Dirección general: Lic. Alberto J. Franzoia




NOTAS EN ESTA SECCION
En memoria de Claudio Díaz, por Juan Carlos Jara  |  Los amigos del campeón. Por Alberto Franzoia  |  Imágenes imperceptibles, por Hugo Presman
Hugo Chávez conversa con Carola Chávez  |  El sectarismo no conduce a una sociedad igualitaria, por Alberto J. Franzoia
Hace siete años partía un imprescindible, por Alberto Franzoia  |  Ni un paso atrás ni uno adelante, por Juan C. Jara
Derecho canónico, por Jorge Rendón Vázquez  |  La suma (a favor y en contra) de Fernando Cardoso. Por Alberto J. Franzoia
La marcha peronista: versión cumbia villera  |  Censura privada (Sobre el caso Amigorena). Por Jorge Arcolía  |  Estar atentos al frente interno
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Tony Negri, cuando la teoría navega entre lo aparente y lo obvio. Por Alberto J. Franzoia  |  Nelly Omar cumplió 100 años el 11 del 11 de 2011
Ajuste, por Jorge Arcolía   |  Juan y Eva, por Raúl Isman  |  Instituto Dorrego: Dudas, aclaraciones y batalla cultural. Por Alberto J. Franzoia
Cuando un militante de izquierda confunde táctica y estrategia, por Alberto Franzoia
¡Toda América Latina reclama por Malvinas!, por Fernando Bossi  |  ¿Burguesía?, por Claudio Scaletta

 Autodeterminación de los Kelpers. Un grotesco de la política internacional, por Alberto J. Franzoia  |  Carta al señor futuro, por Eduardo Galeano

    

En memoria de Claudio Díaz

Por Juan Carlos Jara

Fue un notable periodista, un escritor sin pelos en la lengua cuyo sencillo lenguaje –ocurrente, barrial, desinhibido- no ocultaba la profundidad de un pensamiento siempre jugado del lado de las mayorías. Fue un ensayista riguroso, un polemista temible; pero, sobre todo, Claudio Díaz fue un excepcional ser humano. Afable, generoso, sensible, solidario. De ésos que no sobran y cuya madera servirá algún día para construir el hombre nuevo con que soñara el Che.

Lo conocí en mi ciudad, La Plata, cuando el gobierno de Néstor recién comenzaba y todavía muchos guardábamos cierta esperanza recelosa respecto de su gestión. Me regaló un ejemplar de su por entonces flamante “Manual del antiperonismo ilustrado” con dedicatoria que atesoro y en la que entremezclaba nombres que los dos admirábamos: Manzi, Galasso, Discépolo, Jauretche. Después de leerlo (devorarlo) en una noche le escribí a su correo, de ingeniosa y certera denominación: “diazdeoctubre”. Con modestia rechazó mi elogio en el que lo comparaba con el Hernández Arregui de “Imperialismo y Cultura”. Hoy sigo creyendo que aquella alabanza no era exagerada.

Después vendría el cimbronazo de la 125, su corajuda renuncia al “diario de guerra”, sus esclarecedores artículos en “Contraeditorial”, su labor de periodista nacional –en el sentido jauretcheano de la palabra- y otros dos libros insoslayables: “El movimiento obrero argentino” y “Diario de guerra. Clarín, el gran engaño argentino”.

Lo vi por última vez hace un par de años cuando el compañero Marco Roselli le entregó el premio Jauretche a la labor periodística. Ya había pisado “la media raya”, como diría Julián Centeya, pero seguía siendo un muchacho. Contradecían su edad una mirada límpida, su ternura siempre a flor de piel y ese entusiasmo contagioso con que siempre acogía los emprendimientos de los compañeros.

Enemigo de toda alharaca, talentoso pero modesto, Claudio fue considerablemente menos conocido y reconocido que muchas estentóreas nulidades del periodismo (de aquél y de este lado del mostrador). Él lo sabía pero nunca le importó. Luchó por sus convicciones, que eran las de sus paisanos más humildes. No pedía nada más. Por eso fue capaz de renunciar a su cómodo puesto en Clarín, corriendo el riesgo de quedar a la intemperie. Por eso, como Homero Manzi, amó "todo lo que viene del pueblo". Por eso se identificó con los "condenados de la tierra" y fustigó sin cortapisas a sus explotadores y verdugos. Por eso militó toda su vida, sin amargura, sin crispación -eso lo dejaba para las huestes del gorilismo (seudo) ilustrado- haciendo flamear la bandera de la jauretcheana alegría, de la guevariana ternura. Lo lloraremos, lo lloramos, como lo que fue: uno de los nuestros. Uno de los mejores de los nuestros.


Los amigos del campeón

Por Alberto J. Franzoia

En el reciente libro de la periodista Sandra Ruso “La Presidenta. Historia de una vida”, se puede leer la siguiente declaración de Cristina Fernández:

“A mí en el 2008 me quisieron destituir. Sí. No tengo ninguna duda. No habían querido que fuera yo la candidata. Fundamentalmente el Grupo Clarín. Magnetto lo había ido a ver a Néstor a Olivos y le había dicho que no me querían como candidata. Se lo decían a todo el mundo. El otro día me vengo a enterar… Preguntale a Florencio Randazzo, pedile que te cuente cómo era, cuando él estaba convencido de que iba a ser yo la candidata, Felipe Solá le decía “no, eso se cae, mirá que yo hablo con Alberto Fernández y me dice que eso se cae”. Y Randazzo le decía “pero mirá que yo hablo con Néstor y es la candidata”, y el otro le insistía que no, que yo no era. El Grupo estaba ejerciendo mucha presión, eso yo lo sabía. Lo que no sabía era que el vocero del Grupo, hacia adentro, era nuestro jefe de Gabinete.”

Y luego agrega:

“Radiodifusión Democrática, el colectivo que durante años elaboró los 21 puntos originales del proyecto de la ley de medios. Quería interiorizarme. Alberto Fernández me preguntaba: “¿Qué vas a hacer con eso?”. “Nada”, le decía yo. “Me interesa.” “Mirá que a Clarín eso no le interesa”, me decía, y yo le contestaba: “No lo hago por si le interesa o no le interesa a Clarín.” Varias veces cruzamos ese diálogo. Era tenso. Terminé diciéndole:

“Y si al Grupo no le interesa, para qué te hacés problema vos”. Empezamos a trabajar más fuerte con la Coalición, pero creo que ellos tampoco creían que lo íbamos a llevar adelante. Nadie creía que nos íbamos a animar. Seamos sinceros. Nadie.”

Estas palabras muy claras de nuestra presidenta vienen como anillo al dedo para realizar una breve pero no menos necesaria reflexión sobre el rol que deben desempeñar los intelectuales nacionales identificados con el proceso conducido desde 2003 por el kirchnerismo, por lo menos si es que realmente se quiere librar la batalla cultural con posibilidades ciertas de vencer a las ideas que gestan y difunden los intelectuales del bloque oligárquico-imperialista.

Ante todo resulta primordial reconocer que la obsecuencia es el peor favor que le podemos hacer a nuestro proyecto transformador. La historia de la humanidad está saturada de personajes que han hecho del halago permanente a los conductores políticos su mayor “mérito” para conservar el poder o recibir prebendas. También es cierto que ante situaciones difíciles las mentes obsecuentes son las primeras en abandonar el barco, como lo pudo comprobar el mismísimo General Perón en 1955. Estos personajes, que abundan en la práctica política de todos los días, son iguales a los famosos “amigos del campeón”. Esos sujetos pequeños que lo rodean y colman de elogios en los momentos de gloria, pero que se esfuman, y no pocas veces lo descalifican, cuando llegan tiempos difíciles para el ídolo. Son en realidad sujetos mediocres, los eternos amigos del éxito y del poder. Desde ya la dignidad de los pueblos no será construida con ellos.

Personalmente considero que el intelectual del bloque nacional-popular, entendido como actor dedicado a cumplir funciones específicas vinculadas con la producción y difusión de bienes simbólicos aptos para el desarrollo y consolidación de un proyecto de liberación, debe tener suficiente capacidad crítica y noción de los tiempos propicios para alertar sobre posibles errores, sobre todo cuando los mismos se constituyan como una amenaza para la continuidad del cambio emprendido. Desde ya ningún intelectual aislado, ni aún un grupo de ellos, puede presentarse como la encarnación de la verdad revelada; pero estimular el debate entre la mayor parte de los intelectuales que integran el bloque nacional-popular, prestando atención a posibles errores o debilidades observables, no deja de ser esencial para la consolidación y profundización del proyecto que conduce nuestra práctica política.

El proceso iniciado por los Kirchner en 2003 ha significado un saludable cambio para la política argentina de las últimas décadas. Sus aciertos para transformar la historia a favor de los intereses nacionales y populares son muchos, pero eso no puede ni debe inhibirnos de practicar la crítica cada vez que resulte imprescindible. En esa dirección no se descubre la pólvora al señalar que una de las falencias más importantes ha sido la presencia, a veces en puestos relevantes del gobierno nacional (Cobos, Redrado y otros), de personajes ajenos a un proceso de liberación. Y dichas presencias han generado no pocos problemas para el desarrollo del cambio deseado. Sin embargo, no pocos intelectuales han callado ante las evidencias.

Acorde con la función que considero debe desempeñar la intelectualidad del bloque nacional-popular, dije en su momento algunas cosas con respecto a quien hoy es reconocido como un amigo del statu quo de la Argentina oligárquica, me refiero, claro está, al señor Alberto Fernández. Si se me permite quisiera refrescar algunos pasajes de artículos en los que escribí sobre este lamentable personaje; pero no ahora, con el diario de lunes en mis manos, sino al comenzar el 2008, cuando Fernández tenía poder político y nos hacía daño desde nuestras propias filas:

“Alberto Fernández ocupa desde la presidencia de Néstor Kirchner el cargo de Jefe de Gabinete, y ha tenido activa participación en los desplazamientos de otros sectores internos del kirchnerismo vinculados al campo popular como es el caso de Luis D´Elía. Recientemente este funcionario “peronista” declaró que Cristina concurriría a Londres en Abril porque allí se reunirán países progresistas, aunque aclaró que con los ingleses hay un punto de conflicto, comparando la situación con la que se da entre Argentina y Uruguay. La curiosa visión internacional de este muchacho “peronista” tiene dos componentes fundamentales:

1. Considerar que Cristina “va a una reunión de gobiernos progresistas del mundo”, que obviamente incluye al anfitrión, uno de los países más imperialistas del planeta tanto con gobiernos conservadores como laboristas. Y si bien es cierto que nada nuevo descubrimos al sostener que el progresismo es una pata del imperialismo, está claro que en el discurso de Fernández el concepto pretende tener implicancias políticamente positivas para los países de nuestra América Latina. Como si fuese sinónimo de garantía para el desarrollo de una auténtica democracia, progreso y, porque no, de una “liberación civilizada y en paz” para nuestros pueblos, con la que han de colaborar los gobernantes progresistas del primer mundo.

2. El otro despropósito consiste en comparar la situación internacional que se da entre Argentina y la colonialista Inglaterra con la surgida con nuestros hermanos uruguayos a raíz de las papeleras: “Las relaciones bilaterales existen más allá de que haya un punto de conflicto, que lo hay obviamente, y es irrenunciable.” Pero parece que es lo mismo que ocurre con Uruguay: “Así como nosotros sostenemos que esa planta está en violación al Tratado del río Uruguay, más allá de eso, uno debe seguir pensando como sigue el vínculo con Uruguay en los otros temas.” Es decir, nuestro muchacho “peronista” Fernández no tiene la menor idea acerca de qué significa la Patria Grande, y posiblemente poco le interesa lo que pensaba Perón con relación a este tema. Pero quizás o casi con seguridad no sean errores, sino que forman parte de una visión de mundo que este “peronista” tiene desde la cuna.

Alberto Fernández siempre fue un muchacho poco afecto a las masas. Durante la última dictadura oligárquico-imperialista se dedica a ser un aplicado estudiante de derecho, milita en el Partido Nacionalista Constitucional y conoce al que luego sería recordado como el diputado menemista y coimero Varela Cid, para convertirse (ya recibido de abogado) en apoderado de su fundación. En 1992 es designado, junto a otro muchacho “peronista” como Gustavo Béliz, uno de los diez jóvenes brillantes de la Argentina (menemista claro está). Es premiado como empresario en 1997 y 2000. Durante los primeros años del menemato ocupó cargos como: Superintendente de Seguros de la Nación. Anteriormente se había desempeñado como asesor del Honorable Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires y de la Cámara de Diputados de la Nación Argentina y Director de Sumarios y Subdirector General de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Economía de la Nación. En el 2000, como buen representante del empresariado nacional”, integra las listas de candidatos a legislador por la ciudad de Buenos Aires de Encuentro por la Ciudad, coalición presidida por el inolvidable Domingo Cavallo. Como se observa, nada para destacar como militante del campo nacional y popular” (1),

Poco tiempo después, en marzo del 2008, cuando el conflicto con la oligarquía agraria se tornaba feroz y Fernández teorizaba sobre “el campo” pero no decía una sola palabra de la oligarquía, volvió a estar presente en el análisis político que por entonces realicé:

“El señor Fernández que dice ser peronista, aunque todos sabemos que no lo es), se niega a utilizar el concepto oligarquía, porque quizás comparta con su “enemiga” Carrió (o con los dirigentes de la Rural) que la oligarquía ya no existe, “es una antigüedad”. O quizás por que en realidad sabe que existe pero le teme. Ese temor se ha percibido en numerosas oportunidades a lo largo de nuestra historia, y es uno de los factores que le da oxígeno a una clase que constituye una auténtica tragedia para la Patria.” (2).

Como no podía ser de otra manera cuando en julio de 2008 Fernández deja el gobierno, celebré dicho acontecimiento en sintonía con lo que había predicado sobre el urticante tema:

“Finalmente, tras un largo desgaste muy perceptible, Alberto Fernández ha presentado su renuncia. ¡Bienvenida sea! Para avanzar con un proyecto de transformación económica-social y política profundizándolo a través del debate, entre otras cosas se debe colocar al frente del mismo a hombres y mujeres consustanciados con una visión de mundo que se corresponda con nuestra historia de resistencia al bloque oligárquico-imperialista. Fernández no nos hacía ningún favor con su presencia de alto perfil en el gobierno. Si este conflicto agrario nos deja entre sus saldos la posibilidad de remplazar figuras ajenas a nuestra historia, y a otras que más allá de su pertenencia han renunciado a ella, es muy probable que nuevos aires nos conduzcan por el camino deseable para la liberación nacional”(3).

Para cerrar estas líneas sobre cómo entiendo la función que debemos cumplir en el bloque nacional-popular los intelectuales que nos consideramos parte del mismo, quisiera advertir, por si algún mala leche (que nunca falta) cree que las autocitas son señal de autobombo, que no cuento con documentación más completa para ejemplificar lo que sostengo (por cuestiones obvias) que mis propios trabajos. Sin embargo, eso no significa que no contemos en nuestras filas con un buen número de intelectuales que entienden su función perfectamente;: cerca de la crítica constructiva (cada vez que ésta sea necesaria) y alejada de toda obsecuencia estéril. La profundización del mentado modelo impulsado por el kirchnerismo mucho tendrá que ver con esa intelectualidad, la que cumple honestamente su verdadera función, muy distante por cierto de la otra “intelectualidad”, a la que sin ambigüedades podemos definir como los amigos del campeón.

(1) Los muchachos peronistas no quieren pasar, febrero de 2008 (Publicado en El Ortiba y Avizora, entre otros medios digitales)
(2) La oligarquía no es el campo, marzo de 2008 (Publicado en El Ortiba y Avizora, entre otros medios digitales)
(3) ¡Se fue!, Julio de 2008, (Publicado en El Ortiba y Avizora, entre otros medios digitales)

La Plata, 9 de agosto de 2011


Imágenes imperceptibles

Por Hugo Presman

No lo van a creer pero en mi televisor aparecieron imágenes extrañas mientras se transmitía la inauguración de la embajada argentina en Brasil.

Detrás de las figuras de las presidentas de Brasil y la Argentina, vi al colorado Jorge Abelardo Ramos con su sonrisa irónica pero notablemente satisfecha. Decía, por lo menos yo lo escuché, esta frase que a veces repite el Pepe Mujica: “Somos argentinos, uruguayos, brasileros, peruanos o bolivianos, porque fracasamos en ser latinoamericanos.”

Lo vi a Perón abrazando a Lula y recordándole que por los cincuenta promovió el ABC (Argentina, Brasil, Chile). Me pareció, pero no estoy seguro, porque la emoción me nublaba los ojos cuando el obrero, tornero mecánico y ex presidente del Brasil dijo en su tono coloquial: “Soy cristiano y creo que existen otras vidas, y creo que Kirchner debe estar pensando: pobre de mí y pobre de Lula porque la presidenta Dilma y la presidenta Cristina van a hacer las cosas mejor que nosotros y van hacer historia en América Latina. Son mujeres especiales, son militantes políticas, y saben que las dos juntas tendrán más fuerzas que Kirchner y yo ….y estoy seguro que las dos juntas van a cambiar un poco la política mundial ” Y lo vi Néstor Kirchner que con su caminar desgarbado y sus eternos mocasines se confundía en un abrazo eterno con Lula cuando este dijo: “Creo que voy a transferir mi residencia para ir a votarla a Cristina.”

De pronto apareció Manuel Ugarte, aquel socialista que nació rico y murió pobre invirtiendo su capital en propagar la unidad latinoamericana superponiéndose a lo que decía Lula, lo que él predicaba en múltiples tribunas:“Unámonos. Unámonos a tiempo, que todos nuestros corazones palpiten como si fuesen uno solo y así unidos, unidas nuestras veinte capitales, se trocarán en otros tantos centinelas que al divisar al orgulloso enemigo, cuando éste les pregunte: ¿Quién vive?, les respondan unánimes, con toda la fuerza de los pulmones: ¡La América Latina!”
Hasta el ex presidente brasileño pareció escucharlo porque repitió lo que acababa de decir: “Esta embajada tiene el tamaño ( 4000 metros cuadrados) de la relación entre Brasil y Argentina”

Lo vi a Hugo Chávez y su prédica bolivariana que aplaudía enloquecidamente desde Cuba cuando Cristina Fernández dijo: “Somos una región muy apetecible para el resto del mundo. Debemos desarrollar una estrategia inteligente de integración para blindar a la región, no para aislarnos, sino para ir por más y nunca por menos….Sólo los necios pueden imaginar que el Sur está completamente inmune a las desventuras económicas del Norte.” En un costado vi a Bolívar codeando a San Martín cuando Dilma Roussef afirmó: “ Cuánta diferencia hay entre nuestra integración regional y la de otra partes del mundo, donde hay recesión y falta de acción política….El mayor capital de América Latina son sus 400 millones de habitantes, motor de una región que está creciendo económicamente a fuerza de promover la inclusión social y fortalecer la democracia”. En un momento comentó que sumando las reservas de la región estarían entre las más importantes del planeta.

Cuando la transmisión concluyó, en la pantalla seguían las imágenes imperceptibles. A Perón, Ramos, Ugarte, San Martín y Bolívar, se sumaron José Artigas y el Chacho Peñaloza, Felipe Varela y Julio César Sandino, Emiliano Zapata y Antonio José de Sucre, Bernardo Monteagudo, Juana Azurduy y Francisco Morazán. Seguramente había muchos más que no entraban en la pantalla, de esos latinoamericanos que fueron asesinados o exiliados por su concepción de la patria grande latinoamericana. Se podía advertir que había una alegría desbordante. Incluso parecía que Bolívar decía: “Ha pasado mucho tiempo, pero ahora creo que no he arado en el mar.”
Cambié de canal para ver si las imágenes imperceptibles estaban en otros canales. Seguían.

