ZONA LITERARIA  EL TEXTO SEMANAL

Dora Bruder (fragmento)

Por Patrick Modiano. Premio Nobel de literatura 2014.

Prólogo de Adolfo García Ortega
© EDITORIAL SEIX BARRAL, S. A., 1999-2009
© Traducción: Marina Pino, 1999
© Prólogo: Adolfo García Ortega, 2009

Prólogo

Adolfo García Ortega

Me considero un lector constante de Modiano, un modianista, desde sus primeras novelas, a finales de los setenta. Creo que he leído prácticamente todo lo que ha escrito, y por eso puedo decir que Dora Bruder es su mejor novela. E incluso creo que es una de las mejores novelas aparecidas en los últimos años en Europa (el original francés es de 1997), y aunque no es más extensa que el resto de su producción, ya que Modiano acostumbra a escribir novelas de unas 150 o 170 páginas, ésta adquiere una dimensión extraordinaria, profunda, escalofriante, por su contenido. Es Modiano en la cumbre de su narrativa. Las frases que la crítica francesa ha dicho acerca de Dora Bruder son absolutamente exactas: "libro turbador" (Renaud Matignon), "libro contra el olvido" (Norbert Czarny), "un gran libro" (Marc Lambron), "libro excepcional" (Jorge Semprún). Y se podría añadir: libro necesario, libro cautivador, libro magistral.

Patrick Modiano no es, como digo, un desconocido en España. Nacido en Boulogne-Billancourt, Francia, en 1945, de origen judío, sus novelas, desde la primera, La Place de l'Étoile (1968), han sido traducidas periódicamente a nuestra lengua. En 1972 publicó una de las novelas que marcaría una especie de "patrón" para toda su obra, Los bulevares periféricos, caracterizada por ahondar en el pasado desde una situación de presente, casi siempre en el marco de un París concebido como un mundo geográficamente dilatado, enorme, casi un país en sí, y con la intención de encontrar las claves a la persecución judía en Francia o al naufragio moral que supuso la Ocupación, mediante personajes que, sometidos a diversas presiones, no siempre definidas, internas o externas, vagan por la vida sin una explicación, pero con la necesidad de describir el tiempo pasado. Esto, esquemáticamente, resume el cuadro general de las novelas de Modiano. En 1978 fue premio Goncourt por la impresionante Rue des boutiques obscures, y su producción comprende, entre otras, La ronda de noche (1970), Una juventud (1981), Domingos de agosto (1986), El rincón de los niños (1989), Viaje de novios (1990), Joyita (2001), Un pedigrí (2005) o la maravillosa En el café de la juventud perdida (2007). Sus obras han ido siempre al margen de las modas del momento, escribiendo un tipo de literatura propia, y eso le hace grande.

Ahora, con Dora Bruder, todos los ingredientes habituales se dan cita para componer un, primero modesto pero luego descomunal, fresco de la vida pública francesa en el marco violento, soterrado y cruel de la deportación de judíos. El tema es frecuente en Modiano, sobre todo en Rue des boutiques obscures o en la novelización de su guión, para Louis Malle, de Lacombe Lucien, película que convulsionó Francia donde sin piedad escarbaba en los fantasmas del colaboracionismo. Pero es con Dora Bruder donde se convierte en un canto fúnebre, directamente personal, entonado a todas y cada una de las personas judías cuyas identidades fueron borradas, eliminadas, suprimidas. Y esa supresión, cuando se trata de hallar cuál fue su huella en esta vida, es más escalofriante cuanto se intuye que sólo pueden permanecer en la memoria gracias a libros como el de Modiano (o el de Arendt o el de Goldhagen, por citar dos muy distintos), ya que no existe memoria familiar para pervivir en el recuerdo: las familias morían enteras.

Declarados apátridas, siendo vecinos y convecinos de los franceses no-judíos, siendo compatriotas, amigos, familiares, paulatinamente los rastros por este mundo de los judíos deportados van haciéndose desaparecer por una voluntad preconcebida. Y Dora Bruder, la niña de quince años desaparecida, es el símbolo de todos ellos.

Narrada como una historia presente, en que el narrador y el autor se confunden, Dora Bruder arranca del encuentro casual, en un periódico de 1941, de un pequeño suelto en que los padres avisan de la desaparición de su hija. El hecho de que el domicilio familiar coincida con el barrio en que el narrador vivió su infancia, hace que esa noticia le llame la atención. A partir de ahí, bajo la capa de recuperar más allá de la curiosidad, empezará una búsqueda de la identidad perdida de aquella niña que, como sus padres, como tantos miles de parisinos, terminó en un horno crematorio nazi, ayudados por la burocracia francesa. Buscará primero en los escenarios actuales de París. Buscará rastros, pequeños indicios, pero durante años esa investigación irá creciendo, se prolongará por archivos de la policía, por centros de documentación, encontrará cartas, nombres, sabrá cuál habrá sido el destino, paso a paso, de esa muchacha en un París tratado con cariño, pero con dureza, hasta su muerte en el campo de concentración.

