ZONA LITERARIA  EL TEXTO SEMANAL

Desde las cenizas

Por Claudia Amengual

Al principio, fue el miedo.

A las nueve de la mañana, Diana encendió el primer cigarrillo y se buscó en el reflejo azul de la pantalla. Descubrió la punta roja de la brasita y más atrás sus ojos igualmente brillantes, como anhelando. Y ya no se vio más, porque entró en el universo virtual desplegado ante sí, una promesa de algo que podía ser o no, pero que le daba una razón para salir de la cama.

Diana sentía desde hacía tiempo que el miedo anestesiaba su voluntad. Se agazapaba en la penumbra de la razón, disfrazado de sensatez, como una araña que teje una tela de hilos imperceptibles y espera. Sabía que, al final, el miedo siempre mata; pero esta vez el aire estaba volviéndose irrespirable y la desesperación hizo que el miedo se transformara en un manotazo al vacío, hacia cualquier cosa mejor que aquella abulia en la que transcurrían los días.

Cuando llegó el segundo mensaje, se estremeció con una alegría que la arrancó de su cuerpo por unos minutos. Tiempo atrás había renunciado a la juventud y, con ella, al entusiasmo que ilumina una mañana cualquiera o hace nacer ganas de mirarse al espejo. Y así se convenció de que la madurez pasaba por dejarse marchitar sin dar pelea, como si el destino fuera nada más que una vejez que gotea anticipada en una piel todavía joven. Ahora, le daba una cierta vergüenza reconocerse en el desasosiego de esta mujer a la espera del mensaje de un desconocido. Sentía una corriente de emociones olvidadas lanzarse como rayos por sus venas y estallar en pulsos acelerados, ínfimos orgasmos deshechos en polvo de estrellas. Cada tanto, sin embargo, si era demasiado evidente que su cuerpo respondía como vigía de una posible felicidad, el sentido del propio ridículo se transformaba en antídoto contra aquel erotismo incipiente, y la paralizaba.
Cuando Nando trajo la computadora, Diana la había mirado con desconfianza, como se mira una bolsa de leche sin fecha de vencimiento. Se refería a ella como “la máquina”, casi siempre para quejarse porque ocupaba demasiado lugar en el cuarto. La habían puesto en un rincón junto a la ventana, sobre una mesita metálica que nada tenía que ver con la cama de roble tallado. A Diana tampoco le gustaba la luz blanca que Nando se había empecinado en instalar. Un día, sin aviso, su dormitorio empezó a parecerle un quirófano.

Tocó la tierra de la tuna y vio que todavía conservaba algo de humedad. En alguna revista había leído que las tunas absorben la radiación, y no dudó en comprar la más grande que encontró en el vivero. Parecía un pepino enorme cubierto de espinas y un botón rojo en la punta amenazaba con ser flor en cualquier momento. Sabía de sobra que una tuna en el dormitorio era un detalle hostil, pero se divertía con una dosis de crueldad cuando pensaba que la decoración de aquel cuarto le importaba cada vez menos. El pimpollo llevaba demasiado tiempo siendo promesa de flor y Diana empezaba a creer que se marchitaría sin haber abierto.

Si no hubiera sido por su hermana, jamás habría cedido a la tentación de prenderla. Pero Gabriela consiguió aquella beca en Lima y todo empezó a cambiar. Le dio la excusa para perderle respeto a “la máquina” odiosa, aquel pulpo metido en su cuarto, aunque desde hacía poco más de un mes ya no eran las noticias de Gabriela las que buscaba cada día. Estaba ansiosa. Vivía ansiosa. Abría su casilla esperando encontrar algo de lo que no estaba segura, algo que le diera vuelta las horas, que le removiera la rutina de un zarpazo. Algo como aquel mensaje que encontró un. mes atrás y que tuvo el efecto de una dulzura recuperada en apenas unas torpes líneas. Tantos años de seguridad, tanto orden y ahora necesitaba de esa incertidumbre con la que empezaba cada día.

