Luego del gran protagonismo que asumieron en épocas de debate sobre la
Resolución 125 que les posibilitó dominar la agenda mediática durante bastante
tiempo, las corporaciones agropecuarias han vuelto a fondo con un renovado
reclamo por la eliminación de las retenciones a las exportaciones. Nuevamente el
pedido consigue su punto máximo de expresión en el discurso del presidente de la
Sociedad Rural Argentina al inaugurar una nueva exposición anual, pero con la
insólita característica de transformar la institución de Biolcati en una suerte
de Parlamento bis donde los principales dirigentes de la oposición se dieron
cita para deliberar. De esta manera, por un instante no fue el pueblo quien
gobernó a través de sus representantes sino la Mesa de Enlace y sus dirigentes
quienes interpelaron a la clase política, alentando una peligrosa corporización
del debate que cuanto menos distorsiona la tan remanida demanda por calidad
institucional que se le hace al Gobierno, desplazando al Congreso, el ámbito
natural de deliberación de todo legislador, por una institución cuya trayectoria
en la historia nunca se caracterizó precisamente por el respeto a los poderes de
la República.
Entre otras críticas de quienes hoy por hoy se reconocen como principales
opositores al kirchnerismo, se volvió a hablar sobre la supuesta falta de
confianza de los empresarios para invertir en el país. Se trata ni más ni menos
de la dimensión económica de otras críticas que se estructuran en el mismo eje
opositor, como el “aislamiento del mundo” para reclamar una nueva inserción
argentina en el exterior, que en general suele privilegiar la buena conducta
frente a las grandes potencias (expresada en el acatamiento acrítico de las
recetas económicas de los organismos multinacionales de crédito, propio de los
noventa) por sobre la alianza estratégica con los vecinos sudamericanos para
reforzar la región de las políticas de esos organismos y la influencia desmedida
de sus intervenciones ante cualquier controversia que pudiera surgir, como la
más reciente entre Colombia y Venezuela, resuelta gracias a una eficaz gestión
de Unasur. Así, superar los conflictos regionales con instituciones autóctonas
no sería un indicador de inserción mundial ni posicionamiento geopolítico sino
todo lo contrario, se trataría de un peligroso aislamiento que nos coloca en la
periferia de las preferencias de las principales potencias.
El correlato a nivel doméstico que configura este tipo de pensamiento es
naturalizar una supuesta impotencia estatal para implementar cualquier tipo de
regulación, evitando hostilizar a los mercados, donde la intención recaudatoria
del Estado en realidad escondería simplemente la intención de “hacer caja”. De
manera que falta de confianza o inseguridad jurídica más aislamiento del mundo
parecen ser lo nuevo del viejo reclamo del conglomerado empresario opositor, que
expresa la imposibilidad de renovar un discurso sostenido desde hace décadas y
que con diferentes matices confluye siempre en las mismas demandas. Salvo, claro
está, que el Estado delegue totalmente estas atribuciones al mercado y en
consecuencia quede simplemente reducido a ser fiscal de las extraordinarias
ganancias de quienes desde siempre se han favorecido de estas demandas para
hacer valer sus intereses corporativos y económicos. Por lo tanto, no hay nada
original en el pensamiento de derecha argentino. Peor aún: expresa la
imposibilidad de articular un discurso innovador y refleja lo frágil de sus
argumentaciones si lo único que tiene para ofrecernos es quedarse añorando las
épocas de “granero del mundo” mientras se perseguían trabajadores y se anulaban
derechos civiles y políticos.
Afuera es mejor
Hasta aquí, entonces, nada nuevo. El discurso de Biolcati y de los dirigentes
políticos que lo avalaron con su presencia es el reflejo de la elite política
Argentina de hace cien años, pero en el 2010. Lo que sí se observa una y otra
vez por parte de un influyente sector del mundo empresario y de los políticos
encolumnados detrás de sus demandas es un intento claro por deteriorar al
gobierno. El problema es que para los empresarios de nuestro país, o la mayoría
de ellos, nunca es oportuno invertir en la Argentina. Sea por falta de confianza
o inseguridad jurídica, siempre resulta más tentador enviar el dinero afuera que
invertirlo localmente en actividades que generen riqueza y trabajo. Así se
promueve un círculo vicioso donde la continua apuesta por las inversiones en el
exterior contribuye a la precariedad de la economía. Parte del empresariado
local es reticente a la generación de actividades productivas, por lo que en la
actualidad el Estado debe asumir esa función casi en soledad. La falta de una
burguesía con conciencia nacional y apuesta por el desarrollo local ha sido una
constante en la Argentina, sea por acción u omisión de la propia clase
empresaria o por haber sido ese Estado, en especial durante los noventa, capaz
de erosionar sus propios fundamentos de legitimidad regulatoria frente a esa
burguesía.