Descarnadamente, como pocas veces se ha visto, Modiano, con pinceladas escuetas, relata como un historiador la secuencia terrible de aquel año 41, primero en comisarías, luego en cuarteles, luego en trenes, luego en campos, luego en hornos. Incluso el tono autobiográfico de autor perplejo le presta un realismo descarnado, a-literario, que objetiva la novela en un rango de investigación periodística, aunque sólo en parte, ya que la novela desciende fríamente a lo más hondo del alma. A medida que va profundizando en la vida, en los retazos de vida, que consigue averiguar de Dora Bruder, el lector asiste a una especie de apertura de cámara sellada: cientos, miles de Doras Bruder van saliendo a la luz. Lo que era una sencilla búsqueda, alimentada por la coincidencia de calles y de lugares comunes con la infancia del narrador, se convierte en el acta notarial de una masacre. Y lo espeluznante de la historia es precisamente esa cercanía de lugares comunes, ese París que compartieron la niña y el narrador. Mientras busca la identidad de los Bruder, Modiano nos describe el mundo anterior a su infancia, cada casa, cada tren, cada hora, cada sufrimiento o angustia de esos judíos y judías deportados son casas, horas y trenes en que otros franceses vivían ajenos, o no tan ajenos, a esa matanza.

Modiano, en esta obra magna y concentrada, demuestra que el mundo al que vuelve una y otra vez no está agotado. Esta novela, incluso, abre una vía por la que cabe esperar que el autor avance con nuevas perspectiva de su disección moral de la Francia ocupada. Pero lo terrible es pensar que los tiempos actuales no son distintos en cuanto a ese tipo de situaciones. Las guerras, las grandes migraciones de desplazados, la ascensión de los fanatismos, las matanzas generalizadas allí donde un colectivo es perseguido por ser sólo eso, colectivo, hacen que novelas como las de Modiano, donde las víctimas se lamentan de ser arrolladas por la historia, no pasen de moda, al revés, pervivan como faros morales.


Dora Bruder (fragmento)

Hace ocho años, en un viejo ejemplar del Paris-Soir, con fecha del 31 de diciembre de 1941, me llamó la atención una sección, "De ayer a hoy", en la página tres. Leí:

PARÍS

Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París.

Conozco desde hace tiempo el barrio donde está el bulevar Ornano. De niño acompañaba a mi madre al mercado de las Pulgas de Saint-Ouen. Bajábamos del autobús en la puerta de Clignancourt y a veces en el ayuntamiento del distrito XVIII. Siempre en sábado o el domingo después de comer.

En invierno, en la acera del bulevar, que discurre a lo largo del cuartel de Clignancourt, solía estar entre la multitud de gente, con su trípode, un fotógrafo gordo, de nariz grumosa y lentes redondos que ofrecía una "foto de recuerdo". En verano se instalaba en el puerto de Deauville, frente al bar Soleil. Hacía clientes. Pero allí, en la puerta de Clignancourt, los transeúntes no parecían tener muchas ganas de fotografiarse. Llevaba un viejo sobretodo y un zapato agujereado.

Recuerdo el bulevar Barbes y el bulevar Ornano desiertos, una tarde soleada de domingo, en mayo de 1958. En cada cruce había patrullas de policía debido a los sucesos de Argelia.

Estuve en ese barrio en el invierno de 1965. Tenía una amiga que vivía en la calle Championnet. Ornano 49-20.

En aquella época la multitud de transeúntes que pasa los domingos por la acera del cuartel debía de haberse llevado por delante al gordo fotógrafo, pero nunca fui a comprobarlo. ¿Para qué había servido ese cuartel? Me dijeron que había albergado tropas coloniales.

Enero de 1965. Eran las seis de la tarde y caía la noche en el cruce del bulevar Ornano con la calle Championnet. Yo no era nada, me confundía con el crepúsculo, con las calles.

El último café, al final del bulevar Ornano, lado de los pares, se llamaba El Surtidor Constante. A la izquierda, en la esquina con el bulevar Ney, había otro que tenía un juke-box. En el cruce Ornano-Championnet, en la esquina con la calle Duhesme, una farmacia y dos cafés más, uno de ellos muy antiguo.

Lo que he llegado a esperar en esos cafés... Desde primera hora de la mañana, cuando aún era de noche. Desde mediodía hasta el anochecer. Y más tarde, hasta la hora de cierre...

Los domingos por la tarde un viejo automóvil deportivo negro -un Jaguar, creo- aparcaba en la calle Championnet, a la altura del parvulario. Llevaba una placa detrás, G.I.G., Gran Inválido de Guerra. Su presencia en un barrio así me chocaba. Me preguntaba qué cara tendría su dueño.

A partir de las nueve de la noche el bulevar se quedaba desierto. Todavía veo la luz de la boca del metro de Simplon y, casi enfrente, la de la entrada del cine, ubicado en Ornano, 43. El número 41, que precedía al cine, nunca me había llamado la atención y, sin embargo, estuve pasando por delante durante meses y años. De 1965 a 1968. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París.

De ayer a hoy. Con el paso de los años las perspectivas se vuelven borrosas, los inviernos se mezclan unos con otros. El de 1965 y el de 1942.

En 1965 no sabía nada de Dora Bruder. Pero hoy, treinta años después, mis largas esperas en los cafés del cruce Ornano, mis itinerarios, siempre los mismos -recorría la calle Mont-Cenis hasta alcanzar los hoteles de Butte-Montmartre: el hotel Roma, el Alsina o el Terrass, en la calle Caulaincourt, y todas las impresiones fugaces que conservo: una noche de primavera en que se oía hablar en voz alta bajo los árboles del parque Clignancourt, y de nuevo el invierno, a medida que bajaba hacia Simplon y el bulevar Ornano, nada de eso me parecía debido simplemente al azar. Quizá, sin tener todavía una conciencia clara, andaba tras la pista de Dora Bruder y de sus padres. Estaban ya allí, en filigrana.

