ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

La bahía del silencio

Por Eduardo Mallea

I

Usted entró en la florería y dejó sobre el mostrador de cristal su pequeño paraguas de seda negra y fue directamente hasta el invernáculo y preguntó con esa voz delicada y firme que parecía venir desde muy lejos:

—¿No han llegado las begonias nuevas?

Ésta era la milésima vez que yo la veía, pero la tercera del año. Usted, en realidad, no me había visto nunca sino vagamente, y al preguntar al vendedor sobre tal o cual planta —sin advertir al pronto que el hombre a quien abordaba me estaba atendiendo— lo hacía con un aire anónimo y ajeno, antes de levantar los ojos, mirarme y sonreír ante su propia descortesía con un “¡ah!...” como si viera salir de la niebla un rostro vagamente entrevisto en alguna otra parte. En su sonrisa había algo de secretamente duro, de destruido. Este año yo la había visto tres veces: la primera vestía usted un traje sastre negro con blusa negra y pequeño cuello blanco; la segunda vez —llovía— un impermeable incoloro, vítreo y transparente; la tercera, un traje parecido al de ahora, sencillo, sobrio, personalísimo.

En su expresión había algo de duro, de destruido, de secreto.

¡Dios mío, cuántos años habían pasado! ¡Cuántos años —lo menos trece— habían pasado desde el primer encuentro!

Mirándola con asombro, yo pensaba: Sí, este modo de llevar la cabeza, esta extrema finura de los miembros, esta vivacidad nerviosa de la figura toda, son hermosos; pero no son lo más hermoso. Lo más hermoso era lo que yo sabía. Lo más hermoso estaba hondo, mucho más hondo; adentro, mucho más adentro...

Ahí estaba yo, mirándola, al cabo de tantos años. Conmovido y cohibido como un pobre diablo. Y éramos, como el primer día, dos extraños, y no íbamos a cambiar —con todo lo que sin duda nos ligaba— una sola palabra.

Ésta era la milésima vez que yo la veía. O tal vez la milésima tercera.





II

Yo no recuerdo cuándo fue la primera vez. Usted entró en mi vida viniendo del tiempo. La primera idea que tengo de usted es aquella impresión visual: bajaba usted por la calle Charcas, costeando la plaza San Martín. Era un día brumoso, seguramente de agosto o bien de septiembre, y venía usted con una chaqueta de sport abierta, con las manos en los bolsillos, apresurada y pensativa. Confieso que me quedé ahí parado, boquiabierto, como un tonto con toda la sangre escapada del cuerpo. Después he pensado que tal actitud se parecía a ese grabado tan vulgar de Dante Alighieri cuando ve aparecer a Beatriz en uno de los puentes del Arno; yo no sé en casa de qué pequeño burgués no he visto esa litografía que representa al poeta con su casquete de orejeras plegadas y la larga túnica caída, mientras se lleva la mano al pecho. Se parecía a eso. Usted pasó y caminé, sin pensarlo, detrás de usted. No sé exactamente, pero de esto deben de hacer unos trece años. Tampoco me acuerdo de los detalles, de mi vuelta a casa ese día pero sí, en cambio, de las veces que la vi después. Fueron muchas.

Yo no sabía de qué lado de la ciudad venía usted, ni hacia qué lado iba. Yo era un estudiante de derecho, muy pobre. Mis padres estaban en Río Negro y me mandaban muy poco dinero; mi padre tenía una modesta carrera de ingeniería, mi madre sufría de grandes anemias; nuestra casa fue siempre una casa muy triste. Mi padre había sido un reconcentrado, con fuerte vocación de independencia. Se negó siempre a depender de jefes, por lo cual, apenas graduado, buscó sitio para ejercer la ingeniería en el interior del país. Vivieron con mi madre —también silenciosa y suave y pálida— años idílicos, y apenas tenían con qué pagar la casa y comer. Al fin, cuando yo contaba dos o tres años, mi padre compró un pequeño aserradero, que a mí me pareció gigantesco y tremendo por el fragor de las sierras y lo vasto y alto del gran galpón principal. Yo lo acompañaba todas las mañanas, casi al alba —todavía de noche en los meses de invierno—, desde casa hasta el establecimiento. Había que hacer un largo trayecto. Íbamos sin hablar. Él; con su paso largo, fuerte; yo, tratando de imitar con infatigable esfuerzo el alcance de esos pasos: por veces corriendo, por veces tropezando, quedándome atrás, volviendo a la carrera, ¡qué trabajo! Atravesábamos un camino de través, abierto entre frondosos sauces, a la orilla de un arroyo que mostraba bajo el fluido cristal la vegetación del lecho tierno. A veces mi padre me mandaba que trepara a los altos árboles y me miraba sonriente sin dejar de caminar, y yo hacía ante él, sin alientos, proezas extraordinarias. Algunos días, en verano, en mitad de febrero, nos bañábamos al atardecer, de vuelta del aserradero, en el arroyo de agua fresca. Esto me parecía la gloria. Abría mis narices al olor del agua, al aire crepuscular y a la tibia exhalación de tantas hojas apretadas por el calor; ésa era mi embriaguez de criatura. Así fui creciendo, gozoso fruto pegado a los dos troncos paternales. Cuando me separé de ellos creí que quitaba de esa casa en ruinas un apuntalamiento moral necesario. Al poco tiempo los acontecimientos me dieron la razón: mi padre comenzó a perder dinero y mi madre a empeorar y empeorar. Sin embargo, yo no podía dejar Buenos Aires, tenía una constante labor nocturna de traductor, muy humilde, con lo que costeaba mis derechos de examen y el alquiler de mi pieza: mi vida inmediata estaba urgida y condicionada por esas obligaciones.



Yo no sabía hacia qué lado de la ciudad iba usted, ni de qué lado venía. En las primeras horas de la tarde, al regresar por la calle Florida, de la Facultad, la vi venir muchas veces, de sur a norte. La recuerdo: traía el cabello suelto en la voluntariosa cabeza, el sombrero doblado entre los dedos delgadísimos y el brazo apretando unos libros contra el alto flanco izquierdo de su cuerpo. Parecía totalmente ajena a lo que la rodeaba: al ruido de Buenos Aires, al movimiento congestionado de la hora —salía mucha gente de los Bancos y de las tiendas—, al color mismo del cielo, tan alto y tan azul. (Alguna vez, al haber pasado usted, yo vi por las calles transversales el verde de los árboles del bajo recortados sobre un cielo incomparable.) Parecía no mirar nada; tan sólo seguir el movimiento interior de quién sabe qué sueño, de quién sabe qué aspiración, qué amor, qué codicia o qué odio. La expresión de su semblante no era feliz. Había en usted cierto desdén, cierta ostentación huraña del sueño que amamantaba.

Fue esa presa interior suya, esa terrible y orgullosa intimidad, esa soberbia fría y reservada, lo que me arrebató definitivamente hacia usted. Lo más secreto, solemne, sombrío y grandioso del mundo me parecía escondido en ese duro, aristocrático recogimiento; en ese celoso orgullo.

Un día supe cómo se llamaba usted. Su nombre estaba vinculado a una de las familias más altivamente criollas, y el de su marido —ese hombre cetrino y delgado, de expresión gris, a quien más tarde me mostraron al azar de no sé qué acto— era todavía más resonante y antiguo. El día que supe su nombre —¡piense que lo averigüé tan fácilmente al salir usted de la librería inglesa de Mitchell!— sentí que ya estaba mucho más próximo de su mundo y que algo fuerte y neto —como es el no perder, al menos en la información de los diarios, acto importante al que usted fuera— me pertenecía a perpetuidad.

