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DIEZ
LOS OJOS DE LA MOSCA
El golpe de Estado que me derrocó en setiembre de 1955 fue encabezado por
Eduardo Lonardi, un general temulento que ya me había traicionado en Chile
veinte años antes, y al que por compasión perdoné. No duró en el poder sino
unos pocos meses. Lo reemplazó un general que había sido alumno mío en la
Escuela Superior de Guerra, de nombre Pedro Eugenio Aramburu. Era un hombre
inepto para todo, menos para la perversidad.
Al primero lo liquidó la cirrosis. Tuvo el triste fin que se merecía. Del
segundo se encargará el pueblo alguna vez. El pueblo no dejará sin venganza
los estropicios que nos hizo ese canalla. Aramburu entregó el país a los
intereses extranjeros, fusiló sin misericordia a los patriotas que se le
rebelaron y mandó a esconder o a destruir (sólo Dios sabe eso) el cadáver de
Evita, para que el pueblo no pudiera venerarlo. Esos crímenes nunca quedan
impunes. PERON al autor, junio 29 de 1966.
I
YO MATE AL GENERAL PEDRO EUGENIO ARAMBURU.
Muchas veces ha recordado Zamora la orgullosa cara que dijo esas palabras en
la neblina del café Gijón, Madrid, hace ya dos años. Y ahora vuelve a verla
marchando por el Camino de Cintura, ahora que el fogonazo de aquella cara
única penetra en él como un láser (el hoyuelo profundo del mentón, el pelo
rubio), oye nítidamente las cicatrices que cada sílaba ha ido dejando en su
memoria: Yo lo maté y vos nunca podrás escribirlo. Si lo hicieras, Zamora,
sería tu fin. Te quedarías sin familia. Se acabaría tu historia. Yo ejecuté
a ese hombre. No es tan difícil entender por qué.
Las cosas pasan de dos maneras: o todas de una vez, o no pasa ninguna. ¿Cómo
abarcar hasta la última entraña dispersa de la realidad, y no extraviarse?
Emiliano Zamora, redactor especial del semanario Horizonte, siente de pronto
indefensión y pequeñez. Su Renault 12 avanza entre las telarañas de la
muchedumbre, a contramano. ¿Cómo hacer? ¿Simplemente narrando los tiempos y
lugares tal como ellos se abren paso en las espesuras de la conciencia?
¿Cómo? ¿Con las ovejas de la razón o con la fatalidad de los sentidos?
Quién no se marearía con la opresión de tanta gente. Hasta en los atajos de
lodo de la carretera florecen miles de cuerpos que peregrinan hacia el palco
de Perón en Eseiza. Un batallón de bombos cruza el campo del Tiro Federal,
en Santa Catalina. Cerca de la estación de Monte Grande, los escudos de
guerra de los kioscos congestionaban el tránsito. El Renault de Zamora ha
ido desviándose hacia la izquierda siempre, en procura del centro de Buenos
Aires. (¿Dónde ha leído que doblando a la izquierda se llega infaliblemente
al patio de los laberintos?)
Mientras busca los claros del torrente, con el auto inclinado -vencido casi-
sobre la zanja de la cuneta, Zamora prende y apaga la radio, incrédulo por
los abusos de la imaginación con que los locutores, entre una zamba y otra,
vuelven a la palabra sacra: General.
Una mosca se posa en el espejo del automóvil, afuera. ¿Una mosca volando en
el frío? Tiene azul el lomo, las alas sucias de hollín y ávidos los ojos:
compuestos ojos, de cuatro mil facetas cada uno. La verdad dividida en
cuatro mil pedazos.
Veamos, pues. Soy Emiliano Zamora, alto, calvo, esmirriado de dientes y
esqueleto, huesos manchados, hombre que fuma un Parisienne tras otro. Me he
casado con infelicidad. Vuelvo, en el desamparo, de Eseiza a Buenos Aires.
Bajo la mosca, en el espejo del Renault, cabe la entera postal del
peronismo: las vinchas, los bluejeans de ruedo acampanado, las remeras
cantando que Perón Vuelve y Vence. Y de pronto, el hoyuelo en la quijada:
Nun Antezana.
Yo lo maté, Zamora. Yo ejecuté al general Aramburu.
Qué opresión del gentío. Nun guía una columna montonera interminable: con
anteojos oscuros y un cayado en la mano, como de obispo. Una flaca
vehemente, pelirroja, pastorea la vanguardia del rebaño. En algún lado he
visto esa cara imperiosa, la sangría de esos pelos. En Córdoba, tal vez, en
una casa de la calle Artigas. La he visto en mayo del 69 capturando a una
patrulla de policías y reteniéndola dos horas. Eran un subcomisario y cinco
agentes: rehenes -la oí decir- del plan de lucha, del gremialismo combativo,
del poder popular. La patrulla rehén del Cordobazo. ¿Ana, Diana? Era moishe,
recuerdo. Y ahora se ha pasado al otro bando. Ya no es trotskista. Es
montonera. Sigue a Nun Antezana. ¿O tal vez hoy, 20 de junio, todo será lo
mismo?
Qué mierda. Pensé que la mañana resbalaría tranquila: que al cabo de mi
oceánico parto titulado "Perón: La vida entera / Documentos y fotos de cien
testigos" soplaría un viento de tregua. En el vestíbulo del hotel
internacional, aún eructando el desayuno que devoré junto a los primos y la
ex cuñada del General, yo, Emiliano Zamora, me adormecí. Vi (adiviné, más
bien) a Maria Amelia Frene con la expresión arrobada, escuchando una ópera
en la radio. Vi al capitán Santiago Trafelatti hojear con discreción un
ejemplar de la revista Horizonte. Entendí vagamente que la señorita María
Tizón escribiría la historia conyugal de su hermana Potota para leerla, esa
tarde, ante la prensa. Cerré los ojos. En ese punto del azar, el director de
Horizonte me llama por teléfono.
-¿Zamora? -las eses crepitaron en la línea. El director sembraba las
palabras de tantas eses que, aun entendiendo todo, yo me sentía extraviado
en un patio de piedras de Roseta, sumido en una música de otra época-.
¿Sabés cuánto retraso tiene el avión de Madrid? Dos o tres horas. No
pensarás quedarte ahí rascándote las pelotas. Poné a los viejos en un
ómnibus. Que se los lleven a pasear. ¿Por dónde? Ya deberías tener vos la
respuesta. Por las pistas, los bosques, da lo mismo. Que aprovechen. Hoy
bajan pocos aviones en Eseiza. En verdad, sólo bajará uno. Que te lo arregle
Osinde. De parte mía: a ver si de una vez me paga los favores que me debe.
¿Cómo que no es posible? ¿Parientes de Perón, compañeros de infancia? Che,
¿te volviste tierno? ¡Son unos viejos chochos! Ya los entrevistaste, ¿no? ¿Y
entonces, qué carajo te importa? Ven a la redacción. Sí, señor, ahora mismo.
Me tenés que agrandar la ópera del risor-yimento. Quiero la vida entera del
General, segunda parte. Lo ponés en pantuflas, matando las hormiguitas del
jardín, mirando por la televisión una serie de cowboys. Descifrálo, Zamora.
¿Y encima tengo que decirte cómo? Sin mí no serías nadie. Buscáte a Tomás
Eloy Martínez, de mi parte. Yamálo a La Opinión. Si no te ayuda, decile que
recuerde lo que hice por él cuando era un muerto de hambre. Obedecí. Mi
servidumbre ya es un acto reflejo. Media hora más tarde llegó al hotel un
muchacho de mirada vacía, granujiento, con la pelambre rala. Caminaba
agachado. Bajo el saco le abultaba la pistola. Adiviné: una Walther, 9
milímetros. Lo enviaba Osinde. Habló con parquedad: afuera, dijo, un ómnibus
aguardaba a mis testigos. Recorrerían las pistas laterales del aeropuerto,
visitarían los hangares. Tres agentes de civil custodiarían el vehículo.
Pedí que prescindieran de las armas. Los pasajeros, dije, eran personas
viejas. Aclaré: Son reliquias. Pertenecen al más remoto pasado de Perón. El
hombre de mirada vacía entornó los labios, nunca sabré si con sorna o
asombro. Me tendió la mano. La sentí húmeda, melosa. -Puede confiar. Me
llamo Arcángelo Gobbi.
Vi desaparecer a los testigos de mi historia en un ómnibus encopetado de
banderas argentinas. Y subí, enfermo de presentimientos, al Renault 12.
Enfilé por detrás de los hangares hacia la ruta 205. Vi un grupo de
fotógrafos en la avenida Fair, a la lumbre de unos leños, comiendo. Me crucé
con el obispo Jerónimo Podestá, que había renunciado a las pompas de su
diócesis porque no concebía el servicio al Señor sino en pareja. Iba de la
mano de la mujer valiente que lo amaba.
Vi a mi amiga Silvia Rudni comiendo una manzana y acariciando el aire
fresco. La vi diáfana, libre. En sus ojos brillaba la felicidad de los que
jamás han pensado en la muerte.
Descubrí a Noé Jitrik y a León Rozitchner, ambos poetas, asomados a un
balcón de la avenida Santa Catalina. Discutían, escépticos. Entre los dos,
Tununa Mercado cantaba ¡Oh, solitude!, meciendo a un niño. Leí en una pared,
mal escritos con tiza, los infinitos anagramas que formaban las cinco letras
de Perón. Entendí sólo una letanía. OREN POR PERON, REO. PERON ROE PERO NO
RONPE. PEOR. La mosca empezó a volar entonces por el frió.
Miré por la ventana y me saltó a los ojos la humareda del café Gijón, en
Madrid.
II
Zamora se sumió en la neblina del café Gijón sin saber a quién correspondía
la voz que lo había despertado en el hotel, a las 2 de la mañana: "Voy a
decirle quién mató al general Arambum. Y dónde está el cadáver de Evita".
Alguien lo aguardaría entre las diez y las once de la noche en una mesa
junto a la ventana. ¿Le habían mentido? No. Reconocía el tizne de la mentira
en las voces. ¿Entonces? Intuyó la respuesta cuando Nun Antezana salió a su
encuentro:
-No voy a preguntarte qué tal estás porque lo sé, Zamora. Te hemos visto en
París: a las seis de la tarde, anteayer, en el café Bonaparte. Y la semana
pasada te vimos en Gstaad, con Nahum Goldman. ¿Vas a escribir otra
glorificación de los judíos?
-Estoy en Madrid de paso, Antezana. Y no puedo quedarme, Arregláme un
encuentro con Perón. Nun negó, con una sonrisa.
-Perón se ha ido a la sierra de Guadarrama. Otra vez lo molestan los pólipos
de mierda. Casi no puede mear. Te ofrezco algo mejor. Ya oíste: lo que te
dije por teléfono.
-Es demasiada historia, Nun. No la quiero. Y venga como venga, no la creo.
Si es la verdad, no hay precio para pagarla. De modo que es mentira.
Afuera, el calor encogía los magros árboles. Un editor de pelo cano, barba
desbigotada y capa negra, lanzó una carcajada tenebrosa para llamar la
atención. Una mujer aplaudió. Todos fumaban. Nun sacó un fajo de papeles.
Mostró el título: "Informe al general Perón sobre la Operación Pindapoy /
Comando Juan José Valle". Y tradujo unas firmas: Fernando Abal Medina,
Carlos Gustavo Ramus, Abelardo Antezana.
-Es una historia de justicia -dijo-. Debería interesarte. -¿Cuál es el
precio? -quiso saber Zamora.
El editor de la capa negra esgrimió una boquilla curva y desafió al café con
otra carcajada. Nun entornó
los ojos.
-No hay precio. De eso se trata. Estoy aquí para evitar que la historia se
vuelva mercancía. Tu drama es que sabés, Zamora, sólo una parte de lo que ha
pasado. Eso te vuelve peligroso. No vas a quedarte tranquilo hasta no saber
más.
Alguien apagó unas luces en la barra, detrás de Nun. La penumbra sepultó los
rostros. Sólo se veía el humo.
-Te has equivocado, Antezana. Sé todo lo que necesito saber -Zamora hablaba
tenso, sin señal de jactancia-. Sé dónde han ocultado el cadáver de Evita.
Seguí una huella que descubrí, por puro azar, en Gstaad. Viajé hasta Bonn.
Busqué el cuerpo donde me dijeron: en una carbonera de la embajada
argentina. No había carbonera, sino un jardín. Supuse que allí estaba, entre
los canteros de tulipanes, enterrada de pie. Pero no estaba. Tuve ocasión de
revisar unos archivos. Supe que hacia 1957 había llegado a Bonn una caja de
roble, con libros viejos y papeles, que nadie se tomó el trabajo de abrir.
Era una caja rectangular. La olvidaron en una esquina de la carbonera: atrás
de la embajada, en el sitio donde ahora está el jardín. En el verano del 58,
aquel pequeño escombro de roble fue despachado en un camión, fuera de
Alemania. Averigué que al cruzar la frontera la custodiaban tres hombres:
uno de ellos era un oficial argentino. Las preocupaciones me parecieron
exageradas. Nadie arrumba unos papeles por tanto tiempo y luego, sin
haberlos leído, los hace viajar con tanto celo. No tuve dudas. Era el
cadáver.
-¿Y ahora, qué vas a hacer, Zamora? Te ha caído una brasa en la mano.
¿Publicar la noticia? ¿Darte un baño de fama?
-Ver a Perón. Ofrecerle la historia, Preguntarle cómo la escribiría él si
estuviera en mi lugar. -Para esto te he llamado, Zamora. Para que no perdás
el tiempo. El General conoce hasta la última palabra de lo que vas a
decirle. Que el cuerpo fue confiado al Vaticano. Que lo enterraron en el
lote 86 del cementerio de Campo Verano, en Roma. Es falso. Lo hemos buscado
ya. Ese lote no existe. Zamora se puso lentamente de pie. No expresó
decepción ni sorpresa. Sólo se alzó, hasta que su cabeza desapareció en la
humareda.
-Entonces, todo está dicho. ¿Ya para qué hablar más?
El editor de barba desbigotada envolvió a las dos mujeres con su capa y se
las llevó a la calle. Un ramalazo de insectos se filtró en el café, tras los
globos de luz. Los mozos sudaban a chorros. Nun ordenó: -Sentáte. La mitad
de lo que ya sabes te costaría la muerte. Ahora tenés que saberlo todo para
seguir viviendo.
-No soy un enemigo -dijo Zamora.
-No -admitió Nun-. Sos peor. Podrías ser un delator.
Las voces se acallaban en las mesas, como si fueran cajones abiertos y una
mano perezosa estuviera cerrándolos.
A los oídos de Zamora empezaron a llegar palabras recortadas de toda luz, de
todo sabor o forma que respondiese a las convenciones de los sentidos. Lo
que oyó fue tatuándole las vísceras, como un cuerpo siamés que debería
llevar a todas partes. Y que jamás podría mostrar a nadie.
-Yo maté al general Aramburu -dijo Nun-. Yo lo maté y vos no lo escribirás.
Si lo hicieras, Zamora, sería tu
fin. Te quedadas sin mujer, sin padre, sin hijos. Los verías caer uno tras
otro y pedirías por piedad que te
dejaran caer a vos también. Se acabada tu historia. Y yo no podré hacer nada
para evitarlo. Oí ahora,
porque estás condenado a callarte
III
El ómnibus se detiene por segunda vez ante un hangar. Maria Tizón, que ha
permanecido inmóvil en su asiento, puliendo los recuerdos que leerá esa
tarde ante la prensa, repasa el texto:
Mi hermana Potota poseía un tacto superior a sus años y estaba preparada
para ser la compañera y colaboradora eficaz de un hombre tan estudioso y
lleno de ideales como lo fue Perón. Tenía una gran vocación por la cultura y
amaba las artes. La pintura y sobre todo la música la seducían. Estudió algo
el piano y mucho la guitarra En sus incursiones por la pintura, el retrato
del marido fue su obra mejor.
De pie junto al volante del ómnibus, Arcángelo Gobbi husmea la escritura con
su cabeza de lagarto. La señorita Tizón siente que una helada señal de
alarma le atraviesa la nuca. No teme al hombre. Sólo tiene pavor de la
mirada que se ha posado sobre sus recuerdos como un gran lago vacío. A
través de la ventanilla distingue a Benita Escudero de Toledo. La ve avanzar
descompuesta, con un inconfundible dolor de pies. Levanta el vidrio
entonces; "¿Benita?", la llama. "Hágame compañía, Benita. Conversemos."
Pero esta hermana de alegría tan contagiosa era débil ante la pérdida de los
que amaba. La muerte de su madre la rompió en pedazos. Patota la sobrevivió
sólo dos años. Después, ante la sospecha de su propia partida, volvió a ser
una mujer valiente. En los dos meses que duró su cruel dolencia, fortalecida
por la comunión que diariamente recibía y con la esperanza de una vida
mejor, se marchó resignada. Murió en Buenos Aires. Perón la sintió de veras.
Algunos dicen que ella fue su gran amor.
El ómnibus rueda entre pastizales desolados, a la vera de las pistas del
aeropuerto. El capitán Trafelatti narra sus aventuras de taxidermista. José
Artemio habla de unos pájaros sedentarios, que anidan y se acoplan aun en el
invierno. Unos helicópteros vuelan en pareja.
María Tizón quisiera saber cuánta secreta vida de Potota ha ido a parar a
manos de Benita. Qué confesiones y dolores. Pero no sabe cómo empezar, por
dónde. Dice: ¿No le parece que haberla conocido es un don del cielo? Y
Benita responde: Un don del cielo. Se quedan en silencio. El primo Julio se
adormece. Al bajar la voz, María descubre por fin el tono donde su memoria
coincide con la memoria de Benita. Cuchichean, entrando lentamente en
confianza: ¿Acaso presintió usted que la pobre Potota sufriría tanto?
Sí que lo presentí, señorita María. Desde el principio vi que tenía prendido
en la cara un mal destino. Nos contábamos todo. Éramos, ¿me disculpa?, como
hermanas. Un día que se puso melancólica me dijo: ¿Sabés dónde conocí a
Juan, Benita? En el cine Capitol de la calle Santa Fe. Fuimos a una función
de beneficio y la casualidad nos sentó juntos.
¡Claro: yo lo recuerdo! Vieron El hijo del sheik. Potota volvió a casa
temblando. Mamá le preguntó si estaba enferma y ella que nada, nada. Era
pura emoción. A la noche fui a tocarla. Tenía fiebre. Enfermó de amor,
Benita. Las pocas frases de halago que Perón le había dicho la trastornaron.
¿Cuántos años tenía? Pensemos: si nació el 18 de marzo de 1908, serian
diecinueve años. ¿Se puso colorada, señorita Tizón?
Por supuesto, Benita, ¡por cualquier cosa se ponía! Cuando tocaba piezas de
Albéniz en la guitarra lo hacía tan bien que todas salíamos de los
dormitorios a darle un beso. Y ella, ¿sabe qué hacía? ¡Roja como un clavel!
A la semana, Perón pidió permiso para visitarla. Empezó a presentarse todos
los sábados en casa. Salían a caminar por la vereda y nosotros los
acompañábamos mirándolos desde el balcón. ¡Qué pareja! Corpulento él, con
físico de atleta. Y ella, tan chiquitita y frágil. Una noche, cuando habían
decidido ya casarse, Potota entró en mi cuarto y me abrazó: ¡Ay, María!, me
dijo. ¡Tengo tanto miedo de quedarme sola! Intenté tranquilizarla: ¿Cómo
sola, hermanita? ¿No lo querés a Perón, acaso? Porque si lo querés, ya con
el puro amor te llenarás la vida. Ella me dijo: Lo quiero mucho. Pero él
tiene la cabeza fuera de mí. Es un militar y no puede pensar sino en las
cosas de la carera.
Vino mamá y entre las dos la fuimos consolando. Yo le pasaba la mano por el
pelo, pobrecita, y mamá le decía: Así es el destino de la mujer, Potota.
Quedarse sola. El hombre a su trabajo y la mujer a esperarlo. Luego, con el
auxilio de Dios, vienen los hijos. Y se acabó la espera. Mi hermana se
sonrojó. Pero ya sabe usted. Los hijos no vinieron.
Me acuerdo bien de aquellos meses antes del matrimonio... María. Me acuerdo
mucho de la muerte de don Mario Tomás, y del luto. Los Perón entornaron la
puerta de calle y prohibieron la música. Potota vendió la guitarra. Pasaba
los días rezando el rosario con la tía Juana. ¿Qué hago, Benita?, me
preguntaba. No quiero casarme así, en medio del duelo.
A nosotras nos decía lo mismo, hasta que mamá la convenció. A los hombres,
le dijo, no hay que hacerlos esperar.
Dispusieron una ceremonia íntima, en mi casa, sin fiesta. Y cuando
regresaron de la luna de miel, a la pobre Potota se le cumplió el presagio.
Quedó sola.
Una mosca verdosa viene a posarse sobre la cartera donde María Tizón ha
ocultado de la impúdica mirada de Arcángelo Gobbi la libretita con sus notas
y un par de fotos familiares. Mire usted, Benita: una mosca volando, ¡con
este frío!
Los ávidos ojos de la mosca pasan como una ráfaga: ojos compuestos de cuatro
mil facetas cada uno. La verdad dividida en cuatro mil pedazos.
IV
-Fuimos -prosigue Nun en el Café Gijón- trece personas las que formamos la
célula inicial de Montoneros. Diez intervinimos en el secuestro de Aramburu.
Seis decretamos su sentencia de muerte. El día en que Perón regrese a Buenos
Aires, las cuentas no serán ésas. Se hablará de doce y no de trece
fundadores. De cinco jueces. Se omitirá mi nombre. Quedaré para siempre
fuera de esa justicia. Yo aparezco tan sólo en el papel que te he mostrado,
Zamora. Y ahora tengo que destruirlo. Son los designios del General.
"El compañero Rodolfo Walsh ha contado con claridad extrema las razones que
nos llevaron a la ejecución. Te leeré lo que ha escrito: Aramburu fue
ajusticiado a las siete de la mañana del 1° de junio de 1970. Su cadáver
apareció cuarenta y cinco días después en el sur de la provincia de Buenos
Aires. Contra él se alzaron cuatro cargos graves: el derrocamiento del
gobierno constitucional de Perón en setiembre de 1955 y la proscripción sin
término del movimiento peronista; la matanza de veintisiete argentinos sin
juicio previo ni causa justificada, en junio de 1956; la operación
clandestina que arrebató a Perón el cadáver de su esposa Evita, mutilándolo
y sacándolo del país: el pernicioso comienzo de la violencia económica. El
gobierno de Aramburu modeló la segunda década infame. La República
Argentina, que apenas remesaba anualmente al extranjero un dólar por
habitante, empezó a gestionar esos préstamos que sólo benefician al
prestamista, a radicar capitales extranjeros con el ahorro nacional y a
acumular esa deuda que hoy grava el veinticinco por ciento de nuestras
exportaciones. Un solo decreto, el 13.125, despojó al país de dos mil
millones de dólares en depósitos bancarios nacionalizados y los puso a
disposición de la banca internacional que ahora podrá controlar el crédito y
estrangular a la pequeña industria
-Aun así -dice Zamora-, no hacía falta matarlo. -¿No lo entendés, entonces?
-se extraña Nun. -Nunca entiendo la muerte.
-Era algo más que la muerte. Más importante, y también más definitivo.
Nun ha colocado una ordenada línea de papeles sobre al mesa del café. Desde
lejos, parecen las figuras de un álbum. Zamora las baña en humo. El calor no
quiere levantarse. Sigue ahí, aferrado a la noche, como un centinela.
-Necesitábamos sobrevivir -dice Nun-, y por lo tanto necesitábamos que
muriera un enemigo. Cuanto más imponente fuera ese sacrificio, tanto mayor
sería nuestra existencia. Es una idea nietzscheana. Toda creación nueva
necesita de los enemigos más que de los amigos. De un enemigo considerable
más que de cien. Nosotros lo teníamos: Aramburu. No cabía otra elección. En
mayo de 1970, antes de secuestrarlo, yo le escribí a Perón pidiéndole
consejo. El General, una vez más, se lavó las manos. Usted sabrá lo que
hace, Antezana. Usted habrá medido ya las graves consecuencias. Y cuando
todo terminó, vine aquí a entregarle este informe: "Operación Pindapoy /
Comando Juan José Valle". El General se rió del nombre: Pindapoy, una marca
de naranjas.
"Comprenderás, Zamora, que leyó más de una vez cada una de estas hojas. La
suerte que había corrido el cadáver de Evita era para el General un enigma
exasperante. En los primeros interrogatorios, Aram-bum se negó tercamente a
tocar el tema. Se lo prohibía (dijo) una cuestión de honor. Por fin, a los
tirones, confesó algo. El cadáver, confiado al Vaticano, estaba en un
cementerio de Roma. Nos dio el número del lote. Ya lo sabés: era falso.
"El 1° de junio, como a los cuatro de la madrugada, nos retiramos a
deliberar. Éramos seis y quedamos que, aun tratándose de Arambuu, funcionara
la justicia. Fernando Abal Medina leyó los cargos. Yo asumí la defensa.
Separé la moral de la política. Argumenté que los crímenes de aquel hombre
databan de hacía ya mucho tiempo y que podíamos encontrar alguna forma de
perdón. Poco antes de que amaneciera, cada uno de nosotros escribió su
sentencia en un papel. Seis veces leí: muerte. "Nos quedamos un rato afuera,
fumando. Estábamos en un campo de Timote, sobre la pura pampa, cinco leguas
al este de Carlos Tejedor. Entre unas pailas oxidadas, hallé un hueso
fosforescente; a mí lado, Carlos Gustavo Ramus ensillaba un caballo.
"Vi en el horizonte la línea rojiza del amanecer. Me incorporé y dije: Lo
fusilaremos a las siete. Hay que avisarle al reo para que se prepare.
"Cuando me vio llegar, Aramburu se puso pálido. ¿Qué han resuelto?,
preguntó. Yo hablé solemnemente: General, el tribunal lo ha condenado a la
pena de muerte. Va a ser ejecutado dentro de media hora. Alguien, ya no
recuerdo quién, le ató las manos a la espalda. Esforzándose por conservar la
calma,
Aramburu pidió que lo afeitáramos. No tenemos con qué, general, le dije. Y
me toqué la cara. Con sorpresa, advertí que yo tenía también la barba
crecida.
"Caminamos por uno de los pasillos internos de la casa y entramos en el
sótano. Dejé un centinela cerca de la puerta. Afuera, en el patio, dos de
nosotros se quedaron trabajando con herramientas de carpintería, para tapar
el ruido de los disparos.
"Aramburu se detuvo al bajar un peldaño. Preguntó cuándo llegaría el
confesor. Tendrá que confesarse ante Dios, general, le respondí. Las rutas
están controladas y no podemos traer a nadie. Terminó de bajar por la
desvencijada escalera. Nos dio la espalda y rezó el pésame. A la mitad de la
oración, se interrumpió: ¿Qué pasará con mi familia?, quiso saber. Fernando
le repuso: Nada. Todo lo que le pertenezca se lo devolveremos a su esposa.
"Le pusimos un pañuelo en la boca para apagar la queja de la muerte. Lo
acercamos a la pared. Desenfundé mi Walther 9 milímetros y le quité el
seguro. Lo vi estremecerse. "General, vamos a proceder, exclamó Abal Medina.
"Cerró los ojos. En ese instante, le disparé. La bala entró directo en el
corazón.
"Un mes más tarde, cuando traje a Madrid el informe del operativo, Perón
reparo en un curioso error que Fernando había cometido al referir la
historia, tal vez para aumentar la estatura del enemigo. Aquí está la
versión, Zamora. Podés leerla."
Abal Medina tomó sobre sí la tarea de ejecutar al reo. Para nosotros, el
jefe es quien debe asumir la mayor responsabilidad.
-General -dice Fernando-, vamos a proceder. -Proceda -habló por última vez
Aramburu.
"Esa palabra es imposible: Proceda, me advirtió Perón. ¿A qué hombre se ha
visto hablar con un pañuelo dentro de la boca?"
Dos bailarinas de flamenco entran ruidosamente en el café. Zamora se despeja
el sudor de la cara, y es él quien esta vez sonríe.
-De modo que, a las puertas de la muerte, Aramburu los burló. Mantuvo su
palabra de honor y no reveló el lugar donde está Eva enterrada.
-Fue lo único que no dijo -admite Nun-. Y creo que por eso yo también voté
por su muerte. Hay sólo una historia más. Debí quedarme todo aquel verano en
Madrid. Volví a Buenos Aires el 8 de setiembre de 1970. La tarde anterior
una patrulla policial mató a Ramus y Abal Medina en una pizzería de William
Morris. Resolví dejar el relato de Femando tal cual. No voy a ser yo quien
corrija la palabra final que puso él en boca de Arambum. Ese "Proceda" que
no existió quedará para siempre.
-Ahora es mi turno -Zamora posa una mano sobre el hombro de Nun-. Yo sé
quién tiene a Evita. Y dónde. -Yo sé que lo sabés -dice Nun-. Si has venido
es porque vas a contármelo.
V
Cuando los siete compañeros de infancia de Perón llegan a las zanjas de
alquitrán que cercan el aeropuerto de Eseiza, las ventanillas del ómnibus
donde pasean se abren a las imágenes de una fiesta sin fin, cuyos episodios
van repitiéndose a intervalos regulares.
Ven una telaraña de peregrinos que marcha cantando por los atajos de un
bosque de eucaliptos. Las
mujeres llevan pañuelos blancos en la cabeza y niños en los brazos. Los
hombres alzan pancartas con el
retrato de Evita en el esplendor de su belleza: de perfil, con rodete, los
labios entreabiertos.
Una fila de camiones pasa, lenta, cargada con familias que vienen de muy
lejos. Algunos camiones llevan
escrito el nombre de sus remotas ciudades: Aguilares, Monteros, Concepción,
Choromoro. Y en la cresta
de la cabina, Eva otra vez, tiznada la sonrisa por el viaje, pero intacto el
peinado de rodete.
Detrás, una chatita con altoparlantes echa a rodar la música de Evita
capitana. Y de pronto, entra Eva
con su voz de otro tiempo, ronca, rayada, atropellando el aire: El fanatismo
es la sabiduría del espíritu.
Sobreviene un silencio. Y después: Queridos compañeros, el fanatismo es la
sabiduría de! espíritu.
Siguen mujeres con pañuelos blancos en la cabeza y niños en los brazos.
Algunas ríen a carcajadas. Las baña el sol. Sopla un poco de viento.
-Tenemos que regresar al hotel -decide Arcángelo Gobbi, al volante del
ómnibus-. Este camino ha sida copado por los zurdos.
-¿Volver ya? -se queja el capitán Trafelatti-. Al final, no hemos visto
nada...
Arcángelo no responde. Mueve despacio la cabeza de lagarto, midiendo los
desplazamientos de la multitud en el horizonte.
Varias veces el ómnibus ha desembocado en las zanjas de alquitrán donde se
acaba el aeropuerto. Los pasajeros han señalado, sorprendidos, un enjambre
de moscas revoloteando sobre los matorrales. ¿Moscas, con este frío? Y han
visto filas de camiones marcadas siempre con los mismos nombres de ciudades
prehistóricas: Famaillá, Burruyacu, El Chañar, Atahona. ¿Será como en la
ópera?, se ha preguntado María Amelia. ¿Hay un solo paisaje y lo hacen dar
vueltas?
Manteniéndose ajenas a los asombros del grupo, María Tizón y Benita son las
úricas que, al dejarse llevar por los recuerdos, han logrado llegar a alguna
parte. No se han movido casi del pasado. Al ir bajando la voz, al entrar
juntas en esas casas de las memorias que ambas, por separado, habían
compartido con Potota, un hambre de confianza las ha ido acercando.
Retomemos el hilo, entonces. Ha contado Benita:
No llevaban un año de casados cuando Perón dispuso que se mudaran a un
departamento de Santa Fe y Canning. Fue ahí donde la soledad afectó más a
Potota. Una vez fui a pedirle que me acompañase al cine. ¿Cómo se te ocurre,
Benita?, se me negó. ¿Y si vuelve Perón y no me encuentra? Empezó a
entretenerse escribiéndome cartas.
MARIA: A mí no me dejaba ni hablarle por teléfono. Siempre andaba con miedo
de que cualquier ruidito distrajese a Perón de los estudios.
BENITA: Todo empezó por esa fiebre de tener un hijo. Cuando la menstruación
se le atrasaba un día, Potota entonces no paraba de hablar: era pura
bullanga. Y cuando le venía, eso era un mar de lágrimas. ¿Qué me pasa,
Benita, qué me pasa?
MARIA: Vea lo que son las cosas. Mamá, sin darse cuenta, la inquietaba más
insistiéndole: ¿Y, Pototita? ¿Para cuándo?
BENITA: Ya la noté angustiada en una de las primeras cartas. ¿Lo ve, María?
Lea. Fíjese cómo, por no estorbar a nadie, ella sola cargaba el peso de su
cruz.
Querida Benita:
Ante todo, me alegraré que se encuentren los dos bien de salud... y de
bolsillo. Nosotros estamos muy bien. ¡Gracias a Dios!
Todos estos días he estado por ir a visitarte, pero unas veces por la
lluvia, otras por el frío y otras por las fiestas que tenemos festejando la
Revolución, así se me han ido pasando los días sin hacerte la visita tan
anunciada y deseada.
Benita: Además deseaba verte y visitarte para que me dieras la aguja de
levantar los hilos de las medias. Tengo varios pares sin usar, pues no
quiero estropearlos cosiéndolos, así que te imaginarás las ganas que tengo
de ir o de que vengas a verme. Benita: a pesar de ser yo más desocupada, me
alegraría que vinieras, pues como Perón está siempre de tarde me da no sé
qué dejarlo solo, pues a pesar de estar encerrado solo, de vez en cuando me
pide alguna cosa.
Ven pronto a visitarme, lo mismo si hubieras perdida la aguja. Ya sabés que
no es por el interés. pues siempre te he pedido que vengas, lo mismo a
Artemio.
¿Y tu familia? Nosotros recibimos carta de la familia del Chubut. Están
todos muy bien y nos esperan para el verano. Cuando vengas, charlaremos de
todo un poco y sobre todo de Chicos, a lo mejor vos ya tenés novedades.
Yo siempre sigo lo mismo: parece que no hay caso... ¡Paciencia! Puede ser
que algún día..
Benita: Háblame por teléfono en cuanto recibas la carta, pues quiero saber
cuándo puedo llegar hasta tu casa o vos venir.
Buena Benita ojalá estén todos bien; saludos a tu familia y especiales a
Artemio míos y de Juan. Un abrazo de Potota Buenos Aires, 1091931.
El teléfono por si lo hubieras perdido es 1053 Palermo (71).
MARIA: Una vez, en verano, mi hermana Dora y yo nos presentamos de visita.
El departamento de Potota me pareció de lo más lúgubre. Tenía un piano que jamás tocaba. Estuvimos
un rato
conversando. Ella me apretó las manos: Maria querida, dijo. ¿Has visto cómo
hasta la última mujer puede quedarse gruesa y yo no puedo? Salimos
preocupadas. Mi hermana Dora empezó a llamarla seguido por teléfono para
darle aliento: Mamá pregunta por vos, Potota. Que pases por aquí a bordar un
rato. Que han publicado en El Hogar una novela lindísima y te la quiere
prestar. Y así. Dora la convenció por fin de que vieran a un ginecólogo. Con
la esperanza de un milagro, a Potota le cambió el carácter. BENITA: También
Perón cargaba con sus preocupaciones, María. Siendo ya secretario del
ministerio de Guerra le vinieron con el cuento de que la tía Juana y un
muchacho del campo, Marcelino Canosa, andaban en amoríos y estaban viviendo
juntos.¡Aquello fue terrible! Pero Potota lo convenció de que hiciera
formalizar a los concubinos antes de que se supiera la noticia en el
ejército. Así se hizo. Perón viajó al Chubut y desviudó a la madre.
MARIA: Entonces fue cuando mi hermana Dora acompañó a Potota al ginecólogo,
aprovechando que Perón no estaba.
BENITA: Esa semana, yo recibí otra carta. Fue la última. Querida Benita:
Deseo que a vos y Artemio les dé Dios toda la salud que se merecen. Yo no sé
qué decirte de mí, Benita. He pasado muchos sufrimientos haciéndome toda
clase de análisis y tactos, esperando poder quedarme gruesa. Hoy ya se sabrá
todo. Hasta el momento, el doctor me asegura que no encuentra nada, es decir
que voy normal. ¡Dios lo oiga! Pero igual me han agarrado unas
preocupaciones muy grandes. Benita, pues siendo verdad que no tengo nada y
estoy en condiciones, no puedo explicarme que haya pasado tanto tiempo sin
novedades.
Benita: No estaría de más que cuando tengas tiempo me traigas los baberitos
que me prometiste. Estoy esperando que Perón regrese de un momento a otro de
su viaje a Chubut, así que por favor llamáme por teléfono antes de vos
venir.
Saludos especiales míos para Artemio. Recibí vos Benita un abrazo de Potota
Buenos Aires, 10/3/1934.
MARIA: ¡Qué días tan tristes! Cuando le dieron los resultados de los
exámenes, Potota no atendió más el teléfono ni quiso ver a nadie. Imagínese
qué aflicción, Benita. En casa no sabíamos qué hacer. Para colmo, mi hermana
Dora se quedaba también callada. Decía que el diagnóstico era confuso. Una
noche, armada de valor, fui a su cuarto y la abordé: ¿Querés volvernos
locas, Dora? Potota en ese departamento que parece un mausoleo, encerrada, y
vos aquí tragándotelo todo. A ver, ¿qué pasa? ¿No puede tener hijos? Pues se
resigna, y punto. Es peor, dijo Dora. Ella puede. El que no puede es Perón.
Y Potota no se lo dirá nunca.
BENITA: Hizo muy bien, Maria. Yo hubiera actuado igual. No hay que ofender
jamás el amor propio de un marido.
MARIA: Lo malo es que Potota no volvió a ser la misma. Una desgracia, como
siempre pasa, fue trayendo las otras. Al poco tiempo, mama murió. Todos
sufrimos mucho, pero Potota más. Encaneció. Tejía tape-titos al crochet y se
pasaba las horas fregando el departamento. Se olvidaba en la tarde cuál
zócalo había limpiado por la mañana y lo fregaba de nuevo. BENITA: No eran
tapetitos, María. Eran escarpines.
¿Hace ya cuánto se ha detenido el ómnibus a las puertas del hotel y ellas
siguen ahí, cuchicheando? Al bajar, se admiran de los cambios. Las galerías
están ahora llenas de hombres adustos, barrigones, armados hasta los
dientes. Llevan brazaletes blancos. Unas mulas desorientadas han ido a dar a
las playas de estacionamiento, y los hombres corren tras ellas,
ahuyentándolas a cadenazos.
En la recepción del hotel, grandes retratos de Perón, Isabelita y Eva
cuelgan del techo. Los pasillos huelen a flores.
Fíjese qué injusticia, se lamenta Maria. Han borrado a Potota de todo esto.
Y tomando del brazo a Benita, suelta otra confidencia: ¡Cuánto cambió Perón
al casarse con Eva! Con mi hermana era un hombre agradable, de maneras
finas, Después se volvió rústico, vulgar. Hay quienes dicen que era una pose
para estar más a tono con el pueblo. Yo sé que no. Que lo hizo por Eva. Para
que ella no desentonara tanto. En la penumbra del vestíbulo, Arcángelo se ha
enmascarado tras unos anteojos negros. Un arma grotesca, enorme, le desborda
la mano. Atiende, con profundo respeto, a un hombre de pelo castaño y mirada
vacía.
-No hay que perder más tiempo. El teniente coronel te necesita. Andá ya
mismo, Arcángelo. -Ya mismo, Lito -repite. Y se corrige de inmediato-: Ya
voy, señor.
VI
Ha llegado mi turno. Yo sé quién tiene a Evita, y dónde.
Ya esas frases no interesan a nadie. Cuando Zamora las dejó caer en el café
Gijón hace dos años, ante Nun Antezana, podrían haber sacado a la historia
de su quicio. Ahora, 20 de junio de 1973, nadie movería un dedo para
levantarlas. Ya todos saben dónde anduvo errando el cadáver de Evita y quién
le dio reposo. Pensemos en mañana. Dentro de poco, ha escrito Zamora, este
país se quedará sin pasado. El pasado es aquí algo irreal, como una pantalla
de cine. A cada instante, una proeza nueva (y peor) de la realidad lo
sustituye. Ni siquiera es olvido.
Son más de las once y media cuando Zamora logra, por fin, atravesar al
Riachuelo y entrar en Buenos Aires. A las once debía pasar por un
departamento de la calle Arenales en busca de las páginas de un diario
personal. Ella, la mujer que se lo ha prometido, tal vez no está. Tal vez no
lo ha esperado. Las calles de Barracas han quedado desiertas. Vuelan moscas
y papeles. El sol se apaga sobre los edificios, helado como una medalla.
Cerca de Constitución, dos muchachos lavan un bar. El agua jabonosa va
lamiendo las persianas y arroja sobre la vereda un río de cigarrillos
marchitos.
Zamora oye la risa de unas bailarinas de flamenco que entran en la neblina
del café Gijón, vuelve a posar la mano sobre el hombro de Nun y se oye
decir:
"Te contaré qué ha sido del cadáver. Encontré, ya sabés, unos papeles en la
embajada argentina de Bonn que describían el tránsito de cierta caja
rectangular, de roble, a través de Mannheim, Friburgo y Basilea, en Suiza.
Averigué que, al cruzar la frontera, iban tres hombres custodiando la caja.
Uno de ellos era un oficial del ejército argentino. Sentí recelo de que se
tomaran tantas precauciones por un despojo de viejos papeles, y no dudé. Se
trataba del cadáver. Supuse que el destinatario del envió tendría la clave.
Era un tal Giorgio de Magistris, vía Cerésio 8641, Milán. Tomé el primer
avión. Las señas correspondían al cementerio Monumental, cerca de la
estación de trenes de Porta Garibaldi. Imaginá con cuánta ansiedad entré. No
esperaba una tumba con el nombre: Eva Perón. Qui giace. Esperaba una marca,
un indicio cualquiera".
"Era en Milán, entonces. No era en Roma", sonrió Nun.
"Milán, la vía Cerésio. Recorrí el cementerio toda una tarde y luego, al día
siguiente, debí volver. Un enorme portal, un cerco de columnas. Caminé entre
las tumbas imponentes. Entré en el panteón de los héroes, el Famedio, donde
yace Manzoni. Cuando ya estaba por caer la tarde, pregunté a los guardianes.
Les mencioné a Magistris, les di todos los números que había en el papel de
la embajada. Ottanta set!, exclamó uno de los hombres. Ecco lo qua! Y me
llevó a los fondos, a un edificio austero: el Templo di Cremazione. Sentí
mareo, desazón. Fue un instante perdido, como de sueño. Ochenta y seis lo
llaman porque a la entrada piden -pedían- ochenta y seis liras por el
derecho de visita."
Zamora vio estremecerse a Nun. Las bailarinas flamencas, con un jerez en la
mano, les hacían señas desde la barra.
"¡Esos hijos de puta la cremaron!", dijo Nun. "¿Por qué no los denunciaste?"
"Porque no estoy seguro. No hay ni una sola prueba. Si hubiera contado la
historia, todavía estarían riéndose de mí. Se han escrito mil fábulas sobre
el cadáver. No quise agregar otra."
