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“Toda
experiencia poética es transformadora”
Romano Sued experimenta con las palabras, también indaga sobre la
memoria y sus registros en la literatura. Escribió una novela sobre
los campos La Perla y La Ribera, durante la dictadura en Córdoba,
pero advierte que no es autobiográfica, aunque es parte de “la
posibilidad de representar y de dar cuenta de la experiencia que
tiene el lenguaje literario”.
Por Verónica Engler
–¿Qué es la poesía?
–Borges decía: “Cuando me lo preguntan, no lo sé, y cuando no me lo
preguntan, lo sé”. Creo que uno no puede contestar a una pregunta
metafísica, como la del ser. Pero puedo decir que la poesía es
escritura, hay una materialidad, es un ejercicio del lenguaje y es
un ejercicio especializado que requiere un entrenamiento. Y también
es medio un enigma. Pero uno podría decir, un poco idealistamente,
como decía uno de los hermanos Schlegel, que la poesía es una
elevación del espíritu, que sería lo máximo adonde podría llegar el
sujeto humano, y que todo lo que se hace son como porciones de ese
nivel superior. Pero en realidad es el acceso a un mundo simbólico
que transita en el borde de lo real, lo real de la carne, del mundo,
de la muerte. Esto es una construcción que, al menos al que escribe,
tal vez también al que lee, le permite velar un poco lo que es el
abismo fundamental del ser, y mantener a raya en cierto modo la
amenaza de la inminencia de la muerte, o de lo real, o del horror,
la poesía siempre transita por ahí. A la vez que se expulsa un poco
esa amenaza del abismo, un poco también se la visita y, a veces, la
atracción de ese abismo es muy grande y los poetas sucumben. Pero la
posibilidad de reconocimiento de la tragedia fundamental del sujeto
al mismo tiempo permite desdramatizarla, porque lo que se puede
hacer con la creación, también, es transmitir una experiencia, para
no hablar solo sino con otros.
–Usted planteó en algún momento que hay que pensar la poesía,
debatirla, para sacarla de cierta molicie del no pensar. ¿Por qué
esta necesidad de reflexionar sobre una materia que de antemano se
presupone ajena a esta demanda de esfuerzo?
–Nuestra sociedad quiere analgésicos, y pensar tiene un costo,
pensar también duele. La civilización contemporánea, ya sea a través
de la anestesia que producen las imágenes de horror, de violencia, o
del puro entretenimiento, usa todo el lenguaje para mantener al
espectador en un nivel de no pensar, porque está programada la
pregunta, la respuesta, los diálogos, la expresión, la muletilla.
Las modas producen estereotipos que uno incorpora y los usa
automáticamente, eso produce también como una comodidad en el sujeto
que no tiene ganas de ir más allá y pagar un precio por pensar otra
cosa. En relación con pensar la poesía habría como dos posturas
estereotipadas, o bien tomar la poesía como si fuera algo que es un
vehículo de teorías filosóficas o de temas, o bien tomarla desde el
punto de vista estrictamente lingüístico-filológico, atendiendo
solamente al procedimiento y contando las rimas o las vocales. Creo
que hay que sacarla del atolladero de estos dos extremos y ver que
se trata de un conjunto enunciativo que arrastra consigo un índice,
una huella, tanto de lo que en sí evoca algo que está más allá del
lenguaje instrumental, pero que lo hace con recursos de la materia
lingüística que no pueden ser ignorados. El uso de todos los
recursos posibles del lenguaje requiere de un trabajo de
entendimiento, de una lógica, implica elecciones. Claro que la
poesía espontánea puede tener sus hallazgos y uno la puede pensar
también. Algo que me enteré hace un tiempo es que muchos cantantes
de hip hop quieren aprender reglas de versificación, porque para
combinar los acentos se necesita conocer sobre rima, la extensión de
las sílabas o la medida de los versos. Pero el verso libre tiene un
ritmo, y el ritmo es la respiración del lenguaje, enmarcada por esa
elección del que escribe. Yo creo que cada escritura construye su
propio código, con un ritmo, un léxico, una intención, figuras,
tropos, a lo largo de una obra puede encontrar un lenguaje que es
propio y es gregario, porque no se pueden destituir todos los
significados convencionales.