Fue sin querer. Gabriela insistió en que se comunicaran de ese modo y, aunque ella trató de mantenerse firme y hablar por teléfono, las facturas a fin de mes la dejaron sin opción. Un día, a escondidas y maldiciéndose, le mandó el primer mensaje electrónico; breve, una especie de telegrama, sin el menor gusto, como para dejar claro que le molestaba tener que hacerlo.
Pero cuando Gabriela respondió, minutos más tarde, diciendo que no podía creer que se hubiera producido el milagro, tuvo que reconocer que algo se le apretó en la garganta. Después, vino la disciplina, el hábito de abrir al menos una vez al día su casilla y contestar lo que hubiera, desechar las ofertas de productos, desconfiar de remitentes desconocidos, buscar en un cigarrillo la paciencia para esperar que bajaran las imágenes de paisajes y las frasecitas estúpidas con saldos de filosofía en liquidación. Todo un mundo con sus reglas y una nueva ansiedad descontrolada en la que apenas se reconocía. La mujer predecible que parecía tener dominio sobre sus impulsos corría como loca a sumergirse en el cristal líquido de una pantalla fría que a veces se llenaba de tibieza, donde podía entrar libre de ataduras mientras dejaba quemar la comida sin el menor remordimiento.

Gabriela tiraba el primer naipe de algún mensaje provocador y Diana seguía el juego con respuestas escuetas; pero pronto descubrió el placer de expresarse con tiempo. Escribía largas cartas, cuidaba la forma, le pedía a Gabriela que fuera más atenta, que escribir rápido no significaba hacerlo mal, que a ver si se iba al diablo la educación, que dónde estaban las tildes y las comas. y Gabriela le respondía a borbotones, sin una segunda lectura, sin tiempo para correcciones ni ortografías. Le contaba de la estimulante vida en la universidad, de las ventajas de tener la piel blanca y los ojos claros, de un limeño que le mandaba flores amarillas, de un restaurante construido sobre el agua en un muelle que se adentraba en el Pacífico, de una estatua enorme con una pareja enlazada en un beso eterno, de una playa de estacionamiento junto al océano adonde iban a hacer el amor; y de una mujer arrugada que vendía preservativos y papel a la entrada.

A Nando lo divirtió esa pequeña victoria, pero nada dijo. La miraba desde la cama, escondido tras el libro de turno o el diario del domingo que nunca terminaba de leer. La miraba como descubriendo, aunque hacía tiempo que no se sorprendían, y guardaban de los primeros asombros nada más que una nostalgia hecha cenizas. Tuvieron una etapa en la que hasta el sonido esmerilado de las medias de seda ya era motivo para hacer de la noche una fiesta; pero desde hacía un tiempo podían repetir mentalmente los gestos del otro y predecir con exactitud las reacciones a las preguntas de siempre. También por eso hablaban menos y, cada tanto, cuando necesitaban aferrarse a la tabla suelta de aquel naufragio, se engañaban repitiéndose que les bastaba una mirada para entenderse.
Ahora había alguien para quien todo significaba el prodigio de un descubrimiento y que, además, se mostraba interesado en la insignificancia de sus días grises de mujer casada. Desde aquella noche de hacía poco más de un mes cuando Diana estuvo a punto de borrar un mensaje que venía pegado al de Gabriela y no traía asunto. Era un mensaje enviado por error. Diana lo reenvió al remitente con una pequeña nota donde aclaraba la equivocación. Recibió una contestación en la que le agradecían la buena voluntad. Y ella, sin saber por qué cedía al impulso, volvió a responder amabilidad con cortesía y dejó una hendija abierta para una comunicación que, inexplicablemente, fue creciendo hasta convertirse en droga.

Apenas Nando le daba el beso de despedida, Diana saltaba de la cama e inauguraba el ritual del día con una ansiedad de niña caprichosa que disfrutaba de aquel placer demorado. En eso consistía el juego: la espera diluida en incógnitas que eran como un infinito de espejos enfrentados abiertos hacia posibilidades locas; toda la fantasía proyectada en la ilusión de una vida nueva. Diana rogaba que fueran mensajes largos para prolongar algunos segundos el disfrute, y se quedaba contemplando, la mirada en blanco, las letras convertidas en hormiguitas zigzagueantes sin decidirse a hacer foco sobre las palabras, temerosa de que aquello fuera una decepción, angustiada porque el goce de la lectura se consumiera en sí mismo y abriera una brecha en la rutina que entraba implacable y se instalaba hasta el mensaje siguiente.