La enorme avenida 9 de Julio se abre ante Zamora, vacía. A lo lejos, más
allá del Obelisco, ve pasar un camión embanderado. Siente la tibieza de su
propio cuerpo en el Renault, a salvo del ridículo. ¿Por cuánto tiempo a
salvo? En Buenos Aires, el ridículo amanece antes que el sol, todos los
días. Tres meses después de aquel encuentro con Nun, el embajador del
general Lanusse entregó a Perón, en Madrid, el cadáver de Evita. Y el
rompecabezas encajó de pronto. A las dos de la mañana otra vez, pero ahora
en su casa de Buenos Aires, sonó el teléfono. Era Nun.
-¿Zamora? ¿Viste qué boludos fuimos? La culpa es mía, por no ir hasta el
fin. -La culpa es mía -colgó Zamora, después de oír la historia.
Había pasado todo por sus manos: los números, el nombre, los lugares.
Durante muchos años, Eva Perón había yacido en Milán bajo el nombre de María
de Magistris. Su lápida llevaba, con toda claridad, la marca: Giorgio de
Magistris a sua sposa carissima Los datos de la tumba coincidían: estaban en
el jardín 41 del lote 86. El nombre del cementerio era otro: Musocco y no
Monumentale, en la vía Garagnano y no en la de Cerésio.
Se siente demolido, inservible, y no entiende de dónde le viene, de pronto,
esa congoja. Fuma con avidez un cigarrillo para darse aliento y deja el
automóvil ante la puerta de la persona que, a lo mejor, lo espera. ¿No ha
prometido acaso la señora Mercedes darle a leer el diario que llevó en
Santiago de Chile, entre enero y abril de 1938, cuando ella y su marido
intimaron -o casi- con Potota y Perón? ¿No le ha contado ya por teléfono, en
tono de confidencia, los trastornos del viaje en tren por la cordillera, la
llegada a las casas de Ñuñoa, el repentino decaimiento de Potota antes de
que la fulminara el cáncer? To-cás el timbre y es ella quien te atiende,
Zamora, la señora Mercedes, viuda del hombre que derrocó a Perón en el 1955.
Mecha Villada Achával de Lonardi.
VII
Vamos, muchachos, vamos, ojo con los carteles, no los muestren. Si
levantamos la perdiz ahora nos es-crachan. ¡A cantar! ¿Qué les pasa? ¿Les
vino la modorra a la garganta? A cantar, que hace frío. ¡Perón, Evita / la
patria socialista! ¡Evita hay una sola, no rompan más las bolas! Mira ese
moscón, Nun. Hasta las moscas se han levantado del invierno para oír al
Viejo. Día glorioso, ¿no? Mira qué sol. Cuando era piba, una tía me llevaba
siempre al parque Centenario. Me tiraban de las trenzas, me jodían: por el
pelo y las pecas. Pero en la calesita había un muchacho que me agarró
ternura. Cara de seis de la tarde, me decía. Cara de herrumbre. Cara de sol
que se pone. Y a mí, en vez de alegría, me entraba la tristeza. ¿Qué hacen,
muchachos? ¡Vamos! ¿Y ese bombo? Che, ¿se te ha puesto afónico? Yo de piba
pensaba: quiero ser como Rosa Luxemburgo, como la Pasionaria, como Isadora
Duncan. Quiero ser la Krupskaia leyéndole a Lenin un cuento de Jack London
antes de que se muera. De grande me di cuenta que soñaba con un amor
naciendo al mismo tiempo que la historia: entre la acción, las masas. Un
amor que no quiere detenerse, ¿me explico?: como el fuego. Quemándose en la
cama y la militancia. Y al fin me dije: todo eso es Evita.
¡Ojo con ese cordón de gente que hay en aquella escuela, muchachos: los del
brazalete verde! No se dejen provocar. Osinde y el brujo López Rega han
traído provocadores de todas partes. ¡Pero che, no se callen! Rompanlés las
orejas: ¡Perón, coraje, /al brujo dale el raje! ¡Si Evita viviera/sería
montonera! ¡Si Evita viviera! ¿Me entendés lo que te quiero decir, Nun?
Empecé a preguntarme: Diana, ¿no se siente más profundo el amor cuando una
este en el tumulto de la acción? ¿No se podrá juntar el sexo con la
historia? Y yo misma me contestaba. Diana, muy fácil: tenés que vivir el
amor como una normalidad dentro de la anormalidad, que sea el amor tu
respiración, tu sueño en el desvelo. Repartir el amor como lo hacía Evita:
encontrándose con el General de tres a cinco de la mañana, matrimonio de
amantes clandestinos. Ser, ¿cómo te diría?, el faro de tu falo. ¿Así te
gusta, no? El falo no: el faro. ¿Qué tal? El faro de tu falo. Estoy loca.
Estoy enamorada. Soy mujer. Esa palabra suena hoy mejor que nunca. Soy
mujer. ¡Chicas, un paso al frente! Canten la marcha, pongan el alma. ¡Más
fuerte! ¿A ver? Pongan el alma. ¡Eso, eso! Con Perón yendo a la guerra / a
la guerra popular...
Nun le pasa la mano por el hombro, abre el imbatible matorral de pelos rojos
y siente, sin pensamiento, con una pura necesidad de deseo, el fragor de ese
cuerpo. Recuerda que al volver la noche última de una ronda por las fogatas
montoneras de Cañuelas, Berisso y Florencio Varela, al entrar en los labios
de Diana, paspados por el invierno (ella dice que por la vida), Nun ansió
que todo hubiera pasado ya y él estuviese allí otra vez, acariciándola, sin
apagarse nunca. Recuerda que la miró fijamente con esa fijeza que sólo
permite la oscuridad y le dijo: -No quiero que te vayas nunca, Diana.
Y ella, riéndose, empezó a desatar sabiamente los nudos que aún quedaban
dentro de Nun, a liberar cada ternura oculta de sus venas, a rescatar las
naufragios de sus sentimientos. Fue dibujándole con los dedos un cuerpo que
ya no serviría sino para el de ella y, dejándolo entrar en la tibieza de su
mar, le contestó con las palabras roncas, impetuosas, que alguna vez habían
pertenecido a Evita: -Sólo quisiera irme para poder volver. Volveré y seré
millones.
Luego la vio dormirse. Sintió trepar por su apagada sangre las quemazones
nuevas de insomnio. Fumó, y el humo le dejó sobre la lengua una resaca de
musgos y escarabajos. Se olió los brazos, para que la fragancia del sexo lo
envolviera. Y volviendo a las páginas del pasquín intratable, Horizonte. "La
vida entera de Perón / Documentos y relatos de cien testigos", cayó en el
lodo de otro capítulo. 5. Ya nunca más seremos como éramos. "Cierto domingo
de 1922.. "
VIII
A las cuatro de la tarde el General divisa desde la ventanilla del avión los
cráteres marrones de un campo despoblado. La vista del desierto lo sofoca.
El calambre de un río abre sobre la tierra vetas verdes. ¿Árboles,
matorrales? Qué desamparo. ¿A este país vuelvo?, dirá después el General,
esa noche. ¿A estas infinitas pampas saqueadas, exprimidas? No las
reconozco. No son mías. Fue aquí donde siempre quise morir, y ahora ya no
sé. ¿Algo me pertenece de todo esto? Y yo, ¿a qué pertenezco? López Rega lo
distrae con una taza de té. -La hora se acerca -dice. Isabel acaricia el
pelo de Perón. -¿Verdad? ¿La hora se acerca?
Sentándose junto al General, en el brazo de la butaca, López despliega otra
hojarasca garrapateada de cuentas y jeroglíficos interminables.
He ordenado a la compañera Norma Kennedy que lea, de parte suya, un informe
a la prensa. Se ha movilizado de inmediato y ha reunido a unas quince o
veinte personas en el primer piso del hotel internacional. Les ha dicho que,
pese al tiroteo y a las conspiraciones del imperialismo, el general Perón
llegará hoy a nuestra tierra, para siempre. Ha informado que llevamos una
hora de atraso. Y para desanimar cualquier tumulto, ha confirmado que usted
llegará al palco del Puente Doce y hablará con las masas.
-Norma... ¡qué buena chica! -murmura el General. -Pero no bajaremos en
Eseiza -aclara López. -Y entonces, ¿a dónde me llevan?
-A la base militar de Morón, por razones de seguridad. Solano Lima, el
vicepresidente, se ha mostrado de acuerdo. Le hemos pedido a él y a los
comandantes de las tres fuerzas que se trasladen a Morón cuanto antes...
Unos relámpagos lo interrumpen. El avión ha encendido las luces y al mismo
tiempo ha entrado en un campo de nubes amarillas. El General, de pronto, se
incomoda.
-Qué va a pasar ahora con esa pobre gente que me espera, López. ¿Son tres
millones, dicen? ¿Dos millones y medio? Vaya a saber qué inflemos han vivido
para venir a verme. No me gusta dejarles una desilusión tan grande. ¿Qué
gesto inmenso deberé hacer ahora para conformarlos?
-Nada -responde López-. Es un acto de justicia divina. ¿Qué hicieron ellos
durante los dieciocho años que usted estuvo afuera? Nadie se sacrificó.
Nadie movió un dedo. Todo lo ha conseguido usted solo. -Y Daniel -sonríe la
señora.
Una mosca viene a posarse sobre la mano manchada y yerta del General. Tiene
azul el lomo, las alas transparentes, ávidos los ojos.
-Una díptera -la espanta el General-. ¿Moscas aquí, tan alto?
La ven volar hacia las luces del techo y detenerse luego. Se restriega las
patas.
-¡Ay, Dios mío! -suspira la señora.
-Observenlá -indica el General-. Vean esos ojos. Ocupan casi toda la cabeza.
Son ojos muy extraños, de cuatro mil facetas. Cada uno de esos ojos ve
cuatro mil pedazos diferentes de la realidad. A mi abuela Dominga le
impresionaban mucho. Juan, me decía: ¿qué ve una mosca? ¿Ve cuatro mil
verdades, o una verdad partida en cuatro mil pedazos? Y yo nunca sabía qué
contestarle...
ONCE
ZIGZAG
(... ) A los mencionados efectos personales de Abelardo Antezana (a) Nun y
de Diana Bronstein (a) la Flaca (a) la Colorada (a) la Pecosa se acompañan
recortes de la revista semanal Horizonte, edición especial del 2061973,
artículo titulado
LA VIDA ENTERA DE PERON EL HOMBRE. EL LIDER. DOCUMENTOS Y RELATOS DE CIEN
TESTIGOS,
con anotaciones manuscritas de las personas antedichas. Todos estos efectos
fueron requisados en el allanamiento que se practicó a las 16.00 horas del
día de la fecha en la finca denominada "Playa de Noche", sita en avenida de
la Noria, partido de Esteban Echeverría, provincia de Buenos Aires (...).
5. YA NUNCA MAS SEREMOS COMO ERAMOS
Un domingo de 1922, cuando volvía de visitar a la abuela Dominga, el
teniente 1° Perón compró en un kiosco de la estación Retiro cierto folleto
mal entrazado, que parecía otro de los novelones por entregas tan de moda en
aquella época. En la portada se desvanecía, marchita, una corona de
laureles. Eran las ciento quince máximas de Napoleón sobre el arte de la
guerra.
Juan Domingo se precipitó sobre aquellas sentencias con la voracidad de un
amor que ha esperado demasiado tiempo. Le desataron una necesidad
desconocida, y no sabía de qué.
Una de las máximas iba con él por las mañanas al polígono de tiro y sonaba
por las tardes en su silbato:
En la guerra, nada es más importante que la unidad de mando. El ejército
debe ser único, las acciones deben tender a un solo fin, el jefe sólo puede
ser uno.
La otra se le confundía tanto con los sueños que, al despertar, aún se le
quedaba pegado el olor de la máxima en la memoria:
Las grandes acciones de un gran general no son el resultado de la suerte o
del destino. Son el resultado de la planificación y del genio.
Tal cual: Perón quería planificar el futuro, tomarle la delantera,
adivinarlo.
En los casinos de oficiales se hablaba entonces con reverencia y sigilo de
la logia General San Martín, que parecía haber impuesto al coronel Agustín
P. Justo como ministro de Guerra y en cuyas listas negras figuraban muchos
oficiales yrigoyenistas. Perón quería saber a toda costa qué se pensaba de
él en esos círculos inaccesibles y buscó al único que podía decírselo: su
protector, Bartolomé Descalzo. Lo encontró disgustado.
-He oído a un teniente coronel quejarse de usted, Perón. Es un capitoste de
la logia y la opinión adversa de ese hombre podría malograrle la carrera.
Cuidesé, che.
-Yo hago todo lo que se me ordena, mi mayor. ¿Cómo voy a cuidarme de la
injusticia? -Si fuera una injusticia no se la hubiera contado. Ese teniente
coronel ha dicho que usted pasa el día metido con los deportes. Y que no
entiende cómo, ya casi a punto de cumplir treinta años, no se preocupa por
sentar cabeza. La logia desconfía de los oficiales solteros.
Perón acusó el golpe. Llevaba varios meses dándole vueltas a la idea de
casarse. En sus andanzas no había conocido sino a mujerzuelas gritonas,
impresentables, que se arrojaban sobre los divanes con las piernas abiertas
y echaban escupitajos en el piso. Le rogó a Descalzo que lo ayudase a
encontrar una candidata decente.
-Precisamente -dijo el protector- mi señora y yo tenemos puesto el ojo en
tres o cuatro chicas que le convienen. a la primera ocasión se las vamos a
presentar.
Pero el infortunio cayó en aquel momento sobre la familia Perón. Juan
Domingo lo esperaba. La madre le había enseñado desde muy niño que los
destinos son cíclicos, y que la suerte obedece a una ley de compensaciones:
toda felicidad se paga, tarde o temprano con desdichas. Perón, que para no
exponerse se había esmerado en mantener los sentimientos siempre tibios, no
imaginó que también el éxito tenia su reverso. Era campeón militar de
esgrima, profesor de cultura física, autor de unos consejos sobre higiene y
moral para uso de aspirantes a suboficiales. Al año de ascender a capitán,
lo aceptaron en al Escuela Superior de Guerra. Demasiada bonanza en poco
tiempo. Hacia fines de marzo de 1926 la llegó un telegrama de la madre:
"Papá muy delicado. Favor esperarnos lunes tren Bahía Blanca".
A duras penas reconoció a su padre. Don Mario Tomás sufría de temblores, se
arrastraba sobre los puros huesos y balbucía palabras apelmazadas, que sólo
doña Juana era capaz de traducir. Estaba enfermo de arteriosclerosis y en
las soledades del Chubut ya no encontraban remedio que lo aliviara. Durante
unos días se hospedaron en la casa nueva de la abuela Dominga, cerca de la
estación de Flores. Luego, con la providencia de un subsidio que concedieron
a Juan Domingo en el ejército, compraron en la calle Lobos un viejo caserón
donde también el hijo dispuso de un cuarto propio en el que desembocaron los
mapas y los banderines acumulados durante quince años de vida nómade y
cuartelero. Doña Juana se entretenía criando gallinas y amasando fideos. Por
las tardes sacaba las sillas a la vereda y depositaba allí a don Mario Tomás
mientras ella chismorreaba con las vecinas. Juan se presentaba los fines de
semana con un sombrero de paja y un terno de color siempre oscuro. Y cuando
se anunciaban retretas en el parque Chacabuco, vestía el uniforme de gala e
iba del brazo con la orgullosa madre a dar unas vueltas por las pérgolas.
En vísperas de la primavera de 1926, interrumpió el calco de unos mapas
napoleónicos para atender por teléfono al teniente coronel Descalzo.
-Encuentresé conmigo a las diez de la mañana en la puerta del cine Capitol
-dijo el mentor-. Y vengasé preparado. Perón. Mi señora y yo tenemos ya lo
que usted anda buscando.
Salió dos horas antes, de punta en blanco. Quería mostrarse tal como era
-atildado, simpático, seguro de sí- y deslumbrar a la candidata, pero en
ningún momento se preguntó cómo era ella. Si Descalzo la recomendaba, para
qué perder el tiempo. Siempre había desdeñado el inútil gasto de fuerzas que
los hombres comunes ofrendan a los sentimientos en vez de aplicar las mismas
energías a misiones de poder o de trabajo. Necesitaba casarse, y Descalzo le
presentaría a la persona adecuada. Nada más sencillo. Desde la ventana de
una confitería, Juan Domingo vio llegar a la esposa del teniente coronel con
una muchacha bajita y menuda, que hablaba sin alzar la mirada y se reía
tapándose los dientes. Antes de que se la presentaran supo, sin la más leve
incertidumbre, que ella lo aceptaría como novio. El cine estaba lleno de
oficiales jóvenes y de señoras adornadas con casquitos y moños en las
caderas. Perón fingía interesarse en la complicada conversación sobre
volados superpuestos, faldas tableadas, cortes a la garcon y escotes en V
que propuso la esposa de Descalzo. En la butaca de al lado, la candidata
expresaba su admiración con obedientes vaivenes de las pestañas. No bien se
apagaron las luces y el pianista desgranó una obertura que pretendía ser
oriental, Juan Domingo se inclinó hacia ella discretamente:
-Señorita Tizón, ¿me permite que la llame Aurelia? -Potota -corrigió la
muchacha, mirándolo por primera vez.
-Potota. Le ruego que no baje los ojos nunca más. Tiene una mirada tan
profunda que da escalofríos. -¿Escalofríos? Disculpemé, capitán. Lo siento
mucho. -Ah, no. Capitán, no, Llámeme Perón.
Hacia el final de la película, cuando el jeque enamorado de la bailarina
volvía grupas para rescatarla de un simún exterminador, Juan Domingo
murmuró, valeroso:
-Le doy las gracias por haber venido. Desde hace mucho quería encontrar a
una joven... amiga... como
usted. ¿Me permitirá visitarla? Espero no haber llegado a su vida demasiado
tarde.
Ella no despegó los ojos de la película. Vacilaba entre imponer un freno al
atrevimiento del capitán o
darle alas, discretamente. Un codazo alentador de la señora Descalzo la
decidió:
-Para mí, cualquier cosa que pase pasará temprano. Tengo dieciocho años.
Perón la deslumbró, en la oscuridad del cine, con una sonrisa párvula,
trabada por la melancolía.
-Yo voy a cumplir muy pronto los treinta y uno. Es una triste sorpresa para
usted, ¿no es cierto?
El pianista electrocutó al auditorio con un trémolo. El jeque suspiró
lascivamente sobre una oreja de la bailarina. Luego, con descaro, le lamió
la mejilla. Se oyeron unas toses escandalizadas.
Dos semanas después, cuando volvieron a la misma sala con las hermanas Tizón
y desde las mismas butacas vieron aquella osada simulación de beso, Juan
Domingo rozó por primera vez, con la punta de los dedos, las manos
enguantadas de Potota.
Durante los dos años puntuales de noviazgo, ella creyó que era locamente
amada; es decir, con respeto, visitas infalibles y cartas de cumplido. Pero
el último día de la luna de miel la introdujo en una rutina tan espesa que
las señales del amor se le confundían.
A veces -contaría muchos años después-, iba yo hacia Perón en busca de
ternura y él me rechazaba sin herirme, aunque con terrible firmeza. Siempre
con tus chiquilinadas, me decía. ¿No te das cuenta de que sos una mujer
casada?
Y aunque la dejaba sola casi todo el día, estaba pendiente de sus más
triviales salidas. No le gustaba que hablara con nadie, ni aun con las
hermanas, como si temiera que incubasen en Potota caprichos e ilusiones que
luego él debería enderezar. A tales extremos llevó su afán de posesión que
una tarde, cuando más abstraído estaba, redactando unos apuntes sobre el
complot militar de 1930, ella salió en puntas de pie hacia la verdulería, y
al darse vuelta imprevistamente para buscar unos tomates, descubrió a Perón
espiándola tras un poste de alumbrado.
Sólo después del sexto año de matrimonio Potota pudo agradecer una señal de
cariño. Fue obra de la casualidad. La madre, doña Tomasa Erostarbe, había
muerto de cáncer. El mayor Perón, distrayéndose de sus obligaciones en el
Ministerio de la Guerra, acompañó a la familia durante la noche del velorio,
asistió a los responsos en el cementerio, pero de inmediato se esfumó.
Durante los novenarios y misas funerales que sucedieron estuvo ausente.
Llegaba tarde a dormir y se levantaba tan temprano que Poto-ta no conseguía
jamás alcanzarlo con el desayuno. Ella, para no molestarlo, se tragaba las
quejas. Las raras ocasiones en que Perón la llamaba por teléfono
previniéndola que iría a comer Potota se refrescaba los ojos con algodones y
se coloreaba un poquito las mejillas -lo máximo que permitía el luto-para
mostrarse feliz y despreocupada.
Cierta vez el mayor olvidó unos mapas en la casa y tuvo que pasar volando a
buscarlos. Cuando abrió la puerta de calle, el silencio y la oscuridad lo
sobrecogieron. Entró con sigilo, mientras en su imaginación se entreveraban
las más funestas sospechas. De pronto, oyó brotar del dormitorio un canto
tenebroso, que semejaba tanto una letanía de monjas como el desperezo de un
gato. Empujó con brusquedad la puerta y prendió la luz. Vio a Potota de
bruces sobre la cama, llorando, con una foto de doña Tomasa destejida por
las lágrimas.
Tanta pesadumbre le ablandó por fin el corazón. Le ofreció su pañuelo y le
dio un beso en la frente. Ella esperó a que se le deshicieran los nudos de
la garganta, disipó todos los sollozos con un esfuerzo de la voluntad y con
los ojos avergonzados como antaño, le dijo: -Disculpame, Perón. Soy una
tonta. El mayor esbozó una sonrisa.
-No importa. Ya pasarán esos dolores de mujeres. Ahora dejáme que busque
unos mapas. Tengo que irme.
