ZONA LITERARIA - EL TEXTO SEMANAL

Tod

Por Sebastián Robles*

“Desde el accidente, cada vez estaba más solo. Hospitales, médicos, intervenciones. Cuando hablaba con mis hijos, no me respondían. O me decían ‘ya vas a salir’, como si no pasara nada. Después, uno de los médicos mencionó el virus. Le pregunté si me iba a morir. Él me dijo que lo mío era grave y no quiso entrar en detalles. Quería acordarme de mi vida, hacer un balance, pero durante la mayor parte del tiempo estaba asustado o no recordaba nada. Una tarde me encontré con Frederic en mi habitación. Tenía una computadora sobre el regazo. Pensé que era un cura, pero me dijo que era un agente de Tod y me explicó de qué se trataba.

“‘No tengo nada para contar’, dije. Pero él volvió al día siguiente. Me leyó los chats. Frederic es un hombre educado y cálido, que nunca pierde de vista sus objetivos. Sonríe mientras le dicto estas palabras, pero no deja de tipear. Cuando le pido una opinión se niega con amabilidad, pero se alegra cuando alguien me responde. Su misión es que yo olvide su existencia y me conecte con los demás. Por ejemplo, con Antonio1944, que está internado en una Unidad Coronaria de Buenos Aires. O con Rachel1985, que tiene leucemia, en Toronto. Si estoy angustiado, entro en la sala Social. En las salas Religiones y Esoterismo nos preguntamos por el más allá. Pero no siempre hablamos de la muerte. Cuando estoy de buen


ánimo, le pido a Frederic que me lea las salas de Encuentros, donde buscamos pareja. En las últimas semanas intercambié mensajes con dos mujeres, Liz1975 y Mabel1961. Liz me confesó su amor en un mensaje que me pareció dirigido a otra persona, pero llevaba mi nombre en el encabezado. Fue la última vez que se conectó. Con Mabel estamos bien. Hacemos de cuenta que tenemos un pasado juntos porque sabemos que lo nuestro no va a durar. La única duda es quién de los dos va a desaparecer primero.”


Octavio1960, usuario registrado el 13 de enero de 2012, fallecido el 5 de junio de ese mismo año según registros del hospital José Enrique Rodó de Montevideo, Uruguay.


Hans Ludwig Siebel, creador de Tod


Promocionada en sus comienzos como “la última red social”, Tod fue creada por Hans Ludwig Siebel, un artista conceptual alemán de la zona de Nordrhein-Westfalen que se transformó en los últimos años en uno de los empresarios más poderosos, excéntricos y ambiguos de la web. La imagen de Siebel en terapia intensiva recorrió las portadas de los principales medios del mundo, alentando conjeturas, rechazos y acaloradas discusiones.

“Tod es la palabra alemana que designa a la


muerte. En latín, exitus, que etimológicamente proviene de salida. Aquí no hay nada artificial. No generamos contenidos para fingir que nuestros usuarios siguen vivos, como hacen otras redes sociales. La muerte merecía su espacio en la web”, declara en una de sus actualizaciones de estado, pocas semanas antes de su propio fallecimiento.

La red social Tod está rodeada de polémica desde sus inicios. Tanto su moral como sus estrategias de negocios han sido cuestionadas. Pero a esta polémica inicial siguió otra, más impactante, el día en que Siebel anunció su propia muerte en Tod. Desde entonces se ha escrito mucho al respecto. ¿Fue Hans Ludwig Siebel un farsante o una víctima? ¿A qué se debió su enigmático final, que pone en cuestión la naturaleza misma de las redes sociales, y parece borrar fronteras entre la vida y la muerte?


Una red social de moribundos


Si deseamos comprender el destino de Siebel, es necesario antes leer con atención a Tod. Para empezar, se trata de una red social que no permite el acceso desde domicilios particulares, excepto en casos especiales y previa visita de un médico designado por la empresa que confirme el estado agónico del usuario. De ser necesario, bajo estricta confidencialidad, se envía a un


agente para que transcriba y lea al enfermo los mensajes y chats. Los grandes clientes de Tod son empresas de medicina prepaga, hospitales, geriátricos y centros asistenciales en general.

