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“Comían mientras yo recibía el tormento”
En el reinicio de las audiencias tras la feria judicial, los sobrevivientes
relataron su paso por los centros clandestinos bonaerenses. Ungaro recordó a Ana
Diego (imagen), la estudiante de astronomía que CFK mencionó en su discurso de
reasunción.
Por Alejandra Dandan
Convencida de que también le habla a la historia, entrenada en la tarea de
testimoniar desde que quedó en libertad, Nora Alicia Ungaro se detuvo varias
veces para reforzar aquello que decía. Explicar que sabía que la audiencia se
estaba grabando y que eso, entonces, podía ser escuchado en el futuro por alguno
de los hijos de sus compañeras desaparecidas. En La Plata, donde ayer se reanudó
el juicio por los crímenes cometidos en el Circuito Camps, Nora recordó, entre
muchas otras, a Ana Teresa Diego, aquella estudiante de astronomía que Cristina
Fernández mencionó en el discurso de reasunción de la Presidencia. Ana y Nora
eran parte de la Fede y sufrieron la embestida militar que se cobró buena parte
de la vida de los universitarios de la zona.
Uno de esos días de secuestro, en la Brigada de Quilmes, en la misma celda, las
dos se echaron en el piso, una al lado de la otra. “Por el mismo miedo –dijo–,
nos acomodamos cabeza con cabeza, nos hablábamos al oído y cantábamos algunas
canciones de la Guerra Civil española que nos enseñó mi papá, canciones de cuna,
como les digo, para darnos un poco de ánimo.”
El juicio a Ibérico Saint Jean, Jaime Smart, Miguel Etchecolatz y otros 23
acusados de actuar en los centros clandestinos del Circuito Camps recomenzó
después de la feria con el testimonio de dos sobrevivientes de la Fede y el
movimiento universitario. Los jueces Carlos Rozanski, Roberto Falcone y Mario
Portela tomaron juramento –más de una hora después de lo previsto– al entonces
estudiante de medicina Carlos Schultz. Que cuando un querellante le preguntó si
pudo identificar a quienes estaban secuestrados a su lado intentó explicar que
no, que no podía, por las condiciones en las que estaban. “Estábamos todos
encapuchados, acostados o sentados contra una pared, uno al lado de otro. Yo por
lo menos no sabía si había alguien vigilándonos, lo más importante fue lo que
hizo una compañera conmigo, que fue saber si era tal persona.”
Carlos sabía que con él sí estaba, en cambio, Ana Teresa, porque los habían
levantado juntos, el 30 de septiembre de 1976 en los bosques de La Plata. Como
una imagen a la que preferiría no volver, dijo sólo unas líneas: “Era en una
esquina del bosque, no me acuerdo si me fui a reunir o nos encontramos con Ana
Diego. Nos saludamos, me pidió la hora y en ese momento nos encapucharon y nos
metieron adentro de un auto”. No hubo reacción de nada, dijo, “porque vinieron
de atrás y nos metieron en la parte trasera de un auto”.
Se los llevaron a la Brigada de Investigaciones de Etchecolatz. Nora Ungaro se
les sumó ese mismo día, aunque su odisea había empezado días antes, cuando una
patota entró a la casa de su madre para llevarse a su hermano Horacio, parte de
los desaparecidos de la UES, del quinto año del Normal 3 de La Plata, uno de los
jóvenes de la Noche de los Lápices. Con Horacio levantaron a un amigo. Ese 30 de
septiembre, Nora había ido a la casa de ese amigo, por los documentos para las
denuncias y hábeas corpus.
“La mamá de Daniel estaba desesperada”, dijo. “En cama, de reposo; yo me puse de
espaldas a la puerta del dormitorio, le tenía la mano, trataba de consolarla
porque además de todo había fallecido el marido no hacía tanto tiempo.” Una
patota también entró en ese departamento. Se llevaron a Nora después de
encañonarla en la nuca, tirarla al piso y esposarla. Cuando les dijo que tenía
los documentos en la cartera, la patota se alegró: “Mejor –dijeron–, así no
tenemos que cortarte los dedos para identificarte”.
Nora se dio cuenta de que Ana y Carlos estaban con ella cuando llegó al Pozo de
Arana. Habló de las torturas, de cómo escuchó que los represores se quejaban
porque tenían poco voltaje y de cómo la corriente le dobló el cuerpo mientras
alguien pedía mayonesa. “No me voy a extender porque es terrible –dijo–, pero
escucho: ‘Lobo, alcanzame la mayonesa’, porque estaban comiendo, se estaban
armando sanguchitos con lomito y lechuga, eso, mientras yo estaba recibiendo el
tormento. ¿Y por qué cuento esto? Porque con la corriente, el cuerpo de uno se
ahoga, son gritos, el cuerpo se arquea hasta lo último, a estallar, y digo todo
esto para que se entienda esa escena.”