–¿Una palabra se convierte en otra según el contexto?
–Mi posición es que en el momento en que una palabra o una imagen
entra en su lenguaje específico artístico no pierde todos los
significados convencionales para dejar aparecer un nuevo signo. Creo
que al significado convencional le añade, o le quita, o le resta,
pero primero hay que reconocerlo, o no reconocerlo, pero si es
irreconocible, entonces habrá una apuesta al oído, al tono, al
silencio, al blanco. Será, entonces, una construcción que hay que
pensarla, para hacerla y para descifrarla. La desenigmatización de
un poema que puede parecer hermético requiere entrenarse en ese
lenguaje que ha construido el escritor, que es un lenguaje escuchado
entre lo que imponen los géneros, la tradición, la lengua materna,
la lengua de los otros poetas con la que uno siempre está
dialogando, la textura y la propia pulsión de escritura. Toda
posición sobre un lenguaje artístico encierra una posición
epistemológica, filosófica e ideológica sobre el lenguaje. Toda
experiencia poética, con cualquier tipo de lenguaje, sea de imágenes
o de música, es una experiencia transformadora, que abre el sujeto a
un universo simbólico, imaginario, que lo enriquece, a veces con
dolor. Cuando yo hablo de pensar, hablo de pensar junto con las
emociones, con la evocación de otro recuerdo.
–Su novela Procedimiento. Memoria de La Perla y La Ribera narra los
horrores de los centros clandestinos de detención, una experiencia
por la que usted pasó. Pero usted ha hecho hincapié en que no se
trata de un texto testimonial ni autobiográfico. ¿Por qué le parece
importante que no se asocie esa ficción con la propia historia de
quien la escribió?
–Ser víctima no es un honor. Por eso me parece que los archivos
tienen que ser públicos, como debe serlo la verdad, garantizándose
el derecho a la información, pero deben ser abordados con mucho
cuidado, protegiendo al testimoniante. Por cierto que lo testimonial
aporta de manera muy valiosa y legítima para reconstruir la verdad
de los acontecimientos, pero también cuando uno cuenta y cuenta el
horror, en una escena pública, y describe y muestra una y otra vez
los hechos con la crudeza de un informe, se puede alimentar la
voracidad del morbo, la exhibición insistente de la violencia podría
resultar en un goce perverso. Es lo que se desencadena en la mayoría
de los casos en el ámbito de los medios de comunicación. Pero hay
una cuestión ética que tiene que ver con pasar por escrito el
testimoniar, dejar un registro de memoria en el género narrativo,
con un tipo de enunciación literaria, con una poética, que tiene la
capacidad “sismográfica” de capturar estéticamente un trozo de la
historia. Esto está estrechamente ligado a la posibilidad de
representar y de dar cuenta de la experiencia que tiene el lenguaje
literario. Por otra parte, cuando se emprende, como en mi caso, una
y otra vez, el acto de testimoniar estéticamente, evocando,
realizando “anamnesis” contra la amnesia, cuya raíz (etimológica) es
la misma que la de la amnistía, como yo lo vengo haciendo en todos
mis libros, la factura literaria coloca en posición de tercero al
enunciador que atestigua sobre los hechos, aun cuando se trate de
una experiencia propia, biográfica. El asunto es también que hay un
aspecto de “prueba” que tendría el testimonio escrito, literario,
que brinda materia lingüística al intérprete, para recuperar asuntos
de la historia. Estamos asimismo en el terreno del “contenido de
verdad” que tendría una obra, en el sentido de (Theodor) Adorno.
