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De llantos y cuentas suizas
(acerca de los
valientes picana en mano y honestos transparentes)
Por Miguel Bonasso
La historia es bizarra, demostrativa de la catadura moral del genocida Antonio
Domingo Bussi, y me la relató alguien que la sufrió en su propia sangre.
A fines de febrero de 1976, el general retirado Julio Alsogaray, ex comandante
del Ejército durante la dictadura de Onganía y hermano de Álvaro Alsogaray,
viajó a la ciudad de Tucumán acompañado por su esposa Zulema Legorburo.
Marcharon como quien avanza hacia el patíbulo, tratando de negar lo que les
esperaba: la certidumbre de que su hijo menor Juan Carlos había sido
desaparecido y asesinado por los militares en el monte tucumano, en el marco de
lo que llamaron el “Operativo Independencia”.
Amaban a ese
hijo de 29 años, a pesar de las diferencias abismales que los separaban de él:
Juan Carlos, “el Hippie” Alsogaray, ex estudiante de sociología en el mayo
francés, era un cuadro importante de la organización Montoneros.
El general, su hermano Álvaro y su sobrina María Julia Alsogaray eran figuras
emblemáticas de la ultraderecha “liberal” argentina. En 1964, unos pocos años
antes de comandar el Ejército durante la penúltima dictadura militar, el general
Alsogaray había dirigido la Gendarmería y conducido personalmente la cacería de
los guerrilleros que seguían al Comandante Segundo, el célebre periodista Jorge
Ricardo Masetti.
Sin embargo, a pesar de su anticomunismo y antiperonismo viscerales, mantenía
una relación entrañable con sus hijos Juan Carlos y Julio, enrolados ambos en el
peronismo revolucionario. Pocos meses antes del vía crucis a Tucumán, en
diciembre de 1975, el matrimonio Alsogaray había pasado la Navidad con sus
hijos. El “Hippie” había violado una ley de la clandestinidad para encontrarse
con sus padres y su hermano. En un momento de la extraña fiesta, intuyendo que
podía ser su última Navidad, el guerrillero abrazó al general y le confesó: “Te
quiero mucho”. El general balbuceó: “Decímelo de nuevo”. Y se abrazaron,
llorando.
Dos meses más tarde, a fines de febrero, los Alsogaray recibieron un telegrama
en clave de Adriana Barcia, la compañera de Juan Carlos, donde les daba a
entender que el Hippie había faltado a una cita de control y podía haber caído
en manos del Ejército. De inmediato decidieron viajar a Tucumán. Llegaron de
madrugada y Bussi, que en ese momento conducía la Quinta Brigada y el “Operativo
Independencia”, los recibió en su domicilio particular. Fue la última deferencia
para con un “camarada de armas”, que había sido su comandante en jefe en el
Ejército.
El general, que poco después del golpe sería nombrado gobernador de Tucumán,
mandó a pedir unos documentos al Comando de la Brigada y se los trajeron a toda
velocidad. Los Alsogaray, sin quererlo y sin saberlo, resultaron ser testigos de
aquello que los familiares de los desaparecidos sostendrían durante décadas: que
los jefes de la represión clandestina llevaban un registro minucioso de todos
los prisioneros desaparecidos y asesinados, incluyendo sus fotografías, vivos o
muertos.
Zulema Legorburo de Alsogaray, que había llegado en estado de shock a San Miguel
de Tucumán, largó un sollozo cuando encontró en una de esas carpetas la foto de
su hijo menor, con el rostro cosido a bayonetazos.
Bussi se indignó y le advirtió con vozarrón cuartelero:
Señora, no le voy a permitir que llore en mi presencia. Si va a llorar,
retírese. Porque si usted ha perdido un hijo yo todos los días pierdo hijos en
esta guerra.
Pasaron los años y una democracia desmemoriada hizo a Bussi diputado y
gobernador. El 13 de febrero de 1998, en el marco del célebre proceso a los
represores argentinos que llevaba adelante el juez español Baltasar Garzón, la
fiscal suiza Carla del Ponte remitió información irrefutable sobre una
misteriosa cuenta en Suiza del represor devenido gobernador. Bussi, acosado por
el escándalo y la presión de la oposición, tuvo que recibir a la prensa nacional
y contestar la incómoda pregunta.
“Ni lo niego ni lo afirmo”, dijo el dios implacable del “Operativo
Independencia”. Y ante el asombro de los periodistas, la voz se le estranguló y
se largó a llorar. Al día siguiente la legislatura tucumana aprobó la formación
de una comisión investigadora. El 18 de febrero la Cámara de Diputados de la
Nación abrió la declaración jurada que hizo Bussi al asumir su banca en 1993. No
figuraba la cuenta suiza.
El 19 de febrero Bussi volvió a llorar ante los periodistas y dijo que había
omitido “sin intencionalidad” la existencia de la cuenta helvética. “Sin
intencionalidad” el represor seguiría “omitiendo” los datos que irían saltando
en los meses siguientes: siete cuentas en bancos extranjeros, 18 en diversas
entidades nacionales y una larga colección de inmuebles, en Tucumán, Buenos
Aires y Punta del Este. Solamente su departamento en Avenida del Libertador 2237
fue valuado por la legislatura tucumana en 413 mil pesos-dólares.
Ni Zulema Legorburo, ni el general Julio Alsogaray, alcanzaron a ver cómo el
señor de la guerra que no lloraba “por sus hijos” lloraba por sus cuentas
bancarias. Zulema Legorburo murió en 1992 y su esposo dos años más tarde. Ambos
sobrevivieron al Hippie, soportando en silencio nuevos agravios y renovados
temores. En 1980, el hijo mayor Julio estaba exiliado en Uruguay y su padre le
advirtió: “Ni se te ocurra regresar, porque el canalla de Bussi te haría
asesinar solamente porque sos el hermano de un montonero”. Más tarde, en una
charla con el hijo sobreviviente, afirmaría que el teniente coronel Albino Mario
Alberto Zimmerman, que había sido jefe de policía en tiempos de Bussi, era “el
Himler de Tucumán”.
Una idea terrible, que cuestionaba toda su vida, asomaba a veces en la
conciencia atribulada del general Alsogaray: que la doctrina pentagonista en la
que habían sido formados los jefes del Ejército, había procreado monstruos como
Bussi. O mentirosos, como el general Héctor Ríos Ereñú (jefe del Ejército
durante el gobierno de Alfonsín), que le inventó al difunto Juan Carlos
Alsogaray un supuesto plan para asesinar a su propio padre.
Quien sobrevivió, para declarar contra Bussi cuando la Cámara de Diputados le
rechazó el diploma en el año 2000, fue Julio Alsogaray. Que sigue imaginando, en
el sin fin del cerebro, la escena de la madre a la que le prohíben llorar.
Imágenes; Juan Carlos "Hippie" Alsogaray, su padre el general Julio Alsogaray,
su prima María Julia y su tío don Alvaro "Chancho" Alsogaray