EL SEÑOR PRESIDENTE

TERCERA PARTE
Semanas, meses, años...
XVIII
Habla en la sombra
La primera voz:
-¿Qué día será hoy?
La segunda voz:
-De veras, pues, ¿qué día será hoy?
La tercera voz:
-Esperen... A mí me capturaron el viernes: viernes..., sábado..., domingo..., lunes..., lunes... Pero ¿cuánto hace que estoy aquí...? De veras, pues, ¿qué día será hoy?
La primera voz:
-Siento ¿ustedes no saben cómo...? Como si estuviéramos muy lejos, muy lejos...
La segunda voz:
-Nos olvidaron en una tumba del cementerio viejo enterrados para siempre...
-... ¡No hable así!
Las dos voces primeras:
-¡¡No ha...
-... blemos aassíí!!
La tercera voz:
-Pero no se callen; el silencio me da miedo, tengo miedo, se me figura que una mano alargada en la sombra va a cogerme por el cuello para estrangularme.
La segunda voz:
-¡Hable usted, qué caramba, cuéntenos cómo anda la ciudad, usted que fue el último que la vio; qué es de la gente, cómo está todo!... A ratos me imagino que la ciudad entera se ha quedado en tinieblas como nosotros, presa entre altísimas murallas, con las calles en el fango muerto de todos los inviernos. No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero al final del invierno yo sufría de pensar que el lodo se me iba a secar. A mí me da una maldita gana de comer cuando hablo de la ciudad, se me antojan manzanas de California...
La primera voz:
-¡Casi na-ranjas! ¡En cambio, yo sería feliz con una taza de té caliente!
La segunda voz:
-Y pensar que en la ciudad todo debe estar como si tal cosa, como si nada estuviera pasando, como si nosotros no estuviéramos aquí encerrados. El tranvía debe seguir andando. ¿Qué hora será a todo esto?
La primera voz:
-Más o menos...
La segunda voz:
-No tengo ni idea...
La primera voz:
-Más o menos deben ser las...
La tercera voz:
-¡Hablen, sigan hablando; no se callen, por lo que más quieran en el mundo; que el silencio me da miedo, tengo miedo, se me figura que una mano alargada en la sombra va a cogerme del cuello para estrangularme!
Y agregó con ahogo:
-No se lo quería decir, pero tengo miedo de que nos apaleen...
La primera voz:
-¡La boca se le tuerza! ¡Debe ser tan duro recibir un látigo!
La segunda voz:
-¡Hasta los nietos de los hijos de los que han sufrido látigos sentirán la afrenta!
La primera voz:
-¡Sólo pecados dice; mejor, cállese!
La segunda voz:
-Para los sacristanes todo es pecado...
La primera voz:
-¡Qué va! ¡Cabeza que le han metido!
La segunda voz:
-¡Digo que para los sacristanes todo es pecado en ojo ajeno!
La tercera voz:
-¡Hablen, sigan hablando; no se callen, por lo que más quieran en el mundo; que el silencio me da miedo, tengo miedo, se me figura que una mano alargada en la sombra va a cogernos del cuello para estrangulamos!
En la bartolina donde estuvieron los mendigos detenidos una noche seguían presos el estudiante y el sacristán, acompañados ahora del licenciado Carvajal.
-Mi captura -refería Carvajal- se llevó a cabo en condiciones muy graves para mí. La criada que salió a comprar el pan en la mañana regresó con la noticia de que la casa estaba rodeada de soldados. Entró a decírselo a mi mujer, mi mujer me lo dijo, pero yo no le di importancia, dando por de contado que sin duda se trataba de la captura de algún contrabando de aguardiente. Acabé de afeitarme, me bañé, me desayuné y me vestí para ir a felicitar al Presidente. ¡Mero catrín iba yo...! "¡Hola, colega; qué milagro!", dije al Auditor de Guerra, al cual encontré de gran uniforme en la puerta de mi casa. "¡Paso por usted -me respondió-, y apúrese, que ya es tardecito!" Di con él algunos pasos y como me preguntara si no sabía lo que hacían los soldados que rodeaban la manzana de mi casa, le contesté que no. "Pues entonces yo se lo voy a decir, mosquita muerta -me repuso-; vienen a capturarlo a usted." Le miré a la cara y comprendí que no estaba bromeando. Un oficial me tomó del brazo en ese momento y en medio de una escolta, vestido de levita y chistera, dieron con mis huesos en esta bartolina.
Y después de una pausa añadió:
-¡Ahora hablen ustedes; el silencio me da miedo, tengo miedo...!
-¡Ay! ¡Ay! ¿Qué es esto? -gritó el estudiante-. ¡El sacristán tiene la cabeza helada com piedra de moler!
-¿Por qué lo dice?
-Porque lo estoy palpando, ya no siente, pues...
-No es a mí, fíjese como habla...
-¡Y a quién! ¿A usted, licenciado?
-No...
-Entonces es... ¡Entre nosotros hay un muerto!
-No, no es un muerto, soy yo...
-¿Pero quién es usted...? -atajó el estudiante-. ¡Está usted muy helado!
Una voz muy débil:
-Otro de ustedes...
Las tres voces primeras:
-¡Ahhhh!
El sacristán relató al licenciado Carvajal la historia de su desgracia:
-Salí de la sacristía -y se veía salir de la sacristía aseada, olorosa a incensarios apagados, a maderas viejas, a oro de ornamentos, a pelo de muerto-; atravesé la iglesia -y se veía atravesar la iglesia cohibido por la presencia del Santísimo y la inmovilidad de las veladoras y la movilidad de las moscas- y fui a quitar del cancel el aviso del novenario de la Virgen de la O, por encargo de un cofrade y en vista de que ya había pasado. Pero -mi torcidura- como no sé leer, en lugar de ese aviso arranqué el papel del jubileo de la madre del Señor Presidente, por cuya intención estaba expuesto Nuestro Amo, ¡y para qué quise más!... ¡Me capturaron y me pusieron en esta bartolina por revolucionario!
Sólo el estudiante callaba los motivos de su prisión. Hablar de sus pulmones fatigados le dolía menos que decir mal de su país. Se deleitaba en sus dolencias físicas para olvidar que había visto la luz en un naufragio, que había visto la luz entre cadáveres, que había abierto los ojos en una escuela sin ventanas, donde al entrar le apagaron la lucecita de la fe y, en cambio, no le dieron nada: oscuridad, caos, confusión, melancolía astral de castrado. Y poco a poco fue mascullando el poema de las generaciones sacrificadas:
Anclamos en los puertos del no ser,
sin luz en los mástiles de los brazos
y empapados de lágrimas salobres,
como vuelven del mar los marineros.
Tu boca me place en la cara -¡besa!-
y tu mano en la mano -... todavía
ayer...- ¡Ah, inútil la vida repasa
el cauce frío de nuestro corazón!
La alforja rota y el panal disperso
huyeron las abejas como bólidos
por el espacio -... todavía no...-
La rosa de los vientos sin un pétalo...
El corazón iba saltando tumbas.
¡Ah, rí-rí-rí, carro que rueda y rueda!...
Por la noche sin luna van los caballos
rellenos de rosas hasta los cascos,
regresar parecen desde los astros
cuando sólo vuelven del cementerio.
¡Ah, rí-rí-rí, carro que rueda
y rueda, funicular de llanto, rí-rí-rí,
entre cejas de pluma, rí-rí-rí...!
Acertijos de aurora en las estrellas,
recodos de ilusión en la derrota,
y qué lejos del mundo y qué temprano...
Por alcanzar las playas de los párpados
pugnan en alta mar olas de lágrimas
-¡Hablen, sigan hablando -dijo Carvajal después de un largo silencio-; sigan hablando!
-¡Hablemos de la libertad! -murmuró el estudiante.
-¡Vaya una ocurrencia! -se le interpuso el sacristán-; ¡hablar de la libertad en la cárcel!
-Y los enfermos, ¿no hablan de la salud en el hospital?... La cuarta voz observó muy a sopapitos:
-... No hay esperanzas de libertad, mis amigos; estamos condenados a soportarlo hasta que Dios quiera. Los ciudadanos que anhelaban el bien de la patria están lejos; unos piden limosna en casa ajena, otros pudren tierra en fosa común. Las calles van a cerrarse un día de éstos horrorizadas. Los árboles ya no frutecen como antes. El maíz ya no alimenta. El sueño ya no reposa. El agua ya no refresca. El aire se hace irrespirable. Las plagas suceden a las pestes, las pestes a las plagas, y ya no tarda un terremoto en acabar con todo. ¡Véanlo mis ojos, porque somos un pueblo maldito! Las voces del cielo nos gritan cuando truena: "¡Viles! ¡Inmundos! ¡Cómplices de iniquidad!" En los muros de las cárceles, cientos de hombres han dejado los sesos estampados al golpe de las balas asesinas. Los mármoles de palacio están húmedos de sangre de inocentes. ¿Adónde volver los ojos en busca de libertad?
El sacristán:
-¡A Dios, que es Todopoderoso!
El estudiante:
-¿Para qué, si no responde?...
El sacristán:
-Porque ésa es Su Santísima voluntad...
El estudiante:
-¡Qué lástima!
La tercera voz:
-¡Hablen, sigan hablando; no se callen, por lo que más quieran en el mundo; que el silencio me da miedo, tengo miedo, se me figura que una mano alargada en la sombra va a cogernos del cuello para estrangularnos!
-Es mejor rezar...
