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Honrar
la VillaEl proyecto
“Cuando le comenté la idea de que los chicos escribieran cuentos sobre el
barrio, ella se enganchó enseguida”, dice Claudia. Para rematar Miriam agrega:
“de entrada pensamos que esto iba a terminar en un libro. A lo mejor, un poco
inconciente de nuestra parte, pero salió”. Profesora y preceptora idearon un
libro de escritores que aún no se habían enfrentado a ese desafío en su vida. Un
libro por hacer comenzando por quienes lo iban a escribir.
En la ESB Nº 40 de José León Suárez (Partido de San Martín), el proyecto cayó
como cualquier otro proyecto. Para los estudiantes de esa Escuela de la Carcova,
el proyecto fue una experiencia que los colocaría por primera vez en primera
persona.
Ellas asumen un pensamiento que las describe de mente entera: “Creemos que
muchas veces, cuando está en manos de algunos, de unos pocos, la palabra se
transforma en muro, en frontera. Pero si logramos que los callados, los
silenciosos, los marginados, se la apropien, entonces tiene el maravillosos
poder de crear lazos”. Así dan comienzo a una explicación por si acaso fuese
necesaria.
La voz de los chicos y chicas comenta que a veces trabajaron en grupo, y otras
de manera individual. Que si era en grupo había debates. “Charlábamos bastante
hasta que decidíamos”, dice Gisela. “Nosotras nos dividimos en dos grupos. Nos
tuvimos que dividir dos chicas en uno y dos en otro” comenta Soledad, ya que,
“sino, no podíamos trabajar de las discusiones”. Y así fue saliendo. Entre idas
y vueltas la experiencia de trabajar colectivamente fue lo que más gustó. “A
veces la seño nos daba hacer de tarea, entonces nos juntábamos en la casa de
alguna de nosotras para escribir”.
Escribir. Que el papel sea testigo y portador de las voces que no tienen cabida.
La profesora Claudia aclara que “la única consigna que tenían que cumplir, era
que todas las historias tenían que suceder acá en el barrio. Después, podían
escribir de lo que quisiesen, del tema que se les ocurriera. Y no estaban
obligados”, remarca. “El que quería, escribía, y el que no, no. Sin nota, ni
nada. Libre”.
Corcoveando con Osvaldo Bayer
Así fue naciendo un nuevo verbo que la Real Academia se lo pierde por ser real y
no realista. Así nació “Carcoveando, cuentos de la villa”.
Miriam cuenta que estuvieron pululando con los cuentos por distintas partes.
Que, a veces, recibían los cuentos, pero que las voces de esos autores y autoras
debían estar acompañadas de un estudio pedagógico. Los pobres como objeto de
estudio. “Pero nosotras lo que queríamos era que el libro salga tal cual lo
escribieron ellos. Ellos son los autores.” Miriam explica las peripecias con
cierto tono de indignación y un leve suspiro que deja oír una voz conmovida. “En
eso, un amigo nos pasa el dato de Osvaldo Bayer. Le escribimos un mail. Nos
responde muy amablemente ofreciéndose para colaborar. Un día viene a dar una
charla a un teatro de San Martín. Entonces fuimos a escucharlo. Lo esperamos
afuera, y cuando salió, lo encaramos”. Miriam recita la anécdota con una gran
habilidad mímica.
—Hola Osvaldo, nosotras somos las maestras de Carcova.
— ¡Ah, qué bien...!
—Le mandamos unos cuentos, ¿se acuerda?
Pasaron tres meses hasta que la insistencia de las docentes pasó por los
centenares de correos que recibe Bayer en su casilla y llegó a los ojos de
Bayer. Osvaldo leyó esos cuentos involuntariamente postergados a causa de otros
compromisos, y respondió: quédense tranquilas, yo escribo el prólogo. Al día
siguiente el prólogo estaba listo.
Entonces la noticia viaja al barrio con la velocidad del entusiasmo. “¡Osvaldo
Bayer escribió el prólogo para el libro!” Entonces la pregunta: ¿quién es
Osvaldo Bayer?
