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Ninguna
casualidad
Por Mariana Carbajal
Cierro los ojos y recuerdo con nitidez la cabeza rasurada de Ivana Rosales,
zurcida por cirujanos, marcada por múltiples cicatrices. Tenía 28 años cuando su
esposo intentó matarla dos veces consecutivas en menos de una hora. Primero
ahorcándola con un alambre y, después, golpeándola salvajemente con una piedra
hasta desfigurarle la cara y provocarle múltiples fracturas. Milagrosamente,
Ivana sobrevivió. Me enteré de su dramática historia a través de la colectiva
feminista La Revuelta, de Neuquén, que la acompañó en el juicio contra el
agresor y me enviaron sus fotos con las huellas del horror. El fallo que
pretendió llevar justicia llegó cargado de sexismo y discriminación a la
víctima. El 11 de julio de 2003 la Cámara II en lo Criminal de Neuquén halló
culpable al esposo de Ivana, Mario Garoglio, por “intento de homicidio
agravado”, pero lo condenó a apenas cinco años de prisión, menos de la mitad del
máximo previsto para ese delito, porque consideró que hubo “atenuantes” que
justificaron su conducta: es que poco antes de golpear a su esposa hasta dejarla
al borde de la muerte, Garoglio se había enterado de que ella lo iba a dejar
porque tenía una relación con otro hombre, es decir, lo justificaron porque le
había sido infiel.
El machismo que atraviesa a la sociedad se replica en la mirada con la que
muchos magistrados y magistradas y otros funcionarios del Poder Judicial
enfrentan expedientes. Como hicieron los integrantes de la Cámara Segunda en lo
Criminal de la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, provincia de Chaco, que
el 31 de agosto de 2004 absolvieron a tres jóvenes “criollos” que habían violado
a L. N. P., una adolescente toba de 15 años, en un pueblito de El Impenetrable:
la sentencia está plagada de conceptos sexistas. En el juicio quedó probado el
acceso carnal por la fuerza, pero los jueces consideraron que “no se debe
confundir la violación con la violencia propia de un acto sexual”. Los
atropellos a los derechos de L. N. P. fueron denunciados ante el Comité de
Derechos Humanos de la ONU, donde la Argentina todavía enfrenta una demanda.
Frente a fallos como el del tribunal neuquino o el chaqueño –apenas dos muestras
entre tantas que quedan invisibilizadas en los medios– se reafirma la necesidad
imperiosa de permear de perspectiva de género al Poder Judicial. A veces la
discriminación hacia las mujeres víctimas de delitos sexuales o violencia de
género es sutil, a veces ostensible.
La iniciativa de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema es ambiciosa. Se
propone promover un cambio cultural en los estrados judiciales, que se derrame
hacia el resto de la sociedad, en cumplimiento de tratados internacionales
incorporados a la Constitución. El proyecto es promovido por una mujer,
feminista y atea militante: Carmen Argibay. No es casualidad.
Página|12, 07/09/10