Dueño de ese nombre, estaba mucho más tranquilo: las corrientes oscuras y las sorpresas de la vida ya no me la podían arrebatar de la ciudad sin dejar rastros. En mis manos estaba el hilo de Ariadna.

Ariadna no la podía llamar, por más que necesitara para mí bautizarla con un nombre mítico y de mi exclusivo uso; habría sido cursi llamarla Ariadna. Una vez me puse a inventar nombres: Catleya, Casandra; ¡qué ridiculez! Piense que yo tenía entonces veintiséis años y que, por dentro ,era todavía muy muchacho. Además, esos juegos cándidos son propios de los solitarios; son como una especie de purgación del tremedal más frívolo y a la vez más sublime del alma: importan una elevación de otros sujetos humanos a una categoría divina. En el fondo, y gravemente, yo la llamaba para mí por su verdadero nombre. De mis juegos volvía pronto a esta seriedad.

Le contaré otras cosas. Yo vivía en una casa de pensión de la calle 25 de Mayo al llegar a Tucumán. La casa de pensión ocupaba uno de los departamentos del quinto piso en un enorme falansterio de corredores anchos y sombríos. Haciendo cruz había una vieja residencia británica —un club o no sé qué círculo—; enfrente había un bar de mala vida. La calle 25 de Mayo semejaba cualquier antigua calle típica de una ciudad americana: a los dos lados de la calzada se multiplicaban los edificios de frente más caprichoso, opuesto y contradictorio, se adivinaba la precipitación ruda por hacer de las ganancias una materia resistente, permanente. La calle Tucumán, perpendicular a nuestra puerta, bajaba, sórdida, hacia el río: menos de cien metros de brusco declive. Todas esas calles, pese a su aspecto equívoco y oscuro, a mí me gustaban mucho; en ellas —sin concederme estación alguna en sus antros y cafés— podía evadirme un poco de la monotonía de la ciudad.

La dueña de la pensión, la señora Ana, era una mujer gruesa, de párpados posados y mirada soñolienta. Creo que era oriunda de un país limítrofe y viuda de un afinador de pianos. Tenía una criada paliducha y escuálida que la obedecía como un perro y arreglaba los cuartos entre suspiros, resignada a un inquebrantable mutismo. Pero ¡qué extraña resentida! Alguna vez, al salir muy temprano para la Facultad, yo la sorprendí conversando con el lechero junto al ascensor de servicio; me miró y bajó al suelo unos ojos aparentemente mansos, pero secretamente blasfemantes.

En la casa vivía un corredor de elásticos de metal, llamado Johnson, con su aspecto de obispo anglicano, y dos jóvenes más: Jiménez y Anselmi. Jiménez era empleado de un ministerio y Anselmi estudiaba Derecho. Jiménez y Anselmi tenían exactamente mi edad; en lo que respecta a nuestras naturalezas, éramos muy diferentes: Jiménez tenía un aspecto inaguantablemente pretencioso —¿por qué eliminar este galicismo tan justo?— con aquel cabello lacio y brillante que acababa en una punta agresiva, y aquellos lentes de señorito, pero era en realidad un tímido y lo que hacía con aquella actitud era salir al ataque antes de ser agredido; a los extraños, este muchacho les parecía duro, cortante, agrio; yo sabía que tenía el llanto fácil y un alma casi femenina, sensible y escrupulosa. Jiménez era la fragilidad, la finura; Anselmi era el impulsivo, el corpulento. Anselmi se lo llevaba todo por delante; pero, éste, eso sí, sin ficción. Con su estatura de hastial y sus gruesas manos, no podía estarse quieto y parecía a cada rato estar dispuesto a ir a tomar la vida al asalto. Cualquiera se adelantaría a deducir de este contraste un saldo intelectual y espiritualmente favorable para Jiménez; no, la fuerza de Anselmi, su impetuosidad, su coraje eran de la mejor pasta: provenían de un fuerte despejo interior. Era muy inteligente y con una gran capacidad de sumarse conocimientos y certezas. Yo lo admiraba mucho por esta suma de riquezas visibles. Jiménez se sentía un poco celoso de esta preferencia, la veía, la sentía, no se refería nunca a ella. Esto era una señal de calidad. Además vivía en la casa una muchacha de vida oscura, con aspecto marchito y cansado, pero muy elegantemente vestida; esta muchacha tenía un aire de distinción, algo nada vulgar en toda su apariencia, y no cambiaba palabra con nosotros; la veíamos rara vez. En verdad, Anselmi, Jiménez y yo éramos gente de poco confiar en cuanto a la amistad con mujeres; los tres estábamos listos a dar el zarpazo y a comentarlo luego solapada y jovialmente. Figuraba por último entre nuestros vecinos de cuarto un viejo médico bohemio de apellido Dervil, que había abandonado su profesión años atrás, en virtud de su decepción filosófica de la ciencia; vivía como un soñador, pobre como las ratas, pero rico de ideas, experiencias y cuentos, y a nosotros nos gustaba conversar con él. A los hombres como éste, que no han llegado en la vida a otra conclusión que a ser sinceros consigo mismos, la sociedad los llama parásitos, o inmorales o locos. La sociedad está siempre dispuesta a clasificar rotundamente a los que arroja de sí, tal vez porque a lo que resentidamente aspira es a encontrar al fin un nombre que cubra y justifique la informe masa de su gregaria ficción.

Mi pieza era bastante amplia, razón por la cual Jiménez y Anselmi vivían más en ella que en las suyas. Las suyas eran verdaderas pocilgas interiores, y la mía, al menos tenía un gran balcón sobre la calle Tucumán. Uno podía ver perfectamente el río, los vapores lentamente remolcados por el canal del Río de la Plata, los rieles de ferrocarril costero, toda aquella región, en fin, tan provisoria y a la vez tan espaciosa, idéntica a la fisonomía general de nuestro país, que se caracteriza por la renovada desolación de una inacabable llanura. Yo tenía pocas cosas en mi cuarto: la cama, algunos libros en una estantería de pino, varios retratos de los escritores que leía en esa época, dos aguafuertes francesas muy bellas, un enorme ropero, lleno de carpetas con recortes de diarios y altos de ropa limpia con el pequeño manojo de alhucemas. (Cada vez que venía Anselmi de la calle, después de un día entero de trabajo abría la puerta del ropero y sumergía un rato su cabeza en el interior: “Salgo un poco al campo”, decía.) Mi apetito de cultura consumía toda clase de libros en un gran desorden y en ediciones populares; en mi cuarto, la Crítica de la razón pura servía en colaboración con el Retrato del artista adolescente para sostener la lámpara rota sobre la mesa de trabajo. Lo mejor de mi cuarto era una vieja chimenea que tiraba a las mil maravillas. Los sábados me traían de la carbonería de la esquina un montón de leña; ésta era la buena noticia hebdomadaria. El peón que la traía era un italiano noblote, de ojos azules, anarquista y lector de Lermontov; antes de irse, curioseaba despectivamente mis libros; decía que no había leído más que una obra en español y era el Dogma socialista del argentino Esteban Echeverría. Jiménez le recomendaba libros absurdos y él lo miraba sin decir nada, como significando: “Ya entrará usted en las cosas serias.”

