ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Fases lunares de Macedonio

Por Tomás Eloy Martínez

Los testimonios que la tradición oral ha retenido de Macedonio Fernández parecen aludir a un personaje más inventado que real. Era friolento en exceso y para mitigar su destemplanza dormía vestido, abrazado a toallas y diarios viejos. Alcanzó también fama como conversador prodigioso pero de pocas palabras, uno de esos gurúes capaces de mantener en vilo al auditorio durante una noche entera para pronunciar al amanecer la frase que iluminaba el universo.
En las provincias, donde todo lo que proviene de Buenos Aires suena a legendario, Macedonio era la más improbable de las leyendas. Resultaban inconcebibles el aislamiento y el estado de inmovilidad en que vivía, templando con igual indiferencia el mate o la guitarra. Se llegó a sospechar que las obras que se le atribuían habían sido redactadas por bromistas como Jorge Luis Borges o Ramón Gómez de la Serna, y que las fotografías en las que había posado con Juan Ramón Jiménez estaban fraguadas con la complicidad de un viejito venal.
Hacia 1968, el cubano José Lezama Lima —en cuya revista Orígenes había colaborado Macedonio veinte años antes— tampoco quiso creer en su existencia, porque calculó que un creador con tanta desconfianza de la palabra escrita no podía haber dejado una literatura póstuma tan abundante.
Pasar a la historia como escritor no entraba, sin duda, en los planes de Macedonio. En una carta de 1928 declaró que esperaba “terminar esta vida como místico”, y eso es precisamente lo que le sucedió: había adelgazado por debajo de los cincuenta kilos y los músculos se le volvieron indóciles por completo, en represalia por la poca atención que les había prestado. Sumido durante horas en el silencio o ensayando en la guitarra un acorde monótono, Macedonio murió sin escribir ni leer, pero con el pensamiento en estado de alerta, confiando en que en el momento del tránsito le sería revelada la Palabra Verdadera.
Sus hijos Jorge y Adolfo, que lo acompañaron durante las horas finales, cuentan que la muerte le llegó como un desprendimiento, sin enfermedad ni dolores que la anunciaran, a las 6 de la mañana del 10 de febrero de 1952. Aun ahora, veinte años después, Macedonio padece el infortunio de ser más famoso que leído, y ni siquiera su fama se debe a lo que él dijo sino más bien a lo que otros dijeron de él.
En 1928 se había descripto como un guitarrista de “manos desairadas”, “medroso del dolor” y desdeñoso de la muerte, a la que imaginaba como una mera forma de ocultamiento. “Soy —escribía— de ojos azules, frente buena y abundante cabello, cano desde los 25 años casi; en todos los restantes rasgos del rostro, muy mezquino”. A medida que envejecía, el pelo se le iba insubordinando y Macedonio se olvidaba de peinarlo. Sobre la cara menguada creció una barba que, según él, le aseguraba una temperatura constante y servía como protección contra los dolores de muelas. Conservó con firmeza la costumbre de no probar alcohol y de manifestar igual intolerancia a los remedios y a los ejercicios físicos, pero a la vez murió sin privarse de los vicios menores a los que siempre fue adicto: el café, el mate, los cigarrillos. La única actividad que no interrumpió nunca fue la meditación, tal vez porque le parecía que toda otra forma de movimiento no significaba nada en el confuso magma de la eternidad.
Vivió persuadido de que el hombre es incapaz, al menos desde el punto de vista físico, de dolores y placeres intensos, y de que el sueño, la vigilia y la muerte tenían una importancia equivalente, porque nada alteraba la fluencia de la contemplación en que siempre estuvo sumido. De todas las manifestaciones humanas, el amor le pareció la más real y la más misteriosa, pero como juzgaba que el amor era un signo entre iguales, sólo le parecía legítimo querer “a la esposa y a los amigos”, de quienes puede esperarse reciprocidad, pero no a los hijos, “a los que nada debemos y que nos abrumarán de preocupación y de trabajo aun en nuestra ancianidad”.
Casi todo lo que se ha escrito sobre Macedonio son anécdotas, porque al parecer no conoció otros sobresaltos que la contemplación y la inmovilidad. El propio Borges suponía que el único modo de iluminar certeramente el genio de Macedonio era deteniéndose en los pormenores de su vida, pero lo más probable es que la eficacia de la genialidad que le adjudican vaya extinguiéndose junto con la memoria de quienes lo conocieron. Porque lo que importaba de él era, parece, no las palabras sino la entonación con que las decía, no las ideas sino el acto de presencia con que las confirmaba.
