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"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo. Me adapto a mí misma." A. N.


NOTAS EN ESTA SECCION
Corazón cuarteado [texto completo]
Un viaje a Marruecos [fragmento de Los Diarios 1934-39]


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Anaïs Nin nació en Neuilly, cerca de París, Francia, el 21 de febrero de 1903, su madre era franco-danesa llamada Rosa Culmell y su padre había nacido en Cuba de nombre Joaquín J. Nin, con el que mantuvo una relación incestuosa.

A los 11 años emigró a Estados Unidos con su madre y recibió la mayoría de su educación allí. Novelista y escritora de historias cortas, Nin era virtuosa y dedicada, pero nadie lo supo sino hasta 1960, cuando mostró al mundo sus diarios; estos fueron tomados por las feministas contemporáneas como ejemplo de una mujer independiente que sobrevivió a los prejuicios de las décadas pasadas.

En 1914 se muda con su madre a la ciudad de Nueva York donde asiste a escuelas católicas. Deja la escuela a los 16 años, trabaja como modelo, estudia baile y regresa a Europa en 1923. Ese mismo año contrae matrimonio con un banquero neoyorquino, Hugh Guiler, quien más tarde ilustraría algunas de las novelas de Nin bajo el seudónimo Ian Hugo. Poco se conoce de esta relación.

Anaïs Nin es mejor conocida por su lírica, a veces erótica, siempre de un estilo sensual. En algún momento escribió historias eróticas a pedido, movida por presiones financieras. Muchas de estas están en las colecciones Little Birds y Delta of Venus. Los eventos son sexuales, pero el tono es filosófico y de autoconocimiento.

Tuvo un affair con Henry Miller y con su esposa June durante los años '30. Una película basada en estos hechos fue realizada en 1990 por Philip Kaufman.

Estudió psicoanálisis bajo la tutela de Otto Rank y por su cuenta en la ciudad de Nueva York de 1934 a 1935. Regresa a Francia en el 1935, donde ayuda a establecer una casa editora, Ediciones Siana, en parte porque ninguna otra casa editora se atrevía a publicar sus obras dado su cargado contenido erótico.

 
Trailer del film Henry & June

En el 1939 regresa a la ciudad de Nueva York, donde continúa escribiendo. Sin embargo, no sería descubierta hasta el 1960 por el mundo literario en general.

Más adelante se dió a conocer por una serie de diarios extremadamente personales, redactados desde el 1931; El diario de Anais Nin (10 vols. 1966-83). Desde entonces se publicaron varios diarios adicionales. Anaïs murió en Los Angeles en 1977.

FRAGMENTOS DEL DIARIO:

"Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo. Libre o no libre, casado o soltero, heterosexual u homosexual, son aspectos que varían de cada persona."

"Nunca me he tomado la molestia de describirme en el Diario, tiene gracia hablar con alguien sin decirle quién se es. Ahora voy a cumplir ese pequeño deber.

"Soy Ángeles, Anaïs, Juana, Antolina, Rosa, Edelmira Nin y Culmell. Tengo doce años y estoy bastante alta para mi edad, todo el mundo lo dice. Soy delgada, tengo los pies grandes y las manos también, con los dedos largos, que suelo crispar por nerviosismo. Tengo la cara muy pálida, unos grandes ojos castaños, perdidos, y temo que revelen mis insensatos pensamientos. La boca grande, me río muy mal, y sonrío regular. Cuando me enfado, hago una mueca con los labios. En general estoy seria, un poco distraída. Mi nariz es un poco Culmell, quiero decir, un poco larga, como la de la abuela. Tengo el pelo castaño, no muy claro, que me llega un poco por debajo del hombro. Mamá dice que son mechas, y yo siempre las oculto en una trenza o recogiéndomelo con una cinta. Mi carácter: me enfado con facilidad, no puedo soportar la menor broma, pero me gusta hacerlas. Me gusta el trabajo; adoro a mamá y a papá y por encima de todas mi tías y todo el resto de mi familia, sin contar mamá, papá, Thorvald y Joaquinito, quiero mucho a mi abuela. Me encanta leer y escribir es una pasión."

"Creo firmemente en Dios y en todo lo que Dios me dice a través de la Santa Iglesia. Siempre recurro a la oración. Me cuesta tomar afecto, y sólo consigo querer a la gente que me parece igual que yo. Soy francesa, una francesa que ama, admira y respeta su país, una verdadera francesa. Siento admiración, aunque no tan fuerte, claro, hacia España y sobre todo hacia Bélgica. Mis pensamientos, el Diario los conoce tan bien como yo, incluso mi retrato." (20 de Mayo de 1915)

"Siempre creí que era la artista que llevo dentro la que hechizaba. Creía que era mi casa esotérica, los colores, las luces, mis vestidos, mi trabajo. Siempre estuve dentro de la concha de la gran artista que trabaja, temerosa e inconsciente de mi poder. ¿Qué ha hecho el doctor Allendy?. Ha dejado de lado a la artista, ha manejado mi alma interior, sin sus antecedentes, sin mi creación. Incluso me ha inquietado su desinterés por la artista y me asombra que se haya apoderado así de mí, tan dépuillée de artificios, de ropajes, de encantos, de elixires." (23 de octubre de 1932)

"No tengo ninguna moralidad. Sé que la gente se horroriza, pero no yo. Ninguna moralidad mientras el daño hecho no se manifieste por sí mismo. Mi moralidad no se reafirma cuando me enfrento con el dolor de un ser humano..."

"Me fui a mi cuarto, envenenada. Soplaba incesante el mistral, seco y cálido. Así llevaba días, desde que llegué. Destrozaba mis nervios. No pensé en nada. Me sentía dividida, esa división me mataba, la lucha por sentir la alegría, una alegría inalcanzable. La irrealidad opresiva. De nuevo la vida retrocediendo, eludiéndome. Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Herny. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad! Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosostros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno..." (Escrito en julio de 1933 en Chamonix a partir de notas tomadas en junio de ese mismo año sobre las vacaciones con Le Roir Soleil y Anaïs en Valescure.)

"Habría querido terminar mi diario sin la confesión de un amor prohibido. Por lo menos, quería que mi amor incestuoso quedara sin escribir. Había prometido a mi Padre el más absoluto secreto. Pero una noche, aquí en el hotel, cuando me di cuenta de que no había nadie para hablarle de mi Padre, me sentí ahogada. Y empecé a escribir otra vez, mientras Henry leía a mi lado. Era inevitable. No podía eliminar mi diario cuando alcanzaba el clímax de mi vida, en el preciso momento en que más lo necesitaba para conservar mi sinceridad, por grande que fuera mi crimen." (2 de julio de 1933)

Corazón cuarteado

Título Original: The Four-Chambered Heart
Traducción de Francesc Parcerisas

La guitarra destilaba su música.
Rango la tocaba con el cálido color cobrizo de su piel, con la pupila de carboncillo de los ojos, con la espesa fronda de sus cejas, derramando en la caja color miel los sabores del camino abierto en el que vivía su vida de zíngaro: tomillo, romero, orégano, mejorana y salvia. Derramando en la caja de resonancia el vaivén sensual de su hamaca colgada en la carreta gitana y los sueños nacidos en su colchón de crin negra.
ídolo de los clubs nocturnos, en donde hombres y mujeres obstruían puertas y ventanas, encendían velas, bebían alcohol, y bebían de su voz y de su guitarra, las pociones y las hierbas del camino abierto, las cencerradas de la libertad, las drogas del ocio y de la pereza.
Al amanecer, las mujeres, sin contentarse con la transfusión de vida proporcionada por las cuerdas de tripa, henchidas de la savia de su voz traspasada a sus venas, querían tocar su cuerpo con sus manos. Pero al amanecer, Rango se echaba la guitarra al hombro y alejábase caminando.
-¿Estarás mañana aquí, Rango?
El mañana podía encontrarle tocando y cantando a la cola negra que su caballo meneaba filosóficamente, camino hacia el Sur de Francia.
Djuna se inclinaba hacia ese Rango ambulante para captar todo lo que su música contenía, y su oído detectaba la presencia de aquella inalcanzable isla de felicidad que había estado persiguiendo, que había entrevisto en la fiesta a la que nunca asistiera pero que, siendo niña, había contemplado desde la ventana. Y como un viajero perdido en un desierto, se inclinaba más y más anhelante hacia aquel espejismo musical de un placer desconocido para ella, el placer de la libertad.
-Rango, ¿querrías tocar alguna vez para que yo bailase? –preguntó con dulzura y fervor, y Rango, que iba a salir, se detuvo para inclinarse ante ella, con una inclinación de asentimiento que se había ido creando durante siglos de estilización y nobleza de porte, con una inclinación que denotaba la generosidad del gesto de un hombre que nunca había estado atado.
–Cuando quieras.
Mientras concertaban el día y la hora, y mientras ella le daba su dirección, caminaron instintivamente hacia el río.
Sus sombras, que avanzaban ante ellos, revelaban el contraste existente entre ambos. El cuerpo de él era dos veces mayor que el de ella. Djuna caminaba en línea recta, como una flecha; Rango deambulaba. Mientras le encendía un cigarrillo, las manos de él temblaban, las de ella permanecían firmes.

–No estoy borracho –dijo él, riendo–, pero me he emborrachado tan a menudo que, por lo visto, me han quedado manos temblorosas para toda la vida.
–Rango, ¿dónde tienes el carro y el caballo?
–No tengo carro ni caballo. Hace mucho tiempo que no los tengo. Desde que Zora se puso enferma, hace años.
–¿Zora?
–Mi mujer.
–¿Tu mujer también es gitana?
–No, y yo tampoco. Nací en Guatemala, en la cumbre de la montaña más alta. ¿Te sientes desilusionada? Esa leyenda era necesaria para mantenerme, para el club nocturno, para ganarme la vida. Y, además, me protege. En Guatemala tengo una familia que se avergonzaría de mi vida actual. Me escapé de casa a los diecisiete años. Me crié en un rancho. Incluso hoy en día mis amigos dicen: «Rango, ¿dónde tienes el caballo? Siempre parece que lo acabas de dejar en la cancela».
Viví con los gitanos en el Sur de Francia. Me enseñaron a tocar. Me enseñaron a vivir como ellos. Los hombres no trabajan; tocan la guitarra y cantan. Las mujeres les cuidan robando comida bajo sus amplias faldas. ¡Zora nunca logró aprenderlo! Se puso muy enferma. Tuve que dejar de vagar. Ya hemos llegado a mi casa. ¿Quieres pasar?
Djuna contempló la casa de piedra grisácea.
Todavía no había borrado de sus ojos la imagen de Rango en los caminos abiertos. El contraste resultaba doloroso y dio un paso atrás, súbitamente intimidada por un Rango sin caballo, sin libertad.

Las ventanas de la casa eran largas y estrechas. Parecían enrejadas. Djuna todavía no podía soportar la visión de cómo Rango había sido capturado, domesticado, enjaulado, de cuáles habían sido las circunstancias, y quién su artífice.
Estrechó su mano grandota, la mano grande y cálida de un cautivo, y le abandonó con tanta rapidez que él quedó aturdido. Permaneció sorprendido, balanceándose, encendiendo torpemente otro cigarrillo, preguntándose por qué ella había salido huyendo.
No sabía que Djuna acababa de perder de vista una isla de felicidad. La imagen de una isla de felicidad evocada por su guitarra se había desvanecido. Avanzando hacia un espejismo de libertad, había penetrado en un bosque lóbrego, el bosque lóbrego de sus ojos oscureciéndose al decir: «Zora está muy enferma». El bosque lóbrego de su pelo despeinado al inclinar la cabeza, arrepentido: «Mi familia se sentiría avergonzada de la vida que ahora llevo». El bosque lóbrego de su perplejidad en el momento de ir a entrar en una casa demasiado gris, demasiado mísera, demasiado hacinada para su cuerpo grande y potente.

Su primer beso fue presenciado por el río Sena, que llevaba góndolas de farolas callejeras reflejadas entre sus pliegues de lentejuelas, que llevaba halos de farolas floreciendo en matorrales de adoquines de negro lacado, que llevaba árboles de plateada filigrana abiertos como abanicos tras cuyo reborde los ojos del río les incitaban a ocultos coqueteos, que llevaba húmedas pañoletas de niebla y el cortante incienso de las castañas asadas.
Todo había caído al río y era arrastrado por él, excepto el pretil en el que ellos se encontraban.
Su beso fue acompañado por el organillo callejero y duró toda la partitura musical de Carmen y, cuando finalizó, ya era demasiado tarde; habían apurado la poción hasta su última gota.
La poción que beben los amantes no la prepara nadie: la preparan ellos mismos.
La poción es la suma de toda nuestra existencia.
Cada palabra dicha en el pasado ha ido acumulando formas y colores en la persona. Lo que discurre por las venas, además de sangre, es la destilación de cada acto cometido, el sedimento de todas las visiones, deseos, sueños y experiencias. Todas las emociones pretéritas confluyen para teñir la piel y aromatizar los labios, para regular el pulso y producir cristales en los ojos.
La fascinación ejercida por un ser humano sobre otro no es la personalidad que éste emite en el instante mismo del encuentro, sino una recapitulación de todo su ser de la que emana esa poderosa droga que captura la ilusión y el apego.
No existe momento de encanto que no tenga largas raíces en el pasado, no existe momento de encanto nacido de la tierra yerma, accidente despreocupado de la belleza, sino suma de grandes aflicciones, crecimientos y esfuerzos.
Pero el amor, el gran narcótico, era el invernadero en el que todas las personalidades se abrían en plena eclosión... amor el gran narcótico era el ácido en la botella del alquimista que hacía visibles las sustancias más inescrutables… amor el gran narcótico era el agent provocateur que exponía a la luz del día todas las personalidades secretas… amor el gran narcótico otorgaba clarividencia a las yemas de los dedos… bombeaba iridiscencia a los pulmones para rayos X trascendentales… imprimía nuevas geografías en el revestimiento de los ojos… adornaba las palabras con velas, los oídos con aterciopeladas sordinas… y pronto el pretil dejó caer también sus sombras al río, para que el beso pudiese ser bautizado en las aguas sagradas de la continuidad.

A la mañana siguiente, Djuna recorrió el Sena preguntando a los pescadores y a los marinos de las barcazas si había por alquilar alguna barcaza en la que ella y Rango pudieran vivir.
Mientras permanecía junto al parapeto del pretil, inclinándose luego a contemplar las gabarras, un policía la estuvo vigilando.
(¿Acaso piensa que voy a suicidarme? ¿Tengo aspecto de alguien a punto de suicidarse?¡Él sí que está ciego!¡Nunca he tenido tan pocas ganas de morir, precisamente el día en que empiezo a vivir!)