Pues bien, el lenguaje tiene capacidad indicial, su función
semiótica de indicar, como lo conceptualiza Peirce, es lo que
permite reconstruir el sentido y los significados que arrastra
consigo el signo. Pero Procedimiento... es una creación literaria,
ficcional, que ha recurrido, por cierto, a fuentes objetivas,
documentos, experiencias personales, literaturas varias, películas,
relatos testimoniales, pero es ficción. Si se lo rodea del predicado
de “novela sobre violaciones a los derechos humanos” es probable que
concite de inmediato un tipo de lectura, una restricción, una
orientación puramente heterónoma, que ciega la mirada sobre la
densidad de la materia del lenguaje. Insisto en que se puede decir,
se puede contar, “imágenes, pese a todo”, diría (Georges) Didi-Hubermann
(Didi-Hubermann es un historiador del arte que escribió el libro
Imágenes pese a todo, sobre las fotos que fueron tomadas
clandestinamente por miembros de los Sonderkommando, que eran los
judíos que tenían que meter en la cámara de gas a sus congéneres y
luego enterrarlos; después ellos mismos también eran condenados). El
asunto es que el mundo simbólico, hecho de signos, expresa de manera
no-toda aspectos de la vida, del mundo, del pasado; entonces, el
argumento de que si no puede decírselo todo, no se puede decir nada,
facilita la posición cómoda de lo inefable. Los responsables de
hechos aberrantes en la historia se han ocupado siempre en
desmentirlos, camuflarlos, borrar sus huellas, y eso aumenta la
necesidad y exige la responsabilidad de que, precisamente, se dejen
registros de lo que se pretende borrar. Es por eso que argumentar
con lo no representable del horror se hace cómplice de los
camufladores.
–En su escritura usted incorpora abundantes palabras en otros
idiomas, como el alemán, el hebreo, el idish, el ladino, el árabe.
¿Por qué opta por esta inclusión de vocablos extranjeros?
–Es una elección muy consciente. Tiene que ver con cómo yo aprendí a
hablar, y cuáles son las hablas que escuché, yo oí estas lenguas: el
hebreo, el árabe, el idish, el ladino, en mi casa. En
Procedimiento... incluí palabras en alemán, que parece una
restricción en el alcance de la comprensión, yo quería extrañar pero
además unir, para que no fuera solamente una escritura que refería
sólo y exclusivamente a La Perla y a La Ribera, como los delitos de
lesa humanidad y a las ofensas a los cuerpos y a los sujetos en
situación de cautiverio en nuestro país y en el genocidio nazi o
cualquier otro. Tenía que ser en alemán porque yo tomaba y desarmaba
en ese libro poemas de Paul Celan, que es el poeta que combatió
hasta el último día de vida la lengua alemana como lengua genocida.
Yo, por el genocidio argentino, fui a la tierra en donde se hablaba
la lengua de los asesinos, Celan denuncia esa lengua. Pero la
inclusión que hago de esas palabras no es para enigmatizar.
–Usted encara la tarea de la traducción poética como un acto de
creación poética en sí mismo, ¿qué implica esta postura al traspasar
una obra de una lengua a otra?
–Si partimos de la idea de que el lenguaje no es transparente, cada
lengua está hecha de los lenguajes y las hablas de construcciones
históricas. Poner juntas dos lenguas para alojar en una lo que ha
sido hecho en otra implica un trabajo de creación. Un trabajo que es
intelectual, lógico, de investigación de las ciencias del lenguaje,
pero en el caso de los lenguajes poéticos implica una exploración de
las capacidades que tiene la lengua de llegada de extremar,
profundizar, el gesto poético que aparece en esa construcción única
y singular que es un poema en otra lengua. Uno podría decir que es
el segundo enunciador del mismo texto. Entonces, la traducción está
en una posición como paradójica en ese punto, por un lado es algo
reproductivo, porque sobre esa lectura de lo hecho antes se pasa su
hechura lo que es venidero, que es lo traducido. Yo considero que
las traducciones de un mismo texto hechas en distintos momentos
forman parte del original como si fueran sus variantes. Cuando uno
traduce literatura no es que se imbuya del alma del poeta, ni se
convierta en un alma gemela, sino que investigar la lengua nos
aporta recursos para realizar una interpretación del texto que se
traduce. Lo ideal es conocer ese lenguaje construido por un autor,
entonces se puede llegar a ver como un hálito poético. Para la
traducción como yo la pienso, como una tarea seria de escritura, es
necesario conocer, indagar, descifrar las relaciones que están
puestas, que muchas son alusiones, significados velados, o usos de
términos particulares en el contexto de esa misma construcción. Yo
practico la traducción porque me interesa ver cómo una obra traspasa
fronteras históricas, geográficas, lingüísticas, religiosas y
culturales. Hay algo siempre que se puede decir en otra lengua como
no se lo puede decir en la propia. Una traducción es una estación en
el largo viaje que una obra tiene sobre el mundo, siempre es
provisoria.
