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Dardo
Cabo y la muerte de Vandor: siete falacias
Por Roberto Bardini
Bambú Press
Hay quienes sostienen que “la duda es una jactancia de los intelectuales”.
Pero a mí nunca me “cerró” que Dardo Cabo, formado en los años de la
Resistencia Peronista y forjado desde la adolescencia en el ámbito sindical,
haya participado directa o indirectamente en 1969 del asesinato de Augusto
Timoteo Vandor, secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
Hijo del legendario sindicalista metalúrgico Armando Cabo –hombre de la
vieja guardia peronista muy cercano a Evita, encargado de la frustrada
creación de milicias sindicales en 1951 y peso pesado de la Resistencia–
Dardo saltó a las primeras planas de las noticias el 28 de septiembre de
1966. Ese día, junto con su novia, la periodista y dramaturga Cristina
Verrier, y otros 16 muchachos, encabezó el desvío de un avión hacia las
Islas Malvinas, donde desplegaron siete banderas argentinas. Esa pequeña
gran gesta se conoce como Operación Cóndor.
Dardo Cabo fue asesinado por el ejército el 6 de enero de 1977, una semana
después de cumplir 36 años. Había estado preso, en distintos momentos de su
agitada militancia política, exactamente la mitad de su vida.
Afortunadamente, le sobreviven muchos que pueden dar testimonio por él.
LOS HECHOS
El asesinato de Augusto Vandor fue a las 11:40 de la mañana del 30 de junio
de 1969, en la sede que la UOM tenía en La Rioja Nº 1945. El general Juan
Carlos Onganía –cuyas únicas lecturas se reducían a reglamentos militares,
folletos de formación católica y revistas ilustradas sobre cría de caballos–
había cumplido el día antes tres años como presidente de facto.
Aquel día, cinco hombres jóvenes entran al local sindical con credenciales
falsas de empleados de Tribunales y la Policía Federal. Reducen a los dos
custodios de la puerta y a todas las personas que encuentran a su paso. Tres
de ellos suben al primer piso, ubican a Vandor y le disparan seis balazos
calibre 45. Conocido como “El Lobo” y astuto interlocutor del gobierno
militar, el dirigente muere poco después en la ambulancia que lo lleva al
sanatorio de los metalúrgicos.
Un desconocido Ejército Nacional Revolucionario (ENR) se atribuye el
asesinato, al que denomina Operación Judas. Catorce meses después, el ENR
vuelve a ser noticia: el 27 de agosto de 1970, mata a tiros a José Alonso,
dirigente de la Asociación Obrera Textil.
Después del golpe del 24 de marzo de 1976, ciertos periodistas –posiblemente
empleados de los poco confiables servicios de inteligencia autóctonos– hacen
circular la versión de que Dardo Cabo ha participado en este crimen junto
con el periodista Rodolfo Walsh y Carlos Caride, un militante histórico de
la Juventud Peronista. Afirman que Walsh planificó el operativo, Cabo trazó
el plano de la sede de la UOM y Caride suministró las armas. Alguno va más
allá y asegura que Dardo fue uno de los que entró, arma en mano, al local
sindical. Todas estas versiones configuran un frágil conjunto de falacias.
PRIMERA FALACIA: LA PARTICIPACIÓN DE CARIDE
Según la Real Academia Española, “falacia” es “engaño, fraude o mentira con
que se intenta dañar a alguien”. En Wikipedia figura una definición del
filósofo y profesor de lógica estadounidense Irving Copi: “Razonamiento
lógicamente incorrecto, aunque psicológicamente pueda ser persuasivo”.
A los “serviciales” periodistas les hubiera bastado revisar los diarios de
la época para enterarse que Carlos Caride, uno de los fundadores de las
Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), estaba preso cuando murió Vandor. Había
sido detenido el 24 de abril de 1969 en un departamento de la calle
Paraguay, después de resistir a tiros un allanamiento de la Policía Federal
y matar a un oficial. Salió en libertad el 25 de mayo de 1973, con la
amnistía para los presos políticos ordenada por el efímero presidente Héctor
Cámpora.