El agente contempló cómo bajaba corriendo las escaleras para hablar con el propietario de «Nanette», una barcaza de un rojo chillón. «Nanette» tenía ventanucos acicalados, con cortinitas de cuentas igual que las ventanas del portero en los edificios de pisos.
(¿Para qué poner en una barcaza los mismos ornamentos que en una casa? Esa gente no está hecha para el río, ni para los viajes. Les gusta lo familiar, les gusta seguir viviendo en tierra firme, pero Rango y yo queremos huir de casas, cafés, calles, gente. Queremos encontrar una isla, una celda solitaria, donde podamos soñar juntos en paz. ¿Por qué iba a pensar el policía que podía echarme al río en ese momento, cuando jamás había sentido tan pocas ganas de morir? ¿O acaso está ahí para reprocharme que me hubiera escabullido de casa de mi padre anoche, después de las diez, tomando infinitas precauciones, dejando la puerta principal abierta para que no me oyera salir, desertando de su casa con el corazón desbocado porque ahora tiene el cabello blanco y ya no entiende que alguien necesite amar, porque lo ha perdido todo, y no a causa del amor, sino de sus juegos con el amor?; cuando se ama como si se jugase, uno lo pierde todo, como él perdió hogar y esposa, y ahora se aferra a mí, temiendo la pérdida, la soledad.)

Aquella mañana se despertó a las cinco y media, destrenzó suavemente su cuerpo de entre los brazos de Rango y llegó a su habitación a las seis, y a las seis y media su padre llamó a la puerta porque estaba enfermo y quería que le cuidase.
¡Alí Baba protege a los amantes! Les da suerte como a los bandidos, y sin culpabilidad alguna; porque el amor llena a algunas personas y las lleva más allá de toda ley; no existe tiempo ni lugar para lamentaciones, dudas, cobardías. El amor corre libre y atolondrado; y todas las simpáticas añagazas perpetradas para proteger de sus quemaduras a otros –los que no son amantes, sino tal vez víctimas de esa expansión del amor– les permiten tomárselas con cariño y alegría, tomárselas con cariño y alegría como Robin Hood, u otros juegos infantiles; porque Anahita, la diosa de la luna, ya vendrá a juzgarnos e imponer un castigo, señor policía. De modo que mejor será que espere sus órdenes, porque estoy segura de que no me comprendería si le dijese que mi padre es deliciosamente claro y egoísta, tierno y mentiroso, formal e incurable. Agota todos los amores que se le ofrecen. Si no abandonase su casa por la noche para calentarme en las manos ardientes de Rango, moriría en mi empeño, árida y estéril, reseca, mientras mi padre monologa sobre su pasado, y yo bostezo bostezo bostezo...
¡Es como si mirase álbumes familiares, colecciones de sellos! Compréndame, señor policía, si puede: si lo único que yo tuviese fuera eso, entonces sí que estaría en peligro de saltar al Sena, y usted tendría que darse un buen remojón para salvarme. Mire, tengo dinero para un taxi, canto una canción de acción de gracias al taxi que alimenta el sueño y lo transporta incólume, frágil pero incólume, a todas partes. El taxi es el objeto que más se asemeja a las botas de siete leguas, perpetúa el ensueño, mi vicio, mi lujo. Oh, si lo desea puede arrestarme por soñar, por ese vagabundeo desaforado, puesto que en él reside la célula, el germen misterioso, acolchado, fecundo, del que todo nace; todo lo que el hombre ha alcanzado alguna vez ha nacido de esa pequeña célula...)

El policía pasó y no la arrestó, de modo que confió en él y descubrió que sabía muchas cosas. Conocía muchas barcazas aquí y allá. Conocía una en la que servían patatas fritas y vino tinto a los pescadores, otra en la que los trotamundos podían pasar la noche por cuatro cuartos, una en la que una mujer con pantalones esculpía grandes estatuas, otra convertida en piscina para niños, otra más, para hombres, llamada el lanchón de las luces rojas y más allá de ésa todavía, otra que había sido utilizada por una compañía de actores para viajar por toda Francia, y en ésa podía preguntar, porque estaba vacía y desahuciada para efectuar largos viajes...

Se hallaba anclada cerca del puente, larga y ancha, con una proa recia de la que colgaba la pesada cadena del ancla. No tenía ventanas en la borda, pero sí una trampilla de vidrio en cubierta que le franqueó un viejo vigilante. Descendió una escalerilla estrecha y empinada y se encontró en una estancia amplia, iluminada a través de claraboyas, y luego con una habitación más chiquita, un pasillo y más camarotes pequeños a cada lado.
La gran pieza central, que había sido empleada como escenario, estaba todavía repleta de decorados abandonados y cortinajes y vestidos. Los pequeños camarotes que se abrían a ambos lados sirvieron otrora de camerinos para los actores ambulantes. Ahora se hallaban llenos de botes de pintura, madera para el fuego, herramientas, sacos viejos y periódicos. En la proa de la gabarra había una amplia habitación empapelada con reluciente tela alquitranada. Las claraboyas sólo dejaban ver el cielo, pero dos aberturas en la pared, que se abatían con una cadena como puentes levadizos, se hallaban cortadas tan sólo a unas pulgadas sobre el nivel del agua y se abrían sobre la orilla.
El vigilante ocupaba uno de los camarotes pequeños. Llevaba boina y un blusón azul oscuro, de algodón, como los campesinos franceses.
Le explicó:
–Antaño fui capitán de un yate de recreo. El yate explotó y perdí la pierna. Pero puedo traerle agua, y carbón y leña. Puedo bombear la sentina todos los días. Esta barcaza sólo necesita que se le vigilen las vías de agua. Es bastante vieja, pero la madera es resistente.
Las paredes de la gabarra se curvaban como el interior del vientre de una ballena. En las viejas cuadernas podían verse las huellas de antiguos cargamentos: madera, arena, piedra y carbón.
Cuando Djuna se iba, el viejo vigilante tomó un trozo de madera de cuyos extremos pendía un cubo colgado de una cuerda. Lo balanceó sobre sus hombros como un aguador japonés, y empezó a saltar tras ella con su única pierna, manteniendo un equilibrio milagroso sobre los grandes adoquines.

La noche invernal llegó cubriendo la ciudad, espolvoreando los reverberos callejeros de neblina y humo hasta disolver su luz en una aureola de santidad.
Cuando Djuna y Rango se encontraron, él se hallaba triste por no haber encontrado ningún sitio donde cobijarse. Djuna dijo:
–He encontrado algo que has de ver; si te gusta, puede servirnos.
Mientras caminaban por los muelles, al pasar frente a la estación, por una calle que estaba en obras, Djuna se apoderó de uno de los farolillos rojos dejados por los trabajadores, y avanzó con él, siempre encendido, hacia el otro lado del puente. A medio camino se encontraron con el policía que la había ayudado a dar con la barcaza. Djuna pensó: «Me arrestará por haber robado un farolillo de las obras».
Pero el agente no la detuvo. Limitose a sonreír, sabiendo hacia dónde se dirigía, y, cuando pasaron junto a él, simplemente echó una mirada a la constitución de Rango.
El viejo vigilante apareció inesperadamente en la trampilla y gritó:
–¡Eh, quién va! Ah, es usted, señorita. Espere. Le abriré –y abrió de par en par la portezuela de la trampilla.
Bajaron la escalerita de caracol y Rango olisqueó complacido la brea. Al contemplar la pieza, las sombras, las cuadernas, exclamó:
–Es como los cuentos de Hoffmann. Es un sueño. Un cuento de hadas.
El anciano abuelo del río, ex capitán de un yate de recreo, resopló con insolencia ante esa observación y volviose a su camarote.
–Esto es lo que yo quería –dijo Rango

Inclinose para entrar en la diminuta habitación situada en la proa de la barcaza; era como una pequeña prisión en punta, con las ventanas enrejadas. La enorme cadena del ancla colgaba ante los barrotes de hierro. El suelo estaba desgastado, podrido por la humedad, y a través de los agujeros podían distinguir el agua que se acumula en la sentina de todos los barcos, como dedos posesivos del mar y del río afirmando su dominio sobre el navío.
Rango dijo:
–Si algún día me eres infiel, te encerraré en este camarote.
Con las esbeltas sombras que les rodeaban por todas partes, las cuadernas medievales crujiendo sobre sus cabezas, las salpicaduras del agua, el moho de la sentina y el quejido herrumbroso de la cadena del ancla, Djuna creyó en sus palabras.
–Djuna, me llevas a vivir al fondo del mar, como una sirena de verdad.
–Tengo que ser una sirena, Rango. No me asustan las profundidades, pero sí la vida superficial. Pero tú, pobrecito Rango, vienes de las montañas, el agua no es tu elemento. No serás feliz.
–Los hombres de las montañas siempre sueñan con el mar, y lo que más me gusta de todo es viajar. ¿Hacia dónde vamos a zarpar ahora?
Mientras pronunciaba estas palabras, otra barcaza pasó río arriba, junto a la suya. Toda la gabarra se estremeció; el gran esqueleto de madera crujió como los huesos de un gigante.
Rango se tumbó y dijo:
–Estamos navegando.
–Estamos fuera del mundo. Todos los peligros están afuera, afuera en el mundo.
Todos los peligros... los peligros para el amor venían, o eso creían ellos, y lo creen todos los amantes, de afuera, del mundo, y jamás hubieran sospechado que la simiente de la muerte del amor pudiese hallarse en ellos mismos.
–Quiero tenerte aquí, Djuna. Me gustaría que nunca abandonaras la barcaza.
–No me importaría quedarme aquí.
(Si no fuese por Zora, Zora que esperaba la comida, que esperaba las medicinas, que esperaba que Rango encendiese el fuego.)
–Rango, cuando me besas la barcaza se mece.
El farolillo rojo proyectaba sombras caprichosas, febriles luces rojas sobre sus rostros. Rango lo bautizó como la lámpara afrodisíaca.
Encendió el fuego en la cocina. Tiró el cigarrillo al agua. Le besó los pies, le desabrochó los zapatos, le quitó las medias.
Oyeron algo que caía al agua.
–Es un pez volador –dijo Djuna.
Él se echó a reír:
–En el río, el único pez volador eres tú. Cuando te tengo en mis brazos, sé que eres mía. Pero tus pies son tan rápidos, tan veloces, que te llevan con alada ligereza a un lugar desconocido, lejos de mí, demasiado veloces, demasiado rápidos.
Se frotó la cara, pero no como hace todo el mundo, con la palma de la mano. Se la frotó con los puños cerrados, como hacen los niños, como hacen los osos y los gatos.
La acarició con tanto fervor que el farolillo rojo cayó al suelo, el vidrio rojo se quebró y el aceite ardió en mil llamitas agrestes. El fuego encantaba a Djuna, y siempre había querido vivir cerca del peligro.
Cuando el aceite fue absorbido por el maderamen grueso y seco del suelo, el fuego se consumió.
Se quedaron dormidos.

El ebrio abuelo del río, ex capitán de un yate de recreo, había vivido solo en la barcaza durante mucho tiempo. Había sido su único guardián y propietario. El corpachón de Rango, su oscura tez india, el revuelto pelo negro, su voz profunda y vehemente, asustaban al viejo.
Por la noche, cuando Rango encendía la cocina en su dormitorio, el viejo empezaba a maldecirle desde su camarote porque hacía ruido.
Además, también se hallaba resentido porque Rango no le permitía ocuparse de Djuna, y cuando se hallaba borracho mascullaba contra él, mascullaba amenazas en lengua apache.

Una noche, Djuna llegó un poco antes de medianoche. Era una noche ventosa con hojas muertas arremolinándose en círculos. Siempre tenía miedo a bajar sola las escaleras de los muelles. No había luces. Tropezaba con vagabundos que dormían, con prostitutas que pregonaban su mercancía ocultas tras los árboles. Intentaba superar sus temores y corría escaleras abajo, junto a la orilla del río.
Pero finalmente acordaron que desde la calle tiraría una piedra al techo de la barcaza para advertir a Rango de su llegada y que él saldría a buscarla a lo alto de las escaleras.
Esa noche Djuna intentó reírse de sus temores y bajar sola. Pero cuando llegó al lanchón no había luz en el dormitorio, no fue Rango quien salió á su encuentro sino el viejo vigilante, que se asomó por la trampilla, balanceándose a causa de la bebida, con los ojos enrojecidos, tartamudeando.
Djuna dijo:
–¿Ha llegado el señor?
–Pues claro que sí, está aquí. ¿Por qué no baja? Baje, baje.
Pero Djuna no veía luz en la habitación, y sabía que si Rango estaba allí oiría su voz y saldría a su encuentro.
El viejo vigilante mantuvo la trampilla abierta, mientras golpeaba con los pies y decía cada vez con mayor irritación: «¿Por qué no baja? ¿Qué le ocurre?»
Djuna sabía que estaba borracho. Le temía, y empezó a retirarse. Cuanto más aumentaba la cólera del vigilante, más se convencía ella de que debía irse.
Las imprecaciones del viejo la siguieron. Sola en lo alto de las escaleras, en el silencio, en la oscuridad, se sintió llena de temores. ¿Qué estaba haciendo el viejo allí, en la escotilla de entrada? ¿Habría lastimado a Rango? ¿Se hallaba Rango en la habitación? Al viejo vigilante le habían dicho que no podía seguir en la barcaza. Tal vez se hubiese vengado por su cuenta. Si Rango había sufrido algún daño, se moriría de pena.
Tal vez Rango había ido por el otro puente. Era la una en punto. Tiraría otra piedra a la cubierta para ver si respondía.
En el momento en que cogía la piedra llegó Rango.
Al regresar juntos a la gabarra, se encontraron con el viejo que todavía seguía allí, mascullando para sus adentros.
Rango tenía accesos de ira y de violencia. Dijo: –Le han dicho que se vaya. Puede largarse inmediatamente.
El viejo vigilante se encerró en su camarote y continuó profiriendo insultos.
–No pienso salir en ocho días –gritó–. He sido capitán, y puedo volver a serlo cuando me dé la gana. Ningún negro va a sacarme de este sitio. Tengo derecho a quedarme aquí.
Rango quería ponerle de patitas en la calle, pero Djuna le contuvo:
–Está borracho. Mañana no abrirá el pico.
El vigilante se pasó la noche bailando, escupiendo, roncando, maldiciendo y amenazando. Tamborileaba sobre su plato de hojalata.
La cólera de Rango crecía, y Djuna recordó que otras personas habían comentado: «El viejo es más fuerte de lo que parece. Le he visto tumbar a un hombre como si nada». Sabía que Rango era más fuerte, pero temía al viejo traicionero. Un golpe por la espalda, una investigación, un escándalo. Y, sobre todo, que Rango resultase herido.
–Sal de la barcaza y deja que me las entienda con él –dijo Rango.
Djuna le disuadió, calmó su cólera, y al amanecer se quedaron dormidos.
Cuando salieron, al mediodía, el viejo vigilante ya estaba en el muelle bebiendo vino tinto con los vagabundos; al pasar ellos escupió en el río con ostentoso desdén.