La voz del sacristán regó de cristiana conformidad el ambiente de la bartolina. Carvajal, que pasaba entre los de su barrio por liberal y comecuras, murmuró:
-Recemos.
Pero el estudiante se interpuso:
-¡Qué es eso de rezar! ¡No debemos rezar! ¡Tratemos de romper esa puerta y de ir a la revolución!
Dos brazos de alguien que él no veía le estrecharon fuertemente, y sintió en la mejilla la brocha de una barbita empapada en lágrimas:
-¡Viejo maestro del Colegio de San José de los Infantes: muere tranquilo, que no todo se ha perdido en un país donde la juventud habla así!
La tercera voz:
-¡Hablen, sigan hablando, sigan hablando!

XXIX
Consejo de Guerra
El proceso seguido contra Canales y Carvajal por sedición, rebelión y traición con todas sus agravantes, se hinchó de folios; tantos, que era imposible leerlo de un tirón. Catorce testigos contestes declaraban bajo juramento que encontrándose la noche del 21 de abril en el Portal del Señor, sitio en el que se recogían a dormir habitualmente por ser pobres de solemnidad, vieron al general Eusebio Canales y al licenciado Abel Carvajal lanzarse sobre un militar que, identificado, resultó ser el coronel José Parrales Sonriente, y estrangularlo a pesar de la resistencia que éste les opuso cuerpo a cuerpo, hecho un león, al no poderse defender con sus armas, agredido como fue con superiores fuerzas y a mansalva. Declaraban, además, que una vez perpetrado el asesinato, el licenciado Carvajal se dirigió al general Canales en estos o parecidos términos. "Ahora que ya quitamos de en medio al de la mulita, los jefes de los cuarteles no tendrán inconveniente en entregar las armas y reconocerlo a usted, general, como Jefe Supremo del Ejército. Corramos, pues, que puede amanecer y hagámoslo saber a los que en mi casa están reunidos, para que se proceda a la captura y muerte del Presidente de la República y a la organización de un nuevo gobierno."
Carvajal no salía de su asombro. Cada página del proceso le reservaba una sorpresa. No, si mejor le daba risa. Pero era muy grave el cargo para reírse. Y seguía leyendo. Leía a la luz de una ventana con vistas a un patio poco abierto, en la salita sin muebles de los condenados a muerte. Esa noche se reuniría el Consejo de Guerra de Oficiales Generales que iba a fallar la causa y le había dejado allí a solas con el proceso para que preparara su defensa. Pero esperaron la última hora. Le temblaba el cuerpo. Leía sin entender ni detenerse, atormentado por la sombra que le devoraba el manuscrito, ceniza húmeda que se le iba deshaciendo poco a poco entre las manos. No alcanzó a leer gran cosa. Cayó el sol, consintióse la luz y una angustia de astro que se pierde le nubló los ojos. El último renglón, dos palabras, una rúbrica, una fecha, el folio... Vanamente intentó ver el número del folio; la noche se regaba en los pliegos como una mancha de tinta negra, y, extenuado, quedó sobre el mamotreto, como si en lugar de leerlo se lo hubiesen atado al cuello al tiempo de arrojarlo a un abismo. Las cadenas de los presos por delitos comunes sonaban a lo largo de los patios perdidos y más lejos se percibía amortiguado el ruido de los vehículos por las calles de la ciudad.
-Dios mío, mis pobres carnes heladas tienen más necesidad de calor y más necesidad de luz mis ojos, que todos los hombres juntos del hemisferio que ahora va a alumbrar el sol. Si ellos supieran mi pena, más piadosos que tú, Dios mío, me devolverían el sol para que acábara de leer...
Al tacto contaba y recontaba las hojas que no había leído. Noventa y una. Y pasaba y repasaba las yemas de los dedos por la cara de los infolios de grano grueso, intentando en su desesperación leer como los ciegos.
La víspera le habían trasladado de la Segunda Sección de Policía a la Penitenciaría Central, con gran aparato de fuerza, en carruaje cerrado, a altas horas de la noche; sin embargo, tanto le alegró verse en la calle, oírse en la calle, sentirse en la calle, que por un momento creyó que lo llevaban a su casa: la palabra se le deshizo en la boca amarga, entre cosquilla y lágrima.
Los esbirros le encontraron con el proceso en los brazos y el caramelo de calles húmedas en la boca; le arrebataron los papeles y, sin dirigirle la palabra, le empujaron a la sala donde estaba reunido el Consejo de Guerra.
-¡Pero, señor presidente! -adelantóse a decir Carvajal al general que presidía el consejo-. ¿Cómo podré defenderme, si ni siquiera me dieron tiempo para leer el proceso?
-Nosotros no podemos hacer nada en eso -contestó aquél-; los términos legales son cortos, las horas pasan y esto apura. Nos han citado para poner el "fierro".
Y cuanto sucedió en seguida fue para Carvajal un sueño, mitad rito, mitad comedia bufa. Él era el principal actor y los miraba a todos desde el columpio de la muerte, sobrecogido por el vacío enemigo que le rodeaba. Pero no sentía miedo, no sentía nada, sus inquietudes se le borraban bajo la piel dormida. Pasaría por un valiente. La mesa del tribunal estaba cubierta por la bandera, como lo prescribe la Ordenanza. Uniformes militares. Lectura de papeles. De muchos papeles. Juramentos. El Código Militar, como una piedra, sobre la mesa, sobre la bandera. Los pordioseros ocupaban las bancas de los testigos. Patahueca, con cara placentera de borracho, tieso, peinado, colocho, sholco, no perdía palabra de lo que leían ni gesto del Presidente del Tribunal. Salvador Tigre seguía el consejo con dignidad de gorila, escarbándose las narices aplastadas o los dientes granudos en la boca que le colgaba de las orejas. El Viuda, alto, huesudo, siniestro, torcía la cara con mueca de cadáver sonriendo a los miembros del Tribunal. Lulo, rollizo, arrugado, enano, con repentes de risa y de ira, de afecto y de odio, cerraba los ojos y se cubría las orejas para que supieran que no quería ver ni oír nada de lo que pasaba allí. Don Juan de la leva cuta, enfundado en su imprescindible leva, menudito, caviloso, respirando a familia burguesa en las prendas de vestir a medio uso que llevaba encima: corbata de plastrón pringada de miltomate, zapatos de charol con los tacones torcidos, puños postizos, pechera móvil y mudable, y en el tris de elegancia de gran señor que le daba su sombrero de paja y su sordera de tapia entera. Don Juan, que no oía nada, contaba los soldados dispuestos contra los muros a cada dos pasos en toda la sala. Cerca tenía a Ricardo el Tocador, con la cabeza y parte de la cara envuelta en un pañuelo de yerbas de colores, la nariz encarnada y la barba de escobilla sucia de alimentos. Ricardo el Tocador hablaba a solas, fijos los ojos en el vientre abultado de la sordomuda que babeaba las bancas y se rascaba los piojos del sobaco izquierdo. A la sordomuda seguía Pereque, un negro con sólo una oreja como bacinica. Y a Pereque, la Chica-miona, flaquísima, tuerta, bigotuda y hediendo a colchón viejo.
Leído el proceso, el fiscal, un militar peinado á la brosse, con la cabeza pequeñita en una guerrera de cuello dos veces más grande, se puso de pie para pedir la cabeza del reo. Carvajal volvió a mirar a los miembros del tribunal, buscando saber si estaban cuerdos. Con el primero que tropezaron sus pupilas no podía estar más borracho. Sobre la bandera se dibujaban sus manos morenas, como las manos de los campesinos que juegan a los pronunciados en una feria aldeana. Le seguía un oficial retinto que también estaba ebrio. Y el Presidente, que daba la más acabada impresión del alcohólico, casi se caía de la juma.
No pudo defenderse. Ensayó a decir unas cuantas palabras, pero inmediatamente tuvo la impresión dolorosa de que nadie le oía, y en efecto, nadie le oía. La palabra se le deshizo de la boca como pan mojado.
La sentencia, redactada y escrita de antemano, tenía algo de inmenso junto a los simples ejecutores, junto a los que iban a echar el "fierro", muñecos de oro y de cecina, que bañaba de arriba abajo la diarrea del quinqué; junto a los pordioseros de ojos de sapo y sombra de culebra, que manchaba de lunas negras el piso naranja; junto a los soldaditos, que se chupaban el barbiquejo; junto a los muebles silenciosos, como los de las casas donde se ha cometido un delito.
-¡Apelo de la sentencia!
Carvajal enterró la voz hasta la garganta.
-¡Déjese de cuentos -respingó el Auditor-; aquí no hay pelo ni apelo, será matatusa!
Un vaso de agua inmenso, que pudo coger porque tenía la inmensidad en las manos, le ayudó a tragarse lo que buscaba a expulsar su cuerpo: la idea del padecimiento, de lo mecánico de la muerte, el cheque de las balas con los huesos, la sangre sobre la piel viva, los ojos helados, los trapos tibios, la tierra. Devolvió el vaso con miedo y tuvo la mano alargada hasta que encontró la resolución del movimiento. No quiso fumar un cigarrillo que le ofrecieron. Se pellizcaba el cuello con los dedos temblorosos, rodando por los encalados muros del salón una mirada sin espacio, desasida del pálido cemento de su cara.
Por un pasadizo chiflonudo le llevaron casi muerto, con sabor de pepino en la boca, las piernas dobladas y un lagrimón en cada ojo.
-Lic, échese un trago... -le dijo un teniente de ojos de garza.
Se llevó la botella a la boca, que sentía inmensa, y bebió.
