ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

El chico sucio

Por Mariana Enriquez

Mi familia cree que estoy loca porque elegí vivir en la casa familiar de Constitución, la casa de mis abuelos paternos, una mole de piedra y puertas de hierro pintadas de verde sobre la calle Virreyes, con detalles art déco y antiguos mosaicos en el suelo, tan gastados que, si se me ocurriera encerar los pisos, podría inaugurar una pista de patinaje. Pero yo siempre estuve enamorada de esta casa y, de chica, cuando se la alquilaron a un buffet de abogados, recuerdo mi malhumor, cuánto extrañaba estas habitaciones de ventanas altas y el patio interno que parecía un jardín secreto, mi frustración porque, cuando pasaba por la puerta, ya no podía entrar libremente. No extrañaba tanto a mi abuelo, un hombre callado que apenas sonreía y nunca jugaba. Ni siquiera lloré cuando murió. Lloré mucho más cuando, después de su muerte, perdimos la casa, al menos por unos años.
Después de los abogados llegó un equipo de odontólogos y, finalmente, fue alquilada a una revista de viajes que cerró en menos de dos años. La casa era hermosa y cómoda y estaba en notables buenas condiciones teniendo en cuenta su antigüedad; pero ya nadie, o muy pocos, querían establecerse en el barrio. La revista de viajes lo hizo sólo porque el alquiler, para entonces, era muy barato. Pero ni eso los salvó de la rápida bancarrota y ciertamente no ayudó que robaran en las oficinas: se llevaron todas las computadoras, un horno a microondas, hasta una pesada fotocopiadora.
Constitución es el barrio de la estación de trenes que vienen del sur a la ciudad. Fue, en el siglo XIX, una zona donde vivía la aristocracia porteña, por eso existen estas casas, como la de mi familia –y hay muchas más mansiones convertidas en hoteles o asilos de ancianos o en derrumbe del otro lado de la estación, en Barracas–. En 1887 las familias aristocráticas huyeron hacia el norte de la ciudad escapando de la fiebre amarilla. Pocas volvieron, casi ninguna. Con los años, familias de comerciantes ricos, como la de mi abuelo, pudieron comprar las casas de piedra con gárgolas y llamadores de bronce. Pero el barrio quedó marcado por la huida, el abandono, la condición de indeseado.
Y está cada vez peor.
Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O es menos peligroso. Yo sé que los viernes por la noche, si me acerco a la plaza Garay, puedo quedar atrapada en alguna pelea entre varios contrincantes posibles: los mininarcos de la calle Ceballos que defienden su territorio de otros ocupantes y persiguen a sus perpetuos deudores; los adictos que, descerebrados, se ofenden por cualquier cosa y reaccionan atacando con botellas; las travestis borrachas y cansadas que también defienden su baldosa. Sé que, si vuelvo a mi casa caminando por la avenida, estoy más expuesta a un robo que si regreso por la calle Solís, y eso a pesar de que la avenida está muy iluminada y Solís es oscura porque tiene pocas lámparas y muchas están rotas: hay que conocer el barrio para aprender estas estrategias. Dos veces me robaron en la avenida, las dos, chicos que pasaron corriendo y me arrancaron el bolso y me tiraron al suelo. La primera vez hice la denuncia a la policía; la segunda vez ya sabía que era inútil, que la policía les tenía permitido robar en la avenida, con límite en el puente de la autopista –tres cuadras liberadas–, como intercambio de los favores que los adolescentes hacían para ellos. Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes –especialmente si son delincuentes–, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.
Me gusta el barrio. Nadie entiende por qué. Yo sí: me hace sentir precisa y audaz, despierta. No quedan muchos lugares como Constitución en la ciudad, que, salvo por las villas de la periferia, está más rica, más amable, intensa y enorme, pero fácil para vivir. Constitución no es fácil y es hermoso, con todos esos rincones que alguna vez fueron lujosos, como templos abandonados y vueltos a ocupar por infieles que ni siquiera saben que, entre estas paredes, alguna vez se escucharon alabanzas a viejos dioses.
También vive mucha gente en la calle. No tanta como en la plaza Congreso, a unos dos kilómetros de mi puerta; ahí hay un verdadero campamento, justo frente a los edificios legislativos, prolijamente ignorado pero al mismo tiempo tan visible que, cada noche, hay cuadrillas de voluntarios que le dan de comer a la gente, chequean la salud de los chicos, reparten frazadas en invierno y agua fresca en verano. En Constitución la gente de la calle está más abandonada, pocas veces llega ayuda. Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo, las puertas y ventanas bloqueadas con ladrillos, vive una mujer joven con su hijo. Está embarazada, de unos pocos meses, aunque nunca se sabe con las madres adictas del barrio, tan delgadas. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales. La gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución.
Una noche, caminamos juntos desde la estación de subte hasta mi casa. No me habló pero nos acompañamos. Le pregunté algunas tonterías, su edad, su nombre; no me contestó. No era un chico dulce ni tierno. Cuando llegué a la puerta de mi casa, sin embargo, me saludó.
–Chau, vecina –me dijo.
–Chau, vecino –le contesté.


