El
dilema de los pueblos
Sudamérica está
ingresando a la etapa más conflictiva desde la recuperación de las democracias.
Como era obvio, luego de las dictaduras que sufrimos en nuestros países, hubo un
período que podríamos denominar “impasse”, durante el que nuestros diferentes
pueblos aprendieron nuevamente a disfrutar por lo menos de la libertad de
opiniones, a despecho de las otras “limitaciones” de las democracias formales
obtenidas en algunos casos por resistencia popular, en otros por errores de los
dictadores, y en otros por “graciosa” concesión del Imperio que, logrado ya su
objetivo económico globalizador, entendió que le resultaba más rentable permitir
que los gobiernos “democráticos” asumieran los costos políticos de su propia
dependencia.
Pero, indefectiblemente, luego de ello los pueblos volvieron a pensar que nuestras democracias –si bien formales no por eso menos bienvenidas- demoraban irrazonablemente la inclusión de ese contenido “real” que debería existir anexo a las libertades “intelectuales” que tanto valora el progresismo liberal.
Sin lugar a dudas, los derechos a comer, a estudiar, a vestirse, a tener salud, todos ellos dependientes de la justicia distributiva en el ingreso, resultante de una imprescindible independencia económica, que a su vez deviene de un grado creciente de soberanía política, comenzaron a echarse en falta.
Los procesos iniciados en Bolivia y Venezuela fueron tal vez
los disparadores del retorno, comenzando el nuevo siglo, de las concepciones
revalorizadoras del nacionalismo de liberación, y del internacionalismo
latinoamericano.
Concepciones peligrosas, por supuesto, en un contexto de mundo globalizado
de norte a sur (en ese orden), asemejando un globo/planeta inflado a costa
de nuestras producciones primarias y mantenido “cabeza arriba” en base al
poder de fuego de los países centrales.
Lamentablemente, llevados tal vez por un ingenuo “progresismo libertario”,
casi todos los pueblos de sudamérica (excepto tal vez el venezolano) confían
en que para modificar las condiciones de dependencia basta con la voluntad.
Hoy el Imperio nos pone nuevamente de cara al dilema fundamental: ¿puede
algún gobierno que se denomina “democrático” añadir a su sistema el
calificativo “popular” –y sostenerlo en la práctica- impunemente?
En Venezuela, más allá de todas las declamaciones de los partidarios de
Chavez, la oposición se fortifica, alentada por los ingentes subsidios
financieros de las agencias norteamericanas y la labor de los medios
“republicanos y democráticos”.
Los acontecimientos bolivianos también parecen indicar que no. En Bolivia,
“la convocatoria a una Asamblea Constituyente fue llevada a cabo por el
gobierno del presidente Evo Morales luego de que los movimientos sociales
durante más de una década la solicitaran por distintos medios. Una vez
constituida, la tarea básica de los asambleístas era dotar al país de una
nueva Constitución. Durante varios meses en la Asamblea se buscó llegar a
acuerdos para lograr su cometido, pero consecutivamente la derecha utilizó
artimañas para retrasar su trabajo e impedir el parto de una nueva carta
magna.
La estrategia más eficiente fue introducir la demanda de Sucre como capital
“plena” de Bolivia, reviviendo el conflicto histórico de hace más de un
siglo a través del cual se trasladó la sede de gobierno a La Paz luego de
una guerra civil.
El gobierno ofreció una serie de concesiones a las instituciones sucrenses
que fueron caprichosamente rechazadas con una lógica en el puro cálculo
político. En una de las actitudes más antidemocráticas, grupos irregulares
de Sucre, donde sesiona la Asamblea, impidieron sistemáticamente la reunión
de los constituyentes.
Luego de varios meses de acción ilegal de estos grupos, la Asamblea tuvo que
efectuarse en un recinto militar, con cordones de ciudadanos de todo el país
y protección policial para cumplir su mandato. A pesar de la adversidad, los
asambleístas lograron aprobar una Constitución que refleja las
características multiculturales y pluriétnicas del país, incluyendo las
demandas de autonomías departamentales e indígenas.
La derecha oriental se ha empeñado en desconocer la nueva Constitución en
una táctica política que pretende desestabilizar al gobierno. Para ello ha
realizado acciones completamente ilegales y secesioncitas, poniendo en
riesgo la integridad de la nación. Claramente detrás del discurso autonómico
está una oligarquía terrateniente que se juega la vida y su futuro”. (Hugo
José Suárez – UNAM – México)
Seis de los nueve departamentos (provincias) bolivianas están en huelga
general, manifestandose violentamente contra una reforma que paradójicamente
favorece a sus habitantes. Las regiones rebeldes suman el 80% de la economía
del país, casi dos tercios del territorio y el 58% de los casi diez millones
de bolivianos.