La cama estaba colocada baja, sobre el suelo; las cuadernas embreadas crujían sobre sus cabezas. El fogón resoplaba calor, el agua del río lamía las bordas de la barcaza, y los reverberos del puente proyectaban una débil luz amarillenta sobre la habitación.
Cuando Rango empezó a quitarle los zapatos a Djuna, para calentarle los pies con sus manos, el viejo del río empezó a gritar y cantar, lanzando sus sartenes contra las mamparas:

Nanette da por dar lo que otras quieren cobrar.
Nanette es generosa,
Nanette ofrece su amor bajo un farolillo rosa.

Rango se incorporó de un brinco, furioso, los ojos desencajados, el pelo revuelto, todo su corpachón tenso, y corrió hacia el camarote del viejo. Golpeó la puerta. La canción se interrumpió un instante, y luego volvió a oírse:

Nanette llevaba una cinta en su negra cabellera.
Nanette no tenía en cuenta lo que el viento se lleva...

Luego tamborileó sobre su plato de hojalata y calló.
–¡Abra la puerta! –gritó Rango. Silencio.
Entonces Rango se precipitó contra la puerta, que cedió, saltando hecha añicos.
El viejo vigilante yacía semidesnudo sobre un montón de trapos, la boina en la cabeza, restos de sopa en la barba, sosteniendo un garrote que temblaba de terror.
Rango, con sus dos metros de altura, el pelo negro al viento, parecía Pedro el Grande, dispuesto a dar la batalla.
–¡Fuera de aquí!
El viejo estaba obnubilado por la borrachera, y se negó a moverse. Su camarote olía tan mal que Djuna retrocedió. Había cazos y sartenes esparcidos por el suelo, sucios, y cientos de viejas botellas de vino que despedían un rancio olor.
Rango obligó a Djuna a que volviese al dormitorio y fue en busca de la policía.
Djuna le oyó volver con el agente, y escuchó sus explicaciones.
Oyó como el policía decía al vigilante:
–Vístase. El propietario le dijo que se fuese. Tengo la orden aquí. Vístase.
El vigilante permanecía tumbado, rebuscando sus ropas. No daba con la embocadura de los pantalones. Se quedó mirando una de las perneras como si le sorprendiese su pequeñez. Rezongaba. El agente esperó. No podían vestirle porque se quedaría fláccido. Iba mascullando:
–Bueno, ¿qué más me da? He sido capitán de un yate. Una cosa blanca y elegante, no una de estas barcazas descuajaringadas. Y además tenía un traje blanco. Aunque me echen al río, a mí me da lo mismo. No me importa morir. No soy un viejo malo. Le hago sus encargos, ¿no? Voy a buscar el agua, ¿no es cierto? Y traigo el carbón. Qué importa si por la noche canto un poquitín.
–No se limita a cantar un poquitín –dijo Rango–. Hace un ruido de mil demonios cada vez que vuelve a casa. Empieza a golpear con los cubos, arma una escandalera, aporrea las paredes, está siempre borracho, se cae por las escaleras.
–Estaba dormido como un tronco, ¿verdad? Dormido como un tronco, se lo digo yo. ¿Quién es el que ha derribado la puerta, a ver, dígame? ¿Quién se ha metido en mi camarote? No pienso irme. No encuentro los pantalones. Éstos no son míos, son demasiado pequeños.
Entonces se puso a cantar:

Laissez moi tranquille, Je ferais le mort.
Ma chandelle est morte Et ma femme aussi.

Entonces Rango, el policía y Djuna se echaron a reír. No podían parar de reír. Tan atribulado e inocente parecía el viejo.
–Si se está calladito se puede quedar –dijo Rango.
–Si arma escándalo –dijo el policía–, volveré a buscarle y le meteré en chirona.
–Je ferais le mort –dijo el viejo–. Ni se enterarán de que estoy aquí.
Ahora estaba totalmente sorprendido y dócil.
–Pero nadie tiene derecho a derribar una puerta. Ya se lo digo yo, ¡vaya modales! He tumbado a algunos hombres con frecuencia, pero jamás he derribado una puerta. Se acabó la intimidad. Ya no hay modales.
Cuando Rango regresó al dormitorio, encontró a Djuna que todavía seguía riéndose. Él abrió los brazos. Ella ocultó el rostro sobre su chaqueta y dijo:
–¿Sabes una cosa? Me ha encantado el modo como has derribado la puerta.
Se sentía liberada de alguna secreta acumulación de violencia, como ocurre cuando contemplamos una tormenta de la naturaleza, con rayos y truenos descargando nuestra cólera.
–Me ha encantado el modo como has derribado la puerta –repitió Djuna.
A través de Rango había vislumbrado algún otro reino al que hasta entonces jamás había tenido acceso. A través de su acción había palpado cierto clima de violencia que nunca había antes conocido.

El Sena empezó a crecer debido a las lluvias, y superó las marcas dibujadas en las piedras del Medioevo. Al principio recubrió los muelles con una delgada capa de agua, y los trotamundos acuartelados bajo el puente tuvieron que mudarse a sus casas de campo bajo los árboles. Luego lamió el pie de las escaleras, ascendió un peldaño, y luego otro, y por fin se detuvo en el octavo, a suficiente altura como para que se ahogase un hombre.
Las barcazas allí estacionadas subieron con la crecida; los inquilinos de las gabarras tuvieron que botar sus barquichuelas de remos y remar hasta la orilla, trepar por una escalerilla de cuerda colgada en el pretil, saltar el paredón y dar en tierra firme. A los paseantes les encantaba contemplar ese ritual, como una grata invasión de la ciudad por los habitantes de las barcazas.
Por la noche la ceremonia era peligrosa, y remar de las barcazas a la orilla y viceversa tenía su peligro. A medida que el río crecía, las corrientes se volvieron turbulentas. El Sena sonriente mostraba una faceta más abominable de su carácter.
La escalerilla de cuerda estaba vieja, y su solidez había sido mellada en parte por el tiempo.
El comportamiento caballeresco de Rango casaba con aquellas circunstancias: ayudaba a Djuna a saltar por encima del pretil sin mostrar apenas el festón de conchas de su combinación a los curiosos mirones; luego la metía en la barquita, y remaba con vigor. Al principio permanecía de pie y con una pértiga empujaba el bote lejos de la orilla, porque éste tendía a ser arrastrado por las aguas contra la escalera, y luego otra corriente lo empujaba en dirección opuesta, y tenía que luchar para evitar que los arrastrase río abajo.
Con los pantalones arrollados, sus piernas fuertes y oscuras al desnudo, el cabello flotando al viento, tensos los musculosos brazos, Rango sonreía disfrutando de su poder, y Djuna se recostaba y dejaba que cada día la rescatase de nuevo, o la paseara remando como si fuera una gran dama veneciana.

Rango no permitía que el vigilante les llevase en el bote. Quería ser él quien llevaba a su dama hasta la barcaza. Quería dominar para ella la tumultuosa corriente, depositarla sana y salva en su hogar, sentir que la raptaba de la tierra, de la ciudad de París, para cobijarla y ocultarla en su propia torre de amor.
Al filo de la medianoche, cuando otros sueñan con chimeneas encendidas y mullidas zapatillas, con encontrar un taxi para volver a casa desde el teatro, o con perseguir falsas alegrías por los bares, Rango y Djuna vivían un rescate épico, una batalla con un río colérico, un viaje lleno de dificultades, pies mojados, ropas húmedas, una aventura en la que el amor, la puesta a prueba del amor, y la recompensa se fundían en un solo momento de plenitud. Porque Djuna presentía que si Rango caía y se ahogaba, ella también perecería, y Rango sentía que si Djuna caía en la gélida corriente, él moriría por salvarla. En ese instante de peligro comprendían que cada uno era la razón de vivir del otro, y volcaban todo su ser en aquel instante.
Rango remaba como si se hallasen perdidos en medio del mar, no en el corazón de una ciudad; y Djuna permanecía sentada y le contemplaba con admiración, como si participasen en un torneo medieval y su dominio del Sena fuese el supremo ofrecimiento votivo a su poder femenino.
Debido a su adoración y a su amor, Rango tampoco permitía que nadie le encendiese el fuego, como si él fuera el calor y el fuego que secase y reanimara sus pies. La llevaba en volandas por la portezuela de la trampilla hasta la helada pieza, húmeda a causa de la niebla invernal. Ella permanecía tiritando, mientras Rango encendía el fuego con una intensidad que traslucía su deseo de calentarla, de modo que aquello ya no parecía un fogón ordinario, humeante y renqueante, y Rango dejaba de ser un hombre cualquiera prendiendo la lumbre con periódicos húmedos, para erguirse como una especie de héroe de las valquirias encendiendo una hoguera en una Selva Negra.
Así es como amor y deseo devolvían toda su dimensión a los actos insignificantes, renovando en una sola noche invernal de París toda la grandeza del mito.
Ella se echó a reír cuando Rango logró encender la primera llama, y le dijo:
–Eres el Dios del Fuego.

Él la llevó tan al fondo de su calor, cerrando tan íntimamente la puerta de su amor, que era imposible que entrase el aire exterior y corrosivo.
Y ahora estaban contentos, habían alcanzado el sueño de todos los amantes: la isla desierta, la celda, el capullo en el que crear juntos y, desde el principio, un mundo.
En la oscuridad se ofrendaban sus múltiples personalidades, evitando sólo las más recientes, la historia de los años anteriores a su encuentro, por ser terreno peligroso del que podían surgir disensiones, dudas y celos. En la oscuridad más bien buscaban ofrecerse mutuamente su personalidad más antigua, más inocente, menos poseída.
Éste era el paraíso al que todo amante desea volver con el ser amado, recobrando una personalidad virgen que brindarse mutuamente.
En ese momento Djuna se sentía una muchachita jovencísima, volvía a notar el contacto del crucifijo que había llevado atado al cuello, y el incienso de la misa en las ventanas de la nariz. Recordaba el altarcito situado junto a su cama, el olor de las velas, las ajadas flores artificiales, el rostro de la virgen, y la sensación de muerte y de pecado inextricablemente enlazadas en su cabecita infantil. Volvió a sentir sus senos pequeños contra el vestido modesto, y las piernas apretadas con fuerza. Ahora era la primera chica que él había querido, la que había ido a visitar en su caballo, después de viajar toda la noche por las montañas para lograr verla fugazmente. Su rostro era el rostro de aquella muchacha a la que Rango sólo había hablado a través de una verja de hierro. Su rostro era el rostro de sus sueños, un rostro con el dilatado entrecejo de las madonnas del siglo XVI. Él se casaría con esa muchacha y la guardaría celosamente, como un esposo árabe, y el mundo jamás la vería ni sabría de ella.

En el fondo de ese amor, bajo la vasta tienda de ese amor, mientras él hablaba de su infancia recobraba, también, la inocencia, una inocencia mucho mayor que la primera pues no brotaba de la ignorancia, del temor, o de la neutralidad de la experiencia, sino que nacía como un oro puro y refinado, producto de muchas pruebas y selecciones, del rechazo voluntario de las heces; nacía, tras múltiples profanaciones, del valor que emanaba de capas del ser mucho más profundas, inaccesibles a la juventud.
Rango hablaba en la noche:
–La montaña en donde nací era un volcán apagado. Estaba más cerca de la luna. Allí la luna resultaba tan inmensa que asustaba al hombre. A veces aparecía con un halo rojizo, que cubría medio cielo, y todo quedaba teñido de rojo... Cazábamos un pájaro que se aferraba tanto a la vida que, después de haberle disparado, los indios debían arrancarle dos plumas y hundírselas en el pescuezo, porque de lo contrario no se moría... Matábamos patos en los marjales, y en una ocasión quedé atrapado en las arenas movedizas y me salvé desprendiéndome rápidamente de las botas y saltando a tierra firme... Había un águila domesticada que anidaba en nuestro tejado... Con las primeras luces, mi madre reunía a toda la familia y rezábamos el rosario... Los domingos dábamos comidas formales que duraban toda la tarde. Todavía recuerdo el sabor del chocolate, que era espeso y dulce, al estilo español... Venían prelados y cardenales con sus púrpuras y dorados aderezos. Vivíamos como en la España del siglo XVI. La grandiosidad de la naturaleza que nos rodeaba nos sumía en una especie de trance. Era tan inmensa que causaba tristeza y soledad. Al principio, después de Guatemala, Europa parecía tan pequeña, tan zarrapastrosa. Una luna de juguete, me dije, un mar de juguete, casas y jardines tan diminutos. En mi tierra tardábamos seis horas en tren y tres semanas a caballo para llegar a la cima de la montaña adonde íbamos a cazar. Permanecíamos allí durante meses, durmiendo en el suelo. Había que avanzar lentamente, debido al esfuerzo del corazón. Más allá de cierta altura, los caballos y mulas no lo soportaban; les empezaban a sangrar los oídos y la boca.
Cuando llegábamos a los casquetes de nieve el aire era casi negro de tan intenso. Mirábamos desde acantilados cortados a pico, miles de millas más abajo, y al fondo veíamos la pequeña y exuberante jungla tropical, de un verde lujuriante. A veces mi caballo avanzaba horas y horas junto a una cascada, hasta que el sonido de la catarata me hipnotizaba. Y durante todo ese tiempo, en la nieve y en la jungla, soñaba con una mujer pálida y esbelta... Cuando tenía diecisiete años me enamoré de una estatuilla de una virgen española, que tenía ese entrecejo ancho que tú tienes. Soñaba con esa mujer, que eras tú, y soñaba con ciudades, con vivir en ciudades... Arriba, en la montaña donde nací, nunca caminabas a pie llano, siempre caminabas por escaleras, una escalinata eterna hacia el cielo, construida con gigantescos bloques de piedra.
Nadie sabe cómo lograron apilar esas piedras los indios; parece humanamente imposible. Parecía más una escalera construida por dioses, porque los peldaños eran más altos de lo que podía soportar el paso de un hombre. Fueron construidas para dioses gigantes, para los gigantes mayas esculpidos en granito, los que bebían la sangre de los sacrificios, los que reían ante los exiguos esfuerzos de los hombres que se cansaban de dar aquellas grandes zancadas por las laderas de las montañas. Los volcanes entraban a menudo en erupción y enterraban a los indios con fuego y lava y cenizas. Algunos fueron alcanzados mientras bajaban las piedras, los hombros doblegados, y quedaron petrificados en lava, como si hubiesen recibido la maldición de la tierra, las maldiciones de las entrañas de la tierra. A veces hallábamos restos de huellas mayores que las nuestras. ¿Podían ser las botas blancas de los mayas? Donde yo nací empezó el mundo. Donde yo nací existen ciudades enterradas bajo la lava, niños nonatos destruidos por volcanes. Allí arriba no había mar alguno, pero sí un lago que originaba tempestades igualmente violentas.
A veces el viento era tan cortante que parecía que iba a decapitarte. Las nubes eran horadadas por tormentas de arena, la lava se solidificaba en forma de estrellas, los árboles morían de fiebres y desparramaban hojas cenicientas, el rocío se evaporaba donde caía, y de los labios resecos y resquebrajados de la tierra levantábanse nubes... Y allí nací yo. Y el primer recuerdo que tengo no se parece en nada al de otros niños; mi primer recuerdo es una pitón devorando a una vaca... Los pobres indios no tenían dinero para comprar ataúdes para sus muertos. Cuando los cadáveres no son depositados en ataúdes se produce una combustión, pequeñas explosiones de llamas azules, como cuando quema el azufre. Esas llamitas azules, vistas de noche, son extrañas y sobrecogedoras... Para llegar a casa teníamos que cruzar un río. Luego venía el patio delantero que era tan grande como la Place Vendóme... Luego la capilla que pertenecía a nuestro rancho.
Cada domingo enviaban a un sacerdote desde la ciudad para que dijese misa... Era una casa vasta y destartalada, con muchos patios interiores. Era de un estuco de color coral pálido. Había una sala completamente llena de armas de fuego, todas ellas colgadas de las paredes. Otra pieza estaba repleta de libros. Todavía recuerdo el aroma a madera de cedro de la habitación de mi padre. Me encantaba su elegancia, su hombría, su valor... Una de mis tías se dedicaba a la música; se casó con un hombre muy brutal que la hizo infeliz. Se dejó morir de hambre, tocando el piano durante toda la noche. Mi interés hacia el piano me viene de oírla tocar noche tras noche, hasta que murió, y de descubrir posteriormente aquella música. Bach, Beethoven, lo mejor, que en aquel tiempo eran muy poco conocidos en aquellos ranchos tan lejanos.
A las escuelas de música sólo iban las niñas. Se consideraba que era un arte afeminado. Tuve que dejar de asistir y estudiar por mi cuenta porque las muchachas se reían de mí. Aunque era tan grandote, y tan bruto en muchos aspectos, y me gustaba cazar, pelear, montar a caballo, lo que más me gustaba era el piano... La obsesión del hombre de las montañas es ver el mar. Jamás olvidaré mi primera visión del océano. El tren llegó a las cuatro de la madrugada. Yo estaba aturdido, profundamente conmovido. Incluso ahora, cuando leo la Odisea, lo hago con la fascinación del hombre de la montaña por el mar, del hombre de la nieve por los climas cálidos, del indio oscuro y apasionado por la luz y la apacibilidad griega. Y también es eso lo que me atrae hacia ti, porque tú eres el trópico, llevas el sol en ti, y la suavidad, y la claridad...