El cortoplacismo en el que se mueve el empresariado local torna más rentable la
maximización de ganancias ante el elevado precio internacional de la soja. En
consecuencia el interrogante que se plantean es: por qué ceder parte de la
riqueza a un Estado que lo utilizará para abultar la "caja" y fomentar el
“clientelismo”. La idea es que invertir en la Argentina no vale la pena y es
mejor tener el dinero en el extranjero porque nuestro país no ofrece las
garantías de inversión suficiente para volcar los recursos aquí. Los más de 150
mil millones de dólares que tienen los argentinos en el exterior son una prueba
de ello.
No hace falta rastrear los personajes que siempre dominaron la escena de la
Sociedad Rural Argentina para darse cuenta la orientación política de quienes
son sus interlocutores en la actualidad. Lo que sí resulta penoso es que muchos
dirigentes políticos, que hicieron de la distribución de la riqueza y de los
principios de la justicia social ejes de su discurso, hoy confluyan sin ningún
cuestionamiento a escuchar estas argumentaciones que son características de la
derecha argentina desde el fondo de la historia.
Un modelo en disputa
La soja es una actividad rentista que, sin otro factor de tanto peso como la
suerte de quienes poseen tierras fértiles, ha generado un volumen de ganancias
para sus propietarios semejantes a cualquier otro tipo de actividad extractiva,
como la de hidrocarburos o minería. Pero también representa la paradoja de los
países que, ricos en recursos naturales, son al mismo tiempo subdesarrollados:
en la medida en que basan su estructura económica en la explotación de esos
recursos, no logran dinamizar otros sectores de la economía ni el capital o el
trabajo asociados a esas actividades. No se pone en juego ningún factor de
producción más que las bondades de la naturaleza. Por eso la renta que se genera
es tan grande en relación a otras actividades que requieren de otros costos de
producción, mucho más elevados que sembrar la tierra. Por lo tanto, en la
discusión por las retenciones, también está en disputa la discusión sobre un
modelo de acumulación: seguir confiando en la naturaleza y sus recursos, muchos
de ellos no renovables (un día se terminará el petróleo, algún día no habrá más
montañas para dinamitar en la búsqueda de minerales) o por el contrario apostar
a otras actividades productivas que no reduzcan la actividad económica
exclusivamente a industrias donde lo único en juego son las bondades de la
naturaleza, sin ningún otro tipo de riesgo empresario.
Por supuesto que el boom sojero es una realidad que tiene su explicación en el
empuje de grandes economías que demandan alimentos, como China o India. Pero la
historia de nuestro país también demuestra que ser exclusivamente un productor
de alimentos para abastecer a un puñado de naciones no es más que perpetuar la
dependencia y el subdesarrollo económico si las ganancias que propicia la soja,
tan importantes en la actualidad, no se utilizan para el desarrollo de otras
industrias que le permitan a la Argentina asegurarse un futuro más allá de la
oleaginosa. El boom es efímero por definición: si la producción de soja fuera
rentable por siempre ya no sería un boom, su modelo no estaría en cuestión y la
Argentina ya habría encontrado en ella las puertas al desarrollo. El problema es
que en nuestro país cualquier proceso de industrialización que se ha intentado
encarar siempre ha confrontado con esta demanda de las corporaciones rurales por
ser productores de alimentos y basar la economía nacional exclusivamente en las
bondades “del campo”. De allí que parte del discurso se estructure en torno a
pretender identificar las demandas del campo con las del conjunto de la sociedad
y hacernos creer que “cultivar la tierra es servir a la patria”.
La inquietud radica entonces en pensar para qué utilizarían las corporaciones
agropecuarias los miles de millones de pesos que el Estado dejaría de percibir
si se eliminaran los derechos de exportación. ¿Lo harían para invertir en el
país y desarrollar tecnología de punta para incorporar un desarrollo mayor a la
producción de la soja en la cadena de valor? ¿Destinarían esos recursos a
fomentar prácticas productivas compatibles con el medio ambiente, de manera de
atenuar el impacto del glifosato sobre el suelo? O, mejor aún, ¿resolverían la
permanente tensión entre volcarse a la producción de lo más rentable
garantizando el abastecimiento de otros bienes a nivel local, de manera de
asegurar la soberanía alimentaria de los argentinos? Las respuestas a estos
interrogantes continúan abiertas, mientras el discurso de las corporaciones en
defensa de sus intereses se perpetúa retenido en el tiempo a costa del futuro de
nuestra nación.
* Arturo Trinelli
Licenciado en Ciencia Política (UBA)