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La historia de los perdedores

Por: Julio Carreras (h)

-Vos, ¿cómo caíste? -le pregunté a un joven compañero en la U9 de La Plata.

-En un enfrentamiento. Los otros compañeros pudieron escapar, yo no, pues me habían baleado en las dos piernas.

Detenido a los 16 años, con un fusil FAL en las manos, la demora de segundos para dejar pasar a una familia que había quedado en el medio le fue fatal.

-Los milicos no se detuvieron y me bajaron...- reflexionó el muchacho.
Aquella narración me hizo pensar sobre la que había sido una "debilidad" constante de las organizaciones revolucionarias. La "caballerosidad" de sus integrantes, que los llevaba a vacilar, detenerse o directamente preferir ser asesinados o capturados antes de disparar sobre civiles indefensos.

Las fuerzas represivas, por el contrario, tiraban como endemoniados sobre cualquier bulto que se moviera, sean estos guerrilleros, ancianos o niños. Tal como lo hacen ahora las bandas que asaltan bancos o transportes de caudales, no por casualidad integrada en la mayoría de los casos por algún o varios policías.

Pensé que un ejército de caballeros no tenía futuro (ni siquiera lo tuvo en el pasado, pues aquellos a quienes conocemos como los "caballeros" de la Edad Media no vacilaban en incendiar aldeas de campesinos, violar, asesinar y secuestrar inocentes, igual como lo hicieron las hordas de Mitre en el siglo XIX y las de Videla-Massera-Agosti en el XX).

Cada vez que me tocó presenciar algún "operativo" policial o militar (pocas, por suerte), me dio la impresión de que aquellos individuos estaban "sacados", y me pareció que posiblemente se drogaban antes de ir a realizarlos. Tal era la violencia insensata con que se lanzaban, como si quisieran destruirlo todo de una vez. Sin embargo, ellos acusaban a los guerrilleros de "drogadictos".

Jamás conocí entre los centenares de compañeros del PRT-ERP, Montoneros, FAP, FAR, FAL, Frente Peronista Revolucionario u otros con quienes me tocara departir en aquellos intensos años 70, alguien cuyas aficiones fuesen más allá de un par de vasos de vino tinto para acompañar las empanadas. Drogas, de ningún tipo; ni siquiera se mencionaban.

"Cada uno juzga a los demás de acuerdo con lo que él es", me dijo durante mi adolescencia Papá, grabando una lección importante en mi conciencia: "un delincuente, cree que todos los demás son delincuentes".


Los "ganadores"

Un oficial de guardiacárceles de Sierra Chica iba a la celda del "Gringo" Ferreyra, le abría la ventanilla de la celda y lo llamaba a comparecer. Para hacerlo debíamos arrodillarnos, pues la ventanilla estaba apenas a un metro sobre el suelo. Especialmente a tipos como el Gringo, dirigente del ERP, que era muy alto, esto lo obligaba a adoptar una posición incómoda. El otro, que era un gordito, petiso, afuera, ridículamente erecto, lo miraba desde arriba con insolencia y le decía:

-¿Y ahora? ¿Quién gana? ¿Quién gana ahora, eh?

Nosotros, habiendo pasado por más de un año de torturas, fusilamientos, y humillaciones sin cuento, naturalmente no íbamos a ponernos a discutir con semejante gusano. Por el contrario, la consigna luego de haber perdido varios compañeros brutalmente asesinados por los milicos en las cárceles era: "Sobrevivir. Eludir cualquier provocación".

Pero un oficial que conversaba con otro mientras nos trasladaban desde Córdoba a Olavarría había dicho, a medida que los soldados nos iban acomodando malamente en el avión:

-¡Qué hijos de puta!... ¡Ellos están ganado la guerra! Porque ahora han conseguido salvar a todos estos... ¡que van a quedar como semillas!
A diferencia del guardiacárcel, este oficial del Ejército comprendía claramente la situación. En la medida que los organismos internacionales de Derechos Humanos obligaran a las fuerzas represivas a "blanquear" los prisioneros, "su guerra" se perdería.

-¡Nosotros ganamos la guerra militar, ellos van a ganar la guerra cultural... porque estos hijos de puta son todos intelectuales! -agregó el milico en aquella oportunidad.

Su observación resultó profética.

No provenía de él: tal criterio era sustentado por algunos "pensadores" de las cúpulas militares, como Ramón Genaro Díaz Bessone o Ramón Camps, además de "intelectuales" civiles como José Alfredo Martínez de Hoz. De allí debe de haber surgido aquél plan estratégico que el general Juan Bautista Sasiaiñ nos comunicaría, una helada tarde de junio de 1976, en la UP1 de Córdoba, por entonces convertida en campo de concentración. Después que los oficiales nos hicieran desnudar y formar a todos en una larguísima fila, irrumpió con aire triunfal el Comandante de la IV Brigada Aerotransportada de Córdoba, para decirnos más o menos lo siguiente:

-Todos ustedes van a ser eliminados, de una u otra forma, ahora mismo o un poco más adelante. No pensamos dejarlos como semillas, para arruinar las futuras generaciones. Exterminando las ideas extrañas que ustedes portan, terminaremos con la subversión en la Argentina.

No pudieron hacerlo. No les dimos tiempo.


