMBRE DE ESPÍRITU. Mugica aprendió del Evangelio que el amor se expresa en el servicio. Frente a la humanidad caída, es necesario adquirir un corazón servicial, dispuesto y fraterno: "El cristiano tiene que estar dispuesto a dar su vida. A poner sus energías al servicio de los hombres. En el caso de los sacerdotes, ellos como hombres de Cristo deben estar dispuestos a la entrega de su vida."

ESPÍRITU DE DISPONIBILIDAD. Nacido en 'cuna de oro', Mugica supo dejarse convertir por los pobres y convertirse hacia los pobres. Esa terminología, propia de Puebla, y que Carlos no conoció, no deja de ser coherente con su pensamiento. Mirando a los pobres, y dejándose enseñar por ellos, Mugica supo desprenderse de lo que le impedía vivir la radicalidad del Evangelio. Supo estar dispuesto para los caminos siempre nuevos del Señor:

ESPÍRITU DE HUMILDAD. En las reuniones de los curas villeros, Carlos no dudaba -y lo han afirmado sus compañeros- en preguntar a todos sobre qué hacer; ¿qué piensan ustedes? Y especialmente, ¿qué piensan los villeros? Era un punto de partida para saber cómo obrar, qué decir, o cómo evaluar lo dicho o hecho. Incluso, cuando no podía consultar antes, rápidamente preguntaba a quienes podía su opinión.

Así Mugica supo dejar una religiosidad intimista, centrada en el “salva tu alma”, y esto porque estaba dispuesto a aprender. Si supo mirar, por ejemplo, con otros ojos el movimiento peronista y supo mirar las cosas ‘desde’ el pueblo, fue porque dejó que “los pobres (le enseñaran) a leer el Evangelio". "Ahí entra en juego la humildad de saber ser cuestionados, de dejarnos cuestionar por los demás, y de cuestionar también nosotros a los demás", decía.

Cada vez que hablaba de "tener todo en común", "opción por los pobres", ser "iguales", era frecuente, ver días después las solicitadas (particularmente de la infaltable secta llamada Tradición, Familia y Propiedad) o las pegadas de carteles callejeros. Para determinados sectores de la sociedad era preferible entender que el "todo en común" que había expresado debía leerse en clave marxista y no evangélica. Cuestionar al otro era la mejor manera de no sentirnos cuestionados. Pero esto no hacía sino revelar que el punto de mira de los adversarios no era religioso sino ideológico. Uno de los primeros conflictos de Carlos en la Parroquia del Socorro fue, precisamente, por decir que "todos somos iguales". Lo que resultaba indignante a muchos de ese ambiente era que esto venía dicho por uno que es "como uno" y no "como esos".

ESPÍRITU DE TRABAJO. No hace falta más que mirar su vida y su ritmo incesante para saber que a Mugica lo movía una increíble capacidad de trabajo. Las clases en la Universidad del Salvador, los trabajos en la Villa 31, la colaboración en parroquias como Santa Elena, San Francisco Solano, las misas en el Instituto de Cultura Religiosa Superior, las charlas a novios y grupos universitarios, misioneros, y algunos artículos pedidos por diversos medios de comunicación reflejan la enorme tenacidad para el trabajo de Mugica. Su amigo Tito Borda decía que era 'un militante', otros que era "pertinaz, ordenado y estudioso", "vasco" decían otros... Alejandro Mayol, su compañero y amigo, cuenta que en el seminario era llamado "la bestia" (o, en francés, como era habitual en su tiempo, la bête) porque todo lo hacía "a lo bestia: estudiaba como bestia, rezaba como bestia, jugaba como bestia".

ESPÍRITU DE FORTALEZA. Se ha afirmado que los mártires están sostenidos por el don de la fortaleza que envía el Espíritu. También, que es una cualidad humana, aunque los cristianos lo reconozcamos como proveniente de Dios. Así lo afirmaba R. Tello en 1976: "Hay otro hecho. No se ve ahora, pero creo que se va a ver, no muy lejos... La Iglesia argentina también tendrá que fundarse en la sangre de mártires. Y cuando algunos de los que estén acá tenga que dar su sangre por Cristo –y la dará–, sepan que fue porque recibió el Espíritu de Dios."