En fin, Buenos Aires no es una ciudad muy divertida. Quien observe su plano verá que, al norte y al oeste, la línea exterior de la ciudad asume la forma del perfil de un niño. Ésta no parece una semejanza fortuita: en esta ciudad que se presenta por fuera como tan vieja a pesar de ser tan nueva, late el sentimiento interior de un corazón huraño y adolescente. La metrópoli se confunde muchas veces con el ánimo de un niño enojado, uno de esos niños a quienes perturba e irrita en una forma casi animal la presencia en su casa de personas extrañas. Buenos Aires me parecía llena de violencia hacia los recién llegados; lejos de amamantarlos y deleitarlos como otras ciudades del mundo, ella los recela al principio, los maltrata, como la mujer casada con odio al marido que la acaricia. Sí, la metrópoli esconde un poco la cara; lo que entrega al no dilecto es su cuerpo monótono y como óseo. Nosotros, sin embargo, la conocíamos bien; desde sus lodazales del bajo Belgrano hasta el cándido libertinaje de la ribera en los lindes de Avellaneda, sabíamos nuestra inconfesable topografía. Pero, como les pasa a los hombres de infancia triste y solitaria, nos agitaba poco la atracción del pecado; estábamos vueltos hacia la busca de almas. Nuestra pesca era también—¡y cuánto!— de ideas, de inspiración; buscábamos sin cesar un terreno donde ir a provocar nuestra exaltación o a mezclarla con otras exaltaciones. Jiménez era, por dentro, más pálido, más tímido, más parecido a mí; Anselmi era la intrepidez personificada. Nuestro cuartel general era una pequeña cervecería de la calle Lavalle. Antes y después de comer nos íbamos allí a oír la orquesta suiza, los viejos valses y unos tangos que parecían todavía más viejos a fuerza de ser tocados y tocados por aquellos ejecutores decrépitos.

La cervecería era muy curiosa. Vale la pena describirla. El salón era un gran rectángulo compuesto de dos planos; el plano de arriba tomaba una cuarta parte del salón y estaba limitado por una larga balaustrada cuyo extremo abierto era la escalera que lo comunicaba con la planta baja. La planta baja estaba llena de mesas entre pigmeas columnatas con plantas verdes; a la derecha había una plataforma baja donde mal que mal se instalaba la orquesta de los cuatro suizos. Algunos días, el mismo propietario del establecimiento, un suizo bajo y macizo a quien le faltaba un ojo, se veía obligado a animar a la mustia comunidad allí reunida y subía a la plataforma para impulsar mediante excesivos ademanes el ritmo de los cansados burgueses mal pagados para interpretar allí Tanhäuser y Los maestros cantores. Una gran guirnalda de orquídeas de papel ornaba las márgenes del sitio opuesto a la orquesta donde estaba el mostrador. De la pared pendían ejemplares demasiado viejos del Berliner Tageblatt y el ejemplar del día del Deutsche La Plata Zeitung, así como revistas escritas en los más inesperados idiomas. Y sobre las repisas, alrededor de todo el salón, en la planta baja y en la alta, la eterna profusión de jarras, jarrones germánicos, recipientes grotescos y trofeos de caza comprados en quién sabe qué remates. Los más diversos parroquianos alternaban en la cervecería con las muchachas de equívoco vivir y los matrimonios de rostro sanguíneo y narices de visibles capilares. Acudíamos a aquel sitio como se acude al voluntario destierro: para conspirar, activa o pasivamente. Nuestro tipo de concitación era aclararnos e intensificar en nosotros nuestras propias ideas de rebeldía. ¿Cuáles? Toda clase, toda clase de rebeldías. Lo importante era atesorar en nosotros un capital de disconformismo, un crédito de oposición disponible...

En torno a la mesa con bocks y pretzel se suscitaban las disputas más increíbles, los debates más ambiciosos respecto al modo de componer un mundo torcido en el que no nos resultaba cómodo vivir. Éramos alrededor de una docena. El enfático y magro, hierático Letesón, que dirigía una pequeña revista de literatura; Gómez, un aficionado a la pintura, vanguardista frenético; Stigmann, el pequeño judío de cabeza vesánica, locuaz, maldiciente, cínico, de tez grasienta, sucia, con aquella frente magnífica y aquella enfermiza combatividad; Villegas, estudiante de medicina a quien acompañaba siempre su amiga, una muchacha hambrienta de veinte años, con ojos de judía perseguida; y aquel bruto corpulento, con la cabeza al aire, vociferante, especialista en teóricos golpes de Estado, un constitucional sedicente... La sociedad, en fin, más heterogénea, acudía por las noches a la cervecería. Casi siempre se unían migratoriamente al grupo rostros nuevos. Villegas, Anselmi y yo éramos los especialistas en ideas generales, los otros eran mentes un tanto confusas —con excepción de Jiménez—, propensas a un pasivo y un tanto pueril lirismo. No se imagina usted los desórdenes que armábamos.

Ya entonces comenzaba yo a tener una extraña concepción de la vida. Había tenido una infancia muy bien proporcionada con la tierra, con mi tierra, con mi paisaje circunstante, que era el enigmático, secreto y profundo paisaje argentino. De esa tierra había aprendido algunas lecciones; y esas lecciones me parecían necesarias para avanzar con el cuerpo recto en un medio donde tantas cosas proponen deformación o desmoralizadoras facilidades. Pronto vi que esas lecciones eran generalmente ignoradas, insospechadas; y que el mundo que vivía, actuaba, negociaba y amaba en la metrópoli, era un mundo blando y confuso; todo el país pugnaba de más en más, sin embargo, por parecerse a la metrópoli. Era, pues, un país echado a dormir sobre la tierra. Había que levantarlo. Ya algunos, hombres y mujeres, estarían sin duda levantados. Había que buscarlos. Estas dos necesidades comenzaron a ser la esperanza con que me despertaba cada mañana en un cuarto de aquel viejo edificio de la calle 25 de Mayo.

¡Qué alegría me daba entonces el sentimiento del futuro! Toda mi salud respiraba futuro. Yo sentía en el mundo una felicidad sin fronteras. Mi respiración era la lenta y segura marcha de la felicidad del planeta. A veces, cuando volvía a mi casa, me daban ganas de abrazar a la patrona, de hacer preguntas insensatas a la señorita vecina —con quien no había cambiado nunca más que los habituales lacónicos saludos— y de pedirle al médico filósofo que compartiera mis escasos dineros y juntos disfrutáramos de una tan fugaz como jovial prosperidad... Me echaba en la cama, con la luz prendida, boca arriba, las piernas cruzadas, las manos bajo la nuca, y dejaba que pasara el tiempo, sonreía. ¡Es tan fácil —pensaba— adueñarse del mundo, ser alguien en la literatura, en la vida culta, en los salones, en la ciudad toda, dócil al vencedor! ¡Tan fácil!

Entraba de pronto Anselmi, exultante, enorme, con el brazo en alto, blandiendo un paquete. “¡Queso de Catamarca!”, gritaba. Yo me incorporaba de golpe en la cama, lo miraba. Permanecíamos callados un instante, brillantes los ojos; luego, de pronto, con un hurra, disparábamos, salvajes, hacia el comedor, dejando las puertas abiertas, las lámparas temblando...

Éramos gente alegre, fuerte y ambiciosa.

Y sin embargo, yo estaba inquieto. En el fondo de mi conciencia aquella felicidad me parecía, al rato de sentirla tan intensamente, externa, adventicia, corriente que pasa y se lleva nuestro gozo. Porque, esa vida en torno, ¿era una solución o era un problema?

¿Era o no nuestra la grande, la no visible, la todavía pendiente responsabilidad?

Sí, nuestra era; nuestra.



