Medios y violencia

El anti pibe

Por Juan Pedro Nardi *

Otro caso de violencia simbólica en los medios

Existen en el periodismo argentino casos de ejercicio profesional que deberían de ser revisados por la justicia con correctivos que estén a la altura de las circunstancias de un periodismo serio y éticamente comprometido con la formación de una sociedad más crítica.

Uno de estos casos es el del anti pibe, un “pequeño periodista”, como él se define, que es extensamente repudiado por el movimiento estudiantil (y gran parte de la comunidad), a raíz de varios choques que viene provocando desde hace algunos años contra jóvenes estudiantes que se movilizan cuando surge alguna problemática educativa. Con el reciente conflicto en secundarios por la falta de presupuesto para infraestructura y los cambios curriculares inconsultos, este showman de las noticias volvió a los escenarios televisivos para escandalizar estos serios problemas en materia educativa y criminalizar sus intentos por solucionarlos.

En relación a los ejercicios de violencia en los medios, es interesante estudiar las formas simbólicas (palabras, gestos, miradas, actitudes, etc.) en que este periodista “discute” con estos jóvenes, sin jamás escucharlos o considerar sus posturas como válidas. Es así que invitando a los estudiantes al piso de su programa o a través de un móvil (las cámaras nunca tuvieron la oportunidad de registrarlo pisando un colegio) este conductor de conductas patoteras ejerce una verdadera violencia simbólica contra sus interlocutores.

Llamando a los estudiantes en la mayoría de las veces “nenes” o “chiquitos”, les confiere un sentido peyorativo que se asocia a sujetos inmaduros, inexpertos, inconscientes e irresponsables, cuando en realidad son jóvenes que realizan un ejercicio de su derecho constitucional a protestar de una manera más que consciente. Pero este conductor, no los escucha, sus entrevistados son objetos parlantes. No existe el diálogo, porque no existe el otro y si existe, es para parodiarlo e imponerle coercitivamente su visión del mundo.

Así los acusa una y otra vez, desde hace años, de cometer actos inconstitucionales, delictivos y violentos (criminalizando claramente la protesta) porque toman una institución educativa para peticionar a sus autoridades, cuando ellos mismos explican, como lo hizo en una ocasión Fernando Ramal y más recientemente Lucas Terranova, ambos estudiantes de secundarias, que tomar un establecimiento educativo no es un hecho violento, tampoco un delito y mucho menos una medida inconstitucional (en el artículo 14 de la constitución se establece el derecho a peticionar a las autoridades), explicándole además, que se ven y vieron obligados a tomar esta medida ya que luego de organizar movilizaciones y jornadas, escribir y presentar cartas, confeccionar petitorios, completar planillas de firmas, etc., nadie los escucha y los conflictos, persisten sin solución. Pensemos además en que tomar una escuela no es algo muy grato para nadie y que no se lo hace si no se tiene una justificación medianamente seria.

A la facultad se va a estudiar y no a “subirse arriba de una mesa o a hacer politiquería barata” le dijo a una de sus jóvenes invitadas. Con estas actitudes, se descalifican todas estas iniciativas y luchas estudiantiles, estigmatizando a los jóvenes de irresponsables o de llevar adelante actos de delincuencia, inclinando la lectura del destinatario hacia un sentido peyorativo sobre las acciones de estos jóvenes y lo que es peor, como dijimos, criminalizando la protesta, ya que se remarca constantemente que el hecho de protestar en esos términos, es un delito. De esta manera se desvía la atención y la discusión sobre el conflicto central, que son las causas políticas y económicas que movilizan a los jóvenes, para armar un show en el que se quiere demostrar que todos sus actos son errores y que hay que corregirlos, pero claro, sin nunca proponer una solución a los conflictos reales. Los jóvenes son entonces siempre los que están en el lugar del error, la equivocación, la vagancia, la irresponsabilidad y la delincuencia.

Más allá de que muchos no lo tomen con seriedad y se pueda debatir sobre la influencia real de este personaje, o de los medios de manera más general, sobre la opinión publica o la formación de subjetividades, nos parece adecuado pararnos a pensar sobre los significados implícitos y sutiles que se disparan desde estos espacios de poder que representan una verdadera práctica de violencia simbólica que pone al descubierto posiciones que se corresponden con los intereses de las clases dominantes. No es de extrañar que los fundamentos de este periodista ante las toma de los colegios se escuche también en boca de funcionarios de derecha.

¿Por cuánto tiempo más nuestras pantallas y nuestra información sobre los problemas sociales seguirán siendo mediados y tratados por periodistas con estas actitudes e inclinaciones reaccionarias, prejuiciosas y cerradas al diálogo? Son los casos como estos los que recuerdan a aquel del 2009 en el que la justicia civil sancionó a Clarín por discriminación hacia las mujeres de las clases más vulnerables por una nota titulada “La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado” alegando que se intuía a pensar que las mujeres de clases bajas tenían hijos para cobrar subsidios.

Es hora de que los organismos de control mediáticos comiencen otra vez a repartir jabones para que algunos adultos empiecen a limpiar sus bocas y aprendan a tener un uso mas higiénico y saludable de la palabra.

* Comunicador Audiovisual y columnista en Radio Universidad La Plata.
juan.nardi@hotmail.com