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El
caso Aldo Moro 30 años despuésDesde el final de la Segunda Guerra Mundial y durante 32 años el dirigente asesinado había ocupado sucesivos cargos de importancia en el gobierno italiano: diputado de la Asamblea Constituyente en 1946, secretario general de la Democracia Cristiana en 1959, ministro de Justicia, ministro de Instrucción Pública y primer ministro en 1963-1968 y 1974-1976.
Steve Pieczenik, nacido en Cuba y criado en Francia, también está vinculado a la
política desde hace unos cuantos años. Tiene estudios de postgrado en Relaciones
Internacionales en el Massachussets Institute of Technology (MIT), fue asistente
de los secretarios de Estado Henry Kissinger, Cyrus Vance, George Schultz y
James Baker, y asegura que es “experto en resolución de conflictos en Asia,
Oriente Medio, América Latina y Europa”.
Tras pedir disculpas en La Stampa a la familia de Moro, el psiquiatra consideró
que el crimen del político fue “una iniciativa brutal, una decisión cínica, un
golpe a sangre fría, ya que un hombre tenía que ser sacrificado para la
supervivencia del Estado”. Este llamativo lenguaje no debe sorprender, ya que
Pieczenik también es novelista, guionista, productor de series de televisión y
autor de un libro de autoayuda traducido al castellano con el ingeniosísimo
título Vivo bien ¿Por qué me siento mal? (editorial Grijalbo, Buenos Aires,
1992).
Eso no es todo. El “experto en resolución de conflictos” en cuatro continentes
también cultiva un original género literario denominado “psicopolítica”, término
acuñado en el libro Lavado de cerebro, del imaginativo L. Ronald Hubbard,
fundador en 1952 de la lucrativa Iglesia de la Cienciología.
Pieczenik asesora en “psicopolítica” al escritor conservador Tom Clancy, autor
de varios best sellers que fueron llevados al cine, como La caza del Octubre
Rojo (1990), Juegos de patriotas (1992), Peligro inminente (1994) y Pánico
nuclear (2002). Los dos han firmado juntos dos series de novelas: Op-center y
Net Force. La primera narra las andanzas de un grupo paramilitar al servicio de
la Casa Blanca, en misiones al margen de la ONU; la segunda, describe las
operaciones de una unidad que protege al gobierno de Estados Unidos de las
amenazas por internet.
Con todos estos antecedentes, las declaraciones de Pieczenik a tres décadas del
asesinato del ex primer ministro Aldo Moro resultan un poco sospechosas: desde
hace años se sabe que el crimen fue inducido por la red Gladio, un grupo secreto
creado en Italia al término de la Segunda Guerra Mundial por iniciativa de la
CIA y el respaldo de diversos servicios de inteligencia europeos.
El ex primer ministro italiano Giulio Andreotti reveló el 24 de octubre de 1990
que durante la Guerra Fría (1948-1991) existió en Italia una red clandestina en
la que participaban ex nazis, neofascistas, militares y logias secretas como
Propaganda Dos (P-2), que realizaban ataques terroristas que se pudieran
atribuir a grupos anarquistas y las Brigadas Rojas, organización de
ultraizquierda a la que lograron infiltrar y manipular.
En septiembre de 1991, un juez instructor de Venecia, Felice Casson, descubrió
que el general Paolo Inzerilli, ex jefe de inteligencia militar, había sido el
cabecilla de Gladio entre 1974 y 1986. El oficial confesó que las armas y
explosivos utilizados en los atentados se guardaban en cuarteles de los
carabineros y del ejército.
El 15 de julio de 1993, el juez Agostino Córdova, del tribunal de Palmi
(Calabria), aseguró –luego de reabrir el caso y con documentos en la mano– que
“desde el secuestro de Moro hasta la desintegración de la Democracia Cristiana
fueron por decisión de una triada de poderes: CIA, mafia y masonería”.
Investigaciones posteriores demostraron que esta “internacional negra” fue
responsable en Italia de los atentados de Piazza Fontana (1969), Peteano (1972)
y la estación de trenes de Bolonia (1980), además del asesinato de Aldo Moro en
1978.
Todas estas operaciones clandestinas contaban con el respaldo de la logia P-2,
en la que participaban 14 generales del ejército, nueve generales de
carabineros, nueve almirantes, cuatro generales de aviación, seis ministros, 63
funcionarios de diversos ministerios, 60 dirigentes políticos, 18 jueces y
procuradores, 83 grandes industriales y varios obispos del Vaticano.
Entre los empresarios vinculados a la P-2 figuraba Giovanni Agnelli, fallecido
en 1993, dueño de la Fiat y del diario La Stampa. Quizá no sea casual que el
peculiar psiquiatra-novelista Steve Pieczenik haya elegido precisamente ese
periódico para asumir la ruidosa –y poco convincente– responsabilidad pública
del asesinato de Aldo Moro.
Bambú Press
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