En sus primeros meses online, Tod sólo aceptaba usuarios cuyo pronóstico de vida no se extendiera más allá de los seis meses. Con el correr del tiempo, esta regla fue flexibilizándose debido a que algunas enfermedades terminales empezaron a ser detectadas con más tiempo de anticipación. En la actualidad se aceptan usuarios con un pronóstico de hasta dos años de vida. A causa de los avances en las investigaciones en torno al genoma humano, es de esperar que en un futuro cercano cualquier persona se transforme en potencial usuario de Tod. Sus acciones en la bolsa se encuentran, por este motivo, en alza permanente, y el extraño final de Siebel les dio un impulso aún mayor.

¿A partir de qué momento es obligatorio aceptar usuarios? ¿Cuándo se declara la muerte? Esta discusión aún persiste entre las empresas de medicina prepaga y Tod. Siebel también se explayó al respecto en sus actualizaciones de estado:

“Todos, desde que nacemos, estamos condenados a muerte. Cualquiera es usuario potencial de Tod. Pero nosotros no hacemos beneficencia. No tengo nada en contra de la filantropía, de hecho somos uno de los benefactores más grandes a nivel mundial


de la Liga de Lucha Contra el Cáncer de Mamas. La Fundación Tod sustenta todo tipo de investigaciones científicas tendientes a prolongar y mejorar la calidad de vida de las personas. Sin embargo, en lo que respecta al acceso a la red social, debemos ser restrictivos para preservar su esencia: es por eso que sólo aceptamos usuarios con los días contados. Y en este sentido, el límite es una convención. Seguramente será ampliado en el futuro.”

Si bien es cierto que Siebel se preocupó por dar señales de libertad creativa en cada una de sus apariciones públicas, no faltan quienes sostienen que la limitación de acceso es producto de una presión llevada a cabo por las empresas de medicina prepaga, que se vieron obligadas a ofrecer el servicio de Tod por la alta demanda que generaba entre sus clientes. En la mayoría de los países desarrollados un seguro médico premium exige, para ser considerado de tal categoría, la suscripción a Tod si el cliente la demanda, y la oferta se derrama cada vez más a los servicios básicos de cobertura médica.

“Si voy a morir, que sea en Tod”, dijo el tenista Klaus Mahler, tres veces ganador de Roland Garros, cuando le fue detectado el cáncer de páncreas que lo llevó a la tumba. Íntimo amigo de Siebel, su desembarco en Tod supuso la consagración definitiva de la red social, que alcanzó un pico de popularidad al momento de su entierro, transmitido por


streaming en forma exclusiva para la comunidad de usuarios. A Mahler le siguió el comediante canadiense Rodney Silverfield, que al momento de su deceso contaba con ciento ochenta y siete actualizaciones de estado.

Siebel describe su creación:

“Imaginemos una carrera de Fórmula Uno. Conducimos un automóvil del que sabemos todo: los siglos de evolución humana lo hicieron perfecto. Atravesamos carreteras en óptimo estado, pero hacemos bien si no olvidamos el azar y la aventura del Rally. En ambos casos, el final es el mismo: incierto, desprolijo y violento. La muerte es, por definición, un hecho cruel. El automóvil se estrella siempre.

“Esto se aprecia con especial nitidez en la web, donde la muerte es la exhibición de la carne dañada. El paradigma Auschwitz: cadá- veres en el suelo, expuestos en hilera. ¿Existe una mejor representación gráfi de la muerte? Y luego las masacres subsidiarias, cada una con su característica particular de desmesura, como en Jonestown. Las fotos de autopsias y cuerpos desmembrados, decapitados. Los soldados nor- teamericanos torturando iraquíes, el asesinato de Khadaffi las decapitaciones de los árabes, las ejecuciones de los narcos mexicanos. Una muer- te pacífi entregada a la refl no tenía lu- gar en la web. Hasta que llegó Tod.”

No existen acreditaciones de prensa para ingresar en Tod. Sin embargo, además de la


célebre cadena de mensajes de Siebel, con su sorprendente vuelta de tuerca al final, han trascendido numerosas actualizaciones de estado de sus usuarios, que permiten adivinar algo del tono con el cual se llevan a cabo los intercambios en la red social. Alfonso1954, de Asturias, escribía:

“Una mañana de enero, al salir de la ducha, encontré un bulto en mi espalda. Me dije: ‘llegó la hora’. Desde entonces, todo ha sido confuso: médicos, familia, llantos. Gracias a la reflexión en Tod, me he percatado de una cosa: estoy viviendo mi muerte. Por lo menos puedo compartirla con alguien que está atravesando lo mismo que yo”.

