Réquiem
por el hombre del rifle
Por Roberto Bardini
(Bambú Press) Una de sus últimas y más controvertidas apariciones públicas
fue el 22 de mayo de 2000, en Charlotte (Carolina del Norte), cuando a los
76 años de edad fue reelegido presidente de la Asociación Nacional del Rifle
(ANR) por tercera vez consecutiva. Con la voz aguardentosa y una ridícula
peluca que más que postiza parecía la gorra de piel del cazador Davy
Crockett, John Charles Carter sostuvo en alto con su tembloroso brazo un
fusil de un solo tiro del siglo XVIII y bramó en el micrófono que ninguna
ley iba a prohibirle tener sus armas: “¡Tendrán que arrebatarme el fusil de
mis manos muertas y frías!”.
Probablemente ninguno de los 40 mil individuos que lo escuchaban conocía el
verdadero nombre del viejo, nacido en 1924 en una pequeña ciudad de
Illinois. Todos, sin embargo, sabían que fue un astro de Hollywood durante
las décadas del ‘50 y ‘60 y que interpretó a personajes históricos como
Moisés, San Juan Bautista, William F. Cody, el presidente Andrew Jackson, el
Cid Campeador, el pintor renacentista Miguel Ángel y el cardenal Richelieu.
A lo largo de su carrera cinematográfica, el ex actor trabajó en 62
películas. Fue protagonista de El triunfo de Búfalo Bill (1953), Los diez
mandamientos (1956), Horizontes de grandeza (1958), Ben-Hur (1959, por la
que ganó el Oscar), El Cid (1961), 55 días en Pekín (1963), El tormento y el
éxtasis (1965), Mayor Dundee (1965) y El señor de la guerra (1965), entre muchos
otros filmes.
Su última película de éxito se filmó en 1968: El planeta de los simios. Fue la primera versión, la que finaliza con la Estatua de la Libertad semienterrada en la arena. En los años ‘70 la estrella comenzó a declinar y actuó en algunas súper producciones de desastres como Aeropuerto. Y en los ‘80 su propia vida se transformó en una catástrofe durante la cual se volvió alcohólico, quedó completamente calvo y comenzó a insinuarse el cáncer de próstata.
Una ovación festejó las palabras de John Charles
Carter aquel 22 de mayo en Charlotte. Al asumir por primera vez, en junio de
1998, la Asociación Nacional del Rifle contaba con tres millones y medio de
asociados. Bajo su mandato, un millón de nuevos adherentes llenó sus fichas de
ingreso. Sus palabras fueron impactantes pero, al mismo tiempo, alejadas de la
realidad como cualquier show del mundo del espectáculo. Y tan ficticias como sus
propios roles de patriarca judío, centurión romano, señor feudal, vaquero del
Viejo Oeste y soldado de todas las guerras.
Lo cierto es que ese día hasta un niño de diez años podría haberle quitado el
fusil sin ningún esfuerzo a ese anciano conservador que detestaba por igual a
los demócratas, los homosexuales, las feministas y los trabajadores migrantes
hispanoamericanos. Hubiera sido tan fácil como sustraerle el biberón a un bebé o
el bastón blanco a un ciego. La vejez fue implacable con el hombre que encarnó a
Moisés en Los Diez mandamientos: en 1997 se cayó en las escaleras de su casa en
las montañas de Santa Mónica (California) y se rompió la cadera y todos los
dientes.
Nuevamente lo aclamaron en Charlotte cuando se dirigió al entonces presidente
William Clinton y lo acusó de ser un “deshonesto” que convirtió a la Casa Blanca
“en un burdel”: “América no se fía de usted con la permisividad de homosexuales
en el Ejército. América no le fiaría a usted nuestras hijas de 21 años y, Dios
lo sabe, tampoco confiamos en usted para entregarle nuestras armas”.
El ex corresponsal de guerra, ex director de la revista Life y escritor de
novelas bélicas John Hersey, ganador del Premio Pulitzer de Literatura 1945,
considera que la estadounidense es “una cultura hambrienta de héroes y no parece
importarle si son reales o de ficción”. El antropólogo Leonel Tiger, de la
Universidad de Rutger (Nueva Jersey), define en pocas palabras las
características que provocan admiración entre los ciudadanos medios:
“Bravuconada sin majestuosidad y heroísmo sin dirección”. Estas opiniones, le
calzan como anillo a John Charles Carter y a sus seguidores en la Asociación
Nacional del Rifle.
La organización, creada en 1871, posee 60 mil instructores de tiro, más de 15
mil clubes distribuidos en todo el país y una revista, The American Rifleman.
Tiene casi 40 millones de aficionados al tiro al blanco, más que al béisbol o al
fútbol americano. “Menos leyes y más pistolas” y “Los revólveres salvan vidas”
son algunos de sus lemas más edificantes.
Durante la campaña presidencial de 2000, la ANR aportó cerca de 20 millones de
dólares al Comité Nacional Republicano que impulsaba la candidatura de George W.
Bush. Y John Charles Carter pidió a los electores que dieran su voto a W –como
se conoce a Bush hijo– y llegó a decir: “Los patriotas de nuestro país ganaron
la independencia gracias a las balas y ahora tenemos que defender esa libertad
en las urnas. La nuestra es una guerra santa”.