-Teniente -dijo una voz en la oscuridad-; mañana pasará usted a baterías. Tenemos orden de no tolerar complacencias de ninguna especie en los reos políticos.
Pasos adelante le sepultaron en una mazmorra de tres varas de largo por dos y media de ancho, en la que había doce hombres sentenciados a muerte, inmóviles por falta de espacio, unos contra otros como sardinas, los cuales satisfacían de pie sus necesidades pisando y repisando sus propios excrementos. Carvajal fue el número 13. Al marcharse los soldados, la respiración aquejante de aquella masa de hombres agónicos llenó el silencio del subterráneo que turbaban a lo lejos los gritos de un emparedado.
Dos y tres veces se encontró Carvajal contando maquinalmente los gritos de aquel infeliz sentenciado a morir de sed: ¡Sesenta y dos!... ¡Sesenta y tres!... ¡Sesenta y cuatro!...
La hedentina de los excrementos removidos y la falta de aire le hacían perder la cabeza y rodaba sólo él, arrancado de aquel grupo de seres humanos, contando los gritos del emparedado, por los despeñaderos infernales de la desesperación.
Lucio Vásquez se paseaba fuera de las bartolinas, ictérico, completamente amarillo, con las uñas y los ojos color de envés de hoja de encina. En medio de sus miserias, le sustentaba la idea de vengarse algún día de Genaro Rodas, a quien consideraba el causante de su desgracia. Su existencia se alimentaba de esa remota esperanza, negra y dulce como la rapadura. La eternidad habría esperado con tal de vengarse -tanta noche negra anidaba en su pecho de gusano en las tinieblas-, y sólo la visión del cuchillo que rasga la entraña y deja la herida como boca abierta, clarificaba un poco sus pensamientos enconosos. Las manos engarabatadas del frío; inmóvil como lombriz de lodo amarillo, hora tras hora saboreaba Vásquez su venganza. ¡Matarlo! ¡Matarlo! Y como si ya tuviera al enemigo cerca, arrastraba la mano por la sombra, sentía el pomo helado del cuchillo, y como fantasma que ensaya ademanes imaginativamente se abalanzaba sobre Rodas.
El grito del emparedado lo sacudía.
-¡Per Dio, per favori..., aaagua! ¡Agua! ¡Agua! ¡Agua, Tineti, agua, agua! ¡Per Dio, per favori..., aaagua, aaaguaa... agua...!
El emparedado se somataba contra la puerta que había borrado por fuera una tapia de ladrillo, contra el piso, contra los muros.
-¡Agua, Tineti! ¡Agua, Tineti! ¡Agua, per Dio, agua per favori, Tineti!
Sin lágrimas, sin saliva, sin nada húmedo, sin nada fresco, con la garganta en espinero de ardores, girando en un mundo de luces y manchas blancas, su grito no cesaba de martillar:
-¡Agua, Tineti! ¡Agua, Tineti! ¡Agua, Tineti!
Un chino con la cara picada de viruelas cuidaba de los prisioneros. De siglo en siglo pasaba como postrer aliento de vida. ¿Existía aquel ser extraño, semidivino, o era una ficción de todos? Los excrementos removidos y el grito del emparedado les causaba vértigos y acaso, acaso, aquel ángel bienhechor era sólo una visión fantástica.
-¡Agua, Tineti! ¡Agua, Tineti! ¡Per Dio, per favori, agua, agua, agua, agua!...
No faltaba trajín de soldados que entraban y salían golpeando los caites en las losas, y entre éstos, algunos que carcajeándose contestaban al emparedado:
-¡Tirolés, tirolés!... ¿Per qué te manchaste la gallina verde qui parla como la chente?
-¡Agua, per Dio, per favori, agua, signori, agua, per favori!
Vásquez masticaba su venganza y el grito del italiano que en el aire dejaba sed de bagazo de caña. Una descarga le cortó el aliento. Estaban fusilando. Debían ser las tres de la mañana.

XXX
Matrimonio in extremis
-¡Enferma grave en la vecindad!
De cada casa salió una solterona.
-¡Enferma grave en la vecindad!
Con cara de recluta y ademanes de diplomático, la de la casa de las doscientas, llamada Petronila, ella, que a falta de otra gracia habría querido, por lo menos, llamarse Berta. Con vestimenta de merovingia y cara de garbanzo, una amiga de las doscientas, cuyo nombre de pila era Silvia. Con el corsé, tanto da decir armadura, encallado en la carne, los zapatos estrechos en los callos y la cadena del reloj alrededor del cuello como soga de patíbulo, cierta conocida de Silvia llamada Engracia. Con cabeza de corazón como las víboras, ronca, acañutada y varonil, una prima de Engracia, que también habría podido ser una pierna de Engracia, muy dada a menudear calamidades de almanaque, anunciadora de cometas, del Anticristo y de los tiempos en que, según las profecías, los hombres treparán a los árboles huyendo de las mujeres enardecidas y éstas subirán a bajarlos.
¡Enferma grave en la vecindad! ¡Qué alegre! No lo pensaban, pero casi lo decían celebrando del diente al labio, con voz de amasaluegos, un suceso que por mucho que echaran a retozar la tijera dejaría sobrada y bastante tela para que cada una de ellas hiciese el acontecimiento de su medida.
La Masacuata atendía.
-Mis hermanas están listas -anunciaba la de las doscientas sin decir para qué estaban listas.
-En cuanto a ropa, si hace falta, desde luego pueden contar conmigo -observaba Silvia.
Y Engracia, Engracita, que cuando no olía a tricófero trascendía a caldo de res, agregaba articulando las palabras a medias, sofocada por el corsé:
-¡Yo les recé una Salve a las Ánimas, al acabar mi Hora de Guardia, por esta necesidad tan grande!
Hablaban a media voz, congregadas en la trastienda, procurando no turbar el silencio que envolvía como producto farmacéutico la cama de la enferma ni molestar al señor que la velaba noche y día. Un señor muy regular. Muy regular. De punta de pie se acercaban a la cama, más por verle la cara al señor que por saber de Camila, espectro pestañudo, con el cuello flaco, flaco, y los cabellos en desorden, y como sospecharan que había gato encerrado -¿en que devoción no hay gato encerrado?- no sosegaron hasta lograr arrancar a la fondera la llave del secreto. Era su novio. ¡Su novio! ¡Su novio! ¡Su novio! ¿Con que eso, no? ¡Con que su novio! Cada una repitió la palabrita dorada, menos Silvia; ésta se fue con disimulo, tan pronto como supo que Camila era hija del general Canales, y no volvió más. Nada de mezclarse con los enemigos del Gobierno. El será muy su novio, se decía, y muy del Presidente, pero yo soy hermana de mi hermano y mi hermano es diputado y lo puedo comprometer. "¡Dios libre l’hora!"
En la calle todavía se repitió: "¡Dios libre l’hora!"
Cara de Ángel no se fijó en las solteras que, cumpliendo obra de misericordia, además de visitar a la enferma se acercaron a consolar al novio. Les dio las gracias sin oír lo que le decían -palabras-, con el alma puesta en la queja maquinal, angustiosa y agónica de Camila, ni corresponder las muestras de efusión con que le estrecharon las manos. Abatido por la pena sentía que el cuerpo se le enfriaba. Impresión de lluvia y adormecimiento de los miembros, de enredo con fantasmas cercanos e invisibles en un espacio más amplio que la vida, en el que el aire está solo, sola la luz, sola la sombra, solas las cosas.
El médico rompía la ronda de sus pensamientos.
-Entonces, doctor...
-¡Sólo un milagro!
-Siempre vendrá por aquí, ¿verdad?
La fondera no paraba un instante y ni así le rendía el tiempo. Con permiso de lavar en la vecindad mojaba de mañana muy temprano, luego se iba a la Penitenciaría llevando el desayuno de Vásquez, de quien nada averiguaba; de regreso enjabonaba, desaguaba y tendía, y, mientras los trapos se secaban, corría a su casa a hacer lo de adentro y otros oficios; mudar a la enferma, encender candelas a los santos, sacudir a Cara de Ángel para que tomara alimento, atender al doctor, ir a la farmacia, sufrir a las presbíteras, como llamaba a las solteras, y pelear con la dueña de la colchonería.
-¡Colchones para cebones! -gritaba en la puerta haciendo como que espantaba las moscas con un trapo-. ¡Colchones para cebones!
-¡Sólo un milagro!
Cara de Ángel repitió las palabras del médico. Un milagro la continuación arbitraria de lo perecedero, el triunfo sobre el absoluto estéril de la migaja humana. Sentía la necesidad de gritar a Dios que le hiciera el milagro, mientras el mundo se le escurría por los brazos inútil, adverso, inseguro, sin razón de ser.
Y todos esperaban de un momento a otro el desenlace. Un perro que aullara, un toquido fuerte, un doble en la Merced, hacían santiguarse a los vecinos y exclamar, suspiro va y suspiro viene: "¡Ya descansó!... ¡Vaya, era su hora llegada! ¡Pobre su novio! ¡Qué se ha de hacer! ¡Que se haga la voluntad de Dios! ¡Es lo que somos, en resumidas cuentas!"
Petronila relataba estos sucesos a uno de esos hombres que envejecen con cara de muchachos, profesor de inglés y otras anomalías, a quien familiarmente llamaban Tícher. Quería saber si era posible salvar a Camila por medios sobrenaturales y el Tícher debía saberlo, porque, además de profesor de inglés, dedicaba sus ocios al estudio de la teosofía, el espiritismo, la magia, la astrología, el hipnotismo, las ciencias ocultas y hasta fue inventor de un método que llamaba: "Cisterna de embrujamiento para encontrar tesoros escondidos en las casas donde espantan". Jamás habría sabido explicar el Tícher sus aficiones por lo desconocido. De joven tuvo inclinaciones eclesiásticas, pero una casada de más saber y gobierno que él se interpuso cuando iba a cantar Epístola, y colgó la sotana quedándose con los hábitos sacerdotales, un pozo zonzo y solo. Dejó el Seminario por la Escuela de Comercio y habría terminado felizmente sus estudios de no tener que huir a un profesor de teneduría de libros que se enamoró de él perdidamente. La mecánica le abrió los brazos tiznados, la mecánica fregona de las herrerías, y entró a soplar el fuelle a un taller de por su casa, mas poco habituado al trabajo y no muy bien constituido, pronto abandonó el oficio. ¡Qué necesidad tenía él, único sobrino de una dama riquísima, cuya intención fue dedicarlo al sacerdocio, empresa en la que dale que le das siempre estaba la buena señora! "¡Vuelve a la iglesia -le decía- y no estés ahí bostezando, vuelve a la iglesia, no ves que el mundo te disgusta, que eres medio loquito y débil como chivito de mantequilla, que de todo has probado y nada te satisface; militar, músico, torero!... O, si no quieres ser Padre, dedícate al magisterio, a dar clases de inglés, pongo por caso. Si el Señor no te eligió, elige tú a los niños; el inglés es más fácil que el latín y más útil, y dar clases de inglés es hacer sospechar a los alumnos que el profesor habla inglés aunque no le entiendan: mejor, si no le entienden."
Petronila bajó la voz, como lo hacía siempre que hablaba con el corazón en la mano.
-Un novio que la adora, que la idolatra, Tícher, que no obstante haberla raptado la respetó en espera de que la iglesia bendijera su unión entera. Eso ya no se ve todos los días.
-¡Y menos en estos tiempos, criatura! -añadió al pasar por la sala con un ramo de rosas la más alta de las doscientas, una mujer que parecía subida en la escalera de su cuerpo.
-Un novio, .Tícher, que la ha colmado de cuidados y que sin que le quepa duda, se va a morir con ella..., ¡ay!
-¿Y dice usted, Petronila -el Tícher hablaba pausadamente-, que ya los señores médicos facultativos se declararon incompetentes para rescatarla de los brazos de la Parca?
-Sí, señor, incompetentes; la han desahuciado tres veces.
-¿Y dice usted, Nila, que ya sólo un milagro puede salvarla? -Figúrese... Y está el novio que parte el alma...
-Pues yo tengo la clave; provocaremos el milagro. A la muerte únicamente se le puede oponer el amor, porque ambos son igualmente fuertes, como dice El Cantar de los Cantares; y si como usted me informa, el novio de esa señorita la adora, digo la quiere entrañablemente, digo con las entrañas y la mente, digo con la mente de casarse, puede salvarla de la muerte si comete el sacramento del matrimonio, que en mi teoría de los injertos se debe emplear en este caso.
Petronila estuvo a punto de desmayarse en brazos del Tícher. Alborotó la casa, pasó a casa de las amigas, puso en autos a la Masacuata, a quien se encargó que hablara al cura, y ese mismo día Camila y Cara de Ángel se desposaron en los umbrales de lo desconocido. Una mano larga y fina y fría como cortapapel de marfil estrechó el favorito en la diestra afiebrada, en tanto el sacerdote leía los latines sacramentales. Asistían las doscientas, Engracia, y el Tícher vestido de negro. Al concluir la ceremonia, el Tícher exclamó:
-Make thee another self for love of me!...

XXXI
Centinelas de hielo
En el zaguán de la Penitenciaría brillaban las bayonetas de la guardia sentada en dos filas, soldado contra soldado, como de viaje en un vagón oscuro. Entre los vehículos que pasaban, bruscamente se detuvo un carruaje. El cochero, con el cuerpo echado hacia atrás para tirar de las riendas con más fuerza, se bamboleó de lado y lado, muñeco de trapos sucios, escupimordiendo una blasfemia. ¡Por poco más se cae! Por las murallas lisas y altísimas del edificio patibulario resbalaron los chillidos de las ruedas castigadas por las rozaderas, y un hombre barrigón que apenas alcanzaba el suelo con las piernas apeóse poco a poco. El cochero, sintiendo aligerarse el carruaje del peso del Auditor de Guerra, apretó el cigarrillo apagado en los labios resecos -¡qué alegre quedarse solo con los caballos!- y dio rienda para ir a esperar enfrente, al costado de un jardín yerto como la culpa traidora, en el momento en que una dama se arrodillaba a los pies del Auditor implorando a gritos que la atendiera.
-¡Levántese, señora! Así no la puedo atender; no, no, levántese, hágame favor... Sin tener el honor de conocerla...
-Soy la esposa del licenciado Carvajal...
-Levántese...
Ella le cortó la palabra.
-De día, de noche, a todas horas, por todas partes, en su casa, en la casa de su mamá, en su despacho le he buscado, señor, sin lograr encontrarlo. Sólo usted sabe qué es de mi marido, sólo usted lo sabe, sólo usted me lo puede decir. ¿Dónde está? ¿Qué es de él? ¡Dígame, señor, si está vivo! ¡Dígame, señor, que está vivo!
Se había puesto de pie; pero no levantaba la cabeza, rota la nuca de pena, ni dejaba de llorar.
-¡Dígame, señor, que está vivo!
-Cabalmente, señora, el Consejo de Guerra que conocerá del proceso del colega ha sido citado con urgencia para esta noche.
-¡Aaaaah!
Cosquilleo de cicatriz en los labios, que no pudo juntar del gusto. ¡Vivo! A la noticia unió la esperanza. ¡Vivo!... Y, como era inocente, libre...
Pero el Auditor, sin mudar el gesto frío, añadió:
-La situación política del país no permite al Gobierno piedad de ninguna especie con sus enemigos, señora. Es lo único que le digo. Vea al Señor Presidente y pídale la vida de su marido, que puede ser sentenciado a muerte y fusilado, conforme a la ley, antes de veinticuatro horas...
-¡... le, le, le!
-La Ley es superior a los hombres, señora, y salvo que el Señor Presidente lo indulte...
-¡... le, le, le!
No pudo hablar. Blanca, como el pañuelo que rasgaba con los dientes, se quedó quieta, inerte, ausente, gesticulando con las manos perdidas en los dedos.
El Auditor se marchó por la puerta erizada de bayonetas. La calle, momentáneamente animada por el trajín de los coches que volvían del paseo principal a la ciudad, ocupados por damas y caballeros elegantes, quedó fatigada y sola. Un minúsculo tren asomó por un callejón entre chispas y pitazos, y se fue cojeando por los rieles...
-¡... le, le, le!
No pudo hablar. Dos tenazas de hielo imposible de romper le apretaban el cuello y el cuerpo se le fue resbalando de los hombros para abajo. Había quedado el vestido vacío con su cabeza, sus manos y sus pies. En sus oídos iba un carruaje que encontró en la calle. Lo detuvo. Los caballos engordaron como lágrimas al encarnar la cabeza y apelotonarse para hacer alto. Y ordenó al cochero que la llevara a la casa de campo del Presidente lo más pronto posible; mas su prisa era tal, su desesperada prisa, que a pesar de ir los caballos a todo escape, no cesaba de reclamar y reclamar al cochero que diera más rienda... Ya debía estar allí... Más rienda... Necesitaba salvar a su marido... Más rienda..., más rienda..., más rienda... Se apropió del látigo... Necesitaba salvar a su marido... Los caballos, fustigados con crueldad, apretaron la carrera... El látigo les quemaba las ancas... Salvar a su marido... Ya debía estar allí... Pero el vehículo no rodaba, ella sentía que no rodaba, ella sentía que no rodaba, que las ruedas giraban alrededor de los ejes dormidos, sin avanzar, que siempre estaban en el mismo punto... Y necesitaba salvar a su marido... Sí, sí, sí, sí, sí... -se le desató el pelo-, salvarlo... -la blusa se le zafó-, salvarlo... Pero el vehículo no rodaba, ella sentía que no rodaba, rodaban sólo las ruedas de adelante, ella sentía que lo de atrás se iba quedando atrás, que el carruaje se iba alargando como el acordeón de una máquina de retratar y veía los caballos cada vez más pequeñitos... El cochero le había arrebatado el látigo. No podía seguir así... Sí, sí, sí, sí... Que sí..., que no..., que sí..., que no..., que sí..., que no... Pero ¿por qué no?... ¿Cómo no?... Que sí..., que no..., que sí..., que no... Se arrancó los anillos, el prendedor, los aritos, la pulsera y se los echó al cochero en el bolsillo de la chaqueta, con tal que no detuviera el coche. Necesitaba salvar a su marido. Pero no llegaban... Llegar, llegar, llegar, pero no llegaban... Llegar, pedir y salvarlo, pero no llegaban... Estaban fijos como los alambres del telégrafo, como los cercos de chilca y chichicaste, como los campos sin sembrar, como los celajes dorados del crepúsculo, las encrucijadas solas y los bueyes inmóviles.