Caride no puede rebatir la acusación de haber participado en la muerte del
Lobo. Fue asesinado en 1976. Walsh, tampoco. Murió el 25 de marzo de 1977,
resistiendo con una ridícula pistola 22 a un grupo de tareas de la marina.
SEGUNDA FALACIA: LA FECHA
Mucha de esta información errónea puede hallarse en Aramburu, el crimen
imperfecto, libro publicado en 1987 por Eugenio Méndez. Allí se dice: “El
último en incorporarse [al Ejército Nacional Revolucionario], a comienzos de
1969, apenas salido de la prisión de Ushuaia luego de cumplir tres años por
el Operativo Cóndor de las islas Malvinas, fue Dardo Cabo”.
Si se entiende que “comienzos” de año incluye enero, febrero, marzo y abril,
que “mediados” de año abarca mayo, junio, julio y agosto, y que “fines” de
año contiene a septiembre, octubre, noviembre y diciembre, entonces hay una
segunda falacia: Cabo sale en libertad condicional el 29 de mayo de 1969, es
decir a mediados de año y apenas un mes antes de la muerte de Vandor.
La fecha de salida de la cárcel de Ushuaia figura en el prontuario Nº 25/66
bis de la Policía Territorial de Tierra del Fuego y lleva la firma del
comisario Gregorio Manuel Albornoz, jefe de la División Judicial. Cualquiera
puede solicitar una fotocopia.
TERCERA FALACIA: 21 DÍAS PARA “FABRICAR” UN ASESINO
Dardo Cabo llega a Buenos Aires en la primera semana de junio, tras dos años
y siete meses de cárcel. ¿Se suma inmediatamente a un grupo clandestino –en
el que no conoce a nadie y cuyos miembros provienen de una militancia muy
distinta a la de él, que es un peronista ortodoxo– para asesinar a Vandor a
fines de ese mes? Suena un poco vertiginoso.
Lo cierto es que en las tres semanas que transcurren entre su arribo a
Buenos Aires y la muerte del líder de la UOM, Cabo se dedica a algo muy
distinto a la planificación de una muerte. Se dedica a comer comida decente
(en prisión sólo le daban guiso de carnero capón), dormir, llamar a viejos
compañeros. Se dedica al reencuentro con su mujer, Cristina Verrier, quien
permaneció detenida siete meses y con la que se casó en la cárcel. Y,
fundamentalmente, se dedica a conocer a la pequeña hija de ambos: María.
La nena tiene poco más de un año y ha nacido mientras él estaba en prisión.
Apodada cariñosamente “la Tata”, se llama María en recuerdo de la madre de
Dardo, María Campano, fallecida de un derrame cerebral el 16 de junio de
1955, mientras los aviones de la marina bombardeaban la Plaza de Mayo.
CUARTA FALACIA: UN VANDORISTA ANTIVANDORISTA
“Cuando Dardo sale de la cárcel, aprovecha su relación con la UOM y
comenzamos a trabajar como obreros metalúrgicos. Él va a la fábrica de
frenos Tensa, en Munro, y yo a una fábrica de envases de aluminio”, me
cuenta en 1999 el veterano militante peronista Omar Marinucci. “Estábamos
recién llegados al gremio y le quisimos hacer una rosca a Victorio Calabró,
que era el delegado de la UOM en Vicente López y que en 1974 terminó como
gobernador de la provincia de Buenos Aires; resultado: nos echaron a los
dos”.
Este relato parece más cercano a la realidad. Ex cadete y repartidor del
periódico Palabra Argentina –fundado por Alejandro Olmos en noviembre de
1955, después del derrocamiento de Perón– y amigo de Cabo desde los 15 años,
Marinucci fue el responsable de prensa de la Operación Cóndor en septiembre
de 1966.