Los vi a Mauricio Macri, Elisa Carrió, Francisco de Narváez, Ricardo Alfonsín, Javier González Fraga, Eduardo Duhalde, abrazados con Bernardino Rivadavia, Carlos de Alvear, Bartolomé Mitre, Manuel García, Juan Lavalle, Justo José Urquiza, Pedro Eugenio Aramburu, lamentándose del aislamiento argentino del mundo y deplorando no tener a Brasil como socio.
Apagué el televisor. Las imágenes desaparecieron. Sin embargo las voces y las ideas siguieron mezclándose. Se superponía el ABC con el Mercosur. La voz de Julio César Sandino, general de hombres libres, con el unámonos, unámonos de Manuel Ugarte. La bandera de Felipe Varela con la leyenda “Unión Americana”, con “el nadie es más nadie” de José Gervasio Artigas.

Me dormí. Soñé de nuevo todo lo que aquí se ha contado. Cuando desperté comprobé que una parte del sueño ya integra la realidad.

31-07-2011


Hugo Chávez conversa en televisión con la compañera Carola Chávez sobre la batalla de ideas en Venezuela


El sectarismo no conduce a una sociedad igualitaria *

Por Alberto Franzoia

En reciente artículo sostuve que ante la imposibilidad que encuentra actualmente el bloque oligárquico –imperialista de impulsar un liderzazo reaccionario con alcances nacionales para enfrentar a Cristina Fernández en las próximas elecciones de octubre, apostarán sus fichas a dividir nuestro bloque, el nacional-popular. El objetivo ahora es restarle todo el apoyo que sea posible a nuestra presidenta, para que no tenga el consenso popular que se requiere de cara a una profundización del modelo alternativo al neoliberalismo. Esto es así porque para adoptar medidas como, por ejemplo, una tan necesaria como drástica democratización de la renta agraria (concentrada en sectores oligárquicos e imperialistas) hará falta un consenso popular muy superior al 50% de los votos. No se debe olvidar que en el capitalismo la gran batalla contra el poder económico concentrado, sólo se puede dar con posibilidades de éxito a través de un poder popular igualmente concentrado, pero a la vez democrático. Unidad en la diversidad.

Por dicha razón el trabajo cultural para conquistar muchas voluntades dispersas, y aún no conscientes de cuál es el espacio político en el que sus intereses objetivos pueden realizarse (el bloque nacional-popular), sigue siendo la gran tarea de la hora, aunque no todos los que levantan las banderas de “la batalla cultural” estén dispuestos a darla en serio, hasta sus últimas consecuencias. Quizás el mayor inconveniente que los procesos populares encuentren a lo largo de la historia para ganar esa batalla cultural, es que algunos dirigentes (oportunistas), saben que cuando eso ocurra ciertos privilegios personales inexorablemente se acabarán. Entonces prefieren dar la batalla a medias, para garantizarse el control de sus seguidores. A no dudarlo, el conocimiento da poder, y si algunos no creen demasiado en una sociedad igualitaria, entonces tratarán de acapararlo: el conocimiento, y por lo tanto el poder. Problema de larga data éste, que da para un abordaje mucho más profundo sobre el que volveré en otro momento. En esta ocasión lo que me interesa es llamar la atención sobre un factor que siempre opera como obstáculo a la hora de construir y/o consolidar consensos en el bloque que lucha por los intereses de los sectores populares. Me refiero, concretamente, al sectarismo.

Para quienes militamos en la Izquierda Nacional, fracción histórica y muy significativa de la izquierda del bloque nacional-popular, este tema debe tener especial sensibilidad, ya que la izquierda ha sido blanco frecuente (y en diversas partes del mundo) de críticas que señalan precisamente su carácter sectario. Bueno es decir que a veces esa crítica resulta plenamente justificada, como lo demuestra cierta izquierda latinoamericana, mucho más cerca de un puritanismo religioso que de los movimientos populares reales. Sin embargo, todo militante de izquierda ha leído (y si no es así debería hacerlo) a los fundadores del materialismo histórico y dialéctico: Carlos Marx y Federico Engels. Ellos nos enseñaron, contra muchos prejuicios instalados por décadas (y no pocos “izquierdistas” que los alimentaron), que lejos de promover el sectarismo trabajaron por construir consensos para facilitar la victoria de los trabajadores y, por añadidura, de una sociedad para todos.

Nada mejor entonces para cerrar aquí esta breve introducción contra el sectarismo que cederle la palabra al viejo Federico Engels, quien a sus 66 años escribía pleno de sabiduría:

“Creo que el movimiento norteamericano, precisamente en este momento, se ve mejor desde el otro lado del océano. En el lugar, las rencillas personales y disputas locales deben oscurecer gran parte de su grandeza. Y lo único que realmente podría retardar su marcha sería que se consolidasen esas diferencias. En cierta medida esto será inevitable, pero cuanto menos ocurra tanto mejor. Y los alemanes son quienes más deben precaverse contra esto. Nuestra teoría es una teoría de desarrollo, no un dogma a aprender de memoria y a repetir mecánicamente. Cuanto menos se les machaque a los norteamericanos desde afuera y cuanto más la pongan a prueba con su propia experiencia —con ayuda de los alemanes— tanto más profundamente se incorporará a su carne y su sangre. Cuando nosotros volvimos a Alemania en la primavera de 1848, nos unimos al Partido Democrático por ser este el único medio posible de llegar a la clase obrera; fuimos al ala más avanzada de ese partido, pero al fin y al cabo un ala. Cuando Marx fundó la Internacional, redactó las reglas generales de manera que pudieran ingresar todos los socialistas obreros de esa época: proudhonistas, lerouxistas e incluso el sector más avanzado de las trade unions inglesas; y fue sólo gracias a esta amplitud que la Internacional llegó a ser lo que fue: el medio para disolver y absorber gradualmente a todas estas sectas secundarias, con excepción de los anarquistas, cuya repentina aparición en varios países no fue sino el efecto de la violenta reacción burguesa que sucedió a la Comuna y que por ello podíamos dejar que se marchitasen solos, como ocurrió. Si de 1864 a 1873 hubiéramos insistido en trabajar sólo con quienes adoptan ampliamente nuestra plataforma, ¿dónde estaríamos hoy? Creo que toda nuestra experiencia ha mostrado que es posible trabajar junto con el movimiento general de la clase obrera en cada una de sus etapas sin ceder u ocultar nuestra propia posición e incluso nuestra organización, y temo que si los germanoamericanos eligen una línea distinta cometerán un grave error” (1).

La Plata, 23 agosto de 2011


(1) CARTA A FLORENCE KELLY WISCHNEWETSKY. Escrita: El 27 de enero de 1887, en idioma inglés.
Primera edición: La colección de la correspondencia de Marx y Engels se publicó por vez primera en alemán en 1934 a cargo del Instituto Marx-Engels-Lenin de Leningrado. La segunda edición, ampliada, se realizó en inglés en 1936.
Fuente de la versión castellana de la presente carta: C. Marx & F. Engels, Correspondencia, Ediciones Política, La Habana, s.f.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2010.


Hace siete años partía un imprescindible

Por Alberto J. Franzoia

Un 4 setiembre de 2004, hace ya siete años, el socialista de la Izquierda Nacional que nunca bajó la guardia ante las embestidas del enemigo nos dijo adiós. Estaba a un paso de cumplir los 76, de los que buena parte estuvieron dedicados a dar la batalla cultural y política contra el bloque oligárquico-imperialista, porfiadamente convencido del triunfo final, porque se sabía eslabón de una larga cadena.

Fue uno de los integrantes de esa avanzada intelectual que en otros tiempos integraron la tropa de los gestores y difusores de idas alternativas a las que nos proponen los intelectuales de las clases dominantes (de adentro y de afuera). Esa avanzada magnífica del siglo XX que se fue dejándonos un legado inmortal; la de los Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Manuel Ugarte, Juan José Hernández Arregui, John W. Cooke, Rodolfo Walsh, Jorge Abelardo Ramos y unos cuantos más.

Escribió un tan breve como insustituible trabajo para cualquier compañero que luche por el socialismo latinoamericano desde la trinchera del bloque nacional y popular, se lo conoce como “Clase obrera y poder”, pero en realidad eran las tesis de 1964 del Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Para ese entonces su producción teórica e histórica ya era muy importante, aunque mucho más por la calidad de lo expresado que por la cantidad de textos escritos. Primero nos había puesto en guardia ante los diversos nacionalismos posibles en una semicolonia capitalista como la Argentina, entonces nos advirtió que en estas cuestiones existen dos especies bien distintas: “Nacionalismo oligárquico y nacionalismo revolucionario”. Tampoco escapó a su mirada penetrante la necesidad de una “Historia crítica del radicalismo”.

Sin embargo, estos dos textos previos a “Clase obrera y poder” no eran todo lo que tenía para decir. Por eso, harto de “socialistas” liberales, los que proliferan en las fértiles tierras de la pampa húmeda, produjo “Juan B. Justo y el socialismo cipayo”, que años más tarde formaría parte de su magnífica “Historia del socialismo argentino”. Y anclando el socialismo autóctono en la necesidad de compenetrarse con la cuestión nacional, nos recordó que para aquel gran maestro con el que sin culpas se nutrió el tema no era ajeno, entonces nos cautivó con “La cuestión nacional en Marx”. Luego vinieron ampliaciones de los textos ya publicados y una gran cantidad de artículos. Cuando los compañeros le insistían para que continuara su producción teórica a través de nuevos libros, solía responder que ya había dicho todo (lo sustancial) que necesitaba decir. Sorprendente respuesta para nuestros días, en los que muchos de los que se cansan de publicar aportan muy pocas ideas en las que valga la pena abrevar.

Pero como además de pensar y escribir este hombre era un militante político de primer nivel, sus días transcurrieron en medio de una práctica incansable. Si había que convencer a un compañero él iba personalmente hasta su casa, y si era necesario barrer el local del partido (que con humildad conducía) al finalizar una reunión de militantes, allí estaba, dándole a la escoba sin complejos. Y cuando hubo que reorganizar el partido de una izquierda revolucionaria siempre inmersa en las filas del frente nacional y popular, después de los oscuros años noventa cuando el menemismo hacía estragos hasta en la tropa propia, se colocaba en primera línea, con el mismo fervor de un adolescente que quiere cambiar el mundo, convencido de que se puede.

Un día del 2004, cuando la Patria comenzaba a divisar en su horizonte político una posibilidad cierta de cambio, el luchador incansable de mil batallas, el revolucionario de descomunal estatura que nada ni nadie lograron doblegar, ese inagotable gestor de ideas a contrapelo de cualquier discurso esclerosado, nos dijo adiós. Alguna vez Bertolt Brecht escribió sabias palabras, válidas para cualquier latitud del globo terráqueo:

“Hay hombres que luchan un día y son buenos; hay otros que luchan un año y son mejores; hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero están los que luchan toda la vida y esos son imprescindibles. “

No tengo ninguna duda que es así, por eso sé que un 4 de setiembre de aquel esperanzador 2004 partió uno de esos hombres especiales de los que hablaba Brecht. Sólo resta decir que el presente y futuro de los pueblos de la Patria Grande le agradecerán por siempre los servicios prestados. Se llamó Jorge Enea Spimbergo, sencillamente un imprescindible. (1)

La Plata, setiembre de 2011

(1) Para una información más detallada sobre su vida y obra se puede consultar mi trabajo ¿Quién es Jorge Enea Spilimbergo? presentado en 2007 en el Congreso del Pensamiento Iberoamericano de Holguín (Cuba). Versión digital completa en PDF en El Ortiba http://www.elortiba.org/pdf/spilimbergo.pdf, o versión en texto común en Avizora http://www.avizora.com/atajo/colaboradores/textos_alberto_franzoia/0004_quien_es_spilimbergo.htm


Ni un paso atrás ni uno adelante

Carta abierta al Partido Obrero

Por Juan Carlos Jara *

Publicamos este breve texto –lleno de irónico humor- escrito y dado a conocer en 2008 por nuestro colaborador Juan Carlos Jara, pues lo consideramos actual y aplicable a la realidad presente del partido autotitulado trotskysta que en las recientes elecciones Primarias cristalizó un par de imprevistos milagros. El primero, formar un frente político con otra agrupación del mismo origen; lo que ya es decir. El segundo, menos imprevisto para los que entendemos que este seudotrotskysmo vernáculo constituye el flanco izquierdo del bloque de clases liderado por la oligarquía, el de lograr la adhesión mediática de íconos de nuestra TV comercial como Jorge Rial, Samuel Gelblung o el bueno de Gustavo Sylvestre, los cuales, adoptando la táctica ultra del “voto lástima” llevaron al molino del FIT la friolera de medio millón de votos.

Recordemos que en el conflicto del 2008 que enfrentó al gobierno popular con las patronales del campo, el P. O. se mostró escrupulosamente prescindente. Alegaron en la ocasión que se trataba de una simple puja interburguesa. Este subterfugio ideológico, esgrimido en un momento de extrema polarización política y social, los ubicó de hecho como tropa funcional al designio de los Magnetto, Míguenz, Llambías, CIA y cía. que intentaron deponer a la Presidenta reimplantando la política entreguista que nos llevó al abismo del 2001.

En cuanto a la frase citada al final, “La presidenta parió un ratón”, fue proferida por el dirigente del P. O. Marcelo Ramal, en ocasión del envío al Congreso del proyecto presidencial conocido como “resolución 125”, chispa que originó aquella maniobra de destitución, felizmente desbaratada.


Muchachos del Pe O:

Desde hace años leo sus periódicos, revistas y folletería varia, y sigo con interés sus apariciones en radio y televisión. Estas últimas suelen ser escasas, es cierto, pero no tanto como las de intelectuales y políticos de otros ámbitos, ésos a los que Jauretche (¿lo ubican?) gustaba llamar “nacionales” y a los que ustedes prefieren calificar con el ecuménico remoquete de “burgueses”. Éstos son prolijamente invisibilizados por la televisión comercial y sus democráticos “comunicadores” -de la laya, digo, de la talla de Chiche Gelblung, Luis Majul, Mauro Viale o Marcelo Bonelli-, a cuyos pluralistas espacios suelen asistir, en cambio, Pitrola, Ramal o el mismo Altamira cuando aquellos “periodistas” necesitan atacar – desde la izquierda más revolucionaria, claro- alguna medida del gobierno que fastidia a la derecha que ustedes dicen combatir. El inefable Castells suele competir con ustedes en esa tarea, a la que últimamente se han sumado enérgicamente Vilma Ripoll, Juan Carlos Alderete, Claudio Lozano y otros representantes de la incendiada –perdón, incendiaria- izquierda cosmopolita argentina. Con respecto a Castells les diré que últimamente les ha sacado algunas cabezas de ventaja ya que el año pasado logró acceder –bien que por vía vicaria- al espacio más codiciado de nuestra pantalla chica. No sabemos si Altamira, Rapanelli o sus respectivas esposas cultivan el arte de Fred Astaire y Juan Carlos Copes, pero sería cuestión de probar, ¿no es cierto? Un poco más de aire televisivo para mostrar –entre lambada y lambada, entre caño y caño- su impoluta equidistancia en la lucha intercapitalista por las retenciones al agro, no les vendría nada mal. Aunque en realidad creo que la sugerencia no debería hacérsela a ustedes sino a Tinelli. Por ahí agarra viaje, ¿quién les dice?

Les comento que también, alguna vez, he conocido a algunos militantes obreros de su partido (de los pocos proletarios con conciencia “para sí” que sus inoxidables posiciones han logrado atraer) y los he visto sufrir persecuciones, despidos y hasta dolorosas rupturas familiares por adherir sin reservas a la teoría revolucionaria de la que ustedes son, ¿qué duda cabe?, los más genuinos representantes en el país. Lamentablemente, esos obreros a los que ustedes mandan al “muere” en confrontaciones y huelgas a todo o nada, muy pocas veces perduran en la organización y mucho menos arriban a puestos de dirección, esos pocos cargos rentados que parecen estar destinados exclusivamente a militantes de clase media, catedráticos, empleados o estudiantes con su Trotsky bien (¿bien?) leído y su Altamira mejor reverenciado.

Les decía que suelo leer todas sus publicaciones y reconozco que si el tenor férreamente inconmovible de sus argumentaciones, en otras épocas despertaba cierta estimación de mi parte y me hacía pensar que su rigurosidad ideológica les impedía “casarse con nadie”, hoy he llegado a creer que ese largo celibato político –cuasi sacerdotal, diría- los ha llevado paradójicamente a compartir cotidiana habitación, no digamos lecho –no me animo a tanto-, con algunos de los “partidos” más codiciados (y liberales) de la farándula política vernácula. ¿O acaso hoy no se saben más cercanos al galán maduro Luciano Miguens o a los recios Buzzi, Biolcatti y De Angeli que a la actriz de carácter (“la señora que le tocó a la Argentina como presidenta”, diría Altamira) que suele salir al balcón a recibir los halagos del Romeo grasa e incorregible al que ustedes miran con simpatía pero que sigue sin darles ni la hora? Así como dicen que los extremos políticos se tocan, el obstinado machismo suele ocultar apegos e inclinaciones más inconfesables.

Por último quiero recordarles que alguna vez don Carlos (no el de “El día que me quieras”, sino el otro) dijo que durante sus años de lucha en el movimiento obrero internacional se había preocupado por sembrar dragones y su magra cosecha sólo le había dispensado un rebaño de pulgas. Les comento esto mientras leo un titular de Prensa Obrera: “La presidenta parió un ratón”. Eso me obliga a preguntarme, y creo que a muchos de sus lectores también: ¿acaso ustedes nunca se detuvieron a pensar que en casi un cuarto de siglo de acción revolucionaria (en lo teórico y en lo práctico) el PO no ha logrado parir, qué digo una pulga, qué digo un ratón, ni el más mísero e inofensivo microbio, ni la más humilde y mansa de las vaquitas de San Antonio?

* Juan Carlos Jara es Profesor en Historia, poeta lunfardo, periodista radial y colaborador permanente de Cuaderno de la Izquierda Nacional.


Derecho Canónico

Por Jorge Rendón Vásquez *

Hace unos días, mientras conversaba con varios colegas de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos —de la que soy profesor emérito— tocamos el conflicto entre el Cardenal y nuestra vecina, la Pontificia Universidad Católica. Estuvimos de acuerdo en que esta universidad se rige por la ley peruana, que excluye la voluntad del Cardenal. Uno de ellos adujo, sin embargo, que los católicos que la integran están obligados a acatar su voluntad por disponerlo así el Derecho Canónico. Me extrañó que lo dijera, y le pregunté si, a su criterio, el Derecho Canónico es vinculante en el Perú, es decir de cumplimiento obligatorio. Vaciló en contestarme, pero tuvo que admitir que sólo tiene significación espiritual para los creyentes católicos. Mis colegas abandonaron aliviados su sorpresa, puesto que en la enseñanza del derecho es algo elemental que las normas legales se diferencian de las morales y religiosas en que aquéllas son obligatorias y pueden ser aplicadas compulsivamente, en tanto que éstas no lo son. Ningún tribunal de justicia peruano podría jamás disponer la aplicación de una norma religiosa. En esto, la separación del Estado peruano de cualquier religión es absoluta.

El Derecho Canónico es el conjunto de reglas de la Iglesia Católica rectoras de la celebración de sus sacramentos, liturgia, organización de su vida religiosa, obligaciones y derechos de sus adeptos, administración de sus propiedades, etc. Su fuente son los concilios, decretos papales y otras disposiciones de menor jerarquía; y, su campo de aplicación, las relaciones con los miembros de los cleros regular y secular (monjes y curas, respectivamente), vinculados con sus jerarcas por sus votos de obediencia y castidad, establecidos en el Concilio de Nicea de 325, convocado por el emperador romano Constantino. Son votos o juramentos a perpetuidad. En otros términos, el que entra allí ya no puede salir, salvo por un procedimiento muy complicado y largo. A este derecho se le conoce también como Corpus Iuris Canonici (del griego kanon que significa regla o norma). Ha sido compilado varias veces y, la última, por disposición del papa Juan Pablo II, el 5 de enero de 1983, como Código de Derecho Canónico.

Para este Código, los creyentes católicos, llamados fieles, están también sujetos a sus disposiciones y a obedecer a “los pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo” (Canon 212,1), y a proveer el sustento de éstos y el mantenimiento de la Iglesia Católica (Canon 212,2).