Intento encontrar indicios remontándome en el tiempo. Cuando tenía doce años y acompañaba a mi madre al mercado de las Pulgas había un judío polaco que vendía maletas, a la derecha, al principio de una hilera de casetas, casa Malik, casa Vernaison... Maletas lujosas, de cuero, de cocodrilo, y también de cartón, bolsas de viaje, baúles con etiquetas de compañías transatlánticas, apiladas unas encima de otras. Su caseta estaba al aire libre. Llevaba siempre un cigarrillo colgando de la comisura de los labios y una tarde me ofreció uno.

Fui alguna vez al cine, en el bulevar Ornano. Al Clignancourt Palace, al final del bulevar, al lado de El Surtidor Constante. Y al Ornano 43. Más tarde supe que el Ornano 43 era un cine muy antiguo. Fue reformado en los años treinta al estilo barco. Volví a aquellos parajes en mayo de 1996. Unos almacenes han reemplazado al cine. Se atraviesa la calle Hermel y se llega ante el número 41 del bulevar Ornano, la dirección indicada en el anuncio de búsqueda de Dora Bruder.

Un edificio de cinco pisos de finales del XIX. Forma con el número 39 un bloque rodeado por el bulevar y la confluencia de las calles Hermel y Simplon; esta última pasa por detrás de los dos edificios. Ambos son parecidos. El número 39 lleva una inscripción con el nombre del arquitecto, un tal Richefeu, y la fecha de construcción: 1881. Lo mismo vale para el número 41.

Antes de la guerra y hasta principios de los años cincuenta, en el número 41 del bulevar Ornano se levantaba un hotel, así como en el 39, que se llamaba hotel Lion D'Or. También antes de la guerra había en dicho número un café-restaurante regentado por un tal Gazal. No he podido encontrar el nombre del hotel del número 41. A principios de los años cincuenta figura en esa dirección una Sociedad Hotel y Estudios Ornano, Montmartre 12-54. Y también, como antes de la guerra, un café, cuyo dueño se llamaba Marchal. Ya no existe. ¿Ocupaba el lado derecho o el izquierdo de la puerta cochera?

Ésta se abre sobre un corredor bastante largo. Al fondo, la escalera se pierde hacia la derecha.

Lleva tiempo conseguir que salga a la luz lo que ha sido borrado. Quedan pistas en los registros pero se ignora dónde están escondidos y qué guardianes los vigilan y si querrán enseñámoslos. O tal vez simplemente han olvidado que esos registros existen.

Basta un poco de paciencia.

Supe por fin que ya en 1937 y 1938 Dora Bruder y sus padres vivían en el hotel del bulevar Omano. Ocupaban una habitación con cocina en el quinto piso, donde un balcón de hierro se extendía a lo largo de los dos edificios. Una docena de ventanas. Dos o tres daban al bulevar y las otras al final de la calle Hermel y, detrás, a la calle Simplon.

Aquel día de mayo en que volví al barrio, los postigos oxidados de las dos primeras ventanas del quinto piso que se abrían a la calle Simplon se encontraban cerrados, y en el balcón observé un montón de objetos en desorden que parecían abandonados allí desde hacía mucho tiempo.

En el curso de los dos o tres años que precedieron a la guerra, Dora Bruder debió de ser inscrita en alguna de las escuelas municipales del barrio. Escribí una carta al director de cada una de ellas preguntándoles si podían buscar su nombre en el registro:

Calle Ferdinand-Flocon, 8. Calle Hermel, 20.
Calle Championnet, 7. Calle Clignancourt, 61.

Me respondieron amablemente. Ninguno había encontrado ese nombre en la lista de alumnos de antes de la guerra. El director de la antigua escuela de niñas de la calle Championnet, 69, me proponía ir a consultar yo mismo el registro. Algún día iría. Pero vacilaba. Quería mantener la esperanza de que su nombre figuraba en ellos. Era la escuela más cercana a su domicilio.

Tardé cuatro años en descubrir su fecha exacta de nacimiento: el 25 de febrero de 1926. Y dos años más conocer su lugar de nacimiento: París, distrito XII. Pero soy paciente. Puedo esperar horas y horas bajo la lluvia.

Un viernes por la tarde, en febrero de 1996, fui al registro civil del ayuntamiento del distrito XII. El encargado del servicio -un joven- me tendió una ficha para que la rellenase:

Petición en ventanilla.

Escriba su:
Apellido Nombre Dirección
Pido copia literal de la partida de nacimiento de:
Apellido BRUDER Nombre DORA
Fecha de nacimiento: 25 de febrero de 1926
Marque si es:
El padre o la madre
El abuelo o la abuela
El hijo o la hija
El cónyuge o la cónyuge
El representante legal
Si tiene autorización más carnet de identidad del interesado(a)
Sólo será extendida copia de la partida de nacimiento a dichas personas.

Firmé la petición y se la tendí al encargado. Después de consultada me dijo que no podía darme la partida de nacimiento: no tenía ningún lazo de parentesco con aquella persona.

Por un momento pensé que era uno de esos centinelas del olvido encargados de velar por un secreto vergonzoso y de interceptar a quienes quisieran descubrir la menor traza de su existencia. Pero era eficiente. Me aconsejó pedir autorización al Palacio de Justicia, bulevar del Palacio, 2, sección 3ª. del registro civil, planta 5ª, escalera 5, oficina 50l. De lunes a viernes, de 14 a 16 horas.

En el bulevar del Palacio, 2, me aprestaba a franquear la gran verja del patio principal cuando un ordenanza me indicó otra entrada, un poco más abajo: la que daba acceso a la Sainte-Chapelle. Una cola de turistas aguardaba y quise pasar directamente al porche, pero otro ordenanza, con un gesto brusco, me señaló que hiciera cola como los demás.