La situación política invitaba a sospechar cada vez con mayor probabilidad la cercanía de la violencia y la muerte. El caso de Norma Morello fue emblemático para Carlos. Y a partir de la bomba en su domicilio, la cercanía de la muerte se 'palpaba'. La respuesta negativa a la pregunta "Carlos, ¿no tenés miedo que te maten?" era cada vez más frecuente. Su carrera veloz para atender el teléfono y no preocupar a su madre ante la posibilidad de recibir una amenaza, también. Incluso –recuerda Orlando Yorio– hasta lo tomaba con un poco de humor. "Los cristianos estamos llamados a dar testimonio de la verdad, y a la lucha con todas nuestras fuerzas contra la injusticia, aunque esto traiga, como consecuencia, la cárcel, las torturas, el secuestro y eventualmente la muerte.

Frente a esta dura exigencia que existe desde los comienzos de la vida de la Iglesia, la vigorosa palabra de Cristo es nuestro constante aliento: 'No teman a los que pueden matar el cuerpo. Teman, más bien, al que puede matar el cuerpo y el alma, y arrojarlos en la gehena. Temamos a esta nueva gehena que es esta sociedad de consumo; aunque sea de consumo para unos pocos y de hambre para muchos'."

ESPÍRITU DE COMPASIÓN Y MISERICORDIA. La centralidad del bautismo va adquiriendo también valor creciente en la reflexión de Carlos. Eso lleva a Mugica a ahondar cada vez más la fraternidad, y sus consecuencias. La lamentablemente clásica actitud de desprecio hacia los pobres, quizá en nuestros días más agravada aun, con siempre nuevas y escandalosas notas de xenofobia y racismo, lo encontraban respondiendo con firmeza y ternura: "no hablen así de mis hermanos villeros".

ESPÍRITU DE ALEGRÍA. Sus amigos y familiares recuerdan que "nunca perdió el humor". Ni siquiera ante la inminencia de la muerte violenta. Carlos era buscado, muchas veces, por su espíritu alegre, sus chistes. Entendió que su misión era predicar una "buena noticia", y lo hacía con la vida. Era alegre y predicador de alegría. Basta mirar la carcajada general en la Villa al alejarse un patrullero y verlo levantando las manos a las carcajadas, para entender con un ejemplo práctico lo que venimos diciendo.

ESPÍRITU DE PAZ. Si bien en un primer momento y por su carácter vehemente Mugica pareció a muchos como partidario de la violencia –y quizás en algún momento lo haya sido–, sería necesario recordar el tiempo y mirar algunos elementos para descubrir que Carlos, de hecho, era un amante de la paz. Eran tiempos de proscripción del peronismo, y el pueblo buscaba quebrar esa proscripción. Por otra parte, la juventud, como en tantas partes de América Latina, se acercaba peligrosamente a las "organizaciones guerrilleras", entusiasmada por la cercanía de las utopías de un mañana inminente de justicia. En coherencia con el grupo de sacerdotes que envió a Paulo VI y los obispos reunidos en Medellín una reflexión sobre la violencia, Mugica reconoce en esta, varios tipos. Una, la originaria, una violencia estructural, violencia "de arriba" que es la que genera la "violencia de abajo".

Esa violencia institucionalizada necesita frenar la violencia que ella misma genera, para lo que recurre a la violencia represiva. Así se va conformando lo que Helder Cámara llamó la "espiral de violencia". Consciente de que el pueblo puede "perder la paciencia", Mugica fue un tenaz adversario de la violencia estructurada; "si no hay justicia no podremos impedir que miles de jóvenes ingresen las organizaciones guerrilleras", afirmó.

Por otra parte, y como el caso de Norma Morello servía para ejemplificarlo, Mugica fue enemigo declarado de la tortura. Violencia cobarde e inhumana al extremo.

ESPÍRITU APASIONADO. Si hay que definirlo con una palabra, Carlos era un apasionado, lleno de "energía", Carlos era "fuego": "Carlos tenía el fuego sagrado de algunos elegidos", decía Borda. Era un "apasionado de la vida", y supo gozar de la vida. Ponía pasión en todo lo que hacía, y contagiaba su fuego a todos los que lo rodeábamos.