Américo Rial es otro añejo militante del peronismo. El 9 de junio de 1961
fue uno de los fundadores del Movimiento Nueva Argentina (MNA) junto con
Dardo Cabo, Rodolfo Pfaffendorf, Andrés Castillo, Edmundo Calabró, José
López Vargas y Antonio Arroyo. Periodista del diario Crónica desde su
adolescencia, fue un personaje clave para llenar páginas enteras sobre el
Operativo Cóndor durante meses, con artículos, entrevistas, referencias
históricas, cronologías, notas de color y docenas de fotografías.
Rial es claro: “Luego del operativo, se fractura la conducción del MNA”, me
dice en 1998 en el café Los 36 billares, en Avenida de Mayo. “Dardo queda en
el sector de Augusto Vandor, de los metalúrgicos, y los otros en el de José
Alonso, de los textiles”.
Más categórico es Rodolfo Pfaffendorf, quien además de ser uno de los
pioneros del MNA, fue compañero de escuela primaria de Cabo en el Colegio
San José y uno de sus mejores amigos. “Después de salir de la cárcel, Dardo
siguió siendo vandorista. A él lo estaban formando desde los 16 o 17 años
como uno de los cuadros sindicales de la UOM”, me explica en enero de 2010
en el restaurant El Imparcial. Y recuerda con vehemencia que es la tercera o
cuarta vez que me lo explica en los últimos diez años.
“Dardo estaba destinado a suceder a Armando, su papá, y a llegar muy alto en
la UOM o la CGT”, insiste Pfaffendorf. “La muerte de Vandor anuló esta
posibilidad. A Vandor lo sucedió Lorenzo Miguel, que rajó a todos los
muchachos vandoristas. Armando no esperó que lo echaran: se fue dando un
portazo. Y sin el respaldo del Lobo, poco a poco Dardo terminó buscando
otros caminos políticos”.
QUINTA FALACIA: EL ROSTRO DESCUBIERTO
Si Dardo Cabo hubiera ingresado el 30 de junio 1969 a la UOM a rostro
descubierto, lo hubiera reconocido cualquiera de las más de 30 personas que
se encontraban en ese momento en el local y que alcanzaron a ver las caras
de los atacantes. Lo conocían desde que era pibe. Y, además, poco tiempo
antes, todos los diarios y revistas de Argentina habían publicado
fotografías a causa del Operativo Cóndor. Este detalle se le escapa a los
que sostienen que participó en “la acción directa”.
Y también se le desliza a un periodista de extensa trayectoria, Andrés
Bufali, quien trabajó en las revistas Primera Plana, Panorama, Siete Días y
Somos, y en los diarios La Opinión y Clarín. Bufali escribe el 20 de julio
de 2004 en La Nación que el escritor Osvaldo Soriano –que en 1969 aún no se
ha convertido en novelista y es su compañero de redacción en el semanario
Primera Plana¬– creía haber “descubierto” que Cabo estaba entre los asesinos
de Vandor. Soriano le cuenta que a uno de los guardaespaldas del Lobo le
pareció escuchar que el líder de la UOM, antes de caer herido de muerte,
había dicho algo como “¡Hola, Cóndor!” o “¿Qué hacés, Cóndor?”.
Lamentablemente, el talentoso Osvaldo Soriano no puede confirmar su
“descubrimiento”. Falleció en enero de 1997.
SEXTA FALACIA: EL PRECOZ INGRESO A DESCAMISADOS
Entre los integrantes del fugaz Ejército Nacional Revolucionario, los
informantes cívico-militares también mencionan a Horacio Mendizábal, Oscar
Degregorio, Norberto Habegger, Raimundo Villaflor y Roberto Perdía. Aseguran
que posteriormente todos integraron el grupo guerrillero Descamisados.
Salvo Perdía, todos están muertos. Pero él y Villaflor no pertenecen a
Descamisados. En 1969, el primero es un abogado laboral vinculado a la
juventud democristiana; después, ingresa a Montoneros. El segundo, milita en
la Alianza Revolucionaria Peronista (ARP), dirigida por Alicia Eguren de
Cooke, y luego se suma al Peronismo de Base. Se han publicado alrededor de
20 libros y unos 300 artículos y entrevistas donde figuran estos datos.