El chico sucio y su madre duermen sobre tres colchones tan gastados que, apilados, tienen el mismo alto que un somier común. La madre guarda la poca ropa en varias bolsas de basura negras y tiene una mochila llena de otras cosas que nunca alcanzo a distinguir. Ella no se mueve de la esquina y desde ahí pide plata con una voz lúgubre y monótona. La madre no me gusta. No sólo por su irresponsabilidad, porque fuma paco y la ceniza le quema la panza de embarazada o porque jamás la vi tratar con amabilidad a su hijo, el chico sucio. Hay algo más que no me gusta. Se lo decía a mi amiga Lala mientras ella me cortaba el pelo en su casa, el último lunes feriado. Lala es peluquera, pero hace rato que no trabaja en un salón: no le gustan los jefes, dice. Gana más dinero y tiene más tranquilidad en su departamento. Como peluquería, el departamento de Lala tiene algunos problemas. El agua caliente, por ejemplo, que llega de manera intermitente porque el calefón le funciona pésimo y a veces, cuando me está lavando el pelo después de la tintura, recibo un chorro de agua fría sobre la cabeza que me hace gritar. Ella pone los ojos en blanco y explica que todos los plomeros la engañan, le cobran de más, nunca vuelven. Le creo.
–Esa mujer es un monstruo, chiquita –grita mientras casi me quema el cuero cabelludo con su antiguo secador de pelo. También me hace doler cuando acomoda las mechas con sus dedos anchos. Hace años que Lala decidió ser mujer y brasileña, pero había nacido varón y uruguayo. Ahora es la mejor peluquera travesti del barrio y ya no se prostituye; fingir el acento portugués le resultaba muy útil para seducir hombres cuando era puta en la calle, pero ahora no tiene sentido. Igual, está tan acostumbrada que a veces habla por teléfono en portugués o, cuando se enoja, levanta los brazos hacia el techo y le reclama venganza o piedad a la Pomba Gira, su exú personal, para quien tiene un pequeño altar en el rincón de la sala donde corta el pelo, justo al lado de la computadora, que está encendida en chat perpetuo.
–A vos también te parece un monstruo, entonces.
–Me da escalofríos, mami. Está como maldecida, yo no sé.
–¿Por qué lo decís?
–Yo no digo nada. Pero acá en el barrio dicen que hace cualquier cosa por plata, que hasta va a reuniones de brujos.
–Ay, Lala, qué brujos. Acá no hay brujos, no te creas cualquier cosa.
Me dio un tirón de pelo que me pareció intencionado, pero pidió perdón. Fue intencionado.
–Qué sabrás vos de lo que pasa en serio por acá, mamita. Vos vivís acá, pero sos de otro mundo.
Tiene un poco de razón, aunque me molesta escucharlo así, me molesta que ella, tan sinceramente, me ubique en mi lugar, la mujer de clase media que cree ser desafiante porque decidió vivir en el barrio más peligroso de Buenos Aires. Suspiro.
–Tenés razón, Lala. Pero quiero decir, vive frente a mi casa y está siempre ahí, sobre los colchones. Ni se mueve.
–Vos trabajás muchas horas, no sabés qué hace. Tampoco la controlás a la noche. La gente en este barrio, mami, es muy... ¿cómo se dice? Ni te das cuenta y te atacaron.
–¿Sigilosa?
–Eso. Tenés un vocabulario que da envidia, ¿o no, Sarita? Es fina ella.
Sarita está esperando que Lala termine con mi pelo desde hace unos quince minutos, pero no le molesta esperar. Hojea las revistas. Sarita es una travesti joven, que se prostituye en la calle Solís, y es muy hermosa.
–Contale, Sarita, contale lo que me contaste a mí.
Pero Sarita frunce los labios como una diva de cine mudo y no tiene ganas de contarme nada. Mejor. No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de calle esté bien cerrada y también la del balcón. Y a veces me quedo mirando la calle, sobre todo la esquina donde duermen el chico sucio y su madre, totalmente quietos, como muertos sin nombre.


Una noche, después de cenar, sonó el timbre. Raro: casi nadie me visita a esa hora. Salvo Lala, alguna noche que se siente sola y nos quedamos juntas escuchando rancheras tristes y tomando whisky. Cuando miré por la ventana a ver quién era –nadie abre la puerta directamente en este barrio si suena el timbre cerca de la medianoche– vi que ahí estaba el chico sucio. Corrí a buscar las llaves y lo dejé pasar. Había llorado, se le notaba en los surcos claros que las lágrimas habían marcado en su cara mugrienta. Entró corriendo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta del comedor, como si necesitara mi permiso. O como si tuviera miedo de seguir adelante.
–¿Qué te pasó? –le pregunté.
–Mi mamá no volvió –dijo.
Tenía la voz menos áspera pero no sonaba como un chico de cinco años.
–¿Te dejó solo?
Sí, con la cabeza.
–¿Tenés miedo?
–Tengo hambre –me contestó. Tenía miedo también, pero ya estaba lo suficientemente endurecido como para no reconocerlo frente a un extraño que, además, tenía casa, una casa linda y enorme, justo enfrente de su intemperie.
–Bueno –le dije–. Pasá.
Estaba descalzo. La última vez que lo había visto, llevaba puestas unas zapatillas bastante nuevas. ¿Se las habría quitado por el calor? ¿O alguien se las habría robado durante la noche? No quise preguntarle. Lo hice sentarse en una silla de la cocina y metí en el horno un poco de arroz con pollo. Para la espera, unté queso en un rico pan casero. Comió mirándome a los ojos, muy serio, con tranquilidad. Tenía hambre pero no estaba famélico.
