La novela de Perón


    

DIEZ

LOS OJOS DE LA MOSCA

El golpe de Estado que me derrocó en setiembre de 1955 fue encabezado por Eduardo Lonardi, un general temulento que ya me había traicionado en Chile veinte años antes, y al que por compasión perdoné. No duró en el poder sino unos pocos meses. Lo reemplazó un general que había sido alumno mío en la Escuela Superior de Guerra, de nombre Pedro Eugenio Aramburu. Era un hombre inepto para todo, menos para la perversidad.
Al primero lo liquidó la cirrosis. Tuvo el triste fin que se merecía. Del segundo se encargará el pueblo alguna vez. El pueblo no dejará sin venganza los estropicios que nos hizo ese canalla. Aramburu entregó el país a los intereses extranjeros, fusiló sin misericordia a los patriotas que se le rebelaron y mandó a esconder o a destruir (sólo Dios sabe eso) el cadáver de Evita, para que el pueblo no pudiera venerarlo. Esos crímenes nunca quedan impunes. PERON al autor, junio 29 de 1966.

I

YO MATE AL GENERAL PEDRO EUGENIO ARAMBURU.

Muchas veces ha recordado Zamora la orgullosa cara que dijo esas palabras en la neblina del café Gijón, Madrid, hace ya dos años. Y ahora vuelve a verla marchando por el Camino de Cintura, ahora que el fogonazo de aquella cara única penetra en él como un láser (el hoyuelo profundo del mentón, el pelo rubio), oye nítidamente las cicatrices que cada sílaba ha ido dejando en su memoria: Yo lo maté y vos nunca podrás escribirlo. Si lo hicieras, Zamora, sería tu fin. Te quedarías sin familia. Se acabaría tu historia. Yo ejecuté a ese hombre. No es tan difícil entender por qué.
Las cosas pasan de dos maneras: o todas de una vez, o no pasa ninguna. ¿Cómo abarcar hasta la última entraña dispersa de la realidad, y no extraviarse? Emiliano Zamora, redactor especial del semanario Horizonte, siente de pronto indefensión y pequeñez. Su Renault 12 avanza entre las telarañas de la muchedumbre, a contramano. ¿Cómo hacer? ¿Simplemente narrando los tiempos y lugares tal como ellos se abren paso en las espesuras de la conciencia? ¿Cómo? ¿Con las ovejas de la razón o con la fatalidad de los sentidos?

Quién no se marearía con la opresión de tanta gente. Hasta en los atajos de lodo de la carretera florecen miles de cuerpos que peregrinan hacia el palco de Perón en Eseiza. Un batallón de bombos cruza el campo del Tiro Federal, en Santa Catalina. Cerca de la estación de Monte Grande, los escudos de guerra de los kioscos congestionaban el tránsito. El Renault de Zamora ha ido desviándose hacia la izquierda siempre, en procura del centro de Buenos Aires. (¿Dónde ha leído que doblando a la izquierda se llega infaliblemente al patio de los laberintos?)
Mientras busca los claros del torrente, con el auto inclinado -vencido casi- sobre la zanja de la cuneta, Zamora prende y apaga la radio, incrédulo por los abusos de la imaginación con que los locutores, entre una zamba y otra, vuelven a la palabra sacra: General.
Una mosca se posa en el espejo del automóvil, afuera. ¿Una mosca volando en el frío? Tiene azul el lomo, las alas sucias de hollín y ávidos los ojos: compuestos ojos, de cuatro mil facetas cada uno. La verdad dividida en cuatro mil pedazos.
Veamos, pues. Soy Emiliano Zamora, alto, calvo, esmirriado de dientes y esqueleto, huesos manchados, hombre que fuma un Parisienne tras otro. Me he casado con infelicidad. Vuelvo, en el desamparo, de Eseiza a Buenos Aires.
Bajo la mosca, en el espejo del Renault, cabe la entera postal del peronismo: las vinchas, los bluejeans de ruedo acampanado, las remeras cantando que Perón Vuelve y Vence. Y de pronto, el hoyuelo en la quijada: Nun Antezana.
Yo lo maté, Zamora. Yo ejecuté al general Aramburu.
Qué opresión del gentío. Nun guía una columna montonera interminable: con anteojos oscuros y un cayado en la mano, como de obispo. Una flaca vehemente, pelirroja, pastorea la vanguardia del rebaño. En algún lado he visto esa cara imperiosa, la sangría de esos pelos. En Córdoba, tal vez, en una casa de la calle Artigas. La he visto en mayo del 69 capturando a una patrulla de policías y reteniéndola dos horas. Eran un subcomisario y cinco agentes: rehenes -la oí decir- del plan de lucha, del gremialismo combativo, del poder popular. La patrulla rehén del Cordobazo. ¿Ana, Diana? Era moishe, recuerdo. Y ahora se ha pasado al otro bando. Ya no es trotskista. Es montonera. Sigue a Nun Antezana. ¿O tal vez hoy, 20 de junio, todo será lo mismo?
Qué mierda. Pensé que la mañana resbalaría tranquila: que al cabo de mi oceánico parto titulado "Perón: La vida entera / Documentos y fotos de cien testigos" soplaría un viento de tregua. En el vestíbulo del hotel internacional, aún eructando el desayuno que devoré junto a los primos y la ex cuñada del General, yo, Emiliano Zamora, me adormecí. Vi (adiviné, más bien) a Maria Amelia Frene con la expresión arrobada, escuchando una ópera en la radio. Vi al capitán Santiago Trafelatti hojear con discreción un ejemplar de la revista Horizonte. Entendí vagamente que la señorita María Tizón escribiría la historia conyugal de su hermana Potota para leerla, esa tarde, ante la prensa. Cerré los ojos. En ese punto del azar, el director de Horizonte me llama por teléfono.
-¿Zamora? -las eses crepitaron en la línea. El director sembraba las palabras de tantas eses que, aun entendiendo todo, yo me sentía extraviado en un patio de piedras de Roseta, sumido en una música de otra época-. ¿Sabés cuánto retraso tiene el avión de Madrid? Dos o tres horas. No pensarás quedarte ahí rascándote las pelotas. Poné a los viejos en un ómnibus. Que se los lleven a pasear. ¿Por dónde? Ya deberías tener vos la respuesta. Por las pistas, los bosques, da lo mismo. Que aprovechen. Hoy bajan pocos aviones en Eseiza. En verdad, sólo bajará uno. Que te lo arregle Osinde. De parte mía: a ver si de una vez me paga los favores que me debe. ¿Cómo que no es posible? ¿Parientes de Perón, compañeros de infancia? Che, ¿te volviste tierno? ¡Son unos viejos chochos! Ya los entrevistaste, ¿no? ¿Y entonces, qué carajo te importa? Ven a la redacción. Sí, señor, ahora mismo. Me tenés que agrandar la ópera del risor-yimento. Quiero la vida entera del General, segunda parte. Lo ponés en pantuflas, matando las hormiguitas del jardín, mirando por la televisión una serie de cowboys. Descifrálo, Zamora. ¿Y encima tengo que decirte cómo? Sin mí no serías nadie. Buscáte a Tomás Eloy Martínez, de mi parte. Yamálo a La Opinión. Si no te ayuda, decile que recuerde lo que hice por él cuando era un muerto de hambre. Obedecí. Mi servidumbre ya es un acto reflejo. Media hora más tarde llegó al hotel un muchacho de mirada vacía, granujiento, con la pelambre rala. Caminaba agachado. Bajo el saco le abultaba la pistola. Adiviné: una Walther, 9 milímetros. Lo enviaba Osinde. Habló con parquedad: afuera, dijo, un ómnibus aguardaba a mis testigos. Recorrerían las pistas laterales del aeropuerto, visitarían los hangares. Tres agentes de civil custodiarían el vehículo.
Pedí que prescindieran de las armas. Los pasajeros, dije, eran personas viejas. Aclaré: Son reliquias. Pertenecen al más remoto pasado de Perón. El hombre de mirada vacía entornó los labios, nunca sabré si con sorna o asombro. Me tendió la mano. La sentí húmeda, melosa. -Puede confiar. Me llamo Arcángelo Gobbi.
Vi desaparecer a los testigos de mi historia en un ómnibus encopetado de banderas argentinas. Y subí, enfermo de presentimientos, al Renault 12. Enfilé por detrás de los hangares hacia la ruta 205. Vi un grupo de fotógrafos en la avenida Fair, a la lumbre de unos leños, comiendo. Me crucé con el obispo Jerónimo Podestá, que había renunciado a las pompas de su diócesis porque no concebía el servicio al Señor sino en pareja. Iba de la mano de la mujer valiente que lo amaba.
Vi a mi amiga Silvia Rudni comiendo una manzana y acariciando el aire fresco. La vi diáfana, libre. En sus ojos brillaba la felicidad de los que jamás han pensado en la muerte.
Descubrí a Noé Jitrik y a León Rozitchner, ambos poetas, asomados a un balcón de la avenida Santa Catalina. Discutían, escépticos. Entre los dos, Tununa Mercado cantaba ¡Oh, solitude!, meciendo a un niño. Leí en una pared, mal escritos con tiza, los infinitos anagramas que formaban las cinco letras de Perón. Entendí sólo una letanía. OREN POR PERON, REO. PERON ROE PERO NO RONPE. PEOR. La mosca empezó a volar entonces por el frió.
Miré por la ventana y me saltó a los ojos la humareda del café Gijón, en Madrid.

II

Zamora se sumió en la neblina del café Gijón sin saber a quién correspondía la voz que lo había despertado en el hotel, a las 2 de la mañana: "Voy a decirle quién mató al general Arambum. Y dónde está el cadáver de Evita".
Alguien lo aguardaría entre las diez y las once de la noche en una mesa junto a la ventana. ¿Le habían mentido? No. Reconocía el tizne de la mentira en las voces. ¿Entonces? Intuyó la respuesta cuando Nun Antezana salió a su encuentro:
-No voy a preguntarte qué tal estás porque lo sé, Zamora. Te hemos visto en París: a las seis de la tarde, anteayer, en el café Bonaparte. Y la semana pasada te vimos en Gstaad, con Nahum Goldman. ¿Vas a escribir otra glorificación de los judíos?
-Estoy en Madrid de paso, Antezana. Y no puedo quedarme, Arregláme un encuentro con Perón. Nun negó, con una sonrisa.
-Perón se ha ido a la sierra de Guadarrama. Otra vez lo molestan los pólipos de mierda. Casi no puede mear. Te ofrezco algo mejor. Ya oíste: lo que te dije por teléfono.
-Es demasiada historia, Nun. No la quiero. Y venga como venga, no la creo. Si es la verdad, no hay precio para pagarla. De modo que es mentira.
Afuera, el calor encogía los magros árboles. Un editor de pelo cano, barba desbigotada y capa negra, lanzó una carcajada tenebrosa para llamar la atención. Una mujer aplaudió. Todos fumaban. Nun sacó un fajo de papeles. Mostró el título: "Informe al general Perón sobre la Operación Pindapoy / Comando Juan José Valle". Y tradujo unas firmas: Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus, Abelardo Antezana.
-Es una historia de justicia -dijo-. Debería interesarte. -¿Cuál es el precio? -quiso saber Zamora.
El editor de la capa negra esgrimió una boquilla curva y desafió al café con otra carcajada. Nun entornó
los ojos.
-No hay precio. De eso se trata. Estoy aquí para evitar que la historia se vuelva mercancía. Tu drama es que sabés, Zamora, sólo una parte de lo que ha pasado. Eso te vuelve peligroso. No vas a quedarte tranquilo hasta no saber más.
Alguien apagó unas luces en la barra, detrás de Nun. La penumbra sepultó los rostros. Sólo se veía el humo.
-Te has equivocado, Antezana. Sé todo lo que necesito saber -Zamora hablaba tenso, sin señal de jactancia-. Sé dónde han ocultado el cadáver de Evita. Seguí una huella que descubrí, por puro azar, en Gstaad. Viajé hasta Bonn. Busqué el cuerpo donde me dijeron: en una carbonera de la embajada argentina. No había carbonera, sino un jardín. Supuse que allí estaba, entre los canteros de tulipanes, enterrada de pie. Pero no estaba. Tuve ocasión de revisar unos archivos. Supe que hacia 1957 había llegado a Bonn una caja de roble, con libros viejos y papeles, que nadie se tomó el trabajo de abrir. Era una caja rectangular. La olvidaron en una esquina de la carbonera: atrás de la embajada, en el sitio donde ahora está el jardín. En el verano del 58, aquel pequeño escombro de roble fue despachado en un camión, fuera de Alemania. Averigué que al cruzar la frontera la custodiaban tres hombres: uno de ellos era un oficial argentino. Las preocupaciones me parecieron exageradas. Nadie arrumba unos papeles por tanto tiempo y luego, sin haberlos leído, los hace viajar con tanto celo. No tuve dudas. Era el cadáver.
-¿Y ahora, qué vas a hacer, Zamora? Te ha caído una brasa en la mano. ¿Publicar la noticia? ¿Darte un baño de fama?
-Ver a Perón. Ofrecerle la historia, Preguntarle cómo la escribiría él si estuviera en mi lugar. -Para esto te he llamado, Zamora. Para que no perdás el tiempo. El General conoce hasta la última palabra de lo que vas a decirle. Que el cuerpo fue confiado al Vaticano. Que lo enterraron en el lote 86 del cementerio de Campo Verano, en Roma. Es falso. Lo hemos buscado ya. Ese lote no existe. Zamora se puso lentamente de pie. No expresó decepción ni sorpresa. Sólo se alzó, hasta que su cabeza desapareció en la humareda.
-Entonces, todo está dicho. ¿Ya para qué hablar más?
El editor de barba desbigotada envolvió a las dos mujeres con su capa y se las llevó a la calle. Un ramalazo de insectos se filtró en el café, tras los globos de luz. Los mozos sudaban a chorros. Nun ordenó: -Sentáte. La mitad de lo que ya sabes te costaría la muerte. Ahora tenés que saberlo todo para seguir viviendo.
-No soy un enemigo -dijo Zamora.
-No -admitió Nun-. Sos peor. Podrías ser un delator.
Las voces se acallaban en las mesas, como si fueran cajones abiertos y una mano perezosa estuviera cerrándolos.
A los oídos de Zamora empezaron a llegar palabras recortadas de toda luz, de todo sabor o forma que respondiese a las convenciones de los sentidos. Lo que oyó fue tatuándole las vísceras, como un cuerpo siamés que debería llevar a todas partes. Y que jamás podría mostrar a nadie.
-Yo maté al general Aramburu -dijo Nun-. Yo lo maté y vos no lo escribirás. Si lo hicieras, Zamora, sería tu
fin. Te quedadas sin mujer, sin padre, sin hijos. Los verías caer uno tras otro y pedirías por piedad que te
dejaran caer a vos también. Se acabada tu historia. Y yo no podré hacer nada para evitarlo. Oí ahora,
porque estás condenado a callarte

III

El ómnibus se detiene por segunda vez ante un hangar. Maria Tizón, que ha permanecido inmóvil en su asiento, puliendo los recuerdos que leerá esa tarde ante la prensa, repasa el texto:

Mi hermana Potota poseía un tacto superior a sus años y estaba preparada para ser la compañera y colaboradora eficaz de un hombre tan estudioso y lleno de ideales como lo fue Perón. Tenía una gran vocación por la cultura y amaba las artes. La pintura y sobre todo la música la seducían. Estudió algo el piano y mucho la guitarra En sus incursiones por la pintura, el retrato del marido fue su obra mejor.

De pie junto al volante del ómnibus, Arcángelo Gobbi husmea la escritura con su cabeza de lagarto. La señorita Tizón siente que una helada señal de alarma le atraviesa la nuca. No teme al hombre. Sólo tiene pavor de la mirada que se ha posado sobre sus recuerdos como un gran lago vacío. A través de la ventanilla distingue a Benita Escudero de Toledo. La ve avanzar descompuesta, con un inconfundible dolor de pies. Levanta el vidrio entonces; "¿Benita?", la llama. "Hágame compañía, Benita. Conversemos."

Pero esta hermana de alegría tan contagiosa era débil ante la pérdida de los que amaba. La muerte de su madre la rompió en pedazos. Patota la sobrevivió sólo dos años. Después, ante la sospecha de su propia partida, volvió a ser una mujer valiente. En los dos meses que duró su cruel dolencia, fortalecida por la comunión que diariamente recibía y con la esperanza de una vida mejor, se marchó resignada. Murió en Buenos Aires. Perón la sintió de veras. Algunos dicen que ella fue su gran amor.

El ómnibus rueda entre pastizales desolados, a la vera de las pistas del aeropuerto. El capitán Trafelatti narra sus aventuras de taxidermista. José Artemio habla de unos pájaros sedentarios, que anidan y se acoplan aun en el invierno. Unos helicópteros vuelan en pareja.
María Tizón quisiera saber cuánta secreta vida de Potota ha ido a parar a manos de Benita. Qué confesiones y dolores. Pero no sabe cómo empezar, por dónde. Dice: ¿No le parece que haberla conocido es un don del cielo? Y Benita responde: Un don del cielo. Se quedan en silencio. El primo Julio se adormece. Al bajar la voz, María descubre por fin el tono donde su memoria coincide con la memoria de Benita. Cuchichean, entrando lentamente en confianza: ¿Acaso presintió usted que la pobre Potota sufriría tanto?
Sí que lo presentí, señorita María. Desde el principio vi que tenía prendido en la cara un mal destino. Nos contábamos todo. Éramos, ¿me disculpa?, como hermanas. Un día que se puso melancólica me dijo: ¿Sabés dónde conocí a Juan, Benita? En el cine Capitol de la calle Santa Fe. Fuimos a una función de beneficio y la casualidad nos sentó juntos.
¡Claro: yo lo recuerdo! Vieron El hijo del sheik. Potota volvió a casa temblando. Mamá le preguntó si estaba enferma y ella que nada, nada. Era pura emoción. A la noche fui a tocarla. Tenía fiebre. Enfermó de amor, Benita. Las pocas frases de halago que Perón le había dicho la trastornaron. ¿Cuántos años tenía? Pensemos: si nació el 18 de marzo de 1908, serian diecinueve años. ¿Se puso colorada, señorita Tizón?
Por supuesto, Benita, ¡por cualquier cosa se ponía! Cuando tocaba piezas de Albéniz en la guitarra lo hacía tan bien que todas salíamos de los dormitorios a darle un beso. Y ella, ¿sabe qué hacía? ¡Roja como un clavel! A la semana, Perón pidió permiso para visitarla. Empezó a presentarse todos los sábados en casa. Salían a caminar por la vereda y nosotros los acompañábamos mirándolos desde el balcón. ¡Qué pareja! Corpulento él, con físico de atleta. Y ella, tan chiquitita y frágil. Una noche, cuando habían decidido ya casarse, Potota entró en mi cuarto y me abrazó: ¡Ay, María!, me dijo. ¡Tengo tanto miedo de quedarme sola! Intenté tranquilizarla: ¿Cómo sola, hermanita? ¿No lo querés a Perón, acaso? Porque si lo querés, ya con el puro amor te llenarás la vida. Ella me dijo: Lo quiero mucho. Pero él tiene la cabeza fuera de mí. Es un militar y no puede pensar sino en las cosas de la carera.
Vino mamá y entre las dos la fuimos consolando. Yo le pasaba la mano por el pelo, pobrecita, y mamá le decía: Así es el destino de la mujer, Potota. Quedarse sola. El hombre a su trabajo y la mujer a esperarlo. Luego, con el auxilio de Dios, vienen los hijos. Y se acabó la espera. Mi hermana se sonrojó. Pero ya sabe usted. Los hijos no vinieron.
Me acuerdo bien de aquellos meses antes del matrimonio... María. Me acuerdo mucho de la muerte de don Mario Tomás, y del luto. Los Perón entornaron la puerta de calle y prohibieron la música. Potota vendió la guitarra. Pasaba los días rezando el rosario con la tía Juana. ¿Qué hago, Benita?, me preguntaba. No quiero casarme así, en medio del duelo.
A nosotras nos decía lo mismo, hasta que mamá la convenció. A los hombres, le dijo, no hay que hacerlos esperar.
Dispusieron una ceremonia íntima, en mi casa, sin fiesta. Y cuando regresaron de la luna de miel, a la pobre Potota se le cumplió el presagio. Quedó sola.
Una mosca verdosa viene a posarse sobre la cartera donde María Tizón ha ocultado de la impúdica mirada de Arcángelo Gobbi la libretita con sus notas y un par de fotos familiares. Mire usted, Benita: una mosca volando, ¡con este frío!
Los ávidos ojos de la mosca pasan como una ráfaga: ojos compuestos de cuatro mil facetas cada uno. La verdad dividida en cuatro mil pedazos.