Josefina1971, desde la sala de terapia intensiva del hospital Raymundo Fuentes, de Guayaquil, comenta:

“No vi la cuneta. Venía a ciento cuarenta kilómetros por hora, y no la vi. Me pregunto por qué aceleré tanto, tendría que haber previsto que eso no podía salir bien. Ese día había discutido con Roberto. Nos dijimos cosas horribles. No era la primera vez, pero yo estaba cansada. Sería injusto, igual, culparlo de todo a él. Charito también fue responsable, con sus respuestas groseras y sus desplantes adolescentes”.

En el geriátrico “Los años felices” de Olivos, provincia de Buenos Aires, Esteban1929, escribe:


“En la época de mi padre no se hablaba de la muerte. La gente hacía de cuenta que no pasaba nada. Los alemanes somos así. Mi tío Peter, de Adrogué, vomitaba negro y temblaba. El moribundo era un paria. Me pongo en los zapatos de mi padre cuando los médicos nos dijeron que tenía cáncer de próstata. ‘¿Por qué me miran distinto?’, preguntaba el viejo. Hace poco noté esa mirada en una de las enfermeras, y entendí. Uno se siente muy solo”.

Cuando Siebel anunció al mundo su diagnóstico de linfoma y la apertura, en consecuencia, de su propia cuenta de usuario en Tod, lo primero que se dijo –algo que aún se repite en ciertos círculos, después del impactante desenlace– fue que se trataba de una perversa estrategia publicitaria. Otros hablaban de un innovador emprendimiento artístico, mientras que unos pocos se animaban a sostener que su fi realmente había llegado. Todos, en cierto nivel, tenían razón.


Retrato del artista cachorro


La primera juventud de Hans Ludwig Siebel transcurrió durante los años del milagro alemán de posguerra. Dûsseldorf, mediados de los sesenta. Siebel era hijo de un radioaficionado. Era la época de las dos Alemanias, divididas por la cortina de hierro.


“Mi padre, que había sido telegrafista en la Marina durante la guerra, pasaba las noches intentando establecer contacto con radioaficionados de Alemania oriental. La soledad de los radioaficionados consistía en armar sus equipos, pasar las noches en una buhardilla de la casa, sondear el ruido blanco. Ese era el tipo de cosas sobre las que conversaban cuando establecían contacto: dónde habían conseguido las partes de los equipos de radiotransmisión, cuánto les habían costado y, cuando entraban en confianza, también hablaban de la tensión que generaba en sus familias el hecho de que pasaran tanto tiempo solos. Buscaban un igual, y para encontrarlo se volvían diferentes.

“Aunque era difícil, a veces se producía el contacto.

“Se llamaba Jürgen, era de Weimar.Ami padre le fascinaba contarnos de sus conversaciones con él. Mientras que los ossies en general solían quejarse del modo de vida soviético y de lo difícil que era el acceso a la tecnología para un radioafi Jürgen se mostraba orgulloso de vivir en Weimar. ‘Esta es la capital de la cultura’, decía, ‘los rusos la respetan, y nosotros la cuidaremos hasta que Alemania vuelva a ser una sola’. Al fondo, a través del ruido de línea, se escuchaban los nocturnos de Chopin.

“Cuando a mi padre le diagnosticaron un linfoma, Jürgen fue el primero en enterarse.


No imagino cómo puede haber sido esa conversación pero en la siguiente, durante la que estuve presente, Jürgen estaba hablando del movimiento Die Brücke y las películas de los estudios de la UFA en la década de 1920.

“Mi padre, que nunca había tenido sensibili- dad para el arte, consiguió un proyector. Todas las noches, por la pared blanca de su dormito- rio, desfilaban las imágenes de Wiene, Pabst, el primer Fritz Lang. Cada vez más débil, subía a la buhardilla para comentar las películas con Jürgen. Mientras tanto, la enfermedad se acele- raba. Su última película fue La caja de Pandora. Al día siguiente lo tuvimos que internar.

“Yo tenía entonces nueve años. Era tímido. Me gustaba leer. Hasta ese momento no había creído posible la muerte de mi padre. Ahora que todo había quedado atrás, cuando no estaba llorando, una voz extrañamente adulta me anticipaba que a partir de ese día las cosas iban a ser diferentes. Como en los libros, cuando cambian de capítulo. Pero para dar vuelta la página, todavía faltaba algo.

