El caso Camila Sánchez

Profundo mar adentro

Por Guillermo Marin *

"Dale, Señor, a cada uno su propia muerte", pedía el poeta Rainer María Rilke con acertado patetismo. Acaso sea esa misma súplica la que expresan los ojos de Selva Herbón, la mamá de Camila, la nena de dos años internada en el Centro Gallego, conectada a un respirador artificial, y que en estas últimas semanas se supo que yace en estado vegetativo desde que nació. Tal vez la demanda desesperada de su progenitora que pide que a su hija “la dejen ir” gravite en aquello que opina el comité de ética de ese mismo centro de salud: “No es digno para la niña seguir viviendo en esas condiciones”, aunque los médicos rechazaron el pedido de los familiares de practicar eutanasia pasiva (que alude a la interrupción de la asistencia respiratoria) amparándose en el vacío legal que existe sobre la temática.

Según los especialistas, Camila padece encefalopatía crónica irreversible, es decir, al momento de nacer, un paro cardiorespiratorio dejó su cerebro sumamente dañado tras veinte minutos de reanimación. Luego la conectaron a un respirador artificial y le realizaron una traqueotomía junto a un botón gástrico. Lo cierto es que el caso Camila Sánchez reabre un debate áspero en el que se entrecruzan creencias religiosas, cuestionamientos éticos y debates científicos, y que tal vez pueda lograr lo que durante décadas los expertos en ética de la Argentina que están a favor de la muerte asistida jamás consiguieron: la despenalización de una extinción piadosa. Es que no hace mucho era impensable en el país contar con la Ley de Matrimonio Igualitario, y entonces, en ese orden de cosas valdría preguntarse: ¿Es hora de legalizar la eutanasia en la Argentina? En una encuesta (Clarin.com sobre 5518 casos) el 91,8% de los encuestados dijo estar a favor de que el Congreso sancione una ley de muerte digna.

En el país, como en muchas regiones del mundo, desconectar a una persona que puede seguir viva mediante asistencia externa se consideraría un homicidio. Y no sólo eso: el hecho de que un médico atisbe pensar en provocar la muerte de su paciente, echaría por tierra la ortodoxia del Juramento Hipocrático, promesa de honor que alude a no utilizar “un remedio mortal” que provoque su fallecimiento. De todos modos, me dice Roberto Cherjovsky, decano de la facultad de medicina de la UAI, “los médicos debemos prolongar la vida, no el sufrimiento” Así, en ese contexto, existen en la medicina actual concepciones tales como “suicidio asistido” (el propio paciente es quien se suministra, aconsejado por un profesional, un tóxico letal hasta provocarse la muerte), “ortotanasia” (o muerte digna, que consiste en dejar morir a tiempo sin emplear medidas desproporcionadas que alteren un tratamiento específico) y la propia eutanasia, que a diferencia del suicidio asistido es el médico quien emplea fármacos o maniobras que provoquen el deceso del enfermo. Cada uno de estos supuestos, y ante el caso puntual de Camila (de por sí amplificado en la coyuntura social por la condición pediátrica de la paciente), llevó a que, tanto especialistas en conducta médica como profesionales de la salud y legisladores se pronunciasen a favor o en contra de crear un marco legal que autorice cualquiera de estas prácticas. A la fecha existen dos nuevos proyectos que se suman a otros cinco para legislar sobre muerte digna. En uno de ellos, que pertenece al diputado Miguel Bonasso de Diálogo por Buenos Aires, se plantea la necesidad de que los médicos estén habilitados a “ayudar” a bien morir a una persona que tenga una patología incurable y progresiva. Cuatro meses atrás, el senador Samuel Cabanchik (Proyecto Buenos Aires Federal) argumentaba en uno de los artículos de su iniciativa: “Asegurar la autonomía del paciente y el respeto a su voluntad en el proceso de la muerte, incluyendo la manifestada de forma anticipada mediante el testamento vital”.

Sin embargo, según Carlos Gherardi, experto en bioética y autor del libro Vida y muerte en terapia intensiva (Biblos, 2007), señala que “el suicidio asistido o la eutanasia no deberían ser legislados, es decir, convendría que ambas prácticas quedasen en la intimidad. Ninguna legislación ni jurisprudencia es mejor que la decisión practicada en la intimidad familiar y con un médico”. Gheradi también se refiere a la necesidad de definir pronto un proyecto de ley a nivel nacional que garantice la manera adecuada de proceder en cuanto al manejo del soporte vital de pacientes en estado vegetativo a raíz de un deterioro cognitivo severo. Sin duda, discutir hoy en la Argentina (y como en pocas regiones de Sudamérica), a través de comités de bioética, si los soportes tecnológicos interviene en detrimento de la libertad vital de los pacientes, es un claro ejemplo de madurez social.

Más allá de la postura de la Iglesia que, se sabe, pregona la anulación total de cualquier acto médico que atente contra la vida del paciente o que impulse el encarnizamiento terapéutico del enfermo, existe también una visión clínica que basa su posición en los cuidados paliativos, y que en este último tiempo divulgó un punto de vista particular ante pacientes en estado vegetativo. “Los opositores a la eutanasia, afirma Koldo Martínez de la unidad de cuidados intensivos del Hospital de Navarra, Pamplona, sostienen que un buen cuidado paliativo haría desaparecer las peticiones de muerte asistida. Aun así, ni el mejor cuidado puede eliminar todo el sufrimiento hoy día, por lo que cabe pensar que siempre existirán pedidos de eutanasia. Esta debería ser una opción de último recurso. Pero la decisión final debería estar en manos del paciente o de su familia y su doctor, más que en la de los jueces”.

Con todo, como me aclara Isabel Bañes, experta en medicina familiar y docente de ética médica, “A veces se confunden los términos y en ocasiones tenemos miedo de llamar a las cosas por su nombre. Hablar de eutanasia en un país con fuerte raíz religiosa obliga a usar términos distorsionados con “bajo impacto” (muerte digna) y a sancionar leyes capaces de enmascarar prácticas (Muerte cerebral -ley de trasplante de órganos-). Tal vez algún día nuestra sociedad pueda pararse frente a la muerte con valentía y nombrar a las cosas por su nombre, partiendo de la premisa de que vivir no es sinónimo de sobrevivir”.

No hay nada más subjetivo que el sentido de la vida. Cada cual puede hallarlo tanto en la salud como en la enfermedad. Pero nadie puede inducir ese hallazgo a través de un mandato. Ningún adulto con sentido común debería ser obligado a aceptar una existencia intolerable tanto para él, como para un familiar. La ética no es una ciencia y, aun cuando algunos principios parecen eternos, la mayoría de ellos cambia junto con las sociedades a través de los espacios geográficos y culturales. La eutanasia es un problema filosófico y médico-científico que, a través de una regulación jurídica adecuada, los estados deberían garantizar la libertad de decisión de un paciente entendiendo que la vida, como susurraba Ramón Sampedro, el personaje del la película Mar adentro, es un derecho y no una obligación.

* Periodista, especializado en historia de la medicina.
desechosdelcielo@gmail.com

 

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