IV

-Fuimos -prosigue Nun en el Café Gijón- trece personas las que formamos la célula inicial de Montoneros. Diez intervinimos en el secuestro de Aramburu. Seis decretamos su sentencia de muerte. El día en que Perón regrese a Buenos Aires, las cuentas no serán ésas. Se hablará de doce y no de trece fundadores. De cinco jueces. Se omitirá mi nombre. Quedaré para siempre fuera de esa justicia. Yo aparezco tan sólo en el papel que te he mostrado, Zamora. Y ahora tengo que destruirlo. Son los designios del General.
"El compañero Rodolfo Walsh ha contado con claridad extrema las razones que nos llevaron a la ejecución. Te leeré lo que ha escrito: Aramburu fue ajusticiado a las siete de la mañana del 1° de junio de 1970. Su cadáver apareció cuarenta y cinco días después en el sur de la provincia de Buenos Aires. Contra él se alzaron cuatro cargos graves: el derrocamiento del gobierno constitucional de Perón en setiembre de 1955 y la proscripción sin término del movimiento peronista; la matanza de veintisiete argentinos sin juicio previo ni causa justificada, en junio de 1956; la operación clandestina que arrebató a Perón el cadáver de su esposa Evita, mutilándolo y sacándolo del país: el pernicioso comienzo de la violencia económica. El gobierno de Aramburu modeló la segunda década infame. La República Argentina, que apenas remesaba anualmente al extranjero un dólar por habitante, empezó a gestionar esos préstamos que sólo benefician al prestamista, a radicar capitales extranjeros con el ahorro nacional y a acumular esa deuda que hoy grava el veinticinco por ciento de nuestras exportaciones. Un solo decreto, el 13.125, despojó al país de dos mil millones de dólares en depósitos bancarios nacionalizados y los puso a disposición de la banca internacional que ahora podrá controlar el crédito y estrangular a la pequeña industria
-Aun así -dice Zamora-, no hacía falta matarlo. -¿No lo entendés, entonces? -se extraña Nun. -Nunca entiendo la muerte.
-Era algo más que la muerte. Más importante, y también más definitivo.

Nun ha colocado una ordenada línea de papeles sobre al mesa del café. Desde lejos, parecen las figuras de un álbum. Zamora las baña en humo. El calor no quiere levantarse. Sigue ahí, aferrado a la noche, como un centinela.
-Necesitábamos sobrevivir -dice Nun-, y por lo tanto necesitábamos que muriera un enemigo. Cuanto más imponente fuera ese sacrificio, tanto mayor sería nuestra existencia. Es una idea nietzscheana. Toda creación nueva necesita de los enemigos más que de los amigos. De un enemigo considerable más que de cien. Nosotros lo teníamos: Aramburu. No cabía otra elección. En mayo de 1970, antes de secuestrarlo, yo le escribí a Perón pidiéndole consejo. El General, una vez más, se lavó las manos. Usted sabrá lo que hace, Antezana. Usted habrá medido ya las graves consecuencias. Y cuando todo terminó, vine aquí a entregarle este informe: "Operación Pindapoy / Comando Juan José Valle". El General se rió del nombre: Pindapoy, una marca de naranjas.
"Comprenderás, Zamora, que leyó más de una vez cada una de estas hojas. La suerte que había corrido el cadáver de Evita era para el General un enigma exasperante. En los primeros interrogatorios, Aram-bum se negó tercamente a tocar el tema. Se lo prohibía (dijo) una cuestión de honor. Por fin, a los tirones, confesó algo. El cadáver, confiado al Vaticano, estaba en un cementerio de Roma. Nos dio el número del lote. Ya lo sabés: era falso.
"El 1° de junio, como a los cuatro de la madrugada, nos retiramos a deliberar. Éramos seis y quedamos que, aun tratándose de Arambuu, funcionara la justicia. Fernando Abal Medina leyó los cargos. Yo asumí la defensa. Separé la moral de la política. Argumenté que los crímenes de aquel hombre databan de hacía ya mucho tiempo y que podíamos encontrar alguna forma de perdón. Poco antes de que amaneciera, cada uno de nosotros escribió su sentencia en un papel. Seis veces leí: muerte. "Nos quedamos un rato afuera, fumando. Estábamos en un campo de Timote, sobre la pura pampa, cinco leguas al este de Carlos Tejedor. Entre unas pailas oxidadas, hallé un hueso fosforescente; a mí lado, Carlos Gustavo Ramus ensillaba un caballo.
"Vi en el horizonte la línea rojiza del amanecer. Me incorporé y dije: Lo fusilaremos a las siete. Hay que avisarle al reo para que se prepare.
"Cuando me vio llegar, Aramburu se puso pálido. ¿Qué han resuelto?, preguntó. Yo hablé solemnemente: General, el tribunal lo ha condenado a la pena de muerte. Va a ser ejecutado dentro de media hora. Alguien, ya no recuerdo quién, le ató las manos a la espalda. Esforzándose por conservar la calma,
Aramburu pidió que lo afeitáramos. No tenemos con qué, general, le dije. Y me toqué la cara. Con sorpresa, advertí que yo tenía también la barba crecida.
"Caminamos por uno de los pasillos internos de la casa y entramos en el sótano. Dejé un centinela cerca de la puerta. Afuera, en el patio, dos de nosotros se quedaron trabajando con herramientas de carpintería, para tapar el ruido de los disparos.
"Aramburu se detuvo al bajar un peldaño. Preguntó cuándo llegaría el confesor. Tendrá que confesarse ante Dios, general, le respondí. Las rutas están controladas y no podemos traer a nadie. Terminó de bajar por la desvencijada escalera. Nos dio la espalda y rezó el pésame. A la mitad de la oración, se interrumpió: ¿Qué pasará con mi familia?, quiso saber. Fernando le repuso: Nada. Todo lo que le pertenezca se lo devolveremos a su esposa.
"Le pusimos un pañuelo en la boca para apagar la queja de la muerte. Lo acercamos a la pared. Desenfundé mi Walther 9 milímetros y le quité el seguro. Lo vi estremecerse. "General, vamos a proceder, exclamó Abal Medina.
"Cerró los ojos. En ese instante, le disparé. La bala entró directo en el corazón.
"Un mes más tarde, cuando traje a Madrid el informe del operativo, Perón reparo en un curioso error que Fernando había cometido al referir la historia, tal vez para aumentar la estatura del enemigo. Aquí está la versión, Zamora. Podés leerla."
Abal Medina tomó sobre sí la tarea de ejecutar al reo. Para nosotros, el jefe es quien debe asumir la mayor responsabilidad.
-General -dice Fernando-, vamos a proceder. -Proceda -habló por última vez Aramburu.
"Esa palabra es imposible: Proceda, me advirtió Perón. ¿A qué hombre se ha visto hablar con un pañuelo dentro de la boca?"
Dos bailarinas de flamenco entran ruidosamente en el café. Zamora se despeja el sudor de la cara, y es él quien esta vez sonríe.
-De modo que, a las puertas de la muerte, Aramburu los burló. Mantuvo su palabra de honor y no reveló el lugar donde está Eva enterrada.
-Fue lo único que no dijo -admite Nun-. Y creo que por eso yo también voté por su muerte. Hay sólo una historia más. Debí quedarme todo aquel verano en Madrid. Volví a Buenos Aires el 8 de setiembre de 1970. La tarde anterior una patrulla policial mató a Ramus y Abal Medina en una pizzería de William Morris. Resolví dejar el relato de Femando tal cual. No voy a ser yo quien corrija la palabra final que puso él en boca de Arambum. Ese "Proceda" que no existió quedará para siempre.
-Ahora es mi turno -Zamora posa una mano sobre el hombro de Nun-. Yo sé quién tiene a Evita. Y dónde. -Yo sé que lo sabés -dice Nun-. Si has venido es porque vas a contármelo.

V

Cuando los siete compañeros de infancia de Perón llegan a las zanjas de alquitrán que cercan el aeropuerto de Eseiza, las ventanillas del ómnibus donde pasean se abren a las imágenes de una fiesta sin fin, cuyos episodios van repitiéndose a intervalos regulares.
Ven una telaraña de peregrinos que marcha cantando por los atajos de un bosque de eucaliptos. Las
mujeres llevan pañuelos blancos en la cabeza y niños en los brazos. Los hombres alzan pancartas con el
retrato de Evita en el esplendor de su belleza: de perfil, con rodete, los labios entreabiertos.
Una fila de camiones pasa, lenta, cargada con familias que vienen de muy lejos. Algunos camiones llevan
escrito el nombre de sus remotas ciudades: Aguilares, Monteros, Concepción, Choromoro. Y en la cresta
de la cabina, Eva otra vez, tiznada la sonrisa por el viaje, pero intacto el peinado de rodete.
Detrás, una chatita con altoparlantes echa a rodar la música de Evita capitana. Y de pronto, entra Eva
con su voz de otro tiempo, ronca, rayada, atropellando el aire: El fanatismo es la sabiduría del espíritu.
Sobreviene un silencio. Y después: Queridos compañeros, el fanatismo es la sabiduría de! espíritu.
Siguen mujeres con pañuelos blancos en la cabeza y niños en los brazos. Algunas ríen a carcajadas. Las baña el sol. Sopla un poco de viento.
-Tenemos que regresar al hotel -decide Arcángelo Gobbi, al volante del ómnibus-. Este camino ha sida copado por los zurdos.
-¿Volver ya? -se queja el capitán Trafelatti-. Al final, no hemos visto nada...
Arcángelo no responde. Mueve despacio la cabeza de lagarto, midiendo los desplazamientos de la multitud en el horizonte.
Varias veces el ómnibus ha desembocado en las zanjas de alquitrán donde se acaba el aeropuerto. Los pasajeros han señalado, sorprendidos, un enjambre de moscas revoloteando sobre los matorrales. ¿Moscas, con este frío? Y han visto filas de camiones marcadas siempre con los mismos nombres de ciudades prehistóricas: Famaillá, Burruyacu, El Chañar, Atahona. ¿Será como en la ópera?, se ha preguntado María Amelia. ¿Hay un solo paisaje y lo hacen dar vueltas?
Manteniéndose ajenas a los asombros del grupo, María Tizón y Benita son las úricas que, al dejarse llevar por los recuerdos, han logrado llegar a alguna parte. No se han movido casi del pasado. Al ir bajando la voz, al entrar juntas en esas casas de las memorias que ambas, por separado, habían compartido con Potota, un hambre de confianza las ha ido acercando. Retomemos el hilo, entonces. Ha contado Benita:
No llevaban un año de casados cuando Perón dispuso que se mudaran a un departamento de Santa Fe y Canning. Fue ahí donde la soledad afectó más a Potota. Una vez fui a pedirle que me acompañase al cine. ¿Cómo se te ocurre, Benita?, se me negó. ¿Y si vuelve Perón y no me encuentra? Empezó a entretenerse escribiéndome cartas.

MARIA: A mí no me dejaba ni hablarle por teléfono. Siempre andaba con miedo de que cualquier ruidito distrajese a Perón de los estudios.
BENITA: Todo empezó por esa fiebre de tener un hijo. Cuando la menstruación se le atrasaba un día, Potota entonces no paraba de hablar: era pura bullanga. Y cuando le venía, eso era un mar de lágrimas. ¿Qué me pasa, Benita, qué me pasa?
MARIA: Vea lo que son las cosas. Mamá, sin darse cuenta, la inquietaba más insistiéndole: ¿Y, Pototita? ¿Para cuándo?
BENITA: Ya la noté angustiada en una de las primeras cartas. ¿Lo ve, María? Lea. Fíjese cómo, por no estorbar a nadie, ella sola cargaba el peso de su cruz.

Querida Benita:
Ante todo, me alegraré que se encuentren los dos bien de salud... y de bolsillo. Nosotros estamos muy bien. ¡Gracias a Dios!
Todos estos días he estado por ir a visitarte, pero unas veces por la lluvia, otras por el frío y otras por las fiestas que tenemos festejando la Revolución, así se me han ido pasando los días sin hacerte la visita tan anunciada y deseada.
Benita: Además deseaba verte y visitarte para que me dieras la aguja de levantar los hilos de las medias. Tengo varios pares sin usar, pues no quiero estropearlos cosiéndolos, así que te imaginarás las ganas que tengo de ir o de que vengas a verme. Benita: a pesar de ser yo más desocupada, me alegraría que vinieras, pues como Perón está siempre de tarde me da no sé qué dejarlo solo, pues a pesar de estar encerrado solo, de vez en cuando me pide alguna cosa.
Ven pronto a visitarme, lo mismo si hubieras perdida la aguja. Ya sabés que no es por el interés. pues siempre te he pedido que vengas, lo mismo a Artemio.
¿Y tu familia? Nosotros recibimos carta de la familia del Chubut. Están todos muy bien y nos esperan para el verano. Cuando vengas, charlaremos de todo un poco y sobre todo de Chicos, a lo mejor vos ya tenés novedades.
Yo siempre sigo lo mismo: parece que no hay caso... ¡Paciencia! Puede ser que algún día..
Benita: Háblame por teléfono en cuanto recibas la carta, pues quiero saber cuándo puedo llegar hasta tu casa o vos venir.
Buena Benita ojalá estén todos bien; saludos a tu familia y especiales a Artemio míos y de Juan. Un abrazo de Potota Buenos Aires, 1091931.
El teléfono por si lo hubieras perdido es 1053 Palermo (71).

MARIA: Una vez, en verano, mi hermana Dora y yo nos presentamos de visita. El departamento de Potota me pareció de lo más lúgubre. Tenía un piano que jamás tocaba. Estuvimos un rato conversando. Ella me apretó las manos: Maria querida, dijo. ¿Has visto cómo hasta la última mujer puede quedarse gruesa y yo no puedo? Salimos preocupadas. Mi hermana Dora empezó a llamarla seguido por teléfono para darle aliento: Mamá pregunta por vos, Potota. Que pases por aquí a bordar un rato. Que han publicado en El Hogar una novela lindísima y te la quiere prestar. Y así. Dora la convenció por fin de que vieran a un ginecólogo. Con la esperanza de un milagro, a Potota le cambió el carácter. BENITA: También Perón cargaba con sus preocupaciones, María. Siendo ya secretario del ministerio de Guerra le vinieron con el cuento de que la tía Juana y un muchacho del campo, Marcelino Canosa, andaban en amoríos y estaban viviendo juntos.¡Aquello fue terrible! Pero Potota lo convenció de que hiciera formalizar a los concubinos antes de que se supiera la noticia en el ejército. Así se hizo. Perón viajó al Chubut y desviudó a la madre.
MARIA: Entonces fue cuando mi hermana Dora acompañó a Potota al ginecólogo, aprovechando que Perón no estaba.
BENITA: Esa semana, yo recibí otra carta. Fue la última. Querida Benita:
Deseo que a vos y Artemio les dé Dios toda la salud que se merecen. Yo no sé qué decirte de mí, Benita. He pasado muchos sufrimientos haciéndome toda clase de análisis y tactos, esperando poder quedarme gruesa. Hoy ya se sabrá todo. Hasta el momento, el doctor me asegura que no encuentra nada, es decir que voy normal. ¡Dios lo oiga! Pero igual me han agarrado unas preocupaciones muy grandes. Benita, pues siendo verdad que no tengo nada y estoy en condiciones, no puedo explicarme que haya pasado tanto tiempo sin novedades.
Benita: No estaría de más que cuando tengas tiempo me traigas los baberitos que me prometiste. Estoy esperando que Perón regrese de un momento a otro de su viaje a Chubut, así que por favor llamáme por teléfono antes de vos venir.
Saludos especiales míos para Artemio. Recibí vos Benita un abrazo de Potota
Buenos Aires, 10/3/1934.

MARIA: ¡Qué días tan tristes! Cuando le dieron los resultados de los exámenes, Potota no atendió más el teléfono ni quiso ver a nadie. Imagínese qué aflicción, Benita. En casa no sabíamos qué hacer. Para colmo, mi hermana Dora se quedaba también callada. Decía que el diagnóstico era confuso. Una noche, armada de valor, fui a su cuarto y la abordé: ¿Querés volvernos locas, Dora? Potota en ese departamento que parece un mausoleo, encerrada, y vos aquí tragándotelo todo. A ver, ¿qué pasa? ¿No puede tener hijos? Pues se resigna, y punto. Es peor, dijo Dora. Ella puede. El que no puede es Perón. Y Potota no se lo dirá nunca.
BENITA: Hizo muy bien, Maria. Yo hubiera actuado igual. No hay que ofender jamás el amor propio de un marido.
MARIA: Lo malo es que Potota no volvió a ser la misma. Una desgracia, como siempre pasa, fue trayendo las otras. Al poco tiempo, mama murió. Todos sufrimos mucho, pero Potota más. Encaneció. Tejía tape-titos al crochet y se pasaba las horas fregando el departamento. Se olvidaba en la tarde cuál zócalo había limpiado por la mañana y lo fregaba de nuevo. BENITA: No eran tapetitos, María. Eran escarpines.

¿Hace ya cuánto se ha detenido el ómnibus a las puertas del hotel y ellas siguen ahí, cuchicheando? Al bajar, se admiran de los cambios. Las galerías están ahora llenas de hombres adustos, barrigones, armados hasta los dientes. Llevan brazaletes blancos. Unas mulas desorientadas han ido a dar a las playas de estacionamiento, y los hombres corren tras ellas, ahuyentándolas a cadenazos.
En la recepción del hotel, grandes retratos de Perón, Isabelita y Eva cuelgan del techo. Los pasillos huelen a flores.
Fíjese qué injusticia, se lamenta Maria. Han borrado a Potota de todo esto. Y tomando del brazo a Benita, suelta otra confidencia: ¡Cuánto cambió Perón al casarse con Eva! Con mi hermana era un hombre agradable, de maneras finas, Después se volvió rústico, vulgar. Hay quienes dicen que era una pose para estar más a tono con el pueblo. Yo sé que no. Que lo hizo por Eva. Para que ella no desentonara tanto. En la penumbra del vestíbulo, Arcángelo se ha enmascarado tras unos anteojos negros. Un arma grotesca, enorme, le desborda la mano. Atiende, con profundo respeto, a un hombre de pelo castaño y mirada vacía.
-No hay que perder más tiempo. El teniente coronel te necesita. Andá ya mismo, Arcángelo. -Ya mismo, Lito -repite. Y se corrige de inmediato-: Ya voy, señor.

VI

Ha llegado mi turno. Yo sé quién tiene a Evita, y dónde.
Ya esas frases no interesan a nadie. Cuando Zamora las dejó caer en el café Gijón hace dos años, ante Nun Antezana, podrían haber sacado a la historia de su quicio. Ahora, 20 de junio de 1973, nadie movería un dedo para levantarlas. Ya todos saben dónde anduvo errando el cadáver de Evita y quién le dio reposo. Pensemos en mañana. Dentro de poco, ha escrito Zamora, este país se quedará sin pasado. El pasado es aquí algo irreal, como una pantalla de cine. A cada instante, una proeza nueva (y peor) de la realidad lo sustituye. Ni siquiera es olvido.
Son más de las once y media cuando Zamora logra, por fin, atravesar al Riachuelo y entrar en Buenos Aires. A las once debía pasar por un departamento de la calle Arenales en busca de las páginas de un diario personal. Ella, la mujer que se lo ha prometido, tal vez no está. Tal vez no lo ha esperado. Las calles de Barracas han quedado desiertas. Vuelan moscas y papeles. El sol se apaga sobre los edificios, helado como una medalla. Cerca de Constitución, dos muchachos lavan un bar. El agua jabonosa va lamiendo las persianas y arroja sobre la vereda un río de cigarrillos marchitos.
Zamora oye la risa de unas bailarinas de flamenco que entran en la neblina del café Gijón, vuelve a posar la mano sobre el hombro de Nun y se oye decir:
"Te contaré qué ha sido del cadáver. Encontré, ya sabés, unos papeles en la embajada argentina de Bonn que describían el tránsito de cierta caja rectangular, de roble, a través de Mannheim, Friburgo y Basilea, en Suiza. Averigué que, al cruzar la frontera, iban tres hombres custodiando la caja. Uno de ellos era un oficial del ejército argentino. Sentí recelo de que se tomaran tantas precauciones por un despojo de viejos papeles, y no dudé. Se trataba del cadáver. Supuse que el destinatario del envió tendría la clave. Era un tal Giorgio de Magistris, vía Cerésio 8641, Milán. Tomé el primer avión. Las señas correspondían al cementerio Monumental, cerca de la estación de trenes de Porta Garibaldi. Imaginá con cuánta ansiedad entré. No esperaba una tumba con el nombre: Eva Perón. Qui giace. Esperaba una marca, un indicio cualquiera".
"Era en Milán, entonces. No era en Roma", sonrió Nun.
"Milán, la vía Cerésio. Recorrí el cementerio toda una tarde y luego, al día siguiente, debí volver. Un enorme portal, un cerco de columnas. Caminé entre las tumbas imponentes. Entré en el panteón de los héroes, el Famedio, donde yace Manzoni. Cuando ya estaba por caer la tarde, pregunté a los guardianes. Les mencioné a Magistris, les di todos los números que había en el papel de la embajada. Ottanta set!, exclamó uno de los hombres. Ecco lo qua! Y me llevó a los fondos, a un edificio austero: el Templo di Cremazione. Sentí mareo, desazón. Fue un instante perdido, como de sueño. Ochenta y seis lo llaman porque a la entrada piden -pedían- ochenta y seis liras por el derecho de visita."
Zamora vio estremecerse a Nun. Las bailarinas flamencas, con un jerez en la mano, les hacían señas desde la barra.
"¡Esos hijos de puta la cremaron!", dijo Nun. "¿Por qué no los denunciaste?"
"Porque no estoy seguro. No hay ni una sola prueba. Si hubiera contado la historia, todavía estarían riéndose de mí. Se han escrito mil fábulas sobre el cadáver. No quise agregar otra."

