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Juan Gelman: poeta y periodista
Una vida con ética y compromiso
Por Hèctor Corti
Juan Gelman, con casi 76 años priorizando la ética y el compromiso militante
con la vida y la humanidad, es uno de los mejores ejemplos de lo que alguna
vez dijo: “Creo que es imposible que el ser humano deje de ser utópico, que
deje de sentir la necesidad de pelear contra la injusticia y de defender la
dignidad”.
Desde su nacimiento, un 30 de mayo de 1930 en el barrio porteño de Villa
Crespo -cuando decidió acompañar a su madre porque “corresponde a un
caballero estar con una mujer querida en una zona difícil como el parto”-
hasta estos días, con su residencia permanente en la ciudad de México,
pasaron por la vida de Gelman muchas hojas de muchos almanaques conteniendo
poesías, artículos periodísticos, militancia, exilio, búsqueda, encuentros.
La cultura y el arte, así como las cuestiones sociales, fueron parte de la
cotidianeidad en aquel hogar de inmigrantes ucranianos formados por José
Gelman, un socialrevolucionario que sufrió la persecución y el destierro, y
Paulina Burichson, una estudiante de medicina de origen judío, hija de un
rabino.
También tuvo un temprano contacto con la palabra -“esa cosa que está rodeada de
silencio”- de distintas formas: en el ejemplo que su padre le daba a partir de
su gran afición a la lectura y la búsqueda del conocimiento; en el relato de
cientos de historias que le hacía su madre; en las poesías en ruso que le leía
su hermano mayor Boris.
El camino de la poesía se presentó en su vida, quizá influenciado por aquel “amor no correspondido” en su niñez, inspirador de los primeros versos que fluyeron en un poeta que no sabe bien por qué se escribe, pero sí que “es imposible no hacerlo”.
El periodismo, en cambio, fue la profesión que eligió para tener la
posibilidad de estar cerca de la palabra. “Aunque la razón era equivocada,
el oficio me pareció espléndido. Me permitió entrar en contacto con personas
y realidades que alimentan mi escritura. El periodismo también es
literatura. Pero algunos periodistas no se dan cuenta”.
El colegio y el barrio conformaron dos espacios importantes durante la
adolescencia de Gelman. En el Nacional Buenos Aires “me rozaba con gente de
otra clase”. Y el barrio representó “el escalafón completo: billar, mujeres,
organillo, fútbol, milonga y esas cosas”.
Dentro de “esas cosas” también estaba la poesía. Y la decisión tomada un
buen día de ser poeta, dejando de lado sus estudios de Química. Entonces,
junto a otros muchachos como Héctor Negro, Hugo Di Taranto o Julio Silvani,
comenzó a compartir un sueño que se convirtió en realidad. Ellos fueron
algunos de los integrantes del grupo literario “El pan duro”, cuyo objetivo
era la edición de libros. Y el primero fue, justamente, el de Gelman.
Era 1956 cuando “Violín y otras cuestiones”, prologado nada menos que por
Raúl González Tuñón, vio la luz y marcó el inicio de una producción
intelectual tan prolífera como apreciada, que trascendió las fronteras y le
prodigó reconocimientos en el ámbito nacional e internacional.
Aquellos días también fueron de tránsito por el otro camino, el del
periodismo. Una profesión que nunca abandonó, ejerció con pasión y que a lo
largo del tiempo demostró su gran capacidad profesional. Esas condiciones le
permitieron ocupar espacios destacados en las redacciones de varias
revistas, diarios y agencias de noticias.
El compromiso político y la militancia fueron otros aspectos que estuvieron
presentes desde muy joven en la vida de Gelman. Fue así que con apenas 15
años ingresó al Partido Comunista, y años más tardes, apenas comenzada la
década del ’70 se sumó a la izquierda peronista.
Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York y México fueron algunas de las
ciudades del mundo por donde transitó durante su exilio, cuando la noche de
la criminal dictadura militar cayó con toda su crueldad sobre la Argentina.
El secuestro y desaparición de su hijo, Marcelo Ariel, y de su nuera, María
Claudia García Iruretagoyena, embarazada de siete meses, fue el golpe más
duro que esa dictadura le asestó a Gelman y su familia. Ahí nació una nueva
lucha,- junto a los organismos de derechos humanos, familiares y amigos- en
la búsqueda de su hijo, de su nuera y el de su nieta, luego de recibir la
confirmación de que había nacido en cautiverio.
Los restos de Marcelo Ariel fueron encontrados en enero de 1990 y se velaron
en la sede de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires. De María
Claudia García Iruretagoyena, se presume que está enterrada en alguna
dependencia militar de Uruguay, junto a otros desaparecidos.
En tanto que su nieta, que había sido entregada por los militares uruguayos
a un comisario de ése país, fue encontrada en 2000. Por voluntad de ella se
le hicieron los estudios genéticos y se confirmó que era la hija de Marcelo
y Claudia. Así, recuperó su verdadera identidad. En 2004, concluyó con sus
trámites para lograr llevar el apellido de sus padres, hoy con sus 29 años
es: María Macarena Gelman García Iruretagoyena.
“Creo que es imposible que el ser humano deje de ser utópico, que deje de
sentir la necesidad de pelear contra la injusticia y de defender la
dignidad”. Claro que sí, Juan Gelman, claro que sí.
Hèctor Corti
ANC-UTPBA
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