Los suyos eran breves, estudiados hasta la última letra, para habilitar nuevos espacios sin dejar que el miedo fuera evidente. Primero, fue miedo a lo desconocido; después, terror a levantarse un día y no encontrar respuesta. Él le contó que se le había colado en un sueño en el que la imaginaba sin conocerla y ella sonreía mientras suplicaba que se lo contara; y él se esmeraba en una delicadeza descriptiva que no pudo ser mejor afrodisíaco. Ella, ahora, reía, reía porque todo esto le parecía una locura maravillosa, la travesura anacrónica de dos adolescentes experimentando lo divertido que puede ser el amor.

“La máquina” se había transformado en una obsesión. Era lo primero que buscaba al despertar y lo último antes de meterse en la cama. Si estaba en la casa durante el día, consultaba la casilla cada vez con mayor frecuencia. Se desesperaba cuando aquellos mensajes no estaban. Empezó a fumar con locura y a masticarse la punta del pelo.

Hacía poco más de un mes que esto había comenzado y ahora, sin preámbulo, llegaba ese mensaje de Gabriela. Una vuelta inesperada, en pocos días, para quedarse por un tiempo que tampoco precisaba. Llegaba el jueves. Quería que Diana fuera a buscarla al aeropuerto. Sola. Nada de bienvenidas. Diana le envió un mensaje con mil preguntas, pero sólo obtuvo silencio, como si Gabriela se hubiera desconectado para emprender aquel extraño regreso.

De: Granuja
Para: Diana
Enviado: viernes, 23 de mayo de 2003, 00: 19
Asunto: QUIEN SOS?
Hola, Diana, muchas gracias por tu mail. No sabia si ibas a responder. Pense que no ibas a tener tiempo para contestarle a un extraño. La verdad es que no se si tenes tiempo, si te sobra o te falta. Quien sos? Te imagino una mujer muy ejecutiva. No me preguntes por que, pero asi te imagino. Donde trabajas? Tenes hijos? En cualquier caso, se nota que te importan los demas. Eso ya es bastante. Nadie se hubiera tomado el trabajo de mandar de vuelta mi mail como vos lo hiciste. Te debo una. Podre devolverte la gentileza algun dia? De que color son tus ojos?
Un beso.
G.
PD. Perdon, pero mi maquina no marca tildes.

De: Diana
Para: Granuja
Enviado: viernes, 23 de mayo de 2003, 00:45
Asunto: ¿Cómo voy a seguir...
...escribiendo a alguien que se llama Granuja? Antes de preguntar tanto, señor, podría decirme su nombre, ¿no le parece? Y después veremos si me devuelve o no la gentileza. Me alegra que el negocio haya salido. Seguro que, sea lo que sea, es más divertido que mi vida. Eso te lo puedo firmar.

¿El color de mis ojos? Marrón, lo lamento. No es muy emocionante una mujer con ojos marrones, pero es lo que hay. Saludos.
Diana

El aeropuerto parecía un mar humano que se movía al ritmo del altoparlante. Las despedidas no eran aquellos deseos de viajes felices, sino adioses largos cargados de incertidumbre; la cruel imagen de un país que se dispersa desangrándose.

Diana llegó temprano y se sentó en las butacas verdes. El panorama no podía ser más desolador. Los viejos despedían a los hijos que salían despavoridos en el primer avión a pelear un lugar en cualquier horizonte y, en muchos casos, terminaban lavando platos gringos. Una mujer alta, muy arreglada, con un perrito blanco en una caja plástica llamó la atención de Diana. Estuvo mirándola mientras se acomodaba el cabello y bromeaba con un par de adolescentes que mascaban chicle.
Después, se acercó hasta el mostrador y despachó dos maletas duras y la caja con el perrito. Apenas oyó el primer llamado para su vuelo, se apresuró a despedirse. Unos golpecitos en la cabeza de cada uno, la llave de algún auto y unos billetes dados al descuido. Eso fue todo. Giró elegantemente, como si hubiera hecho aquello cientos de veces y atravesó la puerta con aires de reina. Salió un par de segundos después, con expresión de haber olvidado algo, pero los muchachos ya estaban cerca de la salida, tintineando las llaves y riendo a carcajadas. Diana lo observó todo como si fuera una pequeña escena de alguna película y no pudo evitar pensar que hay algunos perros con más suerte que otros.

