MASAS, CAUDILLOS Y ELITES
La dependencia argentina de Yrigoyen a Perón

Milcíades Peña

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Se presenta la Historia del pueblo argentino de Milcíades Peña

Indice
Capítulo I
El Radicalismo y los Gobiernos Radicales
— "Gobernar y no Cambiar Nada"
— Funciones del Estado Semicolonial
— Política Populista y Represiva del Radicalismo
— El Interregno Alvearista
— Yrigoyen Vuelve al Poder
— La Restauración Conservadora
Capítulo II
El Gobierno Directo de los Estancieros y el Imperialismo Ingles: 1935 - mayo 1943
— Sumisión a Inglaterra y Pseudo-Industrialización
— Estancieros e Industriales
— Crecimiento de la Clase Obrera y Aparición de la CGT
— Neutralidad Argentina en Función de Semicolonia Británica
— La Clase Dirigente se Escinde en Proingleses y Pronorteamericanos
— Estados Unidos Acentúa su Ofensiva para Desplazar a Gran Bretaña como Metrópoli Dominante
— Estancamiento y Crisis del Movimiento Obrero
— La Argentina al 3 de Junio de 1943: Elecciones y Cambio de Metrópoli
Capítulo III
El Gobierno Bonapartista de los Estancieros y el Imperialismo Inglés: Junio 1943 -1946
— Un Coronel Sindicalista
— Afianzamiento de la Política Pro-británica
— Las Bases Sociales del Bonapartismo
— Peronismo y Clase Obrera
— 1945: Culminación de la Ofensiva Norteamericana
— El Veredicto del 17 de Octubre. La Argentina Continúa en la Orbita Británica
Capítulo IV
El Gobierno del "Como Si": 1946 - 55
— Estados Unidos Interviene Contra Perón
— Perón e Inglaterra Sientan las Bases de Veinte Años de Estancamiento Argentino
— Ocaso de Gran Bretaña e Ingreso de la Argentina en el Sistema Panamericano
— Apogeo del Bonapartismo
— Se Acentúa la Estatización del Movimiento Obrero
— Una Constitución Peronista
— El Bonapartismo Semi-totálitario y la Clase Obrera
— El Bonapartismo con Faldas
— La CGT Contra la Clase Obrera
— El Peronismo Intenta Adecuarse a las Necesidades del Capitalismo Argentino y de Estados Unidos
— Raíces Internacionales y Nacionales de un Golpe dé Estado Antiperonista
— La Iglesia Católica Ingresa al Frente Antiperonista
— El Ejército Sostiene a Perón como la Soga al Ahorcado
— El Régimen Peronista se Desvanece sin Combate y sin Honor
— "¿Revolución Peronista?"
Bibliografía Citada
Notas

Masas, Caudillos Y Elites

Capitulo I

El Radicalismo Y Los Gobiernos Radicales

Al avanzar la primera década del siglo XX, el sistema de gobierno oligárquico chocaba cada vez mas con las necesidades primordiales de la burguesía argentina en su conjunto y de su socio mayor, el imperialismo inglés, que era preservar el orden. La falta de democracia arrojaba a amplios sectores burgueses y pequeño-burgueses al camino de la conspiración incesante y el golpe de Estado periódico. Los políticos más sagaces de la oligarquía advierten entonces la necesidad de disponer de una válvula de seguridad para el orden mediante un juego bipartidista que permita a la oposición llegar al gobierno sin acudir a la sedición. Pellegrini declara en 1905: "En nuestra República el pueblo no vota; he ahí el mal, todo el mal... Donde el pueblo vota, la autoridad es indiscutida, y las rebeliones y conmociones son desconocidas. Reconozcamos que no habrá para nuestro país la posibilidad del progreso político, de paz pública, de engrandecimiento nacional, mientras no fundemos nuestro gobierno sobre el voto popular". En el mismo año, una revolución acaudillada por el partido radical de Hipólito Yrigoyen, que contó con el apoyo y la participación de vastos sectores burgueses y pequeño burgueses reveló a la oligarquía que si no permitía que estos grupos llegasen al Gobierno en elecciones democráticas debería afrontar continuas conmociones, con desastrosas consecuencias para sus capitales y para su crédito ante los consorcios ingleses.
Finalmente, en 1912, bajo el gobierno de Roque Sáenz Peña, la oligarquía se decide a aceptar lo inevitable y promulga una reforma electoral que establece el voto secreto y obligatorio. Sólo los sectores más reaccionarios de la oligarquía se opusieron a la reforma; uno de sus representantes, rico latifundista e industrial azucarero —más tarde candidato presidencial del partido Demócrata Nacional— declaraba defendiendo las ventajas del voto público sobre el voto secreto, que "el voto público permite su calificación, pues los empleados siguen las tendencias del patrón, los colonos las del profesional, y así sucesivamente; y de este modo, tiene en la elección el afincado y el intelectual una representación que es de hecho .proporcional al valor de sus intereses y a la importancia de sus conocimientos culturales" (declaraciones del doctor Patrón Costas a La Prensa, octubre 27, 1912). Pese a esto la reforma electoral fue aprobada, y de este modo el régimen político se adecuó a las nuevas condiciones sociales creadas por el intenso desarrollo capitalista del país.
El régimen oligárquico resguardaba los intereses del imperialismo inglés y del conjunto de la burguesía argentina. Pero la maquinaria estatal se hallaba en manos de una reducida dique íntimamente vinculada al capital británico y sus aliados más directos —los estancieros de Buenos Aires. el gran comercio importador, los consorcios financieros— a la cual no tenían acceso amplios sectores terratenientes, industriales, comerciales y pequeño-burgueses. Del proletariado urbano y rural no hay ni que hablar. El desarrollo capitalista del país reclamaba mayor influencia en el Poder para esos nuevos estratos capitalistas, ligados económicamente a la oligarquía, sí, pero ajenos al núcleo de familias oligárquicas que se reunían en el Jockey Club y monopolizaban el gobierno del país. Aquellos sectores de las clases dominantes y de la pequeño-burguesía —así como algunos grupos de la oligarquía— fueron hacia la Unión Cívica Radical (UCR) para impulsar sus intereses capitalistas. Por razones opuestas se volcaron tras ella las masas pobres de la Ciudad y del campo, y el proletariado,
Todas esas clases y sectores de clases, distintos y contradictorios, se sumaron y restaron en la UCR. El radicalismo era el "gran movimiento de opinión" (Yrigoyen) canalizado por una eficiente maquinaria electoral a quien todo el mundo votaba sin saber exactamente por qué. Pero semejante partido no es otra cosa que un cero grandioso, y efectivamente eso era el radicalismo argentino. Su único programa llamábase "sufragio universal", reivindicación democrática y burguesa con la cual estaba de acuerdo todo el país —excepto naturalmente la élite oligárquica cuya posesión del poder político se basaba justamente en la inexistencia del sufragio universal. Más allá no iba la UCR. Otras reivindicaciones enteramente democráticas y burguesas pero realmente radicales —es decir, que iban a la raíz de los problemas nacionales— tales como la distribución de las tierras de los terratenientes y la liberación del país del yugo imperialista británico, le eran completamente extrañas al partido de Hipólito Yrigoyen. Por lo demás, cualquier planteo concreto de cualquier política determinada fatalmente hubiera disgregado los elementos contradictorios de que se componía ese partido que según uno de sus prohombres reunía "muchedumbres fervorosas y heterogéneas, formadas por individuos de las más diversas condiciones económicas y culturales", "a los nietos de los próceres fundadores y a los hijos de los inmigrantes, al obrero manual y al estudiante, al chacarero de la pampa y al peón de la puna" (Rojas, 213). No en vano Yrigoyen tronaba supiterno contra quienes querían ver en el radicalismo un movimiento de clase o le demandaban una postura cualquiera ante los problemas fundamentales de la economía argentina. En el seno de su partido —decía Yrigoyen— "no sólo son compatibles todas las creencias en que se diversifican y sintetizan las actividades sociales, sino que le dan y le imprimen su verdadero significado (carta a Pedro Molina, setiembre 1909, en Documentación, 64). A un dirigente radical que se alejaba porque un diario radical sostenía una tesis económica distinta a la propia, Yrigoyen le escribía: "Se fue usted por una futilidad". Si la UCR se ocupase de esos problemas —agregaba— "se descalificaría por sí misma. Sería una derogación de principios, de su pensamiento puramente genérico o institucional y una desviación de la línea recta que tanta autoridad le ha dado en la República" (ídem, 59-61). En vez de un programa político, Yrigoyen ofrecía una mística y el culto de su personalidad mesiánica que, bien entendido, servían al fin plenamente político de conservar juntos los intereses contradictorios que integraban la masa amorfa del radicalismo. "Su causa es la de la Nación misma y su representación la del poder público. Es sublime la majestad de su misión, y a ella entrega sus fervores infinitos, se robustece y vivifica constantemente en las puras corrientes de la opinión; es la escuela y el punto de mira de las sucesivas generaciones y hasta el ensueño de los niños y el santuario cívico de los hogares." (Ídem, 64 ). Todo esto no quería decir nada, y por lo mismo cualquiera podía atribuirle el significado que quisiera.
En consecuencia, todos votaban por el radicalismo: terratenientes, industriales, pequeño-burgueses, obreros. Pero la UCR no los representaba a todos, ni todos controlaban a la UCR. El núcleo esencial y dirigente del partido, el que determinaba la política efectiva y desprendía de su propio medio ministros y altos funcionarios, estaba perfectamente mancomunado en ideas e intereses fundamentales con el imperialismo inglés, con la burguesía terrateniente argentina, con el capital financiero e industrial tan íntimamente vinculado a los dos primeros, con el ejército —su guardia pretoriana—, y la Iglesia —su gendarme espiritual. Las cuatro quintas partes de la UCR eran populares, pero el quinto decisivo —el dueño de casa que trazaba y ejecutaba la política— servía al imperialismo y a la burguesía argentina.
AI aplicarse la ley que garantizaba el sufragio universal y secreto —sancionada en febrero de 1912— el radicalismo comenzó a obtener un triunfo tras otro en diversas elecciones provinciales y locales.
La oligarquía sintió intensa alarma y Victorino de la Plaza, el último presidente oligárquico, dijo en un mensaje al Congreso, que "ni remotamente podría suponerse que, por salvar formas de imparcialidad electoral, pudiera serle (a él) indiferente la suerte del país o el desastre de las instituciones". A fin de evitar "el desastre de las instituciones" —a eso equivalía para ella un triunfo radical— la oligarquía multiplicó toda clase de fraudes y maniobras para impedir los resultados legítimos del sufragio (Palacio, Historia, II, 335). Pero fracasó, y en octubre de 1916 Yrigoyen llegaba al poder con más de 100.000 votos de ventaja sobre sus adversarios, contando con un tremendo respaldo popular. El día que asumió el mando, en medio de una apoteosis popular nunca vista en el país, la multitud desató los caballos de su carroza y lo arrastró en triunfo hasta la Casa de Gobierno (ídem. II, 338).
El triunfo radical de 1818 marca un momento trascendental en la historia argentina, que indica la irrupción en la vida política de las masas populares, marginadas hasta entonces por el régimen oligárquico. Esa fue, y en eso terminó, la progresividad histórica de la Unión Cívica Radical. Fue el primer movimiento político argentino multitudinario, que llega al poder impulsado por el voto de las masas rurales y urbanas, pequeño-burguesas y proletarias, en la primera ocasión que éstas tuvieron de manifestarse. Esto era nuevo para el país, y había temor en su clase dominante (incluso el capital Imperialista).
En el gabinete de Yrigoyen sólo hay tres apellidos oligárquicos; los demás, ilustres desconocidos. "Las gentes distinguidas hablan con horror de la plebe radical, de la chusma que ha llenado las calles para acompañar en su triunfo a Hipólito Yrigoyen. Las empresas extranjeras, con su fino olfato, adivinan en ese hombre la tentativa de halagar a la plebe que lo adora. No tranquiliza el que Hipólito Yrigoyen no haya expuesto opiniones en materia social o económica y el que su "misión providencial" sólo consistía, al parecer, en la pureza del sufragio. Porque esas turbas, ese mundo de abajo que exalta a su apóstol, ¿no pretenderá que se pida cuenta de sus abusos al capital extranjero, que se limite el poder inmenso que ha dado el régimen a las compañías? Le temen muchos sacerdotes y católicos, que le imaginan despreciador del matrimonio y de las prácticas religiosas. Y hasta el Ejército le teme. Todos temen a Hipólito Yrigoyen salvo sus partidarios, la clase media y los pobres." (Gálvez, 237.)
Pronto se disiparían los temores. Ya en el poder, Yrigoyen y su partido Radical se aplicaron a poner en práctica el consejo de ese gran conservador y archirreaccionario que fue Meternich: "gobernar y no cambiar nada". Uno de los primeros actos del nuevo gobierno fue designar para una alta función a Joaquín S. de Anchorena, uno de los más grandes terratenientes y capitalistas del país, prototipo de oligarca (La Prensa, noviembre 25, 1916).
Desde el primer momento, el gobierno radical continúa la política tradicional de la alianza británico-estancieril que domina la historia argentina, con las variantes impuestas por las modificaciones que la guerra europea introducía en el mercado mundial y en la economía nacional, y por la circunstancia de que el partido gobernante necesitaba el apoyo de las masas, y sólo podía conservarlo mediante una política de ciertos matices populistas y obreristas, que los tradicionales gobiernos oligárquicos no necesitaban ni buscaban.


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"Gobernar y No Cambiar Nada"

La situación económica era próspera. El imperialismo de la Entente compraba los productos argentinos de exportación y la balanza comercial era crecientemente favorable —hasta el punto de poderse rescatar, a pedido de los acreedores, parte de la deuda externa por un valor de 250 millones de pesos oro. Además, a favor de la disminución de las importaciones, había crecido la industria fabril.
La guerra europea enriquecía a la burguesía argentina, cuya neutralidad había sido declarada en 1914 y sostenida durante más de dos años por el presidente oligárquico de la Plaza y su ministro de Relaciones Exteriores José Luis Muratore —ambos pronunciadamente partidarios y servidores del imperialismo inglés.
Yrigoyen mantuvo la neutralidad, apoyado por su ministro de Relaciones Exteriores Honorio Pueyrredón, gran amigo de Inglaterra. El enigma de por qué gobernantes tan bien dispuestos hacia Inglaterra permanecían neutrales en una guerra entre el imperialismo inglés y sus rivales, se aclara recordando que la neutralidad argentina era una neutralidad activamente beligerante al servicio de Inglaterra, que permitía a la Metrópoli recibir los necesitados granos y carnes de su semicolonia y a la burguesía de la semicolonia prosperar y enriquecerse. Como lo declaró Lloyd George, entonces primer ministro británico, la guerra se ganó sobre toneladas de carne y trigo argentino (Cárcano, 49).
Al término de la guerra, Yrigoyen fue capaz de poner en práctica la vieja aspiración de la burguesía argentina —sentada yo, en las Doctrinas Calvo y Drago— de dar status jurídico internacional al derecho de las burguesías semi-coloniales de maniobrar y regatear ante las metrópolis imperialistas. Yrigoyen pidió a la Liga de las Naciones que reconociera formalmente la igualdad de todos los estados, grandes y pequeños, es decir, el derecho de países como la Argentina a discrepar con las grandes potencias.
Ante el rechazo de su pedido la Argentina se retiró de la Liga. Pero si Yrigoyen pudo dar este paso relativamente atrevido fue porque gracias al apoyo popular podía actuar con más independencia que los gobiernos oligárquicos, sin consultar a cada paso importante con la Embajada británica. El arrastre plebeyo del radicalismo insuflaba una arrogancia particular a la diplomacia de Yrigoyen, que erróneamente la oligarquía atribuía "el desmedido engreimiento presidencial, combinado en él con un engreimiento nacional no menos desmedido. La noción de la medida de la relatividad de nuestra significación en el concierto mundial faltó totalmente a Yrigoyen" (Pinedo, Tiempos. 47). Los políticos oligárquicos; incubados en los directorios de empresas extranjeras, pecaban justamente por un exceso de comprensión del poderío imperialista y una notable subestimación de la capacidad del país. El único engreimiento de que era capaz la oligarquía era de su subordinación a su Majestad Británica.
Pero la neutralidad era un subproducto de la posición semi-colonial de la Argentina respecto a Inglaterra, y el gobierno de Yrigoyen no dejó por hacer nada de lo necesario para conservar y afianzar el predominio del capital extranjero sobre la vida nacional. Al llegar el radicalismo al poder, las inversiones extranjeras en el país alcanzaban a 3.200 millones de pesos oro, de los cuales 2.000 correspondían al imperialismo inglés (Phelps, 99). Colocado en empréstitos, ferrocarriles, bancos, puertos, empresas de transporte tranviario» de electricidad, gas, y otros servicios públicos, en frigoríficos y compañías inmobiliarias, en industrias fabriles y consorcios financieros, el capital Imperialista abrazaba mortalmente a la economía argentina.
El monto abrumador del capital inglés invertido en el país había sido decisivo más de una vez, Es repetitivo consignar que diversos presidentes eran elegidos en los directorios de las compañías inglesas, o el caso de aquel presidente que se quedó sin ministros ,ni congreso por querer investigar las finanzas de los ferrocarriles ingleses. Vale la pena, sin embargo, recordar la anécdota que cuenta en sus memorias el embajador inglés sir David Kelly, referida al otoño de 1919.
El Foreign Office se sentía molesto por un proyecto de ley azucarera argentina, perjudicial para los barones del azúcar, y había encargado a la embajada en Buenos Aires que tomara cartas en el asunto. Mister Kelly se dirigió al consorcio Leng Roberts, agente entre otras cosas de Baring Brothers, que acostumbraba prestar dinero al gobierno argentino. De inmediato el jefe de la casa Leng le explicó que había mantenido conversaciones íntimas con diputados y senadores de primer rango, tanto oficialistas como opositores, y también con los miembros del gobierno, y estaba satisfecho porque sabía que el proyecto no iba a convertirse en ley. "Y me dio un pronóstico acertado —dice Kelly— del curso que efectivamente siguieron los acontecimientos." Así se escribía la historia argentina, entre cuatro poderes: los tres constitucionales y otro de facto que controlaba a los restantes, llamado capital inglés. Pese a la necesidad de liberar al país de esa terrible presión, la actitud radical ante el imperialismo era enteramente conservadora.
El ministro de Relaciones Exteriores y de Agricultura de Yrigoyen, Honorio Pueyrredón, al ser agasajado en Londres, en 1920, tranquiliza a los capitalistas británicos sobre la política obrerista y nacionalista del radicalismo, manifestando que la única manera de proteger al capital era crear un estado de buen humor entre los obreros. Y agrega que Gran Bretaña en ninguna parte hallará mejores amigos que en la Argentina (Financial News, diciembre 28, 1920).
Un año antes, el embajador de Yrigoyen en Gran Bretaña, Álvarez de Toledo, había respondido a una pregunta del Times sobre la situación obrera argentina, manifestando que "los recientes conflictos obreros en la República Argentina no fueron más que simple reflejo de una situación común a todos los países y que la aplicación enérgica de la ley de residencia y la deportación de más de doscientos cabecillas bastaron para detener el avance del movimiento, que actualmente está dominado". Agregó que la República Argentina "reconoce plenamente la deuda de gratitud hacia los, capitales extranjeros, y muy especialmente hacia los británicos por la participación que han tenido en el desarrollo del país, y que está dispuesto a ofrecer toda clase de facilidades para otro desarrollo de su actividad" (La Nación, Bs. As., julio 13, 1919. -Posteriormente Álvarez de Toledo fue designado por Yrigoyen presidente del Banco de la Nación). Y el embajador en Estados Unidos hacía coro, declarando en 1920 ante los capitalistas norteamericanos que "la Argentina no ha auspiciado ninguna idea de monopolio o de exclusión de la industria privada. El capital extranjero destinado a la explotación de nuestras riquezas ha sido siempre tratado de la manera más amplia y liberal" (DSCDN, agosto 24, 1949, Pág. 2749).
Pero la cuestión no queda en simples declaraciones. Al iniciarse el gobierno radical debe encarar el problema petrolero. Las dos primeras opiniones que consulta son las de los abogados de la Mexican Oil Co. (trust inglés) y de la Standard Oil (DSCDN, 1916, t. v, p. 4400 y ss.). Al terminar la guerra, el imperialismo británico, que actuaba como comprador único, tiraba abajo el precio de las exportaciones argentinas, elevaba sus fletes marítimos cobrando al país tres y cuatro veces más que a sus colonias y explotaba al país de mil modos diferentes (DSCDN, noviembre 25, 1919). Con todo, el gobierno radical le concede a Inglaterra créditos a bajo interés, sin garantías, para que compre las cosechas argentinas a los bajos precios fijados por ella. Y hasta ampara al capital inglés contra su competidor yanqui, comprometiéndose a no utilizar en Estados Unidos, directa ni indirectamente, las libras obtenidas en pago. Pese a la favorable situación en que se hallaba la Argentina para negociar —con amplias reservas de oro en su haber, y necesitado como estaba el imperialismo de los productos argentinos— el radicalismo no intentó la menor defensa de la economía nacional frente a las exigencias de la metrópoli (Greffier, 83).
Su justificación —tomada del arsenal con que la oligarquía solía exaltar su sometimiento al imperialismo— fue dada por el ministro Pueyrredón en la Cámara de Diputados diciendo que no se podía tener frente a Inglaterra "un criterio de negociante" y que era preciso "elevar el espíritu" hasta "contemplar no sólo el interés argentino, sino también el interés extranjero" (DSCDN, noviembre 25, 1919). Por el contrario, algunos sectores conservadores pidieron que como garantía del crédito se exigiera al imperialismo la entrega de títulos de la deuda externa.
Uno de sus voceros —autor de tal proyecto— manifestó: "Creo que hay que aprovechar la oportunidad de que países extranjeros necesitan de nuestras cosechas, para que nacionalicemos nuestra deuda externa, que está repartida en toda Europa y para que radiquemos en el país una porción de papeles importantes que tienen un gran valor, a fin de que este país, tan rico y próspero, no viva toda la vida trabajando para el extranjero" (palabras del diputado Marcos Avellaneda en DSCDN, noviembre 25, 1919).
Pese a las esperanzas que pudieron haber depositado en él los chacareros y las peonadas campesinas, el radicalismo respetó y amparó al latifundio, base fundamental del predominio de la burguesía terrateniente y del atraso del país.
Bajo el gobierno radical creció la concentración de la propiedad territorial en manos de los grandes latifundistas. En 1914 un reducido número de familias terratenientes —menos de medio millar— poseían el 13 % de la superficie de la provincia de Buenos Aires, la región más rica del país. En 1921 tenían más del 19% (Weil, 25). "Requiérese una nueva orientación de la política agraria para llegar a la subdivisión de la propiedad" —dijo Yrigoyen en 1916—. Lo cierto es que su gobierno no aportó esa nueva orientación. El paso más avanzado que se atrevió a dar en ese sentido fue alargar los plazos de los arrendamientos rurales, lo que si bien libraba a los campesinos de ser expulsados de la tierra a la primera cosecha que no satisfaciese al terrateniente, perpetuaba al arrendatario como tal y al derecho del terrateniente a explorarlo.
Tampoco en otros sectores vitales de la economía nacional el triunfo radical aportó modificaciones de real importancia. El petróleo constituye un caso típico. "La nacionalización y el monopolio estatal del petróleo brillan por su ausencia en el programa del primer gobierno yrigoyenista. La crítica del capital extranjero y la resistencia a su penetración serán débiles, ocasionales, casi siempre acentuadas contra los intereses yanquis mientras se tiende a "olvidarse" de los británicos; sin exclusión por ello de actitudes complacientes frente a ambos grupos de intereses internacionales y frente al capital extranjero en general. Todo lo cual divergía poco de la estructura tradicional del país que legara la oligarquía." (Kaplan).
Por otra parte, Yrigoyen se opuso a que la red ferroviaria del Estado fuera entregada al capital británico, sosteniendo la propiedad estatal "en materia ferroviaria y en todas aquellas actividades industriales afines con los servicios públicos" (Masaje al Congreso de la Nación, octubre 16, 1920).
Hasta entonces, en más de una ocasión la política ferroviaria del Estado había servido a las empresas inglesas en perjuicio de los intereses de la burguesía argentina, en especial de los estancieros, que sufrían en forma de altas tarifas las consecuencias del monopolio británico del riel. Era tan tremendo el peso del capital imperialista sobre el Estado semi-colonial argentino, que ejercía en él una influencia mayor que la clase dominante nativa. Así por ejemplo, en 1890 el gobierno de la provincia de Buenos Aires vendió al capital inglés, a cambio de jugosos beneficios para el gobernador y su maquinaria política, el Ferrocarril Oeste de esa provincia, empresa estatal sumamente eficiente que servía a una rica zona de donde brotan las principales rentas de los terratenientes bonaerenses. Sin embargo, poco antes el órgano de la burguesía terrateniente argentina —la Sociedad Rural— había designado para estudiar el problema ferroviario una comisión integrada por tres grandes terratenientes —Torcuato de Alvear, José María Anchorena y Carlos Basavilbaso— que recomendaron: "Pedir al Gobierno de la provincia de Buenos Aires la prolongación extrema de sus líneas, sobre todo de los ramales Oeste y Sur, a fin de que empresas particulares no ocupen la zona natural de su ferrocarril por la paralización de éste" y "que el Ferrocarril del Oeste se conserve siempre en manos del Gobierno, y se prohíba su enajenación o su arrendamiento" (Anales de la SRA, 1888, Pág. 489). . I
La burguesía argentina nunca cesó de lamentar la entrega del Ferrocarril Oeste. Carlos Pellegrini, uno de sus mejores representantes, decía en 1900; "Hace hoy diez años que la línea férrea del Oeste pasó a manos de una empresa particular. Nosotros que no participamos del error tan generalizado de que el Estado no debe ser administrador, creemos aún hoy que esa venta no debió realizarse, porque el Oeste en manos del gobierno provincial hubiera sido, como lo fue, un propulsor eficaz del progreso en los territorios que atraviesa, pues los capitales privados, si pueden hermanar el fomento de la riqueza general con su mejor lucro, lo hacen, pero si aquél no trae aparejado éste inmediatamente, no se erigen jamás en propulsores del progreso y bienestar común" (El País, Bs. As., Julio 1, 1900).

Funciones del Estado Semicolonial

Los mejores políticos de la burguesía argentina como Pellegrini y Roca —que fueron grandes amigos del imperialismo inglés— tuvieron conciencia de que cierto grado de "capitalismo de Estado", vale decir de empresas explotadas por el Estado, era vital y necesario para negociar con el imperialismo. En 1687, el gobierno de Juárez Colman vendió las Obras Sanitarias de Buenos Aires a un sindicato inglés encabezado por Baring Brothers. Posteriormente, al llegar Pellegrini & la presidencia de la Nación, logró anular el contrato y retomar las Obras a la Nación. El general Roca, que se encontraba en Europa, se opuso a la venta y escribió: "A estar a la teoría de que los gobiernos no saben administrar, llegaríamos a la supresión de todo gobierno por inútil, y deberíamos poner bandera de remate a la Aduana, al Correo, al Telégrafo, a las Oficinas de Rentas, al Ejército y a todo lo que constituye el ejercicio y deber del poder." (Rivera Abstengo, 457) Evidentemente, Roca y Pellegrini comprendían que "poner bandera de remate a todos los servicios públicos era el camino más seguro para perder la relativa capacidad de maniobra con que la burguesía argentina contaba para negociar con el imperialismo. Pero los gobiernos oligárquicos tenían pocas posibilidades de utilizar esa comprensión, porque la falta de respaldo popular los tornaba impotentes ante el capital imperialista. Al presidente Luis Sáenz Peña, que tuvo la ocurrencia de hacer investigar las finanzas de los ferrocarriles ingleses, las empresas lo dejaron sin ministros y sin Congreso. Yrigoyen, en cambio, podía atreverse a afirmar que "el Estado debe adquirir una posición cada día más preponderante en las actividades industriales que responden principalmente a la realización de servicios públicos" (Mensaje al Congreso de la Nación, octubre 16, 1920.) puesto que el amplio apoyo popular con que contaba le otorgaba cierta independencia respecto de la embajada británica y los directorios de las empresas extranjeras.
El gobierno de Yrigoyen realizó o intentó realizar una política de intervencionismo estatal para salvar la ganancia de la burguesía argentina y en especial la renta de los terratenientes, en momentos en que descendían los precios agropecuarios, se desvalorizaba la tierra, etc. Se apoyó a los chacareros con medidas tales como la distribución de semillas (ya realizada por los gobiernos oligárquicos en 1897, 1911, 1912, 1914, etc.) o la reducción de los arrendamientos y la prórroga de los mismos. Pero la medida básica para salvar la economía del campesino, darle la tierra en propiedad, nunca fue ni siquiera esbozada. La baja de los precios agropecuarios al término de la guerra creé una situación difícil para la burguesía terrateniente, agobiada por pesadas deudas. Yrigoyen no intentó aprovechar la coyuntura para expropiar las desvalorizadas tierras y entregarlas a los campesinos. Procedió a salvar la renta de los terratenientes mediante una liberal política crediticia, y con ese objeto proyectó la creación de un Banco Central que no se concretó (Frondizi, Petróleo, 77).
La dislocación del mercado mundial producida por la guerra había indicado a la burguesía argentina la necesidad de aventurarse en empresas hasta entonces reservadas al imperialismo, como el transporte marítimo y la construcción de barcos. Para la nueva empresa el capitalismo argentino contaba con la colaboración del capital financiero internacional. En 1919 los más destacados representantes de la burguesía argentina y del capital imperialista con intereses en el país proyectan radicar en el país la industria de las construcciones navales mercantes con el propósito de "preparar al país para bastarse a sí mismo." (La Época, Bs. As., febrero 21, 1918.) y reciben amplio apoyo gubernamental. Apoyando este tipo de desarrollo de la economía nacional, en base de la conjunción del capital extranjero con el capital nativo, con predominio del primero, continuaba Yrigoyen la política tradicional de la burguesía argentina, que de ese modo había desarrollado los ferrocarriles, los servicios públicos y en general todas las industrias del país.