Estas disposiciones son irrelevantes para la ley peruana.

Primero, porque, según la Constitución Política, toda persona tiene derecho “a la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o asociada. No hay persecución por razón de ideas o creencias. No hay delito de opinión. El ejercicio público de todas las confesiones es libre, siempre que no ofenda la moral ni altere el orden público.” (art. 2º-3). Por lo tanto, una persona, incluso si se vinculó a una iglesia por algún juramento, puede creer en lo que quiera y cambiar de creencia cuantas veces quiera; y no debe obediencia a los jerarcas de cualquier religión. Si lo desea, podría seguir sus consejos, siempre y cuando no vayan contra la ley peruana, ni ofendan la moral ni alteren el orden público.

Segundo, porque el Derecho Canónico es el derecho del Vaticano, cabeza de la Iglesia Católica, un Estado extranjero, del cual nuestro país no es súbdito. Las relaciones entre este Estado y el Peruano se sujetan al Acuerdo suscrito entre la Santa Sede y la República del Perú el 19 de julio de 1980, ratificado por el Decreto Ley 23211, del 24 de julio de 1980, que crea obligaciones precisas, sobre todo para el pago por el Estado de sueldos a los prelados católicos y para el establecimiento de centros de enseñanza sujetos a la ley peruana. Sin mencionarlo, se ha excluido la aplicación del Derecho Canónico en nuestro territorio. Algo extraño sucedió con este Acuerdo. Se le tramitó en secreto, se le firmó a pocos días de la entrega del mando del entonces Presidente Francisco Morales Bermúdez al Presidente electo (28 de julio de 1980), y se le publicó en una edición especial del diario oficial El Peruano de unos doscientos ejemplares que no fueron vendidos al público.

Hasta la abolición de la Inquisición por las Cortes de Cádiz el 22 de febrero de 1813, la Iglesia Católica, por su Derecho Canónico, mandaba a las autoridades laicas en España y sus colonias de América, y tenía el poder de juzgar, torturar y condenar a muerte, casi siempre en la hoguera, a cualquier persona, por herejías y otras imputaciones similares. Pero, los jerarcas católicos no se resignaron a perder este derecho y persistieron en aplicarlo luego de aquella decisión, alegando vacíos legales. En 1826 ejecutaron en Valencia a un buen señor librepensador, llamado Cayetano Ripoll, acusándolo de hereje y tiraron su cadáver al río Turia. Por supuesto, la Iglesia Católica podía también hacer volver a palos a los monjes y monjas que fugaban de los conventos y monasterios.

Recuerdo una anécdota que me contó un tío mío. Sucedió en algún momento de la década del veinte del siglo pasado. Una delegación de monjes mercedarios enviada al pueblo de Viraco había convencido a dos de mis tíos y a un primo suyo, adolescentes, para incorporarse a su orden como novicios. Los muchachos, ilusionados, hicieron el viaje de seis días a caballo a Arequipa, y fueron internados en el convento. Dos semanas después, se produjo una trompeadera descomunal en el patio del convento entre los tres muchachos y los monjes, porque uno de éstos le había metido la mano en el traste al menor de aquéllos. (¿Derecho Canónico, también?) El mayor de mis tíos, que tenía unos brazos y puños como los de Popeye y pegaba duro, noqueó a varios monjes. Ellos querían irse del convento, pero no los dejaban, y la pelea seguía, hasta que, corriendo por un pasadizo, llegaron a la iglesia que estaba abierta, y por allí ganaron la calle.

Observando a la grey católica, se puede constatar que su inmensa mayoría está tan lejos del Derecho Canónico como la Tierra de Saturno y sus deletéreos anillos.

Con la celebración ad portas del bicentenario de nuestra independencia, debería procederse a la separación total del Estado de cualquier iglesia. Los ciudadanos no católicos no están obligados a financiar o ayudar a la Iglesia Católica por la vía de egresos presupuestarios o de cualquier otra ventaja concedida por el Estado, violando la igualdad ante la ley y la libertad de conciencia.

14/9/2011

* Enviado por su autor, desde Perú, para Cuaderno de la Izquierda Nacional


La suma (a favor y en contra) de Fernando Cardoso*

Por Alberto J. Franzoia

Fernando Henrique Cardoso fue presidente de Brasil por dos períodos consecutivos entre 1995 y 2003, pero más allá de este dato conocido por buena parte de nuestros lectores Cardoso ha sido y es muchas otras cosas. Intelectual de fuste al que conocimos en América Latina primero por su condición de sociólogo encolumnado en los años 60 y 70 con la teoría de la dependencia, hombre en el exilio durante la dictadura cívico-militar que accedió al poder en su país en 1964 y militante durante buena parte de esos años en la lucha por el regreso a la democracia. En 1985 se lanzó como candidato para la Alcaldía de Sao Paulo, sin imaginar, quizás, que diez años después alcanzaría la presidencia siendo ya un político neoliberal, cofundador y presidente del Partido de la Social Democracia Brasilera.

El pasado 18 de junio Cardoso cumplió 80 años y días después de dicho acontecimiento publicó un artículo cuyo título “La suma y el resto” tomó prestado, como el mismo se encarga de aclarar, de la autobiografía del intelectual francés y marxista Henri Lefebvre (1901-1991), de quien fue colega en la Universidad de Nanterre en París. Ese título le gustó mucho a Cardoso porque le sirve para dar cuenta de todo aquello que hizo en su larga trayectoria (la suma) y todo lo que le falta (el resto). En dicho artículo publicado en varios medios (como diario El Día de La Plata, con fecha 21 de julio de 2011) afirma:

“Cuando algún reportero me pregunta lo que pienso que dirá de mí la historia, acostumbro decir, con el realismo de quien está familiarizado con ella, que de aquí a cien años, probablemente nada; tal vez una línea que diga que fui Presidente de Brasil de 1995 a 2003. Cuando insisten en que hice esto o aquello, otra vez mi realismo pondera que en el transcurrir de la historia, quien queda en ella es visto y revisado por la posteridad ya sea de modo positivo o negativo, dependiendo de la atmósfera reinante y de la tendencia de quien revise los acontecimientos pasados.”

Le cabe toda la razón a Don Fernando por lo que haciéndome cargo de mi propia tendencia, nunca ocultada porque me enrolo en el campo de los intelectuales (explícitamente) militantes, diré desde la visión de mundo que me contiene y expreso sin complejos, que las sumas que su vida ha aquilatado no transitan por calle de una sola dirección. Y lo mismo podría decir de otros personajes de nuestra historia reciente, alguno de los cuales hasta fue uno de mis elegidos para la formación ideológica y la militancia política durante la adolescencia y juventud (1).

Entre los aspectos muy favorables de la suma de Cardoso coloco lejos, en un primerísimo lugar, sus enormes aportes a la teoría de la dependencia, sobre todo ese valioso trabajo que produjo en 1969 con Enzo Faletto titulado “Dependencia y desarrollo en América Latina”. Cada antología de los textos esenciales para esa teoría durante los años sesenta y setenta debe incluir dicho trabajo, junto a otros de Theotonio Dos Santos (La crisis norteamericana y América Latina), Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina, André Gunder Frank (Capitalismo y subdesarrollo en América Latina), Vivian Trías (Imperialismo y geopolítica en América Latina), o un aporte poco conocido pero fundamental realizado por Jorge Enea Spilimbergo (La guerra civil en EE.UU. y el subdesarrollo) (2).

En 1981, cuando la pelea por el regreso a la democracia se acentuaba en Brasil, Cardoso publica otro texto valioso sobre el tema titulado “Las democracias en las sociedades contemporáneas”, en el que reivindica el papel de los movimientos populares en América Latina y aboga por una democracia a la cual desea socialista. Su compañero de ruta, Enzo Faletto, había escrito meses antes “Dependencia, democracia y movimiento popular en América Latina”.

Cardoso fue en esos años un incansable batallador contra la dependencia y contra las dictaduras oligarco-imperialistas que asolaban lo región; eso no lo olvidaré. Pero, como en muchos otros casos, la posmodernidad con sus cantos de sirenas sobre el fin de las ideologías lo afectó gravemente, y empezaron a emerger los aspectos más desfavorables de su suma. Tanto que cuando se presenta a elecciones para disputar la presidencia de Brasil por el período 1995-1999, ya lo hace en condición de un convencido neoliberal (consecuencia del fin de las ideologías). Eran los años en los que el menemismo gestaba un drama difícil de revertir en Argentina. Transitando la misma visión de mundo Cardoso tuvo un segundo mandato hasta 2003, cuando su partido perdió las nuevas elecciones ante el PT de Lula.

El sociólogo y político que nos enseñó a descubrir las causas que sumían a la Patria Grande en el subdesarrollo, uno de los que desenmascaró los vínculos orgánicos de éste con la dependencia histórica de las grandes metrópolis del capitalismo mundial, el luchador por la democracia popular contra cualquier forma de dictadura oligárquica, había claudicado. Difícil creerlo, pero transitaba su sexta década atrapado entre las garras de una ideología que había combatido durante una fracción fundamental de su existencia.
No sería el único…

En el artículo comentado, al ingresar a su octava década, Cardoso no reniega de la metamorfosis experimentada, sostiene sí que hubo errores y que le quedan cosas por hacer (el resto). Sigue experimentando sensibilidad ante la pobreza y los problemas ecológicos de la humanidad, pero cree que la solución debe ser producto de un consenso global ¿Y el imperialismo? ¿Y la teoría de la dependencia?

Para los que no abandonamos la lucha por la liberación nacional y social (nuestra tendencia a la hora de evaluar los acontecimientos, como diría el propio Cardoso), el problema mayor no son sus errores humanos, ni mucho menos lo que le resta por hacer; para nosotros lo más esencial y doloroso es la claudicación ideológica (o cambio de tendencia) que lo llevó a abandonar nuestras filas. Aunque esto no pueda borrar, claro está, lo mucho que nos aportó.

La Plata, setiembre de 2011

(1) Me refiero a Jorge Abelardo Ramos
(2) Franzoia, Alberto: Spilimbergo y la teoría de la dependencia, en ¿Quién es Jorge Enea Spilimbergo? Versión completa en PDF en El Ortiba http://www.elortiba.org/pdf/spilimbergo.pdf


La marcha peronista: versión cumbia villera - Nicolás Daniel Báez


Censura privada (Sobre el caso Amigorena)

Por Jorge Arcolía

Lo sucedido excede largamente el ámbito de la farándula.
Cuando los poderosos aplican la coerción para impedir la libertad de expresión, merecen nuestro enérgico repudio.
El video enuncia la existencia de un hecho cuasi-mafioso.
Lidia Papaleo da cuenta de la peligrosidad de los personajes en cuestión.
Pocos medios le han dado al tema la importancia que tiene.
Me queda una esperanza: La columna del Nieto de Mordisquito, en este mismo espacio.


Estar atentos al frente interno

Por Alberto J. Franzoia

Desde el regreso a la vida democrática (1983) nunca el resultado de una elección para presidente de los argentinos tuvo un final más cantado que el que se aproxima. Porque no caben dudas que Cristina será consagrada con una diferencia de votos descomunal con relación a la segunda fuerza. Como tampoco existen dudas con respecto al carácter patético que ha adquirido la oposición y su imposibilidad de realizar cualquier aporte sustancial al evento.

Alfonsín es presentado como un líder; la afirmación sólo puede provocar una carcajada. Otros que votaron en el parlamento contra proyectos de avanzada del kirchnerismo se presentan como el “progresismo verdadero”; poco creíble. Los que dicen representar a los trabajadores, sin registrar que dicho sujeto social está en realidad en otro espacio político desde hace décadas, festejan un milagroso porcentaje de adhesiones que podría superar el 4%; para llorar. Los más reaccionarios intentan camuflar su pelaje. Algunos candidatos huyen despavoridos para evitar un papelón del que no se vuelve. Y hasta están los que ejercitan la negación (psicológica) como mecanismo de defensa ante la inevitable catástrofe.

A esta altura de los acontecimientos y con cuatro años por delante para seguir gobernando sin partidos opositores de fuste a la vista, el escenario de conflictos fuertes se presenta en realidad en el terreno económico. Allí donde los que hoy no logran reunir adhesiones políticas suficientes tienen, sin embargo, un peso desmesurado. Porque más allá de los enormes avances registrados durante los ocho años de gestión kirchnerista, resulta evidente que tanto el capital financiero de los países imperialistas, como sus socios nativos de la oligarquía especuladora (agroexportadora, industrial y financiera) siguen en pie.

Y si el capital más concentrado que expresan estos sectores forma parte de nuestra realidad, nadie medianamente inteligente puede suponer que no trabajarán para expresar sus intereses en la superestructura cultural y política. En realidad la tarea cultural que apunta a instalar estos intereses corporativos como si fueran intereses de toda la nación, la seguirán llevando adelante los medios más reaccionarios, como el grupo Clarín. Por lo tanto allí no tendremos grandes novedades en relación a lo sucedido hasta ahora; basta recordar el conflicto de 2008 con la minoritaria oligarquía agraria y su presentación mediática como un atentado al conjunto del campo argentino.

Queda entonces por ver cómo las clases dominantes acomodan su táctica política (de coyuntura) en los próximos cuatro años, para que su estrategia (de largo alcance) basada en el control oligopólico del mercado nacional, no sufra consecuencias irreparables en caso de que el kirchnerismo intente modificar la relación de fuerzas en el terreno económico adaptándola a la actual bonanza política que atraviesa el bloque nacional y popular.

Sobre dicha cuestión habrá que estar muy atentos, por lo tanto, al movimiento de piezas interno, ya que no sería la primera vez que, ante una imposibilidad cierta de hacerse con el control político de la situación (ya sea por inexistencia de un partido afín con posibilidades ciertas de gobernar, o por la inconveniencia de intentar otras vías menos democráticas muy frecuentes en otros tiempos), el bloque oligárquico-imperialista buscará fragmentar nuestro bloque nacional-popular recurriendo a sus componentes más débiles para captarlos. Esos componentes existen. Algunos son gobernadores, otros intendentes y diputados, los hubo ministros y vicepresidentes. Algunos manejan fondos y contactos. Allí estará el espacio en el que seguramente se librará la principal batalla política del próximo período: hacia el interior de nuestro propio bloque. Batalla para debilitar el proyecto en curso e impedirle su continuidad transformadora.

No descuidarse, apoyar los avances experimentados por el gobierno kirchnerista, pero manteniendo a la vez una actitud crítica hacia las debilidades táctico-estratégicas y sobre todo hacia los ideológicamente débiles (propensos a abandonar sin complejos aquello que dicen defender), será la tarea política de todo militante que realmente apueste a profundizar este modelo con un sentido claramente social y antiimperialista.

La Plata, 19 de octubre de 2011


Un libro esencial

Por Enrique Lacolla

Acaba de aparecer Historia de la Argentina, de Norberto Galasso. Destilado magistral de una escuela de interpretación de la historia argentina, esta obra resulta una aportación de gran valor para el esclarecimiento de las jóvenes generaciones.

Por su carácter abarcador y sintetizador, del ingente trabajo historiográfico de Norberto Galasso deben destacarse tres títulos en especial: la biografía de San Martín –Seamos Libres y lo demás no importa nada-, los dos gruesos volúmenes consagrados a Perón y, ahora, esta excelente Historia de la Argentina, que acaba de publicar Colihue.

Son libros casi definitivos, por el impresionante trabajo heurístico y hermenéutico que comportan, y por su capacidad de sintetizar un decurso histórico a menudo deshilachado en los textos de la historial oficial –engañosa en grado sumo, en tanto sustrae elementos esenciales para la comprensión del pasado-, y en los de un revisionismo que, por cierto, contiene obras fundamentales en su haber, pero que, salvo contadas excepciones, ha tendido a centrarse en el análisis de personajes, problemas y situaciones particulares. Las excepciones más notables a esta regla fueron la Historia Argentina, de José Luis Busaniche, que quedó inconclusa por la muerte de su autor; y las fundacionales y formidables Revolución y Contrarrevolución en la Argentina y la Historia de la Nación Latinoamericana, de Jorge Abelardo Ramos. Pero, escritas de forma apasionada en el torbellino de los años posteriores al golpe militar de 1955 y en las vertiginosas décadas que las siguieron, estas últimas quizá no alcanzaron el grado de exhaustividad, precisión docente y exposición sistemática de que hacen gala los libros de Galasso, en especial el que estamos comentando.

La Historia de la Argentina, en efecto, aborda todos los temas claves de nuestro pasado de manera muy organizada, con una profusión de datos y fuentes que la hacen irrefutable, al menos en lo referido a la veracidad objetiva de los hechos que describe. Desde luego, como bien lo expresa el autor en el prólogo, el historiador no puede visionar el pasado obviando a su propio lente ideológico. Galasso expresa que el engaño no consiste en que algunos autores interpreten la historia desde su propia concepción, “sino de que lo hagan pretendiendo que sus visiones son neutras, no obedecen a ideología alguna y, por lo tanto, deben enseñarse en las escuelas como si fuesen la única y verdadera historia”.

La clave está en distinguir entre una imparcialidad imposible y una objetividad factible. Esta última resulta de una exposición total y honesta de los datos que el historiador dispone, aunada a una clara aceptación de la parcialidad a la que adhiere. Este reconocimiento es la imprescindible base para abordar la redacción de un texto que pretende la puesta en escena de un drama polémico, en el que se entrecruzan las realidades consumadas del pasado con las pulsiones de un presente afectado por problemas que a menudo están influidos de forma directa o indirecta por las tendencias del ayer. Alejándonos de nuestra propia tierra y refiriéndonos al escenario europeo, por ejemplo, no es casual que las tendencias historiográficas dominantes hoy abominen de la revolución francesa (y ni hablemos de la bolchevique). El universo neoliberal posterior a Fukuyama concibe al presente como un lago chirle y aburrido, donde una presunta “sensatez” y un acomodamiento a unas circunstancias que se habrían dado de una vez para siempre, deben primar sobre las pulsiones “irracionales” de los movimientos de masa milenaristas que engendraron al comunismo y al fascismo, entre otros fenómenos. Esta presunta sensatez está siendo puesta en tela de juicio hoy por los desastres que engendra la globalización imperialista, pero estos no han alcanzado todavía el punto crítico donde se puede romper la concepción del mundo predominante en los países del centro.

Y bien, desde la óptica de una periferia sometida al castigo de las políticas del imperialismo, semejante tranquilidad es inconcebible y requiere un análisis de la historia formulado desde nuestra propia perspectiva, para forjarse una composición de lugar que refute el criterio dominante y permita armarnos para enfrentar un presente difícil y prepararnos a un imprevisible futuro. Lo cual implica desembarcar en un universo poblado de contradicciones que necesitan una comprensión dialéctica y abierta para la representación de los choques problemáticos del pasado. El libro de Galasso es un aporte abarcador de enorme utilidad para esclarecer el pasado argentino a las jóvenes generaciones y para verlo en su conexión latinoamericana. Una conexión que la historia oficial y sus derivados han omitido cuidadosamente o han observado con un fingido desdén, extensivo a los trabajos como al que nos estamos refiriendo.

