ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Las flores del porvenir

Por Gustavo Gabriel Aguilera*

Recuerdo esa noche. —¿Qué flores expresan los días por venir?— preguntó. Todos comenzaron a bromear sobre eso. Como de costumbre creían que estaba utilizando una pregunta para arrancar a contarnos una historia, que terminaría por hacernos sonreír. Pero sólo Manolo, el Cholo y yo sabíamos de qué iba la cosa. Sonrió un poco y, se quedó en silencio. En ese momento comprendí que su pregunta había sido retórica, era su forma de despedirse.

—¡Brindemos! —gritaría después—. ¡Por que nunca falte y nunca sobre!

Nadie comprendió. Esa noche se fue cantando bajito sobre rosas blancas para amigos sinceros, supe después que era un poema que él había musicalizado para una obra suya. Nunca más lo vimos.

Era un tipo extraño, físicamente parecía tener entre 55 y 60 años, no más, pero la energía que tenía le daba una jovialidad envidiable.

De sus ojos emanaba una melancolía ilimitada, detrás de su sentido del humor, la tristeza gobernaba su mundo. Sus conocimientos y sus historias eran infinitas, todos creíamos que era un escritor venido a menos, uno de esos que precisaban apagar sus demonios con alcohol.

Normalmente no tomaba mucho, en verano siempre pedía: "un fernet y una picadita, para empezar." Luego seguía con whisky. En invierno pedía: "en un vaso fino y alto, dos de grapa y una de anís, con una piedrita de hielo." Se sentaba en una mesa contra la ventana y miraba a la calle durante horas. Tenía un imán para la gente. Su presencia nunca pasaba desapercibida. Todo el mundo lo saludaba al llegar y siempre terminábamos acercándonos a él. Sus historias eran increíbles, pero muy entretenidas. Decía haber nacido en Europa en el 1300 y pico, porque ya había perdido la fecha en su memoria, su nombre original era Robert Gadling. Desde ese momento había recorrido el mundo una docena de veces, por lo menos. En la época de la peste, después de haber enterrado a toda su familia decidió que no moriría nunca. Se había encaprichado con que la muerte era una moda. Y él pretendía pasar de ella. Un día expresó su decisión en una taberna que frecuentaba: "Vivir es una experiencia única, siempre habrá algo nuevo que hacer, que conocer, el aburrimiento es el lujo de la torpeza, de la pobreza de espíritu. ¿Cuántas vidas precisaríamos para conocer el mundo, para leer todos los libros que quisiéramos, para amar a todas las mujeres que se lo merezcan?" Todos a su alrededor rieron burlándose de él. Excepto un hombre un poco extraño, pálido y con ojos negros como abismos sin fondo, que se le acercó y realizó una extraña apuesta. Como la idea de no morir le parecía torpe y absurda, le propuso encontrarse en el mismo lugar dentro de cien años, para ver si todavía mantenía su opinión sobre la muerte. De ser así le otorgaría la probabilidad de vivir otros cien años y así sucesivamente, hasta que cambiara de opinión. Los parroquianos pensaron que era una broma, una ironía para reírse de su estúpida idea.

Pero no fue así, y cada cien años volvieron a encontrarse. Hasta nuestros días, donde según él, falta muy poco para el próximo encuentro. Esta vez no está seguro de querer seguir viviendo.

Durante su vida fue de todo un poco: tuvo una imprenta en Londres, fue mercader de esclavos en Lisboa, mendigo en Madrid, millonario en Venecia, florista en Hamburgo, soldado en varias guerras en los confines del mundo. Una vez se enamoró de nuevo, y allí comenzaron sus problemas. Nunca pudo olvidarla, Armonía se llamaba, en aquellos años estaba metido en asuntos de espiritismo, le habían advertido que no jugara con esas cosas. No hizo caso. Decía no saber nada sobre esos temas, el que tuviera a un Dios como amigo y lo viera cada cien años no le hacía pensar que todo eso tuviera algo de cierto. De ese modo, jugando, fue que descubrió que su amada moriría en muy poco tiempo.

Hablando con espíritus, estos le explicaron que ella era la reencarnación de su esposa anterior hacía ya 500 años. La había vuelto a encontrar, y la perdería de vuelta, una y otra vez, hasta que llegara el momento de perderla para siempre. Está cansado de deambular por el mundo, más allá de todos sus conocimientos adquiridos a través de los años. La sensación de soledad lo agobia, ¿Cuántas vidas había enterrado, cuántas veces tuvo que ocultar lo que sentía por no quedarse allí a ver envejecer a sus seres queridos? ¿Cuántas trampas le había hecho al tiempo, para que éste al final siempre estrellara en su cara la Entropía?

Reí de buena gana y me mostré escéptico. Entonces me dijo que no mentía, que estaba dispuesto a probarlo. En el bar ya estaban por cerrar, miré a Manolo, el dueño y me hizo un gesto de complicidad para que siguiera adelante con el juego. Acepté. Pidió una vela, un papel, una lapicera y una copa. Preparó la mesa y se dispuso a llevar a cabo su acto. Manolo salió de atrás del mostrador, trancó las puertas y se acercó despacio. Roberto García; esa era la última versión de su nombre, que había cambiado cientos de veces desde aquella primera vez. Habló en una lengua rara para los dos, mientras hacía unos ademanes. Del otro lado del boliche apareció el Cholo que, viniendo de la gambuza, se cruzó de brazos y se recostó sobre el mostrador mirando atónito.

Una corriente de aire hizo tremolar la luz de la vela, nos miró con el ceño fruncido y pidió un poco más de seriedad. Preguntó si alguno de nosotros quería hacer contacto con alguien en especial. El Cholo desde el mostrador susurro: — ¿mi abuela, puede ser? — Es posible — respondió Roberto.

Salvo lo de la vela no pasaba nada, y la tensión se convirtió en tedio. Roberto nos miró y pidió concentración.

—Prepárense —dijo ensimismado.

—¡Espíritu en la copa, si estás ahí, hazlo saber!

Y no pasaba nada.

—¡No hay concentración suficiente, Cholo pensá en tu abuela con todas tus fuerzas!

El Cholo estaba a punto de largar la carcajada, cuando de pronto Manolo lo miró y le describió a la abuela; su pelo, los lentes, la nariz, la boca, hasta la verruga en el mentón. Estupefacto el Cholo preguntó cómo lo sabía. Acabo de ver su rostro dentro de la copa, dijo Manolo. A los tres se nos pusieron los pelos de punta, Roberto sonrió complacido.

Manolo y el Cholo se acercaron y se sentaron en cámara lenta con la vista perdida en aquella copa.

Hay alguien más aquí y quiere comunicarse contigo. Asentí sin entender. Como si aquello le estuviera pasando a otra persona.

Una extraña voz de mujer, cascada por los años, empezó a hablar a través de Roberto. Su nombre era Varenka, una mujer alemana que fue quemada en la hoguera por bruja. Dijo ser mi hermana mayor, y que estaba aquí para cuidarme porque yo era su consentido.

Tiene actualmente 222 años, siendo así habría nacido en 1781. En un pueblo llamado Doba. Que quizás ya no exista. No quiere hablar de nuestros padres, ni tiene idea de dónde están ahora nuestros otros hermanos, tampoco quiere dar sus nombres. Aparentemente fui un músico mediocre en aquellos años y estuve casado con la mujer que es mi esposa en el presente. No recuerda su nombre, o no quiere hablar de ella. Parece que en esa vida pasada no se llevaron bien. Ella dice ser una bruja blanca y mi mujer, aparentemente, fue una bruja mala.

Al final de la sesión teníamos un montón de predicciones.

Una de ellas es a muy corto plazo y me concierne a mí. Voy a ser papá, mi señora está embarazada de un par de semanas, y la niña va a ser un ángel, la luz de todas las luces. Pero también habrá dolor, me advierte y buena fortuna. Una tormenta se cierne sobre mi vida, pero la esperanza saldrá fortalecida del encuentro.

Cuando todo terminó, Roberto se levantó y nos dijo:

—Hoy les mostré que no miento, conozco cosas que ustedes nunca podrán ni siquiera sospechar. Esto que les di es un pequeño regalo de mi parte. El tiempo es el único asesino en esta historia, la Muerte no tiene nada que ver, ella es una señora muy buena con mala propaganda. En mi vida he pasado por muchas cosas y aunque la negué muchas veces ella siempre estuvo allí, como tu hermana, o los seres queridos que van detrás de ustedes. Las sombras no existen, son en realidad la forma que tenemos de llevar aquello que nos pertenece desde generaciones, que nos representa, da sentido a nuestra existencia. La mía ya no tiene sentido, pero no pienso dar el brazo a torcer, soy muy testarudo y tengo una apuesta que ganar y un Tiempo que vencer. ¿Cuánto quedará de camino? No lo sé. Sigo creyendo que cada vida es única e irrepetible, pero muchas cosas han cambiado con respecto a lo que pienso de la Muerte. Dentro de unos días me encontraré con mi viejo amigo. Allí decidiré si mi testarudez puede más que mi cansancio.

Manolo abrió la puerta y Roberto se fue.

Hoy soy padre, mi hija es una fuente inagotable de luz, me separé, la pasé muy mal en muchos aspectos. Y hace un tiempo vengo mejorando. Los vaticinios de mi supuesta hermana no estuvieron muy errados, eso me da escalofríos.

Por eso cuando Roberto dijo —¿Qué flores expresan los días por venir?— Manolo, el Cholo y yo comprendimos.

Desde ese día los que paramos en "El Umbral de la Noche", a pesar de lo que hagamos para olvidar, quedamos marcados para siempre. Una señal grabada en nuestros ojos, una parte insignificante de la melancolía que brotaba de los suyos. Algunos que no lo conocían llegaron a decir que les había robado parte de su alegría. Sé que no fue así. Ese increíble viejo, mago y mercachifle de emociones, tirabombas filosófico, nos había regalado lo que consideraba su tesoro más preciado, un dejo de su tristeza.

De Nadie nos creería, Ediciones Bambú, Montevideo, Uruguay, 2010.

*Gustavo Gabriel Aguilera (Montevideo, 1968) es escritor, librero y periodista. Publica su primer libro de cuentos en 1993 Des-cuentos & texto-clips, en 1999 La textura de nuestros Fantasmas y en 2010 Nadie nos creería, editado por Bambú Ediciones.

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