Por fin desviaron hacia la residencia presidencial por una franja de carretera que se perdía entre árboles y cañadas. El corazón le ahogaba. La ruta se abría paso entre las casitas de una población limpia y desierta. Por aquí empezaron a cruzar los coches que volvían de los dominios presidenciales -landós, sulkys, calesas-, ocupados por personas de caras y trajes muy parecidos. El ruido se adelantaba, el ruido de las ruedas en los empedrados, el ruido de los cascos de los caballos... Pero no llegaban, pero no llegaban... Entre los que volvían en carruaje, burócratas cesantes y militares de baja, gordura bien vestida, regresaban a pie los finqueros llamados por el Presidente meses y meses hacía con urgencia, los poblanos con zapatos como bolsas de cuero, las maestras de escuela que a cada poco se paraban a tomar aliento -los ojos ciegos de polvo, rotos los zapatos de polvillo, arremangadas las enaguas- y las comitivas de indios que, aunque municipales, tenían la felicidad de no entender nada de todo aquello. ¡Salvarlo, sí, sí, sí, pero no llegaban! Llegar era lo primero, llegar antes que se acabara la audiencia, llegar, pedir, salvarlo... ¡Pero no llegaban! Y no faltaba mucho; salir del pueblo. Ya debían estar allí, pero el pueblo no se acababa. Por este camino fueron las imágenes de Jesús y la Virgen de Dolores un jueves santo. Las jaurías, entristecidas por la música de las trompetas, aullaron al pasar la procesión delante del Presidente, asomado a un balcón bajo toldo de tapices mashentos y flores de buganvilla. Jesús pasó vencido bajo el peso del madero frente al César y al César se volvieron admirados hombres y mujeres. No fue mucho el sufrir, no fue mucho el llorar hora tras hora, no fue mucho el que familias y ciudades envejecieran de pena; para aumentar el escarnio era preciso que a los ojos del Señor Presidente cruzara la imagen de Cristo en agonía, y pasó con los ojos nublados bajo un palio de oro que era infamia, entre filas de monigotes, al redoble de músicas paganas.
El carruaje se detuvo a la puerta de la augusta residencia. La esposa de Carvajal corrió hacia adentro por una avenida de árboles copudos. Un oficial le salió a cerrar el paso.
-Señora, señora...
-Vengo a ver al Presidente...
-El Señor Presidente no recibe, señora; regrese...
-Sí, sí, sí recibe, sí me recibe a mí, que soy la esposa del licenciado Carvajal... -Y siguió adelante, se le fue de las manos al militar que la perseguía llamándola al orden, y logró llegar a una casita débilmente iluminada en el desaliento del atardecer-. ¡Van a fusilar a mi marido, general!...
Con las manos a la espalda se paseaba por el corredor de aquella casa que parecía de juguete un hombre alto, trigueño, todo tatuado de entorchados, y hacia él se dirigió animosa:
-¡Van a fusilar a mi marido, general!
El militar que la seguía desde la puerta no se cansaba de repetir que era imposible ver al Presidente.
No obstante sus buenas maneras, el general le respondió golpeado:
-El Señor Presidente no recibe, señora, y háganos el favor de retirarse, tenga la bondad...
-¡Ay, general! ¡Ay, general! ¿Qué hago yo sin mi marido, qué hago yo sin mi marido? ¡No, no, general! ¡Sí recibe! ¡Paso, paso! ¡Anúncieme! ¡Vea que van a fusilar a mi marido!
El corazón se le oía bajo el vestido. No la dejaron arrodillarse. Sus tímpanos flotaban agujereados por el silencio con que respondían a sus ruegos.
Las hojas secas tronaban en el anochecer como con miedo del viento que las iba arrastrando. Se dejó caer en un banco. Hombres de hielo negro. Arterias estelares. Los sollozos sonaban en sus labios como flecos almidonados, casi como cuchillos. La saliva le chorreaba por las comisuras con hervor de gemido. Se dejó caer en un banco que empapó de llanto como si fuera piedra de afilar. A troche y moche la habían arrancado de donde tal vez estaba el Presidente. El paso de una patrulla le sacudió frío. Olía a butifarra, a trapiche, a pino despenicado. El banco desapareció en la oscuridad como una tabla en el mar. Anduvo de un punto a otro por no naufragar con el banco en la oscuridad, por quedar viva. Dos, tres, muchas veces detuviéronla los centinelas apostados entre los árboles. Le negaban el paso con voz áspera, amenazándola cuando insistía con la culata o el cañón del arma. Exasperada de implorar a la derecha, corría a la izquierda. Tropezaba con las piedras, se lastimaba en los zarzales. Otros centinelas de hielo le cortaban el paso. Suplicaba, luchaba, tendía la mano como menesterosa y cuando ya nadie le oía, echaba a correr en dirección opuesta...
Los árboles barrieron una sombra hacia un carruaje, una sombra que apenas puso el pie en el estribo regresó como loca a ver si le valía la última súplica. El cochero despertó y estuvo a punto de botar los guajes que calentaba en el bolsillo al sacar la mano para coger las riendas. El tiempo se le hacía eterno; ya no miraba las horas de quedar bien con la Minga. Aritos, anillos, pulsera... ¡Ya tenía para empeñar! Se rascó un pie con otro, se agachó el sombrero y escupió. ¿De dónde saldrá tanta oscuridad y tanto sapo?... La esposa de Carvajal volvió al carruaje como sonámbula. Sentada en el coche ordenó al cochero que esperaran un ratito, tal vez abrirían la puerta... Media hora..., una hora...
El carruaje rodaba sin hacer ruido; o era que ella no oía bien o era que seguían parados... El camino se precipitaba hacia lo hondo de un barranco por una pendiente inclinadísima, para ascender después como un cohete en busca de la ciudad. La primera muralla oscura. La primera casa blanca. En el hueco de una pared un aviso de Onofroff.. Sentía que todo se soldaba sobre su pena... El aire... Todo... En cada lágrima un sistema planetario... Ciempiés de sereno caían de las tejas a los andenes estrechos... Se le iba apagando la sangre... ¿Cómo está?... ¡Yo estoy mal, pero muy mal!... Y mañana, ¿cómo estará?... ¡Lo mismo, y pasado mañana, igual!... Se preguntaba y se respondía... Y más pasado mañana...
El peso de los muertos hace girar la tierra de noche y de día el peso de los vivos... Cuando sean más los muertos que los vivos, la noche será eterna, no tendrá fin, faltará para que vuelva el día el peso de los vivos...
El carruaje se detuvo. La calle seguía, pero no para ella, que estaba delante de la prisión donde, sin duda... Paso a paso se pegó al muro. No estaba de luto y ya tenía tacto de murciélago... Miedo, frío, asco; se sobrepuso a todo por estrecharse a la muralla que repetiría el eco de la descarga... Después de todo, ya estando allí, se le hacía imposible que fusilaran a su marido, así como así; así, de una descarga, con balas, con armas, hombres como él, gente como él, con ojos, con boca, con manos, con pelo en la cabeza, con uñas en los dedos, con dientes en la boca, con lengua, con galillo... No era posible que lo fusilaran hombres así, gente con el mismo color de piel, con el mismo acento de voz, con la misma manera de ver, de oír, de acostarse, de levantarse, de amar, de lavarse la cara, de comer, de reír, de andar, con las mismas creencias y las mismas dudas...

XXXII
El Señor Presidente
Cara de Ángel, llamado con gran prisa de la casa presidencial, indagó el estado de Camila, elasticidad de la mirada ansiosa, humanización del vidrio en los ojos, y como reptil cobarde enroscóse en la duda de si iba o no iba; el Señor Presidente o Camila, Camila o el Señor Presidente...
Aún sentía en la espalda los empujoncitos de la fondera y d tejido de su voz suplicante. Era la ocasión de pedir por Vásquez. "Vaya, yo me quedo aquí cuidando a la enferma"... En la calle respiró profundamente. Iba en un carruaje que rodaba hacia la casa presidencial. Estrépito de los cascos de los caballos en los adoquines, fluir líquido de las ruedas. El Candado Rojo... La Col-mena... El Vol-cán... Deletreaba con cuidado los nombres de los almacenes; se leían mejor de noche, mejor que de día. El Gua-da-le-te... El Ferro-carril... La Ga-llina con Po-llos... A veces tropezaban sus ojos con nombres de chinos: Lon Ley Lon y Cía... Quan See Chan... Fu Quan Yen... Chon Chan Lon... Sey Yon Sey... Seguía pensando en el general Canales. Lo llamaban para informarle... ¡No podía ser!... ¿Por qué no podía ser?... Lo capturaron y lo mataron, o... no lo mataron y lo traen amarrado... Una polvareda se alzó de repente. El viento jugaba al toro con el carruaje. ¡Todo podía ser! El vehículo rodó más ligero al salir al campo, como un cuerpo que pasa del estado sólido al estado líquido. Cara de Ángel se apretó las manos en las choquezuelas y suspiró. El ruido del coche se perdía, entre los mil ruidos de la noche que avanzaba lenta, pausada, numismática. Creyó oír el vuelo de un pájaro. Salvaron una mordida de casas. Ladraban perros semidifuntos...
El Subsecretario de la Guerra le esperaba en la puerta de su despacho y, sin anunciarlo, al tiempo de darle la mano y dejar en la orilla de un pilar el habano que fumaba, lo condujo a las habitaciones del Señor Presidente.
-General -Cara de Ángel tomó de un brazo al Subsecretario-, ¿no sabe para qué me querrá el patrón...?
-No, don Miguelito, lo ignórolo.
Ahora ya sabía de qué se trataba. Una carcajada rudimentaria, repetida dos y tres veces, confirmó lo que la respuesta evasiva del Subsecretario le había dejado suponer. Al asomar a la puerta vio un bosque de botellas en una mesa redonda y un plato de fiambre, guacamole y chile pimiento. Completaban el cuadro las sillas, desarregladas unas y otras por el suelo. Las ventajas de cristales blancos, opacos, coronadas de crestas rojas, jugaban a picotearse con la luz que les llegaba de los focos encendidos en los jardines. Oficiales y soldados velaban en pie de guerra, un oficial por puerta y un soldado por árbol. Del fondo de la habitación avanzó el Señor Presidente, con la tierra que le andaba bajo los pies y la casa sobre el sombrero.
-Señor Presidente -saludó el favorito, e iba a ponerse a sus órdenes, cuando éste le interrumpió.
-¡"Ni mi mier... va"!
-¡De la diosa habla el Señor Presidente!
Su Excelencia se acercó a la mesa a paso de saltacharquitos y, sin tomar en cuenta el cálido elogio que el favorito hacía de Minerva, le gritó:
-Miguel, el que encontró el alcohol, ¿tú sabes que lo que buscaba era el licor de larga vida...?
-No, Señor Presidente, no lo sabía -apresuróse a responder el favorito.
-Es extraño, porque está en Swit Marden...
-Extraño, ya lo creo, para un hombre de la vasta ilustración del Señor Presidente, que con sobrada razón se le tiene en el mundo por uno de los primeros estadistas de los tiempos modernos; pero no para mí.
Su Excelencia puso los ojos bajo los párpados, para ahogar la visión invertida de las cosas que el alcohol le producía en aquel momento.
-¡Chis, yo sé mucho!
Y esto diciendo dejó caer la mano en la selva negra de sus botellas de "whisky" y sirvió un vaso a Cara de Ángel.
-Bebe, Miguel... -un ahogo le atajó las palabras, algo trabado en la garganta; golpeóse el pecho con el puño para que le pasara, contraídos los músculos del cuello flaco, gordas las venas de la frente, y con ayuda del favorito, que le hizo tomar unos tragos de sifón, recobró el habla a pequeños eructos.
-¡Já! ¡já! ¡já! ¡já! -rompió a reír señalando a Cara de Ángel-. ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já! En artículo de muerte... -Y carcajada sobre carcajada-. ...En artículo de muerte. ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já!...
El favorito palideció. En la mano le temblaba el vaso de "whisky" que le acababa de brindar.
-El Se...
-ÑORRR Presidente todo lo sabe -interrumpió Su Excelencia-. ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já!... En artículo de muerte y por consejo de un débil mental como todos los espiritistas... ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já!
Cara de Ángel se puso el vaso como freno para no gritar y beberse el "whisky"; acababa de ver rojo, acababa de estar a punto de lanzarse sobre el amo y apagarle en la boca la carcajada miserable, fuego de sangre aguardentosa. Un ferrocarril que le hubiera pasado encima le habría hecho menos daño. Se tuvo asco. Seguía siendo el perro educado, intelectual, contento de su ración de mugre, del instinto que le conservaba la vida. Sonrió para disimular su encono; con la muerte en los ojos de terciopelo, como el envenenado al que le va creciendo la cara.
Su Excelencia perseguía una mosca.
-Miguel, ¿tú conoces el juego de la mosca...?
-No, Señor Presidente...
-¡Ah, es verdad que túuuUUU..., en artículo de muerte...! ¡Já! ¡já! ¡já! ¡já!... ¡Ji! ¡ji! ¡ji! ¡ji!... ¡Jó! ¡jó! ¡jó! ¡jó!... ¡Jú! ¡jú! ¡jú! ¡jú!...
Y carcajeándose continuó persiguiendo la mosca que iba y venía de un punto a otro, la falda de la camisa al aire, la bragueta abierta, los zapatos sin abrochar, la boca untada de babas y los ojos de excrecencias color de yema de huevo.
-Miguel -se detuvo a decir sofocado, sin lograr darle caza-, el juego de la mosca es de lo más divertido y fácil de aprender; lo que se necesita es paciencia. En mi pueblo yo me entretenía de chico jugando reales a la mosca.
Al hablar de su pueblo natal frunció el entrecejo, la frente calmada de sombras; volvióse al mapa de la República, que en ese momento tenía a la espalda, y descargó un puñetazo sobre el nombre de su pueblo.
Un columbrón a las calles que transitó de niño, pobre, injustamente pobre, que transitó de joven, obligado a ganarse el sustento en tanto los chicos de buena familia se pasaban la vida de francachela en francachela. Se vio empequeñecido en el hoyo de sus coterráneos, aislado de todos y bajo el velón que le permitía instruirse en las noches, mientras su madre dormía en un catre de tijera y el viento con olor de carnero y cuernos de chiflón topeteaba las calles desiertas. Y se vio más tarde en su oficina de abogado de tercera clase, entre marraneas, jugadores, cholojeras, cuatreros, visto de menos por sus colegas que seguían pleitos de campanillas.
Una tras otra vació muchas copas. En la cara de jade le brillaban los ojos entumecidos y en las manos pequeñas las uñas ribeteadas de medias lunas negras.
-¡Ingratos!
El favorito lo sostuvo del brazo. Por la sala en desorden paseó la mirada llena de cadáveres y repitió:
-¡Ingratos! -añadió, después, a media voz-. Quise y querré siempre a Parrales Sonriente, y lo iba a hacer general, porque potreó a mis paisanos, porque los puso en cintura, se repaseó en ellos, y de no ser mi madre acaba con todos para vengarme de lo mucho que tengo que sentirles y que sólo yo sé... ¡Ingratos!... Y no me pasa -porque no me pasa- que lo hayan asesinado, cuando por todos lados se atenta contra mi vida, me dejan los amigos, se multiplican los enemigos y... ¡No!, ¡no!, de ese Portal no quedará una piedra...
Las palabras tonteaban en sus labios como vehículos en piso resbaloso. Se recostó en el hombro del favorito con la mano apretada en el estómago, las sienes tumultuosas, los ojos sucios, el aliento frío, y no tardó en soltar un chorro de caldo anaranjado. El Subsecretario vino corriendo con una palangana que en el fondo tenía esmaltado el escudo de la República, y entre ambos, concluida la ducha que el favorito recibió casi por entero, le llevaron arrastrando a una cama. Lloraba y repetía:
-¡Ingratos!... ¡Ingratos!...
-Lo felicito, don Miguelito, lo felicito -murmuró el Subsecretario cuando ya salían-; el Señor Presidente ordenó que se publicara en los periódicos la noticia de su casamiento y él encabeza la lista de padrinos.
Asomaron al corredor. El Subsecretario alzó la voz.
-Y eso que al principio no estaba muy contento con usted. Un amigo de Parrales Sonriente no debía haber hecho -me dijo- lo que este Miguel ha hecho; en todo caso debió consultarme antes de casarse con la hija de uno de mis enemigos. Le están haciendo la cama, don Miguelito, le están haciendo la cama. Por supuesto; yo traté de hacerle ver que el amor es fregado, lamido, belitre y embustero.
-Muchas gracias, general.
-¡Vean, pues, al cimarrón! -continuó el Subsecretario en tono jovial y, entre risa y risa, empujándolo a su despacho con afectuosas palmaditas, remató-. ¡Venga, venga a estudiar el periódico! El retrato de la señora se lo pedimos a su tío Juan. ¡Muy bien, amigo, muy bien!
El favorito enterró las uñas en el papelote. Además del Supremo Padrino figuraban el ingeniero don Juan Canales y su hermano don José Antonio.
"Boda en el gran mundo. Ayer por la noche contrajeron matrimonio la bella señorita Camila Canales y el señor don Miguel Cara de Ángel. Ambos contrayentes... -de aquí pasó los ojos a la lista de los padrinos- ... boda que fue apadrinada ante la Ley por el Excelentísimo Señor Presidente Constitucional de la República, en cuya casa-habitación tuvo lugar la ceremonia, por los señores Ministros de Estado, por los generales (saltó la lista) y por los apreciables tíos de la novia, ingeniero don Juan Canales y don José Antonio del mismo apellido. El Nacional, concluía, ilustra las sociales de hoy con el retrato de la señorita Canales y augura a los contrayentes, al felicitarles, toda clase de bienandanzas en su nuevo hogar." No supo dónde poner los ojos. "Sigue la batalla de Verdún. Un desesperado esfuerzo de las tropas alemanas se espera para esta noche..." Apartó la vista de la página de cables y releyó la noticia que calzaba el retrato de Camila. El único ser que le era querido bailaba ya en la farsa en que bailaban todos.
El Subsecretario le arrancó el periódico.
-Lo ve y no lo cree, ¿verdá, dichosote...?
Cara de Ángel sonrió.
-Pero, amigo, usted necesita mudarse; tome mi carruaje...
-Muchas gracias, general...
-Vea, allí está; dígale al cochero que lo vaya a dejar en una carrerita y que vuelva después por mí. Buenas noches y felicidades. ¡Ah, vea! Llévese el periódico para que lo estudie la señora, y felicítela de parte de un humilde servidor.
-Muy agradecido por todo, y buenas noches.
El carruaje en que iba el favorito arrancó sin ruido, como una sombra tirada por dos caballos de humo. El canto de los grillos techaba la soledad del campo desnudo, oloroso a reseda, la soledad tibia de los maizales primerizos, los pastos mojados de sereno y las cercas de los huertos tupidas de jazmines.
-... Sí; si se sigue burlando de mí lo ahorc... -có su pensamiento, escondiendo la cara en el respaldo del vehículo, temeroso de que el cochero adivinara lo que veían sus ojos: una masa de carne helada con la banda presidencial en el pecho, yerta la cara chata, las manos envueltas en los puños postizos, sólo la punta de los dedos visibles, y los zapatos de charol ensangrentados.
Su ánimo belicoso se acomodaba mal a los saltos del carruaje. Habría querido estar inmóvil, en esa primera inmovilidad del homicida que se sienta en la cárcel a reconstruir su crimen, inmovilidad aparente, externa, necesaria compensación a la tempestad de sus ideas. Le hormigueaba la sangre. Sacó la cara a la noche fresca, mientras se limpiaba el vómito del amo con el pañuelo húmedo de sudor y llanto. ¡Ah! -maldecía y lloraba de la rabia-, ¡si pudiera limpiarme la carcajada que me vomitó en el alma!
Un carruaje ocupado por un oficial los pasó rozando. El cielo parpadeaba sobre su eterna partida de ajedrez. Los caballos huracanados corrían hacia la ciudad envueltos en nubes de polvo. ¡Jaque a la Reina!, se dijo Cara de Ángel, viendo desaparecer la exhalación en que iba aquel oficial en busca de una de las concubinas del Señor Presidente. Parecía un mensajero de los dioses.
En la estación central se revolcaba el ruido de las mercaderías descargadas a golpes, entre los estornudos de las locomotoras calientes. Llenaba la calle la presencia de un negro asomado a la baranda verde de una casa de altillo, el paso inseguro de los borrachos y una música de carreta que iba tirando un hombre con la cara amarrada, como una pieza de artillería después de una derrota.


Vocabulario
A
¡Achis!: Interjección para expresar desprecio o repugnancia.
Aguacalado, s.: Ahuecado en forma de guacal.
Aguadarse: Aflojarse, perder fuerza y consistencia.
A la cran...: Expresión popular por "a la gran...".
A la gran Zoraida: Expresión popular idéntica a la anterior.
A la droga: Mandar a paseo.
A la pura garnacha: A pura fuerza.
A la tenta: Juego infantil.
Alberjas: Arvejas, guisantes.
Al mandado y no al retozo: A cumplir lo mandado y no a distraerse.
A manada limpia: A golpe limpio.
A memeches: Cargar a la espalda.
A miches: Expresión igual que la anterior.
Andar con esas plantas: Andar con pretextos, excusas, etc.
Angurria: De "estangurria": Por extensión, ansiedad, ansia, congoja.
Apagarse el ocote: Disminuir el entusiasmo, perder el gusto, la alegría.
Apaste, s: Jofaina o palangana de barro sin vidriar.
Armarse: Enriquecerse. Apropiarse de algo con maña o por la fuerza.
Arrebiáteseme: De "rebiatar": Unir en reata varias caballerías. Por extensión, pegarse, unirse, ir una cabalgadura a la cola de otra.
Asegundar la bañada: Bañarse dos veces.
Asigún: Según.
Asigunes: Razones, motivos.
!Ay, fregado!: iAy, me fastidio!
¡Ay, fuerzas!: Interjección de ánimo.
Ay, su ponte, cuánto chonte...: Juego de palabras que significa: "Date cuenta, fijate, cuánto policía."
Ay, su pura concepción, cuánto jura...: Juego de palabras igual que el anterior, tratándose de policía rural.
Azacuán, es: Especie de milano migratorio.
B
Bartolina, s: Calabozo, mazmorra.
Bicho, s: Niño.
Bolo, s: Borracho.
Boquitas: Bocadillos que se sirven antes de beber copas de licor.
Brochota: De "hacerse brocha". Hacerse el tonto, el desentendido.
Burrión, s: Colibrí.
Buscaniguas: Cohete rastrero -a ras de tierra- usado en las fiestas populares.
C
Cachirulo, s: Remiendo que se pone en el trasero del pantalón.
Cacho, s: Cuerno.
Cadejo: Animal fantástico. Por extensión, el diablo.
Caer de leva: Caer de tonto.
Caite, s: Sandalia tosca. Por extensión, la cara en términos despectivos.
Calienta micos: Hombre que excita a las mujeres.
Canducha: Diminutivo de Candelaria.
Cantada, s: Mentira, embuste, puro canto.
Contimás: Vulgarismo por: Cuanto más.
Cara argeñada: De "argecho". Cara marchita tempranamente.
Carga-sillita: Cargar a una persona entre dos, haciéndole silla con las manos.
Casera: Concubina.
Catrín, es: Elegante, pulido, currutaco.
Caula, s: Engaño, ardid, treta.
Cava tal distancia: Abre tal distancia.
Cebón, es: Perezoso.
Cenzontle (o sinsonte): Especie de pájaro parecido al mirlo. Se distingue por lo canoro, pues se supone que canta con 400 voces diferentes.
Clinuda, s: Despeinada, con pelo en desorden.
Cocina del mercado: Figones.
Cola de orejas: Policía secreto que sigue constantemente a una persona por todas partes para oír lo que dice.
Colemico: Rabo de mono.
Colocho, s: Rizo. Dícese de la persona que tiene rizado el pelo.
Color sanate: Color de pájaro de ese nombre.
Como matar culebra: Sin conmiseración.
¡Cómo no, Chon!: Interjección que significa: "De ninguna manera."
Cotón, es: Jubón corto usado por los campesinos, y también corpiño femenino.
Coyote, s: Lobo. "Coyotes de la misma camada."
Cucurucho: Nazareno. Vestido que usan los penitentes en las procesiones de Semana Santa. Persona vestida con ese traje.
Cucurrucó: El canto de la paloma.
Cumbo, s: Sombrero hongo.
Cuque, s: Soldado, en sentido despectivo.
Cuque barruque: Soldado que busca pleito, riñas, tumultos.
Ch
Chachaguate: Especie de cincha que une los estribos; por extensión, inmovilizar a una persona. "Echar chachaguate."
Chamarra: Manta o frazada de lana.
Chamarreen: De "chamarrear". Torear con la chamarra; por extensión, encolerizar.
Chamuchina, s: Corrupción de "chamusquina". Populacho, plebe.
Chance: Oportunidad.
Chancle, s: Nombre con que el vulgo designa a la persona bien vestida.
Chaqueta, cuta: Americana corta, chaquetilla.
Charol: Bandeja, azafate.
Charranga, s: Guitarra.
Chas gracias: Contracción de "Muchas gracias".
Chaye, s: Pedazo de vidrio.
Chayote, s: Tonto, mentecato.
Chelón, es: Legañoso.
Chenca, s: Colilla de cigarro o cigarrillo.
Chibola, s: Cuerpo pequeño y esférico, y por extensión botella de agua gaseosa, que se tapa con una bolita de vidrio.
Chichigua, s: Nodriza.
Chichita de lima: El pezón de la lima, fruto del limero.
Chiflón, es; Corriente fuerte de viento.
Chiflonudo, s: Lugar donde soplan vientos fuertes.
Chiltepe, s: Chile o pimiento pequeño, rojo, de forma ovalada, muy picante.
Chinta: Diminutivo de Jacinta.
Chipilín: Planta aromática y narcótica, de hojas menudas, que se comen con arroz.
Chiplungún. Onomatopeya de la caída de un cuerpo en el agua.
Chiquirín, es: Insecto parecido a la chicharra, que produce un sonido igual a su nombre.
Chiris, es: Niño pequeño.
Chispero, s: Revólver.
Choco, s: Tuerto, corto de vista.
Chojín: Plato típico de tripas de cerdo picadas y rábanos.
Cholojera, s: Mujer que en el mercado vende las vísceras de las reses.
Chón: Diminutivo de Concepción.
Chonte, s: Agente de policía.
Chorenque, s: Enredadera de flores rosadas.
Choteá: Mira, fijate, vigila.
Chotear: Vigilar.
Chucán, es: Delicado, presumido.
¡Chujú!: Interjección de burla.
¡Chu-Malía!: ¡Jesús María!
Chumpipe, s: Pavo común.
D
De a rechipuste: De primera.
De a sombrero: Inmejorable.
Dende oíto: Desde hace un ratito.
Desagües: Albañales.
Descharchado, s: De "descharchar". Quitar a uno su cargo o empleo, rebajarle de categoría, suprimir sus prerrogativas. Militarmente, destituir.
Desguachipado, s: Persona que viste con ropas muy holgadas.
Desmandada: De "desmandarse". Descuidarse en la conservación de la salud.
Despenicado, s: De "despenicar". Pelar las ramas de los pinos.
De sopapo: De sopetón.
Dialtiro: De una vez, rápidamente, sin miramientos.
Dita: Deuda.
Dundo, s: Tonto, mentecato, estúpido.
E
Echar fuerte: Regañar.
Elote: Mazorca de maíz tierno.
El volado: El encargo, mandado, recomendación.
Eme o de o: Juego de sílabas para decir con disimulo la palabra "modo".
En prestá: De "prestar".
Entender Castilla: Entender castellano, español.
Enzoguillarle: Rodear con zoguillas.
Escupelo: Orzuelo.
Es mi veneno: Es lo que más me disgusta.
Esta, éste: Entre la gente del pueblo, es despectivo usar estas palabras en lugar del nombre propio.
Estar coche: Estar enamorado.
Estar de goma: Malestar que sigue a la borrachera.
Estar engasado: Padecer delirium tremens.
Estar gas: Estar enamorado.
Estoy fregado: Estoy fastidiado.
Es un mugre: Es una porquería, no sirve para nada.
F
Fajar, fajarle: Pegar con una faja. Por extensión, golpear, zurrar.
Farolazo: Trago grande de aguardiente.