Quizá tanto zigzag en la vida de nuestro héroe desoriente al lector. Como en
la historia se avecinan hechos de índole militar (¿o tal vez política?): se
avecinan inundaciones donde aguas de las más variadas especies habrán de
confundirse, parece prudente hacer un alto y recordar ciertos detalles de
interés.
1926: El héroe se instala con sus padres en un caserón de la calle Lobos
3529 (ahora Gregorio de Laferré-re entre Quimo y San Pedrito) e inicia su
noviazgo con Aurelia Tizón, hija de un conocido fotógrafo de Palermo, de
filiación radical.
1928: En noviembre, don Mario Tomás Perón muere tras una larga y cruel
enfermedad. Nuestro héroe debe postergar la fecha de su enlace hasta enero
de 1929. Al regreso de la luna de miel, la flamante pareja reside en la casa
de los Tizón, Zapata 315.
1930: En procura de intimidad, se mudan a un amplio departamento en la
avenida Santa Fe 3641, tercer piso. Amueblan el dormitorio con un ropero
estilo Luis XVI, una cama de altísimos respaldares y un toilette. Hay un par
de espejos enfrentados, de dos metros, que multiplican el cuerpo hasta el
infinito. En el comedor, el mueble principal es un aparador cuyos últimos
estantes sólo se alcanzan con escaleras; las patas de la mesa reposan sobre
cabezas de leones. El centro floral es un perro San Bernardo de cerámica
sobre el que cabalga una aldeanita tirolesa. En el living se amodorra un
piano que Potota no llegará a tocar.
1933: Una misión de frontera devuelve a nuestro héroe a los imponentes
escenarios de su luna de miel. Es una excursión al volcán Lanín, lo acompaña
su esposa.
1935: Fallece doña Tomasa Erostarbe de Tizón. A fines de año, nuestro héroe
parte como agregado militar a Santiago de Chile. En vísperas del viaje, José
Artemio Toledo lo visita: admiro la voiturette colorada en la que hará el
cruce de los Andes y pondera el coraje de Potota, quien llevará en el bolso
una pistola calibre 22, previendo cualquier emergencia.
1936: Ya en tierra extranjera, nuestro héroe se anoticia de que el general
Francisco Fasola Castaño, quien fuera su jefe en el Estado Mayor del
Ejército, ha sido retirado del servicio activo por difundir una proclama
contra "las ideologías exóticas que pretenden enturbiar nuestra ideología y
quizá mancillarla". Encendido de patriotismo, le remite una esquela de
solidaridad: "Mi querido general (... ) Tengo fe en su estrella y en su
persona, destino y hombre. Nada más se necesita para triunfar".
Nuevo zigzag. A comienzos de 1930, el capitán Perón era más un oficial de
gabinete que de acción. Las jerarquías ciegas del cuartel lo seducían ya
menos que las intrigas tuertas de palacio. Jamás se dormía sin leer alguna
página del conde Schlieffen y sin repetir en voz alta una máxima de
Napoleón, como quien reza. El tema de casi todas sus conversaciones era un
libro del general alemán Colman von der Goltz, La nación en armas, que
acababan de traducir en la Biblioteca del Oficial con cuarenta años de
retraso.
Enseñaba Historia Militar, y cuanto más discutía en clase a sus autores
favoritos, más sumisamente aceptaba las verdades de todos ellos como dogmas
de fe. "No hay peor crimen contra el espíritu que desaprovechar una
oportunidad", explicó a sus alumnos. "Cuando un estratega de genio propone
por escrito una nueva fórmula ofensiva, ¿con qué fin lo hace? ¡Para que
otros estrategas lo imiten! Y si él nos sirve semejante posibilidad en
bandeja, ¿por qué perderla? Tanto en la guerra como en la política no hay
sino una moral: la moral de lo útil. Y solamente los idiotas tienen en la
mano lo que es útil y lo dejan volar."
A Napoleón lo recitaba como al Credo. Schlieffen era en cambio su santo
Tomás de Aquino: la traducción de todos los enigmas sobrenaturales a las
luces del orden natural. Al invocar a Napoleón, lo recreaba. Partía de una
frase modelo y le iba dando vueltas:
El hombre es todo, los principios son nada / Cuando los principios son todo,
el hombre es nada. / Un
hombre es todo, todos, todos los hombres son nada.
Las ideas de Schlieffen, en cambio, lo seducían a tal punto que, en vez de
modificarlas, prefirió olvidar de quién eran. Al principio las reprodujo
entre comillas; luego las subrayó; más tarde insinuó que podían pertenecer a
Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, criaturas que se alejaban en la noche de
los tiempos y que finalmente se resumían en Perón.
El lector nos permitirá un último zigzag acelerado. En la primavera de 1970,
casi cuarenta años después de los hechos que estamos a punto de narrar, el
poeta César Fernández Moreno y el incipiente novelista Tomás Eloy Martínez
interrogaron al general Perón en Madrid sobre la cuartelada que acabó con el
gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen en la Argentina e inició una
seguidilla de protectorados militares.
Los guardias civiles a la entrada de la quinta, las perritas caniches, el
palomar, el fresno: ya conocen ustedes el escenario. La voz ronca del
General invitando a pasar, López Rega disponiendo los grabadores, Isabel
ofreciendo a los caballeros una tacita de café: ahorraremos todo eso.
Recogeremos sólo el desnudo diálogo donde las voces se entremezclan y
rearman el pasado (ese pasado) tal como fue. Los visitantes llegaron bien
pertrechados, con fragmentos de discursos, opiniones que Perón había dejado
caer en el curso de los años y hasta el erudito mamotreto de un profesor
gringo a quien el General se obstinaba en alterarle las vocales del
apellido. El dueño de casa no disponía de más arma que su memoria, pero en
ella había un fermento de vivezas largamente rumiadas.
-Permítanos decirle que a principios del 30, General, si bien era usted un
oficial oscuro todavía, gozaba del respeto de los superiores. Se mostraba
discreto, servicial, confiable, tenia una demoledora capacidad de trabajo y,
en tiempos de tan desbocados apetitos de poder, su talento político era como
una muela de leche. Por lo tanto, usted no parecía peligroso. Al presidente
Yrigoyen le pesaban los años. Hablaba poco, escuchaba menos, y un cerco de
aduladores lo apartaba de la realidad a tal
punto que hasta de sus sentidos sanos empezó a desconfiar: no creía en lo
que veía. En 1930, el aterrador silencio que bajaba desde el poder puso a
penar a ciertos militares. Ya que nadie da órdenes, ¿por qué no empezarnos a
darlas nosotros, que sabemos? Un elenco de coroneles viejos sintió
escrúpulos: se quería derramar sangre de conscriptos -sangre de civiles-
para voltear a un gobierno legítimo, violando los reglamentos y códigos que
habían jurado respetar. A los tenientes y capitanes, en cambio, se les caía
la espuma de la boca. Iban a participar del primer ensayo general para los
golpes de Estado. Les permitirían contemplarse, aunque fuera sólo por un
instante, en el espejo del poder. Usted, Juan Domingo Perón, se cruzaría
muchas veces con ellos en el camino: Ossorio Arana, Julio Lagos, Francisco
Imaz, Bengoa, todos esos tenientes y cadetes de 1930 se volverían más tarde
contra usted. Eran como unas grandes maniobras de entrenamiento contra la
razón histórica.
-Ah, no señor. Yo en ésas no quise meterme. Fui de los últimos en
desayunarme. En las mismas vísperas del golpe, el 5 de setiembre, había
pedido mi pase a Uspallata porque no quería saber nada con aquellos
traidores a la Constitución.
-¿Cómo pudo escribir usted entonces, en los apuntes que le confió al
teniente coronel Sarobe, que fue de los primeros: que José Félix Uriburu,
jefe del cuartelazo, lo apalabró en junio de 1930? Uriburu anunció -usted lo
cuenta- su intención de sustituir la democracia por un Estado corporativo.
Como era capitán, usted no se animó a contrariarlo. Pero se ofreció a
comprometer a otros jefes de prestigio en la conjura, reuniéndolos bajo una
misma tendencia y orientación.
-Esa fue la inquietud que siempre tuve: organizar. En 1943 las cosas se
hicieron bien porque ya estábamos organizados. Pero en el 30...
-A usted lo incorporaron al Estado Mayor revolucionario, sección
Operaciones. Le pidieron algunos trabajos menores. A pesar de sus esfuerzos,
General, aquel golpe de Estado era un caos. -Como el país, muchachos. La
Argentina entera se hacía pedazos. Tener un presidente tan viejo nos
envejecía. Éramos pobres, pero no dábamos lástima como damos ahora. Más del
treinta por ciento de los campesinos que se revisaban para el servicio
militar venían enfermos de tuberculosis. Todo el mundo
vivía de prestado, tirando la manga como decíamos entonces. Cada manguero se
reservaba un café o una confitería para sus chanchullos, como sucede con los
mendigos en el atrio de las iglesias. Cerraron los quilombos y nació un
negocio nuevo, el de las amuebladas. Por dos pesos, una manicura prestaba el
servicio completo: no dejaba uña sin tocar. Los jovencitos de familia se
acostumbraron a debutar con las pobres sirvientas. Todos los días llegaban a
Retiro vagones llenos de muchachas para todo servicio, que se conchababan
cama adentro por veinte pesos mensuales, y que si se negaban al apremio del
patrón o de los hijos, adiós pirula. Esas desdichadas no tenían más
entretenimiento que ir al zoológico los domingos y oír a Nick Vermicelli por
la radio. Yrigoyen era popular, claro, pero ya estaba muy viejito. El fuego
revolucionario se le había mojado. No quedaba más remedio que voltearlo.
¿Pero quién lo volteó? ¿El ejército? ¡No! Fue la oligarquía, que había sido
desalojada del poder en 1916 y esperaba su oportunidad para pegar el
zarpazo.
-Sin embargo, General, óigase decir el 8 de abril de 1953, déjese ir hacia
su pasado y oiga: "A Yrigoyen no lo echó abajo la revolución sino sus
propios correligionarios. Esos que andan haciendo ahora discursos por ahí:
ésos lo traicionaron...".
-¿No ven, muchachos? Al pobre viejo lo derrocó la oligarquía en alianza con
los radicales. ¡Si hasta el propio Alvear, que era como hijo de Yrigoyen,
brindó con champán cuando le dieron la noticia del derrocamiento! La
gratitud humana es como el pájaro que pasa: no deja otro recuerdo que la
bosta. -¿Usted lo admiraba, entonces?
-¿A Yrigoyen? ¡Claro que lo admiraba! ¡Si él pensaba lo mismo que pienso yo!
-¿Por qué se metió entonces en el golpe?
-Porque me engañaron, muchachos. Me dijeron que el gobierno robaba, que tal
ministro mantenía una querida vendiendo los durmientes del ferrocarril y que
tal otro negociaba con los lápices del Consejo de Educación. Y el gobierno,
calladito: nada decía. ¿Qué más pude haber hecho yo, un capitán de
morondanga?
-Usted describió las muchas cosas que hizo. Narro cómo, al caer la tarde de
aquel 6 de setiembre, se abrió paso en un auto blindado, siguiendo a los
escuadrones de granaderos. Dijo que a su alrededor la gente saltaba de
alborozo y arrojaba flores desde los balcones. ¡Viva la patria! ¡Muera el
peludo Yrigo-yen! Contó que, al llegar a la Plaza de Mayo, vio en las
azoteas de la Casa Rosada un mantel que flameaba como bandera de parlamento.
-Así fue, muchachos. Y oí a Enrique Martínez, el vicepresidente, pedirle a
Uriburu que lo matara. El pobre hombre, arrinconado, se puso histérico. ¡Yo
no renuncio, mi general! ¡Matemé si quiere! ¿Saben por qué lo vi? Porque
dejé a los granaderos como a las cinco y media de la tarde, caminé hasta la
calle Victoria y allí di alcance al auto del general Uriburu. Me subí al
estribo y entré con él en la Casa de Gobierno. Fin del zigzag. Comienza un
nuevo capitulo con música del tango que Discépolo escribiría cinco años
después: Cambalache.
(...) Se reproducen a continuación anotaciones efectuadas por la antedicha
Diana Bronstein en los márgenes del ejemplar secuestrado del semanario
Horizonte.
NOTA DEL OFICIAL SUMARIANTE: Las frases al pie son prueba concluyente de la
ideología extremista imperante en los cabecillas inculpados. Elévense a la
Superioridad a título informativo.
El Viejo tenía olfato napoleónico. Tenía un gran naso. ¡Oh, naso!
"Ya nunca más seremos cono éramos." Rebusque plagiado de "Las alas de la
Paloma" Henry James, frase final.
Zigzag. Zigzag.
Fasola Castaño, también conocido como Fa Sol La Tacaño, precursor de la
patria nacional-fasolista. Pasame un faso, Nun. Pasame un Te quiero.
DOCE
CAMBALACHE
Zamora la ha imaginado como ya no es. Ha esperado encontrarse con el rostro
frágil e imperial que asomaba en las fotografías de 1955. No ha pensado que
el tiempo la embellecería. Cuando Mercedes Villada Achával de Lonardi le
abre la puerta, Zamora se pregunta si no estará, tal vez, confundido de
sitio. El tiempo ha ido empujando la belleza de la mujer hacia adentro del
cuerpo, como si ella hubiese tenido pudor de mostrarla y fuese ahora sólo la
crisálida transparente que la cobija. Ha enviudado hace más de quince años.
Los hombres que sucedieron a su marido en el poder han sido ingratos con
ella. Extrañamente, la ingratitud le sienta: vierte una luz apagada, como de
otoño, sobre un porte que debió de ser demasiado altivo. Se ve que no ha
dormido. Bajo sus grandes ojos negros se abren valles violáceos.
-¿No me esperaba ya? -se disculpa Zamora. Ella se mantiene en la penumbra, a
la defensiva:
-Jamás espero a nadie. -Y sin embargo, cuando le franquea el paso, aprieta
las manos de Zamora con calidez-. Tengo malos presentimientos. Es lógico, en
un día como éste. Siéntese, hombre, siéntese. ¿Quiere un poco de te? -Ella
se pone de pie, en tensión-. Oiga: el silencio. Han dejado desiertos estos
lugares. Hace un momento, cuando me asomé al balcón y vi las calles, sentí
que una tragedia se nos venia encima. Ya habrá oído usted, Zamora, lo que
repite la gente: que las masas van a quemar el barrio norte apenas Perón
ponga los pies en Buenos Aires. Una familia de aquí abajo se fue ayer a Mar
del Plata. Llevaron las joyas, los cuadros, los animales. Estaban aterrados.
-Usted no debe preocuparse -la consuela Zamora, él también levantándose-. El
propio Perón no permitirá que nada pase... Ha dicho que viene en prenda de
paz y no creo que esté mintiendo. Ya pronto va a morir. Le interesa pasar a
la historia con limpieza.
A medida que sus ojos van acostumbrándose a la oscuridad, Zamora descubre
que la casa está en desorden y que, en verdad, doña Mercedes Villada Achával
de Lonardi ha vacilado, durante algunas horas, entre irse o quedarse. En un
rincón de la sala hay dos pequeños baúles abiertos, vacíos. Detrás.
presidiendo un horizonte de muebles enfundados, cuelga un retrato al óleo
del general Eduardo Lonardi, con el bastón de mando y la faja presidencial.
De un samovar de plata afloran los vapores del té. -La historia, la
historia... -ella menea la cabeza, escéptica.
-Nada se ve desde aquí. Tal vez, no sé, haya gente en la Plaza de Mayo. Pero
las orillas, señora: eso es un río. He tardado más de una hora entre Lands y
el centro. Al salir de Monte Grande, mi coche quedó trabado por una orquesta
de bombos que medía dos kilómetros. Omnibus, camiones, chatas destartaladas
están regados por las calles, de cualquier modo, bloqueando el paso. Es como
si el país entero estuviera hipnotizado.
-Las vísperas del Milenio... -insinúa ella.
-Tal cual. La Argentina asomándose a los abismos del fin del mundo. ¿Ha oído
usted la radio? -Prefiero no oír -contesta ella, mientras sirve el té-. La
radio me deprime.
-En un informativo han dicho que el almirante Rojas ha puesto trampas en su
casa, para defenderla contra un ataque de las masas. Está instalado en un
sillón, frente a la puerta de entrada, con un revólver de seis balas. Si los
asaltantes consiguen romper el cerco, disparará las primeras cinco y con la
última (dicen) se suicidará. Ha dado unas declaraciones muy pomposas, llenas
de ira -Zamora consulta un mugriento cuaderno de notas-. Oigalás, es una
cita textual: "El tirano que hoy regresa para infamar al país representa la
farsa del hijo pródigo, trayendo nuevos errores y peores designios en el
fondo de su insondable perversidad...".
-¡Mamarracho! -se le escapa a doña Mercedes. Y como si la invectiva la
hubiese despertado de pronto a otra realidad, clava la mirada en Zamora-.
¿Qué busca usted? Dígame la verdad. ¿Qué hará con todo lo
que yo pueda decirle?
El ha estado esperando esa pregunta:
-Y usted, ¿qué me dirá? ¿Se quedará callada, temiendo la venganza de Perón?
Soy yo el que le pregunto: ¿Es de las que prefiere que la historia se
escriba sola?
-Yo nada importo ya. Pero el general Lonardi es sagrado. A él nadie me lo
toca. Tantos periodistas han contado cosas que no sucedieron, tantos han
armado y desarmado la historia con mala fe, que ya no sé, no sé... Es
difícil creer que usted será distinto.
-Tengo que ser distinto, señora. No escribo una biografía, como los demás.
No busco explicaciones. A nadie juzgo. ¿Quién soy yo para decir que éste
obró bien o mal? Lo mío es más sencillo: me interesan las causas, no los
fines; las fuerzas que empujaron a los hechos. Fijese en este número
especial de Horizonte: hay un enorme hueco. El titulo promete la vida entera
de Perón, y no es la vida entera: sólo una parte. El General queda
suspendido en el apogeo de su gloria, subiendo al paraíso con Evita. No lo
verá vencido allí, ojeroso, con pánico, aguardando casi diez años después,
en una cañonera paraguaya, la piedad de Lonardi. ¿Sabe por qué no llegué
hasta el final? Porque me faltaba el principio. Lea estos párrafos de la
revista: no hay una sola línea sobre la tragedia griega que vivieron su
marido y Perón el 2 de abril de 1938, en Chile. En ese punto se dibuja un
blanco.
-Los hermanos enemigos... -suspira doña Mercedes, fatigada, sentándose.
-Esa es la tecla que me interesa tocar -apunta Zamora-: Caín y Abel. Rómulo
asesinando a Remo para que la ciudad (la historia) lleve la marca de su
nombre. El Asvin rojo y el Asvin negro de los Vedas galopando a la par, uno
en la luz y el otro en las tinieblas, como si el carro que conducen corriera
por la perpetua margen del crepúsculo...
-Déjeme saber qué ha escrito usted, Zamora. Quiero entender a dónde va, qué
pretende con esto. Zamora le tiende un ejemplar de la revista. Vacila.
Siente una brumosa inquietud por dentro, pero hacia afuera sólo exhala
calma.
-¿Me permite ver la televisión, señora? Sólo un instante. Eseiza estará
hirviendo ya. Y podremos ver el
palco de cerca... Doña Mercedes se encoge de hombros.
-Véala usted si quiere. Yo no. Y discúlpeme ahora. Voy a darle la espalda.
Va hacia el escritorio, en la penumbra. Se pone los anteojos, se refugia
bajo la luz de un quinqué, y en Horizonte lee:
Después del golpe de 1930 los militares se pusieron de moda. Casi todos los
sábados las niñas de sociedad daban un baile para honrar a los heroicos
cadetes que las habían salvado de la chusma. Un signo de que los uniformes
ablandaban hasta los corazones más conservadores fue el matrimonio que
concertaron por entonces Mercedes Villada Achával, cordobesa de vetusto
abolengo, con el teniente de artillería Eduardo Lonardi, hijo de un músico
italiano que tocaba en las retretas de los pueblos. Pero entre bambalinas,
la enfermedad del poder desgarraba al ejército. Ansioso por aplacar los
apetitos del general Justo, el presidente Uriburu lo eligió comandante en
jefe. Durante un par de semanas ambos fingieron una luna de miel. Justo
ubicó a sus hombres de confianza en los puestos de mando y entregó la
renuncia, esperando su turno. El capitán Perón, que aún navegaba entre las
aguas de un bando y otro, fue destinado a la Secretaría de Guerra. Le
confiaron misiones de importancia durante pocos meses. Luego cayó en
desgracia. Descalzo, su mentor, había sido alejado de la escena: era jefe de
un remoto distrito militar, en Formosa. Sarobe, otro teniente coronel que lo
trataba con simpatía, fue despachado a la embajada en Tokio.
A medida que el prestigio de Uriburu se desmoronaba, Perón iba exhibiendo
con mayor desenfado sus flamantes simpatías por Justo. En mayo de 1931 lo
retiraron de la Secretaría de Guerra y lo mandaron a investigar si todo
estaba en orden en las fronteras patrias. Como quien dice: Salí a ver si
llueve. Caminó desde Formosa hasta Orin entre ciénagas que por la noche
devoraban a los animales y por la mañana se convertían en campos de flores
pestilentes. Anduvo en mula desde La Quiaca hasta San Antonio de los Cobres
por unos desiertos lechosos cuyos habitantes vestían pieles de guanaco y
hablaban en un idioma de gárgaras y mocos entreverados.
Cierta mañana de calor terrible le avisaron que lo habían ascendido a mayor,
lo que no significaba una simple mudanza de jerarquía. A partir de aquel
momento era un jefe: tendría que mandar más que obedecer...
Doña Mercedes saltó la barrera de algunas páginas que abundaban en
descripciones de paisajes patagónicos y en reflexiones retóricas sobre el
"tejido siamés" que junta, según Perón, los destinos del ejército y de la
patria. Se detuvo en las referencias a Chile. Eran sólo paréntesis dentro de
una larguísima cronología:
1937: Nuestro béroe ha conquistado Chile. Los agregados militares de cien
países lo eligen para que los represente ante el mandatario Arturo
Alessandri en las fiestas de la Independencia. Una ovación premia su
elocuente discurso. El presidente de la república lo invita a la fiesta
íntima que dará dos días más tarde. Allí, Perón se gana para siempre la
amistad de Alessandri. A los postres, canta con voz desafinada pero vívido
sentimiento el tango Cambalache, al que califica de rapsodia ética del alma
argentina. El funcionario chileno Luis Villalobos, quien conoció a nuestro
héroe en aquel ágape, recuerda que al final del tango confundió la letra y
que el doctor Alessandri, cortés, se lo hizo notar. Con acompañamiento de
bandoneón a cargo de Potota, nuestro héroe había cantado:
¡Siglo veinte, cambalache problemático y febril... El que no llora no mama y
el que no mama es un gil
(Y el presidente le apuntó: el que no afana es un gil, / el que no afana)
Los sólidos afectos que Perón -ya con el rango de teniente coronel- siembra
en Santiago se ponen de manifiesto en marzo de 1938: cuando es objeto de
innúmeros agasajos con motivo de su regreso a Buenos Aires, donde el
ministro de Guerra le ha reservado un trascendental destino...
-Esto no es serio, Zamora -se vuelve doña Mercedes, quitándose los
anteojos-. ¿Y usted quiere complicar al general Lonardi en una chismografía
del mismo estilo?
Zamora no la oye. Por discreción, ha reducido a cero el volumen del
televisor. Aun así, brotan unos sonidos tormentosos que tal vez sean los
cánticos de la muchedumbre o el vozarrón del locutor. La cámara merodea
entre la muchedumbre, desorientada: cruza unos pastizales desiertos, desfila
sobre campos de letras como si trazara las huellas de un hormiguero, se
congela sobre la fotografía incompleta de Isabelita, que unos obreros se
apresuran a rellenar: le falta el hombro aún, un pedazo de oreja, el moño
del rodete. Unos camiones descargan, a la vera del palco, cestos llenos de
palomas. Los músicos de la orquesta sinfónica pretenden afinar sus
instrumentos. ¿Zamora?, repite doña Mercedes, y esta vez él la mira con
azoramiento, como si desembarcara de un mar prohibido. ¿Cestfini?, pregunta
ella, ofensiva. ¿Fini, la mascarade degoivante? Y desde la penumbra del
quinqué le tiende un fajo de manuscritos. -Tenga, Zamora -ordena, agitando
los papeles-. Aquí tiene la historia que Eduardo y yo vivimos con los Perón
en Chile, hace treinta y cinco años. La he copiado de mis cuadernos durante
toda la noche. Hay allí más de lo que usted espera.
Ella se pone de pie y camina hacia la luz, gallarda. Por un momento, la edad
parece desprendida de su cuerpo, como si se hubiese roto la crisálida de su
belleza y la luz de antaño se pusiese a volar. -Publicaré tal cual su
historia, línea por línea.
-No vaya usted tan rápido, Zamora. Hasta muy tarde, anoche, mis hijos me
aconsejaron que no le entregase nada. ¿Por qué a ese hombre, por qué tan
luego a él?, me dijo Marta, la mayor, que está escribiendo un libro de
homenaje a su padre. Y la verdad es que yo tampoco lo sabia: porque a usted,
Zamora. Ahora, mientras leía esta sucia revista, tuve la revelación. Porque
usted conoce el otro lado de la historia, el lado de Caín. Porque si me ha
llamado, fue por algo. Dios es justo, ¿se acuerda? Dios es justo: el santo y
seña con el que Eduardo derribó a Perón.
Su lenguaje de cólera avanza con serenidad, como si fuera un dogo amaestrado
al que tiran de una traí-lla, hasta que algo la traiciona: toma la taza de
té y una gota le cae sobre la falda inmaculada. En ese punto, Zamora y ella
sienten la oscuridad de un trueno en la plaza San Martín, a dos cuadras.
Ambos han pensado en una lluvia profética, pero no lo dicen: la lluvia roja
del fin del mundo. Doña Mercedes se asoma a la ventana y aparta los
visillos. Hay sol. El trueno cae otra vez con la torpeza de un animal
agonizante. Ahora el trueno se enreda con un zumbido monótono, da un salto
de langosta, se vuelve voz, grazna con la inequívoca melodía, qué grande
sos, Perón, Perón.
Zamora está preparado para el trueque. Ha traído una carpeta llena de viejos
recortes y la despliega. -No le voy a contar el otro lado. Voy a mostrárselo
para que se sorprenda. Pocas veces oirá en un solo drama tantas pasiones que
se contradicen. Empiece por aquí. Lea este informe de los corresponsales de
Horizonte:
ACTO I. Perón llegó a Santiago en marzo de 1936, por el paso de Uspallata.
Hasta diciembre de 1937 vivió en el barrio de Providencia -y no en el de
Nuñoa, como suele decirse-, acaso en la calle Diego de Almagro. A las siete
de la mañana comenzaba su trabajo en una pequeña oficina del pasaje Matte,
cuyas ventanas daban entonces a los jardines privados del embajador
argentino. Vale la pena describir este pasaje donde se desencadenará el
drama que selló los destinos de Perón y Lonardi. Está ubicado frente a la
Plaza de Armas. Sus cuatro bocas de salida dan a las calles Huérfanos,
Ahumada, Compañía y Estado. Las tiendas exudan humedad. En sus escaparates
rancios se ofrecen artesanías de las provincias: pailas de cobre, riendas de
cuero, ceniceros de greda. La embajada argentina se concentraba allí, en un
quinto piso, sobre la calle Ahumada.
Afuera, se abría una ciudad mísera, entorpecida por falanges de pordioseros.
Roberto Arlt, que pasó por Santiago en 1937, la describió así en una carta a
su madre:
Esto es peor que África. La gente no come prácticamente. Para nosotros los
argentinos que traemos dinero, la vida es barata; para los nativos sumamente
cara. Las estadísticas demuestran que un chileno come ocho gramos de carne
al día. Las dos terceras partes de la capital están formadas de conventillos
coloniales. Conventillos de una cuadra de largo, con tejas de la época de
San Martín...
Para los agregados militares era entonces trabajo de rutina -tanto en
Santiago como en Buenos Aires-conseguir planos, mapas, estadísticas,
informes de maniobras y documentos estratégicos del otro país. Jugaban a la
guerra, al espionaje, al patriotismo. El presidente chileno Arturo
Alessandri, hombre de izquierda, no aceptaba con buen humor esos cambalaches
militares. Desde comienzos de 1935 el ejército y la marina lo asediaban con
peticiones de dinero para modernizar el armamento. Necesitaban pretextos: un
enemigo ilusorio, un espía incauto, la sombra chinesca de una guerra
proyectada sobre el indefenso Estado. Perón, que preveía esas amenazas,
tejió su telaraña en la penumbra, retrocediendo una vez y otra en el momento
de actuar. Lonardi con inocencia, quiso hacer méritos y mordió el anzuelo.
Hay tres versiones de la historia, y las tres son implacables con Lonardi.
Los diarios de la época omiten a Perón. Cuentan (no hay que perder de vista
los detalles) que desde por lo menos un año atrás los servicios de
inteligencia militar chilenos seguían la pista de un ex oficial del
ejército, Carlos Leopoldo Haniez, a quien se creía interesado en vender
documentos secretos.
El jefe de los servicios, coronel Francisco Japke, urdió una sucesión de
trampas. Ordenó a dos antiguos camaradas de Haniez que reanudaran la amistad
con él y se fingieran cómplices. Hubo -relata el semanario Ercilla- "vinos
maravillosos, alegres comidas, brindis interminables".
Los documentos debían ser vendidos a través de Guido Arzeno, un argentino
que representaba en Chile los intereses de la compañía Artistas Unidos.
Arzeno vivía en el departamento 311 del pasaje Matte. Japke ordenó que le
intervinieran el teléfono y se disimularan micrófonos en el vestíbulo.
Alentado por sus camaradas, Haniez soltó la lengua.
El agregado militar de un país vecino -dijo- se interesaba por comprar
documentos inútiles a precio de oro. Ofrecía setenta y cinco mil pesos por
el plan de movilización del ejército chileno y veinticinco mil más por el
informe secreto sobre las últimas maniobras. Un capitán ganaba doscientos
pesos por mes. Los argentinos les pondrían, sin esfuerzo, una fortuna en las
manos.
Los amigos de Haniez simularon conflictos de conciencia. Dijeron al fin que
sí. Fijaron una cita para el sábado 2 de abril, a las ocho de la noche, en
el departamento de Arzeno.
Aquí es preciso detenerse y recapitular. Quien había seducido a Haniez era
Perón. A mediados de marzo, Perón regresó a Buenos Aires. En una cita última
con Haniez, le habría dicho: "Hombre, no se preocupe. Mi sucesor, Lonardi,
ya tiene órdenes de cerrar el trato. A donde vaya usted con los documentos
llevará él la valija con el dinero".
En la noche del viernes 1°, el oficial traidor recibió un juego falso de
mapas y estadísticas, amañado por Japke. Al día siguiente, una patrulla
policial irrumpió en el pasaje Matte. Lonardi fue sorprendido cuando
fotografiaba los papeles con una máquina Contax. A sus pies estaba la valija
repleta de dinero. Los detectives incautaron sesenta y siete mil pesos.
232
Tres días más tarde, el gobierno argentino dispuso el inmediato regreso del
agregado militar y le formó un tribunal de guerra. El matrimonio Arzeno fue
expulsado de Chile. Haniez purgó su pena en una prisión militar durante dos
o tres años. Alguien lo vio en lima en 1941, vestido como un dandy, saliendo
de una boite.
ACTO II. Declaraciones de la señora María Teresa Quintana, hija de quien
fuera embajador argentino durante los sucesos.
Conocí a Perón muy de cerca. Mi padre, Federico Máximo Quintana, le
profesaba un espontáneo afecto, y lo invitaba un par de veces por semana a
banquetes y almuerzos. Aún retengo su imagen, fresca y patente. Era un
hombre chispeante, sumamente refinado. Llegó a Santiago en los primeros
meses de su viudez y se comportó con especial devoción católica. Cuando
debió partir, se le brindó una despedida excepcional en la embajada, a la
que asistió el propio canciller chileno.
Por esos días llegó el nuevo agregado militar, mayor Lonardi. No era tan
brillante como Perón y mi recuerdo de su estampa es vago. Por candidez o
torpeza se vio enredado casi de inmediato en una historia de espionaje que
afectó mucho a papá...
ACTO III. Declaraciones de doña Enriqueta Ortiz de Rosas de Ezcurra, esposa
de quien fuera cónsul general en Santiago entre 1933 y 1942.
¿A Perón? ¡Cómo no! ¡Claro que lo recuerdo! El día en que me lo presentaron
le comenté a mí marido. Andrés: ¿Viste a ese tipito? Piensa que puede
llevarse a todo el mundo por delante. Se cree superior. La embajada era por
entonces un club de buenos amigos. Estaba Ludovico Lóizaga, Tulio de la Rúa,
Adolfo Béccar y Federico, el embajador, con quien Perón tuvo un horrible
incidente a la semana de llegar. Federico lo invitó a comer. Las mujeres
fuimos todas vestidas de soirée. La mujer de Perón, ¡pobre!, resultó un
fiasco. Era una cosita... ¿qué le diré?, insignificante. Yo, de pura
curiosa, le pregunté a Perón qué impresión se había formado de nuestro
cuerpo diplomático. Me contestó con una guarangada. Dijo que a nuestros
maridos los mandaban al exterior más por sus apellidos y relaciones que por
sus reales conocimientos. Hay muchos asnos sueltos, dijo. Yo los arreglaría
con un mes de instrucción militar. Imagínese cómo pudo terminar aquello: ¡un
hielo! Con un ademán elegante, Federico nos insinuó que pasáramos por alto
el atropello. Supe que la embajadora, disgustadísima, dijo que si se repetía
la guarangada, ella misma lo echaría de la mesa.
Perón debió de sentir el vacío porque sólo de vez en cuando se presentaba en
las recepciones de la embajada. Me dijeron que alternaba con militares
chilenos y que hasta intentó embaucar a uno de ellos en no sé cuál misterio
de espionaje...
ACTO IV. Declaraciones de Carlos Morales Salazar, autor de un Estudio
exegético de la doctrina jus-ticialista.
El periodismo chileno se despreocupó del caso. Todos sabemos que los
agregados militares no cumplen otra función que la de espiar: cuando van a
un país, van sólo a eso. ¿A qué más podría ser? A espiar y a buscar armas.
Perón le sirvió a Lonardi una breva en bandeja y éste se dejó atrapar. ¿Por
culpa de Perón? ¡No! Por imbécil. Es lógico que Lonardi no perdonara nunca
el terrible traspié y le echara la culpa a quien, siendo su hermano,
acabaría por ser su peor enemigo.
Perón es muy astuto, muy hábil. Si algo hizo, nadie le probó nada. Y la
historia chilena ya le extendió patente de inocencia. La prueba está en que
cuando vino de visita, siendo mandatario, mi país lo recibió con toda clase
de honores y a nadie se le ocurrió mentar el desdichado episodio de 1938.
-¡Dios mío! -suspira doña Mercedes, cubriéndose con una mano el cuello-.
¿Así, con esta clase de harapos, escriben la historia ustedes, los
periodistas? -Se incorpora. Unas ojeras púrpuras le han envejecido la
mirada.
-¿Con estas indecencias? Voy a perder en el trueque con usted Zamora. Debí
haberlo previsto. Le daré la verdad a cambio de una sarta de mentiras. No es
culpa suya, no. ¿Cómo podría culparlo? La culpa es de Perón. Todo lo que ha
pasado por sus manos se infecta. Los hombres, el ejército y este país de...
-iba a decir: de mierda. La palabra se agota en un zumbido y no sale de su
boca- ...este pobre país. Y ahora estamos dándole una segunda oportunidad.
Fijesé usted...
Se vuelve con tristeza hacia el televisor. Flamea una bandera. Un cerco de
hombres emponchados, con anteojos oscuros, sube lentamente por el terraplén
hacia el palco, en Eseiza. La cámara se acerca lentamente hacia la imagen
descomunal de Perón, fotografiado de civil, adusto. Una brizna de sorna le
aviva la mirada.
-Han completado a tiempo la foto de Isabel -descubre Zamora-. Ya le han
puesto el codo. Y ahora, vea: la envuelven en banderas.
Doña Mercedes no lo escucha. Con la mano en el cuello, como defendiéndose de
la oscuridad que ahora tatúa los silencios del aire desde infinitas partes.
-Nadie ha tenido aquí una segunda oportunidad. Ni San Martín, ni Rosas ni
Lonardi. Este país es cruel. Es insensato. Sólo hay segunda oportunidad para
los canallas.
De los papeles que ha tomado Zamora se desprende un malestar físico, la
rémora de una enfermedad que debió de durar toda la noche y que sólo ahora,
extenuada, se disipa. Son papeles que han sentido mucho y han quedado
convaleciendo de sus sentimientos. Se les nota. En la primera hoja del
diario de doña Mercedes las palabras están cortadas por el borrón de un
dibujo -¿el perfil de una mujer, una ciudad vista desde arriba?-, y sobre
las dos últimas se descascaran sendas memorias fúnebres: la cartulina con la
fotografía de Potota que recuerda su muerte, y el aviso del diario El Mundo
invitando al entierro. Mientras hojea los papeles, cae sobre Zamora la
irrefrenable glotonería de los chismosos. Quisiera hincarles el diente ahora
mismo.
-¿Puedo? -dice, y de inmediato se turba, ¿qué hago en el medio de todo
esto?, nada me pertenece, he llegado a esta historia como un intruso. Deja
caer una disculpa desatinada: -Lo siento.
-Aquí no hay suficiente luz -advierte doña Mercedes, con las manos sobre la
falda, ocultando la mancha nimia de té-. Es mejor que se acerque a la
ventana. Lee Zamora:
Santiago, Santiago: Cordillera, páramo, paso. Dios mío, qué lejos. Qué
terrible si viajáramos de noche por estos parajes. Páramos, pasos. Envidio a
Eduardo, mi marido. Cuánta confianza en el destino. En estas inmensidades,
cordilleras, no sé confiar. Dios nos ampare. No sé confiar.
Doblan unas campanas, a lo lejos.
-¿Campanadas a esta hora, en este día? ¡Qué raro! Vienen desde la iglesia
del Socorro... -Zamora se precipita hacia el televisor-. ¿Será el avión que
llega, tan temprano?
-Si está preocupado, venga, oiga las noticias -consiente doña Mercedes desde
un sillón, en la penumbra. Está de espaldas a las ventanas y a las imágenes,
pero en verdad pareciera darle la espalda a todo. Los helicópteros zumban
sobre la muchedumbre. El televisor profiere un llamamiento asmático:
"¡Ensayemos!... Momentito, compañeros. A ver, a ver... ¿Cómo vamos a recibir
a nuestro General cuando llegue? Ensayemos... Uno, dos... ¡Tres! Los
muchachooos peronistaas...". La voz enronquece. Zamora comprende. También
las campanas han tenido un desliz, una súbita descortesía. No saben qué
hacer con el silencio de la mañana: tan espasmódico, cavernoso. Apaga el
aparato y vuelve a la lectura del diario de doña Mercedes:
(Dibujos: círculos, flechas. ¿Una ciudad o una montaña?) El viaje resultó
muy cansador. Sucedió algo ridículo, pero terrible. La más chiquita de mis
hijas perdió el chupete. Crucé la cordillera encerrada en el baño, para que
los otros pasajeros no sufrieran su llanto.
Llegar a la estación de Santiago fue un alivio. Olvidamos todas las
molestias cuando pisamos tierra chilena. Mi marido y yo estábamos llenos de
ilusiones. El puesto de agregado militar significaba un cambio completo de
vida. Durante un par de años tendríamos cierto bienestar económico: un
paréntesis en esa rutina de contar los centavos y andar restringiéndonos en
los gastos.
Desde mediados de 1937, Eduardo -que tenía ya el grado de mayor- esperaba
que lo mandaran en una misión al extranjero. Al principio lo eligieron para
una gira de estudios por Alemania. Era la usual antesala de quienes, al
regresar, enseñarían en la Escuela Superior de Guerra. Pero se movieron
algunas influencias en su contra y fue desviado a Chile.
Perón nos esperaba en el andén con Potota, su esposa. Yo no los conocía. Me
impresionaron muy bien. Eran simpáticos, amabilísimos. Ya nos habían
conseguido un departamento en el residencial Lerner del pasaje Suóercaseaux,
y ellos mismos, para que nos sintiéramos menos solos en los primeros
tiempos, habían dejado su casa en el barrio Providencia y se mudaron allí.
Todo estaba previsto para recibimos: el vestíbulo lleno de flores y frutas
heladas para mis hijos.
Nuestros maridos trabajaban juntos. Patota y yo éramos vecinas. Por las
tardes, salíamos en el auto de Perón a visitar la ciudad. Acababa de cambiar
su voiturette por un Packard nuevo e insistió mucho en que no
desaprovecháramos la ganga del status diplomático para comprarnos un coche.
"Metanlé, que así sale regalado", nos decía. Los sábados salíamos a bailar,
yo siempre con Eduardo. Era lógico, entonces, que termináramos enlazando una
fraternal amistad.
Advertí de inmediato que los Perón eran un matrimonio muy unido. Cada vez
que Potota se refería a él, la boca se le llenaba de orgullo. Un atardecer,
recuerdo, caminábamos juntos detrás de nuestros maridos. Los dos iban de
uniforme. Estaban imponentes. Potota me dijo, con expresión vivaracha: "Mirá
qué figura tienen. Qué buenos mozos son. No descuides a Eduardo. Las mujeres
chilenas son unas águilas. Inteligentes, atractivas. Y sobre todo,
entradoras". ¡Potota era celosísima! Y Perón también: a los dos les gustaba
la vida hogareña. Ella cocinaba y arreglaba la casa; él se la pasaba leyendo
papeles. Eduardo y yo veíamos por entonces a muy poca gente. Como éramos
recién llegados, no conocíamos casi a nadie en la embajada. Alternábamos con
los matrimonios Ezcurra y Lóizaga y, por supuesto, con el embajador Federico
Quintana, cuya mujer, Clementina Achával, era parienta mía. La vecindad y la
gentileza de los Perón nos iban acercando a ellos naturalmente. Los veíamos
a diario.
Releo mis apuntes de aquellos tiempos y paso por alto una sarta de anécdotas
menudas. ¿A quién podrían importarle? Veo por aquí un recuerdo del 7 de
febrero.
Potota se ha quejado de malestares. Trastornos de mujeres. ¿Qué te dicen los
médicos?, pregunto. Bah, nunca me encuentran nada. Hablamos de los Quintana.
Según ella, detestan a los agregados militares. Dice: Cada vez que van a dar
una fiesta me duele la cabeza. Desde los dormitorios, en los altos de la
casa, los chicos nos tiran zapatos y papeles. Les han enseñado a mostrarnos
mala voluntad. La tranquiliza No será para tanto, Potota.
Eduardo se sorprendió bastante cuando Perón le dijo que tenía órdenes de
permanecer dos meses más en Santiago. No era lo acostumbrado: un oficial
debía ceder su puesto casi de inmediato a quien lo relevaba Nos pareció un
detalle trivial. Faltaban pocas semanas para que Justo entregara el mando al
nuevo presidente, Roberto M. Ortiz. Yo pensé que se trataba de una cuestión
protocolar. No era así. Sin saberlo, Eduardo y yo avanzábamos hacia una
enorme desgracia.
Una noche salimos a bailar. Hacía calor. Los hombres confiaban en nuestra
discreción y hablaban libremente delante de nosotras. A Eduardo le
inquietaban los malabarismos ideológicos de Alessandri, que tanto se
entendía con los conservadores como con el Frente Popular. A Perón le
divertían muchísimo esos enjuagues. Dibujaba flechas en los manteles para
marcar por dónde iba la táctica y por dónde la estrategia. No sé en qué
punto se desvió el tema.
-He descubierto algo muy grave -dijo Perón-. El gobierno chileno está
interesado en provocar un incidente fronterizo con la Argentina Si el truco
da resultado, habrá movilización de tropas. El Parlamento ha rechazado aquí
una nueva partida para la compra de armas. Pero ante la inminencia de una
guerra, tendrá que ceder. Alguien se ha ofrecido a venderme por una bicoca
todos los documentos: el plan del incidente, las maniobras de movilización.
Como es lógico, el Estado Mayor argentino está informado de todo. Ya hemos
comenzado a negociar la compra.
Le preguntó a Eduardo qué órdenes había recibido del ministro de Guerra,
general Basilio Periné. -Colaborar en todo con usted -respondió mi marido.
-Voy a ponerlo en contacto con un argentino gauchazo que se llama Guido
Arzeno -dijo Perón-. A través de él haremos la operación.
Aquella noche nos quedamos hablando hasta muy tarde con mi marido. Yo tenía
la impresión de que a Perón no le gustaba ser relevado de su cargo. había
empezado un difícil trabajo de espionaje y seguramente deseaba completarlo
él. Nuestra llegada era un estorbo. Eduardo me disuadió. Me dijo que no
fuera ingrata Que recordase con cuánta cortesía nos habían atendido, con
cuánto afecto. Pero desconfiaba de la facilidad con que su predecesor había
conseguido los planes. ¿No será una trampa?, me dijo. Estaba incómodo porque
Perón había metido a un civil en un asunto delicado, que comprometía la
seguridad del país.
El 20 de febrero Roberto M. Ortiz asumió la presidencia. Pertiné fue
sustituido en el Ministerio de Guerra por el general Carlos Márquez. Una
tarde, salimos a caminar por la Plaza de Armas. Nos detuvimos en una
confitería
-Me han ordenado volver a Buenos Aires -anunció Perón, de repente-. El 5 o
el 6 de marzo nos vamos en el Packard.
-¿Cómo? ¿Y aquel asunto de los documentos? -se inquietó Eduardo.
-Lo he dejado ya listo. Lo único que debe hacer usted es abrir las manos, y
los documentos le caerán como una breva pelada. Lo que sí le recomiendo es
que no use la embajada para la operación. Use la casa de Arzeno.
Un hombre siempre recibe avisos de la conciencia: no hagás esto o aquello.
Algunos le llaman presentimientos. Otros, escrúpulos. Eduardo tenía oprimido
el corazón. No le gustaba nada entrar en aquella telaraña, pero a la vez no
quería que lo confundiesen con un cobarde. Para colmo, por aquellos días nos
enteramos de que Perón, con el pretexto de controlar la seguridad de la
embajada, revisaba los papeles que los funcionarios arrojaban a los cestos.
Sentimos un cierto alivio cuando se fue. Hubo algunas despedidas en las que
todos fingíamos cordialidad
pero ya no hablábamos con la misma confianza, ya entre los Perón y nosotros
nada era lo mismo. A mí
me daba lástima Potota, que amanecía cada vez más demacrada. Poco antes de
irse, me dijo:
-Estoy sangrando todo el tiempo, Mecha Y ningún médico me descubre nada.
-Ya vas a ver cómo se te cura todo en Buenos Aires -la consolé-. Estás así
de pura melancolía.
Todos ya saben lo que pasó después. El 2 de abril, a las ocho de la noche,
Eduardo fue detenido por oficiales de inteligencia chilenos mientras
fotografiaba los planes que un ex teniente, de apellido Hanier le había
ofrecido a Perón. Allí cayó también el matrimonio Arzeno. Allanaron mi casa.
De la caja fuerte se llevaron los quince mil pesos argentinos con que se
pagaría el trabajo. A la tarde siguiente Eduardo recibió un telegrama desde
Buenos Aires. Debíamos regresar con urgencia. El viaje terminaba. Pocas
veces una mujer habrá sentido, como yo, que sus ilusiones se perdían tan
injustamente. Llevábamos en Chile poco más de dos meses. Eduardo se había
comportado con extremo tacto y honor. ¿Y así tendríamos que marcharnos. con
la cabeza gacha?
No soy de las que se dejan derrotar con facilidad. Resolví entrevistarme a
solas con los Quintana y pedirles ayuda.
-Mi marido ha cumplido con su deber -les dije-. Pero el gobierno chileno se
ha excedido. Mi casa fue allanada. Corresponde que ustedes hagan una
reclamación diplomática. Federico me miró con extrañeza, como si yo
estuviera loca.
-No me diga eso, Mecha. ¿Cómo pudieron allanar su casa? Piénselo bien. ¿No
lo habrá soñado? A veces, en las crisis, la imaginación de las personas se
descontrola...
Salí desesperada. A la mañana siguiente, encontré la respuesta en "El
Mercurio". El Ministerio de Relaciones Exteriores chileno no presentaría
reclamaciones diplomáticas a Buenos Aires. Y Buenos Aires, por su parte, se
callaría la boca. El pacto se había sellado a costa de mi felicidad y la de
Eduardo.
Quince días estuvo mi marido arrestado en el hotel Savoy de Buenos Aires. A
mi hermano Clemente le dijeron que lo darían de baja. Una vez más, decidí
actuar. Si toda esta horrible historia empezó con Perón, debía terminar con
él. Dios (me dije una vez más) es justo.
Llovía a cántaros. Las calles de Buenos Aires estaban inundadas. Tomé un
coche de plaza y me presenté en el departamento de los Perón, que vivían por
entonces en la calle Arredondo casi esquina Obligado. Me abrió la puerta él,
con mal disimulada sorpresa. Jamás lo olvidaré. Vestía una robe de chambre a
lunares y unas pantuflas combinadas, blancas y marrones. Mis nervios se
quebraron y a duras penas contuve los sollozos.
-Usted es el único que puede salvar a Eduardo -le dije-. Cuente la verdad en
el Estado Mayor. Adviértales que usted y mi marido cumplían órdenes de
Pertiné. Que usted urdió la trama: habló con Haniez, consiguió la plata e
hizo el contacto con Arzeno. Que usted lo dejó a Eduardo con todo listo ya,
para que le cayeran los documentos como una breva pelada. ¿Lo recuerda?
-No tengo nada que ver -me contestó con sequedad. Estaba de pie, y yo
también, empapada-. Si su marido echó a perder las cosas no es culpa mía. Yo
fui claro con él. Le previne que no fotografiara esos documentos fuera de la
embajada. Me sorprendió tanto cinismo:
-¡Perón! ¿Cómo puede hablar así? Yo misma estaba delante cuando usted le
aconsejó a Eduardo que no metiese a la embajada en esto. Por la seguridad de
nuestro país, le dijo. Y no había confusión en su tono: usted se lo ordenó.
-No entrevere las cosas, Mecha. Yo jamás hablé así Y ahora, por su bien,
váyase. Las mujeres no deben meter la nariz en los asuntos del Estado.
-Entonces, ¿no hará nada? -Váyase -repitió él.
Y yo, de tonta, mientras salía, saqué fuerzas de no sé dónde y le pregunté:
-¿Cómo sigue Potota?
Aquella misma tarde vi a Eduardo en el hotel Savoy. Lo encontré muy
deprimido. Y las diligencias que yo había hecho a escondidas de él lo
pusieron peor. Me recriminó con ternura. Luego se atormentó pensando qué
habría querido decir Perón con aquella amenaza. "Váyase, por su bien". "Por
su bien". Mi marido rara vez perdía los estribos. Pero esa tarde, la cólera
fue, poco a poco, subiéndole a la cara. Me pareció que el cuerpo se le
llenaba de ceniza: era él, pero por dentro sólo tenía ceniza. Me dio miedo.
Se levantó del sillón y miró a través de la ventana. Llovía espantosamente.
Yo sentí que los huesos se me helaban. Eduardo levantó un puño contra el
cielo de Buenos Aires.
-Dios lo hará tragarse las palabras -dijo, con los dientes apretados-. Dios
se las cobrará, una por una. Un amigo, Benjamín Rattenbach intercedió por
Eduardo ante el ministro de Guerra y le salvó la carrera. El tiempo nos fue
aplacando la ira. En setiembre, supe por un aviso fúnebre que Potota había
muerto. Fui en silencio a su tumba y le llevé unas flores. Me quedé largo
rato, rezando y meditando. Salí, sin darme cuenta, toda bañada en lágrimas.
Recordatorios, polen de margaritas, recortes amarillos: las memorias que ha
copiado doña Mercedes llegan a las últimas páginas con la lengua afuera. Hay
borrones que inclinan sus rayas como los árboles, y abajo un río de palabras
o de sauces tristes.
Ella sigue de espaldas. Ha encorvado el cuerpo para que se refugie por
completo en la penumbra, y sólo las manos van y vuelven bajo la intemperie
del quinqué, hojeando las fotografías de Horizonte. El cuerpo se ha
desentendido de lo que tocan las manos, como si temiera que los recuerdos
ajenos -los recuerdos de Perón- pudiesen clavarle sus aguijones de garrapata
en la sangre.
Zamora sepulta los papeles en los ajados nichos de la carpeta que ha llevado
consigo, y por última vez se vuelve hacia el televisor. Lo que ve ahora lo
decepciona: tediosas placas de bienvenida.
AL GRAN ARTIFICE DEL REENCUENTRO NACIONAL /
ACLAMA SUPE AL SIMBOLO DE LA UNIDAD /
LA COOPE RATIVA POPULAR CANGURO SALUDA JUBILOSAMENTE
AL GENERAL DE LA LIBERACION ARGENTINA Y LATINOAMERICANA /
PADRE Y MAESTRO PATRIO LIROFORO PATRIARCA,
MAGICO PATRIMONIO DE LA CELESTE BARCA NACIONAL
HOMENAJE DE AUTOMOTORES ROTA-RT
Es poco más de mediodía. Nada pasa en Eseiza.
TRECE
CICLOS NOMADES
Si el teniente coronel pinta la raya colorada en el pizarrón y ordena que
por ahí no pueden entrar los zurdos, no entran y se acabó. ¿Para qué, si no,
está el palco, ah? Para que lo cuidemos con la propia sangre, digo yo. A uno
por uno va el teniente coronel pidiéndonos un estimado de la situación. ¿Y
voz cómo la vez, Arcángelo?, dice ceceando (no termino de acostumbrarme a
eso: que cecee). Yo la veo fácil, digo. La veo absolutamente dominada.
No tendría que haber llegado tarde a la reunión, pero ha llegado. Cuánto de
tarde, no sé. Ya la explicación del operativo ha comenzado pero el teniente
coronel me la repite porque me sabe de fierro, tiene fe ciega en mí. Me
acomodo atrás, al lado de la puerta. En seguida se ha llenado de humo el
cuarto pero ni siquiera podemos abrir las ventanas. Reserva máxima. En el
hotel internacional no hay cuarto que no esté podrido para siempre, el tufo
a pucho se ha pegado a las cortinas, a las alfombras, a todo. Cuánta
nicotina suelta. El pulmón del fumador (decía Daniel, me acuerdo) es como un
panal de cucarachas. Aquí estamos los doce que llaman Elegidos. Lito, que ha
venido detrás de mí, se sienta en la cabecera de la mesa, presidiendo, a la
izquierda del teniente coronel. A la derecha está una compañera muy
nerviosa, medio jovata ya, pura fibra, comiéndose las uñas. Es la única mina
por la que Lito Coba se saca el sombrero. Norma se las ha jugado enteras en
la resistencia, me ha contado más de una vez. Tiene unas pelotas así de
grandes.
Lito es muy piola, un compinche, cuando lo veo me da... no sé, como un sudor
en el corazón. Fue un poco bruto al principio conmigo, pero con la
experiencia que tengo ahora comprendo que esas iniciaciones fuertes son
necesarias para un hombre, lo templan a uno, le van enseñando a que uno se
tenga más confianza. Al entrar me ha guiñado el ojo y me ha pasado un
papelito que dice: Azí ez Eseiza, Azieze ze iza, capicúa. Y me quedo riendo
solo, porque nunca el teniente coronel se queda con Eseiza y punto. Siempre
la letanía, Azí ez Eseiza. Y ahora vengo a caer en que a lo mejor es como
una cábala. El palco está dibujado clarito en el pizarrón, con los accesos
bien marcados y los puntos débiles por donde pueden infiltrarse los zurdos
dentro de un círculo de tiza roja. Desde lo alto del palco se domina el
abanico de la multitud. A las tres de la tarde tendremos ya dos millones y
medio de personas, calcula el teniente coronel. Presten ahora la mayor
atención, nos dice. Y yo copio:
-Zituémonoz en el palco. En la parte de atraz no hay nada: ez un área
reztringida de kilómetro y medio con trez cordonez de zeguridad. Impazable.
Eztudiemoz el flanco derecho: a dozientoz metroz eztá el Hogar Ezcuela N°
1... (Circulo verde: ese bastión nos pertenece.)
...que ya eztá zirviendo como punto de abaztezimiento. Comidaz, zentro de
primeroz auzilioz, arzenalez, ahí eztá todo. Zi alguno tiene la mala zuerte
de caer herido, ze refugia en la ezcuelita. Fijenzé aquí, junto al
terraplén...
(Otros círculos verdes y una barra.)
...el pazo eztá bloqueado por una ambulanzia. No hay médicoz adentro. Hay
quinze zuboficialez pezo pezado que a la menor alharaca zalen a reventar.
Zon lo que llamaremoz fuerza de dizuazión. No tienen armaz. Zólo pedazoz de
manguera con rellenoz de plomo. ¿Ven eza barra de tiza?: ez un cordón de
mili-tantez emponchadoz, con diztintivoz verdez. Bajo loz ponchoz llevan una
ferretería completa...
(A la izquierda la cosa es igual: una pared de acero. Tenemos un Dodge
blindado, un camión que podemos usar como tronera, una guardia de Halcones
armados con escopetas de doble caño, y en la zona de riesgo, los famosos
trescientos metros que debemos defender con la vida, ya se han tendido
barreras con alambres y cables para que ahí se aposten los sindicatos de
mecánicos y de la carne y los durañones de la Unión Obrero Metalúrgica. El
punto neurológico es, como vuelve a insistir el teniente coronel, el palco.
Ahí se jugará todo):
...Azí ez Eseiza, muchachoz. Cuando la vemoz en el pizarrón noz pareze que
la tenemoz dominada. Pero no la tenemoz. Vamoz a enfrentarnoz con un enemigo
de mucho calibre. Gobbi ez el rezponzable del palco. Como a ezo de laz doz,
una columna de treinta mil zurdoz intentará copar la cabezera de la
manifez-tazión metiéndoze por loz flancoz. Ya lez conozen la conzigna. La
patria zozialista. Avanzarán dezde atráz del palco con un movimiento de
pinzaz...
(El teniente coronel dibuja unas flechas coloradas que se incrustan en las
defensas verdes.) Alguien pregunta:
-¿Y cómo van a meterse por atrás si está previsto que no pasen?
-Azí ez Eseiza. Dejándoloz entrar evitaremoz un prematuro derramamiento de
zangre. Loz enzerraremoz dentro de nueztro zerco. Una vez adentro, ze
identificarán elloz zoloz y loz podremoz neutralizar con mayor fazilidad...
Uzaremoz la eztrategia de Anibal en la batalla de Cannaz... Zólo muertoz
pueden zubir al palco. Hay que rechazarloz a cadenazoz, con mangueraz,
piolaz... Diztraerloz zoltando laz palomaz y loz globoz. Y zólo zi haze
falta, dizparar. Conviene que ahorremoz munizión. Ya he trazado un cuadro
máz o menoz completo. ¿Preguntaz, dudaz?...
(Nadie habla.)
-...¿Gobbi? -reclama el teniente coronel. -Para mí todo está claro. Yo la
veo fácil -digo. La jovata se pone de pie. -Manos a la obra, entonces. ¡La
vida por Perón!
Eso. La vida por Perón. No hay otra. Yo me pregunto qué vienen a buscar los
zurdos. Para mi la cosa es volver al 55 y chau. Patria peronista. Un pueblo,
un jefe. Con el General mandando, en menos de un año somos de nuevo
Argentina Potencia. Por eso me dan los zurdos tanta bronca. ¿A qué viene
tanta franela con Fidel Castro y Salvador Allende? Eso del socialismo irá
con los subdesarrollados muertos de hambre, no con nosotros que comemos
carne todos los días. Otra que palomas y globos les daría yo. Plomo. Corte
de alas. Este país sólo se arregla con una mano dura. Horcas. Una hoguera en
el medio y que arda todo el zurdaje. Limpieza. Purificación. ¿Cómo fue que
dijo el General? El día en que se lance a colgar el pueblo, yo estaré del
lado de los que cuelgan. Eso. A los amigos, todo. A los enemigos, ni
justicia. Lito me ha dicho: de vos se pide que no tengás piedad, Arcángelo.
Cuando llegue la hora de amasijar, con nadie tengás piedad. Si fuera
necesario, ni siquiera conmigo. Lito, ¿con vos? ¿Cómo podés hablar así? Y me
ha vuelto a sudar el corazón.
Esta noche, sea como fuere, el cuerpo de Evita quedará vacío para la
eternidad. Cuando llegue la hora de la Resurrección Universal, otra será su
estampa, por otro nombre la llamará el Señor, las notas musicales de su
signo astrológico estarán ya cambiadas. Vacío quedará el cuerpo, pero no
habrá mudado de apariencia. En sus venas descansará el mismo río de
formaldehído y nitrato de potasio que la mantiene incorrupta, su corazón
despertará en el mismo punto del cuerpo cada mañana de la historia, nada
empañará la beatitud de su cara. Pero su alma deberá entrar, esta noche sin
falta, en el alma de Isabel. Ya todo está dispuesto en el santuario. Antes
de que amanezca, Tauro hallará reposo en la casa de Agua. Es propicia la
Luna. En una sola línea se concentrarán Urano y Mercurio, los planetas
regentes. Los cuerpos deberán quedar orientados hacia el nortenoreste. La
hora del tránsito, dicen los astrolabios, ha de ser la intermedia entre la
puesta y la salida del sol: once minutos antes de la una de la mañana, 19 de
junio de 1973. De las siete palabras que habrá de pronunciar, López conoce
cuatro: la bengalí, la persa, la egipcia y la aramea. Aún le faltan la china
y la sumeria. La séptima -lo sabe- se forma combinando ad infinitum los
sonidos de Eva: Vea, Vat, Ave; sólo le falta establecer el orden en que
deshojará las letras.
Es preciso, por lo tanto, cambiar los planes del General: pasar por alto la
siesta, sumirlo en la lectura de las Memorias hasta que caiga la noche, y
luego distraerlo con visitas que no pueda esquivar. A las once, después de
las noticias, López le dará un té y lo pondrá en la cama. Necesitará un
cómplice ciego y sordo, alguien que no malicie ni pregunte. Ya lo tiene:
nadie mejor que Cámpora.
El secretario baja las escaleras del claustro con agilidad de oso, casi
colgado del pasamanos, avanzando más rápido que los suplicios de sus callos
plantares. Al pasar por la cocina, ordena que demoren el almuerzo. (Yo
chasquearé los dedos cuando estemos listos.) Y ya, en el escritorio,
descubre a Cámpora: de pie y engominado. Con efusión, se le prende del
brazo.
¿Cómo vamos a permitir que se vaya el General sin una reunioncita a solas
con los amigos más íntimos? Está esperándola desde hace días y no se atreve
a pedirla. Armelé una sorpresa, presidente... (¿Presidente?: Cámpora enarca
las cejas. López, que ha entrado en el gabinete como ministro de Bienestar
Social, jamás le ha concedido semejante trato.) Yo le arreglo el intríngulis
doméstico. Por ese lado quedesé tranquilo. Llame a doña Pilar Franco.
Aviselé al embajador Campano...
(Cámpora cierra los puños, en guardia. Nada bueno presiente. ¿A qué vendrá
toda esta gentileza del secretario después de una semana de relaciones
frígidas y desplantes contra su autoridad de mandatario? Poner distancias es
lo mejor. Tiene un pretexto incontestable.)
Hoy, Lopecito, no. Hagámoslo mañana, la noche antes del viaje. ¿O se ha
olvidado ya que el General y yo hemos pautado para las nueve y media el
agasajo a Franco en La Moncloa? No podemos fallar. Sería un desaire de
órdago.
Presidente: ya hemos llamado al Pardo para disculparnos. No iremos. Ellos
han comprendido. Habló conmigo el jefe del protocolo español y dijo: Nos
parece muy lógico que el general Perón prefiera no salir. Un conductor
enfermo es un Estado enfermo. Que Dios Nuestro Señor le dé muy pronta cura.
Ima-ginesé, Cámpora. La verdad es que hoy el General amaneció de nuevo con
una fiebre de 37,4. Tiene casi ochenta años. Se nos olvida eso. Vaya usted a
su fiesta de La Moncloa, qué remedio le queda. Pero mandemé aquí a doña
Pilar, a don Licio Gelli, a Valori con la mamá... Y dígale a sus hijos que
vengan, Cámpora. Ellos no han saludado al General todavía. El presidente se
desarma: ¿Mis dos hijos?
Hombre, claro que sí. Son de confianza. Encarguelés que a eso de las diez se
lleven a los invitados para otra parte. Es bueno que hoy acostemos al
General temprano. Voy a esconder la música. Si a doña Pilari-ca le tocan el
flamenco ya no hay quien la detenga. Esa mujer es pólvora. Mañana, con más
tiempo, podré ir con usted a un par de ceremonias. Como ministro me
corresponde, ¿no? Anoche mismo el General me dijo: López, ¿por qué lo tiene
tan abandonado a Cámpora? Ya que yo estoy enfermo, acompáñelo usted. Mire
cuándo me viene a dar la orden: ¡faltando sólo un día para que nos vayamos!
Emocionado, el presidente ya no duda más. Algo ha ocurrido. El humor de la
casa, hasta ayer tan adverso, sopla de pronto a su favor. Se le humedecen
los ojos y aprieta un hombro del secretario: Yo sé que usted ha hecho mucho.
¡Se lo agradezco tanto!
Una vez más, todo sucede a un tiempo, como en el teatro. El secretario
chasquea los dedos. Isabelita bate la puerta del comedor y llama: ¡El
almuerzo, el almuerzo! Se quedará con nosotros, ¿verdad, Cám-pora? Y al
General la voz le viene resbalando desde los dormitorios: Hombre, ¿qué le ha
pasado? Lleva ya casi un día perdido. Lo extrañábamos... Poné un cubierto
más, Chabela.
¡Ay!, no, señor. Imposible quedarme. (Al presidente le tiembla la barbilla.)
Por mí, yo estaría más aquí que en cualquier otra parte. Usted lo sabe. Pero
me tienen de un lado a otro, desfirmando los tratados y cartas de
colaboración que firmó el régimen militar antes de nuestra victoria. He
venido tan sólo por una consultita de emergencia. ¿Cómo hará el protocolo en
Barajas con nuestra despedida? Usted es el poder, mi General, pero no tiene
rangos oficiales ni títulos. Cuando el Caudillo se dirija a usted, ¿cómo
habrá de tratarlo? Yo he mandado una nota confidencial, pidiendo que le den
jerarquía de jefe de Estado. Y a mí, lo que les plazca. Soy, como todo el
mundo sabe, un servidor. Pero aquí son muy puntillosos. Ya me han mareado
las consultas y tuve, una vez más, que recurrir a su seriedad, señor. ¿Qué
camino seguir?
A las tres de la tarde, sentado entre los hocicos de sus Memorias y
mamotretos, solitario en el claustro, con la frazada ovillándole las piernas
tiesas (ya un poco varicosas, tan de repente azules: como si les cayera
encima, adelantado, el frío de Buenos Aires), el General se conduele de
aquel pobre vicario que ahora está librado a lo peor de la borrasca.
Decidaló usted, Cámpora. Finja su protocolo como le dé la gana. ¿Yo qué
tengo que ver con estas infecciones del poder? Estoy en otra cosa. Me
amortiza la edad. Me he jubilado ya hasta del exilio. Tréncese usted con los
turiferarios del Caudillo. Y a mí dejemé aparte. Con que me lleven hasta el
avión me basta. Y es de sobra. De Buenos Aires no espero sino trabajo y
sufrimiento.
Abre al azar una de las carpetas de Memorias y el pasmo de la guerra se le
viene a los ojos. Lee:
Cuando volví de Chile ya la tensión se respiraba en todas partes. Se veía
que el planeta estaba por estallar de un momento a otro...
(Mi destino insistía en los ciclos nómades. Yo emigraba, la historia
retrocedía. Ya estaba acostumbrándome. Si me acostaba río, me preparaba para
amanecer laguna. ¿Acaso desvarío? A ver la página de atrás, qué dice):
...y en las últimos cartas que le mandé al teniente coronel Enrique I.
Rottjer le planteaba mi afán de circunvalar el país a pie, reconocer el
desierto desde el lago Vilama hasta el salar de Arizaro, avanzar luego por
la línea de las altas cumbres a través de los lagos, y una vez en Cabo
Vírgenes, atravesar en un transporte de nuestra Marina de Guerra el estrecho
de Magallanes. Me aquejó la viudez. Se postergó el proyecto.
(Me confundo. ¿Qué fue después, qué antes? Ahora que pienso en cuántas veces
entré en los cementerios de Milán cuando la Eva todavía no estaba allí
enterrada, me trastabilla el tiempo en las entrañas. ¿Por qué la eternidad
no sucede completa en un instante? ¿Por qué no es ya un asunto terminado lo
que debiera suceder mañana? ¿O es que las cosas pasan así, en ráfagas: es
que ya todas las cosas han pasado y uno ni se da cuenta?
Un mes llevaba de viudez. Era octubre de 1938. El ministro de Guerra me
ordenó hacer un viaje de reconocimiento por el sur patagónico. A cargo de la
expedición estaba el coronel Juan Sanguinetti, quien venía de servir dos
años en la embajada de Berlín. Desembarcamos en Comodoro Rivadavia y
avanzamos por tierra hasta el lago Argentino, en unos automóviles
destartalados. A Sanguinetti lo había impresionado Hitler vivamente: es un
volcán, decía. Arrasará con todo. ¿Anibal, Napoleón? Son aprendices a su
lado. No ha estudiado estrategia: ha nacido sabiéndola. Es el Pentecostés de
la política: no conoce otra lengua que alemán y sin embargo, un japonés lo
entiende. Hablábamos y hablábamos a través de los desfiladeros y glaciares.
Yo imaginaba que Hitler era un héroe de dos metros: un coloso de Tebas.
San-guinetti me dijo: su aspecto es infeliz. Hitler es un petiso. Abre la
boca y crece.
¿Por qué habrá suprimido López Rega estas fermentaciones ténebres de aquel
tiempo? A ver, a ver. Por dónde le habrá dado):
A principios de 1938 me llamó a su despacho el ministro de Guerra, general
Carlos Márquez, uno de los mejores militares que he conocido. Tenía bastante
confianza conmigo. En mis tiempos de cadete, él había sido instructor del
Colegio Militar, y luego fue mi profesor en la Escuela de Guerra "Vea
Perón", me dijo. "La guerra mundial ya se nos viene encima. No hay poder
humano que la evite. Hemos hecho todos nuestros cálculos, pero la
información de que disponemos es muy insuficiente. Las agregados militares
nos dan más o menos cuenta de lo que pasa en su esfera, pero cuando estallen
las hostilidades, el noventa y nueve por ciento de lo que suceda será un
fenómeno político: un asunto de los pueblos más que de los ejércitos. Usted
es profesor de Estrategia, Guerra Total e Historia Militar.
No hay hombre más adecuado para enviarme la información que necesito. Elija
un lugar para ir." Alemania o Italia: otras opciones no había. Pedí
veinticuatro horas para pensar. Veamos, me dije. Hitler había convertido al
Reich en un reloj perfecto. En menos de cinco años, las obras públicas y la
industria de guerra habían bastado para liquidar la desocupación, aumentar
la reserva de divisas y poner en marcha una industria pesada. Yo había leído
Mein Kampf por lo menos dos veces y conocía otros buenos libros sobre Hitler
y su doctrina. En Italia, después de la ocupación de Abisinia, el Duce se
aprontaba para invadir Albania. Su popularidad y su carisma encendían la
imaginación de toda Europa. Hitler mismo admitía que Mussolini era su
maestro.
Pero lo que me decidió a favor de Italia fue mi dominio del idioma. Puesto
que debía entrar en contacto con el pueblo, en Alemania poco tenía que
hacer. Yo hablo el italiano tan bien como el castellano, y si me apuran,
hasta mejor.
Caí primero a Merano, donde aprendí en pocos meses los secretos de la guerra
alpina. Luego asistí a unos cursos de ciencias puras en Turín y de ciencias
aplicadas en Milán. Se me aclararon muchos conceptos y se me disiparon
muchos prejuicios, especialmente en economía política.
Todo me apasionaba. Yo vivía deslumbrado. Me sentía en el corazón de una
experiencia histórica tan importante como la toma de la Bastilla. Tal vez
más. El modelo de sociedad que se forjaba en Italia era completamente nuevo:
un socialismo nacional. Veamos cómo es eso.
La revolución de los soviets había ejercido una influencia profunda en
Europa. Lenin y Trotski, sus ejecutores, hubiesen querido que la mecha
encendida en Moscú prendiera de inmediato en Berlín y Madrid. Pero no. Las
ideas bolcheviques encontraron en las fronteras de Europa occidental una
muralla infranqueable. Lo que pasó al otro lado, en cambio, fue el
socialismo de Lasalle y Marx, pero con las características propias de
Italia, Francia y Alemania. Justamente hay que buscar allí la verdadera
causa de la Segunda Guerra: en la evolución acelerada que provocaron los
movimientos ideológicos de Occidente. Yo veía ya los nubarrones de la
tormenta cuando se firmó el tratado de Munich. Me dije: Esto es apenas un
paréntesis, Los maratonistas se han detenido para tomar aliento. Lo peor se
avecina. Y así fue. A los pocos meses de llegar yo, el Duce invadió Albania
y los alemanes firmaron un tratado de no agresión con los soviéticos. La
guerra se desencadenó casi en seguida. Yo aproveché para estudiar el frente
oriental. Viajé a Berlín en tren. El pueblo alemán trabajaba unido y los
enemigos de Hitler, que luego fueron tantos, no se veían por ninguna parte.
Los oficiales de la Wehrmacht se mostraron muy amables conmigo. Yo
conversaba con ellos un poco en francés y otro poca en italiano. A veces
champurreaba unos gruñidos en alemán, pero a ese idioma sólo el diablo y los
alemanes pueden hablarlo. Me llevaron a la línea de Loebtzen, en la Prusia
oriental. Al frente, los rusos tenían la línea de Kovno-Grodno. Los jefes
eran amigos entre sí y yo iba de un lado al otro con entera facilidad. Me
interné bastante por la Unión Soviética en vehículos militares.
Ya de vuelta en Berlín, leí algunos comentarios mal intencionados que los
corresponsales norteamericanos publicaban en su país. Describían el fascismo
y el nacionalsocialismo como sistemas tiránicos, lo que tal vez fuera
cierto: pero no se detenían a observar la magnitud del cambio social que
estaban produciendo.
En Italia me propuse desmontar el proceso y ver cómo se iban ajustando las
piezas. Verifiqué un fenómeno muy interesante. Hasta el ascenso de Mussolini
al poder, la nación italiana iba por un lado y el trabajador por otro. Nada
tenían que ver. El Duce sumó todas las fuerzas dispersas y las movió en una
misma dirección. Las corporaciones medievales resurgían, pero ahora como
auténticos motores de la comunidad. Los sacrificios del pueblo no eran
vanos: se trabajaba en orden, al servicio de un Estado perfectamente
organizado. Y pensé para mí, esto es lo que Marx y Engels han estado
buscando por caminos equivocados. Aquí se dan, de modo más realista y
acabado, las utopías de Owen y Fourier. Esta es la verdadera democracia
popular: la igualdad, libertad y fraternidad del siglo XXI.
Yo no conocía entonces los campos de concentración en los que Hitler
domesticaba, con una cierta crueldad, a las minorías insumisas del Este.
Pero en Italia, donde todo el mundo es como nosotros -sentimental y un poco
barullero-, no eran necesarios los rigores teutónicos.
Viví casi dos años esa experiencia de oro. Vi a España desolada por las
hambrunas de la guerra civil. Y me quedé algún tiempo en Portugal, que era
entonces un foco de espionaje. Pero no podía dejar Europa sin conversar con
Mussolini.
El 10 de junio de 1940 Italia entró de lleno en la guerra. Varios batallones
de "bersaglieri" se internaron en Francia. El Duce habló desde los balcones
del Palazzo Venezia para dar la noticia. Yo lo escuché, confundido entre la
inmensa muchedumbre. Vi a campesinos calabreses con los ojos fijos en aquel
gran hombre, como si fuera un cometa que pasaba. Vi a las mujeres del pueblo
abrazarse y llorar del entusiasmo, todo a un tiempo. Oí cantar Giovinezza,
dar vivas a la patria, al Imperio y al Duce. Arrastrado por aquellas fiebres
de júbilo, canté también unas estrofas: "Eia, da, alold".
Al día siguiente, a través de la embajada argentina, pedí una audiencia. No
me la dieron sino para el 3 de julio, cuando el Duce volvió de una
inspección por el frente occidental. Entré directamente a su despacho.
Estaba casi a oscuras. Un quinqué alumbraba de pleno su cabeza imponente,
afeitada. Escribía. Por un momento, no levantó la vista. Luego me vio, y
vino a mi encuentro con la mano tendida. Me preguntó por la moral de las
tropas alpinas. Le dije la verdad: que no había ejército mejor preparado
paro combatir en la montaña "E vero, e vero", sonrió. "Sono bravissimi i
miei Alpint" Tuve ganas de abrazarlo, pero la solemnidad del lugar me
contuvo. Junté mis tacos y, por única vez en la vida, en vez de hacerle la
venia, lo saludé con la diestra en alto, a la manera fascista. Hoy se
interpretaría mal ese gesto. No lo hice con intención política, y podría no
contarlo si quisiera porque no hubo testigos. Pero me importa reivindicarlo
como un homenaje de militar a militante, de incipiente a sapiente.
Gasté mucha saliva en explicar, cuando volví a Buenos Aires, el régimen
complejo de todos esos huracanes. En una conferencia que di la víspera de
Navidad, en 1940, recurrí a la metáfora del agua. Los pueblos -dije- avanzan
como el agua: con esa misma táctica. Una vez que toma el agua la línea de
máxima pendiente, corre. Si se construye un dique, trata de infiltrarse. Si
el basamento del dique no le deja paso, entonces se cuela por los costados y
rebasa los muros. Si nada puede, pega. Horada y pega, hasta que un día lo
destroza todo. Cuando Alemania perdió la guerra, fue como si el dique se
hubiera roto. Avanzó el agua por Europa. Y ahora la marea la trae hacia
nosotros. Tal es la época que nos toca vivir.
(López, ¿qué lo impacienta? ¿A qué tanto trajín en el santuario? Yo esperaba
estar solo. ¿Ahora qué hace, urdiendo de cuclillas entre las soledades de
ahí arriba?
Nada es, mi General. Que pongo en orden todo antes de irnos. Quito el polvo,
reviso los fusibles, inquiero por el techo buscando filtraciones. Si hago
ruido, discúlpeme. Por leve que uno baje, la escalera de caracol porfía en
crujir. Y no me dan descanso estos pies planos.
Huele a yerba usted, López. A canela. ¿Y aquellas serpentinas que anda
cargando? Dejemé ver: la otra, la violeta. ¿Qué han escrito en el borde, con
letritas tan chicas? Suena como catinga: "Saravá Oxalá / Sara-vá Oxum Mari /
Que assim soja!". ¿Marroquí, eh? ¿Galaico?
No sé, mi General. Son cintas que andan perdiendo las criadas cuando
limpian. Las riegan por la casa. ¿Cómo va su lectura? Ya son más de las
tres.
Algo le falta a estas Memorias, López. No sé qué puede ser. Ya los recuerdos
que fueron a la Segunda Guerra no son míos. Los leo y me parece que
siguieran viviendo por su cuenta. Vea esto, por ejemplo: ¿quién soy aquí,
diciendo lo que sigue?):
En 1941 tuve varias reuniones secretas para informar a los oficiales
superiores sobre los cambios que se avecinaban. El nuevo ministro de Guerra,
Juan Tonazzi, me comprendió de inmediato, pero los generales cavernícolas
que lo secundaban me acusaron de comunista.
Intentaron sacarme de circulación. Sin darse cuenta, me hicieron un favor.
Fui a parar a! Centro de Instrucción de Montaña, en Mendoza. El país se
pudría y entre tanto yo, quedándome a un lado, conservaba mi prestigio
intacto.
Las corruptelas desgarraban al ejército. Un sector de oficiales
nacionalistas quiso sublevarse, pero la conspiración se desinfló sola,
víctima de modorra El país entero parecía dormido, roncando con lentitud
catamarqueña. Sólo se despertaba para la inmoralidad y el fraude. Nuestro
sagrado uniforme había caído tan bajo que hasta algunos cadetes del Colegio
Militar aparecieron en una redada de homosexuales. Fue un gravísimo
escándalo. Se tapó como pudo, pero la institución salió de allí con un ala
dañada. Mi prédica empezó a dar frutos en el verano del 41. Diez o doce
coroneles jóvenes que habían oído mi última conferencia secreta se
presentaron en Mendoza y me ofrecieron su adhesión. "No hemos perdido el
tiempo", me dijeron. "Hemos organizado ya una fuerza monolítica dentro del
ejército. Si usted quiere, podemos tomar el poder en veinticuatro horas."
Era el núcleo inicial del GOU, Grupo de Oficiales Unidos o Grupo de Obra de
Unificación, como también se llamaba. Por su idealismo, por su pureza, por
el desinterés de sus miras, aquel conjunto de hombres pudo fundar una
Argentina indestructible, justiciera, capaz de bastarse a sí misma por mil
años. Contábamos con una ventaja que ya no se repitió: no había entre
nosotros ni mentores ni aliados civiles. Y por lo tanto, disfrutábamos de
orden, discreción y jerarquía. Fue la piedra materna del poder militar en el
más sano sentido de las palabras: poder es lo que pone algo en marcha;
militar viene de "militares": aquello que pertenece a la guerra. Eso
buscábamos: resucitar la idea de la Nación en Armas.
(¿López? Ya basta, hombre. Bájese del santuario. ¿Qué menjunjes le oigo?
¿Qué músicas son ésas? A esta hora no me temple con gárgaras, que
desconcentra el tiento de la lectura. ¿No ve? Me ha perturbado hasta en lo
que hablo. La señora está en paz. Déjela que descanse. Ya le han dado
trajines incontables para su poca eternidad. La Eva, pobrecita. ¿Qué le
reza? ¿Qué dice? Ya voy, mi General. Ahora termino y bajo.
OGUN CHEQUELA UNDE CHEQUELÉ
CHEQUELE UNDE
OGUM BRAGADA EA
Véase la mano, López. Se ha lastimado. Vea cuánta sangre.)
El pueblo la imaginaba rubia y de ojos celestes pero Evita Duarte no era
como la pulpera de Santa Lucía cuando llegó a Buenos Aires en 1935: no
cantaba como una calandria, no reflejaba la gloria del día. Era (dicen)
nada, o menos que nada: un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan
delgadita que daba lástima. Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la
memoria y con la muerte. Se tejió a sí misma una crisálida de belleza, fue
empollándose reina, quién lo hubiera creído.
Ni a mí, que la tuve tan cerca, se me pasó jamás tal cosa por la cabeza
(dijo la actriz Pierina Dealessi, que la refugió en su compañía de teatro,
le fue enseñando a caminar, le pulió la dicción). Cuando la conocí tenía el
pelo negro, el cutis nacarado y unos ojos de tal vivacidad y asombro que por
eso la gente no se acuerda cómo eran: porque miraban mucho, muy hondo, no se
les veía el color. Pero en lo demás la caracha de Evita no decía nada: la
nariz era fuerte, medio pesadona; los dientes un poco salidos, y aunque lisa
de pechera, su figura impresionaba bien. Sólo tenía unos tobillos gruesos
que la acomplejaban. Linda chica, pero nada del otro mundo. Y ahora, cuando
me doy cuenta de lo alto que voló, me digo: ¿Dónde pudo aprender a manejar
el poder esa cosita tan frágil, cómo hizo para conseguir tanta desenvoltura
y facilidad de palabra, de dónde sacó la fuerza para tocar el corazón más
dolorido de la gente? ¿Qué sueño le habrá caído adentro de los sueños, qué
balido de cordero le habrá movido la sangre para convertirla, tan de la
noche a la mañana, en lo que fue: una reina? Esa es la mujer que López Rega
quiere instalar en el cuerpo de Isabel ahora, 19 de junio, once minutos
antes de la una. Que un alma ocupe a la otra. Pero no es tan sencillo. Son
almas desiguales: ¿cómo hará el océano para caber en un río? Y luego, no
todas las turbulencias de Evita deberán pasar a Isabel. Si pasaran, López no
podría manejarla. De nada le servirían el don de lenguas, el caudaloso amor
de la difunta. Pondría un huracán en marcha, pero desobediente.
Toda la vida ha estado preparándose López para este desafió supremo a las
leyes de la providencia. Una
y otra vez se ha repetido que, sobrándole los conocimientos, le ha faltado
la ocasión. Evita yace ahora indefensa, en un féretro de roble, a la luz de
seis lámparas rojas torneadas como antorchas. En la bohardilla que le sirve
de sepulcro, a la que Isabel ha dado el nombre de santuario, no entran
ruidos, ni las mudanzas de la temperatura, ni los tropiezos de la oscuridad
nocturna. La luz es uniforme siempre, las estaciones no van ni vienen: el
aire que los purificadores depositan allí se sabe condenado a ser aire de
ninguna parte. A la cabecera de la difunta, López ha ordenado que pongan un
crucifijo de madera con rayos de metal, idéntico al que hace veintiún años
estaba en la capilla ardiente del Ministerio de Trabajo. La imitación es
admirable por fuera: el relleno de adentro es de plástico.
Ahora, cuando ha llegado casi el momento de dar el salto y saborear el
triunfo, López vacila. ¿No me habrán engañado las fuerzas celestiales y
estoy donde no estoy? ¿No será que subieron al santuario tan sólo mis
deseos? Y aun cuando fuese real esta fingida alquimia de las almas, ¿qué me
sucederá si el espíritu de Evita rechaza el trasplante? !Hay tantas
sustancias inarmónicas en la naturaleza: las aceitunas y el pepino, el mango
y el arroz, el aceite y el agua! Bien podría suceder lo mismo con estas dos
criaturas tan dispares: la una que se alzó de la nada y terminó siendo todo,
la otra que pudiendo ser todo está terminando en nada. López se pellizca.
Estoy aquí. Aquí. Nada me duele. Entonces, ¿sueño? A los matones que lo
custodian les ha confiado su excitación: Voy a tener mi golem, muchachos.
Todo lo que Isabel diga de ahora en adelante, saldrá de mi cabeza. Cuando la
oigan hablar, miren cómo se mueven mis labios. Voy a ser su ventrílocuo. Los
matones asienten. A duras penas han entendido que el amo, ya poderoso, ahora
se tornará invulnerable.
