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¡No
son todos oligarcas!
Por Alberto J. Franzoia
Algunas fragmentaciones ocurridas dentro del campo nacional y popular en los
últimos años, como la constitución de Proyecto Sur o la más reciente
escisión de Libres del Sur, constituyen hechos que sin ninguna duda restan a
la hora de gestar y consolidar un gran bloque histórico alternativo al que
durante décadas han hegemonizado la oligarquía nativa y su socio mayor, la
burguesía imperialista del Norte. Subestimar esta objetiva fragmentación
(una más de la posmodernidad) no ayuda a resolver el problema, y estimularla
con posturas revanchistas o intolerantes por parte de los militantes que
apoyan el proceso K puede constituir un gravísimo error que habrá que
lamentar en un futuro no muy lejano.
Alguna vez el sabio Fidel Castro le dijo a Hugo Chávez “En Venezuela no hay
cuatro millones de oligarcas” (los votos que sumaba la oposición por
entonces). En Argentina, el mayor apoyo popular para un proyecto nacional y
popular (registrable en términos cuantitativos) se dio en 1951 y en 1973
cuando Perón cosechó en ambas oportunidades aproximadamente el 62% de los
votos. Pero tampoco en esas coyunturas triunfales los oligarcas argentinos
constituían el 38 % restante. Como sabemos, su base social era el medio
pelo, que no es lo mismo que la oligarquía, error conceptual de trágicas
consecuencias para el campo popular. ¿Qué decir de la Argentina actual? Si
en este 2009, a poco de celebrarse un nuevo proceso electoral, el gobierno
de los Kirchner llegara a encontrar dificultades para alcanzar tan sólo el
40% del apoyo popular, nadie podría inferir seriamente que estamos en
presencia de un 60%, o más, de enemigos del pueblo.
Este tipo de análisis simplista, que no va más allá de la realidad inmediata
y es ajeno a toda interpretación estructural que permita construir
estrategias revolucionarias (por lo tanto de largo aliento) sólo puede
servir para gestar futuras derrotas. Que algo no sea de una determinada
manera en el presente, no significa que no contenga en su seno la
posibilidad de llegar a serlo en el futuro. Y allí radica la diferencia
entre una política coyuntural (positivista, sectaria, reformista) y otra
estructural (dialéctica, integradora, futurista y realmente revolucionaria)
dirigida a cambiar en serio la sociedad. Es por lo tanto esencial detectar
el posible desarrollo de lo que ahora “es” hasta transformarse en su
opuesto, ya que si no se construye un bloque alternativo de poder que nos
permita superar la simple alternancia en el gobierno (concepción liberal de
la democracia) estaremos condenados a repetir la historia de los países
capitalistas dependientes.
Aquellos que no se identifican con un proyecto político transformador
(aunque tenga límites que deben ser superados) no son necesariamente sus
adversarios orgánicos, ya que en estas cuestiones interviene un factor tan
complejo como la conciencia. Toda clase social tiene intereses concretos
(económico-sociales), pero que ellos sean claramente identificados por sus
integrantes en el plano ideológico y organizados sistemáticamente en el
político (para luchar por su realización) son momentos distintos que rara
vez se dan en forma simultánea. No entenderlo ha conducido a no pocos
analistas y protagonistas de la política a caer en un determinismo por
momentos patético. Así se manifiesta todo aquel que cree que los intereses
materiales concretos de una clase han de proyectarse linealmente en el plano
de la conciencia o de las ideas. Esta supuesta linealidad es aún más
improbable en los sectores populares (sobre todo en las volubles capas
medias) porque entre sus intereses concretos y la representación simbólica
de los mismos (su conciencia) suele interponerse el conjunto de ideas que
los intelectuales de las clases dominantes han gestado y difundido para
conquistar las cabezas de los dominados, retrasando su proceso de liberación
durante todo el tiempo que las ideas dominantes sean vividas como propias.
En los países dominados por el capital imperialista mundial, aliado con las
oligarquías nativas, los movimientos de liberación nacional como el
peronismo histórico o el chavismo actual, cumplen una extraordinaria función
ideológica y política porque dan un paso enorme en el desarrollo de la
conciencia revolucionaria de sus pueblos, aunque siempre ha estado presenta
la dificultad de integrar a buena parte de las capas medias. Efectivamente,
luchar por la liberación de la fuerza imperial y sus aliados internos,
significa también construir y difundir una visión de mundo alternativa a la
dominante a partir de la práctica, ya que toda buena teoría revolucionaria
sólo pude gestarse como una acertada reflexión sobre lo que se hace y cómo
se hace. Dicha reflexión sistematizada como teoría sirve a su vez para
orientar una nueva práctica revolucionaria mejorándola. Práctica y teoría
constituyen por lo tanto una unidad inescindible.
Cuando la conciencia popular no ha alcanzado su mayor desarrollo posible o
ha manifestado incluso retrocesos, cuando las ideas del enemigo vuelven una
y otra vez con la fuerza de la “novedad ideológica-política” , cuando
algunos dirigentes enrolados habitualmente en el campo nacional y popular
pierden la brújula y comienzan a construir política con tácticas de corto
alcance (como la pelea por cargos) olvidando aquello que es estratégico (la
lucha totalizadora por la liberación nacional y social), la obligación del
militante consustanciado con el proceso de cambio es no resultar funcional a
las fragmentaciones que fogonea el enemigo, las mismas que el compañero
despistado ha comprado creyendo que está protagonizando un cambio radical
cuando lo que realmente hace es debilitar lo poco o mucho que se ha
construido.
Algunas posturas esgrimidas por grupos que objetivamente pertenecen al campo
nacional y popular de la Argentina pero que se empeñan en dividir resultan
francamente sorprendentes. Nos dicen que el proceso K ha tenido grandes
méritos que lo diferencian del neoliberalismo (como la estatización de las
AFJP, la política de derechos humanos, la integración de cuño
latinoamericanista y otros) pero resulta que como hay debilidades y
contradicciones (por ejemplo la política minera-energética o la decisión de
Kirchner de inclinarse por la estructura partidaria del PJ) entonces salen a
construir una nueva opción nacional y popular porque la existente no tiene
esa pureza química que el despistado busca siempre, y desde ya nunca
encuentra. Monumental error que en la práctica real (no la que es
visualizada desde la subjetividad más absoluta) genera un tremendo
debilitamiento del proceso de cambio concreto y simultáneamente fortalece al
enemigo principal. Esa `peculiar manera de hacer política revolucionaria se
parece mucho a “cuanto peor, mejor”. Sin embargo, como decía en un párrafo
anterior, la intolerancia de los militantes que siguen con los pies dentro
del plato minando todos los puntes hacia el futuro y los necesarios
reencuentros con los compañeros que perdieron la brújula, no ayuda a
resolver el problema y puede resultar también muy funcional a los intereses
de la oligarquía y el imperialismo. La consigna actual del militante
consecuente debe ser, por lo tanto: no fogonear la fragmentación y mantener
los puntes siempre tendidos para que sea posible, más temprano que tarde,
una construcción política multitudinaria cuya estrategia apunte a
profundizar lo ya conquistado. Sólo así la liberación de los pueblos
oprimidos logrará marchar por un camino sin retorno.
La Plata, 4 de abril de 2009