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Dar batalla contra la derrota cultural es una prioridad
Si fuéramos aplicados alumnos de la
posmodernidad no deberíamos prestar mucha atención a un tema considerado menor
por los pragmáticos, ya que lo importante sería “hacer” sin que importe cómo,
para qué y para quiénes. Pero como consideramos que toda transformación política
de la historia requiere de una reflexión racional sobre la misma que sirva para
orientar conscientemente la acción colectiva que intentamos desarrollar, es que
nos proponemos darle entidad y continuidad a nuestra experiencia. Sólo asumiendo
que en el campo de las ideas hemos sufrido una durísima derrota, investigando
sus causas y trabajando sobre lo que ha quedado en pie para reconstruir nuestro
edificio o proyecto alternativo (actualizándolo), podremos profundizar el nuevo
camino iniciado en este siglo XXI para modificar estructuralmente la historia
semicolonial de nuestra América Latina.
¿A qué derrota nos referimos?
La derrota tuvo dos etapas definidas y complementarias conducidas en Argentina
por la clase que expresa los intereses objetivos del capital financiero mundial.
La primera fase consistió en inyectar miedo a través del terrorismo de Estado,
instalando la figura del perseguido-desaparecido-asesinado como consecuencia
posible para todo aquel que se atreviera a gestar y difundir un pensamiento
alternativo al del bloque dominante, constituido por la alianza entre la
oligarquía nativa y las burguesías imperialistas del Norte. La segunda,
claramente complementaria de la anterior, buscaba generar un consenso (en el
marco de la democracia formal) hacia las ideas de las clases dominantes que
excediera el territorio de las clases y grupos que se podían beneficiar
objetivamente con ellas. Fue así como una significativa franja de las numerosas
capas medias terminaron visualizando como natural y hasta conveniente que dichas
ideas se convirtieran en el único horizonte posible. La teoría del derrame en el
plano económico (eje articulante del discurso de los noventa) y el fin de las
ideologías como perspectiva filosófico-política que respaldaba semejante
concepción económica, comenzaban a integrar la visión de mundo de franjas
sociales en muchos casos ajenas al privilegio
Es necesario admitir que las capas medias de Argentina han tenido una relación
complicada con el movimiento nacional y popular sobretodo a partir de 1945,
sirviendo de base social a cuanta acción contraria al mismo se gestara desde la
alianza oligárquico-imperialista. Sin embargo, durante los años transcurridos
entre la segunda mitad de la década del sesenta y los primeros años de los
setenta, se fue dando una lenta y progresiva convergencia cuya expresión
combativa más fuerte fue el Cordobazo y su expresión electoral más contundente
el 62% de votos obtenidos por Perón en septiembre de 1973. Estos hechos
atemorizaron a las clases dominantes, ya que comprendieron, por su desarrollada
conciencia de clase, que dicha convergencia es la única que puede desarticular
su hegemonía. De allí nació la necesidad de desarrollar la política del terror
(incluyendo la infiltración del movimiento nacional), que alcanzaría su máxima
expresión con el terrorismo de Estado.
El golpe cívico-militar de 1976 tuvo en realidad dos objetivos fundamentales y
confluyentes:
1. En el plano económico destruir nuestras industrias para reducir y debilitar a
la clase obrera que era desde 1945 mayoritariamente peronista y la columna
vertebral del movimiento nacional.
2. En el plano ideológico-político aterrorizar a quienes producían y difundían
una visión de mundo alternativa a la dominante, muchos de cuyos responsables
pertenecían a las capas medias integradas al campo nacional y popular
Una vez que el terror ejercido sistemáticamente por el estado cumplió sus
objetivos reales, aunque el explicitado fuera “combatir la subversión”, llegaron
los tiempos para llenar vacíos con el progresivo desarrollo de un conjunto de
ideas que eran presentadas como la suma de todas las verdades. Un nuevo credo
laico se instalaba acompañando una estructura económica cada vez menos
industrial y más especulativa. Su dios era el mercado (en versión sui géneris
para países dominados por el imperialismo, ya que éste suele recurrir a una
versión distinta dentro de sus propias fronteras); sus sacerdotes eran los
gurúes de la economía neoliberal, como Domingo Cavallo. Tan fundamentalista
resultó en su intencionalidad el credo vigente como las expresiones religiosas
más fanatizadas. Fue entonces cuando el fin de la historia (la negación de la
historia de los dominados) que venía anunciando desde fines de los 80 el
doxósofo o filósofo de las apariencias Francis Fukuyama, logró penetrar
inclusive en las cabezas de no pocos dirigentes del frente nacional, arrasando a
su paso con unos cuantos desencantados militantes revolucionarios de los setenta
y dirigentes sindicales de pasado ultraortodoxo.