ESPÍRITU LIBRE. El sentirse "seguro de sí" le daba libertad; así aprendió a "vivir como un hombre libre". Siguiendo un esquema paulino podríamos afirmar que en un principio no lo era. Vivió sus principios en el seminario aferrado a la ley.

En una época marcada por el cristianismo espiritualista, Carlos, hijo del Vaticano II y Medellín sufrió dentro suyo los mismos "choques" que padeció la Iglesia. Vivía con preocupación de "mundanidad" su pasión por el fútbol, usaba cilicio... Sin duda fueron los pobres quienes lo ayudaron a ser "más humano", a integrar la "carne", la pasión, a "gozar de la vida". Eso que tanto aportó la vuelta a la Biblia en la reflexión cristiana –aunque quedara sólo en lo intelectual, como él mismo decía– nos ayudó a vivir la encarnación. Mugica aprendió a experimentar lo que ya había comprendido intelectualmente, gracias a los pobres, aprendió a "sentirlo", y a gozarlo. Al principio, a Carlos le sorprendió la capacidad de festejar de la gente, y después "bueno, me fui entusiasmando". Pero Su vida sólo tenía sentido como seguidor de Jesús. Carlos era, fundamentalmente, un "hombre de fe". Y en esa vida de fe, los pobres lo ayudaron no sólo a ser más humano sino también más cristiano (¡y más cura!)

11/05/13 Tiempo Argentino
 

Carlitos Mugica, el que optó por los pobres

Por Felipe Pigna

Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe nació el 7 de octubre de 1930. Era el tercer hijo del matrimonio formado por Carmen Echagüe, descendiente de Pascual Echagüe uno de los héroes de la Vuelta de Obligado, y Adolfo Mugica, Diputado conservador entre 1938-42 y Canciller de Frondizi. Estudio en el nacional Buenos Aires y cursó tres años de derecho pero descubrió que su vocación estaba en el sacerdocio. De su época de seminarista data su primer libro “El católico frente a los partidos políticos”, en el que ya se anticipan algunas ideas sobre el necesario compromiso social y político del sacerdocio.

En 1954, ya ordenado sacerdote, junto al padre Juan José Iriarte comenzó a recorrer conventillos y a tomar contacto con el pueblo, con sus padecimientos y sus simpatías políticas. Eran épocas de enfrentamiento entre Perón y la Iglesia, y Mugica se sintió muy conmovido por lo que leyó en una pared de una vivienda humilde: “Sin Perón no hay patria ni Dios. Abajo los cuervos”. La llamada Revolución Libertadora decidió por él. No era un cuervo ni estaba para ser cómplice de los fusiladores y comenzó a gestarse la que llegaría a ser una intensa militancia en las filas del peronismo.

A comienzos de los 60, misiona en el Norte santafecino, asesora espiritualmente a la Juventud Universitaria Católica y comienza a trabajar socialmente en Villas de emergencia. Se vivían los tiempos del Concilio Vaticano II, inaugurado por Juan XXIII en 1962 y clausurado por Pablo VI en 1965, y la Iglesia parecía finalmente optar por los pobres.

En 1966 participa como asesor espiritual de los campamentos solidarios de la Acción Misionera Argentina en la zona de Tartagal, Santa Fe, junto a estudiantes secundarios nucleados en la Juventud Estudiantil Católica entre los que estaban Gustavo Ramus, Fernando Abal Medina y Mario Firmenich, futuros fundadores de Montoneros.

A fines de 1967 viajó a Bolivia para pedir la liberación de Regys Debray y Ciro Bustos, detenidos por su participación en la guerrilla del Che y a reclamarle al presidente Barrientos la entrega del cadáver de Guevara para repatriarlo. De allí viajó a París a estudiar comunicación social y teología pastoral allá por el ’68, justo cuando a mayo se le ocurrió volverse rojo y negro y escribir en las paredes “Dios ha muerto”. Carlos no pensaba lo mismo, pero lo entusiasmaba la rebeldía de aquellos jóvenes que se habían hartado de tanta hipocresía. Fue en aquella ciudad y en aquellos días de barricada cuando se incorporó al flamante Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo que lo tendría como a uno de sus principales referentes.