–¿Adónde fue tu mamá?
Se encogió de hombros.
–¿Se va seguido?
Otra vez se encogió de hombros. Tuve ganas de sacudirlo y enseguida me avergoncé. Necesitaba que lo ayudase; no tenía por qué saciar mi curiosidad morbosa. Y, sin embargo, algo en su silencio me enojaba. Quería que fuera un chico amable y encantador, no este chico hosco y sucio que comía el arroz con pollo lentamente, saboreando cada bocado, y eructaba después de terminar su vaso de Coca-Cola que sí bebió con avidez, y pidió más. No tenía nada para servirle de postre, pero sabía que la heladería de la avenida iba a estar abierta, en verano atendía hasta después de la medianoche. Le pregunté si quería ir y me dijo que sí, con una sonrisa que le cambiaba la cara por completo; tenía los dientes chiquitos y uno, de abajo, se le estaba por caer. Me daba un poco de miedo salir tan tarde y encima hacia la avenida, pero la heladería solía ser territorio neutral, casi nunca había robos ahí, tampoco peleas.
No llevé cartera y guardé un poco de plata en el bolsillo del pantalón. En la calle, el chico sucio me dio la mano y no lo hizo con la indiferencia con que saludaba a los compradores de estampitas en el subte. Se aferró bien fuerte: a lo mejor todavía estaba asustado. Cruzamos la calle: el colchón sobre el que dormía con su madre seguía vacío. Tampoco estaba la mochila: o ella se la había llevado o alguien la había robado cuando la encontró ahí, sin su dueño.
Teníamos que caminar tres cuadras hasta la heladería y elegí la calle Ceballos, una calle extraña, que podía ser silenciosa y tranquila algunas noches. Las travestis menos esculturales, las más gorditas o las más viejas elegían esa calle para trabajar. Lamenté no tener zapatillas para calzar al chico sucio: en las veredas solía haber restos de vidrios, de botellas rotas, y no quería que se lastimara. Él caminaba descalzo con gran seguridad, estaba acostumbrado. Esa noche, las tres cuadras estaban casi vacías de travestis pero estaban llenas de altares. Recordé lo que se celebraba: era 8 de enero, el día del Gauchito Gil. Un santo popular de la provincia de Corrientes que se venera en todo el país y especialmente en los barrios pobres –aunque hay altares por toda la ciudad, incluso en los cementerios–. Antonio Gil, se cuenta, fue asesinado por desertor a fines del siglo XIX: lo mató un policía; lo colgó de un árbol y lo degolló. Pero, antes de morir, el gaucho desertor le dijo: «Si querés que tu hijo se cure, tenés que rezar por mí.» El policía lo hizo porque su hijo estaba muy enfermo. Y el chico se curó. Entonces, el policía bajó a Antonio Gil del árbol, le dio sepultura y, en el lugar donde se había desangrado, se fue levantando un santuario, que existe hasta hoy y que todos los veranos recibe a miles de personas.
Me encontré contándole la historia del gaucho milagroso al chico sucio y paramos frente a uno de los altares. Ahí estaba el santo de yeso, con la camisa celeste y el pañuelo rojo al cuello –una vincha roja también– y una cruz en la espalda, también roja. Había varias telas rojas y alguna bandera chica roja: el color de la sangre, el recuerdo de la injusticia y el degüello. Pero nada era macabro o siniestro. El gaucho trae suerte, cura, ayuda y no pide mucho a cambio, apenas que se le hagan estos homenajes y, a veces, un poquito de alcohol. O la peregrinación al santuario de Mercedes, en Corrientes, con un calor de cincuenta grados y los devotos que llegan a pie, en buses, a caballo, de todas partes, hasta desde la Patagonia. Las velas alrededor lo hacían parpadear en la semioscuridad. Le encendí una de las que se habían apagado y con la llama prendí un cigarrillo. El chico sucio parecía inquieto.
–Ya vamos a la heladería –le dije. Pero no era eso.
–El gaucho es bueno –dijo–. Pero el otro no.
Lo dijo en voz baja, mirando las velas.
–Qué otro –le pregunté.
–El esqueleto –me dijo–. Allá atrás hay esqueletos.
En el barrio, «allá atrás» es una referencia al otro lado de la estación, pasando los andenes, ahí donde las vías y sus terraplenes se pierden hacia el sur. Ahí suelen aparecer altares para santos menos amables que el Gauchito Gil. Sé que Lala lleva hasta el terraplén –siempre de día porque puede ser peligroso– sus ofrendas para la Pomba Gira, sus platos coloridos y sus pollos comprados en el supermercado porque no se anima a matar una gallina. Y ella me contó que hay montones de San La Muerte «allá atrás», el santito esqueleto con sus velas rojas y negras.
–Pero no es un santo malo –le dije al chico sucio, que me miró con los ojos muy abiertos, como si le estuviera diciendo una locura–. Es un santo que puede hacer mal si le piden, pero la mayoría de la gente no le pide cosas feas: le pide protección. ¿Tu mamá te lleva allá atrás? –le pregunté.
–Sí, pero a veces voy solo –contestó. Y después me tironeó del brazo para que siguiéramos hasta la heladería.