Al fondo del vestíbulo el reglamento exigía sacar todos los objetos metálicos de los bolsillos. Yo sólo llevaba un llavero. Tenía que dejarlo en una especie de alfombra rodante y recuperado al otro lado de un cristal, pero en un primer momento no entendí la maniobra. Por culpa de mis titubeos me gané la regañina de otro ordenanza. ¿Era un gendarme? ¿Un policía? ¿Debía entregarles, como cuando se entra en prisión, los cordones de mis zapatos, mi cinturón, mi portafolio?

Atravesé un patio, me introduje por un corredor y desemboqué en un hall muy amplio por donde circulaban hombres y mujeres con carteras negras y, algunos, con atuendo de abogado. No me atreví a preguntarles por dónde se accedía a la escalera 5.

Un bedel sentado detrás de una mesa me indicó el extremo del hall. Por allí entré a una sala desierta cuyas ventanas en voladizo dejaban ver un día grisáceo. Recorrí la sala de una punta a otra, pero no encontré la escalera 5. Me dominó entonces el pánico y el vértigo que se sienten en las pesadillas, cuando uno no puede llegar a la estación, el tiempo corre y sabe que va a perder el tren.

Veinte años atrás me había sucedido una aventura parecida. Me había enterado de que mi padre estaba hospitalizado en la Pitié-Salpetrière. No lo veía desde mi adolescencia. Decidí hacerle una visita por sorpresa.

Recuerdo haber deambulado durante horas a través de la inmensidad del hospital en su busca. Entraba en edificios muy antiguos, en salas comunes donde se alineaban camas y camas, preguntaba a las enfermeras, que me daban indicaciones contradictorias. Acabé por dudar de la existencia de mi padre pasando y volviendo a pasar delante de la majestuosa iglesia y los irreales edificios del lugar, intactos desde el siglo XVIII y que evocaban a Manon Lescaut y la época en que aquel lugar había servido como prisión de muchachas con el siniestro nombre de Hospital General, antes de deportarlas a la Luisiana. Recorrí patios adoquinados hasta que anocheció. Imposible hallar a mi padre. Nunca volví a verlo.

Pero acabé descubriendo la escalera 5. Subí los pisos. Una hilera de oficinas. Me indicaron la que tenía el número 501. Una mujer de cabellos cortos y aire indiferente me preguntó qué quería.

Con voz seca me explicó que para obtener aquella partida de nacimiento era preciso escribir al señor Procurador de la República, Parquet de Grandes Instancias de París, Quai des Orfèvres, 14, 3ª. sección B.

Al cabo de tres semanas recibí la respuesta.

El veinticinco de febrero de mil novecientos veintiséis, a las veintiuna horas y diez minutos, nació, en la calle Santerre, 15, Dora, de sexo femenino, hija de Ernest Bruder, nacido en Viena (Austria) el veintiuno de mayo de mil ochocientos noventa y nueve, peón, y de Cécile Burdej, nacida en Budapest (Hungría), el diecisiete de abril de mil novecientos siete, sin profesión, su esposa, domiciliados en Sevran (Seine-et-Oise), avenida Liégeard, 2. Librado el veintisiete de febrero de mil novecientos veintiséis, a las quince treinta horas, según declaración de Gaspard Meyer, setenta y tres años, empleado y domiciliado en la calle Picpus, 76, habiendo asistido al alumbramiento, quien, después de leer este escrito, firmó con Nosotros, Auguste Guillaume Rosi, teniente de alcalde del distrito doce de París.

El número 15 de la calle Santerre corresponde al hospital Rothschild. En ese mismo servicio de maternidad habían nacido, por la misma época que Dora, muchos niños de familias judías pobres que acababan de emigrar a Francia. Al parecer, Ernest Bruder no pudo ausentarse de su trabajo para declarar a su hija personalmente el 25 de febrero de 1926, en el ayuntamiento del distrito XII. Quizá puedan encontrarse en algún registro datos sobre Gaspard Meyer, firmante de la partida de nacimiento. El número 76 de la calle Picpus, donde se hallaba "empleado y domiciliado", era la dirección del asilo de Rothschild para viejos e indigentes.

Ese invierno de 1926 la pista de Dora Bruder y sus padres se pierde en el suburbio nordeste, a orillas del canal del Ourcq. Algún día iré a Sevran, pero temo que las casas y las calles hayan cambiado de aspecto, como en todos los suburbios. He aquí los nombres de algunos establecimientos y de algunos habitantes de la calle Liégeard de aquellos tiempos: el Trianon de Freinville, que ocupaba el número 24. ¿Un café? ¿Un cine? En el 31 estaban las Caves de l'Îlle-de-France. Un tal doctor Jorand vivía en el 9, un farmacéutico en el 30.

La calle Liégeard, donde habitaban los padres de Dora, formaba parte de una aglomeración urbana que se extendía por los municipios de Sevran, de Livry-Gargan y de Aulnay-sous-Bois, a la que se llamó Freinville. El barrio había nacido alrededor de la fábrica de frenos Westinghouse, instalada a principios de siglo. Un barrio obrero. Que en los años treinta había intentado conseguir la autonomía municipal sin conseguirlo. Y había continuado dependiendo de los municipios vecinos. Pero al menos tenía estación: Freinville.

Ernest Bruder, el padre de Dora, era sin duda peón en la fábrica de frenos Westinghouse en ese invierno de 1926.