Macedonio Fernández nació el 19 de junio de 1874, en el seno de una familia “de ascendencia, materia y potencia hispanas, con muchas generaciones de americano” y con algunos bienes de fortuna que ya el padre, sin espíritu comercial, se había encargado de menguar. Fue el segundo de cuatro hermanos y el predilecto de Rosa del Mazo, la madre, “una de las matronas de más numerosas y profundas amistades en la Argentina”. Como el nacimiento era, según Macedonio, el único episodio sobresaliente de su vida, se aplicó a desmentirlo y trasladarlo tantas veces de fecha que sólo por azar no se confundió el dato exacto. “Nací porteño y en un año muy 1873”, le escribía a Gómez de la Serna, pero en Papeles de Recienvenido aclara que era “en 1875, el año de la revolución del 74”. Como en definitiva el único sujeto de su literatura fue él mismo, deslizó algunas informaciones sobre la infancia que tal vez no sean completamente inexactas: refirió que a los 7 años solía caerse “de un balcón y llorar en seguida” y que a los 6 frecuentaba una casa de modistas, en cuya salita de pruebas adquirió “una gran inclinación por las matemáticas en punto a curvas y ángulos”.
Fue un adolescente silencioso, de humor parejo y afición al encierro. Se sabe por los Papeles que “muy muchacho, en Pocitos”, un caballo le mordió el hombro, y que en Mercedes, Uruguay, dedicó “todas mis temporadas al caballo: nunca he andado tanto a pie”. Allí, recuerda, “una muchacha más bien fea me llamó tilingo” y otra, “de nombre Mecha, me besó”.
Las tertulias de su casa, en la calle Piedad, lo ejercitaron en la discusión intelectual y en el arte de la réplica. Doña Rosa, la madre, presidía en el verano, con el auxilio de una pantalla de palma, los solemnes diálogos en que se trenzaban Juan B. Justo y José Ingenieros, o Leopoldo Lugones y Cosme Mariño, a quienes no les sería fácil tolerar el humor impertinente de Macedonio.
Por aquellos años, el muchacho se aplicaba a la lectura de Herbert Spencer, quien subrayaba la importancia del individuo ante los poderes del Estado y sostenía que el hombre primitivo había sido más inteligente y emocional de lo que era el hombre civilizado.
Influido por Spencer, Macedonio intentó entonces un experimento de vida silvestre en compañía de su amigo Julio Molina y Vedia. Hacia el fin de la primavera, en 1893, remontó el Paraná y se internó en los campos sin cultivar que la familia de Vedia había recibido en el Paraguay como tributo de guerra. Refiere Francisco Luis Bernárdez que los muchachos partieron “vestidos de jacquet, dispuestos a practicar el socialismo. Una vez allí, los corrieron los mosquitos”. La aventura no duró más de tres meses.
En este punto de la historia hay un dato que todos los amigos admitieron como cierto, pero que nadie sabe fijar en el tiempo. Tras el fracaso en el Paraguay, parece que Macedonio vivió en Posadas, donde lo nombraron fiscal de distrito* y director de la biblioteca municipal, pero tampoco allí debió de quedarse más de cuatro o cinco meses porque en 1894 volvió a seguir los cursos regulares de la Facultad de Derecho en Buenos Aires. Recibió su diploma de abogado tres años más tarde, el 8 de julio, entre aspirantes a próceres de la talla de Enrique Larreta, Horacio Béccar Várela, Luis María Campos Urquiza, Vicente Fidel López, Leopoldo Melo y Vicente Gallo. Ya iba camino de convertirse en marginal porque las actas de promoción no consignan el domicilio de Macedonio y porque cuando lo invitaron a la primera comida del flamante elenco, en el Jockey Club, se negó con una excusa cortés. Tampoco asistió a las que se convocaron todos los 8 de julio siguientes, con tanta buena fortuna que acabaron dándolo por muerto. A partir de 1907 certificaron la defunción con una cruz puesta junto al nombre de Macedonio en las tarjetas que se enviaban a los invitados.