Política Populista y Represiva del Radicalismo

Pero si Yrigoyen gobernó según los intereses esenciales de la burguesía argentina, particularmente los terratenientes, su sector más fuerte, y de la Metrópoli británica, lo hizo en permanente conflicto con la oligarquía que hasta 1916 había detentado el Poder y, en algunos momentos, con toda la burguesía nacional. La oligarquía había sido expropiada políticamente por el radicalismo, y no se lo podía perdonar. Con inusitada violencia combatió al gobierno que se apoyaba en la chusma, en el simple pueblo trabajador, y en base de ese apoyo usufructuaba el aparato estatal sin afectar negativamente y favoreciendo positivamente a la oligarquía, pero alejándola del ejercicio directo del poder.
La oposición conservadora no tenía un carácter de clase distinto al radicalismo —puesto que la dirección y la política del partido radical respondían a los mismos intereses que sus similares conservadores —pero había sí una diferencia de categoría social. El gobierno de Yrigoyen demostró que se podía gobernar al país sin apellidos patricios, es decir oligárquicos. "Aunque es notorio que figuraban entre los radicales hombres de lo más encumbrado del viejo patriciado —y basta recordar, para convencerse de ello, los apellidos de algunos de sus primeros diputados— lo común era que los miembros de las antiguas familias, que eran o habían sido dominantes, no estuvieran allí, y que en cambio acompañaran a ese partido muchos de los exponentes de la nueva riqueza, descendientes de inmigrados, y numerosos elementos de la clase media." (Pinedo, I, 25.) Por otra parte, a fin de conservar su respaldo popular, el radicalismo hubo forzosamente de realizar o proyectar cierta política populista, vagamente obrerista: salario mínimo, rebaja de alquileres, reglamentación del trabajo a domicilio, conciliación y arbitraje en caso de huelgas, con cierta tendencia a favorecer a la parte obrera. Todo esto no afectaba mucho las ganancias del capital, entonces más elevadas que nunca a consecuencia de la guerra. Pero provocaba la airada protesta de la burguesía, cuyo único instrumento de política social hasta entonces habían sido el sable de la policía montada y la "abnegación patriótica", Yrigoyen, en cambio, llama a delegaciones y comisiones de huelguistas para que conferencien con él, y hasta lea presta el automóvil presidencial para ciertas gestiones urgentes.
Por primera vez entran a la Casa de Gobierno obreros en representación de los huelguistas. Por boca de uno de sus principales diarios, la burguesía expresa sus sentimientos afirmando que "los obreros son hoy los privilegiados". Y es de Imaginar su indignación cuando ante la negativa de los ferrocarriles ingleses a reincorporar algunos huelguistas Yrigoyen dicta un decreto sensacional obligando a las empresas a readmitirlos en el término de 24 horas (Gálvez, 313-20) o cuando Yrigoyen ordena a la policía que no perturbe las reuniones obreras, asambleas sindicales etc., o cuando a una delegación de lo más representativo del capital nacional y extranjero que iba a proponerle movilizar el ejército y la escuadra para quebrar una huelga, Yrigoyen les responde: "Entiendan señores que los privilegios han concluido en el país, y que no irá el gobierno a destruir por la fuerza esa huelga, que significa la reclamación de dolores inescuchados." (Romariz y Gálvez, 318.)
No es difícil imaginar la oposición que todo esto despertó en la burguesía argentina y sus socios extranjeros. Ya en 1904, cuando en medio de una ola de huelgas y aguda lucha de clases el Ministro del Interior oligárquico Joaquín V. González proyectó una Ley Nacional de Trabajo que concedía algunas mínimas mejoras al proletariado, la Unión Industrial Argentina se había pronunciado en contra con estas palabras: "La implantación repentina de una reforma de esa índole aumentaría el costo de producción de la industria argentina que no podría competir con la extranjera, libre de trabas-de esa naturaleza, pues ningún país del mundo tiene una legislación como la que se pretende imponer en el nuestro para colocar a la República en pleno régimen de socialismo de Estado." (Guerrero, 143.)
Es comprensible su horror ante los tímidos intentos obreristas de un gobierno populachero respaldado en el voto de las grandes masas trabajadoras. Un comentario típico de los grandes diarios decía "el Gobierno vio impasible que la huelga detuvo las remesas financieras en casi todo el país, que paralizó durante largos meses el tráfico del puerto, y... conferenció de potencia a potencia con los cabecillas de la huelga y escuchó con calma las más audaces y ofensivas proposiciones. Su acción, poco plausible en un Gobierno, se redujo a dar buen empleo a elementos destacados en la organización de aquellas protestas obreras." (La Nación, diciembre 2, 1920.)
Y, sin embargo, el obrerismo de Yrigoyen rindió un efectivo servicio al orden capitalista. Hasta 1916 el sindicalismo argentino tenía un carácter extremadamente combativo y revolucionario, poco dado a la conciliación con la patronal y las tramitaciones ministeriales.
A una nota que en 1907 enviara el recién creado Departamento Nacional del Trabajo a las dos centrales obreras entonces existentes, requiriéndoles su colaboración, la Unión General de Trabajadores contestó que "para que en lo sucesivo no se molesten haciéndonos proposiciones, manifestamos que no creemos necesaria la intervención del Departamento Nacional del Trabajo en los asuntos que atañen a nuestra organización, por estar convencidos de que todo lo que se refiere al bienestar y mejoramiento de nuestra clase depende única y exclusivamente del esfuerzo que pueda desarrollar la acción obrera por medio de la lucha ejercida contra los que nos sumen en la más cruel explotación". Y la Federación Obrera Regional Argentina ni siquiera contestó (Luna, Yrigoyen, 260). Yrigoyen, a favor de su política obrerista, logra influenciar algunos sindicatos y fue esa la primera vez que el Estado se aseguró cierto control sobre el movimiento obrero, utilizándolo no sólo para obtener votos con los cuales -enfrentar la oposición de la burguesía, sino también para someter el proletariado al orden imperante.
Por eso los historiadores más reaccionarios coinciden en afirmar que "la consecuencia más importante del obrerismo de Yrigoyen es el haber contenido la revolución social. Al comenzar su gobierno hay mar de fondo en los ambientes obreros. Yrigoyen detiene la revolución social que hubiera triunfado más tarde." (Gálvez, 322.) O bien que "la política de Yrigoyen con relación a los obreros tuvo consecuencias auspiciosas. Su actitud prudente frente a los conflictos, animada de espíritu cristiano, y las leyes que se dictaron en materia de trabajo y previsión social, por su iniciativa o con su auspicio, contribuyeron a granjearle el apoyo y la adhesión de numerosos gremios, de los más numerosos y aguerridos, como el de los ferroviarios, sustrayéndolos en igual medida a la influencia roja, antes predominante. El movimiento obrero se nacionaliza en gran parte con Yrigoyen. Por primera vez bajo su presidencia se verán manifestaciones proletarias que lleven a su frente la bandera argentina" (Palacio, II, 347).
Pero el obrerismo de Yrigoyen ponía en evidencia su verdadera naturaleza apenas se esbozaba un movimiento independiente de la clase obrera. Entonces el radicalismo masacraba al proletariado con tanta puntualidad y eficiencia como el más reaccionario de los gobiernos oligárquicos. Desde 1915 el proletariado luchaba con redoblado vigor contra la tremenda explotación capitalista que sufría. En 1915 hubo 12.000 huelguistas, y 24.000 al año siguiente. En 1917 paran 136.000 obreros, y el ascenso proletario culmina en 1919, con más de 300.000 trabajadores en huelga (Estadísticas de Huelgas, 20).
En la semana del 7 al 14 de enero de ese año, 1919, el combativo proletariado metalúrgico de Buenos Aires movilizó tras de sí a la clase obrera y la población pobre en una huelga general que paralizó la capital de la República. El origen del movimiento se hallaba mucho menos en la influencia del triunfo de Lenin y Trotsky en Rusia que en la miseria de los trabajadores, que ganaban 90 pesos mensuales, menos de la mitad de lo requerido por la familia obrera (Idem, 21). El gobierno radical movilizó a la policía y al Ejército, que en colaboración con las bandas fascistas de la Liga Patriótica, organización financiada por los capitalistas, aplastaron sangrientamente al movimiento. Frente a la fábrica donde se había iniciado la huelga, un destacamento del ejército ametralla a los obreros. Lo comanda un joven teniente, llamado Juan Domingo Perón. Después de haber anegado en sangre las barriadas obreras, el jefe de policía, el destacado dirigente radical Elpidio González, felicita a las tropas en estos términos: "Felicito al personal de la repartición por la energía y valor demostrados. Debe estar todavía prevenido. Un pequeño esfuerzo y habremos terminado, dando una severa lección a elementos disolventes de la nacionalidad argentina, que es un ejemplo en la historia de noble altivez, y para honor de la patria y de quienes a costa de muchos sacrificios la formaron, legándonos valioso ejemplo de patriotismo que mantenemos como rotunda protesta contra las ideas y sistemas basados en la más baja satisfacción de apetitos materiales". Pero la represión no terminó con el aplastamiento de la huelga. Dando un ejemplo de "noble altivez" la policía y las bandas fascistas desencadenaron un progrom sin cuartel, llevando el terror a los barrios judíos. El jefe de policía había ordenado: "Contener toda manifestación y agrupaciones excepto las patrióticas; las demás deben disolverse sin contemplaciones". El proletariado argentino recuerda estas masacres con el nombre de "Semana Trágica" (Oddone, 286-95).
Dos años después, nuevamente el gobierno de Yrigoyen masacra al proletariado. En el territorio de Santa Cruz los obreros rurales se habían declarado en huelga, ocupando algunas estancias. Un teniente coronel del ejército al mando de dos regimientos de caballería pone a todo el territorio en pie de guerra, dicta una resolución por la cual se fusilaría sin formalidad alguna a toda persona que portase armas, y dirige la represión más brutal que pueda imaginarse. Cientos de obreros fueron detenidos, apaleados y recluidos en dantescos depósitos. De ellos se escogía a quienes señalaban los representantes de las empresas y se los llevaba al campo para fusilarlos. A alguno se les hacía cavar su propia fosa y luego incineraban los cadáveres. Así cayeron cientos de obreros. Cuando el Juez de la región entrevistó a Yrigoyen para relatarle los horrores cometidos y pedirle que se procesara a los responsables, Yrigoyen no quiso hacerlo: dijo que una medida semejante acarrearía el desprestigio de las fuerzas armadas y que la fe del pueblo en las instituciones debía salvarse a toda costa (Luna, Yrigoyen, 259).
Ya sobre la terminación de su primer periodo presidencial, Yrigoyen dejó establecido con dos firmes trazos el carácter reaccionario del radicalismo desde el punto de vista de la realización de las mas elementales tareas democráticas. Aliado a la Iglesia Católica, albacea de la oligarquía y el imperialismo, Yrigoyen ordenó al gobernador radical de Santa Fe que vetara la Reforma Constitucional recientemente efectuada en esa Provincia, por la cual se separaba la Iglesia del Estado y se introducían otras reformas que la hacían la Constitución más democrática del país. El radicalismo se oponía a la separación de la Iglesia y del Estado, decía Yrigoyen, "porque los argentinos que nos convocáramos en el gran movimiento de opinión, fijamos como regla de conducta invariable, el reconocimiento y restauración de las bases esenciales de la nacionalidad tal como estaba consagrada en sus estatutos cardinales" (carta al gobernador de Santa Fe, abril 1921, en Documentos, 311). Fiel a la misma orientación, Yrigoyen se opuso a la introducción del divorcio, afirmando que "Surgido el actual gobierno de un movimiento de opinión nacional para afianzar y estabilizar definitivamente las básicas instituciones sociales y políticas del país, cuando felizmente ha llegado a culminar en sus grandes propósitos, no puede el Poder Ejecutivo permanecer indiferente ante una iniciativa que amenaza conmover los cimientos de la familia argentina en su faz más augusta" (Mensaje al Congreso de la Nación, Documentos, 319).
El Interregno Alvearísta
Yrigoyen designó su sucesor en la presidencia a Marcelo T. de Alvear, quien fue elegido por una avalancha de votos (450.000 contra 200.000) y asumió en octubre de 1922. Con Alvear llega al Poder el ala derecha del radicalismo, cuya política no difería en nada sustancial de la yrigoyenista, pero que carecía de su tinte populachero y obrerista, respaldándose en los sectores burgueses del radicalismo.
La oligarquía observó con alivio que Alvear no persistía "en algunas prácticas de grosera demagogia seguidas por Yrigoyen" y que no admitía a su lado "a algunos de los elementos que habían acompañado al viejo caudillo. El elenco ministerial fue de otro nivel" (Pinedo, 63). Alvear y su fracción estaban mucho más cerca del Jockey Club que Yrigoyen y su chusma.
A eso se reducía todo el cambio. Respecto a los grandes problemas nacionales —dominio del capital extranjero, latifundio, atraso general de la economía— Alvear como Yrigoyen gobernó sin cambiar nada.
Cambió, sí, la situación del mercado mundial; desaparecieron las condiciones especiales creadas por la guerra y la post-guerra y la burguesía terrateniente argentina siguió enriqueciéndose como antes de 1914, vendiendo a Europa sus productos agropecuarios. Se abandonaron entonces los intentos de intervencionismo estatal y los proyectos de flotas mercantes, que ya no parecían necesarias a la burguesia, confiada en que todo seguiría igual que en la preguerra. Por tanto, si el imperialismo inglés compraba normalmente los productos agropecuarios y vendía normalmente sus artículos manufacturados, resultaba innecesaria la industria fabril que había crecido durante los años de guerra. Sólo las más poderosas empresas industriales —muy vinculadas al capital extranjero y los terratenientes— soportaban la competencia de la avalancha de mercaderías europeas que inundó al país. El gobierno de Alvear, lejos de proteger a la industria nacional, rebaja los derechos aduaneros, contribuyendo a su ruina (Dorfman, 62-65). La fracción yrigoyenista nada tuvo que objetar a esta política, con lo que el radicalismo demostró nuevamente que su, política era la. tradicional de la burguesía terrateniente argentina aliada de Inglaterra, nada más.
Pero bajo Alvear se produce un fenómeno nuevo, originado en Wall Street: el capital norteamericano acelera vertiginosamente su penetración en la economía argentina, a través de los empréstitos, de empresas de servicios públicos y mediante filiales de los grandes consorcios yanquis que instalan fábricas y talleres de montaje para abastecer el mercado interno. Las inversiones yanquis en el país, que en 1920 totalizaban 75 millones de pesos oro, alcanzan en 1927, al terminar la presidencia de Alvear, a 505 millones. El imperialismo inglés, cuyas inversiones cuadruplicaban a las de Estados Unidos (Philps, 99) veía cómo el pujante rival que ya lo había desplazado del resto de América latina avanzaba peligrosamente en la Argentina, y se dispuso a frenarlo.
El gobierno de Alvear le prestó su ayuda, y entre otras cosas cerró el camino a las empresas petroleras norteamericanas, desarrollando los Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) que llevaron una enérgica campaña contra la Standard Oil. Eso sí, sin afectar los intereses de Gran Bretaña, la metrópoli dominante (Frondizi, Petróleo, 153). En torno al conflicto entre YPF y el imperialismo yanqui se produce una fisura en el seno de la burguesía argentina. En general la política de YPF era respaldada por los aliados históricos del imperialismo inglés, los estancieros de la Provincia de Buenos Aires. Por el contrario, el imperialismo yanqui, a través de la Standard Oil, inició una alianza que habría de ser duradera con la burguesía industrial y terrateniente del Norte argentino.
A cambio de los dólares con que el imperialismo yanqui pensaba explotar el petróleo del Norte, este sector combatió implacablemente a YPF y llegó a proponer la secesión de una provincia para impedir que YPF desplazara de allí a la Standard Oil (Bunge). Por otra parte, la Standard Oil se había vinculado de tiempo atrás a la industria, sector del capitalismo argentino que a medida que crecía tendía a acercarse al imperialismo yanqui; dos presidentes de la Unión Industrial Argentina estaban desde antes de la guerra en estrechas relaciones con la Standard. Por el contrario, los estancieros se tornaban cada vez más hostiles hacia Estados Unidos, ese imperialismo que no sólo competía con sus productos, sino que los rechazaba de mil modos.
Precisamente bajo la Presidencia de Alvear, cuando más penetraban sus capitales en el país, el gobierno yanqui intensificó sus restricciones a la importación de carne argentina (Weil, 197). La burguesía terrateniente respondió, por intermedio de la Sociedad Rural Argentina, haciendo suyo el slogan acuñado para ella por el embajador inglés en Buenos Aires: "Comprar a quien nos compra", lo que significaba comprar en Inglaterra. En abril de 1928, la Sociedad Rural pide al gobierno que concierte tratados comerciales de reciprocidad, que tenían el sentido de excluir a Estados Unidos del mercado argentino (White, 203 y Anales de la SRA, abril 1928).

Yrigoyen Vuelve al Poder

Pero mientras todos esos procesos poco visibles transcurrían en el seno de la estructura argentina, se producían acontecimientos más fáciles de discernir. En octubre de 1928, pese a la oposición de Alvear y su fracción, Hipólito Yrigoyen volvía al poder, plebiscitado por 800.000 votos contra 400.000 de todos sus adversarios. El capital inglés le dio la bienvenida, con palabras que caracterizan perfectamente lo fundamental de su primer gobierno y de lo que duró el segundo; el Presidente del Ferrocarril Central Argentino declaró: "Es indudable que el gobierno del doctor Yrigoyen ha Inspirado fe y confianza en Londres y una de las mayores pruebas es la siguiente: el 12 de octubre de 1928 las acciones del FC Central Argentino se cotizaban aproximadamente al 90% de su valor. En la actualidad las acciones han llegado al 98%".
Y el Presidente del Ferrocarril Sud declaraba: "Me complace sobremanera testimoniar mi admiración por las altas dotes de Gobierno puestas de manifiesto por el Doctor Yrigoyen en cuanto se ha visto en presencia de dificultades. En lo que respecta a los intereses ferroviarios se mostró firma y ecuánime y es en gran parte debido a las medidas que inició que fundamos nuestra prosperidad" (Documentos, 328). Pero la burguesía argentina no las tenia todas consigo.
Había disgusto entre las clases distinguidas, que decían que la vuelta de Yrigoyen al gobierno significaba una catástrofe para el país.
"Otra vez el caos administrativo, la chusma en la calle y en los puestos públicos, las huelgas, el pobrerío en la Casa de Gobierno. Hay que hacer algo, exclaman los enemigos de Yrigoyen" (Gálvez, 393). La burguesía no estaba dispuesta a tolerar mucho tiempo al viejo e inconducente conductor, y casi simultáneamente con su triunfo electoral se empieza a tramar su derrocamiento, con la colaboración del ejército (Palacio. 366).
En efecto, el segundo gobierno de Yrigoyen irritó a la burguesía, y no tanto por su obrerismo, cuanto por la corrupción que floreció en grado increíble y que era particularmente insufrible para la burguesía porque no se limitaba a las altas esferas sino que afectaba a toda la administración, de abajo a arriba con la sola excepción del propio Yrigoyen (Weil, 37). Además, el gobierno de Yrigoyen —que había hecho de la pureza del sufragio el tema de su vida— se valió ampliamente del fraude electoral para ganar las elecciones allí donde no estaba seguro de triunfar por otros medios.
Pero, entre tanto, se iniciaba una nueva fase en las relaciones entre la Argentina y la metrópoli británica, caracterizada por los acuerdos bilaterales que cierran el mercado argentino para los competidores de Inglaterra y ligan más estrechamente la economía nacional al sistema imperialista británico. En 1929 llega al país una misión inglesa presidida por Lord D'Avernon, y se firma con ella un convenio por el cual la Argentina se compromete a emplear en Gran Bretaña el producido de su exportación de cereales y otros productos. Se trataba de un convenio netamente desventajoso para la economía argentina (Salera, 64), que Inglaterra impuso amenazando con establecer un sistema de preferencia imperial que cerraría el mercado inglés para las exportaciones argentinas. Pero el Ministro de Relaciones Exteriores de Yrigoyen declaró: "no nos interesa ni nos desazona si es la Gran Bretaña a quien le toca recoger los mayores beneficios. Lo he dicho en una ligera interrupción y lo repito en este momento: tenemos con Gran Bretaña una gran deuda moral que nos es grato confesar. Cuando todavía éramos una expresión imprecisa, Inglaterra llegó trayéndonos el aporte de su fe, de su confianza, depositando aquí sus capitales, trayendo las primeras líneas de los ferrocarriles, alrededor de los cuales se fue realizando paulatinamente el progreso de la Nación" (DSCDN, noviembre 11 y 12, 1929). Era el lenguaje tradicional de los agentes nativos del imperialismo inglés. Cuatro años más tarde, con los mismos argumentos, los representantes de la oligarquía proclamarían orgullosamente que la Argentina se parecía mucho a una colonia inglesa. La Misión D`Avernon produjo un informe en el que se registran datos de interés sobre el control imperialista de la economía argentina, entre otros el grado considerable de capital inglés invertido en empresas industriales aparentemente argentinas que producen para el mercado interno (Report, 15).
Pero si la Misión D`Avernon que venía a ajustar las relaciones entre metrópoli y semicolonia fue calurosamente acogida por Yrigoyen, muy otra fue la actitud ante Hoover, presidente electo de Estados Unidos en viaje por América latina, a quien se recibió sin mucho entusiasmo. Incluso, Yrigoyen le manifestó en su discurso de bienvenida que los pueblos sudamericanos esperaban que el poderío yanqui no fuera "un riesgo para la justicia, ni siquiera una sombra proyectada sobre la soberanía de los demás Estados" (Documentos. 365). Se ha señalado (Pereira, citado por Luna, Yrigoyen, 431) que entre las diversas manifestaciones oficiales con que fue agasajado Hoover en su gira "sobresalió Yrigoyen por haber sido el único que supo encontrar el tono para hablar de potencia a potencia". Es cierto, pero debe contrastarse esa actitud con la obsecuencia ante la Misión D'Avernon, y no es ocioso recordar que por ese entonces las inversiones británicas en la Argentina cuadruplicaban a las norteamericanas y en el período 1926-1929 Inglaterra compraba a la Argentina cuatro veces más (en valor) que Estados Unidos (Phelps, 99).
El gobierno de Yrigoyen prosiguió la ofensiva contra la Standard Oil, proyectándose una nacionalización del petróleo enderezada ante todo contra el imperialismo yanqui, y en forma tal que los intereses imperialistas predominantes en la industria petrolera argentina, que eran británicos, apoyaban la nacionalización (Frondizi, Petróleo, 275). De todos modos, al 5 de setiembre de 1930 el proyecto no había sido aprobado, y al día siguiente Yrigoyen caía depuesto por un golpe militar.
La Restauración Conservadora
A los pocos meses de su segundo gobierno Yrigoyen se había hecho intolerable para la burguesía argentina, y la intolerancia aumentó con el avance de la crisis económica.
En enero de 1930 el precio mundial de los cereales había descendido 5% respecto de 1926. En agosto la disminución alcanzaba a 13%, y los precios de cueros, lanas y otras exportaciones argentinas descendían igualmente. Con los precios se achicaban también las reservas de oro (Revista Económica, 1932). Tocaba a su fin la prosperidad, y el capital nacional y extranjero advertían la necesidad de un gobierno desligado de compromisos con las masas populares y sin veleidades obreristas, un gobierno fuerte capaz de salvar la cuota de ganancia a expensas del nivel de vida de las masas trabajadoras y gobernar en íntimo contacto con los altos círculos capitalistas. Evidentemente, el gobierno de Yrigoyen no era apto para esta función. Por eso la presentación que el 22 de agosto de 1930 realizaron ante el gobierno la Sociedad Rural Argentina, la Bolsa de Cereales, la Unión Industrial Argentina y la Confederación de la Producción, Industria y Comercio —vale decir, la burguesía en pleno— era algo así como un llamado a la insurrección. Exponían los representantes del capital que ante el avance de la crisis era preciso iniciar una política de proteccionismo aduanero y de toda especie para la industria, la ganadería y la agricultura y, sobre todo, abolir las leyes de protección al trabajo. Para esto, el radicalismo no servía. Había demostrado su eficacia para masacrar al proletariado cuando éste se levantaba, pero necesitado del voto de los trabajadores no podía ir demasiado lejos en una ofensiva permanente contra ellos sin perder su base de sustentación. Había que fortalecer el orden, y el gobierno de Yrigoyen era la encarnación del desorden, social porque especulaba con el apoyo de las masas, administrativo por la corrupción que lo carcomía a ritmo acelerado. Los conflictos obreros se multiplicaban y el gobierno no podía controlar a los sindicatos (Palacio, 370).
Los viejos políticos oligárquicos se movilizaron, .y con ellos sus vastagos más jóvenes, organizados en agrupaciones fascistas que soñaban con organizar la Argentina al estilo de Mussolini. Se descubrió que Yrigoyen era un "dictador", y sin embargo la oposición gozaba de las más amplias libertades y se adueñaba de la calle cuando quería (la prensa ya era de ella desde siempre, y en la capital de la república el gobierno sólo tenía un diario). El golpe de Estado "para salvar la democracia" se prepara activamente. En los cuarteles, el general Uriburu, fascista confeso. En los círculos políticos, don Antonio Santa-marina, dirigente conservador, dueño de 160.000 hectáreas en la Provincia de Buenos Aires (Pinedo; 74 y Oddone, Burguesía, 176). En la calle, los estudiantes, vociferando "abajo el tirano" o "¡democracia sí; dictadura no!" mientras atacan a los radicales (Gálvez, 439).
Las masas trabajadoras permanecen pasivamente favorables a Yrigoyen. Pero la burguesía y la pequeña burguesía estaban dispuestas a acabar con el gobierno. Encuentran un aliado insospechado en el pequeño Partido Comunista, que declara: "El gobierno de Yrigoyen es el gobierno de la reacción capitalista, como lo demuestra su política represiva, reaccionaria, fascitizante" (Historia del PC, 70). El 5 de setiembre la Federación Universitaria exigió la renuncia de Yrigoyen. "La calle Florida, la feria de vanidades de la burguesía y pequeña burguesía porteñas era toda un mitin confuso de la "revolución"; predominaban las damas elegantes, los oficiales del ejército y los niños "bien". El Poder estaba en medio de la calle..." (Gallo, 19) El 6 de setiembre de 1930 lo recogió sin dificultad el general Félix Uriburu, desfilando con los cadetes del Colegio Militar y algunos soldados ante el aplauso de la gente distinguida.
Tras el general Uriburu se movían en primer término la burguesía argentina en su conjunto y el conjunto del capital extranjero, sedientos de orden y de un gobierno que no tuviese compromisos con las masas.
"Indudablemente el cuartelazo fue patrocinado por los terratenientes. Habían esperado largo tiempo una ocasión para corregir su error de 1916 al permitir elecciones libres. Fue amparado por los bancos, el gran capital, las asociaciones patronales, irritadas por los vacilantes intentos de Yrigoyen de hacer algo con la depresión a costa de ellos, sin ningún plan constructivo" (Weil, 41). Por supuesto, apoyaban el golpe los tradicionales políticos oligárquicos que hasta el advenimiento del radicalismo al Poder manejaban cómodamente el Estado. De entre ellos salieron los ministros del nuevo gobierno. En fin, un nuevo factor intervenía. Era el imperialismo yanqui, particularmente la Standard Oil, que perjudicada por la política general de Yrigoyen, y en especial por su política petrolera, buscaban en el golpe militar la oportunidad para desplazar al imperialismo inglés. A las pocas horas de producirse el cambio de gobierno, los británicos se ocuparon de advertir al mundo que el 6 de Setiembre se debía a la influencia estadounidense. Los voceros ingleses trasmitieron a todas las agencias noticiosas que los Estados Unidos eran los culpables de la revolución (Frondizi, Petróleo, 272 y La Prensa, setiembre 8, 1930). Poco tardaron los intereses norteamericanos en advertir que la carta a que habían apostado se les iba de las manos y rendía los mayores dividendos para Inglaterra.
Baste decir que Uriburu, si bien liquidó el proyecto de nacionalización del petróleo, siguió respaldando la acción de YPF (Frondizi, Petróleo, 330).
"Democracia sí, Dictadura no ¡LIBERTAD!" Con esas consignas la burguesía y pequeña burguesía, los estudiantes a la cabeza, crearon el clima del golpe militar. Triunfante éste, no tardó en darles lo que querían. La "dictadura" de Yrigoyen, que no perseguía ni encarcelaba a nadie, fue reemplazada por la dictadura militar-policíaca sin comillas del general Uriburu, que desató el terror sobre el país y en especial la clase obrera. Apoyadas desde la presidencia de la Nación, las organizaciones fascistas, financiadas por el gran capital, se adueñaron de la calle. Sin embargo, el Partido Socialista argentino, fiel a su alianza tácita de siempre con la burguesía, roció con agua bautismal al gobierno militar. En nota dirigida el 4 de noviembre al Ministro del Interior, Matías Sánchez Sorondo —gran terrateniente, abogado de la Standard Oil, fascista confeso que dirigía personalmente la tortura policial de militantes obreros— los socialistas decían: "Apenas se constituyó el Gobierno Provisional surgido de la revolución del 6 de setiembre, nos apresuramos a declarar que de nuestra parte no crearíamos al Gobierno Provisional la más mínima dificultad para el cumplimiento de una tarea que reputábamos ardua e indispensable" (citado por Gallo, 44). Se convocó a elecciones en la Provincia de Buenos Aires para dar respaldo legal al régimen, pero el radicalismo, sumido en la ilegalidad, ganó por 30.000 votos. A fin de preservar la democracia, se anuló las elecciones... Y entre tanto. para asegurar la reclamada libertad el gorro frigio del escudo nacional fue poderosamente dotado con la picana eléctrica, instrumento predilecto de la sección Orden Político, siniestra organización policial amorosamente tutelada desde entonces por todos los gobiernos argentinos, donde se tortura y/o asesina a los militantes obreros.
Eso sí, Uriburu terminó con la corrupción administrativa yrigoyenista. Lo hizo en forma hegeliana, superándola y elevándola a un plano gigantesco, desconocido hasta entonces.
"Dictó un decreto confidencial y sumamente ingenioso, estableciendo que el gobierno se haría cargo de todas las deudas privadas de los oficiales del ejército. Todo lo que los oficiales tenían que hacer era informar a su coronel que tenían una deuda; no se requerían detalles ni se formulaban preguntas. Parece que los oficiales supieron aprovechar la ocasión, porque mucho tiempo después los diarios informaban que el decreto le había costado al gobierno más de 7 millones de pesos (White, 161). Pero Uriburu no pudo mantenerse largo tiempo en el Poder. Al fin y al cabo, los políticos tradicionales de la burguesía argentina no habían combatido a Yrigoyen para que su lugar lo ocupase el Ejército y un puñado de jóvenes fascistas que soñaban junto con Uriburu en implantar el estado corporativo.
El terror policial había estado bien para aplastar a la clase obrera y lo que quedaba del radicalismo, pero cuando Uriburu quiso utilizarlo para sus propios fines, toda la burguesía y sus políticos se le pusieron en contra, y también la gran prensa, a quien Uriburu intentó someter a censura previa (Ídem, 184). Los más poderosos sectores de la burguesía y el capital inglés exigieron el retorno a la normalidad, y cuando el gobierno convocó a elecciones hallaron su representante en el General Agustín P. Justo, ex Ministro de Guerra de Alvear, íntimamente ligado a la oligarquía conservadora. Fue elegido presidente en elecciones magníficamente fraudulentas, en las que se impidió participar a la Unión Cívica Radical, el mayor partido opositor (Pinedo, 108). Con Justo llegan al poder tradicionales figurones de la oligarquía. Su Vicepresidente es Julio A. Roca, hijo del general, aquel que civilizó el país a fuerza de Remingtones y empréstitos, uno de los presidentes argentinos mejor cotizados en la Bolsa de Londres.