¿Qué le había ocurrido a aquel cuerpo hecho para la montaña, la violencia y la guerra? Una llamita azul de música, de arte, proveniente del cuerpo de una tía que había muerto interpretando a Bach, una llamita azul de inquieto azufre había entrado en su cuerpo hecho para la caza, para la guerra, para las lides del amor. Aquel señuelo le había alejado de su origen, atrayéndole hacia ciudades, cafés, artistas.
Pero no le había convertido en artista.
Había sido una especie de espejismo, que le había apartado de otras vidas, privándole de rancho, lujos, padres, matrimonios e hijos, para convertirle en un nómada, en un trotamundos, en un hombre inquieto y errante que jamás podría regresar a su hogar: «Porque estoy avergonzado, no tengo nada que mostrar, volvería como un pordiosero».
La llamita azul de la música y la poesía sólo titilaba por la noche, durante las largas noches de amor, eso era todo. Durante el día era invisible. En cuanto llegaba el día, su cuerpo se erguía con tal energía que Djuna pensaba: conquistará el mundo. Su cuerpo: un cuerpo que no había sido esculpido como el de un hombre de ciudad, con la precisión y la finura de una estatua acabada hasta el más mínimo detalle, sino modelado en un barro más compacto, más tosco incluso, de contornos más bastos, más cercano a la escultura primitiva, como si hubiera mantenido un tanto los perfiles más duros del indio, de los animales, de las rocas, la tierra y las plantas.
Su madre solía decir: «No me besas como un niño, sino como un animalillo».
Empezaba el día lentamente, como un cachorro, frotándose los ojos con los puños cerrados, bostezando con los ojos cerrados, con una divertida y taimada arruga que le subía desde la boca hasta el pómulo; toda su fuerza, como en el león, oculta en una forma suave, sin ningún signo visible de esfuerzo.
En la ciudad, aquel cuerpo hecho para movimientos violentos, para saltar, para enfrentarse a algún tipo de peligro, para equipararse a la zancada del caballo, de nada servía. Tenía que ser desechado como un manto superfluo. Los firmes músculos, nervios, instintos, la rapidez animal eran inútiles. Lo que debía despertar era la cabeza, no los músculos y tendones. Lo que debía despertar era la conciencia de un tipo diferente de peligros, un tipo diferente de esfuerzo, todo ello debidamente considerado, comprobado, aprendido en la cabeza, mediante un talento y una sabiduría abstractos.
La euforia física era destruida por la ciudad. La ración de aire y espacio era pequeña. Los pulmones se contraían. La sangre se aguaba. El apetito quedaba ahito y corrompido.
La visión, el esplendor, el ritmo del cuerpo se rompían instantáneamente. El tiempo del reloj, las máquinas, las bocinas de los automóviles, los pitidos, la congestión atrapaban al hombre en sus engranajes, le ensordecían, le atontaban. El ritmo de la ciudad se imponía al hombre; la orden imperiosa de mantenerse vivo significaba, en realidad, convertirse en una abstracción.
La protesta de Rango consistía en lanzarse a negar y destruir al enemigo. Decidió negar el tiempo del reloj y, al principio, todo cuanto ambicionaba se le escapaba. Daba tales rodeos para obedecer a su propio ritmo y no al de la ciudad, que cosas tan sencillas como afeitarse y comprar un filete le llevaban horas enteras, y la carta de vital importancia quedaba siempre por escribir. Si pasaba junto a un estanco, su costumbre de autodisciplinarse era más fuerte que sus necesidades, y se olvidaba de comprar los cigarrillos que anhelaba, pero luego, cuando estaba a punto de entrar en casa de un amigo para almorzar, daba un gran rodeo para comprar cigarrillos y llegaba demasiado tarde al almuerzo, encontrándose con que su amigo se había ido, enojado, y así, una vez más, el ritmo y el modelo de la ciudad quedaban destruidos, el orden se quebraba, y Rango se rompía con él, Rango que se quedaba sin comer.

A veces intentaba dar con el amigo dirigiéndose al café, pero una vez allí encontraba a otra persona y se ponía a hablar de encuadernaciones y, entretanto, otro amigo le esperaba en la embajada de Guatemala, le esperaba porque necesitaba su ayuda, que le presentase a alguien, y Rango jamás aparecía, y al mismo tiempo Zora le estaba aguardando en el hospital, y Djuna le aguardaba en la barcaza, y la cena que había preparado se echaba a perder junto al fuego.
En ese instante Rango se encontraba contemplando un grabado en las paradas de libros, o echaba los dados sobre el mostrador de un café para jugarse una copa, y ahora que la rutina de la ciudad había sido destruida, hecha añicos, Rango regresaba y le decía a Djuna: «Estoy cansado». Y reclinaba su cabeza abatida, apesadumbrada, sobre sus senos, su cuerpo robusto sobre su cama, y todos sus incumplidos deseos, sus momentos abortados, se acostaban con él, como piedras en los bolsillos, hundiéndole, de modo que el lecho crujía con la inercia de sus palabras: «Quisiera hacer esto, lo de más allá, quiero cambiar el mundo, quiero ir y pelear, quiero...».

Pero ya es de noche, el día ya se ha esfumado, ya se ha desintegrado en sus manos, Rango está cansado, tomará otra bebida del pequeño tonel, comerá un plátano y empezará a hablar sobre su infancia, sobre el árbol del pan, el árbol de las sombras que matan, la muerte del negrito que su padre le había regalado para su cumpleaños, un muchachito negro nacido el mismo día que él, pero en la selva, destinado a convertirse en su compañero de cacerías, pero que falleció casi inmediatamente a causa del frío de las montañas.
Así, en la penumbra, cuando Rango había destruido todo el orden de la ciudad porque la ciudad destruía su cuerpo, y el día yacía como un cementerio de negaciones, de rebeliones y abortos, cuando el día yacía como una red gigante en la que él mismo se había enredado como un niño se enreda en un orden que no puede comprender, hasta correr peligro de autoestrangularse..., Djuna, temiendo que pudiese asfixiarse, o quedar aplastado, procuraba ir desenredando aquella madeja humana con todo cariño, de modo parecido a como recogía los trozos de sus vasos rotos para volverlos a componer...

Habían alcanzado un momento perfecto de amor humano. Habían creado un momento de comprensión y de acuerdo perfectos. Ese momento culminante iba a quedar ahora como punto de comparación para atormentarles posteriormente, cuando todas las imperfecciones naturales lo desintegrasen.
Al principio, los desajustes eran sutiles y no hacían prever la futura destrucción. Al principio la visión era nítida, como un cristal perfecto. Cada acto, cada palabra quedaría grabado en él para proyectar luz y calor sobre las raíces crecientes del amor, o para distorsionarlo lentamente y corroer su expansión.
Rango encendiendo el farolillo ante la llegada de Djuna, para que viese la luz roja desde lejos, para que se tranquilizara, para que se sintiese incitada a caminar más aprisa, aliviada por ese símbolo de su presencia y su fervor. Rango preparando el fuego para que Djuna se calentase... Rango era incapaz de mantener esos ritos, porque no podía aguantar el esfuerzo de llegar puntual, ya que su costumbre inveterada había acabado por crearle el hábito contrario: eludir, esquivar, dar al traste con todos los anhelos ajenos, con todos los compromisos, con todas las promesas, con todas las realidades.
La mágica belleza de la simultaneidad, el ver al amado corriendo hacia ti en el instante en que tú corres hacia él, el poder mágico de reunirse a las doce en punto de la noche para alcanzar la unión, la ilusión de un ritmo común logrado superando obstáculos, abandonando amigos, rompiendo otras ataduras... todo eso quedó pronto disuelto a causa de su pereza, por su costumbre de faltar a todos los momentos, de jamás cumplir su palabra, de vivir perversamente en un estado caótico, de nadar con mayor naturalidad en un mar de intenciones fracasadas, promesas rotas y deseos abortados.
Para Djuna la importancia del ritmo era tan fuerte que, estuviera donde estuviese, incluso sin reloj, notaba que se aproximaba la medianoche y tomaba un autobús, con tal exactitud instintiva que, a menudo, cuando se apeaba, el gran reloj de la estación daba las doce sonoras campanadas de la medianoche.
Esta obediencia a la puntualidad correspondía a su conciencia de lo rara que resulta la unión completa entre los seres humanos. Era total y dolorosamente consciente de que, en dos corazones, la medianoche sólo suena al unísono en contadas ocasiones, de que muy raramente la medianoche despierta dos deseos iguales, y de que cualquier desajuste en ese aspecto, cualquier indiferencia, representa un indicio de desunión, de las dificultades, las imposibilidades de fusión entre seres humanos.
Su propia ligereza, su libertad de movimiento, su costumbre de súbitas desapariciones hacían que sus escapadas fuesen más factibles, mientras que Rango, por el contrario, jamás se había ido, que se supiese, hasta que las botellas, la gente, la noche, el café, las calles quedaban completamente vacías.
Pero, para Djuna, la torpeza de Rango en superar los obstáculos que le retrasaban disminuía el poder de su amor.
Poco a poco comprendió que Rango tenía que encender dos fuegos, uno para Zora, en su hogar, y otro en la barcaza. Cuando llegaba tarde y empapado, Djuna se sentía conmovida por su cansancio y porque comprendía las cargas que él soportaba en su hogar, y empezaba a encenderle el fuego.
A Rango le gustaba dormir hasta avanzadas horas, pero ella se despertaba con el paso de las gabarras de carbón, con sus sirenas antiniebla y con el denso tráfico que cruzaba por el puente. De modo que se vestía quedamente, corría al café de la esquina y regresaba con café y bollos para sorprenderle cuando despertase.
–Eres tan humana, Djuna, tan humana y cálida...
–¿Qué esperabas que fuese?
–Oh, parece como si el día en que naciste hubieras dado un vistazo al mundo y hubieses decidido vivir en cierta región entre el cielo y la tierra que los chinos llaman el Lugar de la Sabiduría.

El inmenso reloj de la estación del Quai d'Orsay, que enviaba a la gente de viaje, mostraba por la mañana un rostro tan enorme y lleno de reproches: es hora de cuidar de Zora, es hora de cuidar de tu padre, es hora de volver al mundo, hora hora hora...
Como Djuna sabía lo mucho que le había gustado ver el farolillo rojo titilando tras el ventanuco de la barcaza cuando se acercaba a ella, al recaer Rango en su costumbre de llegar tarde, encendió el farolillo para él, sobreponiéndose al miedo que le inspiraba la barcaza oscura, el vigilante borracho, los vagabundos dormidos, las siluetas que se movían tras los árboles.
Cuando descubrió lo mucho que Rango necesitaba el vino, nunca dijo: «No bebas». Compró un pequeño tonel en el rastro, lo hizo llenar de vino tinto y lo colocó junto a la cabecera de la cama, al alcance de su mano, confiando que su vida juntos, sus aventuras juntos, y las historias que se contaban para pasar el rato, no tardarían en ocupar el lugar del vino. Confiando que el calor de ambos sustituiría al calor del vino, creyendo que todas las intoxicaciones naturales de las caricias emanarían de ella y no del pequeño tonel...
Luego, un día, Rango apareció con unas tijeras en el bolsillo. Zora había ingresado en el hospital por algunos días. Ella era quien siempre le cortaba el pelo. Rango odiaba a los peluqueros. ¿Le gustaría a Djuna cortarle el pelo?
Su pelo espeso, brillante, rizado, negro, que no podía dominar el agua ni el aceite. Se lo cortó tal como él deseaba y sintiose, por un momento, como su verdadera esposa.
Luego Zora regresó a casa, y siguió cuidando del pelo de Rango.
Y Djuna lloró por primera vez, y Rango no comprendió por qué lloraba.
-Me gustaría ser yo quien te cortase el pelo.
Rango hizo un ademán de impaciencia.
-No veo por qué tienes que dar importancia a eso. No significa nada. No te comprendo lo más mínimo.
De no ser por la música, podríamos olvidarnos de la propia vida y nacer de nuevo, limpios de recuerdos. De no ser por la música podríamos deambular por los mercados de Guatemala, por las nieves del Tibet, subir los peldaños de los templos hindúes, podríamos cambiar de costumbres, desprendernos de nuestras posesiones, no retener nada del pasado.
Pero la música nos persigue con cierto aire familiar y el corazón ya no late en un bosque anónimo de latidos, ya no es un templo, un mercado, una calle como un decorado teatral, sino que se ha convertido en escenario de una crisis humana inexorablemente repetida en todos sus detalles, como si la música hubiese sido la propia partitura del drama y no su acompañamiento.

