Pensar
al ser humano después de Auschwitz
Recordamos en este año los 65 años del Holocausto judío perpetrado por el
nazismo de Hitler y de Himmler. Es terrorífica la inhumanidad mostrada en
los campos de exterminio, especialmente en el de Auschwitz (Polonia). El
hecho llegó a tambalear la fe de judíos y de cristianos que se preguntaban:
¿Cómo pensar a Dios después de Auschwitz? Las respuestas dadas hasta hoy,
bien del lado judío, bien por J.B.Metz y J. Moltmann del lado cristiano, son
insuficientes. La pregunta todavía es más radical: ¿Cómo pensar al ser
humano después de Auschwitz?
Es cierto que lo inhumano pertenece a lo humano. Pero, ¿cuánto de
inhumanidad cabe dentro de la humanidad? Fue un proyecto concebido
calculadamente y sin ningún tipo de escrúpulo para rediseñar la humanidad. A
la cabeza debía estar la raza aria-germánica; algunas razas serían colocadas
en segunda y tercera categorías; otras esclavizadas o simplemente
exterminadas. En palabras de su formulador, Himmler, el 4 de octubre de
1943: «Ésta es una página de gloria de nuestra historia que no se ha escrito
y que jamás se escribirá». El nacionalsocialismo de Hitler tenía clara
conciencia de la inversión total de los valores. Lo que sería un crimen se
transformó para él en virtud y gloria. Aquí se revelan rasgos del
Apocalipsis y del Anticristo.
El libro más perturbador que he leído en mi vida y que nunca acabo de
digerir se titula Comandante en Auschwitz: notas autobiográficas de Rudolf
Höss (1958). Durante los 10 meses que estuvo preso y fue interrogado por las
autoridades polacas en Cracovia entre 1946-1947, para ser finalmente
sentenciado a muerte, Höss tuvo tiempo de describir con extremada precisión
los detalles de cómo envió a cerca de dos millones de judíos a las cámaras
de gas. Allí se montó una fábrica de producción diaria de miles de cadáveres
que asustaba a los propios ejecutores. Era la «banalidad de la muerte» de la
que hablaba Hannah Arendt.
Pero lo que más asusta es su perfil humano. No imaginemos que Hoss unía el
exterminio en masa a sentimientos de perversidad, sadismo diabólico y pura
brutalidad. Al contrario, era cariñoso con su mujer e hijos, concienzudo,
amigo de la naturaleza, en fin, un pequeño burgués normal. Al final, antes
de morir, escribió: «La opinión pública puede pensar que soy una bestia
sedienta de sangre, un sádico perverso y un asesino de millones de personas.
Pero nunca va a entender que este comandante tenía un corazón y que no era
malo». Cuanto más inconsciente, más perverso es el mal.
Esto es lo perturbador: ¿cómo puede tanta inhumanidad convivir con la
humanidad? No sé. Sospecho que aquí entra la fuerza de la ideología y la
sumisión total al jefe. La persona de Höss se identificó con el comandante y
el comandante con la persona. La persona era nazi en cuerpo y alma y
radicalmente fiel al jefe. Recibida la orden del «Fuhrer» de exterminar a
los judíos, ni siquiera se debía pensar: vamos a exterminarlos (der Führer
befiehl, wir folgen). Confiesa que nunca se cuestionó la orden porque «el
jefe siempre tiene razón». La más leve duda era sentida como traición a
Hitler.
Pero el mal también tiene límites y Höss los sintió en su propia piel.
Siempre queda algo de humanidad. Él mismo cuenta que dos niños estaban
entretenidos jugando. Su madre era empujada hacia dentro de la cámara de
gas. Los niños fueron obligados a ir también. «La mirada suplicante de la
madre, pidiendo misericordia para aquellos inocentes —comenta Höss— nunca la
olvidaré». Hizo un gesto brusco y los guardias los arrojaron a la cámara de
gas. Confiesa que muchísimos de los ejecutores no aguantaban tanta
inhumanidad y se suicidaban. Él se mantenía frío y cruel.
Estamos ante un fundamentalismo extremo que se expresa por medio de sistemas
totalitarios y de obediencia ciega, sean políticos, religiosos o
ideológicos. La consecuencia que produce es la muerte de los otros.
Este riesgo también está alrededor nuestro, pues hoy día nos hemos dado los
medios para autodestruirnos, para desequilibrar el sistema Tierra y para
aniquilar en gran parte la vida. Sólo potenciando al ser humano con aquello
que nos hace humanos, como es el amor y la compasión, podemos limitar
nuestra inhumanidad.
www.leonardoboff.com