“Una noche subí a la buhardilla. Había visto a mi padre accionar el radiotransmisor cientos de veces, pero nunca lo había hecho por mi cuenta. Me resultó fácil. Las válvulas sisearon bajo el tubo de luz, el ruido blanco salió por el parlante, igual que siempre. Esa noche recorrí todas las frecuencias, sin resultados. Pasaron dos o tres semanas antes de que, una noche de


frío y viento especialmente fuerte, reconocí las notas de Chopin a través del parlante.

“‘Soy el hijo de Klaus Siebel’, dije y lo sentí liberador. Jürgen emitió un murmullo. ‘Mi padreham…’. Meinterrumpió:‘Loimaginaba.’ Fue un alivio no tener que decirlo. ‘Yo también me estoy muriendo’, dijo. Me contó que a él también le habían diagnosticado cáncer, más o menos al mismo tiempo que a mi padre. Nunca se lo había confesado porque consideró que ‘con un moribundo ya era suficiente’. Después de una pausa, agregó: ‘Me hacía bien hablar con él. Obligarlo a cambiar de tema, como si le estuviera haciendo un favor, cuando en realidad era yo el que lo necesitaba.’

“Fue una revelación. El desinteresado, noble Jürgen, que cultivaba a mi padre en la oscuridad creativa del expresionismo alemán, era en reali- dad otro moribundo, que compartía con él sus obsesiones. Creo que ese día, en algún lugar de mi cabeza, empezó a germinar la idea de Tod”.

Durante años, Siebel pasó noches enteras frente al radiotransmisor. Se realizaron algunas reuniones de radioafi La primera a la que asistió tuvo lugar en Bonn en 1974. Ahí conoció a Moritz Bieberlach, un anciano que lo invitó a tomar cerveza en memoria de su padre. Se cruzó con Wolfgang Schramm, un oscuro personaje que transmitía música típica y leía la saga de los Nibelungos desde Esslingen, en las afueras de Stuttgart.


La última reunión a la que Siebel asistió se celebró en Mainz en 1985, donde entabló amistad con Lutz Gehle, quien muchos años después sería su pareja y socio fundador de Tod. Era hijo de Horst Gehle, un conocido radioaficionado de la zona del Bodensee.

“El futuro está en la informática”, afirmaba Gehle con convicción.

Siebel, que en aquel entonces comenzaba a explorar las posibilidades creativas del video, confesó en Tod que esas primeras palabras no lo habían impactado.

“Todo el mundo hablaba de la informática, era un lugar común decir que iba a revolucio- narlo todo. Pero las computadoras domésticas, entonces, eran demasiado elementales y su de- sarrollo tardaba en llegar.”

La última noche, Siebel se acostó con él. Era la primera vez que se acostaba con un hombre. En aquel entonces, eso fue todo. Al despedirse intercambiaron números telefónicos y direccio- nes postales. Por un tiempo no se volvieron a ver.

VolvióatenernoticiasdeGehleen1989,cuado recibió una carta donde Gehle le contaba que estaba trabajando en el desarrollo de Fidonet, una red de mensajería por computadora. Eran los días de la caída del muro. Por entonces Siebel iniciaba su convivencia con Steffie, una estudiante de medicina holandesa que había conocido hacía un mes, motivo por el cual la


aparición le resultó doblemente inoportuna. En Berlín, en las calles, por televisión, en el mundo entero, no se hablaba de otra cosa que no fuera la reunificación de Alemania.

“Cuando cayó el muro quedaron al desnudo dos formas de vida diferentes. Y de repente, para algunos, no estaba tan claro que una fuera mejor que la otra. El oeste cedió parte de su lujo y confort, lo que generó malestar. Los ossies, por su parte, no se cansaban de recordar que ese lujo y confort habían sido posibles a sus expensas, y gracias al respirador artificial de las grandes potencias. La mente de los alemanes, según esta visión, se había mercantilizado. El sueño de ‘Alemania, una sola’ era eso: un sueño, un grato recuerdo. Seguían habiendo dos Alemanias: una que aspiraba a la totalidad, y otra que aspiraba a hacer buenos negocios.