El resto de los pasajeros fue desapareciendo de a poco. Al final, sólo quedaban los más tristes, los que no se decidían a ese penúltimo abrazo. Pero la despedida era impuesta por el despotismo cordial de los altoparlantes y se deshacía en promesas de regresos que nadie creía. Después, llegar allá y ser persona de segunda, deambular bajo tierra por las galerías del metro como topos perdidos, vendiendo chucherías; los espejitos de colores que alguna vez ellos trajeron y cambiaron por el oro que ahora exhiben con impúdico orgullo en sus catedrales. Subir al metro y ver cómo algunos ojos se empañan de melancolía cuando suena una triste “Cumparsita”, mientras arriba, en la superficie, la vida está llena de colores y hay una brisa de esperanza reservada para otros.
Diana los veía despegarse de los brazos queridos, sacudirse a las madres con empujones cariñosos y pensaba cuándo le tocaría a ella despedir a sus hijos. Pensaba en la vocación decidida de Marcos y en los quince años de Andrés, que acababa de pedir una batería para su cumpleaños. Pensaba que Tomás todavía la besaba antes de ir al colegio. Tomás, tan desconcertado con esa voz áspera que estrenaba y aun así, tan niño. ¿Cómo se le dice a un hijo que no hay lugar para sus sueños?

Subió hasta la cafetería para apurar los minutos. No entendía este regreso de Gabriela. Dos años sin verse, y esa nueva relación mantenida con su hermana a través del correo electrónico. El correo electrónico... Sintió las cosquillas conocidas en el estómago. Otra vez aparecía “él”. Y se le instalaba en el pensamiento. Olvidó por un momento a la hermana que llegaba, para adentrarse en el goce del recuerdo. El último mensaje traía tanta sensualidad que, al evocarlo, instintivamente había apretado las piernas, como si quisiera contener allá abajo una sensación deliciosa. Desde hacía un mes, Diana la tonta, Diana adolescente con su primera carta de amor, no hacía otra cosa que pensar en eso. Sonrió. Sonreía cada vez que se acordaba. La divertía pensar que tenía un secreto, un amante cibernético, una infidelidad a distancia. Inofensiva.

El avión acababa de aterrizar. Diana respiró con ganas para darse ánimos y salir pronto del divague existencial en el que, a menudo, se perdía. Cuando estaba inmersa en eso, servía para poco y nada. Ahora debía estar atenta para cuidar de Gabriela. Aquel regreso fuera de tiempo no presagiaba nada bueno. Se detuvo antes de bajar las escaleras y pensó que no había sido inteligente elegir tacos altos, aunque le gustaba el efecto que producían en sus piernas y se miraba en cuanto espejo podía o en el reflejo robado al pasar ante cualquier vidriera. Le gustaba más, aún, cuando comprobaba que los hombres quedaban con la mirada prendida de su paso, como si llevara un imán en cada pantorrilla. Pero una escalera encerada no era la mejor pasarela para lucirse. Se tomó del pasamano y comenzó el lento descenso, un poco de costado, como alguna vez había oído que hacen las vedettes.

Gabriela estaba de pie, ante una maleta abierta y discutía con el hombre de Aduanas que movía la cabeza como diciendo que no había la menor posibilidad de algo que Diana procuraba adivinar tras los cristales. “Ropa nueva, seguro que es exceso de ropa”, pensó, y la recordó negándose a usar dos veces el mismo vestido, comprando cuanto trapo encontraba en las liquidaciones de temporada, enloquecida por no poder costear una botas de caña alta. Pero la discusión comenzó a tomar ribetes exagerados. El hombre llamó a otro y ambos estuvieron un buen rato contemplando la maleta, ante la furia de Gabriela, que hablaba en un tono amenazante. Llevaba un bolso de mano del que no se desprendía y en el que nadie parecía reparar. Se aferraba a él con tal devoción que a Diana le resultó extraño que no lo notaran. Si algo había de clandestino en el equipaje de su hermana, venía sin dudas en ese pequeño bolso.