¿Suena natural? ¿Parece lógico? Pues sí. Tiene la total y definitiva lógica
de la dominación cultural, económica y mediática, que históricamente ha
logrado manipular a importantes sectores populares, en todos nuestros
países, para operar contra nuestros propios intereses.
Posiblemente, dentro de pocas semanas comenzaremos a ver en Ecuador una
reacción similar, con el objetivo de impedir que la Asamblea Constituyente
ecuatoriana elabore una Carta magna que profundice el proceso de reformas
iniciado el 15 de enero último, con la asunción al poder de Correa, y que
avance hacia la construcción de un “socialismo del siglo XXI”.
En Venezuela, descontando la propaganda tendenciosa de los medios
“republicanos y democráticos” (incluyendo la CNN), lo cierto es que –mal que
nos pese- no está tan claro el resultado del plebiscito. El error de Chavez
fue, sin duda, incluir en la reforma constitucional la reelección
indefinida, que proporcionó a la oposición conservadora un elemento precioso
para influir en los sectores “independientes”, ya temerosos de la iniciativa
del “Poder Popular”.
El corte de relaciones con Colombia, sugerido ayer por Hugo Chavez, es,
creo, otra ingenuidad que ha proporcionado una nueva arma a Estados Unidos:
Si Chavez sabía (y no podía ignorarlo), que Uribe es un “lacayo” de los
yanquis, su propuesta mediación con las FARC estaba, desde el vamos,
condenada al fracaso. En ese marco, cabía esperar que Colombia sacara los
pies del plato en alguna instancia, generando una nueva fractura que
justificara la tensión fronteriza existente hoy, que posiblemente de lugar a
pequeños enfrentamientos locales, y que añadirá una excusa más para que Bush
pueda calificar a Venezuela de “pais agresor” y elaborar la forma indirecta
de intervenir para “mantener la paz en la región”. (El que dude de esta
posiblidad, no tiene más que recordar las tensiones entre Nicaragua y El
Salvador cuando se afirmaba la revolución Sandinista, y las “bases” de los
contras financiados por EE.UU. en territorio salvadoreño).
Por nuestra parte, la profundización de las tensiones con Uruguay, aunque
sea impensable cualquier tipo de agresión entre nuestro país y la nación
hermana, colaboran sin duda al debilitamiento del Mercosur (obvio objetivo
norteamericano), y añaden un nuevo frente de incerteza e inestabilidad a la
posibilidad de la unidad latinoamericana. Ya hay opiniones de algunos
periodistas “politólogos” que recomiendan sanciones comerciales a Uruguay,
sin tomar en cuenta que dichas “sanciones” argentinas (y su repercusión
internacional) lograrán solamente fortificar la balanza comercial de Brasil,
país que tiene una política internacional coherente a través de los años,
que desea liderar América del Sur, y que sabe que para ello hay dos
condiciones sine qua non dentro del sistema: mantener alianza fuerte con
Estados Unidos, y limitar el crecimiento argentino y venezolano.
¿Paranoia? Es posible. Sin embargo, como diría mi abuelita, “esta película
ya la vi”. Y lo peor es que, cuando mi abuelita la vió, la película
terminaba igual: mal.
Terminaba mal porque un enorme sector de nuestros pueblos se niega a “pensar
en lo impensable”. Prefieren creer que es posible confiar en que la justa
distribución de la riqueza, de la que hablábamos más arriba, puede llegar
gracias al paternalismo de los gobernantes. Creen en la falacia de los
“derechos inalienables”, cuando la realidad nos indica desde el comienzo de
los tiempos que los derechos se conquistan y se mantienen con sangre, sudor
y lágrimas.
No nos confundamos: las democracias son un bien conquistado, pero si no se
las defiende, se caen como hojas en otoño, sin pena ni gloria.
Que yo sepa, la única nación latinoamericana que está organizando a su
pueblo para una potencial defensa de la democracia, es Venezuela. Esperemos
que esa organización llegue a tiempo.
Con respecto a nosotros, no estamos en riesgo aún. Pero si el gobierno
decide profundizar su relación estratégica con las organizaciones libres del
pueblo (sea por voluntad política propia o por exigencias y crecimiento de
esas organizaciones) y eso lo conduce a una consiguiente consolidación de la
democracia “real”, sin duda lo estaremos.
La “clase práctica” de realidad que estamos recibiendo de las otras naciones
latinoamericanas, debería inducirnos a poner cuanto antes las barbas en
remojo.
Cualquier otra actitud de indolencia y negación es una necedad. El dilema es
claro: o nos conformamos con una democracia “formal”, o nos decidimos a
construir un país.
En cualquiera de ambos casos, nos costará caro. Lo que debemos decidir es el
precio que estamos dispuestos a pagar.
Enrique Gil Ibarra, 29 de noviembre de 2007
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