Ernest Bruder. Nacido en Viena, Austria, el 21 de mayo de 1899. Debió de pasar su infancia en Leopoldstadt, el barrio judío de la ciudad. Sus padres seguramente eran oriundos de Galitzia, de Bohemia o de Moravia, procedentes, como la mayor parte de judíos de Viena, de las provincias orientales del Imperio austro-húngaro.

En 1965 cumplí veinte años en Viena, el mismo año en que frecuentaba el barrio de Clignancourt. Vivía en la Taubstummengasse, detrás de la iglesia de San Carlos. A veces había pernoctado en un hotel de mala muerte situado cerca de la estación del Oeste. Recuerdo las tardes de verano que pasé en Sievering y en Grinzing, y los parques donde solía tocar una orquesta. Y una casita de campo en medio de una especie de jardín obrero, junto a Heilingenstadt. Todo estaba cerrado esos sábados y domingos de julio, hasta el café Hawelka. La ciudad estaba desierta. Bajo el sol, el tranvía se deslizaba entre los barrios del noroeste hasta el parque de Pötzleinsdorf.

Un día volveré a Viena, ciudad que no he vuelto a visitar desde hace más de treinta años. Quizá encuentre la partida de nacimiento de Ernest Bruder en el registro civil de la comunidad israelita de la ciudad. Me enteraré del nombre, el apellido, la profesión y el lugar de nacimiento de su padre, y el apellido y el nombre de soltera de su madre. Y dónde estaba su domicilio, en alguna parte del distrito segundo que bordea la estación del Norte, el Prater, el Danubio.

De niño y adolescente conoció la calle del Prater con sus cafés y su teatro, en el que actuaban los Budapester. Y el puente de Suecia. Y el patio de la Bolsa de Comercio, junto a la Taborstrasse. Y el mercado de los Carmelitas.

En Viena, en 1919, sus veinte años fueron más duros que los míos. Tras las primeras derrotas del ejército austríaco, decenas de miles de refugiados que huían de Galitzia, de Bukovina, de Ucrania llegaron en oleadas sucesivas y se hacinaron en los cuchitriles de los alrededores de la estación del Norte. Una ciudad a la deriva, arrancada a un imperio que ya no existía. Ernest Bruder no debía de ser distinto de los parados que, en grupos, vagabundeaban por calles con tiendas cerradas.

¿Era tal vez de origen menos miserable que los refugiados del Este? ¿Hijo de un comerciante de la Taborstrasse? ¿Cómo saberlo?

En una pequeña ficha entre millares iguales, elaboradas una veintena de años después para organizar las redadas de la Ocupación y que se han conservado hasta hoy en el ministerio de Antiguos Combatientes, se indica que Ernest Bruder era "legionario francés de segunda clase". Se enroló, por tanto, en la Legión extranjera sin que yo pudiera precisar en qué fecha. ¿1919? ¿1920?

El alistamiento duraría cinco años. No hacía falta viajar a Francia, bastaba presentarse en un consulado francés. ¿Lo hizo Ernest Bruder en Austria? ¿O ya se encontraba en Francia en ese momento? En todo caso, es probable que lo enviaran, junto con otros alemanes y austríacos como él, a los cuarteles de Belfort o Nancy, donde no se les trataba con excesivos miramientos. También a Marsella y al fuerte de Saint-Jean, donde la acogida no era mucho más cálida. En seguida, la travesía: al parecer, el general Lyautey necesitaba treinta mil soldados en Marruecos.

Intento reconstruir el periplo de Ernest Bruder. Y la soldada que se cobraba en Sidi Bel Abbes. La mayor parte de los enrolados -alemanes, austríacos, rusos, rumanos, búlgaros- se encuentran en tal estado de miseria que están asombrados de que les proporcionen esa soldada. No se lo pueden creer. Se meten en seguida el dinero en el bolsillo como si alguien fuera a quitárselo. Luego viene el entrenamiento, las carreras en las dunas, las marchas interminables bajo el sol de plomo de Argelia. Los alistados de Europa central como Ernest Bruder soportan mal el entrenamiento: han estado subalimentados durante la adolescencia a causa del racionamiento de los cuatro años de guerra.

En seguida, los cuarteles de Meknes, de Fez o de Marraquech. Se les envía a operaciones de pacificación de los territorios sublevados de Marruecos.

Abril de 1920. Combate en Bekrit y en el Ras-Tarchao Junio de 1921. Combate del batallón de la legión del comandante Lambert en el Djebel Hayane. Marzo de 1922. Combate del Djebel-ech-Cherg. Capitán Roth. Mayo de 1922. Combate del Tizi Adni. Batallón legionario Nicolas. Abril de 1923. Combate de Arbala. Combates de la mancha de Taza. Mayo de 1923. Intervenciones muy duras en Bab- Brida del Talrant, que los legionarios del comandante Naegelin ganan bajo un intenso fuego. En la noche del 26 el batallón Naegelin ocupa por sorpresa el macizo de Incherdit. Junio de 1923. Combate del Tadout. El batallón Naegelin se apodera de la cima. Los legionarios plantan el pabellón tricolor en una gran casbah, al son de los clarines. Combate de la Oued Athia, durante el cual el batallón Barrière tiene que cargar dos veces a la bayoneta. El batallón Buchsenschutz se apodera de los reductos del pico sur del Bou-Khamouj. Combate de la depresión de El Mers. Julio de 1923. Combate de la planicie de Immouzer. Batallón Cattin. Batallón Buchsenschutz. Batallón Susini y Jenoudet. Agosto de 1923. Combate del Oued Tamghilt.