Hacía mucho calor. La vereda de la heladería estaba pegajosa, tantos helados debían haber chorreado; pensé en los pies descalzos del chico sucio, ahora con toda esta nueva mugre. Él entró corriendo y pidió, con su voz vieja, uno grande de dulce de leche granizado y chocolate. Yo no pedí nada. El calor me quitaba el hambre y no sabía qué debía hacer con el chico si su madre no aparecía. ¿Llevarlo a la comisaría? ¿A un hospital? ¿Hacer que se quedara en casa hasta que ella volviera? ¿Existía algo así como servicios sociales en esta ciudad? Existía, sí, un número para llamar durante el invierno, para avisar si alguna persona que vivía en la calle estaba pasando demasiado frío. Pero yo no sabía de mucho más. Me daba cuenta, mientras el chico sucio se lamía los dedos chorreados, de lo poco que me importaba la gente, de lo naturales que me resultaban esas vidas desdichadas.
Cuando se terminó el helado, el chico sucio se levantó del banco en el que nos habíamos sentado y salió caminando para la esquina donde vivía con su madre, sin prestarme demasiada atención. Lo seguí. La calle estaba muy oscura, se había cortado la luz; solía pasar las noches de mucho calor. Lo veía bien, de todos modos, por las luces de los autos; también lo iluminaban, a él y a sus pies ya completamente negros, las velas de los altares improvisados. Llegamos a la esquina sin que volviera a darme la mano ni me dirigiera la palabra.
Su madre estaba sobre el colchón. Como todos los adictos, no tenía noción de la temperatura y llevaba un buzo abrigado y la capucha puesta, como si lloviera. La panza, enorme, estaba desnuda, la remera demasiado corta no podía cubrirla. El chico sucio la saludó y se sentó en el colchón. No dijo nada.
Ella estaba furiosa. Se me acercó rugiendo, no hay otra forma de describir el sonido, me recordó a mi perra cuando se rompió la cadera y estaba enloquecida de dolor pero había dejado de quejarse y solamente gruñía.
–¿Adónde te lo llevaste, hija de puta? ¿Qué le querés hacer, eh, eh? ¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo!
Estaba tan cerca que le veía cada uno de los dientes, cómo le sangraban las encías, los labios quemados por la pipa, el olor a alquitrán en el aliento.
–Le compré un helado –le grité, y retrocedí cuando vi que tenía una botella rota en la mano, con la que pensaba atacarme.
–¡Rajá o te corto, hija de puta!
El chico sucio miraba el suelo, como si no estuviera pasando nada, como si no nos conociera, ni a su madre ni a mí. Me enojé con él. Qué desagradecido el pendejo, pensé, y salí corriendo. Entré en mi casa lo más rápido que pude, aunque las manos me temblaban y me costó encontrar la llave. Encendí todas las luces, en mi cuadra no se había cortado la electricidad, por suerte: tenía miedo de que la madre mandara a alguien a buscarme, a pegarme, no sabía qué podía pasarle por la cabeza, no sabía qué amigos tenía en la cuadra, no sabía nada de ella. Después de un rato, subí al primer piso y la espié desde el balcón. Estaba acostada, boca arriba, fumando un cigarrillo. El chico sucio parecía dormir a su lado. Me fui a la cama con un libro y un vaso de agua, pero no pude leer ni prestarle atención a la tele; el calor parecía más intenso con el ventilador encendido, que sólo revolvía aire caliente y atenuaba los ruidos de la calle.
A la mañana, me obligué a desayunar antes de salir a trabajar. El calor ya era sofocante y el sol apenas terminaba de salir. Cuando cerré la puerta, lo primero que noté fue la ausencia del colchón en la esquina de enfrente. No quedaba nada del chico sucio y su madre, no habían dejado atrás ni una bolsa ni una mancha ni una colilla de cigarrillo. Nada. Como si nunca hubiesen estado ahí.


El cuerpo apareció una semana después de la desaparición del chico sucio y su madre. Cuando volví de trabajar, con los pies hinchados por el calor y soñando con la frescura de mi casa de techos altos y ambientes grandes que ni el verano más infernal podía calentar del todo, encontré la cuadra enloquecida, con tres patrulleros de la policía, la cinta amarilla que aísla las zonas donde ocurrió un delito y cantidad de gente amontonada justo fuera del perímetro. No me costó reconocer a Lala, con sus zapatos de taco blancos y su rodete dorado; estaba tan nerviosa que se había olvidado de ponerse las pestañas postizas del ojo izquierdo y su cara parecía asimétrica, casi paralizada de un lado.
–¿Qué pasó?
–Encontraron a una criatura.
–¿Muerta?
–Qué te parece. ¡Degollada! ¿Tenés cable, amor mío?
A Lala le habían cortado la conexión por falta de pago hacía meses. Nos metimos en mi casa, nos acostamos en la cama a ver televisión, con el ventilador de techo dando giros peligrosos de tan rápidos y la ventana del balcón abierta por si escuchábamos algo desde la calle que valiera la pena. Sobre la cama, en una bandeja, puse una jarra helada de jugo de naranja y Lala reinó sobre el control remoto. Era extraño ver nuestro barrio en la pantalla, escuchar por la ventana a los periodistas que corrían, asomarnos y encontrar las camionetas de los diferentes canales. Era extraña la decisión de esperar los detalles del crimen por televisión, pero las dos conocíamos bien la dinámica del barrio: nadie iba a hablar, no con la verdad, al menos durante los primeros días. Primero, el silencio, por si alguno de los involucrados en el crimen merecía lealtad. Aunque fuera el horrible crimen de un chico. Primero, la boca callada. En unas semanas empezarían las historias. Todavía no. Ahora era el momento de la tele.
Temprano, alrededor de las ocho de la noche, cuando Lala y yo empezamos una larga velada que arrancó con jugo de naranja, siguió con pizza y cerveza y terminó con whisky –abrí una botella que me había regalado mi padre–, la información era escueta: en el estacionamiento en desuso de la calle Solís había aparecido un chico muerto. Degollado. Habían colocado la cabeza a un costado del cuerpo.
A las diez, se sabía que la cabeza estaba pelada hasta el hueso y que no se había encontrado pelo en la zona. También, que los párpados estaban cosidos y la lengua mordida, no se sabía si por el propio chico muerto o –y esto le arrancó un grito a Lala– por los dientes de otra persona.
Los programas de noticias siguieron con la información hasta la trasnoche, renovando periodistas, cubriendo en vivo desde la calle. Los policías, como de costumbre, no decían nada ante las cámaras, pero suministraban información constantemente a la prensa.
Para la medianoche, nadie había reclamado el cuerpo. También se sabía que había sido torturado: el torso estaba cubierto de quemaduras de cigarrillos. Sospechaban un ataque sexual, que se confirmó alrededor de las dos de la mañana, cuando se filtró un primer informe de los peritos forenses.
Y, a esa hora, nadie reclamaba el cuerpo. Ni un familiar. Ni madre ni padre ni hermanos ni tíos ni primos ni vecinos ni conocidos. Nadie.
El chico decapitado, decía la televisión, tenía entre cinco y siete años, era difícil calcularlo porque, en vida, había estado mal alimentado.
–Me gustaría verlo –le dije a Lala.
–No seas loca, ¡cómo van a mostrar a un chico decapitado! ¿Para qué lo querés ver? Qué macabra que sos. Siempre fuiste mostrita, la condesa morbosa en el palacio de la calle Virreyes.
–Es que, Lala, me parece que lo conozco.
–¿A quién conocés, a la criatura?
Le dije que sí y me puse a llorar. Estaba borracha, pero también estaba segura de que el chico sucio era ahora el chico decapitado. Le conté a Lala el encuentro, esa noche que me había tocado el timbre. ¡Por qué no lo cuidé, por qué no averigüé cómo sacárselo a la madre, por qué al menos no le di un baño! Si tengo una bañadera antigua, hermosa, grande, que apenas uso, en la que me doy duchas rápidas sola, que muy de vez en cuando disfruto con un baño de inmersión, ¿por qué, al menos, no quitarle la mugre? Y, no sé, comprarle un patito y esos palitos para hacer burbujas y que jugara. Tranquilamente podría haberlo bañado y después nos íbamos a tomar el helado. Y sí, era tarde, pero en la ciudad hay hipermercados que no cierran nunca y venden zapatillas, y le podría haber comprado un par, ¿cómo lo dejé andar descalzo, de noche, por estas calles oscuras? No tendría que haberlo dejado volver con su madre. Cuando ella me amenazó con la botella, tendría que haber llamado a la policía para que la metieran presa y quedarme yo con el chico o ayudar a que entrara en adopción con una familia que lo quisiera. Pero no. Me enojé con él por malagradecido, porque no me defendió ¡de su madre! ¡Me enojé con un chico aterrorizado, hijo de una madre adicta, un chico de cinco años que vive en la calle!
¡Que vivía en la calle porque ahora está muerto, degollado!
Lala me ayudó a vomitar en el inodoro y después fue a comprar pastillas para mi dolor de cabeza. Yo vomitaba de borracha y de asustada y también porque estaba segura de que era él, el chico sucio, violado y degollado en un estacionamiento quién sabe por qué.
–Por qué le hicieron esto, Lala –le pregunté, acurrucada en sus brazos fuertes, otra vez en la cama, las dos fumando lentamente nuestros cigarrillos de la madrugada.
–Mi princesa, yo no sé si es tu chico el que mataron, pero, cuando sea la hora, vamos a la fiscalía, así te quedás tranquila.
–¿Me acompañás?
–Por supuesto.
–Pero por qué, Lala, por qué hicieron una cosa así.
Lala apagó el cigarrillo en un plato que estaba al lado de la cama y se sirvió otro vaso de whisky. Lo mezcló con Coca-Cola y revolvió el hielo con un dedo.
–Yo no creo que sea tu chico. A este que mataron... Se ensañaron. Es un mensaje para alguien.
–¿Es una venganza narco?
–Nomás los narcos matan así.
Nos quedamos calladas. Tuve miedo. ¿Había narcos así en Constitución? ¿Como los que me sorprendían cuando leía sobre México, diez cadáveres sin cabeza colgando de un puente, seis cabezas arrojadas desde un auto a la escalinata de una legislatura, una fosa común con setenta y tres muertos, algunos decapitados, otros sin brazos? Lala fumó en silencio y puso el despertador. Decidí faltar a la oficina para ir directo a la fiscalía y contar todo lo que sabía sobre el chico sucio.


Por la mañana, todavía con dolor de cabeza, preparé café para las dos, para Lala y para mí. Ella pidió usar el baño, escuché la ducha y supe que iba a pasar al menos una hora ahí dentro. Encendí otra vez el televisor: el diario no tenía información nueva. Tampoco iba a encontrarla en internet, que, sobre todo, sería un caldero de rumores y locura.