Caramelos a Europa

A Federico Bazán, un director de Cine que más tarde iba a filmar con Costa Gavras, y a mí, los compañeros nos concedieron el honor de escribir todo lo que estaba sucediendo en la UP1 para sacarlo con urgencia. ¿Y cómo lo íbamos a sacar?... A través de los presos comunes. ¿De qué manera? En pequeños paquetitos, que llamábamos "caramelos". Estos se envolvían con un plástico para luego sellarlos con la llamita de un fósforo. Los presos llevaban estos "caramelos" atrapados entre la pared carnosa interior de la mejilla y las muelas del juicio, de tal manera que resultaban invisibles pese a que se los hacía abrir bien la boca.

Las conducciones revolucionarias en las cárceles habían previsto que podrían sobrevenir etapas de dura represión. Por eso antes del golpe, en cada celda ocupada por presos políticos se había decidido fabricar uno o varios canutos (de acuerdo al espacio disponible). ¿Y qué eran los canutos? Huecos, profundos, practicados en sitios poco accesibles, preferentemente en los pisos.

Con diligencia y prolijidad, los compañeros habían fabricado decenas de canutos impecables, bajo de un mosaico que luego quedaba como si no hubiese sido tocado en siglos, preferentemente bajo las cuchetas y las camas. Por estar hacinados -otra forma de castigo, por la cual en una celda para 10 colocaban a 20 o más prisioneros-, las camas habían quedado tan juntas que resultaba bastante incómodo moverlas.

En esos canutos guardábamos yerba, azúcar, tabaco, cuadernos, lapiceras, papelillos para armar... Estos últimos, los pequeños papeles casi transparentes para armar cigarrillos, fueron vitales. En ellos, durante horas de descanso, bajo la luz de una vela, poniendo compañeros que hicieran guardia en todos los huecos de la celda, escribimos con Federico cada asesinato, cada tortura a compañeros realizada por los milicos, cada nombre de cada compañero que era sacado de la cárcel atado y amordazado y los diarios darían después como "muerto en enfrentamiento con las Fuerzas Armadas".

A la madrugada, el preso común que limpiaba las alcantarillas recibía los "caramelos" a través de una paloma que sigilosamente bajaba y subía apenas suscitando tal vez un tenue reflejo en la penumbra del amanecer. ¿Y qué era la paloma? Una pequeña cajita de papel, colgada de un piolín. Por la ventana bajábamos esa "paloma" con los mensajes, y los presos comunes, nuestros hermanos solidarios, nos subían frecuentemente yerba, azúcar, cigarrillos... Pero también hicieron la generosa y arriesgada tarea de comprometer a sus familiares para que entregaran nuestros caramelos a los familiares de presos políticos... y estos a su vez los enviaran a organismos de Derechos Humanos del exterior.

Esa primera Crónica se publicó en Colombia -nos dijeron-, hacia el mes de julio de 1976, y más tarde en España, en 1977.

La Historia

"La historia la escriben los que ganan", dice un antiguo aforismo popular. Pero nuestra historia, la de Argentina en el período de las luchas revolucionarias no fue ni será escrita por los "vencedores". ¿A qué se debió dicha transgresión extemporánea?

Simplemente a que ellos eran los más poderosos pero no los más fuertes. Porque tenían una inmensa superioridad de armamentos, pero nosotros contábamos con una superioridad ética, mental, educacional y hasta corporal. Auto-educados en la austeridad, el control absoluto de nuestras personalidades pues sabíamos que íbamos a caer, posiblemente, en manos de asesinos demenciales, nos habíamos preparado para resistir cualquier prueba. Y lo logramos.

Y muchos de nosotros, íntegros, libres (en todo sentido, pues Filón decía ya hace 2.000 años "todo hombre bueno es libre" -aún estando presos), orgullosos de nuestra vida arriesgada sin ningún interés para lograr un mundo mejor... llegamos a escribir la historia.

Una historia que no busca ni revanchas ni suscitar el rencor. Una historia que es sólo y únicamente la verdad.

Pero cuya sola enunciación exhibe de un modo tan claro la perversidad increíble de nuestros enemigos... hasta un punto tal que muchos jóvenes que hoy se enteran de los crímenes aberrantes que perpetraron los militares y sus padrinos sienten naturalmente deseos de escupirlos al cruzarse con ellos en algún lugar.

"Los ex presos políticos son hoy reconocidos por toda la sociedad y muchos de ellos ocupan, por voluntad de sus comunidades, lugares de gran relevancia", dijo un compañero recientemente, durante la inauguración de un monolito en el patio de la Cárcel de La Plata, para recordar a los presos y familiares asesinados (nos hubiese gustado saber si allí estaba aquél joven oficial del Servicio Penitenciario de Buenos Aires que le preguntaba al Gringo Ferreyra "¿quién gana?").

No puede decirse lo mismo de Videla, Massera, Astiz, Aleman y otros tantos delincuentes institucionales que hoy deben transitar el último periodo de su existencia sobresaltados, agobiados bajo el acecho acuciante de sus propios crímenes. Pues esta vez parece que la historia -la verdadera historia-... la hemos escrito los perdedores.


NR: Julio Carreras (h) nació en Santiago del Estero en 1949. Periodista, escritor, artista plástico y editor de la Agencia Digital Independiente de Noticias @DIN. Militante revolucionario, permaneció durante siete años preso en las cárceles de la dictadura militar genocida.

Columna de opinión de Julio Carreras (h) en El Ortiba
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