Capítulo II

El Gobierno Directo De Los Estancieros y El Imperialismo Ingles: 1935 - Mayo 1943

Cuando el General Agustín P. Justo asumió la Presidencia de la Nación Argentina, bien pudo haber jurado ante el Ministerio de Colonias de la Gran Bretaña, y si no lo hizo fue por pura formalidad. Es que en 1932, por el tratado de Ottawa, Inglaterra —que adquiría el 99% de la exportación argentina de carne enfriada— había asegurado a sus Dominios una creciente participación en la importación británica de carnes, en detrimento de la Argentina, que debería conformarse con una cuota cada vez menor. Los estancieros de Buenos Aires, viendo peligrar la base de su riqueza, envían a Inglaterra una Misión encabezada por el Vicepresidente de la Nación, Julio A. Roca, y por un abogado de los ferrocarriles ingleses a quien la Corona británica había premiado con el título de Sir. En Londres, esta delegación escucha complacida cómo un Subsecretario británico de Relaciones Exteriores le sugiere que la forma más práctica para arreglar las relaciones comerciales entre Inglaterra y la Argentina seria que el país renunciara voluntariamente a su soberanía y se incorporase a la Comunidad Británica de Naciones (Salera, 64). A lo cual el Vicepresidente Roca —toda una gloria de la oligarquía patricia— responde que "la geografía política no siempre logra en nuestros tiempos imponer sus límites territoriales a la actividad de la economía de las naciones. Así ha podido decir un publicista de celosa personalidad que la Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico" (DSCDPBA, Bs. As., julio 25, 1946, pág. 985). Esta era la opinión de la clase dominante argentina. Ya años antes su vocero, el entonces diputado Sánchez Sorondo, había declarado: "Aunque esto moleste nuestro orgullo nacional, si queremos defender la vida del país, tenemos que colocarnos en situación de colonia inglesa en materia de carnes. Eso no se puede decir en la Cámara, pero es la verdad. Digamos a Inglaterra: nosotros les proveeremos a ustedes de carnes; pero ustedes serán los únicos que nos provean de todo lo que necesitamos; si precisamos máquinas americanas, vendrán de Inglaterra" (DSCDN, 1922, pág. 612). Tal era precisamente la esencia del Tratado Roca-Runciman, firmado en 1933 por la Misión Roca. Merced al mismo, los ganaderos de Buenos Aires conservaban el mercado británico, pero en cambio otorgaban toda clase de preferencias a Inglaterra. "Valorando los beneficios de la colaboración del capital británico en las empresas de servicios públicos y otras, ya sean nacionales, municipales o privadas que funcionan en la República Argentina" —decía el tratado— el gobierno argentino "se propone dispensar a tales empresas un tratamiento benévolo que tienda a asegurar el desarrollo económico del país y la debida protección de los intereses ligados a tales empresas". En consecuencia, se concedía a compañías británicas el monopolio del transporte en la ciudad de Buenos Aires, hundiendo la competencia de los pequeños transportistas nacionales, cuyos vehículos se expropiaron al efecto. Se hacían concesiones aduaneras por importe de 25 millones de pesos, que permitían el libre ingreso de mercaderías británicas, en perjuicio del fisco y de la industria nacional. Se asignaba para las compras en Inglaterra cambio abundante, a tipos preferenciales, mientras que se cerraba el mercado argentino para los competidores de Inglaterra. La Argentina se comprometía también a destinar el pago de las inversiones británicas, la mayor parte de los ingresos provenientes de las exhortaciones a Gran Bretaña —y esto equivale a aceptar la inconvertibilidad parcial de la libra. Algo más: Se inició por imposición británica una política de nacionalización de inversiones inglesas deficitarias, pagándolas a precio de oro y descapitalizando al país en beneficio de los inversores ingleses. Esto se concretó en la nacionalización de un ferrocarril británico (Salera, 161) en cuya ocasión el gobierno del General Justo expresó que iniciaba "una nueva orientación en materia de política ferroviaria, cual es la adquisición paulatina por el Estado de las empresas particulares que explotan hoy el servicio ferroviario" (DSCSN, diciembre 28,'1938, pág. 1916). En fin, la diplomacia argentina asumía la abierta defensa de los grandes intereses de la diplomacia británica en América del Sud —encaminada a detener el avance norteamericano— y la Argentina se transformaba en sub-metrópoli inglesa en América del Sud (Le Monde, agosto 5,. 1933).
Como consecuencia del Tratado Roca-Runciman, en la misma medida en que se acentuaba el control británico sobre la economía nacional, perdía posiciones el imperialismo norteamericano. El cerrado bilateralismo con Gran Bretaña reducía a niveles mínimos las compras en Estados Unidos. El gobierno no otorgaba divisas para importar desde Norteamérica, o las concedía a tipos de cambio desfavorables que encarecían los productos importados. En consecuencia, la participación de Estados Unidos en las importaciones argentinas descendió durante 1933-38, en cuarenta por ciento respecto de 1925-29, mientras que la participación británica aumentó paralelamente (Salera, 240).
Las relaciones económicas con Washington se tornaron tensas, y también las relaciones diplomáticas. Durante la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, éste respaldado por los intereses británicos de la Royal Dutch, aquélla por la Standard Oil yanqui, la Argentina estuvo junto al imperialismo inglés, apoyando al Paraguay y utilizando sus influencias en Bolivia, para favorecer a los intereses británicos (Cornejo, 203-4 y 226-7). En 1936 se realizó en Buenos Aires una Conferencia Interamericana. Estados Unidos, dirigido por Roosevelt en su política de "buena vecindad", se lanzaba a la tarea de organizar los países latinoamericanos en un bloque político-militar que obedeciera a sus mandatos. La burguesía argentina mantuvo su tradicional oposición a esa política y contó, claro está, con el respaldo británico.
En esa conferencia se plantearon dos problemas fundamentales —cuenta el dirigente de la delegación norteamericana—: primero, si las repúblicas americanas llegarían a un acuerdo para crear una maquinaria eficiente que operara con rapidez en caso de que una. disputa intra-continental pusiera en peligro la paz, o de que la seguridad del hemisferio se viera amenazada desde afuera; segundo, si reconocerían conjuntamente que la amenaza contra la seguridad de cualquiera de las repúblicas comprometía la seguridad de todas las demás. Poco después de la primera reunión de las delegaciones supe que la mayoría de ellas favorecían el establecimiento de estos dos principios, y que la delegación argentina, presidida por el Ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Carlos Saavedra Lamas, se oponía a ambos. Argentina se había opuesto desde hacía muchos años a la formación de cualquier organización interamericana con autoridad suficiente para decidir cuestiones políticas y en las cuales los Estados Unidos y el Brasil pudieran llegar a tener una influencia susceptible de amagar sus tradicionales intentos de arrobarse el derecho de hablar en nombre de las demás repúblicas hispanas de Sudamérica. Saavedra Lamas era el mas destacado exponente de la tesis de que las relaciones de Argentina con Europa son las más importantes, y estaba firme en su decisión de que debía mantenerse la supremacía argentina como líder de los países hispanoamericanos y de que debía evitarse cualquier intento de los Estados Unidos para aumentar su influencia política en el hemisferio." (Sumner Wells, 252-3.)
Desde ese momento, y durante toda la década siguiente, las relaciones entre Argentina y Estados Unidos no cesarían de deteriorarse, caracterizándose por continuos y violentos roces.

Sumisión a Inglaterra y Pseudo-Industrialización

Pero mientras aceptaba las imposiciones del imperialismo inglés, al mismo tiempo, la burguesía terrateniente argentina iniciaba una política de "nacionalismo económico". Esta aparente contradicción se originaba en una misma y única causa, que era la necesidad de conservar las ganancias y rentas del capitalismo argentino en las condiciones de la desintegración del comercio mundial. Para esto, la burguesía argentina —particularmente los estancieros de Buenos Aires—,' debía aceptar las exigencias del imperialismo comprador de sus productos, y así lo hizo. Pero, al propio tiempo, advirtió la necesidad de modificar la forma de su relación con el imperialismo, la urgencia de fortalecer el mercado interno para independizarse en cierto grado del mercado mundial. Ya en 1866, Sarmiento le advertía a la Sociedad Rural que "el ganado y sus productos como industria exclusiva y única del país, tiene el inconveniente, de que su precio no lo regulamos nosotros, por falta de consumidores sobre el terreno, sino que nos lo imponen los mercados extranjeros, según su demanda" (Obras, XXIX, 158). Con la crisis mundial había llegado el momento de recordar este consejo, y la solución estaba en desarrollar el mercado interno. Y en efecto, mientras que desde 1870 hasta 1929, la economía argentina crece vigorosamente "hacia afuera", estimulada por la expansión del mercado internacional, a partir de la gran crisis la burguesía terrateniente se esfuerza por desenvolver nuevas fuerzas, capaces de estimular desde adentro el desarrollo económico. Para ello acudió a un activo intervencionismo estatal y al fomento de la industria manufacturera.
El Estado apuntaló la renta agraria, comprando las cosechas a precios superiores a los del mercado mundial. Además, puesto que las metrópolis imperialistas compraban poco y a bajos precios, a fin de contar con las divisas necesarias para pagar la deuda externa, se estableció el control de cambios, que permitía al Estado restringir las importaciones. Este instrumento sirvió para favorecer a Inglaterra y perjudicar a sus competidores, especialmente Estados Unidos, en forma tal que las industrias británicas temían "que el Gobierno argentino trate de terminar con el actual control de cambios, que es la mayor garantía, que tienen para colocar sus productos en nuestro país" (Informe de la Cámara de Comercio Argentina en Gran Bretaña, mayo 4, 1934). Pero el control de cambios sirvió también para proteger a la industria nacional. En fin, los terratenientes procuraron resarcirse de las exacciones imperialistas presionando sobre las empresas ferroviarias, que se vieron cortadas por el Estado en su política de tarifas y, sobre todo, amenazadas en su volumen de tráfico por el impulso dado a un plan vial que tenía caminos destinados a competir directamente con el ferrocarril. El resultado de toda esta política fue un creciente desarrollo industrial o pseudo-industrialización .
El desarrollo industrial de la Argentina sirvió para ajustar en un nuevo plano las relaciones entre el capitalismo nacional y el capital internacional. A través de diversos incentivos y restricciones, la burguesía argentina procuró atraer capitales extranjeros que se asociasen a ella en la industria fabril. Esto coincidió con las nuevas tendencias del capital internacional a invertirse no ya principalmente en empréstitos o servicios públicos sino en industrias manufactureras que producen para el mercado interno de países atrasados. De la conjunción de ambos procesa resultó a partir de la década de los treinta una creciente participación del capital internacional en la industria manufacturera argentina (Dorfman, 301).

Estancieros e Industriales

Otra importante consecuencia de la política económica gobierno de Justo fue que, a partir de 1933, se soldó una íntima alianza entre los sectores agropecuario e industrial de la burguesía argentina. En realidad, nunca hubo entre estos sectores neta diferenciación ni conflictos agudos, porque la burguesía industrial surgió de la burguesía terrateniente, y !a capitalización de la renta agraria y la territorialización de la ganancia industrial borran continuamente los imprecisos límites que las separan.
Además, terratenientes e industriales estaban íntimamente vinculados al capital extranjero, y todos se hallaban unidos por el común antagonismo contra la clase trabajadora. Sin embargo, sobre esta unidad general de interesen, se percibían hasta 1933 algunos roces provenientes de que los terratenientes, que vendían tranquilamente sus productos en el mercado mundial, apoyaban una política más bien librecambista que sacrificaba la industria argentina a la competencia extranjera. Los industriales, en cambio, demandaban protección aduanera para la industria, pidiendo que se restringiera la importación de mercaderías y se atrajeran capitales extranjeros que las produjesen en el país (Revista de la UIA. setiembre 1932). En eso consistía su "nacionalismo económico". A partir de 1933. los terratenientes, perjudicados .por la crisis mundial, se vuelven también ellos proteccionistas, y apoyan el desarrollo industrial. "El aislamiento en que nos ha colocado un mundo dislocado —declara en 1933 el ministro de Agricultura, gran estanciero y ex presidente de la Sociedad Rural Argentina— nos obliga a fabricar en el país lo que ya no podemos adquirir en los países que no nos compran." (Lo Nación, octubre 4, 1833.)
A partir de 1932. la desintegración del comercio mundial. la crisis agropecuaria y el desarrollo industrial, modificaban la composición del producto nacional, la distribución ocupacional de la población, la composición de las importaciones. el origen de los ingresos fiscales v otras características de la economía argentina, sin modificar empero el conglomerado de clases y grupos nacionales v extranjeros que la controlaban. El gobierno de Justo entre tanto seguía gobernando mediante una combinación de eficiencia administrativa —mayor que la demostrada antes o después por ningún otro gobierno nacional— fraude y violencia. Sin embargo. el radicalismo disfrutaba de los beneficios de la legalidad, pues así lo habían pedido los negociadores ingleses del Tratado Roca-Runciman (Le Monde, agosto 5. 1933), conscientes de que el capital británico necesitaba en el país una fachada democrática capaz de dar visos de legalidad a las concesiones coloniales que le hacía el presidente Justo. Por lo demás, la Unión Cívica Radical, dirigida por Alvear desde la muerte de Yrigoyen, estaba en excelentes términos con los consorcios imperialistas.
La Comisión Investigadora que en 1943 revisó los archivos de la Compañía Argentina de Electricidad comprobó por ejemplo que el 66 % del presupuesto de la campaña electoral de la UCR en 1937 fue costeado por la CADE, así como el 100 % del costo del local central del partido. En total más de un millón de pesos, a cambio de los cuales el radicalismo votó concesiones escandalosas a favor de la empresa (Informe, 289). Interrogado al respecto, el tesorero del Comité Nacional de la UCR manifestó a la Comisión que "si el partido Radical, en esa época para la campaña del doctor Alvear recibió seiscientos mil pesos, los partidos conservadores han recibido seis o siete veces más. A Hirsch (representante de la CADE), entre otros, le dije que a nosotros nos arreglaban con moneditas, y que a los que estaban en el gobierno les daban lo que ellos querían" (Informe, 295).
Crecimiento de la Clase Obrera y Aparición de la CGT
El desarrollo de la industria fabril disimulaba la agudización de la crisis estructural de la agricultura, que no cesaba de acentuarse, agravada por el descenso de los precios resultantes de la crisis coyuntural de 1929. Los arrendatarios muy difícilmente llegaban a ser propietarios, y para los peones era imposible incluso convertirse en arrendatarios (Taylor, 10, 174 y 192). Por el contrario: los pequeños propietarios perdían sus tierras. En 1914 el 63 % de los productores rurales eran propietarios de su parcelar en 1937 sólo el 37 %. Esta crisis agraria actúa como bomba impelen-te, engrosando al proletariado industrial con contingentes cada vez mayores de trabajadores rurales que emigraban desde el interior hacia el gran Buceos Aires, donde ya en 1935 se concentraba el 66 % de los capitales invertidos en fábricas.
Como a fines del siglo pasado, el latifundio seguía abasteciendo a la industria de mano de obra barata, y a la vez la condenaba al raquitismo, alejando la posibilidad de estructurar un sólido mercado interno basado en los productores agrarios. El aumento numérico de la clase obrera, y las dificultades económicas que la enfrentaban, originaron pese a la represión estatal un paulatino ascenso del movimiento obrero. En enero de 1936 una huelga general paraliza durante dos días a la Capital Federal, culminando el ascenso con la constitución pocos meses después de la Confederación General del Trabajo (CGT). La combatividad de la clase obrera se irradió a otras clases explotadas, y se produjeron también huelgas agrarias, en tanto que la pequeña burguesía se agitaba en movimientos estudiantiles declaradamente antiimperialistas y en torno a un grupo de intelectuales nacionalistas que iniciaban la denuncia sistemática del control inglés sobre la vida argentina. Sin embargo, todo ese ascenso obrero y popular, especialmente obrero, no tuvo concreción política. Las fuerzas dirigentes del movimiento obrero —el partido Socialista, pero también y especialmente el partido Comunista— se oponían al gobierno de Justo, mas no en base a una política anticapitalista y antiimperialista, sino en base a la colaboración de clases con una sedicente burguesía nacional, democrática y progresista, cuya representación se atribuía a la UCR, que como es sabido, se sustentaba con las donaciones de empresas imperialistas.
Hasta 1933 el partido Comunista seguía una línea antiimperialista y en especial antiyanqui. "Roosevelt para sus corifeos representaría la paz y la democracia frente a la Europa guerrera y fascista —decía en 1933 el dirigente comunista Paulino González Alberdi—. ¡Y Roosevelt impulsa la guerra en los cinco continentes! ¡Y en el Chaco no escatima esfuerzos para asegurar los intereses de la Standard Oil! Roosevelt, en política imperialista, sería una rectificación de Hoover. Pero Cuba ha venido a demostrar que Roosevelt es tan imperialista como Hoover." (Informaciones, Octubre 1933.)
Pero en 1934, conjuntamente con la diplomacia soviética espantada por el triunfo de Hitler en Alemania, el partido Comunista pegó una voltereta hacia el imperialismo llamado democrático. El mismo dirigente arriba citado escribió entonces: "La Conferencia de Lima ha definido, sin reticencias, la posición de América frente a los acontecimientos mundiales. La colaboración de las 21 naciones a la paz del mundo debe ser mayor aún y más activa. En lo que atañe a las relaciones con los Estados Unidos, Roosevelt y Cordel Hull, los esfuerzos ítalo-nazis para levantar el antiimperialismo yanqui, se han quebrado. Las naciones del continente han comprendido que una colaboración estrecha con Roosevelt —que no puede ser considerado como la expresión de las fuerzas imperialistas que existen en el Norte— no disminuye ni un adarme la autonomía de cada país ni afecta su decoro personal" (Orientación, diciembre 15, 1938). Consecuentemente, se levantó la consigna del Frente Popular, combinación política para entregar el proletariado mundial al imperialismo anglo-yanqui que prometía apoyar a la URSS contra Hitler.
Como no podía menos de suceder, esta política de "frente popular" desorientó a la clase obrera y la condujo a un callejón sin salida. En el mismo sentido y con idéntico electo actuó el oportunismo de la burocracia sindical dominante en la CGT, comprometida en toda suerte de ajetreos parlamentarios y compromisos políticos a espaldas de las masas.
Baste decir que la dirección de la CGT, luego de una entrevista con el general Justo, recomendó a la clase obrera "la necesidad de estimularlo por su orientación democrática y su decidido propósito de mantenerse dentro de la ley luchando, para bien general, contra todo intento de sustituir el orden, sea oriundo de la demagogia o venga de la reacción" (Oddone, Gremialismo, 375).
Neutralidad Argentina en Función de Semicolonia Británica
Ortiz fue consagrado presidente merced a una elección aún mas fraudulenta que la que había llevado al poder al general Justo. Federico Pinedo, que fue ministro de ese gobierno, ha dicho de esas elecciones: "más bien que elecciones fraudulentas corresponde decir que en esas ocasiones no hubo elecciones, porque nadie pretendió hacer creer que había habido actos eleccionarios normales en que el pueblo había expresado su opinión. Más que parodia de elecciones hubo en esos casos y en otros parecidos negación ostensible y confesa del derecho electoral del pueblo argentino o de una parte de él" (Pinedo, 173).
El presidente Ortiz gobernó poco tiempo, afectado por una enfermedad que lo obligó a delegar el mando en el vicepresidente, Ramón S. Castillo. Y en setiembre de 1939 estalla la segunda guerra mundial. De inmediato llegó al país una misión británica, presidida por lord Wellington, quien venía a establecer los términos en que la semicolonia argentina participaría en la guerra de su metrópoli británica. Al recibirla, el ministro de Relaciones Exteriores argentino Julio A. Roca dijo: "Somos y queremos ser neutrales. Mientras tanto, compláceme ofreceros toda nuestra colaboración en la vasta empresa en que vuestra misión se halla enfrentada". Y de inmediato manifestó la plena disposición del gobierno argentino para renovar el Tratado Roca-Runciman, con lo cual "un eslabón más se habrá agregado a los muchos que ya ligan a la industria y el comercio de las dos naciones" (Memoria del MRE, 1940-1). Se trataba —la Cámara de Comercio Británica lo señaló inmediatamente— de una neutralidad "teñida con abierta simpatía por la causa de Gran Bretaña" (Monthly Journal, Julio 31, 1941). A medida que transcurrió el tiempo se fueron tornando visibles los acuerdos a que se llegó con Inglaterra: la Argentina permanecería neutral, sin alianzas con Estados Unidos que desplazaran a Gran Bretaña de su posición predominante; se exportaría a Inglaterra todo lo que ésta necesitase, a precios fijos, a crédito, sin interés; en compensación, Inglaterra pagaría con los títulos de la deuda argentina radicada en Londres, y con acciones de empresas ferroviarias y de otras igual-mente deficitarias que los inversores ingleses estaban ansiosos de abandonar. Por eso en 1940 el Banco Central informaba que "el gobierno británico ha expresado el deseo de que se considere un plan general de adquisición de ferrocarriles ingleses en la Argentina" (Memoria, 1940, pág. 8).
Era un gigantesco plan de descapitalización de la economía nacional, que el gobierno peronista habría de cumplir al pie de la letra en 1947. El gobierno argentino acepta todo eso, pero simultáneamente intensificó su política de desarrollar el mercado interno para afrontar en mejores términos las relaciones con las metrópolis imperialistas en torno al mercado mundial. En particular se acentuó la intervención estatal en el comercio exterior.
"Toda operación de comercio internacional —declara el gobierno por boca del senador Sánchez Sorondo— se ha llevado a otro plano por el hecho de haberse suprimido la libre competencia, por haberse unificado el comprador y haberse transformado la entidad comercial compradora en una entidad política. Luego, para la defensa conveniente de los intereses en juego, deberá oponerse al comprador único el vendedor único; a la entidad política compradora, la entidad política vendedora; al gobierno comprador el gobierno vendedor." (DSCDN, diciembre 17, 1940, pág. 1524.) Hacia 1941 el Estado concentraba por lo menos 2/3 de las exportaciones de granos, fijaba los precios a las cosechas y convenía directamente con el gobierno inglés, sin intervención privada, las cantidades y precios de la carne enviada a Inglaterra (Economic Survey, diciembre 2, 1941).
En fin, el ministro de Hacienda Pinedo formula el primer plan formal de industrialización del país, cuyo sentido resume en estas palabras: "La vida económica del país gira alrededor de una gran rueda maestra que es el comercio exportador. Nosotros no estamos en condiciones de reemplazar esa rueda maestra por otra, pero estamos en condiciones de crear al lado de ese mecanismo algunas ruedas menores, que permitan cierta circulación de la riqueza, cierta actividad económica, la suma de la cual mantenga el nivel de vida de este pueblo a cierta altura". Este plan incluía, junto a la aceptación de las exigencias inglesas tales como la nacionalización de los ferrocarriles en condiciones de excepcional ventaja para Inglaterra, medidas tendientes a dar al Estado una mayor y más directa participación en la economía nacional, mediante la nacionalización de los depósitos bancarios y la creación del crédito industrial (DSCDN, diciembre 17 y 18, 1940).
La Clase Dirigente se Escinde en Proingleses y Pronorteamericanos
El Plan Pinedo reviste gran importancia histórica no sólo por contener implícita y explícitamente la esencia de lo que sería desde entonces la política económica argentina, sino también porque esa fue la última ocasión en que el capitalismo argentino contempló su desarrollo futuro en directa vinculación con Inglaterra y prescindiendo del imperialismo yanqui. Por supuesto, el Plan Pinedo contemplaba el ingreso de capital extranjero, pero principalmente europeo. Y en efecto, entre 1939 y 1943 ingresaron al país capitales provenientes de Europa, que fueron factor preponderante en la considerable expansión de la industria manufacturera (Monthly Journal, abril 30, 1942, y julio 31, 1941. También Prados Arrarte, 360-70).
Pero el Plan Pinedo se vinculaba a medidas que rechazaban la colaboración con Estados Unidos y durante su ministerio, Pinedo llevó hasta las últimas consecuencias la política de cerrado bilateralismo con Inglaterra, dificultando en toda forma las importaciones desde Estados Unidos prohibiéndolas totalmente en un momento de 1940 (Prados Arrarte, 166). Esta lealtad a Inglaterra tuvo un efecto duradero y perjudicial sobre la industria manufacturera, obligándola a trabajar durante toda la guerra con equipos anticuados y sin repuestos. Los estancieros de Buenos Aires y su gobierno trataban de no atarse con empréstitos a Estados Unidos, indignándose por boca de "La Prensa" contra "el absurdo de un sistema por el cual países capaces de producir económicamente productos para los cuales en Estados Unidos existe una demanda constante y considerable, deban verse compelidos a recurrir a operaciones de crédito que son tan indeseables como innecesarias" (Review of the River Plate, febrero 16, 1940). Pero en 1940 la carencia de dólares era muy apremiante, y se contrató un empréstito con el Export Import Bank. Mas los fondos iban a ser destinados a YPF y a último momento Estados Unidos los negó, por ser YPF una empresa competidora de empresas petrolíferas norteamericanas (Elsasser). Sin embargo, a fin de ese año, ante la inminencia de su ingreso en la guerra y ansioso por desplazar a Inglaterra del control sobre la economía argentina, Estados Unidos concede un nuevo empréstito, mayor y sin aquellas exigencias. Pero a partir de 1941 el mercado norteamericano se muestra ávido por los productos argentinos, las exportaciones a Estados Unidos se duplican, y desde entonces hasta el término de la guerra la balanza comercial con Estados Unidos favorecería netamente a la Argentina. El gobierno argentino pudo así prescindir del empréstito norteamericano y mantenerse fiel a Inglaterra.
Precisamente entonces Pinedo comprende que la vieja metrópoli está agotada y que es imposible desarrollar el capitalismo argentino sin la colaboración del capital yanqui. La industria argentina lo apoya en esta posición. (Pinedo, Argentina, 45-8 y 77.)
Esta política que podría denominarse del cambio de metrópoli, contaba con el apoyo de la burguesía industrial y de los políticos ligados a la industria, como Patrón Costas, que eran partidarios de la activa colaboración con Estados Unidos y del ingreso argentino en la guerra. Pinedo hablaba por estos intereses cuando en una carta al presidente Castillo pedía que se declarara la guerra al Eje porque "si la Argentina quiere conservar sus características, si quiere mantener su vida civilizada, si aspira a defender su organización social y preservarse de sacudimientos violentísimos, necesita Imperiosamente conservar sus relaciones con los Estados Unidos. El que le diga a usted lo contrario no sabe lo que es la economía argentina, ni la producción, ni la industria, ni cuáles son las fuentes de aprovisionamiento, ni cuáles son los mercados posibles" (ídem, carta de mayo 20, 1942). Los intereses norteamericanos no tardaron en advertir que su gran oportunidad para desplazar al imperialismo inglés y debilitar a sus aliados históricos, los estancieros de Buenos Aires, consistía en promover y apoyar el desarrollo de la burguesía industrial.
Un dirigente de la Banca Schroeder que visita el país con una misión norteamericana escribe: "Se ha dicho muchas veces que los ingleses consideran a la Argentina una de sus colonias y que ]a Argentina y nosotros somos competidores naturales". Para cambiar tal situación en favor del imperialismo yanqui recomienda "la creciente industrialización de la Argentina y nuestra cooperación en ella" (Nacional Research Council, 58). Un investigador norteamericano afirma: "Debemos ganar la amistad de la Argentina. Esto es fundamentalmente un problema de comercio y economía. Debemos hallar alguna forma para aliviar a la Argentina de su dependencia económica con respecto a Europa. Un camino es ayudar a la Argentina a establecer nuevas industrias manufactureras" (White, 310). En fin, el mejor especialista norteamericano en cuestiones argentinas, colaborador y admirador de Pinedo, considera el desarrollo industrial "The Big Chance for the United States" y escribe: "La evolución de la Argentina de una economía predominantemente agraria a una economía industrializada brinda a los Estados Unidos una oportunidad única para reemplazar a Gran Bretaña después de la guerra" (Weil, 195).
"Las relaciones exteriores argentinas dependerán en el futuro, en gran medida, del surgimiento de nuevos intereses económicos y políticos. El continuado predominio de los intereses agrarios significaría el fortalecimiento de los lazos con Gran Bretaña, intensificación del bilateralismo y mayor restricción del mercado argentino para los artículos norteamericanos. Pero una Argentina industrializada podría liberarse del mercado único para sus exportaciones y ofrecer un gran mercado para las maquinarias, los tractores y autos norteamericanos. En una economía industrial desaparecerían las bases del antagonismo argentino hacia Estados Unidos."
Pero el gobierno de Castillo permaneció fiel a la vieja metrópoli británica y a la tradición histórica de loa estancieros de Buenos Aires, aliados de Inglaterra, enemigos de Estados Unidos. Su política era la neutralidad, mantener alejada a la Argentina de los Estados Unidos. Ni qué decir tiene, los intereses alemanes en la Argentina favorecían esa política, pero su influencia no era decisiva, ni mucho menos. "La neutralidad argentina bajo si presidente Castillo tenía la aprobación total, aunque no pública, de los intereses británicos en la Argentina y del servicio consular británico representado por el Board of Overseas Trade. Los grupos representativos del capital británico comprenden que la ruptura con el Eje colocará a la Argentina íntegramente en el bloque panamericano y bajo el dominio económico de Estados Unidos, rival comercial de Gran Bretaña en la Argentina" (Weil, 23).
Estados Unidos Acentúa su Ofensiva Para Desplazar a Gran Bretaña Como Metrópoli Dominante
En enero de 1942, en la Conferencia de Río de Janeiro, la Argentina y Estados Unidos chocan violentamente. Estados Unidos exige que la conferencia resuelva declarar la guerra al Eje. La Argentina se opone a que las decisiones de una entidad supranacional tengan carácter resolutivo, automáticamente obligatorio para todos los Estados, y sólo acepta votar una recomendación. El ministro argentino de Relaciones Exteriores (Ruiz Guiñazú) escribe: "En Río de Janeiro hubimos de resistir las máximas tensiones, quedando bien establecido que votábamos una Recomendación y no una Resolución. Jamás la Argentina hubiera consentido en que una asamblea de consulta, con mayoría anticipadamente configurada, hubiera renunciado a una libre 'determinación en lo tocante a sus propias obligaciones. Así quedó indemne la voluntad libre y contratante" (Ruiz Guiñazú, 21). Por su parte, Sumner Wells, delegado norteamericano, describe al ministro argentino como "calamitoso personaje" y agrega: "El agravio que causó la actitud del gobierno argentino fue intenso no sólo en Estados Unidos sino también en muchas otras partes del hemisferio occidental" (Sumner Wells, 270 y 288). Por supuesto, el imperialismo norteamericano, lejos de complacer el pedido argentino de capital para establecer una industria siderúrgica (Ruiz Guiñazú, 182), inició la guerra económica contra la Argentina. En marzo de 1942 el gobierno norteamericano prohibió la exportación a la Argentina de equipos eléctricos, productos químicos y otros artículos básicos (New York Times, marzo 28, 1942).
La intensa presión yanqui sobre el gobierno de Castillo se ejercía no sólo desde Estados Unidos, sino también desde el interior del país. Sus instrumentos políticos eran.—aparte de los políticos conservadores que como Pinedo y Patrón Costas habían advertido la necesidad de cambiar de metrópoli— la UCR y el partido Socialista, que reconocían como su principal objetivo político alinear a la Argentina junto a los Estados Unidos y declarar la guerra al Eje. "Cuando regresé en junio de 1942 —refiere el entonces embajador inglés en Buenos Aires— el fenómeno más notable para mi fue que el grupo de grandes estancieros y abogados que cuando yo había estado allí en 1919 y 1920 formaban la oposición al demagogo radical Yrigoyen, en 1942 aparentemente estaban nuevamente en el poder, y lo habían estado por muchos años. El Jockey Club y su círculo interno más selecto y costoso, el Círculo de Armas, eran nuevamente, como antes de los días de Yrigoyen, los grandes centros de chismografía política y del poder detrás de la fachada. El segundo hecho interesante fue que mientras en 1919 el Jockey Club y el Círculo de Armas criticaban fieramente a Yrigoyen por mantener la neutralidad, ahora en 1942 su propio gobierno bajo el presidente Castillo estaba tan determinado como lo había estado Yrigoyen a mantener el país alejado de la guerra, mientras que lo que restaba del viejo partido radical estaba siendo apoyado por los norteamericanos como el partido que llevaría a la Argentina a la guerra" (Kelly, 287).
Desde mediados de 1941, el partido Comunista se agregó al movimiento proguerra, como su agente más vocinglero. Durante el idilio nazi-estalinista iniciado en 1939 con la firma del pacto ruso-alemán, el partido Comunista estuvo por la neutralidad, caracterizando justamente a la guerra como una guerra imperialista. "Estados Unidos busca poner todos los recursos económicos y militares de los países latinoamericanos al servicio de su política de guerra —escribía en julio de 1940 el diario comunista—- Se trata del afianzamiento de los intereses imperialistas de Wall Street en Centro y Sud-américa. En nombre de la lucha contra el nazismo, el imperialismo yanqui conspira contra las libertades públicas de los países americanos. En la Conferencia de La Habana en nombre de la defensa de la democracia, se tratará de dar visos legales a la intervención de la marinería de desembarco del Tío Sam, Y poco costará cargar el sambenito de nazi o comunista a cualquier gobernante que anteponga los intereses de su patria a las ganancias de los plutócratas de Wall Street (La Hora, julio 14, 15 y 16, 1940).
Todo cambió a partir de la invasión alemana a la URSS. En julio de 1941, el diario comunista decía: "Debemos luchar en común y organizar la acción obrera y popular con el fin de conseguir que el gobierno cambie su política exterior actual y coordine su acción con la de los pueblos y gobiernos de la América Latina y de los Estados Unidos, con el objeto de asegurar la defensa del continente contra la agresión interior y exterior de los nazi-fascistas" (La Hora, julio 1, 1941).
La principal consigna stalinista de ahí en adelante fue: "Por la ayuda inmediata. incondicional e ilimitada de la URSS a Inglaterra, con el fin de proporcionarles todo lo que les haga falta para acelerar la destrucción de la maquinaria de guerra nazi-fascista" (Comité Central del PC. Esbozo de Historia, 93).