La última escena entre Rango y Djuna hubiera podido diluirse en el sueño, y ella tal vez habría olvidado la negativa de Rango a dejarse cortar el pelo una vez más, pero ahora el organillero del muelle hacía girar la manivela maliciosamente, despertando en ella la evocación de otra escena. No se habría sentido tan turbada por la evasividad de Rango, o por su defensa del derecho de Zora a cortarle el pelo, si eso no se hubiera sumado a otras escenas que el organillero había presenciado con tonadas similares, recreados ahora para ella, escenas en las que Djuna no había satisfecho su deseo, no había obtenido respuesta.
El organillero que tocaba Carmen la devolvía inexorablemente, como un mago maligno, a aquel día de su infancia en que había pedido un huevo de Pascua tan grande como ella, y su padre le había replicado, impaciente: «¡Qué deseo tan tonto!». O a otra ocasión en que le había pedido que le dejase besarle los párpados y él se había burlado de ella, o todavía a aquella otra en la que ella había llorado porque su padre se iba de viaje y él le había dicho: «No comprendo cómo puedes dar tanta importancia a eso».
Ahora Rango decía lo mismo:
-No comprendo por qué te entristece que no puedas seguir cortándome el pelo.
Por qué no había abierto sus grandes brazos hacia ella, protegiéndola un instante mientras le decía: «No puede ser, este derecho pertenece a Zora, pero comprendo lo que sientes, comprendo que te sientas frustrada en tu deseo de cuidarme como esposa...».
Ella quería decir: «Oh, Rango, cuídate. El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no sabemos cómo volver a colmar su fuente, muere de ceguera, y errores y traiciones. Muere de enfermedades y heridas, muere de cansancio, de envejecimiento, de rutina, pero nunca de muerte natural. Todo amante podría ser juzgado como asesino de su propio amor. Cuando algo te duele, te entristece, me apresuro a evitarlo, a alterarlo, a sentir lo que tú sientes, pero tú te vuelves con un gesto de impaciencia y dices: "No lo comprendo".»

Jamás hubo una escena que se desarrollase entre seres humanos, sino múltiples escenas convergiendo como grandes afluyentes fluviales. Rango creía que aquella escena no contenía nada que no fuera capricho de Djuna, un capricho que debía serle negado.
No supo ver que contenía, en uno solo, todos los deseos que a Djuna le habían sido prohibidos, y que esos deseos habían confluido en todas direcciones para encontrarse en esa intersección y suplicar, una vez más, un poco de comprensión.
Durante todo el tiempo que el organillero estuvo desgranando las canciones de Carmen en el foso orquestal de esa escena, lo que se conjuró no fue aquella estancia en una barcaza, y aquellas dos personas, sino una serie de piezas y una procesión de gentes, acumulándose hasta alcanzar proporciones inmensas, acumulando analogías y repeticiones de pequeños fracasos hasta contenerlos a todos, mientras la continuidad del acompañamiento del organillero los soldaba, los comprimía en una amplia injusticia. Al ensanchar el corazón oprimido, la música creaba una marea de injusticia para la que jamás se había construido Arca de Noé alguna.

El chisporroteo del fuego subía por los aires; sus ojos reflejaban alegremente todas sus danzas.
Djuna miró a Rango con una premonición de dificultades, porque a menudo ocurría que su alegría despertaba en él un súbito impulso por destruir su placer compartido. Las alegrías de ambos nunca eran una isla luminosa en el presente, sino un acicate para que él recordara que Djuna había estado viva anteriormente, que su conocimiento de las caricias se lo habían enseñado otros, que había sonreído otras noches, en otras habitaciones. En cada momento álgido de satisfacción, Djuna temblaba ligeramente y se preguntaba cuándo empezarían a deslizarse hacia el tormento.

Esa noche el peligro apareció insospechadamente mientras hablaba de sus pintores preferidos, y Rango dijo de repente:
–¡Y pensar que considerabas a Jay un gran pintor!
Cuando Djuna defendía a un amigo de la ironía y los sarcasmos de Rango, él siempre se ponía celoso, pero defender una opinión sobre un pintor, pensó Djuna, era algo que podía hacer sin el menor peligro.
–Naturalmente, tú defenderás a Jay –dijo Rango–. Él formaba parte de tu vida anterior, de tus antiguos valores. Eso jamás podré cambiarlo. Quiero que pienses como yo.
–Pero, Rango, cómo podrías respetar a alguien que cambiara de opinión simplemente por complacerte. Eso sería hipocresía.
–Admiras a Jay como pintor sencillamente porque Paul le admiraba. En pintura era el gran héroe de Paul.
–¿Qué quieres que diga, Rango? ¿Qué puedo hacer para demostrarte que te pertenezco? No sólo Paul está muy lejos, sino que además sabes que nunca volveremos a vernos, que no éramos el uno para el otro. Le he abandonado por completo, y podría olvidarle si tú me lo permitieses. Tú eres lo único que constantemente me recuerda su existencia.

En tales momentos Rango dejaba de ser el Rango ferviente, adorador, cálido, corpulento y generoso. Su rostro se ensombrecía a causa de la ira, y gesticulaba violentamente. Su conversación se hacía vaga e informe, y Djuna apenas era capaz de captar la frase reveladora que podía esconder la clave de la tormenta, permitiéndole abatirla o desviarla.
Ante la injusticia de la situación sintió que se apoderaba de ella una creciente cólera. ¿Por qué tenía Rango que emplear el pasado para destruir el presente? ¿Por qué buscaba el tormento deliberadamente?
Djuna abandonó la mesa con rapidez y subió a cubierta. Tomó asiento cerca de la cadena del ancla, en la oscuridad. La lluvia caía sobre ella, pero no la notaba; se hallaba perdida y confusa.
Y entonces le sintió a su lado.
–¡Djuna! ¡Djuna!
La besó, y la lluvia y las lágrimas y su aliento se confundieron. En su beso había tal desesperación que Djuna se ablandó. Era como si la pelea hubiese arrancado una capa y dejado un núcleo cual un nervio al descubierto, de modo que el beso quedó magnificado, intensificado, como si el dolor hubiese producido una aguda incisión para una más honda penetración del placer.
–¿Qué puedo hacer? –murmuró ella–. ¿Qué puedo hacer?
–Estoy celoso porque te amo.
–Pero, Rango, no tienes motivos para estarlo.
Era como si ambos compartiesen su enfermedad de duda y, juntos, buscaran un remedio.
A ella le parecía que si decía: «Jay era un mal pintor», Rango comprendería claramente aquella retractación, aquel absurdo. Sin embargo, ¿cómo podía volver a ganar su confianza? Todo su cuerpo exigía seguridad, y si todo su amor no bastaba, ¿qué otra cosa podía darle Djuna para disipar sus dudas?
Cuando volvieron a la habitación el fuego languidecía.
Rango no se relajó. Dio con algunos libros que Djuna iba a tirar, amontonados junto a la papelera. Los recogió y los estudió, uno por uno, como un detective.
Luego dejó los que ella había apartado y se dirigió a los que se hallaban alineados en el anaquel.
Eligió uno al azar y en la sobrecubierta leyó «De Paul».
Era un libro sobre Jay, con reproducciones de sus cuadros.
Djuna dijo:
–Si eso te hace feliz, lo puedes tirar con los otros.
–Los quemaremos –dijo él.
–Quémalos todos –añadió ella con amargura.
Para Djuna aquello no era tan sólo una oferta de paz ante los atormentadores celos de él, sino una súbita cólera ante aquel montón de libros cuyo contenido no la había preparado para momentos como aquél. Todas aquellas novelas ocultaban cuidadosamente la verdad sobre el carácter, sobre las oscuridades, los enredos, los misterios. Palabras palabras palabras palabras y ninguna revelación de las trampas, de los abismos en que caían los seres humanos.
Que Rango los quemase todos; se lo tenían bien merecido.

(Rango cree que está quemando momentos de mi vida con Paul. Sólo está quemando palabras, palabras que rehuían todas las verdades, que rehuían lo esencial, que rehuían el diablo desnudo que hay en los seres humanos, y que se sumaban a la ceguera, a los errores. Novelas que prometen experiencia, y que luego se quedan en la periferia, reseñando sólo el parecido, las ilusiones, el ropaje y las falsedades, sin abrir pozos, sin preparar a nadie para las crisis, los fracasos, las guerras y las trampas de la vida humana. Sin enseñar nada, sin revelar nada, estafándonos la verdad, la inmediatez, la realidad. Que los queme todos, que queme todos los libros del mundo que han evitado el conocimiento descarnado de las crueldades que ocurren entre hombres y mujeres en la sima de las noches solitarias. Sus abstracciones y evasiones no sirvieron de coraza contra los momentos de desesperación.)
Se sentó junto a él, frente al fuego, compartiendo aquella hoguera primitiva. Un ritual para introducir una nueva vida.
Si él seguía destruyendo malévolamente tal vez alcanzasen una especie de isla desierta, una mutua posesión final. A veces aquel absoluto que Rango exigía, aquel despojarse de todo lo exterior para tallar una única figura de hombre y mujer unidos, le parecía a Djuna algo deseable, quizás un término, un final irrevocable para todas las fiebres e inquietudes del amor, una especie de unión finita. Quizás existiese una fusión perfecta para los amantes dispuestos a destruir el mundo que les rodeaba. Rango creía que la simiente de la destrucción residía en ese mundo, por ejemplo en esos libros que le revelaban demasiado descaradamente la diferencia entre la mentalidad de ambos.
Por eso, para fundirse, era preciso, al menos para Rango, destruir las diferencias.
Que quemasen el pasado, si querían, pues él lo consideraba como una amenaza a su unión.

Rango estaba situando la imagen de Paul en otro compartimiento del corazón de Djuna, un compartimiento aislado, sin pasillos que comunicasen con el que él habitaba. Un lugar en algún oscuro cobijo, por el que fluye el amor eterno, un reino tan distinto del habitado por él que jamás se encontrarían o tropezarían en aquellas vastas ciudades interiores.
«El corazón... es un órgano... dividido en cuatro cavidades o compartimentos... Un tabique separa los compartimientos de la izquierda de los de la derecha y entre ellos no es posible ninguna comunicación directa...»
La imagen de Paul fue perseguida hasta el compartimento de la afabilidad y ocultada en él, mientras Rango la rechazaba con el holocausto de los libros que había leído con Djuna.
(Paul, Paul, éste es el derecho que nunca reclamaste, el fervor que jamás mostraste. Eras tan frío y ligero, tan evasivo, y nunca te sentí rodeándome y exigiendo poseerme. Rango está diciendo todas las palabras que yo te hubiera querido oír. Nunca te acercaste a mí, ni siquiera cuando me hablabas. Me hiciste tuya como los hombres hacen suyas a las mujeres extranjeras, de lejanos países, cuya lengua desconocen. Me hiciste tuya con silencio y reserva...)
Cuando Rango se quedó dormido, cuando el farolillo afrodisíaco hubo consumido su aceite, Djuna siguió despierta, sacudida por los ecos de la violencia de Rango y por el descubrimiento de que la confianza de él tendría que ser ganada nuevamente cada día, de que ninguna de aquellas enfermedades del espíritu se curaría con amor o devoción, porque el mal estaba en las raíces, y de que quienes se abocasen a paliar los síntomas obvios asumirían una tarea interminable, una tarea sin esperanzas de curación.

La palabra que Rango tenía con más frecuencia en los labios era dificultades.
Rompía el vaso, derramaba el vino, quemaba la mesa con cigarrillos, bebía el vino que debilitaba su voluntad, se pasaba las horas hablando de sus planes, se desgarraba los bolsillos, se le caían los botones, rompía los peines.
Solía decir: «Pintaré la puerta. Compraré aceite para el farolillo. Repararé la gotera del techo». Y transcurrían meses y meses: la puerta seguía sin pintar, la gotera sin reparar, el farolillo sin aceite.
Decía: «Daría mi vida por unos meses de plenitud, de éxito, de algo de lo que pudiera sentirme orgulloso».
Y luego bebía un poquito más de vino tinto, encendía otro cigarrillo. Dejaba caer los brazos; se tumbaba junto a Djuna y hacía el amor con ella.

Al entrar en una tienda, Djuna vio una cerradura que necesitaban para la puerta de la escotilla y dijo:
–Comprémosla.
–No –repuso Rango–. He visto otra más barata en otro sitio.
Ella desistió. Y al día siguiente le dijo:
–Voy cerca del sitio donde dijiste que vendían cerraduras más baratas. Dime dónde está y compraré una.
–No –respondió Rango–. Hoy voy a ir allí. Yo la compraré.

Pasaban semanas, pasaban meses, y sus pertenencias iban desapareciendo porque no tenían cerrojo en la puerta de la escotilla.
En el útero de su amor no se engendraba ningún hijo, ningún hijo, sólo múltiples promesas rotas, cada día un deseo abortado, un objeto perdido, un libro sin leer colocado fuera de lugar, desordenando la habitación como una buhardilla de objetos desechados.
Rango sólo quería besarla con frenesí, hablar con vehemencia, beber copiosamente y dormir hasta bien avanzada la mañana.
Su cuerpo siempre estaba febril, sus ojos encendidos, como si, con el alba, fuese a vestir una pesada armadura de acero y emprender una cruzada como un amante de mitos.
La cruzada era el café.
Djuna deseaba reír y olvidarse de sus palabras, pero él no le permitía reírse ni olvidar. Insistía en que ella debía retener aquella imagen de sí mismo creada en sus conversaciones nocturnas, la imagen de sus intenciones y aspiraciones. Cada día le entregaba de nuevo una telaraña de fantasías, y quería que Djuna hiciese con ella una vela para que condujera su barcaza a un puerto de grandeza.
No le permitía reír. Cuando, a veces, estaba a punto de sucumbir a aquella fantasía, de aceptar al Rango que no creaba nada, y decía alegremente: «Al principio de conocerte querías ser un vagabundo. Déjame ser la esposa de un vagabundo», entonces él fruncía el ceño con severidad y le recordaba la existencia de un destino más austero, reprochándole que se rindiese y rebajase sus objetivos. Era inflexible en su deseo de que Djuna le recordase las promesas que le había hecho a ella y a sí mismo.

Esa insistencia en su sueño de otro Rango despertaba la compasión de Djuna. Sus palabras y su ideal de sí mismo la decepcionaban. La había nombrado no sólo ángel de la guarda, sino memento de sus ideales.
En ocasiones, a Djuna le hubiera gustado descender con él a regiones más humanamente accesibles, a un mundo despreocupado. Le envidiaba por las horas atolondradas que pasaba en el café, por sus alegres amistades, por su antigua vida con los zíngaros, por sus temerarias aventuras. La noche en que él y sus compañeros de bar robaron un bote y remaron Sena arriba cantando, en busca de suicidas a los que salvar. Su despertar, algunos días, en lejanos bancos de barrios desconocidos de la ciudad. Sus largas conversaciones con extraños al amanecer, lejos de París, en algún camión que se había parado a recogerle. Pero le estaba vedada la entrada a aquel mundo con él.
Su presencia había hecho despertar en Rango a un hombre repentinamente vapuleado por sus antiguos ideales cuya perdida madurez quería afirmarse en la acción. Con su conquista de Djuna, Rango consideraba que había reconquistado su antigua personalidad antes de que se desintegrase, puesto que había reconquistado su primer ideal femenino, aquel que no había alcanzado la primera vez, aquel al que había renunciado por completo en su matrimonio con Zora... Zora, polo opuesto a lo soñado en primer lugar.
Qué gran rodeo había significado su elección de Zora, una elección que le había llevado al nomadismo, el caos y la destrucción.
Pero este nuevo amor encerraba la posibilidad de un nuevo mundo, el mundo que intentara alcanzar, sin lograrlo, al principio, el mundo no había podido alcanzar con Zora.
A veces decía: «¿ Es posible que hace sólo un año fuese un bohemio?»
Ella había tocado inconscientemente los resortes de su verdadera naturaleza: su orgullo, su necesidad de mando, su primera ambición de jugar un papel importante en la historia.

Había ocasiones en las que Djuna sentía no que su vida pasada le hubiese corrompido –porque, a pesar de su anarquía, de su destructividad, su núcleo había permanecido humano y puro–, sino que quizá los resortes de Rango, los resortes de su voluntad, se hubiesen roto a causa del tumultuoso curso de su vida.
¿Qué podía lograr el amor? Tal vez pudiese extraer de su cuerpo los venenos del fracaso y la amargura, de las traiciones y humillaciones, pero ¿sería capaz de reparar un resorte roto, roto por años y años de disolución y rendiciones?
El amor por lo incorrupto, lo intacto, por la bondad básica de otro, podía dar una suavidad al aire, una acariciante oscilación a los árboles, un regocijo a las fuentes, podía desterrar la tristeza podía originar todos los síntomas del renacer...

Rango era como la naturaleza, bueno, agreste, y a veces cruel. Tenía todos los estados de la naturaleza: belleza, timidez, violencia y ternura. La naturaleza era el caos.
–En lo más alto de las montañas –empezaba una vez más Rango, como si continuase contándole historias del pasado que amaba, jamás del pasado del que se avergonzaba–, en una montaña dos veces más alta que el Mont Blanc, hay un laguito dentro de un cobijo de rocas volcánicas negras, bruñidas como mármol negro, en medio de cumbres de nieves perpetuas. Los indios subían a visitarlo, para ver sus espejismos. Lo que yo vi en el lago fue una escena tropical, opulentamente tropical, palmeras y frutas y flores. Eso es lo que tú eres para mí, un oasis. Me envenenas y al mismo tiempo me das fuerza.
(La pócima del amor no constituía escapatoria, porque en sus anillos yacen latentes sueños de grandeza que despiertan cuando hombres y mujeres se fecundan profundamente. Siempre nace algo del hombre y la mujer que yacen juntos e intercambian las esencias de sus vidas. Siempre es arrastrada alguna semilla que se abre en el suelo de la pasión. Los vapores del deseo son la matriz del nacimiento del hombre, y a menudo en la embriaguez de las caricias se forja la historia, y la ciencia, y la filosofía. Una mujer, mientras cose, cocina, abraza, cubre, calienta, también sueña que el hombre que la posea será más que un hombre, será la figura mitológica de sus sueños, el héroe, el descubridor, el constructor... A menos que sea una furcia anónima, ningún hombre penetra impunemente a una mujer, porque allí donde se mezcla la semilla de hombre y mujer, dentro de las gotas de sangre que se entremezclan, los cambios que ocurren son los mismos que los de los grandes y caudalosos ríos de la herencia, que, además de transmitir los rasgos físicos, transmiten los rasgos del carácter de padre a hijo y a nieto. Recuerdos de experiencias son transmitidos por las mismas células que repitieron la forma de una nariz, una mano, el tono de una voz, el color de un ojo. Esos grandes y caudalosos ríos de la herencia transmitieron rasgos y llevaron sueños de un puerto a otro hasta su realización, y dieron a luz a personalidades nunca nacidas antes... No hay hombre ni mujer que sepa lo que nacerá en la oscuridad de su entreveramiento; tantas cosas además de niños, tantos partos invisibles, tantos intercambios de alma y carácter, tantos florecimientos de personalidades desconocidas, tantas liberaciones de tesoros ocultos, de fantasías soterradas...)
Entre ellos existía esta diferencia: que cuando esos pensamientos salían a la superficie de la conciencia de Djuna, ella no se los podía comunicar a Rango porque se reía de ella. «Tonterías místicas», decía.

Un día, mientras Rango se dedicaba a cortar madera, encender el fuego, traer agua desde la fuente con energía y exaltación, sonriendo con una sonrisa de fe y placer absolutos, Djuna sintió: nacerán cosas maravillosas.
Pero al día siguiente Rango estaba sentado en el café y reía como un pícaro, y cuando Djuna pasó tuvo que habérselas con otro Rango, un Rango que se apoyaba en el mostrador con la bravuconería de un borracho, riendo con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, olvidándose de ella, olvidándose de Zora, olvidándose de la política y la historia, olvidándose del alquiler, el marketing, las obligaciones, las citas, los amigos, médicos, medicinas, placeres, olvidándose de la ciudad, de su pasado, de su futuro, de su personalidad actual, en una amnesia temporal que al día siguiente le dejaba deprimido, inerte, envenenado con sus propias cóleras consigo mismo, enojado con el mundo, enojado con el cielo, la barcaza, los libros, enojado con todo.
Y al tercer día era otro Rango, turbulento, excéntrico, oscuro, como Heathcliff, dijo Djuna, destruyéndolo todo. Ése fue el día que siguió a las borracheras: una disputa con Zora, una pelea con el vigilante. A veces regresaba con la cara marcada por una reyerta en el café. Las manos le temblaban. Sus ojos brillaban, con un destello amarillo. Djuna apartaba la cara de su aliento, pero su voz cálida, profunda, hacía que volviese de nuevo el rostro al decir: «Me he metido en un lío, una mala cosa...».

Las noches de viento, los postigos golpeaban contra las paredes como alas huesudas de un albatros gigante.
La pared a la que estaba arrimada la cama era furiosamente lamida por las pequeñas olas del río y podían oír su lap lap lap contra los costados mohosos.
En la oscuridad de la barcaza, con las cuadernas de madera gruñendo y la lluvia cayendo en la estancia por el techo sin reparar, los pasos resonaban más fuertes y siniestros. El río parecía temerario y colérico.
Contra el humo y la neblina de sus caricias, se levantaban aquellos bruscos cambios de temperamento, cuando la barcaza dejaba de ser la célula de una misteriosa vida nueva, un refugio encantado; cuando se convertía en emplazamiento de iras reprimidas, como una carga de cajas de dinamita esperando la explosión.
Porque la cólera y las batallas de Rango con el mundo se tornaban veneno. El mundo tenía la culpa de todo. El mundo tenía la culpa de que Zora hubiera nacido pobrísima, de que su madre estuviese loca, de que su padre las hubiese abandonado. El mundo tenía la culpa de su desnutrición, de su falta de salud, de su matrimonio precoz, de sus problemas. Los médicos tenían la culpa de que no se pusiera buena. El público tenía la culpa por no comprender sus bailes. El casero hubiera debido permitirles no pagar el alquiler. El tendero no tenía ningún derecho a reclamar lo que le debían. Eran pobres y tenían derecho a ser compadecidos.
El ruido de la cadena amarrando y largando el bote de remos, la furia invernal del Sena, los suicidas del puente, el viejo vigilante golpeando sus cubos cuando saltaba por encima de la pasarela y escaleras abajo, el agua calando demasiado aprisa en la sentina de la barcaza sin ser bombeada, la humedad acumulándose y pintando zapatos y vestidos de moho. Agujeros en el suelo, por tapar, a través de los cuales el agua relucía como los ojos del río, y por donde las patas de las sillas caían una y otra vez como patas de animales presos en una trampa.
Rango comentó:
–Una vez mi madre me dijo: «¿Cómo quieres llegar a tocar el piano? Tienes manos de salvaje».
–No –replicó Djuna–, tus manos son exactamente como tú. Tres dedos son fuertes y salvajes, pero los dos últimos, los más chicos, son sensibles y delicados. Tu mano es igual que tú; el corazón es tierno pero está envuelto por una naturaleza sombría y violenta. Cuando te confías eres tierno y delicado, pero cuando dudas eres peligroso y destructivo.
–Siempre me he puesto del lado de los rebeldes. En una ocasión me nombraron jefe de policía de mi ciudad natal y me mandaron con un pelotón a capturar a un bandido que había estado asolando a los pueblecitos indios. Cuando llegué al sitio me hice amigo del bandido y estuvimos jugando a cartas y bebiendo toda la noche.
–¿Qué es lo que mató tu fe en el amor, Rango? Nunca fuiste traicionado.
–No acepto que pudieses amar a alguien antes de conocerme a mí.
Djuna permaneció callada, pensando que los celos del pasado no tenían fundamento alguno, pensando que las posesiones y caricias más profundas quedaban almacenadas en las buhardillas del corazón, pero que no tenían poder para resucitar y penetrar en las estancias iluminadas del presente. Permanecían envueltas en penumbra y polvo, y si una vieja asociación hacía revivir una sensación añeja, ésta sólo duraba un instante, como un eco, intermitente y transitoria. La vida arrastra, apaga y acalla las más indelebles experiencias hacia la laguna Estigia de mundos desvanecidos. El cuerpo tiene sus núcleos y sus periferias y un modo muy misterioso de mantener a los intrusos en la orilla exterior. Un millón de células protegen el núcleo de un amor profundo de las invasiones fantasmales, de las reapariciones de amores pretéritos.
Un presente intenso, vivido, era el mejor exorcista del pasado.
De modo que cada vez que Rango iniciaba sus exploraciones inquisitoriales de los recuerdos de Djuna, esperando dar con algún intruso, batirse con Paul, Djuna se echaba a reír:
–¡Tus celos son necrofílicos! ¡Te dedicas a violar sepulturas!
–¡Pues menudo tu amor por los muertos! Estoy convencido de que cada día les llevas flores.
–¡Hoy no he ido al cementerio, Rango!
–Cuando estás aquí sé que eres mía. Pero cuando subes esas escaleritas, fuera de la barcaza, caminando con tu pasito rápido rápido, entras en otro mundo y dejas de pertenecerme.
–Pero, Rango, cuando subes las escaleras tú también entras en otro mundo, y dejas de pertenecerme. Entonces perteneces a Zora, a tus amigos, al café, a la política.

(¿Por qué se muestra tan rápido en denunciar la traición? Dos caricias jamás se parecen. Cada amante abraza un cuerpo nuevo hasta que lo llena con su esencia, y no existen dos esencias idénticas, ni hay sabor que se repita...)
–Me encantan tus orejas, Djuna. Son pequeñas y delicadas. Toda la vida he soñado con unas orejas como las tuyas.
–¡Y buscando unas orejas diste conmigo!
Rango rió de buena gana, cerrando los ojos como un gato, juntando ambos párpados. La risa hacía que sus pómulos altos fuesen todavía más plenos, y a veces parecía un nobilísimo león.
–Quiero llegar a ser alguien. Vivimos encima de un volcán. Tal vez necesites mi fuerza. Quiero ser capaz de cuidar de ti.
–Rango, comprendo tu vida. En ti existe una gran fuerza, pero hay algo que te frena, que te bloquea. ¿Qué es? Esa gran fuerza explosiva que hay en ti está completamente desperdiciada. Finges ser indiferente, despreocupado, temerario, pero noto que en el fondo te afecta. A veces te pareces a Pedro el Grande, construyendo una ciudad sobre un pantano, rescatando a los débiles, cargando en la batalla. ¿Por qué ahogas en vino la dinamita que llevas dentro? ¿Por qué tienes tanto miedo a crear? ¿Por qué colocas tantos obstáculos en tu propio camino? Ahogas tu fuerza, la desperdicias. Deberías construir...
Le besó, buscando y esforzándose en comprenderle, por besar al Rango secreto, para que saliese a la superficie, para que se hiciese visible y accesible.
Y entonces él le reveló el secreto de su comportamiento con palabras que hicieron que su corazón se estremeciera:
–Es inútil, Djuna. Zora y yo somos víctimas de la fatalidad. Todo cuanto he intentado ha sido un fracaso. Tengo mala suerte. Todo el mundo me ha hecho daño, empezando por mi familia, mis amigos, todos. Todo ha sido distorsionado, es inútil.
–Pero, Rango, yo no creo en la fatalidad. Existe una pauta interior del carácter que puedes descubrir y modificar. Sólo los románticos creen que somos víctimas del destino. Y tú siempre hablas en contra de los románticos.
Rango denegó con vehemencia, impaciente.
–No hay que meterse con la naturaleza. Se nace con un carácter determinado y si ése es tu destino, como tú dices, bueno, no hay nada a hacer. El carácter no puede ser modificado.
Rango tenía esas iluminaciones instintivas, destellos de intuición, pero eran intermitentes, como relámpagos en el cielo tempestuoso, y luego, entre unos y otros, volvía a quedarse ciego.
Además, la bondad que a veces resplandecía en él con tanto brillo carecía de profundidad; ni siquiera era consciente de que pasaba de la bondad a la cólera, y no podía conjurar ningún tipo de comprensión contra sus estallidos de violencia.

Djuna temía aquellos cambios. El rostro de Rango, en ocasiones bello, humano y próximo, era en otras retorcido, cruel y amargo. Ella quería saber qué provocaba aquellos cambios para evitar los estragos que causaban, pero él eludía todo esfuerzo de comprensión.
Djuna hubiera deseado no haberle contado nunca nada sobre su pasado. Recordaba lo que la había llevado a hablar. Fue durante la primera parte de su relación, cuando una noche Rango se inclinó sobre ella murmurando: «Eres un ángel. No acabo de creer que puedas ser tomada como una mujer». Y vaciló un instante antes de abrazarla.
Djuna se había apresurado a mostrarle todo lo contrario, negándoselo con ahínco. Tenía tanto miedo a que le dijeran que era un ángel como otras mujeres a ver revelado su demonio. Notaba que no era cierto, que, como todo el mundo, ella también tenía su demonio, aunque lo controlase rígidamente, sin permitirle que jamás causara el menor daño.
También albergaba el temor de que aquella imagen del ángel eclipsara a la mujer que había en ella, a la mujer deseosa de un lazo terrenal. ¡Para ella un ángel era el compañero de cama menos codiciable!
Hablar sobre el pasado había sido su modo de decir:
–Soy una mujer, no un ángel.
–Un ángel sensual –concedió él entonces. Pero lo que le quedó grabado fue la obediencia de Djuna a sus impulsos, su capacidad de amor, el modo como se entregaba, y en ello basó, a partir de entonces, las dudas sobre su fidelidad.
–Y tú eres un Vesubio –dijo ella riendo–. Cada vez que hablo de comprensión, de dominio, de cambio, te enojas como un terremoto. Tú no crees que el destino se pueda cambiar.
–El indio maya no es místico, es panteísta. Su madre es la tierra. Sólo tiene una palabra para madre y tierra. Cuando un indio moría, en su tumba colocaban comida de verdad y seguían alimentándole.
–¡Una comida simbólica no sabe tan bien como la comida de verdad!