Decidieron abrir la segunda maleta. Gabriela parecía más tranquila, ahora. Con un aire de estudiada sensualidad, hurgó en su escote hasta que extrajo una cadena con una llavecita. Apenas destrabó la cerradura, un estallido de papeles dejó un reguero blanco en el piso. Gabriela no se inmutó. Miraba a los hombres y les ganaba la pulseada a fuerza de pura seducción; parecía una domadora con su látigo pronto para tajear el aire. En un gesto rápido, tomó, como al descuido, uno de los libros que había en la maleta y lo extendió hacia los hombres con cara de ingenua mientras les hablaba sin parar. Parecía tener algo entre las páginas. Diana los vio turbarse y devolver el libro que Gabriela conservó bajo el brazo. Diana lamentaba no poder ayudar desde afuera, pero había algo en la actitud de su hermana que indicaba que aquello sería cuestión de segundos. Y no demoró mucho en ver cómo los dos hombres se arrodillaban para juntar el papelerío, mientras Gabriela volvía la llavecita a su lugar y los miraba desde la altura. Por fin, atravesó las puertas con expresión de picardía infantil. Intercambió miradas con su hermana y soltó una carcajada. Se apretaron en un abrazo hasta que alguien les dijo que entorpecían el tránsito de los demás pasajeros.

—¡La misma loca de siempre! ¿Qué traías? —preguntó Diana.
—Cosas mías.
—Pero, casi te dejan, ¿eh?
Gabriela hizo un gesto irreverente.
—Sí, sí, ahora porque estás de este lado, pero un poquito más y... ¿cuánto les diste?
—Nada.
—Te vi. En el libro.

Gabriela repitió la carcajada y Diana pensó que dos años sin verse eran demasiado tiempo.

—¿Este libro? —y se lo extendió a la hermana con aquella complicidad de la infancia que ambas entendían.

Diana miró la portada con una foto de una pareja desnuda, entreverada en una posición más propia de un contorsionista que de una sesión amorosa.

—No ves que sos una loca. ¿Y qué les dijiste?
—Les dije que era sexóloga, que venía de un congreso, ¿ves?; también les mostré esta acreditación que siempre tengo, por las dudas. Eso los impresiona mucho.

Diana le dedicó una mirada de admiración que se multiplicó en sorpresa cuando vio que aquello que abultaba en el libro era una toallita femenina puesta entre sus páginas a modo de marcador.

De: Granuja
Para: Diana
Enviado: miércoles 9 de julio de 2003, 00:35
Asunto: MAÑANA

Preciosa, hace un mes que sueño con una cara imaginada. Cuando voy a conocerte? Sabes que no borre ni un mensaje desde que empezamos a escribirnos? Hoy los conte y son mas de setenta. Y algunos, larguisimos. Por que no puedo verte? No seras una viejita libidinosa que se aprovecha de este cuarenton en pena, no? Hoy tuve un dia imbancable. Puros problemas. Todo se complico y estoy molido. Me voy a la cama apenas termine de escribirte. Muerto de frio. Esta casa es demasiado grande para mi, pero no quiero mudarme. Estaba en pedazos cuando la compre y la hice a mi gusto. Claro que tenia otra vida en mente, pero, viste como son las cosas, a veces cambia todo en un segundo. Decime que me aceptas un cafecito. Dale, linda, un cafecito, nada mas. Que te parece mañana? Mira, cambie de idea, voy a quedarme aqui sentado hasta que me contestes. Si ves en el diario que aparecio un tipo congelado frente a una computadora, sera tu culpa. Te mando un beso, dos besos, tres, todos los besos.
G.

De: Diana
Para: Granuja
Enviado: miércoles 9 de julio de 2003, 07:45
Asunto: Me tengo fe, caballero

¿Viejita libidinosa? Pero, ¿quién se cree usted que es? Para que sepa, todavía no piso los cuarenta y lo que llevo, lo llevo muy bien. No seré una diosa, pero me tengo fe, caballero. Y si no he querido verlo es porque usted es más misterioso que yo. ¿Más de setenta mails, dice? Y sigue sin decirme su nombre. ¿Qué puedo pensar? Algo grande habrá que lo quiere esconder tanto. Me temo lo peor.
Mañana tampoco podrá ser. Llega mi hermana de Lima. Tengo que ir a buscarla al aeropuerto. ¡Uy! No me diga que se quedó toda la noche esperando mi respuesta, ¡pobrecito! Es que ayer me acosté temprano y recién hoy lo encuentro por aquí. Espero que no se haya enfriado. Yo también le mando unos cuantos besos.
Diana

P. D.: El otro día le mandé un mail con una falta de ortografía horrible. Creo que fue “precencia” o algo así. Le pasé el corrector después y ahí saltó, aunque vio que uno no puede confiar mucho en estos correctores. Uno no puede confiar en nada.

Alfaguara, Buenos Aires, 2005.
 

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