Cómo empezó a querer es algo que nadie sabe. Apenas insinúa Macedonio, en el poema “Elena Bellamuerte”, que “mi primer conocerte fue tardío” y que “sólo de todo amor se aman quienes jugaron antes de amar”. De esas líneas puede inferirse, acaso, que conocía ya en la infancia a quien sería su mujer, Elena de Obieta. Se casó con ella en 1901, y nadie tiene la certidumbre de que hayan sido felices. En una entrevista que le hizo el escritor Germán Leopoldo García, cuenta Gabriel de Mazo —sobrino de Macedonio— que Elena “era una mujer muy agraciada, de hermosos ojos, muy sensible y de recio carácter”. Hay indicios de que, tras el nacimiento del cuarto hijo, en 1914, Macedonio emprendió un simultáneo distanciamiento de la abogacía y de la familia. Había suspendido toda publicación de sus ensayos en enero de 1902, y la única fertilidad intelectual que conoció en ese período fue la correspondencia con William James, a quien él llamaba “el mayor psicólogo de todo tiempo y filósofo de la emoción, del pluralismo y del pragmatismo”. Puede que se sintiera injuriado por los trámites del bufete, por las fronteras que la vida burguesa imponía a su pensamiento, por la certidumbre de que ni la metafísica ni la mística pasaban por el camino del matrimonio.
Macedonio se transfiguró en otra persona después de la muerte de Elena, en 1917 (hay quienes dicen que sucedió en 1920). Renunció a la comodidad, a la respetabilidad y a todo lo que un hombre común creería que es la dicha. Se hundió primero en un pantano de remordimientos, del que brotaron sus más espléndidos poemas: “¿Te dormiste? Palabras no lo dicen. Fue sólo un dulce querer partir Pero un ardiente querer atarse Pero un ardiente querer atarme”. Luego, se dedicó a pensar. Entre las muchas anécdotas que procuran describir a Macedonio, quizá la más célebre sea por completo apócrifa: refiere que “Elena Bellamuerte” fue escrita en la sala de espera de un dentista y olvidada dentro de una lata de galletitas durante más de quince años. Gómez de la Serna suponía que la historia era en verdad una metáfora del largo silencio (1904-1922) en que Macedonio se había confinado luego del matrimonio y de la separación que lo sucedió.
En 1917 Macedonio adopta la costumbre de recluirse en pensiones imposibles, mal ventiladas, donde sólo lo distraían mujeres indignas y enamoramientos siempre fracasados.
Su hijo Adolfo le narró a Germán L. García que hacia aquella época la familia vivía “por Flores, en medio del campo, y Macedonio llegaba, no se sabía de dónde, con una valija de dulces y masas, todos medio oprimidos y acumulados. Ninguna masita fresca o geométrica: se notaba que venían de un largo recorrido”.
En las pensiones donde se guarecía fue aprendiendo algunas de sus costumbres más extravagantes, como la de tomar asiento en una silla de respaldo derecho y mantenerse durante horas en la más estricta inmovilidad, o la de dormir vestido, cubriéndose el pecho y los hombros con una toalla, como si no le bastaran las tres y aun cuatro camisetas de frisa con que solía abrigarse. Cuenta Borges que a Macedonio le gustaba hablar del “halago térmico” y que entendía por tal la operación de encender tres fósforos y acercárselos al vientre en forma de abanico. No hay memoria de personaje más friolento en la templada Argentina, tal vez porque para Macedonio la temperatura no sólo influía sobre la vida física sino también sobre los secretos movimientos de la meditación. Imaginaba que la flacura, o más bien la carencia de grasa en el cuerpo, lo obligaba al perpetuo empleo del sobretodo, pero es curioso que jamás confiara en el calor que podían proporcionarle las sábanas o las frazadas, así como dudaba de la eficacia del calor solar.
Los jóvenes amigos de Borges lo descubrieron hacia 1921 y empezaron a frecuentarlo con la felicidad de quien se interna en un planeta benigno y desconocido. A Bernárdez, a Marechal, a Girondo y aun al propio Ricardo Güiraldes les impresionaban las extrañas costumbres de aquel doctor en leyes que iba a cumplir 50 años y que vivía entregado a una voluntaria miseria. Les sorprendió que padeciera fotofobia y que por horror a la luz los recibiera en el encierro más absoluto; que predicara las ventajas de una vida higiénica y que sin embargo permaneciera en cama durante días, con el sombrero puesto, sin conceder al cuarto otra ventilación que el vaho desprendido de una ollita en la que hervían hojas de eucaliptus; que se entusiasmara con las mujeres nocturnas de la pensión, declarándose enamorado de la más triste de todas, y que quisiera sin embargo ponerlas en contacto con las damas de la alta burguesía para sumir a unas y otras en el escándalo.
Les costó apartarlo de sus costumbres sedentarias y acercarlo a las tertulias del café Royal Keller, en Esmeralda y Corrientes, donde Macedonio sorprendió de entrada al propietario y a los mozos proponiéndoles que adoptaran cucharitas de papel de seda como consigna para desconcertar a los clientes, o que les entregaran con el vuelto monedas tan pesadas que les rompieran los bolsillos. Confiaba en que esos procedimientos atraerían más público.