(Es celoso y posesivo porque se halla sobre la tierra. Sus cóleras son terrenales. Su cuerpo fortachón es de la tierra. Sus rodillas son de hierro, fortalecidas de tanto apretar ijadas de caballos salvajes. Su cuerpo tiene todos los aromas de la tierra: especias, jengibre, almizcle, pimienta, vino, opio. Tiene el cuello suave de una estatua, la arrogancia española de la cabeza, y también la sumisión india. Tiene la gracia torpe de un animal. Sus manos y pies son más bien patas. Cuando agarra un gato que se escabulle, es más rápido que él. Se sienta en cuclillas como un indio y luego brinca con sus robustas piernas. Me encanta el modo como sus altos pómulos se mueven al reír. Dormido muestra las lujuriosas pestañas de carbón de una mujer. La nariz tan redonda y jovial; todo poderoso y sensual excepto su boca. Su boca es pequeña y tímida.)
Lo que Djuna creía era que su fuego y fuerza entrarían en erupción, como un volcán, brindándoles la libertad a él y a ella. Creía que el fuego que había en Rango abrasaría todas las cadenas que le ataban. Pero también el fuego debe seguir una dirección. Y su fuego era ciego. Pero Djuna no lo era. Ella le ayudaría.

A pesar de su vitalidad física, Rango se encontraba desvalido, estaba atado y amarrado. Podía pegar fuego a una habitación, destruir, pero todavía no podía construir. Estaba ligado y cegado como lo está la naturaleza. Sus manos podían romper lo que sostuvieran por pura fuerza, por una fuerza que él no podía mesurar, pero era incapaz de construir. Su caos interno era la cadena que rodeaba su cuerpo, la convicción de que nacemos esclavos de nuestra propia naturaleza, de que nuestros impulsos ciegos nos llevan inevitablemente a la destrucción.
–¿Qué quieres que sea tu vida?
–Una revolución diaria.
–¿Por qué, Rango?
–Me gusta la violencia. Quiero servir a las ideas con mi cuerpo.
–Cada día hay hombres que mueren por ideas que les traicionan, por jefes que les traicionan, por ideales falsos.
–Pero el amor también traiciona –dijo Rango–. No tengo fe.
(Oh, Dios mío, pensó Djuna, ¿tendré fuerzas suficientes para ganar esta batalla contra la destrucción, este combate particular en favor de un amor humano?)
–Necesito independencia –añadió Rango–, como la necesita un caballo salvaje. No puedo someterme a nada. No puedo aceptar una disciplina. La disciplina me descorazona.

Su cuerpo se mostraba inquieto, pesado, febril, incluso cuando dormía. Tiraba todas las mantas, permanecía desnudo y, por la mañana, la cama parecía un campo de Agramante. ¡Tantos eran los combates que había librado en sueños; tan tumultuosa la vida, incluso dormido!
A su alrededor el caos, su ropa siempre desgarrada, sus libros manchados, sus papeles extraviados. Sus efectos personales, que de vez en cuando recordaba por echar alguno de menos, o por querérselo mostrar a Djuna, estaban esparcidos por todo el mundo, en sótanos para huéspedes donde eran custodiados como rehenes de los alquileres por pagar.
Todas las llamitas quemaban en él al mismo tiempo, excepto la de la sabiduría del santo espíritu.

A Djuna le entristecía que Rango estuviese tan dispuesto a ir a la guerra, a luchar por sus ideas, a morir por ellas. Le parecía que estaba dispuesto a vivir y morir por errores emocionales, como hacían las mujeres, pero que, como la mayoría de los hombres, no los llamaba errores emocionales; los llamaba historia, filosofía, metafísica, ciencia. Su yo femenino estaba triste, pero también sonreía ante aquel juego consistente en otorgar a creencias personales y emotivas la dignidad de nombres impersonales. Sonreía ante eso como los hombres sonríen ante la exageración femenina de las tragedias propias cuando son llevadas a un punto que ellos no consideran aplicable a las vidas personales.
Mientras Rango optaba por guerras y revoluciones, ella optaba por Rango, optaba por el amor.
Los partidos cambiaban a diario, las filosofías y la ciencia se transformaban; para Djuna, lo único que subsistía era el amor. Grandes modificaciones en los mapas del mundo, pero ninguna en aquella necesidad de amor humano, en aquella tragedia de amor humano balanceándose entre la ilusión y la vida, rompiéndose a veces en el peligroso paso entre ilusión y la vida, rompiéndose otras totalmente. Pero el amor en sí es continuo, como la vida.
Sonrió ante la gran necesidad masculina de construir ciudades cuando es mucho más difícil construir relaciones; ante su necesidad de conquistar países cuando es mucho más difícil conquistar un corazón, satisfacer a un niño, crear una vida humana perfecta; ante la necesidad masculina de inventar, de circunnavegar el espacio, cuando es mucho más duro superar la distancia existente entre dos seres humanos; ante la necesidad masculina de crear sistemas filosóficos cuando es mucho más duro comprender a un ser humano, cuando las grandes profundidades del carácter humano se hallan sólo a medio explorar. –Debo ir a la guerra –dijo él–. Debo actuar. Tengo que servir a una causa.

Rango le producía la sensación de alguien que repitiese en la vida gestos y escenas y ambientes ya grabados en su recuerdo. ¿Dónde le había visto anteriormente a caballo, llevando botas de piel blanca, pieles y panas, con sus ojos ardientes, su rostro sombrío y el negro pelo revuelto?
¿Dónde había visto anteriormente el rostro de Rango con una pasión adoradora como el hombre que recibe la comunión, la oblea profana en la lengua?
Verle tendido a su lado era como uno de esos recuerdos que nos asaltan al viajar por tierras extrañas con las que no tenemos ningún lazo consciente, aunque a cada paso reconozcamos su familiaridad con la exacta presciencia de la escena que nos espera al doblar la esquina de la calle.
¿Memoria, o recuerdos raciales, o influencia de cuentos, cuentos de hadas, leyendas y baladas oídas durante la infancia?
Rango provenía de la España del siglo XVI, la España de los trovadores, con su severidad, su rigidez, el dominio de la Iglesia, la clausura de las mujeres, el esplendor de las ceremonias católicas, y un río de sensualidad vasto, secreto, tumultuoso discurriendo bajo la superficie, incontrolable, detectable solamente a través de esas persistentes muestras de culpabilidad y expiación comunes a todas las razas.
Rango recreaba para Djuna un paraíso natural de carne y hueso muy distinto de los paraísos artificiales creados en el arte por los hijos de la ciudad. En su infancia, vivida en ciudades y no en bosques, Djuna había creado paraísos de invención propia, con un lenguaje suyo, exterior y alejado de la vida, como algunos pájaros crean un nido en la rama inaccesible, inaccesible al desastre pero a la vez difícil de preservar, de un árbol.
Para Rango, sin embargo, el paraíso de la vida no tenía nada que ver con el arte, consistía en bosques, montañas, lagos, espejismos, poblado por extraños animales y extrañas flores y árboles, todo ello cálido y accesible.

Djuna había sido una niña de ciudad y, en consecuencia, el paraíso de su infancia se había creado a partir de cuentos de hadas, leyendas y mitología, enmascarando la fealdad, las estancias hacinadas, los patios miserables.
Rango no había tenido necesidad de inventar. Había poseído montañas de magnificencia legendarias, lagos de proporciones fantásticas, animales extraordinarios, una casa de gran belleza. Había asistido a fiestas que duraban una semana, carnavales, orgías. Había extraído sus éxtasis del aire enrarecido de las alturas, sus drogas de las ceremonias religiosas, sus placeres físicos de combates, su poesía de la soledad, su música de las danzas indias, y se había nutrido de las historias que le contaba su ama india.
Para visitar a la primera muchacha a quien había amado tuvo que viajar toda la noche a caballo, saltar muros, y arriesgarse a sufrir las iras de su madre y una posible muerte a manos de su padre. ¡Todo eso estaba escrito en el Romancero!
El paraíso de la infancia de Djuna estuvo bajo una mesa de biblioteca que, cubierta hasta el suelo por un paño rojo con flecos, le servía como morada donde leía los libros prohibidos de la gran biblioteca de su padre. Le habían dado un trocito de hule en el que se limpiaba ostentosamente los pies antes de entrar en aquella tienda, en aquella cabaña esquimal, en aquella casa de barro africana, en aquel reino del mito.
El paraíso de su infancia había residido en los libros.
La casa en la que había vivido de niña era la mansión del espíritu que no vive ciegamente sino que siempre, por su apasionada experiencia, construye y adorna su corazón cuarteado –extensión y expansión del cuerpo– con múltiples y delicadas afinidades. Como las que vinieron a establecerse entre ella y las puertas y pasadizos, las luces y sombras de su morada exterior, hasta quedar incorporada a ellas con la expresividad total de lo que es externo en contraposición con el significado interno, hasta que no hubo más distinción entre exterior e interior.

(Estoy luchando contra una fuerza oscura en Rango, amando en él, a través de él, la naturaleza y, sin embargo, estoy luchando también contra las destrucciones de la naturaleza. Cuando mi vida culmina en un cielo de pasión es cuando más peligrosamente se balancea al borde del abismo. Cuanto más intento remontarme hacia el sueño, hacia la esencia, rozando ya las bóvedas del cielo, mayor es la fuerza con la que se aprieta sobre mi cuello el dogal de la realidad. ¿Me desmoronaré intentando rescatar a Rango? Hastío de corazón y cuerpo... De modo intermitente veo y siento humedad, pobreza, una Zora enferma, la comida sobre la mesa manchada de vino, ceniza de cigarrillos y migajas de pan de antiguas comidas. Sólo de vez en cuando advierto la herrumbre del fogón, la gotera del techo, la lluvia sobre la alfombra, el fuego que se ha apagado, el vino amargo en una taza. Y así desciendo por trampillas, sin caer en ninguna trampa, pero sabiendo que existe otro Rango al que no puedo ver, el que vive con Zora, el que espera para mostrarse bajo la luz adecuada. Y tengo miedo, miedo a sufrir... Ahora comprendo por qué amaba a Paul: porque Paul tenía miedo.
Cuando nos acostábamos y acariciábamos, estábamos acariciando, bajo la manta, este mismísimo temor, el temor a la violencia, y lo comprendíamos. Lo reconocíamos en la oscuridad, con nuestras manos y nuestras bocas. Lo tocábamos y nos emocionaba, porque era nuestro secreto, y lo compartíamos a través del cuerpo. Todo el mundo dice: debes tomar partido, hacer una opción política, elegir una filosofía, decidirte por un dogma... Yo elijo el sueño del amor humano. Si me hago aliada de algo es para hallarme cerca de mi amor. Con él espero derrotar la tragedia, derrotar la violencia. Bailo, coso, remiendo, cocino por ese sueño. En ese sueño nadie muere, nadie enferma, nadie se separa. Amo y bailo con mi amor desplegado, confiando en la penumbra, confiando en el laberinto, en los hornos del amor. Hay quien dice: el sueño es huida. Hay quien dice: el sueño es locura. Hay quien dice: el sueño es enfermedad; te traicionará.
El Rango que yo veo no es el que ve Zora, o el que ve el mundo. Ése es el embrujo del amor. Uno puede tomar partido en religión, puede tomar partido en historia, y otros están a su lado, no está solo. Los médicos llaman síntoma a ese sueño, los historiadores huida, los filósofos droga, y ni siquiera tu amante recorrerá ese peligroso camino contigo... Cuelga ese sueño de amor del mástil de esta barcaza de caricias... una bandera de fuego...)

El enemigo no se hallaba fuera, como creía Rango.
Por encima de cualquier otra cosa, él quería evitar que Djuna recordase sus días con Paul, o desease el regreso de Paul, o anhelase su presencia, pero ése era precisamente el sentimiento que a la postre despertaba su violencia. Porque su violencia hacía que Djuna se apartase de él. La sensación de desolación que dejaban sus palabras coléricas, o sus distorsionadas interpretaciones de los actos de Djuna, sus dudas, provocaban tal clima de ansiedad que, a veces, para escapar de aquella tensión, Djuna pensaba en Paul, como una niña en busca de paz y dulzura...
Entonces Rango cometió un segundo error: quiso que ella y Zora fuesen amigas. Djuna nunca llegó a saber si Rango creía que, con eso, lograría recomponer su vida desgarrada y dividida, si estaba pensando sólo en sí mismo o en compartir su carga con ella, o si tenía tanta fe en la capacidad de Djuna para crear seres humanos que confiaba que ella podría curar a Zora y ganarse, quizás, el afecto de ésta, poniendo fin a la tensión que experimentaba cada vez que regresaba a casa.
Para ella las oscuridades y laberintos de la mente de Rango siempre permanecieron envueltos en el misterio. En su naturaleza había recovecos y deformidades que Djuna no podía aclarar. No sólo porque él mismo jamás sabía lo que ocurría en su interior, no sólo porque estaba lleno de contradicciones y confusiones, sino porque se afligía y rebelaba ante cualquier examen, prueba o cuestionamiento de sus motivos.
De modo que llegó el día en que dijo:
–Me gustaría que visitaras a Zora. Se encuentra muy enferma y tal vez podrías ayudarla.
Hasta aquel momento apenas si la había mencionado. En la mente de Djuna se habían agolpado algunas palabras de Rango. Se había casado con Zora cuando él contaba diecisiete años. Seis años antes de conocer a Djuna habían empezado a vivir juntos sin que existiese entre ellos ningún contacto físico, «como hermanos». Ella siempre estaba enferma y Rango sentía gran compasión ante su desamparo. Djuna no sabía si lo que les ligaba era simple compasión, sólo el pasado.
Sabía que aquella llamada estaba dirigida a su yo bondadoso y que, para responder a ella, debía refrenar sus propios deseos para no entremeterse en la vida de Rango y Zora, o para evitar una relación que sólo podía causarle dolor. Rango le estaba pidiendo que, de sus varias facetas, pusiese en primer plano una de ellas, como a otros se les pide que vistan un determinado atuendo de su abundante guardarropía.
Se la invitaba, tan sólo, a poner de manifiesto aquella faceta bondadosa de su personalidad en la que Rango creía a ciegas, pero ella se rebelaba contra aquel yo bondadoso al que otros recurrían demasiado a menudo, que era solicitado con excesiva frecuencia en detrimento de sus otras personalidades, semejantes, ahora, a múltiples alhelíes: la Djuna que deseaba reír, mostrarse despreocupada, tener un amor para ella sola, una vida integrada, una tregua en sus problemas.

