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El
maestro nazi del Dalai Lama
Por Roberto Bardini (Bambú Press)
Jorge Luis Borges atribuye a Rudyard Kipling una frase: “Si has oído el llamado
de Oriente, ya no oirás otra cosa”. El pensador francés René Guénon, masón
convertido al islamismo, le adjudica otra: “Oriente es Oriente y Occidente es
Occidente, y jamás se han de encontrar”. Tibet, los sucesivos dalai lamas, el
budismo y ciertas enseñanzas milenarias, independientemente de su real
importancia filosófica y religiosa, siempre han sido territorio propicio para
talentosos charlatanes, especialistas en embaucar a voluntades débiles
obsesionadas con la meditación trascendental, la reencarnación y las “enseñanzas
herméticas de los superiores desconocidos”.
Una de las más célebres impostoras fue la “vidente” Helena Blavatsky, nacida en
Ucrania e hija de un coronel alemán. Luego de trabajar en un circo como ayudante
de una médium, en 1875 creó en Estados Unidos la Sociedad Teosófica, inspirada
en un supuesto viaje de aprendizaje por Tibet. En 1884 la expulsaron de la India
al descubrirse que recurría a sus destrezas como ilusionista para producir
“materializaciones” de la nada. Tras una averiguación que duró un año, la
Sociedad para la Investigación Psíquica, de Londres, la definió como “una de las
impostoras más grandes de la historia”. Madame Blavatsky, que consideraba a los
aborígenes australianos como pertenecientes a “una raza inferior” y a los
semitas como “espiritualmente degenerados”, tuvo posteriormente muchos adeptos
entre el nazismo. Sus libros Isis sin velo (1875) y Doctrina secreta (1888) se
continúan vendiendo hasta hoy.
Otro de los “grandes maestros” fue el hipnotizador, traficante de alfombras
orientales y ex espía zarista George Ivanovitch Gurdjieff, un sexópata
nacido en la Armenia rusa e impulsor del “cuarto camino”, quien aseguraba a
sus discípulos que en el Tibet se había iniciado en “medicina, danzas
rituales y técnicas psíquicas”.
Según el escritor y profesor universitario británico Romuald Landau, especialista en religiones comparadas, este personaje era un agente secreto ruso al servicio del treceavo Dalai Lama, Thupten Gyatso, un gobernante despótico que en 1904 huyó a China y en 1910 se refugió en la India.
En 1956 se publicó en Gran Bretaña un éxito
editorial, El tercer ojo, de Lobsang Rampa, quien se presentaba como miembro de
una añeja estirpe de monjes tibetanos y conocedor desde los siete años de
secretos relacionados con la espiritualidad. En 1958, el Daily Mail, de Londres,
reveló que el misterioso autor se llamaba en realidad Cyril Henry Hoskin. Era
hijo de un plomero de Devonshire, al suroeste del Reino Unido, y nunca había
salido del país. El farsante huyó a Canadá, donde obtuvo la nacionalidad y se
presentó como “Doctor Rampa” hasta su muerte en 1981, luego de publicar otros 20
títulos. A la fecha, El tercer ojo lleva vendidos millones de ejemplares en casi
todos los idiomas.
Quien pasó el dato al Daily Mail fue el geógrafo, esquiador, alpinista y
explorador austriaco Heinrich Harrer, autor en 1953 del libro Siete años en el
Tibet, traducido a 48 idiomas y llevado al cine en 1997, con la actuación de
Brad Pitt. Harrer –que también escribió Mi vida en la corte del Dalai Lama, del
que se vendieron 50 millones de ejemplares– fue maestro particular y amigo de
Tendzin Gyatso, actual guía espiritual de los tibetanos, que entonces tenía 11
años. Lo que la película no muestra es que cuando tropas chinas invadieron Tibet
en 1949, Harrer estuvo en la primera línea de la defensa hasta que tuvo que
huir.
Poco después del estreno de Siete años en el Tibet, filmada en la Cordillera de
los Andes en Argentina, el semanario alemán Stern reveló que Harrer pertenecía a
las Schutzstaffel (SS), escuadras de protección nacionalsocialistas, desde 1933,
cuando tenía 21 años. Con información de archivos secretos de la inteligencia
militar de Estados Unidos, la revista informó que el alpinista fue bien acogido
en la corte del catorceavo Dalai Lama gracias a las excelentes relaciones que
existían desde la década del ‘30 entre los monjes tibetanos y unos cuantos
jerarcas nazis seguidores de madame Blavatsky e interesados en el orientalismo.
Desde entonces y hasta su muerte en 2006, el explorador desapareció de la vida
pública. Cuatro años antes, cuando cumplió 90 años, había recibido la visita del
Dalai Lama. “Heinrich Harrer fue mi amigo personal”, escribió el monje. “Aprendí
muchas cosas de él, particularmente acerca de Europa. Sentimos que hemos perdido
un leal amigo de Occidente”.
Bambú Press
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