Estancamiento y Crisis del Movimiento Obrero

Mientras tanto, la economía argentina prosperaba. Seguía creciendo la industria, doblemente estimulada por la falta de competencia y por el ingreso do capital extranjero, europeo en particular. Cada tonelada de carne que salía para Inglaterra, cada bolsa de granos comprada por el Estado, significaba la emisión de billetes, el incremento de la inflación, y mayores ingresos monetarios para todas las clases.
Se iniciaba un período de prosperidad general y. plena ocupación. Crecía el proletariado fabril, engrosado cada vez en mayor medida por trabajadores de origen rural que afluían al Gran Buenos Aires, que en 1942, con 4 millones de habitantes, era ya una de las seis mayores ciudades del mundo. superada en América sólo por Nueva York y Chicago. Sin embargo, el poderío sindical de la clase obrera no aumentaba en igual proporción. De 700.000 obreros industriales, sólo 200.000 estaban organizados en sindicatos, es decir, menos del 30 % (Weil, 85). Además, la ley no reconoce a los sindicatos como tales, ni existe legislación alguna relativa a los contratos colectivos de trabajo. Desprovistos por completo de experiencia sindical y política, los nuevos obreros permanecían al margen de las organizaciones obreras, cuya política no hacía nada por ganarlos, pero, al contrario, iba repeliendo a los obreros organizados.
Los partidos Socialista y Comunista habían implantado en los sindicatos el dominio absoluto de sus camarillas burocráticas, que ahogaban los impulsos combativos de la base y ponían las organizaciones sindicales al servicio de la colaboración política con diversos sectores de la burguesía. Burócratas sindicales socialistas como Ángel Borlenghi, secretario de la Confederación de Empleados de Comercio y dirigente de la CGT, frecuentaban asiduamente ministerios y comisiones parlamentarias, trenzando y destrenzando una y otra combinación política a expensas de las masas para conseguir esta u otra ley, y mantener su suntuosa vida de dignatarios sindicales.
"Todo esto —escribía por esos días Mateo Fossa, obrero maderero, dirigente de la huelga general de 1936— trae el desaliento, el que se refleja en la baja de las cotizaciones y en la falta de entusiasmo y concurrencia a todos los actos y asambleas que realiza el sindicato donde dirigen reformistas y estalinistas (Fossa, julio 1941).
Socialistas y comunistas predicaban ante todo el apoyo al imperialismo anglo-norteamericano; su preocupación predominante era "combatir al fascismo". Sumándose a todo esto, actuaba la persecución policial. El estado de sitio no regía para las organizaciones fascistas, pero caía pesadamente sobre los sindicatos. El Departamento Nacional del Trabajo observa que "la agitación obrera muestra una notable declinación en los últimos años", y lo comprueba con cifras: en 1935 hubo 5.600 reuniones sindicales con más de 1 millón de asistentes; en 1941 los números indican sólo 3.000 reuniones y 200.000 concurrentes (Investigaciones sociales, 82). Imperceptiblemente, descendía la marea del movimiento obrero argentino. Un hecho dramático lo descubre en 1942, cuando la CGT se divide en dos organizaciones, una controlada por el stalinismo, otra por los socialistas, ambas igualmente burocratizadas y extrañas a los intereses, a las inquietudes y a las aspiraciones del proletariado argentino, en particular del nuevo proletariado fabril. El resultado inevitable era la desmoralización de la clase obrera organizada, la extinción de su espíritu de lucha y la indiferencia y el desarraigo por parte de los obreros recién llegados a la industria.
La Argentina al 3 de Junio de 1943: Elecciones y Cambio de Metrópoli
Junto al descenso del movimiento obrero, se acentuaba la corrupción de la vida política, el hartazgo y la indiferencia popular ante el sucio negocio electoral. En 1943 debían celebrarse elecciones presidenciales, y la maquinaria electoral controlada por el presidente Castillo fabricaba ya un triunfo fraudulento para Robustiano Patrón Costas. Este triunfo hubiera significado el ingreso argentino en la órbita norteamericana, ya que Patrón Costas —miembro destacado de la oligarquía industrial y terrateniente del Norte, de tiempo atrás vinculado a la Standard Oil— compartía las posiciones de Pinedo (Pinedo, 193).
El continuismo conservador en el poder en realidad significaba una ruptura del continuismo, pues Patrón Costas estaba dispuesto a modificar por completo la política exterior de Castillo. Por otra parte, un triunfo radical —descartado dado el carácter fraudulento de las elecciones— hubiera tenido el mismo resultado. El 3 de junio de 1943 aparecía en los diarios una solicitada en apoyo de la candidatura de Patrón Costas, firmada por los más destacados capitalistas del país y por representantes próceres del capital extranjero. Parecía que en medio de la indiferencia popular iba a triunfar, merced a votos falsos y sablazos a los opositores, un candidato de extracción ciertamente oligárquica, cuya significación histórica sería colocar a la Argentina en la órbita del imperialismo norteamericano. La perspectiva argentina no era favorable para Inglaterra. Estaba a punto de quebrarse la tradición histórica de sus aliados de siempre, los estancieros de Buenos Aires.
Pero el 4 de junio ese panorama había quedado en la nada.
Las masas populares estaban hartas de la sucia política, desmoralizadas y escépticas, burladas una y otra vez por los partidos tradicionales. Los políticos, oficialistas y opositores, se empantanaban en el escándalo de sus negociados, tornándose cada vez más gravosos a las empresas extranjeras con sus demandas incesantes de contribuciones que iban a engrosar sus cuentas personales. "Los pedidos de los dirigentes políticos habían adquirido carácter impositivo, no muy distante de la exacción. Las palabras de un alto funcionario de las compañías (eléctricas) son de suyo suficientemente elocuentes cuando dice: "Es público y notorio que las campañas electorales se hacen a costa de las empresas comerciales, especialmente de servicios públicos" (Informe sobre las concesiones, 38). La combatividad de la clase obrera tendía a cero. Nadie amenazaba el orden por el lado del pueblo, pero los guardianes profesionales del orden comenzaron a impacientarse. Una investigación gubernamental sobre las opiniones de la oficialidad del ejército reveló que la mayoría estaba —textualmente— "más interesados en sus estómagos que en la política" (White, 304). Sin embargo, a veces el estómago tienta a interesarse por la política incluso a generales y coroneles. ¿Por qué, si al fin y al cabo eran ellos los fundamentos reales del Poder, tolerar que el Poder lo usufructuasen camarillas venales, sin ningún respaldo popular, en cuya defensa nadie movería un dedo? ¿Cómo permitir que al perpetuarse en el poder esa camarilla rompieran toda la tradición histórica del país para colocarlo junto al imperialismo norteamericano, rompiendo las viejas y honrosas ataduras con Inglaterra? El Ejército sintió que había llegado el momento de salvar al país y probar suerte en el usufructo directo del poder. La operación de salvataje tuvo lugar el 4 de junio de 1943.
El porvenir se presentaba dorado para la burguesía argentina. En 1941 las ganancias netas del capital promediaban 26% en el comercio (1936: 19%), 20% en la industria (1936: 16%), 14% en empresas agropecuarias (1936: 10%). Con la cuota de ganancia, se expandía la riqueza de los grandes señores del capital. Al promediar 1942, 300 contribuyentes declaraban una renta líquida (entradas menos gastos) de 127 millones de pesos, o sea más de 400.000 pesos per cápita (DSCDN, setiembre 22 y 23, 1942, pág. 4304). (Según la relación peso/dólar, esto equivale a 20 millones de pesos de 1964). La situación era mucho menos próspera para los chacareros, de los cuales 60 sobre cada 100 eran arrendatarios. En cuanto al proletariado, los obreros rurales ganaban 50 pesos por mes, ó 25 con casa y comida, y los obreros industriales cobraban entre 100 y 150 pesos (Ídem, 4186). La alimentación obrera era regular, la vestimenta pobre, la vivienda desastrosa. Medio millón de familias vivían en una sola pieza, y otro medio millón en dos piezas. Esto en las principales ciudades. En el campo, la mayor parte de las viviendas eran de adobe, barro y paja, como 100 años atrás. (García Olano, 25-6). En abril de 1943, el Departamento Nacional del Trabajo señalaba que "en general, la situación del obrero en la Argentina ha empeorado, pese al progreso de la industria. Mientras que diariamente se realizan grandes ganancias, Id mayoría de la población está forzada a reducir su standard de vida. La distancia entre los salarios y el costo de la vida aumenta continuamente". La mayor parte de los empleadores —agregaba— se niegan a otorgar aumentos de salarios (Declaración de prensa, en Argentinisches Tagleblatt, abril 23, 1943).

Capítulo III

El Gobierno Bonapartista De Los Estancieros y El Imperialismo Ingles: Junio 1943-1946

En un cómodo paseo matinal por las avenidas de Buenos Aires el Ejército derroca al Presidente Castillo y se hace cargo del poder. Nos proponemos —dijeron los jefes del movimiento— asegurar el orden, la moral y la Constitución. Cada cual podía leer en esto según sus preferencias, y bien pronto los corresponsales norteamericanos, junto con políticos socialistas y radicales, pusieron de manifiesto su reconocida sagacidad anunciando que el movimiento militar tenía por objeto romper las relaciones diplomáticas con Alemania (Crítica, junio 4, 1943). Su ilusión duró poco, porque la política exterior argentina no varió. El capitalismo argentino necesitaba máquinas, materias primas, capital, en fin, todo lo que Estados Unidos poseía; pero ni los estancieros de Buenos Aires ni el gobierno militar estaban dispuestos a pagar el precio exigido por Washington o sea, declaración de guerra al Eje, pleno ingreso en el sistema panamericano; en hegemónico que tradicionalmente desempeñaba Inglaterra. Todo esto iba escrito entre las líneas de las cartas intercambiadas poco después de junio por el Almirante Storni —sucesor de Ruiz Guiñazú en el Ministerio de Relaciones Exteriores argentino— y Cordell Hull, secretario de Estado norteamericano. Storni recababa de Estados Unidos "un gesto síntesis cambiar de Metrópoli, dar a Estados Unidos el papel genuino de amistad", tal como "el envío urgente de aviones, repuestos, armas y maquinaria para restaurar a la Argentina en la posición de equilibrio a que es acreedora con respecto a otros países de Sudamérica". En compensación, ofrecía la promesa de romper relaciones con Alemania. Cordell Hull contestó escuetamente que antes de hacer pedidos la Argentina debía acatar las exigencias de Washington (Departament of State Bulletin, setiembre 11, 1943). El gobierno argentino no aceptó. Y entonces Washington descubrió que el gobierno militar era "fascista", "nazi" y "dictatorial". La prensa norteamericana, que consideraba enteramente democrática la dictadura de Vargas en Brasil, no tardó en probar diariamente que la Argentina constituía la sucursal latinoamericana del nazismo alemán.
Las cartas cursadas entre Buenos Aires y Washington fueron dadas a conocer por Cordell Hull en setiembre de 1943, con el propósito de dejar en ridículo al gobierno argentino. El ridículo se produjo y Storni renunció. Pero paralelamente, la arrogancia yanqui aportó al gobierno militar la primera corriente de simpatía entre amplias masas populares; y, en la misma medida, el menosprecio de los sectores pronorteamericanos de la pequeña burguesía, especialmente el estudiantado que se movía bajo la influencia socialista o comunista, así como de los sectores burgueses que siguiendo a Pinedo y Patrón Costas se orientaban decididamente hacia el cambio de Metrópoli.
A partir de ese momento y hasta 1946 no dejó de intensificarse la presión norteamericana sobre el país, económica y política. "El próximo mensaje a la Argentina debe ser enviado por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos" —decía en noviembre de 1943 un conocido comentarista radial norteamericano (Weil, 15). Se definía así, a cuatro meses del 4 de junio, una de las características esenciales del gobierno militar y posteriormente del peronismo de la primera hora: los continuos y a menudo violentos roces con el imperialismo norteamericano. Un mes después, en diciembre de 1943, se perfilaría su otro y fundamental aspecto: la estatización del movimiento obrero, con el propósito de lograr una poderosa base social de sustentación.

Un Coronel Sindicalista

El 2 de diciembre de 1943 las radioemisoras argentinas echaron al aire la voz del coronel Juan Domingo Perón, quien venía a hacerse cargo de la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión. Su acción al frente de ese organismo, dijo, tendría por objetivo fundamental acabar con la lucha de clases y someterla a la tutela del Estado conciliando a obreros y patrones. Pero la lucha de clases no se dejó abolir, y el coronel supo aprovecharse de ella.
La acción de la Secretaría de Trabajo fue múltiple y eficaz en el sentido de estatizar al movimiento obrero. Como primera medida, el coronel Perón procedió a barrer a la desprestigiada burocracia sindical controlada por el Partido Comunista, para lo cual contó con la ayuda de la poderosa burocracia sindical que respondía al Partido Socialista. Fue precisamente el máximo dirigente sindical socialista quien confirió a Perón el título de Primer Trabajador Argentino (Oddone, Gremialismo, 412).
Después le tocó el turno a la burocracia socialista, que también fue eliminada sin mayor dificultad, en parte por absorción de sus elementos más acomodaticios. Desde luego, el secretario de Trabajo y Previsión no se quedó corto en el uso de medios de represión y soborno para captar a los dirigentes sindicales que le interesaban y desembarazarse de los recalcitrantes. Además, la mayor parte del nuevo proletariado, de los trabajadores de origen rural recién ingresados a la industria, permanecía fuera de los sindicatos y era campo virgen para el proselitismo de los sindicalistas peronistas. Desde las oficinas de la Secretaría de Trabajo y Previsión se fue estructurando así una nueva organización sindical que culminaría en la CGT del período 1946-1955 y cuya primera y fundamental característica era depender en todo sentido del Estado que le había dado vida. Trabajo y Previsión sólo reconocía "personería gremial" —es decir, carácter legal— a los sindicatos controlados por ella; los otros eran declarados ilegales y condenados a la clandestinidad. Todos los recursos estatales de represión y catequesis fueron puestos en juego para que los trabajadores ingresaran a los sindicatos dirigidos por la Secretaría de Trabajo. Pero el énfasis no se puso en la represión, sino en las concesiones reales a la clase obrera efectuadas a través de los sindicatos estatizados. Mejoras apreciables en los salarios y en las condiciones de trabajo, una marcada tendencia a favorecer a los obreros en los conflictos gremiales, el amparo concedido a los dirigentes y delegados frente a la tradicional prepotencia patronal en el trato con los obreros, todo esto facilitó que los obreros, se dejaran afiliar en los sindicatos estatizados.
Sería incorrecto decir que los obreros "se movieron" o "fueron" hacia los sindicatos, porque el proceso transcurrió exactamente a la inversa: los sindicatos -—la Secretaría de Trabajo— fueron hacia los obreros. Así se creó la nueva Confederación General del Trabajo (CGT), que pronto unificó en su seno a la totalidad de la clase obrera.
Organización poderosa, a través de la cual en la era peronista se concedieron a la clase obrera importantes mejoras reales, pero que no obtuvo por sí absolutamente nada.
La nueva CGT fue desde el primer momento en todo lo esencial, una repartición estatal. No surgió de la movilización autónoma de la clase obrera. Al contrario, fue creada en un momento de descenso de la combatividad del proletariado argentino, cuando su composición se modificaba vertiginosamente a causa del ingreso a la industria de trabajadores rurales sin experiencia sindical de ninguna índole. Sus funcionarios salieron de la clase obrera; pero no se elevaron hasta la dirección sindical destacándose en el curso de la lucha, no fueron elegidos por su clase, sino designados y promovidos desde la Secretaría de Trabajo. Los objetivos gremiales no los obtendrían dirigiendo a los obreros contra la patronal, sino indicando a la Secretaría de Trabajo cuáles eran las concesiones que en cada gremio convenía que el Estado impusiera a los patrones. El elemento humano con que se construyeron los cuadros dirigentes de la CGT estaba pues, muy naturalmente, compuesto en dosis masiva de arribistas y burócratas de todo tinte y confesión.
Por cierto, las positivas mejoras que la clase obrera recibía fueron inclinándola poco a poco en favor de Trabajo y Previsión y muy particularmente del Coronel Perón. Pronto las organizaciones de la burguesía argentina —Unión Industrial, Sociedad Rural, Cámara de Comercio, etc.— comenzaron a indisponerse con el secretario de Trabajo y se empezaron a escuchar acusaciones de demagogia.
Mientras tanto, el gobierno desarrollaba una política destinada a fortalecer el orden tradicional en sus columnas fundamentales: ejército, iglesia, policía y burocracia. La enseñanza laica fue abolida y la Iglesia Católica colocada en posición de privilegio. "La República Argentina —declaraba el Coronel Perón— es producto de la colonización y conquista hispánica que trajo, hermanadas a nuestra tierra, en una sola voluntad, la cruz y la espada. Y en los momentos actuales parece que vuelve a formarse esa extraordinaria conjunción de fuerzas espirituales y de poder que representan los dos más grandes atributos de la humanidad: el Evangelio y las armas. Por eso es especialmente grato a mi espíritu todo lo que sea agrupación católica, porque es agrupación de paz, de armonía y de sentido místico, sin lo cual el mundo no puede ir sino a la anarquía social" (Perón, El Pueblo, 99). Tal era la ideología del gobierno militar.
Las escasas libertades democráticas que restaban bajo Castillo fueron suprimidas, y la Jefatura de Policía sustituyó ventajosamente a la Constitución Nacional.

Afianzamiento de la Política Pro-británica

Después del 4 de junio la economía argentina prosiguió trabajando bajo el triple signo de prosperidad, inflación y plena ocupación. Continuó el aumento de la producción industrial y la balanza comercial registraba un saldo cada vez más cuantioso en beneficio del país. La política oficial siguió los lineamientos del Plan Pinedo de 1940, creándose el Banco de Crédito Industrial. El Estado prosiguió apuntalando la renta agraria mediante la compra de las cosechas, y se rescató la deuda externa conforme a los deseos expresados por el gobierno inglés. Las exportaciones argentinas siguieron marchando hacia Inglaterra, a crédito sin interés, a los precios fijados por Gran Bretaña. Y por cada tonelada exportada el Banco Central lanzaba una nueva emisión de billetes, que aceleraba la creciente inflación. Las grandes empresas —casi todas extranjeras o muy vinculadas al capital extranjero— reinvertían sus ganancias y aumentaban sus capitales, acentuándose así la concentración y centralización del capital y la participación del capital extranjero en la, industria nacional.
En junio de 1944, para festejar su primer aniversario, .el gobierno militar puso de manifiesto que de su proclamado nacionalismo nada tenían que temer los intereses imperialistas que controlaban la economía nacional, en especial los ingleses y europeos. Poco después del golpe de estado, se habían formado diversas Comisiones Investigadoras a fin de estudiar las concesiones eléctricas efectuadas a las empresas imperialistas. Una Comisión investigó a las empresas eléctricas del interior del país, dependiente del trust yanqui Electric Bond and Share. Su Informe, exponiendo los manejos de las empresas en detrimento del país fue publicado y se inició la estatización de las empresas en cuestión.
Distinta suerte corrió el informe de la Comisión que estudió las concesiones a la Compañía Argentina de Electricidad (CADE) dependiente del trust anglo-europeo SOFINA, que monopoliza el abastecimiento de electricidad al Gran Buenos Aires y sus alrededores en un radio de 100 kilómetros —es decir, en el corazón industrial del país. Entre otras cosas de interés, que evidenciaban la explotación a que esa empresa sometía la economía nacional, la Comisión descubrió que la CADE ya estaba paga por el Estado argentino. Durante años la empresa había cobrado una sobre-tarifa destinada a constituir un fondo de reversión que amortizaba el valor de las instalaciones.
En 1936, el Estado debió automáticamente hacerse cargo de las mismas, pero la CADE compró a los partidos políticos y obtuvo una nueva concesión y el regalo de ese fondo de 105 millones de pesos. La Comisión Investigadora propuso la inmediata expropiación de las empresas y al efecto redactó un proyecto de decreto que obtuvo la firma del ministro de Justicia. Sobraban fondos para pagar la expropiación, y se pensaba dar a conocer el decreto el 4 de junio de 1944. Pero los intereses ingleses se movieron y el Coronel Perón —hombre fuerte del gobierno— intervino para impedir que se llevara a cabo la expropiación, al tiempo que ordenaba el secuestro del Informe.
La presión norteamericana continuó in crescendo. Pero Inglaterra respaldaba a su semi-colonia, con tanta más confianza cuanto que el nuevo gobierno había alejado la posibilidad de un viraje hacia Estados Unidos. Las exigencias de su alianza en escala mundial con Estados Unidos obligaron al Foreign Office a efectuar algunas tibias declaraciones contra el gobierno argentino, concedidas a regañadientes bajo intensa presión, de Washington. Pero en la realidad el gobierno y los inversores ingleses apoyaban sólidamente al gobierno militar. En enero de 1943, repudiando las críticas a la Argentina, decía el órgano de los inversores británicos en América latina: "Durante toda la guerra los barcos argentinos han trabajado casi exclusivamente al servicio de las naciones aliadas. Grandes créditos libres de interés fueron extendidos a Inglaterra en conexión con la compra de alimentos argentinos.
La neutralidad argentina, pues, ha sido más bien teórica y ciertamente no muy estricta". Y tras hacer la apología de "los oficiales militares y navales que han asumido la pesada responsabilidad del gobierno" y elogiarlos por "su esfuerzo en eliminar la corrupción política" los defendía del cargo de fascistas manifestando: "Es verdad que los partidos políticos han sido suprimidos y el Congreso clausurado. ¿Pero acaso no ha sido esa durante años la situación de Brasil bajo Vargas? ¿Y acaso es Vargas fascista? No."Argentina es solamente argentina. La política de su gobierno es puramente argentina" (South American Journal, enero 29, 1944).
Y entretanto el embajador inglés en Buenos Aires, consciente de que "los capitalistas norteamericanos consideran su destino manifiesto capturar el mercado argentino y convertirse en los socios dominantes, como ya lo son en América central y Brasil" (Kelly, 289 y 292) informaba a su gobierno que el gobierno militar "no tiene ninguna conexión estrecha con el nazismo europeo" y "lejos de ser un grupo de conspiradores que mantienen una dictadura militar, están respaldados por una mayoría sustancial del pueblo argentino".
Por supuesto, los voceros norteamericanos se quejaban de que "no se podían aplicar canciones económicas efectivas contra la Argentina sin el apoyo británico, y se carecía de ese apoyo" con el resultado de que "la ofensiva diplomática y económica conducido por Estados Unidos no afectó vitalmente a la Argentina" (Guerrant, 44-45). La respuesta inglesa la dio claramente "The Economista señalando que Gran Bretaña sólo podía aplicar sanciones a la Argentina a costa de grandes sacrificios.
"Si el objetivo de la presión sobre la Argentina es obtener algunos objetivos sin duda altamente deseables pero de dudosa importancia, tal como la "solidaridad hemisférica", entonces el sacrificio es demasiado grande. Durante décadas, la Argentina ha sido uno de los mayores abastecedores de alimentos baratos para la población industrial británica. En compensación, ha existido en la Argentina un valioso mercado para los artículos británicos y un fértil terreno para el capital inglés, con gran beneficio para ambas partes. No está en el interés de ningún británico que sea rota una de las más exitosas sociedades de la historia económica.
"La política norteamericana en la Argentina parece movida menos por el afán de derrotar a Hitler que por el deseo de extender la influencia de Washington desde la mitad norte de Sudamérica hasta el Cabo de Hornos —en síntesis, por un imperialismo sin duda benévolo, pero no por ello menos real—. Esta es la esencia del problema. La Argentina no se adhiere completamente al panamericanismo porque desea preservar su relación especial con Europa y Gran Bretaña. Es inútil esperar que Gran Bretaña ayude a presionar a la Argentina para que cambie su punto de vista acerca de sus obligaciones panamericanas" (The Economista agosto 5, 1944).
El gobierno militar respondió a la confianza británica. En un país sometido a Inglaterra desde la hora cero de su formación, cualquier gobierno que mantuviera el statu quo existente antes de su advenimiento al poder no hacía más que perpetuar el predominio británico. Pero el gobierno militar no se limitó a dejar las cosas como estaban, sino que tomó algunas medidas positivas en beneficio del imperialismo inglés. Ya se ha visto su actitud ante la CADE. A las empresas ferroviarias inglesas se les otorgó amplias concesiones en el cambio para sus remesas al exterior, se les permitió aumentar las tarifas y el Estado se hizo cargo de los aumentos de salarios que debían otorgar a su personal (Ecomomic Survey, noviembre 7, 1944).
Desde 1930 les empresas no recibían beneficios semejantes y se apresuraron a señalar que "No es posible observar sino con satisfacción que el Poder Ejecutivo se sustrae a la atmósfera de prevención, de hostilidad, de negación injusta y hasta agresiva a los capitales extranjeros invertidos en la industria de los ferrocarriles y comienza a considerar sus dificultades (La Prensa, diciembre 27, 1944). Mas importante que todo esto, el gobierno fortaleció la neutralidad y alejó a la Argentina del bloque panamericano. La neutralidad privó a la Argentina de capital norteamericano e impidió así que el capital estadounidense desplazase al inglés de sectores fundamentales de la economía argentina, o que la influencia yanqui se incrementara insertándose en sectores hasta entonces reservados al Estado.
En junio de 1943, por ejemplo, estaba listo un convenio petrolero: Estados Unidos suministraría equipos y la Argentina formaría un consorcio entre YPF y las empresas petroleras norteamericanas, con el compromiso de abastecer a los países vecinos (Guiñazú, 116, Silenzi de Stagni, 62). El golpe militar dejó esto en la nada. Y en la nada quedó el pedido de capital para instalar la industria siderúrgica. Esta política, que trababa el crecimiento de la industria, no sólo alejaba al capital norteamericano sino que contribuía a perpetuar el predominio del sector tradicional de la burguesía argentina, los estancieros de Buenos Aires, abastecedores de carne para Inglaterra y enemigos centenarios del imperialismo yanqui. Por otra parte, al fortalecer el orden imperante y sus columnas tradicionales, el gobierno militar no podía sino afianzar el control sobre la vida argentina de los intereses tradicionales encabezados por el imperialismo inglés y los estancieros.

