Jorge Abelardo Ramos como publicista de Democracia (1951-1955)

Por Marcelo Summo

En el presente artículo pretendemos analizar la matriz teóricopolítica que construyó Jorge Abelardo Ramos a la hora de interpretar la realidad de América Latina y el proceso histórico en el cual se inscribe. Entre nuestros propósitos específicos se encuentran los de explorar sus interpretaciones en torno a las políticas de las potencias y las “revoluciones nacionales” en las colonias y “semicolonias” que componen la región. La pregunta central que nos orienta es cómo pensó Ramos el problema de la nación y, consecuentemente, el del peronismo. Para ello nos centramos en el análisis de sus ensayos políticos publicados en el diario Democracia entre los meses de diciembre de 1951 y septiembre de 1955.

Un publicista marxista para un diario peronista

Jorge Abelardo Ramos comenzó a trabajar como publicista de Democracia un mes después de celebrado el acto comicial de 1951, en una coyuntura caracterizada por un altísimo nivel de confrontación entre gobierno y oposición. Bajo el seudónimo de Víctor Almagro publicó allí regularmente sus artículos entre los días 26/12/1951 y 14/09/1955. Éstos aparecieron por lo general en primera plana, en la parte inferior izquierda del periódico, compartiendo cartel con otros que suscribía semanalmente un tal Descartes, quien no era otro que el mismo presidente de la República. Con ese seudónimo, Perón publicó sus trabajos también en primera plana, pero en la parte superior de la misma, arriba y a la derecha de los de Ramos, lo cual constituía toda una metáfora gráfica que daba cuenta estrictamente de la relación política entre ambos y del lugar ocupado por Ramos en el matutino. Tanto Perón como Ramos comenzaron a colaborar en Democracia en un momento en el que el régimen peronista pretendía relanzar la propagandizada “revolución nacional” que decía estar llevando adelante desde 1946, la cual era emparentada desde una perspectiva antiimperialista histórica y políticamente con otros procesos que se estaban sucediendo también en la periferia del planeta, tales como los de Bolivia y Egipto.

Con el arribo del periodista Américo Barrios a la dirección del diario un mes antes de las elecciones, se operaron importantes cambios a su interior, entre otros, el de colocar un colaborador propio en el extranjero. Ese puesto fue cubierto por Ramos, quien se incorporó al matutino estando en París. Por lo general, Perón y Ramos fueron los únicos columnistas de Democracia que publicaron sus escritos con firma, compartiendo además, en diferentes momentos, preocupaciones temáticas tales como la política de las grandes potencias, las perspectivas de una unión sudamericana, el papel de los ejércitos en las sociedades periféricas, el rol de la Iglesia, la prensa y los intelectuales en las mismas, y el escenario interno y externo en que le tocaba hacer política al gobierno peronista. Esto se relacionó directamente con el lugar que ocupó Ramos en el diario y con la función que allí desempeñó. Básicamente, la de apoyar desde una perspectiva de izquierda a todas las “revoluciones nacionales” que acaecían en las colonias y “semicolonias” del mundo –entre ellas “la peronista”–, cumpliendo el papel de agitador antiimperialista y de detractor político de los partidos socialistas y comunistas –tanto locales como foráneos–, entendidos como aliados estratégicos de las potencias y, en consecuencia, como enemigos irreconciliables de aquéllas.

En la medida en que desde noviembre de 1946 el joven trotskista Ramos venía sosteniendo una orientación de “apoyo crítico” hacia el régimen, su ingreso a Democracia representaba una especie de “matrimonio de razón” entre éste y el peronismo. Por un lado, le otorgaba al primero la oportunidad de publicar en un medio masivo de gran tirada sus artículos y de llegar con su discurso a un público mucho mayor y a la vez diferente al que tradicionalmente lo leía y, por el otro, le permitía al segundo contar con una pluma aliada más que creativa e incisiva en sus disputas políticas con las potencias y la izquierda tradicional.