La obra arranca con una apasionante primera parte que es un examen de las corrientes historiográficas argentinas , lo que sirve al autor para poner en claro los bandos en que se ha dividido ese espacio y para explicitar su pertenencia a uno de ellos, al que genéricamente denomina como corriente historiográfica socialista, federal-provinciana o latinoamericana. Es una indagación exhaustiva, que no sólo desnuda las contradicciones o falacias que desde su punto de vista adolecen otras escuelas, sino que efectúa evaluaciones de los historiadores pertenecientes al propio campo, tarea para nada confortable y de la que se escapan a veces chispazos que provienen de antiguas polémicas. (1)

El examen de nuestra historia, desarrollado a lo largo de unas 1.200 páginas de texto distribuidas en dos volúmenes, es desde todo punto de vista un logro. Una de las cualidades que deben distinguir al historiador es su aptitud para narrar eslabonando un discurso cautivante por su tersura estilística y por la claridad de los conceptos que va concatenando. Apoyándose siempre en fuentes verificables Galasso nos ofrece un relato a la vez apasionante y angustiante de un país desgarrado por una contradicción original irresuelta todavía, pero reelaborada por el trabajo de los años y las generaciones. La evidencia de la gestación de un país dividido entre la ciudad-.puerto que entendía diseñarlo a su manera y un interior que aspiraba a acabar con el estrangulamiento que suponía el cuello de botella porteño y su captación de los beneficios de la Aduana para el provecho de su burguesía comercial y de la clase de los ganaderos bonaerenses -conjunción no exenta de contradicciones pero que terminaría conformando a la oligarquía-, está descrita con minuciosidad y exactitud. La descripción que Galasso hace de la compleja articulación del morenismo con la Logia Lautaro es también de una claridad meridiana. También lo es su minuciosa exposición del eje a través del cual giró la distorsionada organización nacional en el período de las luchas civiles: la ambivalente posición de las provincias litorales –Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes- que compartían la general inquina provinciana contra Buenos Aires por su monopolio de las rentas de la Aduana, potestad que impedía organizar a la nación en profundidad, pero que interpretaban esa cuestión de una manera diferenciada. Las provincias litoraleñas, en efecto, repudiaban el papel de cancerbero que Buenos Aires ejercía respecto de los ríos, pero al mismo tiempo poseían un interés propio orientado hacia la construcción de un modelo de país no muy alejado de la concepción rivadaviano-mitrista. Esto es, fundada en la aceptación de una economía volcada a la exportación de productos primarios y orientada hacia el exterior, en vez de serlo hacia la construcción de una sociedad equilibrada y provista de polos de desarrollo industrial en el interior. De hecho, el embrión de estos fue destruido o negado por Buenos Aires al interior a través de las políticas unitarias –sea en su expresión más cruda del “liberalismo ilustrado”, sea en su versión atemperada por el barniz nacional que le dio el rosismo- hasta culminar en las expediciones punitivas de Mitre después de Pavón, que exterminaron las resistencias internas en una ecuación que resumió y resolvió (de mala manera) todas las contradicciones anteriores. La retirada de Urquiza del campo de Pavón en una batalla casi ganada y su actitud especulativa, renuente y en definitiva traidora respecto al Interior durante la década subsiguiente, hasta su asesinato en 1871 a manos de una partida de federales despechados (o manipulados por el mitrismo), expresan esta ambigüedad.(2)

La aptitud para percibir y explicar acabadamente esa y otras ambivalencias –como las difíciles relaciones entre Mitre y Sarmiento y la tardía proximidad de este a Urquiza- es uno de los rasgos más atractivos e importantes de la obra de Galasso. No escapa a esta aguzada percepción el problema historiográfico que se ha planteado en torno a Roca, un personaje que ha tenido la desdicha de caer entre las patas de un defensor como Mariano Grondona y la inquina de un arbitrario Osvaldo Bayer. Galasso no toma en absoluto una posición intermedia entre ambas posturas, pero establece su interpretación respecto del papel del “Conquistador del Desierto” con una finura que aventa tanto la justificación hipócrita de Grondona y de los que piensan a su manera, como la diatriba colmada de resentimiento de Bayer.

La historia no es un discurrir maniqueo de buenos y de malos, sino una combinación de circunstancias donde nada es siempre igual a sí mismo con el correr del tiempo, y donde los matices a veces revelan los costados insospechados de las cosas. Esos contornos, variables en ocasiones, permiten coincidencias inesperadas entre enemigos o adversarios, coincidencias que bien pueden modificar un desarrollo social y cambiar al árbol que crece desde sus raíces a través de una poda oportuna o de un horcón que sostenga a sus ramas más débiles hasta que estas se vigoricen…

Lejos del determinismo fatalista de José Pablo Feinmann quien entiende que si Felipe Varela hubiera conquistado Buenos Aires hubiera hecho lo mismo que Mitre, Galasso pone de relieve que la voluntad de organizar al país de ese y otros caudillos del interior pasaba por una exacta comprensión (que era también la de Alberdi, Fragueiro, Pedro Ferré y hasta el general José María Paz) de que las rentas usurpadas por Buenos Aires debían revertir en el país todo para generar una realidad diferente. Sólo la astucia de Rosas, que contemporizaba con el interior sin ceder en lo básico, y la traición de Urquiza, atrapado (como antes lo habían estado Estanislao López y Pancho Ramírez) en el servicio de unos intereses locales que eran también personales, impidió que la turbulenta resistencia de las provincias tuviera razón sobre Buenos Aires. Cuando finalmente el general Roca zanjó en la más sangrienta de las batallas de las guerras civiles la cuestión del puerto de Buenos Aires, federalizando a la Capital, se evitó la desintegración, pero el país ya había sido tallado de acuerdo a un molde económico distorsivo, que impidió la expansión y el crecimiento de una potencialidad nacional que sólo revivió muchas décadas más tarde.

La importancia de Roca proviene del saldo que dejó el conjunto de su obra de estadista, jugada en un plano político-militar, y no de un hecho aislado, al que se suele evaluar desgajado del contexto social en que se produjo, como es moda hacerlo en la actualidad con la Campaña del Desierto. Desde luego este episodio tuvo contornos de brutalidad suma, pero la ferocidad existía de ambas partes en una guerra que se arrastraba desde hacía décadas y el imperativo geopolítico ordenaba ocupar un espacio despoblado que bien podría haber sido apropiado por Chile o incluso por alguna colonia inglesa. Pero a Roca no se lo puede reducir a la estatura del ganador de esa campaña, sino que es preciso evaluarlo en el conjunto de su obra, en la cual la nacionalización de Buenos Aires, que terminó con el ciclo de las guerras civiles, es fundamental. No puede haber sido casual, por otra parte, que su obra de gobierno recibiera el apoyo de la intelectualidad más preclara y moderna de la época –la generación del 80- ni que bajo sus gobiernos se efectuaran los primeros estudios sociales a escala del país y se introdujeran las reformas educativas más importantes, imponiéndose la educación libre, gratuita y laica. Esto nos lleva a preguntarnos si en la moda que hoy pretende defenestrarlo del panteón de los héroes no estará presente –transmitida a través del cordón umbilical de un servilismo cultural inconsciente propio de algún sector de la clase media- la vieja inquina contra el militar que derrotó a Mitre y domeñó el secesionismo porteño.

La necesidad de una historiografía revisionista seria es hoy más importante que nunca. Pues si antes la Academia y los grandes medios de prensa monopolizaban un discurso que congelaba a las figuras del pasado en el mármol, hoy la banalización de la cultura y la proliferación de trabajos que sobrevuelan las cuestiones fundamentales y se aplican a describir la presunta intimidad de los próceres –a retratarlos en pantuflas, en cierto modo-, olvida manifestar cuáles eran los motores eficientes de sus vidas y, por lo tanto, el rasgo que puede hacernos interesantes a sus rutinas cotidianas. De lo contrario lo que se busca es igualar todo bajo la pátina de la mediocridad universal. Ahí sí que “los árboles nos taparían el bosque”…

El libro de Galasso resulta pues una aportación de primer nivel, que debería integrar la bibliografía universitaria, junto a los textos de otros animadores de las corrientes revisionistas. El silencio que la gran prensa, la generalidad de la cátedra y los medios monopólicos siempre han guardado respecto de estas contribuciones heterodoxas es indicativo del temor a enfrentar esas interpretaciones en campo abierto de parte del sistema constituido de la enseñanza académica y de los guardianes de la interpretación mitrista de la historia argentina.

Una observación al margen. Sería muy útil que a la obra de Galasso se le adjuntara un índice analítico. Facilitaría su recorrido y supondría un aporte más a su enorme valor docente.

Notas

1) Esto es evidente en el caso de Jorge Abelardo Ramos. Galasso reconoce su importancia, pero a la vez se ocupa –muy pertinentemente por otra parte- de destacar que gran parte de su pensamiento surgió de la matriz de otros pensadores de la que sería más adelante la Izquierda Nacional, que se le adelantaron en la formulación de algunas categorías básicas en torno del rosismo. el peronismo y la guerra del Paraguay. Destaca Galasso en especial la originalidad de Enrique Rivera y Aurelio Narvaja, animadores primigenios de la revista Frente Obrero. Al hacerlo critica la desenvoltura con que Ramos integró esas aportaciones a su propio pensamiento a través de un reconocimiento genérico y no personalizado de esos autores. Esto puede ser cierto, pero –desde nuestro punto de vista- hubiera convenido también enfatizar los aportes originales realizados por el mismo Ramos, su crítica al “foquismo” por su reduccionismo voluntarista; su brillantez como polemista y la excepcional calidad literaria de su trabajo y, en la estela de esta, su talento para difundir de forma eficiente las categorías del revisionismo en una enorme masa de lectores. De esto muchos le somos deudores, más allá de la peripecia final de su carrera, que lo vio adherido al menemismo, como una excrecencia paradójica de este.

2) Resumen y ejemplo de esta política contraria a la industria y al desarrollo autónomo fue la espantosa guerra del Paraguay, uno de los pocos fenómenos a los que legítimamente puede calificarse como genocidio producido en América latina. Buenos Aires, la corte del Brasil y el partido Colorado de Montevideo fueron los agentes de ese designio. El país más industrializado, alfabetizado y ordenado del subcontinente que se rehusaba a aceptar el rol dependiente del comercio británico que se le había marcado desde Londres, fue literalmente “devuelto a la edad de las cavernas”. Tal y como Washington promete hoy a los los “rogue states”.

www.enriquelacolla.com

Publicado en Reconquista Popular


¡Bienvenida hegemonía! *

Por Alberto J. Franzoia

A un año de la partida de Néstor Kirchner el pueblo argentino dio su veredicto. Cristina, su compañera de toda la vida, en ciertos aspectos su mejor discípula, pero también el más importante cuadro político que gesto la dirigencia peronista en las últimas décadas, la que soportó estoica las peores agresiones de parte de la siempre omnipresente y perversa oligarquía argentina, cosechó casi el 54% de los votos. Ningún otro candidato durante estos 28 años ininterrumpidos de democracia consiguió semejante apoyo popular, ni siquiera Raúl Alfonsín en plena euforia del regreso a la vida constitucional y sin ningún tipo de desgaste previo. Claro está que el poder sólo desgasta al que mal gobierna, porque cuando se gobierna para el pueblo lo que se consigue es una creciente acumulación de consenso.

Los politólogos, sociólogos y comunicadores sociales “neutrales” nos dirán que ahora se corre un serio peligro hegemónico. Como suele ocurrir en aquellos medios oligopólicos y comprometidos con intereses privados concretos, los conceptos se instalan, circulan hasta la saturación del receptor, pero pocas veces son definidos con claridad. En este caso, el carácter réprobo que ha adquirido todo aquello que tenga que ver con la hegemonía (cuando es popular) va asociado al supuesto de que por hegemonía siempre debe entenderse: dominio de unos sobre otros. Sin embargo hegemonía deriva del griego «eghesthai», que significa conducir, ser guía.

Ocurre que para lograr la conducción en una sociedad es necesario construir consensos. En realidad, a lo largo de la historia han predominado las conducciones culturales de las clases dominantes (1); en el capitalismo desarrollado de la burguesía y en el subdesarrollado habitualmente lo ha conseguido la oligarquía. Para alcanzar ese objetivo se valen de una poderosa superestructura ideológica-política (y también jurídica) que produce y transmite bienes simbólicos (ideas, conceptos, teorías, condenas y absoluciones) al conjunto de la sociedad, presentando sus intereses de clase, minoritarios y corporativistas, como si fuesen los intereses supremos de toda la nación. Por ejemplo: en Argentina, según la versión mitrista de la historia, el campo es sinónimo de Patria, porque la Patria habría existido y vivido gracias a éste. Cuando ideas semejantes son instaladas por clases o fracciones de clases como la oligarquía agraria (que se presenta a sí misma como “el campo”) es posible conducir a una parte significativa de la sociedad recurriendo a los intereses de una minoría; así ocurrió en 2008 con la oposición a la 125.

Sin embargo las clases dominadas (con los obreros a la cabeza) tienen una historia de lucha y a veces logran gestar procesos de contra hegemonía (conducción cultural alternativa a la dominante) que las lleva a iniciar transformaciones estructurales favorables a los intereses de la mayoría de la nación. No es necesario ser demasiado lúcido para comprender que ese tipo de hegemonía sólo puede resultar motivo de preocupación para aquellas clases minoritarias que verán amenazados sus privilegios de antaño. Todo indica que en varios países de América Latina lo señalado comienza a ser una realidad tangible en el siglo XXI.

En Argentina dicho temor invade a las diversas fracciones que conforman nuestra oligarquía: agraria, comercial, industrial y financiera. Fracciones todas que maximizan sus ganancias mediante la especulación, ya sea que para conseguirlo recurran a un régimen de propiedad privilegiada sobre las tierras más fértiles, al comercio de exportación-importación, al control oligopólico del mercado industrial, o la especulación lisa y llana en el mercado financiero. Pero, además, estas fracciones tienen estrechos vínculos con el capital financiero internacional, de allí la conformación de un bloque de intereses que es tanto oligárquico como imperialista.

Como no podía ser de otro modo, ante un gobierno de orientación nacional-popular como el de Cristina Fernández, que gracias a reafirmar el rumbo emprendido en 2003 por Néstor Kirchner ha incrementado sustancialmente su cuota de consenso, el bloque oligárquico-imperialista y sus voceros se preocupan por la hegemonía. Si fuesen serios y se interesaran realmente por la verdad (objetividad), nuestros intelectuales pro statu quo deberían aclarar que a sus patrones la única hegemonía que les preocupa es la popular.

Cristina y Néstor podrían haber retrocedido durante el conflicto de 2008, como han hecho buena parte de los gobiernos democráticos que supimos conseguir; pero no, fueron por más: asignación universal, ley de medios, fútbol para todos, estatizaciones de intereses privados, y sigue la lista. La consumación de hechos concretos condujo a nuestro pueblo a incrementar su apoyo. Ante ese tipo de conducción el bloque oligárquico-imperialista manifiesta entonces su natural preocupación, y recurriendo a sus “cerebros independientes” le llama hegemonía, pero adjudicándole el significado “dominio de unos sobre otros”.

Está bien que se preocupen, porque lo que el bloque nacional y popular debe construir, si quiere cambiar la historia en serio, es precisamente hegemonía, pero entendida como conducción cultural alternativa, para que de una vez por todas las enormes riquezas de nuestra nación dejen ser el patrimonio de un grupo selecto de privilegiados que viven de espaldas a las necesidades populares. En realidad el 54% que obtuvo Cristina, es el piso necesario para seguir construyendo consensos aún más amplios que permitan cambios estructurales; cambios profundos por lo tanto en la estructura económico-social de nuestra sociedad. Para ello será prioritario adecuar la realidad material a aquellas transformaciones que ya se van operando en la superestructura ideológica y política. Sólo así otro país será definitivamente posible, por lo que no cabe más que exclamar: ¡bienvenida hegemonía!


(1) Cuando esa conducción cultural no es suficiente para encolumnar a buena parte de la sociedad entonces se recurre a la coerción, de allí las dictaduras cívico-militares que hemos padecido en América Latina.

La Plata, 1 de noviembre de 2011


La confirmación *

(Elecciones del 23 de octubre)

Por Hugo Presman

Se confirmó la encuesta precisa que fueron, por mal uso generalizado de todos los partidos, las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias.

Cristina Fernández obtuvo el triunfo más apabullante desde 1983 y uno de los más notables de toda la historia argentina. No sólo por la cifra alcanzada del 53,80% sino por la abismal diferencia con el rezagado lote de sus escoltas, condenados a competir en el desintegrador territorio de las derrotas sin esperanzas. El kirchnerismo se recuperó de un profundo traspié político concretado parlamentariamente de la manera más aviesa, por el voto temblequeante del propio vicepresidente, y luego ratificada en las elecciones legislativas de junio del 2009.
Fueron las consecuencias del histórico conflicto del gobierno con las patronales del campo, apoyado por los sectores medios urbanos y con el patrocinio y sostén de los medios hegemónicos.

Cristina Fernández y Néstor Kirchner actuaron en forma diametralmente distinta a lo habitual. Cuando el establishment celebraba su victoria y se aprestaba a hacerles besar la lona, dominando el Parlamento, la contraofensiva fue eficaz y llevó el desconcierto a los dirigentes de los partidos políticos, prolongación del poder económico y comunicacional. El núcleo duro minoritario conformado en los días aciagos de la derrota, se fue ampliando en forma lenta pero firme con la sanción de la ley de medios audiovisuales, la estatización de las AFJP y de Aerolíneas Argentinas, el matrimonio igualitario, el fútbol para todos y la asignación por hijos. Junto a estas medidas trascendentales, se continuó con la construcción de escuelas y hospitales, el apoyo a la ciencia y a la educación, la repatriación de científicos, las políticas activas para atenuar los efectos de la crisis internacional. Los festejos del bicentenario expresaron con claridad que se había revertido las consecuencias de la derrota. Los medios y sus columnistas de opinión fogoneando a los políticos subordinados, siguieron ignorando el cambio de la situación, describiendo escenarios dolorosos y anunciando futuros desesperanzadores. Lo realizado en siete años, la revalorización de la política, la subordinación de la economía a aquella, el retorno del Estado, fue seduciendo a los jóvenes que volvieron a interesarse por la cosa pública. Ese río subterráneo apareció clara y dolorosamente a la muerte de Néstor Kirchner. La ofensiva contra Cristina Fernández que se había iniciado antes de asumir como presidenta, ni siquiera se interrumpió con la muerte de su marido y ex presidente. A pocas horas de su muerte, el analista del poder, Rosendo Fraga, le aconsejó dar un viraje en el sendero que se transitaba. Ejerciendo la presidencia, fue denostada en vida del santacruceño como una subordinada de su marido, el que era en la boca y pluma de algunos periodistas "independientes" "el jefe de la jefa de estado" y al poder ejecutivo unipersonal se lo denominaba canallescamente "matrimonio presidencial".

Hoy, uno de ellos, el periodista de Clarín Julio Blanck, escribió el 24 de octubre: ".su notable recuperación personal y política (a la muerte de Kirchner), tan inesperada como la fuerza y la habilidad con que se sobrepuso al dolor, a la soledad y a los peores pronósticos sobre su capacidad de gestión y de mando, equivocación de la que no escapamos casi ninguno de los observadores y analistas de la política"

Los primeros resultados electorales del 2011, confirmaron la reversión de la derrota del 2009. Ante ese panorama, dos candidatos presidenciales, Fernando Pino Solanas y Mauricio Macri, bajaron sus candidaturas. Luego, las dos derrotas de los candidatos del gobierno en Capital Federal y Santa Fe, la falta de candidatura propia en Córdoba, volvieron a alentar esperanzas en la tríada La Nación, Clarín (con sus más de tres centenares de medios) y Perfil. Engañosamente alentaron nuevamente la posibilidad de una próxima derrota gubernamental. El resultado de las PASO desconcertó a la oposición y sus voceros, que a partir de ahí intentaron convertir las presidenciales en legislativas, con el llamativo argumento, de escasa consistencia republicana con la que alardean, de la necesidad del equilibrio de poderes, aunque las nuevas mayorías surjan del pronunciamiento popular.

LAS ELECCIONES DEL 23 DE OCTUBRE

Está claro que después de las PASO, el voto antikirchnerista se dirigió hacia el candidato que había salido cuarto y que se presentaba como el único que podía crecer, por lo que se produjo una traslación de los votos antikirchneristas, principalmente de Eduardo Duhalde hacia Hermes Binner. Eso quedó claramente evidenciado en el territorio de la Capital. En los barrios de Nuñez, Belgrano, Colegiales, Palermo, Recoleta y Caballito, los votos del Peronismo Federal que había ganado ahí en las PASO, pasaron al Frente Amplio Progresista, que triunfó en las elecciones nacionales en los mismos lugares.

