Imprimir este documento

Dar batalla contra la derrota cultural es una prioridad

Por Alberto J. Franzoia

El sábado 25 de octubre de 2008 dimos por concluido en el Pasaje Dardo Rocha de La Plata el curso de historia argentina y formación política organizado conjuntamente por los compañeros de la Federación Tierra y Vivienda y el Cuaderno de la Ciencia Social (espacio digital que se desarrolla dentro del colectivo cultural El Ortiba), con el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad local. Cuando decidimos dar los primeros pasos para concretar la experiencia surgió como desafío la necesidad de realizar un aporte más a la dura batalla por las ideas, para revertir lo que en las últimas décadas ha significado una preocupante derrota cultural del campo nacional y popular.   
 

Si fuéramos aplicados alumnos de la posmodernidad no deberíamos prestar mucha atención a un tema considerado menor por los pragmáticos, ya que lo importante sería “hacer” sin que importe cómo, para qué y para quiénes. Pero como consideramos que toda transformación política de la historia requiere de una reflexión racional sobre la misma que sirva para orientar conscientemente la acción colectiva que intentamos desarrollar, es que nos proponemos darle entidad y continuidad a nuestra experiencia. Sólo asumiendo que en el campo de las ideas hemos sufrido una durísima derrota, investigando sus causas y trabajando sobre lo que ha quedado en pie para reconstruir nuestro edificio o proyecto alternativo (actualizándolo), podremos profundizar el nuevo camino iniciado en este siglo XXI para modificar estructuralmente la historia semicolonial de nuestra América Latina.

¿A qué derrota nos referimos?

La derrota tuvo dos etapas definidas y complementarias conducidas en Argentina por la clase que expresa los intereses objetivos del capital financiero mundial. La primera fase consistió en inyectar miedo a través del terrorismo de Estado, instalando la figura del perseguido-desaparecido-asesinado como consecuencia posible para todo aquel que se atreviera a gestar y difundir un pensamiento alternativo al del bloque dominante, constituido por la alianza entre la oligarquía nativa y las burguesías imperialistas del Norte. La segunda, claramente complementaria de la anterior, buscaba generar un consenso (en el marco de la democracia formal) hacia las ideas de las clases dominantes que excediera el territorio de las clases y grupos que se podían beneficiar objetivamente con ellas. Fue así como una significativa franja de las numerosas capas medias terminaron visualizando como natural y hasta conveniente que dichas ideas se convirtieran en el único horizonte posible. La teoría del derrame en el plano económico (eje articulante del discurso de los noventa) y el fin de las ideologías como perspectiva filosófico-política que respaldaba semejante concepción económica, comenzaban a integrar la visión de mundo de franjas sociales en muchos casos ajenas al privilegio

Es necesario admitir que las capas medias de Argentina han tenido una relación complicada con el movimiento nacional y popular sobretodo a partir de 1945, sirviendo de base social a cuanta acción contraria al mismo se gestara desde la alianza oligárquico-imperialista. Sin embargo, durante los años transcurridos entre la segunda mitad de la década del sesenta y los primeros años de los setenta, se fue dando una lenta y progresiva convergencia cuya expresión combativa más fuerte fue el Cordobazo y su expresión electoral más contundente el 62% de votos obtenidos por Perón en septiembre de 1973. Estos hechos atemorizaron a las clases dominantes, ya que comprendieron, por su desarrollada conciencia de clase, que dicha convergencia es la única que puede desarticular su hegemonía. De allí nació la necesidad de desarrollar la política del terror (incluyendo la infiltración del movimiento nacional), que alcanzaría su máxima expresión con el terrorismo de Estado.

El golpe cívico-militar de 1976 tuvo en realidad dos objetivos fundamentales y confluyentes:
1. En el plano económico destruir nuestras industrias para reducir y debilitar a la clase obrera que era desde 1945 mayoritariamente peronista y la columna vertebral del movimiento nacional.