“Imperialismo” y “revoluciones nacionales”, la unidad latinoamericana

Como publicista del matutino, Ramos volvería sobre temas abordados en trabajos anteriores, como los publicados en la revista Octubre o en su libro de 1949 América Latina: un país, pero pronunciándose de una manera distinta para desplazarse en un sentido diferente. Si bien retomaba el problema de la “balcanización imperialista” del subcontinente y la consecuente necesidad de su unificación, ahora, a diferencia de lo expresado oportunamente, omitía definirse en términos de la forma final que ésta debería tener.

Así como en la revista Octubre había expresado la necesidad de “la fusión económica y política de los veinte estados actuales en una sola gran nación” y en el libro argumentado que “la creación de un Estado único en América Latina ha alcanzado conciencia teórica solamente en nuestros días”, en el diario planteaba que “la revolución nacional latinoamericana tiende a la unificación de los actuales estados en una Federación o Confederación”. Conviene detenerse en este punto puesto que las diferencias entre una unión de tipo federativo y otra de carácter confederal no son menores. En una federación el poder estatal se divide entre una autoridad central y las autoridades regionales que no se encuentran subordinadas a la primera, sino coordinadas con ella. Se trata de una auténtica asociación entre estados en la que tanto el Federal general como los estados federados tienen una esfera propia (que corresponde respectivamente a los intereses comunes y a los propios de cada Estado federado) de soberanía. Los poderes son soberanos, distintivos y coordinados. Asimismo, la unión federativa difiere totalmente de las simples confederaciones, ligas o alianzas entre estados, en las cuales, aun cuando exista un órgano común, éste se subordina al poder de los estados confederados o aliados. Allí, independientemente de su extensión territorial o de su importancia demográfica, los estados confederados se encuentran en una posición de prioridad dentro de la confederación, y disponen del mismo derecho de voto en la asamblea confederal (que suele ser el único órgano común entre ellos), constituida por sus representantes. Las deliberaciones de la confederación sirven de vínculo para los estados miembros, pero para que resulten obligatorias para los ciudadanos es necesario que cada Estado las haga ejecutivas en sus ordenanzas internas.

Las razones de la indefinición de Ramos tenían que ver con sus opciones políticas del momento y probablemente con los límites que el periódico le imponía a su pluma. Cabe señalar que la política del régimen peronista en torno a este tema resultaba bastante clara, en la medida en que apostaba a una confederación de naciones que, dentro de lo posible, contase con una hegemonía argentina. En ese sentido, mientras que lo primero se manifestaba en forma explícita a través de hechos, declaraciones y discursos, lo segundo se expresaba implícitamente en las pujas y negociaciones que mantenía con el régimen brasilero, el cual resultaba su principal competidor en términos de la lucha por la hegemonía al nivel regional. Por ello, definirse abierta y consecuentemente en favor de una federación seguramente le hubiese generado a Ramos problemas con la dirección del diario. Volcado como estaba a una política de “apoyo crítico”, se expresaba a favor de toda medida tomada por el gobierno que fuese en el sentido de la unidad regional, deslizando tímidamente la posibilidad de una federación ulterior pero sin agitar políticamente en favor de ésta. En ese sentido, sus oscilaciones resultaban de índole coyuntural y obedecían a cierta lógica política. En la medida en que el gobierno resultaba exitoso en la implementación de su orientación, se dedicaba a ensalzarlo y a agitar en favor de una profundización de la unidad regional, mientras que en los momentos en que no se registraban avances en esa línea, se permitía sugerir la idea de una federación ulterior sin impugnar la opción confederativa. La ambigüedad al respecto se mantendría a lo largo de todo el período en que duraría su colaboración en Democracia, volviéndose a pronunciar abierta y claramente en favor de una federación una vez caído el régimen de Perón, cuando ya la coyuntura política tenía otras características.