–Usted, además de escribir y traducir poesía, también se dedica a
investigarla desde el ámbito académico, sobre todo focalizó en la
poesía experimental que usted bautizó con el nombre de “expoesía”.
¿Cuáles son las creaciones que en los últimos años le resultaron
interesantes?
–Dentro de la expoesía están incluidas formas de experimentación que
incluyen lo visual, lo cinematográfico, lo sonoro, la experiencia de
poetizar. Esto tiene una larga trayectoria, y hay un poeta que ha
investigado mucho y cuya fuente para mí fue inapreciable, que es
Jorge Perednik. El, por ejemplo, tiene una concepción muy
interesante de lo que es la poesía visual, hace remontar el
nacimiento de la poesía visual argentina a la Cueva de las Manos.
También me parece que hay que revalorizar absolutamente al gran
Antonio Vigo, el poeta, pintor, teórico y experimentador platense.
Es interesantísimo porque paralelamente a los situacionistas, como
(Guy) Debord en Francia, tenía como un anticipo de lo que las
experiencias artísticas estaban gestando. El condensa una respuesta
y una propuesta, y alrededor de él otra gente, con la idea de una
creación artística colectiva, de transformar la sociedad de su
alienación cotidiana, de mirar los objetos y colocarlos de otra
forma para ampliar las experiencias perceptivas de enriquecimiento
subjetivo de la sociedad. En los últimos años he comprobado como una
especie de incorporación de crítica social por parte de los poetas
contemporáneos, que son los que yo llamaría poetas urbanos, que
hacen intervenciones, que pintan un tacho de basura, o que dicen
unas frases arriba de un techo, o que hacen comunicaciones
alternativas en editoriales underground, o que se mezclan con DJs.
–Hay expresiones de lo poético en las calles, en lo cotidiano...
–Hay toda una ebullición que tiene mucho que ver con la ironización
de muchos de los textos sociales, de una manera que los sustrae del
formato programado y digerido que los medios proporcionan, a pesar
de que hay muchísimo de lo que yo llamo patrimonialismo, es decir,
cualquier cosa distinta el mercado rápidamente se la apropia y la
convierte en mercancía. Pero los artistas expoetas, que (Ana)
Longoni llama “activistas”, están luchando todo el tiempo por un
lado por visibilizarse, por otro lado peleando por no ser de la
misma genealogía que todo lo otro que se musealiza, se
patrimonializa, como pasó con el mingitorio de Duchamp, que después
se convirtió en el principal arte burgués. Con sus apariciones
sorpresivas, por ejemplo, los expoetas nos sacan de esta
solitariedad en que nos coloca una sociedad que está llena de miedo,
en donde uno se conecta con el mundo a través de la pantalla, con
comunidades imaginarias, se crean redes sociales virtuales. Pero no
creo que haya que condenar eso, sino que cada vez más eso parece
interponerse en las relaciones directas entre los sujetos, y las
cuestiones identificatorias provienen de otro lado, son unívocas, no
de personas que constituyen un colectivo. El problema contemporáneo
es que se vive un puro presente que es anestesiante, porque nos hace
olvidar que somos mortales, que estamos insertos en una historia. Yo
creo que hay una demanda de escritura, de imágenes, que significa
proponer un después de hoy, pero no un “post” o la biopolítica que
propone (Giorgio) Agamben. Porque la biopolítica es entregarse a
funciones más allá de cualquier regla social, no se apuesta tanto a
consensuar, para constituir un colectivo gregario, es como si se
potenciara la condición de miembro de la horda en los sujetos.