La enorme avenida 9 de Julio se abre ante Zamora, vacía. A lo lejos, más allá del Obelisco, ve pasar un camión embanderado. Siente la tibieza de su propio cuerpo en el Renault, a salvo del ridículo. ¿Por cuánto tiempo a salvo? En Buenos Aires, el ridículo amanece antes que el sol, todos los días. Tres meses después de aquel encuentro con Nun, el embajador del general Lanusse entregó a Perón, en Madrid, el cadáver de Evita. Y el rompecabezas encajó de pronto. A las dos de la mañana otra vez, pero ahora en su casa de Buenos Aires, sonó el teléfono. Era Nun.
-¿Zamora? ¿Viste qué boludos fuimos? La culpa es mía, por no ir hasta el fin. -La culpa es mía -colgó Zamora, después de oír la historia.
Había pasado todo por sus manos: los números, el nombre, los lugares. Durante muchos años, Eva Perón había yacido en Milán bajo el nombre de María de Magistris. Su lápida llevaba, con toda claridad, la marca: Giorgio de Magistris a sua sposa carissima Los datos de la tumba coincidían: estaban en el jardín 41 del lote 86. El nombre del cementerio era otro: Musocco y no Monumentale, en la vía Garagnano y no en la de Cerésio.
Se siente demolido, inservible, y no entiende de dónde le viene, de pronto, esa congoja. Fuma con avidez un cigarrillo para darse aliento y deja el automóvil ante la puerta de la persona que, a lo mejor, lo espera. ¿No ha prometido acaso la señora Mercedes darle a leer el diario que llevó en Santiago de Chile, entre enero y abril de 1938, cuando ella y su marido intimaron -o casi- con Potota y Perón? ¿No le ha contado ya por teléfono, en tono de confidencia, los trastornos del viaje en tren por la cordillera, la llegada a las casas de Ñuñoa, el repentino decaimiento de Potota antes de que la fulminara el cáncer? To-cás el timbre y es ella quien te atiende, Zamora, la señora Mercedes, viuda del hombre que derrocó a Perón en el 1955. Mecha Villada Achával de Lonardi.

VII

Vamos, muchachos, vamos, ojo con los carteles, no los muestren. Si levantamos la perdiz ahora nos es-crachan. ¡A cantar! ¿Qué les pasa? ¿Les vino la modorra a la garganta? A cantar, que hace frío. ¡Perón, Evita / la patria socialista! ¡Evita hay una sola, no rompan más las bolas! Mira ese moscón, Nun. Hasta las moscas se han levantado del invierno para oír al Viejo. Día glorioso, ¿no? Mira qué sol. Cuando era piba, una tía me llevaba siempre al parque Centenario. Me tiraban de las trenzas, me jodían: por el pelo y las pecas. Pero en la calesita había un muchacho que me agarró ternura. Cara de seis de la tarde, me decía. Cara de herrumbre. Cara de sol que se pone. Y a mí, en vez de alegría, me entraba la tristeza. ¿Qué hacen, muchachos? ¡Vamos! ¿Y ese bombo? Che, ¿se te ha puesto afónico? Yo de piba pensaba: quiero ser como Rosa Luxemburgo, como la Pasionaria, como Isadora Duncan. Quiero ser la Krupskaia leyéndole a Lenin un cuento de Jack London antes de que se muera. De grande me di cuenta que soñaba con un amor naciendo al mismo tiempo que la historia: entre la acción, las masas. Un amor que no quiere detenerse, ¿me explico?: como el fuego. Quemándose en la cama y la militancia. Y al fin me dije: todo eso es Evita.
¡Ojo con ese cordón de gente que hay en aquella escuela, muchachos: los del brazalete verde! No se dejen provocar. Osinde y el brujo López Rega han traído provocadores de todas partes. ¡Pero che, no se callen! Rompanlés las orejas: ¡Perón, coraje, /al brujo dale el raje! ¡Si Evita viviera/sería montonera! ¡Si Evita viviera! ¿Me entendés lo que te quiero decir, Nun? Empecé a preguntarme: Diana, ¿no se siente más profundo el amor cuando una este en el tumulto de la acción? ¿No se podrá juntar el sexo con la historia? Y yo misma me contestaba. Diana, muy fácil: tenés que vivir el amor como una normalidad dentro de la anormalidad, que sea el amor tu respiración, tu sueño en el desvelo. Repartir el amor como lo hacía Evita: encontrándose con el General de tres a cinco de la mañana, matrimonio de amantes clandestinos. Ser, ¿cómo te diría?, el faro de tu falo. ¿Así te gusta, no? El falo no: el faro. ¿Qué tal? El faro de tu falo. Estoy loca. Estoy enamorada. Soy mujer. Esa palabra suena hoy mejor que nunca. Soy mujer. ¡Chicas, un paso al frente! Canten la marcha, pongan el alma. ¡Más fuerte! ¿A ver? Pongan el alma. ¡Eso, eso! Con Perón yendo a la guerra / a la guerra popular...
Nun le pasa la mano por el hombro, abre el imbatible matorral de pelos rojos y siente, sin pensamiento, con una pura necesidad de deseo, el fragor de ese cuerpo. Recuerda que al volver la noche última de una ronda por las fogatas montoneras de Cañuelas, Berisso y Florencio Varela, al entrar en los labios de Diana, paspados por el invierno (ella dice que por la vida), Nun ansió que todo hubiera pasado ya y él estuviese allí otra vez, acariciándola, sin apagarse nunca. Recuerda que la miró fijamente con esa fijeza que sólo permite la oscuridad y le dijo: -No quiero que te vayas nunca, Diana.
Y ella, riéndose, empezó a desatar sabiamente los nudos que aún quedaban dentro de Nun, a liberar cada ternura oculta de sus venas, a rescatar las naufragios de sus sentimientos. Fue dibujándole con los dedos un cuerpo que ya no serviría sino para el de ella y, dejándolo entrar en la tibieza de su mar, le contestó con las palabras roncas, impetuosas, que alguna vez habían pertenecido a Evita: -Sólo quisiera irme para poder volver. Volveré y seré millones.
Luego la vio dormirse. Sintió trepar por su apagada sangre las quemazones nuevas de insomnio. Fumó, y el humo le dejó sobre la lengua una resaca de musgos y escarabajos. Se olió los brazos, para que la fragancia del sexo lo envolviera. Y volviendo a las páginas del pasquín intratable, Horizonte. "La vida entera de Perón / Documentos y relatos de cien testigos", cayó en el lodo de otro capítulo. 5. Ya nunca más seremos como éramos. "Cierto domingo de 1922.. "

VIII

A las cuatro de la tarde el General divisa desde la ventanilla del avión los cráteres marrones de un campo despoblado. La vista del desierto lo sofoca. El calambre de un río abre sobre la tierra vetas verdes. ¿Árboles, matorrales? Qué desamparo. ¿A este país vuelvo?, dirá después el General, esa noche. ¿A estas infinitas pampas saqueadas, exprimidas? No las reconozco. No son mías. Fue aquí donde siempre quise morir, y ahora ya no sé. ¿Algo me pertenece de todo esto? Y yo, ¿a qué pertenezco? López Rega lo distrae con una taza de té. -La hora se acerca -dice. Isabel acaricia el pelo de Perón. -¿Verdad? ¿La hora se acerca?
Sentándose junto al General, en el brazo de la butaca, López despliega otra hojarasca garrapateada de cuentas y jeroglíficos interminables.
He ordenado a la compañera Norma Kennedy que lea, de parte suya, un informe a la prensa. Se ha movilizado de inmediato y ha reunido a unas quince o veinte personas en el primer piso del hotel internacional. Les ha dicho que, pese al tiroteo y a las conspiraciones del imperialismo, el general Perón llegará hoy a nuestra tierra, para siempre. Ha informado que llevamos una hora de atraso. Y para desanimar cualquier tumulto, ha confirmado que usted llegará al palco del Puente Doce y hablará con las masas.
-Norma... ¡qué buena chica! -murmura el General. -Pero no bajaremos en Eseiza -aclara López. -Y entonces, ¿a dónde me llevan?
-A la base militar de Morón, por razones de seguridad. Solano Lima, el vicepresidente, se ha mostrado de acuerdo. Le hemos pedido a él y a los comandantes de las tres fuerzas que se trasladen a Morón cuanto antes...
Unos relámpagos lo interrumpen. El avión ha encendido las luces y al mismo tiempo ha entrado en un campo de nubes amarillas. El General, de pronto, se incomoda.
-Qué va a pasar ahora con esa pobre gente que me espera, López. ¿Son tres millones, dicen? ¿Dos millones y medio? Vaya a saber qué inflemos han vivido para venir a verme. No me gusta dejarles una desilusión tan grande. ¿Qué gesto inmenso deberé hacer ahora para conformarlos?
-Nada -responde López-. Es un acto de justicia divina. ¿Qué hicieron ellos durante los dieciocho años que usted estuvo afuera? Nadie se sacrificó. Nadie movió un dedo. Todo lo ha conseguido usted solo. -Y Daniel -sonríe la señora.
Una mosca viene a posarse sobre la mano manchada y yerta del General. Tiene azul el lomo, las alas transparentes, ávidos los ojos.
-Una díptera -la espanta el General-. ¿Moscas aquí, tan alto?
La ven volar hacia las luces del techo y detenerse luego. Se restriega las patas.
-¡Ay, Dios mío! -suspira la señora.
-Observenlá -indica el General-. Vean esos ojos. Ocupan casi toda la cabeza. Son ojos muy extraños, de cuatro mil facetas. Cada uno de esos ojos ve cuatro mil pedazos diferentes de la realidad. A mi abuela Dominga le impresionaban mucho. Juan, me decía: ¿qué ve una mosca? ¿Ve cuatro mil verdades, o una verdad partida en cuatro mil pedazos? Y yo nunca sabía qué contestarle...

ONCE

ZIGZAG

(... ) A los mencionados efectos personales de Abelardo Antezana (a) Nun y de Diana Bronstein (a) la Flaca (a) la Colorada (a) la Pecosa se acompañan recortes de la revista semanal Horizonte, edición especial del 2061973, artículo titulado

LA VIDA ENTERA DE PERON EL HOMBRE. EL LIDER. DOCUMENTOS Y RELATOS DE CIEN TESTIGOS,

con anotaciones manuscritas de las personas antedichas. Todos estos efectos fueron requisados en el allanamiento que se practicó a las 16.00 horas del día de la fecha en la finca denominada "Playa de Noche", sita en avenida de la Noria, partido de Esteban Echeverría, provincia de Buenos Aires (...).

5. YA NUNCA MAS SEREMOS COMO ERAMOS

Un domingo de 1922, cuando volvía de visitar a la abuela Dominga, el teniente 1° Perón compró en un kiosco de la estación Retiro cierto folleto mal entrazado, que parecía otro de los novelones por entregas tan de moda en aquella época. En la portada se desvanecía, marchita, una corona de laureles. Eran las ciento quince máximas de Napoleón sobre el arte de la guerra.
Juan Domingo se precipitó sobre aquellas sentencias con la voracidad de un amor que ha esperado demasiado tiempo. Le desataron una necesidad desconocida, y no sabía de qué.
Una de las máximas iba con él por las mañanas al polígono de tiro y sonaba por las tardes en su silbato:

En la guerra, nada es más importante que la unidad de mando. El ejército debe ser único, las acciones deben tender a un solo fin, el jefe sólo puede ser uno.

La otra se le confundía tanto con los sueños que, al despertar, aún se le quedaba pegado el olor de la máxima en la memoria:

Las grandes acciones de un gran general no son el resultado de la suerte o del destino. Son el resultado de la planificación y del genio.

Tal cual: Perón quería planificar el futuro, tomarle la delantera, adivinarlo.
En los casinos de oficiales se hablaba entonces con reverencia y sigilo de la logia General San Martín, que parecía haber impuesto al coronel Agustín P. Justo como ministro de Guerra y en cuyas listas negras figuraban muchos oficiales yrigoyenistas. Perón quería saber a toda costa qué se pensaba de él en esos círculos inaccesibles y buscó al único que podía decírselo: su protector, Bartolomé Descalzo. Lo encontró disgustado.
-He oído a un teniente coronel quejarse de usted, Perón. Es un capitoste de la logia y la opinión adversa de ese hombre podría malograrle la carrera. Cuidesé, che.
-Yo hago todo lo que se me ordena, mi mayor. ¿Cómo voy a cuidarme de la injusticia? -Si fuera una injusticia no se la hubiera contado. Ese teniente coronel ha dicho que usted pasa el día metido con los deportes. Y que no entiende cómo, ya casi a punto de cumplir treinta años, no se preocupa por sentar cabeza. La logia desconfía de los oficiales solteros.
Perón acusó el golpe. Llevaba varios meses dándole vueltas a la idea de casarse. En sus andanzas no había conocido sino a mujerzuelas gritonas, impresentables, que se arrojaban sobre los divanes con las piernas abiertas y echaban escupitajos en el piso. Le rogó a Descalzo que lo ayudase a encontrar una candidata decente.
-Precisamente -dijo el protector- mi señora y yo tenemos puesto el ojo en tres o cuatro chicas que le convienen. a la primera ocasión se las vamos a presentar.
Pero el infortunio cayó en aquel momento sobre la familia Perón. Juan Domingo lo esperaba. La madre le había enseñado desde muy niño que los destinos son cíclicos, y que la suerte obedece a una ley de compensaciones: toda felicidad se paga, tarde o temprano con desdichas. Perón, que para no exponerse se había esmerado en mantener los sentimientos siempre tibios, no imaginó que también el éxito tenia su reverso. Era campeón militar de esgrima, profesor de cultura física, autor de unos consejos sobre higiene y moral para uso de aspirantes a suboficiales. Al año de ascender a capitán, lo aceptaron en al Escuela Superior de Guerra. Demasiada bonanza en poco tiempo. Hacia fines de marzo de 1926 la llegó un telegrama de la madre: "Papá muy delicado. Favor esperarnos lunes tren Bahía Blanca".

A duras penas reconoció a su padre. Don Mario Tomás sufría de temblores, se arrastraba sobre los puros huesos y balbucía palabras apelmazadas, que sólo doña Juana era capaz de traducir. Estaba enfermo de arteriosclerosis y en las soledades del Chubut ya no encontraban remedio que lo aliviara. Durante unos días se hospedaron en la casa nueva de la abuela Dominga, cerca de la estación de Flores. Luego, con la providencia de un subsidio que concedieron a Juan Domingo en el ejército, compraron en la calle Lobos un viejo caserón donde también el hijo dispuso de un cuarto propio en el que desembocaron los mapas y los banderines acumulados durante quince años de vida nómade y cuartelero. Doña Juana se entretenía criando gallinas y amasando fideos. Por las tardes sacaba las sillas a la vereda y depositaba allí a don Mario Tomás mientras ella chismorreaba con las vecinas. Juan se presentaba los fines de semana con un sombrero de paja y un terno de color siempre oscuro. Y cuando se anunciaban retretas en el parque Chacabuco, vestía el uniforme de gala e iba del brazo con la orgullosa madre a dar unas vueltas por las pérgolas.
En vísperas de la primavera de 1926, interrumpió el calco de unos mapas napoleónicos para atender por teléfono al teniente coronel Descalzo.
-Encuentresé conmigo a las diez de la mañana en la puerta del cine Capitol -dijo el mentor-. Y vengasé preparado. Perón. Mi señora y yo tenemos ya lo que usted anda buscando.
Salió dos horas antes, de punta en blanco. Quería mostrarse tal como era -atildado, simpático, seguro de sí- y deslumbrar a la candidata, pero en ningún momento se preguntó cómo era ella. Si Descalzo la recomendaba, para qué perder el tiempo. Siempre había desdeñado el inútil gasto de fuerzas que los hombres comunes ofrendan a los sentimientos en vez de aplicar las mismas energías a misiones de poder o de trabajo. Necesitaba casarse, y Descalzo le presentaría a la persona adecuada. Nada más sencillo. Desde la ventana de una confitería, Juan Domingo vio llegar a la esposa del teniente coronel con una muchacha bajita y menuda, que hablaba sin alzar la mirada y se reía tapándose los dientes. Antes de que se la presentaran supo, sin la más leve incertidumbre, que ella lo aceptaría como novio. El cine estaba lleno de oficiales jóvenes y de señoras adornadas con casquitos y moños en las caderas. Perón fingía interesarse en la complicada conversación sobre volados superpuestos, faldas tableadas, cortes a la garcon y escotes en V que propuso la esposa de Descalzo. En la butaca de al lado, la candidata expresaba su admiración con obedientes vaivenes de las pestañas. No bien se apagaron las luces y el pianista desgranó una obertura que pretendía ser oriental, Juan Domingo se inclinó hacia ella discretamente:
-Señorita Tizón, ¿me permite que la llame Aurelia? -Potota -corrigió la muchacha, mirándolo por primera vez.
-Potota. Le ruego que no baje los ojos nunca más. Tiene una mirada tan profunda que da escalofríos. -¿Escalofríos? Disculpemé, capitán. Lo siento mucho. -Ah, no. Capitán, no, Llámeme Perón.
Hacia el final de la película, cuando el jeque enamorado de la bailarina volvía grupas para rescatarla de un simún exterminador, Juan Domingo murmuró, valeroso:
-Le doy las gracias por haber venido. Desde hace mucho quería encontrar a una joven... amiga... como
usted. ¿Me permitirá visitarla? Espero no haber llegado a su vida demasiado tarde.
Ella no despegó los ojos de la película. Vacilaba entre imponer un freno al atrevimiento del capitán o
darle alas, discretamente. Un codazo alentador de la señora Descalzo la decidió:
-Para mí, cualquier cosa que pase pasará temprano. Tengo dieciocho años.
Perón la deslumbró, en la oscuridad del cine, con una sonrisa párvula, trabada por la melancolía.
-Yo voy a cumplir muy pronto los treinta y uno. Es una triste sorpresa para usted, ¿no es cierto?

El pianista electrocutó al auditorio con un trémolo. El jeque suspiró lascivamente sobre una oreja de la bailarina. Luego, con descaro, le lamió la mejilla. Se oyeron unas toses escandalizadas.

Dos semanas después, cuando volvieron a la misma sala con las hermanas Tizón y desde las mismas butacas vieron aquella osada simulación de beso, Juan Domingo rozó por primera vez, con la punta de los dedos, las manos enguantadas de Potota.
Durante los dos años puntuales de noviazgo, ella creyó que era locamente amada; es decir, con respeto, visitas infalibles y cartas de cumplido. Pero el último día de la luna de miel la introdujo en una rutina tan espesa que las señales del amor se le confundían.
A veces -contaría muchos años después-, iba yo hacia Perón en busca de ternura y él me rechazaba sin herirme, aunque con terrible firmeza. Siempre con tus chiquilinadas, me decía. ¿No te das cuenta de que sos una mujer casada?
Y aunque la dejaba sola casi todo el día, estaba pendiente de sus más triviales salidas. No le gustaba que hablara con nadie, ni aun con las hermanas, como si temiera que incubasen en Potota caprichos e ilusiones que luego él debería enderezar. A tales extremos llevó su afán de posesión que una tarde, cuando más abstraído estaba, redactando unos apuntes sobre el complot militar de 1930, ella salió en puntas de pie hacia la verdulería, y al darse vuelta imprevistamente para buscar unos tomates, descubrió a Perón espiándola tras un poste de alumbrado.
Sólo después del sexto año de matrimonio Potota pudo agradecer una señal de cariño. Fue obra de la casualidad. La madre, doña Tomasa Erostarbe, había muerto de cáncer. El mayor Perón, distrayéndose de sus obligaciones en el Ministerio de la Guerra, acompañó a la familia durante la noche del velorio, asistió a los responsos en el cementerio, pero de inmediato se esfumó. Durante los novenarios y misas funerales que sucedieron estuvo ausente. Llegaba tarde a dormir y se levantaba tan temprano que Poto-ta no conseguía jamás alcanzarlo con el desayuno. Ella, para no molestarlo, se tragaba las quejas. Las raras ocasiones en que Perón la llamaba por teléfono previniéndola que iría a comer Potota se refrescaba los ojos con algodones y se coloreaba un poquito las mejillas -lo máximo que permitía el luto-para mostrarse feliz y despreocupada.
Cierta vez el mayor olvidó unos mapas en la casa y tuvo que pasar volando a buscarlos. Cuando abrió la puerta de calle, el silencio y la oscuridad lo sobrecogieron. Entró con sigilo, mientras en su imaginación se entreveraban las más funestas sospechas. De pronto, oyó brotar del dormitorio un canto tenebroso, que semejaba tanto una letanía de monjas como el desperezo de un gato. Empujó con brusquedad la puerta y prendió la luz. Vio a Potota de bruces sobre la cama, llorando, con una foto de doña Tomasa destejida por las lágrimas.
Tanta pesadumbre le ablandó por fin el corazón. Le ofreció su pañuelo y le dio un beso en la frente. Ella esperó a que se le deshicieran los nudos de la garganta, disipó todos los sollozos con un esfuerzo de la voluntad y con los ojos avergonzados como antaño, le dijo: -Disculpame, Perón. Soy una tonta. El mayor esbozó una sonrisa.
-No importa. Ya pasarán esos dolores de mujeres. Ahora dejáme que busque unos mapas. Tengo que irme.