La dirección del proceso

Plantearse la unificación de Latinoamérica implicaba preguntarse por quién o quiénes conducirían y llevarían adelante ese proceso. En este punto encontramos en sus artículos matices relevantes. Mientras que en algunos casos el llamado a la dirección obrera como garantía final de la unificación es explícito, en otros se nos aparece un cierto nivel de ambigüedad. Veamos como interpretaba la dinámica de la unificación para el caso de Brasil: “sólo la moderna clase trabajadora brasileña podrá realizar hasta el fin la revolución democrática, cuyo más importante capítulo es la incorporación del Brasil a una Confederación de pueblos latinoamericanos”. En este artículo, para arribar a tal conclusión, analizaba los anclajes de la debilidad de la burguesía brasileña en términos de la realización de su “revolución nacional” y definía a Vargas como el representante político “tímido y vacilante” de sus intereses. Como se observa, su interpretación abrevaba directamente en el llamamiento de Trotsky al proletariado latinoamericano y no difería en lo sustancial con la caracterización de las burguesías de la región que éste proponía: subordinación estructural a las potencias y pusilanimidad política.

Ahora bien, curiosamente, su lectura al respecto cambiaba a la hora de analizar la situación argentina: “en el fondo, y ahora también en la forma, los representantes más cínicos del imperialismo norteamericano reconocen que el régimen de Perón y su irradiación continental conduciría, tarde o temprano, a una confederación de pueblos latinoamericanos, proyecto de Bolívar y exigencia histórica de los 140 millones de hombres que pueblan el hemisferio. (...) El surgimiento de una potencia latinoamericana aportaría un nuevo y decisivo factor a la política mundial”. En ese caso, al plantear como un peligro para las potencias la posible irradiación regional del régimen de Perón, reconocía implícitamente cierta fortaleza a la burguesía argentina y un lugar de liderazgo en ese proceso. Por otra parte, ésta era presentada como portadora de una política continental que, además, tenía posibilidades de realizarse. Esto representaba un cambio con relación a la interpretación realizada en América Latina: un país, y a la vez una resolución de cierta tensión que aparecía tanto allí como en algunos números de Octubre, en donde la burguesía argentina era caracterizada todavía en términos de un trotskismo más “ortodoxo”. En términos de la unidad subcontinental, existían entonces burguesías débiles e inconsecuentes como la brasileña, y fuertes, consecuentes y con vocación continental, como la argentina. Esto es así, máxime si se tiene en cuenta que el régimen de Perón es el único interpretado como con posibilidad de irradiarse hacia toda Latinoamérica. En este punto, el viraje era importante y, al respecto, cabe señalar que no hemos encontrado en Democracia ningún artículo en donde Ramos vuelva sobre sus pasos respecto de su interpretación de la burguesía argentina y del papel progresivo del peronismo en la unificación regional.

El rol de Perón

Con relación a su producción anterior a 1951, también aparecían en sus artículos de Democracia cambios en lo que respecta a su lectura política de la figura de Perón. En la medida en que Perón era reivindicado por ciertas realizaciones de gobierno y defendido frente a las supuestas calumnias que vertían sobre su persona y su gestión las potencias y los intelectuales a su servicio, era presentado como un referente importante del antiimperialismo latinoamericano y caracterizado como uno de los artífices más consecuentes de la unificación regional. A partir de esa lectura, en la que se interpretaban ciertas realizaciones del presidente argentino y su régimen como manifestaciones cabales de un antiimperialismo real, Ramos comenzaba a apartarse de lo afirmado con anterioridad en Octubre y América Latina: un país. Allí había sostenido de manera categórica que no se debían “sembrar ilusiones sobre el ‘antiimperialismo’ de Perón” en las masas obreras del país. Corriéndose entonces de aquella interpretación y acercándose a una valoración cada vez más positiva de Perón y su gobierno, pasaba ahora a reivindicarlos por encontrarlos orientados hacia un nacionalismo antiimperialista de neto corte emancipador: “es bueno recordar que no es posible confundir el nacionalismo de una nación oprimida con el de una nación opresora, el nacionalismo de Perón con el nacionalismo de Hitler”.