A medida que envejecía, Macedonio iba perdiendo la costumbre de escribir y de leer. Retenía algunos ejemplares anotados de la obra de William James, que después olvidaba en las confiterías. Y a veces, para que sus reflexiones tuvieran un punto de apoyo en el universo físico, las escribía sobre papelitos azarosos: boletos de tranvía, retazos de cartón, orillas de los almanaques, sin importarle que desaparecieran en seguida. Es más: el grueso de la obra que Macedonio escribió entre 1920 y 1946 —cuando Adolfo lo llevó a vivir consigo— quedó perdido en los matorrales de las pensiones, sea porque no se molestaba en recoger los papelitos antes de que barrieran los cuartos o porque los dejaba arrinconados al marcharse. Por eso es tan sorprendente que se le atribuyan al menos cinco libros póstumos, entre los cuales está su monumental Museo de la Novela de la Eterna. Tal vez no todo sea de él, lo que confirmaría su idea de que la literatura era una casualidad escrita no por un hombre sino por muchos, como la miel de las colmenas.
Puede que los poemas, los ensayos de No todaes vigilia la de los ojos abiertos y los misceláneos Papelesde Recienvenido se hubieran extraviado de no mediar Borges y Raúl Scalabrini Ortiz, que prepararon las ediciones de esos libros y hasta corrigieren las pruebas sin que Macedonio mostrara el menor interés en socorrerlos.
Gracias a la instigación de los jóvenes, Macedonio empezó a frecuentar la literatura de circunstancias, o más bien esa forma inesperada del periodismo que alude a los puros movimientos de la inteligencia y no de la realidad. Como identificaba literatura con invención, mucho de lo que Macedonio ha escrito no se parece a nada. Así, por ejemplo, este comienzo de relato: “En aquellos tiempos pasados tan lejanos que no existía nadie, pues nadie se animaba a existirlos por lo muy solitarios que eran para toda la gente”. O esta reflexión doméstica sobre el infortunio de escribir: “Nos lastima mucho pensar en el destino de los que fueron universalmente señalados en el escribir bien —Quevedo, Poe, Cervantes, Sterne, hoy mismo Kafka, Rilke, Supervielle—, pues sabemos que alguien los esperaba, o los espera, en su casa, con un ceño y una ronquera terribles, si vienen del escribir mal”.
Todavía resulta extraño que un escritor tan venerado como Macedonio desconfiara tanto de la literatura. Sin duda puso todo el genio de que estaba dotado en la meditación y en la búsqueda de algunas revelaciones eternas, y vació el resto en cuadernos y papelitos, sin importarle que lo entendieran o que su prosa adoleciera de excesos de follaje.
Quienes conocieron el espectáculo de Macedonio sentado en un café del Once, con la oreja atenta a las discusiones sobre estética y metafísica en que se trenzaban los contertulios, y preparándose maliciosamente para emitir —dos o tres veces por noche— la Palabra Verdadera que todos habían pensado o intuido pero que nadie había logrado redondear, saben que ese Macedonio efímero es superior al de los libros y que el verdadero lustre de su genio ha desaparecido irrevocablemente.
Muchas de las hazañas verbales de Macedonio, que tanto impresionaban a los jóvenes de hace cuarenta años, parecen ahora superficiales y hasta ridículas. Manuel Peyrou creía, por ejemplo, que la noche más gloriosa del viejo maestro fue la del Munich de Pueyrredón y Corrientes, cuando agasajaron a Paul Morand.
Peyrou le contó a Germán L. García que Macedonio “se puso entonces a discutir con Xul Solar, quien insistía en hablar en su idioma, el neocriollo, y en vez de decir voy enseguida decía taquivoy, y en vez de vamos arriba decía upavamos. Macedonio retomaba ese lenguaje y lo enloquecía a chistes.
Fueron unas horas maravillosas”. Pero ninguno de aquellos chistes memorables podía ser repetido por otro, y no es ocioso advertir aquí la prolijidad con que Peyrou recuerda el “neocriollo” de Xul Solar pero no las parodias de Macedonio.
Sólo los poemas retienen, tal vez, algún eco de la eternidad a la que tuvo acceso, pero ni uno solo de ellos incurre en el humor o en el ingenio de que tanto se habla: son elegías o reflexiones líricas en las que navegan, una y otra vez, los grandes temas de la Pasión y de la Muerte.