A menudo había soñado secretamente en sus otras personalidades, en la personalidad agreste, en la libre, la caprichosa, la extravagante, la maliciosa. Pero la constante demanda de su personalidad bondadosa estaba atrofiando las demás.
Porque hay invitaciones que son como órdenes.
Existen mundos heráldicos de aristocracia espiritual y emotiva que no guardan la menor relación con la moral convencional, que dan a ciertos actos una cualidad de noblesse oblige, una fidelidad a las más elevadas capacidades de una persona, una especie de vida en las alturas, una devoción a la personalidad idealizada. Los artistas que habían roto con los convencionalismos se sometían a ese código y conocían la tristeza y la culpabilidad producidas por cualquier fallo de ese modelo voluntario. Todos ellos sufrían, a veces, esa culpabilidad parecida a la culpa de religiosos, moralistas y burgueses, aunque aparentemente viviesen en oposición a ellos. Era la culpabilidad incurable del idealista que intenta alcanzar una imagen de sí mismo con la que sentirse orgulloso.
Simplemente habían creado hermandades, deberes, tabúes comunitarios de otro tipo, a los que sin embargo se adherían a costa de grandes sacrificios personales.
Djuna no sabía cómo había llegado a alcanzar tanta preeminencia aquella faceta bondadosa de su personalidad. Ni siquiera sabía cómo había nacido, pues consideraba que se la habían arrojado encima, que no era ella quien la había elegido. Se sentía mucho menos bondadosa de lo que esperaban de ella, y eso le daba una sensación de traición, de fraude.
No tenía la valentía de decir: preferiría no ver a Zora, no conocer tu otra vida; preferiría mantener mi ilusión de un amor único.

Recordaba haber practicado, durante la infancia, juegos peligrosos. Buscaba aventuras y dificultades. Confeccionó unas alas de papel y saltó desde una ventana del primer piso, no lastimándose por puro milagro. En charadas y juegos no quería ser la heroína dulce y amable, sino la oscura reina de la intriga. Prefería Catalina de Médicis a las princesas insípidas e inocentes. A menudo quedaba enzarzada en sus propias y encumbradas rebeldías, en sus devastadoras rabietas, y en mentiras.
Pero sus padres repetían machaconamente: Debes ser buena. Conserva el vestido limpio. Sé simpática, da las gracias a la señora, si te caes oculta el dolor, no abras la mano para tomar lo que quieres, no llames la atención, no presumas por la cinta del pelo, pasa desapercibida, sé callada y modosa, cede a tus hermanos los juegos que ellos quieren, doblega tus impulsos, no hables demasiado, no todo el mundo inventa historias sobre cosas que jamás han ocurrido, sé buena o de lo contrario no te querrán. Y cuando la acusaban de alguna de estas ofensas, sus padres le daban la espalda y le negaban el beso de buenas noches o de buenos días, esencial para su felicidad. Su madre llevaba a cabo sus amenazas de abandono con juegos que la niña Djuna vivía como tragedias: en una ocasión, mientras nadaba en un lago ante los ojos ansiosos de Djuna, hizo ver que desaparecía y se ahogaba; cuando reapareció en la superficie, Djuna ya estaba histérica. En otra ocasión, en una enorme estación de ferrocarril, cuando Djuna tenía seis años, su madre se escondió tras una columna y Djuna encontrose sola entre el gentío, perdida, y de nuevo lloró histéricamente.
Su personalidad bondadosa se había formado bajo esas amenazas: un florecimiento artificial. En aquella incubadora de temores, su bondad florecía meramente por tratarse del único camino conocido para atraer y conservar el amor.

Había otros tipos de personalidad que a ella le interesaban más, pero que había aprendido a ocultar o reprimir: su personalidad inventiva, tejedora de fantasías, amante de los cuentos, su personalidad temperamental centelleante como un rayo de calor, su personalidad violenta, las mentiras que no eran mentiras sino meros retoques de la realidad.
El lenguaje rudo le gustaba tanto como llevarse el jengibre a los labios. Pero sus padres habían dicho: «No esperábamos eso de ti, precisamente de ti». Y la nombraron guardiana de sus hermanos, pidiéndole que hiciese cumplir sus normas, de igual forma como, ahora, Rango acababa de nombrarla guardiana de sus desmoronamientos.
De modo que aprendió la única reconciliación que pudo encontrar: aprendió a mantener el equilibrio entre crimen y castigo. Ocupó su sitio junto a la pared, de cara a la pared, y entonces masculló: «Maldición maldición maldición maldición», cuantas veces quiso, puesto que se castigaba a sí misma y, simultáneamente, se sentía absuelta, sin perder tiempo en arrepentimientos.

Pero ahora aquella personalidad bondadosa ya no podía ser dejada de lado. ¡Tenía una vida ineludible, su leyenda, sus fieles! Cada vez que cedía a su impulso aumentaban sus responsabilidades, pues aparecían nuevos devotos que solicitaban una atención constante. Si hoy Rango le pedía que cuidase de Zora era porque había oído y sabía de múltiples ocasiones en las que ella, en el pasado, había cuidado de otros.
Esa indestructible personalidad bondadosa, ese yo bueno, falso y agobiante, que respondía a los rezos de: Djuna, te necesito; Djuna, consuélame; Djuna, tú tienes remedios (¿por qué habría estudiado el arte de curar, todos los filtros contra el dolor?); Djuna, trae tu varita mágica; Djuna, te llevaremos hasta Rango, no el Rango de la guitarra alegre y las canciones cálidas, sino Rango el esposo de una mujer siempre enferma. Te destrozará el corazón, Djuna la del corazón frágil, tu corazón se romperá con un sonido de viento sibilante, y los fragmentos serán iridiscentes. Allí donde caigan crecerán al instante nuevas plantas, y si tu corazón a menudo se quiebra será una bendición para una nueva cosecha de corazones frágiles, porque el artista es como el religioso, cree que la renuncia a las posesiones mundanas, el dolor y los conflictos no conducen a la santidad sino al arte, que hacen nacer lo maravilloso.
(Esa bondad es un personaje que me viene demasiado estrecho; un vestido que no puedo seguir llevando. ¡Hay otras facetas de mi personalidad que intentan nacer, que exigen que se les escuche!)

Tu historia pasada ha influido en tu elección, Djuna; has demostrado que eres capaz de aliviar el dolor y por eso no te invitan a las fiestas.
Irrevocable extensión de papeles pretéritos, sin reversión posible.
Hay demasiados testigos de compasiones pasadas, de antiguas abdicaciones: parecerán escandalizados por cualquier cambio de tu carácter y volverán a despertar tus antiguas culpabilidades. ¡De cara a la pared! Esta vez de modo tal que Rango no vea la rebeldía en tu rostro. La esposa de Rango está mortalmente enferma y vas a llevarle tus filtros.
Pero había efectuado un importante descubrimiento.
Aquel lazo con Rango, aquella paciencia con su temperamento violento, aquella fraternidad tácita entre la amabilidad de ella y la aspereza de él, aquella colaboración de luz y sombra, aquella responsabilidad que sentía hacia Rango, su obligación de rescatarle de las consecuencias de su cólera ciega, se debían a que Rango exteriorizaba, por ella, aquella personalidad que Djuna había enterrado durante la infancia, todo lo que había negado y reprimido: caos, desorden, capricho, destrucción.
¿La razón de su indulgencia? Todo el mundo se maravillaba (¿cómo eres capaz de soportar sus celos, sus iras?) por el modo como Rango destruía lo que ella creaba, obligándola cada día a comenzar de nuevo: a comprender, a ordenar, a reconstruir, a apedazar; lo que explicaba su aceptación de los conflictos provocados por la ceguera de él era que Rango era la naturaleza incontrolada, que el día que ella había enterrado su propia pereza, sus propios celos, su propio caos, aquellas personalidades atrofiadas que esperaban su liberación habían empezado a respirar gracias a la acción de Rango. Esa complicidad en la oscuridad le obligaba a compartir con él las consecuencias.
El reino que había intentado eludir: oscuridad, confusión, violencia, destrucción, entraba secretamente en erupción a través de su relación con Rango. El peso descansaba sobre los hombros de él. Por eso Djuna también debía compartir los sufrimientos. No había aniquilado su personalidad natural; ésta se reafirmaba en Rango. Y ella era su cómplice.

El Rango de rostro sombrío que abrió la puerta de su estudio, situado por debajo del nivel de la calle, no era el guitarrista alegre y despreocupado que Djuna había visto por primera vez en la fiesta, ni el Rango fervoroso de las noches en la barcaza, ni el Rango oscilante del café, el narrador irónico, el aventurero temerario. Era otro Rango, desconocido para ella.

En el lúgubre recibidor, apareció recortado su cuerpo, su alta frente, la caída de su pelo, su ceño, llenos de nobleza, de magnificencia. Inclinó con gravedad la cabeza en el estrecho recibidor, como si aquella morada cavernícola fuese su castillo, él el señor y ella una visitante distinguida. Rango emergió de aquella pobreza y esterilidad más orgulloso, más alto, más silencioso también, puesto que él las había elegido. Si no hubiera sido un rebelde, ahora la estaría saludando en la amplia entrada de su rancho.
Escaleras abajo, hacia la penumbra, su mano tocó, vacilante, las paredes, para orientarse, pero las paredes tenían una superficie tosca y parecían pegajosas al tacto, de modo que la retiró y Rango le explicó: «Una vez hubo un incendio. Me quedé dormido fumando y el piso se incendió. El casero jamás ha reparado los daños porque llevamos seis meses sin pagarle el alquiler».
Desde el estudio situado a nivel inferior llegaba un ligero olor a humedad, que era el olor característico de los estudios pobres de París. Era una mezcla de niebla y de la añeja ciudad respirando su fétido aliento a través de los suelos de los sótanos; era olor a anquilosamiento, a ropa lavada con poca frecuencia, a cortinas salpicadas de moho.
Djuna volvió a dudar hasta que, por encima de su cabeza, divisó las claraboyas; pero estaban recubiertas de hollín y dejaban pasar una macilenta luz nórdica.
Entonces Rango se hizo a un lado, y Djuna vio a Zora acostada en la cama. Su pelo negro estaba despeinado y se desparramaba en torno a su piel de color pergamino. No tenía sangre india, y su rostro contrastaba casi absolutamente con el de Rango. Sus rasgos eran duros, pronunciados, la boca ancha y llena, con una amplia mueca, de tristeza, y un sesgo hacia abajo, de derrota, que sólo cambió cuando levantó los párpados; entonces los ojos revelaron una inesperada astucia de la que Rango carecía.
Llevaba una de las camisas de él, y encima un kimono que había sido teñido de negro. Los cuadros rojos y negros de la camisa de colores asomaban por el cuello y los puños. Las rayas, otrora amarillas, todavía podían distinguirse bajo el tinte negro del kimono.
En los pies llevaba un par de grandes calcetines, pertenecientes a Rango, embutidos en las puntas con algodón, lo cual daba a su pequeño cuerpo el aspecto desproporcionado de unos pies de payaso.
Tenía los hombros ligeramente encorvados, y sonreía con la sonrisa del jorobado, del inválido. La inclinación de sus hombros le daba aspecto de haberse encogido a fin de ocupar un espacio más pequeño. Era el encogimiento del miedo.
Djuna presintió que, aun antes de caer enferma, no podía haber sido bella, aunque tuviera una fuerza de carácter que debía de haber sido sorprendente.
Sus manos, sin embargo, eran infantiles y agarraba las cosas sin firmeza. Y en su boca se advertía la misma falta de control. Su voz también era infantil.
El estudio estaba ahora en una semipenumbra, y la lamparilla de aceite que Rango sostenía proyectaba largas sombras.

En la estancia, la neblina de humedad parecía el aliento de los sepultados, hacía sollozar las paredes, desprendía el empapelado en largas tiras marchitas. El sudor de siglos de vida melancólica, la humedad de raíces y cementerios, el moho de la agonía y la muerte que se filtraban por las paredes parecían adecuarse a la piel de Zora, de la que habían desaparecido todo brillo y toda vida.
La sonrisa de Zora y su voz lastimera conmovieron a Djuna. Zora decía:
–El otro día fui a la iglesia y recé desesperadamente para que alguien nos salvase y ahora tú estás aquí. Rango siempre está desorientado, y no hace nada.
Luego se volvió hacia Rango:
–Tráeme mi caja de costura.
Rango le dio una caja de galletas, de hojalata, que contenía agujas, hilos y botones en cajitas rotuladas con nombres de medicinas: inyectables, gotas, píldoras. El paño que Zora sacó para coser parecía un harapo. Sus manos diminutas lo alisaron mecánicamente y, sin embargo, cuanto más lo alisaba más se marchitaba en sus manos, como si su tacto fuese demasiado ansioso, demasiado apremiante, como si transmitiese a los objetos un detestable aliento de marchitez emanado de su carne enfermiza.
Y cuando empezó a coser lo hizo con puntadas pequeñas, superponiéndolas apretujadamente, tan próximas que era como si estuviese sofocando el último hálito de color y vida del harapo, como si lo cosiera para hacerlo marchitar.
Mientras conversaban terminó el cuadro que tenía empezado y, entonces, Djuna la vio rasgarlo y empezar de nuevo, silenciosamente.
–Djuna, no sé si Rango te lo ha dicho, pero él y yo somos como hermanos. Nuestra relación física... terminó hace años. Nunca fue muy importante. Sabía que pronto o tarde querría a otra mujer, y estoy contenta de que seas tú porque eres amable y no le apartarás de mí. Le necesito.
–Espero que podamos ser... amables la una con la otra, Zora. Es una situación difícil.
–Rango me ha dicho que jamás has intentado, ni siquiera de palabra, que me abandonase. ¿Cómo no ibas a gustarme? Tú me has salvado la vida. Cuando apareciste estaba a punto de morir por falta de cuidados y comida. No quiero a Rango como hombre. Para mí es un niño. Me ha hecho mucho daño. Sólo le gusta beber, y charlar, y estar con amigos. Si tú le amas, me alegra por la clase de mujer que eres, porque tienes muchas cualidades.
–Eres muy generosa, Zora.
Zora se inclinó para musitar:
–No sé si sabes que Rango está loco. Tal vez no te lo parezca porque se apoya en ti. Pero si no fuese por ti yo me hallaría en la calle, sin un techo. A menudo nos hemos encontrado sin casa, y yo me sentaba en las maletas, afuera, en la acera, y Rango se limitaba a agitar los brazos, desamparado, sin saber nunca qué hacer. Permite que ocurran las cosas más terribles, y luego dice: «Es el destino». Con un cigarrillo prendió fuego a nuestro piso. Estuvo a punto de morir abrasado.
A los pies de la cama había un libro, y Djuna lo abrió mientras Zora descosía meticulosamente lo que acababa de coser.
–Es un libro sobre enfermedades –dijo Zora–. Me encanta leer cosas sobre enfermedades. Voy a la biblioteca y busco