Al día siguiente de las jornadas más ligeras y alegres yo me encaminaba, al atardecer, hacia la cervecería, con el paso reflexivo. Teníamos que hacer algo; debíamos hacer algo. Solía quedarme esperando a los muchachos mientras agotaba a pequeños tragos mi vaso de cerveza. Veía entrar a los clientes más pacíficos y escuchaba una maltratada sinfonía. Soñaba con escribir dos o tres libros buenos y con ver a mi país articularse y erguirse. Para eso, para ambas cosas, era menester barrer antes, en el primer caso, con una inercia íntima; en el segundo, con una inercia colectiva. ¿Cómo podía yo ayudar esos dos triunfos? Pensaba, por largos cuartos de hora. Entraba y salía gente. De tiempo en tiempo, alguna fisonomía, alguna actitud atraían mi atención. Luego llegaba Anselmi, o bien Jiménez. Me contaban cosas del mundo exterior, fútiles, y yo volvía a reacomodarme a esa realidad. No crea usted que mi ensueño tenía un cariz fatuo o egocéntrico. Era más bien una necesidad de compartir cierta plenitud, de alcanzarla para hacerla común a mi alrededor, de subir el tono de una vida circundante embotada y monótona.

Anselmi devoraba grandes trozos de pan negro con manteca. Decía que esto lo compensaba de las pésimas viandas de la pensión. (En realidad, su apetito no era en casa menos voraz.) Cuando venía Julián Villegas, el estudiante de medicina, la muchacha que lo acompañaba eternamente miraba con obstinada avidez el pan negro untado con manteca. Villegas no permitía que nadie la invitara. “Está a régimen”, declaraba autoritariamente; la muchacha sonreía como un animal miedoso, con ojos estúpidos e inexpresivos.

Me acuerdo que en cierta ocasión nos hallábamos reunidos todos los del grupo habitual. La cervecería estaba llena de extranjeros y habían hecho tocar cuatro o cinco veces el Lieber Augustin. En torno a la gran mesa redonda de madera, Anselmi enarbolaba su teoría nacionalista. Jiménez sonreía con cierta sorna de verle la cara a Stigmann, para quien el mundo no podía salvarse sino mediante los principios de un socialismo ateo de perfil bastante avanzado. Anselmi hablaba del sentido de la Reconquista de Buenos Aires en la época de las invasiones inglesas y decía a gritos que entonces se respiró en Buenos Aires, quizá por única vez, la atmósfera de una verdadera unidad patriótica. Stigmann estalló en una carcajada. “¡Fue una batalla doméstica —dijo—, ganada a fuerza de pavas de agua caliente!” Anselmi calló un instante: “¡Infame judío! —dijo después—. ¡Habría que aplastar a todos los de tu especie!” Stigmann siguió riéndose. Repetía con insistente sorna: “ ¡Una batalla doméstica...!” Anselmi se levantó, alzó en alto su silla y la dejó caer sobre los hombros de Stigmann, que se apabulló con una expresión descompuesta, mezcla de cinismo y furor. Dos judíos alemanes que estaban allí se acercaron, sinuosos, cautelosos. Anselmi esperó la reacción de Stigmann y todos esperamos la batalla campal. Jiménez se levantó como un árbitro providencial. “Bueno —dijo—, nada más. Que todo acabe aquí. No hemos venido a pelear. Aquí se toleran todas las discrepancias.” Stigmann, con los ojos bajos, se arreglaba la ropa. Al recibir el golpe se había levantado, pero ahora estaba de nuevo en su asiento, mudo. Todos miramos a los judíos alemanes que a su vez nos miraban, ahí, a dos pasos. “¿Qué hay?”—los increpó Anselmi, todavía en pie. Los dos alemanes afectaron no oír, desinteresarse de lo que allí pasaba, y retrocedieron hacia su mesa.

Desde aquel día Stigmann no volvió a la cervecería y las reuniones se hicieron sin condimento y monótonas, Anselmi andaba siempre como un lobo con hambre que no encuentra a mano alimento sabroso, tenía semanas de gran mutismo y tedio. Jiménez se burlaba un poco de él, le llamaba “el titán desocupado” y se reía mucho de esos paseos por la jaula del tigre aburrido.

En materia de amor yo era una especie de cazador furtivo. Me contentaba con las presas que me deparaba el camino. El camino era la red en que se envolvían de tiempo en tiempo algunas muchachas de belleza variable, no siempre muy discretas ni siempre muy avisadas. Las encontraba aquí o allá, en mis largas andanzas crepusculares por el norte de la ciudad, y eran empleadas o estudiantes. Por lo general despertaban en mí ardientes ilusiones, no del todo confesables, y a los pocos días me hartaban soberanamente. En la época en que sólo se desean hallazgos conmovedores, aquellas señoritas calladas y modestas no estimulaban gran cosa mis posibilidades de entusiasmo. La más hermosa fue una irlandesita de veintidós años que caminaba con extrema gracia y tenía un rostro de salud y unos ojos muy claros. Yo creí que iba a poder practicar con ella mi inglés; pero ella se resistía, con ese ánimo recalcitrante que tienen aquí algunos hijos de extranjeros, decididos a ser criollos a toda costa. Tenía la piel demasiado blanca para ser temperamentalmente interesante. Nos veíamos en un cuarto alquilado, en una casa siniestra de la calle Lavalle; la dueña nos cedía por dos horas, a poco precio, la habitación a la calle de un burgués anodino, gordo y mercantil. El cuarto medía algo así como dos metros por dos. Una tarde estábamos con Gladys allí y oímos, con sobresalto, que alguien abría la puerta desde fuera: apareció ante nuestros ojos la figura rosada y rolliza del legítimo inquilino; se quedó parado, estupefacto, con un ramito de violetas en la mano izquierda y la llave en la otra. Musitó unas palabras de excusa y se fue. Al poco tiempo se me hizo imposible soportar los silencios de Gladys, su ardor puramente carnal, su frialdad íntima, su conformidad con todos los elementos mediocres de la vida. Pasábamos unos domingos tristes, andando y andando sin decirnos nada, a ella sólo le atraía el rito sexual consumado en silencio como las bestias. Yo comencé a darme cuenta entonces que en lo relativo a las relaciones humanas sólo una cosa me importaba y era la comunicación, la comunión íntima con los seres de mi familia espiritual. Allí donde no había comunicación fundamental, no podía haber ningún contacto. Cuando se lo dije a Gladys, ella guardó silencio, hizo un gesto de indiferencia y siguió comiendo, en el salón de té de Blas Mango, bombones de chocolate. Los jacarandás habían empezado a florecer a la orilla de la acera.

A partir de aquel episodio comencé a introducir en mis experiencias de esa índole un imperativo de selección. Lo cual no quiere decir que una cabeza deliciosa, algunas cualidades de expresión, unos ojos extraños no me hicieran quebrar por algunas semanas mis interiores votos de cautela.

Los domingos salíamos con algunas muchachas, íbamos a Palermo, a las barrancas de Belgrano, al Tigre, en los trenes atiborrados de turistas hebdomadarios. Durante el trayecto, desde las ventanillas, veíamos el río, el río inmóvil, plano, taciturno y extenso como el sueño del país adolescente. ¡Qué días de fiesta y qué noches, a la entrada de los canales del Delta, echados en los botes con las manos cruzadas detrás de la cabeza, viendo el alto cielo nocturno, la veraniega calma, la disparada súbita de una estrella, la titilante timidez de la polvareda cósmica!

No sabe usted hasta qué punto éramos jóvenes y felices.