Villaflor fue secuestrado el 4 de agosto de 1979 por una patota de la
Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA); murió en el cuarto de torturas a
los tres o cuatro días.
Es cierto que Mendizábal, Degregorio y Habegger pertenecen Descamisados, que
aparece públicamente en septiembre de 1970, cuando irrumpen en un cine de La
Tablada donde se proyecta la película La hora de los hornos. También es
cierto que a principios de 1973 se fusionan con Montoneros.
Mendizábal fue abatido por agentes de civil que lo emboscaron el 19 de
septiembre de 1979 en Munro, durante la llamada “contraofensiva”. Degregorio,
herido y capturado el 18 de noviembre de 1977 en la ciudad uruguaya de
Colonia, fue trasladado a la ESMA, donde murió en una mesa de operaciones
mientras intentaban revivirlo médicos no muy hipocráticos. Habegger, que se
inició como periodista deportivo en las revistas Primera Plana y Panorama y
en 1973 llegó a ser subdirector del diario Noticias, fue secuestrado por
militares argentinos el 6 de agosto de 1978 en Río de Janeiro. Nunca más se
supo de él.
También es cierto que Dardo Cabo se suma a Descamisados. Pero lo hace
tardíamente, recién en 1972, después de la muerte José Alonso, el caudillo
de los trabajadores textiles. Y más tarde, como sus compañeros, también
ingresa a Montoneros.
“Conocí a Dardo cuando salió de la cárcel y creamos la Agrupación Peronista
de Base 17 de Octubre (Apeba 17)”, relata Héctor Carrica, que a mediados de
la década del 60 militaba en el Comando de Organización (CdeO), fundado por
Alberto Brito Lima. Al ser entrevistado, en 1998, era integrante de la
Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) y de la agrupación HIJOS. Su
madre, la enfermera y docente Irma Laciar de Carrica, fue detenida en abril
de 1977 por un comando conjunto de la Policía Federal y el ejército
argentino y “desaparecida”.
Apeba 17 organiza en 1970 a los trabajadores municipales que recogen la
basura y “recupera” –es decir, ocupa de prepo– un corralón que era del
dirigente metalúrgico Paulino Niembro. Ese año, recuerda Carrica, hay un
acercamiento hacia Guardia de Hierro, la organización creada en 1961 por
Alejandro Álvarez. Cabo coordina sus actividades políticas con Eduardo Baca,
un militante de Guardia que más tarde, durante el segundo gobierno de Carlos
Menem, será senador y presidente del Partido Justicialista.
A fines de 1971, Guardia de Hierro y Apeba 17 se ponen de acuerdo con el
Frente Estudiantil Nacional (FEN), que dirige el estudiante de Filosofía
Roberto “Pajarito” Grabois, y los Comandos Tecnológicos, que conduce el ex
teniente Julián Licastro, y fundan la Mesa del Trasvasamiento Generacional.
Considerada ortodoxa, la Mesa privilegia la lucha política antes que la
lucha armada. Se ubica en una posición intermedia entre dos bandos que ya
muestran los colmillos: la llamada “burocracia sindical” de la CGT y los
grupos guerrilleros. Aunque Cabo permanece poco tiempo en la Mesa, sus
coincidencias con Guardia son visibles. Todo esto me lo confirma en enero de
2010 un militante de la primera hora de esta “orga”, el publicista Alejandro
Pandra, director de la publicación digital Agenda de Reflexión.
Recién cuando Cabo se separa de la Mesa del Trasvasamiento, Horacio
Mendizábal lo convence de unirse a Descamisados. Esto posiblemente es en
1972, tres años después de la muerte de Vandor.
SÉPTIMA FALACIA: CABO Y WALSH
Resulta casi alucinante creer que Dardo Cabo y Rodolfo Walsh hubieran podido
en el convulsionado 1969 planificar juntos un crimen político. En aquella
época aún no se conocían personalmente y, además, ni siquiera se hubieran
sentado juntos a tomar un café. Hubieran terminado a las trompadas.