Por cortesía, por bondad o por mera indolencia, Macedonio creía que no había hombres malignos, y que la torpeza era sólo una manera de no estar presente. Por eso buscó que todos sus personajes de novela fueran buenos y pretendió aplicar también a la política esa visión del mundo. Se convirtió al yrigoyenismo en 1916, cuando el sufragio universal consagró presidente a Hipólito Yrigoyen, y se volcó al alvearismo en 1922 por razones equivalentes. Ocho años más tarde, cuando el general José Félix Uriburu fue aclamado en la Plaza de Mayo por algunos millares de porteños, Macedonio no vaciló en apoyarlo porque le parecía inconcebible que las mayorías se equivocaran. En un hombre tan poco gregario como él, esas ideas resultaban insólitas, pero es posible que las defendiera en público sólo para esquivar la discusión sobre un tema que no le interesaba.
Las historias que se cuentan para ponderarlo apenas sirven para iluminar algunas migajas de su ingenio y no están a la altura de su fama. Fuera de las que aluden a sus costumbres friolentas y sedentarias, son tres las que se repiten con mayor entusiasmo. Una lo muestra como siempre, inmóvil en la oscuridad del cuarto y con la puerta entreabierta: una vecina cree que no hay nadie, entra en la habitación y descubre a Macedonio. “¿Y esta puerta abierta?”, le pregunta. “¡Trampa para rubias!”, responde el viejo con galantería. Según otra, cada vez que le preguntaban si había leído este o aquel libro, Macedonio informaba: “No duermo de ese lado, che”. La última data de enero de 1952, en vísperas de su muerte. Graziella Peyrou fue una tarde a visitarlo y advirtió, en medio de la conversación, que una gran araña subía por la pared. “¡Un diario, deme un diario!”, pidió, alargando la mano hacia Macedonio que tenía varios al lado de la cama. Y él, imperturbable, le dijo: “¿Del gobierno o de la oposición?”
No necesitó para vivir más que unas pocas cosas: la pava, el calentador, la estufa, ropa de lana. Como se apartó de todo empleo u ocupación poco después de cumplir los 40 años, debió seguramente de sobrevivir con las rentas familiares que había heredado, y es difícil imaginar hacia qué sótanos hubiera descendido sin el auxilio de ese dinero. Desconocía el sentido de cualquier obligación, y cuando concertaba una cita vivía atormentado desde mucho tiempo antes de la hora fijada por temor a equivocar el momento. Padecía de continuos insomnios, pero no lo inquietaban porque tenía confundidas las horas del sueño y de la vigilia, y el amanecer o el atardecer eran para él —según refiere Adolfo, su hijo— un solo movimiento continuo.
Cuando se mudó a la casa de Adolfo, en la avenida Las Heras casi esquina Lafinur, Macedonio empezó a vivir en un estado tal de desprendimiento que hasta los cuidados filiales le sobraban. Extremó su conducta cortés hasta el punto de preocuparse por las mínimas molestias que ocasionaba, pero aun así, cada vez que alguien iba a visitarlo o que recibía algún llamado telefónico, demoraba horas —literalmente— antes de atender. Por las tardes, los vecinos lo veían asomarse a los balcones del departamento e internar la mirada en los follajes del Jardín Botánico con un aire de tan completa beatitud que no parecía personaje de este mundo.
Adolfo logró llevarlo un par de veces a caminar por Palermo, pero no consiguió entusiasmarlo. Así como para Macedonio la meditación era una flecha sin blanco fijo, que se enriquecía por los sucesivos golpes de iluminación que iba recibiendo en la búsqueda, todo movimiento —inclusive el acto de caminar— no podían concebirse si no estaban enderezados hacia algún fin concreto.
Murió sin enfermarse, en silencio, como quien desaparece en un incendio. “No fue necesario operarlo ni curarlo; no se sabe de qué murió”, ha dicho Adolfo. Ningún final hubiera sido más adecuado que esa lenta ceremonia de ocultamiento a la que se fue entregando en los últimos meses, y es tal vez en la levedad de esa muerte donde mejor se lo reconoce. Leopoldo Marechal comparó alguna vez el destino de Macedonio con el de una mariposa. Dijo que uno y otra emitían resplandores que se apagaban en el acto mismo de desaparecer, y que en ambos estaba representada la fragilidad del universo. Salvo porque la mariposa es extremadamente móvil y porque Macedonio convirtió la inmovilidad en una forma de comportamiento, la semejanza es perfecta. En los dos, ninguna experiencia es comparable al placer de existir, y nada fuera de ese placer se justifica: ni el comercio, ni los tormentos del trabajo, ni mucho menos los libros.

(1974)

* Una carta de Horacio Quiroga a Leopoldo Lugones (octubre 7, 1921) sitúa la aventura judicial de Macedonio dieciocho años después, en 1911.

(De: Lugar común la muerte)

Las tierras se dividían netamente en ocres y verdes. Verdes en la colina donde caían las lluvias y pastaban las ovejas, ocres cenicientos en la tierra llana. Abel era dueño de las ovejas y de la colina, Caín del arado y de la tierra llana que ocultaba cascotes y piedras del tamaño de un puño.

Abel, pastor de sus ovejas, eligió una de gran grosura y la sacrificó a Jehová. Le cortó el cuello y ya desangrada armó una hoguera de leños perfumados cuyo humo, filtrado por la atmósfera en su largo recorrido, llegó directamente al Cielo desprovisto de su tufo a carne quemada y solo oloroso a resina y a otros aromas de la madera.

Dios abrió sus amplias narices, olió, y dirigiendo un vistazo a la tierra dijo: Es ofrenda de Abel; se sintió halagado y privilegió a Abel en su corazón. Porque en un mundo casi deshabitado eran pocas las ofrendas, concedía importancia a cada una.

Caín, dedicado desde el amanecer hasta la noche a arar la tierra, a sembrar, recogía frutos escasos ya que la sequía y la falta de humus no favorecían sus afanes.

Cuando vio el humo que se desprendía de la hoguera de su hermano, Caín se dijo que no podía ser menos, que el excesivo trabajo le hacía olvidar el ejercicio de su devoción. Sin embargo, cuando abandonó el arado y se acuclilló junto a la hoguera de Abel, otros fueron sus pensamientos. Contempló la columna de humo que ascendía limpia de impurezas y pensó si de las últimas ascuas no podría rescatar un trozo de carne que, aun carbonizada, le sabría a manjar.

Regresó a su arado y mientras lo empujaba se preguntó: ¿Por qué mi hermano sacrifica una oveja teniendo tan pocas? Lo que se expresa una vez no se expresa para siempre, la fe pide constancia, y sacrificando ovejas, las más gordas, las aún fértiles, ¿cómo alimentaría Abel a su mujer y a sus hijos? (No habría mujer ni hijos para Abel. Moriría antes. Así que era vana su preocupación).