Por la noche, en aquel paisaje de arena y guijarrales, ¿soñaba él con Viena, su ciudad natal, con los castaños de la Hauptallee? La ficha de Ernest Bruder, "legionario francés de segunda clase", indica también: "mutilado de guerra al ciento por ciento". ¿En qué combate fue herido?

A los veinticinco años vuelve a pisar el suelo de París.

Debió de ser liberado de su alistamiento en la Legión a causa de su herida. Supongo que no habló de ello con nadie. Y además a nadie le interesaría. Y estoy seguro de que no cobró pensión de invalidez. No le concedieron la nacionalidad francesa. La única vez que leí que se aludía a sus heridas de guerra fue en una de las fichas de la policía que sirvieron para las redadas que se efectuaron durante la Ocupación.

En 1924 Ernest Bruder se casó con una joven de diecisiete años, Cécile Burdej, nacida en abril de 1907 en Budapest. No sé dónde tuvo lugar ese matrimonio e ignoro el nombre de los testigos. ¿En qué circunstancias se conocieron? Cécile Burdej había llegado a París el año anterior procedente de Budapest, en compañía de sus padres, sus cuatro hermanas y un hermano. Una familia judía originaria de Rusia que se había establecido en Budapest a principios de siglo.

Al finalizar la primera guerra mundial, la vida era tan dura en Budapest como en Viena y les fue preciso continuar huyendo hacia el oeste. Habían ido a parar a París, al asilo israelita de la calle Lamarck. El mismo mes de su llegada, tres de las chicas, de catorce, doce y diez años, murieron de fiebre tifoidea.

¿Vivían ya Cécile y Ernest Bruder al casarse en la calle Liégeard de Sevran? ¿O bien se alojaban en la habitación de un hotel en París? Durante los años que siguieron a su matrimonio, y después del nacimiento de Dora, vivieron siempre en habitaciones de hotel.

Son seres que dejan pocas huellas tras de sí. Personas casi anónimas. Nunca se alejan de ciertas calles de París, de ciertos paisajes de suburbio donde descubrí, por casualidad, que habían vivido. Lo que se sabe de ellas se resume en una simple dirección. Y esta precisión topográfica contrasta con todo lo que se ignorará para siempre de su vida... ese vacío, ese bloque de desconocimiento y silencio.

Encontré a una sobrina de Ernest y de Cécile Bruder. Hablé con ella por teléfono. Los únicos recuerdos que guarda son recuerdos de infancia, desenfocados y precisos a un tiempo. Rememora la amabilidad y la dulzura de su tío. Ella es quien me aporta algunos detalles sobre su familia que anoto. Había oído comentar que antes de instalarse en el hotel del bulevar Ornano, Ernest, Cécile y su hija Dora habían vivido en otro hotel. En una calle que daba a la calle Poissonniers. Miro el plano, le cito las calles una por una. Sí, era la calle Polonceau. Pero nunca había oído hablar de Sevran, ni de Freinville ni de la fábrica Westinghouse.

Dicen que los lugares conservan por lo menos cierta huella de las personas que los han habitado. Huella: marca en hueco o en relieve. Para Ernest, Cécile y Dora, yo diría: en hueco. Me embargaba una sensación de ausencia y de vacío cada vez que me encontraba en un lugar donde habían morado.

Dos hoteles, en esa época, en la calle Polonceau: uno, en el número 49, regentado por un tal Rouquette. En la guía figuraba como hotel Vino El segundo, en el número 32, pertenecía a un tal Charles Campazzi.

Esos hoteles no tenían nombre. Hoy ya no existen.

Hacia 1968 yo solía recorrer los bulevares hasta llegar a los arcos del metro elevado. Empezaba en la plaza Blanche. En diciembre las barracas de feria ocupaban la explanada. Las luces decrecían a medida que uno se acercaba al bulevar de la Chapelle. Todavía no sabía nada de Dora Bruder y su familia. Recuerdo que experimentaba una extraña sensación recorriendo el muro del hospital Lariboisiere, y luego al pasar bajo la vía férrea, como si hubiera penetrado en la zona más oscura de París. Pero era simplemente el contraste entre las luces demasiado vivas del bulevar Clichy y el muro negro, interminable, la penumbra bajo los arcos del metro ...

En mi recuerdo el barrio de la Chapelle se me aparece aún hoy en líneas de fuga a causa de las vías férreas, de la proximidad de la estación del Norte, del estrépito de los vagones de metro que pasaban muy rápido por encima de mi cabeza... Era improbable que alguien se estableciera allí durante mucho tiempo. Una encrucijada en la que cada cual partía por su lado hacia los cuatro puntos cardinales.

Y, sin embargo, he localizado la dirección de las escuelas del barrio donde encontraré, tal vez, en sus registros, el nombre de Dora Bruder, si es que esas escue-las existen todavía:

Parvulario: calle Saint-Luc, 3.
Escuelas primarias municipales de niñas: calle Cavé, 11; calle de Poissonniers, 43, esquina al callejón de Orán.

Y transcurrió el tiempo, puerta de Clignancourt, hasta la guerra. No sé qué fue de ellos durante esos años. ¿Trabajaba ya Cécile Bruder como "obrera peletera" o como "obrera asalariada de la confección", como consta en sus fichas? Según su sobrina, estaba empleada en un taller, cerca de la calle Ruisseau, pero no estaba segura. ¿Seguía siendo Ernest Bruder peón, no en la Westinghouse, sino en alguna otra parte en otra barriada? ¿O también él encontró trabajo en algún taller de confección de París? En la ficha que le hicieron durante la Ocupación y donde he leído "mutilado de guerra al ciento por ciento; legionario francés de segunda clase", está escrito al lado de la palabra profesión: "No tiene."