Después del “ablande”, preguntaron por su hermano. “Yo insulto en ese momento”,
dijo. “¡¿Qué hiciste con mi hermano?!”, les soltó y recibió una paliza. “¿Saben
por qué les digo esto?”, volvió a decir como si debiera contextualizar cada
cosa. “Les digo esto porque después tenía que decir ‘señor’ cada vez que quería
ir al baño.”
Nora habló de Ana. “Nos conocíamos muchísimo. Eramos de la facultad del bosque.
Exactas era el punto de reunión para charlar de cosas. Nos ponen a Ana y a mí en
una celda con dos chicas más, Angela López Martín, que era profesora de
geografía del Nacional, y Eliana, que era Amelia Acosta de Badell: quiero
detenerme un poco acá”, dijo. “Tanto Angela como Eliana eran seres maravillosos.
Yo las conocía ahí, pero en esa celda, el cariño que nos dieron a Ana y a mí es
irreproducible. Trataron de animarnos con cosas lindas. Hablar de la vida.
Eliana había dejado dos niños pequeñísimos y decía: ‘Yo espero que la familia de
mi marido se haga cargo’.”
Eliana es otro nombre simbólico del juicio. Y volvió a escucharse en uno de los
momentos más difíciles del relato. Nora ya había contado quién era Eliana, que
era chilena, compañera de Esteban y cuñada de Julio Badell, integrados a la
Bonaerense y quienes, según la represión, se suicidaron. Nora explicó en el
juicio que los organismos encontraron un acta de defunción de Eliana, un acta
que ella entregó al Tribunal y firmada por el médico Jorge Bergés, uno de los
acusados del juicio. “Esto que digo se está grabando en la sala”, dijo Nora en
un momento casi gritando. “Acá está el acta de defunción de Eliana, yo quiero
decirlo. En algún tiempo esto va a estar en Internet. Quiero que los hijos vean
esto. Quiero que sepan que su madre los amó y que fue asesinada. Yo la dejé con
vida. A las horas me trasladaron de ahí y yo la dejé con vida y me seguía
comunicando.”
Efectivamente, a Nora se la llevaron de Arana a la Brigada de Quilmes durante un
tiempo, aunque luego volvió a Arana. En Quilmes sucedió aquello de las canciones
de la Guerra Civil española con Ana Diego, allí la vio por última vez. Y ahí
también escuchó el nombre de su hermano entre las voces de sus viejos compañeros
(ver aparte), y aún se acuerda cómo llegó: “Nos separaban varones y mujeres.
Ibamos subiendo unas escaleras. Le aseguro que en ese momento tan terrible,
imagínense, no habíamos podido ni lavarnos la cara con agua, en mi caso después
de la tortura chorreé sangre hasta los tobillos, así que imagínense en qué
circunstancias a éstos se les ocurre manosear a una mujer”.
Las audiencias continúan hoy. Entre otros declaran Lázaro y Zivana Aleksoski,
hermanos de David Jose Aleksoski, conscripto desaparecido del Regimiento
Granaderos a Caballo.
De celda a celda
A Nora Ungaro la llevaron del Pozo de Arana a la Brigada de Quilmes con otros
compañeros. En Quilmes volvieron a ponerla con Ana Diego, pero alrededor algo no
era igual. Después de un tiempo, empezó a escuchar voces de quienes adentro y a
ciegas se iban llamando. De celda en celda, y entonces también ella pronunció el
nombre de su hermano Horacio. “Comienzo a escuchar las voces: Gustavo o Emilce,
y empiezo a gritar el nombre de mi hermano y el de su amigo Daniel Racero.
Vuelve la respuesta de que ahí no estaba. Al rato, desde la celda de enfrente,
donde había dos chicas, una me llama: ‘A tu hermano lo conozco, Emilce Moler, me
llamo’”, le explicó. Emilce le dijo que Horacio no estaba con ellos: “Yo a tu
hermano lo conozco desde los diez años –le dijo–, íbamos a la colonia y la vida
nos juntó de nuevo en la militancia”. Nora supo en ese momento que a su hermano
lo habían bajado en otro lugar, con otra parte de ese grupo de la UES que
levantaron la noche que se conoció como Noche de los Lápices. Con el tiempo,
Nora supo que a Horacio lo habían llevado de Arana al Pozo de Banfield.
07/02/12 Página|12