El noticiero de la mañana decía que había aparecido una mujer a reclamar al chico decapitado. Una mujer llamada Nora, que había llegado a la morgue con un bebé recién nacido en brazos y algunos familiares. Cuando escuché lo de «bebé recién nacido», el corazón me dio un golpe en el pecho. Era definitivamente el chico sucio, entonces. La madre no había ido a buscar el cuerpo antes porque –qué casualidad más espantosa– la noche del crimen había sido la noche del parto. Tenía sentido. El chico sucio había quedado solo mientras su madre paría y entonces...
¿Entonces qué? Si era un mensaje, si era una venganza, no podía estar dirigido a esa pobre mujer que había dormido frente a mi casa tantas noches, esa chica adicta que debía tener poco más de veinte años. A lo mejor, el padre: eso, el padre. ¿Quién sería el padre del chico sucio?
Pero entonces las cámaras enloquecieron, los camarógrafos corrían, los cronistas se quedaban sin aliento, todos se arrojaban sobre la mujer que salía de la fiscalía y gritaban: «Nora, Nora, ¿quién cree que le hizo esto a Nachito?»
–Se llamaba Nacho –susurré.
Y de pronto ahí estaba, en pantalla, Nora, un primer plano de su llanto y sus gritos. Y no era la madre del chico sucio. Era una mujer completamente diferente. Una mujer de unos treinta años, ya canosa, morena y muy gorda, los kilos que había ganado en el embarazo, seguramente. Casi lo contrario de la madre del chico sucio.
No se entendía lo que gritaba. Se caía. Alguien la sostenía por detrás; una hermana, seguramente. Cambié de canal, pero todos tenían a esta mujer gritando hasta que un policía se interpuso entre los micrófonos y los gritos y apareció un patrullero para llevársela. Había muchas novedades. Se las conté a Lala sentada en el inodoro, mientras ella se afeitaba, arreglaba su maquillaje, se recogía el pelo en un prolijo rodete.
–Se llama Ignacio. Nachito. Y la familia lo había denunciado desaparecido el domingo, pero cuando vieron por televisión lo que pasaba, no pensaron que era su hijo porque este chico, Nachito, desapareció en Castelar. Son de Castelar.
–¡Pero es lejísimo eso! ¿Cómo terminó acá? Ay, princesa, qué espanto todo esto. Yo levanté todos mis turnos, ya decidí. No se puede cortar el pelo después de esto.
–Tiene el ombligo cosido, también.
–¿Quién, la criatura?
–Sí. Parece que le arrancaron las orejas.
–Reina, en este barrio nadie duerme más, yo te digo. Acá seremos delincuentes, pero esto es satánico.
–Eso están diciendo. Que es satánico. No, satánico no. Dicen que fue un sacrificio, una ofrenda a San La Muerte.
–¡Salve Pomba Gira, salve María Padilha!
–Anoche te conté que el chico me dijo de San La Muerte. No es él, Lala, pero él sabía. –Lala se arrodilló frente a mí y me clavó sus enormes ojos oscuros.
–Usted, princesa, no va a decir nada de esto. Nada. Ni a la fiscal ni a nadie. Anoche yo estaba loca de dejarla ir a ver a la jueza. Nada de nada, nosotras somos una tumba, con perdón de la palabra.
La escuché. Tenía razón. Yo no tenía nada que decir, nada que contar. Apenas una caminata nocturna con un chico de la calle que había desaparecido, como solían desaparecer los chicos de la calle. Sus padres se mudan de barrio y se los llevan con ellos. Se unen a una bandita de ladrones niños o de limpiavidrios en la avenida o de mulas de droga; cuando los usan para vender droga, tienen que cambiarlos de barrio seguido. Hacen campamento en una estación de subte. Los chicos de la calle no se quedan nunca en un solo lugar; pueden durar un tiempo, pero siempre se van. También se escapan de sus padres. O se van porque aparece un tío lejano que se compadece y se los lleva a su casa, lejos, en el sur, una casa sobre una calle de tierra, a compartir una habitación con cinco hermanos, pero, al menos, a estar bajo techo. No era raro, para nada, que madre e hijo hubiesen desaparecido de un día para el otro. El estacionamiento donde había aparecido el chico decapitado no quedaba en el recorrido que el chico sucio y yo habíamos hecho esa noche. ¿Y lo de San La Muerte? Casualidad. Lala decía que el barrio estaba lleno de devotos de San La Muerte, todos los inmigrantes paraguayos y la gente de Corrientes eran fieles del santito, pero eso no los convertía en asesinos; ella era devota de la Pomba Gira, que tiene el aspecto de una mujer demonio, con cuernos y tridente, ¿y eso la convertía en una asesina satánica?
Claro que no.
–Quiero que te quedes unos días conmigo, Lala.
–Pero claro, princesa, yo misma me preparo mis aposentos.
A Lala le encantaba mi casa. Le gustaba poner música bien alto y bajar las escaleras lentamente, con su turbante y un cigarrillo, una mujer fatal negra, «soy la Joséphine Baker», decía, y después se lamentaba por ser la única travesti de Constitución que tenía la remota idea de quién era Joséphine Baker, no tenés noción de lo brutas que son estas chicas nuevas, ignorantes y huecas como una cañería. Cada vez vienen peor. Está todo perdido.


