Japón, Salta y los musiqueros

Poe Guillermo Marin*

“Se vuelve de todos lados menos de la ridiculez”, ha dicho Woody Allen con ajustada perspicacia. Agregaría también de la frivolidad, de ese snobismo pusilánime que se nos mete a los argentinos por la manga del saco, acaso sin darnos cuenta. Entonces vamos un sábado por la tardecita al Parque Japonés y nos angustiamos por los simpáticos y ceremoniosos nipones, mientras alguien de prolijísimo kimono nos enseña a doblar grullas de cartulina que irán derechito a ese primer mundo que tiene uno de los mayores índices de suicidios del planeta (inmolaciones auto provocadas no precisamente por falta de oportunidades), y al que le importa un cuerno la Argentina y su propio país: esto es, fritarse poco menos que por la acción de una de las cincuenta y dos centrales nucleares que han construido con la misma asiduidad con la que abren supermercados en un enjuto territorio proclive a los terremotos.

Alguien me comenta que en ese mismo sábado de la bondad se recaudaron varios miles de pesos, y que se enviarán pronto, muy pronto a la potencia asiática. Porque el tiempo es un asesino y la ayuda debe llegar con la velocidad de sus trenes bala. Y así regresamos a casa en paz, satisfechos por haber socorrido a un país tan lejano como la luna, con el estómago asiéndonos burbujitas por la ingesta de una exótica merienda a base de te del pozo del dragón.

Pero la semana empieza y casi llegando a su borde, ¡zás¡, “otro niño”, informan algunos matutinos, “murió de desnutrición en Salta”. Otra criatura del color de la tierra con un apellido sin “onda”, bajo el cobijo de cuatro tablas que apenas alcanzan para cubrir los sueños de una etnia que la ecología, la cultura, el Estado, el capitalismo, sus dioses, el pacifista Bono Box, el premiado ministro de Salud de la Nación o vaya uno a saber quién o quiénes han arrojado a una nada sartreana. Son los niños wichí los protagonistas de este descalabro, los más débiles de una comunidad indígena burlada hasta por los indios quechuas que los llamaban socarronamente “matacos” (especie de mamífero acorazado vulgarmente conocido como quirquincho) en alusión a su particular contextura física; muy lejos de esos adolescentes de pelo verde que pululan con la mirada torva por las calles de Tokio, los que mueren desnutridos. Son los hijos de una Argentina tan trivial e idiota como un tamagotchi. Y no hacemos nada. “Lo toleramos bien”, dijo mi vecino Caparrós. Y a la sazón damos vuelta las hojas de otro gran diario y miramos complacidos la foto de la telúrica Sole, junto a un americanizado Kevin Johansen y de un aburguesado Miguel Mateos, ese que cantaba protegido por la democracia “En la Argentina hace falta huevos”. ¿Los tenemos? Digo, para salir en manifestación por la 9 de Julio gritando por el hambre cultural de los wichí, aunque sea para hacerles un poquito de sombra a esos musiqueros que se unieron por Japón (con la presencia de algunos de estos artistas, Sony Music Argentina S.A presentó el disco De Argentina a Japón: Ganbaré!, un compilado de canciones con los autores locales más importantes de la compañía).

Me zumba el moscardón de la vergüenza. Siento que transito por el boulevard de los sueños rotos; de una Argentina impróvida que deja morir a sus hijos de hambre, sometiéndolos a una cultura que les cercena hasta su capacidad de supervivencia. Claro, es mucho más cool mandar esas aves imposibles al Asia, que dejar unos pesos en una ONG para matarles el hambre a unos pocos indígenas indigentes. Es mucho más snobista solidarizarnos con unos seres tan políticamente correctos, que con esos rotosos que ni celulares conocen. Porque de lo único que están al corriente es del olvido. Hemos desdeñado que los wichí han vivido tradicionalmente de la caza, la pesca y la agricultura básica. Desde el principio del siglo XX, partes significativas de su tierra ancestral han sido ocupadas por extranjeros, y lo que antes era pradera se convirtió en desierto debido a la deforestación, la introducción de ganado y más recientemente la de la soja. Les hemos violentado su ecosistema, ese que les permitía nutrir a sus hijos, y ser parte de un cosmos hoy globalizado y voraz. Les hemos trocado a sus deidades dadoras de vida (el sol y la lluvia) por los cánones de un dios cuyos hijos matan en su nombre (en la actualidad muchos de ellos se han volcado al protestantismo). Entonces no escucho la música de nuestros populares, humanistas y socialdemócratas musiqueros. Sólo oigo las voces quebradas de una madre y de un padre que apenas habla nuestra lengua, o las flemáticas palabras de un representante de la Cruz Roja Argentina que me dice que “por ahora no hay campañas solidarias para los wichí” (en la página web de la C.R., aparecen, en cambio, dos anuncios más que floridos pidiendo ayuda monetaria para Japón). Lo sé: ante la desesperación nutricional de sus criaturas podrían pescar, cazar o plantar. Pero también sé que, según La Red de Bancos de Alimentos de Argentina, se tiran a la basura más de quinientas mil dosis diarias de comestibles y que son desechados por fallas en los envases o porque están próximos a las fechas de vencimiento. No digo que enviar alimentos a las comunidades indígenas sea la solución a este terrible flagelo: son múltiples los factores por los cuales sus niños fallecen de inanición. Pero es mucho menos superficial que explotar esa careta culta y seria en sociedad, tal vez un perverso coqueteo con una de las formas más extremas de violencia social. El hambre a los sin nombre les serpentea como una ávida yarará que no descansa.

Tal vez esta histerización de sentirnos internacionales por un momento, nos impida discernir entre lo urgente y lo necesario, porque por ahora, la desnutrición infantil en Japón no aparece en ninguna estadística. Quizás la Argentina de unos cuantos frívolos despierte de un sueño tan negro como un mal pensamiento, de esa quimera milagrosa de la que se cree que nada cuesta porque todo brota de un manantial voluptuoso e infinito.

* Periodista y biógrafo
desechosdelcielo@gmail.com
 

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