2. En el plano ideológico-político aterrorizar a quienes producían y difundían una visión de mundo alternativa a la dominante, muchos de cuyos responsables pertenecían a las capas medias integradas al campo nacional y popular

Una vez que el terror ejercido sistemáticamente por el estado cumplió sus objetivos reales, aunque el explicitado fuera “combatir la subversión”, llegaron los tiempos para llenar vacíos con el progresivo desarrollo de un conjunto de ideas que eran presentadas como la suma de todas las verdades. Un nuevo credo laico se instalaba acompañando una estructura económica cada vez menos industrial y más especulativa. Su dios era el mercado (en versión sui géneris para países dominados por el imperialismo, ya que éste suele recurrir a una versión distinta dentro de sus propias fronteras); sus sacerdotes eran los gurúes de la economía neoliberal, como Domingo Cavallo. Tan fundamentalista resultó en su intencionalidad el credo vigente como las expresiones religiosas más fanatizadas. Fue entonces cuando el fin de la historia (la negación de la historia de los dominados) que venía anunciando desde fines de los 80 el doxósofo o filósofo de las apariencias Francis Fukuyama, logró penetrar inclusive en las cabezas de no pocos dirigentes del frente nacional, arrasando a su paso con unos cuantos desencantados militantes revolucionarios de los setenta y dirigentes sindicales de pasado ultraortodoxo.

De esta manera el bloque dominante logró incorporar en los dominados ideas funcionales a sus intereses. Una de las más eficientes a la hora de anular el desarrollo de alternativas reales ha consistido en naturalizar todo aquello que apunte a la fragmentación y dispersión teórica-práctica. En el campo teórico esto se verifica en el avance de sectores “progresistas” que nos presentan (en el discurso y/o práctica) el supuesto carácter “natural” y hasta deseable de la desestructuración del todo; ver sólo algunos árboles pero nunca el bosque, y mucho menos la relación entre ambos (el espíritu químicamente puro de la posmodernidad).

Por ejemplo, desde esta perspectiva no ha resultado raro encontrarse con planteos que asumen un supuesto divorcio del brazo ejecutor del terrorismo de Estado (Fuerzas Armadas y paramilitares) con el cerebro que lo gestó y usufructuó: la oligarquía nativa y su aliada, la burguesía imperialista del Norte (sobretodo la estadounidense). O, en el mejor de los casos, quienes expresan esta versión descafeinada de la historia, recurren a minimizar el vínculo entre los factores operantes en el drama nacional. Pero en cualquiera de las dos versiones, por divorcio de las partes o por desvalorización de lo relevante, se llega como consecuencia necesaria a perder de vista la fuerte correlación existente entre el miedo causado por el terror de Estado y el posterior consenso neoliberal (construido durante la democracia formal), que privilegió el individualismo hedonista y el “sálvese quien pueda” en una economía competitiva de mercado. Producto de esta versión grotesca de la historia, durante los noventa (y aún hoy) un menemista (o bicho similar) podía presentarse como abanderado del mercado libre y, simultáneamente, como un consumado defensor de los derechos humanos. La oligarquía y sus socios del “primer mundo” desde ya agradecidos.

La continuidad de esta forma de concebir la historia como fragmentos dispersos, vino acompañada a su vez con la criminalización de todos aquellos que, después de haber sido excluidos por el neoliberalismo, escogieron (¿escogieron?) las peores manifestaciones del “sálvese quien pueda”. ¡Cómo si el predominio de la especulación financiera, la desindustrialización y la violencia estatal que las clases dominantes promovieron, no tuviesen nada que ver con la inseguridad que vive la sociedad hoy! La perversa secuencia del modelo oligárquico ha sido por lo tanto:

1. terror estatal para imponer un modelo económico y evitar proyectos políticos alternativos que hagan peligrar su hegemonía;
2. democracia formal para gestar consensos fuertes y estables hacia las ideas dominantes (individualismo, competencia, pérdida de la identidad nacional, profundización del modelo neoliberal) sin necesidad de volver al régimen del terror estatal;
3. y criminalización para las peores consecuencias prácticas de las ideas dominantes: pobreza, marginalidad y falta absoluta de correlación entre la necesidad de consumo (real y/o creada) y los medios legítimos para satisfacerla.

En el terreno de la práctica la fragmentación encuentra su cara más trágica en la acción política, con la presencia de numerosos grupos, movimientos sociales, partidos y organizaciones que intentan construir y representar a un mismo sujeto: el movimiento nacional y popular del siglo XXI. De allí que en los nuevos tiempos, cuando tratamos de construir un modelo alternativo al que se consolidó con la derrota cultural, podemos concurrir a un acto o una disertación en la que se reúnen cien personas pero cuya convocatoria ha sido el producto de un trabajo político-militante de dos decenas de agrupaciones habitualmente dispersas, antes y después del acontecimiento convocante.