Uno dice con su más fiel sinceridad que no sabe. Otro dice que debe ser una
buena persona. Otro un poco más arriesgado asegura que es un escritor alemán,
que eso le contó la maestra. Todos coinciden en que, si lo ven, le van a
agradecer mucho por el gesto.
El libro
Finalmente, el proyecto que pululó por distintos rincones, comenzó a tener un
auge impensado. El abrazo de Bayer, que impregnó con su aroma literario los
relatos de la villa, abrió puertas que parecían trancadas. Así llegó una ONG que
pondrá el dinero para la edición, y la editorial que lo imprimirá para llevarlo
a la feria del libro.
El libro es una verdadera asamblea de sentimientos, inquietudes, nostalgias,
alegrías, deseos, proyectos.
Pero mejor que diga Osvaldo de qué se trata esta aventura de salirse del molde
impuesto, de la palabra negada.
“…viajará el lector. Entre realidades y sueños. Un mundo: pleno de ansias. Me
detendría en cada cuento, en cada relato, en cada crónica. De caballos, de niños
que se convierten en peludos y de nenas que de noche se vuelven brujas, estallan
en carcajadas y se transforman en pájaros, de cofres con tesoros de monedas de
oro que salvan para siempre al barrio, de gauchitos giles o no tanto. Y de
pronto, Matías llega a presidente de la República y se dedica a arreglar las
escuelas de las villas, trae médicos, impide la basura. Elimina ‘la corrupción
política’. No permitirá que se tiren más perros muertos al zanjón, ayudará a los
cartoneros, y dará medios a los matrimonios para que puedan comprar pañales a
sus bebés”.
Artistas
No son ganadores de nada. No compitieron. Trabajaron en el mismo ámbito hostil
en el que viven. Allí se hicieron escritoras y escritores. Se vieron en el
rostro de sus compañeros como en un espejo que devuelve una imagen exacta.
Empuñaron su garganta y salieron a ponerle labios a las palabras de su corazón.
Así se ganan la vida, haciéndola a diario. Así es que supieron del valor
transformador de la palabra. Así es que cotidianamente honran la villa.
Así es que Carlos escribe en su relato “Pensando” que “me pidieron una reflexión
sobre mi escuela, sobre mi barrio. A los 12 años ¿Qué podemos pensar nosotros?
Yo digo: tenemos derechos, como muchos chicos, como todos los chicos del mundo”.
La reflexión es penosa, cruda. “Me piden que reflexione, pero es triste
reflexionar.” Pero Carlos ve a su alrededor, compañeros y compañeras escribiendo
sus propias palabras y entonces finaliza con el grito de las madres pidiendo
“¡Una escuela mejor! ¡Un nombre! ¡Por favor! ¡Una identidad!”
Identidad. Nada menos. Nada más.
El barrio no podría tener un nombre más apropiado que “La Carcova”. A lo mejor,
el autor del cuadro “Sin pan y sin trabajo”, estaría gustoso en salirse del
Museo de Bellas Artes para dar una vuelta por la escuela y charlar con esos
chicos. Ese obrero corriendo la cortina de la ventana, viendo a través de ella
una fábrica cuya chimenea ya no humea. Una mujer desgreñada cobijando un bebé.
Una mesa vacía y herramientas ociosas. Esa pintura de Ernesto de La Cárcova que
se parece tanto a los habitantes del barrio que lo lleva por nombre.
Unos caminan desde la otra punta, donde ni la propia villa se acuerda de que
existe esa parte de su cuerpo. Sin embargo las maestras sí.
Otras vienen con sus miradas enamoradas, con la piel raspada de las caricias que
parecen golpes. Pero que las maestras saben curar.
Unos y otras se juntaron a dejar de ser de la otra punta y de una piel
maltratada.
Rodolfo cree que artistas son quienes “tienen plata, son famosos y tienen mucha
plata porque son famosos”. César dice que escribir cuentos “estaba bueno porque
no te ponían nota. Entonces hacías lo que querías, escribías sobre lo que
querías”. De una manera o de otra, entre aquello que siempre fue visto desde
lejos como inalcanzable, y aquello que se ha convertido en realidad a fuerza de
trabajo, van diciendo qué es ser artista para ellos y ellas que, sin pensarlo
demasiado, ya lo son.
Agencia de Comunicación Rodolfo Walsh
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