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Balance
iraquí y batalla de la información
Por Enrique Lacolla
Nunca como hoy la posibilidad de informarse ha estado más al alcance de todos.
Pero hace falta sacudirse el inmovilismo mental que ata al consumidor común a
los monopolios mediáticos.
“Los EE.UU. se retiran de Irak”. Este fue uno de los títulos más sobresalientes
e inexactos de la pasada semana. Ya que permanecen en suelo iraquí otros 50.000
soldados norteamericanos, dedicados a entrenar al nuevo ejército de ese país y a
combatir a la insurgencia al menos por un año más. Las informaciones omiten por
otra parte el significativo papel que jugaron las fuerzas mercenarias en el
conflicto, fuerzas que siguen presentes allí y de las que no hay noticias de que
vayan a desvanecerse en el aire. Acorde con las reglas del mercado propias del
mundo en que vivimos, la privatización ha alcanzado a la guerra.
Los filibusteros y los soldados de fortuna, por supuesto, ni siquiera en el
pasado actuaron solos. Su cometido era arramblar botín, pero solían contar con
el apoyo oficioso de algún gobierno y con el respaldo de sus flotas. En Irak,
como en otros lugares, la actuación de los mercenarios de Blackwater se
configura como un apéndice de lo realizado en gran escala por las fuerzas
armadas de Estados Unidos, que se encargaron de barrer al ejército regular
iraquí y de instalar un cierto control sobre el territorio. Control que nunca
consiguieron del todo, ni siquiera hoy, como lo demuestra la seguidilla de
atentados que han golpeado a Bagdad y otras localidades en días recientes. A los
mercenarios competerá seguir cubriendo la seguridad de algunos objetivos
precisos. Desde funcionarios gubernamentales hasta instalaciones petroleras.
La guerra de Irak, como la de Afganistán, es cosa de la globalización, del
obsesivo deseo de imponer al mundo una pax americana que ordene todo según los
requerimientos de la superpotencia. Se fundó en un casus belli inventado en
todas sus piezas y propalado complaciente y acríticamente por la prensa del
mundo entero: las presuntas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Pero
el objetivo de máxima de la guerra no se logró del todo. El emprendimiento
bélico ha desmembrado al Estado iraquí, pero no ha logrado apropiarse de los
campos de petróleo, pues las autoridades de ese país, que Washington mismo
propició, terminaron practicando el juego de balancín que la tendencia a la
multipolaridad hoy en día favorece: licitaron la explotación de los yacimientos
y los beneficiarios de esa puja fueron sobre todo compañías rusas, chinas,
británicas, francesas y hasta malayas y japonesas. La guerra, eso sí, fue muy
favorable a otra de las ramas esenciales de la economía estadounidense: la
industria militar, que sigue prosperando y es uno de los sostenes de la entera
arquitectura de una estructura económica que los especialistas juzgan muy
vulnerable en la actualidad. De hecho, el presidente Obama hizo mención, en su
discurso del pasado martes, a la necesidad de recortar la sangría dineraria que
supone la guerra en Irak para mejorar la situación de la economía doméstica en
Estados Unidos. Cómo se compadece esto con el refuerzo de la guerra en
Afganistán fogoneado por el mismo presidente, no es cosa que este se haya tomado
el trabajo de precisar, como tampoco hizo notar que las fechas escogidas para el
retiro de las tropas de Irak ya habían sido establecidas por su predecesor,
George W. Bush, a quien elogió por haber iniciado la guerra.
¿Qué irá a pasar ahora en Irak? El Estado iraquí ha quedado convertido en una
entelequia donde se agitan shiítas, sunnitas y kurdos, y donde merodean los
extremistas de Al Qaeda, es cierto; pero no es improbable, como apunta Pepe
Escobar, un conocido analista internacional, que en los próximos años Irak
emerja como un país relativamente rico, bajo control shiíta y con buenas
relaciones con Irán y el Hizbollah en el Líbano. Siempre y cuando, por supuesto,
no medie algún otro conflicto, como el que los mismos Estados Unidos e Israel
podrían desatar con un ataque contra Irán. Amenaza que sigue rondando en el
aire.
El discurso de Obama celebrando la “retirada” de Irak estuvo dirigido
esencialmente al mercado interno. Estuvo teñido de los lugares comunes a los que
el público norteamericano es tan afecto y que hacen hincapié en el carácter
sagrado de la misión democrática de los USA y en la limpidez de sus intenciones.
Acunados por este verso el grueso de los estadounidenses sigue creyéndose que
vive en la cuna de las libertades, que son un crisol de razas y mil y una otras
sandeces a las que la realidad desmiente con una persistencia apabullante. Y si
no pregúntenle a los hispanos de Arizona. Poco importa. El autoelogio se impone.
Obama deplora las 5.000 bajas fatales sufridas por su ejército en Irak y dice,
compungidamente, que “todavía no hemos visto el fin del sacrificio (norte)
americano” en ese escenario. Pero no cuestiona -¡al contrario!- ni los motivos
de la guerra ni se interroga sobre los cientos de miles de vidas iraquíes
sacrificadas en ella.
Los datos de la realidad no terminan de penetrar en una mentalidad popular
estadounidense moldeada por los medios masivos y muy influida por una leyenda
histórica que tiene la garantía de credibilidad que ofrece el éxito. El triunfo
es persuasivo, no importa el modo en que se lo logre. El recorrido histórico
estadounidense ha sido triunfal y eso le da peso. Pero hay que atender al hecho
de que el éxito de la configuración histórica de Estados Unidos como nación se
sustentó en el fracaso de muchas otras. Que se basó no sólo en el desarrollo de
las potencialidades propias del país sino en la explotación del mundo
periférico. Rasgo este que Estados Unidos comparte con todas las potencias
occidentales que desde los albores de la Edad Moderna expandieron las fórmulas
del capitalismo al mundo entero. Pero ahora ya es evidente que, desde hace mucho
tiempo, este modelo está chocando con los deseos que esgrimen los pueblos
oprimidos por ese ordenamiento y con las razones que plantean la ecología y la
vida sustentable sobre el planeta.
Para romper el hechizo que embruja a la opinión norteamericana y a muchas otras
que no son tan importantes porque están demasiado lejos del centro del poder
para poder influir en él de manera directa, es preciso contar con la capacidad
de comunicar las ideas y con la posibilidad que esa capacidad da de regular,
sistematizar y orientar la información. De momento tal contrainformación no
existe en forma organizada, aunque la expansión de Internet y la proliferación
de sitios alternativos la pone en el orden del día y abre un espacio que
podríamos denominar anárquico, donde la uniformización del discurso que el mundo
ha padecido durante tanto tiempo se está tornando paulatinamente imposible. “La
astucia de la Historia” hace que el mismo capitalismo produzca el arma que puede
facilitar su superación.
Esta es la lucha que podemos y debemos librar. Nadie es ajeno a ella. Y nadie
puede escaparle, en la medida que todos nosotros somos el botín de esa batalla.
Como cabe comprobarlo hoy mismo en Argentina. El carácter cardinal de este tema
es lo que explica la feroz oposición que la ley de medios suscita en el
monopolio cuya tela de araña envuelve desde hace décadas al país. La
democratización genuina del campo mediático, que permita la proliferación de
instancias informativas que se sustraigan al abrazo constrictor de los medios
concentrados, es un dato esencial para seguir librando un combate por la verdad
que no debemos perder.
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