El mismo día en que John Charles Carter era reelegido por tercera vez como
presidente de la ANR, el corresponsal en Nueva York del diario español El Mundo
escribió acerca de los miembros de la organización: “En un anuncio que durante
esta semana han emitido varias televisiones americanas, los pistoleros se
escudan tras la Estatua de la Libertad y se autoproclaman portadores del
espíritu de la revolución norteamericana. Lo llevan haciendo desde hace 129
años, y ni el paso del tiempo ni las masacres escolares han surtido efecto en
esa mentalidad del Viejo Oeste tan arraigada en la sociedad más violenta de
Occidente”.
El “idiota internacional del año”
El 20 de abril de 1999, un día de primavera, dos estudiantes entraron a la
cafetería del centro de enseñanza secundaria Columbine, de Littleton (Colorado),
y asesinaron a 15 alumnos. Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18 años,
irrumpieron en el lugar con un armamento muy superior al que utilizan los
miembros de los grupos SWAT, los marines o las fuerzas de despliegue rápido: un
rifle de asalto de nueve milímetros, una pistola automática con un cargador de
36 balas, dos escopetas con los cañones recortados y alrededor de tres docenas
de granadas caseras, algunas de las cuales llegaron a lanzar en el ataque.
Después, ambos se suicidaron.
Klebold y Harris, hijos de familias pudientes de Colorado, planificaron la
matanza con un año de anticipación. Eligieron el 20 de abril porque se cumplía
el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler.
Quizá fue una casualidad que en Colorado se hubiera convocado ese año la
convención anual de la Asociación Nacional del Rifle. Pero lo cierto es que en
las pulcras calles de Littleton también se exhibían los carteles en los que
aparecía John Charles Carter –con un fusil en las manos, desde luego– invitando
a afiliarse.
En junio del 2000, el escritor Russell Banks, un crítico de los grandes mitos
norteamericanos, opinó que John Charles Carter “en un tono que recordaba el que
empleó Moisés cuando bajó del monte Sinaí, declaró solemnemente: «Si hubieran
estado presentes guardias de seguridad bien armados, muchas vidas se habrían
salvado.» Al parecer, el undécimo mandamiento es: «No irás por esos mundos de
Dios desarmado»”.
Banks es autor de varias obras, entre las que destacan The book of Jamaica
(1980), Aflicción (1992), Como en otro mundo (1994), La ley del hueso (1996) y
Searching for Survivers (1999). Con motivo de la masacre de Littleton, el
novelista publicó un artículo titulado “Nuestros hijos se matan los unos a los
otros y se suicidan”, con una triste conclusión: “Durante el último medio siglo,
sin saberlo, los estadounidenses hemos estado inmersos en un proceso de auto
colonización. Faltos de indígenas en tierras lejanas a los que colonizar, hemos
tenido que conformarnos con lo que había en nuestra propia tierra, y hemos
colonizado a nuestros hijos con ayuda del cine, la televisión, los parques
temáticos, Internet y los videojuegos. Es decir, con ayuda de esos imperios del
ocio a los que íntimamente despreciamos, pero cuyas acciones compramos con
avidez, nos hemos convertido en la cerda que se come a sus cerditos”.
El escritor iraní Salman Rushdie también opinó sobre la masacre de Littleton y
consideró que el presidente de la Asociación Nacional del Rifle luchaba “por
obtener el disputado titulo de Idiota Internacional del Año”. En una columna de
opinión distribuida por New York Times Special Features en 1999, Rushdie
expresó: “Piensa que en Estados Unidos los maestros deberían andar armados. Él
cree que los institutos educacionales serán más seguros si su personal tiene la
facultad de matar a balazos a los niños que se hallan a su cuidado. [...] El más
famoso promotor de las armas de fuego en Estados Unidos, está haciendo todo lo
posible para lograr que esas armas sigan formando parte integral del mobiliario
de todo hogar norteamericano”.
Mientras tanto, John Charles Carter concluyó el primero de agosto de 2000 un
tratamiento de tres semanas en una clínica de Utah. Según su vocera, Lisa De
Matteo, no fue nada grave: apenas una “terapia de rehabilitación preventiva”
contra el abuso en el consumo de bebidas alcohólicas.
Concluido el tratamiento “preventivo”, el ex actor se retiró a su casa en Santa
Mónica. Allí, en el estudio, exhibía un ejemplar de la Constitución de Estados
Unidos, biografías de los “Padres Fundadores”, libros sobre la Guerra Civil
norteamericana y la Segunda Guerra Mundial, junto con miniaturas de aviones de
combate. En una de las paredes cuelga la espada medieval fabricada en España
cuando filmó El Cid, quien ganó su última batalla contra los árabes cabalgando
aún después de muerto.
Pero a diferencia del legendario señor feudal español, este anciano retrógrado
con el cuerpo y la mente en bancarrota, terminó sus días en posición horizontal,
con sus “manos frías” cruzadas sobre el pecho y sin su fusil. En agosto de 2002,
los médicos le diagnosticaron mal de Alzheimer. Falleció el 5 de abril, seis
meses antes de cumplir 84 años, de un cáncer de próstata. La prensa lo recordó
en todo el mundo con el nombre artístico que lo hizo famoso: Charlton Heston.
Bambú Press
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