Me costaba caminar por el barrio con la seguridad de antes del crimen. El asesinato de Nachito había ejercido un efecto casi narcótico en esa zona de Constitución. De noche no se escuchaban peleas, los dealers se habían mudado unas cuadras más al sur. Había demasiada policía custodiando el lugar donde se había encontrado el cuerpo. Que, decían los diarios y los investigadores, no había sido la escena del crimen. Alguien lo había depositado, ya muerto, en el viejo estacionamiento.
En la esquina donde solían dormir el chico sucio y su madre, los vecinos hicieron un altar para el Degolladito, como lo llamaban. Y pusieron una foto que decía «Justicia para Nachito». A pesar de las aparentes buenas intenciones, los investigadores no se creían del todo la conmoción del barrio. Al contrario: pensaban que estaban encubriendo a alguien. Por eso la fiscal había ordenado interrogar a muchos vecinos.
A mí también me llamaron a declarar. No le avisé a Lala para que no se desesperara. A ella no le había llegado la notificación. Fue una entrevista muy corta y no dije nada que pudiera servirles.
Esa noche había dormido profundamente.
No, no escuché nada.
Hay varios chicos de la calle en el barrio, sí.
Me mostraron la foto de Nachito. Negué haberlo visto. No mentía. Era completamente distinto a los chicos del barrio: un gordito con hoyuelos y pelo bien peinado. Jamás había visto a un chico así (¡y sonriente!) por Constitución.
No, nunca vi altares de magia negra en la calle ni en ninguna casa. Solamente del Gauchito Gil. Por la calle Ceballos.
¿Si sabía que el Gauchito Gil había muerto degollado? Sí, todo el país conoce el mito. Yo no creo que tenga que ver con el Gauchito, ¿ustedes sí?
No, claro, no tienen que contestarme nada. Bueno, como sea, yo no creo, pero no sé nada sobre rituales.
Trabajo como diseñadora gráfica. Para un diario. Para el suplemento Moda & Mujer. ¿Por qué vivo en Constitución? Es la casa de mi familia y es una casa hermosa, la pueden ver cuando vayan para el barrio.
Claro que les aviso si escucho de algo, por supuesto. Sí, me cuesta dormir, como a todos. Tenemos mucho miedo.
Estaba claro que no sospechaban de mí, pero tenían que hablar con los vecinos. Volví a casa en colectivo para evitar las cinco cuadras que debía caminar si usaba el subterráneo. Desde el crimen, prefería no usar el subterráneo porque no quería encontrarme con el chico sucio. Y, al mismo tiempo, quería volver a verlo de una manera obsesiva, enfermiza. A pesar de las fotos, a pesar de las pruebas –incluso de las fotos del cadáver, que un diario había publicado para falso escándalo y horror del público, que agotó varias ediciones con el chico decapitado en portada–, yo seguía creyendo que el chico sucio era el muerto.
O que sería el próximo muerto. No era una idea racional. Se lo dije a Lala en la peluquería la tarde que decidí volver a teñirme las puntas de rosa, un trabajo de horas. Ahora nadie hojeaba revistas ni se pintaba las uñas ni mandaba mensajes de texto cuando tenía que esperar su turno en la peluquería de Lala. Ahora nada más se hablaba del Degolladito. El tiempo de silencio prudencial se había terminado, pero yo todavía no había oído que nadie nombrara a un sospechoso más que de manera general. Sarita contaba que, en su pueblo, en el Chaco, había pasado algo similar, pero con una nena.
–La encontraron con la cabeza al costado, también, y muy violada, pobre almita, toda cagadita alrededor estaba.
–Sarita, por favor te pido –dijo Lala.
–Pero si fue así, ¿qué querés que cuente? Éstas son cosas de brujos.
–La policía cree que son narcos –dije yo.
–Está lleno de narcos brujos –dijo Sarita–. Allá en el Chaco no sabés lo que es. Hacen rituales para pedir protección. Por eso le cortaron la cabeza y la pusieron del lado izquierdo. Creen que si hacen estas ofrendas, no los agarra la policía porque las cabezas tienen poder. No son narcos nada más, también están en la venta de mujeres.
–Pero ¿te parece que habrá acá, en Constitución?
–Están en todos lados –dijo Sarita.
Soñé con el chico sucio. Yo salía al balcón y él estaba en medio de la calle. Yo le hacía señas con la mano para que se moviera porque venía un camión muy rápido. Pero el chico sucio seguía mirando para arriba, mirándome a mí y al balcón, sonriendo, los dientes mugrientos y chiquitos. Y el camión lo atropellaba y yo no podía evitar ver cómo la rueda le reventaba el vientre como si fuese una pelota de fútbol y arrastraba los intestinos hasta la esquina. En el medio de la calle quedaba la cabeza del chico sucio, todavía sonriente y con los ojos abiertos.
Me desperté transpirada, temblando. Desde la calle llegaba una cumbia soñolienta. De a poco, volvían algunos sonidos del barrio, las peleas de borrachos, la música, las motos con el caño de escape suelto para que hiciera ruido, un favorito de los adolescentes. La investigación estaba bajo secreto de sumario, una manera de decir que la desorientación era total. Visité varias veces a mi madre y cuando me pidió que me mudara con ella, un tiempo al menos, le dije que no. Me acusó de loca y discutimos a los gritos, como nunca antes.