De esta manera el bloque dominante logró incorporar en los dominados ideas
funcionales a sus intereses. Una de las más eficientes a la hora de anular el
desarrollo de alternativas reales ha consistido en naturalizar todo aquello que
apunte a la fragmentación y dispersión teórica-práctica. En el campo teórico
esto se verifica en el avance de sectores “progresistas” que nos presentan (en
el discurso y/o práctica) el supuesto carácter “natural” y hasta deseable de la
desestructuración del todo; ver sólo algunos árboles pero nunca el bosque, y
mucho menos la relación entre ambos (el espíritu químicamente puro de la
posmodernidad).
Por ejemplo, desde esta perspectiva no ha resultado raro encontrarse con
planteos que asumen un supuesto divorcio del brazo ejecutor del terrorismo de
Estado (Fuerzas Armadas y paramilitares) con el cerebro que lo gestó y
usufructuó: la oligarquía nativa y su aliada, la burguesía imperialista del
Norte (sobretodo la estadounidense). O, en el mejor de los casos, quienes
expresan esta versión descafeinada de la historia, recurren a minimizar el
vínculo entre los factores operantes en el drama nacional. Pero en cualquiera de
las dos versiones, por divorcio de las partes o por desvalorización de lo
relevante, se llega como consecuencia necesaria a perder de vista la fuerte
correlación existente entre el miedo causado por el terror de Estado y el
posterior consenso neoliberal (construido durante la democracia formal), que
privilegió el individualismo hedonista y el “sálvese quien pueda” en una
economía competitiva de mercado. Producto de esta versión grotesca de la
historia, durante los noventa (y aún hoy) un menemista (o bicho similar) podía
presentarse como abanderado del mercado libre y, simultáneamente, como un
consumado defensor de los derechos humanos. La oligarquía y sus socios del
“primer mundo” desde ya agradecidos.
La continuidad de esta forma de concebir la historia como fragmentos dispersos,
vino acompañada a su vez con la criminalización de todos aquellos que, después
de haber sido excluidos por el neoliberalismo, escogieron (¿escogieron?) las
peores manifestaciones del “sálvese quien pueda”. ¡Cómo si el predominio de la
especulación financiera, la desindustrialización y la violencia estatal que las
clases dominantes promovieron, no tuviesen nada que ver con la inseguridad que
vive la sociedad hoy! La perversa secuencia del modelo oligárquico ha sido por
lo tanto:
1. terror estatal para imponer un modelo económico y evitar proyectos políticos
alternativos que hagan peligrar su hegemonía;
2. democracia formal para gestar consensos fuertes y estables hacia las ideas
dominantes (individualismo, competencia, pérdida de la identidad nacional,
profundización del modelo neoliberal) sin necesidad de volver al régimen del
terror estatal;
3. y criminalización para las peores consecuencias prácticas de las ideas
dominantes: pobreza, marginalidad y falta absoluta de correlación entre la
necesidad de consumo (real y/o creada) y los medios legítimos para satisfacerla.
En el terreno de la práctica la fragmentación encuentra su cara más trágica en
la acción política, con la presencia de numerosos grupos, movimientos sociales,
partidos y organizaciones que intentan construir y representar a un mismo
sujeto: el movimiento nacional y popular del siglo XXI. De allí que en los
nuevos tiempos, cuando tratamos de construir un modelo alternativo al que se
consolidó con la derrota cultural, podemos concurrir a un acto o una disertación
en la que se reúnen cien personas pero cuya convocatoria ha sido el producto de
un trabajo político-militante de dos decenas de agrupaciones habitualmente
dispersas, antes y después del acontecimiento convocante.