Quizá tanto zigzag en la vida de nuestro héroe desoriente al lector. Como en la historia se avecinan hechos de índole militar (¿o tal vez política?): se avecinan inundaciones donde aguas de las más variadas especies habrán de confundirse, parece prudente hacer un alto y recordar ciertos detalles de interés.

1926: El héroe se instala con sus padres en un caserón de la calle Lobos 3529 (ahora Gregorio de Laferré-re entre Quimo y San Pedrito) e inicia su noviazgo con Aurelia Tizón, hija de un conocido fotógrafo de Palermo, de filiación radical.
1928: En noviembre, don Mario Tomás Perón muere tras una larga y cruel enfermedad. Nuestro héroe debe postergar la fecha de su enlace hasta enero de 1929. Al regreso de la luna de miel, la flamante pareja reside en la casa de los Tizón, Zapata 315.
1930: En procura de intimidad, se mudan a un amplio departamento en la avenida Santa Fe 3641, tercer piso. Amueblan el dormitorio con un ropero estilo Luis XVI, una cama de altísimos respaldares y un toilette. Hay un par de espejos enfrentados, de dos metros, que multiplican el cuerpo hasta el infinito. En el comedor, el mueble principal es un aparador cuyos últimos estantes sólo se alcanzan con escaleras; las patas de la mesa reposan sobre cabezas de leones. El centro floral es un perro San Bernardo de cerámica sobre el que cabalga una aldeanita tirolesa. En el living se amodorra un piano que Potota no llegará a tocar.
1933: Una misión de frontera devuelve a nuestro héroe a los imponentes escenarios de su luna de miel. Es una excursión al volcán Lanín, lo acompaña su esposa.
1935: Fallece doña Tomasa Erostarbe de Tizón. A fines de año, nuestro héroe parte como agregado militar a Santiago de Chile. En vísperas del viaje, José Artemio Toledo lo visita: admiro la voiturette colorada en la que hará el cruce de los Andes y pondera el coraje de Potota, quien llevará en el bolso una pistola calibre 22, previendo cualquier emergencia.
1936: Ya en tierra extranjera, nuestro héroe se anoticia de que el general Francisco Fasola Castaño, quien fuera su jefe en el Estado Mayor del Ejército, ha sido retirado del servicio activo por difundir una proclama contra "las ideologías exóticas que pretenden enturbiar nuestra ideología y quizá mancillarla". Encendido de patriotismo, le remite una esquela de solidaridad: "Mi querido general (... ) Tengo fe en su estrella y en su persona, destino y hombre. Nada más se necesita para triunfar".

Nuevo zigzag. A comienzos de 1930, el capitán Perón era más un oficial de gabinete que de acción. Las jerarquías ciegas del cuartel lo seducían ya menos que las intrigas tuertas de palacio. Jamás se dormía sin leer alguna página del conde Schlieffen y sin repetir en voz alta una máxima de Napoleón, como quien reza. El tema de casi todas sus conversaciones era un libro del general alemán Colman von der Goltz, La nación en armas, que acababan de traducir en la Biblioteca del Oficial con cuarenta años de retraso.
Enseñaba Historia Militar, y cuanto más discutía en clase a sus autores favoritos, más sumisamente aceptaba las verdades de todos ellos como dogmas de fe. "No hay peor crimen contra el espíritu que desaprovechar una oportunidad", explicó a sus alumnos. "Cuando un estratega de genio propone por escrito una nueva fórmula ofensiva, ¿con qué fin lo hace? ¡Para que otros estrategas lo imiten! Y si él nos sirve semejante posibilidad en bandeja, ¿por qué perderla? Tanto en la guerra como en la política no hay sino una moral: la moral de lo útil. Y solamente los idiotas tienen en la mano lo que es útil y lo dejan volar."
A Napoleón lo recitaba como al Credo. Schlieffen era en cambio su santo Tomás de Aquino: la traducción de todos los enigmas sobrenaturales a las luces del orden natural. Al invocar a Napoleón, lo recreaba. Partía de una frase modelo y le iba dando vueltas:

El hombre es todo, los principios son nada / Cuando los principios son todo, el hombre es nada. / Un
hombre es todo, todos, todos los hombres son nada.

Las ideas de Schlieffen, en cambio, lo seducían a tal punto que, en vez de modificarlas, prefirió olvidar de quién eran. Al principio las reprodujo entre comillas; luego las subrayó; más tarde insinuó que podían pertenecer a Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, criaturas que se alejaban en la noche de los tiempos y que finalmente se resumían en Perón.
El lector nos permitirá un último zigzag acelerado. En la primavera de 1970, casi cuarenta años después de los hechos que estamos a punto de narrar, el poeta César Fernández Moreno y el incipiente novelista Tomás Eloy Martínez interrogaron al general Perón en Madrid sobre la cuartelada que acabó con el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen en la Argentina e inició una seguidilla de protectorados militares.
Los guardias civiles a la entrada de la quinta, las perritas caniches, el palomar, el fresno: ya conocen ustedes el escenario. La voz ronca del General invitando a pasar, López Rega disponiendo los grabadores, Isabel ofreciendo a los caballeros una tacita de café: ahorraremos todo eso. Recogeremos sólo el desnudo diálogo donde las voces se entremezclan y rearman el pasado (ese pasado) tal como fue. Los visitantes llegaron bien pertrechados, con fragmentos de discursos, opiniones que Perón había dejado caer en el curso de los años y hasta el erudito mamotreto de un profesor gringo a quien el General se obstinaba en alterarle las vocales del apellido. El dueño de casa no disponía de más arma que su memoria, pero en ella había un fermento de vivezas largamente rumiadas.
-Permítanos decirle que a principios del 30, General, si bien era usted un oficial oscuro todavía, gozaba del respeto de los superiores. Se mostraba discreto, servicial, confiable, tenia una demoledora capacidad de trabajo y, en tiempos de tan desbocados apetitos de poder, su talento político era como una muela de leche. Por lo tanto, usted no parecía peligroso. Al presidente Yrigoyen le pesaban los años. Hablaba poco, escuchaba menos, y un cerco de aduladores lo apartaba de la realidad a tal
punto que hasta de sus sentidos sanos empezó a desconfiar: no creía en lo que veía. En 1930, el aterrador silencio que bajaba desde el poder puso a penar a ciertos militares. Ya que nadie da órdenes, ¿por qué no empezarnos a darlas nosotros, que sabemos? Un elenco de coroneles viejos sintió escrúpulos: se quería derramar sangre de conscriptos -sangre de civiles- para voltear a un gobierno legítimo, violando los reglamentos y códigos que habían jurado respetar. A los tenientes y capitanes, en cambio, se les caía la espuma de la boca. Iban a participar del primer ensayo general para los golpes de Estado. Les permitirían contemplarse, aunque fuera sólo por un instante, en el espejo del poder. Usted, Juan Domingo Perón, se cruzaría muchas veces con ellos en el camino: Ossorio Arana, Julio Lagos, Francisco Imaz, Bengoa, todos esos tenientes y cadetes de 1930 se volverían más tarde contra usted. Eran como unas grandes maniobras de entrenamiento contra la razón histórica.
-Ah, no señor. Yo en ésas no quise meterme. Fui de los últimos en desayunarme. En las mismas vísperas del golpe, el 5 de setiembre, había pedido mi pase a Uspallata porque no quería saber nada con aquellos traidores a la Constitución.
-¿Cómo pudo escribir usted entonces, en los apuntes que le confió al teniente coronel Sarobe, que fue de los primeros: que José Félix Uriburu, jefe del cuartelazo, lo apalabró en junio de 1930? Uriburu anunció -usted lo cuenta- su intención de sustituir la democracia por un Estado corporativo. Como era capitán, usted no se animó a contrariarlo. Pero se ofreció a comprometer a otros jefes de prestigio en la conjura, reuniéndolos bajo una misma tendencia y orientación.
-Esa fue la inquietud que siempre tuve: organizar. En 1943 las cosas se hicieron bien porque ya estábamos organizados. Pero en el 30...
-A usted lo incorporaron al Estado Mayor revolucionario, sección Operaciones. Le pidieron algunos trabajos menores. A pesar de sus esfuerzos, General, aquel golpe de Estado era un caos. -Como el país, muchachos. La Argentina entera se hacía pedazos. Tener un presidente tan viejo nos envejecía. Éramos pobres, pero no dábamos lástima como damos ahora. Más del treinta por ciento de los campesinos que se revisaban para el servicio militar venían enfermos de tuberculosis. Todo el mundo
vivía de prestado, tirando la manga como decíamos entonces. Cada manguero se reservaba un café o una confitería para sus chanchullos, como sucede con los mendigos en el atrio de las iglesias. Cerraron los quilombos y nació un negocio nuevo, el de las amuebladas. Por dos pesos, una manicura prestaba el servicio completo: no dejaba uña sin tocar. Los jovencitos de familia se acostumbraron a debutar con las pobres sirvientas. Todos los días llegaban a Retiro vagones llenos de muchachas para todo servicio, que se conchababan cama adentro por veinte pesos mensuales, y que si se negaban al apremio del patrón o de los hijos, adiós pirula. Esas desdichadas no tenían más entretenimiento que ir al zoológico los domingos y oír a Nick Vermicelli por la radio. Yrigoyen era popular, claro, pero ya estaba muy viejito. El fuego revolucionario se le había mojado. No quedaba más remedio que voltearlo. ¿Pero quién lo volteó? ¿El ejército? ¡No! Fue la oligarquía, que había sido desalojada del poder en 1916 y esperaba su oportunidad para pegar el zarpazo.
-Sin embargo, General, óigase decir el 8 de abril de 1953, déjese ir hacia su pasado y oiga: "A Yrigoyen no lo echó abajo la revolución sino sus propios correligionarios. Esos que andan haciendo ahora discursos por ahí: ésos lo traicionaron...".
-¿No ven, muchachos? Al pobre viejo lo derrocó la oligarquía en alianza con los radicales. ¡Si hasta el propio Alvear, que era como hijo de Yrigoyen, brindó con champán cuando le dieron la noticia del derrocamiento! La gratitud humana es como el pájaro que pasa: no deja otro recuerdo que la bosta. -¿Usted lo admiraba, entonces?
-¿A Yrigoyen? ¡Claro que lo admiraba! ¡Si él pensaba lo mismo que pienso yo! -¿Por qué se metió entonces en el golpe?
-Porque me engañaron, muchachos. Me dijeron que el gobierno robaba, que tal ministro mantenía una querida vendiendo los durmientes del ferrocarril y que tal otro negociaba con los lápices del Consejo de Educación. Y el gobierno, calladito: nada decía. ¿Qué más pude haber hecho yo, un capitán de morondanga?
-Usted describió las muchas cosas que hizo. Narro cómo, al caer la tarde de aquel 6 de setiembre, se abrió paso en un auto blindado, siguiendo a los escuadrones de granaderos. Dijo que a su alrededor la gente saltaba de alborozo y arrojaba flores desde los balcones. ¡Viva la patria! ¡Muera el peludo Yrigo-yen! Contó que, al llegar a la Plaza de Mayo, vio en las azoteas de la Casa Rosada un mantel que flameaba como bandera de parlamento.
-Así fue, muchachos. Y oí a Enrique Martínez, el vicepresidente, pedirle a Uriburu que lo matara. El pobre hombre, arrinconado, se puso histérico. ¡Yo no renuncio, mi general! ¡Matemé si quiere! ¿Saben por qué lo vi? Porque dejé a los granaderos como a las cinco y media de la tarde, caminé hasta la calle Victoria y allí di alcance al auto del general Uriburu. Me subí al estribo y entré con él en la Casa de Gobierno. Fin del zigzag. Comienza un nuevo capitulo con música del tango que Discépolo escribiría cinco años después: Cambalache.
(...) Se reproducen a continuación anotaciones efectuadas por la antedicha Diana Bronstein en los márgenes del ejemplar secuestrado del semanario Horizonte.

NOTA DEL OFICIAL SUMARIANTE: Las frases al pie son prueba concluyente de la ideología extremista imperante en los cabecillas inculpados. Elévense a la Superioridad a título informativo.

El Viejo tenía olfato napoleónico. Tenía un gran naso. ¡Oh, naso!
"Ya nunca más seremos cono éramos." Rebusque plagiado de "Las alas de la Paloma" Henry James, frase final.
Zigzag. Zigzag.
Fasola Castaño, también conocido como Fa Sol La Tacaño, precursor de la patria nacional-fasolista. Pasame un faso, Nun. Pasame un Te quiero.

DOCE

CAMBALACHE

Zamora la ha imaginado como ya no es. Ha esperado encontrarse con el rostro frágil e imperial que asomaba en las fotografías de 1955. No ha pensado que el tiempo la embellecería. Cuando Mercedes Villada Achával de Lonardi le abre la puerta, Zamora se pregunta si no estará, tal vez, confundido de sitio. El tiempo ha ido empujando la belleza de la mujer hacia adentro del cuerpo, como si ella hubiese tenido pudor de mostrarla y fuese ahora sólo la crisálida transparente que la cobija. Ha enviudado hace más de quince años. Los hombres que sucedieron a su marido en el poder han sido ingratos con ella. Extrañamente, la ingratitud le sienta: vierte una luz apagada, como de otoño, sobre un porte que debió de ser demasiado altivo. Se ve que no ha dormido. Bajo sus grandes ojos negros se abren valles violáceos.
-¿No me esperaba ya? -se disculpa Zamora. Ella se mantiene en la penumbra, a la defensiva:
-Jamás espero a nadie. -Y sin embargo, cuando le franquea el paso, aprieta las manos de Zamora con calidez-. Tengo malos presentimientos. Es lógico, en un día como éste. Siéntese, hombre, siéntese. ¿Quiere un poco de te? -Ella se pone de pie, en tensión-. Oiga: el silencio. Han dejado desiertos estos lugares. Hace un momento, cuando me asomé al balcón y vi las calles, sentí que una tragedia se nos venia encima. Ya habrá oído usted, Zamora, lo que repite la gente: que las masas van a quemar el barrio norte apenas Perón ponga los pies en Buenos Aires. Una familia de aquí abajo se fue ayer a Mar del Plata. Llevaron las joyas, los cuadros, los animales. Estaban aterrados.
-Usted no debe preocuparse -la consuela Zamora, él también levantándose-. El propio Perón no permitirá que nada pase... Ha dicho que viene en prenda de paz y no creo que esté mintiendo. Ya pronto va a morir. Le interesa pasar a la historia con limpieza.
A medida que sus ojos van acostumbrándose a la oscuridad, Zamora descubre que la casa está en desorden y que, en verdad, doña Mercedes Villada Achával de Lonardi ha vacilado, durante algunas horas, entre irse o quedarse. En un rincón de la sala hay dos pequeños baúles abiertos, vacíos. Detrás. presidiendo un horizonte de muebles enfundados, cuelga un retrato al óleo del general Eduardo Lonardi, con el bastón de mando y la faja presidencial. De un samovar de plata afloran los vapores del té. -La historia, la historia... -ella menea la cabeza, escéptica.
-Nada se ve desde aquí. Tal vez, no sé, haya gente en la Plaza de Mayo. Pero las orillas, señora: eso es un río. He tardado más de una hora entre Lands y el centro. Al salir de Monte Grande, mi coche quedó trabado por una orquesta de bombos que medía dos kilómetros. Omnibus, camiones, chatas destartaladas están regados por las calles, de cualquier modo, bloqueando el paso. Es como si el país entero estuviera hipnotizado.
-Las vísperas del Milenio... -insinúa ella.
-Tal cual. La Argentina asomándose a los abismos del fin del mundo. ¿Ha oído usted la radio? -Prefiero no oír -contesta ella, mientras sirve el té-. La radio me deprime.
-En un informativo han dicho que el almirante Rojas ha puesto trampas en su casa, para defenderla contra un ataque de las masas. Está instalado en un sillón, frente a la puerta de entrada, con un revólver de seis balas. Si los asaltantes consiguen romper el cerco, disparará las primeras cinco y con la última (dicen) se suicidará. Ha dado unas declaraciones muy pomposas, llenas de ira -Zamora consulta un mugriento cuaderno de notas-. Oigalás, es una cita textual: "El tirano que hoy regresa para infamar al país representa la farsa del hijo pródigo, trayendo nuevos errores y peores designios en el fondo de su insondable perversidad...".
-¡Mamarracho! -se le escapa a doña Mercedes. Y como si la invectiva la hubiese despertado de pronto a otra realidad, clava la mirada en Zamora-. ¿Qué busca usted? Dígame la verdad. ¿Qué hará con todo lo
que yo pueda decirle?
El ha estado esperando esa pregunta:
-Y usted, ¿qué me dirá? ¿Se quedará callada, temiendo la venganza de Perón? Soy yo el que le pregunto: ¿Es de las que prefiere que la historia se escriba sola?
-Yo nada importo ya. Pero el general Lonardi es sagrado. A él nadie me lo toca. Tantos periodistas han contado cosas que no sucedieron, tantos han armado y desarmado la historia con mala fe, que ya no sé, no sé... Es difícil creer que usted será distinto.
-Tengo que ser distinto, señora. No escribo una biografía, como los demás. No busco explicaciones. A nadie juzgo. ¿Quién soy yo para decir que éste obró bien o mal? Lo mío es más sencillo: me interesan las causas, no los fines; las fuerzas que empujaron a los hechos. Fijese en este número especial de Horizonte: hay un enorme hueco. El titulo promete la vida entera de Perón, y no es la vida entera: sólo una parte. El General queda suspendido en el apogeo de su gloria, subiendo al paraíso con Evita. No lo verá vencido allí, ojeroso, con pánico, aguardando casi diez años después, en una cañonera paraguaya, la piedad de Lonardi. ¿Sabe por qué no llegué hasta el final? Porque me faltaba el principio. Lea estos párrafos de la revista: no hay una sola línea sobre la tragedia griega que vivieron su marido y Perón el 2 de abril de 1938, en Chile. En ese punto se dibuja un blanco.
-Los hermanos enemigos... -suspira doña Mercedes, fatigada, sentándose.
-Esa es la tecla que me interesa tocar -apunta Zamora-: Caín y Abel. Rómulo asesinando a Remo para que la ciudad (la historia) lleve la marca de su nombre. El Asvin rojo y el Asvin negro de los Vedas galopando a la par, uno en la luz y el otro en las tinieblas, como si el carro que conducen corriera por la perpetua margen del crepúsculo...
-Déjeme saber qué ha escrito usted, Zamora. Quiero entender a dónde va, qué pretende con esto. Zamora le tiende un ejemplar de la revista. Vacila. Siente una brumosa inquietud por dentro, pero hacia afuera sólo exhala calma.
-¿Me permite ver la televisión, señora? Sólo un instante. Eseiza estará hirviendo ya. Y podremos ver el
palco de cerca... Doña Mercedes se encoge de hombros.
-Véala usted si quiere. Yo no. Y discúlpeme ahora. Voy a darle la espalda.
Va hacia el escritorio, en la penumbra. Se pone los anteojos, se refugia bajo la luz de un quinqué, y en Horizonte lee:

Después del golpe de 1930 los militares se pusieron de moda. Casi todos los sábados las niñas de sociedad daban un baile para honrar a los heroicos cadetes que las habían salvado de la chusma. Un signo de que los uniformes ablandaban hasta los corazones más conservadores fue el matrimonio que concertaron por entonces Mercedes Villada Achával, cordobesa de vetusto abolengo, con el teniente de artillería Eduardo Lonardi, hijo de un músico italiano que tocaba en las retretas de los pueblos. Pero entre bambalinas, la enfermedad del poder desgarraba al ejército. Ansioso por aplacar los apetitos del general Justo, el presidente Uriburu lo eligió comandante en jefe. Durante un par de semanas ambos fingieron una luna de miel. Justo ubicó a sus hombres de confianza en los puestos de mando y entregó la renuncia, esperando su turno. El capitán Perón, que aún navegaba entre las aguas de un bando y otro, fue destinado a la Secretaría de Guerra. Le confiaron misiones de importancia durante pocos meses. Luego cayó en desgracia. Descalzo, su mentor, había sido alejado de la escena: era jefe de un remoto distrito militar, en Formosa. Sarobe, otro teniente coronel que lo trataba con simpatía, fue despachado a la embajada en Tokio.
A medida que el prestigio de Uriburu se desmoronaba, Perón iba exhibiendo con mayor desenfado sus flamantes simpatías por Justo. En mayo de 1931 lo retiraron de la Secretaría de Guerra y lo mandaron a investigar si todo estaba en orden en las fronteras patrias. Como quien dice: Salí a ver si llueve. Caminó desde Formosa hasta Orin entre ciénagas que por la noche devoraban a los animales y por la mañana se convertían en campos de flores pestilentes. Anduvo en mula desde La Quiaca hasta San Antonio de los Cobres por unos desiertos lechosos cuyos habitantes vestían pieles de guanaco y hablaban en un idioma de gárgaras y mocos entreverados.
Cierta mañana de calor terrible le avisaron que lo habían ascendido a mayor, lo que no significaba una simple mudanza de jerarquía. A partir de aquel momento era un jefe: tendría que mandar más que obedecer...

Doña Mercedes saltó la barrera de algunas páginas que abundaban en descripciones de paisajes patagónicos y en reflexiones retóricas sobre el "tejido siamés" que junta, según Perón, los destinos del ejército y de la patria. Se detuvo en las referencias a Chile. Eran sólo paréntesis dentro de una larguísima cronología:

1937: Nuestro béroe ha conquistado Chile. Los agregados militares de cien países lo eligen para que los represente ante el mandatario Arturo Alessandri en las fiestas de la Independencia. Una ovación premia su elocuente discurso. El presidente de la república lo invita a la fiesta íntima que dará dos días más tarde. Allí, Perón se gana para siempre la amistad de Alessandri. A los postres, canta con voz desafinada pero vívido sentimiento el tango Cambalache, al que califica de rapsodia ética del alma argentina. El funcionario chileno Luis Villalobos, quien conoció a nuestro héroe en aquel ágape, recuerda que al final del tango confundió la letra y que el doctor Alessandri, cortés, se lo hizo notar. Con acompañamiento de bandoneón a cargo de Potota, nuestro héroe había cantado:

¡Siglo veinte, cambalache problemático y febril... El que no llora no mama y el que no mama es un gil

(Y el presidente le apuntó: el que no afana es un gil, / el que no afana)
Los sólidos afectos que Perón -ya con el rango de teniente coronel- siembra en Santiago se ponen de manifiesto en marzo de 1938: cuando es objeto de innúmeros agasajos con motivo de su regreso a Buenos Aires, donde el ministro de Guerra le ha reservado un trascendental destino...

-Esto no es serio, Zamora -se vuelve doña Mercedes, quitándose los anteojos-. ¿Y usted quiere complicar al general Lonardi en una chismografía del mismo estilo?
Zamora no la oye. Por discreción, ha reducido a cero el volumen del televisor. Aun así, brotan unos sonidos tormentosos que tal vez sean los cánticos de la muchedumbre o el vozarrón del locutor. La cámara merodea entre la muchedumbre, desorientada: cruza unos pastizales desiertos, desfila sobre campos de letras como si trazara las huellas de un hormiguero, se congela sobre la fotografía incompleta de Isabelita, que unos obreros se apresuran a rellenar: le falta el hombro aún, un pedazo de oreja, el moño del rodete. Unos camiones descargan, a la vera del palco, cestos llenos de palomas. Los músicos de la orquesta sinfónica pretenden afinar sus instrumentos. ¿Zamora?, repite doña Mercedes, y esta vez él la mira con azoramiento, como si desembarcara de un mar prohibido. ¿Cestfini?, pregunta ella, ofensiva. ¿Fini, la mascarade degoivante? Y desde la penumbra del quinqué le tiende un fajo de manuscritos. -Tenga, Zamora -ordena, agitando los papeles-. Aquí tiene la historia que Eduardo y yo vivimos con los Perón en Chile, hace treinta y cinco años. La he copiado de mis cuadernos durante toda la noche. Hay allí más de lo que usted espera.
Ella se pone de pie y camina hacia la luz, gallarda. Por un momento, la edad parece desprendida de su cuerpo, como si se hubiese roto la crisálida de su belleza y la luz de antaño se pusiese a volar. -Publicaré tal cual su historia, línea por línea.
-No vaya usted tan rápido, Zamora. Hasta muy tarde, anoche, mis hijos me aconsejaron que no le entregase nada. ¿Por qué a ese hombre, por qué tan luego a él?, me dijo Marta, la mayor, que está escribiendo un libro de homenaje a su padre. Y la verdad es que yo tampoco lo sabia: porque a usted, Zamora. Ahora, mientras leía esta sucia revista, tuve la revelación. Porque usted conoce el otro lado de la historia, el lado de Caín. Porque si me ha llamado, fue por algo. Dios es justo, ¿se acuerda? Dios es justo: el santo y seña con el que Eduardo derribó a Perón.
Su lenguaje de cólera avanza con serenidad, como si fuera un dogo amaestrado al que tiran de una traí-lla, hasta que algo la traiciona: toma la taza de té y una gota le cae sobre la falda inmaculada. En ese punto, Zamora y ella sienten la oscuridad de un trueno en la plaza San Martín, a dos cuadras. Ambos han pensado en una lluvia profética, pero no lo dicen: la lluvia roja del fin del mundo. Doña Mercedes se asoma a la ventana y aparta los visillos. Hay sol. El trueno cae otra vez con la torpeza de un animal agonizante. Ahora el trueno se enreda con un zumbido monótono, da un salto de langosta, se vuelve voz, grazna con la inequívoca melodía, qué grande sos, Perón, Perón.
Zamora está preparado para el trueque. Ha traído una carpeta llena de viejos recortes y la despliega. -No le voy a contar el otro lado. Voy a mostrárselo para que se sorprenda. Pocas veces oirá en un solo drama tantas pasiones que se contradicen. Empiece por aquí. Lea este informe de los corresponsales de Horizonte:

ACTO I. Perón llegó a Santiago en marzo de 1936, por el paso de Uspallata. Hasta diciembre de 1937 vivió en el barrio de Providencia -y no en el de Nuñoa, como suele decirse-, acaso en la calle Diego de Almagro. A las siete de la mañana comenzaba su trabajo en una pequeña oficina del pasaje Matte, cuyas ventanas daban entonces a los jardines privados del embajador argentino. Vale la pena describir este pasaje donde se desencadenará el drama que selló los destinos de Perón y Lonardi. Está ubicado frente a la Plaza de Armas. Sus cuatro bocas de salida dan a las calles Huérfanos, Ahumada, Compañía y Estado. Las tiendas exudan humedad. En sus escaparates rancios se ofrecen artesanías de las provincias: pailas de cobre, riendas de cuero, ceniceros de greda. La embajada argentina se concentraba allí, en un quinto piso, sobre la calle Ahumada.
Afuera, se abría una ciudad mísera, entorpecida por falanges de pordioseros. Roberto Arlt, que pasó por Santiago en 1937, la describió así en una carta a su madre:

Esto es peor que África. La gente no come prácticamente. Para nosotros los argentinos que traemos dinero, la vida es barata; para los nativos sumamente cara. Las estadísticas demuestran que un chileno come ocho gramos de carne al día. Las dos terceras partes de la capital están formadas de conventillos coloniales. Conventillos de una cuadra de largo, con tejas de la época de San Martín...

Para los agregados militares era entonces trabajo de rutina -tanto en Santiago como en Buenos Aires-conseguir planos, mapas, estadísticas, informes de maniobras y documentos estratégicos del otro país. Jugaban a la guerra, al espionaje, al patriotismo. El presidente chileno Arturo Alessandri, hombre de izquierda, no aceptaba con buen humor esos cambalaches militares. Desde comienzos de 1935 el ejército y la marina lo asediaban con peticiones de dinero para modernizar el armamento. Necesitaban pretextos: un enemigo ilusorio, un espía incauto, la sombra chinesca de una guerra proyectada sobre el indefenso Estado. Perón, que preveía esas amenazas, tejió su telaraña en la penumbra, retrocediendo una vez y otra en el momento de actuar. Lonardi con inocencia, quiso hacer méritos y mordió el anzuelo. Hay tres versiones de la historia, y las tres son implacables con Lonardi. Los diarios de la época omiten a Perón. Cuentan (no hay que perder de vista los detalles) que desde por lo menos un año atrás los servicios de inteligencia militar chilenos seguían la pista de un ex oficial del ejército, Carlos Leopoldo Haniez, a quien se creía interesado en vender documentos secretos.
El jefe de los servicios, coronel Francisco Japke, urdió una sucesión de trampas. Ordenó a dos antiguos camaradas de Haniez que reanudaran la amistad con él y se fingieran cómplices. Hubo -relata el semanario Ercilla- "vinos maravillosos, alegres comidas, brindis interminables".
Los documentos debían ser vendidos a través de Guido Arzeno, un argentino que representaba en Chile los intereses de la compañía Artistas Unidos. Arzeno vivía en el departamento 311 del pasaje Matte. Japke ordenó que le intervinieran el teléfono y se disimularan micrófonos en el vestíbulo. Alentado por sus camaradas, Haniez soltó la lengua.

El agregado militar de un país vecino -dijo- se interesaba por comprar documentos inútiles a precio de oro. Ofrecía setenta y cinco mil pesos por el plan de movilización del ejército chileno y veinticinco mil más por el informe secreto sobre las últimas maniobras. Un capitán ganaba doscientos pesos por mes. Los argentinos les pondrían, sin esfuerzo, una fortuna en las manos.

Los amigos de Haniez simularon conflictos de conciencia. Dijeron al fin que sí. Fijaron una cita para el sábado 2 de abril, a las ocho de la noche, en el departamento de Arzeno.
Aquí es preciso detenerse y recapitular. Quien había seducido a Haniez era Perón. A mediados de marzo, Perón regresó a Buenos Aires. En una cita última con Haniez, le habría dicho: "Hombre, no se preocupe. Mi sucesor, Lonardi, ya tiene órdenes de cerrar el trato. A donde vaya usted con los documentos llevará él la valija con el dinero".
En la noche del viernes 1°, el oficial traidor recibió un juego falso de mapas y estadísticas, amañado por Japke. Al día siguiente, una patrulla policial irrumpió en el pasaje Matte. Lonardi fue sorprendido cuando fotografiaba los papeles con una máquina Contax. A sus pies estaba la valija repleta de dinero. Los detectives incautaron sesenta y siete mil pesos.
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Tres días más tarde, el gobierno argentino dispuso el inmediato regreso del agregado militar y le formó un tribunal de guerra. El matrimonio Arzeno fue expulsado de Chile. Haniez purgó su pena en una prisión militar durante dos o tres años. Alguien lo vio en lima en 1941, vestido como un dandy, saliendo de una boite.

ACTO II. Declaraciones de la señora María Teresa Quintana, hija de quien fuera embajador argentino durante los sucesos.
Conocí a Perón muy de cerca. Mi padre, Federico Máximo Quintana, le profesaba un espontáneo afecto, y lo invitaba un par de veces por semana a banquetes y almuerzos. Aún retengo su imagen, fresca y patente. Era un hombre chispeante, sumamente refinado. Llegó a Santiago en los primeros meses de su viudez y se comportó con especial devoción católica. Cuando debió partir, se le brindó una despedida excepcional en la embajada, a la que asistió el propio canciller chileno.
Por esos días llegó el nuevo agregado militar, mayor Lonardi. No era tan brillante como Perón y mi recuerdo de su estampa es vago. Por candidez o torpeza se vio enredado casi de inmediato en una historia de espionaje que afectó mucho a papá...

ACTO III. Declaraciones de doña Enriqueta Ortiz de Rosas de Ezcurra, esposa de quien fuera cónsul general en Santiago entre 1933 y 1942.
¿A Perón? ¡Cómo no! ¡Claro que lo recuerdo! El día en que me lo presentaron le comenté a mí marido. Andrés: ¿Viste a ese tipito? Piensa que puede llevarse a todo el mundo por delante. Se cree superior. La embajada era por entonces un club de buenos amigos. Estaba Ludovico Lóizaga, Tulio de la Rúa, Adolfo Béccar y Federico, el embajador, con quien Perón tuvo un horrible incidente a la semana de llegar. Federico lo invitó a comer. Las mujeres fuimos todas vestidas de soirée. La mujer de Perón, ¡pobre!, resultó un fiasco. Era una cosita... ¿qué le diré?, insignificante. Yo, de pura curiosa, le pregunté a Perón qué impresión se había formado de nuestro cuerpo diplomático. Me contestó con una guarangada. Dijo que a nuestros maridos los mandaban al exterior más por sus apellidos y relaciones que por sus reales conocimientos. Hay muchos asnos sueltos, dijo. Yo los arreglaría con un mes de instrucción militar. Imagínese cómo pudo terminar aquello: ¡un hielo! Con un ademán elegante, Federico nos insinuó que pasáramos por alto el atropello. Supe que la embajadora, disgustadísima, dijo que si se repetía la guarangada, ella misma lo echaría de la mesa.
Perón debió de sentir el vacío porque sólo de vez en cuando se presentaba en las recepciones de la embajada. Me dijeron que alternaba con militares chilenos y que hasta intentó embaucar a uno de ellos en no sé cuál misterio de espionaje...

ACTO IV. Declaraciones de Carlos Morales Salazar, autor de un Estudio exegético de la doctrina jus-ticialista.
El periodismo chileno se despreocupó del caso. Todos sabemos que los agregados militares no cumplen otra función que la de espiar: cuando van a un país, van sólo a eso. ¿A qué más podría ser? A espiar y a buscar armas. Perón le sirvió a Lonardi una breva en bandeja y éste se dejó atrapar. ¿Por culpa de Perón? ¡No! Por imbécil. Es lógico que Lonardi no perdonara nunca el terrible traspié y le echara la culpa a quien, siendo su hermano, acabaría por ser su peor enemigo.
Perón es muy astuto, muy hábil. Si algo hizo, nadie le probó nada. Y la historia chilena ya le extendió patente de inocencia. La prueba está en que cuando vino de visita, siendo mandatario, mi país lo recibió con toda clase de honores y a nadie se le ocurrió mentar el desdichado episodio de 1938.

-¡Dios mío! -suspira doña Mercedes, cubriéndose con una mano el cuello-. ¿Así, con esta clase de harapos, escriben la historia ustedes, los periodistas? -Se incorpora. Unas ojeras púrpuras le han envejecido la mirada.
-¿Con estas indecencias? Voy a perder en el trueque con usted Zamora. Debí haberlo previsto. Le daré la verdad a cambio de una sarta de mentiras. No es culpa suya, no. ¿Cómo podría culparlo? La culpa es de Perón. Todo lo que ha pasado por sus manos se infecta. Los hombres, el ejército y este país de... -iba a decir: de mierda. La palabra se agota en un zumbido y no sale de su boca- ...este pobre país. Y ahora estamos dándole una segunda oportunidad. Fijesé usted...
Se vuelve con tristeza hacia el televisor. Flamea una bandera. Un cerco de hombres emponchados, con anteojos oscuros, sube lentamente por el terraplén hacia el palco, en Eseiza. La cámara se acerca lentamente hacia la imagen descomunal de Perón, fotografiado de civil, adusto. Una brizna de sorna le aviva la mirada.
-Han completado a tiempo la foto de Isabel -descubre Zamora-. Ya le han puesto el codo. Y ahora, vea: la envuelven en banderas.
Doña Mercedes no lo escucha. Con la mano en el cuello, como defendiéndose de la oscuridad que ahora tatúa los silencios del aire desde infinitas partes.
-Nadie ha tenido aquí una segunda oportunidad. Ni San Martín, ni Rosas ni Lonardi. Este país es cruel. Es insensato. Sólo hay segunda oportunidad para los canallas.
De los papeles que ha tomado Zamora se desprende un malestar físico, la rémora de una enfermedad que debió de durar toda la noche y que sólo ahora, extenuada, se disipa. Son papeles que han sentido mucho y han quedado convaleciendo de sus sentimientos. Se les nota. En la primera hoja del diario de doña Mercedes las palabras están cortadas por el borrón de un dibujo -¿el perfil de una mujer, una ciudad vista desde arriba?-, y sobre las dos últimas se descascaran sendas memorias fúnebres: la cartulina con la fotografía de Potota que recuerda su muerte, y el aviso del diario El Mundo invitando al entierro. Mientras hojea los papeles, cae sobre Zamora la irrefrenable glotonería de los chismosos. Quisiera hincarles el diente ahora mismo.
-¿Puedo? -dice, y de inmediato se turba, ¿qué hago en el medio de todo esto?, nada me pertenece, he llegado a esta historia como un intruso. Deja caer una disculpa desatinada: -Lo siento.
-Aquí no hay suficiente luz -advierte doña Mercedes, con las manos sobre la falda, ocultando la mancha nimia de té-. Es mejor que se acerque a la ventana. Lee Zamora:
Santiago, Santiago: Cordillera, páramo, paso. Dios mío, qué lejos. Qué terrible si viajáramos de noche por estos parajes. Páramos, pasos. Envidio a Eduardo, mi marido. Cuánta confianza en el destino. En estas inmensidades, cordilleras, no sé confiar. Dios nos ampare. No sé confiar.

Doblan unas campanas, a lo lejos.
-¿Campanadas a esta hora, en este día? ¡Qué raro! Vienen desde la iglesia del Socorro... -Zamora se precipita hacia el televisor-. ¿Será el avión que llega, tan temprano?
-Si está preocupado, venga, oiga las noticias -consiente doña Mercedes desde un sillón, en la penumbra. Está de espaldas a las ventanas y a las imágenes, pero en verdad pareciera darle la espalda a todo. Los helicópteros zumban sobre la muchedumbre. El televisor profiere un llamamiento asmático: "¡Ensayemos!... Momentito, compañeros. A ver, a ver... ¿Cómo vamos a recibir a nuestro General cuando llegue? Ensayemos... Uno, dos... ¡Tres! Los muchachooos peronistaas...". La voz enronquece. Zamora comprende. También las campanas han tenido un desliz, una súbita descortesía. No saben qué hacer con el silencio de la mañana: tan espasmódico, cavernoso. Apaga el aparato y vuelve a la lectura del diario de doña Mercedes:

(Dibujos: círculos, flechas. ¿Una ciudad o una montaña?) El viaje resultó muy cansador. Sucedió algo ridículo, pero terrible. La más chiquita de mis hijas perdió el chupete. Crucé la cordillera encerrada en el baño, para que los otros pasajeros no sufrieran su llanto.
Llegar a la estación de Santiago fue un alivio. Olvidamos todas las molestias cuando pisamos tierra chilena. Mi marido y yo estábamos llenos de ilusiones. El puesto de agregado militar significaba un cambio completo de vida. Durante un par de años tendríamos cierto bienestar económico: un paréntesis en esa rutina de contar los centavos y andar restringiéndonos en los gastos.
Desde mediados de 1937, Eduardo -que tenía ya el grado de mayor- esperaba que lo mandaran en una misión al extranjero. Al principio lo eligieron para una gira de estudios por Alemania. Era la usual antesala de quienes, al regresar, enseñarían en la Escuela Superior de Guerra. Pero se movieron algunas influencias en su contra y fue desviado a Chile.
Perón nos esperaba en el andén con Potota, su esposa. Yo no los conocía. Me impresionaron muy bien. Eran simpáticos, amabilísimos. Ya nos habían conseguido un departamento en el residencial Lerner del pasaje Suóercaseaux, y ellos mismos, para que nos sintiéramos menos solos en los primeros tiempos, habían dejado su casa en el barrio Providencia y se mudaron allí. Todo estaba previsto para recibimos: el vestíbulo lleno de flores y frutas heladas para mis hijos.
Nuestros maridos trabajaban juntos. Patota y yo éramos vecinas. Por las tardes, salíamos en el auto de Perón a visitar la ciudad. Acababa de cambiar su voiturette por un Packard nuevo e insistió mucho en que no desaprovecháramos la ganga del status diplomático para comprarnos un coche. "Metanlé, que así sale regalado", nos decía. Los sábados salíamos a bailar, yo siempre con Eduardo. Era lógico, entonces, que termináramos enlazando una fraternal amistad.
Advertí de inmediato que los Perón eran un matrimonio muy unido. Cada vez que Potota se refería a él, la boca se le llenaba de orgullo. Un atardecer, recuerdo, caminábamos juntos detrás de nuestros maridos. Los dos iban de uniforme. Estaban imponentes. Potota me dijo, con expresión vivaracha: "Mirá qué figura tienen. Qué buenos mozos son. No descuides a Eduardo. Las mujeres chilenas son unas águilas. Inteligentes, atractivas. Y sobre todo, entradoras". ¡Potota era celosísima! Y Perón también: a los dos les gustaba la vida hogareña. Ella cocinaba y arreglaba la casa; él se la pasaba leyendo papeles. Eduardo y yo veíamos por entonces a muy poca gente. Como éramos recién llegados, no conocíamos casi a nadie en la embajada. Alternábamos con los matrimonios Ezcurra y Lóizaga y, por supuesto, con el embajador Federico Quintana, cuya mujer, Clementina Achával, era parienta mía. La vecindad y la gentileza de los Perón nos iban acercando a ellos naturalmente. Los veíamos a diario.
Releo mis apuntes de aquellos tiempos y paso por alto una sarta de anécdotas menudas. ¿A quién podrían importarle? Veo por aquí un recuerdo del 7 de febrero.
Potota se ha quejado de malestares. Trastornos de mujeres. ¿Qué te dicen los médicos?, pregunto. Bah, nunca me encuentran nada. Hablamos de los Quintana. Según ella, detestan a los agregados militares. Dice: Cada vez que van a dar una fiesta me duele la cabeza. Desde los dormitorios, en los altos de la casa, los chicos nos tiran zapatos y papeles. Les han enseñado a mostrarnos mala voluntad. La tranquiliza No será para tanto, Potota.
Eduardo se sorprendió bastante cuando Perón le dijo que tenía órdenes de permanecer dos meses más en Santiago. No era lo acostumbrado: un oficial debía ceder su puesto casi de inmediato a quien lo relevaba Nos pareció un detalle trivial. Faltaban pocas semanas para que Justo entregara el mando al nuevo presidente, Roberto M. Ortiz. Yo pensé que se trataba de una cuestión protocolar. No era así. Sin saberlo, Eduardo y yo avanzábamos hacia una enorme desgracia.

Una noche salimos a bailar. Hacía calor. Los hombres confiaban en nuestra discreción y hablaban libremente delante de nosotras. A Eduardo le inquietaban los malabarismos ideológicos de Alessandri, que tanto se entendía con los conservadores como con el Frente Popular. A Perón le divertían muchísimo esos enjuagues. Dibujaba flechas en los manteles para marcar por dónde iba la táctica y por dónde la estrategia. No sé en qué punto se desvió el tema.
-He descubierto algo muy grave -dijo Perón-. El gobierno chileno está interesado en provocar un incidente fronterizo con la Argentina Si el truco da resultado, habrá movilización de tropas. El Parlamento ha rechazado aquí una nueva partida para la compra de armas. Pero ante la inminencia de una guerra, tendrá que ceder. Alguien se ha ofrecido a venderme por una bicoca todos los documentos: el plan del incidente, las maniobras de movilización. Como es lógico, el Estado Mayor argentino está informado de todo. Ya hemos comenzado a negociar la compra.
Le preguntó a Eduardo qué órdenes había recibido del ministro de Guerra, general Basilio Periné. -Colaborar en todo con usted -respondió mi marido.
-Voy a ponerlo en contacto con un argentino gauchazo que se llama Guido Arzeno -dijo Perón-. A través de él haremos la operación.
Aquella noche nos quedamos hablando hasta muy tarde con mi marido. Yo tenía la impresión de que a Perón no le gustaba ser relevado de su cargo. había empezado un difícil trabajo de espionaje y seguramente deseaba completarlo él. Nuestra llegada era un estorbo. Eduardo me disuadió. Me dijo que no fuera ingrata Que recordase con cuánta cortesía nos habían atendido, con cuánto afecto. Pero desconfiaba de la facilidad con que su predecesor había conseguido los planes. ¿No será una trampa?, me dijo. Estaba incómodo porque Perón había metido a un civil en un asunto delicado, que comprometía la seguridad del país.

El 20 de febrero Roberto M. Ortiz asumió la presidencia. Pertiné fue sustituido en el Ministerio de Guerra por el general Carlos Márquez. Una tarde, salimos a caminar por la Plaza de Armas. Nos detuvimos en una confitería
-Me han ordenado volver a Buenos Aires -anunció Perón, de repente-. El 5 o el 6 de marzo nos vamos en el Packard.
-¿Cómo? ¿Y aquel asunto de los documentos? -se inquietó Eduardo.
-Lo he dejado ya listo. Lo único que debe hacer usted es abrir las manos, y los documentos le caerán como una breva pelada. Lo que sí le recomiendo es que no use la embajada para la operación. Use la casa de Arzeno.

Un hombre siempre recibe avisos de la conciencia: no hagás esto o aquello. Algunos le llaman presentimientos. Otros, escrúpulos. Eduardo tenía oprimido el corazón. No le gustaba nada entrar en aquella telaraña, pero a la vez no quería que lo confundiesen con un cobarde. Para colmo, por aquellos días nos enteramos de que Perón, con el pretexto de controlar la seguridad de la embajada, revisaba los papeles que los funcionarios arrojaban a los cestos.
Sentimos un cierto alivio cuando se fue. Hubo algunas despedidas en las que todos fingíamos cordialidad
pero ya no hablábamos con la misma confianza, ya entre los Perón y nosotros nada era lo mismo. A mí
me daba lástima Potota, que amanecía cada vez más demacrada. Poco antes de irse, me dijo:
-Estoy sangrando todo el tiempo, Mecha Y ningún médico me descubre nada.
-Ya vas a ver cómo se te cura todo en Buenos Aires -la consolé-. Estás así de pura melancolía.

Todos ya saben lo que pasó después. El 2 de abril, a las ocho de la noche, Eduardo fue detenido por oficiales de inteligencia chilenos mientras fotografiaba los planes que un ex teniente, de apellido Hanier le había ofrecido a Perón. Allí cayó también el matrimonio Arzeno. Allanaron mi casa. De la caja fuerte se llevaron los quince mil pesos argentinos con que se pagaría el trabajo. A la tarde siguiente Eduardo recibió un telegrama desde Buenos Aires. Debíamos regresar con urgencia. El viaje terminaba. Pocas veces una mujer habrá sentido, como yo, que sus ilusiones se perdían tan injustamente. Llevábamos en Chile poco más de dos meses. Eduardo se había comportado con extremo tacto y honor. ¿Y así tendríamos que marcharnos. con la cabeza gacha?
No soy de las que se dejan derrotar con facilidad. Resolví entrevistarme a solas con los Quintana y pedirles ayuda.
-Mi marido ha cumplido con su deber -les dije-. Pero el gobierno chileno se ha excedido. Mi casa fue allanada. Corresponde que ustedes hagan una reclamación diplomática. Federico me miró con extrañeza, como si yo estuviera loca.
-No me diga eso, Mecha. ¿Cómo pudieron allanar su casa? Piénselo bien. ¿No lo habrá soñado? A veces, en las crisis, la imaginación de las personas se descontrola...
Salí desesperada. A la mañana siguiente, encontré la respuesta en "El Mercurio". El Ministerio de Relaciones Exteriores chileno no presentaría reclamaciones diplomáticas a Buenos Aires. Y Buenos Aires, por su parte, se callaría la boca. El pacto se había sellado a costa de mi felicidad y la de Eduardo.

Quince días estuvo mi marido arrestado en el hotel Savoy de Buenos Aires. A mi hermano Clemente le dijeron que lo darían de baja. Una vez más, decidí actuar. Si toda esta horrible historia empezó con Perón, debía terminar con él. Dios (me dije una vez más) es justo.
Llovía a cántaros. Las calles de Buenos Aires estaban inundadas. Tomé un coche de plaza y me presenté en el departamento de los Perón, que vivían por entonces en la calle Arredondo casi esquina Obligado. Me abrió la puerta él, con mal disimulada sorpresa. Jamás lo olvidaré. Vestía una robe de chambre a lunares y unas pantuflas combinadas, blancas y marrones. Mis nervios se quebraron y a duras penas contuve los sollozos.
-Usted es el único que puede salvar a Eduardo -le dije-. Cuente la verdad en el Estado Mayor. Adviértales que usted y mi marido cumplían órdenes de Pertiné. Que usted urdió la trama: habló con Haniez, consiguió la plata e hizo el contacto con Arzeno. Que usted lo dejó a Eduardo con todo listo ya, para que le cayeran los documentos como una breva pelada. ¿Lo recuerda?
-No tengo nada que ver -me contestó con sequedad. Estaba de pie, y yo también, empapada-. Si su marido echó a perder las cosas no es culpa mía. Yo fui claro con él. Le previne que no fotografiara esos documentos fuera de la embajada. Me sorprendió tanto cinismo:
-¡Perón! ¿Cómo puede hablar así? Yo misma estaba delante cuando usted le aconsejó a Eduardo que no metiese a la embajada en esto. Por la seguridad de nuestro país, le dijo. Y no había confusión en su tono: usted se lo ordenó.
-No entrevere las cosas, Mecha. Yo jamás hablé así Y ahora, por su bien, váyase. Las mujeres no deben meter la nariz en los asuntos del Estado. -Entonces, ¿no hará nada? -Váyase -repitió él.
Y yo, de tonta, mientras salía, saqué fuerzas de no sé dónde y le pregunté:
-¿Cómo sigue Potota?

Aquella misma tarde vi a Eduardo en el hotel Savoy. Lo encontré muy deprimido. Y las diligencias que yo había hecho a escondidas de él lo pusieron peor. Me recriminó con ternura. Luego se atormentó pensando qué habría querido decir Perón con aquella amenaza. "Váyase, por su bien". "Por su bien". Mi marido rara vez perdía los estribos. Pero esa tarde, la cólera fue, poco a poco, subiéndole a la cara. Me pareció que el cuerpo se le llenaba de ceniza: era él, pero por dentro sólo tenía ceniza. Me dio miedo. Se levantó del sillón y miró a través de la ventana. Llovía espantosamente. Yo sentí que los huesos se me helaban. Eduardo levantó un puño contra el cielo de Buenos Aires.
-Dios lo hará tragarse las palabras -dijo, con los dientes apretados-. Dios se las cobrará, una por una. Un amigo, Benjamín Rattenbach intercedió por Eduardo ante el ministro de Guerra y le salvó la carrera. El tiempo nos fue aplacando la ira. En setiembre, supe por un aviso fúnebre que Potota había muerto. Fui en silencio a su tumba y le llevé unas flores. Me quedé largo rato, rezando y meditando. Salí, sin darme cuenta, toda bañada en lágrimas.

Recordatorios, polen de margaritas, recortes amarillos: las memorias que ha copiado doña Mercedes llegan a las últimas páginas con la lengua afuera. Hay borrones que inclinan sus rayas como los árboles, y abajo un río de palabras o de sauces tristes.
Ella sigue de espaldas. Ha encorvado el cuerpo para que se refugie por completo en la penumbra, y sólo las manos van y vuelven bajo la intemperie del quinqué, hojeando las fotografías de Horizonte. El cuerpo se ha desentendido de lo que tocan las manos, como si temiera que los recuerdos ajenos -los recuerdos de Perón- pudiesen clavarle sus aguijones de garrapata en la sangre.
Zamora sepulta los papeles en los ajados nichos de la carpeta que ha llevado consigo, y por última vez se vuelve hacia el televisor. Lo que ve ahora lo decepciona: tediosas placas de bienvenida.

AL GRAN ARTIFICE DEL REENCUENTRO NACIONAL /
ACLAMA SUPE AL SIMBOLO DE LA UNIDAD /
LA COOPE RATIVA POPULAR CANGURO SALUDA JUBILOSAMENTE
AL GENERAL DE LA LIBERACION ARGENTINA Y LATINOAMERICANA /
PADRE Y MAESTRO PATRIO LIROFORO PATRIARCA,
MAGICO PATRIMONIO DE LA CELESTE BARCA NACIONAL
HOMENAJE DE AUTOMOTORES ROTA-RT

Es poco más de mediodía. Nada pasa en Eseiza.

TRECE

CICLOS NOMADES

Si el teniente coronel pinta la raya colorada en el pizarrón y ordena que por ahí no pueden entrar los zurdos, no entran y se acabó. ¿Para qué, si no, está el palco, ah? Para que lo cuidemos con la propia sangre, digo yo. A uno por uno va el teniente coronel pidiéndonos un estimado de la situación. ¿Y voz cómo la vez, Arcángelo?, dice ceceando (no termino de acostumbrarme a eso: que cecee). Yo la veo fácil, digo. La veo absolutamente dominada.
No tendría que haber llegado tarde a la reunión, pero ha llegado. Cuánto de tarde, no sé. Ya la explicación del operativo ha comenzado pero el teniente coronel me la repite porque me sabe de fierro, tiene fe ciega en mí. Me acomodo atrás, al lado de la puerta. En seguida se ha llenado de humo el cuarto pero ni siquiera podemos abrir las ventanas. Reserva máxima. En el hotel internacional no hay cuarto que no esté podrido para siempre, el tufo a pucho se ha pegado a las cortinas, a las alfombras, a todo. Cuánta nicotina suelta. El pulmón del fumador (decía Daniel, me acuerdo) es como un panal de cucarachas. Aquí estamos los doce que llaman Elegidos. Lito, que ha venido detrás de mí, se sienta en la cabecera de la mesa, presidiendo, a la izquierda del teniente coronel. A la derecha está una compañera muy nerviosa, medio jovata ya, pura fibra, comiéndose las uñas. Es la única mina por la que Lito Coba se saca el sombrero. Norma se las ha jugado enteras en la resistencia, me ha contado más de una vez. Tiene unas pelotas así de grandes.
Lito es muy piola, un compinche, cuando lo veo me da... no sé, como un sudor en el corazón. Fue un poco bruto al principio conmigo, pero con la experiencia que tengo ahora comprendo que esas iniciaciones fuertes son necesarias para un hombre, lo templan a uno, le van enseñando a que uno se tenga más confianza. Al entrar me ha guiñado el ojo y me ha pasado un papelito que dice: Azí ez Eseiza, Azieze ze iza, capicúa. Y me quedo riendo solo, porque nunca el teniente coronel se queda con Eseiza y punto. Siempre la letanía, Azí ez Eseiza. Y ahora vengo a caer en que a lo mejor es como una cábala. El palco está dibujado clarito en el pizarrón, con los accesos bien marcados y los puntos débiles por donde pueden infiltrarse los zurdos dentro de un círculo de tiza roja. Desde lo alto del palco se domina el abanico de la multitud. A las tres de la tarde tendremos ya dos millones y medio de personas, calcula el teniente coronel. Presten ahora la mayor atención, nos dice. Y yo copio:

-Zituémonoz en el palco. En la parte de atraz no hay nada: ez un área reztringida de kilómetro y medio con trez cordonez de zeguridad. Impazable. Eztudiemoz el flanco derecho: a dozientoz metroz eztá el Hogar Ezcuela N° 1... (Circulo verde: ese bastión nos pertenece.)
...que ya eztá zirviendo como punto de abaztezimiento. Comidaz, zentro de primeroz auzilioz, arzenalez, ahí eztá todo. Zi alguno tiene la mala zuerte de caer herido, ze refugia en la ezcuelita. Fijenzé aquí, junto al terraplén...
(Otros círculos verdes y una barra.)
...el pazo eztá bloqueado por una ambulanzia. No hay médicoz adentro. Hay quinze zuboficialez pezo pezado que a la menor alharaca zalen a reventar. Zon lo que llamaremoz fuerza de dizuazión. No tienen armaz. Zólo pedazoz de manguera con rellenoz de plomo. ¿Ven eza barra de tiza?: ez un cordón de mili-tantez emponchadoz, con diztintivoz verdez. Bajo loz ponchoz llevan una ferretería completa...

(A la izquierda la cosa es igual: una pared de acero. Tenemos un Dodge blindado, un camión que podemos usar como tronera, una guardia de Halcones armados con escopetas de doble caño, y en la zona de riesgo, los famosos trescientos metros que debemos defender con la vida, ya se han tendido barreras con alambres y cables para que ahí se aposten los sindicatos de mecánicos y de la carne y los durañones de la Unión Obrero Metalúrgica. El punto neurológico es, como vuelve a insistir el teniente coronel, el palco. Ahí se jugará todo):

...Azí ez Eseiza, muchachoz. Cuando la vemoz en el pizarrón noz pareze que la tenemoz dominada. Pero no la tenemoz. Vamoz a enfrentarnoz con un enemigo de mucho calibre. Gobbi ez el rezponzable del palco. Como a ezo de laz doz, una columna de treinta mil zurdoz intentará copar la cabezera de la manifez-tazión metiéndoze por loz flancoz. Ya lez conozen la conzigna. La patria zozialista. Avanzarán dezde atráz del palco con un movimiento de pinzaz...
(El teniente coronel dibuja unas flechas coloradas que se incrustan en las defensas verdes.) Alguien pregunta:
-¿Y cómo van a meterse por atrás si está previsto que no pasen?
-Azí ez Eseiza. Dejándoloz entrar evitaremoz un prematuro derramamiento de zangre. Loz enzerraremoz dentro de nueztro zerco. Una vez adentro, ze identificarán elloz zoloz y loz podremoz neutralizar con mayor fazilidad... Uzaremoz la eztrategia de Anibal en la batalla de Cannaz... Zólo muertoz pueden zubir al palco. Hay que rechazarloz a cadenazoz, con mangueraz, piolaz... Diztraerloz zoltando laz palomaz y loz globoz. Y zólo zi haze falta, dizparar. Conviene que ahorremoz munizión. Ya he trazado un cuadro máz o menoz completo. ¿Preguntaz, dudaz?...

(Nadie habla.)
-...¿Gobbi? -reclama el teniente coronel. -Para mí todo está claro. Yo la veo fácil -digo. La jovata se pone de pie. -Manos a la obra, entonces. ¡La vida por Perón!
Eso. La vida por Perón. No hay otra. Yo me pregunto qué vienen a buscar los zurdos. Para mi la cosa es volver al 55 y chau. Patria peronista. Un pueblo, un jefe. Con el General mandando, en menos de un año somos de nuevo Argentina Potencia. Por eso me dan los zurdos tanta bronca. ¿A qué viene tanta franela con Fidel Castro y Salvador Allende? Eso del socialismo irá con los subdesarrollados muertos de hambre, no con nosotros que comemos carne todos los días. Otra que palomas y globos les daría yo. Plomo. Corte de alas. Este país sólo se arregla con una mano dura. Horcas. Una hoguera en el medio y que arda todo el zurdaje. Limpieza. Purificación. ¿Cómo fue que dijo el General? El día en que se lance a colgar el pueblo, yo estaré del lado de los que cuelgan. Eso. A los amigos, todo. A los enemigos, ni justicia. Lito me ha dicho: de vos se pide que no tengás piedad, Arcángelo. Cuando llegue la hora de amasijar, con nadie tengás piedad. Si fuera necesario, ni siquiera conmigo. Lito, ¿con vos? ¿Cómo podés hablar así? Y me ha vuelto a sudar el corazón.
Esta noche, sea como fuere, el cuerpo de Evita quedará vacío para la eternidad. Cuando llegue la hora de la Resurrección Universal, otra será su estampa, por otro nombre la llamará el Señor, las notas musicales de su signo astrológico estarán ya cambiadas. Vacío quedará el cuerpo, pero no habrá mudado de apariencia. En sus venas descansará el mismo río de formaldehído y nitrato de potasio que la mantiene incorrupta, su corazón despertará en el mismo punto del cuerpo cada mañana de la historia, nada empañará la beatitud de su cara. Pero su alma deberá entrar, esta noche sin falta, en el alma de Isabel. Ya todo está dispuesto en el santuario. Antes de que amanezca, Tauro hallará reposo en la casa de Agua. Es propicia la Luna. En una sola línea se concentrarán Urano y Mercurio, los planetas regentes. Los cuerpos deberán quedar orientados hacia el nortenoreste. La hora del tránsito, dicen los astrolabios, ha de ser la intermedia entre la puesta y la salida del sol: once minutos antes de la una de la mañana, 19 de junio de 1973. De las siete palabras que habrá de pronunciar, López conoce cuatro: la bengalí, la persa, la egipcia y la aramea. Aún le faltan la china y la sumeria. La séptima -lo sabe- se forma combinando ad infinitum los sonidos de Eva: Vea, Vat, Ave; sólo le falta establecer el orden en que deshojará las letras.

Es preciso, por lo tanto, cambiar los planes del General: pasar por alto la siesta, sumirlo en la lectura de las Memorias hasta que caiga la noche, y luego distraerlo con visitas que no pueda esquivar. A las once, después de las noticias, López le dará un té y lo pondrá en la cama. Necesitará un cómplice ciego y sordo, alguien que no malicie ni pregunte. Ya lo tiene: nadie mejor que Cámpora.
El secretario baja las escaleras del claustro con agilidad de oso, casi colgado del pasamanos, avanzando más rápido que los suplicios de sus callos plantares. Al pasar por la cocina, ordena que demoren el almuerzo. (Yo chasquearé los dedos cuando estemos listos.) Y ya, en el escritorio, descubre a Cámpora: de pie y engominado. Con efusión, se le prende del brazo.
¿Cómo vamos a permitir que se vaya el General sin una reunioncita a solas con los amigos más íntimos? Está esperándola desde hace días y no se atreve a pedirla. Armelé una sorpresa, presidente... (¿Presidente?: Cámpora enarca las cejas. López, que ha entrado en el gabinete como ministro de Bienestar Social, jamás le ha concedido semejante trato.) Yo le arreglo el intríngulis doméstico. Por ese lado quedesé tranquilo. Llame a doña Pilar Franco. Aviselé al embajador Campano...
(Cámpora cierra los puños, en guardia. Nada bueno presiente. ¿A qué vendrá toda esta gentileza del secretario después de una semana de relaciones frígidas y desplantes contra su autoridad de mandatario? Poner distancias es lo mejor. Tiene un pretexto incontestable.)
Hoy, Lopecito, no. Hagámoslo mañana, la noche antes del viaje. ¿O se ha olvidado ya que el General y yo hemos pautado para las nueve y media el agasajo a Franco en La Moncloa? No podemos fallar. Sería un desaire de órdago.
Presidente: ya hemos llamado al Pardo para disculparnos. No iremos. Ellos han comprendido. Habló conmigo el jefe del protocolo español y dijo: Nos parece muy lógico que el general Perón prefiera no salir. Un conductor enfermo es un Estado enfermo. Que Dios Nuestro Señor le dé muy pronta cura. Ima-ginesé, Cámpora. La verdad es que hoy el General amaneció de nuevo con una fiebre de 37,4. Tiene casi ochenta años. Se nos olvida eso. Vaya usted a su fiesta de La Moncloa, qué remedio le queda. Pero mandemé aquí a doña Pilar, a don Licio Gelli, a Valori con la mamá... Y dígale a sus hijos que vengan, Cámpora. Ellos no han saludado al General todavía. El presidente se desarma: ¿Mis dos hijos?
Hombre, claro que sí. Son de confianza. Encarguelés que a eso de las diez se lleven a los invitados para otra parte. Es bueno que hoy acostemos al General temprano. Voy a esconder la música. Si a doña Pilari-ca le tocan el flamenco ya no hay quien la detenga. Esa mujer es pólvora. Mañana, con más tiempo, podré ir con usted a un par de ceremonias. Como ministro me corresponde, ¿no? Anoche mismo el General me dijo: López, ¿por qué lo tiene tan abandonado a Cámpora? Ya que yo estoy enfermo, acompáñelo usted. Mire cuándo me viene a dar la orden: ¡faltando sólo un día para que nos vayamos!

Emocionado, el presidente ya no duda más. Algo ha ocurrido. El humor de la casa, hasta ayer tan adverso, sopla de pronto a su favor. Se le humedecen los ojos y aprieta un hombro del secretario: Yo sé que usted ha hecho mucho. ¡Se lo agradezco tanto!
Una vez más, todo sucede a un tiempo, como en el teatro. El secretario chasquea los dedos. Isabelita bate la puerta del comedor y llama: ¡El almuerzo, el almuerzo! Se quedará con nosotros, ¿verdad, Cám-pora? Y al General la voz le viene resbalando desde los dormitorios: Hombre, ¿qué le ha pasado? Lleva ya casi un día perdido. Lo extrañábamos... Poné un cubierto más, Chabela.
¡Ay!, no, señor. Imposible quedarme. (Al presidente le tiembla la barbilla.) Por mí, yo estaría más aquí que en cualquier otra parte. Usted lo sabe. Pero me tienen de un lado a otro, desfirmando los tratados y cartas de colaboración que firmó el régimen militar antes de nuestra victoria. He venido tan sólo por una consultita de emergencia. ¿Cómo hará el protocolo en Barajas con nuestra despedida? Usted es el poder, mi General, pero no tiene rangos oficiales ni títulos. Cuando el Caudillo se dirija a usted, ¿cómo habrá de tratarlo? Yo he mandado una nota confidencial, pidiendo que le den jerarquía de jefe de Estado. Y a mí, lo que les plazca. Soy, como todo el mundo sabe, un servidor. Pero aquí son muy puntillosos. Ya me han mareado las consultas y tuve, una vez más, que recurrir a su seriedad, señor. ¿Qué camino seguir?
A las tres de la tarde, sentado entre los hocicos de sus Memorias y mamotretos, solitario en el claustro, con la frazada ovillándole las piernas tiesas (ya un poco varicosas, tan de repente azules: como si les cayera encima, adelantado, el frío de Buenos Aires), el General se conduele de aquel pobre vicario que ahora está librado a lo peor de la borrasca. Decidaló usted, Cámpora. Finja su protocolo como le dé la gana. ¿Yo qué tengo que ver con estas infecciones del poder? Estoy en otra cosa. Me amortiza la edad. Me he jubilado ya hasta del exilio. Tréncese usted con los turiferarios del Caudillo. Y a mí dejemé aparte. Con que me lleven hasta el avión me basta. Y es de sobra. De Buenos Aires no espero sino trabajo y sufrimiento.
Abre al azar una de las carpetas de Memorias y el pasmo de la guerra se le viene a los ojos. Lee:

Cuando volví de Chile ya la tensión se respiraba en todas partes. Se veía que el planeta estaba por estallar de un momento a otro...

(Mi destino insistía en los ciclos nómades. Yo emigraba, la historia retrocedía. Ya estaba acostumbrándome. Si me acostaba río, me preparaba para amanecer laguna. ¿Acaso desvarío? A ver la página de atrás, qué dice):

...y en las últimos cartas que le mandé al teniente coronel Enrique I. Rottjer le planteaba mi afán de circunvalar el país a pie, reconocer el desierto desde el lago Vilama hasta el salar de Arizaro, avanzar luego por la línea de las altas cumbres a través de los lagos, y una vez en Cabo Vírgenes, atravesar en un transporte de nuestra Marina de Guerra el estrecho de Magallanes. Me aquejó la viudez. Se postergó el proyecto.

(Me confundo. ¿Qué fue después, qué antes? Ahora que pienso en cuántas veces entré en los cementerios de Milán cuando la Eva todavía no estaba allí enterrada, me trastabilla el tiempo en las entrañas. ¿Por qué la eternidad no sucede completa en un instante? ¿Por qué no es ya un asunto terminado lo que debiera suceder mañana? ¿O es que las cosas pasan así, en ráfagas: es que ya todas las cosas han pasado y uno ni se da cuenta?
Un mes llevaba de viudez. Era octubre de 1938. El ministro de Guerra me ordenó hacer un viaje de reconocimiento por el sur patagónico. A cargo de la expedición estaba el coronel Juan Sanguinetti, quien venía de servir dos años en la embajada de Berlín. Desembarcamos en Comodoro Rivadavia y avanzamos por tierra hasta el lago Argentino, en unos automóviles destartalados. A Sanguinetti lo había impresionado Hitler vivamente: es un volcán, decía. Arrasará con todo. ¿Anibal, Napoleón? Son aprendices a su lado. No ha estudiado estrategia: ha nacido sabiéndola. Es el Pentecostés de la política: no conoce otra lengua que alemán y sin embargo, un japonés lo entiende. Hablábamos y hablábamos a través de los desfiladeros y glaciares. Yo imaginaba que Hitler era un héroe de dos metros: un coloso de Tebas. San-guinetti me dijo: su aspecto es infeliz. Hitler es un petiso. Abre la boca y crece.
¿Por qué habrá suprimido López Rega estas fermentaciones ténebres de aquel tiempo? A ver, a ver. Por dónde le habrá dado):

A principios de 1938 me llamó a su despacho el ministro de Guerra, general Carlos Márquez, uno de los mejores militares que he conocido. Tenía bastante confianza conmigo. En mis tiempos de cadete, él había sido instructor del Colegio Militar, y luego fue mi profesor en la Escuela de Guerra "Vea Perón", me dijo. "La guerra mundial ya se nos viene encima. No hay poder humano que la evite. Hemos hecho todos nuestros cálculos, pero la información de que disponemos es muy insuficiente. Las agregados militares nos dan más o menos cuenta de lo que pasa en su esfera, pero cuando estallen las hostilidades, el noventa y nueve por ciento de lo que suceda será un fenómeno político: un asunto de los pueblos más que de los ejércitos. Usted es profesor de Estrategia, Guerra Total e Historia Militar.
No hay hombre más adecuado para enviarme la información que necesito. Elija un lugar para ir." Alemania o Italia: otras opciones no había. Pedí veinticuatro horas para pensar. Veamos, me dije. Hitler había convertido al Reich en un reloj perfecto. En menos de cinco años, las obras públicas y la industria de guerra habían bastado para liquidar la desocupación, aumentar la reserva de divisas y poner en marcha una industria pesada. Yo había leído Mein Kampf por lo menos dos veces y conocía otros buenos libros sobre Hitler y su doctrina. En Italia, después de la ocupación de Abisinia, el Duce se aprontaba para invadir Albania. Su popularidad y su carisma encendían la imaginación de toda Europa. Hitler mismo admitía que Mussolini era su maestro.
Pero lo que me decidió a favor de Italia fue mi dominio del idioma. Puesto que debía entrar en contacto con el pueblo, en Alemania poco tenía que hacer. Yo hablo el italiano tan bien como el castellano, y si me apuran, hasta mejor.
Caí primero a Merano, donde aprendí en pocos meses los secretos de la guerra alpina. Luego asistí a unos cursos de ciencias puras en Turín y de ciencias aplicadas en Milán. Se me aclararon muchos conceptos y se me disiparon muchos prejuicios, especialmente en economía política.
Todo me apasionaba. Yo vivía deslumbrado. Me sentía en el corazón de una experiencia histórica tan importante como la toma de la Bastilla. Tal vez más. El modelo de sociedad que se forjaba en Italia era completamente nuevo: un socialismo nacional. Veamos cómo es eso.
La revolución de los soviets había ejercido una influencia profunda en Europa. Lenin y Trotski, sus ejecutores, hubiesen querido que la mecha encendida en Moscú prendiera de inmediato en Berlín y Madrid. Pero no. Las ideas bolcheviques encontraron en las fronteras de Europa occidental una muralla infranqueable. Lo que pasó al otro lado, en cambio, fue el socialismo de Lasalle y Marx, pero con las características propias de Italia, Francia y Alemania. Justamente hay que buscar allí la verdadera causa de la Segunda Guerra: en la evolución acelerada que provocaron los movimientos ideológicos de Occidente. Yo veía ya los nubarrones de la tormenta cuando se firmó el tratado de Munich. Me dije: Esto es apenas un paréntesis, Los maratonistas se han detenido para tomar aliento. Lo peor se avecina. Y así fue. A los pocos meses de llegar yo, el Duce invadió Albania y los alemanes firmaron un tratado de no agresión con los soviéticos. La guerra se desencadenó casi en seguida. Yo aproveché para estudiar el frente oriental. Viajé a Berlín en tren. El pueblo alemán trabajaba unido y los enemigos de Hitler, que luego fueron tantos, no se veían por ninguna parte. Los oficiales de la Wehrmacht se mostraron muy amables conmigo. Yo conversaba con ellos un poco en francés y otro poca en italiano. A veces champurreaba unos gruñidos en alemán, pero a ese idioma sólo el diablo y los alemanes pueden hablarlo. Me llevaron a la línea de Loebtzen, en la Prusia oriental. Al frente, los rusos tenían la línea de Kovno-Grodno. Los jefes eran amigos entre sí y yo iba de un lado al otro con entera facilidad. Me interné bastante por la Unión Soviética en vehículos militares.
Ya de vuelta en Berlín, leí algunos comentarios mal intencionados que los corresponsales norteamericanos publicaban en su país. Describían el fascismo y el nacionalsocialismo como sistemas tiránicos, lo que tal vez fuera cierto: pero no se detenían a observar la magnitud del cambio social que estaban produciendo.
En Italia me propuse desmontar el proceso y ver cómo se iban ajustando las piezas. Verifiqué un fenómeno muy interesante. Hasta el ascenso de Mussolini al poder, la nación italiana iba por un lado y el trabajador por otro. Nada tenían que ver. El Duce sumó todas las fuerzas dispersas y las movió en una misma dirección. Las corporaciones medievales resurgían, pero ahora como auténticos motores de la comunidad. Los sacrificios del pueblo no eran vanos: se trabajaba en orden, al servicio de un Estado perfectamente organizado. Y pensé para mí, esto es lo que Marx y Engels han estado buscando por caminos equivocados. Aquí se dan, de modo más realista y acabado, las utopías de Owen y Fourier. Esta es la verdadera democracia popular: la igualdad, libertad y fraternidad del siglo XXI.
Yo no conocía entonces los campos de concentración en los que Hitler domesticaba, con una cierta crueldad, a las minorías insumisas del Este. Pero en Italia, donde todo el mundo es como nosotros -sentimental y un poco barullero-, no eran necesarios los rigores teutónicos.
Viví casi dos años esa experiencia de oro. Vi a España desolada por las hambrunas de la guerra civil. Y me quedé algún tiempo en Portugal, que era entonces un foco de espionaje. Pero no podía dejar Europa sin conversar con Mussolini.
El 10 de junio de 1940 Italia entró de lleno en la guerra. Varios batallones de "bersaglieri" se internaron en Francia. El Duce habló desde los balcones del Palazzo Venezia para dar la noticia. Yo lo escuché, confundido entre la inmensa muchedumbre. Vi a campesinos calabreses con los ojos fijos en aquel gran hombre, como si fuera un cometa que pasaba. Vi a las mujeres del pueblo abrazarse y llorar del entusiasmo, todo a un tiempo. Oí cantar Giovinezza, dar vivas a la patria, al Imperio y al Duce. Arrastrado por aquellas fiebres de júbilo, canté también unas estrofas: "Eia, da, alold".
Al día siguiente, a través de la embajada argentina, pedí una audiencia. No me la dieron sino para el 3 de julio, cuando el Duce volvió de una inspección por el frente occidental. Entré directamente a su despacho. Estaba casi a oscuras. Un quinqué alumbraba de pleno su cabeza imponente, afeitada. Escribía. Por un momento, no levantó la vista. Luego me vio, y vino a mi encuentro con la mano tendida. Me preguntó por la moral de las tropas alpinas. Le dije la verdad: que no había ejército mejor preparado paro combatir en la montaña "E vero, e vero", sonrió. "Sono bravissimi i miei Alpint" Tuve ganas de abrazarlo, pero la solemnidad del lugar me contuvo. Junté mis tacos y, por única vez en la vida, en vez de hacerle la venia, lo saludé con la diestra en alto, a la manera fascista. Hoy se interpretaría mal ese gesto. No lo hice con intención política, y podría no contarlo si quisiera porque no hubo testigos. Pero me importa reivindicarlo como un homenaje de militar a militante, de incipiente a sapiente.
Gasté mucha saliva en explicar, cuando volví a Buenos Aires, el régimen complejo de todos esos huracanes. En una conferencia que di la víspera de Navidad, en 1940, recurrí a la metáfora del agua. Los pueblos -dije- avanzan como el agua: con esa misma táctica. Una vez que toma el agua la línea de máxima pendiente, corre. Si se construye un dique, trata de infiltrarse. Si el basamento del dique no le deja paso, entonces se cuela por los costados y rebasa los muros. Si nada puede, pega. Horada y pega, hasta que un día lo destroza todo. Cuando Alemania perdió la guerra, fue como si el dique se hubiera roto. Avanzó el agua por Europa. Y ahora la marea la trae hacia nosotros. Tal es la época que nos toca vivir.

(López, ¿qué lo impacienta? ¿A qué tanto trajín en el santuario? Yo esperaba estar solo. ¿Ahora qué hace, urdiendo de cuclillas entre las soledades de ahí arriba?
Nada es, mi General. Que pongo en orden todo antes de irnos. Quito el polvo, reviso los fusibles, inquiero por el techo buscando filtraciones. Si hago ruido, discúlpeme. Por leve que uno baje, la escalera de caracol porfía en crujir. Y no me dan descanso estos pies planos.
Huele a yerba usted, López. A canela. ¿Y aquellas serpentinas que anda cargando? Dejemé ver: la otra, la violeta. ¿Qué han escrito en el borde, con letritas tan chicas? Suena como catinga: "Saravá Oxalá / Sara-vá Oxum Mari / Que assim soja!". ¿Marroquí, eh? ¿Galaico?
No sé, mi General. Son cintas que andan perdiendo las criadas cuando limpian. Las riegan por la casa. ¿Cómo va su lectura? Ya son más de las tres.
Algo le falta a estas Memorias, López. No sé qué puede ser. Ya los recuerdos que fueron a la Segunda Guerra no son míos. Los leo y me parece que siguieran viviendo por su cuenta. Vea esto, por ejemplo: ¿quién soy aquí, diciendo lo que sigue?):

En 1941 tuve varias reuniones secretas para informar a los oficiales superiores sobre los cambios que se avecinaban. El nuevo ministro de Guerra, Juan Tonazzi, me comprendió de inmediato, pero los generales cavernícolas que lo secundaban me acusaron de comunista.
Intentaron sacarme de circulación. Sin darse cuenta, me hicieron un favor. Fui a parar a! Centro de Instrucción de Montaña, en Mendoza. El país se pudría y entre tanto yo, quedándome a un lado, conservaba mi prestigio intacto.
Las corruptelas desgarraban al ejército. Un sector de oficiales nacionalistas quiso sublevarse, pero la conspiración se desinfló sola, víctima de modorra El país entero parecía dormido, roncando con lentitud catamarqueña. Sólo se despertaba para la inmoralidad y el fraude. Nuestro sagrado uniforme había caído tan bajo que hasta algunos cadetes del Colegio Militar aparecieron en una redada de homosexuales. Fue un gravísimo escándalo. Se tapó como pudo, pero la institución salió de allí con un ala dañada. Mi prédica empezó a dar frutos en el verano del 41. Diez o doce coroneles jóvenes que habían oído mi última conferencia secreta se presentaron en Mendoza y me ofrecieron su adhesión. "No hemos perdido el tiempo", me dijeron. "Hemos organizado ya una fuerza monolítica dentro del ejército. Si usted quiere, podemos tomar el poder en veinticuatro horas." Era el núcleo inicial del GOU, Grupo de Oficiales Unidos o Grupo de Obra de Unificación, como también se llamaba. Por su idealismo, por su pureza, por el desinterés de sus miras, aquel conjunto de hombres pudo fundar una Argentina indestructible, justiciera, capaz de bastarse a sí misma por mil años. Contábamos con una ventaja que ya no se repitió: no había entre nosotros ni mentores ni aliados civiles. Y por lo tanto, disfrutábamos de orden, discreción y jerarquía. Fue la piedra materna del poder militar en el más sano sentido de las palabras: poder es lo que pone algo en marcha; militar viene de "militares": aquello que pertenece a la guerra. Eso buscábamos: resucitar la idea de la Nación en Armas.

(¿López? Ya basta, hombre. Bájese del santuario. ¿Qué menjunjes le oigo? ¿Qué músicas son ésas? A esta hora no me temple con gárgaras, que desconcentra el tiento de la lectura. ¿No ve? Me ha perturbado hasta en lo que hablo. La señora está en paz. Déjela que descanse. Ya le han dado trajines incontables para su poca eternidad. La Eva, pobrecita. ¿Qué le reza? ¿Qué dice? Ya voy, mi General. Ahora termino y bajo.

OGUN CHEQUELA UNDE CHEQUELÉ
CHEQUELE UNDE
OGUM BRAGADA EA

Véase la mano, López. Se ha lastimado. Vea cuánta sangre.)

El pueblo la imaginaba rubia y de ojos celestes pero Evita Duarte no era como la pulpera de Santa Lucía cuando llegó a Buenos Aires en 1935: no cantaba como una calandria, no reflejaba la gloria del día. Era (dicen) nada, o menos que nada: un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan delgadita que daba lástima. Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte. Se tejió a sí misma una crisálida de belleza, fue empollándose reina, quién lo hubiera creído.
Ni a mí, que la tuve tan cerca, se me pasó jamás tal cosa por la cabeza (dijo la actriz Pierina Dealessi, que la refugió en su compañía de teatro, le fue enseñando a caminar, le pulió la dicción). Cuando la conocí tenía el pelo negro, el cutis nacarado y unos ojos de tal vivacidad y asombro que por eso la gente no se acuerda cómo eran: porque miraban mucho, muy hondo, no se les veía el color. Pero en lo demás la caracha de Evita no decía nada: la nariz era fuerte, medio pesadona; los dientes un poco salidos, y aunque lisa de pechera, su figura impresionaba bien. Sólo tenía unos tobillos gruesos que la acomplejaban. Linda chica, pero nada del otro mundo. Y ahora, cuando me doy cuenta de lo alto que voló, me digo: ¿Dónde pudo aprender a manejar el poder esa cosita tan frágil, cómo hizo para conseguir tanta desenvoltura y facilidad de palabra, de dónde sacó la fuerza para tocar el corazón más dolorido de la gente? ¿Qué sueño le habrá caído adentro de los sueños, qué balido de cordero le habrá movido la sangre para convertirla, tan de la noche a la mañana, en lo que fue: una reina? Esa es la mujer que López Rega quiere instalar en el cuerpo de Isabel ahora, 19 de junio, once minutos antes de la una. Que un alma ocupe a la otra. Pero no es tan sencillo. Son almas desiguales: ¿cómo hará el océano para caber en un río? Y luego, no todas las turbulencias de Evita deberán pasar a Isabel. Si pasaran, López no podría manejarla. De nada le servirían el don de lenguas, el caudaloso amor de la difunta. Pondría un huracán en marcha, pero desobediente.
Toda la vida ha estado preparándose López para este desafió supremo a las leyes de la providencia. Una
y otra vez se ha repetido que, sobrándole los conocimientos, le ha faltado la ocasión. Evita yace ahora indefensa, en un féretro de roble, a la luz de seis lámparas rojas torneadas como antorchas. En la bohardilla que le sirve de sepulcro, a la que Isabel ha dado el nombre de santuario, no entran ruidos, ni las mudanzas de la temperatura, ni los tropiezos de la oscuridad nocturna. La luz es uniforme siempre, las estaciones no van ni vienen: el aire que los purificadores depositan allí se sabe condenado a ser aire de ninguna parte. A la cabecera de la difunta, López ha ordenado que pongan un crucifijo de madera con rayos de metal, idéntico al que hace veintiún años estaba en la capilla ardiente del Ministerio de Trabajo. La imitación es admirable por fuera: el relleno de adentro es de plástico.
Ahora, cuando ha llegado casi el momento de dar el salto y saborear el triunfo, López vacila. ¿No me habrán engañado las fuerzas celestiales y estoy donde no estoy? ¿No será que subieron al santuario tan sólo mis deseos? Y aun cuando fuese real esta fingida alquimia de las almas, ¿qué me sucederá si el espíritu de Evita rechaza el trasplante? !Hay tantas sustancias inarmónicas en la naturaleza: las aceitunas y el pepino, el mango y el arroz, el aceite y el agua! Bien podría suceder lo mismo con estas dos criaturas tan dispares: la una que se alzó de la nada y terminó siendo todo, la otra que pudiendo ser todo está terminando en nada. López se pellizca. Estoy aquí. Aquí. Nada me duele. Entonces, ¿sueño? A los matones que lo custodian les ha confiado su excitación: Voy a tener mi golem, muchachos. Todo lo que Isabel diga de ahora en adelante, saldrá de mi cabeza. Cuando la oigan hablar, miren cómo se mueven mis labios. Voy a ser su ventrílocuo. Los matones asienten. A duras penas han entendido que el amo, ya poderoso, ahora se tornará invulnerable.
A los pies del ataúd, en una palangana, yace degollado el picaflor que López sacrificó a la tarde, mientras el General leía las Memorias. Ha verificado ya que cuando a estos pajaritos se les clava un alfiler en el buche, la sangre brota rápida como el fósforo. Hay que estar muy atento, porque no se puede recoger sino medio dedal. Otro picaflor, vivo, espera su turno en una jaula, con las patas amarradas. A medianoche, López convocó a Isabel en el santuario. Beba una taza de té, señora, y disipe su miedo con unas gotas de hipnótico. Póngase una bata de seda, baje los pensamientos hacia el yo profundo, incorpórese y rece. Bien sabe usted que sufriremos en Buenos Aires los más terribles contratiempos, que allí morirá Perón y cuando quedemos viudos caerán los buitres sobre nosotros. Vamos a prepararnos. Nos hace falta auxilio de un ánima sagrada para escapar sin daño de los peligros. Tiéndase sobre la camilla, señora, junto al ataúd de la difunta, y trate de dormir. Repose con cuidado. Los sueños son aquí muy frágiles y cualquier traspié los puede hacer pedazos.
Cuando siente a Isabel ya relajada, punza el gaznate del otro colibrí y pinta los párpados de la durmiente con la sangre fresca. Mancha los labios de Evita con una huella de sangre. Y se sienta a esperar la hora. Ha dejado su propio cuerpo en varios lugares a la vez. A través de la ventana del dormitorio de la señora descifra las señales del cielo, oye latir a Sirio, desperezarse a Marte, siente la colosal agonía de Betelgeu-se: todo presagia muerte y retorno, arca y ascenso, diluvio y vida. De pie junto a la cama del General, le vigila el sueño. Las visitas se han marchado temprano, felizmente. Y aquí, en el santuario, hueles los olores de tu ansiedad, López Rega, te secas con el pañuelo tu terror al fracaso. Si sólo estás soñando, si estás vistiendo apenas de bulto bello a unas formas sin fondo, pronto se desbaratará tu representación, López, te correrán con burlas de todas partes.
Ya no me queda tiempo. Ahora me concentro. ¿En qué orden haré que fluya el moira de Evita hacia el otro cuerpo, cómo pasar a la ignara Isabel los árboles de soma, las alegrías de Kinvat? Húndete, sueña, húndete: aprende a ser, como la muerta, puente entre el General y los descamisados, abanderada del verticalismo.
A la una menos cinco reza López la primera invocación: BA, en egipcio antiguo, la vocal larga, la consonante respirando a medias para no desgajarse, B A, o sea la potestad de un alma que regresa para vaciarse dentro de una nueva apariencia, B A, soy tu cuerpo, Isabel, te lleno. La discípula, dormida, arruga el entrecejo, exhala un aire amarillo: es el dolor de las agujas que le cosen el alma. López sigue: la palma izquierda sobre la frente de Eva, la derecha en el corazón de Isabel, médium, cuerda de cobre, López de agua, va recitando en sumerio An An, en arameo bajar, en bengalí samsara, en chino dóongo, en persa fravasi, ángeles del cielo y de la tierra, seres sagrados del universo, vean a esta elegida encontrar el fin de sus existencias sucesivas, óiganla, imprégnense de su música de musa, mañana cantara la masa:

Isabel Evita la patria es peronista Evita Isabel Perón un solo corazón.

A la una en punto, seca ya la sangre del colibrí. López aspira el aliento de la difunta y lo vierte sobre los labios de la viva. Jamás ha sido más diáfana la expresión de Evita. A Isabel, en cambio, la cara se le ha llenado de rasguños y ronchas que titilan. Se le transparenta la tensión de los sueños. Parece una guitarra.
De pronto, López se contorsiona y hunde la cabeza dentro del tronco. Asoma sólo el verdor malicioso de los ojillos, como un lagarto. Y vuelve a levantar el cuello. Y a hundirlo. Se calla un instante. Se yergue. Extiende los brazos y lentamente va envolviendo a las dos mujeres con las oraciones rituales de umban-da, las amortaja con las mariposas hipnotizadas de una letanía candombé, salve Shangó, salve Oshald, va evaporándose la pintura de sangre de los párpados de Isabel, salve a lei de quimbanda, salve os caboclos de maiord, ogum mare. ogum, la huella de sangre desaparece de repente de los labios de Evita. Que assim seja!

Al mediodía siguiente López se acerca lentamente a Isabel en el dormitorio del primer piso. Afuera ladran las perras. El sol se atropella en las ventanas. Retirado en algún ultramundo de la casa, el General sigue leyendo las Memorias. Isabel revuelve atareada en unos cajones. Todo está en desorden. Hay papeles de seda tirados, enredaderas de ropas, tripas de cosméticos.
En el sopor de aquel revoloteo, López suelta la última invocación que le ha quedado en la garganta, la definitiva, la que probará para la eternidad cuánto del ánima inmortal de Evita se ha instalado ya en Isabel. Ella tendrá que responder tan sólo Que assim sejd!, y entonces se sabrá por fin si los dos espíritus son uno.
-¿Eva? -la llama López-. Ave, vaé a e, aev a, la morte e vita, Evita. ¿Ah? Isabel se vuelve hacia él.
-¿Cómo dice, Daniel? Venga, hombre, un momentito. Ayúdeme. No puedo encontrar por ninguna parte las chinelas rosas.

CATORCE

PRIMERA PERSONA

He contado muchas veces esta historia, pero nunca en primera persona, Zamora. No sé qué oscuro instinto defensivo me ha hecho tomar distancia de mí, hablar de mí como si fuera otro. Ya es tiempo de mostrarme tal como soy, de sacar mis flaquezas a la intemperie. Vea estas fotografías. Somos Perón y yo, un día de primavera, en Madrid, conversando. Lea estos manuscritos corregidos por la mano del General. Eche una ojeada a esta correspondencia untuosa con Trujillo, Pérez Jiménez y Somoza que me cayó en las manos. Advierta los vocativos con que Perón se dirige a esta santísima trinidad de gobernantes: Hijo ilustre de América, Héroe Bolivariano, Señor Benefactor. Oigalo hablar aquí contra las conspiraciones del comunismo internacional, y allí adular a Castro y al Che Guevara. El General es una interminable contradicción de la naturaleza, un cuerpo de oso con hocico de búho, una cosecha de trigo en el mar. Carece de dibujo. Es un hombre de mercurio. Creo conocerlo bien y sin embargo llevo más de siete años desconociéndolo.
(Zamora escucha. Es poco más de la una de la tarde. En el último piso del diario La Opinión hay una calma de mausoleo. Se oyen truenos. Tomás Eloy Martínez deja de hablar. ¿Lloverá? Recuerda que afuera el cielo está claro, el aire es cristalino, se avecina el invierno con mansedumbre. Tal vez sean bombos. Todo ruido, en estos días, es un presagio. Y hoy más aún, 20 de junio de 1973: los ruidos que salen de sus cuevas es porque algo insinúan. Martínez se siente desabrigado. Quisiera -dice- tener a mis amigos un poco más cerca. Los extraño. Y a mis hijos.
Viven lejos de aquí. Hoy me gustaría saber que me aguardan en el cuarto de al lado para levantarme y besarlos. Ninguno está. Me hacen falta.)
Voy a seguir contándole todo en primero persona porque ya es hora de que las máscaras bajen la guardia, Zamora. El periodismo es una profesión maldita. Se vive a través de, se siente con, se escribe para. Como los actores: representando ayer a un guapo del novecientos y anteayer a Peron. Punto y aparte. Por una vez voy a ser el personaje principal de mi vida. No sé cómo. Quiero contar lo no escrito, limpiarme de lo no contado, desarmarme de la historia para poder armarme al fin con la verdad. Y ya lo ve, Zamora: ni siquiera sé por dónde empezar.
En junio de 1966 una revista que ya no existe me mandó a España para describir en qué había ido a parar aquel país treinta años después de la guerra civil. Peregriné por los pueblos muertos de Andalucía, fui a una corrida de toros en Toledo, gasté las noches bebiendo litros de manzanilla con un poeta extremeño que había perdido un brazo en la batalla de Guadalajara. El 28 de junio llegué a Madrid. Tarde ya, me avisaron desde Buenos Aires que Arturo lllía, el presidente constitucional, había sido derrocado por los militares. Mi revista quería que yo entrevistase a Peron.
Lo encontré al día siguiente. Me recibió en las oficinas de su amigo Jorge Antonio, cerca de la plaza de Castelar. Sobre el escritorio había, recuerdo, un gran retrato del Che Guevara. ¿Peron habló del Che?, quiso saber Zamora.
Poca cosa, y hasta donde sé, nada que fuese cierto. El Che, dijo, era un infractor a la ley de enrolamiento, un desertor. Si caía en manos de la policía, iba a ser incorporado cuatro años a la marina o dos al ejército. Cuando lo estuvieron por agarrar, los muchachos de la resistencia peronista le pasaron el santo. Entonces compró una motocicleta y se fue a Chile. Yo le dije: Qué raro, General. Esa versión no coincide para nada con la historia. ¿Con cuál historia?, me cortó. La que cuenta el Che. ¿Cómo que no coincide?, dijo. Tiene que coincidir.
Estuvimos a solas poco más de dos horas. Al principio, yo me sentía intimidado. Supongo que las manos me temblaban. Era como entrar en una fotografía de ningún tiempo. Todo me sorprendía: sus pantalones de tiro alto que le tapaban la barriga, los zapatos combinados blancos y marrones, los Saratoga que
prendía con unos fósforos Ranchera de papel encerado. Me pareció de pronto que lo estaba viendo en la pantalla de los cines, le oí voz de Pedro López Lagar y Arturo de Córdova. Me sonó adentro un tango de Maria Elena Walsh:

Te acordás hermano del Cuarenta y Cinco cuando el que te dije salía al balcón ?

Tal vez estos detalles le parezcan frívolos, Zamora. No lo eran para mí. Yo estaba fumando un Saratoga con El Que Te Dije. Por primera vez en la vida podía darle la mano a una estampita de Levene o de Gros-so, sentir que un personaje de la historia era algo más que escritura. No me crea tan inocente. Yo había conocido antes a Martín Buber, a Fellini, a Gagarin. Pero aquello que coexistía conmigo dentro de un cuarto de Madrid, a solas, se llamaba Peron. No era un simple hombre. Eran veinte años de Argentina, en contra o a favor. Veía las manchas de su cara, la picardía de sus ojos chiquitos, oía su voz agrietada. Mi país entero pasaba por su cuerpo: el odio de Borges, los fusilamientos de la Libertadora, los gremios revolucionarios, la burocracia sindical, y aunque no lo supiera entonces, también pasaban por allí los muertos de Trelew. Pensé: Aquí está el hombre a quien millones de argentinos le ofrecieron la vida en los rituales de la Plaza de Mayo, ¿se acuerda?, Perón o muerte; el coronel de quien Evita se enamoró tan perdidamente como para llamarlo

mi sol mi cielo
la razón de mi vida.

¿Cómo se puede aguantar semejante peso?, me dije.
Entonces, me le acerqué. Le oí decir exactamente lo que yo esperaba que dijera. Sentí que él siempre adivinaba cómo lo veía el otro; que él se adelantaba a encarnar esa imagen. Había sido ya el conductor, el General, el Viejo, el dictador depuesto, el macho, el que te dije, el tirano prófugo, el cabecilla del GOU, el primer trabajador, el viudo de Eva Peron, el exiliado, el que tenía un piano en Caracas. Quién sabe qué otras cosas podría ser mañana. Tantos rostros le vi que me decepcioné. De repente, dejó de ser un mito. Finalmente me dije: él es nadie. Apenas es Perón.
Bebimos té y jugo de naranja. Me pidió que fuera discreto con sus declaraciones. Vivía en Madrid como asilado, sujeto a reglas muy estrictas. No le permitían hablar sobre politica. Encendí el grabador.

Lo que mandé a Buenos Aires aquella noche no fue un artículo; fue la puntual, escrupulosa repetición de sus frases. Imagine mi desconcierto cuando a las dos de la madrugada un periodista francés me llamó por teléfono al hotel para decir que Peron había desmentido la entrevista. ¿Qué hubiera hecho usted, Zamora?
Mostrar las grabaciones, ¿no es cierto?: destejer la desmentira. En efecto, no tuve otro camino. Un par de horas más tarde las agencias de noticias escucharon mis cintas y reconstruyeron en el despacho número veinte los hechos que habían revelado en el despacho número cinco y luego negado en el número diez. El sentimiento de la razón histórica se me atragantó. Mis nociones sobre la verdad se volvieron un nudo. Recuperé el aliento en la estación de Atocha, cuando subí a un tren que iba para cualquier parte. Con el tiempo fui atando los cabos sueltos, Zamora. El día del golpe militar contra Ilia, el General necesitaba dar una demostración de fuerza en la prensa de Buenos Aires. Confiaba en que los sublevados llamarían a elecciones de inmediato y entregarían el gobierno al ganador legítimo. Yo estaba a mano y me usó como altoparlante. Pero no podía violar las leyes españolas de asilo. Entonces me desmintió sin asco. Sabía que por arrogancia profesional yo sacaría las cintas a relucir. Que sus declaraciones acabarían leyéndose en la Argentina como él quería. La moral política está siempre en las antípodas de la moral poética. Es en ese abismo donde los hombres se desencuentran: es allí donde el político Stalin no puede comprender al poeta Trotski, ni Fidel Castro al Che, ni el fascista Uribum al fascista Lugones. Si Eva no hubiese muerto a tiempo, también ella se hubiera desencontrado con Perón. Eran aves de distinto pelaje.
Déjeme volver al cuento. Poco a poco fui descubriendo que aquella noche de junio, hace siete años, yo había sido el pequeño instrumento de un gran juego. Que así como el General decía exactamente las frases que los otros esperaban de él, también lograba que los otros actuasen como él disponía. No era una estrategia disimulada. Perón mismo me lo advirtió con franqueza, cierta vez que hablábamos de Evita: "La utilicé, por supuesto, como a todas las personas que son utilizables y valen". Un conductor era, para él, la encarnación final de la Providencia. ¿Se ríe, Zamora? Yo también me reí cuando le oí decir que a la Providencia la manejaba él. Pensé que se trataba de un chiste. Pero empezaron a sucederme percances muy raros, y no me reí más.
En marzo de 1970 llamé al General desde Paris y le pedí una entrevista. Me sorprendió que aceptara. Desconfié. Le pregunté si podía ir con un amigo. Dijo que sí.
La noche antes de partir caminé sin rumbo por los laberintos del Barrio Latino. Cuando pasé frente a la catedral de NotreDame, oí gritos, vi correr a unas monjas despavoridas, tropecé con un cordón de policías frenéticos. Un viejo acababa de suicidarse lanzándose desde lo alto de las torres. Al caer, había aplastado a una pareja en luna de miel. El mal presagio me lastimó los sueños. Tuve pesadillas. Me brotaron unas manchas rojas en la espalda, como a Perón.

Hice la travesía en automóvil hacia Madrid con un amigo maravilloso que tiene el don de convertir en poemas todo lo que toca. Encontrar un pajar dentro de una aguja no es algo que le sorprenda. Lo alboroza. Atravesamos muy tranquilos las cumbres heladas de los Pirineos. Pero en un momento dado, el viento entró en el auto y se puso a zumbar. No es el viento, son moscas, dijo mi amigo. Aquello se puso insistente. Abrimos las ventanas. Fue peor. Sentimos unos tajitos en el cuello. Tuvimos que detenemos para secar la sangre. Harto ya, mi amigo recitó un conjuro contra el mal de ojo. En aquel preciso instante se marchó el viento. Cuando retomamos el camino, se nos rompió a los dos la pechera de la camisa. Mi amigo dijo: Es Perón.
Llegamos a la quinta 17 de Octubre un viernes, hacia las tres de la tarde. El General estaba en el jardín, espolvoreando los rosales con veneno contra las hormigas. Se fue a lavar las manos y nos abrazó. Mientras ayudaba a mi amigo a desembarazarse del sobretodo, le dijo que sobretodo y hombre libran un eterno combate, y que si nadie acude en auxilio del hombre, éste pierde fatalmente. Nos reímos. Mi amigo le comentó: Eso podria ser un poema, un hai-ku. ¿Se le ha ocurrido ahora, General? Si, respondió Perón. A cada rato me brotan las parábolas y las alegorías. Pero después leímos que la misma frase aparecía en una entrevista del año pasado, y de siete años atrás.
Nos sentamos. Por distracción mencioné a Vandor, el dirigente metalúrgico que fue su enemigo. Meses atrás, a Vandor lo habían reventado en la guarida de su propio sindicato: dos balazos en el pecho y tres en los riñones, mientras iba cayendo.
Ahí tienen ustedes un tema para pensar, nos dijo. El pobre tenía que terminar mal. Era un individuo inteligente, hábil, pero volaba muy bajo. Cuando quiso volar de veras se hizo trizas, como el mago Simón. Otra parábola, comentó mi amigo. Simón el Mago: el que se creyó Dios. Está en las Actas de los Apóstoles y en los escritos gnósticos del siglo lll.
De allí salió la metáfora: de los gnósticos, dijo el General. Pues bien. En 1968, Vandor quiso verme. Le di cita en Irún, al norte, cerca de Francia. Me confesó sus errores. Se había vendido al gobierno militar argentino y a la embajada norteamericana.
Tenga cuidado, Vandor, le aconsejé. No saque los pies del plato. No es por mí. Yo perdono a todos. Pero usted se ha metido en un lío. Lo van a matar. Está entre la espada y la pared. Haga lo que haga, lo van a matar. Si mantiene sus conexiones con la embajada norteamericana, el movimiento peronista le ajustará las cuentas. Y si en cambio se arrepiente y quiere retroceder, la CIA lo terminará de liquidar. Vandor me miró a los ojos y lloró. ¿Qué hago ahora, General?, me dijo. ¡Sálveme usted!
Le contesté que no fuera idiota. Que si se había metido en un lío tan grande, ni el mismo Dios lo podría salvar. Volvió a Buenos Aires, y ya ve, casi en seguida se la dieron. Yo no sé quiénes fueron las personas que le pegaron los tiros. No necesito saberlo, porque sé quién los mandó pegar. En todo caso, claro, había mucho dinero de por medio, muchos intereses sucios. No era cuestión de ser hábil. Era cuestión de ser decente. Y Vandor no lo fue.
Ah, Zamora. Me sentí levitar dentro de una historia cuyos signos se me escurrían de la inteligencia. Jamás había oído a nadie describir la muerte violenta de un prójimo con tanto impudor, tanta lejanía. Extremé mi torpeza. Le pregunté al General si le había dolido aquella muerte.
Un militar mira la muerte con naturalidad, me dijo. Tarde o temprano, a todos se nos va la vida de la misma manera.
Omitiré las conversaciones que siguieron: durante todo el viernes hasta que cayó la noche, y el sábado por la mañana. Tampoco vale la pena contar, Zamora, los percances del regreso: la lluvia de pájaros que vimos en Soria y el accidente que sufrimos al entrar en París. Me volví paranoico. Empecé a imaginar que mis desgracias obedecían al designio de Perón. Me tranquilicé cuando leí en un libro de Américo Barrios que la cultura del General sobre Simón el Mago no provenía de los tratados gnósticos sino de una película de Jack Palance.
Sólo quiero que sepa cómo fue nuestro último encuentro, dos años después. Era verano. Anochecía. Caminamos por el jardín, hasta la puerta de la quinta. Hablamos sobre perros y árboles. De pronto, Perón se detuvo. Me miró con fijeza, como si al fin me hubiese descubierto y fuera yo el último sobreviviente del universo.
Tomás, me dijo. Usted se llama como mi abuelo. Yo también debí llamarme Tomás. Me confundí. Dejé caer una frase trivial. Luego, sin razón alguna, le aclaré que yo no era peronista. Sonrió. Me preguntó qué significaba para mí el peronismo. Qué recordaba yo de todo ese pasado. Lo único que recuerdo es lo que no he visto, respondí. Algo que jamás podré ver. Lo recuerdo a usted abriendo los brazos y saludando a las multitudes en la Plaza de Mayo. Veo los estandartes que flamean, los coros de obreros que no paran de cantar Perón, Perón, mientras usted sigue saludándolos, largo rato. Por fin, su mano contiene el vocerío. Nadie respira. Miles y miles de personas alzan los ojos en éxtasis hacia donde usted está, en los balcones de la Casa Rosada. En el hueco de aquel gigantesco silencio. se abre paso su voz: ¡Coompañeeros! Le oigo esa sola palabra y luego vítores otra vez, clamores. Mi recuerdo es algo que conocí en los cines, que oí por la radio. Nada que haya pertenecido a mi realidad. Lo vi sonreír otra vez. Se me enredaron las imágenes y el General, en ese instante, volvió a tener cincuenta años.
Todo se puede recuperar, me dijo. Oiga el griterío en la plaza.
Lo sentí. Oí cómo se agitaba la multitud, encendiendo a la ciudad como un torrente de lava. Sobre mi
memoria llovieron las cenizas incandescentes.
En el jardín se hizo de noche. El General abrió los brazos y exclamó:
¡Coompañeero! Su voz era ronca y joven, la de antaño.
Yo le estreché las manos. Y me fui de allí, como quien se desangra.

    

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