Una cuestión de química, digamos

Por Roberto Bardini

– Lo he investigado minuciosamente y usted es el hombre indicado, amigo Marlogüe –fanfarroneó el gordo–. Y espero que este primer trabajo que voy a encargarle sea el inicio de una… digamos… fructífera relación de conveniencia recíproca.

El gordo estaba sentado frente a mi destartalado escritorio. Intentaba imitar los modales y el lenguaje de los hombres de negocios. Vestía un traje de 600 dólares, la corbata era de seda, el anillo tenía casi el mismo tamaño que un escudo medieval y el reloj costaba el equivalente a lo que yo pagaba por doce meses de alquiler de mi oficina en Avenida de Mayo. Pero a pesar del decorado y la utilería que llevaba encima, el tipo era más ordinario que un diente de madera.

– El trabajo es sencillo –continuó–. Una vez por mes deberá viajar en un avión privado a un país centroamericano o caribeño y llevar un maletín con cinco o seis kilos de euros. Los depositará cada vez en un banco diferente, que le indicaré en su momento, y su comisión será… digamos… de alrededor de medio kilo, además de viáticos y todos los gastos de alojamiento en hoteles de cinco estrellas.

Me dijo que dentro de tres días él mismo me llevaría al aeropuerto. Mi avión saldría a la una de la mañana con destino a Panamá. Allí tomaría otro vuelo rumbo a Belice.

– Confío en usted –agregó–. Es una cuestión de química, digamos.

Me entregó dos mil dólares como adelanto de viáticos y se fue.

Abrí la última gaveta de mi escritorio, saqué la botella de whisky y me zampé un trago doble. Miré el techo a punto de caerse, las paredes descascaradas, la alfombra raída y planifiqué muy bien mi próxima faena. Cuando estuve seguro de lo que tenía que hacer, llamé por teléfono a mi amiga Candela. Le dije que a la noche no fuera al puticlub donde trabajaba porque yo tenía mejores planes.

* * *

Tres días después, el gordo me llevaba al aeropuerto en su Audi R8. En la autopista fanfarroneó que era el mismo modelo que usaba Leo Fariña.

– Pero digamos que espero no terminar como él –comentó.

“No”, pensé. “Digamos que vas a terminar peor”.

Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar, me di vuelta y miré hacia atrás.

– Nos siguen –le informé-. Hay un coche que viene detrás de nosotros desde la primera caseta de peaje.

Observó por el espejo retrovisor.

– ¿Le pidió a alguien que nos custodiara? –pregunté.

– No –balbuceó.

– Bien –dije y desenfundé mi pistola Glock 19 modelo Compact–. En cuanto pueda, salga de la autopista, estacione entre los árboles y apague las luces.

En cuanto pudo, tomó un camino lateral, zigzagueó en un sendero de tierra, se detuvo entre unos arbustos y apagó las luces. Pocos minutos después vimos los faros de un automóvil que se desplazaba a baja velocidad por el sendero buscándonos en la oscuridad.

Bajé del coche y tomé posición de tiro parapetado en la parte delantera del Audi. Cuando el otro vehículo estuvo a menos de diez metros, disparé seis veces.

Sin moverme de mi posición, observé a través del parabrisas destrozado. La cabeza del gordo parecía una cacerola llena de hamburguesas crudas.

Se fue de este mundo sin enterarse que se iba. No podía darle la oportunidad de que cualquier día se transformara en un “arrepentido” y deambulara por los canales de televisión hablando de más en programas farandulescos. En mi profesión, hay que ser discreto.

Según él, me había investigado minuciosamente. Tendría que haberse enterado que detesto viajar en avión, que no tolero ni el clima ni la gente de los países centroamericanos o caribeños y que nunca me alojo en hoteles de cinco estrellas. Además, los que me conocen saben que no soporto a los fanfarrones. Cuestión de química, digamos.

Guardé la pistola, saqué el maletín con los cinco o seis kilos de euros y caminé hacia los faros del coche que nos había seguido. Abrí la puerta del acompañante y subí.

– ¿Cómo salimos de aquí? –preguntó Candela.

– No tengo la más pálida idea –le dije–. Pero no te preocupes. A partir de este momento tenemos toda la vida para encontrar una salida.

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