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Justicia
social - Justicia ecológica
Por Leonardo Boff
Entre los muchos problemas que azotan a la humanidad, dos son de especial
gravedad: la injusticia social y la injusticia ecológica. Ambos deben ser
abordados conjuntamente si queremos poner en ruta segura a la humanidad y al
planeta Tierra.
La injusticia social es cosa antigua, derivada del modelo económico que, además
de saquear la naturaleza, genera más pobreza de la que puede manejar y superar.
Implica gran acumulación de bienes y servicios por un lado, a costa de clamorosa
pobreza y miseria, por el otro. Los datos hablan por sí mismos: hay mil millones
de personas que viven al límite de la supervivencia con sólo un dólar al día, y
2.600 millones de personas (40% de la humanidad) que vive con menos de dos
dólares diarios. Las consecuencias son perversas. Basta citar un hecho: existen
de 350 a 500 millones de casos de malaria, con un millón de víctimas anuales,
evitables.
Esta anti-realidad se ha mantenido invisible durante mucho tiempo para ocultar
el fracaso del modelo económico capitalista, hecho para crear riqueza para unos
pocos y no bienestar para la humanidad.
La segunda injusticia, la ecológica, está ligada a la primera. La devastación de
la naturaleza y el actual calentamiento planetario afectan a todos los países,
no respetando los límites nacionales ni los niveles de riqueza o de pobreza.
Lógicamente, los ricos tienen más medios para adaptarse y mitigar los efectos
dañinos del cambio climático. Ante los eventos extremos, poseen refrigeradores o
calentadores, y pueden crear defensas contra las inundaciones que destruyen
regiones enteras. Pero los pobres no tienen cómo defenderse. Sufren los daños de
un problema que no han creado.
Fred Pierce, autor de El terremoto poblacional, escribió en el New Scientist de
noviembre de 2009: «los 500 millones de los más ricos (7% de la población
mundial) son responsables del 50% de las emisiones de gases productores de
calentamiento, mientras que el 50% de los más pobres (3.400 millones de la
población) son responsables de sólo el 7% de las emisiones.
Esta injusticia ecológica difícilmente pueden hacerla invisible como la otra,
porque las señales están en todas partes, ni puede ser resuelta sólo por los
ricos, pues es mundial y les afecta también a ellos. La solución debe nacer de
la colaboración de todos de forma diferenciada: los ricos, por ser más
responsables en el pasado y en el presente, deben contribuir mucho más con
inversiones y con la transferencia de tecnologías, y los pobres tienen derecho a
un desarrollo ecológicamente sostenible, que los saque de la miseria.
Seguramente no podemos descuidar las soluciones, pero ellas solas son
insuficientes, pues la solución global remite a una cuestión previa: al
paradigma de sociedad que se refleja en la dificultad de cambiar estilos de vida
y hábitos de consumo. Precisamos de solidaridad universal, de responsabilidad
colectiva y de cuidado de todo lo que vive y existe (no somos los únicos que
vivimos en este planeta y usamos la biosfera). Es fundamental la conciencia de
la interdependencia entre todos y de la unidad entre Tierra y humanidad.
¿Se puede pedir a las generaciones actuales que se rijan por tales valores si
nunca antes han sido vividos globalmente? ¿Cómo operar este cambio que debe ser
urgente y rápido?
Tal vez solamente después de una gran catástrofe que afligiera a millones y
millones de personas se podría contar con este cambio radical, hasta por
instinto de supervivencia. La metáfora que se me ocurre es ésta: si nuestro país
fuera invadido y amenazado de destrucción por alguna fuerza externa, todos nos
uniríamos más allá de las diferencias. Como en una economía de guerra, todos se
mostrarían cooperativos y solidarios, y aceptarían renuncias y sacrificios a fin
de salvar la patria y la vida. Hoy la patria es la vida y la Tierra amenazadas.
Tenemos que hacer todo para salvarlas.
Fuente:
www.servicioskoinonia.org/boff