|
|
SE
CUMPLEN DOSCIENTOS AñOS DEL NACIMIENTO DE CHARLES DICKENS
El gran cronista del alma inglesa
Desde David Copperfield hasta Oliver Twist, pasando por Los papeles de Pickwick,
entre muchas otras obras, reflejan las grandezas y miserias producidas por la
sociedad victoriana del siglo XIX. Dickens es objeto, en estos días, de
múltiples homenajes.
Charles Dickens es el inglés más leído de todos los tiempos.
Por Silvina Friera
Cuanto más se cierran los ojos, tanto mejor se ve. Se puede volver a la obra de
Charles Dickens, en el bicentenario de su nacimiento, como quien recorre de
memoria, sin tropezarse, el cuarto propio de la infancia con sus manchas de
humedad. Hay una anécdota de incierta veracidad, pero irresistible, como si la
hubiera escrito para la posteridad el padre de David Copperfield. En 1870, al
enterarse de la noticia de la muerte del escritor, una niña en Londres preguntó:
“¿El señor Dickens ha muerto? Entonces, ¿Papá Noel va a morir también?” El
cronista por excelencia del alma inglesa –ese “ojo militar”, como lo llamó Henry
James por sus dotes de gran observador– ocupa un lugar entre las causas de orden
moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución. La desmesura del rol
asignado –-importa poco si se exagera– podría reformularse preguntando si no
habrá sido, después de William Shakespeare, la cristalización de lo más
“revolucionario” que concibió la almidonada sociedad victoriana del siglo XIX.
Pocos escritores han tenido tanta influencia sobre su país. Pocos han edificado
un sólido palacio, que refleja las grandezas y miserias humanas con tanto
desparpajo como alevosía. En los arrabales de Londres, en alguna sala teatral,
esta misma noche de invierno, no faltará el imitador de los personajes
dickensianos que cumpla las exigencias de un público que le pedirá –una vez más–
a los inmortales Pickwick, Sam Weller, Fagin, Gamp o la pequeña y adorable Nell.
El primer hijo varón de John y Elisabeth Barrow Dickens nació en Landport (hoy
parte de Portsmouth) el 7 de febrero de 1812. Una premonición del desastre que
se avecinaba para la familia fue el desfalco de más cinco mil libras que cometió
John, germen de sistemáticos derroches que obligarían al clan Dickens a
sucesivas mudanzas: de Londres a Chatman, en el condado de Kent; otra vez a
Londres y a la tristemente famosa cárcel de Marshalsea. El padre de Dickens, más
pronto que tarde, se hundiría en un océano de deudas. El desfile de acreedores
que se llevaban los últimos muebles del hogar debe haber quedado impregnado para
siempre en la retina de ese niño que entonces tenía diez años. John fue detenido
y llevado a la prisión de Marshalsea. De niño a precoz jefe de hogar. Procurar
ganarse la vida, trabajar en una fábrica y ser humillado, respirar y ahogarse a
cada paso en la injusticia, fue una carga pesada que conjuraría magistralmente
en la que es tomada como su mejor obra, David Copperfield, elogiada por Tolstoi
y considerada por Dickens como su “hijo dilecto”. Nunca borró del disco rígido
de su memoria el desamparo y la desdicha de esos años. “Ninguna de mis obras
alcanza a expresar la secreta agonía de mi alma cuando me vi entre esa gente tan
distinta de los compañeros de mis primeros años felices y sentí que mis
esperanzas de llegar a ser un hombre culto y distinguido se venían abajo”,
reconoció el escritor, mucho tiempo después, cuando ya había sido acariciado por
el éxito y era –es– el inglés más leído de todos los tiempos.
El muchacho que disfrutaba de las lecturas de Robinson Crusoe y Don Quijote tuvo
un puñado de trabajos aburridos y mal pagos hasta que un periódico lo contrató
como redactor parlamentario. El rumbo de ese joven que había empezado a tomar
clases de arte dramático, animado por el afán de ser actor, cambió. Pronto sería
reconocido como el cronista londinense “más concienzudo”. A fines de 1833,
apareció un ensayo en Monthly Magazine titulado “Una cena en Poplar Walk”;
después varias sabrosas viñetas del Londres de la época se publicarían en
diversos medios gráficos bajo el seudónimo de Boz. En la Londres de Dickens
abundan los truhanes y ladrones, tal como los puede imaginar un niño inquieto y
solitario que deambula en una noche brumosa. Pero no todo hombre que ha visto
mucho, con ojos de niño, convierte en materia literaria los “hechos observados”.
Sólo unos pocos acceden a ese Olimpo. Quien ha sufrido la pobreza, puede optar
por dos estrategias de supervivencia: olvidar lo padecido o recordar y preservar
hacia los pobres una simpatía inoxidable. Pero no es suficiente este capital
simbólico previo. También es necesario un anhelo de revancha contra los hombres
duros que conjugan todos los tiempos verbales de la explotación, contra los
hipócritas de doble moral religiosa, que expían sus culpas con una caridad que
en el fondo aborrecen; contra los maestros de escuela que maltratan a sus
alumnos, contra la miseria.
Cuando empezó Los papeles de Pickwick (1836-1837) –entregas mensuales con
dibujos de Robert Seymour, el título que Chesterton más veces menciona entre sus
artículos–, Dickens no tenía la menor idea de cómo proseguiría. Y menos aún,
cómo la terminaría. No había planes; concebía los personajes, los echaba a rodar
y marchaba tras ellos. El primer episodio no fue un éxito inmediato; pero poco a
poco un público reducido descubría cuán divertidos eran Pickwick, sus amigos, y
el genial comediante Jingle. La vuelta de tuerca la encontró en el momento en
que al escritor le cayó la ficha: a su Don Quijote made in London le faltaba un
Sancho Panza a imagen y semejanza. Entonces, sólo entonces, se hizo la luz. Y
apareció Sam Weller, el criado. Samuel Pickwick, fundador y presidente del Club
Pickwick, cuyos miembros sedientos de aventuras viajan por la campiña inglesa,
muta de bufón cuasi ridículo a comerciante “serio”, irresistiblemente simpático
por su bondad y a causa de un sentimentalismo afectuoso, a medida que avanza la
novela. Antes del número veinte, Inglaterra entera se entusiasmó tanto con
Pickwick que aplicó este nombre a toda suerte de objetos, desde abrigos a
cigarrillos. La popularidad de Dickens, paso a paso, trascendería la frontera de
Gran Bretaña.
Los pedidos llovían: todos los editores deseaban tener la gallina de los huevos
de oro. Dickens arrancó con Oliver Twist (1837-1839), la historia de un niño
huérfano educado en una horrible Bastilla de indigentes por brutales maestros.
Esta vez, lejos de narrar aventuras extraordinarias enlazadas desmañadamente
como en Pickwick, gestó un relato continuo donde los chicos del orfanato se
mueren de hambre y sus ropas “parecían flotar sobre sus cuerpos encogidos”. Uno
de esos niños será el elegido para pedir más comida: Oliver. Una seguidilla de
peripecias lo conducirán a Londres; con su inocencia intacta, pese a los
porrazos por ganarse un lugar en el mundo, sin saberlo, Oliver queda inmerso en
el medio de una banda de delincuentes comandada por el pérfido Fagin. Brillante
y emotiva, esta novela no exenta de un tinte melodramático instaló al escritor
en la gloria definitiva. Personajes y autor estarían en las bocas de todos. El
crítico Leigh Hunt exclamaba: “¡Qué cabeza tan asombrosa para encontrarla en un
salón! Posee la vida y el alma de cincuenta seres humanos”.
Como un adicto que sufre la abstinencia con horribles espasmos, Dickens no pudo
dejar de escribir para la inmensa muchedumbre de lectores que sentían como él.
En La tienda de antigüedades (1840-1841), la figura central es una niña, Nell,
rodeada de tipos crápulas y terroríficos. La intención original era concluir
este melodrama con el típico happy end dickensiano, que tanto le reprocharían
adversarios y detractores. Entre 1840 y 1890, un avezado tribunal crítico lo
condenó por la débil psicología de sus personajes, por la ausencia de un plan de
escritura y por cierta extravagancia en sus intrigas. “¡Qué poco amor por el
arte! –se quejó Gustave Flaubert–. Ni una sola vez habla de él.” El escritor
francés, además, calificó a Dickens de “ignorante como un cántaro; una inmensa
bondad de segundo orden”. El biógrafo y mejor amigo de Dickens, John Forster, le
sugirió que sería menos banal hacer que la heroína muriera joven aún. Escuchó el
consejo y lo cumplió al pie de la letra. Pero retrasó, todo lo que pudo, ese
desgarrador punto final. “Esta muerte –le escribió a Forster– proyecta sobre mí
la más horrible de las sombras; apenas puedo continuar escribiendo. Hasta
transcurrido mucho tiempo no me será posible sosegarme. Nadie sentirá la muerte
de Nell tanto como yo. Es una cosa tan penosa para mí, que, realmente, no puedo
expresar mi pesar. Todas las viejas heridas sangran de nuevo cuando pienso cómo
deberé escribir eso. ¡Sólo Dios sabe lo que me costará!”
Antes de publicar Cuentos de navidad (1843), con el avaro y mezquino Scrooge
como protagonista principal, Dickens decidió visitar Estados Unidos, donde
acumulaba un vasto número de admiradores. A pesar de la cálida bienvenida, el
escritor consiguió rápidamente que la prensa norteamericana lo cascoteara duro y
tupido por haber protestado públicamente en pro de los derechos de autor y
contra la esclavitud. Hacia fines de 1845 se cumpliría, por otros medios, el
viejo anhelo de ser actor, cuando empezó a ofrecer lecturas públicas de sus
obras. Seguirán años de febril actividad –desde fines de los ’40 y la década del
’50–, entre viajes, la dirección de una revista semanal, Household Words,
lecturas y escrituras. En el epílogo de David Copperfield (1849-1850), todos los
personajes son milagrosamente consolados de sus penas y curados de sus defectos
en Australia. La pequeña Emily, que tan grandes desdichas ha pasado, se ocupa
del corral; es paciente y amada por todos, jóvenes y viejos. Gummidge, que en
Inglaterra regañaba e invocaba a su difunto esposo, se ha vuelto dulce y de buen
humor. Micawber pagó todas sus deudas y se ha convertido en un rico gentleman,
magistrado de su distrito.
La pequeña Dorrit (1855 a 1857), donde evoca los años en Marshalsea, no está
entre los libros más ponderados de Dickens. Sólo Bernard Shaw arriesgó que la
obra es “más sediciosa que El capital”. Esta sátira a la burocracia inglesa
resulta implacable en los capítulos consagrados al Ministerio de las
Circunlocuciones. Los Moluscos, en estas páginas, son los burócratas. “Hay
grandes y poderosos Moluscos, tales como Lord Decimus Tenace Molusco, que
representa a los Moluscos en la Alta Cámara. Hay pequeños Moluscos, en los
Comunes, que por medio de ‘¡Oh!’ y ‘¡Ah!’ tienen la misión de representar a la
opinión pública, y por fin un gran banco de Moluscos en el Ministerio de las
Circunlocuciones. Los Moluscos están bien pagados y trabajan todos para que se
les pague aún mejor y se desvelan para obtener la creación de puestos nuevos
donde puedan incrustarse sus parientes y sus aliados. Casan a sus hijas y
hermanas con hombres políticos, que se encuentran adheridos en el banco de los
Moluscos, los cuales dan origen a pequeños Moluscos; los Moluscos varones, a su
vez, se casan con chicas bien dotadas para la solidez, autoridad y gloria de los
Moluscos venideros.” Grandes Esperanzas (1860-1861), en cambio, despliega al por
mayor al “verdadero” Dickens, a través de las vicisitudes del huérfano Pip.
Nuestro amigo en común (1864-1865) es rico en escenas que habrían sido
suficientes para azuzar la leyenda de un novelista mediano; contiene,
especialmente, una pintura notable de los nuevos ricos de entonces y de una
cierta forma de esnobismo.
El gran acusador del establishment inglés vivió nada más que 58 años; murió el 9
de junio de 1870. En excepcionales circunstancias la fugacidad y la eternidad se
cruzan. El tiempo se libera de las ataduras de lo mensurable y no hay derecho ni
revés. Ni principio ni fin. Si Papá Noel no ha muerto, se podría parafrasear
junto con la niña inglesa que tampoco Dickens ha muerto.
Epistolario de una pasión
El bicentenario de Charles Dickens es la excusa perfecta para evocar al gran
escritor inglés. A los diversos homenajes que se multiplicarán en todo el mundo,
se suma la reapertura de su casa museo en Portsmouth, en Inglaterra, donde se
podrán observar decenas de fotografías del autor de Oliver Twist. En España se
lanzará Dickens enamorado, un inédito que reúne cartas entre el escritor y su
enamorada María Beadnell, su primer y oculto amor. Dickens confiesa a María, en
una de esas cartas, que “hace algunos años (justo antes de David Copperfield)
comencé a escribir mi biografía, con la pretensión de que alguien encontrara el
manuscrito entre mis papeles cuando el tema de su objeto llegase a término.
Pero, a medida que me acercaba a esa parte de mi vida –la historia de amor entre
ellos– me faltó valor y prendí fuego a lo que quedaba”. Las primeras misivas que
recoge el libro son de 1830 a 1833, hasta que los Beadnell enviaron a María a
París para que olvidara al entonces joven periodista. La segunda etapa de la
relación y del epistolario, con un escritor ya casado y con hijos, corresponde a
1855, cuando después de 23 años se reencontraron. La decepción de Dickens fue
tal que ese amor de juventud le inspiró el personaje de Flora, la gorda glotona
y parlanchina de La pequeña Dorrit.
Ecos en Buenos Aires
Buenos Aires celebrará los doscientos años del nacimiento de Charles Dickens con
lecturas, interpretaciones y narraciones inspiradas en las obras más importantes
del escritor inglés, mañana a las 19 en el comedor de la Basílica de San
Francisco (Alsina 380), con entrada libre y gratuita. Oliver Twist, David
Copperfield, Grandes esperanzas, Historia de dos ciudades, entre otras, serán
retratadas por artistas como Ana Padovani, Malena Solda, Martín Kohan, Fernando
Noy, María Rosa Lojo, Marikena Monti, Ana María Shua, Ingrid Pelicori, Horacio
Peña, Rodolfo Rabanal y Daniel Amiano. También participarán Max Aguirre y Sabina
Alvarez Schürmann, quienes realizarán ilustraciones en vivo. Este homenaje,
organizado por el British Council y el Gobierno de la Ciudad, cuenta con la
dirección artística de Mónica Maffía.
Primeros recuerdos como lectora
Por Ana Padovani *
Hablar de Dickens es hablar de mis primeros recuerdos como lectora, es evocar
aquel mundo privado y gozoso donde viajaba, volaba, lloraba, soñaba, conducida
tan sólo por la voz que salía de aquellas páginas y que prefería a cualquier
otro juego. Recuerdo las siestas en que hurgaba los libros que se leían en mi
casa. Más de una vez me sacaron a Somerset Maugham, pero afortunadamente me
permitieron, y hasta me propusieron, a Dickens, de quien me hice rápidamente
fanática. Recuerdo las tardes de verano en que me resistía a salir porque no
podía desprenderme de las andanzas y desventuras de Oliver Twist con Mr. Fagin o
de David Copperfield con Uriah Heep. Recuerdo la ternura que me producía Pegotty,
las sonrisas con Mr. Pickwick, las lágrimas con la pequeña Nell o con Nancy y
Sacks, la comprobación del mundo duro y hostil de quienes no tienen trabajo, ni
casa, ni familia. Su sensibilidad social le permitía mostrar toda la dureza de
la vida en la sociedad industrial y el rigor de las costumbres de la era
victoriana.
Tal vez el paso del tiempo o las posteriores lecturas hicieron que al volver a
aquellas páginas esboce alguna sonrisa frente a la profusión del melodrama. Sin
embargo, no puedo menos que sentir cierta nostalgia frente a la “inocencia
perdida”, añoro aquella deslumbrada felicidad que inexorablemente ya no vuelve.
Pero Dickens sigue presente en mi vida. Hace unos años hice un viaje a Londres
por razones de trabajo y no contaba con tiempo para recorrerla; pero, siguiendo
mi secreta admiración y tal vez queriendo recuperar aquellos entrañables
recuerdos, fui a visitar su casa convertida en museo. Me pasé un día entero sin
poder salir de allí, era como reencontrarme con viejos amigos, con los muebles,
los objetos, las fotos familiares, su esposa, su cuñada muerta, los personajes
de sus libros, todo me era atrapante y a la vez familiar. Pero lo que más
impresión me produjo fue tomar mayor contacto con su faceta como lector de su
obra, con lo que hacía verdaderos espectáculos. Pude allí ver el desk que se
había hecho construir para que se pudiera ver la expresividad de su rostro, que
parece era fundamental. Transportaba todo, desde los libros hasta la ropa, en un
mueble-valija que también había mandado hacer. Hurgué en sus textos, en sus
cartas y pude comprobar, sobre todo, que sin duda era un gran actor, capaz de
representar sus personajes y sus historias con toda la carnadura y pasión con
que los había concebido en su escritura. Los llevaba consigo y con su poderosa
imaginación los hacía vivir a través de su relato.
Descubrir y comprobar ese costado de su persona y de su obra profundizaron aún
mi admiración y, salvando las distancias, me sentí identificada en ese deseo del
contacto directo con el público, de encontrar, a través de la narración de
historias y de la interpretación de personajes, el maravilloso juego que propone
la representación de la fantasía.
* Narradora oral y actriz.
06/02/12 Página|12