Esa noche volvía tarde porque, después de la oficina, había ido a la fiesta de cumpleaños de una compañera de trabajo. Era una de las últimas noches del verano. Volví en colectivo y me bajé antes, para caminar por el barrio, sola. Ya sabía moverme de vuelta. Si uno sabe moverse, Constitución es bastante fácil. Iba fumando. Entonces la vi.
La madre del chico sucio era delgada, siempre había sido delgada, incluso durante el embarazo. De atrás, nadie hubiera adivinado su panza. Es el físico típico de las adictas: las caderas siguen siendo estrechas como si se resistieran a dejar lugar para el bebé, el cuerpo no produce grasa, los muslos no se ensanchan; a los nueve meses, las piernas son dos palitos endebles que sostienen una pelota de básquet, una mujer que se tragó una pelota de básquet. Ahora, sin la panza, la madre del chico sucio parecía más que nunca una adolescente, apoyada contra un árbol, tratando de encender su pipa de paco bajo la luz de la lámpara, sin importarle la policía –que rondaba mucho más el barrio después del crimen del Degolladito– ni los otros adictos ni nada.
Me le acerqué despacio y, cuando me vio, hubo un inmediato reconocimiento en sus ojos. ¡Inmediato! Los ojos se achicaron, se achinaron: quiso salir corriendo, pero algo la paró. Un mareo, quizá. Esos segundos de duda me alcanzaron para impedirle el paso, pararme frente a ella, obligarla a hablar. La empujé contra el árbol y la sostuve ahí. No tenía la fuerza suficiente para resistirse.
–Dónde está tu hijo.
–Qué hijo. Soltame.
Las dos hablábamos bajo.
–Tu hijo. Sabés bien de lo que te hablo.
La madre del chico sucio abrió la boca y me dio náuseas su aliento a hambre, dulce y podrido como una fruta al sol, mezclado con el olor médico de la droga y esa peste a quemado; los adictos huelen a goma ardiente, a fábrica tóxica, a agua contaminada, a muerte química.
–Yo no tengo hijos.
La apreté más contra el árbol, la agarré del cuello. No sé si sentía dolor, pero le clavé las uñas. Igual, no iba a recordarme dentro de unas horas. Yo tampoco le tenía miedo a la policía. Además, no iban a preocuparse demasiado por una pelea entre mujeres.
–Me vas a decir la verdad. Hasta hace poco estabas embarazada.
La madre del chico sucio quiso quemarme con el encendedor, pero alcancé a verle la intención, la mano delgada que quería acercar la llama a mi pelo, quería incendiarme, la hija de puta. Le apreté la muñeca tan fuerte que el encendedor cayó a la vereda. Dejó de resistirse.
–¡YO NO TENGO HIJOS! –me gritó, y el grito de su voz demasiado gruesa, enferma, me despertó. ¿Qué estaba haciendo? ¿Ahorcando a una adolescente moribunda frente a mi casa? A lo mejor mi madre tenía razón. A lo mejor tenía que mudarme. A lo mejor, como me había dicho, tenía una fijación con la casa porque me permitía vivir aislada, porque ahí no me visitaba nadie, porque estaba deprimida y me inventaba historias románticas sobre un barrio que, la verdad, era una mierda, una mierda, una mierda. Eso gritó mi madre y yo juré no volver a hablarle pero ahora, con el cuello de la joven adicta entre las manos, pensé que podía tener algo de razón.
Que no era la princesa en el castillo, sino la loca encerrada en la torre.
La chica adicta se soltó de mis manos y empezó a correr, despacio: estaba medio ahogada. Pero cuando llegó a mitad de cuadra, justo donde la iluminaba el farol principal, se dio vuelta. Se reía y la luz dejaba ver que le sangraban las encías.
–¡Yo se los di! –me gritó.
El grito fue para mí, me miraba a los ojos, con ese horrible reconocimiento. Y después se acarició el vientre vacío con las dos manos y dijo, bien claro y alto:
–Y a éste también se los di. Se los prometí a los dos.
La corrí, pero era rápida. O se había vuelto rápida de pronto, no sé. Cruzó la plaza Garay como un gato y logré seguirla, pero cuando el tráfico se largó en la avenida, ella consiguió cruzar entre los autos y yo no. Ya no podía respirar. Me temblaban las piernas. Alguien se acercó a preguntarme si la chica me había robado y dije que sí, con la esperanza de que la persiguieran. Pero no: solamente me preguntaron si estaba bien, si quería tomar un taxi, qué me habían robado.
Un taxi, sí, dije. Paré uno y le pedí que me llevara a mi casa, a solamente cinco cuadras. El chofer no se quejó. Estaba acostumbrado a este tipo de viajes breves en este barrio. O a lo mejor no tenía ganas de rezongar. Era tarde. Debía ser su último viaje antes de volver a su casa.
Cuando cerré la puerta no sentí el alivio de las habitaciones frescas, de la escalera de madera, del patio interno, de los azulejos antiguos, de los techos altos. Encendí la luz y la lámpara parpadeó: se va a quemar, pensé, voy a quedar a oscuras, pero finalmente se estabilizó. Aunque daba una luz amarillenta, antigua, de baja tensión. Me senté en el piso, con la espalda contra la puerta. Esperaba los golpes suaves de la mano pegajosa del chico sucio o el ruido de su cabeza rodando por la escalera. Esperaba al chico sucio que iba a pedirme, otra vez, que lo dejara pasar.

(De: Las cosas que perdimos en el fuego, Anagrama, 2016)

 
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