Flato: Miedo.
Fondera, s: Fondista.
Forlón, es: Carruaje cerrado de dos ruedas.
Fundillo: Fondillo.
Fuete: Del francés "fouet". Fusta, látigo, rebenque.
Fuetazo: Golpe dado con el "fuete". Fustazo, latigazo.
G
Gabacha, s: Guardapolvo, mandil.
Gafo, s: Pobre.
Gallina verde: Loro, en sentido jocoso.
Gracejada: Bufonada, payasada de mal gusto.
Gringo, s: Norteamericano.
Guacal: Vasija mediana, de forma semiesférica.
Guacal de horchata: En sentido despectivo, sin sangre, sin coraje.
Guanaco, s: Tonto, necio, bobo.
Güegüecho, s: Tonto, bobo, cándido.
Güipil es: Camisa bordada que usan los indios. También se dice "huipil".
Güisquil, es: Fruto de una planta trepadora centroamericana.
H
Hablar Castilla: Hablar castellano, español.
Hacer campaña: Favorecer.
Hacer caras: Mostrar disgusto, enfado, enojo.
Hacer la cacha: Poner diligencia, ser activo en cualquier tarea. Procurar beneficio a otra persona. "Hacer la cacha": hacer un favor.
Hacer malobra: Importunar, molestar.
Hacerle la cama: Poner en mal a una persona acusándola ante la autoridad.
Hasta el asiento: Totalmente.
¡Hualí, hualí!: Expresión de alegría miedosa. Tomado del "Popol-Vuh".
Huelgos: Alientos.
Hueso: Empleo público.
I
Inflenciados: Influidos.
Ingrimo: Completamente solo, sin compañía. Isht: Silencio.
Ishtos: Indios, en términos despectivos.
Ispiar: Espiar.
J
Jabón de coche: Jabón ordinario de grasa de cerdo.
Jicaque, s: Indio salvaje. Aplícase también al hombre cerril e inculto.
Jirimiqueando: Lloriqueando.
Josicón, es: De labios muy pronunciados.
Jalón, es: Cabeza.
Juma, s: Borrachera.
Jura, s: Policía rural.
L
La gran flauta: Exclamación popular que sustituye a "La gran p...".
Lamido, s: Confianzudo.
Lépero, s: Persona íntima, astuta y ladina.
Liso, s: Grosero, mal educado.
M
Maldoblestar: Doble malestar.
Mamplor, es: Invertido, afeminado.
Mancuerna, s: Gemelos de camisa.
Mandar a la droga: Mandar a paseo.
Mashento, s: De color morado.
Mashushaca: Dinero ahorrado.
Matatusa: Juego de niños en el que se procura quitar de un golpe lo que se tiene en la mano.
Matiliguaste, s: Árbol de madera muy dura.
Mechudo, s: Hombre de larga cabellera.
Melcocha, s: Dulce de miel sin purificar, revuelta a veces con anís.
Menear pitas: Buscar influencias, recomendaciones.
Mengala, s: Muchacha de pueblo.
Mera buena: Muy buena.
Mero cuatro: Sumo gusto.
Meros culones: De nalgas exageradas.
Meros hombres: Muy hombres, muy valientes.
Metete: Entrometido, que se mete en todo.
Meterflota: Pedir tenazmente, con terquedad, causando fastidio.
Mica, s: Coqueta.
Milperío, s: Siembra de maíz.
Mi piorquería: Expresión despectiva popular.
Mirujeá: De ver, de mirar.
Mismas: Muy amigos.
Molote, s: Ovillo.
Morroñoso, s: Áspero, rugoso.
Muchá: Contracción de muchacho.
Música de carreta: Música de organillo (piano con dos ruedas).
Muy de a petate: Muy bueno.
Muy tres piedras: Hombre muy decidido, muy capaz. De primera.
N
Naguas: Contracción de enaguas.
Nequis: No, en absoluto.
Nigua, s: Insecto americano parecido a la pulga.
No soy baboso: No soy tonto.
Ñ
Ñanola: De nana. Abuela.
O
Ojos a cigarritas: Ojos entrecerrados.
Orejón, es: Zafio, tonto.
P
Palor calderil: Palidez.
Papo, s: Bobo, tonto.
Pasadores: Mandaderos de las cárceles.
Patojo, s: Niño.
Paxte: Especie de musgo.
Pelando la oreja: Aguzando el oído.
Peló los ojos: Abrió los ojos.
Pepenaron: De "pepenar". Recoger del suelo.
Perraje: Mantilla.
Pepián: Guiso americano.
Pipiarse: Robarse.
Pisto: Dinero.
Plebe de gente: Mucha gente.
Plomosa, o, s: Pistola con balas de plomo. Persona delicada.
Por la gran chucha: Por la gran perra.
Posolera, s: Sirvienta.
Potrear: Tratar mal.
¡Presto!: Llamada de atención. Permítame, déjeme que yo lo haga.
Pronunciados: Especie de juego de lotería con figuras.
Puntepié: De puntillas.
Pusunque, s: Asiento, residuo de las bebidas.
Puyón: Trago de licor fuerte.
Q
Quequereque: Querida.
¡Qué cacha!: ¡Qué treta!
¡Qué mismas!: ¡Qué igualado! O sea: ¡Qué igual a mí!
¡Qué negro!: ¡ Qué necio!
¡Qué trompeta!: ¡Qué charlatán!
R
Raíz de chiltepe: Raíz de un pimiento muy pequeño que, según la voz popular, posee propiedades venenosas que actúan sobre el corazón.
Rascado, s: Quisquilloso.
Rascar el ala: Enamorar.
Refundió: De "refundirse". Encerrarse, meterse muy adentro.
Regatona: Revendedora.
Relágrima: Muy malo.
Repasearse: Insultar gravemente.
Reposaderas: Rezumaderos.
Resmolieran: Molestarán.
Retobado, s: Porfiado.
Revolcado: Guiso americano.
Ronrón, es: Insecto escarabajo.
Runfia: Montón.
S
Sacaste franco: De "sacar franco", divertir, hacer reír.
Salir como el cohetero: Salir siempre burlado.
Sanate, s: Pájaro de plumaje oscuro y pico negro.
Santulón, es: Santurrón.
Señor de la agonía: Puñal de filo muy agudo.
Se pepena algo: Encontrar, hallar alguna cosa de valor perdida por otra persona.
Shara, s: Pájaro americano.
¡Shó!: Voz vulgar por ¡chist!
Sholco, s: Persona a la que le faltan los dientes delanteros.
Shute metete: Métome en todo, entremetido.
Siguán, es: Barranco.
Sigún: Según.
Sincopié: Síncope.
Sin jerónimo: Expresión popular por "sin género de duda".
Siriaco: Sí.
Solíngrima: Íngrima y sola.
Somataba: Golpeaba fuertemente.
Somato: Golpeo fuertemente.
Sonsacado: Sacado de muy adentro.
Soplaron: Mataron.
Súchiles: Refrescó de jocote parecido a la sidra.
Suple: Suplente.
T
Tabanco, s: Sotabanco.
Tacuatzin: Mamífero americano.
Tamagás: Víbora muy venenosa. También cigarro puro ordinario.
Tamal es: Especie de torta de maíz, rellena de carne.
Tanate, s: Lío, envoltorio, generalmente de trapos.
Tanatillo, s: Pequeño envoltorio.
Tapanco, s: Sotabanco.
Tapar el hocico: Cerrarle la boca a uno.
Tapesco, s: Cama tosca de cañas.
Tecomate, s: Calabaza para llevar agua.
Tecomatillo, s: Tecomate pequeño.
Tencha: Cárcel.
Tercio: Favor.
Terciotes: Favores grandes, importantes.
Tetunte, s: Piedra deforme.
Tilichera, s: Mostrador de vidrio.
Timbón, es: Barrigón.
Tocoyal, es: Toquillas.
Tohil: El dios de la lluvia en la mitología maya-quiché.
Toquidos: Golpes, toques. Golpear una puerta con el llamador.
Torcidura: Fatalidad, desgracia.
Traído, s: Novio, enamorado, y también para designar a un hombre desconocido.
Tramado: Difícil, dificultoso.
Tranvieros: Tranviarios.
Traquido: Crujido.
Trastes: Trastos.
Tratar a la baqueta: Tratar a golpes, maltratar.
Tren del guarda: Ferrocarril que sólo llega a los alrededores de la ciudad.
Tricófero: Loción para el cabello.
Tronarse: Matar a alguien.
Tun: Tambor especial hecho con el tronco ahuecado de un árbol.
Tustes: Embustes.
Tuza, s: Hoja que envuelve la mazorca del maíz.
V
Varas: Pesos, monedas.
Verse en trapos de cucaracha: Verse en apuros.
Volaba ojo: Miraba con disimulo.
Volale pluma: Date cuenta.
Volar lengua: Hablar, confesar, irse de la lengua.
Volar vidrio: Mirar, ver, observar, espiar, acechar.
Volován, es: De "vol-au-vent". Pastel de carne.
Vonos: Contracción de "vámonos".
Y
Yagual, es: Rodetes de trapo que llevan las mujeres en la cabeza para cargar los cántaros.
Yerbía, s: Pañuelo o género de tela de colores chillones.
Z
Zacate: Alimento, pienso de las caballerías. Forraje.
Zancudo, s: Especie de mosquito americano.
Zompopo, s: Hormiga grande.
Zope, s: Aura, zopilote.
Zorenco, s: Zonzo, zopenco.

[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE EL SEÑOR PRESIDENTE]

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