Ese año, Walsh comienza a militar en el Peronismo de Base, dirige el
semanario CGT de los Argentinos y publica su segundo libro:
¿Quien mató a
Rosendo? El texto narra el tiroteo en la pizzería La Real, de Avellaneda,
donde el 13 de mayo de 1966 murieron Rosendo García, dirigente local de la UOM, y dos militantes de la Resistencia Peronista, Domingo Blajakis y Juan
Salazar, quienes estaban desarmados.
Augusto Vandor y Armando Cabo, que están sentados con García, sí tenían
armas. Walsh inculpa al padre de Dardo: “En la cabecera de la mesa
vandorista, Armando Cabo se había parado y avanzaba tirando metódicamente
con su 38 especial”. Lo retrata como “un hombre de la vieja guardia
metalúrgica, héroe de la Resistencia, ahora dilapidado por las transacciones
y el alcohol”. De todos los que acompañaban al caudillo de la UOM, afirma,
era el “mejor tirador”. Y describe la muerte de Salazar en una sola línea
que tiene el peso de una lápida: “Armando Cabo, que estaba sentado al lado
de Vandor, terminó de tomar su whisky, hizo puntería y lo mató”.
En septiembre de 1999 entrevisté al memorioso Andrés Framini, dirigente
histórico de la Asociación Obrera Textil, secretario adjunto de la CGT en
1955, preso político tiempos de la Resistencia Peronista y candidato a
gobernador de la provincia de Buenos Aires en las elecciones de 1962. “Poco
después de publicarse el libro de Walsh, me encontré con Armando y Dardo,
que lo andaban buscando para darle una paliza. Les dije que no jodieran, que
él había dicho la verdad: los otros no estaban armados”, me contó en su casa
de Floresta. Framini falleció en mayo de 2001, a los 87 años, pero conservo
la grabación.
Hay que ser un auténtico imbécil para inventar que en esas circunstancias
Dardo Cabo y Rodolfo Walsh pudieran participar juntos en un asesinato
político. Años después, ciertamente, los dos ingresaron a Montoneros. Pero
ésa es otra historia.
Y PARECE QUE ESA HISTORIA ES ASÍ:
Un domingo a mediodía, en el primer mes del agitado verano de 1973, Miguel
Bonasso, entonces secretario de prensa del Frente Justicialista de
Liberación (Frejuli), organiza un asado en el patio de su departamento de la
planta baja de Moldes Nº 2460. El pretexto es juntar a miembros de dos
agrupaciones de prensa: la 26 de Enero –afín a la Juventud Peronista pro
Montoneros, en la que él milita junto con Dardo Cabo– y la 26 de Julio,
cercana al Peronismo de Base, en la que revista Rodolfo Walsh.
A la comida asistieron alrededor de 30 periodistas y fotógrafos. “La
verdadera intención era acercar a Dardo y Rodolfo, lo que era una misión
casi imposible”, me comenta Bonasso en febrero de 1998, en un café del
barrio de Palermo.
Cuando llegan los de la 26 de Julio, Walsh y Cabo se saludan fríamente.
Durante la comida, quedan sentados frente a frente en la mesa puesta en el
jardín. Mientras Bonasso ofrece chorizos y morcillas e intenta chistes, los
dos periodistas no se dirigen la palabra.
Después, cuando se sirve el café y se arma una guitarreada, Walsh y Cabo se
levantan de la mesa y entran a la casa. Están largo rato conversando en la
sala, solos. Muchos de los invitados se van retirando de a poco, pero los
dos hombres permanecen como clavados en sus sillones. Bonasso recordará, 25
años después, que tuvo la impresión de aquella tarde se sirvieron litros de
café y fumaron kilos de tabaco.
Anochece cuando el anfitrión acompaña a sus dos amigos a la puerta del
edificio y es testigo de cómo se despiden con un fuerte y honesto apretón de
manos.
Menos de tres años después, en su célebre Carta abierta a la Junta Militar,
del 24 de marzo de 1977, Walsh recriminará, entre otras muchas cosas, “el
asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero
de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de
Ejército que manda el general Suárez Mason”
Imagen: Dardo Cabo y María Cristina Verrier
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