Las Bases Sociales del Bonapartismo

¿Cuál era el contenido social del gobierno militar? Pese a los marxistas de trocha angosta, la lucha de clases no determina directamente todos y cada uno de los acontecimientos políticos. Todos y cada uno de los golpes de Estado no responden, siempre, necesariamente al movimiento de una clase. Pero ningún fenómeno político esencial puede comprenderse sino en relación a la lucha entre las clases y grupos de clase. Y en un país semi-colonial como la Argentina, a la lucha entre las clases nacionales se suma la lucha entre ellas y el imperialismo, y entre los imperialismos competidores. Sin tener presente esto, no puede ni intentarse la comprensión del 4 de junio.
El régimen surgido de este golpe de estado configuraba un gobierno bonapartista: no representaba a ninguna clase, grupo de clase o imperialismo, pero extraía su fuerza de los conflictos entre las diversas clases e imperialismos. Su apoyo directo lo hallaba en las fuerzas del orden: ejército, policía, burocracia, clero. La increíble corrupción de los partidos políticos burgueses —y la indiferencia y el hartazgo de las masas ante la política— sugirieron en los cuarteles la conveniencia de descargar por completo a la burguesía argentina del cuidado de gobernarse a sí misma. Parafraseando a Marx, cabe decir que el cuartel tenía necesariamente que dar en esta ocurrencia, con tanta mayor razón cuanto que de este modo podía esperar también una recompensa mayor por sus servicios.
El último gobierno conservador gobernaba mediante el estado de sitio. ¿Por qué el ejército no podía declarar el estado de sitio en su propio interés, sitiando al mismo tiempo las bolsas burguesas? Al 3 de junio de 1943, todo era propicio para que las fuerzas del orden, cuya misión específica es servir a la clase dominante, se transformaran en usufructuarias del poder para sí, desplazando a los equipos de políticos tradicionales. Bien entendido, tal gobierno no podía menos que servir a la clase dominante, en especial a su sector más fuerte, los estancieros, y al imperialismo dominante, el inglés. Pero el servidor estaba sentado sobre el espinazo del amo, le apretaba la nuca, y, si era necesario, no le importaba frotarle la cara con su bota.
Bien pronto el amo comenzó a impacientarse. La burguesía argentina, especialmente la industrial, cargaba con la mayor parte de los gastos que imponía- el nuevo gobierno, en particular por su política obrerista. A las grandes empresas extranjeras como los ferrocarriles ingleses, el obrerismo les salía bastante barato, porque el Estado les proveía los fondos para los aumentos de salarios y les eximía de otorgar muchas mejoras sociales. (En general, el gran capital era el menos afectado por la "política social". Uno de los hechos más importantes de esa política, la congelación de los alquileres, decretada en 1943, permitió que los aumentos de salarios fuesen mucho menores que los que hubieran sido imprescindibles de haber aumentado los alquileres en proporción a los otros precios. Pero los perjudicados por la congelación fueron principalmente los pequeños propietarios, parte de cuya renta se transfirió así, indirectamente, al gran capital).
Toda la burguesía argentina exigió que los coroneles volviesen a los cuarteles. Y junto a la burguesía argentina, ni qué decir el imperialismo norteamericano, para quien el gobierno militar resultaba más intratable que el propio Castillo. El mundillo universitario, irritado en sus sentimientos liberales por el régimen dictatorial que liquidaba las libertades democráticas e introducía la reacción católica en la Universidad, fue la más temprana y combativa fuerza de oposición al gobierno. Pero los intereses reales a que servia su agitación no tenían nada que ver con "la democracia y la libertad": eran la burguesía argentina y el imperialismo yanqui. Pronto se sumaron a los estudiantes los viejos partidos políticos, obligados a disolverse por un decreto gubernamental, y en seguida las asociaciones patronales, encabezadas por la Unión Industrial Argentina. Ante la creciente presión conjunta de Estados Unidos, de la burguesía y de activas capas de la pequeña burguesía, el gobierno bonapartista no podía mantenerse mucho tiempo con el solo apoyo directo del ejército, la policía, la iglesia y la burocracia, y el imperialismo inglés como único respaldo. Necesitaba una fuerza fundamental una clase de la sociedad argentina. Y la halló en los obreros industriales y rurales, y a través de ellos, en las masas trabajadoras y pobres en general.

Peronismo y Clase Obrera

El movimiento militar de junio comenzó a transformarse en peronismo cuando desde la Secretaría de Trabajo y Previsión Social, se inició la captación de la clase obrera y su estatización dentro de la nueva CGT. Las condiciones históricas eran ideales para el éxito de una política bonapartista. La economía argentina atravesaba un ciclo de creciente prosperidad, la cuota de ganancia de los capitales crecía constantemente y era posible otorgar mejoras a la clase obrera sin perjudicar en nada esencial los intereses de la burguesía, aunque ésta, claro está, proclamaba lo contrario. Como lo indicó Perón, "las enormes ganancias de la industria argentina, desmesuradamente grandes, no podían verse perjudicadas con la mejora de los salarios y de la situación de vida de los trabajadores" (La Prensa, julio 12. 1945). Paralelamente, la combatividad de la clase obrera había, disminuido de modo tangible y sus direcciones tradicionales, socialistas y estalinistas, estaban completamente desprestigiadas por sus compromisos con la burguesía y su declarado belicismo en favor del imperialismo norteamericano.
En setiembre de 1943, el Partido Comunista, que controlaba al gremio de la carne, cortó sus últimas amarras con la clase obrera, entregando al gobierno una gran huelga de los frigoríficos para no perturbar a las empresas anglo-norteamericanas, aliadas de la URSS.
En fin, un porcentaje siempre creciente del proletariado carecía de toda experiencia sindical y política por tratarse de masas del interior recién ingresadas a las fábricas. Perón supo aprovechar esta situación. Concediendo mejoras a la clase obrera se ganó su confianza, y en ella encontró un respaldo cada vez más sólido y entusiasta contra la burguesía argentina y el imperialismo norteamericano.
Pronto la burguesía acusó a Perón de "agitar artificialmente la lucha de clases" e incitar a los obreros en su contra, pero la acusación carecía de sentido. En realidad, Perón hizo abortar, canalizando por vía estatal, las demandas obreras, el ascenso combativo del proletariado argentino, que se hubiera producido probablemente al término de la guerra. Porque es evidente que si Perón no hubiera concedido mejoras, el proletariado hubiera luchado para conseguirlas. La plena ocupación y la creciente demanda de obreros hacía económicamente inevitable que mejorase la situación de los trabajadores.
El bonapartismo del gobierno militar preservó, pues, al orden burgués, alejando a la clase obrera de la lucha autónoma, privándola de conciencia de clase, sumergiéndola en la ideología del acatamiento a la propiedad privada capitalista. Desde el punto de vista de los intereses históricos de la clase obrera, también en la Argentina fue cierto que el gobierno bonapartista, "sirviendo en realidad a los capitalistas engaña más que ningún otro a los, obreros, a fuerza de promesas y pequeñas limosnas" (Lenin).
La organización que el Estado construyó para la clase obrera, la CGT, era como una gigantesca trampa. Mientras las superganancias del capital alcanzaron para formar el cebo y otorgar mejoras a la clase obrera, la trampa permaneció abierta: en su seno el proletariado obtenía mejora tras mejora. Cuando las superganancias terminaran y hubiera que disminuir el nivel de vida de los obreros a fin de mantener las ganancias normales, la trampa habría de cerrarse sobre el proletariado para paralizarlo. La explicación dada por Perón acerca de los propósitos que guiaron la estatización del movimiento obrero argentino era clara y definitoria:
"Las masas obreras que no han sido organizadas presentan un panorama peligroso, porque la masa más peligrosa sin duda es la inorgánica. ¿Cuál es el problema que a la República Argentina debe preocuparle sobre todas las cosas? Un cataclismo social en la República Argentina haría inútil cualquier posesión de bien, porque sabemos —y la experiencia de España es bien concluyente y gráfica a esta respecto— que con ese cataclismo social los valores se pierden totalmente. Es indudable que siendo la tranquilidad social la base sobre la cual ha de dilucidarse cualquier problema, un objetivo inmediato del Gobierno ha de ser asegurar la, tranquilidad social del país, evitando por todos los medios un, posible cataclismo de esta naturaleza, ya que si se produjera de nada valdrían las riquezas acumuladas, los bienes poseídos, los campos ni los ganados.
"Dentro de este objetivo fundamental e inmediato que la Secretaría de Trabajo y Previsión persigue, radica .la posibilidad de evitar el cataclismo social que es probable, no imposible. El capitalismo en el mundo ha sufrido durante esta guerra un golpe decisivo. El resultado de la guerra 1914-1918 fue la desaparición de un gran país europeo como capitalista: Rusia.
En esta guerra, el país capitalista por excelencia quedará como un país deudor en el mundo, probablemente, mientras que toda la Europa entrará dentro del anticapitalismo pan-ruso. En América quedarán países capitalistas, pero en lo que concierne a la República Argentina sería necesario echar una mirada de circunvalación para darse cuenta de que su periferia presenta las mismas condiciones que tenía nuestro país. Chile es un país que ya tiene un comunismo de acción desde hace varios años; en Bolivia, a los indios de las minas parece que les ha prendido el comunismo como viruela, según dicen los bolivianos; Paraguay no es una garantía en sentido contrario; Brasil, con su enorme riqueza, me temo que al terminar la guerra puede caer en lo mismo.
"Creo que no se necesita ser muy perspicaz para darse cuenta de cuáles pueden ser las proyecciones y de cuáles pueden ser las situaciones que tengamos todavía que enfrentar en un futuro muy próximo. Por lo tanto, presenté un solo ejemplo para que nos demos cuenta en forma más o menos gráfica de cuál es la situación de la República Argentina en ese sentido. Yo he estado en España poco después de la guerra civil y conozco mi país después de haber hecho muchos viajes por su territorio. Los obreros españoles, inmediatamente antes de la guerra civil ganaban salarios superiores, en su término medio general, a los que se perciben actualmente en la Argentina: no hay que olvidarse de que en nuestro territorio hay hombres que ganaban 20 centavos diarios; no pocos que ganaban doce pesos por mes; y no pocos también que no pasaban de treinta pesos por mes, mientras los industriales o productores españoles ganaban el 30 ó 40%. Nosotros tenemos en este momento —¡Dios sea loado, que ello ocurra por muchos años!— industriales que pueden ganar hasta el 1.000%. En España se explicó la guerra civil. ¿Qué no se explicaría aquí si nuestras masas de criollos no fuesen todo lo buenas, obedientes y sufridas que son?
"Se ha dicho, señores, que soy enemigo de los capitales, y si ustedes observan lo que les acabo de decir no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo porque sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocios, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa misma del Estado. Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta y cinco años que ejercito y hago ejercitar la disciplina y durante ellos he aprendido que la disciplina tiene una base fundamental: la justicia. Y que nadie conserva ni impone disciplina si no ha impuesto primero la justicia. Por eso creo que si yo fuera dueño de una fábrica, no me costaría ganarme el afecto de mis obreros con una obra social realizada con inteligencia.
Muchas veces ello se logra con el médico que va a la casa de un obrero que tiene un hijo enfermo, con un pequeño regalo en un día particular; el patrón que pasa y palmea amablemente a sus hombres y les habla de cuando en cuando, así como nosotros lo hacemos con nuestros soldados. Para que los soldados sean más eficaces han de ser manejados con el corazón. También los obreros pueden ser dirigidos así. Sólo es necesario que los hombres que tienen obreros a sus órdenes lleguen hasta ellos por esas vías, para dominarlos, para hacerlos verdaderos colaboradores y cooperadores.
"Con nosotros funcionará la Confederación General del Trabajo y no tendremos ningún inconveniente, cuando queramos que los gremios equis o zeta procedan bien, a darles nuestro consejo, nosotros se lo trasmitiremos por su comando natural: le diremos a la Confederación Nacional: hay que hacer tal cosa por tal gremio, y ellos se encargaran de hacerlo. Les garantizo que son disciplinados y tienen buena voluntad para hacer las cosas."[1]
Y poco después, el mismo Coronel Perón, declaraba: "Los señores que temen tanto al sindicalismo y a la formación de grandes agrupaciones obreras bien organizadas dirigidas y unidas, pueden desechar sus temores desde ya. Nada hay que temer de las organizaciones. Debe temerse de las masas desorganizadas. Estas son peligrosas.
"Sin temor a equivocarnos, podemos decir que hoy, desde Jujuy hasta Tierra del Fuego, y desde Buenos Aires a Mendoza, se puede orientar, dirigir y conducir a las grandes masas de trabajadores argentinos, y cada día que pasa lo iremos haciendo en forma más perfecta, porque diariamente se va reforzando la disciplina sindical. Sin disciplina sindical, las masas son imposibles de manejar."
En la Argentina, como en el resto del mundo capitalista, la estatización sindical respondió, en último análisis, a la tendencia, inherente al capitalismo monopolista, a colocar bajo el control del Estado —controlado a su vez por el gran capital— toda la sociedad y, en especial, a la clase obrera. Los principales beneficiarios de la estatización sindical fueron, pues, los grandes intereses capitalistas que regían la economía argentina, intereses a los que en definitiva sirve el Estado.

1945: Culminación de la Ofensiva Norteamericana

Pero el gobierno bonapartista preservó el ordenamiento tradicional de la sociedad argentina, no sólo ganándose al proletariado "con palmaditas en la espalda y pequeños regalos". También conservaron ese ordenamiento oponiéndose al ingreso de la Argentina en la órbita norteamericana. Su nacionalismo antiyanqui fue el nacionalismo de todos los gobiernos argentinos: defender a la vieja Metrópoli británica y a los intereses capitalistas estructurados en torno de ella, con los estancieros de Buenos Aires como sector estratégico de la clase dominante. Pero, a diferencia de todos los gobiernos anteriores, su apoyo principal contra la presión norteamericana lo obtuvo en el proletariado. Paradójicamente la clase más joven y potencialmente revolucionaria de la Argentina fue movilizada por el gobierno bonapartista para defender frente al imperialismo yanqui a las clases más refregadas del país y a su socio y acreedor centenario, el imperialismo inglés.
En 1945 llego a su más alto girado la campaña que desde tiempo atrás llevaban contra el gobierno militar, y contra Perón en particular la burguesía argentina teda, vastos sectores de la clase media y Estados Unidos. La presión sobre el gobierno militar para que concediera elecciones se hizo intensísima. La prensa norteamericana rebosaba amenazas contra la Argentina, y la gran prensa argentina las reproducía con satisfacción. La burguesía en pleno se sumaba a Estados Unidos, horrorizada por el obrerismo de Perón. La oposición anti-peronista más enérgica procedía de la burguesía industrial, y ello por razones fundamentales. La industria era el sector que más intensamente necesitaba capital norteamericano.
Era natural que la burguesía industrial aboyara a Estados Unidos contra Perón, que alejaba al capital norteamericano. Y, además, ella era la principal perjudicada por el obrerismo peronista, y sentía verdadero terror ante la organización de las masas obreras, aunque fueran dirigidas desde la Casa de Gobierno. Al desarrollarse la industria, habían crecido el capital y el peso social de la burguesía industrial argentina. Pero en mayor medida creció el peso específico del capital extranjero, porque éste era el principal propietario de la industria: y, paralelamente, crecía el número y la concentración del proletariado, en una medida mucho mayor que la burguesía industrial nativa, ya que la clase obrera aumenta en relación directa al total de fábricas existentes, no al número de fábricas, más reducido, que posee la burguesía nacional.
La burguesía industrial se encontraba en la situación de un enano que crecía entre dos gigantes, y ante el terror que le inspiraba la sindicalización peronista, era inevitable que se aliase al gigante imperialista contra el gigante proletario. Incluso los estancieros de Buenos Aires, tradicionalmente anti-norteamericanos» se plegaron, esta vez, a la intervención de Estados Unidos en la Argentina, confirmando que "los demagogos con sus perpetuas denuncias obligan a los ricos a reunirse para conspirar, porque el común peligro aproxima a los que son más enemigos" (Aristóteles, Política), El gobierno continuaba en todo lo decisivo la política tradicional de la burguesía terrateniente, pero la irritaba con sus gritos contra "la oligarquía" con sus supuestas reformas agrarias y sus reales Estatutos para los peones.
Desde 1930, los gobernantes conservadores, criaturas incubadas en la Sociedad Rural y el Jockey Club, habían hecho la apoteosis del sable policial, y ahora el sable policial mandaba sobre ellos. Habían perseguido a la prensa opositora, y ahora era perseguida su propia prensa. Sometieron las asambleas populares a la vigilancia de la policía; sus salones se hallaban bajo la vigilancia de la policía. Decretaron el estado de sitio, y el estado de sitio se decretaba contra ellos[2].
Habían deportado sin juicio a los huelguistas, y ellos eran deportada sin juicio. Habían sofocado todo movimiento de la clase obrera mediante el poder del Estado; el poder del Estado sofocaba todos loa movimientos de su sociedad. Se habían rebelado, llevados del entusiasmo por su bolsa, contra los políticos yrigoyenistas; sus políticos fueron apartados de en medio y su bolsa se veía saqueada. Claro está, también los estancieros querían que loa demagogos coroneles volviesen al cuartel, aunque para ello tuviesen que contrariar al imperialismo inglés, su aliado tradicional, que era el único sector capitalista de importancia decisiva que seguía brindando su apoyo al gobierno militar.
Todos los partidos tradicionales se unieron para combatir al gobierno militar. Incluso el Partido Comunista que, como todos los P. C. de Occidente, cumpliendo la línea stalinista actuaban entre 1941 y 1946, como correa de transmisión del imperialismo norteamericano, pagando así la tolerancia de Washington para que Stalin dispusiera sin tropiezo de Europa Oriental.
En setiembre de 1945 el Partido Comunista realizó una gran concentración "Por la unidad nacional", y su dirigente Rodolfo Ghioldi comenzó el acto con estas palabras: "Saludamos la reorganización del Partido Conservador, operada en oposición a la dictadura, que sin desmedro de sus tradiciones sociales se apresta al abrazo de la unidad nacional, y que en las horas sombrías del terror carcelario mantuvo, en la persona de D. Antonio Santamarina una envidiable conducta de dignidad civil". Las tradiciones sociales del Partido Conservador se simbolizan en las 160.000 hectáreas que posee Santamarina, director también de subsidiarias argentinas de la International Telephone and Telegraph.
Luego, Rodolfo Ghioldi expresó: "Gracias a una conducción internacional de raíz fascista, disfrazada a veces con pretensos banderines de soberanía que ningún aliado amenazó... el país se vio aislado, extraño a los acuerdos internacionales, excluido de las asambleas responsables de los estadistas... O el país modifica, junto con su política interior, su orientación internacional y restablece con la garantía de un gobierno democrático de auténtica responsabilidad y solvencia el buen nombre argentino, o corre el riesgo inevitable de sufrir pesadísimas consecuencias económicas que pondrán en peligro, por largos años, el desarrollo nacional... A veces se nos dice, para hacernos apear de estas posiciones, que nos miremos en el espejo brasileño.
Debemos responder que la invitación es absurda. El mérito brasileño consiste en haberse colocado resueltamente con los Estados Unidos, partiendo de la línea de la "buena vecindad", retomada ahora por el secretario Byrnes y ratificada con tanto calor por mister Braden... En lo interior el país requiere la modificación de su estructura económica... mediante la realización de amplias reformas agrarias y mejorar sustancialmente las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera, de las masas campesinas y de la población laboriosa. Para estos fines, podemos contar con el apoyo exterior: Un ilustre embajador aliado acaba de ratificar que los Estados Unidos están dispuestos a ayudar "a una Argentina democrática". Igual disposición existe de parte de las principales Naciones Unidas. La reestructuración significa la movilización de los capitales nacionales y la incorporación de capitales extranjeros... ¿Quiénes se oponen a la unidad nacional? Se oponen los fascistas...
Su estrategia anima la división entre las clases sociales progresistas..." Y terminaba proclamando: "No somos radicales, pero no somos antirradicales; no somos conservadores, pero no somos anticonservadores. Reconocemos la legitimidad de un solo anti; antifascistas" (Ghioldi, Al Servicio de la Patria). Tal era la línea comunista en 1945: reforma agraria del brazo de los latifundistas, sin desmedro de las tradiciones sociales de éstos. Mejoras sustanciales para la clase obrera en sociedad con el imperialismo.
La unidad contra el gobierno se gestó en diversos niveles. Primero, entre todas las organizaciones-capitalistas: Unión Industrial Argentina, Sociedad Rural Argentina, Cámara de Comercio, etc. Luego, en las Universidades, a través de rectores, profesores y estudiantes. Después en la política, mediante el bloque de los partidos tradicionales en la llamada Unión Democrática (Kelly, 307). Las organizaciones capitalistas inundaban la prensa seria con solicitadas llamando a elecciones y al derrocamiento de Perón; la prensa seria repetía editorialmente el contenido de estas solicitadas e insertaba en lugar destacado los rugientes alaridos de la prensa norteamericana contra la Argentina.
Estudiantes y rectores hacían huelgas y ocupaban las universidades, y los políticos tradicionales vociferaban desde las radios uruguayas —amparadas por !a fuerza naval y aérea del almirante Ingram, of the U. S. Navy, que hacia demostraciones frente a Montevideo destinadas a ser vistos en Buenos Aires (Whitaker, 222)— pidiendo elecciones libres y prontas. Para apoyar toda esta campaña por la democracia, Washington no envió acorazados al puerto de Buenos Aires —con gran sentimiento de la oposición anti-peronista. Pero no en vano la buena vecindad había sustituido a la política del garrote. En vez de la flota vino un embajador, es decir, Mister Spruille Braden.
La estadía de Braden en Buenos Aires —escribe el entonces embajador inglés— "fue uno de los episodios más curiosos de mi carrera diplomática. Mr. Braden llegó a Buenos Aires con la idea fija de que había sido elegido por la providencia para derrocar al régimen Farrell - Perón. Estimulado y festejado por la oposición, especialmente los miembros más ricos de la 'sociedad', lanzó una serie de violentos ataques contra el régimen. Cuando en un gran banquete en el Plaza Hotel (el más .suntuoso de Buenos Aires), varios cientos de comensales se pararon en sus sillas aplaudiendo estruendosamente y gritando "bravo" y "viva Braden" durante varios minutos, la excitación fue irresistible y comenzó a hablar cada vez con mayor libertad".
El Veredicto del 17 de Octubre. La Argentina Continua en la Orbita Británica
Efectivamente, en torno de Braden se aglutinó toda la oposición al gobierno militar. La burguesía y su pequeña burguesía pasearon en andas a Braden, por el mérito de intervenir en la política argentina, como .si la Argentina fuese una provincia norteamericana. Bajo los democráticos auspicios de la embajada estadounidense hubo manifestaciones monstruo, la "gente bien" a la cabeza, y hubo más conflictos universitarios que el gobierno reprimió con brutalidad. Los estudiantes alojados en las cárceles por combatir por la libertad y la democracia, fueron obsequiados y convertidos en héroes por el Jockey Club —organización de la élite terrateniente más antidemocrática y reaccionaria del país—. Así se preparó el golpe de Estado, que finalmente estalló en octubre de 1945.
Fue un movimiento palaciego, encabezado por el almirante Vernengo Lima, que derrocó a Perón y nombró un ministerio aceptable para el Departamento de Estado de la Unión y dispuesto a asegurar elecciones. El respaldo "popular" de este movimiento salió de los barrios aristocráticos de Buenos Aires, y se concentró en Plaza San Martín, donde se volcó toda la gente distinguida de distintos sexos y edades, mientras las organizaciones patronales se apresuraban a desconocer las mejoras sociales concedidas por Perón y su Secretaría de Trabajo y Previsión. El gobierno militar, y en especial Perón, parecían liquidados y aislados de toda la sociedad argentina. Pero no .era así. El imperialismo inglés lo respaldaba lo mismo que la policía, parte del ejército, la burocracia y el clero. Y, sobre todo, contaba con la clase más joven de la sociedad argentina, con la clase obrera industrial.
La policía ametralló la concentración de clase alta y clase media que había acampado en la Plaza San Martín, y los muertos fueron transformados en mártires por toda la oposición. Pero, en realidad, de acuerdo con los intereses reales en juego, merecen figurar en la lista de los caídos por la bandera de las 48 estrellas. En cuanto a los que dispararon las ametralladoras, han sido tratados con palpable benevolencia en las Memorias del entonces embajador inglés (Kelly, 309), y eso precisa terminantemente su ubicación histórica. El 17 de octubre, la Policía Federal se insurreccionó, y fue seguida por las policías del interior; el ejército también se pronunció por Perón; la CGT decretó una huelga general ordenada por, la Secretaría de Trabajo y Previsión y entre todos, policía, militares y altas burócratas estatales y sindicales, sacaron a la calle a la clase obrera, especialmente a sus sectores más jóvenes y recién proletarizados. El país se paralizó. Los obreros llenaron las calles y se concentraron frente a la Casa de Gobierno, en Plaza de Mayo, vitoreando a Perón. A la noche del 17 de octubre, Vernengo Lima había pasado al recuerdo, y Perón estaba nuevamente en el Gobierno. Un grupo naval-militar respaldado por la gente de los barrios aristocráticos y por el imperialismo norteamericano, había depuesto a Perón. Un golpe policial-burocrático-militar, respaldado por los suburbios obreros movilizados desde el gobierno, repuso a Perón en el Poder.
Días después del 17 de octubre, el vocero oficial del Partido Comunista decía de los obreras peronistas que eran "manifestantes de la esclavitud", "conglomerado aullante", "turbas borrachas'', "maleantes y desclasados", y afirmaba: "Jamás los auténticos obreros argentinos hubiesen dado ese espectáculo" (Orientación, octubre 24, 1945). Eso quería creer también la burguesía, pero se equivocaban. Fue verdaderamente la clase obrera la que estuvo en las calles el 17 de octubre de 1945. Pero el 17 de octubre no fue una epopeya obrera como dice la mitología peronista. Las masas fueron sacadas a la calle por las fuerzas del orden; no contra su voluntad, por cierto, porque los obreros querían a Perón. Pero una movilización de obreros respaldada por la policía para apoyar a un candidato burgués no es una movilización obrera de clase, ni por sus métodos ni por sus objetivos. En ningún momento se puso en peligro el orden social imperante. Por eso el diario de la curia se apresuró a declarar:
"Las calles de Buenos Aires presenciaron algo insólito. Desde todos los puntos suburbanos se veían llegar grupos proletarios. Y pagaban debajo de nuestros balcones. Era la turba tan temida. Era —pensábamos— la gente descontenta. Con el antiguo temor, nuestro primer impulso fue el de cerrar los balcones. Pero al asomarnos a la calle quedábamos en suspenso. Pues he aquí que estas turbas se presentaban ante nosotros como trocadas por milagrosa transformación. Su aspecto era bonachón y tranquilo. No había caras hostiles ni puños levantados como los vimos hace pocos años. Aquel primer impulso de cerrar, se nos convirtió en un compasivo deseo de ofrecer a los pobres caminantes algún descanso y alimento. Nos retiene, sin embargo, un resto de desconfianza. Sí, el aspecto de esta gente es conmovedor.
Sólo llevan consigo, como única arma, su esperanza. Pero, ¿qué irán a hacer cuando se encuentren luego reunidos y fuerte en número? ¿Cuáles serán sus finales intenciones? Nuestras sorpresas irán en aumento. Al avanzar la noche hemos presenciado las horas emocionantes en que la multitud de trabajadores iba engrosando frente a la Casa Rosada. Llega a decirnos la radio que eran medio millón. Para los escépticos reduzcámoslos a menos de la mitad: a unos doscientos mil. ¿Va a estallar ahora el odio contenido? ¿Van a comenzar las hostilidades? Semejante multitud debía sentirse poderosa para llevar a cabo cualquier empresa. Tienen allí, a un paso, la Catedral, pueden incendiarla. Ahí, está la Curia, que tantas veces fue objeto del insulto anticlerical. Pero la multitud se muestra respetuosa. Hasta se veía una columna en la que parte de sus componentes hacían la señal de la cruz al enfrentarse con la iglesia. Se objetará que en alguna ciudad hubo ciertos desmanes. Milagro portentoso sería que ninguno hubiera habido en parte alguna. Estas turbas parecían cristianas sin saberlo. Su actitud era tal que nos hizo pensar que ella podía ser un eco lejano, ignorante y humilde, de nuestros. Congresos Eucarísticos.
Tal vez en aquellos Congresos aprendieron estas gentes su nueva actitud. Sabemos de algunos jóvenes que tuvieron la feliz idea de llevar en sus automóviles algunas vituallas para reconfortar a esta pobre gente que de tan lejos y sin provisiones venía. Sabemos igualmente que no se negó en la Curia a los más cansados algún descanso por la tarde". Y anticipando su apoyo electoral a Perón, la Curia concluía: "Para no ser tan tremendamente injustos tenemos que reconocer por lo menos en el hombre aclamado el mérito de haber inspirado una manifestación de tal corrección" (El Pueblo, octubre 25, 1945).
Y días después, defendiendo a los manifestantes del 17 de octubre contra los ataques de la oposición, la Curia decía que "si bien no revelaban mucha cultura, tenían por lo menos, en general, un sano sentido del respeto por la propiedad, por los bienes y por la honra ajena" (ídem, octubre 27, 1945).
El embajador inglés ha descrito así sus experiencias del 17 de octubre de 1945: "En las primeras horas de la mañana, los gerentes de los ferrocarriles ingleses vinieron a decirme que se había declarado una huelga espontánea, sin organizadores conocidos, en todos los ferrocarriles, de modo que Buenos Aires estaba aislada. En la tarde de ese día decidí que era necesario ir a la Casa Rosada para decirle al único ministro que quedaba —el Ministro de Marina— que debía asumir la responsabilidad de proteger los ferrocarriles. Debo confesar, asimismo, que me impulsaba una enorme curiosidad por saber qué estaba pasando. Al acercarnos a la Casa de Gobierno, vimos que la plaza estaba atestada de descamisados; alrededor de la Casa de Gobierno había un cordón de policía montada, pero no hacían esfuerzo alguno por impedir el paso de la gente ni se metían para nada con la multitud.
El chofer quería retroceder y tuve que insistir para que siguiera adelante a muy poca velocidad. Tal como había esperado, la multitud nos dio paso no bien vio la bandera inglesa, contentándose con gritar en forma amistosa: "¡Viva Perón! ¡Abajo Braden!" Esta anécdota contiene todo el sentido "nacionalista" de la jornada, en que el proletariado fue movilizado para aplastar un golpe de estado pronorteamericano y en defensa del gobierno que preservaba el ordenamiento tradicional de la Argentina, semicolonia de Inglaterra. Los obreros eran factor decisivo en esta historia, pero la historia pasaba sobre sus cabezas.

Capítulo IV

El Gobierno Del "Como Si": 1946-55 [3]
Como resultado de los sucesos de octubre, Perón había sido repuesto en el poder, pero el gobierno militar se vio obligado a convocar a elecciones para comienzos de 1948. La Unión Democrática se integró con los aparatos políticos tradicionales, es decir, los existentes en el país antes del 4 de junio de 1943. Tras ella se alinearon el gobierno norteamericano, las clases dominantes argentinas en masa, la clase media acomodada y reducidos núcleos obreros de larga tradición gremial y relativamente alto nivel de ingresos. Los tipos sociales característicos de la Unión Democrática eran el gran empresario, el profesional universitario, el estudiante. La candidatura de Perón llevó tras de sí un conglomerado formado por la burocracia sindical respaldada desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, por militares y por políticos de tercera o cuarta categoría desprendidos de los partidos tradicionales. Respaldando a Perón estuvieron el ejército, la policía, la iglesia y, last buf not least, los intereses británicos. El peronismo halló su clientela electoral en la clase obrera y en las masas trabajadoras urbanas y rurales, entre la "gente pobre" en general. La probabilidad de que un votante fuera peronista estaba en relación inversa al nivel de sus ingresos y a la altura y seguridad de su status. Los tipos sociales característicos del peronismo eran el dirigente gremial, el militar retirado, el tránsfuga.[4]
El mayor peso de la campaña electoral peronista estuvo a cargo del Partido Laborista, organización fundada en noviembre de 1945, en una convención a la que asistieron 2.000 delegados. La mayor parte de los dirigentes sindicales del país ingresaron a este partido, cuya dirección era compartida por Luis Gay, dirigente de los trabajadores telefónicos, y Cipriano Reyes, dirigente de los trabajadores de la carne y principalísimo protagonista del 17 de octubre. (Para un juicio sobre lo que significó el gobierno peronista para la clase obrera argentina conviene retener estos tres nombres: Partido Laborista, Luis Gay, Cipriano Reyes).
Junto al Partido Laborista, levantó la candidatura de Perón una "Junta Renovadora de la Unión Cívica Radical" en la cual se aglomeraron los políticos radicales, que supieron prever de qué lado estaba el camino más corto para llegar al poder. Los arquetipos de este nucleamiento eran viejos políticos corrompidos como Hortensio Quijano o diputados radicales alguna vez subsidiados por las compañías extranjeras de electricidad.
Prácticamente toda la prensa diaria del país apoyaba a la Unión Democrática. Perón sólo disponía de un diario, y éste se imprimía en los talleres del Buenos Aires Helrald, órgano de la colectividad comercial británica en Buenos Aires, con anuencia de la embajada británica[5]
La ofensiva norteamericana contra Perón arreciaba cada semana, pero los capitalistas ingleses no lo abandonaban.
".. .el presente régimen argentino no es parlamentario —decía su vocero— pero hay regímenes similares en varias naciones sudamericanas con los cuales Estados Unidos mantiene cordiales relaciones" (South American Journaly agosto 4, 1945). Y poco después agregaba:
"Perón tiene un fuerte prestigio entre los obreros, por supuesto la vasta mayoría en cualquier país; es concebible que en las elecciones retorne al gobierno como un líder democrático. Empero cuanto hagan los argentinos alrededor de sus .asuntos internos es cuestión de ellos y no nuestra. Sin embargo, muchos extranjeros persisten en intervenir de una forma u otra en los asuntos argentinos. Mister Braden, que fue hasta hace poco embajador de los Estados Unidos en la Argentina y es ahora secretario asistente de Estado encargado de asuntos latinoamericanos, está volviendo plenamente a la política intervencionista. No es propósito de este periódico (South American Journal) defender o atacar al presente régimen de la Argentina. La política argentina concierne al pueblo argentino y, a menos que y hasta que él viole los derechos de otras naciones, es un problema argentino solamente. Esta ha sido siempre la política británica.
"Desde los primeros días de la República, han existido lazos muy estrechos entre la Argentina y Gran Bretaña, y nunca Inglaterra trató de dominar la política argentina" (Ídem, octubre 8, 1945). Después de esta franca manifestación de apoyo al gobierno militar y a Perón, difícilmente era aceptable la manifestación de la misma fuente británica de que "Personas mal informadas podrían dar crédito a las noticias de que intereses británicos están interviniendo en la política interna de la Argentina. Hay una creencia fuertemente extendida en el hemisferio occidental de que intereses británicos están apoyando activamente la campaña presidencial del Coronel Perón" (Ídem, febrero 9. 1946).
Ciertamente, los banquetes que el embajador inglés brindaba al gobierno militar en momentos en que toda la burguesía argentina lo condenaba al ostracismo confirmaban, más bien que desmentían, esa "creencia". La campaña electoral peronista tuvo un marcado carácter "antiyanqui", y su slogan básico fue "Braden o Perón". Se habló también contra "la oligarquía" y "el capital", pero en general la campaña fue respetuosa del orden social imperante. Perón se complacía en señalar que su apoyo provenía no sólo de la clase obrera, sino también de las columnas del orden: ejército, policía, iglesia. La crónica de su discurso en el mitin inaugural de su campaña dice así: "Más adelante el orador expresó su deseo de ver al pueblo unido con el ejército y las fuerzas del orden, e hizo el elogio de la institución policial para agregar: la iglesia argentina es siempre benemérita, porque hoy como siempre está con su pueblo" (La Prensa, diciembre 15, 1945). Para suplir la ausencia de consignas anticapitalistas o antiimperialistas se dio a las masas slogans "antioligárquicos", acudiéndose a la consabida martingala del odio al cajetilla y al pituco. Se dijo "Alpargatas sí, libros no!"
En verdad, los profesionales de los libros y la política, experimentados ex ministros y diputados, rectores de universidades e intelectuales de nota, demostraron que políticamente no valían el precio de una alpargata. Daban por sentado que el pueblo trabajador iba a votar a viejos figurones como los candidatos de la Unión Democrática, comprometidos en todo el desprestigio del régimen anterior al 4 de junio y ahora impregnados en el agua bautismal de la embajada norteamericana. El tema de la campaña democrática era "batir al nazi-peronismo". A los peones agrarios, que por primera vez en la historia del país habían recibido una serie de elementales mejoras económicas y sociales, a los arrendatarios a quienes Perón prometía darles la tierra en propiedad, se les ofrecía como candidatos los terratenientes de la Sociedad Rural Argentina; que eran "progresistas" según reciente descubrimiento del Partido Comunista. "Por la libertad y la democracia contra el nazismo", proclamaba la Unión Democrática. ¿Pero qué sentido tenían para los trabajadores la libertad y la democracia voceadas por los candidatos de las organizaciones patronales? El peronismo les recordaba que eso significaba la libertad de morirse democráticamente de hambre, "como antes de Perón". Por otra parte, era falso de raíz llamar "nazi" al peronismo. El nazismo es la guerra civil de la pequeña burguesía dirigida por el gran capital contra la clase obrera. Perón se apoyaba en la clase obrera contra el gran capital y la pequeña burguesía. Esto era lo esencial, y no se modifica porque los métodos totalitarios del peronismo fueran un intento de calcar los métodos nazis.
El principal argumento de su campaña lo dio el peronismo en diciembre de 1945. Desde los balcones de la Casa de Gobierno, y dejando bien claro que tras todo eso estaba Perón, el gobierno anunció a la clase obrera un decreto que implantaba el sueldo anual complementario y las vacaciones pagas. Desde luego, el decreto no se aplicaba a los ferrocarriles ingleses, pero nadie reparó en ello, salvo las empresas interesadas. Era una nueva e importante mejora concedida a los trabajadores. ¡Demagogia!, gritaron los oradores de la Unión Democrática mientras sus sostenedores de las organizaciones patronales declaraban un cierre general del comercio y la industria que fue fácilmente quebrado por el Gobierno. En una asamblea monstruo de todas las entidades patronales (Unión Industrial, Sociedad Rural, etc.), "las fuerzas económicas resolvieron desconocer el reciente decreto sobre aguinaldos y sueldos" —anunciaban con alborozo los grandes diarios. En nombre de toda la burguesía argentina, habló un director de innumerables sociedades anónimas y dijo:
"El carácter electoralista del decreto es el aspecto más importante que debemos considerar y que asigna a nuestra resolución una enorme trascendencia, porque con medidas de pretendido carácter social y de indudable trascendencia económica se nos lleva, aun contra nuestra voluntad, al terreno político. No podemos pues rehuir la lucha en este terreno del que hemos querido estar alejados.
"No podemos, colocados en este trance, permanecer indiferentes. No se juega en este caso la preeminencia en el gobierno o la conquista del mismo, por uno u otro de nuestros partidos tradicionales. Se juega algo más que una cuestión partidaria: se repite aquí la lucha que ha tenido para bien de la humanidad, su definición victoriosa en Europa, y que está librando en el país una batalla decisiva; es la democracia contra el totalitarismo, el respeto a la dignidad de la persona humana y sus derechos esenciales, contra la absorción del individuo y de sus bienes por el Estado." (La Prensa, diciembre 28, 1945.)
La dignidad humana exigía que los obreros no tuviesen vacaciones pagas. Darles un sueldo anual complementario era ya la barbarie totalitaria. Tal era la filosofía de la burguesía argentina. Los legistas, que no faltaban en la Unión Democrática, demostraron abundantemente que el decreto sobre aguinaldo y vacaciones era anticonstitucional. Los obreros no dejaron de advertir que la Unión Democrática —sin excluir al partido Comunista— se oponían a las mejoras que Perón les concedía.
Estados Unidos Interviene Contra Perón
El argumento de más grosor que utilizó la Unión Democrática fue lanzado días antes de las elecciones y era de un carácter completamente distinto. No fue dado a conocer desde la Casa de Gobierno de la Argentina, sino desde la Casa Blanca, en Washington. Se trataba de un Libro Azul, en donde el Departamento de Estado norteamericano acusaba al gobierno militar, y a Perón, de ser una banda de espías alemanes.
El New York Times editorializó que el libro "demuestra por encima de toda duda razonable que los gobiernos argentinos de Castillo y de Farrell-Perón, fueron socios activos del Eje durante la guerra; que sólo las deficiencias de armamentos les vedaron entraren ella; que el gobierno Farrell-Perón ha seguido firmemente la línea nazi-fascista y en fin, que hoy intenta perpetuar en este hemisferio el tipo de Estado nazi, con el cual sus jefes esperan volver a desafiar algún día a las democracias" (La Nación, febrero 14, 1946). El New York Herald Tribune aseguró que "el problema argentino ha llegado a tal punto de peligro para el mundo, que exige una acción efectiva". Y el Christian Science Monitor advirtió que "los líderes políticos de la Argentina deben reconocer la posibilidad de que se le retire al gobierno argentino el reconocimiento diplomático, no sólo por Washington, sino por otras capitales americanas, si gana Perón. Solamente un cambio básico del gobierno argentino podría evitar el aislamiento de la Argentina de la sociedad mundial". Walter Lippman escribió especialmente para La Prensa de Buenos Aires que "los norteamericanos teníamos y tenemos todo derecho de tratar al gobierno argentino como un gobierno inamistoso" (La Prensa, febrero 16, 1946). Y el corresponsal en Buenos Aires del New York Herald Tribune escribió: "Los cargos contra Perón infligirán un serio golpe a sus proyectos presidenciales. Se cree que el documento hace imposible la retención de la presidencia por parte de Perón, ya llegue a ella por la fuerza o por las elecciones. Es de la mayor significación el hecho de que Perón nunca será aceptado como presidente de la Argentina por Estados Unidos, sin considerarse el medio porque haya llegado al poder" (Crítica, febrero 13, 1946). Con agudo sentido político el Departamento de Estado, la Unión Democrática y la prensa que la apoyaba, dieron amplia publicidad al documento y exclamaban radiantes: "¿Han visto? Norteamérica demuestra que Perón es nazi. ¿Cómo va a votar por los nazis el pueblo argentino?" Para confirmar la imposibilidad, el dirigente comunista Rodolfo Ghioldi declaraba a los diarios extranjeros que "Perón en el gobierno será siempre una amenaza terrible para la paz de este continente" (La Prensa, febrero 16, 1946). Coincidentemente, el New York Times afirmaba: "Nuestro gobierno no tiene motivos para tratar de derrocar a Perón poniendo clandestinamente armas en manos de sus enemigos. Hay medios más francos para obtenerlos, entre ellos el retiro del reconocimiento en el caso de que se apodere del poder. Es de esperar que el pueblo argentino encuentre la forma de impedir que llegue al poder" (New York Times, febrero 1, 1946). Ese mismo día, un vocero tradicional de las clases dominantes argentinas adornaba e] tope de su primera página con el siguiente titular a cuatro columnas: "El tan mentado 'imperialismo yanqui' parece no hallar eco en los Estados Unidos" (La Nación, febrero 1, 1946). Ante el Libro Azul norteamericano, Londres comentó: "Después de todas las medidas adoptadas para asegurar elecciones reales, deja atónito ver emanada de Washington esta extravagante denuncia de presentes y pasados gobiernos argentinos y de uno de los actuales candidatos presidenciales. Aún más curioso en el documento norteamericano son los cargas sumamente graves contra uno de los candidatos presidenciales, cargos que necesitan sólidas pruebas antes de que se les pueda dar crédito. La denuncia, en esa forma y en estos momentos, sólo puede ser descripta como una tentativa de intervención en la política argentina, y debe ser deplorada" (South American Journal, febrero 23, 1946).
Las elecciones se realizaron el 24 de febrero de 1946. La campaña electoral —abundante en agresiones físicas por ambas partes— culminó por el lado peronista con un acto en e! que Perón derrochó su mejor talento de demagogo.
''En nuestra patria —comenzó diciendo— no se debate un problema entre 'libertad' o 'tiranía', entre Rosas y Urquiza, entre 'democracia' y 'totalitarismo'. Lo que en el fondo del drama argentino se debate es, simplemente, un partido de campeonato entre la justicia social y la injusticia social". ¿Quiénes apoyaban a la Unión Democrática? La Unión Industrial, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural, que quieren "derogar la legislación del trabajo e impedir cuanto significara una mejora para la clase trabajadora". "Desde que a mi iniciativa se creó la Secretaría de Trabajo y Previsión —agregó— no he estado preocupado por otra cosa que mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la población asalariada. La medida de la eficacia de la Secretaría de Trabajo y Previsión nos la da tanto la adhesión obrera como el odio patronal. Si el organismo hubiese resultado inocuo, les tendría sin cuidado su existencia y hasta es posible que muchos insospechados fervores democráticos tuviesen un tono más bajo.
Y es bien seguro que muchos hombres que hasta ayer no ocultaron sus simpatías hacia las dictaduras extranjeras, o que sirvieron a otros gobiernos de facto en la Argentina, no habrían adoptado hoy heroicas y espectaculares posiciones pseudo-democráticas. Si el milagro de la transformación se ha producido, ha sido sencillamente porque la Secretaría de Trabajo ha dejado de representar un coto cerrado sólo disfrutable por la plutocracia y por la burguesía. Se acabaron las negativas de los patrones a concurrir a los trámites conciliatorios promovidos por los obreros; se terminaron las infracciones sin sanción a las leyes del trabajo; se puso fin a la amistosa mediación de políticos, de grandes señores y de poderosos industriales para lograr que la razón del obrero fuese atropellada.
La Secretaría de Trabajo hizo justicia estricta, y si en muchas ocasiones se inclinó hacia los trabajadores, lo hizo porque era la parte más débil en los conflictos. Esta posición espiritual de la autoridad es lo que no han tolerado los elementos desplazados de la hegemonía que venían ejerciendo, y esa es la clave de su oposición al organismo creado. A eso es a lo que llaman demagogia. Que el empleador burle al empleado, representa para ellos labor constructiva de los principios democráticos; pero que el Estado haga justicia a los obreros constituye pura anarquía."
"De cada 35 habitantes rurales —continuó diciendo Perón— sólo uno es propietario. Ved si andamos muy lejos cuando decimos que debe facilitarse el acceso a la propiedad rural. Debe evitarse la injusticia que representa el que 35 personas deban ir descalzas, descamisadas, sin techo y sin pan. para que un "lechuguino" venga a lucir la galerita y el bastón por la calle Florida, y aún se sienta con derecho a insultar a los agentes del orden porque conservan el orden que él, en su inconsciencia, trata de alterar con sus silbatinas contra los descamisados." "La Argentina necesita la aportación de esta sangre juvenil de la clase obrera.
Esta sangre nueva la aporta nuestro movimiento; esta sangre hará salir de las urnas el día 24 de este mes esta nueva Argentina que anhelamos." Y terminó con un violento alegato antiyanqui: "Denuncio al pueblo de mi patria que el señor Braden es el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática. El señor Braden quiere implantar en nuestro país un gobierno propio, un gobierno títere y para ello ha comenzado por asegurarse el concurso de todos los quislings disponibles. Si por un designio fatal del destino, triunfaran las fuerzas regresivas de la oposición, organizadas, alentadas y dirigidas por Braden, será una realidad terrible para los trabajadores argentinos la situación de angustia, miseria y oprobio que el mencionado ex embajador pretendió imponer sin éxito al pueblo cubano. En consecuencia, sepan quienes voten el 24 de febrero por la fórmula del contubernio oligárquicomunista que con ese acto entregan sencillamente su voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: o Braden o Perón. Por eso, digo: Sepa el pueblo votar" (coronel Juan Perón, discurso en el acto de proclamación de su candidatura, el 12 de febrero de 1946, en DSCDN, junio 4. 1946. pág.48 y ss.).
Era un lenguaje directo, que llegaba a las masas trabajadoras.
La Unión Democrática coronó su actuación con un acto que inició el literato Ricardo Rojas, quien comenzó leyendo un trozo de los Evangelios y explicó la lucha electoral en estos términos:
"Se trata, conciudadanos, de nuestro destino propio como nación, porque ha llegado el momento de justificar al general San Martín cuando en 1812 vino del mar para emanciparnos como nación" (La Nación y La Prensa, febrero 10, 1946). El líder comunista Rodolfo Ghioldi pronosticó: "Referido a términos electorales, la candidatura fascista está irremediablemente derrotada". Se mostró a continuación seriamente preocupado por la amenaza del imperialismo... argentino: "Tenemos también profunda preocupación internacional. Cómo no tenerla, si escuchamos decir que el 4 de junio ha de expandirse por toda Sudamérica? La orientación y la técnica son las de Hitler, y se basan en la idea de la desaparición de los estados nacionales dentro de un estado continental". Y terminó así: "Hoy, aquí, estamos escribiendo el epitafio electoral del fascismo aborigen. Es el triunfo de la unidad argentina, por sobre las clases y las tendencias, y al que concurrió con resolución nuestra heroica clase obrera" (ídem). ¡Quién hubiera dicho que 98 años antes se había escrito el Manifiesto Comunista!
El candidato presidencial de la Unión Democrática resumió su programa en pocas palabras: "He de ser antes que nada —y quiero expresarlo con la sencillez de las decisiones irrevocables— el presidente de la Constitución Nacional".
"Creo —añadió— que no existe una sola persona honrada que no desee la felicidad de sus semejantes. Todos aspiramos a que haya sobre la tierra una mayor justicia social. Pero aliento la convicción de que para obtenerla hay que multiplicar las fuentes de producción." Sus palabras finales tuvieron este rico contenido: "El 24 de este mes vamos a confirmar en las urnas nuestra serena voluntad de ser libres, Al día siguiente de la victoria y antes de reiniciar las fatigosas tareas que nos aguardan, he de saludarlos con palabras inspiradas en las de un gran argentino: Sois los dignos herederos de las glorias antiguas. Descansad un instante a la sombra protectora de la bandera de la patria" (ídem).
"Justificar al general San Martín", "Constitución Nacional", "voluntad de ser libres", "Unidad Argentina por sobre las clases". El diario tradicional de las clases dominantes explícito con toda claridad la política que esas frases encubrían: "Con anterioridad al gobierno surgido del movimiento militar de 1943, se había establecido la armonía entre el capital y el trabajo. En la actualidad el panorama ha cambiado. El gobierno intervino ordenando el alza de las retribuciones, a veces con carácter retroactivo. Al restablecerse la normalidad constitucional con el triunfo de la democracia, habrá necesidad, según ya se ha dicho, de emprender una obra de restauración" (La Nación, febrero I, 1946).
Las elecciones del 24 de febrero fueron irreprochables, las primeras sin fraude en la historia del país. Así lo atestiguan las declaraciones de la Unión Democrática aparecidas en los diarios del 25 de febrero, día en que la gran prenda proclamaba por anticipado el triunfo de la Unión Democrática. Pero al terminar el escrutinio Perón era presidente, electo por significativa mayoría de votos. Sólo tres personas lo habían previsto, y tenían motivos para alegrarse: el embajador inglés, el corresponsal del Times de Londres y el Nuncio papal (Kelly, Sil). "Las elecciones argentinas —comentó con satisfacción el vocero del capital británico— constituyen la mayor derrota diplomática que ha sufrido Estados Unidos en los últimos tiempos, y le ha sido infligida por los electores argentinos." (South American Journal, abril 13, 1946.) Junto con la presidencia de la República, Perón obtuvo casi dos tercios de la Cámara de Diputados, todos los puestos del Senado excepto dos, todas las gobernaciones de provincia y mayoría en todas las legislaturas provinciales excepto la de Corrientes. La maquinaria estatal había quedado en manos de dirigentes gremiales, tránsfugas del partido Radical y militares. Perón era coronel. Los gobernadores peronistas de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y Mendoza eran coroneles también. Los gobernadores peronistas de Corrientes y de Entre Ríos eran generales.
Perón e Inglaterra Sientan las Bases de 20 Años de Estancamiento Argentino
Perón asumió el cargo de presidente de la República a mediados de 1946. Las existencias de oro y divisas totalizaban 1.425 millones de dólares (Memoria del BCRA, 1947[6]). Desde 1940 el comercio exterior arrojaba un saldo crecientemente favorable. Se vivía en estado de plena ocupación, de inflación y de prosperidad. Crecía el mercado interno para todos los productos y en el mercado mundial se obtenían elevadísimos precios por las exportaciones agropecuarias. Pero en el fondo de todo esto yacía una aguda descapitalización de la economía argentina. El sistema de transportes era anticuado y estaba agotado. La producción de energía no satisfacía las necesidades ni el previsible aumento de la demanda. La agricultura trabajaba con un utilaje anticuado que agravaba su tradicional insuficiencia en punto a mecanización. La industria había llegado desde 1943 al límite máximo en la plena utilización de sus equipos (Memoria del BCRA, 1943) y los incrementos en la producción se lograban en base a un desgaste intensísimo y al agotamiento de los equipos —que no se reemplazaba y ni siquiera se reparaba adecuadamente— y al empleo de cantidades siempre crecientes de obreros (entre 1937 y 1949 su número aumentó en 96 %), lo que elevaba los costos y reducía la productividad.
A diferencia de lo ocurrido al termino de la primera guerra mundial, cuando el gran problema de la industria argentina residía en asegurarse una protección contra la competencia de las mercancías metropolitanas, en 1946 la esencia de una política industrialista consistía en asegurar las divisas necesarias para la modernización y expansión de la industria y de todo el aparato productivo del país— contrarrestando las previsibles maniobras de las metrópolis destinadas a saquear las reservas acumuladas durante la guerra. En 1955 todos estos problemas continuaban en pie y la Argentina seguía siendo un país atrasado y semi-colonial, y por añadidura estancado. El "Informe Económico" publicado en el último año del gobierno peronista por la peronísima CGE expresaba, entre adulaciones y eufemismos, la realidad de una economía dependiente y en progresivo deterioro[7].
El peronismo no modificó la estructura tradicional del país, es decir las relaciones de propiedad y la distribución del poder preexistentes.
En 1946 fue nacionalizado el Banco Central según los lineamientos del Plan Pinedo de 1940 (DSCDN, diciembre 5, 1946). Pero la política del Banco Central nacionalizado continuó sirviendo al tradicional conglomerado de intereses extranjeros y nacionales que controlan la economía argentina[8]. El Banco de Crédito Industrial actuaba en el mismo sentido, y año tras año destinaba más del 50 % de sus préstamos a apoyar unas 400 grandes empresas —vinculadas casi todas al capital extranjero. Además, la nacionalización del Banco Central permitió modificar su carta orgánica en forma tal que desde entonces la mayor parte del respaldo metálico del peso argentino reside en el Banco de Inglaterra (DSCDN, agosto 25 y 26, 1949). Se creó el Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI), inspirado también en los principios del Plan Pinedo, y en la experiencia de la Junta Reguladora de Granos, con la misión de "sostener los precios de los productos agrícolas, oponiendo al comprador único y trustificado en pool la fuerza del vendedor único" (DSCDN, diciembre 17 y 18, 1949).
Las ganancias obtenidas por el IAPI en el mercado mundial durante el trienio dorado 1946-1948 sirvieron para subvencionar las exportaciones de carne a Gran Bretaña, para subvencionar a las empresas frigoríficas y azucareras, para subsidiar el consumo y mantener precios políticos en diversas industrias. Luego, al comenzar el descenso de los precios agropecuarios en el mercado mundial, el IAPI comenzó a apuntalar el mercado interno —y la renta agraria— comprando las cosechas a pérdida, como lo había hecho la Junta de Granos bajo los gobiernos conservadores, es decir, aprovechando la coyuntura no para debilitar a la burguesía terrateniente sino para fortalecerla. En fin, el IAPI fue uno de los más importantes creadores de inflación y el más importante dilapidador de divisas (ver Memorias del IAPI, Informe ya citado de la CGE y Sociedad Rural Argentina, Informe sobre la producción rural argentina (Bs. As., 1964), página 68).
En 1947 el gobierno peronista nacionalizó los ferrocarriles británicos en condiciones desastrosas para el país, subordinando los intereses y necesidades de la economía nacional a las conveniencias de la decadente metrópoli. El peronismo prostituyó así una vieja aspiración nacional, pero su propaganda convirtió la nacionalización de los ferrocarriles en símbolo de... la independencia económica[9].
El contenido y el estilo de la política económica peronista se sintetizó en los llamados Planes Quinquenales. Estos "planes" consistían, en esencia, en una recopilación de proyectos inconexos, reunidos con fines de propaganda más que de desarrollo económico y cuyo punto de partida era la propiedad privada capitalista, y la estructura de clases. que frena el desarrollo del país.
Las bondades de la llamada planificación peronista pueden juzgarse por sus resultados.
Hasta 1955 el producto por habitante permanece estancado al nivel de 1948 y otro tanto ocurre con el volumen de la producción industrial per cápita, y con la acumulación de capital por habitante (CGE, 22 y CEPAL, 20).
Ocaso de Gran Bretaña e Ingreso de la Argentina en el Sistema Panamericano
Perón llegó al gobierno como enemigo de Estados Unidos. Pero en 1946 la situación internacional del país no era la misma que en 1943. El imperialismo inglés había sufrido un debilitamiento general en todo el mundo, y también en la Argentina. Cada vez estaba menos en condiciones de satisfacer las necesidades financieras y comerciales del capitalismo argentino, que como Pinedo lo había previsto en 1940 necesitaba de Estados Unidos, y tanto más cuando mayor era el peso de la industria.
En 1947, en Río de Janeiro, el peronismo abandona la vieja tradición diplomática nacional y firma un tratado por el cual la Argentina se comprometía a acatar las decisiones políticas, incluida la declaración de guerra, emanadas de un súper-estado panamericano controlado por Estados Unidos (el texto del tratado en DSCDN, junio 28, 1950). Frente al sistema panamericano controlado por Estados Unidos la política tradicional de las anglófilas clases dominantes argentinas, puesta en práctica por los gobiernos conservadores tanto como por los gobiernos radicales, había oscilado entre el aislamiento y el rechazo activo. Con el gobierno peronista se
inaugura una política que oscila —según las posibilidades ofrecidas por la situación internacional y por los déficit de la economía argentina— entre el acatamiento pleno de las exigencias norteamericanas y las maniobras dilatorias tendientes a retrasar la hora de cumplir los compromisos más gravosos, y a conservar algún margen de maniobra dentro de la situación de dependencia.
Existía conciencia hecha de que, aun cuando la Argentina formaba oficialmente parte del sistema panamericano, en esta participación había mucho de convencional. Con todo, fue bajo el gobierno de Perón que la Argentina dio los pasos más largos y más decisivos para someterse al sistema panamericano. Ahora bien: "No hay compatibilidad posible entre el panamericanismo oficial y los intereses vitales de la Nación Argentina" (Amadeo, Convivencia, 70).
Mientras ingresaba a regañadientes en el sistema panamericano, el gobierno peronista suscribía con Inglaterra convenios bilaterales que descapitalizaban crecientemente al país y perjudicaban la competencia norteamericana en el mercado argentino.
En tanto duraron las reservas de oro y dólares y se mantuvieron los buenos precios para las exportaciones argentinas, fue posible prescindir de Estados Unidos. Mas, ya en 1950, agotados los dólares, el gobierno suscribe con el Export Import Bank de Washington un empréstito de 125 millones de dólares, el primer empréstito que solicitaba la Argentina después de más de 10 años.
Las condiciones explícitas del empréstito eran más onerosas que las de los viejos empréstitos. Las condiciones no expresas eran varias: entre otras, significaron eximir del impuesto a las ventas, con carácter retroactivo, a las compañías petroleras norteamericanas operantes en la Argentina. Con todo, la guerra de Corea trajo, ese mismo año de 1950, una mejoría en la balanza de pagos y en la situación económica; se aflojó la urgencia de dólares y las relaciones con los Estados Unidos continuaron frías. Pero desde 1952 el valor de las exportaciones desciende, y los términos del intercambio se deterioran incesantemente; el mercado interno se contrae, disminuye la producción industrial, aumentan las quiebras y se insinúa la desocupación obrera. Un economista vinculado al gobierno declara que el país necesita capital extranjero por valor de 4.000 a 5.000 millones de pesos (suma superior al ingreso nacional en 1952). The Economist informa "Existen indicios de otro cambio en la política económica de Perón —un creciente reconocimiento de la urgente necesidad de nuevas inversiones extranjeras—. Hay razones para suponer una relación entre, esto y la calurosa recepción que ha recibido en Buenos Aires la victoria de Eisenhower. Del propio Perón proviene la manifestación de que la victoria republicana puede marcar un nuevo capítulo en las relaciones argentino-norteamericanas. Parece que Perón está aprovechando la elección para colocar sobre bases más amistosas las relaciones con los Estados Unidos" (Ecónomo Review of Argentina, noviembre 4, 1952).
Poco después de la misión Eisenhower, que inspeccionó la América latina en 1953, Perón escribía: "Hace pocos días, un americano ilustre, el doctor Millón Eisenhower, llegaba a nuestro país en representación de su hermano, el presidente de los Estados Unidos. Su misión era, simplemente, de acercamiento amistoso. El gran país del Norte tomaba la iniciativa para estrechar relaciones con sus hermanos del Sur y suavizar asperezas. La elección del enviado, sus palabras y actitudes demuestran el acierto de su elección y el talento del que lo eligió. Fue un amigo sincero y leal. El gobierno y el pueblo argentino lo recibieron y lo agasajaron como imponían su representación, sus cualidades y calidades. El doctor Milton Eisenhower tuvo la virtud de disiparlo todo. Una nueva era se inicia en la amistad de nuestros gobiernos, de nuestros países y de nuestros pueblos" (Democracia, julio 30, 1953).
En 1953 se sanciona una Ley de Inversiones Extranjeras que asegura trato excepcionalmente favorable al capital internacional. Se obtiene un empréstito norteamericano de 60 millones de dólares para construir una planta siderúrgica, se entrega al capital internacional la industria automotriz y se confía a la Standard Oil de California el desarrollo de la producción petrolera, estancada como toda la economía argentina.
Apogeo del Bonapartismo
Pero mientras la evolución molecular de la estructura económica erosionaba los fundamentos del alegre carnaval denominado "revolución nacional", el peronismo se afianzaba en el poder y crecía su apoyo de masas. Entre 1945 y 1951 la población aumentó un 14 por ciento, el producto per cá-pita en 11 por ciento y los medios de pago en 127 por ciento. Pero los votos peronistas aumentaron aún en mayor medida que el circulante. Pasaron de 1.400.000, en febrero de 194G, a 4.700.000 en noviembre de 1951; la ventaja peronista sobre la oposición creció de 260.000 votos en 1946 a 2.300.000 en 1951.
Hasta 1949, la clase obrera fabril siguió recibiendo mejoras, aumentando su participación en la renta nacional —a expendas, bien entendido, no de la burguesía industrial sino de los sectores de ingresos fijos, de la pequeña burguesía rentista y de los chacareros y los obreros rurales (CEPAL, América latina, 13).
El proletariado y el ejército continuaron apoyando firmemente al peronismo, y sobre esa sólida base el gobierno pudo construir —sin chocar contra la mayoría del pueblo y ante su indiferencia—, un aparato semi-totalitario de captación y de represión. Todas las fuerzas políticas que lo apoyaron quedan bajo el control personal de Perón. La prensa y la radio son monopolios del gobierno; se liquida la prensa opositora, tolerándose sólo un diario tradicional de la burguesía argentina, La Nación, que hace prodigios de equilibrio para conciliar su aparición con las críticas veladas al gobierno. La oposición —de izquierda, centro y derecha— es perseguida en todas las formas; se suprimen una tras otra las libertades democráticas y se crea una- formidable legislación represiva que permite encarcelar a cualquiera por cualquier motivo que el gobierno invoque y también sin ningún motivo (DSCDN, agosto 25, setiembre 7 y 8, 1950, y setiembre 29 y 30, 1952).
Desde 1951 rige el "Estado de Guerra Interno", que da carácter legal a la suspensión de todas las garantías constitucionales. Se modifica la ley electoral, reduciendo a un mínimo la representación parlamentaria de la oposición (DS CDN. julio 5 y 6, 1951). Las fuerzas represivas reciben continuos privilegios y mejoras.
Apenas asume la presidencia, Perón otorga al Ejército aumentos de sueldos por 70 millones de pesos. (Esta suma alcanzaba para comprar todas las usinas eléctricas, o para comprar los frigoríficos, o para construir 400.000 viviendas. o para servir cómodamente un empréstito de 2.000 millones, suficiente para construir dos grandes represas aptas para satisfacer toda la demanda de energía eléctrica.) (DSCDN, octubre 25, 1946.) El 50 % del presupuesto nacional se destina a gastos militares y policiales. Todo este proceso se inicia en 1946 y culmina en 1951, rigiendo desde entonces sin variantes hasta junio de 1955.
Y eso no es todo. La propaganda totalitaria todo lo envuelve y lo estrangula. Al lado de cada árbol plantado en cualquier plaza, junto a todo baño público recién pintado, una cartelera gigante recuerda que "Perón cumple". El rostro de Perón es el obligado primer plano, plano medio y plano alejado de todo noticioso cinematográfico. Minuto a minuto, los locutores deportivos martillan el éter recordando que "Perón apoya al deporte". Y cuando los locutores terminan, el campeón de box, o el de automovilismo, o el forward más goleador, se acercan fatigados al micrófono para dedicar a Perón sus triunfos, sus récord o sus goles. Además, los escolares aprenden a leer en libros que llevan textos eminentemente pedagógicos, como "Viva Perón. Perón es un buen gobernante. Manda y ordena con firmeza. ¡Viva el líder! ¡Viva la bandera argentina! El líder nos ama a todos. ¡Viva el líder! ¡Viva la bandera argentina! ¡Viva el general Perón!" (Alelí, libro de lectura para la escuela primaria, editado por Angel Estrada y Cía).
Para congestionar el cerebro de las masas, se crea una impostura "ideológica" sincrética y desprovista de sentido, llamada Doctrina Nacional o Justicialismo, compuesta con toda clase de remiendos tomistas, musolinianos o falangistas. y otros igualmente reaccionarios pero sin prosapia alguna, coronando el todo una monumental apoteosis al lugar común. Su nota más característica es una pretendida tercera posición internacional, equidistante del comunismo y el capitalismo, que bien entendido no impide que en todas las cuestiones esenciales entre el imperialismo y la URSS o China y la revolución mundial, la posición adoptada por el gobierno argentino sea de solidaridad con el imperialismo. (La Argentina fue la primera nación que en la UN votó porque se declarase agresora a China comunista-; la Argentina no movió un dedo en favor de Guatemala invadida por los mercenarios de la United Fruit Company, y se apresuró a reconocer al gobierno cipayo de Castillo Armas-Foster Dulles, etc.). El verbalismo absurdo de la propaganda totalitaria, la superchería "ideológica" del justicialismo y el culto sabiamente orquestado de Perón, el Líder, el Conductor, crean en él país "una atmósfera irritante de violación mental" (Mende, 155).
A fin de aumentar el caudal electoral peronista se otorga el voto a la mujer, mas para compensar esta progresiva medida democrática se perpetúa la enseñanza religiosa y todas las variantes del pensamiento reaccionario son colocadas al frente de la vida cultural. Se elimina en la escuela primaria la coeducación de los sexos, y en las universidades se destruyen los laboratorios de psicología experimental, ventajosamente sustituidos por Santo Tomás.