Algunas fotografías de esa época. La más antigua, el día de su boda. Los cónyuges están sentados, acodados a una especie de velador. Ella se ve envuelta en un gran velo blanco que parece anudado al lado izquierdo de su cara y cae hasta el suelo. Él viste traje y lleva una pajarita blanca. Una foto con su hija Dora. Se hallan sentados, Dora de pie entre ellos: no cuenta más de dos años. Otra foto de Dora, tomada seguramente con ocasión de una entrega de premios. Tiene más o menos doce años, y lleva un vestido blanco y calcetines blancos cortos. Sostiene un libro en la mano derecha. Los cabellos rodeados por una coronita que parece de flores blancas. Apoya la mano izquierda en el borde de un gran cubo blanco adornado con motivos geométricos negros; el cubo debe de formar parte del decorado. Otra foto, captada en el mismo lugar, en la misma época y quizá el mismo día: se reconoce el embaldosado y el gran cubo blanco con motivos geométricos, sobre el que se halla sentada Cécile Bruder. Dora está de pie a su izquierda con un vestido con cuellecito, el brazo izquierdo doblado delante de ella a fin de apoyar la mano en el hombro de su madre. Otra foto de Dora y su madre: la niña ya tiene unos doce años y luce los cabellos más cortos que en la foto precedente. Ambas están de pie delante de lo que parece un viejo muro pero que debe de tratarse del panel del fotógrafo. Las dos visten un traje negro con cuello blanco. Dora está un poco delante de su madre y a su derecha. Una foto de forma ovalada en la que Dora ya es un poco mayor -trece o catorce años, los cabellos más largos- y en la que están los tres como en fila india pero con la cara vuelta hacia el objetivo: primero Dora y su madre, las dos con vestido camisero blanco, y luego Ernest Bruder, en traje y corbata. Una foto de Cécile ante lo que parece un chalet de las afueras. En primer plano, a la izquierda, se aprecia el muro cubierto por la hiedra. Se encuentra sentada en el borde de tres escalones de cemento. Viste un traje claro de verano. Al fondo, la silueta de un niño, de espaldas, brazos y piernas desnudos, en jersey negro o en traje de baño. ¿Dora? Y la fachada de otro chalet detrás de una cerca de madera, con un porche y una sola ventana en el primer piso. ¿Qué lugar podía ser aquél?

Una foto de Dora sola, a los nueve o diez años. Diríase que está en un tejado, justo bajo un rayo de sol, y la sombra alrededor. Lleva bata y calcetines cortos blancos, apoya el brazo en la cadera y el pie derecho en el borde de cemento de lo que podría ser una gran jaula o una gran pajarera, pero no se distinguen, a causa de la sombra, los animales encerrados en ella. Las sombras y las manchas de sol son las de un día de verano.

Hubo otros días de verano en el barrio de Clignancourt. Sus padres llevaban a Dora al cine Omano 43. Bastaba cruzar la calle. ¿O tal vez iba sola? Desde muy joven, según su prima, había sido rebelde, independiente, inquieta. La habitación del hotel era demasiado exigua para que pudieran convivir tres personas.

De pequeña debió de jugar en el parque Clignancourt. El barrio, en algunos momentos, parecía un pueblo. Al anochecer, los vecinos sacaban sillas a la calle y charlaban. Iban a beber limonada a la terraza de algún café. A veces, unos hombres, que no se sabía si eran cabreros o feriantes, pasaban con cabras y vendían grandes vasos de leche por diez perras chicas. La espuma te dejaba un bigote blanco.

En la puerta de Clignancourt, el edificio y la barrera del fielato. A la izquierda, entre los bloques de pisos del bulevar Ney y el mercado de las Pulgas, se extendía todo un barrio de barracas, de hangares, de acacias y de casas bajas que ha sido derribado. Cuando yo contaba catorce años, ese solar me había impresionado. He creído reconocerlo en dos o tres fotos, tomadas en invierno: una especie de explanada por la que se ve pasar el autobús. Se aprecia también un camión parado, se diría que para siempre. Un campo de nieve, en el extremo del cual una caravana y un caballo negro parecen aguardar. Y, al fondo, la masa brumosa de los bloques de pisos.

Recuerdo que la primera vez que lo vi experimenté el vacío que se siente ante lo que ha sido destruido, arrasado. No sabía aún de la existencia de Dora Bruder. Tal vez -estoy seguro- ella se había paseado por allí, en esa zona que me hace rememorar citas de amor secretas, grises felicidades perdidas. Aún flotaban en el lugar recuerdos campestres: las calles se llamaban alameda del Pozo, alameda del Metro, alameda de los Chopos, callejón de los Perros.

El 9 de mayo de 1940, Dora Bruder, a los catorce años, es matriculada en un internado religioso, de la obra del Sagrado Corazón de María, que dirigen las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia, en los números 60 y 62 de la calle Picpus, en el distrito XII.

El registro del internado lleva las anotaciones siguientes:

Apellido y nombre: Bruder, Dora.
Fecha y lugar de nacimiento: 25 de febrero de 1926, París, distrito XII,
hija de Ernest y de Cécile Burdej, padre y madre.
Situación familiar: hija legítima.
Fecha y condiciones de admisión: 9 de mayo de 1940
Pensión completa
Fecha y motivo de salida: 14 de diciembre de 1941 Por fuga.