Cuando volvió, la patria lo esperaba convulsionada, Córdoba estallaba y la dictadura de Onganía, autodenominada “Revolución Argentina”, se caía a pedazos. Mugica se instaló en la villa para siempre, aunque seguía viviendo en su buhardilla en la casa de sus padres en la calle Gelly. La villa crecía junto con las esperanzas de tanta gente que llegaba, ahí nomás, a Retiro, a probar suerte. Venían con sus hijos, sus vergüenzas, sus miedos. Carlos les enseñó a organizarse y a ejercer con orgullo la solidaridad. Brotaron guarderías, salitas, talleres de música, de teatro, de títeres, bolsas de trabajo, comedores. La gente se adueñaba de su vida.

Carlos no se callaba. Denunciaba a los hipócritas, a los mercaderes del templo. Sabía que tenía enemigos muy poderosos y veía como un día aparecía la guardería destruida, y otro día robaban la proveeduría y otro día mataban a algún pibe de la parroquia y le ponían una bomba en su casa.

A Carlos se le ponían rojos los ojos azules y rezaba una oración que casi le fue naciendo naturalmente:

“Señor: perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece.
Señor: perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.
Señor: perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, de las que puedo no sufrir, ellos no.
Señor: perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.
Señor: yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.
Señor: perdóname por decirles ‘no sólo de pan vive el hombre’ y no luchar con todo para que rescaten su pan.
Señor: quiero quererlos por ellos y no por mí.
Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.
Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz.”

Era una oración, era horadar en las almas de piedra. Mugica nunca olvidaba una frase que le dijo un hachero santafecino:
“Soy la alpargata de mi patrón”. Él quería otra cosa, quería alpargatas y libros para todos, alpargatas bien puestas y libros bien leídos.

Defendió a su compañero, el padre Carbone detenido por el caso Aramburu, despidió los restos de los Montoneros Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus, abatidos en William Morris y asistió al velatorio de los fusilados de Trelew velados en la sede del Partido Justicialista. Pero a medida que Perón se acercaba a la Argentina advertía que había que abandonar la lucha armada y dedicarse a la construcción política dentro del nuevo gobierno elegido por el pueblo para no quedar aislados.

Discutió fuerte con la izquierda peronista cuando aceptó un cargo honorario en el Ministerio de Bienestar Social de López Rega, en el que los que no lo conocían bien veían un acercamiento al brujo y los que trabajaban con él sabían que era un intento de impulsar la construcción de un masivo plan de viviendas para los millones de sin techo de todo el país. López Rega, sólo quería el prestigio de Mugica y generarle conflictos y ahondar la brecha que lo separaba de sus históricos compañeros. Sin obtener más que ingratitudes, renunció a los pocos meses.

Su popularidad era enorme, se lo podía ver en programas de televisión y leerlo en las páginas de “La Opinión” donde no se cansaba de decir que no estaba preparado para matar, pero tenía claro que estaba dispuesto a morir por su gente. Una tarde de mayo, un comando de la Triple A al mando de Rodolfo Eduardo Almirón, mató a Carlos. Diez años después un tal Juan Carlos Juncos -ex custodio del “brujo”- confesó ante el juez Eduardo Hernández Agramonte haber participado en el operativo para asesinar a Mugica por orden directa de José López Rega. En la declaración, Juncos manifiesta que el “Brujo” le había entregado diez millones de pesos ley 18.188 (unos 10.000 u$s de entonces) para terminar con Mugica, porque “este curita lo estaba molestando políticamente”. Aquel 11 de mayo de 1974, miles de personas acompañaron el cortejo, entre tantas lágrimas e indignación pudo verse por última vez, visiblemente emocionado, a don Arturo Jauretche.

En la villa, las María Eva empezaban a ensayar su oficio de madres cuidando a las decenas de Carlitos que buscaban su lugar bajo el Sol escuchando los acordes de la murga “Los guardianes de Mugica”.

© Felipe Pigna