Miró Caín lo que podía cosechar y era muy poco. ¿Cómo desprenderse de una sola de esas espigas rematadas por delgados granos? El cielo se mantenía azul, sin nubes que anunciaran lluvias, el sol inclemente. Entonces, aunque ya había ofrendado mieses que, por escasas, Dios no había recibido con agrado, resolvió una ofrenda más humilde aún, creyendo que esta vez Dios comprendería. El humo de su hoguera de pastos secos, de ramas y de espinos llegaría igualmente al Cielo; valía el homenaje, la intención diríamos ahora, y Dios concluiría: He aquí uno que procede con tino y se entrega a mi discernimiento. No soy un insensato ni un soberbio para esperar que mis criaturas me ensalcen a costa de privaciones o penuria.

Y agregaría: No les exigiré lo imposible, si bien ellas solo tendrán (y serán) lo que dieron. Verdad irrefutable aún hoy, en nuestros tiempos, que uno solo tiene (y es) lo que ha dado.

Y lo que habían dado Caín y Abel no era la materialidad de sus ofrendas: la quemazón de unos arbustos y la oveja más gorda del rebaño, sino el sentir, el reconocimiento a un Ser poderoso, temido y reverenciado.

Sin ánimo de sentar comparaciones, aunque los dos hermanos pretendieran expresar su devoción, esa devoción hasta podía considerarse más profunda en Caín; obraría con cálculo (el de su miseria) pero jamás se le ocurriría que Dios, en su majestad y omnipotencia, podría obrar del mismo modo: con cálculo. Solo atento al alma de sus criaturas, Dios no establecería diferencias entre Caín y Abel, no agregaría mayor significado a una oveja, a unas maderas olorosas, ni menoscabaría ofrendas más modestas de paja y espinos.

Así, antes del amanecer, quitándole horas al sueño, seguro de que Dios comprendería, Caín recogió gran cantidad de pastos secos, matas y ramas, y la encendió frotando dos piedras porque para ahorrar ni aun en los días fríos guardaba rescoldo.

El humo se alzó, no en una columna recta y azulada como en el caso de Abel, sino grisáceo, desparramándose por los terrenos vecinos y por las colinas donde descargaban las lluvias antes de alcanzar el llano.

Los ojos llorosos, las ovejas de Abel comenzaron a toser entre ahogos y el pelo se les puso del color de la ceniza.

Solo una pequeña porción de este humo llegó al Cielo pero bastó para que el Creador, tosiendo y con los ojos llorosos como las ovejas, dictaminara malhumorado: He aquí una ofrenda que no vale nada. El sacrificio de una oveja huele bien, bajo el olor a resina aún sabe a asado dominical, pero Caín procede como un campesino avaro cuidando sus víveres. Su fe es poca. Mide su hambre. En consonancia con Él —con su grandeza— ni el sacrificio de un hijo primogénito debía medirse.

No miró propicio a Caín y despreció su ofrenda a la que consideró mezquina. No madrugaré para castigarlo, se dijo, pero quiero equidad. Diente por diente, ojo por ojo. Como Caín me descuida, yo lo descuidaré.

Entonces, mientras las ovejas de Abel, a pesar de los sacrificios, no raleaban multiplicándose con lozanía, la tierra de Caín se agostó. Por más que trabajara duramente, no le devolvía fruto. Enflaqueció, sus labios se secaron y constantemente sufría hambre.

Quizás, como se cuenta, Caín matara a Abel, su hermano que seguía halagando a Dios y era su preferido. Así está escrito, que la voz de la sangre de Abel clamó a Dios desde la tierra, pero no hay que creerlo ciegamente. Allí también, en lo escrito, como en un campo de gramíneas con yuyos, crece tanta verdad como mentira. Quizás Caín suplicó a Abel que le cediera una oveja de su rebaño (no para el sacrificio sino para comerla), quizás lo pensó mejor y le reclamó un par, macho y hembra, con la esperanza de atenuar sus privaciones cuando engendraran corderos y se multiplicaran como ganado en un trozo de colina verde, también exigido. Fuera un caso u otro, ante el rechazo unánime de Abel, quizás Caín lo asesinara.

Los tiempos están muy lejanos para saberlo con exactitud (aunque esté escrito). Lo que sí sabemos con certidumbre es que a partir de sus repudios y preferencias, ya en esos días y para siempre, Dios comenzó a ser incomprensible.

Vanidad de vanidades y todo es vanidad son las palabras del Eclesiastés. Pero la vanidad mayor es el dispendio, la ofrenda lujosa frente al hambre del hermano.


(De Relatos reunidos, 2016)

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