El resultado ha sido un epitafio a las carreras políticas de Elisa Carrió y el ex gobernador y senador en ejercicio de la presidencia y a Ricardo Alfonsín, que sólo el desierto dirigencial radical catapultó a un cargo a todas luces que le quedaba enormemente holgado.

Previamente las PASO, extendieron un certificado de caducidad provisorio a las posibilidades políticas de Pino Solanas. Cristina le ganó a Binner en su propia provincia. Éste sólo triunfó en su territorio en tres distritos y en la ciudad de Rosario, la única de las grandes ciudades en que perdió la presidenta.

El resultado electoral favorable al Frente para la Victoria, en porcentaje y distribución territorial superó a las presidenciales del 2007 en que Cristina fue elegida.

A los que sostienen que a Menem obtuvo resultados parecidos en 1995, conviene puntualizar que dos años más tarde, en 1997, perdió las legislativas y empezó a transitar sus meses finales.

Lo mismo les había sucedido a Ricardo Alfonsín en 1987 y a Fernando de la Rúa en el 2001. Todas anticiparon finales penosos. En cambio no se conocen antecedentes cercanos de un gobierno que, luego de perder elecciones legislativas transcurridos 6 años del inicio de su gestión, dos años más tarde bate todos los records.

En la oposición, Binner deberá tener la cordura para no repetir los errores de Pino Solanas y Francisco de Narváez, que recogieron el voto coyuntural antikirchnerista, y luego quedaron desnudos cuando en escenarios diferentes volvieron a sus registros históricos.

Mención aparte merece Elisa Carrió, quien tuvo un merecido castigo que la condenó al último puesto. En declaraciones posteriores a su impresionante derrota, afirmó que pasaba a la resistencia al régimen. Parece una incoherencia, pero es sólo la prolongación coherente de una larga e increíble retahíla de desatinos. Es la pitonisa, invariablemente equivocada, que ante la estatización de las AFJP, afirmó que los aportantes estaban en la misma situación de los judíos que eran conducidos en trenes a Auschwitz. La que sostuvo que el kirchnerismo era el nazismo sin campos de concentración. Por eso hoy se considera una partisana que pasa a la resistencia al nazismo.

Eso sí, acompañada hasta ahora por Mario Llambías, el dirigente de Confederaciones Rurales Argentina, uno de los cuatro jinetes del apocalipsis campestre del diario Clarín, del poder económico en general, que la ha usado hasta que huérfana de apoyo electoral, será abandonada como un limón exprimido.

LA CONFIRMACIÓN

Mientras intelectuales y analistas buscan causas exóticas y pintorescas al rotundo triunfo, sería bueno gritar: ¡Es la política, estúpidos! Es la consecuencia lógica de los dos mejores gobiernos desde los de Perón para acá. Es el haber recuperado, para la generación del setenta, sueños que habían sido enterrados. Para los jóvenes que se incorporan a un mundo que los excluía donde hoy la política es un instrumento de cambio y no un corset para mantener el status quo. Mientras en el nuevo período, el gobierno deberá profundizar las rupturas de lo mucho que queda de los noventa y eliminar errores y equivocaciones o afrontar asignaturas pendientes como la sojización, la minería, la reforma impositiva, la reforma financiera.

La oposición sobreviviente tiene con Mauricio Macri un partido provincial ( en esta elección consiguió poner además de la Capital, un pie en Vicente López) y con Binner, otra expresión de escasa penetración territorial. Paradojalmente, un partido en franco declive, como el radical, sigue siendo el de mayor representación legislativa y que administra un número interesante de intendencias.

La oposición debería seguir algunas de las consideraciones de Jorge Fernández Díaz, un periodista crítico del gobierno, pero que con lucidez ha escrito en el diario La Nación del 24 de octubre: "La oposición me temo, debe cuanto antes declarar y asimilar su derrota, entenderla y asumirla en toda su dimensión, lo que implica tomar aceite de ricino, es decir: admitir las cosas positivas que el oficialismo logró. Sólo desde ese lavaje de estómago, desde esa dolorosa pero purificadora penitencia, la oposición podría adquirir la autoridad moral frente a la sociedad para reclamar cambios. Hoy reclama cambios anclados en el pasado. Se percibe, de manera inconsciente, que nos propone volver a algún sitio ( el ochentismo alfonsinista, el liberalismo de los noventa, los tiempos del Frepaso o de la Alianza) porque el kirchnerismo arrasó con las reglas de juego que en esos pretéritos imperaban. El electorado percibe que la oposición propone más de aquello, poco de esto y nada de futuro. Para proponer algo de futuro la oposición tiene que aceptar los logros oficiales y construir un discurso poskirchnerista. Que en esta campaña no se vio".
En el mismo sentido, el agudo politólogo Edgardo Mocca, apunta en la revista Debate del 29 de octubre: "Para emprender estas revisiones hay que abandonar el sonsonete del "viento de cola" como fundamento de los logros, lo que lleva a jugar todas las cartas a los costos que la crisis internacional pudiera provocar a nuestra situación económica- social. Menos Majul y más Maquiavelo podría ser una fórmula adecuada para entender que la conquista del poder nunca es solamente fortuna sino que incluye necesariamente la virtú, que no es virtud moral sino aptitud política"

En cambio si sigue al licenciado en filosofía Tomás Abraham, que considera que estamos ante un gobierno de actitudes fascistas, o al licenciado Santiago Kovadloff que sostiene que "el kirchnerismo no es sino el producto terminal de una transición incumplida desde el autoritarismo hacia la democracia republicana, de la injusticia social a la sociedad del trabajo y la educación" seguirá la oposición revolviéndose en su impotencia. Mucho más si cree como la intelectual orgánica del establishment Beatriz Sarlo, que desde La Nación escribe bajo el título de "Victoriosa autoinvención": "Después del entierro de Néstor, Cristina Kirchner dispuso casi de inmediato todos los elementos de la puesta en escena y vestuario: su luto, su palidez (atenuada con el transcurso de los meses), su figura erguida, su voz potente, que podía quebrarse por la emoción que ella misma se provocaba al mencionar al marido ausente. La Presidenta hizo una actuación de alta escuela, mezcla de vigor y emoción; se colocó a si misma al borde del llanto y se rescató por un ejercicio público de voluntad. Es la gran actriz de carácter sobre un escenario diseñado meticulosamente por ella misma. No compartió jamás el rol protagónico. Los focos, todos, convergieron, en un solo punto..La Presidenta Viuda fue la protagonista y la directora de la obra, una creación suya y de un grupo muy chico de publicitarios". Tanta lectura, tanto pavoneo crítico, para terminar siendo una versión pretendidamente "culta" de Mirta Legrand. A su vez, el periodista Jorge Lanata en la misma línea le declaró al bisemanario Perfil, que lo tiene contratado: "La muerte de Néstor ayudó a algo, cuyos efectos vamos a ver más adelante, que tiene que ver con la creación del mito de Néstor. La muerte de Néstor es un mito más de imagen que de contenido. ¿Te acordás de algún discurso de Néstor? Es curioso. Los estadistas hacen discursos y proponen cosas y en general te acordás de los discursos. Bueno no me acuerdo de una frase de Néstor. Sin embargo, hay un fanatismo como no hubo nunca desde Perón para acá.que la gente recuerde con cariño al ex presidente es una construcción deliberada, audaz e inteligente de parte del Gobierno... Hubo una preparación televisiva para el velatorio, con tipos a los que hicieron saludar dos veces ante la cámara. No hubo tanto de improvisación como parecía. Fue todo muy armado".

El intelectual Álvaro Abos, habitual columnista de diarios hegemónicos, con un pasado en el campo popular del que no queda rastros, escribió en Perfil del 30 de octubre: "Ahora que los hegemónicos son ellos, ¿cómo harán los partidarios del Gobierno para acusar de todos los males a los poderes hegemónicos, a la prensa hegemónica, y a los enemigos hegemónicos de toda laya a los que durante estos años erigieron como sus demonios? A pesar que ya superó la edad del pavo, Abos no alcanza a diferenciar el poder de las urnas que se renueva cada dos o cuatro años del poder económico que se impone desde la prepotencia del mercado, que no se vota ni se elige. Hablar de uno y omitir el otro, es objetivamente ser funcional al ignorado. "...... Si hubiera algún escritor o periodista auténticamente kirchnerista, debiera estar criticando al poder al cual adhiere. En ningún caso ensalzándolo, si es que quisiera decir alguna cosa". Efectivamente toda posición intelectual, una vez proclamada desde qué vereda se la hace, debe ser crítica. Abós posa de intelectual aséptico. Será por eso que el poder económico a través de sus medios, se disputa sus opiniones. Y para sobreabundar el elogio a sus contratantes, termina desparramando azúcar a la peor etapa de Clarín en toda su historia, donde el periodismo ha quedado de lado, como lo reconocen hasta los que lo defienden. Escribe Abós: "El conflicto del Gobierno con el grupo empresario Clarín quizás deterioró económicamente a ese consorcio lucrativo, pero no cabe duda de que mejoró periodísticamente al diario Clarín, que pasó a ser un matutino políticamente neutro, por no decir eternamente gubernativo, a ser un diario crítico que rebusca lacras para denunciarlas, y permanece alerta." Pasar mucho tiempo en la torre de marfil, como se ve, produce distorsiones de la realidad.

Estas interpretaciones traen a cuento una frase del escritor italiano Cesare Pavese: " Hay momentos en la historia, que los que saben escribir no tienen nada que decir, y los que tienen algo que decir no saben escribir"

A una semana de la confirmación, una corrida cambiaria intenta torcer las líneas generales de la política económica. Igual que en el inicio de su primera presidencia, Cristina Fernández afronta una pulseada para condicionarla.

31-10-2011

*Enviado por el autor


Toni Negri, cuando la teoría navega entre lo aparente y lo obvio*

Por Alberto J: Franzoia

De Toni Negri, quien ganó fama en América Latina por su tan recordado como poco serio libro Imperio, me he ocupado en ocasión de escribir un breve ensayo publicado en 2004 (1). Ahora, el 6 de noviembre, nos informa Ignacio Chausis en Tiempo Argentino: “El intelectual italiano visitó Buenos Aires para participar de un seminario organizado por la Secretaría de Cultura. Preocupado por el futuro de los movimientos sociales de protesta contra la pauperización, como el de los indignados, advirtió que los actuales gobiernos europeos, incluidos los socialdemócratas y de izquierda, defienden el orden capitalista y, por lo tanto, truncan los procesos transicionales que procuran un cambio.”

Ante tan “aguda” observación vale la pena volver sobre el personaje analizado, sobre todo si es que pretende deslumbrarnos con su chapa de intelectual europeo, ya que la obviedad de lo que afirma resulta tan notoria que constituye una verdadera ofensa a nuestra inteligencia. De todas maneras, no debemos sorprendernos porque Negri hace años dejó de ser agudo y peligroso para el capitalismo para transformarse en una versión progre de la filosofía practicada por los doxósofos.

En aquel ensayo de 2004 sostuve (retomando el pensamiento del sociólogo Pierre Bourdieu) que doxósofo es todo aquel que con aires de gran filósofo reflexiona sobre la apariencia de las cosas, motivo por el cual no logra captar su real funcionamiento interno. Es decir, no pasa de ser un falso filósofo, ya que lo aparente nunca es la verdadera cosa que estudia la filosofía y mucho menos la ciencia. Doxósofos hay de derecha, como el archiconocido Francis Fukuyama con su ya fenecida fantasía del fin de la historia (que a tantos intelectuales colonizados de estas latitudes logró seducir), y los hay de izquierda (aunque descafeinada) como es el caso de Toni Negri, que también sedujo a una pléyade de progresistas locales con su desafortunado Imperio.

Sostuve en aquel ensayo de 2004:

“Antonio Negri no pertenecía al universo de la intelectualidad posmoderna. No era un pensador bien acogido por la clase dominante y sus aparatos ideológicos, prueba de ello es que sufrió silencio, cárcel, exilio y nuevamente cárcel. Se embargo, en el año 2000 publica junto a Hardt “Imperio” y su biografía experimenta un cambio sustancial. Comienza a recibir el elogio de sus perseguidores y de la intelectualidad adversaria, la opinión publicada descubre de pronto su talento y el de Hardt, así lo atestiguan tanto el New York Times como entre nosotros nada menos que La Nación. ¿Qué fue lo que ocurrió? Basta con examinar los principales argumentos desarrollados por los autores para justificar la presencia de un “imperio” para comprender el nacimiento de tan abrupto idilio.

En primer lugar el título del libro analizado no es antojadizo ni anecdótico, ya que simboliza un claro cambio de orientación en los estudios de estos pensadores, afirmando una tendencia que también hemos constatado en nuestra América Latina. “Imperio” no es otra cosa que el concepto utilizado para dar cuenta del fin del imperialismo. La concepción leninista, si bien debe ser actualizada, y hay estudios propios del materialismo histórico que van en esa dirección, establece algunas de las características esenciales del fenómeno. Independientemente del tiempo transcurrido desde que “El imperialismo fase superior del capitalismo” fue producido en 1916, hay una cuestión central a considerar, el imperialismo es producto de la expansión fundamentalmente económica de los países centrales que buscan maximizar sus ganancias aprovechando las ventajas que se obtienen en las economías periféricas. Esto genera dos realidades bien distintas dentro de un mismo sistema capitalista, a saber: la presencia de países opresores y países oprimidos.

¿Por qué Imperio no es lo mismo que imperialismo? Porque, como nos informan Hardt y Negri, el imperio es una nueva estructura mundial en la que los estados nacionales tienden a desaparecer, absorbidas por un poder omnipresente que carece de un territorio específico. A la hora de analizar la relación que a lo largo de la historia han tenido el estado y el capital nos dicen: “Hoy ha madurado plenamente una tercera fase de esta relación, en la cual las grandes compañías transnacionales han superado efectivamente la jurisdicción y la autoridad de los estados-nación... ¡el estado ha sido derrotado y las grandes empresas hoy gobiernan la Tierra!”(2).””

Más adelante agregué:

…”Si no hay estados nacionales, tampoco pueden existir comportamientos imperialistas, porque para que ello sea posible es necesaria la presencia de un poder situado (económico, luego político) y otros que carezcan de poder. Esta hipótesis es negada por toda la evidencia disponible. Los autores, aunque provienen de la izquierda, evitan un estudio materialista de la historia, motivo por el cual no hay demasiados indicios del modus operandi de los conglomerados transnacionales en el campo industrial-financiero, que si bien se expanden en el ámbito mundial, tienen a sus cerebros y propietarios instalados en los países dominantes…”

”Como no existe ya el imperialismo tampoco tendría sentido plantear la dependencia, ni las luchas por la liberación nacional, ni las defensas de las identidades culturales. “Imperio” es un trabajo en el que los principales análisis se instalan en la superestructura del sistema, pero con un predominio del aspecto jurídico. Aparentemente estamos en presencia de una construcción legal válida para el conjunto del imperio, cuya expresión más conspicua estaría dada por las Naciones Unidas, en cuyo seno se producen nuevas normas para garantizar la resolución de conflictos...”

“Ahora bien, cómo es posible que si los estados nacionales se extinguen y el derecho internacional rige las relaciones entre regiones y ciudadanos del imperio, un país como EE.UU. no haya adherido al protocolo de Kioto, ni ratificado el Pacto de Río o se haya opuesto a la Corte Criminal Internacional. Cómo explicar el uso de la violencia para desplazar a Husseim, sin recurrir a consensos básicos con la Unión Europea, o la imposibilidad de citar a declarar (ni hablemos de juzgar) a un personaje como Kissinger, seriamente comprometido con golpes militares y terrorismo de estado en Latinoamérica…”

Hasta aquí recordé algunos fragmentos de aquel ensayo de 2004, que no estaba dedicado sólo Negri sino a todos los filósofos de las apariencias que han proliferado como hongos en esa sociedad que se suele definir como posmoderna (en realidad una nueva etapa del capitalismo). Mi objetivo fue en ese momento poner en evidencia el carácter falso de la teoría expuesta, tanto en los planteos más conservadores que sirvieron de soporte ideológico (fin de la historia entendido como fin de las ideologías) para gobiernos similares al de Menem en Argentina, como en la versión progre que resulta hipercrítica del Imperio (Negri) pero nada molesta ,por su ambigüedad, para las clases dominantes, en tanto oculta la verdadera esencia del mundo actual: la continuidad salvaje del imperialismo con sus mecanismos de reproducción.

Ahora Negri vuelve a filosofar, pero forzado por las excepciones circunstancias que atraviesa su Europa se ve en la necesidad de bajar desde esa abstracción que supo construir (llamada Imperio) a realidades concretas. Y la verdad es que desde su famosa y nunca probada teoría no puede encontrar ninguna respuesta útil. Lo cual no hace más que confirmar el carácter falso de su filosofía. Entonces el pensador de las grandes cosas (cuanto más abstractas mejor) se encuentra en un brete.

Si su teoría navegaba en un mundo de apariencias como suele ocurrir con todo doxósofo, para ir a lo concreto no le queda otro camino que dar rienda suelta a la obviedad, ya que su teorización demuestra una total incapacidad para explicar nada y sus virtudes como observador (a diferencia de un Arturo Jauretche) parecen no ser demasiado notables. Es así como en su reciente visita a Buenos Aires, ante diversas preguntas del entrevistador, Ignacio Chausis, afirma (3):

“La europea es una crisis que va a modelar la esencia de los gobiernos. Los gobiernos europeos son gobiernos del capital. Ahí no hay ninguna esperanza, la socialdemocracia y la izquierda han sido completamente absorbidas por un modelo constitucional liberal…”
“El problema de la pobreza en Europa es un problema fundamental que se nutre de la inmigración y en resumen es el problema de ciudadanía en el sentido pleno de la palabra…”

“Hay que tomar en cuenta el lugar de la comunicación, que es la nueva forma de relacionarse entre los jóvenes. En Europa hay una revolución tecnológica en las comunicaciones que hace que los jóvenes de hoy sean distintos a los de sus padres. Hay una inserción del trabajo precario, pero este trabajo precario y difuso no son sólo formas de miseria sino también de comunicación...”

“Los indignados españoles son un movimiento que debe ser estudiado de manera muy profunda. Son movimientos que no se plantean el problema del poder y del gobierno, pero sí de la participación en las luchas. ¿Qué efecto pueden tener las luchas? No lo sé. Esto no es una Tercera Internacional, ni una Cuarta, ni una Quinta (risas). Es un esquema abierto…”

Nada de lo que sostiene Negri sobre su mundo europeo constituye una novedad; cualquier ciudadano medianamente informado de América Latina lo sabe y no necesita escuchar una conferencia suya para enterarse. Pero quizás Negri, como no pocos intelectuales europeos con aires de superioridad, crea que diserta para una masa de desinformados sudacas.

Desde luego se le preguntó también por la realidad concreta argentina, y allí Negri entre lo abstracto y lo obvio tiene un espacio considerable para intercalar confusiones y conceptos propios de la intelectualidad conservadora; con lo cual termina naufragando definitivamente. Sus comentarios apurados (no son nada más que eso) sobre Argentina no tienen desperdicio (4): “Indudablemente, la característica de la economía argentina asociada a la producción en el campo plantea desequilibrios. Jugando en este desequilibrio es que el campo logró organizar una resistencia. En ese sentido fue una batalla fundamental la que logró ganar Cristina Kirchner. Es el petróleo verde.”

¿Qué quiere decir que la economía argentina asociada a la producción en el campo plantea desequilibrios? Nunca lo sabremos porque nada aclaró en el reportaje. Con lo cual, sostener luego que gracias a esos desequilibrios el campo logró organizar la resistencia, sólo sirve para oscurecer aún más su pensamiento. Obsérvese por otra parte que Negri, el intelectual de “izquierda”, recurre al mismo concepto (el campo) acuñado por la clase dominante y sus intelectuales para presentarse y ocultar lo que realmente es (una clase social a la que definimos como oligarquía parasitaria). Pero como si lo dicho no fuera poco, para demostrar una alarmante debilidad teórica más una vaga información sobre los hechos concretos, Negri nos plantea que esa batalla con el campo logró ganarla Cristina. En realidad Cristina ha logrado en poco tiempo ganar varias batallas importantes, pero no precisamente ésta. Si bien es cierto que el gobierno logró revertir la derrota en el terreno cultural, aún la oligarquía agraria constituye un sector absolutamente privilegiado que gracias al control oligopólico de las tierras más fértiles del país y con bajos impuestos logra acaparar una riqueza inmensa. En definitiva la 125 no fue aprobada por el Congreso. Esa batalla, por ahora, es una batalla que se está perdiendo. Pero Negri, desde la “izquierda”, aún no se enteró o no lo dice.