Nada nos sacaba de nuestro ritmo, nada alteraba en nosotros el ilusorio cálculo de un magno destino, nuestra vida era como una aspiración capaz de materializarse en cualquier instante, pero que, por un moroso deleite, prolongaba todavía su abstracto proceso.





III

No es fácil desentrañar de la historia de una juventud sus pasiones cardinales. La propia extensión y maraña del general incendio que entonces se vive, propone al observador el aspecto de una escala cromática en que todos los tonos parecen asumir alternativamente primordial intensidad. Tan serio es en esa época del vivir una teoría, como una emoción, como un rapto irreflexivo de la voluntad; lo que importa es no estarse quieto. Como todas las probabilidades son igualmente posibles, el adolescente se cuida poco de escoger en el programa de preferencias, opta por preferir mucho y rechazar mucho, sin adjudicar a la elección carácter de permanencia. Hay juventudes, sin embargo, que sienten muy temprano el sitio exacto del alma en que unas pasiones van a morir y otras a sobrevivir; tienen muy claro en el alma un campo sacro, un camposanto, al que van a sentir irse acogiendo definitivamente ciertos entusiasmos, ciertas propensiones sobrantes. Así, por aquellos días sentí yo que los goces de tipo peculiarmente solitario, de naturaleza individual y egoísta, iban de más en más muriendo en mí, y que ya no me quedaba vivo en el corazón más que la necesidad de hacer repercutir en alguien, en otras criaturas, prójimos, semejantes, mis propias pasiones. Nada podía guardarlo para mí mismo, todo necesitaba compartirlo.

En aquellos días de adolescencia había comenzado mi viaje hacia mi propia tierra. Me bastaba con recorrer las calles adyacentes a mi casa para descubrir a mi paso diferentes notas de un canto de espirituales promesas. Aunque la vida me atraía con violencia hacia los frutos carnosos del goce, yo me entregaba, cándida y pindáricamente, a cultivarme brotes místicos. Arranques sombríos de mutismo y ensueño se alternaban en mí, a la sazón, con crueldades y arbitrariedades que repartía alrededor. Mi nombre —Martín Tregua— distinguía de pronto a un joven borrascoso y vehemente, de pronto a un iluso sentimental, de pronto a un triste a quien los más cercanos amigos, las muchachas halladas al azar, encontraban repentinamente áspero, retirado, sensible y a la vez ajeno. Pero mi disponibilidad humana era total, y en el fondo esos raptos duros no eran más que defensas. Mi frío menosprecio repentino se esfumaba del todo ante cualquiera de las formas de una natural riqueza, apareciera ella en un corazón como en un rostro, como en el lento decaer de una tarde.

A veces salía a andar con Anselmi: íbamos a la Facultad y nos asqueaba una vez el monótono perorar de comerciales profesores, otra el vacío de unidad, la falta de amistad viril y espíritu de heroísmo visible en los estudiantes. Al regresar a casa pasábamos frente a la iglesia de Las Catalinas, en cuyo Cristo de mampostería señalaba con su reposo una paloma viva la caridad apostólica del brazo. In hoc signo vinces. Pero nos hacía falta creer en la vida. En la mesa, después de la comida, contábamos al doctor Dervil y a Jiménez nuestros desengaños. Jiménez sonreía con burlona suficiencia, desde lo alto de su aristocracia, y nos decía que éramos los líricos burlados de Weimar, dos pobres misioneros sin trabajo, y que no debíamos aportar más por la Facultad... Nos rebelaban más que todo el carnerismo y la traición. El doctor Dervil fumaba sin hablar, pensativo, jugando con un minúsculo rebaño de migas de pan entre sus dedos decrépitos y amarillentos. Mientras Anselmi, furibundo, contestaba a Jiménez con gruesos denuestos, yo miraba los dedos del médico y pensaba que nadie de familiar y de amigo los cruzaría, un día, sobre su cuerpo yacente, que la vida es una traición común, y que tal vez los únicos fieles viven en el mundo de los muertos.

Por esa época había comenzado yo a escribir algunas novelas cortas, algunos trozos poemáticos, bastante amanerados y especiosos, que Jiménez y Anselmi aprobaban con entusiasmo. Solíamos tomar la calle Viamonte y bajar hasta el puerto para leerlos, discutirlos o reformarlos en algunos de los cafés desde donde se siente el olor del agua y del alquitrán. Yo dudaba: ¿les parecería buena mi obra por sí misma o por lo escaso y desordenado de sus lecturas? Yo me inspiraba en moldes europeos modernísimos, y aquellos ritmos frescos y vehementes debían parecerles a mis dos amigos la invención misma de la literatura. Me hacían ellos todo género de preguntas: ¿tenía yo una imaginación rica por mero don intuitivo, o un trabajoso y diligente razonar acumulaba despacio los materiales de la fantasía?

Yo trataba de convencerlos de que mi imaginación era muy pequeña y se defendía bastante mal en aquellos ejercicios primerizos.

Después de las conversaciones literarias paseábamos hasta la medianoche por la orilla del río. Leíamos los lindos letreros en las proas: Endurance — Belfast, Vinga — Bergen; Aurora — Helsingfors... Nos reíamos a carcajadas de cualquier cosa y luego volvíamos contentos a la ciudad.

Desde la costa, veíamos elevarse la masa compacta de gigantescos edificios; primero, las grandes casas cerealistas, luego los Bancos, los falansterios, las residencias. Vistos desde el río, los edificios parecían levantar una sólida colina. ¡Ah, Buenos Aires; ciudad muda y gran extensión de piedra blanca; roca nueva y tantas almas!

Muchas veces, pasada la medianoche, en los largos veranos —¡dulces noches de octubre, albas de enero!— Jiménez y yo nos quedábamos en mi cuarto corrigiendo originales, leyendo en voz alta los párrafos rectificados, llenos de una especie de furor de perfección. Y después de trabajar seriamente durante dos, tres horas, arrojábamos sobre la mesa los papeles, salíamos al balcón, nos reíamos de nosotros mismos como gente que juega en la tierra y tiene abierto en el cielo un crédito de fasto y de gloria.

Una noche entró en mi cuarto el doctor Dervil. Era en febrero y hacía calor. Venía a fumar un cigarro fuerte. Se sentó frente a mí. Me miró sin decir nada. Me preguntó después por Jiménez y por Anselmi. Le dije que sólo los había visto por la tarde. Aspiró y luego arrojó una considerable bocanada de aquel humo insoportable.

—Ustedes son unos buscadores de almas —dijo, como quien acaba de llegar a una conclusión después de pensarlo mucho.

Lo éramos. Realmente lo éramos. Día tras día andábamos en esa requisa original. Yo no sé si hubiera sido fácil decir qué clase de almas buscábamos. No lo creo. Nosotros lo sabíamos sin saber quizá decirlo. No necesitábamos comunicárnoslo, era un lenguaje secreto y compartido.

En el país enorme y aparentemente despoblado de naturalezas auténticas, toda nuestra fuerza disponible nos llevaba a querer enhebrar entre sí los eslabones de la gran cadena humana en que el rostro íntimo del país se hiciera orgánico, sensible.

El doctor Dervil nos había visto andar en esos andares y tenía, también él, el instinto de lo que nosotros buscábamos. Pero una vida toda de escepticismo y amarga displicencia lo hacía sonreírse de semejante aventura.

—Éste es un país que no tiene cura —dijo—. Es un país perdido.

Se quedó pensando.

—A lo más podrá ser una buena colonia. Y no hay nada más subalterno, estúpido, adormecido y pegajoso que el espíritu colonial. Una larga sumisión vestida de prosperidad.

