Mendigos,
atorrantes y locos populares de Buenos Aires [1919]
Por José Ingenieros*
Creemos útil dar aquí una somera noticia de conjunto sobre ciertas categorías de
alienados que durante más de un siglo eludieron el manicomio, ya por naturaleza
inofensiva de su enfermedad, ya por la tolerancia del vecindario de Buenos
Aires.
El primer destino dado por el virrey Vértiz a la Residencia de Belén fue el de
Hospicio de Mendigos, incluyendo en esa denominación a todos los vagos por
incapacidad mental. Para eso nombró al capitán de milicias de caballería, don
Saturnino de Álvarez, encargándole efectuara una recogida de los numerosos que
en esas condiciones recorrían la ciudad. Además, ordenó por bando, que todos
esos pobres se presentaran en el término de 15 días en dicho hospicio
prohibiendo en absoluto que pidiesen o les diesen limosna como que allí se les
proporcionaba un bastante auxilio a su indigencia.
De esta providencia ha resultado, dice textualmente el virrey Vértiz, que de
tantos mendigos de uno y otro sexo como cruzaban estas calles sólo nueve son los
existentes en dicho hospicio y entre éstos, cinco locos, sin que haya ocurrido
más mujer que una infeliz parda natural de Guinea, vieja y achacosa, y que debe
inferirse que todas las demás decían profesión de mendicidad y tenían por oficio
este método de vida.
Aunque en los años siguientes se continuó retirando de la vía pública a muchos
mendigos y no pocos alienados la capacidad del Hospicio fue siempre inferior a
las necesidades. En el Hospital de los Betlemitas o de Santa Catalina había
constantemente un numeroso grupo de alienados en estado demencial, confundidos
en la clasificación de incurables; para evitar ese hacinamiento, que obstruía la
asistencia de los enfermos agudos, pidieron los Barbones se le cediera la
Residencia cuyo destino, en 1799 fue el de la Casa de Dementes e Incurables
complicado por la adición de los contagiosos. Años más tarde, se convirtió en el
Hospital General de Hombres, sin perder nunca su primitivo carácter de depósito
de dementes.
A pesar de ello siempre quedaron en libertad vagando por las calles algunos
dementes inofensivos; y siempre hubo en la Cárcel del Cabildo alienados
condenados por delitos comunes, además del calabozo o cuarto para agitados.
Ese estado de cosas no se modificó hasta 1822, en que el gobierno tomó algunas
medidas para suprimir la vagancia de los dementes tranquilos; en 1853 hizo la
policía otra recorrida y una tercera en 1881
La vagancia de alienados continuó, sin embargo, hasta 1900, fecha en que el
Profesor Francisco de Veyga fundó el Servicio policial de observación de
Alienados, que en sus dos primeros años recogió e internó en los manicomios un
centenar de atorrantes, datando de esa fecha la desaparición de estos típicos
sujetos que no eran mendigos ni delincuentes.
Desde la época colonial hasta 1910 vivieron en libertad muchos desequilibrados y
delirantes parciales, tolerados o festejados por el vecindario de Buenos Aires.
Hemos hecho referencia al loco del Hospital , popular a fines del coloniaje en
el barrio Sur. En la época de la Revolución fueron muy celebrados el Mudo de los
Patricios, José Tartaz, el humanista Vicente Virgil y el fraile Francisco
Castañeda. Durante la tiranía tuvieron el mismo rango Don Eusebio de la
Federación, el Padre Viguá y el Cura Gaete.
De todos ellos hemos dado alguna información.
En la segunda mitad del siglo pasado alegraron la ciudad Manghi, Bayoneta
Calada, El Negro Clemente, Don Pepe el de la Cazuela, Petronita, Doña Dolores,
Guisao, San Roque.
En los primeros años de este siglo circularon Candelario, Gigloi, Tartabull, la
Negra Florentina; Perejil sin hoja; el Director del Tráfico, sin mencionar
algunos que todavía loquean sueltos.
[Fragmento de "La locura en la Argentina", Buenos Aires, 1919]
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*José Ingenieros nació en Palermo (Italia) el 24 de abril de 1877 y a él se le
deben numerosos trabajos en el campo de la psiquiatría y la criminología. Fue un
importante referente intelectual de su tiempo en los campos de la filosofía y la
psicología y un gran divulgador de los más grandes pensadores argentinos.
Estudió Medicina, carrera en la cual tuvo como maestro a José María Ramos Mejía.
A la hora de especializarse Ingenieros eligió la psiquiatría y la criminología y
se centró fundamentalmente en el estudio de las patologías mentales.
Su tesis, La simulación de la Locura -premiada por la Academia de Medicina de
París y ganadora de la Medalla de Oro de la Academia Nacional de Medicina de
Buenos Aires- fue su carta de presentación como científico descollante.
Enseguida obtuvo un importante puesto en la Cátedra de Neurología de Ramos Mejía
y también pasó a desempeñarse en el Servicio de Observación de Alienados de la
Policía de la Capital.
Tenía entonces 23 años y ya era un destacado psiquiatra, sociólogo y
criminalista.
Sus trabajos en el ámbito de la psicología -disciplina de la que fue un gran
impulsor- comenzaron en 1904, cuando ganó por concurso la suplencia de la
Cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1908
fundó la Sociedad de Psicología y dio término a su obra Principios de Psicología
que sería el primer sistema completo de enseñanza de esa materia en el país.
Ingenieros tuvo una gran oportunidad de llevar a la práctica sus saberes
científicos cuando se hizo cargo del Instituto de Criminología de la
Penitenciaría Nacional de Buenos Aires. En ese mismo momento ya se había
disparado su faceta sociológica, que tendría un hito en 1913 con la publicación
de La sociología argentina y que culminaría cuando, terminando ya la década del
‘10, vieron la luz los dos tomos de La evolución de las ideas argentinas.
Ciento cuarenta y cuatro obras escritas por los más grandes pensadores
argentinos formaron la colección La cultura argentina, esta serie fue editada
por Ingenieros, que más o menos al mismo tiempo fundó la Revista de Filosofía,
un periódico bimestral guía del pensamiento argentino de la época durante diez
años.
Además de su obra clínica y sociológica, Ingenieros fue el responsable de la
expresión filosófica más sistemática e importante de toda Latinoamérica,
sosteniendo una posición que adhería al positivismo de principios de siglo.
Siendo aun muy joven se alejó de la vida universitaria. Cuando José Ingenieros
murió, en 1925, era uno de los intelectuales de mayor peso en la cultura
argentina y latinoamericana. Murió en Buenos Aires el 31 de octubre de 1925.
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