La fragmentación tiene por lo tanto dos tipos de consecuencias negativas bien visibles para el campo nacional y popular. En el plano de la producción teórica nos impide captar la realidad, ya que los fragmentos nunca son igual al todo, ni siquiera cuando intentamos sumarlos. Resulta esencial entonces visualizar las interrelaciones entre las unidades para descubrir cómo funciona el todo en el cada una de ellas adquieren un sentido definido. La ideología dominante, por el contrario, apela a la desconexión entre los fragmentos para ocultar el verdadero funcionamiento de la realidad, con lo que garantiza la continuidad del statu quo. Por otro lado, a la hora de la práctica transformadora, la fragmentación entre grupos (con fuerte tendencia a la dispersión) sólo puede debilitar el trabajo político para modificar la realidad (complementando la incomprensión teórica), ya que la fuerza de las mayorías radica no en el poder de cada una de sus unidades sino en la unidad. Sólo la unidad nacional y popular podrá modificar la realidad en consonancia con nuestras necesidades, si somos capaces de visualizarla y comprenderla, a su vez, como un todo.

¿Qué hacemos con la derrota?

De esa enorme derrota surge la prioridad de dar una larga y consecuente batalla por las ideas en este siglo XXI. Batalla por el desarrollo de una visión de mundo que resulte realmente alternativa a la instalada por el bloque oligárquico-imperialista, por lo tanto, que exprese los intereses reales de los dominados. Sólo así se podrá potenciar lo nuevo, que por ahora asoma con sus luces, pero también con sus sombras, sin desprenderse definitivamente de un pasado que generó sólo estragos para la mayoría de nuestro pueblo.

Lo dicho está indicando que la batalla cultural que tenemos por delante es larga y difícil, pero a la vez impostergable si queremos cambiar profundamente la realidad. Las ideas dominantes no se modifican en un abrir y cerrar de ojos. Esto es así en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento de la historia. A veces parecen derrotadas y sin embargo puede regresar con más fuerza que antes. Valga como ejemplo lo ocurrido con un maestro del pensamiento alternativo como Don Arturo Jauretche, quien murió creyendo que el campo nacional y popular finalmente se adueñaba de su historia y sin embargo, a menos de dos años de su muerte (ocurrida en mayo de 1974) se iniciaba en nuestra Patria el período más oscuro para los sectores populares.

En este siglo XXI se han abierto nuevas perspectivas, tanto en Argentina como en varios países de América Latina. Las mismas pueden conducirnos hacia un futuro promisorio, pero eso no significa que la batalla ya esté ganada. Allí radicaría un fatal y reiterado error. El campo nacional y popular en Argentina necesita no sólo seguir recuperando su propia visión de la historia, la que construyeron los hombres que revisaron la versión fraudulenta del mitrismo oligárquico, sino que es imprescindible desactivar las nuevas ideas fuerza que se le han acoplado. Fundamentalmente la naturalización de la fragmentación en la producción teórica y en la práctica política, el individualismo como camino para la realización personal y la criminalización para los excluidos. El objetivo clave de esta batalla cultural radica en generar las condiciones en el plano de las ideas para la construcción de una multitudinaria alianza social entre los obreros y las capas medias. Para lograrlo es imprescindible que dichas capas medias logren, mayoritariamente, dejar de ver el mundo desde la visión de sus opresores (visión desde la que abordaron el conflicto agrario), que son los mismos que oprimen a los obreros urbanos y rurales (ocupados y desocupados) en el conjunto de la Patria Grande Latinoamericana. Y esa batalla se debe dar a través de un trabajo cultural tan profundo como continuo, ya que dejar librada la tarea al azar o a tiempos con menos urgencias materiales, ha de jugar objetivamente a favor de los tiempos del enemigo. 

La Plata, 14 noviembre de 2008


Cuaderno de la Izquierda Nacional  |  Cuaderno de la Ciencia Social

Todos los libros están en Librería Santa Fe

VOLVER A NOTAS DE TAPA


 
Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting