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En 1910, el desierto seguía rodeando a la Argentina por todas partes. Se le
insinuaba en las entrañas. Yo venía de allí. de las profundidades del
desierto. De la Argentina que no existía: éramos viento en aquellos años,
polvareda. Nos hicieron estudiar, para el ingreso al Colegio Militar, las
"Bases" de Alberdi. Allí aprendí que la mejor ley para el desierto es
aquella que lo hace desaparecer. Gobernar es poblar, Venzamos al desierto
haciéndolo desaparecer. Yo era un muchachito y pensé: ¿Desaparecer el
desierto? ¡Qué frase tan rara! Es como decir: lo que mejor conviene a la
nada es abolirla. La mejor manera de que nadie sea es decretar la existencia
de nadie. En fin, torpes divagaciones de adolescente. Me presenté a examen
el 1° de diciembre, con mi tercer año del secundario recién aprobado, y el
1° de marzo de 1911 ingresé a la vieja casona del pueblo de San Martín, que
estaba en una región muy poco poblada. Cerca de allí terminaba la línea del
tranway. Al frente había un almacén Tres años iba yo a pasar en aquel sitio.
Tenía tan sólo quince: se podría decir que era un niño aún. Fue entonces
cuando mis padres me entregaron a la patria. Y al amparo de la patria crecí,
me hice hombre.
Siento el pasado. Puedo verme en esos tiempos. Dentro de mí siento el pasado
como una película que fuese trastabillando en la máquina proyectora. Me veo
diciéndole adiós a la abuela Dominga ¿Lloré? Si lo hice fue a solas aquellas
primeras noches en los galpones del Colegio. Si lo hice, fue callado: que
nadie lo supiera. Pensaba en mis padres, también perdidos en las soledades
del Chubut. Con ellos, yo había sido alguien. Y de repente, me sentí nadie.
Muchos años más tarde, cuando vi en una serie de televisión a hombres de
otro planeta confundiéndose entre las multitudes de este mundo, me di cuenta
de que yo fui eso desde entonces: un trasplantado, un árbol cuyas raíces
fueron cortadas siempre por el destino. Un ser sin hogar casi, con familias
que se le van apagando como velas, alguien que sólo aprendió a mandar y a
obedecer. Pero no a sentir. Desde niño me inculcaron que el sentimiento era
una debilidad, algo femenino, una cualidad del alma que se debía marchitar
antes de que floreciera.
Me veo a mí mismo sentado en el patio del Colegio, mientras un soldado
peluquero me rapa salvajemente, al cero, dejándome apenas un miserable jopo;
me veo vistiendo el uniforme de fajina; veo los días cuadriculados por el
reglamento tal y la ordenanza cual. Nadie podía permitirse una frase de
cortesía, una sonrisa, una lágrima.
A los cadetes nos instalaron con los soldados, en un galpón: "la cuadra" así
lo llamábamos, bajo un techo de zinc donde repiqueteaba la lluvia. El toque
de diana nos despertaba a las cinco de la madrugada, verano e invierno.
Disponíamos de tres minutos para lavarnos la cara y de cinco para, ya
vestidos, formar fila en el patio. Tomábamos mate cocido con leche y luego
éramos sometidos a un orden cerrado muy claro, implacable, en un campito de
fútbol. Yo me di cuenta entonces de que un hombre nunca sabe hasta dónde
puede llegar con su cuerpo, cuál es el límite de esa potencia casi infinita
que tiene el cuerpo. Es que rara vez tratamos de llevarlo más allá, hasta
que ya no se puede. Uno siente que existe sólo cuando el cuerpo pide basta.
En los otros momentos, ni siquiera piensa: yo soy éste, aquí estoy, he aquí
un pequeño punto al que llamo "mi lugar en el mundo". Tiempo después me
dijeron que un filósofo judío tuvo esas mismas ideas que yo tuve, pero no
supieron explicarme cuándo las escribió. No sé tampoco si él las sintió como
yo, en carne propia.
Aunque la vida era muy dura en el Colegio, yo estaba preparado para toda
clase de esfuerzos y sacrificios. Las mañanas heladas de San Martín me
parecían un juego comparadas con las de la Patagonia, y los trabajos
cotidianos del soldado acabaron por convertirse en una distracción Salíamos
sólo una vez al mes, después de la revista de los sábados a la tarde, y
teníamos la obligación de regresar el domingo antes de las diez de la noche.
Las faltas graves se castigaban privándonos de esa única salida: a los más
rebeldes los sentaban en la sala de disciplina, con las manos sobre las
rodillas, desde el toque de diana hasta el de retreta, sin derecho a
levantarse más que para ir al baño y para comer. Los estudios teóricos se
hacían por las tardes. Nos dictaban Historia, Ciencias Naturales,
Geografía... El programa era parecido al de cuarto año del bachillerato.
Desde hacía poco se había establecido por ley el servicio militar
obligatorio, con la intención de inculcar argentinidad en los millones de
jóvenes inmigrantes semianalfabetos que venían a poblar nuestro suelo.
Recuerdo que don Manuel Carlés, quien formaría más tarde las milicias
fascistas de la Liga Patriótica Argentina, era uno de mis profesores más
ilustrados. Nos enseñaba Literatura. En sus clases, que eran verdaderas
arengas, solía tratarnos como si ya fuéramos oficiales con mando de tropa.
"La Nación -decía Carlés- espera que ustedes sepan redimir al conscripto
inculto, ignorante y perverso." Su intención era ponemos en guardia contra
los anarquistas que ya estaban infiltrados en todas partes y que
desorientaban nuestra vida política. La mayoría de esa gente ácrata era
extranjera. Se metía en las fábricas, soliviantaba con su amarga prédica a
los operarios, y allí ardía Troya. ¡En 1910 desataron casi trescientas
huelgas!
Mi padre solía decir que ningún argentino lo es por completo hasta que no
funda un pueblo o siembra un campo. Cierta noche de invierno, cuando yo
tendría siete u ocho años, nos sentó a mi hermano y a mí junto al fogón. "El
presidente Roca les quitó a los indios las mejores tierras de este país y se
las regaló a los amigos -nos dijo-. Los galeritas que no pudieron
conseguirlas de arriba, las compraron a precio vil, con la complicidad de
los militares. Mario Avelino y yo cuidaremos la poca tierra que tenemos.
Juan Domingo debería hacerse militar, para impedir que nos la quiten.
Tanto mi padre como mi abuela querían que yo estudiara Medicina, pero
aquellas frases (dichas tal vez en un momento de impaciencia o depresión) no
se me olvidaron nunca. A veces pienso que mi futuro se decidió en el momento
en que las oí. Yo abracé la carrera militar no para apropiarme de tierras
-puesto que no las poseo- ni para fundar pueblos, lo que me hubiera gustado
más, sino para aprender a fundar hombres: a conducirlos.
En mi no había cálculo económico ni apetitos materiales de ningún tipo.
¿Cómo podía haberlos si un subteniente ganaba entonces doscientos pesos
mensuales, el mismo miserable sueldo de un maestro de escuela? Con esa suma
no se podía pagar siquiera el alquiler de una vivienda más o menos decente
en Buenos Aires.
Quienes nos instruyeron en el arte de la conducción fueron los oficiales
alemanes. Cuando yo entré al Colegio Militar, el ejército argentino seguía
rigiéndose por las viejas tácticas del general Alberto Capdevi-lla, basadas
sobre los reglamentos y manuales franceses. Pero ya estábamos equipándonos
con fusiles y cañones prusianos. Sabíamos usar los máuser y los Krupp. El
tradicional quepis con que empecé los estudios de cadete se convirtió pronto
en el casco alemán rematado por un largo cono, debajo del cual estaba el
escudo argentino.
Nos aclimatamos muy rápido al orden nuevo. Marchábamos a paso compás y las
voces de mando se daban a la prusiana. Ahí no era cuestión de pensar sino de
obedecer. A veces se nos sublevaba el temperamento, pero seguíamos adelante.
Para mis maestros, los nombres de Von Clausewitz, de Schlieffen y de Von der
Gorz eran una leyenda tan grande como... ¿a ver?... la leyenda de Napoleón.
En 1914, el general José Félix Uriburu regresó de Berlín, donde había sido
incorporado a la guardia personal el Kaiser. Vino con una fiebre tan
germanófila que los cadetes lo llamábamos "von Pepe". Y así ocurría con
muchos otros...
Una de las impresiones más lindas que dejó en mí el Colegio Militar fue la
camaradería, la siembra de buenos amigos. He seguido manteniendo esas
amistades a lo largo de los años. De los ciento doce que recibieron conmigo
el sable de subteniente, ya casi todos han muerto. Argentinos de vieja cepa
sólo había siete u ocho. Yo estaba entre ésos. Como vivíamos apanados de los
civiles, acabamos por conformar una familia. Han dicho por ahí que jamás
tuve otra, que el ejército fue mi único sentimiento verdadero. ¿Yqué hay con
eso? Yo no hice distinciones entre patria y ejército. En 1955, una camarilla
traidora quiso dejarme sin una cosa y la otra. Me obligó al destierro.
Decidió, por decreto, que yo dejaba de ser general. Lo último no me
importaba. Al fin de cuentas, yo seguía siendo Perón Que me dejaran sin
ejército, en cambio, me dolió mucho: era como si la familia me hubiese
abandonado. Y en seguida pensé: soy como la Argentina, también yo tengo
destino de desierto. Pretenden condenarme a la inexistencia, a la vaciedad,
a la llanura sin nadie. Que no me llame, que no tenga pasado, que viva sin
raíces. La dictadura usurpadora del 55 decidió que, a partir de tal fecha,
yo era cero. Me puse a cavilar entonces: vamos a ver dónde ponemos el tal
cero; si atrás, donde no vale nada, o adelante. Así me obligaron a luchar. Y
con eso me hicieron un gran favor... El 13 de diciembre me recibí de
subteniente...l
Debió mostrase firme y ordenarle a López que lo escribiera de aquel modo tan
íntimo: la familia, el desierto, tal como él lo sentía. Pero el secretario
pensaba en la historia. Sea más histórico, mi General, ¿lo ve?, ponga un
poco de mármol en el retrato. No se revele, no se dé a conocer. Una grandeza
se hace de silencios. ¿Cuándo ha oído usted que un gran hombre sale del
baño, tira la cadena, anda en ropa interior delante de la gente? La familia,
¿qué es eso? Conviértalo en olvido. Usted no era así antes. Jamás se hacía
preguntas, mi General. Termine ya. Los grandes hombres sólo tienen
respuestas. No le falta razón: López es muy sensato cuando quiere.
La historia no tiene por qué saber que yo, Juan Domingo Perón, tengo derecho
a las vacilaciones, a la debilidad de no poder. Que a los setenta y siete
años no hallo mejor respuesta que una buena pregunta. Muy bien: le ha dicho
el secretario. Preguntesé, mi General. Ponga las vísceras sobre la mesa.
Atrevasé. ¿Qué le pasó la noche de la manteada, cuando llegó al Colegio
Militar? Quitesé del corazón esa espina tan dolorosa.
Y él no ha sido capaz. Hay cárceles de la memoria contra las cuales nada
puede: están bien donde están, en su nido, apagándose. ¿Cómo las ha
disimulado López? ¿Con qué abrigo ha tapado esas sombras? A ver, ¿cuál es la
página?
Rendí mi ingreso en 1910. A comienzos del año siguiente me incorporé como
cadete. Era costumbre que los recién llegados se sometieran a una prueba de
bautismo llamada manteo. Consistía en palizas inhumanas que nos sacudían los
últimos restos de soberbia civil y endurecían, de paso, nuestro espíritu. Un
grupo de cadetes había sufrido antes de mi entrada la humillación de correr
en cuatro patas, desnudo, sobre el patio lleno de escarcha; a otros los
habían levantado en medio de la noche, obligándolos a meterse en piletones
de agua helada: hubo quien fue a parar a la enfermería, con una costilla
rota por los palos.
Yo iba preparado para cualquier rigor. Obedecí sin chistar a los cadetes de
segundo año cuando estaba en primero, y a los de tercero cuando estaba en
segundo. Para adiestrarse en el mando, pensaba yo, hay que aprender primero
la obediencia Pero los manteos me parecían un encarnizamiento. En junio de
1911, a los tres meses de mi entrada, nos enteramos que los muchachos del
segundo curso estaban preparándonos una zurra de padre y señor mío. Tenían
la intención de hacernos fracasar en nuestro primer desfile, el día del
juramento a la bandera: que marchásemos doloridos y maltrechos. El frío era
terrible entonces. La temperatura bajaba de cero casi todas las noches.
Reuní a mis compañeros, y les dije: Tenemos que impedir esta barbaridad
Busquemos el apoyo de los cadetes de tercero. Y así fue. Formamos una
comisión y empezamos las tratativas. Vamos a terminar con los manteos para
siempre, les propuse yo.
Que nadie tenga jamás un mal recuerdo de su paso por este colegio. Todos
aceptaron.
Aquel fue mi primer triunfo político. Nos presentamos ante el teniente
coronel Agustín P. Justo, que era el
subdirector, y él coincidió con nuestras razones. Desde entonces acabaron
aquellas prácticas salvajes.
(Un hombre no debiera ser lo que recuerda. Debiera ser su olvido. Como la
historia que acaba de leer: no es la que lleva todavía dentro de sí,
marcándole con fuego el pensamiento. Las palabras han cambiado de piel
cuando iban del pensamiento hacia su boca. Alguien las ha violado. ¿López?
¿O él, Perón: su voluntad de olvido?
El secretario lo ha desafiado a narrar también las maniobras que padecieron
cerca de Concordia, en el verano de 1913. Y el General se ha opuesto. No
tengo nada que preguntar allí, en ese pasado ha dicho: nada que responder.
Y, sin embargo. ¡Ah, las maniobras!, evoca López. Algunos de nosotros
estábamos predestinados a morir aquel año. ¿Recuerda, General, el 3 de
diciembre? Levantamos al amanecer nuestro campamento de Ayuí. Pensábamos
marchar algunos kilómetros por la costa del río Yuquén, y luego avanzar en
camiones hasta la estación Jubileo. Pero el coronel Agustín P. Justo se
negó: dijo que la resistencia del cuerpo humano se puede estirar siempre un
poco más, y que cuanto más lejos colocáramos la meta de nuestros cuerpos,
tanto más lejos iríamos. Nos ordenó avanzar a pie por un camino de arenales,
a varias leguas de la ribera donde nos esperaban los camiones. Justo tenía
-recuerdo- el humor de una hiena. Prohibió los manteos por inhumanos, y
ahora nos supliciaba con una sonrisa de hielo.
Al empezar la marcha, dos cadetes se desmayaron. El sol abría una boca de
cincuenta grados. Usted tenía un tobillo hinchado, mi General. Yo, cada
tanto, le desataba las botas y se lo masajeaba. No se divisaban árboles, ni
aguadas, ni siquiera una mísera mancha verde en esa inmensidad de arena y
grietas. Hubo un momento en que llovieron pájaros. ¿Usted los vio, López
Rega? ¿También estaba usted en ese espanto? Yo marchaba y marchaba, responde
el secretario. ¿No se acuerda? Yo era uno de ustedes: Juan Perón. Vi cómo el
sol se pegaba a las a las de los pájaros y me dije: ellos van a caer. Vi
cómo el sol punzaba la nuca de los pájaros y los iba volteando en los campos
de arena. Es una lluvia, dijo usted. Y yo dije: será la única lluvia de
pájaros que vemos en la vida. Cargábamos mochilas de treinta kilos, y
algunos de nuestros camaradas se desplomaban bajo las cúpulas de fuego.
Camina, Juan, camina: usted y yo nos repetíamos eso. Soy un infante, caminar
es mi oficio.
Fuimos de los primeros en llegar a la estación Jubileo. El tren nos
aguardaba desde hacía muchas horas. El General ha meneado la cabeza: las
maniobras, los pájaros. Haremos con todo eso un buen fardo de olvido. Seamos
piadosos con la memoria, López. No la asustemos.)
Me recibí de subteniente el 13 de diciembre de 1913. Durante mucho tiempo
guardé en la billetera unos recortes de diarios que describían muy bien la
ceremonia, desde el redoble de tambores que hubo al amanecer hasta la
llegada del ministro de Guerra. Y nuestra formación marcial en el patio... Y
el discurso del director del colegio... Y los ejercicios de los infantes, en
el campamento que estaba detrás del edificio... Veinte años después busqué
los recortes para mostrárselos a los Tizón, mi familia política. Y de la
billetera cayó sólo un polvo amarillo. Se habían vuelto ceniza.
Aquel verano fui, como siempre, de vacaciones a la Patagonia. Mi padre me
había comprado tres libros de regalo y me pidió que los tuviera siempre a mi
alcance. Eran las Cartas a mi hijo, de Philip Stanhope, conde de
Chesterfield; las Vidas de varones ilustres, de Plutarco, en la edición de
la casa Gamier, y el Martín Fierro, de José Hernández. A cada libro le puso
mi padre una dedicatoria adecuada. Al de lord Chesterfield, "Para que
aprendas a transitar entre la gente". Al de Plutarco, "Para que te inspires
en estos varones sabios". Y al de José Hernández "Para que nunca olvides
que, por sobre todas las cosas, sos un
criollo".
Repetidas veces he usado la magna obra de Plutarco cuando enseñaba Historia
Militar en la Escuela Superior de Guerra. Leyendo en ella la biografía de
Pericles, aprendí el don de la paciencia. "Todo en su medida y
armoniosamente" era el lema de aquel conductor ejemplar. Y ésa es la frase
que les repito a los ambiciosos y a los precipitados cuando me piden
consejo.
Al Martín Fierro me lo sé de memoria. Casi no hay discurso mío donde por
hache o por be yo no invoque uno de sus versos formidables. Cuando mi padre
me lo dio, aquélla era lectura de campesinos. No lo beneficiaba la gloria
que después tuvo. Más que la figura de Fierro, desertor del ejército,
matrero y un poco bárbaro -tanto, que hasta llegó a convivir con los
indios-, me impresionaba el sentido común del Viejo Vizcacha, que ofrecía
profundas lecciones de supervivencia a los gauchitos desamparados e incultos
de aquellos tiempos.
Hernández describe a Vizcacha como a un viejo ermitaño: sucio, pobre y con
una caterva de perros. Al menos en lo de la pobreza y los perros se parece a
mí, ¿no?
Una figura de tan mal talante no puede ser simpática para el hombre de
ciudad. Pero yo, criado en el campo, enseguida malicié que Hernández quería
convertir a Vizcacha en protector de los desdichados, en alguien cuyo
lenguaje comprendieran sólo quienes estaban educados en el sufrimiento. Eso
es lo que yo hice. Quien lea con atención las cartas que les escribí a mis
compatriotas durante todos estos años advertirá que no invoco las quejas de
Fierro sino las vivezas de Vizcacha
"El primer cuidado de! hombre es defender el pellejo",
he recomendado yo, porque no conozco mejor salmo de bendición a la vida. Y
para completar la idea:
"Hacéte amigo del Juez. no le des de qué quejarse; y cuando quiera enojarse
vos te debes encoger, pues siempre es güeno tener palenque onde ir a
rascarse."
Apenas había cumplido dieciocho años cuando me destinaron al regimiento 12
de Infantería de Línea, en Paraná. Mandaba yo la primera compañía; una
sección de ochenta soldados y diez suboficiales. El cuartel, cerca de las
barrancas del río, era un edificio precario, compuesto por enormes galpones
sin ventanas. Había sido construido para albergar a los colonos judíos e
italianos. Cuando yo llegué, aquello se conocía como "La Inmigración".
Por primera vez descubrí la miseria en la que nuestro país estaba sumido.
Los hijos de los peones se criaban como las bestias: a la intemperie,
iletrados. Y los padres morían en plena juventud, con los pulmones llenos de
caries. Vi a muchachitos cargar en el puerto bolsas de setenta kilos durante
jornadas de nueve horas. Supe que las mujeres se volvían tuberculosas
cepillando lana y limpiando el polvo en las fábricas de cigarros. Lo que más
me impresionó fue que miraban el futuro con desdén. Más bien no lo miraban.
Vivían ciegos al tiempo. Como el pasado era siempre espantoso, se les
borraba casi instantáneamente de la memoria. De ahí que atribuyeran a la
fatalidad sus bienes y sus males. Mejor dicho: los bienes a la providencia y
los males al gobierno.
Abstraído en la lectura, el General ha olvidado que abajo, en los jardines
de la quinta, sigue la fiesta. Unas voces, en la escalera, se lo recuerdan:
las oye subir, apagadas, obscenas. ¿Qué dicen? El hombre, borracho, busca
una cama. La mujer forcejea. Si han llegado hasta allí, la casa está tomada
ya, infectada su piel, sucia de sarna. ¿No vendrá nadie a detenerlos? El
General se aterra. Siente los manoseos junto a la puerta, afuera. Quieren
entrar, buscan el picaporte. ¿Es que tendrán la audacia de violar el
claustro? ¿No saben que Eva, en lo alto, el ave podría despertarse?
-¡Bajen de ahí, malditos! -El lejano grito de López llega, salvador, hasta
la caverna del claustro.- ¡Bajen y vayansé!
(Tenía que ser él: cuidando el ave, hurtándola de las profanaciones,
evitándolas.) El General suspira. Se relaja. De pie junto a la puerta, oye
irse a la pareja. Reconoce la voz de un guardaespaldas. Y a la mujer
también: una pobre guaranga. López ahuyenta del comedor a los curiosos,
limpia de rezagados los dormitorios: "¡Circulen ya! ¡Salgan de la casa!".
¿Hay música? Otra vez, nada se oye. ¿Cuánta noche habrá afuera? ¿Y cuánto de
Madrid es lo que aún le falta por vivir?
El General vuelve a las carpetas, pensativo. Una mosca de yeso se ha posado
sobre la página. (¿Ahora venís, tan luego, a leerme el pasado? Ella y yo
nunca hablábamos de eso. A los dos nos dolía. Esto es muy viejo, ave. Aún no
habías nacido):
Era el invierno de 1914. El mismo día en que nos enteramos de! atentado al
príncipe Ferdinando en Sarajevo, fundé yo el Boxing Club en Paraná. Siempre
cultivé con fanatismo el boxeo, pero en aquellos tiempos peleábamos a
ciegas, sin técnica Ni siquiera sabíamos vendarnos las manos. En una de ésas
me rompí los puños. Los metacarpianos me salieron para arriba, por una piña
mal dada. Todavía se me notan las jorobas en el dorso de las manos.
Pasaba yo muchas horas en soledad, mirando e! río y distrayéndome con el
mapa inmóvil de las estrellas. Entonces brotaron mis primeras dudas
-digamos- metafísicas. Me pregunté, como en la payada del Moreno con Martín
Fierro, ¿cuál es la sustancia de la eternidad, hacia dónde va el tiempo, en
qué punto de! universo infinito está e! principio de las cosas y en qué otro
punto podemos ver el fin? Inesperadamente conocí algunas respuestas. Fue un
atardecer, en diciembre del mismo 1914. El cielo estaba tan despejado y azul
que ni los pájaros se atrevían a mancharlo. Yo me había sentado en un banco
de la avenida Costanera. De pronto, en el horizonte se abrió una boca de
oscuridad. Sentí el chisporroteo de una llama negra. En un segundo cayó la
noche: el aire se hinchó con un olor a ponzoña. Parecía que las entrañar de
la tierra estuvieran pudriéndose. Una descomunal manga de langostas había
caído sobre la ciudad y devoraba todo el verde. Recordé a mi abuelo, que las
culpaba de sus insomnios y les hervía las patas en alambiques, buscando el
virus que no lo dejaba dormir. Olvidé el hedor y las turbulencias y me
detuve allí a la orilla del río, a verlas desovar. Agarré una hembra, le
saqué las alas para que no huyera, y la observé de cerca: la dura cáscara de
los ojos, las antenas afibradas, las mandíbulas imponentes. Y me pregunté:
si Dios está en todas partes, como dicen los Evangelios, también ha de estar
en el corazón de las langostas. Traté de encontrar el corazón de la hembra,
escarbando con un alfiler de corbata. Busqué y busqué. No había nada. Dejé
el insecto en el suelo y me marché. Aquella tarde aprendí que Dios sólo está
donde hay bien, y que no puede coexistir con el mal. Esa respuesta me ha
quedado para siempre.
A fines de 1915 me ascendieron a teniente. Pocas semanas después el
regimiento 12 trasladó su sede a Santa Fe, en la otra orilla del río. Una
parte de los efectivos se alojó en la vieja Sociedad Rural, a la que por
entonces llamaban "La Feria". El resto (y yo entre ellos) encontramos
refugio en el asilo de huérfanos. Conocí entonces la singular fortuna de
servir a uno de los mejores jefes que ha tenido nuestro ejército: Bartolomé
Descalzo, quien revistaba como capitán. Fue mi Sócrates, el hacedor de mi
alma. Cierta vez le pregunté si ya estaban escritos en el destino los hechos
de nuestra vida y la fecha de nuestra muerte. "Sólo está escrita la muerte",
me contestó, "porque no se conoce a nadie que haya muerto en la víspera.
Pero la vida es otra cosa: un hombre de verdad jamás deja que el destino
tome las decisiones que debió tomar él". He repetido esos conceptos muchas
veces. Tantas, que alguna gente los cree míos. Pero no. Son de Bartolomé
Descalzo.
Empezaron años de turbulencia. El 2 de abril de 1916 hubo por primera vez
comicios democráticos en la Argentina. Yo simpatizaba con Lisandro de la
Torre, cuyo bastión electoral estaba en Santa Fe, pero voté por Hipólito
Yrigoyen, que representaba una gran esperanza para las clases populares.
El ejército estaba inquieto por las agitaciones anarquistas. El 9 de julio
de aquel año, al terminar el desfile del centenario de la independencia, un
sujeto se abrió paso entre la muchedumbre, y al grito de ¡Viva la anarquía!
descerrajó un balazo a la cabeza del doctor Victoriano de la Plaza, que ya
estaba entregando la presidencia de la República. Por suerte, apuntó mal. La
bala rebotó en un balcón de la Casa Rosada. Aquello hubiera debido servirle
de advertencia a Yrigoyen, quien asumió el mando tres meses después. Pero no
fue así Su gobierno fue saludado por una verdadera pirotecnia de huelgas y
conflictos sociales. Era lógico. Yrigoyen había creado muchas expectativas
entre los obreros y campesinos, y tardaba demasiado en cumplirlas. Recibía
personalmente a delegaciones de ferroviarios y textiles -algo que ningún
presidente había hecho-, pronunciaba discursos contra los empresarios, pero
después se cruzaba de brazos y no impulsaba las leyes reformistas que todos
esperábamos. Las masas perdieron la paciencia y se le sublevaron. Yrigoyen
había sufrido en carne propia la brutalidad de sus predecesores y no quería
reprimir. Pero tampoco tenía criterio para controlar la situación. Estaba
enfrentándose a un anarquismo aguerrido, inspirado por ideólogos de tanta
peligrosidad como Malatesta y Georges Sorel, e imaginaba que esa clase de
gente puede ser contenida con la policía. A la policía, por supuesto, la
desbordaban siempre. Entonces llamaba al ejército. A los oficiales nos
defraudaba esa impericia del presidente, que por un lado se negaba a perder
popularidad imponiendo la mano dura que hacía falta, y por el otro terminaba
enredando al ejército en acciones impopulares.
(Ahora que está leyéndolas, el General recuerda con claridad el acento con
que dicta cada una de aquellas frases, la inesperada ronquera de los
finales, el afiebramiento con que decía Malatesta o Sorel y pensaba en Cohn
Bendit y en Alain Krivine: Buenos Aires de 1917 se le transfiguraba en
París, mayo del 68. Eran estragos de los idealistas, ¿no?: esos años de la
inteligencia, perros del alma. A punta de disturbios, ellos diezmaron la
grandeza de Yrigoyen, la gloria del general De Gaulle...
Ha dictado con ira lo que ahora está leyendo con tristeza. Y se pregunta si
este después desde el cual está narrándose no ha destruido ya para siempre
el ayer donde las cosas ocurrieron.)
El capitán Descalzo tenía un infalible instinto para contener los desmanes
antes de que se desbordaran. En 1917 nos llevó a Rosario para que ocupáramos
las playas donde estacionaban los tranvías, en previsión de sabotajes
anarquistas. En 1918, cuando me destinaron al arsenal Esteban de Luca dijo,
al despedirme: "Estamos entrando en la oscuridad, teniente Perón. A las
puertas de nuestra casa golpea la más atroz de las tormentas, y el
presidente no quiere o no sabe oírla. En Europa, la guerra ha terminado con
la derrota del mejor ejército del mundo. Los anarquistas vuelven ahora sus
ojos hacia nosotros". Sus palabras me emocionaron. "Voy a pedirle un favor
personal", le dije. "Cuando llegue la hora de hacerle frente a ese enemigo,
llámeme. Quiero pelear a su lado, mi capitán."
En Buenos Aires tuve mucho trabajo. La pasión por los deportes, que no me
abandonaba jamás, absorbió mis pensamientos. Practiqué salto en alto y
garrocha. Jugué al básquet y al fútbol. Pero sobre todo me dediqué a la
esgrima. En los campeonatos militares de 1918 gane la medalla de oro en el
torneo de espada. Mi técnica era flexible, como si tirara con florete, y los
rivales no podían pararme. El 22 de junio cayó nieve sobre Buenos Aires. La
gente se lanzó a las calles, eufórica. Yo, en cambio, estaba desasosegado.
Vi el dibujo de los copos en la ventana y pensé que me faltaba poco para
cumplir veintitrés años. Sentí el vacío del tiempo. Supe que pronto debería
casarme. Disfrutaba de la soledad, pero necesitaba una mujer formal a mi
lado. Los oficiales son mejor recibidos cuando tienen un hogar. En aquella
época íbamos a muy pocas fiestas y ni siquiera se nos pasaba por la
imaginación hacerle el amor a una muchacha de familia. Frecuentábamos
algunas casas de baile, pero con mujeres alquiladas. Cuando uno de nosotros
quería desocupar el cuerpo, buscaba a una de esas mujeres y listo el pollo.
Después prohibieron los prostíbulos, y los jóvenes, en vez de alquilar a una
profesional para sus menesteres, lo que hacían era prostituir a las hijas de
familia. Los hombres de mi generación no jugaban con esas cosas: puertas
adentro éramos gente de respeto. Afuera, nos divertíamos y bailábamos más
que nadie: pero en los cabarets, con mujeres vendidas.
Muchos años después escribí un artículo de pocos párrafos en el que hablaba
de un general severo, que ni siquiera en los salones se quitaba el sable y
el quepis. Una francesita, desafiante, le preguntó. ¿Cómo hace usted el
amor? Y el hombre respondió: Yo no hago el amor. Lo compro hecho. Así
pensaba yo. Para que nada me distrajera de la profesión militar, resolvía
mis urgencias de varón con unos pocos pesos. La profecía del capitán
Descalzo se cumplió antes de lo pensado. Los anarquistas volvieron sus ojos
hacia nosotros. 1918 había terminado con unas escaramuzas de huelga en los
talleres metalúrgicos de Pedro Vasena. Algunos operarios, alentados por los
ácratas, exigieron salarios más altos y condiciones de trabajo más
relajadas. Hubo muchos que no quisieron plegarse y el movimiento fracasó,
pero ya estaba sembrado el descontento.
El 3 de enero de 1919 se armó la maroma. Vasena tenía la fábrica en la calle
Cochabamba, cerca del barrio de Constitución. Los depósitos estaban en
Pompeya, a unas pocas cuadras del Riachuelo. Entre uno y otro sitio había un
continuo tráfico de chatas. Debido a las agitaciones, las chatas iban
custodiadas por agentes de la policía montada. En la mañana de aquel 3 de
enero, los huelguistas salieron sorpresivamente de un baldío y tirotearon a
las chatas. Cayó muerta una mujer que nada tenía que ver con el asunto. El 5
ocurrió lo mismo: mataron a un cabo. El 7, ya el conflicto se había puesto
color de hormiga: los anarquistas atacaron, la policía los reprimió a tiros
y a sablazos. Hubo cinco obreros muertos y unos veinte heridos. Yrigoyen
quiso arreglar el problema conciliando a las partes. Ordenó al ministro del
Interior que buscara un entendimiento entre Vasena y los huelguistas.
Apretada por el gobierno, la empresa se achicó. Ofreció pagar doce por
ciento de aumento y no tomar represalias.
Pero aquellos platos rotos ya no se componían con saliva. Las muertes del 7
de enero sirvieron de pretexto para que los anarquistas pusieran al país en
un estado de sublevación. Di Giovanni, Scarfó, Miguel Arcángel Roscigna y
muchos ácratas que ganarían celebridad en los años siguientes hicieron sus
primeras armas en esas trifulcas. Se trataba de una conspiración
internacional muy bien montada. A tal punto era así, que en esa misma semana
de 1919 estallaron en Berlín las revueltas espartaquistas. Allá, el pleito
se resolvió en pocos días con la muerte de Rosa Luxemburgo y de su compañero
Karl Liebknecht. Al ser descabezado el movimiento, se restableció el orden.
Aquí, en cambio, Yrigoyen seguía confiando en la providencia.
Era un verano terrible. Buenos Aires ardía En el patio del arsenal no corría
otro viento que el de las moscas volando. Hasta los caballos relinchaban de
tensión. El 8 de enero iban a ser enterrados los caídos. Los anarquistas
convocaron entonces a una huelga general. Todos temimos una catástrofe. La
policía estaba mal preparada e iba a ser fácil desbordarla. El ejército se
vio forzado a intervenir.
Mi función en el arsenal consistía en asegurar la provisión de municiones
para la tropa. Tuve muchísimo trabajo, porque sólo en la ciudad de Buenos
Aires estaban acuartelados entre ocho y diez regimientos. Tal como se
esperaba, los funerales degeneraron en combates callejeros. Murieron más de
seiscientas personas. El gobierno convocó el 11 de enero a los jefes
anarquistas, y aplacó los ánimos. Los obreros de la fábrica Vasena
consiguieron algún beneficio de aquella tragedia: la empresa redujo la
jornada de trabajo a ocho horas y aumentó los salarios en un treinta por
ciento.
Pero las heridas, cuando son profundas, no cicatrizan de un día para otro.
Hay que estar vigilándolas. Mi antiguo profesor Manuel Carlés fundó la Liga
Patriótica Argentina, en la que se inscribieron muchos jóvenes católicos y
nacionalistas. Disponían de una tropa de choque cuya misión principal era
poner en vereda a los agitadores extranjeros. A veces usaban métodos
violentos, pero eran bien intencionados. El censo de 1914 reveló que
contábamos con 8 millones de habitantes: un tercio no había nacido en la
Argentina Muchas industrias vitales estaban en manos ajenas. En la
Patagonia, los aventureros recién llegados de Europa desplumaban rápidamente
a los criollos incautos. En el norte de Santa Fe, los ingleses disponían de
un imperio casi tan extenso como su misma metrópoli. Se llamaba "La
Forestal". El negocio consistía en la tala de enormes bosques de quebracho
colorado, del cual extraían el tanino. La concesión, que llegaba desde San
Cristóbal hasta las fronteras del Chaco, cubría más de dos millones de
hectáreas. Adentro había siete y ocho pueblos en los que trabajaban, creo,
unos diez mil hombres. Todo lo que cabía bajo aquellos cielos era patrimonio
de los ingleses: los almacenes, el agua, las selvas, los cuerpos de
vigilancia y las mujeres. De las mujeres se ocupaban poco, felizmente: ellos
vivían en caserones rodeados por campos de golf y jardines impecables, dando
fiestas con músicos famosos que pasaban directamente del teatro Colón a esas
soledades. Supe que en 1903 habían contratado a la orquesta completa de
Toscanini y que en 1915 (poco antes de las tragedias que me llevaron a esos
parajes) organizaron un recital de Caruso. Nuestras criollitas los
indigestaban. Preferían el amor de sus insípidas rubias.
En julio de 1919, las poblaciones se sublevaron. Pedían aumento de salario y
viviendas higiénicas. La Forestal organizó entonces su propio ejército de
represión. Sacaron a los presos peligrosos de las cárceles, los uniformaron
y les dieron armas. Empezaron las torturas y los asesinatos. Para ablandar a
los huelguistas, la empresa cortó el agua y la luz. Una vez más tuvo que
intervenir el ejército. Un sábado de aquel julio, cuando las horas de
guardia en el arsenal parecían más interminables que nunca, me entregaron un
telegrama del capitán Descalzo. Lo mandaban a imponer orden en La Forestal y
quería que yo lo acompañara. Ya lo tenía todo arreglado: mi pase a comisión
y el nombramiento de mi reemplazante. El teniente Perón no podía negarse.
Descalzo me confió un destacamento de veinte soldados y me destinó al pueblo
de Tartagal, donde vivían unas cuatrocientas familias.
Jamás he olvidado aquellas selvas. Uno cabalgaba por la espesura y veía
volar los pájaros como telarañas. Junto al sendero se abrían pantanos y unas
torrecitas brillantes que parecían fogones. Eran nidos de hormigas. A lo
lejos estaban los quebrachos, de quince a veinte metros, con sus ramas
nudosas y atormentadas. Y sobre todo aquello volaba un polvo de color
ladrillo que, al posarse sobre la naturaleza, la secaba. Era el tanino. En
ese ambiente ningún hombre vive más de veinticinco años. Los ingleses hacían
turnos de ocho a diez meses. Los peones criollos no tenían otro remedio que
padecer ese infierno hasta la muerte. El que más ganaba recibía cien pesos
mensuales, y estaba obligado a gastarlos en los almacenes de La Forestal,
donde un paquete de yerba costaba dos con cincuenta.
Llegué a las vecindades de Tartagal en un tren de carga. El maquinista me
señaló una brecha en la selva y me dijo que el pueblo distaba seis
kilómetros. Mis hombres y yo emprendimos la caminata. No habríamos avanzado
más de la mitad cuando advertí movimientos sospechosos entre los árboles.
Ordené cuerpo a tierra Empezamos a movernos en zigzag. Yo preferí quedarme
de pie, inmóvil, atento al silencio. De pronto, sentí que alguien, a mis
espaldas, quitaba el seguro de su winchester. Conservé la sangre fría.
Descalzo me había pedido que, a toda costa, evitara una masacre. ¿Cómo
hacer? Tomé la única decisión posible. Alcé los brazos y grité:
-¡Alto! ¡Alto! ¡Los que andan por ahí, descúbranse! Quedensé tranquilos.
Nadie les hará nada. Soy un oficial del ejército argentino y no he venido a
pelear contra ustedes. Quiero ayudarlos. Unos peones mal entrazados, con
barba de varios días, salieron del monte y se me acercaron con aprensión.
Dijeron que les habían cortado el agua y que no hallaban cómo dar de comer a
sus hijos. La empresa mantenía cerrado el único almacén del pueblo.
Les aconsejé que depusieran las armas y que confiaran en mí. Aquí nada se
arregla por las malas, les dije. Al fin de cuentas, los ingleses de La
Forestal no son ogros sino personas. Alguna sensibilidad tendrán. Dejenmé
hablar con ellos.
Los llevé de regreso a Tartagal, escoltados por la tropa. Busqué al
encargado del almacén, un mocito de apellido Sosa, y le ordené que
despachara la mercadería. Se me quiso retobar. Sin bajarse de la cama,
bostezó y empezó a limpiarse las lagañas. El almacén es de La Forestal, me
dijo, y no se puede abrir sin autorización escrita de los propietarios. Tuve
que levantarle la voz: ¡Obedezca mis órdenes! ¡Yo me hago responsable, en
nombre del ejército argentino! El mocito quiso volverme las espaldas. Aquí
no hay ejército que valga, contestó. La única autoridad en esta tierra es
The Forestal Land, Timber and Railways Company.
Puede que no supiera leer ni escribir, pero hablaba inglés como un lord. Se
me subió al mostaza. Desenfundé el revólver. ¡Usted abre ya mismo el almacén
o no echa más el cuento! Y así me lo llevé, en calzoncillos.
Serían como las ocho de la mañana. El cielo estaba rojo.
Dejé a tres soldados vigilando al mocito mientras despachaba, y con el resto
de la tropa fui en busca de los ingleses. Eran dos matrimonios. Uno de los
hombres tenía remendado el puente de la nariz. Malicié que había sido
boxeador. Le hablé de Jorge Newbery, de González Acha y de otros grandes
pegadores de la época. No los conocía. Su mundo era inglés, y vivía en
aquellos quebrachales perdidos como en un arrabal de Londres. Ciertos
hombres no pueden acomodarse a su tiempo. Otros no saben hacerlo con el
espacio: aquel inglés era de éstas.
Lo invité a pelear unos rounds y aceptó complacido. En el fondo de la casa
tenían un salón de juegos, con mesas de billar, barras para ejercicios y
pesas. En seguida armamos un encordado e hicimos un ring. El inglés me
prestó un par de guantes y me ayudó a vendarme las manos. Le pedí a uno de
mis soldados que nos fuera marcando el tiempo con un silbato: un toque corto
al anunciar el round y uno largo cuando se cumplieran los tres minutos.
Empezamos. El hombre era un profesional. Lanzaba unos jabs alevosos. Me
llevó hasta una esquina y me sacudió la oreja con un zurdazo. Tropecé y me
fui al suelo. Vi la cara de susto de mis soldados y aguanté como pude hasta
el final del round.
En el descanso, uno de los muchachos me dijo: No se le ocurra fallarnos, mi
teniente. Eso me tocó el alma. Un oficial del ejército argentino no se puede
dar el lujo de perder delante de sus subordinados. Tanto menos peleando
contra un civil y, para colmo, extranjero. Estaba ciego de la rabia, pero me
contuve. En estos apuros, la sangre fría y la viveza son lo único que nos
puede salvar. Cuando se reanudó la pelea, me mantuve a distancia del inglés,
aguanté un par de piñas en los riñones y empecé a moverme como si estuviera
mareado. Mi rival se confió. Vino a rematarme con la guardia abierta. Vi el
claro y le encajé un tortazo en la sien. Cayó duro. Le contamos más de
treinta segundos. Como no se despertaba, tuvimos que echarle agua con un
balde. La inglesa que estaba casada con él se puso a llorar porque le
habíamos echado a perder el piso. Pero al rato, olvidamos el incidente y nos
hicimos amigos. Me invitaron a comer con ellos: una carne tierna pero mal
preparada, fría. Cuando me sirvieron el postre, les dije: A ver, ¿qué
dificultades tienen ustedes para mejorar la situación de los trabajadores?
Trajeron a un administrador para exponer el problema. Algunos puntos eran de
fácil solución. Los peones ganaban un jornal promedio de tres pesos y
pretendían cincuenta centavos más: de acuerdo. Trabajaban entre doce y
quince horas diarias; pedían un máximo de setenta horas semanales: se
acuerdo. Querían un pago extra los domingos: no era posible. Una semana de
vacaciones: tampoco. Si se aflojaba en todos los puntos, al año siguiente
vendrían con nuevas exigencias, dijo el administrador.
Uno de los ingleses insinuó que la empresa podía mostrarse más generosa si
no hubiera tantos anarquistas infiltrados entre los peones. Les pregunté si
tenían pruebas de lo que estaban diciendo y me mostraron unas fichas
elaboradas por la policía de la provincia. Mentaron a unos tales Lotito,
Lifredín, Vera, Lafuente y Giovetti.
Les ofrecí un trato. Ellos aceptaban todas las demandas de los obreros, que
me parecían legítimas, y el ejército se ocupaba de los ácratas. Me abrazaron
emocionados y empeñaron su palabra de honor en respetar el arreglo, por lo
menos en Tartagal.
Volví caminando al almacén, donde medio pueblo estaba reunido. Me paré sobre
una tarima y les conté mi conversación. Las mujeres empezaron a dar vivas.
Los hombres querían llevarme en andas. Como advertí que todo el mundo estaba
satisfecho, les pedí que velaran ellos mismos por su provenir y denunciaran
de inmediato a los anarquistas que intentasen agitarlos. Se firmó un acuerdo
entre las partes. Yo serví de testigo.
Esa noche, los peones improvisaron un baile. Acepté concurrir siempre y
cuando no se bebiese alcohol. Mi tropa tenía que desandar seis kilómetros
hasta la vía del ferrocarril y esperar un tren que pasaba a las siete de la
mañana.
Cuando cayó la tarde me presenté con los dos matrimonios ingleses. Hasta ese
momento, los representantes de la Forestal jamás se habían mezclado con los
peones. Al principio, todos se sintieron un poco incómodos, pero yo saqué a
bailar a una de las gringas y eso aflojó la tensión. Por desgracia, un buey
corneta de los que nunca faltan había llevado aguardiente y lo hacía correr
bajo las mesas. Uno de mis soldados bebió de más. Se achispó y le dio por
cortejar a la mujer de un capataz. El marido sacó el facón, dispuesto a
degollarlo. Yo distinguí el movimiento y le contuve la mano. No hay mujer
que valga la cárcel de un varón decente, le dije. Ordené que metieran al
soldado en el calabozo, me disculpé ante los gringos y me fui.
Algunos meses más tarde volvieron los anarquistas y se reanudaron los
disturbios. La Forestal tuvo que romper el trato que yo había concertado con
tanto esfuerzo. Dejó a la gente sin agua. Supe que una epidemia de viruela
diezmó las poblaciones y que un obrero nervioso, en Villa Guillermina, mató
a un conscripto. El 12 de Infantería tuvo que reprimir con ametralladoras.
Hubo una masacre. Pero yo no estaba
allí.
Fui ascendido a teniente primero y destinado, el 16 de enero de 1920, a la
Escuela de Suboficiales. Recuerdo aquellos días con tanta limpidez como si
se tratara del presente. Yo era feliz, pero no me daba cuenta porque la
felicidad es siempre algo que hemos dejado atrás. Caminaba por Buenos Aires
en un estado de absoluta exaltación. Yo había vivido tanto que creía estar
de vuelta. ¡Quién me hubiera dicho que apenas estaba pisando el camino de
ida!
El General abandona el claustro y baja al otro lado de la frontera. En la
casa, por suerte, nunca tiene ocasión de ser él mismo. Lo que se afearra al
pasamanos de la escalera, lo que se desliza por la alfombra, no es el
General sino su representación. Aquel cuerpo va entrando lentamente en los
gestos que ha fabricado para su personaje. Al llegar a los dormitorios del
primer piso, el humo de la carne asada y la ebullición de los invitados lo
detiene.
¿Y si se quitara los zapatos, encendiera el televisor y se posara al fin
sobre su propio olvido? En la segunda cadena pasan un drama lacrimógeno,
Murmullos en la ciudad, con Cary Grant: es la historia inverosímil de un tal
Pretorius a quien domina su sirviente siniestro. En la primera cadena dan
las aventuras de Nick Carter, que tantas veces lo han entretenido. Está por
ceder a la tentación. Pero no. Le quedan sólo unas pocas briznas de Madrid y
quién sabe si también le queda vida. Resignado, el General camina hacia el
jardín. Suspira. Y luego avanza, con la sonrisa de Perón ya puesta.
SIETE
LAS CARTAS MUESTRAN EL JUEGO
"Todos los hombres nacen con dos destinos", sentencio don José Crespo ante
los discípulos de la Escuela Científica Basilio, cuando volvió de Madrid.
"Uno es el destino de lo que somos. Otro es el destino de lo que hubiéramos
podido ser. Yo acabo de perder este último a manos de mi tocayo López Rega."
El auditorio del templo de la calle Tinogasta había raleado en aquel
invierno de 1967. Se componía de sirvienti-tas granujientas, sin novio, y de
viudas reumáticas que iban a conversar con el alma de los maridos. Cuando
pasaba el cepillo de la limosna, don José no recibía ya sino unos míseros
pesos, que no le alcanzaban ni para los cigarrillos. También él estaba
viniéndose abajo. Se le habían pegado tantos años al cuerpo que caminaba
encorvado, tembloroso, como un papel cazamoscas. Su lengua seguía llevándose
mal con las palabras: las que no se le enredaban, le salían partidas por la
mitad. Y sin embargo vivía con placidez. Dormía tranquilo. Mudar de vida le
daba miedo.
Las verdaderas desgracias empezaron, como siempre pasa, con una buena
noticia. Poco después del año nuevo, en 1964, su ahijada Isabelita le
preguntó en una postal si no se animaría a vivir con ella en Madrid.
Usted está muy solo padrino, y para qué mentirle yo lo extraño. Todas las
mañanas le pondero a Perón los tiempos en que usted leía las cartas sin
abrir los sobres y sabía curar a la gente con unos poquitos ensalmos. Y
Perón me dice que lo traiga aquí, "tráelo cuando él quiera".
Para tentar a Crespo, Isabelita le mandó un pasaje abierto de Buenos Aires a
Madrid y un telegrama enternecedor: "Padrino ponga usted fecha. Nosotros
ponemos corazón".
"Nosotros" quería decir que también el General lo convocaba. Eso terminó de
seducir a don José. Del lado de acá estaba su escuela científica medio en
ruinas, los desalojos en masa ordenados por el gobierno, las ollas
populares, la competencia desleal de los cursillos de cristiandad. Del lado
de allá lo esperaba la historia. ¿Aceptaría un hombre tan grande como Perón
que se fundieran en una la doctrina de Basilio y las veinte verdades
justicialistas? ¿Sería posible que las dos ideas, enlazadas en un matrimonio
de inteligencia, se penetraran mutuamente y consiguieran atraer a toda la
humanidad? Otra que Juan Veintitrés, Mijita Scruchó, Meao Serón y Yon
Ficheral Kenedy. El futuro sería de Crespo y de Perón. Con la punta del
lápiz bien salivada, don José compuso el laborioso telegrama que anunciaba,
por fin, la mudanza de su destino: "Jove voy. Esperame reporeto.
Josecristo".
Isabelita interpretó, sorprendiendo a su marido, que debían buscar al
padrino el jueves en el aeropuerto de Barajas.
A Perón le desagradó aquel personaje desaliñado, que llevaba las uñas
largas, con menguantes de luto. En el trayecto hacia Puerta de Hierro quiso,
sin embargo, mostrarse cortés:
-Chabela me ha contado que usted sabe curar de palabra. Yo conozco bastante
la materia, porque mi madre también lo hacia en la Patagonia, donde hay
tantos desprotegidos. ¿Cómo aprendió, Crespo? -Antes de la dientaduro
bostezo. Después, ya no lo sigo más. -La dentadura postiza parece haberle
quitado el don -tradujo Isabel.
Cuando atravesaron el Paseo de la Castellana y entraron en la calle del
general Sanjurjo, Perón dijo con melancolía:
-Aquí tiene a Madrid, Crespo. Le deseo la mayor suerte.
-Yo también. Y ojalá me tropiece con el animal de mi esposa, que me andará
buscando en las Uropas. -Ella vendrá, padrino, ella vendrá -lo alentó
Isabelita, apretándole las manos.