—No —le dije—. Está usted equivocado. Es natural que un hombre de su edad piense así porque usted pertenece a la peor generación de esta tierra (a la generación más desgraciada, quiero decir), porque ustedes han asistido al declinar de la dignidad política del país, a su adormecimiento social después de la buena digestión. Pero el caso nuestro es otro. El caso nuestro es diferente; nosotros pertenecemos al subsuelo de la nación, somos como el corazón del atleta, y si el corazón del atleta anda normalmente o anda mal no lo sabe el médico, el hombre de afuera, tan bien como el corazón mismo.

—El corazón no sabe nada —dijo él—. El corazón es una víscera.

—El corazón sabe, doctor. El corazón sabe tanto que, cuando está enfermo, el hombre que lo lleva adentro está volteado, y cuando el corazón funciona bien, el hombre ve las cosas con coraje. Esto tal vez sea un poco pueril, pero lo cierto es que hay un motor magnífico en nuestra generación, un aparato moral nuevo, y eso usted no puede comprenderlo bien.

—Qui vivra verra —dijo el doctor—. A ustedes no les han ofrecido todavía un precio para que se vendan.

—Ésa es una afirmación —repliqué— bastante torpe e indigna de usted, doctor. Los hombres de mi generación traemos las manos limpias, y a muchos nos enterrarán con ellas así. Lo que importa en una generación es que su fe sea tan grande que pueda engendrar unos cuantos mártires, unos cuantos sacrificados. La generación de usted no ha producido ninguno; por eso son ustedes escépticos y fríos en el razonar.

Me miró fijamente.

—No se trata de una generación; es cosa de los años. Ya verá usted cuando arrastre unos huesos parecidos a los míos cómo se sentirá de pesimista y de cansado.

—Espero que a algunos nos enterrarán antes de eso, y entonces habremos tal vez fertilizado el suelo en vez de habernos quedado a presenciar nuestro propio pudrirnos en vida.

El doctor Dervil fumó, callado. Comprendí que había sido duro con él; me levanté, fui hacia donde estaba y le puse mis manos en los hombros.

—No haga caso —le dije alegremente—. En el fondo de usted y en el fondo de mí hay algo bastante sano y es en eso en lo que tengo esperanza.

Se quedó pensativo, fumando, con sus gruesas manos cubiertas de pecas puestas sobre las rodillas y el viejo busto erguido contra el respaldo de la silla. En aquel momento y en el fondo de sí, yo creo que sentía cierto calor, una ligerísima ilusión como si él, que no había tenido nunca hijos, advirtiera de pronto ante sí la posibilidad de ser prolongado, no por una juventud de su familia carnal, pero sí por los gajos tiernos de su familia nacional, moral.

Lo invité a salir. Subimos por la calle 25 de Mayo hasta Córdoba, y yo le mostré ese pedacito de ciudad, esa cuadra en la que se confundían los elementos de la arquitectura más heterogénea. Había una casa construida como un palacio medieval, había —en la esquina— una especie de vieja residencia embozada tras la galería de vidrios azules y blancos, había una casa de pensión metida hacia adentro en la acera, con jardincillo al frente; había un oscuro mesón yugoslavo: “Esto —le dije, señalándole esa heterogeneidad— tendremos que hacer alguna vez que se parezca a algo, a algo único, verdadero, sólido, definido. A algo nuestro. Esta ciudad se desvirtúa cada vez más en sí misma. Urge matar en ella a los deformadores.” El doctor se sonrió francamente y me palmeó de buen humor.

¡Buscadores de almas! Cada tarde, cada día, cada noche: buscadores de almas. ¡Cándidos buscadores de almas! Cada tarde, cada día, cada noche la misma juvenil obstinación.

(Me gustaría contarle punto por punto los sitios que visitábamos, las gentes que encontrábamos, las cosas que preguntábamos y decíamos. Habíamos establecido en la ciudad diferentes cantones, sitios donde vivían algunos personajes extraños cuya rareza nos parecía fértil. Uno de ellos era la señorita alemana Tilly Maneklein, que había sido en su país actriz de cinematógrafo y que miraba las cosas argentinas con ojos extrañamente inteligentes, otro era un muchacho solitario de extraordinaria memoria, culto hasta lo asombroso, huésped de un hotel de marineros de la calle Bouchard, pero que no parecía poder comunicar a nada congruente y definido su enorme acumulación de sabiduría; otro era aquel grabador de Palermo, cuyas ventanas se abrían sobre las vías del ferrocarril y que tejía, como Penélope, sucesivas ilustraciones para Baudelaire, para los Evangelios; otros eran tal o cual inquieto, tal o cual espíritu esotérico, tal o cual personaje oscuro y subterráneo, tal o cual perseguido, tal o cual exaltado. Algunas veces buscábamos los rasgos más íntimos, más ocultos del pueblo: tal o cual expresión de nobleza interior y poesía humana, los rasgos de la ambición en marcha, ese vaho de plenitud que el país levantaba como un nacional rumor en las caras de sus hombres felices y elementales... Todo esto es difícil de decir, tal vez fácil de comprender. Yo estoy seguro de que, en una forma u otra, usted lo ha buscado también a su alrededor. La cosa más dramática del mundo es esa busca, en los otros, de la justificación de lo que en nuestro fuero secreto llevamos de más desconsolado y de mejor.)

El doctor me invitó a beber una copa de cerveza y entramos en uno de aquellos cafetines con piano vertical y coros gangosos.





IV

Yo sé que no le parecerá a usted raro que le diga que un buen día Anselmi y yo no volvimos a la Facultad. Ni siquiera nos lo propusimos mutua y explícitamente: dejamos de ir, en forma natural, comandados por un invencible asco subterráneo y también porque no nos interesaba en el fondo una enseñanza pragmática y utilitaria, fría, sin ciencia, sin espíritu. Pensamos que algún día se abriría paso la verdad y que ése sería el primer día de gloria para la juventud de esta tierra, a la que un negro período aluvial había traído retroceso y desmedro. Pensábamos, en realidad, volver algo más adelante a nuestros estudios si el horizonte mostraba algún síntoma de mejora. En verdad, lo que perseguíamos —¡Dios Santo!— no era una carrera profesional cualquiera, sino una cosa mucho más general y abstracta, mucho más extensa y considerable, un más alto estado de justicia en el territorio moral del país.

Pero ¿cómo ir hacia eso? ¿Cómo, cómo? Por lo pronto había que defender la actitud interior, había que proteger la semilla, contra todo y a costa de todo.

Aquel año murió mi madre. Fue un terrible sufrimiento. Adquirí ante mí mismo la imagen de un pigmeo luchando con las tinieblas. Durante meses casi me arrastré de dolor a lo largo de la costumbre y de los días. Después me fui levantando, poco a poco, en una suerte de convalecencia del alma, y abrí mis manos agarrotadas y volví a acariciar tímidamente las formas de la vida.





V

Por aquel entonces la vi a usted, creo que por primera vez.

Fue un deslumbramiento. ¡Aquella gran dignidad y aquella cabeza aristocrática compitiendo una señorial supremacía con el aire de la tarde! Debía de tener, exactamente como yo, veinticinco años. Usted doblaba por la calle Florida, a la altura de Charcas, hacia el norte, frente a la plaza San Martín, bello golfo de sombra en el atardecer de septiembre.

Me pareció la representación de la mujer que yo no había visto nunca, de la más posible de soñar y de la más imposible de ver: tenía el cuerpo delicado y esbelto, sin fragilidad; las piernas largas, el pie ligerísimamente grande en el más elegante zapato de gamuza negra con una simple hebilla de níquel; la blusa abierta en el cuello mórbido y sportivo; una gran melena larga, esponjosa, suelta, cabello de un tono levemente opaco; las cejas finas en ligero ángulo y negras; los ojos muy claros; y la boca —Dios mío— entreabierta (igual que la había de ver ya siempre), como si buscara en el aire nutrición para una joven ansiedad.

La seguí. De pronto la alzó un automóvil particular. Yo tenía en el bolsillo muy poco dinero —creo que unos centavos, pues debía de ser fin de mes— y no pude echarme detrás en un taxímetro. Volví a casa enajenado, entré directamente en mi cuarto, fui al balcón, respiré el aire de la noche y miré con ojos nuevos esa ciudad que ahora sabía que la contenía a usted. Me parecía una metrópoli extraña y desconocida, enriquecida, magnificada. Yo, que había buscado en las fisonomías y en las almas la expresión de una dignidad, acababa de encontrar ese rostro, ese gesto, esa expresión. Estaba transido; hasta moverme me costaba, de puro miedo a desacomodar tan maravillosa imagen.



No hablé ni una palabra de usted. Comí tarde, cuando todos los demás estaban en los postres. Flotaba siempre una atmósfera familiar en aquel modesto comedor de casa burguesa, con los anacrónicos cuadros de caza comprados en algún bric à brac y la mesa de trinchar y el aparador, viejos de mil años.

Anselmi y el doctor Dervil se habían trenzado en una discusión terrible sobre lo viejo y lo nuevo en materia de filosofía.

El viejo médico era un cartesiano dogmático, como es lógico, y Anselmi coqueteaba, por puro espíritu de contradicción, con la teología pascaliana.

Ingerí sin decir nada mi modesta ensalada de lechuga con limón y aceite y mi plato de carne fría. Anselmi tenía la parte del león y Dervil la parte del tigre sabio, que responde con agresiones hábiles sin exponer ímpetu ni cuerpo. La dueña de la pensión, Jiménez —parsimonioso, orgulloso, atildado— y el flaco comerciante Johnson devoraban aburridos el pastel habitual. El rumor de la discusión les servía de inofensivo acompañamiento. La otra habitante de la casa, la señorita un tanto misteriosa, salía rara vez de su cuarto donde le llevaban la comida.

A aquella hora había en la casa un gran silencio.

—A mí, la razón, la razón crítica, la razón mecánica no me importa nada —decía Anselmi—. Usted puede ser un excelente dialéctico y dejarme malditamente frío. A mí lo único que me importa es la parte de fuego de que un espíritu se alimenta; en ese fuego arde un poco la razón, pero arden más otras cosas: la sensibilidad, el temperamento, la conciencia. Para mí la raison de los franceses es una lógica inválida que se presenta con el aire petulante de un instrumento frío y todopoderoso. Cuando yo era chico, en mi barrio, en San José de Flores, nos reuníamos una pandilla de muchachos en nuestro cuartel general cerca de la iglesia; uno de la pandilla era una especie de sacerdote infalible. Cuando teníamos una duda, una cuestión de conciencia, se lo preguntábamos, lo rodeábamos. Él se quedaba serio, se ponía a pensar y luego comunicaba un juicio solemne. Todos sabíamos que tenía razón, pero nunca le llevábamos el apunte. Gracias a no llevarle el apunte teníamos, por la noche, cosas que contarnos: aventuras, insensateces, experiencias, hechos, sorpresas. Ya entonces empezó a ser para mí la razón, un rígido y estúpido escamoteo de la vida. La razón es el uniforme de parada de la estupidez.

—Mi querido amigo —decía el doctor Dervil, disponiéndose a argüir con toda calma—, la razón es la que le ayuda a usted a levantar esos andamiajes razonables. El cogito. Toda esa existencia suya libre de ataduras no la ha vivido usted más que porque la ha pensado. Si no la hubiera pensado, no habría dejado para usted lo esencial, eso que recuerda ahora, y habría sido un vegetar indiferenciado.

—Yo no digo eso —dijo Anselmi—. No me preste usted cualquier absurdo. Lo que yo digo es que lo específico de esa vida mejor, era una cosa de vivir y no una cosa de pensar; lo específico de esa buena vida era el mismo vivirla y no su razón de ser. Y a lo que voy es a que el vivir tiene otras puertas de salida extremadamente diferentes a las salidas que propone la razón que son siempre salidas falsas.

—¿Por ejemplo? —preguntó el doctor—. No le entiendo.

—Las salidas por la pasión, las salidas por el heroísmo, las salidas por el absurdo, las salidas por una ascética, las salidas por la aniquilación de sí. Al lado de esos raptos, las salidas que la razón propone son estúpidas y mediocres. ¡Las salidas racionales! ¡Bah!

Se rió abundantemente.

—Es usted una criatura —dijo el doctor—. Ha salido en la aventura juvenil, pero no ha vuelto de ella. Las vueltas son las de la razón.

—Prefiero no volver. ¿Para qué volver?

—Se vuelve siempre. Eso es lo terrible. Quiéralo o no, a la vuelta de todos sus caminos estará ahí, inflexible, insobrepasable, la razón. Porque la razón es la medida del hombre y a la postre todas las desmesuras se compensan en ese solo eje del que somos dueños y que nos pertenece. Sabe usted; que nos pertenece (repitió la palabra recalcándola), per-te-ne-ce. Todo lo demás es romanticismo o abstracción, no nos pertenece y está fuera de nuestras manos. ¡Pobre de aquel que no viva racionalmente! ¡Pobre del llevado de los otros vientos, por hermosos y fuertes que parezcan!

Anselmi se calló. Luego dijo:

—¡A buena parte le ha llevado a usted la razón!

Fue una grosería y el médico la sintió en carne viva. Pero no dijo nada. Siguió jugando con la caja de fósforos, impertérrito.

—¿No ve? —insistió Anselmi—. No dice nada. No protesta. No me insulta ni se indigna conmigo. Se acoge a los “dictados de la razón”. ¡Qué poca cosa!

El médico levantó los ojos y lo miró con calma y piedad.

Se oyeron, en la pequeña iglesia cercana, en la calle de abajo, las campanadas de las diez. Jiménez, irónico, levantó el tenedor y señaló con las puntas hacia el lado de Anselmi.

—Éste —dijo— hace siempre literatura. No hay que discutirle sino con conciencia de eso, doctor.

—¡Qué imbécil! —dijo Anselmi—. Cuando aquí el único literato cien por cien es él. —Fingió un tono de ridículo amaneramiento—. El exquisito, el delicado..

—Hace siempre literatura —continuó Jiménez, aparentando no oírlo—. Es de esos que hablan tan bien de Dios que sienten necesidad de ir a contemporizar con el diablo por si se han excedido...

La dueña de casa y el comerciante Johnson festejaron la ocurrencia. Jiménez bajó de golpe la cabeza para dejar pasar el pan que le tiraba el otro.

—¡Pobre hombre! —dijo Anselmi. Estaba irritado, furioso.

Todos nos reímos.

—Yo también he sido condiscípulo de él y lo conozco —dijo Jiménez.

—¡Si no fuera porque el conocimiento —dijo Anselmi— es la facultad que te falta!

Así siguió por un rato la sobremesa de aquella noche. La recuerdo porque esa conversación, como una lluvia, caía en mí sobre la imagen de usted, caía sobre esa imagen; y la imagen, como un suelo resistente, la soportaba sin filtrarla. Al fin dejamos todos el comedor, salimos a los balcones de la casa, a la gran calma nocturna. Por la calle 25 de Mayo pasaban gentes de mar, inmigrantes, mujeres de dudoso vivir, jóvenes a la caza de vicios, extranjeros.