¿Por qué sus padres decidieron matriculada en este internado? Sin duda porque era difícil continuar viviendo tres personas en una sola habitación de hotel. Me pregunto también si Ernest y Cécile Bruder no estarían bajo la amenaza de una medida de internamiento en calidad de "súbditos del Reich" y de "ex austríacos", pues desde 1938 Austria había entrado a formar parte del Reich y dejado de existir.

En el otoño de 1939 los súbditos del Reich y los ex austríacos de sexo masculino habían sido internados en campos de concentración. Habían sido catalogados en dos categorías: sospechosos y no sospechosos. Los no sospechosos habían sido reunidos en el estadio Yves-du-Manoir, en Colombes. Luego, en diciembre, los habían reunido con otros grupos llamados "de prestatarios extranjeros". ¿Había formado parte Ernest Bruder de esos grupos de prestatarios?

El 13 de mayo de 1940, cuatro días después de la llegada de Dora al pensionado del Sagrado Corazón de María, a las mujeres súbditas del Reich y ex austríacas les había llegado el turno de ser convocadas al velódromo de invierno y de ser internadas durante trece días. Luego, al acercarse las tropas alemanas, habían sido trasladadas al campo de Gurs, en los Bajos Pirineos. ¿Había sido convocada también Cécile Bruder?

Te clasifican en extrañas categorías de las que nunca has oído hablar y que no corresponden a lo que realmente eres. Te convocan. Te internan. Y querrías saber por qué.

Me pregunto gracias a qué casualidad Cécile y Ernest Bruder supieron de la existencia del pensionado del Sagrado Corazón de María. ¿Quién les aconsejó matricular a Dora?

Supongo que a los catorce años Dora ya habría dado muestras de independencia, y que el carácter inconformista al que se había referido su prima seguramente ya se habría manifestado. Sus padres juzgaron que necesitaba disciplina. Unos judíos como ellos habían escogido una institución cristiana. ¿Serían practicantes? ¿Podían escoger? Las alumnas del pensionado eran chicas de origen modesto y puede leerse en la nota biográfica de la superiora del establecimiento, en la época en que Dora estaba interna: "Niñas sin familia o casos sociales graves, por las que Cristo ha manifestado siempre su predilección." Y en un folleto consagrado a las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia: "La fundación del Sagrado Corazón de María estaba llamada a rendir eminentes servicios a las niñas y jóvenes de familias desheredadas de la capital."

La enseñanza comprendía disciplinas que desbordaban las meras labores domésticas y la costura. Las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Misericordia, cuya casa madre era la antigua abadía de Saint Saveurle Vicomte, en Normandía, habían fundado la obra del Sagrado Corazón de María en 1852, en la calle Picpus, en calidad de internado profesional para quinientas jóvenes hijas de obreros, con setenta y cinco religiosas.

En el momento del desastre de junio de 1940, las alumnas de las monjas abandonan París y se refugian en Maine-et-Loire. Dora debió de partir con ellas en los últimos trenes abarrotados que aún podían cogerse en la estación de Orsay o de Austerlitz. Habían seguido el largo cortejo de refugiados por las rutas que descendían hacia el Loira.

Regreso a París en julio. Vida de internado. Ignoro qué uniforme llevaban las pensionistas. ¿Simplemente la vestimenta señalada en el anuncio de búsqueda de Dora, en diciembre de 1941: pullover burdeos, falda azul marino, zapatos sport marrón? ¿Y una bata por encima? Adivino más o menos los horarios cotidianos. Levantarse hacia las seis de la mañana. Capilla. Clase. Recreo. Refectorio. Clase. Capilla. Dormitorio. Salida los domingos. Supongo que la vida entre esos muros era dura para aquellas chicas por las que Cristo había manifestado siempre su predilección.

Según pude averiguar, las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la calle Picpus habían organizado una colonia de vacaciones en Béthisy. ¿Sería en Béthisy-Saint-Martin o en Béthisy-Saint-Pierre? Los dos pueblos están en el distrito de Senlis, en el Valois. Es posible que Dora Bruder pasase algunos días con sus compañeras en el verano de 1941.

Los edificios que albergaban la obra del Sagrado Corazón de María ya no existen. En su emplazamiento se han edificado bloques de pisos que hacen pensar que el pensionado ocupaba un amplio terreno. No tengo ninguna fotografía del antiguo internado. En un viejo plano de París se lee en el lugar que ocupaba: "Casa de educación religiosa." Se ven cuatro rectángulos y una cruz representando los edificios y la capilla del pensionado. Alrededor del terreno, una franja estrecha y marcada que va desde la calle Picpus a la calle Reuilly.

En el plano, frente al pensionado y al otro lado de la calle Picpus, se suceden la congregación de la Madre de Dios, las Damas de la Adoración y el Oratorio de Picpus, con el cementerio donde están enterradas, en una fosa común, más de mil víctimas guillotinadas durante los últimos meses del Terror. En la misma acera que el pensionado, y casi medianero con éste, el gran terreno de las Damas de Santa Clotilde. Luego las Damas Diaconesas, donde estuve interno a los dieciocho años. Recuerdo el jardín de las Diaconesas. En esa época ignoraba que el establecimiento hubiera servido para la reeducación de chicas. Un poco como el Sagrado Corazón de María. Un poco como el Buen Pastor. Estos lugares, donde te encerraban sin que supieses si saldrías algún día, llevaban nombres decididamente extraños: Buen Pastor de Angers, Refugio de Darnetal, Hospicio Santa Magdalena de Limoges, Soledad de Nazaret.

...

[Fin del fragmento de Dora Bruder]

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