Se Acentúa la Estatización del Movimiento Obrero

Paralelamente, a través de la CGT y con la colaboración del aparato policial, Perón acentúa y refuerza la estatización del movimiento obrero y la transformación de la burocracia sindical en un estrato relativamente privilegiado de funcionarios estatales. En noviembre de 1946, de los noventa y nueve integrantes del Consejo General de la CGT, por lo menos trece tienen algún puesto gubernamental, ocupan una banca en el Congreso o provienen de sindicatos que están subsidiados o directamente intervenidos por el Estado. Sin embargo, esta situación permite que estén al frente de la CGT, un Luis Gay, organizador del gremio telefónico y dirigente del partido Laborista, quien se considera un aliado servicial pero no un títere de Perón» un colaborador pero no un empleado del Estado peronista. En consecuencia, un día de enero de 1947, el presidente de la República llama a los dirigentes de la CGT a la Casa de Gobierno y les ordena que Luis Gay sea destituido. La orden es acatada. Gay es destituido y reemplazado por un Aurelio Hernández, ex comunista carente de toda representatividad, quien a su turno queda despedido y es reemplazado por un José Espejo, sujeto sin ninguna experiencia sindical previa pero destacado personaje en la corte de mandaderos de Eva Perón.
Mediante sucesivas intervenciones la CGT liquida todos los intentos de los trabajadores peronistas de manejar sus sindicatos por su cuenta, independientemente de la Presidencia de la Nación. A mediados de 1946 es intervenida la Unión Obrera Metalúrgica; en enero de 1947, la Federación de los Telefónicos; luego la Federación Bancaria, después la Federación Gráfica Bonaerense, más tarde la FOTIA, la Unión Ferroviaria... Uno de los focos de mayor resistencia contra la completa estatización —doblemente significativo por tratarse de un foco intensamente peronista— es la Federación Obrera de la Carne, caracterizada por una actitud militante contra la patronal. En 1950, la CGT trata de dividirla formando una "Junta Intersindical de la Carne", que no logra afiliados. En consecuencia, la CGT interviene a la Federación de la Carne... pese a que la Federación no está afiliada a la CGT.

Una Constitución Peronista

En 1949 se reforma la Constitución Nacional, a fin de dar fundamento institucional a las necesidades del poder peronista, entre otras la reelección de Perón. Cada artículo de esta Constitución contiene su propia antitesis. En la frase general la proclamación de un derecho, en el comentario su anulación, en la práctica su desmentido. Así, por ejemplo, "El Estado no reconoce libertad para atentar contra la libertad"; norma que se entiende "sin perjuicio del derecho de expresión del pensamiento", que está, a su vez, "sometido únicamente a los preceptos de la ley" —que lo hacen imposible—. Se reconoce el "Derecho al Trabajo", pero eso no impide que las empresas despidan obreros en masa. La Constitución peronista no reconoce el derecho de huelga, pues "darlo sería como poner en los reglamentos militares el derecho de rebelión armada", según el informante peronista ante la asamblea constituyente. Otro convencional peronista agregó: "Como dirigente obrero debo exponer por qué razón la causa peroniana no quiere el derecho de huelga. Si deseamos que en el futuro esta nación sea socialmente justa, deben estar de acuerdo conmigo los señores convencionales en que no podemos, después de enunciar ese propósito, hablar a renglón seguido del derecho de huelga que trae la anarquía y que significaría dudar de que en adelante el país será socialmente justo". Provenientes de un alto dirigente de la CGT, estas palabras comunican con suma transparencia el estilo de la constitución peronista y la naturaleza de los dirigentes cegetistas.
Por otra parte, la Constitución de 1949 toma de la Constitución mexicana de 1917 el famoso artículo por el cual "los minerales, las caídas de agua los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de las vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la nación". Teóricamente, esto significa, según el miembro informante peronista, la creación del monopolio estatal sobre el petróleo, ya que se convierte a los yacimientos petroleros en bienes públicos que no pueden ser concedidos a particulares para su explotación. En la práctica, el gobierno peronista no hace el menor caso de este precepto constitucional y confía a los trusts petroleros internacionales el desarrollo de la industria petrolera argentina (DS Convención Constituyente, 164, 209, 281. 486)-
El Bonapartismo Semi-totalitario y la Clase Obrera
El semi-totalitarismo peronista, la paulatina liquidación de las libertades democráticas, actuaba no sólo contra la oposición burguesa y pro norteamericana sino también, aunque de modo mucho más sutil y eficaz, contra las masas trabajadoras que eran la base del peronismo. La liquidación del partido Laborista constituye una manifestación dramática de este último aspecto del régimen peronista.
En marzo de 1946, apenas ganadas las elecciones, Perón anuncia su intención de disolver al partido Laborista e integrarlo en un "Partido Único de la Revolución". De inmediato, los dirigentes laboristas se oponen, encabezados por Cipriano Reyes. Perón resiste por unos meses, pero poco después de asumir el poder ordena por radio la disolución del partido Laborista y de la Junta Renovadora de la UCR, y su fusión en el "Partido Único", que a poco andar pasaría a llamarse, simplemente, partido Peronista.
Pero el partido Laborista detenta una amplia mayoría dentro de los bloques parlamentarios peronistas. Reyes decide resistir. Convoca a una convención del partido, a la cual asisten prácticamente los mismos delegados que lo habían fundado un año antes, y allí se resuelve desafiar a Perón. Perón responde con represión y soborno y uno a uno todos los dirigentes laboristas capitulan. Sólo 12 parlamentarios laboristas permanecen junto a Reyes. Gay, presidente del partido, lo abandona también —lo cual no impide que al poco tiempo Perón lo elimine de la CGT y de su propio sindicato—. Desde mediados de 1946, Reyes sufre por lo menos seis atentados y para las elecciones de 1948 el gobierno retira la personería al partido Laborista, eliminándolo formalmente de la escena política. Por fin, a mediados de 1948, Perón liquida definitivamente al héroe del 17 de octubre, anunciando al país el descubrimiento de un supuesto complot entre Reyes y otros dirigentes laboristas, destinado a... asesinar a Perón y a Eva Perón.
La CGT declara el correspondiente paro de 24 horas, las masas trabajadoras son convocadas a la Plaza de Mayo, donde Perón se compara a Sandino y denuncia a Reyes como agente del imperialismo norteamericano. Las masas ovacionan a Perón y celebran alegremente la destrucción del primer intento de organización política autónoma del nuevo proletariado argentino. Bajo el peronismo, dentro del peronismo, no había lugar para un partido obrero peronista, es decir, para dirigentes obreros de ideología burguesa, colaboradores del Estado pero respaldados, ante todo, en las organizaciones sindicales. El peronismo sólo tenía lugar para dirigentes obreros convertidos en funcionarios del Estado.
El bonapartismo peronista tendía al totalitarismo, pero no llegaba a serlo. Era un semi-totalitarismo. Perón centralizó fuertemente el poder en sus manos, eliminó a los competidores políticos, los sometió a un control severo y los redujo a una mínima expresión mediante el uso intensivo del aparato represivo. Pero no los eliminó completamente de la escena política. La vida política fue encerrada bajo una especie de campana neumática, puesta bajo llave mediante el control policial, y sus manifestaciones fueron debilitadas y ahogadas con mayor o menor intensidad. La oposición estuvo controlada y sojuzgada por los órganos del poder estatal, pero existió, sin embargo, y pudo actuar. Al lado del estado peronista, al lado del grupo que detentaba el monopolio del poder y de la administración, existían los elementos de una sociedad local.
Pese a sus intentos en tal sentido, el peronismo estuvo inmensamente lejos de alcanzar la estructura totalitaria, que hace desaparecer la oposición entre el Estado y la sociedad y realiza el ideal de un gobierno que no conoce ninguna limitación. Bajo un régimen totalitario. la administración del Estado se convierte en una sucursal del partido único, y a través de sus ramificaciones el partido penetra en la sociedad hasta sus núcleos más periféricos y menos importantes.
Bajo el bonapartismo peronista, en cambio, el centro de gravedad del poder continué siendo el aparato estatal. Este aparato hacía sentir pesadamente su autoridad sobre toda la población, pero, a diferencia de lo que ocurre en un régimen totalitario, la población no fue regimentada políticamente y sometida autoritariamente a una disciplina política. El bonapartismo peronista intentó algunos pasos en esta dirección, pero estuvo muy lejos de encuadrar al país en un molde totalitario.
Y todo eso lo hace el peronismo sin perder en ningún momento su carácter de gobierno bonapartista, que se apoya en la clase obrera y en las fuerzas del orden para imponerse a la burguesía y resistir a los Estados Unidos. Todos los 1º de Mayo y 17 de Octubre —declarado este día fiesta nacional— se paralizan por completo todas las actividades en todo el país y las masas son convocadas y conducidas a la Plaza de Mayo a vitorear a Perón y dar mueras a los partidos opositores, demostrando así a la burguesía argentina y a Washington que las masas están con Perón. Más aún. después de 1946, el bonapartismo peronista produce su fruto más pintoresco con el encumbramiento de Eva Duarte de Perón.
El Bonapartismo con Faldas
Artista de radioteatro y cine, poco cotizada y muy de segundo plano, vinculada a militares de alta graduación, en 1943 Eva Duarte se ganaba la vida como podía, con su escaso arte, su mucha belleza y su desbordante audacia. En 1947, era la primera dama de la nación. "Abanderada de los humildes", sus bienes personales —entre joyas, modelos parisinos, acciones y depósitos en bancos extranjeros— sumaban cuantiosos millones de pesos, y se la recibía en las cortes y gobiernos de Europa —sin excluir a la corte papal, que llenó de condecoraciones y bendiciones a esta moderna Magdalena.
En 1952, cuando murió, el país se paralizó durante una semana y se agotaron las flores.
Impresionantes multitudes desfilaron ante su ataúd llorando sinceramente, y las Fuerzas Armadas le rindieron honores excepcionales. Se construía un gigantesco monumento a su memoria, y hasta el 16 de setiembre de 1955, todos los días a las 20.25, una voz recordaba por todas las radioemisoras del país que a esa hora "Eva Perón entró en la inmortalidad". En las escuelas los niños abren el libro de lectura y leen: "Evita. Evita ama a los nenes. Los nenes y las nenas aman a Eva. ¡Viva Evita! ¡Viva! ¡Viva!".
La explicación de esta increíble parábola humana se halla en los barrios proletarios de la República, en las necesidades, ansiedades y fantasías de la gente pobre, de las mujeres trabajadoras, el sector más oprimido de su clase, de los sectores humillados hora tras hora en su contacto con las clases superiores (sirvientas, porteras y porteros de casas de departamentos...). Eva Duarte se apoya en la clase obrera, especialmente en las mujeres trabajadoras.
Perón delegó en ella la dirección de la política sindical, y toda concesión que recibía la clase obrera era "otorgada por Perón gracias a la buena voluntad de Evita". Descontando salarios a todos los trabajadores, imponiendo contribuciones forzosas a toda la burguesía, edificó una Fundación que llevaba su nombre, desde donde distribuía caridad a los cuatro puntos cardinales, ganando el corazón de los "desamparados". Jamás nadie había especulado más simplemente sobre la simpleza de las masas.
Sin la proletarización de grandes masas provenientes del Interior, sin la extinción del empuje combatiente del proletariado y el progresivo anquilosamiento de sus organizaciones, que culmina hacia 1942, el peronismo no hubiera sido posible. Menos aún Evita. Recién después de haber sido abandonadas y defraudadas mil veces por sus direcciones socialistas y estalinistas, tan solo entonces estuvieron las masas trabajadoras argentinas, en particular sus sectores más oprimidos, maduras para idealizar a esta "abanderada de los humildes" que vestía modelos de Christian Dior y lucía la orden franquista de Isabel la Católica.
Perfeccionando su astucia innata, su azarosa vida personal le había enseñado a Evita a manejar a los hombres. Hizo y deshizo ministros y dirigentes sindicales, diputados y gobernadores, y también generales. Su oratoria histérica se exaltaba vociferando contra la oligarquía, contra los ricos, en favor de los desheredados. En -los mítines y en su despacho, donde trabajaba incesantemente hasta el amanecer, vestía trajes de modesta empleada; en las recepciones lucía modelos made in París y joyas millonarias. La burguesía argentina odiaba intensamente a esta plebeya advenediza que se encumbraba despotricando contra ella, y ofreciéndola al odio de la chusma.
¿Qué podían hacer las damas aristocráticas para obligar a sus sirvientas a guardar las distancias, si la poderosa esposa del presidente predicaba con el ejemplo que era patriótico insultar a los patrones? Un periodista francés que visitó la Argentina en 1951 ha dejado un testimonio extremadamente fiel de la rabia impotente que alimentaba la burguesía argentina contra Evita, esa mujerzuela, esa hija de una dueña de prostíbulo, esa... (Mende, 113).
Pero Evita realizó plenamente su vendetta. Actriz fracasada, hizo de la sociedad argentina su escenario triunfal, y murió creyendo que su comedia personal era la historia argentina. Resentida social, explotada primero, despreciada luego por la burguesía, se dio el lujo de abofetearla en la cara. Las damas oligárquicas la boicotearon, negándose a concurrir a las veladas de gala donde Eva Duarte se presentaba. Eva Duarte envió las invitaciones a los burócratas sindicales.
La intelectualidad se mofaba de ella. Eva Duarte —que no sabía construir correctamente una frase en castellano— escribió un libro que sirvió de texto obligatorio para la enseñanza del lenguaje. Y los profesores tuvieron que aplicarse a la imposible tarea de dar conferencias sobre el contenido de un libro carente de todo contenido.
Con sus familiares y favoritos, Evita construyó una burguesía burocrática y nepotista, surgida de la nada y enriquecida fabulosamente en un tiempo fabulosamente corto con toda clase de negociados y especulaciones. La burguesía argentina y su pequeña burguesía agotaron lo más exquisito de su ingenio en chismes y chistes pornográficos acerca de Eva Duarte. Tenían razón para odiarla, puesto que Evita era la encarnación monstruosa de la debilidad de las clases dominantes frente a una pandilla de aventureros respaldados e idolatrados por las masas trabajadoras, y diestros para explotar en su beneficio los mecanismos de poder de la sociedad capitalista.
El ala plebeya del bonapartismo, encarnada en Evita, no tardó en irritar al ala tradicional, represen-tada por el Ejército. Los generales, vinculados a las clases dominantes por origen familiar o identificación psicológica, no podían sufrir pasivamente que "esa mujer" tuviera más influencia en las cosas del Estado que todas las jerarquías cuarteleras.
Ya en 1948 el ejército reclamó que Evita abandonara su actividad política, y durante varias semanas Evita restringió sus apariciones en público. Luego, en febrero de 1949, al intentar Evita visitar Campo de Mayo, fue rechazada sin contemplaciones por la guardia. Y aunque poco después, al cabo de diversos forcejeos, Perón y Eva Perón fueron agasajados por la guarnición de Campo de Mayo en un banquete formal, el antagonismo básico permaneció en pie. Cuando en 1951 la CGT proclamó para las elecciones de ese año la fórmula presidencial "Perón-Eva Perón", las cosas rebalsaron la medida, y el Ejército se cuadró para poner las cosas en su lugar. Evita debió renunciar a ser vicepresidenta de la Nación, y al año siguiente moría. Las Fuerzas Armadas le rindieron honores excepcionales, guardaron luto y montaron guardia junto a su ataúd. Algunos de los marinos que sufrieron semejante "afrenta", calmaron su odio tres años más tarde, ametrallando en la Plaza de Mayo al pueblo trabajador en quien Evita se había respaldado.

La CGT Contra la Clase Obrera

Después del fracaso electoral, la Unión Democrática se desintegró, y la oposición más poderosa quedó constituida por la UCR, en tanto que las primeras semillas del golpe de estado anti-peronista germinaban dificultosamente en las Fuerzas Armadas ya desde 1946. En todas las elecciones posteriores a 1946, el peronismo tapó con votos a la oposición, y la persecución a que ésta fue sometida no interesó a la mayoría de la población. Sin embargo, aunque el peronismo siguió obteniendo amplias mayorías, aunque la oposición no ganara terreno, existe desde 1949 una corriente molecular de desperonización que afecta incluso a la clase obrera, principal respaldo del peronismo.
A partir de ese año —con pasajera interrupción en 1950—, se inicia el descenso en los precios de las exportaciones, las reservas de divisas se agotan, y sólo se mantiene el equilibrio de la balanza comercial merced a una franciscana política de importaciones que priva al país de los medios de producción más necesarios. Termina entonces el período de superganancias, que el capitalismo argentino disfruta desde 1940. Comienza el ciclo opuesto. El gobierno permite incesantes aumentos de precios, pero intenta congelar los salarios. Lentamente la participación de la clase obrera en la renta nacional disminuye, el salario real se contrae y los obreros palpan una disminución en su nivel de vida (CGE, Informe, 185 [10]).
Los obreros van experimentando, aunque tardan en tomar conciencia de ello, que su enemigo en las fábricas no es sólo la patronal, sino la propia CGT. El complejo contenido del proceso de desperonización surge entre otras cosas, del complejo carácter que el peronismo tiene ante los ojos obreros. Para los obreros, en el centro del peronismo se halla Perón, las mejoras que otorgó, su demagogia antiyanqui y anticapitalista. Alrededor de Perón está la CGT, la Secretaría de Trabajo, con sus burocracias auxiliadas por la Policía Federal, y rentadas por el Estado, que aplastan a los obreros dondequiera que éstos se disponen a enfrentar, por su cuenta, a la burguesía.
El proletariado detesta a la burocracia de la CGT y lucha contra ella todos los días (al menos en esa forma primitiva de lucha que es el desprecio y la indiferencia), y sus luchas económicas, se convierten en movimientos que tienden a colocarse al margen de la CGT. En estos choques la confianza del proletariado en el gobierno va aflojando, pero aún cree en Perón. Y éste aprovecha la situación para aparecer como el fiel amigo de los obreros, que siempre está con ellos. Ante cualquier movimiento huelguístico de envergadura, Perón, luego de destruir al movimiento y aplastar a su dirección, hace alguna concesión económica y hasta voltea a algún cabeza de turco cegetista particularmente desprestigiado y odiado por los obreros.
El Peronismo Intenta Adecuarse a las Necesidades del Capitalis-mo Argentino y de Estados Unidos
Pero la desperonización de la clase obrera, su creciente antagonismo con la CGT, no tienen nada que ver con el anti-peronismo y el odio a la CGT que alimenta la burguesía. Esta continúa firme en su anti-peronismo, como en 1945, pero sus métodos de combate varían, y pasa a combinar la preparación permanente del golpe de Estado con una política envolvente, orientada a bloquear al gobierno, y copar desde adentro su conducción económica. El empeoramiento de la situación económica requiere un frente único de todos los sectores capitalistas con el gobierno, para poner en vereda a la clase obrera, y por ello, en 1953, Pinedo dirige una carta pública al gobierno planteando la urgencia de una conciliación entre peronismo y oposición para salvar la economía del país —es decir, las ganancias del capital— y preservar el orden, evitando las luchas sociales y creando un clima atractivo para los inversores extranjeros. En el mismo año se crea la Confederación General Económica, poderoso organismo gremial que agrupa a toda la burguesía argentina y de inmediato obtiene una participación indirecta pero eficaz en el gobierno[11]. Al reorganizarse el elenco ministerial, se organiza un gabinete íntimo de Perón, en el cual se halla el ministro de Asuntos Económicos Gómez Morales, que "ha presidido muchas modificaciones, discretas pero firmes, en la anterior política del régimen de aplacar a cualquier costo el movimiento obrero. A través de él, la nueva federación patronal, oficialmente apoyada, se halla representada en el gabinete íntimo; la otrora todopoderosa CGT no lo está".
Hacia la misma época, un destacado capitalista y dirigente empresario argentino declaró ante una asamblea del gran capital latinoamericano: "una profunda transformación se está operando en nuestro país. Se reconoce a la empresa privada y se confía en el hombre de empresa. Los bienes que alguna vez fueron nacionalizados se están devolviendo unos tras otros a las entidades privadas. Se nos invita a participar en la dirección de las organizaciones estatales. Y todo ello con absoluta libertad de opinión y total independencia política. Sin embargo, éstos son sólo los primeros pasos. Piensa nuestro gobierno aflojar paulatinamente los resortes burocráticos y dar a las actividades privadas no solamente el rol de su propia existencia, sino, además —y de eso ya tenemos signos inequívocos—, hacer desaparecer su intervención en nuestras actividades" [12].
Cuando el gobierno peronista entra en su último año de vida es notorio que "La influencia de la CGE está creciendo. Un reciente decreto le asegura un ingreso anual de 140 millones de pesos. La CGE será involucrada en las actividades gubernativas, según manifestación textual del presidente de la República" (Quaterly Report, marzo 1955). Entre tanto, la prensa económica internacional informa: "Los norteamericanos están ganando en favor, y las recientes misiones económicas han sido cordialmente recibidas" (ídem, noviembre 1954), pues "se admite que para aceitar los engranajes más resentidos de su economía el país necesita 200 millones de dólares anuales durante un periodo de varios años" (US News and World Report, agosto 12, 1955). Una misión enviada por la CGE a Estados Unidos recomienda a su retorno diversas franquicias cambiarías para los inversores norteamericanos, y el gobierno las pone en práctica rápidamente. La misma misión recomienda una política petrolera sumamente liberal en sus concesiones a las compañías petroleras internacionales (Quaterly Report, marzo 1955). Además, la CGE propone que se deje a cargo del capital privado —extranjero— el desarrollo de la producción de energía eléctrica (CGE, Informe, 113). (Las necesidades de divisas son cuantiosas, pero la posibilidad de acumularlas mediante las exportaciones se alejan cada vez más. En 1954 caen los precios de casi todas las exportaciones del país. La exportación de cereales duplica en volumen a la del año anterior, pero su valor es apenas mayor; el volumen de la exportación de carne crece 10 %, pero su valor se reduce 2 %.)
A comienzos de 1954, en ocasión de renovarse los convenios colectivos de trabajo, los salarios son aumentados imperceptiblemente, en tanto que se legaliza el aumento irrestricto de los precios. Por primera vez desde su aparición en 1943, Perón no anuncia aumentos de salarios, declarándose neutral durante las negociaciones entre la CGT y la CGE. Sus órdenes, sin embargo, imponen moderación a la CGT y la aceptación de la mayor parte de las exigencias patronales, aunque no todas. Para presionar a la patronal algunos sindicatos declaran paros parciales, pero pese a sus inmensos recursos la CGT no apoya a las huelgas, saboteándolas de hecho. Cuando la clase obrera —especialmente el gremio metalúrgico— realiza por su cuenta algunos paros efectivos, la CGT actúa de rompehuelgas.
Paralelamente, a partir de 1954 se inicia una fuerte ofensiva patronal sobre la clase obrera para aumentar la intensidad del trabajo y restablecer la disciplina en las fábricas, disminuyendo las prerrogativas sindicales. Las empresas comienzan a, desconocer sistemáticamente las leyes que protegen al obrero, y el Estado se muestra cada vez más inclinado a dictaminar en favor de la patronal en todos los conflictos colectivos o individuales con los obreros De tal modo el peronismo, que había surgido en 1945 apoyándose en la clase obrera contra la burguesía nacional y el imperialismo norteamericano, diez años después tendía aceleradamente a adecuarse a las necesidades y exigencias de sus enemigos.