La fragmentación tiene por lo tanto dos tipos de consecuencias negativas bien
visibles para el campo nacional y popular. En el plano de la producción teórica
nos impide captar la realidad, ya que los fragmentos nunca son igual al todo, ni
siquiera cuando intentamos sumarlos. Resulta esencial entonces visualizar las
interrelaciones entre las unidades para descubrir cómo funciona el todo en el
cada una de ellas adquieren un sentido definido. La ideología dominante, por el
contrario, apela a la desconexión entre los fragmentos para ocultar el verdadero
funcionamiento de la realidad, con lo que garantiza la continuidad del statu
quo. Por otro lado, a la hora de la práctica transformadora, la fragmentación
entre grupos (con fuerte tendencia a la dispersión) sólo puede debilitar el
trabajo político para modificar la realidad (complementando la incomprensión
teórica), ya que la fuerza de las mayorías radica no en el poder de cada una de
sus unidades sino en la unidad. Sólo la unidad nacional y popular podrá
modificar la realidad en consonancia con nuestras necesidades, si somos capaces
de visualizarla y comprenderla, a su vez, como un todo.
¿Qué hacemos con la derrota?
De esa enorme derrota surge la prioridad de dar una larga y consecuente batalla
por las ideas en este siglo XXI. Batalla por el desarrollo de una visión de
mundo que resulte realmente alternativa a la instalada por el bloque
oligárquico-imperialista, por lo tanto, que exprese los intereses reales de los
dominados. Sólo así se podrá potenciar lo nuevo, que por ahora asoma con sus
luces, pero también con sus sombras, sin desprenderse definitivamente de un
pasado que generó sólo estragos para la mayoría de nuestro pueblo.
Lo dicho está indicando que la batalla cultural que tenemos por delante es larga
y difícil, pero a la vez impostergable si queremos cambiar profundamente la
realidad. Las ideas dominantes no se modifican en un abrir y cerrar de ojos.
Esto es así en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento de la historia.
A veces parecen derrotadas y sin embargo puede regresar con más fuerza que
antes. Valga como ejemplo lo ocurrido con un maestro del pensamiento alternativo
como Don Arturo Jauretche, quien murió creyendo que el campo nacional y popular
finalmente se adueñaba de su historia y sin embargo, a menos de dos años de su
muerte (ocurrida en mayo de 1974) se iniciaba en nuestra Patria el período más
oscuro para los sectores populares.
En este siglo XXI se han abierto nuevas perspectivas, tanto en Argentina como en
varios países de América Latina. Las mismas pueden conducirnos hacia un futuro
promisorio, pero eso no significa que la batalla ya esté ganada. Allí radicaría
un fatal y reiterado error. El campo nacional y popular en Argentina necesita no
sólo seguir recuperando su propia visión de la historia, la que construyeron los
hombres que revisaron la versión fraudulenta del mitrismo oligárquico, sino que
es imprescindible desactivar las nuevas ideas fuerza que se le han acoplado.
Fundamentalmente la naturalización de la fragmentación en la producción teórica
y en la práctica política, el individualismo como camino para la realización
personal y la criminalización para los excluidos. El objetivo clave de esta
batalla cultural radica en generar las condiciones en el plano de las ideas para
la construcción de una multitudinaria alianza social entre los obreros y las
capas medias. Para lograrlo es imprescindible que dichas capas medias logren,
mayoritariamente, dejar de ver el mundo desde la visión de sus opresores (visión
desde la que abordaron el conflicto agrario), que son los mismos que oprimen a
los obreros urbanos y rurales (ocupados y desocupados) en el conjunto de la
Patria Grande Latinoamericana. Y esa batalla se debe dar a través de un trabajo
cultural tan profundo como continuo, ya que dejar librada la tarea al azar o a
tiempos con menos urgencias materiales, ha de jugar objetivamente a favor de los
tiempos del enemigo.
La Plata, 14 noviembre de 2008
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