Anselmi y Jiménez jugaban como cachorros violentos, diciéndose cosas increíbles.

¿Qué me importaba a mí todo eso? La ciudad tenía otra dimensión y esa dimensión era de su tamaño, del tamaño de usted. De pronto los dos me increparon duramente. ¿En qué estaba pensando? Me conocían demasiado y les extrañaba verme ausente de la risa y el juego. Jiménez se volvió hacia Anselmi: “Dale una inyección de ciencia infusa” —le dijo, mordaz. Yo me reía sin contestar. “¡Qué aburrimiento!”, decía Anselmi. Sus ojos miraban con desolación el espacio sin aventuras posibles.

Un chico pasó a la carrera pregonando la última edición de uno de los diarios de la noche.





VI

Cada vez nos aferrábamos más a nuestra condición de bestias jóvenes, ruidosas y sin memoria.

Casi no había día en que no arrastráramos por los buleva­res del centro de la ciudad nuestro entusiasmo, nuestra inquietud, nuestro desorden y nuestra curiosidad. Barajábamos literaturas, literaturas de aquí y de allá, y la recitación de los viejos versos del modesto clasicismo argentino se mezclaba en nuestro caos a las estrofas de fray Luis o al Paumanok de Whitman o al Alastor de vena solitaria. Descendiente de romanos, Anselmi recitaba con énfasis caricaturesco algún soneto de Petrarca y nosotros le hacíamos bronco coro al pasar por entre las mesas, en los cafés de arrabal, donde los burgueses maduros nos miraban con perplejo y agraviado rigor:



Piangete, donne, e con voi pianga Amore;

Piangete, amanti, per ciascun paese;

Poi chè murto colui che tutto intese

In farvi, mentre visse al mondo, onore...



Lloraban su modesta canción los barrios de pequeños burgueses y estudiantes, los barrios del sur, con su colonial aliento todavía latente y sus balaustradas sin pretensión y sus viejos zaguanes demasiado anchos y sus baldosas de un rojizo desteñido y sus grandes cuartos de techo bajo con olor a humedad y muebles de caoba. Reían los barrios jóvenes, hacia el centro, lujosos y desaprensivos. Cerraban los señoriales del norte, en su arrogante mutismo, la boca del dolor o de la risa, inexpresivos y tristes como la riqueza misma. Pero todos los hilábamos nosotros, como un solo orden dócil, en la animación de aquellas jiras joviales. Del país sólo veíamos el gesto promisorio con que detrás del equívoco comercio nos llamaba a la confidencia y la sinceridad. Estábamos prontos a abrir a la ciudad, a su quieto cosmopolitismo, un crédito sin límites.

Sin embargo, sin embargo...

Aquel país no era el país. Aquel país que veíamos no era el país que queríamos. Aquel país que tocábamos no era el país que esperábamos. Debajo de la púrpura queríamos ver el sayal. El sayal es lo que está cerca de la piel y la piel es lo que está cerca de la sangre. En el país, la púrpura mentía.

Salíamos a la calle y veíamos la púrpura; íbamos a los teatros, a las conferencias, a los conciertos: veíamos la púrpura; conocíamos, en este mundo, a muchos hombres, a muchas mujeres y tocábamos la púrpura. En el gobierno estaba la púrpura y en la calle estaba la púrpura. Púrpura, púrpura; las palabras eran púrpura; los actos eran púrpura.

Pero un país nuevo —pensábamos— no debe aficionarse a la púrpura. Un país nuevo es un estado de ferviente rebeldía. Un país nuevo debe ser sobrio, claro, limpio de palabra, seguro de sí y exacto como la fundamental juventud. Un país joven que se aficiona a la púrpura está pronto a degradarse por dentro.

No, no queríamos esa púrpura. Nos asqueaba esa púrpura. Nos asqueaba. No nos dejaba dormir.

De noche, en la alta noche, durante el insomnio del alba pensábamos, obsesos, en el país ahogado por esa púrpura, en el país anterior, ignorado y sacrificado; en el país doliente que levanta los ojos de una expectación sin queja al digno cielo austral; que está en silencio, en lo más profundo, como cereal madurante en la troj, en lo más mínimo y recóndito de la geografía nacional.

Noche y día el mismo pensamiento, la misma preocupación.

En medio de nuestras risas, gritos, charlas, de pronto, alguno de los tres se callaba. Permanecíamos, entonces, atentos a ese silencio.

Era como si los tres dijéramos la misma frase, la misma interior oración:

—¿Cuándo vendrá a la superficie el país profundo, el sano, el que existe puesto que creemos en él? Ese país, ése, ¿cuándo vendrá?

Nos quedábamos un rato inmóviles, perplejos, como bestias tristes.

Los ángeles de la tarde movilizaban despacio sus nubes claras en el techo tranquilo de la capital.

Teníamos unos amigos ricos —los Gómez— que nos invitaban alguna noche a visitarlos. Vivían en una casa, claro está, de aire púrpura, señorial, vieja y austera. Allí todo era solemne. El jefe de la familia había sido ministro de Estado y era un hombre de rostro dispéptico, un hombre seco, aseverador y dogmático; debía de tener un alma de degollador. Alto, cargado de hombros, lento de movimientos, se desplazaba con pesadez. Se dedicaba a escribir páginas de historia que nadie leía, que a nadie importaban, de las que nada se deducía más que un denso, académico y plúmbeo aburrimiento, más o menos cada treinta de esas páginas le valían distinciones peculiares, o una condecoración extranjera o un título más de académico correspondiente. Estimulaba en sus hijos el amor propio, la vanidad, el menosprecio, el coraje primario y la injuria xenófoba. Eso creía él que era el patriotismo.

Este hombre nos parecía representativo de algo que se pudría en el vivir de la nacionalidad, y lo odiábamos cordialmente. Entre nosotros le llamábamos “El purpurado”. Y si pisábamos alguna vez su casa era por no herir a los hijos, antiguos compañeros de colegio que no tenían la culpa de ser brutos, ignorantes y maleducados; en el fondo de ellos, intacta, pese a todos los esfuerzos familiares, brillaba una vaga bondad.

En el gran vestíbulo sombrío de estilo Renacimiento italiano donde se mezclaba sobre las macizas mesas la más curiosa convocación de piezas criollas: retratos, boleadoras espuelas de plata, rastras y divisas patrias cubiertas de polvo—, el viejo nos endilgaba, entre café y café, su concepción de la historia. Soportábamos sin pestañar la lección de usura patria: había que ser duros, había que ser compadres, había que ser conservadores, había que ser “guardianes de la tradición a sable limpio”, había que mostrar los dientes a diestro y siniestro. ¡Cuidado con el extranjero!, era su mote.

Yo, que tenía sobre mis hombros ocho generaciones de argentinos, lo escuchaba, sin un gesto, sonriendo por dentro. Anselmi y Jiménez se miraban entre sí: ninguno de los dos se atrevía a creer que aquella especie de apóstol imbuido de sacra furia había construido su casa a fuerza de defender pleitos de extranjeros y de cobrarlos a precio de oro y de sonreírles a peso de oro... Yo los miraba sonriendo por dentro. Sabía lo que pensaban: “Contra esto hay que luchar.”

Y el tocar la mentira, el localizarla, el descubrirla donde estaba y aislarla, nos daba, sí, una alegría.

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