Como si lo anterior no fuera suficiente el intelectual-turista cierra sus improvisadas respuestas al reportaje con una suma de lugares comunes y una frase final para el olvido (5):

“El campo es una reserva fundamental. El proceso de modernización es posible evidentemente solo con la utilización de ese capital social organizado a través del conocimiento y la activación productiva social máxima. Sólo así este tipo de dificultades pueden superarse. Aunque sea importante, no es la manufactura lo que puede resolver este desequilibrio histórico de la Argentina.”

La modernización del campo que Negri y casi todos reclamamos sólo será posible cuando se gane esa batalla aún pendiente contra la oligarquía agraria y el capital financiero imperialista (no contra una ambigüedad llamada Imperio). Pero allí nos encontramos en un callejón sin salida para el pensamiento de Negri, porque nuestro doxósofo dejaba entrever en su famoso libro que la lucha de clases ya no es un problema sociológico y mucho menos político (recordemos que planteaba en aquel texto que el nuevo sujeto de cambio es una indiferenciada “multitud”) y el imperialismo ha dejado de existir (porque no hay un lugar de centralización del Imperio, por el contrario lo que existe es un “no lugar”). Por otra parte no cabe duda de la importancia de modernizar el campo e incorporar la nueva tecnología pero: ¿y la industria? ¿Saltar del campo a la tecnología de punta sin escalas? Algo parecido decían algunos neodesarrollistas allá por los años ochenta y noventa, uno llamado Rodolfo Terragno escribió Argentina siglo XXI.

Con las abstracciones a las que nos tiene acostumbrado Negri cuando intenta construir teoría, no cabía esperar otra posibilidad (cada vez que sea convocado a dar respuestas concretas para problemas concretos) que una catarata de lugares comunes, más no pocas inexactitudes y recurrencia a conceptos como “el campo”, gestados precisamente por los intelectuales identificados con ese statu quo que él dice querer modificar. Una vez más estamos ante la insustancialidad de un progresismo que poco o nada aporta al cambio real del mundo, pero que llena sus bolsillos publicando libros tan desbordantes de literatura como huérfanos de rigor metodológico y conceptual, o dictando conferencias a partir de la fama ganada gracias a dichos libros. Pero ocurre que esas producciones suelen ser financiadas por el capital mercantilista para distraer zonzos, no para ayudar a comprender y resolver ningunas de las cuestiones esenciales de la sociedad imperialista de nuestros días. Justo es reconocer que en Argentina tenemos ejemplares similares, seguramente muchos son los mismos que se babean escuchando a Negri en sus conferencias. A ellos les viene como anillo al dedo esa aleccionadora historia que cuenta Eduardo Galeano en El libro de los abrazos:

“¡El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado, escuchó sin pestañar la propaganda religiosa que le leyeron en lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se quedaron esperando. El cacique se tomó su tiempo.

Después opinó:

Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien.

Y sentenció:

Pero rasca donde no pica.”

(1) Franzoia, Alberto J., La teoría de los doxósofos, publicado en Investigaciones Rodolfo Walsh (http://www.rodolfowalsh.org/spip.php?auteur112) y en Reconquista Popular(http://greenhouse.economics.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/ ) en octubre de 2004
(2) Hard, Michael y Negri, Antonio: Imperio, Paidos, versión original 2000, traducción al castellano 2002.
(3) (4) (5) Reportaje realizado a Tono Negri por Ignacio Chausis, el 06/11/11, para Tiempo Argentino

*Trabajo producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional http://www.elortiba.org/in.html


Nelly Omar cumplió 100 años el 11 del 11 de 2011, y lo festejó sobre el escenario del Luna Park.

Interpreta “La descamisada”, un tango bien peronista. Felicidades Nelly!!!


Ajuste

Por Jorge Arcolía

(En exclusividad para Cuaderno de la Izquierda Nacional)

Los grupos económicos concentradores de poder, utilizan a través de los organismos multilaterales una serie de vocablos surgidos de un aparente lenguaje técnico que en realidad esconde su auténtica ideología.

Vivimos en una región dotada por la naturaleza de una amplia variedad de recursos naturales. Aún así, pese a no ser el continente mas pobre, sí es el mas desigual.

Teóricamente esto se modifica mejorando la “distribución de la riqueza”, como si fuera un hecho sencillo sentar en una misma mesa a opresores y oprimidos a resolver una inequidad que lleva siglos.
Cualquier medida orientada a ese aspecto, por tímida que fuera, es calificada de “socializante” y los gobiernos que la impulsan son acusados de “confiscatorios, que atentan contra el derecho a la propiedad”.
Esos grupos, ante los primeros síntomas de crisis despiden personal al que se le hace infructuoso el acceso a las indemnizaciones de rigor. El consiguiente aumento en el índice de desocupación lleva a que aquellos afortunados que mantienen el empleo vayan perdiendo de un modo paulatino sus derechos laborales a riesgo de engrosar ese porcentaje.

A esto se lo llamó “flexibilización laboral”. Costó en su momento la cabeza de un vice-presidente avergonzado por los métodos mafiosos utilizados para aprobar una ley, pero no por el contenido de la misma que era a todas luces vergonzante “per sé”.

Cada punto que se reduce en el presupuesto de salud, aunque no se diga, produce muertes por causas evitables. Esto guarda una relación directa con la reducción de presupuesto educativo que origina en los estratos más bajos de la sociedad a un número de individuos que ya no les sirven ni siquiera para ser explotados.

Todas estas prácticas perversas pueden resumirse en una única palabra de seis letras: “AJUSTE”. Lo hemos sufrido en carne propia. Para su implementación debieron existir complicidades de todo tipo, aunque surgió también esa rebeldía indómita que les fue oponiendo resistencia.

Para ese tiempo, en pleno auge del neoliberalismo mas feroz, le escuché al hoy diputado Carlos Heller un diagnóstico muy exacto: “El límite del ajuste lo pone la capacidad de absorción de los ajustados”.

Los “formadores de opinión” nos tildaban de atrasados que viven en huelga permanente. Contraponían la calma de los países desarrollados con un nivel de conflicto social muy inferior al nuestro. No estaban considerando aquella cita de Eduardo Galeano que dice: “El subdesarrollo no es una etapa hacia el desarrollo, sino su consecuencia”.

Todos estos encomillados harían las delicias de don Arturo Jauretche, aportándole sobrado material para nuevas ediciones de su Manual de zonceras …

Desde las entrañas mismas de la tierra fueron surgiendo movimientos sociales. Primero resistieron, luego supieron construir alternativas de poder.

Así se llegó al impensado hecho de encontrar gobernados casi simultáneamente a Venezuela por un militar nacionalista, a Brasil por un obrero metalúrgico, a Bolivia por un descendiente de los pueblos originarios, a Paraguay por un cura revolucionario, a Ecuador por un graduado en universidades extranjeras que aporta su saber al servicio de su pueblo y en nuestra Argentina a un par de sobrevivientes de aquella juventud maravillosa de ese movimiento de masas que parecía haber perdido toda su virulencia.
Todos ellos con la legitimidad que otorga el haber sido elegidos por el voto popular.

Hoy resulta muy significativo los casos de Pepe Mujica, Dilma Roussef, Daniel Ortega y en menor medida, en la misma tónica, a Gustavo Petra; recientemente elegido alcalde de Bogotá. Ellos hallaron en el camino de las urnas aquello que les negara el de las armas. En Nicaragua lo habían conseguido y no pudieron consolidarlo.

Algunos perfeccionistas aluden que en su camino de adaptación perdieron su mística revolucionaria. Otros en cambio, transitando un terreno más comprensivo, creemos que aún con matices, en su evolución no han perdido el fuego sagrado que alguna vez los llevó a arriesgar la vida por una causa.
Así en base a ese cambio de actitud de los gobernantes encontramos a una Latinoamérica de pié, en medio de una crisis mundial de las mayores que se recuerden.

Eso se logró repitiendo una vieja receta de la época de la Independencia: Nadie se salva solo … De poco servía liberar de realistas tu propio territorio si estos se hacían fuertes en el de tu vecino. Así se originaron las campañas de San Martin y Bolívar.

Hoy con criterio similar hemos asistido a gestos de solidaridad continental que evitaron asonadas golpistas contra Evo Morales y Rafael Correa.

Curiosamente en Honduras, donde hubo una mayor participación estadounidense a través de la OEA, no pudo evitarse el derrocamiento de Manuel Zelaya.

Esto ha sido advertido hasta por gobernantes de signo contrario. En Colombia, el presidente Santos tradicionalmente alineado a los Estados Unidos, sin dejar de hacerlo, buscó integrarse también a este nuevo bloque de poder continental.

Obtuvo sus beneficios en la mediación que lo ayudó a resolver su diferendo con los vecinos venezolanos. En otros tiempos hubieran transitado juntos un clima belicista y un armamentismo creciente que hubiera perjudicado a ambos.

Es esta la primera ocasión en que a consecuencia de políticas acertadas que lograron el desendeudamiento pudiéramos desembarazarnos de la tutela del Fondo Monetario Internacional. Esto evitó que los países desarrollados nos transfirieran su propia crisis, tal como hicieran históricamente.
Así las recetas recesivas que tanto daño nos han hecho, les explotaron fronteras adentro destapando sus propias miserias. Hoy el fantasma que recorre la vieja Europa es el de la indignación. El descontento rebotó hasta en la propia Wall Streett. En su habitual ceguera los organismos internacionales les imponen apagar el incendio con nafta. Aún sin helicópteros caen los gobiernos claudicantes en un efecto dominó. Son reemplazados por “técnicos” que funcionan como gerentes de esos organismos de crédito a los que poco les importa las consecuencias de “flexibilizar” e imponerles ahora a ellos nuevos “ajustes”.
Ante igual medicina errónea reaccionan del mismo modo que nosotros hiciéramos en su oportunidad. Vuelven a conocer la huelga, la represión y el descontento. Ese que manifestaban los atrasados pueblos “sudacas”.

En este caso, por saber de que se trata, podemos brindarles a los pueblos toda nuestra solidaridad y comprensión con el deseo que al igual que nosotros lo hiciéramos, encuentren la salida.
Nos impulsa un internacionalismo de neto corte americano. Es fruto del pensamiento fecundo de uno de los padres de nuestra Patria Grande.

Dijo alguna vez José Martí: “Cada hombre verdadero debe sentir en su mejilla, el golpe dado a cualquier mejilla de hombre”,


Juan y Eva: del romance “de barrio” hacia la construcción de la patria grande

Por Raúl Isman *

(Primicia para Cuaderno de la Izquierda Nacional)

Lo personal es político.

Vieja consigna del movimiento feminista.

Con enorme suceso de público- que sólo puede atribuirse a la resignificación operada en lo últimos tiempos argentinos hacia la política y sus resonancias históricas- viene proyectándose desde el 15 de septiembre de 2011 la película Juan y Eva, que propone una singular mirada con relación al viejo planteo del movimiento feminista; es decir como un romance alcanza dimensiones políticas o como un movimiento nacional y popular resulta el encuadre para una bella historia de amor. El film puede ser apreciado en salas cinematográficas, adquirido en cualquier truchería de la ciudad de Buenos Aires, conurbano o interior del país y para quienes no pudieren acceder a dichos medios para apreciar la “vista” las nuevas tecnologías de la comunicación permiten bajarla desde http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/13132418/_ARG_-Juan-Y-Eva-_2011_-DVDscr-XviD-_Jenizaro_.html o verla on-line desde http://www.sipeliculas.com/ver_3503_juan-y-eva.html

Inmediatamente los títulos y luego nuestros comentarios acerca de Juan y Eva.

Juan y Eva (2011)
Dirección: Paula de Luque
Guión: Paula de Luque

INTÉRPRETES
Julieta Díaz: María Eva Duarte
Osmar Núñez: Juan Domingo Perón
Fernán Mirás: Ávalos
Alfredo Casero: Braden
María Ucedo: Blanca Luz
Sergio Boris: Domingo Mercante
Fabián Arenillas: Imbert
Lorena Vega:Erminda Duarte
Alberto Ajaka:Juan Duarte
Vanesa Maja:Rita Molina
María Zubiri: Pierina
Jimena Anganuzzi_María Cecilia
Sergio Pángaro: Locutor
María Laura Cali: María Tizón
Susana Varela: Margarita
Horacio Acosta: Velazco
Ricardo Díaz Mourelle: Doctor Mazza
Pablo Burzstyn: Durán
Germán de Silva: Delegado Federación Sanjuanina
Carlos Casella: Cantante Cabaret
Karina K: Cantante Luna Park
Gustavo Garzón: Bramuglia
Pompeyo Audivert: Presidente Edelmiro Farrel
Más actores secundarios y de reparto
Personal técnico y de dirección
Ricardo Piterbag: Asistente de Dirección
Alejandro Israel: Producción
Marcelo Schapces: Producción
María Vacas: Dirección de producción
Marco Rossi: Jefe de Producción
Willi Behnisch: Fotografía
Willi Behnisch: Cámara
Iván Wyszogrod: Música
Nicolás Giusti: Dirección de sonido
Gonzalo Guerra: Dirección de sonido
Rodolfo Pagliere: Dirección de arte
Marcela Vilariño: Vestuario
Alberto Ponce: Montaje
Florencia Murno: Foto fija
Laura Fortini: Maquillaje
Fernando Gallucci: Meritorio de sonido (ENERC)
Marcelo Iúdice: Peinados.

La película, que puede ser apreciada como un gran fresco acerca de los orígenes de un gran movimiento nacional y popular, se inicia con los prolegómenos del romance que le provee el título. El amor entre ambos puede ser comprendido como el eje central del relato, matizado con referencias históricas. Gracias a la copiosa historiografía tales sucesos son bastamente conocidos; aún por parte de personas poco habituadas a las polémicas sociales. El terremoto en San Juan y la necesidad de coordinar y centralizar la ayuda permitieron que el ya maduro coronel y la muy joven actriz resultaran visibles el uno para el otro. Los acontecimientos en la relación afectiva se aceleran, como fuera de ella en la historia social y política de nuestro país. Durante el transcurso de un célebre festival artístico realizado en el Luna Park Eva “avanza” sobre el coronel, lo cual se halla magistralmente resuelto desde el punto de vista estrictamente cinematográfico (solo con lo visual, sin diálogos). Julieta Díaz se asemeja muy poco físicamente a Evita. Pero sus ojos exhalan la misma pasión ígnea, tanto para acometer tareas políticas, como para jugarse en la aventura de “ganarse” al hombre de su vida. En aquellos tiempos la mujer cumplía un rol pasivo en el proceso de seducción; motivo por el cual las cosas que Eva le dice en secreto al oído a Perón resultaban una audacia en la década del ’40. Pero el espectador tiene perfecta conciencia de los dichos proferidos por la dama; dada la profunda turbación y extrañeza que se observa en el rostro del militar. Tampoco Osmar Núñez es una gota de agua con Perón, pero su composición actoral reconstruye adecuadamente la “serenidad” que era exigible para un conductor clausewitchiano, que dirigía su naciente movimiento con una mirada de estratega militar sobre la política concreta.

Puede decirse que Juan y Eva es un film de las solvencias. Las referidas en las líneas precedentes a la capacidad actoral son aplicables a todo el elenco; en el que se destacan un excepcional Alfredo Casero interpretando nada menos que a Spruille Braden, embajador (procónsul) de los Estados Unidos. En la escena en que le pasa sus sugerencias (exigencias) a Perón se halla sintetizada gran parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX argentino. Precisamente la gran solvencia del film se encuentra en la capacidad de narrar de la directora y guionista Paula de Luque a la cual nos referiremos poco más adelante. Otra breve, pero descollante labor actoral la realiza Pompeyo Audivert- un excepcional intérprete poco conocido por el público por dedicarse más al teatro que a la T.V.- en la piel del general Farrell, presidente de la nación durante el crucial octubre de 1945. En general el conjunto del elenco se muestra sólidamente conducido por la directora y sumamente afiatado en la piel, la voz, los tonos, el espíritu de los personajes que deben componer.

En toda obra cinematográfica existe una cierta distancia entre lo previsto en el guión y lo realizado por el reggiseur. De Luque salva dicho conflicto con una prestancia que se basa en el manejo notable de recursos cinematográficos. Ya nos hemos referido al tratamiento brindado a comienzos del film al romance. Otro momento fundamental lo comentamos a continuación. El peronismo es (mucho más que) un gran mito argentino. Y toda construcción mítica cuenta con una epopeya fundacional. En este caso, el 17 de octubre de 1945; día en que “el subsuelo de la patria sublevada”, al decir de Scalabrini Ortiz, en rigor la nueva clase obrera nacida de la industrialización sustitutiva, salió a la calle a reclamar la libertad de Perón, figura que significaba la síntesis de las mejoras obtenidas por el novel proletariado en menos de un trienio. No puede dejar de destacarse que la central obrera, la Confederación General del Trabajo, había convocado a huelga y movilización… para el 18 de octubre, siendo desbordados por completo por las bases trabajadoras. La directora resuelve de modo magistral estas escenas intercambiando momentos documentales, imágenes filmadas para esta película con un uso del color realmente notable. En la mitología nacional la fecha quedo para siempre como el día de la lealtad.

El conde León Tolstoi, escritor y humanista ruso de fines del siglo XIX y comienzos del XX, dijo en su momento- antes que Marshal Mac Luhan acuñase la expresión “aldea global”- “pinta tu aldea y serás universal”. Por su parte, Juan Domingo Perón decía que la verdadera política es la política internacional. Aceptando de hecho la premisa del coronel protagonista del film y la reflexión tolstoiana Paula de Luque compone un magnífico fresco acerca de como nace un movimiento nacional y popular y como un romance es parte inescindible de esa historia. Se trata de un valioso aporte para un río conceptual- conformado por libros, folletos, revistas, polémicas, programas radiales, publicaciones, entre otros formatos- que apuntare para conocer un muy complejo y esquivo objeto del deseo epistemológico: la comprensión del peronismo. Apuntemos simplemente que nacido de los cambios originados en la crisis de 1929, el peronismo le brindó al pueblo argentino un nivel de vida que, en los ’40, no existía en los grandes países industrializados. Pero como gran parte de sus congéneres latinoamericanos (A.P.R.A. peruano, P.R.I. mejicano) se sometió a los dictados del poder financiero mundial y el consenso de Washington durante la década del ’90, bajo las presidencias del sátrapa Carlos Saúl Menem. Por cierto que la grandeza del peronismo reside en su capacidad de “regenerarse”, al punto que una formación política entusiastamente comprometida al servicio de las privatizaciones, la pérdida de conquistas para los trabajadores, la sumisión colonial, la impunidad para los crímenes de la dictadura, entre otras aberraciones; se reconvierte en la dirección (aún con muchos de los referentes y dirigentes que habían servido al menemismo) del proceso de reconstitución de la nación operado ya bajo el mandato de Néstor Carlos Kirchner. Inocultablemente lo logrado por el Kirchnerismo es el contexto necesario para volver a polemizar acerca de las relaciones entre historia y política (en las cuales el interés por el pasado se halla regido por la inquietud por el presente) y revalorizar obras como la de Paula de Luque en la cual se corrobora una vez más que “lo personal es político”.

