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Italia:
en las raíces de la decadencia
Por Rossana Rossanda
Sobre Italia se extiende un río de fango, escribe Asor Rosa. Lo repite Albero
Burgio. Está recién publicado por la editorial Bollati Boringhieri el libro de
Franco Cordero El caldo de las Once –el que le era servido al condenado antes de
ahorcarlo—, donde el más erudito e iracundo de nuestros juristas nos pinta, tras
de un primer capítulo sobre las fechorías de otro tiempo, la Italia de
Berlusconi
¿Por qué esta masa apestosa se propaga ahora? Y ¿a qué cabe achacarla?
¿Únicamente a Berlusconi? Sus intereses, pensamientos y modales –entre sus
defectos no está la hipocresía, sino, al contrario, la insistencia inoportuna—
eran notorios para los italianos que lo han votado en tres ocasiones, y cada vez
durante mandatos más largos. Habían sido bastante más cautos con respecto a
Bettino Craxi, que era el amigo de Berlusconi y el hombre al que Enrico
Berlinguer le echó en cara el problema moral.
¿Existe en Italia quizá una inclinación a corromperse y a ser corrompido, debida
a los siglos de sometimiento bajo el dominio extranjero o a prepotentes señores
locales, con la excepción del luminoso intervalo del periodo municipal? Pero
incluso en Dante halló malversadores en su Infierno, y Petrarca se sentaba,
melancólico, a orillas del Arno observando las plagas mortales de la Italia de
su tiempo. Se puede decir que parece ser algo fatal la adherencia al poder de
una dosis de inmoralidad. No existe país alguno, por otro lado, en donde los
escándalos no se produzcan , y estamos apenas al comienzo -mejor dicho, estamos
ya dentro- de una tempestad mundial de delitos financieros, a lo que parece,
bastante difícil de castigar y de prevenir, y por sumas tan asombrosas, que los
cinco mil euros públicos que el ex alcalde de Bolonia hizo que le fuesen
librados a la mujer de su corazón, para no hablar de los mil o dos mil a los
invitados de Berlusconi, parecen una simple propinilla. Y sin embargo, no se
puede decir que la principal característica de los EEUU de Madoff sea la
malversación por doquier acompañada del escarnio contra la magistratura y los
cambios en la ley para favorecer al presidente. Por el contrario, entre
nosotros, sí. Hablar de Italia significa hablar de esto, tanto, que en el
extranjero se ha convertido en signo de fair play no mencionarlo. Hemos
desaparecido de la escena internacional
¿Cómo hemos venido a parar en esto? Ya habíamos inventado el fascismo apenas
acabada la unificación nacional, pero incluso después del duro despertar de la
guerra y de una resistencia que quiso limpiar el país y se dio una de las
mejores constituciones europeas, no faltaron las porquerías . Para no hablar de
la Mafia y de la Camorra, percibidas como un mal genético, la inmoralidad
privada/pública estuvo siempre asediándonos, desde Lauro, que compraba votos con
paquetes de pasta, hasta otros ejemplos que no podrían ser considerados meros
casos de inmoralidad local. No lo fueron ciertamente las fechorías de la
Federconsorzi de Bonomi, las oscuridades de la Casa del Mezzogiorno, el
escándalo de Lockheed (exactamente, ¿quién habrá sido Antílope Cobbler?) por
citar los primeros que se me vienen a la mente, y por no hablar de Gladio y de
los servicios secretos, perpetuamente desviados de su cometido. Todo esto pesaba
sobre los hombros de la Democracia Cristiana, el partido convertido en Estado,
pero –como dijo Aldo Moro en el parlamento sin que temblasen los escaños— la
Democracia Cristiana no se procesa. Y en efecto, no supieron entender su
memorial, no solo las Brigadas Rojas conducidas a la porpia ruina por su
secuestro y asesinato, sino tampoco las dos cámaras de la Comisión de
investigación. ¿Distraídos? ¿Cómplices?