Entonces hay como un repliegue en la individualidad, eso también es
la herencia del neoliberalismo, el autismo social. Yo creo que hay
que recuperar el valor de la palabra, del develamiento, porque el
velo del lenguaje está siendo muy agujereado, hay como una pulsión a
hacer cosas, no está lo simbólico, que es lo que hace de
intermediario entre lo bruto de lo real, del mundo pulsional.
Los registros de la memoria
Nadadora empedernida y lectora intensa del poeta Alberto Girri,
Susana Romano Sued se licenció en Letras y como psicoanalista en la
Universidad Nacional de Córdoba (UNC), y luego se doctoró en
Filosofía en Alemania, en las universidades de Heidelberg y
Mannheim. En la actualidad es investigadora principal del Conicet y
está al frente de la materia Estética y Crítica Literaria Moderna,
en la UNC. Además es poeta, traductora de poetas e investigadora
académica en el área –durante años lideró proyectos de investigación
sobre poesía experimental–.
En 2007 publicó Procedimiento. Memoria de La Perla y La Rivera, una
novela experimental que abreva abundantemente en la poesía para
narrar la experiencia de las mujeres desaparecidas en los centros de
tortura de la provincia de Córdoba durante la última dictadura
militar, experiencia por la que pasó la propia Romano Sued antes de
poder exiliarse en Alemania.
Dirige programas multilaterales internacionales y nacionales de
investigación sobre la estética y la teoría de la traducción
literaria, y sobre las relaciones de la ciencia y la cultura con el
pasado histórico. También indaga sobre el papel de la memoria y sus
registros en la literatura y en la teoría, particularmente a través
de la obra de Paul Celan, y en los sistemas literarios
sudamericanos, trabajando sobre los procesos de transformación de
los registros de los acontecimientos de trauma social y su ingreso
en las dimensiones de la ficción y la lírica. Ha traducido numerosas
obras, teóricas y de literatura, de líricos alemanes, de lengua
inglesa, francesa, italiana y portuguesa, como: Hölderlin, Bachmann,
Brecht, Celan, Sachs, Rilke, Benjamin, Bense, Oliver, Blake, Yeats,
Frost, Pound, Elliot, Ginsberg, Dickinson, Lispector, Pessoa, De
Melo Neto y Pavese, entre otros.
De su obra poética se pueden citar Verdades como criptas, El corazón
constante, Escriturienta, Nomenclatura / Muros, Algesia, El
Meridiano, Rapsodia, Leere y Journal, que acaba de publicarse luego
de resultar finalista en el concurso internacional de poesía Olga
Orozco.
Entre sus ensayos se encuentran La diáspora de la escritura, La
escritura en la diáspora, Borgesíada, La traducción poética, Jan
Mukarovsky y la fundación de una Nueva Estética, Umbrales y
catástrofes: literatura argentina de los ‘90, Consuelo de lenguaje,
Itinerarios Literarios: La cocina de la escritura y Los ’90. Otras
indagaciones.
“Yo apuesto a que la palabra escrita indique la posibilidad de
reconstruir una experiencia, contra los que apuestan a lo efímero, a
la inefabilidad, a lo que no se puede contar, a lo que no se puede
decir, lo que no se puede transmitir”, asume Romano Sued. “La
aparición de un libro es un acto performativo, porque crea en ese
momento un autor y un lector, pero también es un acto futuro, son
palabras para los que van a venir después.”
Página|12, 30/08/10