A partir de su temprano posicionamiento en el debate trotskista sobre la “cuestión nacional” entre Antonio Gallo y Liborio Justo, había comenzado a primar cada vez con mayor fuerza entre sus consideraciones la idea de que la contradicción fundamental en Latinoamérica operaba entre el “imperialismo” y las naciones oprimidas. En ese sentido, su caracterización de la Argentina como “semicolonia” y la consecuente lectura de que las tareas de su revolución eran democráticas y nacionales, lo habían conducido hacia 1946 a apoyar tácticamente al peronismo en la medida en que lo consideraba coyunturalmente enfrentado al “imperialismo”. A partir de allí, la misma lógica era aplicada al análisis de todos los casos regionales: allí donde existía un movimiento nacional que entrase en relativo conflicto con las potencias, los verdaderos revolucionarios socialistas debían sostenerlo críticamente.

Entendiendo que el objetivo estratégico final era la construcción de los Estados Unidos Socialistas de América Latina, consideraba que la táctica aplicable a su consecución era la del frente único antiimperialista con los movimientos nacionales, manteniendo la independencia política y de clase sin integrarse a ellos.

De allí, que muchas veces se pronunciase en favor de gobiernos tan disímiles en lo político, como los de Cárdenas, Villaroel, Paz Estensoro, Ibáñez, Vargas, Arbenz, Arévalo, Albizu Campos o Torrijos, sin profundizar en el análisis de las diversas situaciones que controlaban, precisamente por considerarlos a todos como parte de un mismo proceso de “revolución nacional latinoamericana”. Esto, si bien podía sonar relativamente coherente dentro de su horizonte latinoamericanista, resultaba un tanto extraño en un intelectual que proclamaba la necesidad de pensar la región y los países que la integran prestando especial atención a sus propias especificidades.

En sus artículos encontramos entonces una separación tajante y maniquea entre dos tipos de nacionalismos: uno democrático y antiimperialista, y otro reaccionario y proimperialista. La diferencia entre ambos, en términos de significación política, se encontraba en que el primero resultaba progresivo en función de la liberación nacional y la construcción del socialismo, y el segundo retardatario.

Colocando a Perón y a Hitler en las antípodas, y presentándolos como referentes de cada uno de ellos, articulaba una estrategia argumentativa que pretendía polarizar el campo político entre los que apoyaban la lucha antiimperialista y los que no. Eso le brindaba a la vez la posibilidad de dar una batalla contra los sectores de la izquierda tradicional –que demonizaban al primero tendiendo a igualarlo con el segundo– por la apropiación de las banderas del antiimperialismo real y consecuente.

La “hora de los pueblos”

En sintonía con la conceptualización utilizada por Perón, quien también se refería en Democracia a las “revoluciones nacionales”, Ramos hablaba de la irrupción de una hora de los pueblos. En este punto, ambos coincidían en el apoyo político a los gobiernos culturalmente antiliberales de los países periféricos, que estaban encarando transformaciones estructurales en el sentido de la modernización y la industrialización de sus respectivos territorios y que, por tal motivo, se veían enfrentados, económica y geopolíticamente, al dominio imperialista, tanto de las potencias capitalistas como de la Unión Soviética. No obstante ello, existían diferencias entre ellos en términos de las interpretaciones y los usos que le daban a dicha idea. Mientras que Perón, sin prácticamente mencionar la reforma agraria, ponía el acento en el aspecto nacional de estos procesos, Ramos agregaba a la interpretación de los mismos su dimensión social, colocando además sutilmente en discusión el régimen de propiedad de la tierra pero sin aclarar el tipo de reforma agraria al cual se refería. Esto seguramente tenía relación con las limitaciones que le colocaba un medio peronista como Democracia a un intelectual marxista como Ramos. Esas limitaciones, junto al consecuente intento por sortearlas, creemos que obligaban a Ramos a hacer un esfuerzo de aggiornamiento y a la vez de traducción de ciertos artículos a un lenguaje asequible para el público lector del diario; lo cual lo conducía muchas veces –voluntaria o involuntariamente– a diluir su orientación de “apoyo crítico” en favor del apoyo liso y llano.