Decepcionado por la ignorancia del visitante, el General lo depositó en la
casa como si fuera un mueble y desde aquel mismo día le prestó sólo su
distracción. Crespo, sin embargo, se afanaba siguiéndolo por todas partes,
aunque a distancia siempre respetuosa.
A Isabelita se le alegró la vida. Con cualquier pretexto se arrojaba en
brazos del padrino llamándolo papá, y solía quedarse largos ratos sentada
sobre sus rodillas. Después de la cena, cuando el General ya se había ido a
dormir y las luces de la casa estaban apagadas, ambos subían y bajaban por
las escaleras portando grandes candelabros encendidos, en busca del alma de
doña Isabel Zoila. Luego, encerrados en un dormitorio del primer piso,
invocaban a los difuntos amigos y los sometían a interrogatorios que a veces
duraban hasta el amanecer.
Pronto comenzaron a suceder fenómenos inexplicables en la quinta. Se oían
ruidos en ninguna parte y silencios donde todos hablaban. En cierta ocasión
el General abrió un aparador y de adentro brotó una tos. Otra vez, a media
tarde, sintió que los peldaños de la escalera se quejaban mientras los iba
pisando. Un domingo de verano, como a las diez de la noche, los ruidos les
estropearon la cena. A la mesa estaban el General, José Manuel Algarbe
(quien por entonces era su secretario privado), Isabelita y el padrino. Un
ventarrón se deslizó como una culebra bajo el mantel y les enfrió la sopa.
Otras figuras de aire empezaron a perseguirse, de un lado a otro de la casa.
Algarbe, que gozaba de una sensatez a toda prueba, temió un atentado contra
el General y se levantó para llamar a la Guardia Civil. Cuando alzó el
teléfono, un ruido le mordió la mano y le hizo soltar una gota de sangre.
Corrió entonces por el jardín y buscó al vigilante de la entrada. Entre los
dos revisaron cada milímetro de la casa, desde la carbonera hasta el
altillo. En vano.
Aquella noche marcó un violento cambio de humor en Isabelita. Se tornó
melancólica. Pasaba horas encerrada en su dormitorio, llorando por cualquier
cosa. En la mesa de luz entronizó una foto coloreada de doña Isabel Zoila, a
la que todas las mañanas le cambiaba las flores. Cuando llegó el otoño,
volvió a tomar la costumbre de pasearse con los candelabros encendidos, a la
zaga de don José, y de invocar a los espíritus. Era inevitable que, al cabo
de tantos esfuerzos, acudiera doña Isabel Zoila. Se les presentó bajo la
forma de un humito azul, advirtiéndoles que no podían interrogarla sobre el
futuro, porque a los muertos no se les permite levantar esos velos. Les
prometió, en cambio, abrirles de par en par el pasado. Isabelita quiso saber
cómo era el paraíso. "Una sofocación", dijo la difunta. "Hay una cama
estrellada donde las ánimas pasan el tiempo abrazándose y besándose." "¿Y
vos qué hacés con tanto estrélago?", la interrogó don José. Pero el humito
azul, estirándose, les volvió la espalda y desapareció.
Cuando el padrino buscó al General para referirle la historia, lo encontró
muy turbado, con la cabeza en otra parte. "Perón no quiere que lo molestes",
dijo Isabelita. "Anda con malos presentimientos." Las visitas se sucedían
entonces en la quinta y cuchicheaban en pequeños grupos, yéndose a rincones
donde Crespo no podía oírlas. Pronto se supo la razón de tanto sigilo. El
General había prometido que antes de finalizar 1964 regresaría a la
Argentina, y como se avecinaba diciembre, estaba obligado a cumplir su
palabra. En uno de los visitantes, Creso vio señales que lo hicieron
maliciar. Era un hombre de mirada triste, que llevaba el pelo aplastado y
sonreía de soslayo. Su nombre era Augusto Vandor. "Eche-lé ojo, mi General,
porque a ese panqueque se lo van a dar vuelta", vislumbró don José.
Isabelita tuvo que llevarlo aparte y rogarle que hablase con más prudencia.
El lunes 1° de diciembre de 1964, Perón salió rumbo al aeropuerto de
Barajas, escondido en el baúl de un Mercedes Benz. A la mañana siguiente,
poco antes de las diez, el avión donde viajaba llegó a Río de Janeiro. No le
permitieron ir más allá. Esa misma noche, el gobierno brasileño -a
instancias de la cancillería argentina- lo forzó a volar otra vez hacia
Madrid.
A Crespo le pareció que, luego de aquel fracaso, había llegado la hora de
que el General moviera su dama. Unos oráculos del árabe AlMutamid, que solía
consultar en los momentos de confusión, le revelaron:
Somos para su mano un juego de ajedrez:
Si el caballo da jaque, la reina salva al rey.
Isabelita encontró que nada se correspondía mejor con los temores del
General que aquel hermético mensaje. Confinado en su exilio español, Perón
sentía que las riendas del movimiento se le escurrían de las manos. Vandor
le juraba lealtad desde lejos, pero sibilinamente daba a entender, sobro
todo cuando hablaba con los militares, que ya el General se había perdido
entre las nubes del Olimpo. El peronismo necesitaba un conductor con los
pies en la tierra: él, por supuesto. -¿Qué recomienda usted, entonces,
Crespo? El padrino sentenció:
Si al capitán no lo dejan diseminar la espalda, entonces tiene que diseminar
el sarpullido. Perón resolvió desenvainar cuanto antes el apellido. El 10 de
mayo de 1965, Isabelita viajó al Paraguay. Llevaba una carta de su marido
para el general Stroessner y la consigna de no pisar territorio argentino,
fuera cuales fuesen las garantías y tentaciones que le ofrecieran. Ella se
comportó con extrema discreción: descubierta por una agencia de noticias,
pidió disculpas por su acento español. Alguien le preguntó en la calle si
era verdad que practicaba el espiritismo. "Me indigna que digan eso",
contestó, pateando el suelo. "Soy católica militante."
Cuando volvió a Madrid, un mes más tarde, Perón lagrimeó al abrazarla y le
anunció que aquel viaje no seria el último:
-La próxima vez, Chabela, tendrás que ir a Buenos Aires.
A mediados de agosto llegó a la quinta la noticia de que Vandor se reunía
una vez por semana con jefes militares y que tramaba con ellos un golpe de
Estado. En esos encuentros había nacido una consigna de perfecta doblez, que
ya estaba rodando entre los metalúrgicos: "Para salvar a Perón hay que estar
contra Perón".
Había llegado, entonces, el momento. Durante un mes, el General instruyó a
Isabelita en el arte de conducir, dándole cada día un par de frases para que
las aprendiera de memoria. Le encareció presentarse ante todos como "el otro
yo del General" y hablar en su nombre, siempre. A comienzos de octubre,
cuando la sintió lista, la llevó hasta el aeropuerto y le dijo: -Cuidáte,
mija. Si te pierdo a vos, ya no me queda nadie más.
Le quedaba Crespo. Apenas estuvo a solas con el General, Crespo no quiso
dejarlo a sol ni a sombra. A las ocho de la mañana, cuando el dueño de casa
se guarecía en el escritorio de la planta baja para grabar las órdenes
secretas a sus comandos tácticos y escribir una correspondencia que, ahora
sí, exigía las palabras más sutiles de su repertorio, la silueta de Crespo
se apostaba en un sillón, al otro lado de los visillos, y cada tanto
cacareaba su presencia con un gargajo.
Antes de que Perón entrase en el comedor para el almuerzo, hubiera o no
visitas, don José ya estaba allí, con el tenedor en un puño y el cuchillo en
el otro, colgándose al cuello una servilleta salpicada de manchas. Desde que
Algarbe se había marchado de Puerta de Hierro, diez meses atrás, el padrino
se mostraba confianzudo y grosero. Como nadie lo desaprobaba, daba rienda
suelta a su naturaleza. No le gustaba lavarse, y por donde anduviera él
quedaba flotando un olor rancio, de orina fermentada. Una noche de diciembre
se sobrepasó. El General había sido invitado a comer por el periodista
Emilio Romero. Ambos querían comparar los informes alarmantes que les
llegaban desde Buenos Aires y necesitaban hablar a solas. Perón había
preparado un par de mensajes contra Vandor y le interesaba comentarlos con
el periodista:
Lo que estos papanatas creen es que me estoy muriendo y ya empiezan a
disputarse mi ropa, pero lo que no saben es que se les va a levantar el
muerto cuando menos lo piensen...
Así terminaba uno. Y el otro empezaba:
Ya no tenemos por qué andar con paños tibios. Voy a ser muy claro: el
enemigo personal es Vandor y su trenza. A ellos hay que darles con todo y a
la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política no se puede herir. Hay que
matar.
Pero la comida con Romero iba a ser un fracaso. A eso de las ocho y media de
la noche, el General quiso desorientar a Crespo declarándose enfermo del
estómago. Subió a su dormitorio. Se vistió con sigilo y caminó por el jardín
en la oscuridad, hasta la entrada, donde lo esperaba una limusina. Cuando el
chofer le abrió la puerta, adivinó el cuerpo menudo de José Crespo en el
asiento de atrás. No le quedó más remedio que llevarlo.
El viejo devoró la comida con tanto ruido e intervino en la conversación tan
indiscretamente que Romero prefirió dejar las confidencias con el General
para otro momento. Cuando terminaba un plato, don José anunciaba la proeza
con un eructo y se preparaba para el plato siguiente juntando gargajos en el
buche y escupiéndolos en el jarrón de porcelana que estaba sobre la
chimenea, a sus espaldas. Aunque el invierno cayó como un azote la víspera
de Navidad y no amenguó sus rigores hasta ya entrado febrero, Crespo no
quiso privar a Perón de su compañía en las caminatas del atardecer. Salía
con un palillo en la boca, y trotando a la zaga del General intentaba
describirle los paisajes del más allá y educarlo en el gobierno de las
pasiones. Entre la sofocación del paseo y las piruetas del palillo, casi
todas aquellas enseñanzas salieron torcidas. Perón las oía con desinterés.
Sentía poco aprecio por el viejo, y opinaba que era tan inteligente como un
huevo de yegua.
Sucede que Crespo se manejaba con un registro diferente de la astucia.
Cuando Isabelita tuvo que desplazarse a Buenos Aires, le impartió una sola
recomendación: que bajo ninguna concertancia se entrevistara con la madre o
los hermanos, pues le iba en ello la vida. Isabelita tuvo la mala suerte de
que, a poco de llegar, su madre enfermara de cáncer y le pidiera que, por
caridad, fuese a visitarla al hospital. Desesperada, llamó por teléfono al
padrino, en procura de consejo. Don José le repitió: "Sabés que no se puede,
bajo ninguna concertancia". Meses más tarde, cuando Isabel andaba de gira
por el Chaco, le avisaron que doña Maria Josefa Cartas viuda de Martínez
había muerto con la esperanza de que la hija fuera por lo menos al funeral.
Otra vez fue no.
Entre marzo y abril de 1966, Crespo envió a dos discípulos de la calle
Tinogasta una extraña carta, que parece aludir a la creación de un golem.
Nadie, hasta hoy, ha sabido descifrarla:
Mis queridos crellentes: Ya he tenido la ocasión de infusionar Vida en Algo
demasiado grande, no sé si superior a Mi. Pero es tan grande que me puede
embarcar por completo y asta creser a mi rededor como la graza que anbuelve
a la carne, he terminado la Hobra y en cualquier momento espero que la Hobra
se buelva contra Mi. Es lógico. Aser esa tal Grandesa me a puesto devil.
Pues le he dado todo lo que tenía. J eLLa no qiere asetar que Yo soy un
asedar. Ya ni seatrebe ha mirarme a lacara, por tales cautas me duelen un
poco las branquias. Estoi curandome con la evitasión de la limpiesa esterna
que tanto se choca con la limpiesa enterna. Bueno aDios. Lean esto en
familia y después quemenló que me procomete. Fdo.: JoseCristo.
En las sordas guerras contra el vandorismo, Isabel avanzaba, mientras tanto,
a punta de apellido. Soy una madre que viene a recuperar a los hijos
descarriados, decía. Y cuando le aconsejaban regresar a Madrid para salvarse
de un atentado, replicaba con terquedad: De aquí no me sacan sino muerta. En
marzo de 1966, Vandor trató de imponer como gobernador de Mendoza a un
caudillo adicto. Perón ordenó a Isabel que viajase a Mendoza y desde allí
lanzara el nombre de otro candidato. Durante casi una semana, ella recorrió
la provincia en autos destartalados, besando a los niños y recibiendo cartas
para el General. El hombre de Vandor perdió.
Tres meses más tarde, con su misión ya cumplida, Isabel regresó a Madrid
acompañada por un guardaespaldas y mozo de mano que le había ofrecido sus
humildes servicios sin aguardar retribución. Era José López Rega.
Se lo habían presentado como a un perro fiel, de absoluta confianza. Quien
intercedió por él fue Bernardo Alberte, un mayor que había sido edecán de
Perón. Muchas veces Alberte había recurrido a López Rega para que le
imprimiera en el taller de la calle Salguero revistas clandestinas y
panfletos de la resistencia. Y cuando pedía un descuento o demoraba un pago,
López lo palmeaba, disimulando su preocupación: "Ya vendrá el día de la
recompensa, mayor Alberte, ya vendrá. Que todo sea por la causa". La ocasión
se presentó a fines de febrero, en 1966. A instancias del General, Alberte
organizó el cuerpo de seguridad que debía viajar con Isabelita a las
provincias de Cuyo. Recordando que López había sido cabo de la policía, lo
incluyó en la lista para que la señora lo aprobase, convinieron en que
Alberte lo presentaría durante una reunión secreta, en su propia casa.
Sucedió a las siete de la tarde. López había exhumado el traje azul que
vestía en los casamientos del barrio. En la solapa llevaba una escarapela.
Cuando entró la señora, cargada de paquetes y protestando de fatiga, López
se inclinó ante ella, mirándola fijamente a los ojos: -Soy un enviado de
Nuestro Señor -le dijo.
Nada más oyeron los testigos. Transfigurada, Isabelita pidió hablar a solas
con aquel hombre y emergió media hora más tarde del escritorio de Alberte
con una sonrisa diáfana, descansada, como si estuviera despertando de muchos
años de sueño. Desde aquel momento, no permitió que nadie apartara de su
compañía al milagroso enviado. Y en vez de Lopecito, empezó a llamarlo
Daniel.
Cuando se acercó el momento de volver a Madrid, López pidió permiso a la
señora para escribir al General: era preciso advertirle quién era él y a qué
iba.
-No hace falta -dijo Isabelita-. Yo ya lo he ponderado a usted lo
suficiente.
-Hace falta. Como en todas las anunciaciones, necesitamos un ángel. Aviselé
al General que Norma Beatriz, mi hija, se le presentará este domingo con una
carta.
A Perón le sorprendió sobremanera el larguísimo mensaje que portaba una
muchachita tímida, de faldas cortas, cuyas facciones se esfumaban bajo un
casquete de pelo negro y duro, erizado por la laca. Su atención se fue
posando sobre unos pocos párrafos de la carta:
Soy de una LOGIA que lucha por el advenimiento del TERCER MUNDO,
exhaustivamente. El TERCER MUNDO se consolidará mediante tres vértices
magnéticos: en ASIA (Pekín), en AFRICA (o en su defecto Libia), y la L
inclinada en AMERICA LATINA. La obra de ANAEL, logia que Ud. reconoció al
saludar con dicho nombre a nuestro precursor el llamado MAGO DE ATLANTA,
hace ya 15 años, se completará cuando entre a funcionar la TRIPLE A, que se
obtiene tirando una línea recta desde Lima hasta BUENOS AIRES y desde allí
otra hasta San Pablo.
Fui uno de los primeros UNIDADES BASICAS. ocupé a su lado, mi General, un
humilde cargo de confianza custodia presidencial. ¡Ya ve Ud. cómo el SEÑOR
mantenía "capitales reales" cerca suyo! Durante toda mi vida he estudiado el
alma de los seres humanos por sobre todo las altas jerarquías ocultas.
LA LOGIA se compone de gente honesta Pero se vigila todo Me estoy ocupando
personalmente de la seguridad de su señora esposa probada eficacia y
desinterés. Estoy empeñado en movimientar cuando las cosas políticas de la
SEÑORA se encuentren encaminadas más organizativamente el objetivo de ISABEL
PERON que al parecer lo han olvidado los dirigentes peronistas, en su afán
por colocarse en posiciones que aún no han madurado suficientemente para
ellos. saludo a Ud. respetuosamente.
Cuando Crespo abrazó a Isabelita en el aeropuerto de Barajas y le pasó
tiernamente la mano por el pelo, llamándola una y otra vez "hija querida",
advirtió en ella cierta lejanía que no terminaba por resolverse en rechazo.
Intuyó que su tutela había perdido peso por influencia del hombre macizo y
de tenebrosa mirada celeste que viajaba con ella. A don José le admiró que
su ahijada, de naturaleza tan retraída, disfrutara dando órdenes y aceptase
adulaciones tan incansables: ¿Permite que le lleve el bolso de mano, señora?
¿Le voy sacando a los periodistas de encima, señora? Crespo advirtió de
inmediato que la destreza de su rival lo superaba. Tenía que obligarlo a
retirarse cuanto antes.
Antes de alejarse con el General, Isabelita pidió a su padrino que buscara
una pensión limpia y barata para López Rega, que lo esperase mientras se
aseaba y lo llevara a la quinta, para que conversase con Perón. Ocúpese de
que me manden a mí la cuenta de los gastos, le dijo. A este hombre le
debemos muchos favores y de algún modo hay que comenzar a pagárselos.
Crespo recordó una pensión maloliente de la calle de la Salud, donde no
permitían entrar a los huéspedes sino hasta las diez de la noche. Se la
ponderó a López en el taxi: Los dueños son insucíales con el taláfono y
ponen sábanas limpias todos los días, con mucha putrificación. De paso, lo
sondeó: -¿Piensa traer a la familia?
-He dejado trabajo y familia por servir a la causa. Y lo haré con toda
devoción.
Don José comprendió que no le sería fácil lidiar con él. Llegaron a la
conserjería del hospedaje luego de subir los tres pisos de una escalera
lóbrega. Crespo inspeccionó con placer el cuarto, donde las tiras del
empapelado caían vencidas por la humedad. De las colchas manaba el olor de
muchos toscanos apagados. Allí, despidiéndose, el padrino mintió que Perón
había prohijado las visitas durante una semana, para poder quedarse a solas
con Isabel. Luego, como es verano -dijo-, se irán de vacanción a la sierra
de Guamarrama. Volverán en setiembre.
-Entonces voy a llamar a la señora para disculparme -se contrarió López.
-Hagaló si quiere, pero al General le van a caer muy mal la impertinencia.
¿No ve que lleva nueve meses sin verse con la hijada?
Cuando volvió a la quinta, Crespo hizo retirar el cuarto plato del comedor.
-Este sojeto es tan raro -le explicó a Isabel- que desde el mismo reporeto
llamó a unos primos. Después me pidió que lo taxiara hasta la traición de
Atocha. Y ahí lo dejé. Que cuando vuelva te avisa, hija querida. así me ha
dicho.
A Isabelita la desconcertó ese desvío del comportamiento: López (más bien
Daniel) le había confiado en el avión que los únicos parientes en el mundo
eran la esposa y la hija, a las cuales abandonaba por amor a la causa
peronista.
-Yo no sé nada -se encogió de hombros don José-. Repito lo que me ha visto.
De todas maneras, quedó intranquilo. Cuando sonaba el teléfono atendía con
extrema diligencia, ahuyentando a las voces que desconocía con
interrogatorios casi policiales. Los malos presentimientos no lo dejaban
dormir. Para colmo, su ahijada lo reprendía de continuo porque no se bañaba,
y cuando él intentaba justificarse invocando el malestar de los bronquios,
ella disponía que la servidumbre lo metiera en una tina de agua tibia y
quemara hojas de eucaliptus a su alrededor, para limpiar el aire. "Si el
padrino se niega, báñenlo vestido", mandaba. Y durante muchos días lo
mantuvo a distancia, almorzando y cenando a solas con el General en los
dormitorios.
El 24 de julio, dos semanas después de la llegada, don José tropezó al fin
con la voz que tanto temía. -Quiero saber la dirección del General en la
sierra de Guadarrama -dijo López imperiosamente. Sin sobresaltarse, el viejo
improvisó: -¿Cómo? Eso es discreto de estado. -¿Secreto de estado? -lo
corrigió el tocayo.
-Si me ha entendido no me lo enmierde -colgó el teléfono don José, en
castellano perfecto.
Desde la noche misma de la llegada, López no había sabido qué hacer con su
ansiedad. Cuando trataba de apartarla, paseándola por las recovas de la
Plaza Mayor o distrayéndola en las tascas de la calle Eche-garay, la
ansiedad se le cruzaba en la garganta como un hueso de pollo y le cortaba la
respiración. Nunca había conocido la incertidumbre, y ahora estaba caminado
sobre ella. Recordó a los Gobbi con frecuencia. Ellos le habían referido que
don José mantenía siempre vivo en Isabel el sentimiento de culpa, y que así
la seducía. Culpa por no haber terminado nada, por no ser nadie: ni
profesora de piano ni de danza, a medias argentina y a medias española,
emisaria política un día y ama de casa el siguiente. Jamás podría ser una
persona completa sin el auxilio de Crespo. Por ahora sólo era la esposa de.
Isabelita de alguien. El antídoto usado por López Rega para infundir a la
señora seguridad en sí misma se había mostrado eficaz. Usted puede, Isabel.
Yo haré que usted se valga por sí sola. Que se prepare para el momento en
que Perón no esté. Poco a poco: usted puede. Y así, los espíritus de López
habían ido desplazando a los espíritus de Crespo. Pero el antídoto contra el
viejo, ¿cuál era?
Una mañana, sentado en los jardines de Sabatini, resolvió desechar la magia
y recurrir a la lógica. Hizo un llamado de larga distancia al mayor Bernardo
Alberta. Le describió su situación y le pidió ayuda. Tres días más tarde, la
propia Isabelita lo fue a buscar a la pensión.
Desde el momento mismo en que conoció al General, López recuperó el tiempo
perdido. ¿Cuántas cintas apoyando la huelga de los portuarios quiere que
mandemos al comando táctico? Mañana se las tengo listas. ¿Se le ha retrasado
la correspondencia? Instrúyame sobre lo que necesita decir, para ir
adelantándole los borradores. ¿La señora va de compras? La acompaño. ¿Hace
dos semanas que no recibe La Razón ni Clarín? Paso por Aerolíneas y averiguo
qué ocurre. Se mostraba infatigable. Conocía de memoria los libros del
General y a veces lo sorprendía recitando frases que aún no estaban escritas
pero que ya vendrían. Vendrán, porque usted las ha pensado muchas veces.
Se instalaba en la quinta antes de la siete de la mañana y no se marchaba
sino después de asegurarse que nada quedaba por hacer. Se afanaba en ser
discreto y silencioso. No cobraba un centavo por las diligencias. Era el
reverso de Crespo. Las dificultades parecían ir esfumándose a medida que
avanzaba. En octubre de 1966 instaló en la Gran Vía una oficina de
importación y exportación. Asociado con una agencia de empleos que operaba
en Bonn y Colonia, despachaba sirvientes y albañiles hacia las dos ciudades
y recibía durante un año el tres por ciento de los salarios. No se esforzaba
por reclutar a más de ochenta campesinos, pero aun así logró ir reuniendo
una pequeña fortuna. Como estaba convencido de que a la suerte sólo se la
retenía pagándole sus diezmos, apartaba siempre algún dinero para imprimir
tarjetas postales con la efigie de Perón e Isabelita, que luego distribuía
por el mundo entero. A principios de noviembre, López Rega comenzó a
respirar ya con sus plenos pulmones de barítono. Abandonó la destartalada
pensión de la calle de la Salud y se mudó a un departamento del barrio de
Salamanca, donde educaba secretamente a Isabelita en prácticas de
transfusión espiritual. No todo le salía bien, sin embargo. A veces, luego
de una sesión feliz, cuando la discípula se aprestaba a marcharse,
adiestrada ya en la estrategia de los perfumes y en los albedríos de los
colores, López -Daniel, entonces- espiaba la calle a través de los visillos
para asegurar la discreción de la visita, y solía tropezarse con la
desmañada silueta de José Crespo en el cafetín de la esquina, con el rabo
del ojo clavado en la puerta de su casa. Sin alzar la vista, Crespo lo
saludaba con una inclinación de cabeza o un movimiento de manos, como si
estuviese allí sólo para hacerse notar. Una tarde, en el jardín de la
quinta, Isabelita decidió salvarse de aquella inquietud: -Usted lo adivina
todo, padrino. Habrá visto entonces que mis estudios con Daniel son de los
más castos. A nadie ofenden.
-Castos serán, hijita, pero no puros -meneó el viejo la cabeza-. Si ese
hombre no te busca por la carne, será que te busca por lambición.
Y de todos modos persistió en su vigilancia.
Noviembre fue un mes en que Madrid anduvo con el humor a trasmano. Hizo
calor hasta por las noches. A López le ardieron tanto los sentidos que para
darles reposo escribió pensamientos debajo de los cuales anotaba las
correspondencias musicales.
De Dos Haremos Uno Indivisible y Eterno SiDoFaReMiSol MiSiSolSiSolDo
Y compuso una desenfrenada sucesión de cartas anunciando que ya se acercaban
los volcanes del juicio final, los oleajes del diluvio, hemos llegado al
exacto punto medio de la eternidad donde el Tiempo a la vez se recuerda y se
olvida. La mayoría de las veces eran cartas para los compañeros de la
imprenta Rosa de Libres. Pero con frecuencia se dirigía también a los
grandes maestros de las Ordenes Quimbandas, en París y Porto Alegre,
pidiéndoles que se aprestasen a ser testigos de sus videncias. (Suelo
asustarme de lo que siento en mí, oigo este viento que acaba de pasar por mí
y le silbo: Ya no soportarás esta grandeza, viento. Prepárate. No la
soportarás. A veces me quedo en el cuarto y sangro, para aliviarme. ¿Esto es
la vida? ¿Vida es la sangre que sudo en la planta de los pies? Villone,
Arcángelo, Prieto, Piramidami, Cacho, Nilda, óiganme. Soy una realidad por
fuera pero por adentro de mí hay otra que no puedo mostrarles todavía: un
trébol donde se cruzan las realidades de todos ustedes. ¿Creerán que me han
revirado las alturas donde me poso? No: soy un soplo. Me dictan al oído: que
soy el Bien. Yen cuanto al Mal, me ordenan: tú, Daniel, extermínalo. No lo
dejes pasar.) El 16 de noviembre de 1966, hacia la medianoche, escribió a
los amigos de la imprenta:
He logrado que el General sea devuelto a la vida. Está fuerte como un
muchacho. Joven. En varias oportunidades lo toqué profundo y sentí temblar
el edificio. Mi tarea de hormiga comienza, lenta, definitiva.
He tardado en preparar al General. Esta semana sentí, por fin, que podía
hablarle claramente. Entre otras cosas le dije que mi viaje no fue para
acompañar a ISABEL ni paro descansar en su mansión. Que he venido hasta aquí
en busca de una definición final sobre GOBIERNO DEL MUNDO y no me iré sin
ella. El General me pidió tiempo de vida para terminar de institucionalizar
su movimiento y luego retirarse como patriarca y filósofo de América.
Lo he dejado con la boca abierta. De inmediato advirtió que ya nada está
oculto a los ojos del SEÑOR. Que todo puede ser alcanzado. Pero no quise
atemorizarlo y allí me quedé. No fui más lejos. Comprenderán entonces lo
mucho que me cuesta seguir siendo Lopecito en vez de DANIEL Cuánto padece mi
paciencia por no exterminar de una vez por todas a figuras sin valor. ¿Jorge
Antonio? Morirá. ¿On-ganía? Caerá pronto y ya caído no valdrá un comino.
Cooke y Américo Barrios han muerto y sólo les falta saberlo. Vandor tiene
firmada la sentencia. El dedo del SEÑOR ha trazado una cruz de sangre en la
frente de Pedro Eugenio Aramburu, el tirano que derrocó al General.
Debo rescatar a ISABELITA y ponerla completamente de nuestro lado. Me
desvelo tratando de averiguar cuál es el mejor camino para poner en
evidencia que Quien la ha rescatado fui yo. Aún no sé si traspasarle la
fuerza de la MUERTA ERRANTE o Si dejarla inmaculada en la pureza de su
espíritu. Ya el SEÑOR sabrá guiarme hacia lo mejor.
Quien perturba mi tarea es José Crespo, a quien ella presenta como Padrino.
Deben ayudarme a espantarlo de acá. Encarguen a Valori, antes de que se
vaya, que denuncie a Crespo como infiltrado de la si-narquía. Hay que buscar
el modo de identificarlo con Vandor o con algún enemigo más temible. Nunca
les he pedido nada Pero ahora les ha tocado el turno de actuar. Que los
ilumine y acompañe el SEÑOR.
Aun antes de que llegasen las primeras cartas de ayuda, López Rega logró
comprometer a Isabel en su guerra contra don José. La noche de año nuevo,
poco después de los brindis, juré solemnemente que le ofrendaría una
potestad con la que ni aun Evita pudo soñar, haré de usted la Reina Máxima,
la Hija de Dios Salvadora del Mundo. Ella bajó los ojos y se sonrojó.
-Nuestro Señor me dé fuerzas para merecerlo.
Con frecuencia, las visitas se quedaban a comer. Al disponer los cubiertos,
Isabelita se preocupaba de que no hubiese jamás un lugar vacante para el
padrino. Y la única vez que el viejo intentó colarse, la propia ahijada lo
disuadió advirtiéndole que ya le habían llevado a su cuarto una bandeja con
pollo. Tanto se esforzó don José por congraciarse con Isabel que los
bronquios se le mejoraron milagrosamente. Dos veces por semana tomaba un
baño de asiento y luego bajaba perfumado al vestíbulo, en piyama y
chancletas, para que a nadie le pasara inadvertida la proeza de su higiene.
Pero el corazón le decía que no había nada que hacer. Hasta el General le
hablaba con destemplanza, lo que resultaba insólito en alguien tan pródigo
en la cortesía.
Una mañana, poco antes del almuerzo, don José salió a tomar sol en el parque
del fondo. El calor bajaba con torpeza, como si lo hubieran envuelto en
velos. Se oía, lejana, la voz del General dictando unas cartas. Las
cocineras tarareaban a ratos un aire de zarzuela. De pronto, sintió una
puntada en las piernas. Fue a sentarse entre las raíces del fresno y olió un
vaho de humedad que le recordó a Buenos Aires. Se dio cuenta por primera vez
que estaba solo, a muchas leguas de distancia, y que ninguna ternura lo
abrigaba. Las perras caniches, que se distraían bajo los palomares,
corrieron a lamerle la mano. Don José las acercó a su pecho para sentir
algún calor y les acarició los remolinos del copete.
-¡Suéltelas, viejo inútil! -Con voz ronca, desgarrada, el General salvó de
un tranco las escaleras del porche y se plantó ante Crespo-: ¡Viejo inútil!
¡Deje a la perra en paz!
-Quería... -no acertaba el padrino a disculparse. Oyó al General jadear de
ira, vio sus ojos inyectados en sangre. Tuvo miedo. Habló, sin querer, con
acento campero-: ¿No ha visto cómo ellas me lambían? Perón se puso pálido.
No miró a parte alguna. Asmático, alzado por el peso de una lengua muerta
que resucitaba en él después de muchos años, exclamó: -¡Fuera! ¡Deje a mí
madre en paz!
¿Mi madre?, se puso a pensar Crespo. ¿Qué tenía que ver la madre con todo
aquello? No tardó en saberlo. El hombre a quien más había odiado Perón en la
vida se llamaba Marcelino Canosa. Era un paisano con el que doña Juana había
empezado a convivir a los pocos meses de enviudar, cuando aún estaba de luto
riguroso. Tenía la misma edad de Perón, y cuando hablaba de él, doña Juana
decía "el hijo". Pero Juan Domingo no sufría por eso, sino porque una madre
así no podía ser presentada en los casinos de oficiales.
Apenas López supo que aquel recuerdo atormentaba al General, consiguió unas
fotos en las que Canosa, ya viejo, posaba junto a un gran retrato de doña
Juana, y las hizo retocar con tal arte que la sonrisa ladeada del padrastro,
la cara zorruna y los ojos encapotados coincidieron punto por punto con los
rasgos de Crespo. Una vez que tuvo en las manos aquella arma letal, López
Rega esperó el momento propicio para dejarla caer sobre las rodillas de
Perón, dándole a entender (como quien siente horror de su propia sospecha)
que don José había tomado posesión del espíritu de Canosa para sacarlo a la
luz en cualquier momento.
Crespo cayó en la cuenta del ardid en Buenos Aires. Estaba prendiendo unas
velas ante el altar de un difunto y de repente sintió la revelación. Pasó la
tarde golpeándose la frente: ¿Tan zonzo fui? ¿Y a mí tan luego me hizo caer
ese matemágico en una trampa tan sencilla? Ahora entiendo todo. Desde aquel
día, Perón ya no me vio más a mí. Vio a Canosa. Y le pidió a Isabel que me
sacara cuanto antes de la casa. Lo sacaron con un engaño: signo de que aún
le temían. Aunque había nacido un 7 de abril, Crespo se empeñaba en festejar
su cumpleaños el 3 de febrero, al mismo tiempo que Isabel. La víspera le
compró en los alrededores de la Plaza Mayor una muñeca de paño con vestido
de bailaora flamenca a la que impuso un amuleto relleno con micas de Jujuy,
como los que fabricaba la madrina difunta. Esa noche, después de envolver el
regalo con papel celofán, bajó ufano al comedor. Isabelita, oculta entre las
cortinas, se le acercó por detrás y le tapó los ojos, con una zalamería que
ya don José había olvidado. -¿Quién soy?
-¡Hija querida! -se desprendió el viejo, volviéndose para darle un abrazo.
Isabelita no se lo permitió.
-Mañana es nuestro día, padrino, ¿se acordaba? Quiero que baje a desayunar
conmigo y con Daniel. A las ocho, ¿qué le parece? Ya le tango preparada su
sorpresita. -¡Yo también te la tengo, hija querida! ¡Yo también!
Don José Crespo se durmió canturreando. A las cinco de la mañana tomó un
baño con agua de eucaliptus y se perfumó de pies a cabeza. Por la ventana,
vio entretenerse a los pájaros en los charcos de agua fría y sintió una
emoción desconocida cuando empezó a levantarse el sol, más amarillo que
nunca, sobre
el cuello de las mesetas.
Durante el desayuno compitió con su tocayo en el arte de profetizar. López
anunció, ceñudo, que había entrevisto a Isabel levitando sobre las
muchedumbres de la Plaza de Mayo, envuelta en una capa de luto y con la
banda presidencial en el pecho. A Crespo, la visión le pareció incompleta.
-Para subir, la hijada tendrá que serlo sobre la dáver de Evita.
-Ay padrino, sabrá Dios dónde han metido los militares a la pobre Evita
-dijo Isabel, sirviéndose otra taza de café.
-Donde la han metido ahora no sé. Pero sí sé dónde te la van a meter. Aquí
mismo, hijita: en la cima de esta casa.
Crespo engulló la enorme miga de pan que había sopado en el café con leche y
cuando sintió que se
desplomaba en el estómago la saludó con un eructo. Se desato entonces la
servilleta, se calzó un palillo
entre los dientes y amagó levantarse. Isabelita lo contuvo:
-Todavía no, padrino. Mire debajo del mantel. Ahí está su regalo de
cumpleaños.
Era un pasaje de Aerolíneas Argentinas para Buenos Aires en el vuelo que
salía esa misma noche.
-Necesita un bañito de patria, don José -le sonrió López Rega-. En la
Basilio se quejan de que usted los
tiene abandonados.
Aunque maliciaba una zancadilla, el viejo no descubría de dónde podría
venir:
-Gracias, hijita, gracias -balbuceó, tanteando el sobre de la agencia de
viajes, sin abrirlo. Puso los cinco sentidos en la yema de los dedos y por
fin adivinó-: Lo malo es que a este pasaje me le han dado la ida solamente.
¿Cómo haigo para volver? López lo tranquilizó:
¿Y para qué estoy yo aquí, don José? ¿No soy el que me ocupo de las cosas?
Antes de dos semanas le llegará el sobre, no se impaciente. ¡Y quién le
dice: a lo mejor la señora va en persona a buscarlo! Pero el humor de Isabel
ya se había transfigurado. No agradeció siquiera la muñeca de paño ni el
amuleto de ensalmo, y acercó apenas la mejilla para la despedida, sin
corresponder al sonoro beso y al lagrimeo del viajero. Y ante la puerta de
embarque, mientras aguantaba el último abrazo, hizo un comentario que
invadió de malos presagios el vuelo de don José:
-¿Cómo es posible que la muerte de la madrina haya cambiado tantas cosas?
Cuando vivíamos en Buenos Aires éramos otras personas, usted más espíritu y
yo más carne. Y poco a poco la vida nos fue poniendo al revés.
Desde la partida de Crespo, la atmósfera de la quinta se distendió, como si
la hubiese aliviado un estornudo. El General rejuveneció tanto que volvió a
tomar café en la confitería California y a caminar por la Gran Vía sacando
pecho. A veces, de pura felicidad, se daba vuelta para mirar las piernas -y
los pies, sobre todo los dedos de los pies- de las españolitas. A Isabel la
invadió el afán de comprarse vestidos, y cuando llegó la primavera viajó dos
veces a París, con Daniel a la zaga. También los humos de López Rega se
decidieron a subir. Escribió cartas a Lyndon Johnson y a Leonid Breznev
proponiéndoles una Conferencia de Armonía Cósmica presidida por el general
Perón e inspirada en su famoso discurso sobre la Comunidad Organizada. Ni
siquiera le acusaron recibo.
Pero al menos Arcángelo Gobbi le contestó. Escribía en letras de molde,
separadas, con las aes y ces a medio terminar, como si una polilla les
hubiese comido las barrigas. Pero en pocas líneas había tan fulgurantes
revelaciones que sólo el Señor en persona podía haberlas dictado:
Debo confesarle que durante algún tiempo quedé resentido con usted porque se
fue, querido Daniel, sin una sola palabra de advertencia. Pero ahora
entiendo el secreto. Y estoy impresionado por las alturas a las que ha
llegado.
Conforme a sus deseos, Villone le pidió a Valori que empezase la campaña
contra José Crespo. Valori, que ya estaba con un pie en el avión, prometió
escribir al General desde Roma presentándole pruebas contra Crespo. Y si es
preciso, se moverá en la Santa Sede para pedir que lo excomulguen.
Una duda me ha quedado en el ánimo, Daniel. Creo haberle contado que cuando
mi papá y yo estábamos recién llegados a Buenos Aires comenzamos a
frecuentar un templo de la Escuela Científica Basilio, en la calle
Tinogasta. El director espiritual se llamaba José Crespo. ¿Será el mismo?
Allí solía ir una chica muy bondadosa, Isabelita Martínez...
Habían pasado tantas cosas en tan pocos años que a López Rega le sorprendió
no sentir ya el recuerdo de Arcángelo Gobbi dentro de la cabeza. ¿No era tal
vez aquel muchacho lleno de granos que caminaba agachado: el que soñaba con
la Virgen? Claro que si, era Arcángelo: aún se lo representaba, sufriendo
por la agonía de la estrella Betelgeuse.
Tiempo atrás, López Rega había descubierto que la voluntad de poder se funda
no tanto en lo que se hace sino en lo que se está dispuesto a hacer. Que
todo poder reside en el conocimiento (iba a decir en el resentimiento) de
los puntos débiles: en el sexo del otro, en la sien del otro, en el pasado
del otro. Ahora que la providencia le había mostrado un camino de
penetración tan infalible en el pasado de Isabel, ¿cómo no recorrerlo?
Aquella misma tarde, invocando los altísimos espíritus que nos unen y la
noble causa que nos desvela, Arcángelo,
yo te intimo a que refieras en detalle todo lo que hayas conocido de la
SEÑORA. Que nada ocultes, por insignificante que parezca. Descríbeme los
cambios de olor que fuiste notando en sus defecaciones, la duración de los
menstruos, las enseñanzas que le impartía doña Isabel Zoila, los colores y
perfumes que prefería, el tipo de vestidos que le gustaba usar, lo que
opinaban de ELLA en el vecindario. Todo. Si tenes algún documento, carta o
agenda donde se la mencione directa o indirectamente, mandameló de
inmediato. Averiguá con quién estaba de novia y qué le gustaba comprar en al
almacén. De qué hablaba con el panadero. Insisto: referíme todo. Cuanto
mejor lo hagas, con más bendiciones y gracias te recompensará el SEÑOR.
Las nuevas que Arcángelo le hizo llegar superaron de lejos las esperanzas de
López Rega. Pudo al fin reconstruir el itinerario de Isabelita desde
Montevideo hasta Medellín e imaginar cuál había sido su destino entre
Cartagena de Indias y Panamá, cuando estuvo bajo la protección de Joe
Herald, el empresario a quien ella y Perón querían desrecordar
completamente.
Para estimularlo en el ejercicio de la lealtad, López confiaba al Arca
misiones cada vez más secretas y temerarias. Lo mandó a oficiar de correo
entre los sindicatos y el arzobispo de La Plata, a infiltrarse en las
células del Ejército Nacional Revolucionario (que por entonces tramaba un
atentado contra Vandor), y a convencer a los místicos del Ultimo Tramo de
que Perón no era el Mesías.
Avanzado el invierno de 1972 decidió que Arcángelo ya estaba maduro para
sumarse a la Orden de los Elegidos. ¿De qué podía servirles ese muchacho?,
le preguntó el comisario David Almirón una mañana, en Madrid. ¿Era un
tirador de elite? ¿Sabía desarmar un caño? No pertenece a esa clase,
respondió López Rega. Es nervioso, le sudan las manos, se le blanquean los
ojos delante de una mujer. Pero no tiene piedad. Servirá. Hombres de manos
diestras hay en cualquier parte. Necesitamos hombres sin piedad. Y aquella
misma tarde, caminando bajo los arcos del Palacio Real, reflexionó: Lo
quiero cruel, pero sin pensamiento. ¿Ha entendido, Almirón? Lo quiero
incondicional. Y ya sé quién puede domesticarlo. Coba. Lito Coba es el
hombre.
Apenas volvió a la soledad de su dormitorio, en los altos de la quinta,
López Rega escribió:
Arcángelo: Tenes que ir preparando los recursos de tu cuerpo. El General
regresará por primera vez a la patria a mediados de noviembre y deberemos
defender su misión de paz con nuestras vidas. La zurda quiere comprometerlo
en su proyecto judeomarxista y acabar después con ISABEL, único escollo que
tiene para terminar también con la familia cristiana en la Argentina. Si
bien ya les hemos tomado a todos ésos las medidas del traje de madera,
debemos dormir con el ojo abierto.
El viernes 6 de octubre pasará Lito Coba por la imprenta. Debes pedir
cuarenta y cinco días de vacaciones. Lito te dirá qué se espera de vos.
Obedecélo y confiá en él como si fuera en mí.
Arcángelo debió pasar por ataques desesperados de celos y por depresiones
sin alivio antes de admitir que si Lito lo superaba en las jerarquías de
Daniel era porque se había preparado mejor. Tenía las facciones angulosas,
un abundante pelo castaño y una expresión vacía pero alerta. Disponía de una
filigrana de amistades importantes a las que había llevado en peregrinación
hasta Punta de Hierro: banqueros, hacendados, gerentes de corporaciones
financieras y presidentes vicarios de empresas internacionales. El General
los recibía siempre con la misma frase: "¿Qué motivo pueden tener ustedes
para estar en contra de mí si nunca les fue mejor que con mi gobierno? Los
pobres fueron entonces menos pobres, y los ricos más ricos".
No eran esas relaciones de Lito lo que más impresionaba a Daniel, sino sus
conocimientos malabares de la ciencia alquímica, la exactitud con que
repetía las claves numéricas de Notarikon e interpretaba las profecías de
Nostradamus.
Y a la vez, Coba sabía gobernar el cuerpo con la gracia de un atleta. En las
olimpíadas de los liceos había descollado saltando con garrocha y nadando
espalda. Pero le flaqueaba la vista y sus marcas de tiro eran una calamidad.
Daniel le había enseñado la ciencia de apuntar con el oído. Durante meses,
Lito disparaba con los ojos vendados contra blancos móviles, fracasando y
recomenzando. Hasta que aprendió a sentir el movimiento de lo que no se
veía: a distinguir el rasguido de las orugas sobre la corteza de los
árboles. Poco antes de que Arcángelo se incorporara a la Orden de los
Elegidos, hizo una demostración definitiva de su aprendizaje en el campito
de Cañuelas que les servía de refugio. Se apostó en una casilla oscura, con
una Beretta. A cincuenta metros de distancia, el comisario Almirón soltó una
paloma y gritó: "¡Ya!". Lilo abrió de una patada la puerta de la casilla,
oyó el flechazo de la paloma en el aire y con un solo disparo le voló el
pico.
Desde el momento mismo en que Coba lo introdujo en el campito, Arcángelo no
tuvo dudas de que debería someterse a las mismas terquedades de la
disciplina. Y sin quejas.
La casona de Cañuelas donde iba a vivir se distinguía desde lejos, al final
de una alameda. Era rosada, con techo de tejas y galerías de convento. a la
entrada había un patio de baldosas. -Esperáme aquí, sin moverte -le ordenó
Lito.
Se quedó media hora. No corría brisa y el cielo tenía el color del sol.
Media docena de hombretones con anteojos oscuros salió de pronto de las
honduras de una barranca y enfiló lentamente hacia el área. Todos le
palparon los músculos babosos. Uno de ellos le auscultó el corazón.
-Desnudáte -le mandaron.
Arcángelo, sin preguntar, obedeció. Un fogonazo de dolor le atropelló los
huevos. Cayó de rodillas. Le patearon la boca del estómago, le dieron un
golpe de tabla en la nuca, lo sumergieron en una tina de mierda hasta que se
le apagó la respiración. Despertó en lo más profundo de un pozo ciego. El
aire que se filtraba era enclenque y podrido. No tenía espacio para
sentarse, ni siquiera en cuclillas. Lo quemaba una sed que nada podía
calmar.
Horas, siglos después, cuando lo rescataron del pozo, aún le aguardaba lo
peor. Le enseñaron a trepar por murallas verticales y sin fisuras; lo
hicieron trabajar con argollas y barras, en lo alto de un trapecio. Cada vez
que sentía los músculos desgarrándose, le cambiaban el dolor de lugar con
una picana eléctrica: en las encías, en las ingles, en las tetillas. Querían
que fuese reconociendo en su propio cuerpo el lenguaje que más tarde oiría
en el cuerpo de las víctimas. A la siesta, practicaba con Itakas y carabinas
Beretta en el polígono, despedazando muñecos de estopa y pájaros de
juguetería.
El 15 de noviembre Lito les refirió que ya Perón estaba en Roma y que al día
siguiente volaría hacia Buenos Aires en un avión de Alitalia. Puede que esta
misma noche comience una guerra santa, muchachos. La dictadura de Lanusse no
se atrevería a matar al General aquí, en su propia tierra. Daniel nos lo ha
advertido. Daniel piensa que atentarán contra Perón en Roma, antes del
viaje. Somos los Elegidos, la vanguardia, la tropa celeste. Sólo uno de
nosotros no ha pasado todavía por el ritual de iniciación. -¿Arcángelo?
-llamó. Voz de témpano, suave-. Tenés que desnudarte.
Con sus ojos de laguna vacía, el Arca se fue quitando las zapatillas, la
chomba, los bluejeans. Quedó en medias. Lito le acarició las bolas con grasa
de carro y fue subiendo luego, poco a poco, hacia el hueco del culo. Abrí
las piernas, despacito, Arca.
Una fusilería de cal viva hizo estragos en las entrañas de Arcángelo, le
aniquiló de un golpe todos los recuerdos y le abrió llagas, criaderos de
moluscos, avisperos, desagües. Sintió un envión más, y otro. Oyó bramar a
Lito, entre jadeos.
-¿Ahora sabés cómo la tiene un macho, hijo de puta? ¿Ahora sabes por fin lo
que es un macho?
Y por un instante imaginó que estaban educándolo en el odio al General. Casi
en seguida vislumbró que no: que allí estaba Daniel, hablándole de heroísmo
y martirio.
Cuando Lito le dijo, por fin: -Ahora, vestite.
Sintió el ramalazo de la humillación. Miró la cara de los verdugos, una por
una, y arrojó sobre los ojos de Lito un escupitajo de hiel y sangre. -¡Viva
Perón! -gritó uno de los Elegidos.
-¡Viva Perón! -repitió Arcángelo, con las fuerzas que le quedaban.
Perón llegó a Buenos Aires el 17 de noviembre de 1972 y regresó a Madrid
casi un mes más tarde, luego de pasar por Asunción y por Lima. Ahora,
mientras amanecía el 20 de junio, Arcángelo esperaba que se quedara para
siempre.
Despertó bajo el enorme retrato de Isabel. Pensó que ella no lo reconocería
cuando volviese a verlo. En unos pocos meses, desde lejos, Daniel lo había
convertido en otra cosa: ¿héroe, persona? Amanecía. Bajaba la lumbre negra
del amanecer. En la orilla del cielo, Arcángelo vio (siempre veía) los
espectros de la naturaleza: espumas de cometas, pechos de vírgenes, ángeles
que se arrancaban el corazón palpitante para ofrendarlo al Señor.
Y sintió que también él estaba entrando en la historia. Que todo aquello era
la anunciación o la epifanía de un tiempo nuevo. Y que Arcángelo Gobbi
leería alguna vez su nombre en las páginas de ese tiempo.
OCHO
MILES IN AETERNUM
Todavía no han dado las nueve de la mañana en el reloj de péndulo del hotel
internacional de Ezeiza. Sabe Dios si las darán alguna vez, piensa el primo
Julio sentándose a la mesa del desayuno con los pantalones mojados y la foto
de Tomás Hilario Perón, su padre, en el bolsillo del saco. Sabe Dios si en
este preciso punto de la eternidad 20 de junio de 1973- el tiempo ya no
quiere moverse más y nos quedamos todos para siempre aquí, viviendo este
presente, con Juan Domingo viajando sin término desde Madrid y yo sin
recuerdos pero también sin muerte.
¿Acaso el reloj de péndulo del hotel no es uno que ya estaba en el pasado?
Sobre la esfera, dentro de la corona de números romanos, las figuras de
labradores forjadas en bronce son las mismas que vimos en la casa de la
abuela Dominga. Y junto al reloj, en la repisa de la chimenea, hay una
estatuilla de mujer. Se parece a la que Juan Domingo y yo admirábamos en la
iglesia de la Merced, cuando éramos monaguillos de fray Benito.
¿Cómo fue aquello, Amelia? Vos qué vas a recordar. Tus sentidos han
tropezado con la ópera que tan luego ahora están transmitiendo por Radio
Nacional, y, ya caídos, no saben levantarse. Yo, en cambio: todavía lo veo.