* Docente. Escritor. Columnista del Noticiero televisivo
Señal de Noticias y del programa radial periodismo consentido. Colaborador habitual del periódico Socialista “el Ideal” Director de la revista Electrónica Redacción popular.
raulisman@yahoo.com.ar


Instituto Dorrego: dudas, aclaraciones y batalla cultural *

Por Alberto J. Franzoia

Hace ya unos días estalló la polémica en torno a la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Si bien en un primer momento dicha polémica surgió a partir de las fobias manifestadas por los exponentes de la historia oficial, ya que sospechan que el gobierno intenta “imponer” un relato histórico alternativo al que Bartolomé Mitre y sus discípulos produjeron y difundieron por décadas, lo que me interesa abordar en este artículo son las reacciones que la cuestión ha generado entre algunos intelectuales que adscriben o apoyan al kirchnerismo formulando algunas reflexiones, a partir de ellas, sobre la batalla cultural. La primera cuestión (la fobia mitrista) no es un tema menor pero ya ha tenido suficientes y contundentes respuestas desde la intelectualidad nacional-popular, por lo tanto pasemos a la segunda.

Para comenzar vale una aclaración: quien escribe dará su punto de vista desde el interior del bloque nacional, poniendo de manifiesto un absoluto desinterés por sostener un simulacro de neutralidad; tema que con frecuencia desvela a ciertos intelectuales que sobreactúan su rol de científicos. Por otra parte, si bien he escrito bastante sobre este problema epistemológico, debo dejar en claro que siempre defenderé la necesidad de cultivar ese rigor conceptual y metodológico que algunos compañeros equivocadamente subestiman; pero esto nada tiene que ver con la postura cientificista de quienes reclaman una (falsa) neutralidad como requisito para gestar conocimiento verdadero, ni con la descalificación automática de todo aquel que carezca de diploma, minimizando numerosos aportes realizados en largos años de práctica fecunda y comprobable; pero sólo en esos casos, lo que no supone ningún tipo de concesión a los improvisados de cualquier ideología, que suelen aprovechar las aguas del río cuando viene revuelto para macanear.

No faltarán desde ya quienes desde una tan vieja como desautorizada (por lo hechos) filosofía cientificista intenten convencernos de que la neutralidad es producto de los últimos avances registrados por las ciencias sociales, por lo que resistirse representaría una manifestación de anacronismo intelectual. En realidad la propia historia de la epistemología demuestra que semejante pretensión, contaminada por una cuota inocultable de soberbia, no representa más que un reciclaje de los viejos postulados positivistas del siglo XIX, tan afines con la versión liberal (y neoliberal) de la historia o de cualquier otra disciplina social. Esta visión cientificista de la ciencia fue desarticulada en nuestro país (y en el seno de su universidad) hace unas cuatro décadas por Oscar Varsavsky en un estupendo libro de lectura muy recomendable: Ciencia, política y cientificismo” (1).

Dudas y aclaraciones

Resulta evidente que todo cientista social que participe del bloque nacional-popular (y en primer lugar sus historiadores), no puede acordar con la crítica prejuiciosa cuando no falaz surgida desde la intelectualidad liberal para justificar su rechazo al Instituto Dorrego. Sin embargo, como entre el apoyo al gobierno por todos sus logros y el aplauso bobo de los adulones (que en muchos casos son menemistas reciclados) hay un gigantesco abismo, algunos nos vemos en la obligación de manifestar dudas y ciertos cuestionamientos fundados, ya sea por los antecedentes de Pacho O’Donnell (el elegido para dirigirlo), como por algunas líneas internas presentes en su seno que motivaron la negativa nada menos que de Norberto Galasso a la invitación para integrarse como Miembro de Honor.

Enrique Lacolla en su artículo Los muertos que vos matais… (2) manifiesta dudas que comparto plenamente si nos remitimos a recientes declaraciones realizadas en un reportaje, concedido al diario La Nación (el diario fundado precisamente por Mitre), por el director del Instituto Dorrego. Refiriéndose a ellas Lacolla sostiene: “En el reportaje O’Donnell se apresuró a puntualizar que no será objetivo del Instituto incorporar textos revisionistas a las escuelas secundarias. Estima que la historia de “ese personaje maravilloso que es Mitre” no será cuestionada. Nos preguntamos entonces para qué ha sido fundado el instituto. Pues si algo requiere este país es una visión que ponga en discusión –en sede escolar, universitaria y en los institutos militares-la pesada carga de una manera de comprender a la Argentina forjada en el siglo XIX a partir del interés coaligado de la burguesía comercial porteña, los usufructuarios de la renta agraria y la presencia del poder imperial de origen británico, que encontró en los libros fundadores de Mitre y de Sarmiento la base conceptual que suministró el relato que necesitaba para consolidar intelectualmente lo que ya había logrado con las armas.”
Por si alguna duda cabe sobre su pensamiento, O´Donnell expresó conceptos similares en posterior programa televisivo (Hora Clave) conducido por Mariano Grondona en la noche del 4 de diciembre de 2011.

En otro trabajo sobre el mismo tema (titulado La discusión histórica es siempre sobre el presente) (3), Hugo Presman si bien considera positiva la creación del Instituto, simultáneamente manifiesta inquietantes reservas en relación a la figura de su director:

“O´Donnell, como hábil equilibrista,  es revisionista en muchos aspectos pero al mismo tiempo no quiere romper con el guardaespaldas que dejó Mitre en cuyas páginas llegó a defender la guerra de la triple infamia. Ser revisionista mitrista es como atacar en materia futbolística  lo que sucede en la AFA y defender al mismo tiempo a Grondona.  O criticar la dictadura establishment -militar y defender a Videla. Incluso ahora que desde La Nación critican a O´Donnell recordándole " que participa en la televisión de las campañas publicitarias del gobierno", no tiene empacho en afirmar: " La historia  de Mitre no será cuestionada. Yo soy un revisionista que nunca ha hecho antimitrismo...La historia oficial nace de ese personaje maravilloso que es Mitre". La Nación, lunes 28 de noviembre de 2011.

Si Mitre colocó arbitrariamente en la misma trinchera a enemigos irreconciliables como San Martín y Rivadavia, O´Donnell con el mismo método manifiesta su admiración por los caudillos federales sobre los cuales ha escrito conmovedoras páginas y enaltece al enemigo y asesino de algunos de ellos como Bartolomé Mitre. Siguiendo el mismo criterio, algún divulgador histórico del siglo XXII, imitando a Mitre y O´Donnell podrá escribir páginas emotivas sobre las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y reivindicar a los terroristas de estado, colocando a todos en la misma trinchera histórica.”

Las dudas que despierta en Lacolla un espacio dedicado a investigar y difundir nuestra historia, argentina e iberoamericana, como consecuencia de las declaraciones de O’Donnell, más el detallado abordaje que hace Presman sobre su figura, resultarían suficientes para entender, por otra parte, la no aceptación de Norberto Galasso para integrarse al Instituto Dorrego. Pero, en realidad, su rechazo es producto no sólo de la particular visión y trayectoria del director sino de otras cuestiones no menos preocupantes. Al respecto son reveladores dos fragmentos de la conocida respuesta (con fecha 30/11) de Galasso a Víctor Ramos, hijo de Jorge Abelardo Ramos, quien en texto dirigido personalmente al historiador se había lamentado por sus “enigmáticos” argumentos para justificar el rechazo (4). Sostiene Galasso en dicha respuesta:

“Carecería, pues, de sentido, sumarme a otro grupo donde es fácil advertir que no coincidimos en interpretaciones sobre asuntos importantes, como por ejemplo, la Revolución de Mayo, la caracterización de Rosas, Urquiza, Mitre y Sarmiento hasta diferencias políticas respecto al Golpe del 30 o al menemismo que derivan de la influencia liberal-conservadora que pesa sobre algunos integrantes de ese Instituto así como la influencia nacionalista clerical que pesa sobre otros.

Trabajemos, pues, cada uno por nuestro lado. Por esta razón, señalé en mi declinación al nombramiento, que deberíamos evitar equívocos  para dar la polémica a la Historia Social con posibilidades de éxito. Para esa polémica es necesario, a nuestro juicio, tener en claro que hay enorme distancia entre saavedrismo y morenismo, entre rosismo y “chachismo-varelismo”, entre uriburismo e irigoyeinismo, entre menemismo y peronismo histórico, entre nacionalismo e izquierda nacional.”

La batalla cultural

El proyecto político del kirchnerismo desde hace tiempo viene insistiendo, con acierto, en la necesidad de librar una batalla cultural, consciente de que si esa batalla no se gana será imposible construir otro país. El mismo deberá ser muy distinto al que se impuso a sangre y fuego durante la dictadura cívico-militar iniciada en 1976, y profundizado luego en los nefastos años de la democracia menemista. Este segundo dato no es para nada secundario como algunos compañeros pretenden, por lo que no puede soslayarse en el debate que desde adentro del campo nacional-popular estamos dando, y que desde ya debe incluir una revisión de ese periodo por parte de TODOS los que ahora apoyan (¿por convicción?) al kirchnerismo.

Una batalla cultural es obviamente una batalla de ideas, un intento por instalar una visión de mundo en este caso nacional, popular, latinoamericanista y democrática que confronte con otra antinacional, oligárquica, balcanizadora y autoritaria que durante décadas guió los destinos de nuestra nación. Nación que por imperio de la hegemonía cultural ejercida por esta última no fue durante gran parte de su historia una nación (y mucho menos latinoamericana), sino una semicolonia al servicio de los intereses materiales minoritarios de su oligarquía (con todas sus fracciones, incluida una supuesta e inexistente gran “burguesía nacional”) y de su aliado externo, la burguesía imperialista del capitalismo desarrollado.

Desarrollar, difundir e instalar una cultura alternativa, propia de los sectores mayoritarios y populares (trabajadores, capas medias y grupos sociales frecuentemente marginados) necesita entre otras cosas de un relato histórico (desde ya validado por toda la documentación disponible) acorde con sus intereses, que les permita reconocer una identidad para proyectarla desde un presente promisorio hacia un futuro definitivamente alternativo. Un pueblo que ignore su historia verdadera, porque ese lugar ha sido ocupado por una versión falsificada que lo excluye como sujeto, tendrá serías dificultades para construir un futuro de liberación. Dicha falsificación se ha construido con curiosos criterios “científicos” que conducen a sus cultores a ocultar, fragmentar, adulterar o diluir toda documentación existente contraria a los intereses de las clases dominantes, para que su producto se convierta luego en texto y discurso “verdadero” de los medios encargados de educar y formar generaciones enteras. Los sectores del privilegio con su fiel intelectualidad, conscientes de las ventajas que acarrea el ocultamiento de la verdadera historia de un pueblo, no pueden menos que crisparse cuando sus certezas corren algún riesgo.

En ese marco se inscribe el temor y la desmedida reacción que ha generado el Instituto Dorrego. Pero lo cierto es que la crispada respuesta de la intelectualidad pro statu quo no alcanza para aplaudir su aparición obviando cualquier crítica, so pretexto de hacerle el juego al enemigo. Semejante postura sólo serviría para empobrecer la propuesta kirchnerista, cuando lo que se necesita es profundizar el modelo a través del debate franco entre compañeros. Desde ese lugar de compromiso militante y a la vez crítico considero pertinente entonces exponer cuestionamientos, algunos implícitos en grandes interrogantes que varios nos formulamos. Por ejemplo:

¿Es posible dar la batalla cultural, generando y difundiendo un relato histórico alternativo y riguroso (que sea capaz de sacar a la luz todos los documentos históricos existentes), con una actitud simultáneamente respetuosa hacia Bartolomé Mitre (según declara O´Donnell, su director), quien fue maestro en el “arte” de ocultar la historia que contrariaba los intereses de la oligarquía y la burguesía inglesa durante el siglo XIX? ¿No hay una evidente contradicción en ese dualismo histórico? ¿Tiene sentido dar la batalla cultural con algunos intelectuales que en los noventa fueron parte del relato menemista, que entre otras cosas incluyó el abrazo de Carlos Menem con el fusilador Isaac Rojas, algo bastante parecido por cierto a un revisionismo respetuoso de Mitre y su descendencia? ¿Esa postura no tendrá consecuencias políticas no deseadas para nuestro presente y futuro si lo que buscamos es profundizar el modelo para gestar una Argentina realmente liberada de sus opresores? ¿Se puede construir un relato histórico no sólo alternativo sino riguroso si comenzamos ocultando en recientes declaraciones y artículos datos pertinentes, como por ejemplo aquellos que dan cuenta de los aportes gestados por todas las figuras destacadas de la izquierda nacional y no sólo de una fracción afín con la conducción del Dorrego? ¿Se puede desvincular la política mitrista del siglo XIX de lo que expresó el menemismo en las postrimerías del siglo XX?

Tanto la pretensión del fin de los paradigmas como de la supuesta fusión de los mismos en el campo de las ciencias sociales, si bien tiene varios antecedentes a lo largo del siglo XX, es consolidado como producto simbólico por los intelectuales orgánicos de la clase dominante (burguesía financiera imperialista) en el último tramo de dicho siglo. La intención era gestar una hegemonía cultural a nivel mundial (legitimada por la “ciencia”), como superestructura del dominio económico que el neoliberalismo venía desarrollando desde mediados de los setenta. Su caballito de batalla fue el fin de las ideologías que se manifestó con tremenda potencia a partir de la crisis y posterior desaparición de la Unión Soviética. Y su expresión más burda, “el fin de la historia”, que fue proclamado por Fujimori, no ocultó que en realidad lo que se estaba planteando era el definitivo triunfo del neoliberalismo. El conflicto había concluido y sus teóricos (científicos o no) estaban enterrados, por lo menos ese era el deseo de la reacción mundial. Desde ya esta visión internacionalista llegó a nuestro país y se instaló con numerosos cultores que intentaban consolidar hacia adentro la hegemonía oligárquica, clase aliada desde siempre a la clase dominante del mundo imperialista y fiel reproductora de su pensamiento. El menemismo de los años 90 resultó la expresión más brutal (por su desfachatez) de esta aberrante ideología con pretensiones de “verdad científica”. Pero lo peor fue que más allá de su magra producción intelectual, no estuvo exento de consecuencias políticas, económicas, sociales e ideológicas que aún hoy estamos tratando de revertir. Entonces: ¿qué hacer para revertirlas hasta sus últimas consecuencias?

Una historia revisionista que no ponga en tela de juicio la historia oficial narrada por Mitre y sus descendientes (incluida la historia social y su supuesta cientificidad surgida en la universidad de la “revolución libertadora”), no es otra cosa que causa y consecuencia de aquella fenomenal derrota vivida hace más de veinte años, cuando el peronismo fue vaciado de contenido nacional y popular. Y una historia que no explicite los vínculos entre mitrismo y menemismo nos condena a un futuro incierto. No resulta secundario por lo tanto que el designado director del Dorrego haya actuado como funcionario de Menem y reivindicado su acción política (como deja constancia en el prólogo que escribió para las memorias del riojano), o que exista una línea interna en el instituto que, en el mejor de los casos, no se expide con claridad (y mucha autocrítica) sobre aquellos años de derrota. Si este revisionismo no es antagónico con la figura de Mitre y su corriente histórica por qué motivo habría de cuestionar, entre muchas otras cosas, el abrazo Menem-Rojas. La lógica de esa visión historiográfica que O´Donnell expresa, sirvió precisamente para consensuar la lógica política de los noventa, y ésta, a su vez., se apoyó en ella. Pregunto entonces ¿es este tipo de visión las más aconsejable para profundizar el actual modelo con una historia de claro contenido nacional y popular que lo avale y potencie? ¿O no tiene nada que ver, por ejemplo, el Plan de Operaciones de Mariano Moreno (que Mitre ocultó o “perdió” cuando Norberto Piñero se lo pide para publicarlo en la edición de “Escritos de Mariano Moreno”) con la Argentina que queremos ser?

Si lo que intentamos construir es un presente distinto de aquel pasado cercano (aún demasiado cercano) para proyectarnos hacia un futuro superador de la Argentina que estalló en 2001, resulta conveniente impulsar un conocimiento riguroso de toda nuestra historia que nos permita gestar y difundir un relato realmente alternativo al de la historia oficial (ocultadora de datos y de otras interpretaciones posibles); en su defecto estaremos condenados a repetir errores y dramas. Esto nada tiene que ver con el intercambio democrático de opiniones, como pretende hacernos creer la descafeinada visión posmoderna o el menemismo desmemoriado. Cuando se aborda la historia no hay opiniones sino relatos verdaderos o falsos. Un relato verdadero (nunca la verdad absoluta pero tampoco el inconsistente relativismo) se construye con toda la documentación histórica disponible; recién a partir de allí pueden surgir diversas interpretaciones del dato. Pero, y ese es el meollo de la cuestión, sin datos validados por la documentación observable (y diversas técnicas complementarias) no hay ninguna posibilidad de tener un relato histórico verdadero. Desde ese lugar es que se le debe negar entidad a la figura del “historiador” Mitre y descendientes. Si el revisionismo nacional y popular tiene una razón para existir (con los enormes aportes del revisionismo de la izquierda nacional incluido) es porque ha sacado a la luz lo que la historia oficial ocultó. Y esos datos revelados le dieron un sentido totalmente distinto a nuestra historia. Por lo tanto no se trata de incorporarle al mitrismo un poco de revisionismo, o al revisionismo un poco de mitrismo para posar de democráticos. La única posibilidad de conocer la historia verdadera (con la mayor objetividad posible pero sin neutralidad) es exponiendo todos los datos, validándolos con la documentación disponible e interpretándolos con el rigor conceptual (nada neutral) que los oprimidos necesitan para liberarse de sus históricos opresores.

En el final debo dejar constancia entonces, de que los hechos señalados por otros compañeros, unidos a los que he podido constatar personalmente, me generan más dudas que euforia a la hora de evaluar el surgimiento del Instituto Dorrego. Necesitamos consolidar y difundir un relato histórico definitivamente distinto al liberal-conservador (o su versión progre) para la construcción y desarrollo de un proyecto de liberación consecuente. Lo deseable es que, con los matices que nos diferencian, podamos marchar juntos con aquellos integrantes del Dorrego que han sido militantes consecuentes del campo nacional y popular, ya que el enemigo es demasiado poderoso como para dividir esfuerzos. De los que extraviaron el rumbo en los noventa lo menos que se puede esperar es una sincera autocrítica, en su defecto no resultarán confiables. Se sabe que en política las sumas a veces restan, por lo tanto lo mejor será poner el necesario filtro para que este intento no sea copado por los oportunistas de siempre. Desde ya, tratándose de historia, ella tendrá la última palabra…

La Plata, 13 de diciembre de 2011

(1) Oscar Varsavsky: Ciencia, política y cientificismo, Centro Editor de América Latina, 1972.
(2) http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#Los_muertos_que_vos_mat%C3%A1is
(3) http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#La_discusi%C3%B3n_hist%C3%B3rica_es_siempre_sobre_el_presente
(4) http://www.facebook.com/pages/Corriente-Pol%C3%ADtica-Enrique-Santos-Disc%C3%A9polo/212288542152335

* Producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional http://www.elortiba.org/in.html


Cuando un militante de izquierda confunde táctica y estrategia *

Por Alberto J. Franzoia

Uno de los principales obstáculos con los que ha tropezado cierta izquierda en América Latina ha sido confundir táctica y estrategia. Claro que como no son conceptos intercambiables, sinónimos, ni nada parecido, no descubrirlo a tiempo puede conducir a fracasos tan duros como el aislamiento político, la peor tragedia que puede padecer todo militante que aspire a protagonizar un cambio popular revolucionario.

Formular una estrategia significa fijar y explicitar un objetivo fundamental de largo alcance, que requiere para su concreción de un conjunto de pasos o camino. Dichos pasos integran las tácticas para conquistar el gran objetivo. Pero cuando la inmadurez política favorece la confusión y el político de izquierda termina estableciendo por todo táctica aquello que es su objetivo final o estrategia, se gestan las condiciones para que los síntomas de esa patología que tanto preocupó a Lenin se manifiesten; el gran revolucionario ruso la calificó “El izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo” (título de uno de sus libro, escrito en 1920 y convertido luego en clásico de la literatura marxista). En ese texto el autor plantea la necesidad, entre otras cuestiones, de no ejercer un doctrinarismo sectario cuando lo esencial (como táctica) pasa por la construcción de alianzas sociales y políticas posibles para avanzar hacia el objetivo estratégico, que para Lenin era la construcción de una sociedad sin clases. (1).

Cuando un revolucionario confunde los conceptos aludidos emergen dos posibilidades siniestras para el progreso del cambio revolucionario. Si su estrategia pasa a ser la táctica permanente, si considera por ejemplo que en Argentina todo lo que no es socialismo es la misma cosa (capitalismo a secas, sin matices), y por caso el kirchnerismo en nada se diferencia del menemismo, será definitivamente un izquierdista aislado del pueblo. Porque lo cierto es que para la clase social fundamental (clase obrera) que aspira expresar el militante de izquierda, no es lo mismo una Argentina sin industrias, y por lo tanto sin trabajo como la de Menem, que la actual, con un creciente (aunque aún insuficiente) desarrollo industrial generador de nuevos empleos. Y tampoco da lo mismo una jubilación privatizada que en la órbita del Estado, o un país que mantenga relaciones carnales con EE.UU. que el que desarrolle una política exterior autónoma orientada hacia la unidad de la Patria Grande Latinoamericana. La otra posibilidad es que quien fue un militante de izquierda se transforme en un abanderado del realismo político (entre otras cosas por temor a contraer el infantilismo aludido por Lenin), en donde realismo resultaría sinónimo de abandono de toda perspectiva revolucionaria y socialista. Habitualmente esta conducta se tipifica como oportunismo hacia la burguesía. En dicho caso la perspectiva revolucionaria desaparece como estrategia.

Se puede concluir, en apretada síntesis, que el izquierdista (sujeto que padece la enfermedad infantil del comunismo) no está capacitado para realizar cambio revolucionario alguno, porque su intolerancia doctrinaria,, que lo lleva a conducirse sólo con la estrategia (el objetivo socialista) pero sin ninguna táctica concreta (ya que todo da lo mismo si no es socialista) lo aísla del protagonista real del cambio que son los trabajadores. Mientras que, por otra parte, el oportunista (que practica un realismo extremo huérfano de convicciones revolucionarias) tampoco realiza cambio alguno en una dirección revolucionaria, ya que ha renunciado concientemente a dicha posibilidad. El primero convirtió su estrategia en táctica (socialismo ya o nada), el segundo su táctica en estrategia (pues el socialismo no sería posible). En ambos casos estamos muy lejos de una izquierda madura y latinoamericanista que es la que aspiramos constituir, y que afortunadamente comienza a pisar cada vez más firme en la Patria Grande.

La Población (Córdoba), 30 de enero de 2012

1. El Izquierdismo enfermedad infantil en el comunismo. V. I. Lenin: Obras completas, tomo 33. pág. 202. Ed. Cartago. Bs. As. 1969.

*Producido para Cuaderno de Izquierda Nacional


¡Toda América Latina reclama por Malvinas!

Por Fernando Bossi *

La respuesta del gobierno argentino, ante la absurda manifestación del primer ministro británico David Cameron, quien calificó de colonialista a la Argentina por reclamar la soberanía sobre las islas Malvinas, no se hizo esperar. El canciller argentino Jacobo Timerman, contestó: "La mejor respuesta es reenviarle un libro de historia de regalo. Cameron no leyó ninguno de los libros de historia ingleses. No se entiende que el país que fue el símbolo del colonialismo en los siglos XVII, XVIII y XIX, e incluso en el XX, puede acusar a un país que ha sido víctima del colonialismo”.

Esta situación de “endurecimiento” de las relaciones entre Argentina e Inglaterra se da a propósito del éxito obtenido por el gobierno argentino, en el histórico reclamo por la recuperación de las Malvinas, al lograr el apoyo del MERCOSUR, la UNASUR y de la CELAC. El pasado 20 de diciembre, todos los integrantes del Mercosur adoptaron una declaración mediante la cual prohíben el arribo a sus puertos de buques que enarbolan la bandera ilegal de las Malvinas. Asimismo la acción desplegada por la cancillería argentina en toda la región latinoamericana ha sumado importantísimas adhesiones a la causa descolonizadora, a la inversa de lo que cosechó el canciller británico, William Hague en su reciente visita a Brasil, donde su par, Antonio Patriota, claramente sostuvo el respaldo del gobierno brasileño a la soberanía de Argentina, ratificando que Brasil "apoya las resoluciones de las Naciones Unidas que instan a Argentina y el Reino Unido a negociar la soberanía de las islas”, a lo cual Londres se opone.

El tema Malvinas se ha regionalizado y la intransigencia británica choca ahora contra el muro de la soberanía e integración latinoamericana. De allí que el canciller Timerman haya manifestado que "la única vía que tiene Inglaterra para salir de este embrollo es la negociación directa con Argentina”.

Ahora, ¿cuál es el argumento británico para negarse a discutir con Argentina ante tantas resoluciones de las Naciones Unidas que así lo exigen? Hay un solo pretexto que utilizan, sin derecho alguno, y es el que el mismo Cameron ha esgrimido: "El punto clave es que nosotros apoyamos el derecho de los habitantes de las Falklands (denominación británica de las islas) a la autodeterminación. Esta gente quiere seguir siendo británica y los argentinos quieren que hagan otra cosa".

Las islas Malvinas desde finales del siglo XVIII fueron pobladas, primero por la corona española y luego por la Confederación Argentina. Cuando los marinos ingleses se apoderaron violentamente de la isla, el 3 de enero de 1833, había población argentina desde hacía varios años. A tal punto que unos meses después de la usurpación, un grupo de gauchos, peones y esquiladores, se rebelaron bajo la conducción de Antonio Rivero, recuperando la isla e izando nuevamente la bandera argentina. Desde el 26 de agosto hasta enero de 1834, los hombres de Rivera recobraron la soberanía, pero luego fueron derrotados por nuevos contingentes de soldados ingleses que desembarcaron para reprimir a los patriotas. La población criolla entonces fue evacuada por la fuerza y de allí en más, los británicos comenzaron a poblar la isla con “súbditos de su majestad”, traídos desde Inglaterra.
Desde aquella época, el gobierno argentino ha venido reclamando ininterrumpidamente la soberanía sobre las islas del Atlántico Sur y el gobierno inglés ha hecho oídos sordos a los permanentes reclamos. Gran Bretaña tomó por la fuerza el territorio, expulsó a sus legítimos pobladores, trasplantó ciudadanos ingleses a ese territorio usurpado y ahora apela a la ¡autodeterminación de los pueblos! La infamia no puede ser mayor. Los kelpers no tienen derecho a la autodeterminación, tal como lo señalan las resoluciones de Naciones Unidas. Los kelpers, por el contrario, son agentes de la ocupación extranjera.

La verdad del problema no radica en el deseo de los “kelpers” (así se denomina, por las algas marinas “Kerp”, a los habitantes ingleses de Malvinas), de seguir siendo ingleses, sino en los intereses del imperialismo británico en la región. Y entre esos intereses dos se presentan con mayor preponderancia: 1) adueñarse de las riquezas petrolíferas existentes y 2) consolidarse en una ubicación geográfica estratégica, que proyecta a Inglaterra sobre el inmenso territorio antártico.
Pero tales pretensiones imperialistas se ven dificultadas por la decisión que adoptaron los países del Mercosur y de América Latina en general, al negarse a facilitar sus puertos a las obligadas escalas que deben hacer sus barcos a fin de proveer suministros, tanto a la población kelper como a los soldados colonialistas instalados en las islas después de la Guerra de Malvinas. El “negocio les sale caro”, mantener a los casi 3.000 habitantes más los 1.500 uniformados del destacamento de la Real Fuerza Aérea Británica sin apoyo continental latinoamericano es un serio problema para el decadente imperio británico.

Sin embargo el gobierno inglés, insensatamente, ha anunciado el reforzamiento militar de las islas, recibiendo la enérgica respuesta del Palacio San Martín (la cancillería argentina) que ha manifestado que "no va a contestar ningún agravio en tono militarista" ya que "cree en la resolución pacífica de los conflictos".
Toda la América Latina está apoyando el justo reclamo de la Argentina. La firmeza con que está actuando el gobierno de Cristina Kirchner ha arrinconado al gobierno británico, y esto gracias a la política de integración y unidad que se está desarrollando en toda nuestra América. Los tiempos del colonialismo y de los imperios se va derrumbando y una verdadera Patria Grande está naciendo en esta región del planeta.

Bien lo ha dicho el presidente de Venezuela Hugo Chávez en su oportunidad: “Reina de Inglaterra, a ti te hablo Reina de Inglaterra; ya se han acabado los imperios ¿no te has dado cuenta Reina de Inglaterra? ¡Devuélvele las islas Malvinas al pueblo argentino, Reina de Inglaterra! No estamos en 1982, en caso de agresión contra Argentina tenga la seguridad que no estará sola la patria Argentina, que es patria nuestra también”.

* Secretario General de la Unión Bicentenaria de los Pueblos y Presidente de la Fundación Emancipación.


¿Burguesía? *

Por Claudio Scaletta

El resultado de las últimas elecciones resolvió en parte la puja por el modelo de país, tensión revivida tras su potente reaparición en 2008. Muchos de los votos recibidos por CFK fueron a favor de la continuidad. Más estrictamente, un cheque en blanco bajo el supuesto fuerte de que la mandataria continuará con el desarrollo con inclusión. Quienes aún no pueden digerir estos resultados electorales esperan que, tal vez, la Presidenta renuncie a sus banderas históricas y regrese a la recta senda del endeudamiento y la buena onda con los organismos financieros internacionales. Esta perspectiva de subordinación al poder financiero es la que todavía ilusiona a quienes reclaman eufemísticamente por un país serio e integrado al mundo.

Contra toda esperanza, y aun dentro del tradicional hermetismo con que se toman las decisiones en el kirchnerismo, el discurso de la Presidenta en la UIA de hace dos semanas brindó un panorama explícito de lo que vendrá. A falta de mayores precisiones de otras fuentes, el discurso fue sobradamente interpretado. Pero importa rescatar aquí uno de sus aspectos centrales: la evidencia de la continuidad de cierto setentismo, mejor dicho: de ciertos problemas económicos propios de aquellos años. Tras la interrupción neoliberal de 1976-2001, con su destructivo patrón de acumulación de valorización financiera, la economía local vuelve a reencontrarse con muchas de las contradicciones que enfrentaba en la primera mitad de la década del ’70, cuando se hablaba de un supuesto agotamiento del modelo de industrialización sustitutiva.

Por supuesto, el contexto internacional e histórico es bien distinto: el centro está en crisis, la periferia en pleno desarrollo, los términos del intercambio resultan favorables a los emergentes, la guerra fría es un recuerdo lejano y no existe la excusa de organizaciones que pugnan por la toma del poder por las armas. Lo que se parece a los ’70 es otra cosa: los desafíos del desarrollo económico y sus restricciones y, también, la puja entre distintas alianzas de clase por definir la continuidad de uno u otro patrón de acumulación. Hoy, como en los ’70, frente a la amenaza de la restricción externa vuelve a hablarse de la necesidad de profundizar la sustitución de importaciones, de la integración de las cadenas de valor local y de la función de mediación e intervención del Estado en la conducción de este proceso económico. Hoy, como en los ’70, también aparecen facciones de la vieja oligarquía diversificada, y ahora también transnacionalizada, cuestionando el avance del proceso, poniendo el foco en la supuesta corrupción inmanente a la intervención estatal en algunas empresas y sectores clave, intentando hacer creer que la inflación es una causa y no un efecto, insistiendo en que lo realmente eficiente es dejar que el mercado sea el último árbitro y que la economía se especialice en agro, actividades extractivas y finanzas.

En paralelo, aparece también una diferencia cualitativa. Tras la experiencia histórica de un cuarto de siglo de neoliberalismo, con sobreendeudamiento y relaciones carnales, la sociedad civil ya no consume estos espejitos de colores y sabe que estas pocas ramas de la actividad jamás alcanzarían para generar empleo para una población que en esta década alcanzará los 50 millones de habitantes. Hoy no queda más alternativa que la salida hacia adelante, avanzar en el modelo superando sus propias contradicciones, no cambiando de canal.

Otra vez aparece aquí un debate de los ’70, la pregunta por el sujeto que llevará adelante los cambios. Hablar de la idealizada burguesía nacional del primer peronismo genera las mismas contradicciones que ya generaba hace cuatro décadas. Para sustituir, integrar cadenas de valor y generar mejores condiciones de empleo para una población creciente parece necesaria una burguesía que invierta y conduzca este desarrollo. Si esta clase no existe, la intervención pública tendrá el deber de ser mucho más potente.

Lamentablemente, para el desarrollo armónico del proceso, existen algunos indicios fuertes de las reticencias de esta clase a impulsar el mismo modelo en el que piensa el Gobierno. El primer indicio son los más de 18.000 millones de dólares fugados este año; el segundo es otro dato también marcado por la Presidenta en su discurso ante los industriales: la reticencia inversora de las principales empresas del país aun en un contexto económico muy favorable y en el marco de una muy alta rentabilidad promedio.

Sobre esta reticencia inversora resultan de interés las conclusiones de un reciente estudio del investigador de Flacso, Pablo Manzanelli, “Peculiaridades en el comportamiento de la formación de capital en las grandes empresas durante la posconvertibilidad”. Las 500 empresas de mayor tamaño, detalla el investigador, tuvieron entre 1993-2001 una tasa de inversión bruta del 24,7 por ciento, mientras que entre 2002-2009 la tasa fue del 14,7 por ciento. El comportamiento marchó a contrapelo del conjunto de la economía nacional, donde la inversión pasó del 20,7 al 21,0 por ciento entre estos dos períodos. Así, durante la década de 1990 la gravitación de las grandes firmas en la inversión total fue del 23,0 por ciento, “guarismo que se redujo más de 6 puntos porcentuales durante el septenio 2002-2009, alcanzando el nivel promedio de 17,4 por ciento”. El siguiente dato “peculiar” surge de la comparación de estas tasas de inversión con las tasas de ganancia. En el período 2002-2009, continúa Manzanelli, las grandes empresas internalizaron tasas de ganancia del 31,8 por ciento versus tasas de inversión bruta del 14,7.

La primera conclusión parece clara: a pesar del favorable contexto macroeconómico, las grandes corporaciones no son los agentes difusores de la inversión reproductiva y el crecimiento de largo plazo.

Manzanelli aporta algunas hipótesis interesantes sobre las razones de este comportamiento, entre ellas: a) el elevado grado de oligopolización, con lo que no necesitan ampliar significativamente la capacidad productiva para ganar posiciones en sus mercados; b) la fuerte extranjerización, con lo que sus estrategias globales no necesariamente coinciden con el contexto local; c) los “efectos no deseados” de la promoción industrial, dado que los beneficios a las inversiones aumentarían la masa de ganancias pero no la inversión potencial y, por último, d) factores políticos que no se circunscriben al plano estrictamente económico. Por ejemplo, el retaceo de inversión como herramienta de presión para obtener más subsidios, instrumentos de promoción o poder en las renegociaciones salariales.

La segunda conclusión, ya dejando la investigación de Manzanelli, es que difícilmente esta fracción de la burguesía diversificada y transnacionalizada conductora de estas grandes empresas puede ser el aliado natural de un modelo que busque la maximización del desarrollo local con inclusión. De hecho, en diversos momentos de la historia local, estas empresas se movieron siempre en sentido contrario, desde la última dictadura a la 125.

Diciembre de 2011

jaius@yahoo.com

*Publicado en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-5644-2011-12-04.html.



Autodeterminación de los kelpers. Un grotesco de la política internacional *

Por Alberto Franzoia

Les llamamos Kelpers a los habitantes de las Islas Malvinas, territorio colonizado desde 1833 por la corona británica. Por dicho motivo la mayoría de ellos son de dicho origen, utilizan la lengua inglesa y se reconocen como ciudadanos de Gran Bretaña.

La denominación surge por las grandes algas marinas (kelp) que rodean el territorio isleño, pero ellos la consideran despectiva por lo cual prefieren llamarse a sí mismos islanders (isleños). Según datos de 2011 la población es de 3.140 habitantes (sólo la ciudad estado del Vaticano tiene menos) de los cuales más del 70% son descendientes de británicos o nuevos inmigrantes del mismo origen. Hay un 10% de chilenos y aproximadamente el 1% (30) son argentinos.

La mayoría de los británicos que viven en Malvinas, por generaciones desde hace décadas, son producto de una hecho de fuerza fundante: la invasión que se registró en 1833. Y este dato es esencial para dar por tierra con las especulaciones del imperialismo inglés y de algunos súbditos nativos. Fue entonces cuando los argentinos instalados desde 1820 resultaron desalojados violentamente por los británicos. Cabe destacar por otra parte que durante el período breve que media entre agosto de 1833 y enero de 1834, un grupo de gauchos, esquiladores y peones conducidos por Antonio Rivero recuperaron nuestra soberanía hasta que resultaron derrotados por nuevas tropas inglesas.

Desde ese desafortunado hecho los argentinos hemos bregado por recuperar Malvinas, territorio que no sólo por razones históricas sino también geográficas es parte constitutiva de nuestra Patria Chica y Grande (Argentina y Latinoamérica), ya que se localizan inequívocamente en la plataforma marítima de América del Sur.

Los ingleses, acostumbrados al ejercicio de un poder ilimitado que históricamente les ha otorgado el carácter de nación colonialista e imperialista, intentan invertir por estos días la carga de la argumentación. Su Primer Ministro, David Cameron, ha tenido la desfachatez de acusar a nuestro gobierno de “colonialista” por oponerse a la autodeterminación de los kelpers. Sin embargo, los habitantes británicos de las islas no están en condiciones legales y morales de decidir absolutamente nada.

La presencia de estos súbditos de su majestad británica en nuestro territorio, fue desde el comienzo de la historia que compete al tema en cuestión, producto no sólo de un hecho de fuerza (expulsando población argentina para sustituirla por ocupantes británicos), sino también ilegal, porque el territorio ocupado nunca perteneció a Gran Bretaña. Primero fue de la corona española y luego de la independencia nacional fue ocupado por argentinos a partir de 1820, año en que el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata tomó posesión formal de las islas enviando a la fragata Heroína. Como si todo esto no resultara suficiente, se encuentran en la plataforma marítima suramericana, nada menos que a 12.000 kilómetros de distancia del extremo sudoeste de la península de Cornualles, que es el territorio británico más cercano a nuestras islas.

Bien sostiene la proclama de la organización latinoamericana Unión Bicentenaria de los Pueblos: “los kelpers no son sujetos del derecho de autodeterminación porque no son un pueblo distinto al inglés, son colonos que Inglaterra implantó luego de expulsar de manera violenta a la población argentina de las Islas. Los kelpers son súbditos de la corona inglesa, hablan inglés, estudian historia inglesa, tienen bandera y pasaporte inglés y son empleados de la corona británica. No son un país distinto, son los agentes de la ocupación inglesa.” Además ellos mismos se reconocen como ciudadanos de Gran Bretaña; a confesión de partes relevo de pruebas.

Ante el carácter irrefutable de los hechos, las pretensiones de la diplomacia británica, no ajena a las simpatías mal disimuladas de otras diplomacias imperialistas (como la de EE.UU.), resultan una maniobra grotesca de la política internacional. Sabemos que la autodeterminación sería el mejor camino para que el imperialismo se encolumne con los nuevos tiempos, ejerciendo su poder ahora “civilizadamente” en una zona estratégica tanto por sus riquezas naturales como por su valor geopolítico. Sin embargo deberán incorporar un nuevo dato a sus planificadas agendas: Argentina no está sola, la Patria Grande Latinoamérica comienza a transitar caminos comunes y defenderá sus intereses concretos contra las tropelías de imperios decadentes. Es una muy buena oportunidad para demostrarles que, más allá de declaraciones de ocasión, otro mundo es posible si se adoptan las decisiones económicas, políticas y diplomáticas pertinentes.

La Plata, 20 de febrero de 2012



Carta al señor Futuro. Por Eduardo Galeano

    

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