Por otra parte, existían coincidencias importantes entre Ramos y Perón en cuanto a la caracterización de la Unión Soviética, en la medida en que ambos, en sintonía con la doctrina de la Tercera Posición peronista, se referían a ésta con el rótulo de imperialismo.

En este punto, se nos presenta en el Ramos periodista un desplazamiento importante respecto de sus interpretaciones originales sobre el tema. El mismo obedece a la primacía de una lógica en su actividad intelectual, en donde la política ocupaba el lugar central.

Ésta lo conducía en este caso al abandono de una premisa teórica fundamental para los trotskistas, la cual por otra parte seguiría abonando en su labor como propagandista ejercida en paralelo por fuera del periódico, en la editorial Indoamérica desde agosto de 1953 hasta el golpe de 1955. Como colaborador de Democracia, nuestro autor incurría entonces en una especie de desdoblamiento políticointelectual respecto de su trayectoria anterior. Mientras que por un lado caracterizaba a la Unión Soviética en el periódico como imperialismo, por el otro seguía manteniendo en su faceta de editor la clásica interpretación trotskista de estado obrero en vías de degeneración burocrática a la hora de referirse a esa potencia. Como tal, en lo político, esa concepción planteaba, entre otras cosas, la necesidad estratégica de defender irrestrictamente a la Unión Soviética frente a cualquier embate de los “imperialismos”, lo cual entraba en franca tensión con su orientación adoptada al respecto en Democracia. En esos años, la convivencia en su matriz intelectual de dos interpretaciones opuestas en torno a una misma cuestión, se encontraba indisolublemente ligada a sus elecciones políticas en términos de estrategias y tácticas. Para poder “apoyar críticamente” las “revoluciones nacionales” en un diario peronista, debía pagar el precio de dejar de lado ciertas caracterizaciones y cierto vocabulario referenciados en el marxismo más duro. En ese sentido, no dudaba en aceptar ese límite al momento de optar, puesto que subordinaba tácticamente esas concesiones a la consecución de un objetivo estratégico de mayor envergadura: la unidad latinoamericana bajo las banderas del socialismo. A tal efecto, publicar en Democracia representaba para él, como ya sostuvimos, una oportunidad que no podía descartar, puesto que le permitía acompañar con su pluma el proceso subcontinental desde un lugar de mayor visibilidad y con mayores posibilidades de llegada al gran público lector.

Reflexiones finales

Hemos reconstruido sucintamente un momento del trayecto teóricopolítico de Ramos a través del análisis de sus artículos publicados en Democracia, los cuales, a nuestro entender, dan cuenta de la transición operada en su pensamiento a partir del advenimiento del peronismo. La misma se cerraría con la aparición de Revolución y contrarrevolución en la Argentina, su gran obra de madurez. Se han presentado una serie de elementos a los efectos de echar luz sobre los cambios acaecidos en sus interpretaciones en torno a América Latina y su problema nacional en el marco de dicha transición, relacionándolos con la lógica de la política. Se ha mostrado que en ese período Ramos no cuenta en su matriz intelectual con una acabada teoría de la nación, sino más bien con aproximaciones interpretativas al respecto, las cuales aparecen muchas veces en sus textos bajo la forma de una tensión teórica.

Esto obedece al hecho de que en la medida en que interpreta al peronismo piensa en paralelo el problema de la nación. En ese sentido, sus zigzagueos y desplazamientos teóricopolíticos deben ser leídos en clave de las tensiones y los vaivenes que generaba la lucha política coyuntural, ya que si pretendiésemos buscar en ellos una linealidad pura y exclusivamente conceptual, se nos presentarían como inexplicables. De esta manera, la imbricación de marxismo y nacionalismo en un mismo pensamiento lo conduciría paulatinamente al abandono de la tradición en la cual se había formado como marxista y a la articulación, junto a otros autores, de una nueva: la de la posteriormente llamada Izquierda Nacional.

Revista Reseñas & Debates Nº 64, abril 2011
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