No lo creo. En tiempos más serios, el PCI y el primer PSI invitaban a no
confundir la clase dominante con los pinches de cocina, y a distinguir las
distintas responsabilidades y culpas de una y otros, haciendo salir a luz en las
Cámaras y en los consejos municipales, tal como sucedió en el caso de Roma, los
escándalos, y haciendo aprobar, prescindiendo de los números de mayoría y
oposición, las únicas reformas que tuvo el país. No se identificó nunca a Italia
ni a la detestada Democracia Cristiana con sus, gordos, episodios de inmoralidad
Durante los años 70 la escena política cambió. El PCI persiguió inútilmente un
acuerdo “histórico” con la DC, desarmando y dividiendo a la oposición
institucional y desorientando las listas de izquierda. Con la muerte de Aldo
Moro, a quien la DC no trató de salvar tal como él pedía y ella hubiera hecho de
ser otro el que hubiera estado en su lugar, el partido democristiano quedó
sumido en la mayor confusión, mientras que Berlinguer echaba en falta al único
interlocutor que resultaba haber tenido, lo cual convertía en completamente vana
la estrategia que había perseguido. De golpe, en el 79 cambiaba la línea,
obstaculizado por un grupo dirigente y por cuadros locales que estaban, por el
contrario, a la búsqueda de “amplios acuerdos” cuyos únicos resultados fueron el
desmesurado crecimiento de los costes de la clase política y el fin de la
oposición parlamentaria y popular. Así una mayoría ya sin un verdadero jefe y
una izquierda desnortada se enfrentaron, sin verla, a una ofensiva capitalista
de escala mundial que emprendía un vuelco de tendencia, reorganizando
brutalmente la propiedad y la organización del trabajo. En 1984 el referéndum
sobre la escala móvil acarreaba, por primera vez desde 1948, una derrota de los
trabajadores, y tres años después, las elecciones de 1987 esbozaban el
resquebrajamiento de los equilibrios de la primera república. Dos años después,
y sobre un PCI ya en dificultades, caía el hacha del 89, ante la cual Occheto
ofrecía voluntariosamente el cuello; a Craxi y al gobierno DC- PSI, Tangentópoli
les daba el golpe de gracia
A varios años de distancia, se ve que bien pocos de los peces gordos imputados
por Manos Limpias permanecieron en las redes de la justicia. Pero el impacto
político, sumado a los procesos antes mencionados fue enorme porque la
corrupción no dejó de crecer. Sobre un paisaje de partidos devastados por
recíprocos tsunamis, aparecía en escena Berlusconi, símbolo del beneficio, de la
empresa en estado puro, de la competencia sin escrúpulos que de golpe se
presentaba como el único anclaje sólido con respecto a patrañas “ideológicas”
tales como las clases, la explotación del trabajo, la perversidad de la
especulación financiera e inmobiliaria, el primado del bien común o la necesidad
de una ética pública…
Anclaje sólido y de manga ancha. Si su único precepto era producir al precio más
bajo, hacer cesar cualquier mediación social para ser más generosos con el
capital y los accionistas, vender a los ricos y obligar a los más pobres a
comprar lo que no podían ya producir (¿qué otra cosa es, si no, el África?)
especular a mansalva con el riesgo y con lo inexistente, ¿por qué demonizar
cierta astucia, cierto modo de hacer la vista gorda, cierta mercantilización de
la cosa pública? En el fondo, en los Estados Unidos, la compraventa de los
miembros del Congreso y del Senado está legitimada por los lobbies, con los
cuales está tratando Obama para lograr hacer pasar al menos un tercio de su
proyecto de reforma sanitaria. Entre nosotros, el lobby más poderoso es una
mayoría blindada mediante el voto de confianza, del cual nadie puede
desembarazarse sin perecer. Las instituciones pierden por completo su naturaleza
neutra en el caso de que la hayan tenido nunca, y todos dan por bueno que se
privaticen funciones o bienes públicos. Si la ley se opone a ello, se cambia la
ley. El parlamento podría ser cerrado también, tal como Berlusconi no ha dudado
en decir, proponiendo que se sienten a votar solo los jefes de grupo
parlamentario, en proporción con los electores que representan, y ni tan
siquiera en esta ocasión las cámaras se alzaron aullando. Nuestro hombre tiene
el nivel cultural de Sarah Palin y la falta de escrúpulos de Dick Cheney. Sólo
que la mitad de los norteamericanos ha votado en contra de ambos, mientras que
un poco más de la mitad de los italianos se pronuncia por él
Entre los años setenta y los ochenta están las raíces de la actual proliferación
de esta mala hierba. Contra la cual se yergue sin vacilaciones tan solo un
magistrado ambicioso, para el cual la sociedad entera se compone de y divide
entre honrados y corruptos. Antes había propuesto esta filosofía a los
industriales reunidos en Cernobbio; ahora hace fortuna entre el pueblo, más o
menos violeta, de una ex izquierda o dimisionaria o hecha trizas. Y luego hay
quien especula sutilmente sobre el origen de la antipolítica.
Rossana Rossanda, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es una escritora
y analista política italiana, cofundadora del cotidiano comunista italiano Il
Manifesto. Recientemente ha aparecido en España la versión castellana de sus muy
recomendables memorias políticas: La ragazza del secolo scorso [La muchacha del
siglo pasado, Editorial Foca, Madrid, 2008].
Traducción para www.sinpermiso.info: Joaquín Miras
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