Raíces internacionales y Nacionales de un Golpe de Estado Anti-peronista

Pero no tanto ni tan rápidamente como lo querían Washington y la burguesía. Perón había hecho sustanciales concesiones al imperialismo, diplomáticas y económicas.
La penetración norteamericana avanzaba de tal modo que en setiembre de 1955 en lo que a dependencia respecto de Estados Unidos se refiere, la Argentina se parecía mucho más al resto de América latina que a la Argentina de 1940. El imperialismo inglés se había debilitado, y su peso específico en el país no era comparable al de la preguerra. Inglaterra seguía ocupando un sitio estratégico en el comercio exterior argentino, pero su capacidad como inversor de capital era muy inferior a las necesidades del capitalismo argentino.
Y, sin embargo, aunque menos intenso el contraste, todavía eran correctos en 1955 los tonos con que un vocero norteamericano describía en 1942 la situación de América latina: "La posición económica de Estados Unidos es más fuerte en la parte norte del continente y se debilita a medida que avanza hacia el sur hasta que alcanza su punto más débil en la Argentina, donde en tiempos normales Estados Unidos vende mucho más de lo que compra. No es mera coincidencia que la Argentina sea el punto más frágil y más peligroso en toda la política latinoamericana de Estados Unidos, incluyendo la defensa hemisférica" (White, 290).
Es que aún no están dadas las condiciones económicas para que la Argentina "encaje" plenamente como semi-colonia norteamericana. La industria ha crecido mucho, y con ella la influencia del capital norteamericano. Pero la estructura económica argentina sigue siendo predominantemente agropecuaria: el 97 % de los valores exportados corresponde a productos agrarios naturales (granos, por ejemplo) o con transformaciones industriales simples (carne, cueros, etc.). Esas exportaciones son fundamentalmente competitivas con la producción similar norteamericana, y la competencia lejos de disminuir se ha acrecentado.
Si antes de la guerra se limitaba a la carne y la lana y tenía lugar sólo dentro del mercado estadounidense, ahora se ha extendido a los cereales y su escenario es el mercado mundial, con consecuencias desastrosas para la Argentina.
Desde 1945-46 Estados Unidos es el primer exportador mundial de trigo y harina, aumentando sus exportaciones en 1952 ocho veces con respecto a la preguerra. Sus excedentes almacenados —más de 27 millones de toneladas— por simple acción de presencia deprimen los precios en el mercado mundial. De modo que aun esforzándose para complacer a Washington el gobierno peronista no podía dejar de señalar —cuando se enteraba del propósito norteamericano de colocar sus excedentes en mercados tradicionalmente argentinos— que "frente a este grave problema cabe repetir que es una perturbación creada exclusivamente por la voluntad de los Estados Unidos.
Los excedentes que se acumulan son el resultado de una política de subsidios en escala jamás aplicada por ningún país a su producción agropecuaria. Por lo demás, resulta inadmisible que en los Estados Unidos no se comprenda el daño tremendo que causa la destrucción de los mercados internacionales normales, particularmente en países como el nuestro, que tienen en las exportaciones de productos agropecuarios más del 90 por ciento de sus ingresos en divisas" (Democracia, agosto 20, 1955).
Por otra parte, el comercio exterior argentino se orienta principalmente hacia Inglaterra. En la década 1945-54 la Argentina exporta a Gran Bretaña y la zona de la libra por valor de 16.200 millones de pesos, e importa desde .allí 8.985 millones. A los Estados Unidos exporta 7.100 millones, importando 12.700; como la libra es inconvertible, el saldo favorable con Gran Bretaña no sirve para cubrir el déficit con los Estados Unidos, de modo que hay que reducir drásticamente las compras en Norteamérica.
Estas condiciones, propias de la estructura económica, constituyen un serio obstáculo para el avance norteamericano. El apoyo popular con que contaba el peronismo agregaba una dificultad adicional y particularmente irritante, pues sumado a las características de la economía argentina, y al respaldo británico, concedía a Perón una amplia posibilidad de maniobrar, perturbando continuadamente el viejo deseo monroísta de tener un apéndice continental rígidamente obediente desde el Rió Grande hasta el Cabo de Hornos. Resulta explicable entonces que la prensa norteamericana fuera profesionalmente anti-peronista y que el Departamento de Estado, por muchas concesiones que obtuviese de Perón, estuviera siempre bien dispuesto hacia cualquier movimiento burgués capaz de acabar con Perón. Washington no ignoraba que por su naturaleza necesariamente anti-popular, por su inevitable carencia de respaldo de masas, cualquier gobierno burgués anti-peronista sería infinitamente más débil que el peronismo para negociar con los Estados Unidos. Sin duda, los intereses imperialistas no podían en 1955 concederse el lujo de intervenir en la Argentina al estilo Braden, ni podían armar algunos cuantos bandidos para que repitiesen en el Río de la Plata la "operación Guatemala". Mas ello no invalidaba la necesidad que sentía Norteamérica de desembarazarse de Perón. Y aunque Washington declarase una y otra vez que no intervenía en la política argentina, la no intervención —ya lo dijo Tayllerand— es un concepto difícil: significa, aproximadamente, lo mismo que intervención. Todos los anti-peronistas burgueses conocían perfectamente que contaban con la tácita aprobación norteamericana, y si tenían alguna duda les Bastaba leer la prensa de ese origen.
En junio de 1954, Castillo Armas y sus bandoleros ocupan Guatemala. En agosto, tras una campaña de escándalo bien orquestada, los generales brasileños suicidan a Getulio Vargas, quien molesta al capital brasileño-norteamericano con proyectos de salario mínimo, introducidos "como criminal fermento de agitación en el seno de la masa trabajadora" —según declara el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas brasileñas— (Esto Es, agosto 23, 1955). Washington extendió dos reconocimientos diplomáticos y sendas "ayudas" económicas. Más de un antiperonista pensó, en Buenos Aires, que había llegado el momento de merecer el tercero.
Ciertamente, los aspirantes argentinos a Castillo Armas sabían que no sólo en Washington encontrarían apoyo. Si eran eficientes, las clases dominantes argentinas en masa los apoyarían, hartas como estaban —como lo estuvo siempre, desde 1944— de Perón y del peronismo, de la CGT y de Evita, viva o muerta, de la dictadura que no le permitía jaquear eficazmente al gobierno, del bonapartismo que sobresalta sus nervios y saqueaba su bolsa. Indudablemente, Perón sentía su vocación de garantizar el orden capitalista. "Yo estoy hecho en la disciplina. Hace treinta y cinco años que ejercito y hago ejercitar la disciplina." Pero la fuerza del orden burgués está en el burguesía. Perón se sabía, por lo tanto, representante de la burguesía, y gobernaba en tal sentido. Pero si era algo, era gracias a haber roto y a romper diariamente la fuerza política de la burguesía. Pero, al proteger su fuerza material, engendraba de nuevo su fuerza política. La tarea del peronismo consistía, entonces, en mantener viva la causa, pero suprimir el efecto allí donde aquella se manifestara. Pero esto no era posible sin una pequeña confusión de causa y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus características distintivas. Luego, Perón se reconocía frente a la burguesía como el representante de las masas trabajadoras, llamado a hacer felices dentro del orden capitalista a las clases inferiores del pueblo. Esto es propio del bonapartismo, y en el constante ir y venir de izquierda a derecha y viceversa, la acumulación del capital se resiente. Bien entendido, desde 1949, y particularmente a partir de 1952, la situación económica obliga al gobierno peronista a marchar continuadamente hacia la derecha, desandando el camino iniciado en 1944. Mas el peronismo no marchaba en este sentido con la celeridad requerida por la evolución —es decir, por el estancamiento— del capitalismo argentino[13]. Desde el punto de vista de la evolución capitalista del país había, pues, sobradas razones para que las clases dominantes en su conjunto contemplaran como una necesidad el derrocamiento de Perón. Perspectiva esta que, además, presentaba la ventaja para la burguesía, los industriales en especial, de eliminar una fuente de fricción con los Estados Unidos y facilitar los acuerdos con la nueva metrópoli, que si a Perón le prestaba equis millones de dólares era seguro que a un gobierno más manejable le suministraría equis por dos.
Por lo demás, desde 1944 el bonapartismo peronista había diseminado e infectado profundas e irreparables heridas políticas y sociales en el seno de las clases dominantes y de amplios sectores de la clase media. Por completa que fuera la conversión del peronismo a una política económica ortodoxamente conservadora, libre empresista y anti-obrera, densos núcleos de las clases dominantes habrían de conservar intacta una pasión política anti-peronista que sólo podría satisfacerse con el derrocamiento de Perón.
Una cosa era, sin embargo, la aspiración de las clases dominantes de deshacerse de Perón —coincidente, por lo demás, con las aspiraciones de Norteamérica y del capital financiero internacional— y otra su capacidad para realizar semejante tarea, pues el peronismo había debilitado considerablemente a los aparatos políticos opositores. La suprema esperanza de la oposición residía en las Fuerzas Armadas. Pero la mayor parte de los oficiales de las tres armas, bien cebados, colmados de privilegios y seguidos de cerca por la policía, eran fíeles a Perón —al menos mientras no hubiera una fuerza política que lo amenazara seriamente—. Con todo, la oposición no se hallaba enteramente desamparada. Trabajaban para ella el progresivo deterioro de la estructura económica y la torpeza del aparato totalitario que golpeaba e irritaba ciegamente a izquierda y derecha, empantanado en la charca de su corrupción y de la creciente decadencia personal de Perón. Pronto el anti-peronismo golpista encontraría un eficacísimo instrumento político, surgido inesperadamente del ala derecha del bonapartismo.

La Iglesia Católica Ingresa al Frente Anti-peronista

A fines de 1954, como rayo en cielo sereno, cae sobre el país una inaudita declaración de Perón: el clero católico está combatiendo al gobierno, el clero intenta formar un partido demócrata cristiano para destruir al peronismo, el clero es enemigo de la revolución peronista. Efectivamente. el matrimonio de conveniencias entre Perón y la Iglesia católica se había roto. Fiel al componente reaccionario de su naturaleza, el peronismo había concedido privilegios nunca vistos a la Iglesia y a sus organizaciones colaterales: enseñanza religiosa en las escuelas. Servicios que la Iglesia pagó cumplidamente en 1946, apoyando la candidatura de Perón mediante una pastoral y diversas declaraciones de sus obispos.
Y en ocasiones como la de setiembre de 1948 cuando, anunciado por Perón el supuesto complot de Reyes para asesinarlo, los obispos fingieron creer en la realidad del complot y ordenaron que el día 26 se elevaran en todas las iglesias del país plegarías para agradecer la salvación de las vidas de Perón y Evita. Pero la Iglesia, trinchera final de todas las clases dominantes, no podía tolerar para siempre los aspectos plebeyos del bonapartismo y, menos que nada, "la agudización artificial de la lucha de clases" y de "la desconfianza de los desposeídos en la buena fe de los demás" —según reza el manifiesto de fundación del partido Demócrata Cristiano argentino— (La Nación, julio 13, 1955).
Además, Eva Perón, con su innegable aptitud para abochornar a los altos dignatarios de todas las corporaciones, supo también cómo humillar a la alta jerarquía eclesiástica. Sutilmente, como en la ocasión en que se fotografía junto al cardenal primado luciendo audaz vestido de noche, o cuando, en febrero de 1951, desairan ostensiblemente —ella y Perón— al Legado Papal que llega para el Congreso Eucarístico. Las invocaciones peronistas a la "Santa Evita" tañían dolorosa-mente en los oídos de los sacerdotes y de sus feligresas oligárquicas.
Para colmo, las respetables familias burguesas que enviaban sus niños y adolescentes a colegios religiosos para ponerlos a cubierto de la propaganda peronista que se impartía en las escuelas comunes, se sublevaron junto con los virtuosos varones ensotanados cuando el gobierno comenzó a arrear a los alumnos secundarios dentro de una organización estatal donde se les enseñaba el culto pagano del deporte y de la admiración por Perón. La Curia se decidió a cavar la fosa del peronismo, y aún no había dado el primer piquetazo cuando ya tenían tras de sí a toda la burguesía argentina, y a Washington, conscientes de haber hallado el gran instrumento político necesario para acabar con Perón.
Cuando éste salió públicamente a la batalla, una cálida corriente de simpatía hacia la Iglesia circuló por los ambientes opositores, y casi de inmediato quedó constituida una nueva Unión Democrática, aglutinada no ya en torno a Braden sino a la Curia, y en la cual no faltaba ni siquiera el partido Comunista. Cuando el gobierno detuvo a los curas más recalcitrantes, que desde los pulpitos llamaban a la insurrección, el radicalismo se apresuró a declarar su "solidaridad con los católicos perseguidos", mientras el partido Comunista llamaba a "luchar unidos por la libertad de los curas democráticos".
El clero desató una violenta ofensiva contra el gobierno, que halló cálida acogida en la prensa norteamericana, indignada al comprobar una vez más que "oposición es algo que Perón se niega a permitir", gozosa al recordar que "la Argentina es 80 por ciento católica, y quizá Perón esta vez ha ido demasiado lejos" (US News and Worid Report, abril 8, 1955).
Perón respondió con una serie de medidas democráticas progresivas: anulación de la enseñanza religiosa, supresión de los privilegios impositivos de la Iglesia, ley de divorcio, convocatoria de una Asamblea Constituyente para reformar la Constitución, a fin de separar la Iglesia del Estado. Los parlamentarios radicales votaron en contra de todo esto. El partido Comunista explicó: "Es innegable que la reforma de la Constitución al objeto de plantear la separación de la Iglesia del Estado es una cortina de humo: se quiere que el pueblo olvide la entrega del petróleo, de la siderurgia, de la metalurgia; que olvide la carestía, que olvide la política de guerra y la línea reaccionaria" (Nuestra Palabra, mayo 24, 1955).
Entre tanto, la Iglesia prosiguió su ofensiva al frente de toda la oposición, organizando huelgas universitarias, campañas de volantes y rumores, tumultos callejeros y células terroristas[14] . Los templos se transformaron en comités políticos, las procesiones religiosas en ardientes manifestaciones anti-peronistas. Las calles céntricas de Buenos Aires re" vivían los días de 1945. Señoras soberbiamente vestidas salían enardecidas de las misas de once para enfrentar valerosamente a la policía, y para corear el grito de guerra de. la muy cristiana oposición: "Perón, Perón, ¡MUERA!"
Poco a poco se iba configurando el clima del golpe de Estado. Manifestación tras manifestación, los curas y la oposición creaban un ambiente de guerra civil con el claro propósito de incitar una salida cuartelera que derrocase a Perón para salvar las instituciones. El gobierno confiaba en la fidelidad del Ejército, en la Policía y en la clase obrera. Pero en ningún momento se intentó movilizar al proletariado.
Al contrario, la CGT colaboraba con la CGE reclamando mayor disciplina y rendimiento en las fábricas. Por otra parte, el peronismo, si bien conducía una intensa campaña anticlerical, no mencionaba en ningún momento la vinculación entre la Iglesia y el golpe de Estado en marcha. En vísperas de un putch dirigido en primer término contra ella, la clase obrera estaba completamente huérfana de dirección y atada de pies y manos por la CGT, cuya consigna capital —obediente a las órdenes estatales— era como siempre: "De casa al trabajo y del trabajo a casa".
El 12 de junio una gigantesca manifestación unida de toda la oposición anti-peronista, recorrió las calles céntricas de Buenos Aires enarbolando la bandera de El Vaticano. El gobierno contesta con un paro general de la CGT, que se realizó el 14 de junio al estilo burocrático, simplemente arreando las masas a la calle para demostrar que Perón tenía respaldo popular. -La consigna de la CGT seguía siendo: "Orden. Del trabajo a casa y de casa al trabajo".
El 16 de junio, al mediodía, los empleados que iban de su trabajo a su casa o viceversa, quedaron clavados en el trayecto por los aviones de la aviación naval que bombardeaban la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo con el objeto de asesinar a Perón y aterrorizar a las masas. La CGT declara la huelga general y ordena a los obreros que concurran a la Plaza de Mayo. A las 15.30 y a las 17, nuevamente la aviación naval bombardea la Casa de Gobierno, la Plaza de Mayo y la CGT, masacrando a las masas allí concentradas. A las 18, el Ejército, que permaneció fiel a Perón, dominaba las bases rebeldes y los aviones habían huido al Uruguay.
Perón seguía siendo dueño del poder. Pero, entre tanto, había pasado algo nuevo en Buenos Aires. Al propalarse al mediodía la noticia del estallido del putch —mientras las terrazas de los barrios residenciales se erizaban de aplausos para los aviadores—, algunos núcleos obreros, en su mayoría activistas sindicales, se movilizan hacia el centro de la ciudad. Piden armas, asaltan algunas armerías para procurárselas y forman barricadas en las avenidas de acceso por donde podrían llegar tropas rebeldes.
El carácter del putch del 16 de junio queda indicado por sus propósitos: evitar la separación de la Iglesia y el Estado, anular la ley de divorcio y, sobre todo, destruir la CGT. La ferocidad puesta en el ametrallamiento y bombardeo inútiles de las concentraciones de trabajadores desarmados fue un anuncio, meridianamente claro, de los métodos democráticos con que se pensaba liquidar al peronismo. Desde luego, los autores del golpe ''en manera alguna alientan sentimientos hostiles hacia los Estados Unidos, país al que admiran y con cuya lucha en favor de la democracia se solidarizan" —según declararon en Montevideo al diario La Prensa, de Lima, tres días después del putch—. Militarmente, el golpe fue vencido por el Ejército, pero la movilización de algunos núcleos de la clase obrera ejerció una cierta influencia.
El Ejército Sostiene a Perón Como la Soga al Ahorcado
Como lo declaró el ministro dé Ejército: "Ha de reconocerse que nada pudo ser más feliz para la suerte de las instituciones que la postura asumida por el Ejército. Nuestros conocimientos profesionales nos permiten deducir el caos que reinaría ahora en el país si hubiéramos seguido otro camino. Y fácil les será meditar sobre las consecuencias gravísimas de la guerra civil con e! desconcepto internacional y la tragedia de luchas sangrientas entre hijos del solar patrio común" (La Nación, julio 12, 1915),
Después del 16 de junio, una revista del gran capital financiero y del Ejército norteamericano informó así: "El humo se disipa. Perón queda, pero no está solo. El Ejército salvó al dictador, ahora puede dictarle a él" (US News and Worid Report, julio 1, 1955). En Londres se observó: "Cualesquiera sean los sucesos que el futuro depare, es el Ejército quien tiene la llave del mismo" (Quarterly Economic junio 1955).
En efecto, el putch destruyó el equilibrio bonapartista preexistente, fortaleciendo al ala derecha encarnada por el Ejército, en detrimento de la CGT. El 16 de junio dejó al Ejército en posición de arbitro capaz de decidir la suerte del gobierno. Y obligó a Perón a aflojar los resortes de la dictadura, facilitando el juego de la oposición y permitiéndole jaquear públicamente al peronismo. A partir de junio, por primera vez desde 1948, toda la prensa escrita y oral pudo informar sobre la oposición, y los partidos opositores pudieron hacer uso de la radio. Asimismo, se postergaron por seis meses las elecciones para la Asamblea Constituyente que habría de separar la Iglesia del Estado, lo cual constituía un importante triunfo de la oposición que, envalentonada, aumenta su presión sobre el gobierno pidiendo la renuncia de Perón. Paralelamente, en la misma medida en que la oposición obtenía el disfrute de algunas libertades democráticas, los obreros presenciaban una creciente restricción de sus libertades en las fábricas, donde la patronal intensificaba su ofensiva- en torno a los salarios, a las condiciones de labor y a la autoridad sindical en el sitio de trabajo.
La experiencia del 16 de junio demostró que la clase obrera apoyaba a Perón y que en su seno existían núcleos dispuestos a empuñar las armas contra el golpe de Estado. Pero evidenció, también, que el peronismo no tenía disposición alguna a apelar a la movilización de las masas, y que trataba de coartar, más que de estimular, la proliferación de aquellos núcleos. Perón asentaba su estrategia en el Ejército "leal", y seguía reservando a la clase obrera el papel de coro bullicioso.
Inútilmente intentó el gobierno peronista detener la marcha ascendente del golpe con ofertas de liberalizar su aparato semi-totalitario y de facilitar alguna participación opositora en el poder. En vano desaconsejaron el golpe algunos estrategos de la alta clase dominante, como Federico Pinedo, que preferían bloquear al gobierno y desembarazarse de Perón por vía de negociación, sin conmociones militares. El cerco militar se hacía cada día más estrecho y el creciente poderío de la oposición se palpaba en el aire y era hecho más visible por reiteradas acciones de comando contra las fuerzas policiales. Para forzar una salida Perón acudió, entonces, a la farsa, que era el arma suprema de este inconducente conductor.
El 31 de agosto, Perón ofrece su renuncia a la CGT; la CGT la rechaza y convoca a los trabajadores a la Plaza de Mayo. Muchas horas aguarda la multitud hasta que, por fin, aparece Perón anunciando que retira su renuncia, que está dispuesto a ser implacable con la oligarquía y a matar cinco opositores por cada peronista que caiga. Todos los peronistas, dice, tienen la obligación de matar a los enemigos del gobierno allí donde éstos levanten la cabeza.
Semejante oratoria era sumamente eficaz para exarcebar el odio de los anti-peronistas y templar su decisión de jugarse la vida para terminar con el régimen. Pero sólo lograba desorientar a las masas peronistas, acostumbradas durante diez años a marchar alegremente "del trabajo a casa y de casa al trabajo" luego de escuchar en la Plaza de Mayo toda clase de arengas incendiarias y fanfarronadas anti-oligárquicas. El 31 de agosto y después, como siempre, las cosas no pasaron de los discursos. La primera preocupación del gobierno peronista era conservar el orden. Y así cavaba los últimos tramos de su propia fosa.
Pues a esa altura de los acontecimientos el putch sólo podía ser detenido mediante una vigorosa movilización de las masas trabajadoras, aplicando métodos revolucionarios que implicaban desde el armamento del proletariado hasta impartir a los soldados y suboficiales la orden de desobedecer a sus superiores. Rechazando hasta el pensamiento de semejante política, Perón se ataba de pies y manos a la fracción "leal" del Ejército —que sólo estaba dispuesta a apoyarlo en la medida en que hubiese peligro de que su defección dejase en manos proletarias la defensa armada del gobierno peronista.

El Régimen Peronista se Desvanece sin Combate y Sin Honor

El 16 de setiembre se sublevaron la flota de mar, la principal base aeronaval y algunas guarniciones militares del interior. En la Capital el gobierno controlaba totalmente la situación, así como en el resto del país, donde la mayor parte del ejército era "leal", al igual que el grueso de la aviación y todas las fuerzas policiales. El único éxito importante de la "Revolución Libertadora" fue la captura del gobierno en la Provincia de Córdoba, con la activa colaboración armada de la pequeña burguesía, la burguesía y el clero locales.
Desde el primer momento el gobierno proclamó por radio cada cinco minutos que "las fuerzas leales dominan totalmente la situación excepto en los reducidos focos rebeldes, que serán inexorablemente aplastados".
Durante dos días el gobierno anunció la reconquista de, Córdoba y el inminente aplastamiento de los restantes focos rebeldes. En cuanto a la amenaza de la flota, afirmó que contaba con suficiente aviación para hundir cuanto objeto flotase sobre el Río de la Plata. Sien entendido, estos comunicados los leían locutores anónimos. Perón no se hacía presente, ni tampoco la CGT, que recién dio señales de vida dos días después del estallido del putch, para pedir a los obreros que guardaran la mayor calma. Poco antes del 16 de setiembre, la CGT había hecho como si estuviera dispuesta a formar milicias obreras. Pero ahora pedía orden y tranquilidad, indicando a los obreros la obligación de con
fiar en el Ejército "leal". Mas la lealtad del ejército se enfriaba a medida que se alejaba el peligro de que el gobierno acudiese a la movilización armada del proletariado, y a medida que quedaba definitivamente claro que el afeminado general don Juan Domingo Perón no era el tipo de caudillo capaz de ponerse al frente de sus hombres e imnantarlos con el ejemplo de su coraje personal. Generales insospechables empezaron a pasarse a los rebeldes, y finalmente el lunes 19 a las 13 se anunció al país la renuncia de Perón, que cedía el poder al ejército en la persona de una junta de generales que de inmediato concertaron un armisticio e iniciaron las negociaciones, es decir, los detalles de la capitulación, ante la marina y los generales sublevados. Sin embargo, las fuerzas "leales" eran militarmente más poderosas que las insurrectas, controlaban la capital y contaban con la simpatía total y activa de la clase obrera y el pueblo trabajador. Militarmente, los rebeldes no habían aniquilado, ni siquiera debilitado, a los "leales". Habían derrotado su lealtad.
Poco después del 16 de junio, la CGT había resuelto que en caso de ser derribado Perón respondería con la huelga general. Sin embargo, producida la renuncia de Perón, lejos de decretar la huelga general, la CGT pidió a todos los obreros del país que guardaran la mayor calma y obedecieran las órdenes del Ejército. En momentos en que la reacción anti-peronista se adueñaba del país, los dirigentes peronistas de la CGT recomendaban "de casa al trabajo y del trabajo a casa" y, por añadidura, con el mayor orden.
Así cayó el régimen peronista, o mejor dicho, así se desvaneció, sin combate y sin honor. Perón declaró en el exilio que en sus manos estaban los arsenales y que no quiso dar armas a los obreros que las pedían insistentemente, para evitar una matanza (El Piafa, de Montevideo, octubre 3, 1955). En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor.
El día que los jefes de la Revolución Libertadora se hicieron cargo del gobierno, toda la pequeña burguesía acomodada y la burguesía en pleno se volcaron a la Plaza de Mayo. Ni un solo trabajador perturbaba la elegante uniformidad de gente distinguida, engalanada con banderas uruguayas, norteamericanas, del Vaticano, y también argentinas. Se gritaba "¡Libertad'", "¡Viva la Marina!", "¡Viva la Argentina Católica!", y nuevamente "¡Libertad!". Voces distintas .resonaban en las barriadas obreras. "¡No hay trabajo sin Perón!"; tal era la consigna que recorría los suburbios.
Núcleos de obreros y contados elementos del Partido Peronista intentaron aquí y allá levantarse en armas —revólveres y piedras—, pero fueron fácilmente neutralizados por los tanques del ejército y la infantería de marina[15].
La caída ingloriosa del régimen peronista dio lugar, pues, a gérmenes de una insurrección obrera. Diez años de educación política peronista y el ejemplo de la dirección peronista se encargaron de que esos gérmenes no prosperasen.
¿"Revolución Peronista"?
El 15 de julio de 1955, dos meses antes del derrumbe, Perón irradió al país una extraña noticia: "La revolución peronista ha terminado". En realidad no había existido nunca, salvo en el incesante parloteo de la propaganda totalitaria. El 15 de setiembre de 1955, como el 3 de junio de 1943, la República Argentina seguía siendo un país atrasado y semi-colonial, dominado por una burguesía terrateniente e industrial trustificada entre sí y con el capital financiero internacional, con la trascendental variante de que la vieja metrópoli británica había disminuido su participación y Norteamérica aumentado la suya. Y, a diferencia de lo que ocurría en 1943, el país estaba iniciando un nuevo ciclo de endeudamiento masivo al capital financiero internacional.
Sindicalización masiva e integral del proletariado fabril y de los trabajadores asalariados en general. Democratización de las relaciones obrero-patronales en los sitios de trabajo y en las tratativas ante el Estado. Treinta y tres por ciento de aumento en la participación de los asalariados en el ingreso nacional. A eso se redujo toda la "revolución peronista".

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Las citas de diarios, revistas y archivos se presentan en el texto. Los diarios de sesiones se refieren por sus iniciales: DSCDN, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación (o del Senado o de la Provincia, según corresponda).

Notas

1. Coronel Juan Domingo Perón, discurso en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, agosto 25 de 1944. Hemos tomado el texto del libro de Perón. El Pueblo Quiere Saber de qué se Trata, 137.
2. El 20 de agosto de 1945 la policía allanó el local de la Sociedad Rural Argentina. (La Prensa, Agosto 21 1949).
3 La Argentina es el país del "como sí". Durante muchos años lució como si fuera un país moderno en continuo avance, pero en realidad iba quedando cada vez más atrasado respecto a las naciones industriales, luego, desde 1940 hasta 1956, pareció como si la población toda se tornase cada vez más próspera, pero en realidad el país se descapitalizaba velozmente día tras día, y mientras se iba quedando sin medios de producción se atiborraba de heladeras, de telas y de pizzerias. Precisamente, el peronismo fue en todo y por todo el gobierno del "como sí". Un gobierno conservador que aparecía como si fuera revolucionario; una política de estancamiento que hacía como si fuera a industrializar el país; una política de esencial sumisión al capital extranjero que se presentaba como si fuera a independizar a la Nación, y así hasta el infinito.
4 Dice el diccionario: "Tránsfuga. Persona que huye de una parte a otra. Fig. Persona que pasa de un partido a otro".
5 Ver "La Embajada y la colectividad inglesa en Buenos Aires apoyaron activamente la candidatura del coronel Perón", en Fichas, número 4 (diciembre 1964).
6 Equivalían a 5.700 millones de pesos. Los saldos de la balanza comercial argentina (en millones de dólares): 1940: 107; 1&41: 138; 1942: 235', 1943: 405; 1944: 455; 1945: 439; 1946: 580, (Ver United Nations, Ecommic Survey of Latín América 194S, 226).
7 Ver confederacion General Economica de la Republica Argentina. Informe Economico (Bs. As., 1955) p. 22, 57,112.
8 Ver “Significado del Banco Central antes y despues de su nacionalizacion” en Fichas Nº 4 pág.9 y ss. (Bs. As., diciembre 1964).
9 Vease “ Origenes y resultados de la nacionalizacion de los ferrocarriles” en Fichas Nº 4 pág. 26 (Bs. As., 1964)
10 Un índice elocuente del descenso en el nivel de vida de la clase trabajadora lo constituye la contracción del volumen físico de las ventas minoristas de indumentaria. En 1954 eran inferiores en más de 50 por ciento al volumen de 1948. (Idem., 121).
11 "Cabe reconocer que la CGE desempeñó en su corta existencia importantes funciones representativas. Lo que tuvo de discutible fue sin duda su nacimiento originado, más que en la espontánea reacción de los hombres de empresa, en un impulso del régimen depuesto... (en la CGE) figuraron no obstante, porque acaso pensaron que así podían. salvar algo de lo mucho que el gobierno anterior ponía en peligro, hombres y firmas que estaban muy lejos de comulgar con la suicida política económica de aquél y aun algunos que después han venido a colaborar decididamente con el gobierno de la "Revolución Libertadora. Con aquellos pecados originales, pero con cabal decisión, entretanto, la CGE se esforzó una y otra vez en evitar mayores males y en contener las manifestaciones más palmarias de la desorbitación oficial. Cumplió, a su modo, una función cabal". (La Nación febrero 19, 1956).
12 Declaración del delegado argentino, Guillermo Kraft. La Argentina en la VII Reunión Plenaria del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (México, 1954), (Informe, 12).
13 "Una forma en que el gobierno puede ayudar a detener la inflación, es impedir otra rueda de aumentos de salarios cuando se efectúen las próximas demandas en pro de un restablecimiento de los anteriores niveles del salario real. Pero es difícil que el gobierno vaya lo suficientemente lejos como para adoptar medidas represivas cuando llegue el momento. Sin embargo, no hay duda de que el gobierno está haciendo grandes esfuerzos para impedir que la situación llegue a ese punto, tratando de lograr un cambio en la actitud de los obreros hacia las empresas". (Quarterly Economic Review of Argentina, junio 1955).
14 Las grandes fortunas patricias suministraron armas largas y cortas, dinamita y miras telescópicas, autos y transmisores de radio. Cuando la policía detuvo a algunos terroristas, la lista de sus apellidos resultó ser una especie de gula de la alta sociedad. (Ver detalles en La Nación, ejemplares del 20 al 30 de setiembre, 1988).
15 "En Avellaneda y su zona —hacia las 18— se oyeron disparos de armas que se efectuaban sobre los elementos indisciplinados, junto a la estación Avellaneda del Ferrocarril Roca, en el puente Pueyrredón y en. las avenidas Pavón y Galicia, en Gerli" (La Nación, setiembre 24, 1955).
"Distintas tropas custodian la zona de Ensenada y Berisso. La autoridad policial, por orden superior, ha adoptado numerosas medidas de seguridad, principalmeste en las poblaciones de Ensenada y Berisso, para tratar de reprimir con energía posibles alteraciones del orden. Se han despachado fuerzas de caballería, infantería y gases que, en cooperación con las tropas de la marinería, ocuparon todos los lugares estratégicos y puntos de acceso" (La Nación, setiembre 25, 1955).
"Rosario: El servicio de patrullaje de los barrios extremos está a cargo de rondines del Ejército, que han ocupado posiciones en sitios estratégicos. Una recorrida extensa por los barrios obreros permitió comprobar el vuelo rasante de los aviones después del toque de queda, a tan baja altura que se estremecían las casas. En el choque registrado ayer en San Martín y Tres de Febrero, al tratar de avanzar una manifestación desoyendo las advertencias y hasta la descarga final, murieron 3 hombres y hay 15 heridos" (La Nación, setiembre 26, 1955).

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