El amor en los años de plomo

Por Guillermo Marín*

Silvina Chague (46), cineasta, guionista, dramaturga, se define a sí misma como alguien a quien le cautiva contar historias. Es esa clase de mujeres talentosas que ganó un espacio casi en forma silenciosa, en el fascinante pero no menos duro terreno del séptimo arte. Dos ejemplos: en 2003 debutó en la industria cinematográfica como guionista de Cleopatra, la película que dirigió Eduardo Mignogna, y que tuvo como protagonistas a Norma Aleandro, Natalia Oreiro, Héctor Alterio y Leonardo Sbaraglia. Cinco años después, escribió y dirigió Tierras prohibidas, un mix entre ficción y documental, que narra la vida de Cecilia Grierson, la primera médica argentina, interpretada por Leonor Manso. Hoy vuelve a la carga con una conmovedora pieza teatral: kalvkott, carne de ternera, que describe el universo de las relaciones de familia a la distancia, el exilio forzado, la identidad y la experiencia del amor entre seres aparentemente muy distintos. “Tenía un saldo pendiente, generacional”, cuenta Chagüe en referencia a la obra, “Yo tenía once años en el `76. Y fue recién en la facultad cuando descubrí las cosas que habían pasado”.


¿De dónde parte la idea de Kalvkött, carne de ternera?

Es una adaptación de un cuento mío, que se llama igual y es parte de Los Mudos, un libro que se acaba de publicar con varios relatos encuadrados en los años de plomo. A Corina Fiorillo [la directora de la obra] le gustó y me pidió que lo adaptara para teatro. Así que, con muchos titubeos porque yo escribo para cine pero nunca para teatro, me animé. Fue todo un aprendizaje y creo que el maravilloso trabajo de dirección y puesta, ayudaron muchísimo. Es una historia sobre cómo mirar para adelante y jugar con las cartas que tocan. No sé cómo fue surgiendo, pero recuerdo que el cuento lo escribí casi de un tirón. Es la historia de una chica que tiene que exiliarse en Suecia en los 70 y de cómo puede empezar a dejar de añorar y construir su vida cotidiana y afectiva a partir de la amorosa visita de su madre. Hay un sueco enamorado, hay tradiciones porteñas en Estocolmo, hay un padre que la extraña como loco pero se las arregla para mostrarse entero. Hay recetas de cocina. En fin, hay ganas de vivir.

Veo que le atrae contar historias…

Mucho. Es lo que más me gusta hacer. Y tengo claro que no sirvo para contar historias grandes, épicas. Me interesa más, o es con lo que me siento más cómoda, con las pequeñas historias que le pasan a las personas. Me interesa mucho el mundo de los sentimientos, de las contradicciones. No hacer juicios de valor, sino presentar el conflicto al que nos exponemos las personas en el aprendizaje de vivir. Creo que lo que más me reconforta es cuando alguien se me acerca y me dice que se sintió identificada con algo que escribo, que le pasó algo parecido, que alguna vez sintió algo así, que le hizo acordar a alguien. Como a mí me pasa eso cuando leo o cuando veo una obra o una película, para mí es un gran logro cuando se produce esa conexión con algún relato mío. Por un rato es no estar solo en el mundo.

¿De qué forma los personajes de Kalvkött… drenan sus conflictos?

Haciendo, atravesando situaciones. Como decía, me preocupaba mucho que no explicaran nada, sino que el espectador pudiera transitar con ellos los sentimientos, contradicciones, angustias. Hay un monumental trabajo de los actores que se calzan unos personajes que tienen procesos muy intensos. Y que guardan cada uno sus secretos, sus temores. Hacen esfuerzos enormes para estar bien frente a sus seres queridos y uno sabe que en el fondo la están pasando mal. Y cómo se sobreponen a eso.

¿Fue difícil encontrar el equilibrio entre un cuento y una pieza teatral?

Y sí, porque el cuento es muy cinematográfico y había que condensar eso y ponerlo en acción en los personajes. Tuve que crear otros personajes que no están en el cuento para que pudieran ser interlocutores y también construir situaciones donde las emociones se pusieran en juego para poder expresar todo lo que pasa y les pasa a cada uno, que es mucho. No quería explicar más que lo mínimo para que se comprendiera la historia, porque lo que más me interesaba, nos interesaba porque Corina hizo aportes valiosísimos en todo el proceso de dramaturgia, era justamente encontrar la clave para acompañar a esos personajes en el proceso emocional que van transitando. La obra tiene una estructura no muy habitual para el teatro. Son muchos cuadros, avanza temporalmente muy vertiginosamente, son escenas donde pasa de todo.

¿Quiénes fueron sus maestros?

Muchos. Desde mi profesora de literatura de la secundaria en adelante... siempre hay quien enseña algo y yo tenía y tengo muchas ganas de aprender este oficio de contar, así que estoy siempre atenta.


¿Cómo ve hoy el teatro argentino?

Yo no sé mucho de teatro y no soy la más idónea para opinar. Lo que me maravilla es la enorme cantidad y calidad del teatro argentino. Buenos Aires es una plaza de producción teatral increíble. Hay más de 400 obras en cartel. Eso es una energía creativa enorme y una variedad de historias que se agradece. Lo que sí puedo decir, porque me ha tocado coproducir Kalvkött junto con Corina Fiorillo, es que hay una prepotencia del trabajo para montar y sostener un espectáculo en Argentina que sólo se explica por el amor que todos los que estamos en este medio por los proyectos. Hay ganas de expresarse y hay público que sigue eligiendo, todas las noches, ver lo que el teatro argentino tiene para ofrecerle. Eso es la reserva cultural de una sociedad en su expresión más pura.

Ficha:
kalvkott, carne de ternera
De Silvina Chague
Con Belén Brito, Susana Di Gerónimo, Alejo Mango y Nelson Rueda.
Dirección y puesta en escena: Corina Fiorillo.
En cartel en el Teatro del Nudo, Corrientes 1551

*Periodista y biógrafo
desechosdelcielo@gmail.com
 

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