“Viajé un fin de semana a Weimar. Quería ver la ciudad de Goethe y de Schiller con mis propios ojos. Así, al menos, lo justifiqué ante Steffie. Recordaba la promesa de Jürgen a mi padre: `nosotros les cuidamos Weimar´. Y era cierto, en gran medida lo habían hecho. Las mansiones, los museos, las estatuas, las cosas seguían en los lugares de siempre. Pero el verdín y la desidia habían avanzado sobre ellos. Los edificios de departamentos al estilo soviético completaban el paisaje.

“Al segundo día, en la biblioteca, busqué el nombre de Jürgen Strassert en una guía


telefónica de los años setenta. Su dirección quedaba cerca del hotel donde me hospedaba, así que fui. Me recibió la hija. La calidez no es un rasgo que caracterice al pueblo alemán, y menos aún lo era durante aquellos años en Weimar. Sin embargo, Herta Strassert me hizo pasar a su casa. Conversamos en una cocina precaria. En el dormitorio contiguo dormían sus cuatro hijos varones. No se veían por ninguna parte indicios de la existencia de un marido, y ella tampoco lo mencionó en la conversación.

“Me dijo que su padre los había arruinado. Jürgen había muerto dos años atrás, acosado por las deudas con el Estado y con diversas pandillas del barrio. Contó que era un estafador. ‘Un mentiroso patológico’, dijo. ‘La Stasi lo tenía en la mira. Mi madre murió enferma por su culpa. ¿Para qué? Para quedarse encerrado durante horas con su aparato, inventándoles historias a los del oeste. Como si eso fuera a resolver su vida, o la nuestra. Si por lo menos las hubiera escrito podría haber ganado algún dinero, pero no le interesaba. Llegó a los noventa y nueve años. Murió el día en que se rompió la última válvula del equipo de radio; estaba demasiado débil como para salir a comprar otra, y nadie quiso hacerlo por él.’

“Herta me contó historias de Jürgen mientras caía la tarde: ‘Hacía personajes. A veces era


un especialista en Schiller de la Universidad Karl Marx. Otras veces, un pescador de Hamburgo que había combatido en la guerra. Los modificaba de acuerdo al interlocutor que le hubiera tocado. Durante la cena nos contaba y se reía en voz alta, como un chico.’

“Le pregunté si recordaba que su padre le hubiera hablado de un empleado bancario de Düsseldorf a mediados de los años setenta. Se quedó pensando. ‘¿El que murió de cáncer?’, dijo al final.

“Según su hija, Jürgen no veía problemas en llevar las historias hasta el extremo. Como sus interlocutores provenían, en gran mayoría, de Alemania occidental, no existía en el panorama la posibilidad de verse las caras y chequear que tal o cual cosa fuera cierta. Todo quedaba en el aire. Recuerdo las palabras exactas de Herta:

`Lo que se transmite, vuelve a uno. Eso decía. Estaba loco. Al no haber forma de distinguir qué era mentira y qué era verdad, todo le parecía real y falso a la vez.’

“Me fui de la casa desolado pero con una certeza, como suele suceder cuando uno descubre que vivió una mentira: había cerrado una etapa, que hasta ese día ni siquiera sabía que seguía abierta. Cuando regresé a Berlín, terminé la relación con Steffie y me puse en contacto con Lutz Gehle.”

Lo que siguió, además de un romance que se prolongaría hasta la muerte de Siebel, fue


la serie de emprendimientos vinculados a la comunicación informática que les dieron fama y fortuna, y los condujeron a Tod.


El provocador


Al momento en que hizo público su linfoma, Siebel ya había recorrido el arco completo de su carrera en el arte conceptual. En la mayoría de los casos, había sido un pionero. Desde los BBS temáticos, vinculados entre sí por una red amateur al estilo Fidonet, que funcionó durante unos meses como medio de comunicación para el gremio de los fontaneros en la cuenca del Ruhr, hasta las experiencias con MIRC, ICQ y las aventuras gráficas en la línea de LucasArts, con escenarios tomados del expresionismo alemán, los proyectos de Siebel y Gehle ocuparon cada vez más espacio en los medios tradicionales de comunicación. Como muchos de ellos tenían fines de lucro, Siebel sufrió en sus comienzos el desprecio de la comunidad artística. “Es un mercenario”, sostuvo, sin más, Georg Werner- Ranicki, la voz más autorizada de Alemania en materia de crítica de arte. Siebel lo invitó a debatir en numerosas oportunidades, todas rechazadas por Werner-Ranicki, al punto en que su rivalidad se transformó en un clásico en el mundo alemán del arte: populistas versus conservadores de izquierda y de derecha. Pero así como tuvo –y tiene– detractores,


Siebel también cuenta con enfervorizados admiradores, más que nada entre los jóvenes, un grupo que se expandió por la web y que llegó, en los últimos años, a alimentar papers académicos tanto en Alemania como en el resto del mundo.