La vaga luz que entraba por las banderolas de la sacristía es -tal cual- la
oscuridad que pasa sobre las páginas de la revista Horizonte, aquí a mi
lado, en esta mesa de hotel. Soy el adolescente Julio Perón y soy el primo
viejo: la luz, en tantos años, no ha querido moverse.
Vos tendrías que acordarte, Juan Domingo. Estabas gordo. Los dos llevábamos
el pelo cortado casi al cero, con un flequillo. Simulando inocencia,
preguntaste: ¿Sabrá usted, fray Benito, en qué se diferencia Nuestra Señora
de las otras mujeres? Quiero decir (dijiste, mostrándole la estatuilla de la
sacristía) si Nuestra Señora tiene músculos, huesos y barriga como una
mortal común. Si ella puede ir al baño. Quién sabe qué ideas se le cruzaron
a fray Benito por la cabeza. Se quedó mirándote muy fijamente, como si
fueras un hilo demasiado grueso y tuviera que pasarte por el hueco de una
aguja. Yo estaba por cumplir trece años; vos eras mayor.
El cura tomó en silencio un manojo de tizas y dibujó dos figuras en el
pizarrón de la sacristía. La de la izquierda era un cuerpo de mujer cortado
al través. Se le veían los intestinos, el tejido esponjoso de las mamas y
las cavernas del aparato genital. La figura de la derecha era una dama casi
incorpórea (como la estatuilla), con los pechos y el vientre velados por una
franja celeste.
Ya ustedes son muchachos grandes y es mejor que sea un sacerdote quien les
enseñe estas cosas, dijo fray Benito. A ver, Juan Domingo, ¿cómo se llama
esto? Tripas, contestaste. Es el intestino delgado de las mujeres, corrigió
el cura. Las mujeres mortales tienen un intestino delgado de seis a siete
metros, ¿lo ven?, y otro más grueso que pasa del metro y medio, ambos llenos
de excrementos y fibras malolientes. Esto que he dibujado aquí se llama...
(dudó un momento) vagina. Son dos labios gruesos, con pelos, donde se queda
pegado el orín. Debajo de los labios hay un diente al que le dicen clítoris.
Nuestra Señora en cambio es purísima y no tiene ninguna de esas manchas
propias del pecado original. Ella nació con una matriz de nubes en vez de
carne, y nunca necesitó defecar ni orinar. Los senos le brotaron después de
su parto sagrado y único, pero desaparecieron cuando el Niño Jesús dejó de
mamar. Los dibujos de fray Benito dejaron tan perturbados a los primos que
durante meses anduvieron en busca de nuevas revelaciones sobre la anatomía
de las mujeres. En las tiendas del Bajo, un armenio les ofreció por
cincuenta pesos cierto libro de maravillas vaginales, donde se podía ver
claramente (les dijo) que las mujeres japonesas tenían oblicuos los labios
de allí abajo, haciendo juego con los párpados. Como no podían pagar tanto,
no quiso mostrarles ni una sola lámina. Gastaron en cambio treinta centavos
en mirar por la ranura de una lámpara cómo se iba desnudando una mujer, al
compás de un valsecito de pianola. A Juan Domingo le tocó una india de
pechos descomunales y al primo Julio una odalisca que se cubría las
desnudeces con los oleajes de la cabellera.
Pero cuando por fin la odalisca esbozó una sonrisa, algo cayó dentro del
recuerdo de Julio: una piedra de otro tiempo arrugó la lisura del agua.
Eso fue. La ópera que Maria Amelia está oyendo se interrumpe. Hay un
silencio largo, un temblor dentro del silencio, como el de los aviones
cuando atraviesan la raya del Ecuador. Y en seguida, desde la radio, un
cavernoso piip anuncia que son las nueve de la mañana. Sabe Dios si las dará
alguna vez. Las está dando: el reloj de péndulo suelta sus campanadas.
Vuelve a moverse el tiempo: eso ha sido. En torno de la mesa del hotel de
Ezeiza, la señorita María Tizón se afana describiendo, en una libretita, la
felicidad matrimonial que su hermana Potota deparó a Juan Domingo. Piensa
dictar esas impresiones a los periodistas hoy por la tarde, cuando ya el
general se haya retirado del palco. Distraído, el capitán Santiago
Trafelatti hojea el número especial de la revista Horizonte -La vida entera
de Perón / El Hombre / El Líder / Documentos y relatos de cien testigos-:
Zamora trajo, hace un momento, ejemplares de sobra. Hay un enjambre ahora
sobre la mesa. El capitán mira las fotos y, a veces, cuando descubre su
propio nombre dentro de un párrafo, se detiene a leer: Santiago Trafelatti.
Desde la radio, un locutor anuncia que el avión Betelgeuse de Aerolíneas
Argentinas vuela sobre el Atlántico a velocidad de crucero, con el ilustre
General a bordo. Son las nueve y dos minutos en Buenos Aires.
Vuelve a posarse la ópera sobre el corazón de María Amelia. ¿No es increíble
que hayan elegido esta mañana de junio 20 para pasar por radio la misma
ópera que oyeron ella y Juan Domingo en el teatro Colón hace sesenta y cinco
años? ¿No es milagroso que yo la sienta, intacta todavía, entre los
celofanes de un recuerdo tan largo? Era invierno, como ahora: julio de 1917.
La prima va caminando hacia esa noche de su juventud, pasito a paso. Oye.
Yo, María Amelia Perón, oigo de nuevo el almidón de los fracs en la platea,
me veo saltar los charcos entre la aglomeración de los carruajes, mientras
brota vapor y baba del belfo de los caballos, vuelvo a encontrar mi imagen
de cuerpo entero en los espejos dorados del vestíbulo: aquel vestido de
tafeta verde y la capa de zorro de la abuela Dominga.
Todo está otra vez allí: la orquesta que afina en los entreactos, las viejas
señoras tosiendo en la penumbra de los palcos, la maternal araña del teatro
que ha puesto a secar en la cúpula sus luces mojadas. Veo dibujado el título
sobre la cubierta del programa: "Manón". Y debajo la firma del autor: Jules
Massenet. Diría que las voces tienen los mismos trémolos de entonces. Sólo
extraño al tenor. El caballero Des Grieux, aquí en la radio, ya no es
Caruso: no es el de aquella noche.
Fuiste al teatro con desgano, Juan Domingo. habías venido desde Santa Fe
trayendo unos papeles de tu regimiento, y la tía Baldomera te rogó que nos
acompañaras. Tuviste que ponerte el uniforme de gala. Estabas parecido -dijo
la tía- al primo de Manón. Pero la ópera te fastidió. Bostezaste, ¿vas
viendo? En el momento cumbre, María Barrientos, la soprano, cantó el aria
que otra mujer ahora está cantando en la radio: "Adieu, notre petite table".
La tía y yo ahogamos un sollozo. Vos te tapaste la boca con un guante.
Después apareció Caruso con su hábito de fraile. Sufría. Se mordía las
manos. Quería ir hacia Dios, y no sabia cómo quitarse a la Manón del
pensamiento.
A mí se me iba el alma. Vos, Juan Domingo, empezaste a golpearte las botas
con el sable. Llegó Manón, y arrojándose en brazos de Caruso, gritó: "!Je
taime!".
Encendieron las luces. Te pusiste de pie con brusquedad y nos dijiste que
esperarías afuera. Que te sacaban de quicio las mentiras del teatro: más aún
las mentiras de una mujer como Manón Lescaut, que tan vilmente se burlaba de
los hombres. Te perdiste dos actos: los mejores. ¿Volverás a perderlos esta
noche y, al bajar del avión, te golpearás las botas con la espada? "Ah mon
cousin, excusez moi! Cest mon premier voyage!"
Todavía es temprano, pero en la radio interrumpen la ópera. Se abre una
nueva brecha de silencio. De pronto, ruge todo: como si el oído se posara
sobre un foso de animales muriendo.
Estamos transmitiendo para todo el país desde el palco, en Ezeiza. Cadena
nacional. Aquí la patria entera
está aguardando al general Perón. ¡Escuchen, compañeros!
Yo soy Edgardo Suárez -dice la radio ahora-. Les hablo desde el palco. Vengo
a traerles la consigna para este día glorioso. Paz y orden. Traten de no
gastar energías. Aún faltan muchas horas para el regreso del General. A él
tenemos que brindarle todas nuestras fuerzas y la expresión de nuestras
gargantas. Interviene una segunda voz: Animemos la fiesta con música
folklórica. No más discursos. La radio transmite zambas de Los Chalchaleros.
Y el clamor de los bombos a lo lejos. Y el vocerío de los vendedores. ¡A la
gaseosa, a la gaseosa, a lo sánguche! ¡Compre la vincha del retorno! ¡Perón
vuelve, compre la vincha! ¡Compre Horizonte, la especial de Horizonte!
¡Compre la pocho gorra, la remera con la calcomanía del macho, la banderine,
compre la emblema peronista, compre!
María Amelia se vuelve hacia las páginas que está leyendo el capitán
Trafelatti, y ve pasar su propia foto de adolescente reclinada sobre una
roca: sombría imagen, melancólica, desamparada de su porvenir. Atrapa entre
los despojos de la mesa otro ejemplar de Horizonte. Se busca y allí está de
nuevo, sonrién-dole quién sabe a quién: a los purgatorios que vendrán. Y ya
sin querer casi, mordiéndose los labios, desciende a esas antigüedades de la
vida. Allí lee:
4. EL MANUAL DE OBEDIENCIA
"Para un militar no debe haber nada mejor que otro militar". Juan Perón,
Carta orgánica del G.O.U. Bases, marzo de 1943.
1909 fue el año más triste en la vida de Juan. Entre mayo y junio don
Raimundo Douce, director del Colegio Internacional de Cangallo y Ombú,
resolvió que los pupilos de quinto grado estudiaran un curso preparatorio
para saltar al liceo sin pasar por el sexto.
Juan y Julio, que eran -de lejos- los mayores del aula, no pudieron negarse.
Como ya estaban demasiado grandes para dormir en la casa de la abuela entre
tantas mujeres, los dejaron internos en el colegio. Allí comían y pasaban la
noche. Muchos domingos estuvieron solos en aquellos grandes patios vacíos
porque la abuela, enrevesada en los quehaceres de la casa, se olvidaba de
buscarlos. Se entretenían jugando a la payana y a la pelota pared. Cuando
caía la noche andaban por los salones, alumbrados con una lámpara de
querosén, excitándose la imaginación con las enormes láminas de los
invertebrados y de las dicotiledóneas que colgaban junto a los pizarrones.
A veces Enriqueta, la sobrina de don Raimundo, se compadecía de los
muchachos y los visitaba en la escuela los domingos por la mañana para
calentarles la sopa. O bien, ya después de la oración, los acompañaba hasta
el dormitorio y allí, sentada junto a la puerta -siempre del lado de
afuera-, leía las descripciones de viajes submarinos y expediciones al Polo
escritas por Julio Veme, hasta que los muchachos se dormían.
En vísperas de Navidad ocurrió un percance lastimoso. No bien empezaron las
vacaciones, Juan Domingo se despidió de la abuela y de las tías,
anunciándoles que se iba, como siempre, en busca de un barco que lo llevase
a la Patagonia. Dos semanas más tarde una patrulla de la policía lo encontró
durmiendo en los graneros de los muelles. Cuando un sargento lo despertó,
zamarreándolo, Juan le dijo con voz desgarrada: "¡Mamá, mamá! ¿Y mi mamá,
dónde se habrá metido?.
Lo devolvieron a la casa de la abuela, en la calle San Martín. Adujo, para
disculparse, que había perdido todos los barcos y que pensaba quedarse hasta
marzo en los muelles, ayudando a los estibadores y durmiendo en los refugios
de linyeras. Sus padres le mandaron un par de cartas desde El Porvenir. Juan
Domingo no quiso responderles.
Cediendo a los ruegos de la tía Vicenta, aceptó un día ocupar nuevamente,
sólo por el verano, su dormitorio de niño. Se bañó con acaroína y se dejó
rapar el pelo empiojado. La tía le puso sábanas de lino. Y aquella primera
noche, al verlo casi dormido, sintió tanta ternura por él que se acercó a
darle un beso. Juan estaba en guardia, como un erizo. La rechazó,
manoteando. "¡A mi ninguna mujer me besa!", lloró, "¡Nunca voy a dejar que
una mujer me ponga la mano encima!".
Fue hacia fines de enero cuando la abuela Dominga, luego de aplacar por
telégrafo a Mario Tomás y a Juana, pensó que un nieto tan rebelde sólo podía
domesticarse con el rigor. En La Nación leyó la noticia de que las becas
ofrecidas para los estudios militares habían despertado ese año poco
interés, y que el ejército se aprestaba a reclutar oficiales de reserva para
cubrir las vacantes. Averiguó que un muchacho de clase media, educado en el
amor a la patria, tenía excelentes posibilidades de ser becado si, luego de
completar la escuela primaria, aprobaba un examen muy elemental de lenguaje,
matemáticas e historia nacional. Solo necesitaba -le dijeron- una influencia
modesta.
Buscó entonces ayuda entre los diputados higienistas que solían frecuentar
su casa de Ramos Mejía, recordándoles los servicios prestados al país por
Tomás Liberato, su marido. Alguien le prometió interceder ante Julio Cobos
Daract, profesor de historia del Colegio Militar. Cierta mañana de abril,
embarrándose las faldas en las zanjas abiertas para la construcción del
subterráneo, doña Dominga se presentó en la oficina del doctor Cobos, con el
nieto a la rastra. Hizo una larga antesala. Cobos la recibió de pie, con
displicencia, y le dijo que si "este robusto mocetón" conseguía buenas notas
en el examen de ingreso podía considerar desde ya que la beca era un hecho.
Juan Domingo se clasificó en el quinto lugar. A cambio de un contrato que lo
obligaba a servir como oficial durante un mínimo de cinco años, recibiría
instrucción y alimentos gratuitos más un sueldo de 200 pesos al graduarse
como subteniente.
El 1° de marzo de 1911, cuando entró -con la mochila al hombro- en el
caserón destartalado que servía de cuartel, Juan advirtió que lo marcaban a
fuego, pero con la marca de nadie: que ya no existía como persona sino como
obediencia, que sus pensamientos respiraban en plural: ya no soy Perón solo,
soy Perón y algo menos. Poseeré lo que otros rechacen, me convertiré en lo
que otros quieran. Aprenderé al oficio de obedecer y de ser nadie para
ejercerlo sobre los demás, contra los demás. Martín López, el oficial
instructor de los novicios, le explicó que hasta fin de año debían verse a
sí mismos como "bípedos implumes", el escalón más abajo de una compleja
cadena de jerarquías. Debían obedecer a los suboficiales, a los cadetes de
segundo año, y aceptar todas las órdenes, por impropias o crueles que les
pareciesen. "No hay disciplina sin la más ciega obediencia", dijo. "Y nadie
tendrá éxito sin disciplina."
Al día siguiente, cuando les entregaron los uniformes, Juan Domingo aprendió
en carne propia la inflexible verdad de aquellas advertencias. Después de la
diana y el desayuno, mientras esperaban al instructor en el patio, los
cadetes del curso superior empezaron a merodearlos. Uno de ellos se acercó a
Santiago Trafelatti y le ordenó quitarse los zapatos. "Párese en una sola
pata, como las gallinas. A ver ese talón." Trafelatti sintió al violencia de
un pinchazo en el arco del pie y no pudo reprimir un grito. El agresor
exhibió una aguja de tejer ensangrentada. "Esta yegua tiene los cascos
todavía blanditos", se dobló de risa. Los otros merodeadores también
soltaron la carcajada. "Habrá que domar bastante a esta yegua para
endurecerle los cascos."
En el vestuario los hicieron formar filas y les entregaron los uniformes.
Juan Domingo estaba probándose la gorra cuando uno de los cadetes de segundo
año lo despojó, entregándole a cambio su propia gorra deshilachada. Otro le
quitó la blusa garibaldina. Un tercero se apropié de sus pantalones y le
ordenó vestir unas bombachas raídas, que olían a bosta de caballo.
Saúl Pardo, el menor de los recién llegados, insinuó una protesta. El
sargento que distribuía la ropa le ordenó que diese un paso al frente y se
pusiera en posición de firme, desnudo. "No le gusta, bípedo im-plume?" "No,
mi sargento", contestó el muchacho. "Seis horas de calabozo entonces: por
marica, por comemierda. Y cuando salga, quiero que le guste, ¿ha entendido,
gallina?" Un oficial lo aprobó. Desde la puerta del vestuario dijo:
"Grabensé bien clarita esta lección. Obediencia es obediencia. Obedecer
templa el carácter y apaga la soberbia. Los que entraron aquí son gusanos.
Cuando salgan, si es que salen, serán hombres". Y les ordenó formar filas,
antes de cinco minutos, en el patio de tierra.
Para llegar al patio no había otro camino que un corredor de doce a ícatorce
metros. Los cadetes de segundo año se habían apostado allí, aguardando a los
bípedos implumes con lonjas, taleros, sogas y espuelas. Juan se decidió a
cruzar la línea de fuego con la primera tanda. Pensó en los guanacos que
comían en zigzag, estirándose y agachándose para esquivar los golpes. Pero
donde quiera se moviese, lo alcanzaban: sintió el cabo de un rebenque
astillándole los riñones, los dientes de una espuela le rayaron la nuca, el
filo de una lonja le abrió tajos en la espalda. Llegó al otro lado
maltrecho, ardiendo, con la terrible sospecha de que aquello se repetiría
diariamente. Un ínfimo consuelo le permitió dormir esa noche sin
resentimiento ni calambres. Había descubierto que, mientras fingía cubrirse
de los golpes, podía golpear a su vez: hundir los dedos en un ojo, partir un
diente con un cabezazo certero. En la cuadra, los cadetes se hacinaban en
ochenta literas de dos pisos. La de Juan estaba junto a una de las puertas;
en la de arriba dormía Trafelatti. A la semana de llegar, poco antes del
toque de retreta, un grupo de diez a doce implumes logró quedarse oculto en
el dormitorio mientras afuera, en el patio, los demás sufrían otro castigo
ritual. Trafelatti, que se había guarecido tras unas cajas, vio de pronto
entrar a Juan pálido, jadeante. Le sintió un silbido áspero que no venia de
los pulmones sino de un sótano más profundo, y reconoció la respiración del
miedo. En la oscuridad, sin abandonar su parapeto, Trafelatti se atrevió a
preguntar qué pasaba. "Le hice saltar dos dientes a Pascal de un cabezazo",
resolló Juan. "Y me ha ordenado que salga esta noche a pelear con él."
Pascal era el atleta del colegio: un oso de dos metros y ciento veinte kilos
a quien nadie había podido resistir más de medio minuto en el ring del
gimnasio. Su especialidad era un uppercut de zurda al que llamaban "la
parca".
La pelea empezó a la medianoche, a la luz de las velas. Un cadete de tercer
año oficiaba de árbitro. Veinte bípedos implumes, alrededor del ring,
sostenían en alto los candelabros. A Juan Domingo le rechinaban las muelas.
Con los labios aún tumefactos por el cabezazo, partidos, Pascal danzaba en
su rincón, calentándose la imponente musculatura. ¡Ahora!, los animó el
referí.
El gigante amagó un derechazo. Se movía con displicencia, como si hubiera
dejado su fuerza lejos de allí. ¡No te confiés, Perón!, previno Trafelatti.
Juan Domingo se cubría la cara con los puños y trataba de mantenerse fuera
del alcance de Pascal pero los infinitos brazos del atleta estaban en todas
partes, su cuerpo desbordaba la inmensidad del ring.
De repente, Pascal avanzó: tocó apenas un hombro del adversario pero dio la
impresión de que se lo había destrozado. Luego se concentró en la cara de
Juan: pegó un punzazo y otro en la sien, en la frente, junto a la boca, sin
esforzarse, a media máquina, atrás, al centro, a la izquierda, no dejó
nervadura sin castigar. Juan Domingo sintió el despellejamiento de las
encías, la voladura de una muela y oyó cuando el arado de Pascal le abrió un
surco en el labio y le asfixió los ojos. Las sienes le latían como el buche
de un pájaro. ¡Paren esta matanza!, gritó Trafelatti, pero Pascal negó con
la cabeza: aún no era suficiente. Retrocedió hasta su rincón y allí se quedó
inmóvil unos cuantos segundos hasta que vio a Juan Domingo recuperar el
aliento y avanzar hacia él, ciego, buscando un claro donde poder golpearlo.
Pascal estaba esperándolo. Bailó en torno de Juan con los brazos caídos,
exponiendo la guardia, con un ritmo animal que no brotaba de los pies sino
del cuello. Perón juntó fuerzas, tomó impulso y le descargó un puñetazo
brutal en la boca del estómago. Sintió que una pared de acero se le oponía.
Los nudillos le crujieron. El gigante no se conmovió. Con un desdén
infinito, casi con lástima, Pascal levantó la zurda lentamente. Trafelatti
vio con terror el fogonazo de aquel puño de cíclope. Juan Domingo no tuvo
tiempo. Sintió un temblor de tierra y todo quedó apagado. La parca de Pascal
cayó entre sus cejas y el mundo se dio vuelta.
Trafelatti lavó las heridas de Perón y acostó sus huesos maltratados. Un
enfermero diagnosticó que tenía una fisura en los metacarpios y advirtió que
le faltaban tres muelas. Le vendaron las manos. Nadie le oyó una queja. El
12 de marzo de 1911, hacia las tres de la madrugada, Trafelatti sintió que
algo se movía con disimulo en la litera de abajo. Asomó la cabeza y vio a
Juan Domingo, débil aún, desfigurado, empaquetar las ropas de civil y
meterlas en la mochila.
Se iba. Desertaba. Perdía la beca, el destino. Dejaba de ser nadie para
empezar a ser nada. ¿Te vas, Perón?, acertó a preguntarle Trafelatti.
En ese momento sintieron, cerca de la puerta, los pasos de una patrulla. Era
la última ronda, antes del toque de diana. "Acostáte, Perón", susurró
Trafelatti. "Metéte vestido bajo las sábanas. Que no te vean así o yo
también voy preso." Juan Domingo dudó un instante y se zambulló en la cama
con las polainas puestas.
Un hombre no es lo que piensa: es lo que hace. Un país es, a veces, lo que
un hombre dejó de hacer. ¿Quién lo dirá después, en la vejez de aquella
noche de 1911: Trafelatti, Perón? Ninguno de los dos lo recuerda ya.
Confunden las palabras: destino, desatino, Perón, nación. Se les ha vuelto
un nudo la memoria, la historia.
Luego de la pelea con el cadete Pascal, Juan Domingo se aplicó a fundir su
identidad con la del ejército, a desconocer los mandamientos de sus deseos y
a obedecer hasta los más extraviados deseos de los superiores. El universo
real murió. La vía láctea, el reloj de péndulo de la abuela, la campana del
tranvía, el recuerdo de los domingos tristes en el internado de Cangallo al
2300: aquellos accidentes de la realidad se convirtieron para él en absoluta
nada. Sólo existía el ejército. Y dentro del ejército, en alguna orilla de
los reglamentos, se diluía su persona. Para ser obedecido tenía que aprender
a obedecer. Si mi teniente, sí mi capitán, obedeceré tu deseo.
Se aficionó a la amistad de Trafelatti. Durante los días de semana salían
juntos a fortalecer las piernas corriendo por senderos de pedregullo y arena
blanda y competían en los anillos y trapecios del gimnasio, para endurecer
los biceps.
Con cierta frecuencia el colegio es visitado por caballeros teutónicos,
oficiales del Gran Estado Mayor Imperial que observaban la instrucción y
aconsejaban cambios pedagógicos. Se rumoreaba que uno de esos tenientes
coroneles, por el mero hecho de ser berlinés o pomeranio, ganaba tanto como
el ministro argentino de la Guerra. A Juan Domingo le impresionaba ver desde
lejos el imponente lustre de sus cascos en punta. Percibía cierto perfume de
aristocracia en sus órdenes monosilábicas y guturales. Si la autoridad tenía
un cuerpo, los alemanes eran el espejo que lo reflejaba. En pocas semanas la
disciplina se puso rígida como una estaca. Hasta para cruzar las piernas se
preveía un ritual de comportamiento. Los viejos manuales de táctica francesa
fueron sustituidos por las magnas obras de Clausewitz, Moltke y Schlieffen.
Cuando vestía el uniforme de gala, a Juan Domingo le fluían los pensamientos
de otra manera. Se pavoneaba. No el Perón a secas sino el cadete Perón.
Vestirse, ducharse, comer, desfilar, el toque de diana, la retreta, el
rancho: todo era previsible. ¿Cuántos jóvenes gozaban de tal suerte? Hasta
los manteos empezaron a ser un horror necesario. Golpéame para que se me
temple el cuerpo. Ya no soy el que soy. ¿Cómo no estar orgulloso de
semejante diferencia? Al atardecer del sábado, cuando les tocaba franco,
Juan Domingo y Trafelatti se afanaban planchando el uniforme, se entalcaban
las ingles y los sobacos, y en el espejo del casino se contemplaban antes de
salir, orgullosos de aquella ropa que les moldeaba tan airosamente el
cuerpo: la chaqueta de húsar con alamares y cordones húngaros en la espalda,
las franjas coloradas en las costuras de los pantalones, el quepis francés.
Tomaban un tranvía y viajaban entre arrabales húmedos que olían a estiércol.
Cerca de la estación de San Martín, a la puerta de un bar con farolitos
rojos y flores de papel maché, estaban siempre apostadas unas hembras
monumentales engullendo cerveza y platos de polenta. Exponían unas carnes de
color tiza y se reían chillando como los pájaros, sin dientes. Los cabos y
los sargentos ponderaban la destreza con que aquellas hembras, por sólo
cincuenta centavos, sabían explicar en sus idiomas exóticos todos los
acuartelamientos del amor. A los cadetes les estaba prohibido tocarlas
porque contagiaban con el mero roce una enfermedad incurable, que sólo se
mitigaba con baños de permanganato y agujas candentes en la uretra. Pascal,
como era invulnerable, se había atrevido a desahogarse con ellas muchas
veces y hasta conocía sus fotos de otros tiempos, en las que lucían la
dentadura completa.
Juan Domingo y Trafelatti buscaban diversiones menos bárbaras. Iban a los
circos de los pueblos vecinos, Santos Lugares, Tropezón o Munro. No bien el
empresario veía llegar los uniformes, improvisaba un agasajo. La orquesta de
trombones desafinaba la obertura de la marcha de San Lorenzo. Los tonies
representaban la comedia de un sargento francés al que humillaban los
cadetes, en alemán, saltó de raná magnr, nof se me dar las goanas, uajjj. Se
apagaban las luces. Los trapecistas hacían la venia. Redoblaban los
tambores. Y luego de algunas pruebas reumáticas en el trapecio, se apagaban
las luces y un reflector delataba al empresario. Señoras y señores,
estimados cadetes, se suspende la tormenta porque viene la función. Los
trombones insinuaban una melodía que se esforzaba por ser campera. Dos
gauchos, cuchillo en ristre, saltaban desde las graderías al ruedo. La luz
del reflector viraba al rojo. Uno de los gauchos insultaba sin razón al
otro. El agraviado pedía la comprensión del público: su honra herida
reclamaba venganza. Empezaban el duelo. El autor de los insultos perdía el
cuchillo. El otro, gallardamente, le permitía recogerlo. La escena se
repetía, pero al revés: el gaucho malo entonces, entre alevosas carcajadas,
degollaba al rival. Y huía, corriendo sin parar, pero en el mismo sitio. De
repente se prendían todas las luces. Aparecían las partidas del ejército:
cientos de soldados sofrenando un par de caballos enclenques, imaginen la
pólvora y las banderas, señoras y señores, imaginen la cobardía del gaucho
traicionero atrapado por las armas nacionales, veanló implorar perdón. ¿Lo
perdonamos? ¡Nono! A la cárcel entonces. El circo es Circe.
Orgulloso de sus insignias, de su capa, de la escarapela que coronaba su
quepis, Juan Domingo aplaudía. Soy Perón el cadete. Soy el ejército. Y el
espectáculo terminaba entre nubes de humos azules y blancos, maravillosa
noche.
Los domingos, Santiago y él se levantaban tarde. Chorreando brillantina,
iban a lucirse al atrio de la iglesia de San Martín. Simulaban admirar los
sombreros de las chicas para que ellas se sintieran libres de admirarles los
uniformes. A la salida de la misa paseaban por la plaza y se detenían ante
la pérgola donde los bomberos ejecutaban los valses de moda. Escuchaban con
expresión de profunda gravedad y luego se retiraban, tiesos, apoyando una
mano sobre la empuñadura del sable y aferrando los guantes con la otra.
En mayo de 1911 cayó sobre Buenos Aires un frío sin misericordia. Los campos
amanecían blancos de escarcha. En los dormitorios de los novicios hubo que
poner braseros. A todos les salieron sabañones. Las orejas de Trafelatti se
ampollaron. Y además estaban nerviosos, tensos. Debían desfilar el 9 de
julio ante los inflexibles inspectores alemanes y allí se enredaban con el
paso de ganso y con el cambio de posición de los máuseres durante la marcha.
En junio la temperatura bajó todavía más y el incesante viento les arruinó
el trabajo en el polígono de tiro. Fue por entonces que los cadetes de
segundo año urdieron un manteo tan hereje que sepultó la memoria de los
sufrimientos antiguos y dejó sembrado para siempre el dogma de la
obediencia. Fue Pascal quien tuvo la idea. Mantear había sido hasta entonces
un juego cuya rutina dominaban ya las víctimas. Carecía de sorpresas. En
adelante debía ser un rito. Se podía refinar la violencia hasta donde se
quisiera. Los oficiales, de todos modos, harían la vista gorda. Eran ellos
quienes hablaban del manteo como de un proceso de selección darwiniana,
gracias al cual el ejército quedaba limpio de perezosos y débiles. "Así se
forja el espíritu del cuerpo", había dicho en otros tiempos el ministro de
la Guerra, dando a entender que así también se forjaba el cuerpo del
espíritu.
Mientras arreciaba el frío, los cadetes de segundo año dejaron que los
novicios se relajaran y desaprendieran la saña de los manteos. A veces,
antes de la retreta, les ordenaban transportar cajas de piedras por el
patio, o los hacían desvestirse y vestirse en un minuto. Pero nada más. La
vida se volvió monótona. Sin el sobresalto de los castigos, los ensayos para
el desfile perdían la gracia. El 28 de junio la temperatura se mantuvo a
cero grado durante todo el día y los baqueanos pronosticaban que bajaría más
a la madrugada siguiente. Pascal decidió que había llegado el momento de
aplicar el rito. Los novicios comieron a las ocho, jugaron a las cartas y se
acostaron a las diez. Juan Domingo y Trafelatti fueron en busca, como
siempre, del suboficial que les enseñaba box. Extrañamente no estaba. Hacia
las dos de la mañana, vestidos con uniforme de fajina y calzados con
espuelas, los cadetes de segundo año irrumpieron en la cuadra de los
novicios. Todo pasó a la vez; prendieron las luces, les arrancaron las
mantas, les ordenaron formar, desnudos, junto a las literas.
-¡Al patio, cadetes, al patio! -gritó Pascal-. ¡Vamos a darles quince
minutos de equitación! Aturdido, Trafelatti buscó una manta para cubrirse
antes de salir a la intemperie. Lo descubrieron. Uno de los cadetes mayores,
rezagado, miró de arriba abajo su cuerpo frágil y pequeño. Y le tuvo piedad.
-Póngase la camiseta y calzoncillos. ¡Vamos, rápido!
Afuera, el frío quebraba el aire. En la penumbra de los corredores, los
novicios eludían la helazón de las baldosas, como si pisaran brasas. Unos
pocos habían conseguido echarse la manta en los hombros; otros vestían
calzoncillos de frisa. Todos tiritaban, desarmados, con las narices
moqueando. Un vocero pidió tregua. ¿Por qué no esperar hasta después del
juramento a la bandera?
-Agarraremos una pulmonía, señor. Capaz que hasta sufrimos una desgracia. No
discutimos la orden. Vamos a obedecerla. Pero quisiéramos que la postergue
hasta otra oportunidad... Pascal soltó la carcajada:
-¿Está con miedo el cadete? ¿Tiene frió, pobrecito? ¡Salte, soldado, salte,
y aprenda lo que es el coraje! Un gordinflón con la ceja partida, que se
desvivía en adulaciones a Pascal, anunció que los bípedos im-plumes se
graduarían aquella noche de cuadrúpedos.
-Se me ponen en formación, como para el desfile. En cuatro patas. A cada uno
de ustedes lo montará un superior. Paso, trote y galope. Nadie me afloja ni
se me hace el vivo. El que se caiga espera en la galería, me descansa un
minuto y vuelve a empezar de cero. ¿Comprendido?
Juan Domingo tenía entonces poco más de quince años. Pesaba menos de sesenta
kilos. Había conseguido patear la manta con disimulo hasta el corredor, y
aunque al fin logró ponérsela sobre los hombros sentía las bolas doloridas,
heladas. Guarecido tras una columna, trataba de pasar inadvertido. Intuía
que Pascal lo vigilaba. Lo vio ajustarse las espuelas, abotonar el cuello
del capote, acomodarse el cinturón. Lo sintió acercarse, considerable, como
un oso. -Quitesé la manta, Perón. Lo quiero montar en pelo.
También Trafelatti oyó la orden de Pascal. Vio a Juan Domingo obedecer sin
resistencia y con asombro, como estaban obedeciendo todos. Agradeció en
silencio que la corpulencia de aquel hombre se hubiera detenido en Perón
antes de alcanzarlo a él. "Le romperá el espinazo", pensó, sabiendo que
nunca olvidaría ese pensamiento.
Mandaron a los novicios que formasen filas separadas por espacios de tres
metros. Detrás de cada fila se aprestaron los cadetes que iban a montarlos.
-¡Riendas! -gritó el gordinflón.
Pascal hizo morder a Juan Domingo un bocado de hierro, rematado por sogas
trenzadas.
-¡Bípedos implumes, en cuatro patas, maar! -La costra de hielo que cubría el
patio se astilló.- ¡Cadetes,
monten! ¡Adelante, al paso, maar!
Juan Domingo cerró los ojos. Sintió en la espalda el peso inverosímil de su
verdugo. Sintió que el planeta entero lo doblegaba. Las palmas de las manos
pasaron sobre una cuchilla de hielo. Lo penetró el aguijón de la sangre.
Casi al instante, el frío lo anestesió. Las espuelas de Pascal se le
clavaron en los riñones. Olió a pasto, a caballo. Avanzó.
Tengo que obedecer, se repetía, tengo que obedecer. Soy hombre, puedo más de
lo que puedo. Pascal lo urgió con el rebenque. ¡Potro, vamos al trote! Y
Perón, afanándose en el gateo, siguió diciéndose: Soy hombre, ahí voy. Se le
cortó el aliento. A su lado, en jauría, los otros bípedos jadeaban
arremolinados. Eso le dio impulso. Yo no renuncio. No me harás desertar,
hijo de puta ¿Ordenás? Te obedezco. ¿Soy caballo? Sí, señor, soy caballo, lo
que tu voluntad me imponga. Un lonjazo le estremeció las piernas, las
espuelas insaciables se le clavaron en las nalgas. Yo aquí sigo, aquí voy.
Nunca supo cuando el verdugo lo dejó en paz. Se oyeron las alarmas de unos
pitos. Alguien lloraba. En los corredores retumbaron las botas de los
guardias. Lo último que Juan Domingo vio fueron sábanas de hielo,
ensangrentadas, en las que el cuerpo se le fue durmiendo.
AL día siguiente los novicios no acudieron al toque de diana. Tenían las
rodillas en carne viva. A Juan Domingo se le habían infectado los codos.
Unas llagas oscuras le brotaron en la cadera. Cayó con fiebre. Pasó un día
más, y otro. Santiago Trafelatti recomenzó los ensayos para el juramento a
la bandera y él, Perón, no pudo. Demoró más que nadie, convaleciendo.
El coronel Gutiérrez, que dirigía el colegio, ordenó una investigación
sumaria, pero como los novicios se negaron a violar el código de silencio,
la cabalgata salvaje del 29 de junio quedó sin castigo y por lo tanto sin
memoria. Al cadete Pascal le tocó, igual que a todos, cumplir rondas de
vigilancia en la enfermería. Se paseó por los pasillos, indiferente, sin
prestar atención a nadie. Todos eran ya iguales: todos llevaban su marca de
ganado.
Cuanto más se fue convirtiendo Juan Domingo en el cero del cero, tanto mas
el ejército argentino se le volvía el universo, la realidad, la envoltura
del yo. Era el porvenir, el único posible; era su cuerpo, ya tatuado por la
obediencia, ya incomprensible sin el uniforme; y como necesitaba suprimir su
pasado, el ejército ocupó todo el lugar del pasado.
Los novicios juraron fidelidad a la bandera el 9 de julio y desfilaron, algo
maltrechos pero airosos, ante los inspectores alemanes. Luego sobrevinieron
meses de rutina. Obligados a elegir un arma, Juan Domingo y Trafelatti
decidieron ser infantes: cuarteleros, educadores de la plebe. Imaginaban que
las batallas del porvenir no se librarían a caballo sino cuerpo a cuerpo, al
cabo de caminatas infinitas. Los sometieron a campañas que duraron cuarenta
días, en los alrededores de Córdoba y al norte de Concordia, Entre Ríos. Los
convencieron de que la patria estaba en ellos solamente. El milagro del
espíritu del cuerpo se iba consumando. Para un militar no había nada mejor
que otro militar. En aquellos meses Juan Domingo empezó a ensayar su nueva
firma de soldado. Escribía solamente Juan Perón, inclinando la jota hacia la
izquierda y la P hacia el otro lado, como si fuesen árboles soplados por
vientos adversarios.
Por fin, el 18 de diciembre de 1913 recibió el sable de subteniente. De los
ciento diez cadetes que se graduaron, Juan Domingo llegó en el pelotón del
medio, "uomo qualunque", casilla cuarenta y tres: el número del año en que
volvería a empezar todo. Lo destinaron al regimiento 12 de Infantería, en
Paraná. Trafelatti, que terminó rezagado, consiguió el destino que había
pedido, en Tucumán. Aquella última tarde hizo un calor intolerable. Juan
Domingo, sudando bajo la capa del uniforme de gala, regresó en tren a la
casa de la abuela Dominga, a través de suburbios herrumbrados por el sol.
Uno de sus camaradas, Saúl S. Pardo, le había ofrendado, imprevisiblemente,
un álbum de fotografías y recortes de periódicos. Juan Domingo encontró allí
su propia cara de niño en 1911, vio a Pascal izando la bandera, se cruzó con
la mirada perpleja de Pardo. Y se detuvo en el último de los recortes:
LA ACCIÓN, PARANA, 10 DE DICIEMBRE DE 1913
DESASTROSO FINAL DE LAS MANIOBRAS
Los cadetes del Colegio Militar, que acamparon durante un mes en los campos
del señor Soler, al norte de Concordia, regresaron ayer a Buenos Aires en un
estado físico que ha motivado la reprobación de sus parientes. En julio de
1911 algunas quejas fueron elevadas a la superioridad por vejámenes que esta
misma promoción de cadetes habría sufrido a manos de una promoción superior.
Ahora, los responsables de los malos tratos han sido, al parecer, oficiales
de alta jerarquía.
Cartas llegadas a este diario, cuyas firmas se nos pide omitir, aseguran que
luego de los combates simulados de práctica entre los bandos azules y
colorados, todos los cuales resultaron exitosos, el 3 del corriente mes la
sección de Infantería levantó su campamento del Ayut y se dispuso a
vivaquear en la costa del Yuquén Chico, para continuar desde allí hasta la
estación Jubileo. El subdirector del Colegio, coronel Agustín P. Justo,
ordenó que el trayecto se hiciera a pie, pese a que la jornada se anunciaba
con intenso calor y sofocación. Los infantes marcharon por terreno arenoso y
muchos de ellos, no pudiendo resistirlo, cayeron insolados en el camino, por
lo que debieron acudir en su auxilio chatas y vagones de la Sanidad
militar...
En la casa de la abuela destaparon una botella de sidra y la tía Vicenta
improvisó un discurso rogando a Dios que bendijese la fortuna del flamante
oficial. A la mañana siguiente, la prima María Amelia completó el álbum con
otro recorte:
LA RAZON, BUENOS AIRES 18 DE DICIEMBRE DE 1913
FIESTA ANUAL DEL COLEGIO DE SAN MARTÍN
El mismo brillo, o tal vez mayor que en años anteriores, alcanzó (etcétera).
Cuando cesó el redoble de tambores y teas un breve silencio, la señorita
Mercedes Nato Crespo, presidenta de la Asociación Pro Patria, hizo uso de la
palabra en términos altamente conceptuosos para el ejército argentino,
prendiendo luego sobre la chaquetilla del cadete sargento Eduardo Pascal
Malmiema, el alumno más sobresaliente del año, la significativa medalla de
oro...
Un telegrama de don Mario Tomás apremiándolo a viajar a Camarones empañó los
festejos de Juan Domingo. En 1910, el padre había recibido en herencia el
juzgado de paz. Durante algunos meses hizo a diario la travesía desde El
Porvenir a Camarones. Luego, ya fatigado, dejó el campo al cuidado de doña
Juana y de Benjamín Gómez, y se instaló en la casita de chapas donde los
magistrados del pueblo impartían justicia.
En octubre de 1912, sin explicación alguna, renunció a todo: a El Porvenir y
a los placeres de la caligrafía. Decidió buscar otro campo en los desiertos
de la Patagonia, y poblarlo, si era posible, solo. Soñaba con una ciudad de
almenas, cruzada por avenidas vacías, con un habitante único. Llamó entonces
a Juan Domingo, para que le aprobara el sueño.
Mario Tomás aguardó al hijo en la vecindad de los muelles, con un percherón
ya ensillado. Al abrazarse sintieron tristeza, como si el eco de alguna
desgracia les hubiese anudado la garganta para siempre. Mientras cabalgaban
hacia El Porvenir el padre casi no habló. Mantuvo el cuerpo erguido sobre la
montura, pero dejó la cabeza gacha. Mencionó el sueño vagamente. A Juan
Domingo le pareció que, en vez de andar buscando una vida nueva, el padre
quería inventar una ciudad donde se perdieran todas sus vidas pasadas.
Encontró el campo decaído, como preparándose para el abandono. Las ovejas
sufrían otra epidemia de sarna y la madre había demorado la esquila
confiando vanamente en curarlas. Las chapas de la casa se oxidaban sin que
nadie reparara el daño. Hasta el propio Mario Avelino, que solía perfumarse
con agua de jazmines para recibir al hermano, lo saludó desde lejos,
ausente. La madre dijo que, de tanto andar entre guanacos, el primogénito se
les había convertido en bicho del monte.
Juan Domingo les aconsejó vender El Porvenir antes de que las construcciones
se vinieran abajo. Había oído hablar (les dijo) que hacia el oeste de
Camarones se alzaba una meseta ripiosa, con aguadas sin dueño. Orientando
los cauces y cavando acequias se podría, tal vez, fecundar aquel suelo.
Alguien había bautizado la meseta con el nombre de una utopía medieval,
Sierra Cuadrada. ¿Por qué no probar allí? -Parece un buen lugar para un
hombre solo -reflexionó el padre.
-Se le ha metido en la cabeza eso -dijo la madre-: construir una ciudad para
un hombre solo.
-¿Y por qué no levanta tres ciudades más bien, papá?
-lo alentó Juan Domingo-. Tres ciudades para tres personas.
-Debo explorar primero los terrenos. Saldré mañana mismo -anunció el padre,
quitándose las botas y metiéndose vestido en la cama.
Al amanecer tomó unos mates, llenó un bulto con galletas y apartó un caballo
de refresco. No quiso que nadie lo acompañara.
-¿Está seguro de lo que hace, padre? -quiso saber el hijo menor.
-De una sola cosa estuve seguro en la vida y esa confianza se me acabó.
Ahora dejáme ir. Salgo en viaje de penitencia.
Don Mario Tomás anduvo cien días perdido. Cuando volvió, en abril, dijo que
había encontrado los minaretes de una ciudad sagrada en mitad de los
páramos, atravesando el río Chico y unas lomas de sal. En esa pampa quería
tirar sus huesos. Concertó con un peón la venta de El Porvenir, cargó las
chatas, despachó a Benjamín Gómez con las majadas y aguardó a que se
aplacaran las lluvias. Entonces se marchó de la costa para siempre, más
pobre aun que cuando había llegado.
Juan Domingo lo esperó tan sólo un par de semanas. En Camarones abordó un
carguero de la Marina y dio vuelta completa a la Tierra del Fuego, haciendo
valer su calidad de oficial. Vio unos pocos témpanos a lo lejos. Sintió el
lamento del hielo en los desfiladeros. Y oyendo hablar de las expediciones
de Amund-sen y Scott al Polo Sur, empezó él también a dejarse seducir por la
travesía. Supo que los dos hombres habían salido casi al mismo tiempo de los
glaciares de Ross, en la primavera de 1911. El inglés Scott lo hizo
arrastrado por inútiles ponies. Amundsen llevó perros. Ambos, sin embargo,
habían alcanzado la meta a pie. Scott, retrasado más de un mes por los
vientos adversos, encontró al llegar una esquelita irónica del vencedor,
junto a la odiosa bandera noruega.
En el carguero, Perón vio alguna de las fotos que Herbert Ponting y el
teniente Henry Bowers habían tomado antes de la desgracia que acabó con
todos. Vio la silueta del velero Terra Nova en el horizonte de una vagina de
hielo, vio los aterradores hongos del castillo Berg a la luz de un
crepúsculo, descubrió a la muerte en el rostro de Scott y de sus cuatro
compañeros, desorientada ella también ante la vaciedad de un cielo blanco.
Lo hicieron a pie, reflexionó Perón. El mero impulso de la voluntad les
permitió alcanzar un límite que ningún infante argentino ha tocado. ¿No
podría yo ser el primero, enarbolar allí el nombre de Perón y salvar a mi
padre de su penitencia? Navegando en los mares del Polo, soñó con el Polo.
Lo imaginó como un volcán que se levantaba tras una cadena de ventisqueros.
Se vio sorteando los glaciares y derrotando las cordilleras de hielo.
Caminaba y caminaba. Iba entre espumas rígidas, descendía por cadáveres de
icebergs, era flechado por estalactitas. Y sin embargo avanzaba. Por fin, ya
ensangrentado, invencible, descubría las puertas de la meta, el volcán a lo
lejos. Pero la madre lo esperaba allí y no le permitía pasar. Cada vez que
recomenzaba el sueño, la madre se plantaba en el mismo sitio, con la
cabellera destrenzada y un poncho de hombre sobre el batán. El 12 de febrero
de 1914 Juan Domingo escribió a Pardo:
Mi subteniente, no quiero tardar más en contarte que me tomé un buque y
anduve dando vueltas por nuestros canales fueguinos. Tendrías que ver lo
macanudo que es esto. Unos muchachos de! barco me mostraron las fotos de
cuando Scott vino a estos pagos y se murió. Me dicen que Amundsen, el rival
de Scott, anduvo hace poco por Buenos Aires. Pienso que nosotros, como
buenos infantes argentinos, deberíamos preparar una expedición como ésas.
¿Qué te parece, pibe?
La familia quedó muy bien en Camarones. Hemos tenido una esquila formidable.
Mis padres te mandan especiales saludos. Con mis mejores deseos para los
tuyos, te abraza Juan Perón, Stte.
La envió desde el regimiento 12 de Paraná, donde ya estaba sirviendo como
instructor de tropa. Pronto, el archiduque Franz Ferdinand perecería en
Sarajevo. La Gran Guerra se disponía a ensangrentar la historia. Juan
Domingo no lo sabría de veras sino mucho después.
Se dejó envolver por años de no pensamiento. Le interesaron los juegos al
aire libre, las razones del cuerpo: lo que llamaría él "contradicciones de
la musculatura". Solía sentir que los tendones tiraban para cualquier lado,
desmigajándolo, como si fuesen otros cuerpos trenzados en un combate
interminable, mandándose y obedeciéndose. A veces, se sumía también en
épocas de indiferencia, de lasitud, de pura nada. Aun entonces se afanaba en
todas las variaciones del atletismo, jugaba al fútbol, practicaba el box y
florecía en la esgrima.
Le sucedió lo inevitable: lo vieron a la misma hora en Villa Guillermina y
en Tucumán, a cien leguas de distancia. Empezó a no encontrarse con los
lugares donde tenía que estar. Y a la vez, se le cruzaron en el camino
lugares a los que jamás iría. Tardó mucho también en descubrir la
explicación de tales mudanzas. tenía poco más de veinte años y no le
importaban demasiado los dobleces del azar o de la historia. No sabía que un
hombre con los espacios cambiados puede perder en cualquier momento su
centro de gravedad.
NUEVE
LA HORA DE LA ESPADA
Un conductor de ejércitos no se hace por decreto. Un conductor nace,
llevando el óleo de Samuel en su cabeza.
ALFRED VON SCHILIEFFEN
citado por Wilhelm Groener en El testamento del conde Schlieffen, 1926
Los conductores nacen, no se hacen (...) y el que nace con suficiente óleo
de Samuel ya no necesita mucho más para conducir.
JUAN PERON, Conducción política, 1951
Esto no puede ser obra de la casualidad. ¿Qué instintos del cuerpo se han
desatado, cuáles presagios, para que tan luego ahora, cuando faltan sólo dos
días para volver a Buenos Aires, todas mis enfermedades hayan acudido a
despertarme? Algún aviso me querrán traer. Les preocupará tal vez la lucha
que se avecina. Durante dieciocho años he conducido a mis ejércitos desde
lejos. Ni siquiera sé cómo son las sorpresas que deparan a un hombre los
frentes de batalla. No se publiquen mis vacilaciones, archívenlas, que jamás
las conozca mi enemigo.
A la cuatro y media de la madrugada tuve cólicos y asfixia. Me recordé
sudando. López trajo un calmante. Son engaños del cuerpo, mi General. ¿Por
qué les hace caso? Yo lo veo tan fuerte como un padrillo. Duermasé. Me dijo:
Desoriente durmiendo a esos achaques.
Pero no pude. El corazón hervía. Sentí una puntada. Quise ir al baño. Al
sentarme en la cama, las piernas me crujieron. Se me habían vuelto hielo.
¡López!, llamé. Ayudemé a mear. Él me cargó en los hombros, ¿No ve qué bien
camina? ¡Como un muchacho!, me iba tranquilizando. En el baño solté unas
tristes gotas. Tenía la vejiga hinchada, me molestaba la próstata, la orina
me ocupaba todo el cuerpo. Y, sin embargo, nada: sólo unas gotas de mierda.
Y ya es junio 18. En pocas horas dejaré todo esto. Amanece. Al menos me
consuela saber que lo vivido aquí, aquí se queda. Que a los recuerdos no los
pudre el tiempo. Uno puede llevarlos de un lado a otro, bajo los pies,
abrazados en los fondos del cuerpo. ¿Se podrá hacer lo mismo con los
lugares? ¿Qué le parece, López? Mirar por la ventana en Buenos Aires y tener
a Madrid del otro lado: el clima fresco y seco, los palomares, las perritas
saltando bajo los álamos. ¡Ah, entonces otro sería el cantar! Imaginesé. Si
yo pudiera bajar de la casa que tengo allá, en Vicente López, y salir a las
sombras del Paseo del Prado por donde tanto me gusta caminar: si aquello
fuera Madrid, ¡con qué distinto ánimo yo iría! Ahora, oyendo respirar al sol
afuera, el General siente que las enfermedades retroceden. Ve cómo los
nogales, acurrucados, sueltan de pronto el plumaje. Con alivio, sale a dar
una vuelta por el jardín a la vera de López. Recibe, desatento, la letanía
de chismes. Que Cámpora trasnochó en un tablao flamenco y repartió claveles
a las bailaoras. Que a las tres de la mañana desayunó un asado en
Tranquilino. Que han de estar despertándolo en este instante para que visite
una exposición de industrias. Ya es suficiente, hombre. No quiero saber más.
Perderemos la vida en esas menudencias.
El sol, que ha ido subiendo en tropel, se descuelga de pronto sobre Perón y
lo atolondra. Oiga, López: el vapor del verano. Véalo moverse entre las
plantas. ¡Y ese ruido! Parece un ejército de hormigas. Vayamos al reparo de
la casa.
Como no habrá visitas este lunes, y abajo los sirvientes están aireando los
salones, el General sugiere ir de una vez al claustro y ensimismarse en las
Memorias. ¿Cuánto nos falta, López? ¿En cuál época estamos? Quisiera irme de
aquí sin ese peso. Y usted me cansa, hombre. Va muy lento. Al pie de las
escaleras los sobresalta el alboroto de los relojes dando las ocho de la
mañana. Isabel, aún en bata y con fuleros, trajina con una seguidilla de
mucamas entre los dormitorios y el desván. Ha guardado ya las cobijas en los
baúles y todavía le queda la vajilla. Vamos, con el follón de ayer no hubo
ni modo de apurar el paso. Pilarica Franco, la última, se marchó poco antes
de la medianoche. ¡Que jaleo! ¿Daniel? Suban con calma. Cuídeme al General.
No lo sofoque. Hombre, ¿hasta dónde van? ¿Para qué tanto al claustro? ¿Qué
gusto tienen por las oscuridades? Vamos, quédense aquí. ¿No les apetece el
fresco de los dormitorios?
Ya en el recodo último de la escalera, el General tropieza con unos lunares
de viento que siempre rondan por allí. Hace ya mucho que andan buscando de
dónde vienen esas filtraciones: si de la cámara de refrigeración, que
mantiene a nivel estable la temperatura del santuario, o de la criatura que
yace arriba y que cuando suspira, cuando en medio de la noche suelta sus no
suspiros lastimeros, deja rastros como burbujas. Moscas de frío, las llama
el General.
Sienta, López: esas corrientes de aire. La casa ya se nos vuelve inhóspita.
Igualito a los perros: ladra cuando se le va el dueño.
Por fin entran en el claustro. El secretario entreteje las hojas de una
carpeta y otra como mezclando naipes. Que la historia vaya de allá para acá,
que la historia no vaya: eso no altera las consecuencias. A ver, López, ¿qué
ha hecho? El General busca una frazada y se cubre las piernas. Usted
reléveme leyendo. Tengo que descansar los ojos y la voz. ¿A dónde estábamos?
Señor en una duda. ¿Suprimimos o dejamos tal cual sus reflexiones sobre la
vida militar? Son extensas. Y técnicas. Algún lector se nos podría quedar
durmiendo en el camino. López, ¿y usted qué piensa: que voy a eliminar
precisamente la matriz de mi doctrina? De ahí sale todo, de lo que yo digo
sobre la milicia. ¿Cómo no se da cuenta? Lo demás no soy yo. Perón viene de
ahí: es el troupier, el pedagogo de la conducción, el estratega de palacio.
No tengo más sabiduría que la del conductor. Y usted pretende que no diga
eso. Que ande como un mono, por lo anecdótico, de rama en rama. En lo
absoluto. Me importan un carajo los lectores. Que se duerman. Que se retiren
a sus invernaderos y ensordezcan. Quede bien claro esto. No seguiré adelante
sin explicar qué clase de soldado he sido. ¿Me comprende? Comprendo:
Todo militar debe saber que su oficio es manejar hombres. Conducir. Conducir
es un arte, y como tal tiene una teoría, que es lo inerte del arte. Pero lo
vital es el artista. Cualquiera puede pintar un cuadro y esculpir una
estatua, pero una Piedad como la de Miguel Ángel o una Cena como la de
Leonardo no existirían sin ellos. Cualquiera es también capaz de conducir un
ejército, pero si se quieren batallas que sean obras maestras como las de
Alejandro el Grande o Napoleón habrá que buscar a un general que haya nacido
igual, ungido por el óleo sagrado de Samuel. Un conductor no se hace por
decreto. Nace. Tal como los artistas verdaderos.
(Son las mismas palabras que ya hemos repetido tantas veces, mi General. Por
eso dudo. Así las escribimos en aquel primer libro, déjeme ver el titulo
completo. Ajá. "Guerra Mundial 1914. Operaciones en la Prusia Oriental y la
Galitzia, Tannenberg, Lagos Masurianos, Lemberg. Estudios estratégicos", sin
cambiar una coma. Después aparecieron en todos sus discursos y clases sobre
la conducción, calcadas. Y en las declaraciones a los periodistas. No faltó
quien nos siguiera la pista. Alguien dijo que al principio, cuando Perón
citaba a Napoleón y Schlieffen, les concedía comillas, notas al pie,
sinopsis bibliográficas. Y que más adelante ya se nos olvidaron esos
pruritos. Que nos apoderamos de cuanta frase célebre teníamos a mano. Pienso
que ahora podríamos cambiar, buscar otras palabras para la misma idea. Ser
más nacionalistas. Patrocinar lo nuestro. No seguir con Leonardo sino hablar
de Quinquela. Señor, ¿qué le parece? El General se opone rotundamente. Los
argentinos ni siquiera saben quién es Schlieffen, López, y con el tiempo se
olvidarán de lo que Napoleón dijo o no dijo. Preguntarán: ¿Tal frase? ¡Ah,
es del General! Y ahí acabará todo. No se preocupe, hombre, nadie osará
mancharme, ni siquiera de plagio. A mi pobre país no le queda otra cosa que
Perón. Me tiene a mí, y adiós. Yo soy la Providencia, el Padre Eterno.
Déjese de macanas, López. Siga.)
En la escala de mis ambiciones, la prioridad ha sido hacer el bien y dentro
de eso, a quienes más lo necesitan. Nunca he podido explicarme el amor a la
patria alejado de este concepto humano, como tampoco entiendo la grandeza de
la patria sin un pueblo feliz. Prefiero un pequeño país de hombres felices a
una gran nación de hombres desgraciados. Comprendo a quienes sólo trabajan
para si mismos. Es más, los justifico. Me parece lógico que reciban el
beneficio material de sus afanes. Pero mucho mejor comprendo a los que
trabajan para los demás sin esperar nada como recompensa.
(Perón y Jesucristo un solo corazón: descubre López. Me parece preclaro. De
una perfecta tonalidad celular. Y el General, desabrigándose de la frazada,
suspira: Es mi sermón de la montaña, López. Mi canto de bienaventuranza.)
Cada vez que repaso el itinerario de mi vida no me arrepiento de nada. No
tengo de qué. Siempre pude dormir sin culpas. Me han calumniado, han
arrojado sobre mi nombre las ofensas más canallescas. Hasta matarme
quisieron. Nada me ha inquietado ni me importa, porque respondo sólo ante mi
conciencia. Y con ella estoy en paz.
No tuve otro vicio que los cigarros, y hasta el sol de hoy no he podido
quitármelo. Fumaba Caftan, Condal, lo que viniera También Ombú he probado.
No sé de qué lo hacían. Sólo recuerdo que los pulmones oían Ombú y echaban a
correr.
Puedo vanagloriarme de haber sido un buen comandante de compañía. De los
ciento diez hombres que tuve bajo mi mando, a uno lo hice nombrar gobernador
de Buenos Aires y a los otros los convertí en ministros y embajadores. Todos
eran humildes pero leales. Se hubieran hecho matar por mí. Eran épocas
turbulentas, de profundos cambios ideológicos. El ventarrón de las
inmigraciones había menguado y tanto en el lenguaje cocoliche como en las
infaltables ravioladas de los domingos empezábamos a asimilar la influencia
gringa. Un sainete de Armando Discépolo, Mustafá, nos convencía de que por
fin la mescolanza producida una "raza forte". Sin embargo, Buenos Aires era
un nido de conventillos. las empleadas de comercio, las costureras y las
maestras ganaban apenas para comer. En las fábricas les pagaban veinte pesos
mensuales a las aprendizas, y un par de zapatos berretas costaba quince. Por
supuesto, a los visitantes ilustres les mostraban una ciudad bien distinta.
El príncipe Umberto de Sa-boya, el maharajá de Kapurtala y Eduardo de Gales,
que llegaron casi al mismo tiempo, en la época de Alvear, no conocieron sino
palacios suntuosos. Nadie los llevó a ver los remates de mujeres que hacían
los rusos en los prostíbulos del puerto. Yo mismo vi vender a una polaquita
de quince años que había llegado engañada con promesas de casamiento, por
una pulsera de plata y doscientos pesos. En vez de mostrarles los mataderos,
donde se respiraba la miseria, a los príncipes les exhibieron los toros
campeones de la Rural, que no cagan sino soretes de dieciocho kilates.
Un episodio marcó mi pensamiento para siempre. Fue el discurso que Leopoldo
Lugones pronunció en Lima, en el centenario de la batalla de Ayacucho.
Desató una batahola tremenda entre los liberales y los galeritas, que le
reprochaban su admiración por Mussolini, pero a los oficiales jóvenes nos
dio bastante que pensar. Empezamos a tomar conciencia de que el ejército
debía ser la brújula de la patria. Los políticos estaban corrompidos y, por
fortuna, no tenían el menor contacto con nosotros. Para mantenernos al
margen de la corrupción, el general Agustín P. Justo, ministro de la Guerra,
le pidió al presidente Alvear que prohibiese por decreto la participación de
los militares en los partidos. Nuestro mundo era el cuartel, pero dentro del
cuartel estaban los símbolos de la patria. Debíamos velar por ellos.
Leopoldo Lugones expuso maravillosamente aquellas ideas. En Lima dijo:
(Me ha costado un trabajo bárbaro dar con ese discurso, mi General. Tuve que
ir a buscarlo a la biblioteca de la avenida Calvo Sotelo. Pero aquí están
las frases que usted quería):
"Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Pacifismo,
colectivismo, democracia son sinónimos de la misma vacante que el destino
ofrece al jefe predestinado, es decir al hombre que manda por su derecho de
mejor, con o sin la ley, porque éste, como expresión de potencia, se
confunde con su voluntad".
(Repita la lectura, López. Vale la pena. Era la primera vez que un prócer
civil se alzaba para decirnos: Militares, ocupen el poder, les corresponde
por naturaleza. Otros lo hicieron después en estos últimos años. Pero ya no
son próceres ni nada. Son vivillos: vicarios de las empresas extranjeras. De
aquel glorioso ejército sólo quedan andrajos. Mire a los generales. Están
asustados. Todos tiemblan ante mi nombre. Me quitaron el titulo, el
uniforme, y ahora no saben qué inventar para impedir mi venganza. ¿Quiere
los sueldos atrasados, mi General?, me dicen. ¿Quiere una estatua en Campo
de Mayo? Son unos pobres muchachos. Tienen miedo de que los deje sin la
pitanza. No les importa más que la pitanza, la buena vida, la ventajita. Los
conozco muy bien. A uno que vino por aquí tuve que darle un tranquilizante.
Hombre, le dije, yo no haré nada contra usted. Ya estoy amortizado. No me
confunda con el conde de Montecristo. Ahora, si su conciencia le reclama
porque usted obró mal, ya no es problema mío. Son gente mal acostumbrada.
Van directo al acomodo. Y para colmo, no agradecen. Vea lo que hicieron con
el pobre Lugones. Un civil honorable, un verdadero tribuno. Se pasó cinco
años golpeando a la puerta de los cuarteles. ¡Tomen el poder!, predicaba.
¡Tomen de una vez el poder! Y cuando al fin lo hicimos, en 1930, ¿qué se le
ofreció a cambio? Un cargo de maestro. Aquello fue una burla. Lugones se
vino abajo. Yo quise hablar con él en el Circulo Militar, donde hacíamos
esgrima. Lo encontré muy distante. Vivía angustiado por no sé qué desgracias
personales. Me trató cortésmente. Convinimos una cita. Pero al día siguiente
me mandó una esquela, postergándola. Desde entonces, cada vez que se cruzaba
conmigo me decía: Será más adelante, Perón, más adelante. Yo entendí: será
nunca. Las aflicciones lo habían vuelto inaccesible. Al poco tiempo se mato
en un recreo del Tigre... Basta ya. Volvamos a la otra parte del discurso de
Lima. Hombre, ¿por qué no sigue de una vez?)
"El sistema constitucional del siglo XIX está caduco...
(Tal cual. Lo que yo dije en mi mensaje al Congreso, el año 48: que la
Constitución argentina era un artículo de museo. Lugones tenía razón. No era
posible seguir aceptando una ley de la época de la carreta...)
"El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de
organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica. Sólo
la virtud militar realiza, en este momento histórico, la vida superior que
es belleza, esperanza y fuerza."
Fui de los pocos oficiales que apreció en toda su magnitud el proyecto de
Lugones. Pero yo era un teniente primero apenas. ¿Qué podía hacer? El poder
estaba demasiado lejos de mi. Lo único que ambicionaba era diplomarme en la
Escuela Superior de Guerra y casarme con una chica decente, que fuera del
agrado de mis superiores.
A mediados de 1925, después de pasar algunos meses reclutando aspirantes a
suboficiales en Santiago del Estero, pedí que me destinaran a la Escuela de
Guerra. Una vez más iba siguiendo los pasos de mi mentor, el mayor Descalzo,
a quien habían confiado allí la cátedra de Organización. Rendí un examen
sobresaliente. Cuando me admitieron, sentí que la vida volvía a empezar.
Quien vive una sola vez es como si no hubiera vivido nunca. No hay otro modo
de sentir la vida que comenzándola, sin espetar a que llegue el fin.
Comenzándola siempre.
(Quédese quieto. López. Lea sin darle tantas cavilaciones al cuerpo. ¿Qué
busca en esas fotos, hombre? ¿Para qué revolea tanta hojarasca? Son espacios
en blanco, mi General. Las Memorias que usted ha mandado al purgatorio. Vea
esto. Los apuntes de clase, 1926. Y aquí: una etiqueta de cigarrillos.
Combinados Mezcla, los que de veras fumaba usted. Y estas cuentas borrosas:
recibos de alquiler que pagaba por un bolín en la calle Godoy Cruz, con
otros seis oficiales. Observe las fotografías: están veladas por una sombra
triste. Usted sonríe ante la cámara y sin embargo parece que se estuviera
yendo de allí. Se va desvaneciendo, cada vez más sepia. He apartado también
recuerdos que le hicieron daño. Vea por aquí el verano de 1925. Usted llegó
entonces al campo de la familia, en la Sierra Cuadrada del Chubut. Su padre,
magro ya, no tenía más distracción que la recua de nietos. Mario Avelino se
había casado con Eufemia Jáuregui. Engendraron cuatro hijos: el segundo,
Tomás Domingo, llevaba el nombre que me fue usurpado. Advertí que una
enfermedad mortal amenazaba a mi padre. A duras penas lo convencí de que
viajase conmigo a Buenos Aires, en procura de médicos. Deténgase en la foto,
mi General. Vea la meseta yerma donde vivían, enclavada entre las oscuras
pirámides de piedra. Y aquí, el laberinto de acequias que fue cavando su
madre con ayuda de los peones. El portal, el letrero: "Estancia La Porteña"
¿puede ver el recuerdo? Todo lo veo, López, como si fuese ahora.
Cuando los médicos de Buenos Aires examinaron a su padre ya no le
permitieron volver. La arteriosclerosis se lo comía. El pobre viejo apenas
caminaba. Tuvimos que comprar una casita en la calle Lobos casi esquina San
Pedrito, al sur del barrio de Flores, e instalarnos allí, con doña Juana.
Ella, mi General, regresaba al Chubut para la esquila. No más de tres
semanas. Y luego, ¡con cuánto afán velaba junto a la cabecera de mi viejo!
Sabíamos que era inútil. El cuerpo de don Mario Tomás, que alguna vez creí
eterno, adelgazaba y se desvanecía.
Fue por entonces que usted conoció a Potota. ¿Recuerda cómo? ¡Qué voy a
recordar! ¡Hace ya tanto! Sería en un baile de familia, en Palermo. A ver.
Fue, creo, en una fiesta del Círculo Militar. Oigo la música de un vals.
Saqué a María Tizón, la hermana de Potota. Y luego a ella. Conversamos de
cine. La oí tocar la guitarra.
Aurelia se llamaba, mi General. Era la sexta hija de Tomasa Erostarbe y
Cipriano Tizón: él era dueño de un negocio de fotografía y militaba en la
Unión Cívica Radical. A ella, por el celo con que cuidaba a las hijas, le
decían señora Eros Estorba. Potota era la más bajita. Tenía una extraña voz
ronca, bien afinada. Temple de voz quebrado, como el de Eva. Ya no me ponga
en fila los recuerdos, López. Cállese. Cuenta mi vida como si fuera un
inventario de Gath y Chávez. No soy yo el culpable, mi General. Son los
blancos que usted quiere dejar en las Memorias. ¿Toca el blanco? ¿Puede oler
los silencios? Ajá, López. Así es. Ponga de una vez fin a estos paréntesis.
Que Isabel nos avise cuando sirva el almuerzo. Y mientras tanto, lea. Siga
con las Memorias verdaderas):
Los estudios, que me condenaban a una vida sedentaria, aflojaron mi cuerpo.
Engordé. Llegué a pesar noventa kilos. Avanzados ya los cursos, en 1927,
llegó a la Escuela de Guerra el general Alexis von Schwartz, un brillante
profesor de Fortificaciones Militares que había servido en el ejército
imperial ruso. Después de clase, yo solía caminar con él por Palermo.
Hablábamos de Moltke, de Jomini, de Clausewitz y otros teóricos de la
guerra. Pero al despedirnos, siempre me repetía "Ninguno es tan grande como
el conde Schlieffen".
No era fácil encontrar entonces libros de Schlieffen. En la Revista Militar
publicaban sólo artículos sueltos que me acicateaban la curiosidad. Schwartz
me pasó una obra sobre la batalla de Cannae, en italiano. En una noche la
devoré.
Al principio, me desconcertó el número casi infinito de planes estratégicos
que había elaborado Schlieffen en el curso de su vida. Después me intrigó el
hecho de que un plan se contradijera frecuentemente con otro que había sido
preparado para la misma campaña. Pensé: esto no puede ser casual. Responde a
una concepción original de la guerra. Vislumbré que Schlieffen era un genio
y que aun después de muerto no se lo comprendía.
Veamos: año tras año, y aunque las circunstancias siguieran siendo las
mismas, Schlieffen organizaba concentraciones de fuerzas en los puntos que
antes había dejado al descubierto. Diseñaba una estrategia, la defendía como
insuperable, y casi de inmediato diseñaba una nueva para demoler la
anterior. A la vez exigía que sus oficiales preparasen un plan A, de
batalla, y otro B, que contradijese al anterior pero fuera también perfecto.
¿Para qué le servían esas paradojas aparentes? ¡Ah, tal era el secreto de su
grandeza! Hasta en dogmas tan inquebrantables como el que impone aniquilar
primero a un enemigo antes de volver las fuerzas contra el otro, Schlieffen
se mostraba desconcertante. Aconsejaba luchar en todos los frentes a la vez.
Su primer mandamiento era la lucha ofensiva. Al ataque, siempre al ataque,
aun ante adversarios superiores.
Casi todo lo que sé hoy lo aprendí entonces. Y lo apliqué a la política.
Clausewitz opinaba que la guerra es una continuación de la política por
otros medios. Para mí las cosas suceden al revés: la política es una
continuación de la guerra por otros medios, pero con las mismas tácticas.
Años más tarde, cuando me reprochaban una frase irritante, yo podía
responder, extrañado: ¿Cómo es posible, si en la ocasión tal o cual afirmé
lo contrario? Nadie puede hacerme responsable de una sola idea que no cuente
con su reverso. Con la Iglesia, el ejército, el petróleo, la reforma
agraria, las formaciones especiales, la libertad de prensa, he mantenido
siempre dos actitudes, dos o más planes, dos o más líneas doctrinarias: por
mi naturaleza adversa a todo sectarismo y porque soy un conductor. No puedo
andar midiendo las cosas con la vara de un solo dogma. Esa fue la mejor
enseñanza de Schlieffen.
En mis archivos he conservado todas las explicaciones de la realidad: las
que se veían en positivo y también las que se veían en negativo, porque
tarde o temprano me servirían unas u otras. Por supuesto, ese juego con los
opuestos no puede aplicarse a la bartola, sino respetando líneas muy claras
de pensamiento, de las que bajo ningún concepto debe apartarse el conductor.
Las mías se resumen en tres apotegmas: soberanía política, independencia
económica y justicia social. Que a los ricos y pobres nada les falte. Que
para todos haya igualdad de oportunidades.
En los momentos más negros de la vida, cuando mis adversarios arremetían
brutalmente contra mí, confiados en la superioridad de sus fuerzas, yo
respondía atacando. Ataca, me decía. Y pensaba en Schlief-fen. Ataca, que
algo queda.
No todas eran lecturas en la Escuela de Guerra. Se nos imponían también
largas marchas de reconocimiento por terrenos escabrosos y trabajos de
geodesia en la frontera. Los que debí emprender en los Andes, entre Mendoza
y Neuquén, me dejaron con los ojos hambrientos de naturaleza. Yo no era
Mahoma, pero la montaña venía hacia mí. La montaña se iba acercando a mi
destino.
Me faltaba poco para cumplir treinta y tres años: la edad en que los hombres
hacen su más profundo examen de conciencia. Ciertas cosas ya estaban claras:
la patria era mi vida, y el ejército mi camino para servirla. Los oficiales
más esclarecidos procuraban zafar al país de su fatalidad agropecuaria y
exigían al presidente Alvear que organizara industrias nacionales
administradas por las fuerzas militares, comenzando por la siderurgia.
Bajo el ministerio de Agustín P. Justo, el ejército se había convertido en
un factor importantísimo de poder. Era el que sacaba las papas del horno
cada vez que se alteraba la paz en las provincias, el que reprimía los
asaltos a la propiedad privada en el Chaco santafecino y en los fundos
laneros de Santa Cruz. ¿Y a cambio, qué recibíamos? ¡Mendrugos! Sólo la
tenacidad de Justo forzó algunas mejoras en el presupuesto militar. Los
anarquistas mataron a un teniente coronel, y a la viuda la arreglaron apenas
con un telegrama de pésame.
Ya estábamos cansados de palabras. Eran tiempos de violentos cambios. Nadie
ofrecía un proyecto nuevo al país aparte de nosotros. Y nadie más que
nosotros podía llevarlo adelante. Pensé que pronto las fuerzas sanas de la
patria vendrían a golpear a las puertas de los cuarteles. Y que debíamos
prepararnos. Recuerdo el día en que Yrigoyen fue elegido para la presidencia
por segunda vez. Era una tarde, en abril. Empezaban las lluvias. Fui a la
casa del teniente coronel Descalzo y a través del balcón miré a la calle: la
gente que corría, las voiturettes, los árboles amarillos. Sentí que se
anunciaba para la Argentina una enorme tristeza. Le dije a mí mentor: "Este
país ya no será el mismo cuando se haya ido el doctor Alvear. Los políticos
son una especie moribunda. Yrigoyen ocupará el gobierno, pero los militares
tendremos el poder". Descalzo me oyó sorprendido: "Perón, ¿usted quiere el
poder?". Y yo le respondí: "No es cuestión de querer o no querer. Es
cuestión de destino".
Cuando la soledad de los estudios en la Escuela de Guerra se me hizo
intolerable, comencé a buscar una chica decente, de familia, que tuviera
sensibilidad y don social. Encontré esas cualidades en Aurelia Tizón, a
quien por su dulzura llamaban Potota, lo que significa "preciosa" en la
media lengua de los niños. Era maestra normal, aficionada a la pintura y a
la música. Tocaba con mucha gracia la guitarra y el acordeón. También solía
declamar versos de Juan de Dios Peza y Santos Chocano con un expresividad
increíble. Advertí en seguida que su temperamento armonizaba con el mío.
Ella me alentaba en los estudios y con la mayor discreción se situaba
siempre en un segundo lugar. Como su familia tenía excelentes vinculaciones
con los radicales. Potota unía lo conveniente a lo agradable. Pedí su mano
en marzo de 1928. Pensábamos casarnos en octubre, pero la arteriosclerosis
de mi padre se agravó y al pobre viejo lo perdimos el 10 de noviembre. Fue
apagándose y murió sin una queja.
Debido al luto postergamos el casamiento hasta enero. Nunca he tenido buena
memoria para los detalles domésticos, que suelen servir más a la
chismografía que al verdadero conocimiento de las personas. Y de Potota no
quiero recordar sino eso: el noble amor que me brindo durante casi diez años
de matrimonio.
(Hemos dejado a la esposa sin edad. López interrumpe la lectura, en el
claustro, y desempaña los anteojos con el aliento: volviéndolos a empañar.
¿Púber? ¿Impúber?, ¿una lolita? Aquí tengo un manojo de fechas confundidas,
mi General Hay quienes dicen que no llegaba ella a los veinte años cuando se
casó; otros, que a los diecisiete. Un caudillo radical de Palermo, Julián
Sancerni, me ha prestado estas fotos. Véalas:
1912. Es la esposa en la infancia. De pie, a la izquierda, Sancerni luce una
escarapela. Ella se oculta en la fila del medio, la sexta desde la derecha,
con un vestido gris de cuello blanco. Ya tan temprano le despuntaba una
sonrisa de Gioconda y en los ojos había, ¿se da cuenta?, el reflejo de una
luna en menguante: la señal de las muertes prematuras. Ambos, Sancerni y
ella, no pasaban de los nueve años. Calculemos, entonces, que nació en 1903.
Ha de tener razón, López. Así sería. Vea esa expresión de la muchacha: tan
alejada, oscura, como si no me hubiera conocido. ¿Esta era ella, entonces:
Potota? Nunca quiso llamarme por mi nombre. Me decía Perón. Hasta en los
momentos de más mínimo desahogo yo era siempre Perón.)
Al regresar de nuestra luna de miel en Bariloche ya se había publicado mi
nombramiento como oficial del Estado Mayor. Supe también que, por
intercesión del teniente coronel Descalzo, me iban a confiar la cátedra de
Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra. Me sentía dueño del
mundo. Mi tesis sobre la batalla de los Lagos Masurianos apareció en la
Biblioteca del Oficial. Todas las ideas que fui exponiendo en el curso de mi
vida ya están expresadas allí con claridad Esgrimí la bandera de "La Nación
en armas", que no es sino la subordinación de las industrias, servicios y
energías del país al objetivo de la defensa nacional. Sostuve allí también,
siguiendo a Schlieffen, que todo ejército, por vigoroso que sea, decae,
envejece y muere con su conductor.
(El General emerge de su modorra. Aparta la frazada y se incorpora. Saque de
ahí esa frase, López Rega. Ponga más bien: Un ejército ya organizado
sobrevive intacto, aun después de la muerte de su conductor. El secretario
se inquieta. ¿Mover la frase? Mi General, no es sano. Proviniendo de
Schlieffen, no lo aconsejo. Más bien sugiero completar el sentido. Decir,
¿qué le parece?: Todo ejército podría envejecer y morir con su conductor si
no tuviese un conductor de relevo, un heredero, un poder que llega ungido
por el poder que se va. Punto y aparte.
No me revuelva las órdenes, López. Haga lo que le digo. Corrija de una vez
esa barbaridad.
...que todo ejército ya organizado sobrevive intacto aun después de la
muerte de su conductor. Hasta la saciedad sostuve allí que el éxito no se
improvisa sino que se prepara. "El conductor ha de buscar la victoria hasta
el último extremo, soportando virilmente los golpes del destino." Dediqué
aquella obra a quien lo merecía: "Al teniente coronel D. Bartolomé Descalzo,
como una pequeña amortización de mi gran deuda de gratitud".
El país, mientras tanto, andaba a los rumbos. Yo compartía la decepción de
todos. Mis simpatías por Li-sandro de la Torre se desvanecieron en 1923,
cuando él se opuso a las compras de armamentos que reclamaba
desesperadamente el coronel Agustín P. Justo, por entonces ministro de la
Guerra. Más tarde me inquietaron las ambiciones de Hipólito Yrigoyen, quien,
a los setenta y seis años, cuando ya lo aquejaba una visible incapacidad
senil, quiso ser reelegido presidente.
(Subráyeme todo eso, López. Yo a los setenta y siete años regreso a mi país
lúcido y sin ambiciones. Que la diferencia quede clara.)
Y aunque Yrigoyen se alzó con el sesenta por ciento de los votos en los
comicios de 1928, la inconformidad subía de punto dentro del ejército. Una
de las comidillas más frecuentes en los casinos era que, apremiado por los
oficiales superiores, el general Agustín. P. Justo, al que acababan de
ascender, encabezaría un movimiento de salvación nacional con un gabinete de
alvearistas. Tanto corrió la voz que Justo debió publicar una carta
desmintiendo el infundio.
El ejército se dividía en dos a las bien definidas: a una la podríamos
llamar "evolucionista". Sostenía que los argentinos debíamos echar a patadas
a las hordas de Yrigoyen y acabar con el culto a su personalidad, pero nada
más. Eso significaba que si el ejército intervenía en política lo hacía sólo
para conservar las estructuras tradicionales del país y llamar a elecciones
lo antes posible. La otra línea, de tinte "reformista", pretendía cambiar
por completo la organización del Estado, adaptándola a los modelos de paz y
orden impuestos por Mussolini y Primo de Rivera. Cada uno tenía sus líderes
naturales. El conductor de los evolucionistas era Justo; el de los
reformistas, José Félix Uriburu, un general puro y bien intencionado, hasta
cuando conspiraba.
Ningún oficial sensato podía mantenerse al margen. En toda revolución sucede
que un veinte por ciento se manifiesta a favor, un veinte por ciento en
contra, y el resto no está con nadie. Espera y luego se pone de! lado de los
que ganan:
Bastó que Yrigoyen asumiera el gobierno para que nos cayera encima la mala
suerte. Los precios de la carne y el trigo declinaron. Por las ciudades
vagaban los desocupados, los crotos, los linyeras. Los únicos negocios
florecientes eran la prostitución y el alquiler de conventillos, que estaban
en manos de judíos. Yo era un simple capitán, y como tal vivía un poco al
margen de aquellos dramas de altura. Al margen, pero no insensible. Recuerdo
el carnaval de 1930, el corso de la Avenida de Mayo, las alegrías fingidas
de la gente. Antes, las máscaras jugaban con agua perfumada, había lances de
amor, los desconocidos se abrazaban. En aquella ocasión vi mucha gente sola,
desentendida, que arrojaba papel picado sobre las murgas como si fuera un
deber. Hasta un gigante apareció, disfrazado de Rey de la Locura. Y nadie le
llevó el apunte.
Con otros dos capitanes solíamos ir al cine los días de moda, a la función
vermut. Siempre había turbas de mendigos rondando junto a las puertas.
Andaban como racimos, infectados de granos, tosiendo. Yo presentía lo peor.
Y, sin embrago, desconocía la intensidad de aquella desgracia. Fui de los
primeros en unirme al movimiento que acabaría con Yrigoyen el 6 de setiembre
de 1930. Llegué dispuesto a dar la vida por ese ideal. Pero me preguntaba:
¿Yrigoyen vale tanto? ¿No es él un hombre de temple esquivo, que huirá más
bien cuando oiga el primer tiro?
Tuve mi primera reunión con el general Uriburu en junio de 1930. Allí me
comprometí a conversar con Descalzo para sumarlo a la conjura. Mi mentor
estaba tan preocupado como yo por la proliferación del anarquismo. Se habían
formado soviets en los talleres de linotipia y en los cuarteles de bomberos.
La gangrena avanzaba.
A comienzos de agosto, hasta el ministro de Guerra conocía los detalles de
la conspiración militar. Nadie, sin embargo, se interesaba en frenarla. No
faltaba quien, en aquel caos, creyera que el propio Hipólito Yrigoyen quería
ser derrocado, para irse a descansar a su casa. Cuando le hablaban de
revolución el presidente contestaba: "Nada ocurrirá. Son agitaciones
políticas pasajeras". ¡Pasajeras! El 6 de setiembre de 1930 murió una
Argentina y otra ocupó su lugar. Cuál era mejor lo dirá la historia Pero
aquel día fue como la línea que trazó el conquistador Pizarro sobre la
arena, en su marcha hacia el Perú. Una línea sin regreso. Ya nunca más
seríamos como éramos.
Hasta el vicepresidente Enrique Martínez tenía sus propios planes para el
golpe. El pobre pensaba que los militares íbamos a premiarlo con un ascenso.
Pero cuando se dio cuenta de que con nosotros no se juega, fue de los más
apurados en irse de la Casa de Gobierno.
Yrigoyen, postrado desde varios días atrás, con una seria congestión
pulmonar, tuvo al menos la entereza de levantarse de la cama y buscar ayuda.
La revolución triunfó por milagro porque, hasta última hora, la mayor parte
de los conspiradores seguía indecisa Temía que se diera vuelta la tortilla y
en vez de un desfile triunfal por la Plaza de Mayo, la fiesta terminara en
el penal de Ushuaia. ¿O vamos a olvidar que el amanecer del sábado 6 de
setiembre, cuando el general Uriburu emprendió la marcha sobre la Capital,
no lo acompañaban sino el Colegio Militar y la Escuela de Comunicaciones? El
grueso del ejército esperaba órdenes, no se sabe de quién. Las fuerzas de
Campo de Mayo y de Palermo se plegaron al golpe sólo cuando Yrigoyen ya
estaba desplomado. Un civil ocupaba el Ministerio de Guerra: un pobre
advenedizo. Y, sin embargo, el ejército dudaba. Dividido, desorganizado,
aquejado de susto y desconcierto, el ejército salió pensando en la derrota.
Un milagro lo salvó. ¿Cuál? La ansiedad civil, la voracidad de cambio, el
gusto por los placeres novedosos que tan rápido prende entre los argentinos.
Yrigoyen ya nos había cansado. Queríamos ver qué tal nos iba con Uriburu.
Como a las diez, me acuerdo, la sirena del diario Crítica anunció con
alborozo la revolución. A las cinco de la tarde, la Casa de Gobierno quedó
abandonada. El pueblo de Buenos Aires se lanzó a la calle y aplaudió el
desfile de las tropas. Sin esa fuerza cívica que nos impulsaba hubiéramos
perdido. Íbamos al encuentro del poder en vilo, levantados en andas. Al
entrar en la avenida Callao, el automóvil de Uriburu recibió un baño de
flores.
Yrigoyen estaba inerme. Las turbas amenazaban su casa. Unos pocos fieles lo
llevaron al palacio de la Gobernación, en La Plata, con riesgo de que se les
muriera en la travesía. Ojeroso, descarnado, el presidente caminó por unos
salones de hielo. En aquella ciudad ajena, inventada, casi una ciudad
imaginaria, todo le resultaba desconocido. Debió de sentir miedo. Alguien le
puso una pluma en la mano y le tendió un papel con la renuncia. Yrigoyen
firmó. Era un texto breve. Decía que se iba del gobierno "en absoluto" ,
como si fuera también posible irse a medias. Y subrayaba eso.: "en
absoluto". Hasta en su final, Yrigoyen se mostró desorientado ante la
realidad.
Yo siempre consideré aquella renuncia como un símbolo. Para los argentinos
fue la primera señal de abdicación civil. Con aquel documento, ya nos quedó
marcado el porvenir.
Veamos. Su destinatario no era el Congreso, como correspondía, ni tan
siquiera el general triunfante José Félix Uriburu, sino el jefe de las
fuerzas militares de la ciudad de La Plata, como si el presidente no hubiera
vislumbrado la importancia del gesto. Que al deponer el gobierno ante un
oficial cualquiera, estaba rindiéndose no ante la institución llamada
ejército sino ante la fuerza bruta. Hasta entonces, los militares habíamos
tenido miedo de tomar el poder. El gesto de Yrigoyen nos hizo perder el
miedo para siempre. E introdujo en los civiles la idea de que por el mero
hecho de llevar uniforme, un militar estaba capacitado para lo que fuese:
intervenir un sindicato, dictar leyes, dirigir un colegio y recibir la
renuncia de un presidente.
Tanto fue así, que hasta la Corte Suprema de Justicia se puso de nuestro
lado. El 10 de setiembre, a cuatro días del golpe, los jueces declararon
solemnemente que la fuerza era suficiente argumento para garantizar el orden
y la seguridad de la población.
Como aquí terminaban sus memorias del 30 -dijo López, con los ojos rayados
por la exaltación, en la penumbra del claustro-, he anotado al margen
algunas observaciones. Todo puede enmendarse mientras tengamos tiempo. Oiga
esto, mi General: el cuento que dio usted a publicar hace apenas tres años.
Cuando le dijo a Tomás Eloy Martínez que entró en la revolución del 30 como
uno más, sin culpa, obedeciendo órdenes. Recuérdelo, Martínez, aquel de la
revista Panorama Déjeme que le pase la grabación completa.
De los casettes clasificados con el rótulo "Memorias para Eloy segunda
parte", López toma el segundo. Ajusta el volumen del grabador. La voz del
General invade el claustro, más vieja y empedrada: "El segundo gobierno
de...".
Ponga el sonido más bajo, López, se inquieta el General. Y con el dedo
apuntando al techo, murmura: Respetemos. Nunca olvide a la muerta. La voz
regresa, moderada:
"El segundo gobierno de don Hipólito Yrigoyen no resultó tan bueno como el
primero. El hombre tenía ya muchos años y el fuego revolucionario se le
había apagado. Una corte de tinterillos y empleados de la policía lo
dominaba. Estaba secuestrado en su propio despacho. Cuando un ministro
quería ver al presidente le respondían que estaba muy ocupado. Y cuando
Yrigoyen preguntaba por el ministro, le mentían que andaba de viaje por el
interior. A los obispos y a los almirantes los hacían esperar durante horas
en las antesalas (¡aquellas famosas amansadoras!). Las más de las veces se
marchaban sin poder verlo, porque la corte hacía pasar primero a jubilados y
pedigüeños que lo entretenían.
"El ejército no era insensible a semejantes calamidades y, claro, se produjo
una tremenda reacción. Los jefes plantearon su inquietud. A mí me apalabró
Descalzo. Yo fui uno más, entre los muchos que se comprometieron... Lo hice
sobre todo por espíritu de cuerpo. Pero la que sacó provecho fue la
oligarquía. Advirtió que podía tomar el gobierno por asalto, y así lo hizo".
¿Se da cuenta, mi General? López apaga el grabador. Con tanto zigzag es
fácil desorientarse. Por un lado, usted dice que fue de los primeros en
unirse al golpe. Por el otro, no queda en claro si fue revolucionario por
voluntad o por casualidad, si el presidente Yrigoyen le merecía compasión o
respeto. He sabido también que Eloy Martínez amenaza con publicar una foto
que le tomaron a usted el 6 de setiembre de 1930, llegando a la Casa de
Gobierno en el estribo del auto de Uriburu, con sonrisa de triunfo. Martínez
no es problema. Le damos un buen susto y se acabó. Los documentos se borran,
se destruyen. Eso no me preocupa. Lo que quiero es que elija una sola
versión para los hechos. Una sola: la que fuere. Ahora el General suelta la
carcajada. Tranquilícese, hombre. ¿Eso era todo? Vea cómo son las cosas. Si
he vuelto a ser protagonista de la historia una y otra vez, fue porque me
contradije. Ha oído ya la estrategia de Schlieffen. Hay que cambiar de
planes varias veces al día y sacarlos de a uno, cuando nos hacen falta. ¿La
patria socialista? Yo la he inventado. ¿La patria conservadora? Yo la
mantengo viva. Tengo que soplar para todos lados, como el gallo de la
veleta. Y no retractarme nunca, sino ir sumando frases. La que hoy nos
parece impropia puede servirnos mañana. Barro y oro, burro y oro... Usted
bien sabe que yo no digo malas palabras, pero para la historia no hay sino
una. La historia es una puta, López. Siempre se va con el que paga mejor. Y
cuantas más leyendas le añadan a mi vida, tanto más rico soy y con más armas
cuento para defenderme. Déjelo todo como está. No es una estatua lo que
busco sino algo más grande. Gobernar a la historia. Cogerla por el culo.
¿Qué groserías son ésas?, golpea Isabel a la puerta del claustro. Y
abriéndola, sin pasar, protesta, con las manos en la cintura. Vean a los
señoritos entretenidos en chismes de hombres mientras yo abajo chalada, ya
no sé cómo hacer con el teléfono. Llaman de todas partes. Cámpora, que si
viene. ¿Qué le digo? Del palacio de El Pardo, no sé cuántas veces: que si el
General querrá despedirse del Caudillo en La Mon-cloa o en Barajas. Un
ministro de Cámpora, ni siquiera sé cuál, pregunta por la agenda de mañana.
Y yo no he podido sentarme un segundo a elegir qué zapatos me llevo a Buenos
Aires. Las maletas de todos ya están listas pero las mías son un desastre.
No atiendas más, hijita. ¡Pobre! Que nos dejen en paz. Yo estoy muy atrasado
con todo este trabajo. ¿Y la guardia, qué hace? Que un guardia se siente
junto al teléfono y diga: En la casa no hay nadie. El General se ha ido.
López: cierre la puerta. Póngame la frazada. Las corrientes de abajo me han
enfriado las piernas. Prosiga de una vez, hombre. Muévase, hacia el otro
año...
Se han escrito muchas estupideces sobre lo que yo hice aquel 6 de setiembre.
Que acompañé a Descalzo hasta el cuartel de Granaderos, lo sublevé y marché
con ellos sobre la Casa de Gobierno. Son pamplinas. Lo único cierto es que
pasé dos días sin ver a mi familia, afeitándome con una navaja mellada para
estar presentable.
Aquí hay una hermenéutica y, por lo tanto, deben revisarse los textos.
Descalzo, mi mentor, había sido nombrado en la Escuela de Infantería. Yo no
quería dejarlo ir solo. Una vez más, él arregló mi pase. Cuando lo
consiguió, brindamos por el nuevo ejército y la nueva patria. Estábamos
cayendo en desgracia, pero aún no lo sabíamos.
Ya en las primeras semanas de la revolución los generales Uriburu y Justo
estaban enredados en un pleito por el poder que nos convirtió a todos los
oficiales en sospechosos. Se castigaron las lealtades. A Descalzo, que
gozaba de la plena confianza de Justo, lo apartaron de la escuela de
Infantería y lo destinaron a un distrito fronterizo en Formosa. Yo fui más
afortunado. Me declararon en comisión. Y para que no permaneciera de brazos
cruzados, me inventaron un trabajo de reconocimiento geográfico en el
extremo norte. Involuntariamente me hacían un favor. Cabalgando por las
quebradas de Salta y Jujuy, el país entró en mí como nunca Se me encendieron
los sentidos.
Para el pueblo se abrían años terribles. Yo fui el único de todos los
militares que no decepcionó a la gente. No reivindico para mí otro mérito
que el de haber mirado y combatido. Lo que me enseñaron los ojos, luego lo
ponía en marcha mi corazón.
En el Chaco, en Formosa o en Misiones había miles de hombres que no conocían
las alpargatas y se asustaban al ver un automóvil. En el puerto de Buenos
Aires los crows levantaban de la noche a la mañana barrios de latas y cartón
prensado, que los turistas iban a ver como si se tratara de un espectáculo
folklórico. En Avellaneda el clan conservador de don Alberto Barceló
regalaba bolsas de papas y yerba a los pobres que se aglomeraban a las
puertas del comité. Pero al mismo tiempo manejaba con puños de acero una
cadena de garitos y prostíbulos.
Hasta Carlos Gardel, que fue un gran hombre, sufrió la confusión de aquellos
años. Se hizo amigo de un tal Ruggiero, guardaespaldas de Barceló, y los
domingos por la tarde, a la salida del hipódromo, aceptaba cantar en las
milongas de Avellaneda. Tanta era la intimidad, que don Alberto le consiguió
a Gardel el pasaporte falso que usó toda su vida. Por gratitud, al retirarse
de las veladas, Gardel se despedía con el vals favorito de Barceló:
"Ay, Aurora me has echado al abandono. Yo que tanto y tanto te quería... ".
A esas milongas solían caer oficiales de alta jerarquía, y si a uno lo
invitaban, no había excusa posible. Yo debí acudir unas cuantas veces y
hasta tuve ocasión de conversar con Gardel. Era un hombre muy simple,
buenazo, con más sensibilidad que inteligencia. Un día quiso saber cuál era
mi pieza preferida para incluirla en el repertorio. Se lo dije:
Dónde hay un mango, viejo Gómez? Los han limpiao con piedra pómez".
Esos versos lo alarmaron. Gardel, como todo artista, era un animal de
cautela. Temeroso de que alguien hubiera oído, me llevó a un rincón,
vichando para todos lados. "Dese cuenta, capitán", me dijo. Yo era mayor
entonces. "Aquí no puedo cantar semejante cosa... Seria faltar a la
hospitalidad..."
Aproveché mi ostracismo temporario para reunir en un libro las clases que
había dado en la Escuela de Guerra. Así nacieron mis "Apuntes de Historia
Militar". Yo seguía buscando apoyo en las teorías de Clau-sewitz y del conde
Schlieffen, pero esta vez definí con mayor claridad otras ideas. Por
ejemplo, la "Doctrina de la Nación en armas". Y también la del comando único
para todas las fuerzas, en la paz y en la guerra. Ambas serian más tarde
piedra fundamental de la organización peronista.
Ya en 1934 publiqué, en colaboración con el teniente coronel Enrique
Rottjer, los dos volúmenes de La guerra ruso-japonesa. Un general tuvo la
osadía de acusarnos de plagio y nos formaron un tribunal de honor amañado.
Por supuesto, fallaron en contra de nosotros, obligándonos a ofrecer
disculpas. Envidias: todas eran envidias.
Cuando eligieron a Justo como presidente de la República, a mí ya me
reconocían como figura de porvenir. Uno de los jefes más probos que ha
tenido el ejército, el general Manuel A. Rodríguez, fue nombrado ministro de
la Guerra. De inmediato me mandó llamar. "Perón", dijo: "He leído sus libros
con cuidado. Creo que nuestras ideas son afines. Desde mañana será mi
ayudante de campo, mi edecán". Por órdenes del ministro, una comisión al
mando del coronel Francisco Fascio Castaño hizo un viaje de reconocimiento a
través de las fronteras andinas, entre Las Coloradas y Villa La Angostura,
al sur de Neuquén. Yo era el segundo de la expedición. La belleza del
paisaje nos cortaba el aliento. En la noche, el aire se volvía
fosforescente. Al amanecer oíamos gemir a los jabalíes bajo los álamos y
abedules. Entre tanto esplendor, los indios que habitaban esas soledades
morían a los veinte años de pestes y abandono. Temiendo que se extinguieran
todos como el fósforo, quise al menos salvar sus restos de la cultura. Me
pasaba días interrogándolos, con ayuda de los lenguaraces, y aunque olvidé
las leyendas tribales rescaté las palabras, para que pudieran usarlas otros
soldados cuando volvieran a esos parajes. Con ellas compuse un diccionario
bilingüe: "Toponimia patagónica de etimología araucana".
Ya en Buenos Aires noté al ministro Rodríguez muy desmejorado. Era el blanco
de todas las fobias políticas. Cada vez que presentaba un plan para comprar
equipos militares, los socialistas le clavaban las uñas. En lo peor de su
enfermedad tuvo que acudir al Congreso. Allí pronunció un discurso
inolvidable. "El militarismo no siempre nace del ejército", dijo. "El
militarismo suele ser un mal que crean los políticos cuando utilizan el
ejército para lo que no deben."
Un hombre así tenía que morir joven. Dicen que lo mató el cáncer. Yo creo
que fue más bien el asco. El país estaba corrompido. Hasta los aristócratas
se volvieron delincuentes. Sin la menor vergüenza andaban enredados en
escandalosos negocios con la carne, los tranvías, la luz eléctrica, los
ferrocarriles. El presidente Justo, mientras tanto, exhibía la más plena
indiferencia. Desde los últimos años de Yrigoyen, la Casa de Gobierno era un
lugar enyetado, maldito.
En octubre de 1935, Rodríguez, ya consumido, me recibió en su casa. "Mi
general", le dije, "quiero irme de aquí. Lo he servido tres años. Gracias a
usted he roto el cascarón y necesito probar mis fuerzas en el mundo". Y
aquel hombre que jamás sonreía, entornó los labios paternalmente. "Está
bien. Váyase", me ordenó.
Comencé con tristeza el nuevo año. Cierto día de febrero me avisaron que yo
sería el nuevo agregado militar en Chile. El general Rodríguez agonizaba.
Apronté mis avíos y me dispuse a cruzar la cordillera en una voiturette.
(Y en este punto, interrumpe López, quise poner la máxima, el acabóse. Lo
puse a usted en letras de carne y hueso.)
He recibido muchas tentaciones del destino. Movéte aquí, movéte allá,
hablaba mi destino, sirviéndome ocasiones en bandeja. Yo dejaba que aquellas
tentaciones se me acercaran, pero no les permitía ser mis dueñas. Iré donde
yo quiera, les respondía. Cada vez que llamaba la suerte a mi puerta, quien
salía a recibirla era mi voluntad. Yo he sido un rumiante del azar. Lo he
masticado y masticado para que me obedeciese. Hay hombres que se dejan
llevar por el destino y por los demás. Yo sólo me dejé llevar por el destino
y por mí.
Y como en el teatro, Isabel espera que se agote el discurso para llamar
desde un recodo de la escalera. ¡General, el almuerzo! ¡Daniel, aquí está
Campera! ¿Qué le digo? Perón suspira: ¡Que pase, hija, que pase! Aparta la
frazada de las piernas y la sacude, por si acaso un recuerdo hubiese caído
allí y alguien, ajeno, pudiera levantarlo. Siente, bajo el rebaño de los
músculos, un cuerpo que ya nada tiene que ver con él y que se mueve como en
los sueños. Lo levanta y, volviéndose a López, repite la queja de la
mariana: ¿Qué drama viene ahora? ¿Qué desgracias me traerá el próximo
capitulo?