A los pies del ataúd, en una palangana, yace degollado el picaflor que López
sacrificó a la tarde, mientras el General leía las Memorias. Ha verificado
ya que cuando a estos pajaritos se les clava un alfiler en el buche, la
sangre brota rápida como el fósforo. Hay que estar muy atento, porque no se
puede recoger sino medio dedal. Otro picaflor, vivo, espera su turno en una
jaula, con las patas amarradas. A medianoche, López convocó a Isabel en el
santuario. Beba una taza de té, señora, y disipe su miedo con unas gotas de
hipnótico. Póngase una bata de seda, baje los pensamientos hacia el yo
profundo, incorpórese y rece. Bien sabe usted que sufriremos en Buenos Aires
los más terribles contratiempos, que allí morirá Perón y cuando quedemos
viudos caerán los buitres sobre nosotros. Vamos a prepararnos. Nos hace
falta auxilio de un ánima sagrada para escapar sin daño de los peligros.
Tiéndase sobre la camilla, señora, junto al ataúd de la difunta, y trate de
dormir. Repose con cuidado. Los sueños son aquí muy frágiles y cualquier
traspié los puede hacer pedazos.
Cuando siente a Isabel ya relajada, punza el gaznate del otro colibrí y
pinta los párpados de la durmiente con la sangre fresca. Mancha los labios
de Evita con una huella de sangre. Y se sienta a esperar la hora. Ha dejado
su propio cuerpo en varios lugares a la vez. A través de la ventana del
dormitorio de la señora descifra las señales del cielo, oye latir a Sirio,
desperezarse a Marte, siente la colosal agonía de Betelgeu-se: todo presagia
muerte y retorno, arca y ascenso, diluvio y vida. De pie junto a la cama del
General, le vigila el sueño. Las visitas se han marchado temprano,
felizmente. Y aquí, en el santuario, hueles los olores de tu ansiedad, López
Rega, te secas con el pañuelo tu terror al fracaso. Si sólo estás soñando,
si estás vistiendo apenas de bulto bello a unas formas sin fondo, pronto se
desbaratará tu representación, López, te correrán con burlas de todas
partes.
Ya no me queda tiempo. Ahora me concentro. ¿En qué orden haré que fluya el
moira de Evita hacia el otro cuerpo, cómo pasar a la ignara Isabel los
árboles de soma, las alegrías de Kinvat? Húndete, sueña, húndete: aprende a
ser, como la muerta, puente entre el General y los descamisados, abanderada
del verticalismo.
A la una menos cinco reza López la primera invocación: BA, en egipcio
antiguo, la vocal larga, la consonante respirando a medias para no
desgajarse, B A, o sea la potestad de un alma que regresa para vaciarse
dentro de una nueva apariencia, B A, soy tu cuerpo, Isabel, te lleno. La
discípula, dormida, arruga el entrecejo, exhala un aire amarillo: es el
dolor de las agujas que le cosen el alma. López sigue: la palma izquierda
sobre la frente de Eva, la derecha en el corazón de Isabel, médium, cuerda
de cobre, López de agua, va recitando en sumerio An An, en arameo bajar, en
bengalí samsara, en chino dóongo, en persa fravasi, ángeles del cielo y de
la tierra, seres sagrados del universo, vean a esta elegida encontrar el fin
de sus existencias sucesivas, óiganla, imprégnense de su música de musa,
mañana cantara la masa:
Isabel Evita la patria es peronista Evita Isabel Perón un solo corazón.
A la una en punto, seca ya la sangre del colibrí. López aspira el aliento de
la difunta y lo vierte sobre los labios de la viva. Jamás ha sido más
diáfana la expresión de Evita. A Isabel, en cambio, la cara se le ha llenado
de rasguños y ronchas que titilan. Se le transparenta la tensión de los
sueños. Parece una guitarra.
De pronto, López se contorsiona y hunde la cabeza dentro del tronco. Asoma
sólo el verdor malicioso de los ojillos, como un lagarto. Y vuelve a
levantar el cuello. Y a hundirlo. Se calla un instante. Se yergue. Extiende
los brazos y lentamente va envolviendo a las dos mujeres con las oraciones
rituales de umban-da, las amortaja con las mariposas hipnotizadas de una
letanía candombé, salve Shangó, salve Oshald, va evaporándose la pintura de
sangre de los párpados de Isabel, salve a lei de quimbanda, salve os
caboclos de maiord, ogum mare. ogum, la huella de sangre desaparece de
repente de los labios de Evita. Que assim seja!
Al mediodía siguiente López se acerca lentamente a Isabel en el dormitorio
del primer piso. Afuera ladran las perras. El sol se atropella en las
ventanas. Retirado en algún ultramundo de la casa, el General sigue leyendo
las Memorias. Isabel revuelve atareada en unos cajones. Todo está en
desorden. Hay papeles de seda tirados, enredaderas de ropas, tripas de
cosméticos.
En el sopor de aquel revoloteo, López suelta la última invocación que le ha
quedado en la garganta, la definitiva, la que probará para la eternidad
cuánto del ánima inmortal de Evita se ha instalado ya en Isabel. Ella tendrá
que responder tan sólo Que assim sejd!, y entonces se sabrá por fin si los
dos espíritus son uno.
-¿Eva? -la llama López-. Ave, vaé a e, aev a, la morte e vita, Evita. ¿Ah?
Isabel se vuelve hacia él.
-¿Cómo dice, Daniel? Venga, hombre, un momentito. Ayúdeme. No puedo
encontrar por ninguna parte las chinelas rosas.
CATORCE
PRIMERA PERSONA
He contado muchas veces esta historia, pero nunca en primera persona,
Zamora. No sé qué oscuro instinto defensivo me ha hecho tomar distancia de
mí, hablar de mí como si fuera otro. Ya es tiempo de mostrarme tal como soy,
de sacar mis flaquezas a la intemperie. Vea estas fotografías. Somos Perón y
yo, un día de primavera, en Madrid, conversando. Lea estos manuscritos
corregidos por la mano del General. Eche una ojeada a esta correspondencia
untuosa con Trujillo, Pérez Jiménez y Somoza que me cayó en las manos.
Advierta los vocativos con que Perón se dirige a esta santísima trinidad de
gobernantes: Hijo ilustre de América, Héroe Bolivariano, Señor Benefactor.
Oigalo hablar aquí contra las conspiraciones del comunismo internacional, y
allí adular a Castro y al Che Guevara. El General es una interminable
contradicción de la naturaleza, un cuerpo de oso con hocico de búho, una
cosecha de trigo en el mar. Carece de dibujo. Es un hombre de mercurio. Creo
conocerlo bien y sin embargo llevo más de siete años desconociéndolo.
(Zamora escucha. Es poco más de la una de la tarde. En el último piso del
diario La Opinión hay una calma de mausoleo. Se oyen truenos. Tomás Eloy
Martínez deja de hablar. ¿Lloverá? Recuerda que afuera el cielo está claro,
el aire es cristalino, se avecina el invierno con mansedumbre. Tal vez sean
bombos. Todo ruido, en estos días, es un presagio. Y hoy más aún, 20 de
junio de 1973: los ruidos que salen de sus cuevas es porque algo insinúan.
Martínez se siente desabrigado. Quisiera -dice- tener a mis amigos un poco
más cerca. Los extraño. Y a mis hijos.
Viven lejos de aquí. Hoy me gustaría saber que me aguardan en el cuarto de
al lado para levantarme y besarlos. Ninguno está. Me hacen falta.)
Voy a seguir contándole todo en primero persona porque ya es hora de que las
máscaras bajen la guardia, Zamora. El periodismo es una profesión maldita.
Se vive a través de, se siente con, se escribe para. Como los actores:
representando ayer a un guapo del novecientos y anteayer a Peron. Punto y
aparte. Por una vez voy a ser el personaje principal de mi vida. No sé cómo.
Quiero contar lo no escrito, limpiarme de lo no contado, desarmarme de la
historia para poder armarme al fin con la verdad. Y ya lo ve, Zamora: ni
siquiera sé por dónde empezar.
En junio de 1966 una revista que ya no existe me mandó a España para
describir en qué había ido a parar aquel país treinta años después de la
guerra civil. Peregriné por los pueblos muertos de Andalucía, fui a una
corrida de toros en Toledo, gasté las noches bebiendo litros de manzanilla
con un poeta extremeño que había perdido un brazo en la batalla de
Guadalajara. El 28 de junio llegué a Madrid. Tarde ya, me avisaron desde
Buenos Aires que Arturo lllía, el presidente constitucional, había sido
derrocado por los militares. Mi revista quería que yo entrevistase a Peron.
Lo encontré al día siguiente. Me recibió en las oficinas de su amigo Jorge
Antonio, cerca de la plaza de Castelar. Sobre el escritorio había, recuerdo,
un gran retrato del Che Guevara. ¿Peron habló del Che?, quiso saber Zamora.
Poca cosa, y hasta donde sé, nada que fuese cierto. El Che, dijo, era un
infractor a la ley de enrolamiento, un desertor. Si caía en manos de la
policía, iba a ser incorporado cuatro años a la marina o dos al ejército.
Cuando lo estuvieron por agarrar, los muchachos de la resistencia peronista
le pasaron el santo. Entonces compró una motocicleta y se fue a Chile. Yo le
dije: Qué raro, General. Esa versión no coincide para nada con la historia.
¿Con cuál historia?, me cortó. La que cuenta el Che. ¿Cómo que no coincide?,
dijo. Tiene que coincidir.
Estuvimos a solas poco más de dos horas. Al principio, yo me sentía
intimidado. Supongo que las manos me temblaban. Era como entrar en una
fotografía de ningún tiempo. Todo me sorprendía: sus pantalones de tiro alto
que le tapaban la barriga, los zapatos combinados blancos y marrones, los
Saratoga que
prendía con unos fósforos Ranchera de papel encerado. Me pareció de pronto
que lo estaba viendo en la pantalla de los cines, le oí voz de Pedro López
Lagar y Arturo de Córdova. Me sonó adentro un tango de Maria Elena Walsh:
Te acordás hermano del Cuarenta y Cinco cuando el que te dije salía al
balcón ?
Tal vez estos detalles le parezcan frívolos, Zamora. No lo eran para mí. Yo
estaba fumando un Saratoga con El Que Te Dije. Por primera vez en la vida
podía darle la mano a una estampita de Levene o de Gros-so, sentir que un
personaje de la historia era algo más que escritura. No me crea tan
inocente. Yo había conocido antes a Martín Buber, a Fellini, a Gagarin. Pero
aquello que coexistía conmigo dentro de un cuarto de Madrid, a solas, se
llamaba Peron. No era un simple hombre. Eran veinte años de Argentina, en
contra o a favor. Veía las manchas de su cara, la picardía de sus ojos
chiquitos, oía su voz agrietada. Mi país entero pasaba por su cuerpo: el
odio de Borges, los fusilamientos de la Libertadora, los gremios
revolucionarios, la burocracia sindical, y aunque no lo supiera entonces,
también pasaban por allí los muertos de Trelew. Pensé: Aquí está el hombre a
quien millones de argentinos le ofrecieron la vida en los rituales de la
Plaza de Mayo, ¿se acuerda?, Perón o muerte; el coronel de quien Evita se
enamoró tan perdidamente como para llamarlo
mi sol mi cielo
la razón de mi vida.
¿Cómo se puede aguantar semejante peso?, me dije.
Entonces, me le acerqué. Le oí decir exactamente lo que yo esperaba que
dijera. Sentí que él siempre adivinaba cómo lo veía el otro; que él se
adelantaba a encarnar esa imagen. Había sido ya el conductor, el General, el
Viejo, el dictador depuesto, el macho, el que te dije, el tirano prófugo, el
cabecilla del GOU, el primer trabajador, el viudo de Eva Peron, el exiliado,
el que tenía un piano en Caracas. Quién sabe qué otras cosas podría ser
mañana. Tantos rostros le vi que me decepcioné. De repente, dejó de ser un
mito. Finalmente me dije: él es nadie. Apenas es Perón.
Bebimos té y jugo de naranja. Me pidió que fuera discreto con sus
declaraciones. Vivía en Madrid como asilado, sujeto a reglas muy estrictas.
No le permitían hablar sobre politica. Encendí el grabador.
Lo que mandé a Buenos Aires aquella noche no fue un artículo; fue la
puntual, escrupulosa repetición de sus frases. Imagine mi desconcierto
cuando a las dos de la madrugada un periodista francés me llamó por teléfono
al hotel para decir que Peron había desmentido la entrevista. ¿Qué hubiera
hecho usted, Zamora?
Mostrar las grabaciones, ¿no es cierto?: destejer la desmentira. En efecto,
no tuve otro camino. Un par de horas más tarde las agencias de noticias
escucharon mis cintas y reconstruyeron en el despacho número veinte los
hechos que habían revelado en el despacho número cinco y luego negado en el
número diez. El sentimiento de la razón histórica se me atragantó. Mis
nociones sobre la verdad se volvieron un nudo. Recuperé el aliento en la
estación de Atocha, cuando subí a un tren que iba para cualquier parte. Con
el tiempo fui atando los cabos sueltos, Zamora. El día del golpe militar
contra Ilia, el General necesitaba dar una demostración de fuerza en la
prensa de Buenos Aires. Confiaba en que los sublevados llamarían a
elecciones de inmediato y entregarían el gobierno al ganador legítimo. Yo
estaba a mano y me usó como altoparlante. Pero no podía violar las leyes
españolas de asilo. Entonces me desmintió sin asco. Sabía que por arrogancia
profesional yo sacaría las cintas a relucir. Que sus declaraciones acabarían
leyéndose en la Argentina como él quería. La moral política está siempre en
las antípodas de la moral poética. Es en ese abismo donde los hombres se
desencuentran: es allí donde el político Stalin no puede comprender al poeta
Trotski, ni Fidel Castro al Che, ni el fascista Uribum al fascista Lugones.
Si Eva no hubiese muerto a tiempo, también ella se hubiera desencontrado con
Perón. Eran aves de distinto pelaje.
Déjeme volver al cuento. Poco a poco fui descubriendo que aquella noche de
junio, hace siete años, yo había sido el pequeño instrumento de un gran
juego. Que así como el General decía exactamente las frases que los otros
esperaban de él, también lograba que los otros actuasen como él disponía. No
era una estrategia disimulada. Perón mismo me lo advirtió con franqueza,
cierta vez que hablábamos de Evita: "La utilicé, por supuesto, como a todas
las personas que son utilizables y valen". Un conductor era, para él, la
encarnación final de la Providencia. ¿Se ríe, Zamora? Yo también me reí
cuando le oí decir que a la Providencia la manejaba él. Pensé que se trataba
de un chiste. Pero empezaron a sucederme percances muy raros, y no me reí
más.
En marzo de 1970 llamé al General desde Paris y le pedí una entrevista. Me
sorprendió que aceptara. Desconfié. Le pregunté si podía ir con un amigo.
Dijo que sí.
La noche antes de partir caminé sin rumbo por los laberintos del Barrio
Latino. Cuando pasé frente a la catedral de NotreDame, oí gritos, vi correr
a unas monjas despavoridas, tropecé con un cordón de policías frenéticos. Un
viejo acababa de suicidarse lanzándose desde lo alto de las torres. Al caer,
había aplastado a una pareja en luna de miel. El mal presagio me lastimó los
sueños. Tuve pesadillas. Me brotaron unas manchas rojas en la espalda, como
a Perón.
Hice la travesía en automóvil hacia Madrid con un amigo maravilloso que
tiene el don de convertir en poemas todo lo que toca. Encontrar un pajar
dentro de una aguja no es algo que le sorprenda. Lo alboroza. Atravesamos
muy tranquilos las cumbres heladas de los Pirineos. Pero en un momento dado,
el viento entró en el auto y se puso a zumbar. No es el viento, son moscas,
dijo mi amigo. Aquello se puso insistente. Abrimos las ventanas. Fue peor.
Sentimos unos tajitos en el cuello. Tuvimos que detenemos para secar la
sangre. Harto ya, mi amigo recitó un conjuro contra el mal de ojo. En aquel
preciso instante se marchó el viento. Cuando retomamos el camino, se nos
rompió a los dos la pechera de la camisa. Mi amigo dijo: Es Perón.
Llegamos a la quinta 17 de Octubre un viernes, hacia las tres de la tarde.
El General estaba en el jardín, espolvoreando los rosales con veneno contra
las hormigas. Se fue a lavar las manos y nos abrazó. Mientras ayudaba a mi
amigo a desembarazarse del sobretodo, le dijo que sobretodo y hombre libran
un eterno combate, y que si nadie acude en auxilio del hombre, éste pierde
fatalmente. Nos reímos. Mi amigo le comentó: Eso podria ser un poema, un
hai-ku. ¿Se le ha ocurrido ahora, General? Si, respondió Perón. A cada rato
me brotan las parábolas y las alegorías. Pero después leímos que la misma
frase aparecía en una entrevista del año pasado, y de siete años atrás.
Nos sentamos. Por distracción mencioné a Vandor, el dirigente metalúrgico
que fue su enemigo. Meses atrás, a Vandor lo habían reventado en la guarida
de su propio sindicato: dos balazos en el pecho y tres en los riñones,
mientras iba cayendo.
Ahí tienen ustedes un tema para pensar, nos dijo. El pobre tenía que
terminar mal. Era un individuo inteligente, hábil, pero volaba muy bajo.
Cuando quiso volar de veras se hizo trizas, como el mago Simón. Otra
parábola, comentó mi amigo. Simón el Mago: el que se creyó Dios. Está en las
Actas de los Apóstoles y en los escritos gnósticos del siglo lll.
De allí salió la metáfora: de los gnósticos, dijo el General. Pues bien. En
1968, Vandor quiso verme. Le di cita en Irún, al norte, cerca de Francia. Me
confesó sus errores. Se había vendido al gobierno militar argentino y a la
embajada norteamericana.
Tenga cuidado, Vandor, le aconsejé. No saque los pies del plato. No es por
mí. Yo perdono a todos. Pero usted se ha metido en un lío. Lo van a matar.
Está entre la espada y la pared. Haga lo que haga, lo van a matar. Si
mantiene sus conexiones con la embajada norteamericana, el movimiento
peronista le ajustará las cuentas. Y si en cambio se arrepiente y quiere
retroceder, la CIA lo terminará de liquidar. Vandor me miró a los ojos y
lloró. ¿Qué hago ahora, General?, me dijo. ¡Sálveme usted!
Le contesté que no fuera idiota. Que si se había metido en un lío tan
grande, ni el mismo Dios lo podría salvar. Volvió a Buenos Aires, y ya ve,
casi en seguida se la dieron. Yo no sé quiénes fueron las personas que le
pegaron los tiros. No necesito saberlo, porque sé quién los mandó pegar. En
todo caso, claro, había mucho dinero de por medio, muchos intereses sucios.
No era cuestión de ser hábil. Era cuestión de ser decente. Y Vandor no lo
fue.
Ah, Zamora. Me sentí levitar dentro de una historia cuyos signos se me
escurrían de la inteligencia. Jamás había oído a nadie describir la muerte
violenta de un prójimo con tanto impudor, tanta lejanía. Extremé mi torpeza.
Le pregunté al General si le había dolido aquella muerte.
Un militar mira la muerte con naturalidad, me dijo. Tarde o temprano, a
todos se nos va la vida de la misma manera.
Omitiré las conversaciones que siguieron: durante todo el viernes hasta que
cayó la noche, y el sábado por la mañana. Tampoco vale la pena contar,
Zamora, los percances del regreso: la lluvia de pájaros que vimos en Soria y
el accidente que sufrimos al entrar en París. Me volví paranoico. Empecé a
imaginar que mis desgracias obedecían al designio de Perón. Me tranquilicé
cuando leí en un libro de Américo Barrios que la cultura del General sobre
Simón el Mago no provenía de los tratados gnósticos sino de una película de
Jack Palance.
Sólo quiero que sepa cómo fue nuestro último encuentro, dos años después.
Era verano. Anochecía. Caminamos por el jardín, hasta la puerta de la
quinta. Hablamos sobre perros y árboles. De pronto, Perón se detuvo. Me miró
con fijeza, como si al fin me hubiese descubierto y fuera yo el último
sobreviviente del universo.
Tomás, me dijo. Usted se llama como mi abuelo. Yo también debí llamarme
Tomás. Me confundí. Dejé caer una frase trivial. Luego, sin razón alguna, le
aclaré que yo no era peronista. Sonrió. Me preguntó qué significaba para mí
el peronismo. Qué recordaba yo de todo ese pasado. Lo único que recuerdo es
lo que no he visto, respondí. Algo que jamás podré ver. Lo recuerdo a usted
abriendo los brazos y saludando a las multitudes en la Plaza de Mayo. Veo
los estandartes que flamean, los coros de obreros que no paran de cantar
Perón, Perón, mientras usted sigue saludándolos, largo rato. Por fin, su
mano contiene el vocerío. Nadie respira. Miles y miles de personas alzan los
ojos en éxtasis hacia donde usted está, en los balcones de la Casa Rosada.
En el hueco de aquel gigantesco silencio. se abre paso su voz:
¡Coompañeeros! Le oigo esa sola palabra y luego vítores otra vez, clamores.
Mi recuerdo es algo que conocí en los cines, que oí por la radio. Nada que
haya pertenecido a mi realidad. Lo vi sonreír otra vez. Se me enredaron las
imágenes y el General, en ese instante, volvió a tener cincuenta años.
Todo se puede recuperar, me dijo. Oiga el griterío en la plaza.
Lo sentí. Oí cómo se agitaba la multitud, encendiendo a la ciudad como un
torrente de lava. Sobre mi
memoria llovieron las cenizas incandescentes.
En el jardín se hizo de noche. El General abrió los brazos y exclamó:
¡Coompañeero! Su voz era ronca y joven, la de antaño.
Yo le estreché las manos. Y me fui de allí, como quien se desangra.