En su ensayo El nuevo mundo (Die neue Welt), publicado recientemente por la editorial Suhrkamp, Michael Anders, de la Universidad Humboldt de Berlín, escribió:

“De raíz netamente protestante, la obra de Siebel se caracteriza –como la de Heine, Novalis y los grandes poetas del romanticismo– por la búsqueda de la unidad perdida. El último Goethe, clasicista, la hubiera rechazado. Pero es al Werther donde hay que mirar para situar un primer antecedente en la búsqueda artística de Hans Ludwig Siebel. Una obra profundamente alemana, algo atípico para la web, donde las nacionalidades tienden a disolverse. Su red social Deutschland era una investigación, a la vez que un manifiesto, acerca de los orígenes y el futuro del concepto alemán de nación. El acceso era restringido y dependía de las respuestas brindadas a un formulario que tomaba en cuenta variables tan disimiles como los grados de irritabilidad e ironía, y los ingredientes de la cerveza y el Lebkuchen. Sus críticos, de mala fe, obviaron mencionar lo evidente: ya no existía más, en el concepto de alemanidad propuesto por la red social, el


factor de la sangre o los orígenes familiares. Deutschland interpelaba a turcos, alemanes y judíos por igual, pero lo cierto es que la web necesita el escándalo, y en este sentido Siebel

–hay que reconocerlo– era un provocador”.


HansLudwig1959


En el caso de usuarios con cáncer, el requisito fundamental para que una solicitud de acceso a Tod sea aprobada es que se haya confirmado la existencia de metástasis. En el caso de Siebel en particular esta exigencia estaba, al menos en apariencia, ampliamente satisfecha. La tomografía suministrada al público por el departamento de prensa de Tod no dejaba dudas al respecto. Las fuentes médicas más optimistas coincidían en que la sobrevida, a la luz de las imágenes tomadas, no superaría los cuatro meses, un plazo que se cumplió casi con exactitud: según registros médicos del hospital Waldemar Schlenker de Berlin, donde estuvo internado, Hans Ludwig Siebel falleció a las 20:36 hs. del 22 de diciembre de 2013, a la edad de 54 años. De acuerdo con su perfil de Tod, su ingreso en la red social había tenido lugar el 22 de agosto de ese mismo año, a las 21:14 hs.

La coincidencia no llamó la atención hasta unas horas más tarde, cuando el portal de la Frankfurter Allgemeine Zeitung difundió la última actualización de estado de Siebel. Había


sido publicada a las 21:15 hs. de ese día, en uso de la función “publicación póstuma”, que permite programar actualizaciones para el momento en que Tod recibe la información de la muerte del usuario. Algo que, en el caso de los pacientes hospitalizados, ocurre a los pocos minutos del hecho.

Mucho se discutió acerca de Siebel desde entonces. Hay voces que se levantan en contra de la existencia de Tod en la web, ya no por razones ideológicas o éticas, sino de carácter místico. Si bien las últimas palabras de Siebel han sido confirmadas tanto por su equipo médico como por su pareja Lutz Gehle, y también por peritos de la justicia alemana, no ha surgido aún una explicación que pueda enmarcarlas. La vida sigue siendo un factor analógico, y no existe algoritmo de programación capaz de ejercer por sí mismo un efecto sobre ella. Esa “matriz de pensamiento hegemónico”, como la llamaba Siebel, tal vez haya quedado obsoleta, y es por este motivo que Tod permanece online.

“Siebel no se equivoca” opina el profesor Walter Farley, especialista en medios de comunicaciónde la Universidadde Boston. “Las redes sociales modifican nuestras conductas hasta niveles que sólo podemos sospechar. Es casi de sentido común. Si un elemento en el diseño gráfico es capaz de repercutir sobre nuestros hábitos de consumo, ¿cómo no nos va


a afectar un asiduo intercambio de mensajería con personas en una situación clínica grave, igual a la nuestra? De ahí a que Tod provoque o precipite de algún modo la muerte de sus usuarios, sin embargo, existe un largo trecho”. “Estaba como poseído”, afirma August Bauer, un estudiante de Comunicación de veinticuatro años que actuó como agente de Tod en los últimos días de Siebel, cuando ya era incapaz de leer o tipear. “Nunca perdía el hilo de lo que estaba dictando. Sé que era consciente de la repercusión que tenían sus palabras sobre los otros miembros de la red social, porque yo le leía sus comentarios, pero también sabía que lo suyo iba a trascender las

fronteras de Tod.

“El día en que me dictó su mensaje póstumo fue también la última vez que lo vi con vida. Los médicos me habían dicho que le quedaban unas horas. Estaba dolorido porque hasta ese momento no había permitido que le suminis- traran morfina más que en dosis mínimas, para conservar la lucidez al menos durante algunas horas del día. Yo levanté la vista varias veces, pero él hablaba con los ojos cerrados. Cuando terminamos, los abrió. `Buen trabajo´, dijo. Le estreché la mano. Estaba firme a pesar de la de- bilidad. El que temblaba era yo”.


El último estado


“No me busquen online. Mientras le dicto estas palabras a August, pienso en cuantas veces fui testigo de este momento. Era lógico que me tocara a mí también. Lo que no imaginé es que fuera a ser tan pronto. ‘¿Cómo?’, se preguntarán ustedes. ‘Si hace cuatro meses anunció su cáncer terminal’. Es cierto, pero cuando lo hice no creía que me hubiera llegado la hora, porque en aquel entonces en realidad mi cuerpo no estaba enfermo.

“Durante mucho tiempo me pregunté cómo destruir Tod. La idea me asaltó mientras creábamos la red social, mano a mano con mi socio Lutz Gehle, quien me apoyó en todas y cada una de las decisiones que tomé al respecto. Una red social de moribundos, un lugar de muerte en la web.

“A pesar de las críticas que recibí estos años, siempre concebí mi labor como la de un artista. No soportaba la idea de que Tod se transformara en un enorme negocio. Rápidamente me di cuenta de que para destruir el monstruo que yo mismo había creado era necesario que la vida triunfara. Sigo pensando de la misma manera. Hasta el momento en que abrí mi cuenta, todos los miembros de la red social que habían cumplido su tiempo pronosticado de sobrevida habían muerto. Esto se debía, pensábamos, al estricto control de acceso que implementamos.


La única manera de violentar Tod era saltear esos controles.

“Asumo toda la responsabilidad, tanto desde el punto de vista legal como de cualquier otra índole. El diagnóstico de linfoma fue una réplica del que recibió mi padre treinta años atrás. En aquel entonces, la ciencia estaba menos desarrollada y la expectativa de vida era menor. Cuatro meses me parecía un tiempo propicio para conocer Tod desde adentro, sobrevivir y después contarlo y terminar de una vez por todas con esto. Pero algo salió mal.

“Durante las primeras semanas disfruté los intercambios, y al mismo tiempo me angustié. En ningún momento creí que fuera a salirme gratis, pero tampoco creí que el precio a pagar pudiera ser tan alto. La inmortalidad del arte es un valor abstracto, pero esto sólo se vuelve claro cuando uno está del otro lado.

“Venía perdiendo peso, con vómitos y dolores de cabeza, pero lo atribuí al cansancio y a la sugestión. No me pareció posible otra cosa, por eso cuando llegó el diagnóstico real, idéntico al que habíamos fraguado, pensé que alguien me estaba jugando una broma muy pesada. Recorrí cinco hospitales, los mejores médicos del mundo, antes de convencerme de que todo era verdad. Aunque la respuesta estuvo clara desde el principio, me pregunté: ‘¿Por qué a mí?’.


“Pensé que escribía una novela, pero en realidad escribo mi autobiografía. Falta poco para el final. Fui soberbio, necio. Ahora no sé a dónde vamos. No tengo más que agregar excepto una cosa, que aprendí en estos años: vivir no es amar, reproducirse, ser admirado, odiado o querido. No es, ni siquiera, elaborar la trama de una historia.

“Es lo único que sé. Vivir es emitir señales de vida.”


* Sebastián Robles nació en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires, en 1979. Publicó la novela Los años felices (2011) y participó en diversas antologías de cuentos. Es escritor fantasma y community manager. Coordina la Escuela de Escritura Online de Casa de Letras.


(De: Las redes invisibles, Editorial Momofuku, 2014)

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